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19/6/23

Maniatado, le subieron a un camión y le llevaron a su pueblo. Allí, le mantuvieron expuesto a la vista de todos, a la intemperie, durante un par de días, sin recibir cuidado alguno. Después de aquel episodio de humillación le llevaron a Calatayud, donde le hicieron limpiar cuadras durante unos días. Después, junto a otros vecinos de Villarroya, le metieron otra vez en un camión que les condujo hacia las afueras, hasta el barranco de la Bartolina. Allí, fueron todos fusilados... Antonio, el hermano de Manuel, era herrero de profesión, como el padre de ambos. Le mataron unos meses después, en octubre... Su esposa, Esperanza, había intercedido por él ante los militares... un guardia civil despechado por Esperanza logró que Antonio fuera asesinado antes de que llegase el indulto

 "(...)  Tenía 43 años cuando, en el verano del golpe de Estado, desapareció. Fue detenido en un lugar llamado El Orcajo. Maniatado, le subieron a un camión y le llevaron a su pueblo. Allí, le mantuvieron expuesto a la vista de todos, a la intemperie, durante un par de días, sin recibir cuidado alguno.

Después de aquel episodio de humillación le llevaron a Calatayud, donde le hicieron limpiar cuadras durante unos días. Después, junto a otros vecinos de Villarroya, le metieron otra vez en un camión que les condujo hacia las afueras, hasta el barranco de la Bartolina. Allí, fueron todos fusilados. En la documentación oficial de su defunción, consta como causa de la muerte “acción de guerra”.

Antonio, el hermano de Manuel, era herrero de profesión, como el padre de ambos. Le mataron unos meses después, en octubre. Tenía 39 años. A finales de verano, alguien le avisó de que la Guardia Civil iba a buscarle. Antonio, que sabía lo que le había pasado a su hermano, se echó al monte. Allí estuvo escondido mes y medio. 

Su esposa, Esperanza, intercedió por él ante los militares. Le aseguraron que si se entregaba no pasaría nada, que le prepararían un indulto. Según contaba la familia, un guardia civil despechado por Esperanza logró que Antonio fuera asesinado antes de que llegase el indulto. Le fusilaron contra la tapia del cementerio de Calatayud y nadie supo con certeza dónde le habían enterrado.(...)"                   (Elena Cabrera, eldiario.es, 12/06/23)

4/11/22

Rogelio, un zapatero que se ha convertido en el encargado de la fábrica de zapatos Minerva, es encarcelado por la denuncia de un compañero de trabajo, Antonio Timoner, que anhelaba su puesto de encargado y lo ha acusado de difundir noticias alarmantes de corte izquierdista... su esposa Francisca, devota, había ido a rezar al Crist de la Sang. De repente, escuchó alboroto en la entrada de la iglesia. “Se quedó completamente paralizada al ver a unos veinte presos, con el mismo aspecto que su marido, que subían cansados las escaleras escoltados por soldados con sus fusiles al hombro. Apartaron a Francisca con un grito seco de 'cuidado' y los obligaron a besar el cristo a golpe de culata. Era una parada obligatoria antes de escuchar el último estruendo de su vida: una descarga de pólvora y metal” el padre Atanasio obligaba a los presos a besar la cruz que portaba colgada de un cordón atado a la cintura. En uno de los casos en el que el detenido, Miquel Òleo, se negó a ello, el 'padre Santanasio' -como se le conocía en Can Mir- lo agarró del cabello y le restregó el crucifijo por los labios hasta hacerle sangrar

 "Dos hombres aporrean la puerta de una vivienda situada en la calle Aragón de Palma. El estrépito sobresalta a Francisca Puigserver, quien se encuentra con su hijo Rafael, el quinto de siete hermanos, que ese día no ha ido al colegio ante las noticias que llegan de Madrid: 'España está en guerra', rezan los periódicos. 

Es el 19 de julio de 1936. Al abrir la puerta, dos guardias civiles le preguntan dónde se encuentran su marido, Rogelio, y su hermano, Miguel. Como no están en casa, le indican que, cuando regresen, se dirijan al cuartel. En solo un instante, el día se ha tornado pesadilla para Francisca, a quien un torbellino de pensamientos comienza a abordarla, preguntándose qué puede haber hecho Rogelio, un zapatero que, a sus 41 años, se ha convertido en el encargado de la fábrica de zapatos Minerva, en el barrio palmesano de Santa Catalina.

Junto a su cuñado, Rogelio Fernández Aguiló se dirige a las dependencias de la Benemérita tras recibir el mensaje de su mujer. Está tranquilo y convencido de que todo aquello es un malentendido. Sin embargo, ese día ninguno de los dos regresará a casa. Ni al siguiente, ni al otro. Un compañero de Rogelio que anhelaba su puesto de encargado, Antonio Timoner, lo ha acusado en falso de difundir noticias alarmantes de corte izquierdista, unos hechos por los que, durante los siguientes 18 meses, permanecerá encerrado en el navío Jaume I, en el almacén de maderas reconvertido en cárcel franquista Can Mir y en los campos de concentración de S'Àguila y Son Granada, en Llucmajor (Mallorca), a pesar de que su caso será archivado mucho antes por los tribunales.

Más de ochenta años después, su bisnieto, Antoni J. Escanellas, ha recuperado la historia de Rogelio y, junto a ella, las numerosas postales que escribió y recibió durante su cautiverio y que, desde entonces, su familia ha mantenido guardadas como oro en paño. Las ha dado a conocer en el libro Ficha nº 15. Postales contra el olvido, recientemente publicado por Dolmen Editorial. Junto a las misivas, el zapatero elaboró con sus manos agujas, cajas de alfileres, anillos, pipas, colgantes y otros objetos que hacía llegar a sus familiares por correo.

En Mallorca, convertida en punto estratégico para los intereses de las fuerzas fascistas, la represión fue especialmente dura y, de hecho, fue uno de los primeros lugares de España donde comenzaron a instalarse campos de trabajo forzados para los prisioneros, como aquellos en los que Rogelio permaneció encerrado. Pero, sobre todo, la actividad más intensa se centró en los hombres encarcelados en Can Mir, tras cuyos muros también fue prisionero y donde se implementó y normalizó la práctica de las 'sacas': los presos eran 'liberados' y, conducidos bajo engaño por grupos de falangistas, acababan asesinados en las cunetas de las carreteras.

Detenidos “por rojos”

En el cuartel de la Guardia Civil, adonde ha acudido Rogelio, uno de los detenidos pregunta por qué se encuentran retenidos. Sin titubeos, uno de los agentes responde: “¡Por rojos!”. Y, desde ahí, los conducen hasta el barco Jaume I, buque de Trasmediterránea que cubre de forma habitual la ruta entre Palma y Barcelona y que ha acabado convertido en cárcel flotante. Como explica Escanellas, fue ahí donde su bisabuelo supo que los golpistas lo habían militarizado todo. Los detenidos, confinados en las bodegas con las compuertas cerradas a cal y canto, pasaban las horas esperando a que alguien acudiera a darles una explicación, “alguien a quien contar que eran solo gente normal que trabajaba en la industria zapatera de la isla y que Rogelio había ganado un premio al zapato mejor elaborado y diseñado”.

No en vano, Rogelio estaba convencido de que el golpe de Estado finalizaría en unas horas. Días, quizás. “Ese era el pensamiento general, lo que la mayor parte de los detenidos pensaba. Que era una rabieta de los militares, pero que llegarían a un acuerdo rápidamente. Pero nunca llegaron a un acuerdo, nadie habló con nadie. Y pasaron las semanas, y los meses...”, relata Escanellas, periodista y filósofo.

Tinta borrada por las lágrimas

Mientras tanto, desde ese 19 de julio, Francisca pasa las horas en soledad. Permanece siempre callada, en una esquina, cabizbaja, mientras las lágrimas ruedan por sus mejillas, como aquellas que se derramarían sobre una de las numerosas postales enviadas a Rogelio. Se encontraba ya prisionero, bajo la inscripción Ficha 15, en el campamento de Son Granada, en Llucmajor. Con la tinta borrada por las gotas saladas, Isabel, una de sus hijas, transcribe lo que Francisca le va dictando: “Apreciado esposo y padre, sirva la presente para manifestarte nuestro buen estado de salud, deseando que la suya igual, por lo que damos gracias a Dios...”.

Sin embargo, antes de que Rogelio recale en la antigua posesión de Son Granada, son numerosas las vicisitudes que vivirá y las postales que recibirá. Desde el cuartel de la Guardia Civil lo han conducido a Can Mir, ubicado en el mismo solar donde en la actualidad se levanta el popular cine Augusta, tras cuyos muros los prisioneros pasan los días entre chinches, ratas y humedad, esperando la muerte, llegue o no. Las cartas son el único modo de comunicarse con las familias y, por ello, Rogelio enseña a escribir a quienes no saben mientras manipula pequeñas maderas con las manos. “Era la única forma de no volverse loco allí”, relata su bisnieto. La nave, de unos mil metros cuadrados, llegó a confinar al mismo tiempo, en un “ambiente nauseabundo”, a 1.004 prisioneros “dando incesantes vueltas por aquel antro”, como dejó constancia otro de los internos que permaneció tras sus rejas, el músico, escritor y político Lambert Juncosa.

