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6/8/24

La piel de naranja que unió para siempre a un preso de un campo de concentración franquista y la vecina que le ayudó... Cuando salió del campo de concentración de Albatera, José Antonio Urquijo tenía 22 años y pesaba 31 kilos... Carmen y Maruja, dos chicas del pueblo, pasaran por allí al bajar a lavar ropa para ganarse la vida. En aquella ocasión, iban comiendo una naranja y arrojaron las pieles al suelo: “Entonces vieron como los presos, entre ellos mi padre, se tiraron como locos a por ellas del hambre que tenían. A las jóvenes les impresionó tanto verles que empezaron desde entonces a dejarles allí algo de comer cuando podían”

 "Cuando salió del campo de concentración de Albatera (Alicante), José Antonio Urquijo tenía 22 años y pesaba 31 kilos. Las pésimas condiciones en las que los franquistas mantuvieron a los miles de presos que encerraron allí en 1939 marcaron a José Antonio, combatiente del Ejército republicano, para el resto de su vida. Nunca se olvidó del hambre y de la violencia, pero tampoco de la vecina del pueblo que, según él mismo decía, le devolvió la esperanza. Se llamaba Carmen Rubio.

Lo cuenta su hijo Enrique, que ha escuchado el relato en casa desde que nació y se lo sabe al dedillo. Todo empezó un día en el que los presos del campo de concentración, uno de los 300 que creó Franco por toda España, fueron obligados a salir fuera de la alambrada a trabajar. Era habitual que Carmen y Maruja, dos chicas del pueblo, pasaran por allí al bajar a lavar ropa para ganarse la vida. En aquella ocasión, iban comiendo una naranja y arrojaron las pieles al suelo: “Entonces vieron como los presos, entre ellos mi padre, se tiraron como locos a por ellas del hambre que tenían. A las jóvenes les impresionó tanto verles que empezaron desde entonces a dejarles allí algo de comer cuando podían”.

Pero esta es una historia de reencuentros. Y es que José Antonio y Carmen se volvieron a ver casi 40 años después y entablaron una amistad que duró siempre. Sin embargo, el fallecimiento de ambos hizo que las familias perdieran el contacto en los años 90. Ahora, gracias a las excavaciones que el arqueólogo Felipe Mejías está llevando a cabo en el campo de concentración, sus descendientes se han reencontrado.

Militante del PNV en la clandestinidad, José Antonio, natural de Bilbao, siempre decía que estar en Albatera “había sido lo más duro que le había pasado en la vida”, pero no fue el único centro de represión franquista en el que fue encerrado. Combatiente en el Frente del Norte durante la Guerra Civil, fue detenido por falangistas en Asturias y tras pasar unos días en la cárcel de Oviedo fue trasladado al campo de concentración de Santoña, luego al de Miranda de Ebro y posteriormente a un batallón de trabajadores de Toledo.

De allí pudo escaparse y combatir de nuevo, esta vez en Extremadura, pero viendo que el final de la contienda se acercaba decidió ir al puerto de Alicante como otros tantos republicanos ante los rumores que corrían de que desde allí podrían dirigirse al exilio y huir de la represión que, con toda seguridad, estaba por venir.

Sin embargo, aquello no salió bien, los pocos barcos disponibles ya habían zarpado y los franquistas acabaron deteniendo a los republicanos que no pudieron escapar. “Les llevaron en vagones de trenes de ganado al campo de Albatera, como hicieron los nazis. Allí la crueldad era absoluta”, cuenta Enrique, que especifica que a los presos les daban de comer una lata de sardinas y medio litro de agua para dos personas y dos días. “Mi padre contaba que llegaban a beber de las letrinas”, añade.

Le ayudaron a creer

El periplo represivo de José Antonio continuó tras salir de allí. Pasó por otro campo de concentración y otro batallón de trabajadores, le obligaron a hacer la mili y en 1947 fue encerrado de nuevo acusado de asociación ilegal y desórdenes públicos. Los años pasaron, pero Albatera y las naranjas de Carmen y Maruja siguieron en su memoria de una forma especial. “Cuando nos narraba todo esto siempre decía que tenía que encontrar a estas mujeres porque le dieron esperanza, le ayudaron a creer en medio de aquella desgracia, pero no sabía cómo hacerlo”, explica su hijo. Ocurrió a principios de 1975, cuando José Antonio viajó desde Bilbao hasta Albatera en busca de Carmen.

A ese otro lado, el lado de la familia de Carmen, esta es también la historia de su vida. Lo sabe bien su nieta Rosa, que recuerda cómo su abuela contaba “cuánto le impresionó ver que algo que todos tiramos, como las pieles de una naranja, se la comían con aquella desesperación”. La mujer, que creció en un hogar humilde y socialista, “apenas tenía para comer”, pero “siempre les intentaba dejar algo”. Rosa ha escuchado muchas veces el relato de cómo ella y José Antonio se reencontraron cuando el hombre apareció en la tienda de ultramarinos que sus padres tenían en el pueblo.

Allí le atendió su padre Salvador, yerno de Carmen, aunque su madre también estaba detrás del mostrador. “Cuentan que le dijo a uno de sus hijos emocionado: 'sí sí, es aquí, es su hija porque se parece a ella'”, narra Rosa. Acto seguido, sus padres le llevaron a ver a Carmen a casa. “Cuando salió se abalanzó sobre ella para abrazarla pero no le reconocía. Él le dijo 'tu a mí no me conoces porque peso casi 30 kilos más que entonces, pero yo no te he olvidado en la vida. Y ella se dio cuenta”. José Antonio y Carmen mantuvieron desde entonces un contacto estrecho; se llamaban, se escribían y junto a sus familias se visitaron varias veces más.

El reencuentro

Sin embargo, tras la muerte de Carmen en 1993 y de José Antonio en 2008, el hilo se perdió. Hasta ahora. El año pasado, Felipe Mejías, que lleva desde 2020 buscando fosas comunes y los restos del campo de concentración en Albatera, colgó en sus redes sociales un artículo publicado por El Español sobre la historia de ambos. Ya Enrique había ido a ver el campo en alguna ocasión y le había contado la historia al arqueólogo. Rosa vio entonces aquella publicación e identificó a su abuela: “Para mí fue una sensación increíble porque fue ver plasmado lo que yo había escuchado toda mi vida”, afirma.

A través de las redes sociales, Rosa y la pareja de Enrique entraron en comunicación, se dieron los teléfonos y retomaron el contacto. “Ha sido muy emocionante, para nosotros han sido y son como de la familia. Que en la vida tan dura que tuvo mi padre, hubiera alguien que se le acercara así y teniendo tan poco le ayudara hace que no podamos tener más que agradecimiento”, confiesa el hijo de José Antonio. Coincide Rosa, que destaca tener la sensación de que a ambas familias “les une algo muy especial” que sobrevive a los años y a sus protagonistas.

Ambos recuerdan con emoción una anécdota que a Salvador, el padre de Rosa, “se le quedó grabada a fuego”. Cuando José Antonio vio a Carmen por primera vez pidió que le llevaran a Albatera, donde nada más llegar se arrodilló y mirando a la tierra dijo “a ti te perdono, no a quienes me hicieron esto, pero a ti sí”. Tal era su conexión con el campo de concentración, que de uno de sus viajes se trajo tierra de allí, con la que en 2008 fue enterrado. Uno de sus hijos, Xabier, leyó en su funeral: “En su ataúd le acompaña un puñado de tierra del campo de concentración de Albatera. Albatera fue entre las 19 prisiones que pusieron a prueba su espíritu, la que más debilitó su cuerpo y más fortaleció sus convicciones”.           (Marta Borraz, eldiario.es, 03/08/24)

23/2/24

“Me gustaría encontrarme con alguno de nuestros guardianes y preguntarle: ¿Por qué nos tratabais como si fuésemos animales?”... Agustín López ha muerto sin respuesta... Nos echaban agua en un abrevadero para el ganado… No queríamos beber de ahí. Tuvimos suerte porque llovió y bebíamos de los charcos porque el agua estaba más limpia que la del abrevadero... Casi no nos daban de comer y, aún así, estábamos todo el día con el pico y la pala…”. Agustín fue testigo de la muerte de varios compañeros por hambre, enfermedades y malos tratos... un castigo muy frecuente era hacerte cargar todo el día con un saco lleno de arena o de piedras… tenías hasta que dormir con él... “Cuando ahora veo en la tele algún reportaje sobre el Holocausto —afirmaba con tristeza Agustín— me pregunto por qué no se habla ni se conoce lo que sufrimos aquí. Porque lo que pasó aquí también fue terrible y yo viví algunas escenas muy parecidas a las que ahora veo en la tele”

 "Me gustaría encontrarme con alguno de nuestros guardianes y preguntarle: ¿Por qué nos tratabais tan mal? ¿Por qué nos tratabais como si fuésemos animales?”. Ese era siempre el único deseo que salía de la boca de Agustín López Montoro cuando se le preguntaba si guardaba rencor o quería vengarse, de alguna manera, de quienes tanto le hicieron sufrir. Nunca respondió con odio, insultos o anhelos de violencia. Solo quería tener un último cara a cara con aquellos militares que le explotaron, humillaron y torturaron en tres campos de concentración franquistas y en un terrible batallón de trabajos forzados. Solo deseaba poder mirarles a los ojos para intentar averiguar el porqué de tanto ensañamiento y tanta crueldad. A solo un mes de su 104º cumpleaños, Agustín ha muerto sin ver cumplido ese sueño. 

