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26/3/24

«Todas las víctimas de la represión han sido olvidadas. Y son a ellas a quienes debemos la democracia»

 "El 23 de enero de 1977 asesinaron a Arturo Ruiz en una manifestación proamnistía en Madrid. Le tocó a él pero podía haber sido cualquier otro. Tenía 19 años, trabajaba y estudiaba. Un adiestrado pistolero de la ultraderecha le pegó dos tiros por la espalda. El asesino, José Ignacio Fernández Guaza, no era un verso suelto, era un miembro de los servicios de información de la Guardia Civil, según él mismo confesó desde una población argentina donde vive con falsa identidad. Lo relata con detalle Carlos Portomeñe, en el artículo que acompaña a esta entrevista.

El hermano de Arturo, Manuel Ruiz, dedicó sus últimos años de vida a reivindicar verdad, justicia y reparación. Quería que se supiera lo que pasó y que se investigara a los culpables. La búsqueda le unió por el camino a los familiares de otras víctimas de aquellos años de brutal represión de las fuerzas del Estado que confabulados con la extrema derecha intentaban enterrar las ansias de libertades. Así conoció al hermano de Ángel Almazán, otro joven a quien la policía mató de una paliza en 1976, y a otros tantos que fueron surgiendo del frío de soledad y olvido. Juntos formaron el Colectivo de Olvidados por la Transición que, junto a Atrapasueños Cinema, ha hecho posible el documental Las armas no borrarán tu sonrisa. El título reproduce la frase que el padre de Arturo dejó escrita a mano en el dorso de una foto de su hijo.

La tenacidad de Manuel consiguió que Adolfo Dufour transformara la denuncia en documental. Y que en esa denuncia se reconocieran las más de 200 personas asesinadas por las balas de quienes desde la impunidad detentaban el patrimonio de las armas. Manuel, que es el motor e hilo conductor de este documental, falleció pocos días antes del montaje final de la película, pero sabiendo que estaba hecha. Compartió la satisfacción con su oncólogo: “La película está acabada”.

Adolfo Dufour, guionista y realizador, ha dirigido cerca de un centenar de documentales históricos, muchos de ellos para la serie de TVE, Memoria de España. Aquel 23 de enero de hace 47 años, Adolfo participaba en la manifestación proamnistía en la que asesinaron a Arturo Ruiz y en las muchas que le sucedieron. “Te manifestabas pacíficamente y te jugabas la vida. Tenías miedo, pero aún así ibas adelante; era necesario luchar por las libertades y la justicia social para acabar con la dictadura cruel que oprimía”. Por todo esto, cuando Manuel le pidió realizar este documental se sintió en la obligación moral de hacerlo “porque Arturo Ruiz, Mari Luz Nájera, los abogados de Atocha, Ángel Almazán… son un referente ético y de compromiso para mi generación”. Considera que es importante que el cine cuente estas historias reales para la profundización democrática, para que la conciliación sea auténtica, para que la sociedad española y las nuevas generaciones conozcan su historia reciente para evitar que situaciones tan trágicas se repitan.

En esa línea, en 2009 rodó Septiembre del 75, sobre los consejos de guerra sumarísimos que concluyeron en los últimos fusilamientos del franquismo, y también sus dos últimos trabajos Lo posible y lo necesario, sobre Marcelino Camacho, Josefina Samper y el movimiento obrero en el franquismo y la Transición, y Luis Cernuda, el habitante del olvido.

También escribió un libro que, con raíces en la República, habla de los jóvenes y no tan jóvenes que luchaban por acabar con la dictadura, que se organizaban, que militaban, que devoraban libros, que se instruían, que debatían, que se divertían y se amaban, que arriesgaban sus vidas y se las arrancaban de cuajo, que trabajaban por un mundo libre justo y mejor. El libro se llama El vuelo de las hormigas aladas. Aquellos jóvenes era las pocas hormigas que eran capaces de volar. Enfrente tenían a quienes se resistían a la democracia y a quienes se iban tejiendo trajes de corte aperturista con los que seguir controlando el régimen. El libro acaba con el asesinato de Arturo y Mari Luz. Justo donde empieza este documental. A menos de 100 metros de donde mataron a Arturo, el pasado 23 de enero se proyectó la premier de Las armas no borrarán tu sonrisa, una película que inicia su recorrido por las salas de cine.

GEMA DELGADO: Han pasado ya 47 años de aquella semana negra en la que se llegó a amenazar con una noche de los cuchillos largos. ¿Por qué esta película ahora?

