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29/7/26

Slavoj Žižek: Cuando matar humanos se convierte en un safari... los francotiradores en las colinas que rodean Sarajevo, ocupadas por las fuerzas serbias, disparaban a residentes al azar en las calles más abajo... era un negocio: decenas de extranjeros ricos (en su mayoría de Estados Unidos, el Reino Unido e Italia, aunque también algunos de Rusia) pagaban altas tarifas por la oportunidad de disparar contra los residentes del Sarajevo sitiado... Los precios estaban fijados: por ejemplo, matar a un niño pequeño costaba más que matar a un adulto... las fuerzas de paz de la OTAN en Bosnia, estaban al tanto de este safari; entonces, ¿por qué no lo hicieron público o simplemente bombardearon el lugar de los francotiradores? La matanza misma está organizada como espectáculo. Sin embargo, con todo el horror que revela, hay algo perversamente honesto en esto: ¿acaso los altos directivos corporativos no están involucrados en un safari similar? Sus decisiones pueden arruinar muchas vidas, miles pueden perder sus empleos, y podemos imaginarnos a algunos de ellos observando a las familias arruinadas de un tipo al que despidieron o a quien de otra manera le arruinaron la vida

"Hay una forma de perversión en funcionamiento hoy que nos permite evitar la vergüenza: nos excluimos de la realidad social (una realidad regulada por alguna autoridad simbólica, lo que Lacan llamaba el “gran Otro”) e intervenimos en ella desde una distancia segura, de modo que nuestros actos no quedan expuestos a la mirada del gran Otro que nos avergüenza. Un caso ejemplar de semejante perversión lo ofrece Sarajevo Safari (Miran Zupanic, Eslovenia, 2022), un documental sobre el que posiblemente sea el evento patológico más bizarro ocurrido durante el sitio de Sarajevo entre 1992 y 1996. Cuando este documental fue publicado, funcionarios de la República Srpska y asociaciones de veteranos de guerra negaron tajantemente todas las acusaciones, calificándolas de “propaganda” y “mentiras atroces” dirigidas contra el pueblo serbio. Últimamente, con un retraso de 4 años, las investigaciones criminales finalmente están descubriendo hechos, especialmente en Italia, y pronto habrá individuos procesados.

Es bien sabido que los francotiradores en las colinas que rodean Sarajevo, ocupadas por las fuerzas serbias, disparaban a residentes al azar en las calles más abajo. También era bien sabido que se invitaba a aliados serbios seleccionados (en su mayoría rusos) a disparar un par de tiros sobre Sarajevo, pero esto se consideraba un honor, una muestra de aprecio especial, no un negocio. Ahora nos enteramos del verdadero negocio: decenas de extranjeros ricos (en su mayoría de Estados Unidos, el Reino Unido e Italia, aunque también algunos de Rusia) pagaban altas tarifas por la oportunidad de disparar contra los residentes del Sarajevo sitiado. El viaje era organizado por el Ejército de la República Srpska: los clientes eran transportados desde Belgrado hasta Pale (la capital de la Bosnia serbia, en las montañas cercanas a Sarajevo) y luego llevados a un lugar seguro con vista sobre Sarajevo, en el valle. Los precios estaban fijados: por ejemplo, matar a un niño pequeño costaba más que matar a un adulto.

Nos enteramos por el documental de que no solo el alto mando del Ejército de la República Srpska, sino también las fuerzas de paz de la OTAN en Bosnia, estaban al tanto de este safari; entonces, ¿por qué no lo hicieron público o simplemente bombardearon el lugar de los francotiradores? Pero lo que resulta de especial interés aquí es la forma de subjetividad de un “cazador” de safari: las víctimas no eran personalizadas, permanecían anónimas, un muro simbólico separaba al cazador del blanco; no obstante, no se trataba de un videojuego, las víctimas eran parte de la realidad, y la conciencia de este hecho explica la emoción perversa de semejante “caza”. Para ser más precisos, no era la víctima quien aquí se desrealizaba, era el “cazador” mismo quien se excluía de la realidad ordinaria y se percibía a sí mismo ubicado en algún lugar seguro por encima de la realidad. Así es como la realidad misma se convirtió en parte de un espectáculo en el que el cazador puede fingir que no está personalmente involucrado.

