"La 'Colònia penitenciària' de Formentera, conocida oficialmente también
como 'Destacament penal' y 'Presó central', fue la cárcel franquista más
terrible de Balears, según el testimonio de algunos de los presos
republicanos que sobrevivieron a ella. Los reclusos morían por
inanición, debido a la corrupción y crueldad sin límites que desplegaron
los responsables de la cárcel. Sin embargo, a diferencia de lo que
ocurría en otras cárceles, como en Can Mir
(Palma, Mallorca), no hubo fusilamientos ni se practicaron las ‘sacas’,
que consistían en hacer creer a los presos que eran “liberados” para
luego acabar siendo asesinados en las cunetas de las carreteras.
La historiografía no coincide en señalar cuál fue la fecha en que entró
en funcionamiento el campo de concentración de Formentera. La mayoría de
las fuentes consultadas coinciden en que todo apunta a que fue a
mediados de 1940, en mayo o junio, cuando se instaló, hasta su
desmantelamiento, en noviembre de 1942. “Las condiciones de carestía de
las Pitiüses y la corrupción del director del centro agravaron todavía
más la inhumana situación del campo”, detalla Artur Parrón Guasch,
vicepresidente del Fòrum de la Memòria d’Eivissa i Formentera y doctor
en Historia, en el libro La Guerra Civil i el primer franquisme a Eivissa i Formentera.
Las condiciones de alimentación y salubridad en la prisión, conocida
coloquialmente como 'Es Campament', 'Sa Colònia' o 'Es Camp des Presos',
eran muy lamentables. Uno de los supervivientes fue Juan Ferrer Marí,
también conocido como Joan de sa Punta, quien permaneció dos
años encerrado en la cárcel. Ferrer Marí fue condenado a 30 años de
prisión por haber acompañado a los milicianos que detuvieron y
asesinaron al sacerdote de La Mola (Formentera), Juan Torres Torres. En
una entrevista que fue publicada en el número 48 del semanario Proa,
Ferrer Marí le explicó al periodista y escritor José Miguel L. Romero,
autor de Els morts. Les víctimes de la Guerra Civil a Eivissa i Formentera (1936-1945),
que Ángel Llorente Ruiz, jefe del campo de concentración, “era una
persona que quedaba muy bien con todo el que hablaba, pero se portó muy
mal”. “Los alimentos que debían llegar a los presos se los daba a los
animales que cuidaba en su pequeña granja. Tenía gallinas, cerdos...
Animales que luego vendía, pero que jamás pudimos comer nosotros.
Durante ese tiempo nunca probamos carne”, detalló.
Rebuscaban comida entre las heces
Los reclusos llegaban al campo de concentración esqueléticos, en
unas condiciones de salud y alimentarias terroríficas. “Recuerdo uno
muy enfermo que el mismo día en que llegó al campo de concentración fue a
que le dieran un plato de comida y cuando se lo entregaron cayó de
espaldas y murió”, relató Ferrer Marí. Según su descripción, se
alimentaban prácticamente solo a base de caldos de verduras, que se
hervían hasta tal punto que ya no quedaba nada sólido en el plato. “En
ocasiones caían en el plato dos o tres garbanzos”. “No parábamos de
mear, ya que solo ingeríamos líquido”. En cada barracón había colocados
un par de bidones de petróleo de unos 200 litros de capacidad, donde los
presos orinaban. “Estaban cortados por la mitad y tenían un par de asas
para sacarlos fuera y vaciarlos. Cuando llegaba la noche estaban
completamente llenos, rebosantes”, describió Ferrer Marí.
Los presos tenían el estómago destrozado como consecuencia del
durísimo régimen alimentario, tanto que casi no podían ni digerir los
alimentos. Cuando comían habichuelas, por ejemplo, las defecaban
enteras. “En esos casos, la gente, desesperada de hambre, rebuscaba
entre la mierda de las letrinas para encontrarlas y comérselas”, precisó
Ferrer Marí. El hambre era tal que incluso se cocían las pepitas de las
algarrobas o roían durante días los huesos que encontraban tirados por
el suelo. “Si veías a uno que mordisqueaba una piel de naranja, sabías
que ese no duraría mucho, que moriría pronto”. Corrieron mejor suerte,
según el testimonio de Ferrer Marí, quienes realizaban las labores de
construcción del muro del campo de concentración, ya que ellos comían
arroz y aceite.