Una juventud entre la guerra y los campos de concentración

“Mi padre era republicano y yo, aunque solo tenía 16 años, también lo era. Por eso quisimos defender la República”. Agustín recuerda los momentos de zozobra que se vivieron en su pueblo, Santa Cruz del Retamar (Toledo), tras el golpe de Estado perpetrado en julio de 1936. Militante de UGT y de las Juventudes Socialistas, sus paisanos le llamaban “Remolino”, por el rebelde flequillo que despuntaba en su frente durante la niñez. Su extrema juventud hizo que Agustín no fuera llamado a filas hasta 1938, durante la fase final de la guerra en la que combatió defendiendo la capital del asedio franquista. “Cuando entraron en Madrid las tropas de Franco, yo ya me había vuelto a mi pueblo”, recordaba Agustín.

La debacle republicana precipitada por el golpe de Estado del coronel Casado permitió al futuro dictador ocupar la ciudad sin apenas oposición. La mayoría de los soldados leales al gobierno democrático habían regresado a sus hogares o escapaban hacia Alicante para tratar de abordar algún barco que les sacara de España. “Yo estaba en mi casa, pero enseguida hicieron un llamamiento, a través de la radio y los periódicos, para que quienes habíamos pertenecido en el ejército republicano nos presentáramos en el campo de concentración más cercano”.

Agustín no se atrevió a desobedecer la orden y se dirigió hasta el campo de concentración que los franquistas habían habilitado en el barrio madrileño de Campamento. “Estábamos allí miles de hombres… muy asustados. El primer día recibimos una lata de sardinas, pero luego nos tuvieron cinco o seis días sin comer. Fue terrible. Luego nos dieron una lata de cocido y un chusco de pan que teníamos que repartirnos entre varios, pero había tanta hambre y tanta desesperación que el que tenía que dividir la ración salió corriendo y se perdió entre la muchedumbre. También teníamos mucha sed. Nos echaban agua en un abrevadero para el ganado… No queríamos beber de ahí. Tuvimos suerte porque llovió y bebíamos de los charcos porque el agua estaba más limpia que la del abrevadero”.

La documentación que se conserva del ejército franquista apunta a que este recinto, ubicado en la actual confluencia de la Avenida de los Poblados con el Paseo de Extremadura, llegó a albergar a más de 5.000 prisioneros. 

Aquel abril de 1939 había 16 campos de concentración en el actual territorio de la Comunidad de Madrid en los que se hacinaban decenas de miles de cautivos. Además del hambre y la sed, los prisioneros se enfrentaron a malos tratos, falta de higiene, enfermedades y a la amenaza permanente de ser asesinados. En toda España hubo 303 campos de concentración franquistas que, junto a los llamados Batallones de Trabajadores, conformaron un vasto sistema concentracionario por el que pasó cerca de un millón de prisioneros, en su inmensa mayoría hombres. El primero de estos campos abrió sus puertas en julio de 1936, unas horas después de iniciarse el golpe de Estado, y los dos últimos no fueron clausurados hasta 1947. Agustín tuvo suerte y fue liberado a finales del mes de abril de 1939, con la condición de regresar a su pueblo y presentarse ante las nuevas autoridades municipales.  

Segundo cautiverio y trabajos forzados

'Remolino' se sintió afortunado porque en su pueblo ni los falangistas ni la guardia civil tomaron represalias contra él. Pero su felicidad duró poco tiempo. Unos meses después fue llamado a filas por el ejército de la recién inaugurada dictadura. Franco ordenó que aquellos jóvenes que habían servido a la República debían hacer nuevamente el servicio militar. Fue la mal llamada “mili de Franco”.

Aquellos mozos que eran avalados como “afectos al Movimiento” por algún gerifalte de la “Nueva España” cumplían un servicio militar “normal”, en alguna unidad del ejército franquista. Sin embargo, quienes no lograban ese aval y eran considerados “desafectos” eran enviados a campos de concentración para, desde allí, engrosar los llamados Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores: unidades dependientes de la Inspección de Campos de Concentración en las que los prisioneros realizaban trabajos forzados.

“Me enviaron primero al campo de concentración que había en el colegio Miguel de Unamuno de Madrid. Tuve que dormir en la escalera, en el suelo, porque aquello estaba atestado de prisioneros”, relataba Agustín. De allí fue trasladado al campo de concentración de Miranda de Ebro, en la provincia de Burgos, donde pasó el tiempo justo para integrarse en un batallón de trabajos forzados. “Ahí empezó lo peor. Nos mandaron a Sigüenza para trabajar en la vía del ferrocarril. Estábamos llenos de mugre, siempre cubiertos de piojos y de pulgas. Casi no nos daban de comer y, aún así, estábamos todo el día con el pico y la pala…”.

Agustín fue testigo de la muerte de varios compañeros por hambre, enfermedades y malos tratos. “Nos daban una paliza con cualquier excusa. A uno casi lo matan por robar una remolacha porque tenía hambre. Otro castigo muy frecuente era hacerte cargar todo el día con un saco lleno de arena o de piedras… tenías hasta que dormir con él. Nos trataban peor que a los animales”.

Fueron muchos meses de una macabra rutina que comenzaba cantando el Cara al sol y continuaba con horas y horas de durísimo trabajo, sin nada que llevarse a la boca, sin posibilidades de asearse y con los constantes malos tratos a los que les sometían sus guardianes. “Cuando ahora veo en la tele algún reportaje sobre el Holocausto —afirmaba con tristeza Agustín— me pregunto por qué no se habla ni se conoce lo que sufrimos aquí. Porque lo que pasó aquí también fue terrible y yo viví algunas escenas muy parecidas a las que ahora veo en la tele”.

Libertad y Memoria

Tras la pesadilla de Sigüenza, Agustín fue enviado a una unidad militar en el Norte de África donde las condiciones de vida eran mucho mejores: “Allí cambió todo porque me trataban como a un soldado más”. En total pasó tres años fuera de su casa y, cuando por fin le permitieron regresar, la vida siguió sin ser fácil: “No encontraba trabajo porque había sido republicano. Los puestos de trabajo eran para los suyos”.

El tiempo fue pasando y, no sin dificultades, Agustín logró ir construyendo una vida y formar una familia. El pasado, el miedo y el silencio siempre estuvieron ahí, hasta que, muchos, muchos años después, su hijo, José María, le animó a contar públicamente todo lo que había sufrido.

Agustín publicó primero un pequeño libro con sus memorias y, desde 2019, participó en diversos actos y concedió algunas entrevistas para levantar el manto de olvido que, en nuestro país, ha cubierto la represión franquista, en general, y los campos de concentración de Franco, en particular. Con la cabeza lúcida y un estado físico envidiable para sus casi 104 años de edad, Agustín hizo una confesión hace solo un par de meses: “Tengo que ir pensando en marcharme”. Dicho y hecho. El entrañable 'Remolino' se ha marchado rodeado del cariño de toda su familia y con la satisfacción de haber recibido algunos –menos de los debidos, pero más de los que hubiera podido imaginar– merecidos homenajes. "              (Carlos Hernández, eldiario.es, 05/02/24)

25/10/23

La escuela Miguel de Unamuno, junto a la vieja prisión de Yeserías, fue campo de concentración tras la Guerra Civil y escenario de ejecuciones... No se ha permitido excavar las fosas comunes en el colegio ni en el terreno adyacente, de las ejecuciones del final de la guerra

 "A muy pocos metros de la estación de Atocha, en el centro de Madrid, hay una fosa común bajo el colegio Miguel de Unamuno, utilizado como campo de concentración al terminar la guerra civil. Agustín López, uno de los miles de prisioneros republicanos encerrados allí, publicó sus memorias en 2015 (Pluma de Cristal). Cinco años después volvió a aquel lugar, a las mismas instalaciones que habían vuelto a su función escolar original, para narrar su historia en televisión. Desde los 19 años tenía grabado el dolor de dormir en el suelo, en aquellas escaleras, sin saber qué iba a pasar con él y el resto de sus compañeros. 

Tras una larga espera, formaron en varios batallones de soldados trabajadores destinados a la limpieza de Madrid, el Alcázar de Toledo y Sigüenza. Pero a muchos otros no los volvió a ver. A pesar de dar a conocer su historia, de sacar a luz otros casos del campo, conservados en el centro de Documental de la Memoria Histórica de Salamanca (como el de Laurentino Pérez que terminaría en el campo de Arcila en África), hasta el momento no se ha permitido excavar en el colegio ni en el terreno adyacente. 