Por esta razón, Sarajevo Safari va posiblemente incluso un paso más allá que otro documental, The Act of Killing (dirigido por Joshua Oppenheimer y Christine Cynn, Final Cut Film Production, Copenhague, 2012). La película –filmada en Medan, Indonesia, en 2007– reconstruye la historia de Anwar Congo y sus amigos, quienes hoy son políticos respetados, pero fueron gánsteres y líderes de escuadrones de la muerte que jugaron un papel clave en la matanza de 1966 de cerca de 2,5 millones de presuntos simpatizantes comunistas, en su mayoría de etnia china. Tras su victoria, sus terribles actos no fueron relegados al estatus de “secreto vergonzoso”, el crimen fundacional cuyas huellas hay que borrar; por el contrario, se jactan abiertamente de los detalles de sus masacres (la manera de estrangular a una víctima con un alambre, la manera de cortar una garganta, cómo violar a una mujer de la manera más placentera…). En octubre de 2007, la televisión estatal indonesia produjo un programa de entrevistas que celebraba a Anwar y a sus amigos; en medio del programa, después de que Anwar dice que sus matanzas se inspiraron en películas de gánsteres, la conductora, radiante, se dirige a las cámaras y dice: “¡Increíble! ¡Démosle un aplauso a Anwar Congo!” Cuando le pregunta a Anwar si teme la venganza de los familiares de las víctimas, Anwar responde: “No pueden. Cuando levantan la cabeza, los eliminamos.” Su lugarteniente agrega: “¡Los exterminaremos a todos!”, y el público estalla en vítores exultantes… hay que verlo para creer que es posible.

The Act of Killing da cuenta de (y reactúa para la cámara) algo que ya sucedió, mientras que en Sarajevo Safari la matanza misma está organizada como espectáculo. Sin embargo, con todo el horror que revela, hay algo perversamente honesto en esto: ¿acaso los altos directivos corporativos no están involucrados en un safari similar? Sus decisiones pueden arruinar muchas vidas, miles pueden perder sus empleos, y podemos imaginarnos a algunos de ellos observando a las familias arruinadas de un tipo al que despidieron o a quien de otra manera le arruinaron la vida. Y –nuestro último ejemplo de la misma locura– ¿acaso Dmitri Medvédev, expresidente ruso que hoy se desempeña como vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, no se apoyó en una lógica similar cuando dijo recientemente que “la alianza militar de la OTAN liderada por Estados Unidos tendría demasiado miedo de un ‘apocalipsis nuclear’ como para entrar directamente en el conflicto en respuesta [al uso ruso de armas nucleares tácticas]”: “Creo que la OTAN no intervendrá directamente en el conflicto ni siquiera en esa situación. Después de todo, la seguridad de Washington, Londres, Bruselas es mucho más importante para la Alianza del Atlántico Norte que el destino de una Ucrania moribunda que nadie necesita. […] El suministro de armamento moderno es solo un negocio para los países occidentales. Los demagogos de ultramar y europeos no van a perecer en un apocalipsis nuclear. Por lo tanto, tragarán el uso de cualquier arma en el conflicto actual.”

¿Somos conscientes de lo que implican estas frases? Medvédev está dispuesto a arriesgar las vidas de miles de millones por un pequeño pedazo de tierra –miles de millones en América Latina, África y Asia que NO están involucrados en el conflicto ucraniano. Ya en agosto de 2022, Medvédev había dicho que una propuesta de castigar a Rusia por crímenes de guerra en Ucrania amenazaba la existencia de la humanidad, dado el arsenal nuclear de Moscú. De nuevo, ¿desde dónde habla Medvédev cuando habla así, cuál es su posición subjetiva? No se incluye a sí mismo entre quienes perecerán, como si de algún modo fuera a sobrevivir a la catástrofe nuclear global –como si la humanidad fuera Sarajevo en un valle y él estuviera a una distancia segura, en una colina por encima de ella. Por supuesto que sabe que se verá afectado por el fin de la humanidad, pero habla como si no lo supiera." 