Meses después hacía su aparición en Can Mir el padre Atanasio de Palafrugell, quien acompaña a los presos antes de morir y, en determinados casos, la única persona a la que pueden ver antes de ser asesinados. El cura, explica Escanellas, aprovechaba “todos los minutos para intentar conseguir, por todos los medios, que confesaran que se habían equivocado creyendo en sus convicciones y que pidieran perdón a Dios”. Como documentó el investigador Manel Suárez Salvà, autor del libro La presó de Can Mir. Un exemple de la repressió franquista durant la Guerra Civil a Mallorca (editorial Lleonard Muntaner), el eclesiástico obligaba a los presos a besar la cruz que portaba colgada de un cordón atado a la cintura. En uno de los casos en el que el detenido, Miquel Òleo, se negó a ello, el 'padre Santanasio' -como se le conocía en Can Mir- lo agarró del cabello y le restregó el crucifijo por los labios hasta hacerle sangrar. 

Rezos al Crist de la Sang

Uno de aquellos días, Francisca, devota, había ido a rezar al Crist de la Sang. De repente, escuchó alboroto en la entrada de la iglesia. “Se quedó completamente paralizada al ver a unos veinte presos, con el mismo aspecto que su marido, que subían cansados las escaleras escoltados por soldados con sus fusiles al hombro. Apartaron a Francisca con un grito seco de 'cuidado' y los obligaron a besar el cristo a golpe de culata. Era una parada obligatoria antes de escuchar el último estruendo de su vida: una descarga de pólvora y metal”, relata Escanellas. “Solo cuando pasó el último y estuvo convencida de que ninguno de ellos era Rogelio, soltó el aliento”, añade. Pocas semanas después, Mallorca y Eivissa ya se habían entregado a los fascistas.

La Navidad está próxima. Entre la algarabía que llega del exterior, culatas y porras en mano, Rogelio piensa en su familia, y decide escribir una postal. Se dirige de inmediato al escritorio -una tabla sobre la que se puede apoyar el papel y el lápiz- y coge la pluma entre sus manos. Las palabras comienzan a brotar sobre el papel: “En la Navidad florida, Navidad de pavos y hornazos, acercaos vidas mías, quiero daros unos abrazos”. Enmarcando estas líneas, en verde y rojo, flores y una paloma. Después le da la vuelta a la postal y escribe: “Sra. Dña. Francisca Puigserver. Apreciada esposa, hijitos y madrina, cuñados y cuñadas, madre y hermanos, a todos me dirijo en tan memorable día de Navidad, que para mí es muy triste al no poder cumplir como buen padre, de llevar a mis hijitos el pavo...”. Y, en un hueco vacío que aún queda, añade: “Si yo fuese palomita en tan memorable día, os haría una visita en nuestra casa o casita bendita”. Es el 22 de diciembre de 1936.

Casi dos meses después, Rafael, de diez años y el quinto hijo de Rogelio y Francisca, le envía una carta a su padre en la que le cuenta que “todos los días yo y mi madrecita vamos a la iglesia de San Antonio de Padua. Mi madrecita le reza y me hace decir: 'San Antonio bendito, mandarás a casita a nuestro padrecito, que era tan bueno para todos, y devolverás la alegría a nuestra casita'. Confío que San Antonio hará este milagro, porque yo soy muy bueno...”.

“Rogelio se olvidará de la política si eso significa continuar vivo”

Francisca intenta, mientras tanto, reunirse con el padre Atanasio. La acompañan sus hijos. Le explica -relata el periodista- que son una familia creyente, que nunca han faltado a misa, que Rogelio es un buen hombre y que “es cierto que se hizo del partido socialista que prometía una mejora para las clases bajas, y que ellos eran clase baja”. En ese instante, la mirada del capellán se enturbia. No quiere oír nada más ni escuchar cómo le dice la mujer que su marido se olvidará de la política si eso significa continuar vivo. Atanasio les conduce hasta la salida para que se marchen y cierra la puerta a sus espaldas. 

 En Can Mir, Rogelio puede recibir de su familia cestas de mimbre con pequeños utensilios, ropa y enseres de higiene personal, porque Francisca y sus hijos viven muy próximos a la prisión. Sin embargo, pronto dejarán de estar tan cerca de él porque el antiguo almacén de maderas comienza a estar atestado de presos y hay que buscar una solución. Coincidiendo con las nuevas necesidades defensivas de Mallorca, las autoridades deciden trasladar a los detenidos a los campos de concentración itinerantes que comienzan a instalarse a lo largo de la costa de Mallorca. Allí son obligados a trabajar en la construcción de carreteras y otras obras públicas y a dormir en los reposaderos del ganado, en barracones de madera o en tiendas de campaña. Rogelio y su cuñado, Miguel, son dos de ellos.

Nuevo destino: s'Àguila de Llucmajor

En este contexto, en mayo de 1937 las autoridades deciden enviarlos a la finca de s'Àguila, una posesión situada en la marina de Llucmajor. En el tren viajan junto a otros ocho prisioneros. A su llegada a la estación, un camión los conduce a su nuevo destino, un solar de 1.750 'cuarteradas' (7.103 metros) dedicado esencialmente a la cría de pastos y ovejas y a la producción de lana y queso. Ellos dormirán en el suelo de unos barracones. Pero, pese a las pésimas condiciones, señala Escanellas, a su bisabuelo s'Àguila le parece “un remanso de paz, cerca del mar y en medio del campo”. Allí trabajarán construyendo muros y paredes y arreglando calles y carreteras. Rogelio tampoco se librará de las advertencias de los guardias, quienes le aperciben de la presencia de un pozo que se convertirá en el nuevo cementerio de la finca. “Allí lanzaban a los problemáticos”, asevera el autor de Ficha 15.

Las postales, de nuevo, no cesan. Con el sello de la censura militar, el 12 de mayo recibe noticias de su familia: “Queridísimo y nunca olvidado esposo y padre, sirva la presente para manifestarte nuestro buen estado de salud, deseando de todo corazón que tú goces de igual beneficio, que es lo principal y por lo cual damos gracias a Dios”. Unos días antes, Rogelio les había escrito para saber de ellos y encargarles varios enseres para sobrevivir en el campamento. Francisca le responde: “Sabrás que ya tenemos el colchón en nuestro poder, por lo tanto no pases pena. Esperamos por aquí que te gustará. A la primera ocasión te mandaremos todo lo que pides. Ya nos mandarás a decir los días que te podemos escribir y mandar la ropa, si es que lo sabes. Recibirás muchos recuerdos de la padrineta, de tu madre, hermanos, tíos, y de todos tus queridos hijitos millones de besos, como de tu querida esposa que nunca te olvida”.

En poco tiempo le llega el colchón prometido y ya no tiene que dormir en el suelo. Escanellas explica que en s'Àguila, Rogelio es considerado como un preso que no da problemas y, por ello, no le castigan más allá del trato de esclavitud del trabajo forzado. “Tiene tiempo para descansar, para escribir postales y para pensar, al hacer, con trozos de madera y otros materiales, pequeños objetos, pequeños materiales para enviarlos a la familia”, narra su bisnieto, quien subraya que todo eso es, para Rogelio, “la máxima expresión de amor desde que le encerraron aquel fatídico 19 de julio de 1936”. Nunca habían podido enviarse tantas cosas y tantas postales.

“Yo soy zapatero”

Uno de esos días, Rogelio observa que uno de los guardias lleva la bota rota. Al preguntarle por qué, le responde que allí no hay quien se la arregle y que tampoco tiene tiempo de llevarlas a ninguna parte. Mirándole a los ojos, de tú a tú, el prisionero se estira y da una calada al pitillo: “Yo soy zapatero”, le dice. A partir de ese momento, comenzará a trabajar más arreglando calzado que como obrero de carreteras. “Lo hace tan bien que pronto se corre la voz de que los zapatos que arregla no vuelven a romperse, porque trabaja a conciencia. Siempre lo ha hecho, por eso era el encargado de la fábrica”, recuerda su bisnieto. Hilo, trozos de piel, cola y agujas es todo lo que necesita. Los soldados son sus clientes más numerosos. Por la noche elabora anillos para sus familiares: “Francisquita mía, ya me dirás si los anillos os han venido bien porque veo que os han gustado”, le escribe a su mujer.

El 11 de julio de 1937, Francisca envía una nueva postal, pero esta vez le viene devuelta. Teme lo peor. Como señala Escanellas, s'Àguila tiene fama de ser un cementerio, sobre todo “por su terrorífico pozo”. Por eso, acompañada de los pequeños, de inmediato acude a Can Mir para preguntar por su marido. Un administrativo le informa de que lo han enviado a Son Granada, una posesión próxima a s'Àguila. Miguel, el hermano de Francisca, también está con él.

Los días de verano se hacen eternos en Son Granada. Es agosto y la guerra atraviesa su fase más cruda. Tras el paso del otoño y con la llegada del invierno, Rogelio hace todo lo posible por preparar una visita con su familia, aunque la burocracia para ello se hace interminable y las autoridades son implacables. “Cada negativa al permiso de ver a su familia es un golpe duro para la moral de un hombre que ya lleva más de un año encerrado. Necesita ver una cara familiar”, subraya su bisnieto.