ADOLFO DUFOUR: Esta película es de Manuel Ruiz. Quería que hiciera un documental acerca de la semana negra y de todas aquellas personas, mayoritariamente jóvenes, que creyeron que había que conquistar las libertades democráticas y lucharon por la democracia en la Transición. Acerca de quienes perdieron la vida víctimas de aquella represión tremenda dirigida desde el Ministerio de Gobernación de la época y secundada por la policía, por los agentes de la Brigada Político Social, pistola en mano, y por los miembros de la ultraderecha que estaban, si no infiltrados completamente en la policía, sí ligados a ella.

Todas aquellas víctimas de la represión han sido olvidadas. Y son a ellas a quienes debemos la democracia. Desde los cenáculos del poder es fácil hacer concesiones, en teoría democráticas, pero los que lucharon por la democracia lo hicieron en las calles, en las fábricas y en la aulas. Y a esa gente se le debe rendir homenaje.

El discurso oficial de la Transición no reconoce a esas víctimas, que fueron muchas. Hay un entramado de diferentes poderes que han impedido que personas como Manuel Ruiz o Ángel Almazán, entre otras muchas, encuentren respuestas a su petición de verdad y de justicia. La película habla por sí misma respecto a todo lo ocurrido.

G.D.: Es una película sobre la memoria robada y la lucha contra el olvido. ¿A qué público va dirigida?

A.D.: Cuando Manuel me pidió hacer esta película yo le dije que sí, pero que tenía que ser una película dirigida al más amplio público posible, a todos los públicos. En este país hay una historia oficial, pero también hay una historia complementaria, tan verdadera o más, que está basada en documentos contrastados. Es la memoria que se ha querido ocultar y que contradice esa edulcorada versión de lo que ocurrió. Es más cómodo pensar que desde arriba, desde el poder, se hicieron unas concesiones al pueblo para instaurar la democracia cuando la realidad es que hubo mucho sufrimiento para conquistarla.

Y eso también se aplica a las nuevas generaciones, incluso en política, que muchas veces no valoran lo que costó conquistar las libertades democráticas. Y eso lo consiguió la gente de abajo, que salió a la calle, que se movilizó en sus centros de trabajo y de estudios, y que son los grandes olvidados y se merecen el derecho a un reconocimiento. Tienen derecho a que la justicia castigue a los asesinos y a que la sociedad española les reconozca que gracias a ellos tuvimos las libertades políticas, más o menos restringidas, de las que gozamos ahora.

También hace falta rescatar de la historia olvidada la labor impagable que hicieron los abogados de Atocha, militantes del Partido Comunista de España y de CC. OO., y los abogados de otros despachos laboralistas de la ORT, de Bandera Roja, del MC… Hicieron una labor inconmensurable para defender los derechos de los trabajadores que no está reconocida.

G.D.: Hicieron que la Transición fuera más allá de lo que hubiera sido si no se hubiera peleado.

A.D.: Sí. Quisieron tutelar la Transición. Y ahí estaba Estados Unidos y Kissinger detrás. Querían un partido comunista proscrito. Y todas esas personas que lucharon en la calle lograron que la Transición fuera un poco más allá de lo que los poderes fácticos querían conceder pero también menos de lo que se pedía, que hubiera habido unas libertades democráticas reales en su totalidad, que se hubiera elegido la forma de Estado, que se hubiera permitido votar entre monarquía y república, y que de alguna manera se hubiera hecho un Estado acorde con aquel que fue suspendido porque no hay que olvidar que el Estado constitucional era la República y que fue un golpe de los militares al servicio de las jerarquías y de los grandes poderes económicos quien truncó la democracia. Se pedía una ruptura democrática en la que los derechos de los trabajadores fueran más allá, que hubiera más justicia social. De todas formas lo que se consiguió fue muy importante. No se puede infravalorar. Y costó muchas cosas, costó muchas vidas y mucho sufrimiento. Y es por eso que hay que reconocerlo.

G.D.: Imagino que entre el público que se sienta en las butacas habrá mucha gente del «yo estuve allí», pero también, con un gran salto generacional, jóvenes que nunca oyeron hablar de esto. ¿Cómo crees que la van a recibir?

A.D.: El problema de las últimas generaciones es que se les ha hurtado la realidad de lo que pasó. Creo que tienen que estar muy interesados porque sólo han recibido un discurso, el de que la democracia se gestó desde arriba, y no es cierto. Hay que conocer toda la historia. Eso hará de este país un país mejor. Cuando a las nuevas generaciones, como ya pasó con otras películas, les ofrece la información, la reciben y la analizan. El conocimiento siempre agranda.