(Slavoj Žižek , Perfil, 12/07/26) 

25/5/18

Entre noviembre de 1975 y la llegada al gobierno de los socialistas murieron 105 ciudadanos víctimas del 'gatillo fácil' de los cuerpos policiales

"Su nuevo trabajo se titula: Vides truncades. Repressió, víctimes i impunitat a Catalunya (1964-1980) (PUV, 2018). Ballester (Barcelona, 1960) es doctor en historia y profesor en la UAB y el Institut de Seguretat Pública de Catalunya. Ha publicado diversos estudios sobre la historia del socialismo catalán, pero también ha abordado el franquismo y la Transición en Temps d’amnistia y El triomf de la memòria. La manifestació de l’11 de setembre de 1977.
 
El libro reconstruye una veintena de casos poco conocidos de muertes causadas por violencia institucional que han quedado relegadas a un segundo plano en las crónicas políticas y que, en algunos casos, nada tuvieron que ver con al política. En este sentido, es una aportación de interés, ya que en el período que analiza su obra este tipo de violencia suele ser considerada poco relevante. Por nuestra parte, le agradecemos que haya aceptado contestar las preguntas para nuestras lectoras y lectores.

¿Por qué ha escogido un período de análisis a caballo del franquismo y el fin de la Transición (1964-1980)?

Las fechas me fueron definidas por el primer y último de los casos tratados de forma monográfica en el libro. Las mismas se adecuaban a mi idea de poner de manifiesto que ni el tardofranquismo fue una época de autoritarismo “light”, ni la Transición fue ese producto edulcorado y mitificado que desde determinados ámbitos y de forma claramente manipuladora e interesada se intenta “vender”.

¿De la veintena de casos analizados cuáles considera más ilustrativos de la violencia política de fines del franquismo?

Es difícil hacer matizaciones ante tanta brutalidad e impunidad. El caso de Lluís Benito es extraordinariamente complejo a pesar de su simple trama: una discusión banal con un taxista, aparece un policía de paisano, todos a comisaria…y al cabo de unas pocas horas, un empleado de banca, padre de dos niñas pequeñas, era ingresado en un centro psiquiátrico con un golpe en la cabeza, hecho con un objeto “duro y flexible” (¿hacen falta más datos….?). 

Cuando fue llevado a un centro hospitalario ya era demasiado tarde y moriría pocos días después. Sus hijas no averiguaron la verdad de un hecho acaecido en 1964… hasta el 2012!

Otro caso que tampoco puede dejar indiferente a nadie es la muerte del militante del PCE (m-l) Cipriano Martos en Reus. La Guardia Civil le obligó a injerir una botella de ácido sulfúrico, que le provocó heridas irreversibles en el estómago. Cuando su madre llegó a Reus al ser avisada de los hechos, los guardias no le dejaron acercarse a su hijo, siendo apartada por los “beneméritos” a puntapiés.

¿Y de la Transición?

En esta etapa, las cifras que emanan del análisis de la práctica del “gatillo fácil” por parte de los diferentes cuerpos policiales, son de una gran contundencia. Entendemos por “gatillo fácil” la utilización abusiva de las armas de fuego por parte de miembros de los cuerpos de seguridad, ya fuera estando de servicio, o bien, francos del mismo. Casi la mitad de las víctimas por este motivo se produjeron en controles de carretera, y una cuarta parte en el curso de riñas entre un policía y un civil, normalmente en el marco de lugares de ocio y a altas horas de la noche.

En toda España fallecieron 105 ciudadanos por este motivo entre noviembre de 1975 y la llegada al gobierno de los socialistas. En el libro, por ejemplo, trato el caso de tres jóvenes (entre los tres no sumaban ni 70 años) que fueron víctimas de la Guardia Civil en tres localidades del interior de Cataluña donde no existía ninguna conflictividad política ni social. Con motivos bien absurdos se podía perder la vida en aquellos años.