En esa zona gris, sin delimitar, entre la escuela (antiguo “centro de oficios” inaugurado en la República) y la cárcel de Yeserías, que había ampliado su perímetro, se sucedieron las ejecuciones del final de la guerra, que debieron de coincidir con las del Cementerio del Este y el de Colmenar, hasta que pasaron a realizarse en el interior de las prisiones.

Pudieron ser tres semanas, las mismas que Antonio Bouthelhier, jefe de la segunda sección del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM) de Madrid, tardó en escribir la palabra “normalidad” en los telegramas que enviaba al Cuartel General del Generalísimo.

 “Se acentúa la normalidad en la vida de la ciudad, incluso en la periferia. No obstante, hay continuas colas durante día y noche en comedores, Auxilio social, insuficientemente abastecidos todavía. Barrios. Tetuán, Ventas y Vallecas son lo que se presentan aspecto más refractario al triunfo Movimiento Nacional. Evacuados gran número de refugiados en Madrid, aglomerándose proximidades de las estaciones”. El mismo día del telegrama, el 18 de abril de 1939, fueron detenidas 225 personas y se ejecutaron dos penas de muerte en el propio campo, según la documentación del Gobierno Militar de la ciudad.

 El Unamuno es uno de esos lugares de la geografía madrileña que esconde sus heridas en el subsuelo. Levantado en medio de un barrio duramente castigado, fue un milagro que su estructura original se mantuviera en pie. La Fundición, como se conoce todavía hoy la nave que queda detrás, entre el colegio y las casas, se utilizó como fábrica de munición que sufrió el primer impacto del denominado “bombardeo logístico”, tantas veces ejecutado después por la aviación italiana en Barcelona. La onda expansiva que bajaba de Embajadores a Legazpi era uno de los pocos recuerdos tristes que guardaba Gloria Fuertes de sus tiempos de moza. El hambre, el mayor vestigio de aquel asedio, se escondió para siempre bajo un manto de miedo y de vergüenza.

No muy lejos, en el matadero municipal, serpenteaba la cola de gente que buscaba despojos de animales sacrificados o cualquier otra cosa que llevarse a la boca. Para no caer, para no morir. Entre los escombros creció un polígono, cercado de alambres y espinos, que llegaba hasta el arroyo Abroñigal, el límite del vértice de tiro fijado desde el cerro Garabitas por la artillería franquista. Desde su posición en plena Casa de Campo, el visor adivinaba la hora en que aquellas miniaturas desfilarían delante de su terrible caleidoscopio, pero nunca le ordenaron derribar la cárcel ni la estación. Ambas quedaron intactas, siniestro preludio de la paz que estaba por llegar. Inaugurada en 1920 como asilo, Yeserías fue habilitada como cárcel nada más terminar la guerra. Mantuvo su apariencia de correccional y de “redención de almas”, como figuraba en las cartillas que los talleres de imprenta tiraban allí, en la ribera del Manzanares, el nuevo hogar para las familias de los presos.

 Los últimos días de marzo de 1939 fueron especialmente fríos. Los rayos de sol apenas calentaban una población que gastaba sus 500 calorías diarias entre las colas para comer, en la reventa o en desmochar los pocos árboles que quedaban del Retiro para calentarse. El primer pan blanco llegó con el restablecimiento de la luz, el agua y el correo, que llevaba estrangulado más de dos años. Tras el toque de queda y los puestos de control para pasar de distrito, vinieron las detenciones.

El Unamuno, como Campamento o Chamartín, se llenaron con presentados y detenidos gubernativos. El Ejército del Centro se rindió con cerca de 300.000 efectivos, que tenían que ser clasificados; como recordaba Agustín en sus memorias, “era cosa de poco, de tomar la filiación y después se podrían ir a casa, aquellos que no tuvieran las manos manchadas de sangre”. En todos los pueblos de España, grandes o pequeños, con o sin guerra, se repitió la misma escena. A pesar del gigantesco colapso, del drama sinsentido, todo siguió como estaba trazado. Los maquinistas frenaban en seco al enfilar la recta de Atocha para que, guardias y prisioneros, supieran que llegaban a su destino. Nada más bajar del tren eran escoltados por soldados jóvenes que no habían estado en el frente; andando o en camiones, que preferían porque disimulaban mejor los nervios, los distribuían entre algunos de los más de treinta edificios que hicieron las veces de encierro hasta que se inauguró la cárcel de Carabanchel, en 1944, “con todas las ventajas modernas”. Yeserías, que un año antes pasó a ser cárcel de mujeres con las reclusas de Ventas, es el único de todos estos edificios que hoy queda en pie. Único testigo de un tiempo, de una época, en la que Madrid superaba el 20 por ciento de toda la población penitenciaria del país.

Y, aunque pueda parecer que sucedió en la prehistoria, como los mamuts que habitaron en la pradera de San Isidro, lo cierto es que hasta que el desarrollismo y la M-30 la partieron en dos, aquella zona siguió siendo un entrante en el Madrid de la guerra civil. Debió de ser por entonces cuando su imagen quedó grabada en el puente de Toledo, frontera durante treinta meses que terminaría fijando lo que quedaba dentro y fuera de la historia nacional. Sin más rastro documental, solo queda, pues, excavar, como el yacimiento de los mamuts, la fosa bajo el colegio."                 (Gutmaro Gómez Bravo , El País, 23/10/23)

17/5/23

Campos de concentración: La dictadura franquista se empeñó en borrar el recuerdo de los más de 290 campos de prisioneros y fue tan efectiva a la hora de coser la boca de los vencidos que la mayoría de la población española desconoce su existencia... En estos días de primavera conmemoramos la liberación de los campos nazis. Aquí no hubo liberación: los presos que sobrevivieron a las torturas, a las sacas y a las muertes por hambre fueron enviados a la cárcel o a campos de trabajo... Frente al propósito de dar a los vencidos la identidad de animales, encerrándolos entre alambradas de púas, obligándolos a beber agua de los charcos, la resistencia, la obstinación en ser humanos... tres latas de conservas fueron convertidas en tazas, un preso del que no sabemos el nombre les fabricó un asa con alambre enrollado para evitar comer con las manos

 "Auschwitz, Mauthausen, Dachau, letanía de muerte que no necesita de explicaciones para ser reconocida. Mas tenemos nuestra propia letanía que para muchos nada dice: Albatera, Miranda de Ebro, Castuera, Jadraque.

Entre las evocaciones de los campos de concentración escojo la del poeta Paul Celan, cuyos padres murieron en el de Mijailovka, a orillas del Bug: “Llegado al recinto / del vestigio / inequívoco: / Hierba. / Hierba, / separadamente escrita”. El proceso de borrar de la memoria colectiva las estrategias de terror de los sublevados ha sido tan efectivo que para la mayoría de la población española el término campos de concentración sugiere únicamente los de la Alemania nazi. Fue una supresión por parte de la dictadura franquista, primero activa después implícita, ocultando el terror, los campos, las fosas, bajo estratos de silencio. 

A la violencia física —no en balde Mola en julio de 1936 establecía “hay que sembrar el terror”— siguió la violencia simbólica que persigue la aceptación por quienes la sufren. El temor cosió la boca de los vencidos. Ni se reconocía públicamente en voz alta la existencia de los campos, ni se hablaba de ellos en voz baja en la intimidad familiar. Lo sé bien, un tío mío estuvo en Albatera y solo supimos de ello en 2010. 

En consecuencia, la noción misma de campos de concentración franquistas era impensable; aún lo es para la mayoría. Según algunos historiadores la guerra no terminó en 1939, a la guerra regular siguió una irregular entre la dictadura y la resistencia armada republicana, la guerrilla, hasta 1952. Negar los campos, negar la guerrilla llamando bandoleros o atracadores a sus integrantes, ocultar la magnitud de la represión, arrojar los cuerpos de los asesinados en fosas comunes mezclados con otros cuerpos, son distintas facetas del discurso de los “25 años de paz”.

Sin embargo, la tozudez de las pruebas materiales evidencia una realidad incómoda: en España, según la investigación de Carlos Hernández de Miguel, hubo al menos 298 campos, unos creados con ese propósito, en campo abierto con barracones semejantes a los nazis y anteriores a ellos, otros en espacios reutilizados, plazas de toros, cuarteles o conventos, como Camposancos y San Marcos de León. Mal que pese a los negacionistas, los documentos franquistas no se recatan y los denominan campos de concentración. 

Durante décadas hemos contado con fuentes documentales y testimonios de presos y familiares, ahora tenemos además los vestigios inequívocos. Desde hace poco tiempo, pues la primera excavación arqueológica de un campo la llevó a cabo en 2010 Alfredo González Ruibal en el de Castuera, Badajoz, por donde pasaron entre 15.000 y 20.000 prisioneros hacinados en 80 barracones. Esto ha ocurrido 30 años después de las primeras excavaciones de campos nazis en los ochenta. 

Felipe Mejías ha excavado Albatera, un campo de gran contenido simbólico en el que penaron líderes republicanos e intelectuales como Tuñón de Lara o Eduardo de Guzmán, que en El año de la victoria nos dejó una estremecedora crónica de las vejaciones sufridas. La relación de vestigios inequívocos, evidencia del terror, es extensa, algunos ejemplos son el tamaño de los barracones que prueba el hacinamiento, la situación de las letrinas en un lugar visible que persigue la humillación, la pobrísima dieta que llevó a muertes por inanición, la ausencia o escasez de piletas, lo que impedía asearse y causaba que los presos fuesen literalmente comidos por piojos, chinches u otros parásitos y víctimas del tifus. 