Pero un día, llega la gran noticia. Y, de inmediato, coge papel y lápiz: “Apreciadísima esposa, hijita e hijitos, padrineta y toda la familia. Yo bien, igual deseo para vosotros gracias a Dios. Francisca, lo del permiso ya lo tengo, podéis venir el domingo como me indicáis, y así me lo ha concedido mi señor teniente en jefe del campamento. El domingo os espero con los brazos abiertos, si Dios quiere”. Es el 14 de noviembre de 1937. Poco después, con las manos temblorosas, su hija Isabel se dispone a responderle mientras Francisca le indica las palabras: “Apreciado padre. Todos estamos bien, igual para vos deseamos, a Dios gracias. El domingo 21 vendremos a abrazaros por fin, Dios nos lo ha concedido. Recuerdos de todos, besos de vuestra hija, hijitos y el corazón de tu esposa, Francisca”.

El reencuentro

Los nervios comienzan a contagiarse. Hay que decidir quién acude hasta Son Granada. Creen que es mejor que Francisca vaya sola, pero al momento descartan la idea. Finalmente, irá con su hermano Paco. Dos días después, ambos ya van montados en el tren con destino a Santanyí, que les apea en la parada de s'Arenal de Llucmajor. Tras caminar un buen trecho hasta el campo de concentración, la visión es dantesca: “Gente por aquí y por allá, algunos volvían reventados de trabajar, sucios y acompañados siempre por un par de soldados imberbes a quienes los presos duplicaban la edad”, explica el periodista. Un soldado va a buscar a Rogelio. Cuando el guardia regresa con él, el recluso observa un perfil de traje negro que asoma tras el militar: es Francisca.

“Tienen un par de minutos”, les indica. Francisca encuentra ante ella a un hombre muy delgado y tapado -hace mucho frío- y que ha perdido pelo, ya blanco. A su alrededor, colchones por el suelo y mantas viejas y raídas que arropan a enfermos y heridos. Se abrazan tímida y temerosamente, con la emoción contenida, y, sin dejar de mirarse, comienzan a hablar. Él le cuenta que está bien de salud, que trabaja como zapatero y que tienen a un cocinero que prepara guisos de verduras y poco más, con algún hueso... Pero por lo menos no es aquel caldo de boniato que les daban de rancho en Can Mir. Ella le explica qué tal está la familia. Se encuentran en el auge de su conversación cuando, de repente, se escucha: “¡Se acabó el tiempo!”. Ella se levanta enseguida y se va. Rogelio se queda con un palmo de narices porque, con los nervios y el miedo, Francisca ni siquiera se ha despedido de él.

Días después, el 7 de diciembre, Rogelio se levanta con un fuerte dolor de estómago, un “malestar de nervios”, como señala Escanellas. Horas más tarde escucha un fuerte estruendo, el de una escuadra de aviones que llega desde el mar. Alguno por detrás susurra: “Son de los nuestros”. Después, truenos de fondo, revuelo de alarmas y mucho humo. Al llegar la calma, Francisca sale a la calle. Solo ve a gente correr y la imagen que se le presenta no la olvidará en la vida. Cerca de su casa, el suelo de las Avenidas ha sido bombardeado y la porta de Sant Antoni está completamente destruida. Los periódicos hablan al día siguiente de siete muertos y más de cuarenta heridos.

“Es usted libre”

Apenas unas semanas después llegan las Navidades, las segundas que Rogelio pasará encerrado. No sabe si lo podrá soportar. “Está convencido de que no le soltarán, y eso que el nuevo nacionalcatolicismo es muy de aprovechar fiestas religiosas para hacer 'buenas obras', pero todavía es tiempo de guerra y nada hace pensar que lo tratarán de manera especial. Él nota que allí no le importa a nadie”, relata su bisnieto. “[...] Os pido de corazón que os conforméis, que los hay que están peor, y confiad en Dios, que pronto ha de volvernos a dar la dicha, como vivíamos antes [...]”, escribe Rogelio a su familia. Con la catedral de Palma en el reverso del papel, no sabe, sin embargo, que será la última postal que enviará.

 Ese mismo fin de semana, Francisca acude a rezar al Crist de la Sang y piensa en ir de nuevo a hablar con el padre Atanasio. Una vez delante del eclesiástico, le pregunta sin tapujos por qué su marido, sin haber sido sometido a juicio alguno, lleva tanto tiempo encerrado. Le implora que haga algo mientras le recuerda que ella y su familia son creyentes de toda la vida. Unos días más tarde, el cura habla con el director de Son Granada. Las distintas personas a las que se les pregunta coinciden en resaltar su buena actitud de Rogelio, padre de familia y gran trabajador. El jueves 6 de enero de 1938, su nombre suena por boca de uno de los soldados. Junto a otros presos, es empujado al interior de un camión con un macuto a la espalda y un hatillo al hombro. Algunos lloran, sabedores de que el vehículo se dirige al cementerio de Llucmajor. Rogelio acepta el destino, sea el que sea. Al pasar por la estación de tren de s'Arenal, el camión frena y un soldado se dirige a uno de los reclusos. “Es usted libre”. Es Rogelio Fernández, quien ese mismo día regresará a casa.

Horas más tarde, unos nudillos tocan la puerta mientras Francisca y los demás se encuentran absortos con los preparativos de la noche de reyes. Quien sale a abrir es Paco, uno de sus hermanos, que no reconoce al hombre que tiene delante, delgado, con el cabello corto y barba de tres días, enfundado en ropa vieja. Francisca se queda sin aliento y aferra a su marido por el cuello. El ya exrecluso ya no volverá a trabajar en Minerva y montará su propio taller en casa, en el que “siempre cobró poco a quienes tenían poco, mucho a quienes tenían más, y nada a quienes lo necesitaron”, recuerda Escanellas. Nunca volverá a hablar en público de política. Por la noche, al terminar de cenar, sube a su habitación y coge con sigilo un pequeño transistor: “Aquí Radio España Independiente, estación Pirenaica, la única emisora sin censura de Franco...”, anuncian las ondas. Al cabo de un rato se queda dormido.

No hace mucho, la madre de Escanellas le enseñó a su hijo una caja muy antigua en la que custodiaba una extensa colección de postales. Son las que se enviaron Francisca y Rogelio, quienes permanecieron juntos hasta el final, y las que dieron pie a esta historia. El periodista asevera que, una vez cerradas las galeradas de su libro, se produjo un hecho singular: la causa judicial contra su bisabuelo y otros cinco acusados fue desclasificada. El periodista pudo tener acceso así a interrogatorios y demás documentos, uno de los cuales le dejó sin palabras: Rogelio había sido absuelto por falta de pruebas el 21 de abril de 1937. Sin embargo, aún permaneció encerrado nueve meses más, hasta el día de reyes de 1938, sin poder volver junto a su familia."                (Esther Ballesteros, eldiario.es, 28/10/22)

29/4/22

El aparato represor franquista fue bien aleccionados por los nazis, que aconsejaron la estructura de todo este aparato de justicia militar... En estos juicios “no hay garantías de nada, sino una apariencia de legalidad”... sorprende el esfuerzo que los sublevados dedicaron a enmascarar lo que ya estaba decidido de antemano

 "La conversación es más breve de lo que me esperaba. Ella tiene ganas de hablar y creo que le gustaría poder decir más cosas de las que finalmente cuenta. Sus mejillas, ruborizadas como un ramillete de led rojas, dan a entender que, o le intimida tener una grabadora delante o le sofoca admitir todo lo que desconoce. Quizá ambas cosas. 

Sea como sea, Ana Triviño da testimonio inseguro, sin demasiadas certezas. Como ella misma reconoce, supo por casualidad del asesinato de su bisabuelo Antonio Manchado Benítez cuando, en 2014, se le ocurrió elaborar su árbol genealógico. Comenzó, como es lógico, por sus parientes más inmediatos, pero, al llegar a la cuarta generación, lo que había sido un cúmulo de fotografías y anécdotas se volvieron vaguedades y frases hechas.

Desde 1939 en casa de los Manchado se habló poco de política y, menos aún, de las consecuencias familiares de la Guerra Civil. Ni la esposa ni los hijos de Antonio contaron demasiado acerca de lo que ocurrió, por ello “la única a la que podía preguntarle —nos dice Ana— era a mi abuela, es decir, la nuera de Antonio, pero ya era muy mayor, tenía 95 años”. Toda la información es, pues, indirecta y obtenida a cuentagotas.

El Manchaíllo —como llamaban en el pueblo a Antonio— regentaba un ultramarinos y trabajaba como albañil en Peñarroya-Pueblonuevo, al norte de Córdoba. Entonces, su periferia era una vorágine de carbón, metal, humo y ladrillo. Las minas y la industria en las que trabajaban la mayoría de sus 30.000 habitantes la hicieron capital del movimiento obrero de la cuenca minera cordobesa, por lo que no fueron necesarias muchas piruetas para que penetraran las ideas comunistas y republicanas. De hecho, Antonio se afilió al PSOE cuando tenía veintitantos. No sabemos hasta cuándo duró su militancia socialista. Otro vacío biográfico.