Los casos de Adolfo Bárcena y Roque Peralta, en Hostalric y Súria respectivamente, tuvieron un amplio eco en la sociedad. En un momento de especial politización/movilización como fueron las fechas inmediatamente anteriores y posteriores a las primeras elecciones democráticas. En cambio, el caso del joven francés Jean Michel Clabeq pasó de largo desde el primer momento.

También es ilustrativo de cómo funcionaban determinados estamentos en aquellos años, el caso de la muerte debido a una paliza de Agustín Rueda en la prisión de Carabanchel, cuando ya se habían realizado las mencionadas elecciones y la aprobación de la Constitución ya estaba en el horizonte.

¿Qué son los “vacíos de la memoria” a los que alude?

Esta frase hace referencia a la nula presencia en determinada historiografía de los protagonistas de Vides truncades. Y, en consecuencia, en la memoria de nuestra sociedad. Incluso me atrevería a afirmar que de forma mayoritaria, las víctimas de la violencia institucional, ya se trate de muertos por la represión policial en el curso de manifestaciones, bien de víctimas del explicitado “Gatillo fácil” o de torturas en comisarías, cuarteles de la Guardia Civil o prisiones, son marginados del relato. Sus casos son poco estudiados y, en consecuencia, poco conocidos.

El nivel de olvido de estas víctimas es variable, aunque mayoritariamente, al igual que no se ha hecho justicia, tampoco muchos años después han conseguido el debido reconocimiento como tales. Algunas han recibido y reciben homenajes, impulsados por familiares y asociaciones memorialísticas, pueden tener una calle, pero mayoritariamente la palabra olvido es la que mejor refleja la situación en que se encuentran sus respectivas historias.

¿Los casos que estudia reflejan incidentes aislados o problemas de orden público relevantes?

Es evidente que en una dictadura como la Franquista el mantenimiento del orden público, que no de la seguridad ciudadana, era uno de sus objetivos fundamentales. A su vez, durante la Transición, al no producirse la debida depuración del aparato del Estado, los mismos policías que formaban parte de los cuerpos represivos del Franquismo se convirtieron, de la noche a la mañana, en defensores del nuevo orden democrático. Pero los viejos hábitos constaron mucho de erradicar.

Así, si entre 1969 y la muerte del dictador la policía provocó la muerte de 14 ciudadanos en el curso de la represión de manifestaciones, durante la Transición perderían la vida por el mismo motivo 41 personas. Una cuarta parte de ellos no participaban en las mismas, pero la represión era tan indiscriminada y la policía estaba tan poco preparada, acostumbrada a que con la mera brutalidad ya se conseguían los objetivos represivos. Esta problemática se enquistaría en la naciente democracia.

La llegada del PSOE no comportó el cambio profundo de las estructuras policiales (la ley de Martín Villa de 1978, al margen de ser preconstitucional, se limitó a la hora de la verdad en un cambio cromático en los uniformes –del gris al marrón- y terminológico –de Policía Armada a Policía Nacional), y la proyectada ley policial no fue aprobada hasta el fin de la legislatura. 

De forma paralela, decrecieron de forma muy notable las víctimas en manifestaciones y por “gatillo fácil” (aunque se produjeron todavía 22 muertes más hasta 1987), pero se mantuvo en sus puestos y se promocionó a policías responsables de numerosas violaciones de los derechos humanos durante la dictadura y los años anteriores.  (...)"                (Xavier Casals , LQSomos , en Rebelión, 11/05/18)

15/7/16

Su padre tuvo un incidente con un colono, que le disparó su revólver y lo dejó en la calle malherido. Nadie lo recogió todo el resto de la noche y al amanecer murió, desangrado

"A diferencia de otros barrios de Jerusalén, tan inmaculadamente limpios como los de una ciudad suiza o escandinava, el vecindario palestino de Silwan, situado en el este y vecino de la Ciudad Vieja y la mezquita de Al Aqsa, regurgita de basuras, charcos hediondos y desechos.