En estos días de primavera conmemoramos la liberación de los campos nazis. Aquí no hubo liberación: los presos que sobrevivieron a las torturas, a las sacas y a las muertes por hambre fueron enviados a la cárcel o a campos de trabajo. El último campo en cerrarse fue el de Miranda de Ebro, el 13 de enero de 1947, quizá una buena fecha para un día que los conmemore.

Con todo la arqueología ha sacado también a la luz vestigios que revelan el empeño por mantener la dignidad: en Jadraque tres latas de conservas fueron convertidas en tazas, un preso del que no sabemos el nombre les fabricó un asa con alambre enrollado para evitar comer con las manos. Frente al propósito de dar a los vencidos la identidad de animales, encerrándolos entre alambradas de púas, obligándolos a beber agua de los charcos, la resistencia, la obstinación en ser humanos, haciendo eco a la pregunta de Primo Levi.

¿Por qué los campos de concentración franquistas no forman parte de nuestro imaginario colectivo? Es la suya, en palabras del arqueólogo Xurxo Ayán, una memoria ausente. El papel de la dictadura en borrar su recuerdo es innegable, pero Franco murió en 1975. Es necesario asignar fondos a las excavaciones, convertir en museos algunos campos emblemáticos, como se hizo en Alemania. Se lo debemos a los presos que sufrieron en ellos y sobre todo nos lo debemos a nosotros mismos como sociedad que no aparta la vista de su pasado."        (Marilar Aleixandre, El País, 13/05/23)

8/5/23

Terror y represión franquista en Aranjuez: el convento que fue reconvertido en campo de prisioneros... Enfermedades, torturas o trabajos forzosos... para levantar la Academia de Infantería de Toledo o para trabajar en Indra, compañía que a día de hoy sigue afincada a la salida del municipio ribereño

 "Si paseas por la calle del Rey de Aranjuez, una de las principales avenidas de esta localidad madrileña, puedes ver cómo se alza una llamativa fachada neoclásica del siglo XVII, diseñada por Francesco Sabatini, el arquitecto responsable de levantar el Palacio Real de Madrid. Este pórtico es la entrada a la capilla del convento de San Pascual. Sin embargo, lo que no muchos no saben es que este lugar alberga una verdadera historia de horror y represión durante el franquismo.

 Nada más terminar la Guerra Civil, el convento se convirtió en un campo de concentración de prisioneros republicanos, siendo uno de los 298 campos que el franquismo instauró. Se calcula que entre 700.000 y un millón de españoles pasaron por estos recintos. Años después, el lugar pasó a ser una de las cárceles de mujeres del régimen.

Pepe Martín, integrante de La Casa Negra, colectivo comprometido con la memoria histórica local, explica a Público que Aranjuez se convierte en zona de interés durante la Guerra Civil, después de que el bando franquista tomara Toledo en 1936. Tras esto, el pueblo pasa a ser una de las líneas del frente en la defensa de Madrid. En este contexto, el convento de San Pascual se reutiliza como un cuartel para las brigadas, que posteriormente se constituirán como el ejército popular. Por allí, incluso pasaron parte de las Brigadas Internacionales, asegura el también militante de la CNT. Por aquel entonces, el edificio estaba en medio de un descampado, motivo por el que el lugar funcionaba también como campo de entrenamiento.

Una vez terminada la guerra, el Ejército golpista encuentra en la localidad a muchos sindicalistas, altos militares o dirigentes políticos, así que decide trasladarlos a todos ellos a los diferentes campos de concentración, como el de Ocaña o Colmenar de Oreja. Es en este momento en el que el convento de San Pascual se destina como una prisión donde hacinar a las personas afines a la República. "El espacio se sobreexplota y se convierte en un foco de enfermedades, hambre, malos tratos y torturas", detalla Pepe.

Los prisioneros fueron empleados como mano de obra esclava en muchas construcciones o para diversas industrias. Pepe explica que algunas personas recluidas en Aranjuez fueron utilizadas para levantar la Academia de Infantería de Toledo o para trabajar en Indra, compañía que a día de hoy sigue afincada a la salida del municipio ribereño.

Es en este punto donde la historia se topa con la vida personal de muchos españoles y aparecen algunos de los relatos con rostro más humano. El dirigente socialista Ramón Rubial pasó por el presidio arancetano. Desde las rejas, oficializó su matrimonio con Emilia Cachorro en 1944. En Aranjuez, el que fuese secretario general del PSOE gozó de más permisos para poder ver a su esposa y allegados. "Si Emilia no hubiese tenido la fuerza moral que tiene, hubiese sido un impedimento en mi lucha por el socialismo. Ella ha compartido esta lucha, pero no de manera silenciosa, sino de manera alentadora", escribió con ternura Rubial en su biografía.

'El Chato', el periodista republicano encerrado en el convento

Otro de los presos que pasó por San Pascual fue Jaime Menéndez El Chato, el primer español en formar parte de la redacción de The New York Times. Su nieto, Chema Menéndez, relata a este medio con orgullo cómo su abuelo fue uno de los periodistas republicanos más influyentes. Presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid y director del diario El Sol, El Chato fue de los que "se quedaron hasta el último momento en la capital". En su intento de huida al exilio, Menéndez fue apresado en Alacant por la división Gambara del Ejército italiano de Mussolini. A partir de ahí, pasó por varias prisiones hasta que le trasladaron al penal de Aranjuez en 1940.

Encerrado en el convento, El Chato es "el encargado de formar la célula clandestina de la prisión del PCE" junto a otros compañeros como Leoncio Pérez y Antonio García. "La intención era siempre organizarse, y luchar dentro de cada cárcel", detalla Chema. Este periodista, al igual que Rubial, fue uno de los tantos prisioneros que trabajó forzosamente en Indra. Durante su presidio, la mujer de Jaime, Avelina Ranz, tenía que desplazarse hasta el Real Sitio para ver a su marido. En una de esas visitas, durante una nevada de invierno, su abuela agarró a su hijo y un petate, y atravesó toda la nieve hasta llegar al convento. "Los prisioneros se asomaban por las ventanas y gritaban: '¡Es la mujer de Jaime!'", narra Chema con cariño.

El 26 de enero de 1944, El Chato consiguió la tan ansiada libertad condicional, pero su frenética vida no acabó ahí. Este intelectual fue alternando diferentes oficios: trabajó para la imprenta de la Embajada de EEUU en Madrid, que se convirtió en uno de los principales focos de la lucha antifranquista; viajó hasta Tánger para convertirse en el redactor jefe del diario España y fue contratado por Manuel Fraga para su revista Política Internacional del Instituto de Estudios Políticos.

Apóstoles republicanos

En el comedor del convento puede observarse un cuadro que representa una Última Cena. Esta pintura atestigua una de las historias más emotivas sobre este convento. Concretamente, la de Juan López, pintor afincado en Utrera que, a principios de la década de los 30, emigró junto a su familia a Madrid. Allí les pillará el conflicto bélico. Al haber luchado como carabinero para la República, este hombre se exilió en Francia para escapar de la represión franquista. Como muchos españoles, regresaron a su país en el 39, durante los últimos compases del conflicto. Lamentablemente, una vez en suelo patrio, López es aprisionado por las autoridades y lo mandan, primero, a la cárcel de Ocaña y, luego, recala en Aranjuez.

Encerrado en el convento, una de las monjas de clausura se entera de que López es pintor y le encarga una modesta representación de la Última Cena de Jesús. Este hecho fue relatado por su hijo Pedro en el programa Hoy por hoy de Cadena Ser. "Cada vez que desde Catalunya voy a mi pueblo, hago noche en Aranjuez y, cómo no, visito San Pascual. Y allí, delante de aquellas pinturas, casi siempre con lágrimas en los ojos, pienso en mi padre, derrotado y con su juventud destrozada por una absurda guerra entre hermanos, subido entre andamios, pintando santos con la mente puesta en Utrera y sus niñas". Este testimonio se puede leer en Los años difíciles, libro recopilatorio de aquel espacio radiofónico.

María del Carmen Ramón, después de escuchar en la radio la historia de Juan López, se puso en contacto con Cadena Ser para contar que su padre, Zurbano, estuvo también preso en San Pascual, donde conoció a este pintor utrerano. "Su cara es uno de los apóstoles de la sagrada cena que hay en el convento", aseguró esta mujer. Al parecer, Juan López empleó a los propios presos como modelos para sus doce apóstoles.

Reconversión del convento a una prisión especial de mujeres

Desde 1941 a 1954, San Pascual vuelve a sufrir una reconversión. Esta vez como una prisión especial de mujeres, la cual estuvo dirigida por Josefa Rojas Goñi. Esta cárcel formó parte de los siete centros que el régimen franquista concibió como reformatorios bajo el nombre de Obra de Redención de Mujeres Caídas.