Lo que sí sabemos es que durante la Guerra Civil fue miliciano en el Valle del Guadiato, y que algunos de sus hijos le llevaban víveres al frente. En las pocas charlas que mantuvieron sobre el asunto, a Ana le insistieron en que Antonio “no mató a nadie” y que tras la victoria franquista “fue delatado por un cura”. Producto de este soplo, el 5 de junio de 1939 los guardias civiles Bartolomé Cantador Pedraza e Ildefonso Mendoza Broncano aprehendieron al Manchaíllo por ser un “significado marxista” y “tener noticias [de] que durante la dominación roja intervino en registros domiciliarios de las personas de derechas”, tal y como establece el atestado militar de su detención. 

Tras cuatro días de cautiverio, el juez militar Francisco de Arróspide Olivares —quien ejerció como Secretario de la Administración de Justicia hasta su jubilación, en 1975— decretó prisión preventiva en una cárcel improvisada en los lavaderos del cerco industrial de Pueblonuevo. Allí quedó encerrado durante los siguientes cinco meses. 

 A pesar de que vivió hasta 1989, Ana tampoco averiguó demasiado sobre Juliana Pizarro Tapia, la esposa de Antonio. Sólo que fue “una mujer muy trabajadora” y que vistió de un único color durante sus últimos cincuenta años de vida: el negro. Poco más. O mucho, según se mire. Hay que remontarse al 21 de noviembre de 1939, cuando siendo aún muy temprano —tanto que el cielo todavía parecía petróleo—, el aullido gutural de un camión militar resonó en el barrio obrero de El Cerro, en Pueblonuevo. Precisamente muy cerca de la antigua calle Ibáñez Marín, donde tenía su casa el Manchaíllo y a pocos metros del quiosco de churros de Juliana. Aquella mañana se había despertado muy pronto, por lo que se cruzó con el vehículo mientras encendía la freidora. Al acercarse, pudo ver a Antonio en el interior del camión. 

No iba solo. Junto a él estaba el hojalatero Emilio Toril López, también amordazado. Uno de los soldados, al percatarse de este encuentro fortuito escupió, con tono burlón, su ácida bilis: “A este no le ves más”. El camión desapareció camino al cementerio. Antonio tenía 50 años, y en el acta de defunción la causa de su muerte permanece en blanco. Juliana, por su parte, se quemó el brazo con el aceite.

Los disfraces de la justicia franquista

“Uno de nuestros problemas como historiadores es discernir el nivel de fiabilidad de los datos que se encuentran en expedientes como este”. La advertencia me la hace Francisco Acosta Ramírez, coordinador del proyecto de investigación ConCord de la Universidad de Córdoba. Desde hace una semana tengo abierta una pestaña en el navegador de mi ordenador con el expediente del juicio sumarísimo de urgencia nº 26043, que recoge la condena a muerte de Antonio Manchado. Habré leído sus casi 50 páginas unas diez veces, tratando de descifrar cada palabra manuscrita, cada vericueto de tinta borrada y página calcárea.

 Es la primera vez que consulto un documento de este tipo y me sorprende el esfuerzo que los sublevados dedicaron a enmascarar lo que ya estaba decidido de antemano. Instructores, testigos, fiscales, defensores, atestados, registros, auditores… demasiado reparto para una obra tan predecible. En estos juicios “no hay garantías de nada, sino una apariencia de legalidad”. La voz de Francisco, habitualmente tranquila y pausada, sale ahora del teléfono algo más grave. “Esta fue una preocupación que tuvo el aparato represor franquista. Aquí fueron bien aleccionados por los nazis, que aconsejaron la estructura de todo este aparato de justicia militar”.

Al iniciar la lectura del expediente, una de las cuestiones que más llama la atención es la incorporación de varios informes elaborados por las fuerzas vivas del régimen. Están firmados por personas que difícilmente conocieron al encausado y que reconocen hablar de oídas; aun así, tienen la misma carga probatoria que cualquier testimonio directo. El primero de los informes pertenecía al comandante Justo Cánovas Aybar, que entonces contaba con 32 años de servicio. El segundo, a un brigada de la Guardia Civil, y el tercero al alcalde de Peñarroya-Pueblonuevo, José Borreguero Borreguero, un camisa vieja de Falange.

 Los tres fueron emitidos poco después de la detención de Antonio, en junio de 1939, y en todos ellos se le acusaba de ser “de ideas extremistas, dueño de un establecimiento de bebidas donde se reunían constantemente elementos muy significados en las ideas marxistas”, así como de ser “miliciano y jefe del grupo de reservas del Partido Comunista durante la dominación roja”, además de formar parte “voluntariamente de la columna roja que salió para atacar el pueblo de Hinojosa del Duque y efectuó registros en los domicilios de personas de derechas”.

Salvo por algunas palabras, estos informes son idénticos. Parecen haber sido elaborados en serie a la espera de que alguien estampara su firma. Un cuarto informe correspondía al delegado local de Falange, un tal Martín, sustancialmente distinto a los anteriores y que añadió otras imputaciones, como la de haber dado la orden de asesinar al veterinario del pueblo.

La mayoría de estas acusaciones fueron negadas por el Manchaíllo. Ni fue militante del PCE, ni utilizó su ultramarinos como sede política, ni ordenó matar a nadie, ni participó en los saqueos y ejecuciones de Hinojosa del Duque. Pero hubo otras cosas que sí confesó. Era de izquierdas, fue miliciano, llevó a cabo requisas domiciliarias y combatió en la columna que, en 1936, partió hacia Hinojosa del Duque para recuperarla. 

Antonio Manchado tomó la escopeta para defenderse de un golpe de Estado. No fue una víctima aleatoria, no era alguien que sólo pasaba por allí, sino que fue arrollado por una guerra que no provocó. Su asesinato no es, por tanto, nada más que un crimen, sino que también es un asunto político. Como aconseja el historiador italiano Enzo Traverso, mal haríamos en reemplazar la “memoria de las luchas” con “la memoria de las víctimas”.

Leídos los informes llegó el turno de los testigos. De los 11 testimonios recogidos sólo uno es abiertamente positivo, el de Carmen Carracedo. Con poco más de 20 años, Carmen presenció uno de los registros de Antonio; en esta ocasión, en el domicilio de su abuelo. Para evitar que la familia pudiese recibir algún mal trato, Carmen escondió la única pistola que había en el corral, pero el Manchaíllo se percató del movimiento. Le hizo saber que la había descubierto, pero no la delató a sus compañeros “por no hacerle daño”. También, insistió Carmen, el registro se produjo con amabilidad y corrección. “Se comportó bien, sin molestar a nadie”.

En cambio, los testimonios más duros provinieron del entorno del encausado, incluida una persona a la que el mismo Antonio solicitó entrevista. Aunque el testigo no supo situarle con certidumbre en ningún acontecimiento, sí que señaló que “no le extrañaría que hubiese tomado parte de registros domiciliarios, así como en otras clases de desmanes dadas sus ideas marxistas”. 

Algo similar ocurrió con un compañero de armas que anteriormente había sido delegado sindical del sector minero. Éste le acusó de haber emitido una orden de detención contra un vecino por escrito y firmada de su puño y letra, un extremo altamente improbable, ya que Antonio Manchado no sabía leer ni escribir y, por ello, rubricó todas sus declaraciones con su huella dactilar. 

El investigador Francisco Acosta Ramírez explica esta deslealtad por “el clima de miedo y represión, el temor a las consecuencias personales que podría tener emitir un informe favorable a una persona que estuviese encausada por la justicia militar”. “Seguramente —matiza sobre el caso del minero sindicalista— antes de haber dado testimonio habría pasado un tiempo en la cárcel, y es fácil imaginar qué sucedía en las cárceles franquistas. De hecho, es probable que esa persona también tenga un expediente”.

Como es previsible, las personas simpáticas con el golpe a las que, supuestamente, Antonio requisó armamento, respondieron a las preguntas del instructor con ánimo incriminatorio. Un médico y un farmacéutico que eran hermanos, y un veterinario que había sido acusado de estupro en Fuente Obejuna antes de la II República, apoyaron los cargos imputados. Ninguno de ellos, en cambio, pudo atribuirle delitos de sangre.

Finalizada la instrucción, en agosto de 1939 se constituyó el Consejo de Guerra presidido por Rafael Mora Sánchez, un experimentado militar de Infantería. Hasta ese momento, Antonio no había contado con asistencia letrada. Y para el caso, lo mismo daba. El defensor asignado —que no elegido— fue Ramón Romero Encinas, quien se apresuró a solicitar al tribunal la pena de 30 años de cárcel para su defendido, inculpándole de todas las acusaciones realizadas por el fiscal, el capitán Fernando Fernández Albarrán. 

Que la persona que debería velar por sus intereses se inhibiese de su labor no era un hecho insólito en este tipo de procedimientos: “La defensa es una formalidad”, aclara Francisco Acosta, ya que el abogado “es siempre un militar de inferior graduación al fiscal”, hecho que no es baladí en el ambiente castrense, marcado por la obediencia debida al elemento jerárquicamente superior. De hecho, añade Acosta, es fácil advertir que “sistemáticamente el abogado defensor se limita a pedir la pena inmediatamente inferior a la que solicita el fiscal”, sin atender a las pruebas —o ausencia de las mismas— ni a cualquier otra circunstancia.