 Me temo que tanta suciedad no sea casual, sino parte de un plan de largo alcance, para ir echando a los 30.000 palestinos que todavía viven aquí e irlos reemplazando por israelíes.

 Los colonos comenzaron a infiltrarse en el barrio, por la zona de Batan Al-Hawa, hace 11 años. Lo que hasta entonces parecía poco menos que casual —grupos de familias ultrareligiosas que conseguían instalarse en una casa elegida al azar— tomó el cariz de una operación planificada y con un objetivo claro. 

Los colonos que se han metido en el barrio de Silwan pertenecen a dos movimientos religiosos: Elad y Ateret Cohanim. Están repartidos en unas 75 casas y no son muchos: unos 550. Pero se trata de una cabecera de playa, que, a todas luces, seguirá creciendo. Al día siguiente de mi visita al barrio, se anunció que las autoridades de Israel habían autorizado la construcción de un edificio en el barrio para albergar nuevos colonos de Ateret Cohanim.

Para saber dónde están los asentamientos basta mirar arriba: las banderas israelíes, flameando en la suave brisa de la mañana, indican que han ido constituyendo un cerco, igual que en el sur de las montañas de Hebrón, dentro del que todo el barrio va quedando encarcelado.

Las maneras como estas familias se apoderan de una casa son diversas: alegando tener documentos antiguos según los cuales fueron judíos los propietarios; comprando el inmueble a través de un testaferro árabe; hostilizando y amenazando al ocupante hasta hacerlo huir; pleiteando en los tribunales para que se decida a demoler la vivienda por no haber sido construida con los permisos necesarios, o, en los casos extremos, aprovechando un viaje o salida de los dueños o inquilinos para meterse en el lugar a la fuerza.

 Una vez que los colonos están adentro, el Gobierno israelí manda a la policía o al Ejército a protegerlos, porque, quién podría ponerlo en duda, esas gotas de agua de invasores en medio de ese piélago de palestinos, corren peligro. 

Las gotas se irán convirtiendo en arroyos, lagos, mares. Los colonos religiosos que han echado raíces aquí no tienen prisa: la eternidad está de su lado. Así han ido extendiéndose los enclaves israelíes en Cisjordania y convirtiéndolo en un queso gruyère; así van creciendo también en el Jerusalén árabe.

Se guardan las formas, como en el resto de la nación: Israel es un país muy civilizado. En Batan Al-Hawa hay 55 familias palestinas amenazadas de expulsión, por vivir en casas que carecen de documentos que garanticen la propiedad y 85 inmuebles con órdenes de demolición, pues, como de costumbre, fueron edificados sin obtener los permisos adecuados.

Cuando le pregunto a Zuheir Rajabi, vecino y defensor palestino del barrio, que me guía en este recorrido, si tiene fe en la honradez y neutralidad de los jueces que deben pronunciarse al respecto, me mira como si yo fuera todavía más imbécil que mi pregunta. “¿Acaso tenemos otra opción?”, me responde. 

Es un hombre sobrio, que ha estado en la cárcel varias veces. Tiene tres hijos de siete, nueve y trece años que han sido arrestados los tres alguna vez. Y una hijita, Darín, de seis años, que anda prendida de una de sus piernas. Su casa está rodeada de dos asentamientos y ha recibido varias propuestas para que la venda, por sumas más elevadas que su precio real. Pero él dice que no la venderá nunca y que se morirá en el barrio; las amenazas de sus vecinos no lo asustan.

 Le pregunto si los colonos instalados en Silwan tienen niños. Sí, muchos, pero salen muy rara vez y generalmente escoltados por policías, soldados o la guardia privada que protege los asentamientos. Pienso en la vida claustral y terrible de esas criaturas, encerradas en esas casas hurtadas, y en la de sus padres y abuelos, convencidos de que, perpetrando las injusticias que cometen, materializan un proyecto divino y se ganan el Paraíso.

