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26/9/23

A la cárcel por rojas... muchos niños, que entraban con sus madres cuando ingresaban, enfermaron e, incluso, murieron. Las presas se organizaron para reivindicar mejoras pero también para crear una enfermería, una sala de madres y otra de niños

 "La primera vez que Dulce Caballero pisó la cárcel tenía 19 años. Para entonces ya acumulaba varias detenciones: por acudir a una manifestación contra la guerra de Vietnam, por participar en un viaje de las Comisiones Obreras, o como medida preventiva cuando llegaba el Primero de Mayo. Pero a finales de 1968, Dulce, responsable de organización de propaganda de las CC.OO. juveniles en Madrid, fue detenida junto a otros compañeros y compañeras mientras repartían octavillas. “Quedábamos en las esquinas de la calle Martín de los Heros [en Madrid] y en cada una le dejábamos a uno un paquete”, recuerda la mujer, que hoy tiene 74 años. Dulce era quien guardaba la llave del lugar donde estaba la propaganda y eso sirvió para que la condenaran a año y medio de cárcel. Caballero fue enviada a la prisión de Ventas, en Madrid, una cárcel emblemática de la resistencia a la dictadura: pensada en la Segunda República como centro modelo terminó por ser lo contrario: un “almacén de reclusas” que se llenó de presas de la represión franquista pero que también fue escuela de reclusas políticas hasta su final en 1969. 

 Dulce Caballero recuerda hoy junto a Lola Moreno, Julia López y Estefanía Sánchez cómo fue esa represión y su encierro en Ventas. La vida de varias de ellas se cruzó en esa cárcel, otras se conocieron más tarde, algunas ya habían coincidido antes de recalar en el centro. Las cuatro eran mujeres jóvenes, obreras, que decidieron combatir la dictadura de Franco. Lo pagaron: fueron a la cárcel por rojas. Estos días sumaban sus historias a las Primeras Jornadas de Memoria Pública sobre las Prisiones Femeninas del Franquismo organizada por varios colectivos. 

 Ventas fue idea de la abogada Victoria Kent. Una vez nombrada Directora General de Prisiones durante la Segunda República, Kent se propuso modernizar el sistema carcelario español y mejorar, especialmente, las condiciones de las presas. Fue así como la abogada diseñó la prisión de Ventas como un centro ejemplar que, sin embargo, terminó siendo algo muy distinto. “Kent diseñó las primeras celdas para presas políticas, en ese momento las de la República. Pensó en un parvulario, en talleres, azoteas para que las presas con niños tomaran baños de sol, salón de actos, biblioteca... Por primera vez en una cárcel no había capilla”, explica el historiador de la Universidad Complutense Fernando Hernández Holgado. Sin embargo, ese modelo apenas funciona tres años, entre 1933 y 1936.

 En la posguerra, Ventas se convierte en un almacén de reclusas, en palabras de las propias presas. Hernández asegura que entre el año 39 y el 40 llegaron a acumularse hasta 5.000 en una prisión pensada para 450. “En ninguna otra cárcel se llegaron a juntar tantas mujeres”, dice el historiador. En cada celda individual dormían hasta 12 reclusas. Allí llegaban mujeres que pertenecían a organizaciones de izquierdas pero también otras que habían trabajado en hospitales o comedores en la retaguardia de Madrid.

La prisión, cuya estructura estaba pensada para que cada galería albergara a un tipo de presa (comunes, políticas y gubernativas), se desbordó. Los problemas de hacinamiento eran graves y muchos niños, que entraban con sus madres cuando ingresaban, enfermaron e, incluso, murieron. Las presas se organizaron para reivindicar mejoras pero también para crear una enfermería, una sala de madres y otra de niños.

Una escuela de presas políticas

Durante los años 40, Ventas es también una escuela de presas políticas: “Pasa a ser un caso emblemático de la prisión militante, un lugar de la resistencia antifranquista femenina”, afirma Fernando Hernández. Las presas políticas celebraban las efemérides republicanas en festivales clandestinos que organizaban en el patio o en los retretes. La represión de sus comportamientos implicaba la dispersión (llegaban a enviarlas a prisiones muy alejadas de sus familias, como las de Tenerife o Gran Canaria), la pérdida de derechos acumulados que les permitían reducir su condena o el aislamiento para que dejaran de recibir paquetes y cartas de sus familias. Esa comunidad militante que alberga Ventas sigue auto-formándose y también llevando a cabo actos de rebeldía, desde huelgas de hambre a la fuga de dos presas condenadas a muerte en noviembre de 1944.

 A partir de los años 50, el número de presas políticas decae y ya en los 60 son minoría frente a las comunes. Es entonces cuando ingresa en Ventas la siguiente generación de reclusas de la represión franquista, a la que pertenecen Dulce Caballero, Lola Moreno, Julia López y Estefanía Sánchez. La cárcel queda entonces solo para ingresos preventivos. A las 'políticas' y las comunes se suman, en esta como en el resto de épocas, las presas gubernativas: mujeres arrestadas por ejercer la prostitución o, especialmente en la posguerra, por estraperlismo (la venta ilegal de productos tasados por el Estado), explica la historiadora Laura Bolaños.

“En posguerra, las presas comunes solían ingresar principalmente por hurto o estafa porque la gente tenía que sobrevivir. Pero también por otros delitos muy feminizados, como el aborto o la corrupción de menores y el escándalo público, que tenían que ver con la prostitución”, cuenta también Bolaños, que señala que el aborto estaba penado con penas muy altas que casi se asemejaban a un homicidio, tanto para las mujeres que abortaban como para los profesionales que las ayudaban a hacerlo.