Los presos se disputaban la comida con los cerdos
Los carceleros del régimen franquista se divertían también
viendo cómo los prisioneros se peleaban con los cerdos para conseguir
los alimentos. El corral era utilizado como campo de batalla. “Cuidaba
mejor a sus puercos que a nosotros (en referencia a Ángel Llorente Ruiz,
director del campo de concentración). Un día recuerdo que había catorce
animales peleándose por unas pieles de calabaza. Digo 'animales', pero
en ese grupo se confundían los cerdos con hombres que, muertos de
hambre, no tuvieron más remedio que llegar a ese extremo”, atestiguó
Ferrer Marí. “Llegó un vigilante, que se llamaba Carrillo, y la
emprendió a porrazos con los presos para que no molestasen a la piara”,
añade.
Decenas de los represaliados pasaron también por el conocido
como “barracón de aislamiento”, al cual los presos bautizaron
coloquialmente como “cementerio de los vivos”, ya que iban a parar los
enfermos de mayor gravedad, que eran “todo huesos y piel”. Las
condiciones alimentarias e higiénicas eran penosas, que en este caso se
veían reflejadas también en las plagas de chinches, que se contaban a
millares. Cuando los reclusos se iban a dormir y apagaban la luz, eran
rápidamente atacados por los insectos. “Si volvías a encenderla
observabas cómo una mancha negra huía por las paredes. La luz las
espantaba. Por eso algunos dormían con una vela encendida”. Esta era la
única manera que tenían de evitar recibir las picaduras del bicho.
Un niño de 14 años, entre los presos
Había algunas diferencias entre Es Campament (colonia
penitenciaria del régimen franquista que dependía de la Prisión
Provincial de Palma) y otras prisiones franquistas de Balears, como Can Mir.
A diferencia de lo que ocurría en esta prisión, los represaliados
republicanos no morían fusilados, ni eran víctimas de las ‘sacas’ en Es
Campament. La distinción radicaba en que los detenidos en la prisión de
Can Mir, que estaban a disposición del gobernador civil de Balears,
todavía no habían sido juzgados. “Eran víctimas de las ‘sacas’ porque no
constaba todavía ningún expediente judicial sobre ellos. Por eso había
ejecuciones extrajudiciales”, explica a elDiario.es Antoni Ferrer
Abárzuza, doctor en Historia y redactor del estudio que forma parte del
Segundo Plan de Fosas del Govern.
En Formentera, la colonia penitenciaria no estaba militarizada, como ocurría también con otros campos de prisioneros que construyeron una red de carreteras de más de 200 kilómetros en Mallorca.
“La responsabilidad era de la administración civil, por tanto, la
cárcel estaba controlada por oficiales de prisiones, no por militares.
Los presos que fueron enviados a Formentera habían pasado por un
tribunal: tenían sentencia firme, ya fuera una condena perpetua de
treinta años por 'adhesión a la rebelión', por 'auxilio a la rebelión'
-que solía ser una pena de doce años- o por otras modalidades de
contribuir a lo que los fascistas decían que era una ‘rebelión’. Como ya
tenían expediente judicial, no corrían ‘peligro’, en principio, de ser
víctimas de ‘sacas”, puntualiza Ferrer Abárzuza.
Pese a las diferencias, el campo de concentración de Formentera
no fue una excepción en cuanto a las prácticas de tortura y sometimiento
brutal que había en el resto de España y Europa. “Pese a que la
propaganda oficial aseguraba que era un ‘modelo’ para Europa,
posiblemente poco tenía que envidiar a los (campos de concentración) de
los nazis en algunos aspectos”, describe el periodista y escritor José
Miguel L. Romero.
En Sa Colònia, principal símbolo de la represión franquista en
la isla, se llegaron a concentrar, en un espacio reducidísimo, entre
1.100 y 1.400 reclusos de todo el Estado español, según recoge Romero a
partir de los cálculos realizados a ojo por testimonios directos.