 Desde luego que el fanatismo religioso no es privativo de una minoría de judíos. También son fanáticos esos palestinos de Hamas y la Yihad Islámica que se despedazan a sí mismos haciendo estallar bombas en autobuses o restaurantes, lanzan proyectiles sobre los kibutz o tratan de acuchillar a los soldados o a pacíficos transeúntes, sin entender que esos crímenes sólo sirven para anchar la zanja, ya muy grande, que separa y enemista a ambas comunidades.

 De pronto, en nuestras andanzas por Silwan, Zuheir Rajabi me señala un edificio de varios pisos. Todo él ha sido ocupado por los colonos, salvo uno de los apartamentos; en él permanece contra viento y marea una familia palestina de siete miembros.

 Hasta ahora, han resistido, pese a que les cortan el agua, la electricidad, a que deban tocar la puerta a los colonos para poder entrar cada vez que salen a la calle, e, incluso, a que, cuando abren las ventanas, los bombardeen con basuras.

Mientras conversamos, sin darme cuenta, nos hemos ido rodeando de chiquillos. Pregunto si alguno ha sido detenido alguna vez. El que levanta las manos tiene una cara traviesa y descarada: “Yo, cuatro veces”. 

Cada vez estuvo sólo un día y una noche; lo acusaron de tirar piedras a los soldados y él negó y negó y terminaron por creerle, de modo que no lo llevaron a la corte. Se llama Samer Sirhan y su padre tuvo un incidente con un colono, que le disparó su revólver y lo dejó en la calle malherido. Nadie lo recogió todo el resto de la noche y al amanecer murió, desangrado.

Cuento estas historias tristes porque, creo, dan una idea justa del más candente problema que enfrenta Israel: el de los asentamientos, la ocupación creciente de los territorios palestinos que lo ha convertido en un país colonial, prepotente, y que ha dañado tanto la imagen positiva y hasta ejemplar que tuvo mucho tiempo en el mundo.

Todavía hay muchas cosas que admirar en Israel. Haberse convertido, por el esforzado trabajo de sus habitantes, en un país del primer mundo, de muy altos niveles de vida y haber prácticamente liquidado la pobreza en la sociedad israelí gracias a políticas inteligentes, progresistas y modernas.

 Y, la máxima hazaña con que cuenta en su haber: haber integrado a decenas de miles y miles de judíos procedentes de culturas y costumbres muy diversas, de lenguas diferentes, en una sociedad donde, pese a la unidad del idioma hebreo que es el común denominador, coexisten fraternalmente todas ellas preservando su diversidad (dígalo, si no, el millón de rusos que han llegado en los últimos años al país).

Desde la primera vez que vine a Israel, a mediados de los años setenta del siglo pasado, contraje un enorme cariño por este país. Todavía creo que es el único lugar en el mundo donde me siento un hombre de izquierda, porque en la izquierda israelí sobrevive el idealismo y el amor a la libertad que han desaparecido en ella en buena parte del mundo. 

Con dolor he visto cómo, en los últimos años, la opinión pública local se iba volviendo cada vez más intolerante y reaccionaria, lo que explica que Israel tenga ahora el Gobierno más ultra y nacionalista religioso de su historia y que sus políticas sean cada día menos democráticas. Denunciarlas y criticarlas no es para mí sólo un deber moral; es, al mismo tiempo, un acto de amor.

Jerusalén, junio de 2016."                  (Mario Vargas Llosa, El País, 02/07/16)

5/1/11

La compañera de Ana Frank


Nanette Blitz Konig, amiga de Ana Frnak, sostiene un retrato de juventud

"Nanette Blitz Konig –Nannie, como la llamaban entonces–, una de sus compañeras de clase. Esta foto se encuentra en su casa de São Paulo (Brasil), donde reside desde los años cincuenta. Nanette lo archiva todo cuidadosamente: retratos, documentos, el número de identificación que los nazis le asignaron e incluso la carta que Otto, el padre de Ana Frank, le envió antes de visitarla en el sanatorio donde se recuperaba tras la guerra.