Como dijo el documentalista norteamericano Ken Burns, la historia del presente es saber lo que ocurrió en el pasado; el pasado construye el presente y cimienta el futuro. Eso es fundamental para no ser atrapado directamente por las garras del sistema.

Sectores de la izquierda que desprecian la Transición tienen que conocer cómo fue, lo mucho que costó y lo mucho que se consiguió. Se quería haber logrado mucho más pero en ese momento no fue posible. Quizá el ejército, la judicatura, todos los poderes que sostenían el régimen anterior eran excesivamente potentes. Eran terribles. Alejando Ruiz Huerta, superviviente de Atocha, cuya vida es un ejemplo, tiene un discurso muy clarificador de todo lo que ocurrió.

Y también es cierto que mientras cierta gente peleaba otra era más acomodaticia y no se movía.

La reforma al final se instauró y silenció todo lo alternativo. Las clases dirigentes querían seguir controlando el poder. El resultado es que la judicatura es la misma, el Ejército ha seguido teniendo el poder, las jerarquías económicas y las grandes empresas fueron las mismas… No se pudo romper con el régimen. ¿Por qué? Esa es la gran pregunta. Conocer la historia es muy interesante porque se puede aplicar al momento actual.

G.D.: Hablas de las víctimas pero también de los responsables de aquella represión del régimen contra el que se luchaba. Tanto de las fuerzas del Estado como de esa internacional negra, con mercenarios ultraderechistas trasnacionales al servicio del Estado. ¿Qué pasó con aquellos responsables de todos estos asesinatos?

A.D.: La mayor parte de estos asesinos nunca fueron juzgadas. Todos se escaparon. Los policías que mataron a Ángel Almazán o a Mari Luz Nájera nunca fueron juzgados. Se reprimía cualquier tipo de reivindicación obrera y se mataba a los trabajadores que salían a manifestarse. Y se hacía desde la impunidad.

Todo eso quedó sin castigo. En las últimas declaraciones que publicaron los periodistas de El País, que han hecho una labor estupenda, el propio asesino de Arturo, José Ignacio Fernández Guaza confiesa que, tras el asesinato de Arturo, la propia Guardia Civil le dijo que se marchara de España. Y de hecho él estuvo en el cuartel de Guernica, y allí le envió la familia dinero, de forma que estaban apoyados por los aparatos del Estado. Es el tema que se lleva a los tribunales argentinos y lo que defienden los hermanos de Arturo Ruiz y de Ángel Almazán, que estos crímenes fueron de lesa humanidad, es decir, que detrás de ellos no estaban personas aisladas, sino que los autores estaban ligados con el aparato del Estado y que además estaban dentro de una operación, que ellos sostienen que era la operación Gladio, que estaba financiada por la OTAN y la CIA para que los grupos comunistas no pudieran ser influyentes en Europa. En Italia se demostró. En España aún está por demostrar y es lo que indaga el libro de Carlos Portomeñe La matanza de Atocha y otros crímenes de Estado y denuncian los hermanos Ruiz.

G.D.: A la hora de recuperar la historia y de poner a cada uno en su sitio, hablas de dos personajes fundamentales en el régimen de la tan bien vendida «modélica» Transición, como Rodolfo Martín Villa y Manuel Fraga, a la sazón, uno de los padres de la Constitución.

A.D.: Eran personas que provenían del franquismo y que ocuparon cargos muy relevantes. Fraga era aperturista pero en el año 63 participó en toda la propaganda que se hizo contra Julián Grimau, dirigente del PCE al que tiraron por la ventana y fusilaron. Fraga le hizo una campaña absolutamente calumniosa para justificar su ejecución. Y Martín Villa también tiene un largo historial. Eran personas que provenían del régimen, e independientemente de que tuvieran ideas de evolución democrática, vieron que el régimen se había acabado y que tenía que evolucionar, con lo que se enfrentaron a sectores aún más involucionistas, pero querían controlar este proceso para que no se les fuera de las manos y que realmente las libertades democráticas que se establecieran no cuestionaran nada. Y, como dice Oscar Alzaga, de democracia cristiana, que se integró en UCD con Martín Villa, lo que querían era su supervivencia política. Y controlaron el proceso a sangre y fuego. Hubo mucha violencia institucional en la época de la Transición. Se ha ocultado y es lo que las personas que salen en el documental han querido denunciar.