Tinta roja contra Eurovisión

Lola Moreno, de 73 años, recuerda cómo fue su ingreso en la prisión. Su historia de militancia está muy ligada a la de su hermana: “Empezamos a tomar conciencia política de la represión franquista en el instituto, con 16 años”. El estudio se sumaba a su trabajo en una fábrica de discos, y Lola y su hermana empezaron a acudir a manifestaciones obreras clandestinas y, más tarde, a organizarse en las juventudes de las Comisiones Obreras de su barrio, Aluche. ¿Por qué las detuvieron? “Lo que hacíamos era lo elemental: reunirnos, hablar de los problemas de los jóvenes, del barrio, repartir planfletos...”. A veces, pasaban citas para juntarse en puntos de la capital y gritar consignas contra el dictador. “Nos juntábamos 50 o 100 y gritábamos 'Franco, asesino' o 'Libertad' y nos íbamos corriendo y casi nunca pasaba mucho”. Hasta que un día, su hermana y ella fueron detenidas junto a otros compañeros.

 Llegaron a Ventas una madrugada de febrero del 69. “Éramos como 40 o 50 presas políticas. Algunas funcionarias estaban desde los años 40 y contaban anécdotas de entonces. Había quienes te echaban una mano, te dejaban pasar algún libro... otras eran totalmente fascistas”, recuerda Lola. Durante esos años, la movilización de las presas políticas que había convertido a Ventas en esa escuela de militancia dos décadas atrás se volvió a repetir. “Yo me sentía bien acompañada”, relata Estefanía Sánchez, de 74 años, que trabajaba en una fábrica de productos químicos. Ella, como Lola, empezó a movilizarse con su hermana. Y, como en su caso, las dos terminaron en Ventas.

 El año en que España organizaba Eurovisión tras el triunfo de Massiel, 1969, Estefanía acudió al Palacio de Congresos de Madrid, donde los artistas ensayaban, con botellas llenas de tinta roja dispuesta a arrojarlas contra el edificio. Pero el lugar estaba tomado por la policía, que comenzó a detener indiscriminadamente. Ella fue una de las arrestadas, junto a más compañeros y junto a su hermana. Después de cuatro días en la Dirección General de Seguridad, las dos fueron trasladadas a Ventas. “Recuerdo ponernos a cantar la Internacional el Primero de Mayo. Como castigo, nos quedamos sin recibir visitas ni paquetes de comida”, cuenta.

“La importancia de estas últimas presas es su testimonio. Son mujeres de clase obrera, vienen del textil, de la industria química... estaban ligadas al partido comunista y muchas militaban también en las comisiones obreras juveniles”, señala el historiador Fernando Hernández. Para entonces, la prisión se caía a pedazos por dejadez y falta de reformas. En las celdas había una o tres presas, pero nunca dos para evitar relaciones sexuales entre ellas, recuerda Lola Moreno. “Hay encarcelamientos por tribunal militar y por tribunal de orden público, que fue un invento de la represión franquista para que el estamento militar se quitara la responsabilidad de la represión”, añade el historiador. Las presas son defendidas por abogadas vinculadas al Partido Comunista, como Cristina Almeida, Manuela Carmena o María Luisa Suárez.

Pese al clima de compañerismo y movilización dentro de Ventas, las cuatro mujeres recuerdan también las consecuencias que tenían sus encarcelamientos, desde la pérdida de sus trabajos al temor de sus familias. “Cada vez que te detenían te quedabas sin trabajo porque faltabas y no había otra fórmula”, rememora Estefanía Sánchez.

Las últimas 'políticas'

 Julia López, de 80 años, fue una las última presas política en pasar por el centro. López fue detenida después de hacer un cursillo político de marxismo en la Alemania Oriental. La mujer, que era sastra, participaba de las estructuras del Partido Comunista. “Intentaba pasar desapercibida. Me obligaban a ir a misa, yo me ponía en la parte trasera y venían a obligarme a seguir la liturgia, yo les decía que no quería. Lo que más hacía era irme a la biblioteca y leer”, recuerda. Las presas comunes la protegían y su madre y sus tías le llevaban comida cada día. También su marido, que quedó a cargo de su hija de dos años.

“Colgaba las bolsas con comida que me traían para protegerlas de las cucarachas y los bichos que había en el suelo pero una vez metí la mano y salió una rata, menudo susto. Me acabé alimentando de botes de leche condensada, a veces comía un poco de rancho por eso de comer algo caliente. Mi experiencia fue nefasta, yo estaba más sola”, rememora Julia López.

En el verano del 69 las presas son desalojadas y repartidas por otros centros, como la cárcel de Alcalá de Henares o el psiquiátrico de Carabanchel. “La cierran porque ha perdido importancia como prisión de preventivas, es un edificio demasiado grande para las presas que hay y cambia mucho la zona, que originariamente había sido industrial y que en ese momento se convierte en urbanizable. La M30 empieza a correr detrás de Ventas y subo el precio del terreno”, apunta el historiador. El Ministerio de Justicia subasta el solar, y se vende por un cantidad muy baja, agrega.

En el solar sobre el que un día se levantó Ventas hoy hay bloques de viviendas y un parque municipal. Allí figura una placa genérica a “las mujeres de Ventas”, pero ninguna mención concreta a las miles de mujeres que pasaron por una de las cárceles femeninas de la represión franquista."                  (Ana Requena, eldiario.es, 25/09/23)

11/1/17

Las mujeres sufrieron las mismas vejaciones que los hombres y otras añadidas, como el corte de los cabellos ‘al cero’ y las violaciones sistemáticas, también de las embarazadas

"(...) Los historiadores Ricard Camil Torres y Antoni Simó han publicado recientemente “La violència política contra les dones (1936-1953)”, centrado en la represión contra las mujeres en las prisiones de la provincia de Valencia durante la guerra civil y la posguerra. (...)