Durante estos dos años, según documenta Ferrer Abárzuza, a partir de los
datos del padrón municipal de habitantes, unas 2.000 personas llegaron a
estar encerradas en el campo de concentración. El 1 de enero de 1942
había 1.209 reclusos en la colonia penitenciaria, apunta Ferrer Abárzuza
citando datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Uno de los
presos, cuya existencia conocemos debido a los datos del padrón -que
registraba el Ajuntament de Formentera-, fue Manuel Díaz Sauceda, un
adolescente de solo 14 años, natural de Don Benito (Badajoz), que
sobrevivió, pero cuya pista se le perdió cuando la prisión fue
desmantelada.
En el campo de concentración de Formentera murieron 58 presos
republicanos, entre marzo de 1941 y finales de octubre o principios de
noviembre de 1942, según el Registro de Defunciones de Formentera. En la
prisión se producían casi cuatro muertes al mes de media, unas cifras
que también se registraron en las localidades toledanas de Ocaña y
Talavera, donde en una década se produjeron 680 muertes.
Si no hubo más fallecidos fue por la ayuda de las familias y la
organización del PCE en la clandestinidad. “He conocido a gente de
Formentera a la que le llevaban comida cada día: estos estaban
salvados”, asegura Ferrer Abárzuza. Los presos de Eivissa, Mallorca y
Menorca solían recibir paquetes de sus familiares donde había comida, a veces podrida, y también no perecedera.
“La comida en conserva solía llegar”, comenta el historiador. Además,
según apuntan algunos testimonios, el PCE en la clandestinidad había
creado una red de solidaridad “para repartir comida entre quienes no
tenían, que eran, sobre todo, los que procedían de Extremadura y la
Península, en general. La represión en Extremadura fue tremenda”, afirma
Ferrer Abárzuza. También se daba el caso de presos que no recibían
comida porque sus familiares “no sabían dónde estaban”.
Los encarcelados eran de clase obrera
El oficio de cada uno de ellos indicaba su origen de clase
obrera y trabajadora. De entre ellos, había 29 campesinos, seis
jornaleros, dos agricultores, dos carpinteros, un zapatero, un cafetero,
un mecánico, un obrero, un albañil, un bracero, un ganadero, un
carretero, un cantero, un escribiente, un electricista, un minero, un
minero picador, un lavador de minerales y un panadero. Tres de los
fallecidos fueron registrados sin oficio y uno es descrito simplemente
como “empleado”. Treinta y seis eran originarios de Badajoz y, entre
ellos, había once murcianos, dos alicantinos, un valenciano, dos
catalanes, dos canarios, un ibicenco, un mallorquín y un madrileño. En
uno de los presos muertos no consta su registro de nacimiento. El hecho
de que entre los fallecidos solo hubiera un ibicenco y ningún
formenterer, se explica, según documenta Romero, “porque, al contrario
de aquellos que procedían de la Península (o de Canarias), tenían la
suerte de recibir alimentos de sus familiares en las islas”. Ferrer
Abárzuza añade que, además, existe documentación que indica los graves
problemas de suministro que había en Formentera en el contexto de la
posguerra.
La mayor parte de ellos murieron de hambre, por tuberculosis o
como consecuencia de enfermedades causadas por las pésimas condiciones
alimentarias y sanitarias de la colonia penitenciaria. Para referirse a
los reclusos que morían de hambre, el régimen franquista utilizaba el
término médico “caquexia”, sinónimo de “estado de extrema desnutrición”.
Eran eufemismos que se usaban para no decir que los presos morían de
hambre. Otros fallecían por colapsos cardíacos, enteritis aguda
(inflamación del intestino delgado causada por comer o beber alimentos
contaminados con bacterias o virus), mal de Pott (infección tuberculosa
en la columna vertebral), avitaminosis (déficit de vitaminas),
albuminuria (una enfermedad renal que se produce por exceso de la
proteína albúmina en la orina), infecciones intestinales, insuficiencia
cardíaca, miocarditis crónica, anemia de Biermer, insuficiencia mitral,
peritonitis, endocarditis, cirrosis hepática, reblandecimiento cerebral o
cáncer estomacal, entre otras. Casi todos los presos fallecían por
varias afecciones.
La represión franquista fue “tremenda” en Extremadura
La gran cantidad de extremeños que había se explica porque el
campo de concentración de Sagrajas (Badajoz), la prisión provincial y el
Picadero de Badajoz “se encontraban repletos de reclusos”, según
documentó el historiador José Luis Gutiérrez Casalá en Guerra Civil en la provincia de Badajoz, la mayoría procedentes de Castuera
y Don Benito. Uno de ellos fue Antonio Godoy Delgado, nacido en
Hornachos (Badajoz) el 25 de mayo de 1909, según documentó Romero.