Muchas de estas mujeres ingresaban a estos centros con sus hijos, los cuales no podían pasar más de dos años allí. En los primeros años, había en torno a 500 recluidas y unos 20 niños, remarcó el historiador Matías Viotti hace unos años en un acto organizado por La Casa Negra. "La situación era tan precaria que a las madres que podían dar lactancia se les podía reducir la pena", agrega el experto.

Después de cumplir el plazo decretado por las autoridades, los niños hacinados en estas prisiones eran derivados a las diferentes instituciones estatales, principalmente colegios religiosos, con el objetivo de desvincularles de toda relación familiar "no católica".

Pepe lamenta no tener suficiente información sobre estos años, ya que apenas cuentan con el listado de las mujeres que pasaron por allí. El colectivo sospecha que algunas monjas aprovecharon aquella situación para robar los niños a las presas y luego entregarlos en el Hospital San Carlos, ubicado justo enfrente del viejo convento."                 (Diego Acebo, Público, 14/04/23)

13/3/23

La Siberia Mallorquina: el campo de concentración franquista donde “ni los mismos guardias podían resistir”

 "Las condiciones de vida a causa del frío, que ni los mismos guardias podían en ocasiones resistir, eran de una dureza incalificable”. Así relata el historiador Antoni Oliver la deplorable situación en la que debían subsistir los presos del franquismo recluidos en el campo de concentración de Albercutx, ubicado en Pollença, en el extremo nordeste de Mallorca. Rodeado de bosque y bajo temperaturas gélidas, el lugar llegó a ser conocido por los reclusos como 'La Siberia mallorquina'. Al frío se sumaban, además, la pésima alimentación y los frecuentes castigos impuestos a los internos.

El de Albercutx fue tan solo uno de los más de veinte campos de concentración construidos en la isla durante la Guerra Civil. Mallorca fue, de hecho, uno de los primeros lugares del país en los que fueron erigidas estas instalaciones tras el golpe fascista de 1936. En la isla, los primeros campamentos vieron la luz entre diciembre de 1936 y enero de 1937. Las cárceles comenzaron a llenarse con tanta rapidez que muy pronto hubo que improvisar lugares donde recluir a los presos.

En este contexto, la acumulación de detenidos en Can Mir, la prisión provincial y el Castell de Bellver llevó a las autoridades franquistas a plantearse, coincidiendo con las nuevas necesidades defensivas de Mallorca, trasladar a los reclusos a los campos de concentración itinerantes que fueron abriéndose a lo largo de la costa de la isla, donde eran obligados a trabajar en la construcción de carreteras y otras obras públicas y a dormir en los reposaderos del ganado, en barracones de madera o en tiendas de campaña. 

Pollença, punto estratégico para las fuerzas fascistas

En el caso del campamento de Albercutx, éste se encontraba situado próximo a la bahía de Pollença, en la actualidad uno de los principales núcleos turísticos de la costa norte de Mallorca y, durante el conflicto bélico, punto estratégico para los intereses de las fuerzas fascistas, al igual que durante siglos anteriores lo había sido para las rutas comerciales del Mediterráneo occidental. Frente a sus costas perdió la vida Ramón Franco Bahamonde, comandante de aviación en Balears y hermano del que a la postre se convertirá en dictador del país durante cerca de cuarenta años, cuando su hidroavión, nada más despegar, se precipitó en barrena sobre el mar. Muy cerca de la zona, el aeródromo de Pollença se convirtió en la principal base de operaciones de la Aviazione Legionaria italiana desplazada a España para apoyar a los sublevados.

La finalidad del campamento de Albercutx era, principalmente, la construcción de la carretera que unía –y une– el Port de Pollença y Alcúdia, además de la ejecución de una nueva vía que debía enlazar el Port de Pollença y Formentor con Sa Talaia, torre de vigilancia construida en el siglo XVII frente a las frecuentes incursiones de piratas y corsarios. Los presos del campo de Albercutx también intervinieron en la construcción de tres piezas antiaéreas y tres dependencias destinadas al destacamento militar allí desplegado. Las obras de la carretera se dieron por finalizadas en marzo de 1941 y, en la actualidad, una placa ubicada al inicio del camino hacia la torre recuerda quiénes fueron sus constructores. A 380 metros sobre el nivel del mar, la atalaya constituye en la actualidad uno de los miradores más privilegiados de la isla.

El vendaval que arrasó 'La Siberia Mallorquina'

“Los prisioneros contaban que un vendaval (allí eran frecuentes) arrasó el campamento hecho de barracas de madera y lo tuvieron que construir unos metros más abajo”, relata la historiadora Maria Eugènia Jaume Esteva, autora del libro Esclaus oblidats. Els camps de concentració a Mallorca (2019, Documenta Balear), uno de los últimos trabajos realizados en torno a estos centros de reclusión.

No en vano, Oliver señala que las condiciones de vida más duras se dieron en 'La Siberia Mallorquina', que comenzó a recluir a prisioneros a partir de octubre de 1937 y permaneció abierta hasta después de finalizada la Guerra Civil. En plena Serra de Tramuntana, el campamento tenía una capacidad media para cien personas y, como apunta el historiador, una casa de madera “tal vez inicialmente de 'nevater' albergaba a los detenidos”. La primera ola que llegó al campo estaba compuesta por 82 reclusos procedentes del campo de concentración de Son Amoixa, situado en Manacor. Como explica Jaume, las instalaciones de Albercutx, de carácter militar, parecían más bien un campamento civil dado que los presos que acabaron recluidos en él eran considerados no aptos para ir al frente, ya que “sus tendencias políticas eran consideradas demasiado de izquierdas o liberales para poder presentarlos”.  

Conducidos en vagones de ganado

A las afueras del municipio de Artà, al nordeste de Mallorca, aún se aprecian las ruinas de otro de los campos de concentración que el franquismo levantó en la isla y donde los prisioneros sufrieron duras condiciones: el Son Morey, en s'Alqueria Vella. Al anochecer de un día de diciembre de 1941, llegó hasta la estación del tren un batallón de trabajadores procedentes de la península. Uno de aquellos prisioneros, Roque Yuste Giménez, relata en sus memorias, Añorando la República, cómo los introdujeron “en vagones de ganado para no perder la costumbre de maltratarnos”. Una vez en la estación, pasaron la noche “dentro de los almacenes y corrales como si fuésemos mercadería a punto de ser embarcada”, apuntaba, por su parte, Aurelio Conesa, otro de los presos que vivió el aciago día a día del campamento. Su relato se encuentra recogido en L'últim estadà de l'inhòspit (1993, revista Bellpuig), del investigador Pere Ginard.

Al día siguiente, temprano, todos ellos partieron por empinados caminos de carros hacia Son Morey, donde se instalaron tiendas de campaña. “En cada una colocaron a unas 50 ó 60 personas. Estábamos tan estrechos que creo que, a la hora de dormir, si uno se quería girar debíamos hacerlo todos juntos”, manifestaba Conesa.

“Mi padre había pasado tanta hambre que no quería volver a sufrirla más”

Respecto a la alimentación, uno de los testimonios más duros que se conservan es el de Federico Álvarez Pérez. Su hija, Maria Leonor, recuerda que, tras su paso por el campo de concentración, su padre puso una condición en casa: “La mesa debía estar siempre llena para comer, con mucha comida. Y así fue. Yo era la mayor de seis hermanos y siempre vi una mesa llena de comida. Mi padre había pasado tanta hambre que no quería volver a sufrirla más. Todo lo que ganaba se lo daba a mi madre, que era quien administraba la casa. Él solo se quedaba dinero para ir a tomarse un café...”.

Sus manifestaciones quedaron plasmadas en la obra Esclaus per fortificar Mallorca. Els presos de Franco a Artà (1941–1942), de Jaume Morey Sureda (2016, Lleonard Muntaner). Hasta un total de 739 hombres fueron destinados a la construcción del camino a la 'Posición Farruch', donde se instalaría una batería de defensa incluida en el conocido como 'Circuito estratégico'. Las humillaciones eran frecuentes y las condiciones, difíciles de soportar. No en vano, Conesa, entrevistado por Morey, explicó que el primer día de trabajo uno de los presos no pudo resistir la dureza del traslado y acabó falleciendo. Al día siguiente lo trasladaron a Artà para enterrarlo en la fosa común del cementerio. La dureza de las labores que debían llevar a cabo, el régimen disciplinario, las pésimas condiciones higiénicas y el escaso alimento provocaron que algunos de los presos fuesen trasladados al hospital militar de Palma.

Castigados “por su ideología”

Como abunda Maria Eugènia Jaume, los prisioneros de Franco en Mallorca fueron obligados a llevar a cabo trabajos forzados “como castigo por su ideología”. Más de 300 kilómetros de carreteras, puentes, aeródromos, una línea ferroviaria que nunca se finalizó y más de 150 nidos de ametralladora fueron construidos por los más de 10.000 hombres que entre 1936 y 1942 pasaron por los diversos campos de concentración de la isla. “Estos individuos estuvieron expuestos a todo tipo de humillaciones, maltratos e inclemencias meteorológicas durante las construcciones, en algunas ocasiones inútiles”, abunda. 