En cuanto a las mujeres detenidas, subrayan Antoni Simó y Ricard Camil Torres, “sufrieron las mismas vejaciones que los hombres y otras añadidas, como el corte de los cabellos ‘al cero’ y las violaciones sistemáticas, también de las embarazadas”. 

Muchas entraron en las cárceles con sus hijos, quienes soportaron asimismo las condiciones penitenciarias deplorables. En otros casos los vástagos les fueron sustraídos a sus madres, lo que dio lugar a un “tráfico” de niños del que se beneficiaron principalmente familias acomodadas y afines a la dictadura.

 A diferencia de los presos masculinos, el franquismo no reconocía prisioneras “políticas” en sus cárceles. “Se les asociaba más bien con el mundo de la prostitución; como mínimo, se las consideraba personas desviadas por la influencia de maridos, hermanos o padres”, explican los investigadores. 

Tampoco resultó fácil la convivencia de las presas “rojas” con las reclusas por delitos comunes. Y a las mujeres se las discriminaba, además, a la hora de realizar trabajos en la prisión, que para los hombres suponían un “beneficio” penitenciario, mientras que para ellas, los trabajos o los cursos de cocina, francés o tareas domésticas se entendían más bien como una medida “correctora”. 

Los autores señalan que a partir de los años 1944-1948 se constata un mayor grado de colaboración entre las prisioneras, al provenir del maquis –fueron enlaces o colaboradoras en la guerrilla- muchas de las nuevas internas.

 Con todo, el encierro en las cárceles de la dictadura implicaba tener que soportar la desnutrición, la presencia cotidiana de chinches, piojos y otros parásitos, además de enfermedades como la tuberculosis, que también afectaba a los hijos de las reclusas. Esta situación venía propiciada por realidades como el hacinamiento. Entre abril y diciembre de 1939 la Prisión Provincial de Mujeres (Valencia) acogió a 1.500 presas, lo que desbordaba el aforo inicial; en celdas diseñadas para cinco personas, llegaron a estar encerradas 42. 

Sin agua caliente ni calefacción en invierno, el jabón y otros productos para el aseo personal dependían del apoyo familiar; o bien tenían que adquirirse –“en condiciones draconianas”, apuntan Torres y Simó- en los economatos. 

“La enfermería suponía una entelequia”, añaden los autores de “La violència política contra les dones (1936-1953). Existía, sí, pero ante la falta de atención las reclusas tenían que afrontar las enfermedades en las celdas. 

Otra cuestión era la comunicación con el exterior. Se aplicó una censura férrea de cartas, periódicos y libros, en la que participaban los directores de las prisiones y las funcionarias, pero también capellanes y religiosas a cargo de las presas. En fechas señaladas, como las fiestas de navidad, se abría un tanto el puño y se permitía que visitaran a las internas los niños parientes. 

“No faltaron malos tratos, coacciones y vejaciones”, según Ricard Camil Torres y Antoni Simó, que apuntan la función desempeñada por las religiosas. Éstas “se ocuparon a fondo en su tarea redentora presionando a las internas para ‘reconducirlas’ espiritualmente”, de manera que la comunión, la confesión o el bautizo se convirtieron en una meta. 

Los investigadores mencionan algunos nombres, como el de la directora de la prisión de Valencia, Natividad Brunete, y su hermana Teresa, empleada como funcionaria de prisiones: “Fueron una pesadilla para las internas valencianas”. 

El sistema de incomunicaciones, castigos, retenciones de órdenes de libertad provisional o incluso inducción de algún suicidio que introdujeron, se apoyó en una red de (presas) delatoras, que actuaban a cambio de favores. 

En general, directores y funcionarios actuaron en materia punitiva desde su óptica particular, más allá de lo establecido en el Reglamento de Prisiones. En un primer momento el personal de las cárceles provenía de los “méritos” de guerra (viudas de sublevados y familiares de excautivos, entre otros), y sólo se establecieron ciertos criterios de “profesionalización” entre las funcionarias a partir de 1946.(...)

Las organizaciones políticas de izquierda y los sindicatos apoyaron a las presas militantes. “La mayoría de las reclusas ya tenía a sus hermanos, novios o maridos en prisión”, señalan Ricard Camil Torres y Antoni Simó, de manera que la ayuda exterior resultaba escasa.

 Esto hizo que se reforzara la solidaridad entre las internas, hasta el punto de organizarse en familias o cédulas –destacaron las del PCE-, cada una dirigida por una “madre” (responsable de la distribución del material obtenido). De este modo se trataba de repartir lo que recababan del exterior según las necesidades de las reclusas. 

En el apartado del libro dedicado al franquismo, los dos historiadores resaltan el peso de la iglesia católica en el mundo carcelario. Abarrotada la prisión provincial, en junio de 1939 se habilitó el Convento de Santa Clara de Valencia como prisión femenina. La gestión de la nueva cárcel corrió a cargo de las monjas Capuchinas, pero en otras prisiones tomaron parte las Hijas de la Caridad, las Mercedarias, Concepcionistas y Carmelitas, entre otras órdenes religiosas. 

“Su presencia fue determinante en muchos casos oscuros y sucios como la responsabilidad directa en el secuestro de niños”, destacan los investigadores. Del estudio de los hechos y el análisis de los expedientes, Ricard Camil Torres y Antoni Simó afiman que no consta “saca” alguna de mujeres de las prisiones, pero “un buen número de ellas sí fue librada a los piquetes de ejecución”. 

No sólo se castigaron los actos de rebeldía (acabar en una celda de castigo por negarse a besar la figura de Jesús de Nazaret), sino que en el caso de mujeres con significada militancia –Pilar Soler, Rosa Estruch o Remedios Montero-, abandonar la prisión suponía sólo un paréntesis hasta un nuevo ingreso.