Perteneciente a la agrupación socialista local, fue el último alcalde
republicano de la localidad. Teniente de alcalde del Frente Popular,
cogió el bastón de mando de Hornachos cuando el alcalde Manuel Calvo
dimitió y huyó por temor a las represalias después del golpe de Estado
del 18 de julio de 1936. Durante la Guerra Civil, Godoy formó parte del
Batallón de la decimosexta Brigada Mixta, liderada por el diputado del
PCE Pedro Martínez Cartón.
Según su testimonio, lo primero que hacían los responsables del
campo de concentración (un director, ocho guardias y tres jefes de
servicios) por las mañanas era hacer un recuento de todos los reclusos,
para asegurarse de que no faltaba nadie. Después, les obligaban a cantar
el Cara al Sol. “El campo de concentración estaba alambrado;
este daba de cara al mar; una vez que tuvimos las viviendas hechas, los
carpinteros hicieron todas las porterías necesarias. En el mismo centro
del campo colocamos un madero altísimo, y en lo alto la bandera de la
Falange”, explicó Godoy en sus memorias, recogidas por Romero. Después
de cantar el Cara al Sol, desayunaban. Normalmente, dos higos o
una sardina arenque, así como una barra de pan que tenían que compartir
entre cinco. Al mediodía les “solían dar un cazo de caldo con dos o
tres trocitos de patatas y en otras ocasiones unos trocitos de coles,
cuando era la temporada”. “El que no recibía nada de su familia se podía
decir que estaba condenado a muerte, en este caso de hambre”, escribió.
Desmantelamiento por “temor” a los aliados
Es Campament fue desmantelado en otoño de 1942, después de que
llegara una orden de desalojo de Madrid, para lo que el régimen movilizó
a decenas de guardias civiles y lanchas a motor, así como un barco de
carga, que condujo a los presos a València. La razón podría estar en la Operación Torch
iniciada por los aliados, mediante la cual las tropas
anglo-estadounidenses desembarcaron en Túnez el 8 de noviembre. En plena
II Guerra Mundial, Franco temió que los aliados pudieran desembarcar en
Balears. “La operación Torch generó angustia en el dictador y sus
camaradas golpistas, tal vez por temor a que los aliados utilizaran
Formentera como plataforma de sus operaciones contra los nazis y
fascistas en el Mediterráneo”, argumenta Romero.
Uno de los responsables de la prisión fue Vicente Bueno, que
durante las últimas décadas del siglo XX trabajó como guía turístico.
Hijo de andaluces, nació en Formentera en 1918, pero a los seis meses
abandonó la isla con sus padres. Bueno volvió a la isla en 1941 para
hacerse cargo, junto con otros dos jóvenes oficiales, del campo de
concentración. En una entrevista que Romero le hizo en diciembre de
1995, publicada en el número 47 de la revista Proa, Bueno
explicó que las órdenes para desalojar Es Campament llegaron de Madrid.
Los reclusos fueron enviados a Eivissa y de allí, en un barco muy
grande, a Palma, con la supervisión de un par de agentes de la Guardia
Civil.
La represión en Formentera fue “especialmente sangrante” porque
era una isla “tradicionalmente fiel al voto republicano” y que no había
sufrido “disturbios significativos” durante la ocupación republicana,
explica Parrón. Según su investigación, una minoría de elementos
franquistas autóctonos, junto a falangistas provenientes de Eivissa,
llevaron a cabo la represión. En muchas ocasiones, las víctimas no
estaban en las “listas” de “rojos”, sino que fueron detenidos y
ejecutados por su proximidad familiar al realmente perseguido, que había
huido de la isla o estaba escondido. Al menos dieciocho formenterers
fueron ejecutados por el bando sublevado entre el 20 de noviembre de
1936 y el 19 de febrero de 1937, la mayoría de ellos en Formentera,
aunque también hubo asesinados en Mallorca, Eivissa y Cartagena
(Murcia). La práctica totalidad de los dirigentes políticos, así como
muchos militantes y simpatizantes de los grupos de izquierdas
consiguieron huir durante la semana posterior al abandono de las islas
por parte del poder republicano." (Nicolás rivas, eldiario.es, 08/11/22)