"Ni Ana ni yo tuvimos adolescencia, pasamos de niñas a adultas; de estar juntas en clase, a ser deportadas en un campo de concentración. Sobrevivimos como el resto, en pésimas condiciones de vida". (...)

Su padre, gerente en el Banco de Ámsterdam; su madre, nacida en Kimberly (Sudáfrica), y su hermano, todos ellos fueron deportados a campos de concentración. Jamás regresaron. (...)

En mayo de 1940, las tropas alemanas ocuparon Holanda, que cinco días más tarde capituló. El antisemitismo latente se transformó en una implacable persecución. En Holanda, antes de la guerra había unos 140.000 judíos. De ellos, unos 100.000 fueron deportados y regresaron poco más de 5.000. Nanette explica:

"Las personas denunciaban por dinero; hoy nadie quiere acordarse. Solo una minoría de holandeses ayudó a los judíos. La resistencia representaba el 1% de la población. Tuvieron mucho coraje porque algunos serían deportados o fusilados".

Los profesores y trabajadores públicos judíos fueron obligados a dimitir a finales de 1940, como hizo el padre de Nanette. El objetivo era destruir la colonia holandesa judía, que a partir de marzo de 1941 fue obligada a registrarse. Prohibieron las bicicletas, el transporte público, la asistencia a los cines, parques y otros espacios compartidos.

La población debía permanecer en casa entre las ocho de la noche y las seis de la mañana, y finalmente los judíos fueron obligados a depositar sus bienes en un banco confiscado. Debían identificarse públicamente con una estrella amarilla de tela con la palabra judío en el centro, la misma que Nanette aún guarda en su casa de São Paulo.

a los directores de escuela les obligaron a declarar el número de estudiantes judíos, lo que conllevó la creación de 25 escuelas solo para ellos. En una de ellas coincidieron Ana y Nanette. Compartieron clase entre octubre de 1941 y julio de 1942, cuando la familia Frank desapareció para esconderse. Menos de un año fue tiempo suficiente para entablar una relación de colegas. "Entré con 12 años y salí a los 14. Ana y yo veníamos de barrios distintos.

No éramos íntimas, cada una tenía su grupo. Ella era muy viva, extravertida, le gustaba ser vista, hablar con los chicos. Y su pelo… puedo imaginar el trauma que debió de suponer verse en el campo de concentración sin aquel cabello tan preciado, con aquel aspecto tan debilitado…". (...)

"No se hablaba de religión y el deporte estaba prohibido. Teníamos el máximo cuidado para no hablar de nada, ni siquiera de lo que acontecía en casa: nunca sabíamos quién estaba de qué lado".

para evitar la deportación inminente de la hermana de Ana Frank, Margot, en julio de 1942, Otto, el patriarca, decidió acelerar algo que había gestado con ayuda de algunos empleados: su huida. La familia pasaría dos años escondida en la parte trasera de una empresa colindante a los canales de Ámsterdam.

Un chivatazo de un informador no identificado guió a la policía de seguridad hasta allí. Lo revolvieron todo, sustrajeron las joyas y otros objetos, pero dejaron desperdigados algunos álbumes de fotografías y papeles, entre los que se encontraban los escritos de Ana. Una empleada los recogió y, tras la guerra, se los entregó a Otto, único superviviente de la familia Frank.

En septiembre de 1943, cuando los Frank aún permanecían ocultos, la familia Blitz Konig fue detenida. Nanette lo describe con emoción: "Aún puedo escuchar los golpes en la puerta, los gritos, el desconcierto… es algo que no se transmite, la deshumanización… Entraron dos hombres de la Gestapo que gritaban Schnell, schnell! [rápido, en alemán]. Golpeaban la puerta salvajemente. Tuvimos que salir a empujones".

Los condujeron en un tren común hasta el campo de transición de Westerbork, al noreste de los Países Bajos, de donde cada semana deportaban a unos 2.000 judíos en vagones de ganado hacia los campos de exterminio de Polonia. En febrero de 1944, la familia sería trasladada de Westerbork a Bergen-Belsen en un convoy destinado al intercambio de judíos por prisioneros de guerra alemanes.