Tampoco faltaron las mujeres encarceladas como represalia contra familiares, huidos, exiliados o miembros de la guerrilla. Sin embargo, la dictadura franquista se esforzaba en ofrecer una imagen idílica: fiestas en las que se abrían las puertas de los muros a los familiares o fotografías publicadas en ‘Redención”, en las que se exhibía una supuesta comunión entre los gestores y las internas.

 En las páginas finales, los autores resumen la profusión estadística en una frase: “La mayoría de las mujeres encarceladas lo fueron por delitos de orden público relacionados con la escasez reinante en la posguerra, lo que se consideraba delito político y con razón por parte del franquismo, ya que este régimen impuso una política de hambre y miseria”. En otros dos capítulos del libro se aprecian las diferencias con la zona republicana."               (Enric Llopis ,  Rebelión, 27/12/16)

18/11/16

"La dejaron tener en la celda a nuestra hermana pequeña, que tenía meses, pero enseguida se la quitaron. Y se ve que la guaja extrañó a la madre y enfermó. Ya no dejó de llorar hasta que murió"

"(...) Quiere que Agustín Alonso le cuente su primer trabajo: "Pues eso, que yo tenía ocho años, si los tenía. Nos obligaron a los tres guajes que quedábamos en el pueblo, Prudencio, Lucinio y yo, a que enterráramos bien los cuerpos de unos fusilados que los lobos habían vuelto a sacar a la superficie. 

Eran 10 ó 12, pero no se me olvidará uno de ellos: vestía un chaleco nuevo de pana y pantalones a juego; reloj y sombrero. Nunca he dejado de preguntarme quién sería aquel hombre". Quiere Rotilio que Desiderio y Laurentino Rodríguez, de pie sobre la tierra que suponen guarda los restos de su padre, le hablen del día que se llevaron a su madre a la prisión de San Marcos, en León:

 "La dejaron tener en la celda a nuestra hermana pequeña, que tenía meses, pero enseguida se la quitaron", dice Desiderio. "Y se ve que la guaja", añade Laurentino, "extrañó a la madre y enfermó. Ya no dejó de llorar hasta que murió". "Se llamaba Fermina", apunta un hermano. "Se llamaba nada", corrige el otro, "porque no estaba bautizada y el cura la enterró en un rincón del cementerio".

  El tiempo fue pasando, pero el silencio seguía envolviéndolo todo. La represión franquista en el Ayuntamiento de Villamanín había sido tan brutal que una de sus consecuencias más duraderas fue el miedo. "Todo el mundo sabía cosas", explica, "pero nadie las quería contar. Incluso familias que tenían muertos preferían callar. 

Decían: bueno, ya no vamos a revolver más el asunto. Ésa era la frase. Mataron a muchísimos. A mi padre le mataron hermanos, le mataron cuñados; a mi madre le mataron al padre. Pero cuando intentabas sacar la conversación, se retenían, no te contaban. A mí el que más me contó sobre la guerra fue aquel tío mío que estuvo por el monte".

El tío de Rotilio se llamaba Armando Bayón. Su historia se merecería mucho más, pero en resumidas cuentas se puede decir que estuvo escondido de 1937 a 1950. "Él y otros muchos", explica su sobrino, "hasta que los fueron matando a todos. Sólo quedaron vivos él y otro más. 

En el invierno de 1945, bajó al pueblo de Busdongo. Allí lo escondieron en casa de María, una mujer de izquierdas, viuda y con un hijo. Pero, como mi tío no aparecía ni vivo ni muerto, los guardias civiles redoblaron los registros. 

Si lo encontraban escondido en una casa, lo matarían a él y a su protector. Así que tuvo que volver al monte, pero en el invierno de 1947 el frío le arrancó las uñas de los pies. Bajó de nuevo al pueblo y lo metimos en casa. Mi padre le hizo un escondite en un armario, detrás de la ropa. Un día llegaron los guardias. Mi tío se metió en el armario con la pistola que siempre llevaba encima. Ya nos había dicho que si lo sorprendían, se pegaría un tiro antes de caer preso. 

Un guardia se acercó al armario, lo abrió, apartó la ropa, lo vio allí, de pie, con la pistola en la mano... Y volvió a poner la ropa en su sitio y cerró la puerta. No sabemos por qué lo hizo. Al día siguiente mi padre consiguió arreglar para que mi tío marchara a Vigo. 

Estuvo cerca de un año. A principios de 1951, marchó en un barco para Brasil. Llevaba documentación falsa con el nombre de un muerto. Al parecer, se la proporcionó un oficial de la Guardia Civil que trabajaba para el PCE...  (...)"         (El País, 05/09/04)

23/11/15

Comprenderá el Tribunal la situación de terror en que se desenvolvía nuestra actividad familiar

"Valentina Lizalde quedó viuda con dos hijos después de que su marido, albañil, fuera fusilado junto a otros vecinos por “pertenecer al Frente Popular”. Por si fuera poco, tras su muerte, fue multada con mil pesetas en virtud al artículo 15 de la mayor legislación de incautación del franquismo, la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939.

Valentina envió una carta al presidente de la Comisión de Incautaciones negándose a pagar la multa impuesta y denunciando abiertamente el discurso de justicia social de Falange: “Bastante tengo con preocuparme de buscar [recursos], lavando ropa para familias particulares y haciendo recados, con los que poder dar a mis pequeñuelos un trozo de pan y ver que mi humilde hogar tenga algún día lumbre, cosas que no siempre consigo en la cantidad necesaria, y por lo que, contra las disposiciones de nuestro invicto caudillo, en mi casa existen días sin pan y también en mi hogar días sin lumbre”.  (...)