G.D.: En el documental se refleja la impotencia, la pérdida de confianza en la justicia, en las fuerzas de seguridad, en quienes dirigieron la Transición, pero también habla de relevo, de futuro y de esperanza de la mano de las hijas que aquellos jóvenes no tuvieron la oportunidad de tener, y con las que finaliza la obra. Por qué le has querido dar ese final.

A.D.: Las hijas que no tuvieron es una performance escrita por Carlos Olalla que yo he incorporado a la película porque me parecía importante que hubiera una esperanza, porque todas las víctimas de la Transición tenían unas esperanzas. Eran jóvenes que murieron por la represión al reivindicar un mundo diferente. No sólo demandaban democracia y libertades políticas y sindicales, también luchaban para que hubiera más democracia económica, para que no hubiese pobreza, para que todo el mundo tuviera derecho a la sanidad, a la educación, a la paz.

Entonces, representar a través de estas chicas jóvenes, todo aquello por lo que lucharon sus hipotéticos padres, me parecía importante.

Inspirándome en la placa de Arturo escribí dos personajes: Verdad y Memoria, que de una manera abstracta representan el pensamiento de toda aquella generación de utópicos que se dio en los 70 y 80 que pensaban que se podía mejorar el mundo. Ahora también hay jóvenes que quieren cambiar la situación de este mundo que es cada vez más voraz, más codicioso, donde sólo vale el dinero, el dinero y el dinero. Jóvenes que quieren unas relaciones sociales y económicas más justas, más equitativas, más democráticas.

El documental acaba con el personaje de la Memoria, que interpreta Gloria Vega, que es una actriz excepcional, como Susana Martins, que interpreta la Verdad, y que dan esa esperanza de futuro cuando acaba con la frase del poeta recordando que nuevos seres anónimos recogerán su legado allí donde los otros sucumbieran.

Hay que dar esperanza porque estas sociedades tienen mucho potencial y la gente buena es muy mayoritaria respecto a la gente mala. Hay que confiar en la bondad de la sociedad para transformar las cosas y, sobre todo, en la mirada hacia los semejantes. Esta sociedad tiene que mirar más hacia el otro. Saber del otro. Dejar el individualismo que nos entra a través del sistema. Tener una mirada sensible hacia los semejantes. Y esto es lo que representa esta generación con ese final más optimista, que es lo que se merecen todas la víctimas que murieron precisamente por dejar ese legado."               (Gema Delgado, Mundo Obrero, 03/03/24)

14/11/23

Guillermo Torremare, abogado argentino: “Hoy sabemos que había más de 700 centros clandestinos de detención”

 "El abogado Guillermo Torremare (Tres Arroyos, Argentina, 1963), presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, conoce al dedillo los procesos judiciales contra los represores de la dictadura militar. El letrado, querellante en causas por crímenes de lesa humanidad, ha visitado España para exponer la trayectoria de los juicios contra los genocidas argentinos, invitado por el Institut d'Estudis Polítics y el Instituto de Derechos Humanos de la Universitat de València.

En esta entrevista con elDiario.es, Torremare destaca el consenso en materia de memoria histórica en la sociedad argentina y la búsqueda de los bebés robados (el último, recuperado este año, ha sido el 'nieto 133'). El abogado alerta: “Hay más de 350 personas que en la sociedad argentina viven con una identidad falsa”.

En la ultima campaña electoral, con la candidatura de Javier Milei, ha renacido cierto negacionismo de los crímenes de la dictadura militar. ¿Cómo lo ha vivido?

Una pequeña porción de negacionismo hubo siempre en la Argentina. Lo novedoso es que ahora se han expresado con una fórmula electoral competitiva en la cual tanto el candidato a presidente como la candidata a vicepresidenta lo han manifestado públicamente. Eso es lo único realmente nuevo. Las manifestaciones que tienen ellos contrarían todas las políticas públicas que han sido consenso argentino desde 1983 en adelante. Todo el avance en materia de memoria, verdad, justicia, reparación y dar garantía de no repetición, de todo eso, hay un amplísimo consenso en la Argentina. La circunstancia de que esta fórmula electoral negacionista haya tenido un gran apoyo electoral no es por ser negacionista. Es porque expresa una disconformidad de la ciudadanía con la situación económica básicamente, pero el apoyo que tuvieron no significa que la sociedad argentina haya dejado de lado este amplio consenso que ha transitado durante los últimos 40 años. 

¿En qué consistía la teoría de los dos demonios?