Para sorpresa de nadie, Antonio Manchado fue condenado a muerte. La sentencia da por probadas todas las imputaciones, a pesar de que ningún testimonio le relaciona con delitos de sangre concretos. Tampoco constan pruebas documentales, sólo orales. El Manchaíllo se negó a sellar con su dedo índice aquel despropósito, y la notificación de la sentencia sólo la firman el instructor de cumplimiento y su secretario. El dictador Francisco Franco se dio por enterado el 11 de noviembre de aquel año. Diez días después, a las 6.45 su cuerpo rebotó contra la tapia del cementerio de Pueblonuevo, empujado por los proyectiles del piquete de fusilamiento. España aún no ha revocado la sentencia.

Cuando la tierra hable

Antonio Manchado fue enterrado en la sepultura 25 y línea 2 del grupo quinto, en algún lugar del cementerio de Pueblonuevo. Su bisnieta Ana ruega porque los restos estén en alguna de las dos extensiones de tierra que todavía se conservan sin nichos ni jardines. Si no fuera así, serían todavía más difícil de detectar y exhumar. El terreno sobre el que se puede intervenir más fácilmente representa sólo una tercera parte de la extensión que el camposanto tenía en 1939. La titánica tarea de localización la encabeza Rafael Espino Navarro, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Aguilar de la Frontera (Aremehisa). Rafael calcula que puede haber en torno a 600 cadáveres en dos fosas, con una extensión conjunta de 1.900 m² como mínimo. Cien de los desaparecidos han podido ser identificados con nombres y apellidos por la Asociación, aunque la mayoría de sus descendientes ni siquiera lo saben.

Aquellas personas fueron, en vida, militares, carteros, carpinteros, mineros y obreros de todo tipo, procedentes, mayoritariamente, de Andalucía y Extremadura, pero también de ciudades tan dispares como Madrid, Lleida o Valencia.

Justamente, fue alguien de esta última ciudad la que inició la búsqueda. Su pariente, Amadeo Molina Perea, fue fusilado en 1940 y enterrado en la misma fosa que Antonio. Cuando localizó el expediente del juicio sumarísimo descubrió que, junto a él, se encontraban dos personas más. Y así, poco a poco, Aremehisa ha ido tirando del hilo hasta dar con los cien primeros nombres. La saca más poblada llegó a reunir ocho fusilamientos durante una misma alba.

Rafael Espino también me cuenta que una particularidad de las fosas de Pueblonuevo es que las sepulturas parecen ser individuales, por lo que los cuerpos no fueron apilados y arrojados a una zanja, cosa que tiene sentido en tanto que los fusilamientos se prolongaron, como poco, durante dos años. Asimismo, los testimonios recogidos por Aremehisa dan a entender que los padres, parejas e hijos de los asesinados nunca fueron notificados oficialmente, y conocieron la triste noticia por comentarios, rumores o, como en el caso de Juliana Pizarro, por las chanzas de los cómplices.

La Asociación que preside Espino lleva un año documentando las ejecuciones, para lo cual contó con una asignación de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) de 3.000 euros. Para la segunda fase, la realización de catas sobre el terreno, el mismo organismo ha destinado 9.200 euros. La Diputación de Córdoba y el Ayuntamiento de Peñarroya-Pueblonuevo están colaborando en el plano administrativo, pero la Junta de Andalucía esta “desaparecida por completo en todos los aspectos. Pero no sólo de esta intervención, sino de todas las que estamos realizando en la provincia de Córdoba, intervenciones que llevan aprobadas en BOJA desde 2016 y 2017”, denuncia Rafael Espino. Aunque ningún gobierno andaluz ha brillado por su implicación en este ámbito, “en esta legislatura ha sido entrar, y una parálisis total y absoluta”.

Aunque encontrar el cuerpo del Manchaíllo sería un alivio para Ana Triviño, aun quedaría mucho trabajo que hacer. Como la justicia franquista fue insaciable, años después de su fusilamiento, en 1943, se inició el Expediente nº 339 de incautación de bienes en su contra, al amparo de la Ley de Responsabilidades Políticas. Cuatro años bajo tierra no fueron óbice para concluir la venganza, por lo que los investigadores militares procedieron a intentar localizar las propiedades de la viuda, Juliana, con la intención de expropiarlos. Sin embargo, no encontraron nada. Ana tampoco sabe qué pasó con el ultramarinos, pero lo cierto es que se esfumó. En el Registro de la Propiedad tampoco hay rastro. En 1947 se dio por cumplido el expediente. Juliana pagó su deuda con el Régimen entregando un marido y ocho años de persecución.

Personas identificadas en la fosa de Pueblonuevo. Si reconoces algún nombre ponte en contacto con Aremehisa (aremehisa@hotmail.com):

Manuel Aguililla Donoso, Francisco Romero Álvarez, Rubén Toril Nieto, Bartolomé Rodríguez Álvarez, Teógenes Gómez Sánchez, Evaristo Montes Ruiz, Teófilo Moreno Fernández, Pedro Tenado Murillo, José Clemente García Valencia, Sebastián Arribas Cáceres, Elías Díaz Vázquez, Hermenegildo Estévez Ferrer, Pedro Gahona García, Juan Escribano Román, Juan A. Martín Cortés, Emilio Soligo Moliné, Segundo Tercero Sereno, Emilio Alcázar García, Gabriel González Godoy, Marcos Gómez Sánchez, Román Closa Llaureus, Quintiliano Herrero Blanco, Florentino Cubero Aranda, Antonio Muñoz Moreno, Jaime Trondoni Genes, Antonio Fusimañas Sabatell, Antonio Moreno Alcántara, Bartolomé Santos Tena, Juan Manuel Ortega Mora, Victoriano Hernán Francisco, Ricardo Herrero Cirujano, Domingo Martínez Castillo, Sandalio Sánchez Castillejo, Martina Alcántara Calvo, Juan Gómez Peralvo, Gregorio Martín Romero, Julio Perea Peña, Ceferino Cerezo Garzo, Marcelo Habas Rodríguez, Antonio García Prieto, Honorio Esquina Benavente, Fermín Pradera Nieto, Felipe González Molero, Cecilio Molina Muñoz, Gumersindo Lujan Rodríguez, Santiago Cáceres Delgado, José Balsera Prado, Amadeo Molina Perea, Rafael Bejarano Medina, Antonio Benítez Fernández, Rafael Fernández Fernández, José Mansilla Moreno, Nereo Mansilla Moreno, Eugenio Martín Infantes, José Merino López, Martín Rodríguez Caballero, Antoniano Villareal Chaves, Antonio Rey Villa, Ramón Rodríguez Ortiz, Tadeo Vega Caballero (Gallego), Alfonso Rodríguez Invernón, Andrés Fernández Caballero, Jacinto Garrido Rueda, Mariano Calero Aguirre, Eulogio Angulo Ramos, Manuel Caballero Caballero, Manuel Hernández Molina, Diego Maturana Rivera, Manuel Monterroso Núñez, Juan Serrano Galán, Manuel Martínez Pozo, Tomás Armenta Muñoz, Emilio Díaz Ruiz, Bibiano Arévalo Rivero, Manuel Castillejo Romero, Vicente Gómez Fayos, Antonio García Torres, Teodoro Doblado Aragón, Juan de Dios Mansilla Moreno, Emiliano Toril López, Juan Elías Gallego Sánchez, Miguel Herrador Castillejos, , Antonio Manchado Benítez."                        (Adrián Tarín Sanz  , El Salto, 29/04/22)

12/12/18

Identificó a López, su padre adoptivo, como uno de los soldados que agarró a su madre y la arrastró del pelo, mientras que ella rogaba que sus hijos no sufriesen ningún dolor...

"Ramiro Osorio Cristales tenía cinco años cuando las fuerzas de élite de Guatemala mataron a más de 200 personas en Las Dos Erres, su pueblo. Su padre adoptivo, Santos López, era uno de los integrantes del grupo de soldados responsables de la masacre que sucedió en el marco de la guerra civil del país, el 6, 7 y 8 de diciembre de 1982. 

Después de 36 años, Osorio acudió al juzgado para relatar cómo en tres días, su padre y otros kaibiles -soldados de élite del Ejército de Guatemala- violaron, apalearon y mataron al pueblo guatemalteco. "Tuve que testificar contra él. Quería ser la voz de quienes no pueden estar aquí", confiesa la víctima en un artículo de la BBC

Osorio recordó los gritos de los residentes de Las Dos Erres, cuando fueron interrogados antes de ser asesinados uno por uno. Identificó a López como uno de los soldados que agarró a su madre y la arrastró del pelo, mientras que ella rogaba que sus hijos no sufriesen ningún dolor. Después, no vio lo que posteriormente hicieron a su madre y a sus hermanos. 

Sin embargo, Santos López no solo negó haber participado en la masacre; también afirmó haber salvado al propio Osorio. 

Gracias a los testimonios de su hijo adoptivo en el juicio, que comenzó el uno de octubre y finalizó el pasado 22 de noviembre, Santos López fue condenado a 5.000 años de cárcel: 30 años por cada una de las muertes de las que fue responsable y otros 30 por el asesinato de una niña que primero secuestró. 