Las estrategias de resistencia de mujeres tuvieron como objetivo principal minimizar en su día a día la apropiación del poder sobre sus vidas. En la recuperación de la dignidad material se produjeron todo tipo de acciones para lograr una cierta autonomía. Por ejemplo, reapropiarse de los recursos materiales de los que habían sido despojados a través de la aplicación de diversas medidas, entre las que se encuentra la Ley de Responsabilidades Políticas.

 Estas resistencias incluían la reocupación de sus casas cuando habían sido incautadas, el cultivo de sus campos cuando estaban embargados, o auténticas luchas titánicas para que la máquina de coser, el instrumental médico o el utillaje agrícola les fueran devueltos.

 Es interesante pensar que, en Aragón, de los veinte millones de pesetas exigidos en forma de multas a la población vencida, sólo tres millones y medio se saldaron, en buena parte gracias a los mecanismos de dilación y de­so­bediencia civil de las víctimas de la Ley de Responsabilidades Políticas.

En agosto de 1940, y sin que se hubiera todavía celebrado el consejo de guerra que la mantenía presa, María Bordonaba, analfabeta de 28 años y acusada de ser una “mujer peligrosa para el régimen actual”, escribió al Auditor de Guerra gracias a la ayuda de Flora Mateos, una de las muchas mujeres que ejercieron de escritoras delegadas en pueblos y cárceles.

 En la carta pedían la libertad atenuada de Bordonaba para poder atender a sus “hijitos” y a su “salud quebrantada”. Concedida la libertad provisional, pedía su traslado a Zaragoza, con sus niños, “para dedicarse a trabajos domésticos para cuidar a su familia y socorrer” a su marido.

Precisamente la emigración a las ciudades permitía la búsqueda de trabajos informales como el servicio doméstico, la hospedería, la limpieza de ropa y edificios, o el cuidado de personas, así como el tránsito de los márgenes de la Ley formando parte del mercado negro local, o practicando la prostitución, pero también llevando a cabo hurtos y estafas.

Otra vertiente de estas resistencias fue la escritura, un mecanismo clave que supuso para las mujeres la posibilidad de reivindicar su voz y su propia visión de los acontecimientos, dejando además para la Historia no pocos relatos que unían testimonio con conocimiento y conocimiento con denuncia. 

Mediante cartas a las autoridades, plasmaban ante los más altos tribunales relatos de ilegalidad, rapiña y saqueo donde tanto ellas como sus familias eran víctimas de los hechos, o denunciando violaciones por parte de patronos, o la violencia de guardias civiles y falangistas.

Además, dejaban constancia de que la legislación franquista venía acompañada del enriquecimiento y la reposición en el poder de personas provenientes de un mundo de privilegios económicos y sociales, mientras dejaba en la indigencia a la mayor parte de la población. (...)


Traspaso del patrimonio a los vencedores
Las mujeres denunciaron cómo la guerra y el enriquecimiento que de ella surgía había sido una opción planea­da desde arriba y ejecutada a nivel local por agentes conocidos.  

Dejaban así constancia del enriquecimiento que acompañaba a la incautación de bienes de particulares vencidos en la guerra, cuyo patrimonio iba a parar a manos de las fuerzas vivas, solidificando un mundo de privilegios económicos para los colaboradores del nuevo Estado en su tarea represiva… 

Entre los testimonios, el de una mujer, llamada Fermina Larraga, que describía al mínimo detalle cómo un grupo de gente armada del pueblo “que se dijeron falangistas” se llevaron de su establo cuatro vacas, seis ocas, diez gallinas “porque se incautaba de las mismas el Estado”. De aquella requisa “no les dieron justificante o recibo de clase alguna”.
Disfrazadas para llegar a sobrevivir 
En el ambiente de la dictadura, estas mujeres debían pasar desapercibidas a ojos del régimen. Para que sus técnicas fueran exitosas, el régimen debía encontrar en ellas todo el elenco de virtudes políticas y morales que el nacionalcatolicismo franquista llevaba por bandera. Por eso, la protesta de estas mujeres no era siempre y en todo caso abierta. 

 Es significativa la gran cantidad de mujeres que en el pueblo de Caspe (Zaragoza) escribieron defendiéndose con las mismas palabras ante acusaciones también similares. Magdalena Dolador, Pilar Lacarta, Antonia Piera, María Poblador, Lucía Rafales y Benita Sorrosal compartieron un texto común para defenderse de sus cargos de “transgresoras”. 

Reproducimos, poniendo entre corchetes las variaciones entre unos y otros pliegos: “(...) tanto por su sexo, como por su estado de viuda [tanto por su sexo, edad y estado; y de salud], como por su falta de instrucción, nunca ha tenido la menor intervención en política [de la cual no entiende lo mas mínimo y que la tenía sin cuidado; ni cosas sindicales; sin que se haya metido nunca en política, ni pueda ser considerada como revolucionaria], no se ha ocupado de otra cosa que de las atenciones de su hogar [sin haber desarrollado otras actividades que las de su casa; de las faenas de su casa]; más que de sus faenas en el campo; y de sus seis hijos; haciendo la vida propia de un pueblo de las de su sexo”.
La lucha por la justicia y la reparación
La idea de que la violencia es conocida por todos y que no podrá ser sepultada por eufemismos como “desaparecido”, la encontramos en muchos testimonios, como el de Romualda Garulo, que ejercía de voz de la memoria de las historias familiares.

 Ella recordaba que “se habla en el expediente de fallecimiento, más lo cierto es que, a mediados del mes de agosto de 1936, se presentaron en casa unas cuantas personas, que obligaron a mi esposo y a nuestros dos hijos Emilio y José de 24 y 21 años respectivamente, a que se levantasen de la cama y los acompañasen, apareciendo días después el cadáver de mi esposo y no habiendo sido posible encontrar hasta el presente el de mis dos hijos. Comprenderá el Tribunal la situación de terror en que se desenvolvía nuestra actividad familiar”.                  (Irene Murillo Aced, Diagonal, 22/11/15)

26/2/15

Había chicas muy guapas, que como no querían ir con los guardias, las fusilaban. Por la noche...