Los trabajos a los que fueron obligados los vencidos de la Guerra Civil son, a juicio de Jaume, el resultado de la utilización de la mano de obra esclava en busca de rédito económico y logístico. “Los cientos de kilómetros y las infraestructuras construidas van mucho más lejos de un espacio de tiempo dada su magnitud histórica”, señala la historiadora, quien incide en que la dureza de estos trabajos se convirtió en crucial en un momento en que el temor al ataque enemigo impedía pensar en nada más allá que en levantar fortificaciones para la defensa de una isla estratégicamente situada en el Mediterráneo."                (Esther Ballesteros , eldiario.es , 5 de marzo de 2023)

13/1/23

Las joyas para huir de España de los presos del campo de Albatera salen a la luz

 "Miguel Lamiel, preso en el campo de concentración franquista de Albatera (12.000 habitantes, Alicante), contó en sus memorias, publicadas por la CNT de Zaragoza, que un grupo de falangistas entró en la prisión alicantina “con el fin de que todos los prisioneros diéramos nuestros relojes, nuestros anillos, el dinero, plumas estilográficas y demás objetos aprovechables”. Por medio de la “intimidación y el saqueo”, expoliaron todo lo que pudieron y, al día siguiente, la prensa de aquel momento contó que “los rojos del campo de Albatera” habían hecho “un donativo al Caudillo de catorce millones de pesetas”. La investigación arqueológica que se está realizando en los terrenos donde se ubicaba el campo de concentración de Albatera confirma que los prisioneros republicanos llevaban consigo numerosos objetos de valor con los que pretendían “costearse la comida tras huir, adquirir billetes de barco o malvivir mientras se encaminaban al exilio”, aventura Felipe Mejías, director de la excavación.

 Durante la segunda campaña sobre el terreno, sufragada con ayudas de la Consejería de Calidad Democrática de la Generalitat valenciana, y con la colaboración del Ayuntamiento de San Isidro (2.146 habitantes), en cuyo término se ubican actualmente las parcelas, el equipo de Mejías ya encontró en 2021 “un anillo infantil de oro, probablemente tragado por un preso”, en una de las arquetas sifónicas de las letrinas. Un año después, “la pauta se confirma”, continúa Mejías, con la prospección intensiva de cobertura total que los siete miembros del grupo arqueológico han practicado en tres parcelas que suman unos 70.000 metros cuadrados, durante un mes y medio, que acaban de dar por finalizada. Buena parte de los prisioneros de la antigua prisión republicana que Franco reconvirtió en campo de concentración a finales de marzo de 1939 llevaba consigo monedas, joyas o relojes que, ahora, han aflorado gracias a los detectores de metal utilizados por los arqueólogos con metodología científica.

 Junto a los habituales hallazgos de “munición, insignias, remaches, herramientas, hebillas o tubos de pomada”, el equipo que mapea el centro, que llegó a albergar unos 14.000 presos, ha hallado varias muestras de los tesoros que los prisioneros intentaban usar como moneda de cambio o salvoconducto hacia la libertad. Destacan, cuenta Mejías, dos monedas de plata. La primera, de ocho reales de 1809, la época de Fernando VII. La segunda, cinco francos suizos, acuñados en 1908. “El dinero republicano se devaluó”, explica el director de la excavación, “y los ciudadanos empezaron a acaparar piezas de plata” para comprar cualquier cosa que les permitiera seguir viviendo y escapar del país. “Muchos de los reclusos de Albatera”, prosigue Mejías, “fueron capturados en el puerto de Alicante”, el último reducto republicano, “donde trataban de huir con lo más preciado que tenían en sus casas”.

 La prospección, que se prolongó desde el 17 de octubre hasta finales de noviembre, también permitió encontrar “una cadena de plata de un reloj de bolsillo” y “un reloj de mujer” de diseño art déco, “posiblemente de plata y perteneciente a alguien con una posición económica elevada”, según Mejías. Esta joya permanecía oculta “en una zona cercana a la valla del campo”, sin que haya un motivo aparente que pueda explicar su ubicación. “Quizá lo enterraron para volver a buscarlo” y allí quedó, con las manecillas paradas en el momento exacto en el que desapareció.

Farmacia

Otro de los aspectos que ha corroborado la búsqueda de materiales metálicos realizada este año es la mala alimentación de los presos, basada casi en exclusiva en latas de lentejas y sardinas. Como ya contó Mejías, “los prisioneros recibían “una lata cada dos días para dos personas y un trozo de pan para cinco”. Durante el periodo en que el campo albaterense albergó una prisión republicana de 14 hectáreas, entre octubre de 1937 y marzo de 1939, “los reclusos estaban bien alimentados, con sardinas, naranjas o carne enlatada argentina”, afirma el arqueólogo. Bajo el dominio franquista, ya como campo de concentración, en el que los detenidos “eran identificados, registrados, redistribuidos por prisiones y carecían de garantías jurídicas”, el hambre y las enfermedades intestinales lideraron las causas de muerte en su interior.

 Entre el material descubierto, ha aparecido “un tapón de Ceregumil, un reconstituyente de miel y cereales de los años 30″. También, “un pedazo de botella de color morado con parte de una inscripción que dice ORT y que “la especialista en arqueología del siglo XX Andrea Moreno ha identificado como jarabe del Doctor Trigo”, el creador del Trinaranjus, “un extracto de limón que se usaba como depurativo y laxante”. Finalmente, en una arqueta de las letrinas se hallaba “un trozo de botella con la inscripción CAR” que, según Moreno, es agua de carabaña, “un agua mineromedicinal con mucho azufre que también se usaba como laxante”. Mejías ha enviado “sedimentos de la arqueta” a la Universidad de Valencia, “para ver si hay trazas de alimentos, bacterias inactivas, larvas o parásitos intestinales” que desvelen “en qué condiciones vivían los presos”.

Mejías adelanta que para el año que viene ya han solicitado una línea de subvenciones del Ministerio de Presidencia y otro de la Consejería de Calidad Democrática, con el fin de “seguir prospectando bancales en búsqueda de fosas comunes”, el objetivo prioritario de la investigación. La intención es que la Generalitat valenciana compre “seis de las 14 hectáreas de terreno total del campo para su musealización como primer yacimiento arqueológico de la Guerra Civil”. (...)"          (Rafa Burgos, El País, 10/12/22)

21/11/22

Un trozo de pan y una sardina al día en el campo de concentración franquista de Sánlucar la Mayor, en Sevilla

 "Sanlúcar la Mayor (Sevilla) tiene unos 14.000 habitantes. No muchos vecinos saben que en su pueblo hubo un campo de concentración. Que tuvo una vida corta, entre marzo y octubre de 1939. Siete meses, ya con la Guerra Civil terminada, en los que se convirtió en uno de los más de 20 lugares que los golpistas de Francisco Franco levantaron en Sevilla y provincia para servir forzadamente al incipiente régimen dictatorial. Tampoco saben que allí los presos, de paso a otros campos, comían tan solo un trozo de pan y una sardina al día. 

 Las pesquisas del Observatorio Ciudadano Municipal (OCM) de Sanlúcar la Mayor han dado con una serie de tratados y artículos, a partir de una primera comunicación del grupo de trabajo Recuperando la Memoria de la Historia de Andalucía de CGT, que demuestran su existencia. Fuentes orales han hecho el resto para saber qué hubo en lo que ahora es una cooperativa olivarera, pero que fue un lugar para la clasificación de prisioneros por parte de las tropas golpistas tras la sublevación militar de julio de 1936.

 El de Sanlúcar era un lugar donde se auditaban o valoraban a los prisioneros. En función de su valoración, el preso tenía cuatro posibles destinos: se le permitía volver a su lugar de origen presentándose a la Junta de calificación (que la conformaban el alcalde, el jefe del movimiento de Falange, el comandante del puesto de la Guardia Civil y el cura párroco), se le obligaba a apuntarse en el ejército franquista para salvar la vida, se le mantenía en prisión o se le llevaba “al paredón”, apunta el OCM.

Una infraestructura en uso

Además de la documentación a la que ha tenido acceso este periódico, han sido también los contactos de este OCM con parientes de aquellos prisioneros los que advierten de la escasa alimentación que se ofrecía en esos campos de concentración de prisioneros como el de Sanlúcar. Un trozo de pan y una sardina al día, aunque otras fuentes orales expresan que más adelante se daba un plato de lentejas. La Cooperativa Olivarera de Sanlúcar la Mayor fue antes un cuartel, que tuvo que ser habilitado urgentemente en 1939 en campo de concentración para la clasificación de presos republicanos que llegaban de Barcelona y Valencia y de los municipios de Sevilla, informa el OCM. (...)