Además de Osorio, otros 20 sobrevivientes proporcionaron relatos sobre la masacre que acabó con la vida de dos centenares de personas. Según la organización International Justice Monitor, los tribunales de Guatemala ya habían condenado a cinco oficiales militares por la matanza, cuatro en 2011 y uno en 2012. Cada uno de los soldados fue castigado a más de 6.000 años de prisión."          (Público, 10/12/18)

27/3/18

El médico militar jubilado fue apaleado brutalmente, con cada golpe le recordaban los mítines en los que intervino, las consultas que dispensaba sin gastos a la gente humilde, su prestigio social... su consulta y su casa fueron saqueadas y muebles, libros, joyas y objetos de todo tipo, repartidos como botín entre la Falange local

"(...) La jornada más dramática, aciaga y triste de la historia de Huesca fue el 23 de agosto de 1936. No menos de 95 de Republicanos fueron fusilados en la tapia oeste del cementerio de la carretera de Zaragoza. Ese día la aviación republicana bombardeó la ciudad, provocando 2 muertos y 7 heridos. 

Algunos ultraderechistas implicados en la represión desde sus inicios, los hermanos Ena Mallada, el funcionario Salvador Cañiz, el concejal Agustín Soler Chías, el abogado del Estado Cirilo Martín Retortillo, pidieron a Luis Soláns Lavedán, gobernador militar de la plaza represalias sobre los Republicanos detenidos. Soláns accedió de inmediato. (...)

Las denuncias y delaciones llenaron las cárceles de presos políticos en las primeras semanas de terror caliente. Al carnicero anarquista Miguel Jalle Vivas, lo denunciaron para quitar del mercado a un competidor.

 El comerciante José Blanch Pujadó fue detenido por haber prosperado demasiado según otros empresarios. El vendedor Ramiro el Monje denunció a la frutera Eugenia Funes Tornes, que ingresó en prisión el 21 de agosto acusada de no se sabe qué.  (...)

(...) el médico militar jubilado y convencido azañista Alfonso Gaspar y Soler, valenciano de 50 años, afincado en Huesca desde 1918, que había combatido con el capitán Francisco Franco en África, en la batalla de El Biutz, lugar próximo a Ceuta, donde el futuro caudillo resultó gravemente herido y salvado, precisamente, por el cirujano Gaspar. Cuando lo detuvieron, su esposa, Rosalía Auría pidió clemencia al antiguo compañero, pero éste la disuadió, Franco había demostrado su falta absoluta de compasión y no le hubiera salvado. 

Apaleado brutalmente, con cada golpe le recordaban los mítines en los que intervino, las consultas que dispensaba sin gastos a la gente humilde, su prestigio social, la militancia política, las dañinas amistades izquierdistas. Incluso después de muerto fue pateado al pie de la tapia donde cayó. Su consulta y su casa, como la de otros muchos detenidos, fueron saqueadas y muebles, libros, joyas y objetos de todo tipo, repartidos como botín de guerra por los señoritos de la Falange local.
 
Mataron a mujeres como Concha Monrás, viuda de Ramón Acín, las hermanas Barrabés Asún, Victoria y Rafaela, de 20 y 21 años respectivamente, apresadas al no encontrar en casa a sus hermanos, a los que perseguía la policía del nuevo régimen; A la activista María Sacramento Bernués Estallo, de 43 años, que ya había sido arrestada con anterioridad y en cuyo expediente carcelario se anota “no muestra ningún arrepentimiento”; A Francisca Mallén Pardo, detenida el 18 de agosto por ser novia del anarquista José Espuis Buisán, también fusilado el mismo día.

10/7/17

La odisea carcelaria de Norberto Herrera duró diez años, sin ser condenado a prisión en los repetidos procesamientos gracias a la pertinacia de sus adversarios locales, celosos del cargo que ocupaba, pues era secretario del juzgado municipal

"(...) los escritores conocidos y los eventuales cronistas de efemérides  folcloristas tampoco se han fijado en el devenir de los represaliados y de sus familias, que, por ser pobres y presumibles emigrantes, no aportaban gran cosa a la visión angélica de estos lugares (“Parientes pobres y burros viejos, lejos”).

 Sucede en otros pueblos serranos ferozmente castigados en la represión sangrienta, como Mogarraz y Casas del Conde, por no hablar de Miranda del Castañar y otros aledaños, ya fuera del actual partido judicial de Ciudad Rodrigo. Solamente se tiene datos fiables de los “exilios” provocados por los primeros zarpazos del terror militarista.

Eufemio Puerto Cascón describe con cierto detalle la saca fallida de Norberto Herrera Sánchez y Zacarías Maíllo Criado, tiroteados la noche del cinco de agosto de 1936 en el paraje de El Robledo, término de Herguijuela de la Sierra (Hernández 2004). Zacarías salió ileso y se convirtió por algún tiempo en uno de los primeros “topos”, escondido en el chozo de un guarda. 

Norberto fue herido en una pierna, pero consiguió esconderse en una viña, donde fue auxiliado a la mañana siguiente por un hermano de la informante Cecilia Bajo Cerezo (HS 2014). Procuró ser muy discreto sobre la identidad de sus agresores en sus manifestaciones para el esclarecimiento de los hechos:

“(…) Que el deponente fue llevado en una camioneta cuya matrícula de la misma ignora, así como también no pudo determinar quiénes eran los falangistas que le detuvieron [y] dispararon contra el declarante, que eran para él desconocidos y desde luego no era ninguno de ellos de este Partido [judicial de Sequeros]. 

Que el deponente no puede explicar el motivo de la agresión de que fue objeto, ya que nunca ha militado en partido extremista y fue siempre persona de orden y únicamente a una denuncia falta (sic, por ¿falsa?) pudo obedecer o a que lo confundieran con otra persona (Dil.Mog/36: f. 26).

La odisea carcelaria de Norberto Herrera duró diez años, sin ser condenado a prisión en los repetidos procesamientos durante la guerra, gracias a la pertinacia de sus adversarios locales, que, además de detestarlo por razones ideológicas, estaban celosos del cargo que ocupaba, pues era secretario del juzgado municipal. Algunos detalles de su persecución se han descrito en otra parte (Iglesias 2016: 120, 279, 325, 480).  

A consecuencia de los disparos (efectuados “a más de tres metros”) le quedaron la rodilla derecha abultada y la pierna encogida, con inutilidad para el trabajo de agricultor, según el informe de un médico de Sequeros en 1936. Y en 1943 seguía solicitando que se le repusiera en el cargo de secretario del juzgado de Mogarraz. 

No hay constancia de que después recuperara el puesto ni el pleno uso de la pierna derecha. Tendría su residencia en Santibáñez de la Sierra, de donde era natural. Algún descendiente suyo se estableció en Valladolid (HS 2014).

El mismo Eufemio Puerto señala la detención de otros cuatro mogarreños en la misma fecha de aquel verano sangriento, aunque puede ser erróneo ese dato (Iglesias 2016: 280, nota 7): Alfonso Hernández Núñez, alias “Tunín” o “Bonino”, Manuel Barrado, alias “Tristrás”, y Atanasio Regaña, que fueron ejecutados extrajudicialmente, además de Gonzalo Chelitas, a quien soltaron en La Alberca. 

Los cadáveres de los tres primeros serían los que se hallaron en en el sitio de Las Datas, junto al camino de El Casarito, en el término de Maíllo, el día 17 de agosto de 1936 (C.464/37).  Unos días después de la inhumación de los cadáveres se presentaron en el pueblo tres señoras de Mogarraz que, por las señas que dieron, podían ser las viudas de las víctimas.

 Pero en el sumario no se consigna la identidad de estas personas (una de las cuales sería María Lucas Maíllo, esposa de Manuel Barrado, según el acta defunción, 17/08/36 y 18/12/81, ASMJ) ni después han dejado huellas conocidas de su paso por la Tierra.

 Tampoco se dispone de datos sobre el devenir familiar de Desiderio Criado Barés, de 24 años, natural de Mogarraz y vecino de Ciudad Rodrigo, soltero, que fue sacado de la prisión del partido judicial para la dehesa de Aceñuelas el 15 de septiembre de 1936, con otros vecinos mirobrigenses.

 Como se expuso en las “Croniquillas” (17/08/2016), la represión en Mogarraz afectó a veinte personas hasta ahora identificadas, pero los efectos que tuvieran en ellas o en su entorno familiar se desconocen en su mayor parte, por falta de información adecuada y de curiosidad de los escritores localistas, aparte del mencionado Eufemio Puerto. (...)"                (Salamanca al día, 22/06/17)

17/2/17

Compañeros suyos lo delataron. Se hicieron falangistas para salvar la vida,… Lo delataron las envidias que había

"En diciembre de 1936, el bando nacional sublevado sacó a su padre, Eladio, de la cárcel de Salamanca y lo asesinaron en el monte de la Orvada. “Fuimos represaliados durante años. Era imposible colocarse y nos tacharon de rojos”.

 Ella se casó con un militar franquista y por eso fue degradado de teniente a soldado raso. Se marchó y se hizo pintor decorador. Ella trabajó en el comercio como secretaria y tras estar en Barcelona y París, regresó a España en 1978.

“Mi padre tenía un comercio en Ciudad Rodrigo. Era un comerciante que militaba en Izquierda Republicana. Solo le acusaron de ser rojo. No iba a la taberna ni nada.