"(...) Tras analizar los testimonios, el colectivo llega a la conclusión de que aunque la represión franquista alcanzó a toda la sociedad, "hubo mecanismos de represión específicamente dirigidos contra las mujeres y hubo también una vivencia de la represión entre las mujeres distinta en algunos aspectos de las experiencias vividas por los hombres".

 Esta represión se concretó "en los castigos públicos como el rapado del pelo, la purga con aceite de ricino o la obligación de limpiar determinados lugares, como iglesias o escuelas".

 Las autoras del estudio incide en "la violencia sexual que sufrieron las mujeres tanto en los centros de detención como durante la ocupación de las tropas franquistas como una forma de someter a esta población por medio del terror y la vergüenza". De igual modo, en los centros de detención era habitual que las mujeres sufrieran abusos sexuales como forma de presión durante los interrogatorios.

Esta forma de violencia, ejercida de forma sistemática, fue más frecuente durante la guerra y en la primera etapa del franquismo. Era practicada en un contexto social de permisividad o de impunidad, ideal para permitir que las situaciones no afloren o que las denuncias no sean consideradas.

 Palmira Merino, vecina de Sestao y testigo de esa época, ofrece un testimonio revelador: "No es como ahora que todo se cuenta. Eso quedaba en secreto. Eso nadie lo contaba. 

Sabíamos que las habían llevado pero no sabíamos lo que les habían hecho. Y ellas jamás lo han contado. Eso era como… algo tremendo". Cada día, "se pretendía anular cualquier posible resistencia; más allá de la eliminación física de algunas mujeres que se consideraron especialmente peligrosas, se pretendía la anulación psicológica de todas aquellas que pudieran mantener unas ideas contrarias a las impuestas por los vencedores", sostienen las investigadoras. (...)

Hay más testimonios, el que recuerda una de las entrevistadas, Encarnación Santamaría, sobre las mujeres que se negaron a aceptar relaciones sexuales con miembros de fuerzas militares, aún bajo la amenaza de fusilamiento: "Y luego mi madre nos contaba que había chicas muy guapas, también jóvenes, que como no querían ir con los guardias, las fusilaban. Por la noche, porque no querían ir con ellos, preferían morir antes que ir con ellos". 

Esta misma vecina habla también del estigma de ser ‘rojo’, que afectaba a toda la población y se hizo presente en todos los aspectos de la vida cotidiana: "Decían a todas las amigas de la calle: ‘no las ajuntéis a éstas –a mi hermana y a mí– porque son rojas’. Eso lo tengo grabadísimo, hay cosas que no se olvidan nunca. De niñas, ¡cuatro años!... Fíjate tú, qué crimen". 

"Yo me acuerdo que un día fui a misa y había una maestra, era asturiana y tenía en Sestao mala fama por lo que había hecho. Estábamos para entrar y dice ‘todas éstas son rojas, mejor que se marcharan, a la iglesia no tienen que entrar’", evoca, por su parte, Felisa Martínez, otra vecina de Sestao. (...)

9/4/14

En una comisaría de Madrid pegan a su padre ante su madre para intentar hacerles hablar

Petra Cuevas, militante antifranquista

 "Sobrevivió a la Guerra Civil, a la cárcel, a los fusilamientos que cada noche escuchaba desde su celda en la cárcel de Ventas, incluido el de las conocidas como las 13 rosas; sobrevivió también a la pérdida de su hija, fallecida al poco de nacer en una prisión franquista que no se preocupó de atender a su bebé. (...)

Se afilió a UGT y al PCE y en 1936 fue elegida secretaria del sindicato de la aguja. Cuevas recordaba, entre risas, cómo al principio pensaba que la palabra “bolchevique” significaba “demonio” en italiano, porque así es como se dirigía a ella la encargada del taller en el que trabajaba y que, pese a llamarse La Bordadora Española, era de propiedad italiana.
Desde que estalla la Guerra Civil organiza talleres desde los que confecciona ropa para el ejército republicano. Cuando aquellos hombres a los que había vestido pierden la guerra contra Franco, Cuevas se esconde en casa de una familia de amigos asturiana e intenta despistar a los franquistas tiñéndose el pelo y poniéndose gafas. Casi funcionó.

Pero la policía empieza a acosar a sus padres para que les revelen su paradero y el de su hermano, Julián, también militante del PCE, que fallecería en 1940 defendiendo París de los nazis, a los 24 años. En una comisaría de Madrid pegan a su padre ante su madre para intentar hacerles hablar. Al enterarse, Cuevas se presenta en casa y la detienen.

En la Puerta del Sol, como tantos otros aquellos días, es torturada durante 45 días con descargas eléctricas hasta que finalmente es enviada, en un estado lamentable, a la abarrotada cárcel de Ventas, donde 4.000 reclusas comparten el espacio de 400.

En prisión organiza con otras presas grupos para compartir la comida y la información que les llega del exterior. En la cárcel para embarazadas del Puente de Segovia nace y muere su única hija. El padre era el hijo de la señora de la casa en la que se había escondido al terminar la guerra. La relación se rompió tras su segunda entrada en prisión.