 Su ubicación perfecta para el trasiego de personas que llegaban y salían del campo de concentración dio pie a la OCM para comprender la documentación bibliográfica a la que se llegó a través de legajos desde 1936 a 1940 en el Archivo Municipal, donde constan cientos de documentos con traslados hacia o desde Sanlúcar. Así, el 12 de marzo de 1939 aparece el primer documento con traslado de prisioneros de guerra y, a partir de abril de 1939, ya se reseñaba Sanlúcar la Mayor como campo de concentración. En mayo de 1939 figura el traslado desde el campo de La Rinconada con destino al campo de Sanlúcar la Mayor de cientos de tablones para literas y patas y tornillos. El 25 de junio de 1939, desde la Región militar se envía ropa para el campo de concentración de Sanlúcar la Mayor, según ha comprobado este medio.

 El último documento de traslado que figura es del 25 de octubre de 1939, que ilustra esta información, y donde se refleja un movimiento de tropa a Sevilla de 439 personas, apenas unos días antes que los prisioneros fueran enviados al campo de concentración de Heliópolis. En diciembre de 1939, según las indagaciones del OCM, el lugar se recuperó de nuevo como cuartel y pasó a ser ocupado el Grupo de Regulares de Larache. La indagación coincide con lo que manifiesta Cecilio Gordillo. “Los últimos 900 presos de ese campo, la mayoría catalanes, fueron trasladados al campo de 'El Colector' en Heliópolis, que entonces ejerció de prisión habilitada o de apoyo a La Ranilla”. Era el último día de octubre de 1939. (...)"                          (Javier Ramajo, eldiario.es, 19/11/22)

9/11/22

Es Campament, la cárcel franquista donde los presos republicanos rebuscaban entre heces para comer... Ángel Llorente Ruiz, jefe del campo de concentración, daba los alimentos que debían llegar a los presos, a los animales que cuidaba en su pequeña granja. Tenía gallinas, cerdos... Animales que luego vendía... Los carceleros del régimen franquista se divertían también viendo cómo los prisioneros se peleaban con los cerdos para conseguir los alimentos

 "La 'Colònia penitenciària' de Formentera, conocida oficialmente también como 'Destacament penal' y 'Presó central', fue la cárcel franquista más terrible de Balears, según el testimonio de algunos de los presos republicanos que sobrevivieron a ella. Los reclusos morían por inanición, debido a la corrupción y crueldad sin límites que desplegaron los responsables de la cárcel. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en otras cárceles, como en Can Mir (Palma, Mallorca), no hubo fusilamientos ni se practicaron las ‘sacas’, que consistían en hacer creer a los presos que eran “liberados” para luego acabar siendo asesinados en las cunetas de las carreteras. 

 La historiografía no coincide en señalar cuál fue la fecha en que entró en funcionamiento el campo de concentración de Formentera. La mayoría de las fuentes consultadas coinciden en que todo apunta a que fue a mediados de 1940, en mayo o junio, cuando se instaló, hasta su desmantelamiento, en noviembre de 1942. “Las condiciones de carestía de las Pitiüses y la corrupción del director del centro agravaron todavía más la inhumana situación del campo”, detalla Artur Parrón Guasch, vicepresidente del Fòrum de la Memòria d’Eivissa i Formentera y doctor en Historia, en el libro La Guerra Civil i el primer franquisme a Eivissa i Formentera

 Las condiciones de alimentación y salubridad en la prisión, conocida coloquialmente como 'Es Campament', 'Sa Colònia' o 'Es Camp des Presos', eran muy lamentables. Uno de los supervivientes fue Juan Ferrer Marí, también conocido como Joan de sa Punta, quien permaneció dos años encerrado en la cárcel. Ferrer Marí fue condenado a 30 años de prisión por haber acompañado a los milicianos que detuvieron y asesinaron al sacerdote de La Mola (Formentera), Juan Torres Torres. En una entrevista que fue publicada en el número 48 del semanario Proa, Ferrer Marí le explicó al periodista y escritor José Miguel L. Romero, autor de Els morts. Les víctimes de la Guerra Civil a Eivissa i Formentera (1936-1945), que Ángel Llorente Ruiz, jefe del campo de concentración, “era una persona que quedaba muy bien con todo el que hablaba, pero se portó muy mal”. “Los alimentos que debían llegar a los presos se los daba a los animales que cuidaba en su pequeña granja. Tenía gallinas, cerdos... Animales que luego vendía, pero que jamás pudimos comer nosotros. Durante ese tiempo nunca probamos carne”, detalló.

Rebuscaban comida entre las heces

Los reclusos llegaban al campo de concentración esqueléticos, en unas condiciones de salud y alimentarias terroríficas. “Recuerdo uno muy enfermo que el mismo día en que llegó al campo de concentración fue a que le dieran un plato de comida y cuando se lo entregaron cayó de espaldas y murió”, relató Ferrer Marí. Según su descripción, se alimentaban prácticamente solo a base de caldos de verduras, que se hervían hasta tal punto que ya no quedaba nada sólido en el plato. “En ocasiones caían en el plato dos o tres garbanzos”. “No parábamos de mear, ya que solo ingeríamos líquido”. En cada barracón había colocados un par de bidones de petróleo de unos 200 litros de capacidad, donde los presos orinaban. “Estaban cortados por la mitad y tenían un par de asas para sacarlos fuera y vaciarlos. Cuando llegaba la noche estaban completamente llenos, rebosantes”, describió Ferrer Marí.

Los presos tenían el estómago destrozado como consecuencia del durísimo régimen alimentario, tanto que casi no podían ni digerir los alimentos. Cuando comían habichuelas, por ejemplo, las defecaban enteras. “En esos casos, la gente, desesperada de hambre, rebuscaba entre la mierda de las letrinas para encontrarlas y comérselas”, precisó Ferrer Marí. El hambre era tal que incluso se cocían las pepitas de las algarrobas o roían durante días los huesos que encontraban tirados por el suelo. “Si veías a uno que mordisqueaba una piel de naranja, sabías que ese no duraría mucho, que moriría pronto”. Corrieron mejor suerte, según el testimonio de Ferrer Marí, quienes realizaban las labores de construcción del muro del campo de concentración, ya que ellos comían arroz y aceite.

Los presos se disputaban la comida con los cerdos

Los carceleros del régimen franquista se divertían también viendo cómo los prisioneros se peleaban con los cerdos para conseguir los alimentos. El corral era utilizado como campo de batalla. “Cuidaba mejor a sus puercos que a nosotros (en referencia a Ángel Llorente Ruiz, director del campo de concentración). Un día recuerdo que había catorce animales peleándose por unas pieles de calabaza. Digo 'animales', pero en ese grupo se confundían los cerdos con hombres que, muertos de hambre, no tuvieron más remedio que llegar a ese extremo”, atestiguó Ferrer Marí. “Llegó un vigilante, que se llamaba Carrillo, y la emprendió a porrazos con los presos para que no molestasen a la piara”, añade.

Decenas de los represaliados pasaron también por el conocido como “barracón de aislamiento”, al cual los presos bautizaron coloquialmente como “cementerio de los vivos”, ya que iban a parar los enfermos de mayor gravedad, que eran “todo huesos y piel”. Las condiciones alimentarias e higiénicas eran penosas, que en este caso se veían reflejadas también en las plagas de chinches, que se contaban a millares. Cuando los reclusos se iban a dormir y apagaban la luz, eran rápidamente atacados por los insectos. “Si volvías a encenderla observabas cómo una mancha negra huía por las paredes. La luz las espantaba. Por eso algunos dormían con una vela encendida”. Esta era la única manera que tenían de evitar recibir las picaduras del bicho.

Un niño de 14 años, entre los presos

Había algunas diferencias entre Es Campament (colonia penitenciaria del régimen franquista que dependía de la Prisión Provincial de Palma) y otras prisiones franquistas de Balears, como Can Mir. A diferencia de lo que ocurría en esta prisión, los represaliados republicanos no morían fusilados, ni eran víctimas de las ‘sacas’ en Es Campament. La distinción radicaba en que los detenidos en la prisión de Can Mir, que estaban a disposición del gobernador civil de Balears, todavía no habían sido juzgados. “Eran víctimas de las ‘sacas’ porque no constaba todavía ningún expediente judicial sobre ellos. Por eso había ejecuciones extrajudiciales”, explica a elDiario.es Antoni Ferrer Abárzuza, doctor en Historia y redactor del estudio que forma parte del Segundo Plan de Fosas del Govern.

En Formentera, la colonia penitenciaria no estaba militarizada, como ocurría también con otros campos de prisioneros que construyeron una red de carreteras de más de 200 kilómetros en Mallorca. “La responsabilidad era de la administración civil, por tanto, la cárcel estaba controlada por oficiales de prisiones, no por militares. Los presos que fueron enviados a Formentera habían pasado por un tribunal: tenían sentencia firme, ya fuera una condena perpetua de treinta años por 'adhesión a la rebelión', por 'auxilio a la rebelión' -que solía ser una pena de doce años- o por otras modalidades de contribuir a lo que los fascistas decían que era una ‘rebelión’. Como ya tenían expediente judicial, no corrían ‘peligro’, en principio, de ser víctimas de ‘sacas”, puntualiza Ferrer Abárzuza.