 Un antecesor de Blas Piñar y el obispo de Ciudad Rodrigo López de Arana no le perdonaron que izara la bandera republicana frente a ellos y lo pagó con su vida”, comenta.

“Compañeros suyos lo delataron. Se hicieron falangistas para salvar la vida,… Lo delataron las envidias que había, porque era un emprendedor que de poco dinero hacía mucho, pero tampoco iba a la iglesia y había cosas imperdonables para esta gentuza. 

Se valían de medios rastreros para llevárselos: ‘Nada más le va a hacer unas preguntas el comisario. En seguida volverá. Pero mi padre nunca volvió. Un día llegó el coche de línea, bajó un chico y nos devolvió un fardo con ropa. Yo pensé que venía papá, y el chico me dijo: ‘Entra en casa, chiquilla. Tu padre no vuelve'”, explicó.

“He estado llena de rencor toda la vida y seré republicana toda la vida. Nunca veneraré la memoria de Franco. Debió morir antes de nacer”, relató. (...)"            (Entrevista a Adriana Rivera,  Crónica de Salamanca, 03/02/17)

29/1/14

«Casualmente, el enterrador había visto el fusilamiento con sus propios ojos cuando era un chaval»


El ferroviario monfortino en la plaza de toros de A Coruña

 "Hasta ahora no se conocía ningún documento gráfico y casi ningún detalle sobre la vida del factor ferroviario Manuel Pérez Goyanes, la última persona que sufrió una ejecución pública en Monforte. Pero la exposición Coma silvas que comen muros, que rememora aquel trágico episodio de la posguerra, ha dado pie a que se sepa algo más sobre esta víctima olvidada de la violencia política de la época, a la que ya se puede poner un rostro. (...)

La madre del ferroviario, Dolores Goyanes González, murió pocos años después del fusilamiento y su fallecimiento pudo deberse en gran parte a este suceso. «En la familia contaban que no hacía más que llorar y que se murió de pena», cuenta Manuel Fernández. (...)

Que él sepa, Manuel Pérez Goyanes nunca estuvo implicado en actividades políticas y su muerte puede estar relacionada con ciertas rencillas entre su familia y un militar que vivía entonces en Monforte.

 «Cándido decía que había un sargento con el que no se podían ver y le echaba a aquel hombre la culpa de lo que le pasó a su hijo», explica. «Contaba también que al día siguiente de que lo fusilasen llegó de Madrid una orden de indulto, pero entonces ya era demasiado tarde, claro», añade.
 
En sus charlas con Cándido Pérez, por otro lado, Manuel Fernández le oyó contar algunos detalles sobre cómo se produjo la ejecución. «El padre decía que antes de que lo fusilasen pidió fumar un cigarrillo -explica- y contaba también que el pelotón no tiró a matar, y que el hijo murió del tiro de gracia que le dio un sargento que dirigía el pelotón». (...)

Manuel Pérez Goyanes estaba casado, pero sus familiares indirectos conocen muy poca cosa acerca de esa parte de su vida. Ni siquiera están seguros del nombre de su esposa, que al parecer se fue de Monforte después del trágico suceso, y de la que no se supo nada más.

 Entre los escasos detalles que recuerda Manuel Fernández está el de que el ferroviario era aficionado a los toros. De hecho, en algunas de las fotografías que quedan de él se lo puede ver entre el público de la plaza de A Coruña, a la que al parecer acudió en varias ocasiones. (...)

Padre e hijo están sepultados en un nicho familiar en el cementerio municipal de Monforte. «Una vez que se hicieron unos arreglos en el nicho le pedí al enterrador que mirase en el ataúd que creíamos que era el de Manuel Pérez y me dijo que el cráneo tenía efectivamente un agujero de bala, que debía de ser el del tiro de gracia», dice Manuel Fernández. «Casualmente, el enterrador había visto el fusilamiento con sus propios ojos cuando era un chaval», agrega."         (La Voz de Galicia, 24/01/2014)


"O tres de outubro de mil novecentos corenta e un, ás dez da mañá, o campo do Freixo era un fervedoiro de persoas. Ducias de homes e mulleres agrupábanse ás beiras da vía do ferrocarril para contemplar o espectáculo e convertérense así en testemuñas da historia.

Manuel Pérez Goyanes era un factor da compañía Ferrocarriles del Norte, de corenta anos de idade. Accidentalmente dirixiu un tren de mercancías cara unha vía ocupada, provocando o choque do convoi. O accidente fortuíto saldouse cuns estragos valorados en dezasete mil pesetas da época e ningún morto nin ferido. 

Mais a frustración franquista, chea de desconfianzas e pantasmas, e alimentada por intereses particulares, quixo ver en Manuel un sabotador da resistencia á ditadura. O ferroviario foi convertido no bode expiatorio co que demostrar a dureza dun réxime ilexítimo. Un tribunal militar xulgouno por sabotaxe. Foi condenado a morte e fusilado.

O campo do Freixo é hoxe un lameiro frío e húmido partido en dúas metades pola estrada N-120. A sensación que produce é de abandono. Unha mestura de soidade e tristeza, reforzada polas silvas que comen os muros e se multiplican polas beiras da pista que o percorre.

 Se cadra a impresión que transmite non é máis que a propia do desuso, do abandono das terras e dun xeito de vida. Ou se cadra, é porque neste lugar consumouse a derradeira execución pública do fascismo na vila de Monforte de Lemos. (...)"        (Museo Provincial de Lugo)

4/10/13

"Me duele la indiferencia, lo hemos pasado muy mal"

"Todas las formas de represión franquista han pasado por la vida de Teófila Herreruela (1919) a través de sus familiares más cercanos. (...)

A sus 94 años, relata su trayectoria vital y denuncia la indiferencia de quienes "no quieren enterarse" de los episodios más traumáticos de la historia reciente. Maestra de profesión, la vida se le llenó de cárceles, saqueos, detenciones  y despedidas

Sufrió la muerte de uno de sus hermanos a consecuencia de un bombardeo bélico en Colmenar Viejo, a las afueras de Madrid, donde ejercía de médico. Tras la Guerra Civil, la casa de sus padres, en la colonia de Manzanares -aún reside ahí-, fue saqueada y para recuperarla su padre la tuvo que volver a comprar. 

Su cuñado Joaquín Madrid Huelgas murió enfermo en la cárcel de Porlier en 1943 mientras cumplía una pena de 30 años. Y su marido, Antonio, afrontó una pena de muerte hasta que se la conmutaron por 30 años en 1944.

 "Nos casamos en el hospital penitenciario de Yeserías, donde él cumplía la pena mientras se recuperaba de la operación de una hernia", recuerda Teófila. Antes, Antonio sufrió todo un periplo carcelario por los penales de Comendadoras, San Antón, Porlier y Ocaña. 

Uno de sus recuerdos más traumáticos es el que la motiva a acudir cada año al homenaje que se realiza ante las tapias del cementerio del Este [renombrado de la Almudena durante el franquismo]. Allí, la Asociación Memoria y Libertad recuerda cada 14 de abril a los más de 2.660 fusilados, entre los que figura Isabel Huelgas, la suegra de Teófila. 

"La detuvieron a los pocos días de acabar la guerra, y se dieron mucha prisa en fusilarla", deplora. En el expediente penitenciario de Isabel, al que ha tenido acceso Público, se repiten las acusaciones de varios testigos que la tildan de abrazar "ideas sumamente rojas",  de ser "marxista" e incluso de haber colgado en el balcón de su casa una tela con la silueta del demonio. 

Asimismo, el legajo recoge que, en el transcurso de una investigación realizada a un vecino de su mismo edificio, alguien aprovechó para denunciar a Isabel por sus ideas

 Isabel aprobó las oposiciones para ingresar en el cuerpo de funcionarias de prisión, y comenzó a trabajar como oficiala durante los años de la República. En la cárcel de Ventas coincidió con la reclusa María Millán Astray, hermana del fundador de la Legión, a quien tuvo que vigilar durante una conversación en inglés que la presa mantuvo con un visitante. Isabel advirtió a la jefa de servicio del idioma en que se estaba desarrollando la charla, y ésta canceló la visita, según el testimonio recogido por Fernando Hernández en 'Mujeres encarceladas'. 

Al finalizar la guerra, Isabel y otras compañeras fueron expulsadas del cuerpo de funcionarias de prisiones. En mayo, ingresó como interna en la cárcel de Ventas, y el 31 de julio de 1939 la fusilaron, según consta en su expediente, junto con otras cinco reclusas. 

"La misma cárcel donde trabajaba fue la que la vio salir para morir", exclama Teófila. Tenía 60 años, estaba enferma y pasó sus últimos días postrada en una cama. "Era una mujer mayor, enflaquecida, febril. Tan enferma que esperábamos, con un poco de suerte, que muriese antes de la hora de ejecución", recogió Tomasa Cuevas en su libro Cárcel de mujeres.

"Un hermano de Isabel era juez militar, pero no pudo hacer nada por ella; la acompaño durante su última noche y, después, logró paralizar el expediente de Antonio, para que no se ejecutara su pena de muerte, y el de Joaquín", explica Teófila. Este hermano, de ideas opuestas,  había participado en la quinta columna, y fue encarcelado durante la Guerra Civil en Madrid. Isabel logró, gracias a su posición, que saliera en libertad.