Durante más de seis años, Cuevas habitó las cárceles de Ventas, Segovia, Teruel, Amorebieta... y una vez en libertad, y hasta casi la democracia, estuvo vigilada por la policía. En 1964 se casó con un vecino del barrio, Garrido, que murió siete años después.
Al llegar la democracia retomó su actividad sindical, esta vez, desde CC OO, y consiguió un local para el PCE que abrió cada día hasta que cumplió 90 años.(...)"       (El País, 28/03/2014)

25/3/13

Las monjas permitieron que la presa continuara con vida hasta que el bebé cumplió dos años. Entonces, se lo quitaron de los brazos y la fusilaron

"También recuerda Teófilo las mañanas en las que acompañaba a su madre al cementerio para poner flores a la fosa común donde descansan los restos de su padre. Las tres fosas del pequeño cementerio permanecieron abiertas hasta 1945 y él, siendo un niño de 5 años, podía ver los cuerpos de los fusilados comidos por la cal. Entre ellos, el de su progenitor

Otros días, llegar hasta la fosa se hacía imposible. “Muchas veces tuvimos que salir corriendo y escondernos en cualquier lugar cuando íbamos al cementerio. Las familias de derechas nos señalaban, nos insultaban y temíamos que nos mataran”, señala este hombre. El miedo no es de extrañar. Además de su abuelo, murieron otros tres familiares fusilados en el penal.

Sólo en Ocaña, un pueblo de apenas 11.000 habitantes de la provincia de Toledo, se registraron entre 1939 y 1959, fecha del último fusilamiento, 1.300 víctimas de la represión franquista. En su pequeño cementerio se concentran tres fosas comunes.

 La mayoría murieron fusilados, pero un gran número de ellos lo hicieron enfermos dentro de la prisión. La Asociación de Familiares de Ejecutados en la Cárcel de Ocaña, tras examinar los registros del penal, señala que en invierno la lista de fallecidos aumentaba considerablemente debido a las penosas condiciones de vida a las que estaban sometidos los presos. En muchos casos los verdugos ni siquiera necesitaban balas para cometer sus crímenes. 

“Hemos encontrado varias partidas de defunción de bebés, que morían en la cárcel. Era habitual que las presas tuvieran allí a sus hijos. De hecho, conozco un caso escalofriante”, narra Carmen Díaz, vicepresidenta de la asociación.

 “Una presa fue condenada a muerte pero tenía un bebé en edad de lactancia. Las monjas permitieron que la presa continuara con vida hasta que el bebé cumplió dos años. Entonces, se lo quitaron de los brazos y la fusilaron. El bebe fue abandonado entre los matojos, aunque me consta que logró sobrevivir”, cuenta esta mujer, cuya historia familiar no es menos  trágica.

 Su abuelo murió en la prisión tras ser juzgado tres veces: una para condenarle a muerte, otra para conmutarle la pena por 30 años de prisión y, finalmente, una última ocasión, en la propia cárcel, para condenarlo de nuevo a muerte.

La sentencia fue ejecutada inmediatamente sin avisar a los familiares. “Sospechamos que el último juicio fue un fraude ya que no aparece en ningún registro. Simplemente, querían verlo muerto”, cuenta a Público Carmen."             (Público, 24/03/2013)

8/9/11

«‘¡Comeos los unos a los otros!’, nos aconsejaban piadosamente los guardianes, ‘y así tendréis más sitio’»

"Monseñor José Álvarez de Miranda, obispo de León, a pesar del entusiasmo que mostró al inicio del golpe militar, quedó consternado por las matanzas y empezó a interceder con las tropas de la región en favor de algunos prisioneros.

Por cuestionar un tribunal del Ejército, al obispo le impusieron una multa de 10.000 pesetas. Y años más tarde, el Régimen le haría pagar su debilidad con un burdo montaje que desacreditaría su carrera para siempre.

Leyendo y hablando con el hispanista británico Paul Preston (Liverpool, 1946) cobran sentido las descripciones realizadas por Victoriano Crémer en el Libro de San Marcos tras su experiencia en el terrorífico campo de concentración, — «‘¡Comeos los unos a los otros!’, nos aconsejaban piadosamente los guardianes, ‘y así tendréis más sitio’»—, los aterradores testimonios recogidos a pie de fosa durante las exhumaciones de cadáveres y el desesperado lamento de los que sobrevivieron a la tragedia. (...)

De manera que muchos estudios muy detallados han llegado a la cifra de 50.000. Es sólo indicativa, pero bastante exacta en cuanto a las víctimas en zona republicana. En zona rebelde es mucho más difícil porque nunca hubo una investigación semejante, las autoridades no querían que se supiera el nivel de la matanza, había problemas de gente que murió lejos de sus pueblos, que no llevaba papeles y eran difíciles de identificar.

Pero a base de las investigaciones de historiadores locales se han llegado a descubrir los nombres de 130.000 personas. Hay bastantes provincias, sobre todo en Castilla La Vieja, donde apenas se ha hecho investigación y hay otras, incluso en el sur, donde sólo se han hecho investigaciones parciales. Todos los investigadores están de acuerdo en que esas 130.000 son sólo el comienzo, por lo que se llegaría, como mínimo, a 150.000, es decir tres veces más. (...)

—¿Qué diferencias hubo entre las víctimas de una misma guerra?

—Por un lado, hay una diferencia cuantitativa de tres a uno. También hay otra gran diferencia de intencionalidad. En zona republicana todo lo que pasó fue en contra de los deseos de las autoridades republicanas y realmente las matanzas habían acabado alrededor de diciembre del 36, porque habían vuelto a imponer el orden.

¿Quiénes eran los culpables ahí? Había incontrolados porque se habían abierto las cárceles, había grupos políticos como los anarquistas que creían que había que acabar con todos los representantes de la vieja sociedad en aras de crear otra nueva, con lo cual asesinaron al clero, a los ricos, si les encontraban, y a los militares, si les pillaban.

También hubo grupos de comunistas y algún socialista que hizo eso. Pero siempre en contra de las autoridades republicanas y, en el caso de los socialistas, en contra de los deseos de la dirección del partido.