Por este motivo no le asignaron un número ni le raparon el cabello ni le dieron un traje de rayas. Sin embargo, sufrió el maltrato y las condiciones de vida del campo. "Así me salvé de ser llevada a Ravensbruck. En Auschwitz, la línea de la muerte se situaba en los 15 años; por debajo de esa edad las mataban. No había niñas. Por suerte, Ana había cumplido esa edad".

La vida en el campo era una constante lucha por la supervivencia: letrinas inmundas, condiciones insalubres, piojos, hambre, enfermedades, frío, horas de pie durante el appel (recuento de presos), a la intemperie… Nanette recuerda que en un appel se enfrentó al temido Joseph Kramer, el comandante del campo de Bergen-Belsen, cuando quiso sacarla de la fila y ella se negó.

Tuvo miedo de los perros entrenados para despedazar a los presos, pero escapó a salvo. También guarda en su memoria el impacto que le causó la segunda ocasión en que peligró su vida:

"Era hacia el final de la guerra, cuando un día me sacaron de la fila para que fuera a buscar agua. El guarda me apuntó con su arma directamente, me quedé inmóvil sin mostrar miedo alguno. Parece que eso no le gustó demasiado, no le divertía y decidió no dispararme".

El padre de Nanette murió en Bergen-Belsen el 24 de noviembre de 1944. Un mes más tarde, su hermano sería deportado al campo de Oranienburg, en Alemania, donde falleció nada más llegar. Su madre fue transportada un día después hacia Magdeburg, cerca de Beendorf, donde trabajó esclavizada en una mina de sal a 700 metros bajo el suelo para fabricar piezas de aviones.

No sobreviviría, pues antes de la liberación, en abril de 1945, moriría en un tren que transportaba a 2.000 mujeres a Suecia. A partir de diciembre de 1944, Nanette se quedó sola en Bergen-Belsen, dividido en varios campos diferentes.

Ella estaba en el campo 7 de mujeres y, desde la alambrada que las separaba, vio varias veces en el número 8 a Ana Frank, que llegó procedente de Auschwitz en noviembre de 1944. Cuando en febrero de 1945 eliminaron aquella alambrada, Nanette fue a buscarla.

"Fui la única de la clase que se reencontró con Ana en Bergen-Belsen poco antes de morir, tal vez un mes antes. Casi no nos reconocimos por nuestro aspecto; ella estaba muy debilitada, casi reducida a un mero esqueleto, muerta de frío, envuelta en una manta raída, no aguantaba los piojos, no sabía cómo resistir… Conseguí abrazarla. Jamás olvidaré el reencuentro". (...)

"Al final, los crematorios de Bergen-Belsen no daban abasto. Los ingleses se encontraron con montones de cuerpos. Aquella noche, la muerte seguía rondando. Había una forma peculiar de roncar que denotaba si alguien iba a morir…".

Nanette sobrevivió de milagro, con solo 30 kilos de peso. Enfermó de tuberculosis y tifus contraídos en el campo y entró en coma. Gracias a la acción de un mayor del ejército británico, fue trasladada en avión a Eindhoven, al sur de Holanda, para ser internada en un sanatorio cerca de Harlem, Santpoor, donde permaneció unos tres años.

En octubre de 1945 recibió una carta de Otto Frank en la que le preguntaba si podía recibir visitas. Todavía hoy guarda esta carta en su archivo.

Otto le explicó que tenía el diario de su hija y que quería publicarlo: "Me contó que había partes muy críticas de Ana con su madre, decía que sus padres no eran románticos… Pero, claro, el clima no estaba para romanticismos… Otto extrajo aquellas páginas del libro.

Me preguntó qué opinaba, pero yo no opinaba nada, tenía 16 años. Aquellos ataques de Ana a su familia me parecían propios de una adolescente, no eran imprescindibles para un libro centrado en los nazis y sus acciones contra los judíos". (El País Semanal, 28/11/2010, p. 14 y ss.)