 "Imagino que ella le pediría que hiciese todo lo posible por Antonio y Joaquín", conjetura la nuera. "Después de fusilarla, fueron a su casa, se lo llevaron todo y la precintaron", añade.

 A partir de ahí, Teófila, que había sido vecina de la familia Madrid Huelgas, comenzó a visitar a los hijos de Isabel en prisión. "Ellos estaban presos, y yo fuera también lo estaba". "Mi vida era ir a verlos a la cárcel", reconoce. Y a lo largo de esos años de visitas se  fue enamorando de Antonio.

 "El matrimonio se celebró en la capilla de la penitenciaria; me fui a casa muy triste", rememora emocionada. El director de Yeserías cedió su despacho para celebrar un humilde banquete.

 "El trato que ambos hermanos tuvieron en las cárceles por parte de los oficiales fue bueno porque sabían que eran hijos de una funcionaria de prisiones", apunta Teófila. Precisamente, se enteraron del fusilamiento de su madre porque dos trabajadoras de la cárcel de Ventas, compañeras de Isabel, fueron a comunicarles la fatal noticia.

Tanto Isabel como sus dos hijos afrontaron juicios sumarísimos. Tan vertiginoso fue el procedimiento contra la madre que, en 1942, tres años después de su ejecución, la Capitanía general de la primera región militar solicitó en marzo de ese año a la Guardia Civil un "informe de conducta social y política" de la procesada, según consta en su expediente. A Joaquín y a Antonio les acusaron de participar en el asalto al cuartel de la montaña y de pertenencia a la Juventud Socialista Unificada.

 "Les denunciaron por auxilio a la rebelión; ¡cuando los rebeldes fueron los que se sublevaron contra el Gobierno de la República, legalmente establecido!", lamenta la maestra [insiste en referirse a ella como maestra: "lo seré hasta que me muera", puntualiza].

El juicio contra Antonio se celebró en 1944 -Joaquín falleció un año antes en prisión- y en el tribunal se encontraba su tío. "Le conmutaron la pena de muerte por 30 años; después del juicio, pude bajar a verle al calabozo". Dos años después, logró salir de prisión.

 En 1960, Teófila enviudó. Siguió trabajando de maestra, convirtiendo su antigua casa de la colonia del Manzanares en un colegio de primaria con ayuda de su hija Guadalupe. Allí, por el día, acogían a unos 40 niños y niñas y, por la tarde, sus hijos Antonio y Joaquín daban clases de apoyo a alumnos de instituto. "Un día que había huelga en la universidad detuvieron a Antonio", relata Teófila sobre uno de los últimos episodios de terror que vivió en la dictadura. 

"La policía entró en la facultad, algo que no pueden hacer, y vieron el suelo lleno de pasquines. Se lo llevaron detenido a él y a otros compañeros".

 Esa tarde, Antonio no acudió a impartir sus clases de apoyo. La policía política del franquismo llegó a casa preguntando por él. Teófila pensó en un primer momento que eran amigos de su hijo. "'No somos amigos, su hijo está detenido', me dijeron". Para una mujer que había padecido la peor represión de la posguerra, aquel momento le congeló el habla. "Pensé que se estaba repitiendo la historia", recuerda. Tras una dura noche de interrogatorios en la Dirección General de Seguridad, Antonio pudo salir gracias a la intervención de un teniente de policía primo de Teófila.
Hoy en día, esta mujer insiste en que le duele "la indiferencia" de algunos sectores ante todo lo que han padecido familias como la suya. "Hemos pasado mucho, y muy malo", recuerda.(...)"              (Público, 02/10/2013)

31/5/10

Sacerdotes delatores

""Él trabajaba para una cantera del ayuntamiento, no pertenecía a ningún partido político, y sin embargo fue un cura el que lo delató. Y ahora es otro cura el que no deja ir a buscarlo", explica Padín, ligando sucesos del pasado y el presente. La abuela de Padín tuvo que convivir con los asesinos de su marido durante años. "Yo tenía un puesto en la plaza del mercado de Salceda. Cuando se acercaba el criminal por allí, no le compraba, el muy sinvergüenza. Yo lo pensaba y decía: Si viene, le doy con una hoja de bacalao", dice Padín.

Según relata, el cura de la parroquia de O Porriño le espetó lo siguiente cuando le pidió permiso para buscar en el cementerio: "Es que los otros también mataron a mucha gente y además no está claro que Garzón pueda hacer esto". La respuesta de Padín fue demoledora: "¿Pero a usted qué le importa Garzón? Está jugando con los sentimientos de las personas". (Público, 30/05/2010)

29/6/09

¿Por qué no devolver el 'dinero rojo'?

"Cerca de 1.500 familias descubrieron hace cuatro años que compartían un papel que habían guardado durante 70, un recibo con la leyenda: Fondo de papel moneda puesto en circulación por el enemigo. Se reunieron en la Asociación de Perjudicados por la Incautación del Gobierno Franquista, y juntaron todos aquellos papeles raídos, con las cantidades que los vencedores les habían arrebatado escritas a mano. Sumaron 14 millones de euros. Hoy, los hijos del enemigo, de los rojos, reclaman al Estado que se los devuelva. (...)

Roberto Rodríguez, de 68 años, lleva toda la vida regentando una humilde pensión en Madrid, pero es un hombre rico. Lo dicen dos viejos papeles, los recibos de las 9.000 y 9.535 pesetas que su padre y su abuelo tuvieron que entregar a Franco "el tercer año triunfal". Era un fortunón para la época y lo sería hoy, en euros. Su familia lo entregó dócilmente en el Ayuntamiento de Cabeza de Mesada (Toledo) porque tenía miedo y, por el mismo motivo, nunca se atrevió a reclamarlo: "Se arriesgaban a que los mataran por rojos. Bastante era haber salvado la vida. A mi tío Lázaro lo fusilaron en 1939. Mi padre tuvo también que ir a entregar su parte: 7.000 pesetas. ¿Qué republicano iba a atreverse a pedirle nada a Franco? ¡Mi padre habría dejado ocho huérfanos!".

Que hubiesen enterrado a los dueños de aquel dinero en fosas comunes tras haberlos fusilado de espaldas nunca fue impedimento para que reclamaran su dinero y sus bienes. "Abrieron expedientes a los muertos sólo para quedarse con el dinero. Se lo quitaban a las viudas, a los hijos", explica el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Julián Casanova. "Fue una rapiña. Y con ese dinero empezó a pagar Franco la reparación de las víctimas de su bando (protección de fosas de nacionales, pensiones, ayudas, becas...). El estanco del republicano pasaba a ser del ex combatiente, y los vencedores se repartían el dinero de los vencidos".

Los ganadores arrebataron a los perdedores todo cuanto tenían. Fusilaron a decenas de miles de padres de familia, expoliaron a las viudas, recaudaron sin miramientos el dinero imprescindible para alimentar a sus hijos durante la posguerra, les despojaron de su medio de vida, su oficio, depurando a los maestros, requisando los pequeños comercios, bares, restaurantes que tenían, y todo, por ley. Un BOE de septiembre de 1938 da cuenta de las órdenes al Banco de España para requisar el dinero rojo. Con ese documento, las familias afectadas acuden 70 años después al Gobierno. "Si nos lo quitó el Estado, nos lo ha de devolver el Estado", repite Lidia Jiménez, tesorera de la asociación de afectados.

Franco utilizó dos mecanismos para empobrecer y humillar al enemigo: las juntas provinciales de incautación, que fue abriendo como sucursales según avanzaba su ejército, y la Ley de Responsabilidades Políticas, a la que recurrió como un método de represión, pero, sobre todo, de incautación. "Así es como hizo su botín", explica Casanova. "La ley buscaba responsabilidades políticas, pero en realidad era un mecanismo confiscador. Muchas veces iban a por alguien porque tenía dinero. Hasta 1941 se abrieron unos 125.000 expedientes, y, después, otros 200.000. Imponían penas privativas de libertad, pero sobre todo, económicas, requisando sus bienes y obligándoles a pagar multas muy fuertes. Y la Ley de Responsabilidades Políticas fue también un método para saldar cuentas. Unos vecinos se denunciaban a otros para quedarse luego con su bar, su pequeño comercio...". (...)

Por supuesto, el dictador también se apropió del patrimonio de los partidos y los sindicatos, como CGT y UGT, que habían acumulado mucho dinero con las cuotas de sus afiliados además de disponer de numerosos inmuebles. Los pactos de la transición permitieron que los recuperaran, no así las familias republicanas o las élites que habían huido al exilio, como el propio jefe del Gobierno de la República, Juan Negrín.

Su nieta, Carmen Negrín, sigue peleando en los tribunales por aquel patrimonio. "Eran más de 25 propiedades, algunas muy importantes, sobre las cuales han construido, vendido y vuelto a vender. Los compradores, inclusive cuando es el Estado, suelen decir que lo compraron legalmente. El vendedor, obviamente, por lo general era algún amigo del régimen. ¿Su valor? Varios centenares de millones de euros actualmente". (El País, ed. Galicia, 27/06/2009, p. 34/5)