Pese a las diferencias, el campo de concentración de Formentera no fue una excepción en cuanto a las prácticas de tortura y sometimiento brutal que había en el resto de España y Europa. “Pese a que la propaganda oficial aseguraba que era un ‘modelo’ para Europa, posiblemente poco tenía que envidiar a los (campos de concentración) de los nazis en algunos aspectos”, describe el periodista y escritor José Miguel L. Romero.

En Sa Colònia, principal símbolo de la represión franquista en la isla, se llegaron a concentrar, en un espacio reducidísimo, entre 1.100 y 1.400 reclusos de todo el Estado español, según recoge Romero a partir de los cálculos realizados a ojo por testimonios directos. Durante estos dos años, según documenta Ferrer Abárzuza, a partir de los datos del padrón municipal de habitantes, unas 2.000 personas llegaron a estar encerradas en el campo de concentración. El 1 de enero de 1942 había 1.209 reclusos en la colonia penitenciaria, apunta Ferrer Abárzuza citando datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Uno de los presos, cuya existencia conocemos debido a los datos del padrón -que registraba el Ajuntament de Formentera-, fue Manuel Díaz Sauceda, un adolescente de solo 14 años, natural de Don Benito (Badajoz), que sobrevivió, pero cuya pista se le perdió cuando la prisión fue desmantelada.

 En el campo de concentración de Formentera murieron 58 presos republicanos, entre marzo de 1941 y finales de octubre o principios de noviembre de 1942, según el Registro de Defunciones de Formentera. En la prisión se producían casi cuatro muertes al mes de media, unas cifras que también se registraron en las localidades toledanas de Ocaña y Talavera, donde en una década se produjeron 680 muertes.

Si no hubo más fallecidos fue por la ayuda de las familias y la organización del PCE en la clandestinidad. “He conocido a gente de Formentera a la que le llevaban comida cada día: estos estaban salvados”, asegura Ferrer Abárzuza. Los presos de Eivissa, Mallorca y Menorca solían recibir paquetes de sus familiares donde había comida, a veces podrida, y también no perecedera. “La comida en conserva solía llegar”, comenta el historiador. Además, según apuntan algunos testimonios, el PCE en la clandestinidad había creado una red de solidaridad “para repartir comida entre quienes no tenían, que eran, sobre todo, los que procedían de Extremadura y la Península, en general. La represión en Extremadura fue tremenda”, afirma Ferrer Abárzuza. También se daba el caso de presos que no recibían comida porque sus familiares “no sabían dónde estaban”.

Los encarcelados eran de clase obrera

El oficio de cada uno de ellos indicaba su origen de clase obrera y trabajadora. De entre ellos, había 29 campesinos, seis jornaleros, dos agricultores, dos carpinteros, un zapatero, un cafetero, un mecánico, un obrero, un albañil, un bracero, un ganadero, un carretero, un cantero, un escribiente, un electricista, un minero, un minero picador, un lavador de minerales y un panadero. Tres de los fallecidos fueron registrados sin oficio y uno es descrito simplemente como “empleado”. Treinta y seis eran originarios de Badajoz y, entre ellos, había once murcianos, dos alicantinos, un valenciano, dos catalanes, dos canarios, un ibicenco, un mallorquín y un madrileño. En uno de los presos muertos no consta su registro de nacimiento. El hecho de que entre los fallecidos solo hubiera un ibicenco y ningún formenterer, se explica, según documenta Romero, “porque, al contrario de aquellos que procedían de la Península (o de Canarias), tenían la suerte de recibir alimentos de sus familiares en las islas”. Ferrer Abárzuza añade que, además, existe documentación que indica los graves problemas de suministro que había en Formentera en el contexto de la posguerra.

La mayor parte de ellos murieron de hambre, por tuberculosis o como consecuencia de enfermedades causadas por las pésimas condiciones alimentarias y sanitarias de la colonia penitenciaria. Para referirse a los reclusos que morían de hambre, el régimen franquista utilizaba el término médico “caquexia”, sinónimo de “estado de extrema desnutrición”. Eran eufemismos que se usaban para no decir que los presos morían de hambre. Otros fallecían por colapsos cardíacos, enteritis aguda (inflamación del intestino delgado causada por comer o beber alimentos contaminados con bacterias o virus), mal de Pott (infección tuberculosa en la columna vertebral), avitaminosis (déficit de vitaminas), albuminuria (una enfermedad renal que se produce por exceso de la proteína albúmina en la orina), infecciones intestinales, insuficiencia cardíaca, miocarditis crónica, anemia de Biermer, insuficiencia mitral, peritonitis, endocarditis, cirrosis hepática, reblandecimiento cerebral o cáncer estomacal, entre otras. Casi todos los presos fallecían por varias afecciones.

La represión franquista fue “tremenda” en Extremadura

La gran cantidad de extremeños que había se explica porque el campo de concentración de Sagrajas (Badajoz), la prisión provincial y el Picadero de Badajoz “se encontraban repletos de reclusos”, según documentó el historiador José Luis Gutiérrez Casalá en Guerra Civil en la provincia de Badajoz, la mayoría procedentes de Castuera y Don Benito. Uno de ellos fue Antonio Godoy Delgado, nacido en Hornachos (Badajoz) el 25 de mayo de 1909, según documentó Romero. Perteneciente a la agrupación socialista local, fue el último alcalde republicano de la localidad. Teniente de alcalde del Frente Popular, cogió el bastón de mando de Hornachos cuando el alcalde Manuel Calvo dimitió y huyó por temor a las represalias después del golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Durante la Guerra Civil, Godoy formó parte del Batallón de la decimosexta Brigada Mixta, liderada por el diputado del PCE Pedro Martínez Cartón.

Según su testimonio, lo primero que hacían los responsables del campo de concentración (un director, ocho guardias y tres jefes de servicios) por las mañanas era hacer un recuento de todos los reclusos, para asegurarse de que no faltaba nadie. Después, les obligaban a cantar el Cara al Sol. “El campo de concentración estaba alambrado; este daba de cara al mar; una vez que tuvimos las viviendas hechas, los carpinteros hicieron todas las porterías necesarias. En el mismo centro del campo colocamos un madero altísimo, y en lo alto la bandera de la Falange”, explicó Godoy en sus memorias, recogidas por Romero. Después de cantar el Cara al Sol, desayunaban. Normalmente, dos higos o una sardina arenque, así como una barra de pan que tenían que compartir entre cinco. Al mediodía les “solían dar un cazo de caldo con dos o tres trocitos de patatas y en otras ocasiones unos trocitos de coles, cuando era la temporada”. “El que no recibía nada de su familia se podía decir que estaba condenado a muerte, en este caso de hambre”, escribió.

Desmantelamiento por “temor” a los aliados

Es Campament fue desmantelado en otoño de 1942, después de que llegara una orden de desalojo de Madrid, para lo que el régimen movilizó a decenas de guardias civiles y lanchas a motor, así como un barco de carga, que condujo a los presos a València. La razón podría estar en la Operación Torch iniciada por los aliados, mediante la cual las tropas anglo-estadounidenses desembarcaron en Túnez el 8 de noviembre. En plena II Guerra Mundial, Franco temió que los aliados pudieran desembarcar en Balears. “La operación Torch generó angustia en el dictador y sus camaradas golpistas, tal vez por temor a que los aliados utilizaran Formentera como plataforma de sus operaciones contra los nazis y fascistas en el Mediterráneo”, argumenta Romero.

Uno de los responsables de la prisión fue Vicente Bueno, que durante las últimas décadas del siglo XX trabajó como guía turístico. Hijo de andaluces, nació en Formentera en 1918, pero a los seis meses abandonó la isla con sus padres. Bueno volvió a la isla en 1941 para hacerse cargo, junto con otros dos jóvenes oficiales, del campo de concentración. En una entrevista que Romero le hizo en diciembre de 1995, publicada en el número 47 de la revista Proa, Bueno explicó que las órdenes para desalojar Es Campament llegaron de Madrid. Los reclusos fueron enviados a Eivissa y de allí, en un barco muy grande, a Palma, con la supervisión de un par de agentes de la Guardia Civil.

La represión en Formentera fue “especialmente sangrante” porque era una isla “tradicionalmente fiel al voto republicano” y que no había sufrido “disturbios significativos” durante la ocupación republicana, explica Parrón. Según su investigación, una minoría de elementos franquistas autóctonos, junto a falangistas provenientes de Eivissa, llevaron a cabo la represión. En muchas ocasiones, las víctimas no estaban en las “listas” de “rojos”, sino que fueron detenidos y ejecutados por su proximidad familiar al realmente perseguido, que había huido de la isla o estaba escondido. Al menos dieciocho formenterers fueron ejecutados por el bando sublevado entre el 20 de noviembre de 1936 y el 19 de febrero de 1937, la mayoría de ellos en Formentera, aunque también hubo asesinados en Mallorca, Eivissa y Cartagena (Murcia). La práctica totalidad de los dirigentes políticos, así como muchos militantes y simpatizantes de los grupos de izquierdas consiguieron huir durante la semana posterior al abandono de las islas por parte del poder republicano."                  (Nicolás rivas, eldiario.es, 08/11/22)