En cambio, en la zona rebelde, la eliminación del pueblo republicano, por así decirlo, de la gente asociada a las ideas progresistas de la república, los maestros, las maestras, todo el que había participado en un sindicato, en un municipio; todo el que estuviera de alguna forma relacionado con la república o participado en acciones sindicales que suponían un desafío a los terratenientes eran las víctimas predestinadas por el plan de exterminio que había.

Había un plan previo de eliminación del enemigo y eso no tiene parangón en la zona republicana. Lo que sí hubo en ambas zonas fueron los bajos instintos humanos. En ambas zonas hubo casos de gente que aprovechó la situación para vengarse de alguien, para robar lo que codiciaban: y eso era la mujer, la casa, la propiedad, la empresa.

Había mucho de eso; gente que, por la situación, podía violar, robar y matar impunemente. Y eso es algo que ocurre en todas las guerras civiles. Pero las grandes divergencias entre los dos tipos de víctimas son la intencionalidad y las diferencias cuantitativas. (...)

—¿Lloró? En el capítulo de las gratitudes dice que Gabrielle, su esposa, «es la única que conoce el coste emocional que ha supuesto la inmersión diaria en esta crónica inhumana».

—A lo largo del libro me provocó indignación ver la muerte de personas inocentes en ambas zonas, pero lo que realmente me emocionó fue el tratamiento a las mujeres y a los niños, y especialmente las cosas que pasaron a las mujeres que llegaban a la cárcel con sus hijos pequeños o embarazadas.

Había una población bastante amplia en las cárceles, donde las condiciones eran inhumanas para estas mujeres con niños. El tratamiento de esos niños fue espantoso, incluso se los robaban a las mujeres jóvenes. Eso me ha emocionado mucho.

También había casos de pueblos donde mataron a familias casi enteras. Lo hicieron con los adultos, dejando en la calle a niños de tres, cuatro o cinco años totalmente desamparados. Cualquier ser humano se emociona con estos casos." (Paul Preston: «La represión franquista fue un plan de exterminio». Diario de León, 08/09/2011)

9/3/11

"Presenció... cómo iban desapareciendo los hijos de las presas que luego serían entregados a familias afines al Régimen"


Julia Manzanal muestra la cajita donde guarda un mechón de su hija. Fué testigo del robo de niños

"Julia Manzanal guarda en una cajita un mechón de pelo de su hija, muerta en la cárcel de Amorebieta, y en la memoria, grabados a fuego, los nombres y las caras de los responsables de algunas de las mayores atrocidades cometidas por el Régimen, como el robo de niños. Tiene 95 años.

En las cárceles franquistas que habitó por su condición de roja no solo vio morir a su hija después de una noche interminable pidiendo a gritos que alguna de las monjas que dirigía el penal de Amorebieta trajera medicinas.

También presenció, junto a Trinidad Gallego, en cuyos brazos murió su hija, cómo iban desapareciendo los hijos de las presas que luego serían entregados a familias afines al Régimen.

Gallego, detenida y violada en 1939 por su condición de enfermera comunista, fue además, comadrona en la cárcel de Ventas. Tiene 97 años y la memoria fresca. "Pero ningún juzgado me ha escuchado" comentaba en mayo de 2009 a este periódico. Hoy, a 9 de marzo de 2011, siguen sin escucharla. (...)

Emilia Girón, hermana de uno de los guerrilleros más famosos de España, Manuel Girón, El león del Bierzo, pereció a los 96 años sin haber logrado averiguar nada del niño que le quitaron en un hospital de Salamanca. Marina Álvarez Gutiérrez que buscaba a su hermana, murió con 84 años. (...)

Por eso, tras el nuevo revés de la Audiencia Nacional, han pedido amparo al Tribunal Constitucional. Quieren que la voz de los testigos y las muestras genéticas de las víctimas queden registradas antes de que mueran." (El País, 09/03/2011)

22/4/10

"Y después, volvieron a por ella. La metieron en la cárcel por ser esposa y madre de rojillos"

"Le faltaban dos meses para cumplir los seis años cuando mataron a su padre, pero la escena se le quedó grabada y, 73 años después, es incapaz de contarla sin romper a llorar. "A mi padre se lo habían llevado hacía unos días y mi madre estaba cosiendo, intentando pensar en otra cosa. Entonces llegó un amigo de la familia y le dijo: 'Mercedes, ha pasado lo peor: Han matado a Miguel'. Mi madre gritó y le dio un cabezazo a la máquina de coser. Empezó a sangrar. Mis hermanos empezaron a llorar al verla a ella con la cara llena de sangre y yo también, aunque entonces no entendía lo que estaba pasando".

Pero los falangistas volvieron. "A los 20 días, se llevaron a mi hermano, que aún no había cumplido los 18 años, a las trincheras para luchar en el bando de los asesinos de su padre. Desertó. Le cogieron. Le mandaron a un campo de concentración en Ávila y luego a otro en Sevilla, y allí lo torturaron hasta la muerte..." cuenta Manuel. "Y después, volvieron a por ella. La metieron en la cárcel por ser esposa y madre de rojillos", cuenta Manuel. "¿Se imagina lo que le debió de pasar por la cabeza viéndose en una celda, viuda, con un hijo muerto y siete sin padre ni madre?".

Los falangistas que se llevaron a su madre la soltaron a los 100 días sin ninguna explicación. Su hermano Juan, que entonces tenía 16 años, decidió ir a luchar con el bando republicano. "Hizo la guerra en España, huyó a Francia, después luchó contra los nazis en el maquis francés. En mi casa pasaron muchos años sin que supiéramos nada de él. Un día, cuando ya le habíamos dado por muerto, cuando ya le habíamos llorado, recibimos una carta suya diciendo que estaba vivo y que se iba a casar. Cuando se la di a mi madre, se desmayó". (El País, ed. Galicia, España, 18/04/2010, p. 22)