Durante la dictadura militar se habló de que en la Argentina existía un demonio que eran las organizaciones revolucionarias armadas y guerrilleras. Cuando recuperamos la democracia y se empieza a juzgar a la dictadura, ahí se advierte que había existido otro demonio, que habían sido precisamente las fuerzas estatales. Y, a medida que eso se empieza a profundizar, lo que se advierte precisamente es que no había dos demonios sino uno, que era el demonio de la represión en manos del Estado, que es lo que llamamos terrorismo de Estado.

¿Cómo ha evolucionado esta concepción?

Hoy ya también hay un amplísimo consenso en que lo que existió durante la dictadura fue un demonio y que la víctima fue la sociedad en su conjunto. Estas expresiones negacionistas no reivindican expresamente la dictadura, no hacen apología de la dictadura ni de sus crímenes, pero lo que sí hacen es retomar esta teoría de los dos demonios, que en su momento significó un avance frente a la sociedad a la que se le vendía que había habido un solo demonio. Se advirtió que el Estado había tenido conductas absolutamente inapropiadas, al punto de configurar crímenes de lesa humanidad.

Volver a esos dos demonios es lo que pretendería hoy el negacionismo y también, efectivamente, saltan a la luz sus contactos con los represores, muchos de ellos cumpliendo penas de prisión. Incluso se ha advertido que la candidata a vicepresidenta había visitado en algunas ocasiones a Jorge Rafael Videla, que es el símbolo más importante del terrorismo de Estado en la Argentina. Pero no se animan a reivindicar esto públicamente, lo cual demuestra la vigencia de este consenso acerca de la memoria, la verdad y la justicia. 

 ¿Qué supuso para la sociedad argentina el primer juicio a las juntas militares?

En el juicio inicial de las juntas, que transcurre todo en el año 1985, se dicta una sentencia que fue la gran bisagra, porque permitió que la sociedad argentina tomara conocimiento real de lo que había pasado en boca de los 850 testigos que declararon en ese juicio. Esto fue absolutamente novedoso y, si bien hoy lo miramos como que fue muy poco, se enjuiciaron a las tres primeras juntas militares, o sea, a nueve personas, de las cuales a dos solamente [Videla y Emilio Eduardo Massera] condenaron a prisión perpetua, a tres [Roberto Eduardo Viola, Armando Lambruschini y Orlando Ramón Agosti] condenaron a penas menores y absolvieron a cuatro [Omar Graffigna, Leopoldo Fortunato Galtieri, Basilio Lami Dozo y Jorge Anaya]. A nuestros ojos, hoy eso es absolutamente inadmisible, pero en ese momento histórico significó precisamente dejar de lado la teoría de que había existido un demonio que eran las organizaciones guerrilleras y significó el asomarse a lo que habían sido graves violaciones a los Derechos Humanos, siempre negadas por los jerarcas de la dictadura militar.

¿Qué supuso la sentencia?

Esa sentencia tuvo algo extraordinario que fue ordenar el enjuiciamiento de todos aquellos que tuvieron responsabilidad operativa en la represión. Uno de los puntos resolutivos de la sentencia decía eso, que es lo que arma la catarata de juicios por los cuales se empieza a enjuiciar a todos los responsables. Después hubo un parón con leyes de impunidad, por la presión militar que amenazaba la democracia, y en 2003, con el gobierno de Nestor Kirchner y toda la fuerza del movimiento de Derechos Humanos en la Argentina, que es muy poderoso y tiene un amplio consenso social, mucho prestigio y mucho respeto. Con todo eso se logra la nulidad de esas leyes de impunidad y siguen los juicios. Hoy llevamos 17 años ininterrumpidos de juicios en los cuales hay 1.100 represores que han recibido alguna sentencia concreta. 

La película Argentina, 1985 y, más recientemente, el documental El juicio, retratan el primer proceso a la dictadura. Algunos espectadores españoles vieron ambas producciones con cierta envidia. ¿Qué le parecen?

Hoy en la Argentina tenemos 750 represores que están privados de libertad. La mayoría de ellos en prisión domiciliaria porque son todas personas adultas mayores, muchas con algún problema de salud, pero todo ese proceso no hubiera sido posible sin ese juicio inicial de 1985, que retrataba bastante bien la película Argentina, 1985 y muy bien el documental El juicio, de Ulises de la Orden (que nos acabamos de enterar que está empezando el camino al Óscar por películas documentales). Realmente exhibe ese juicio en toda su magnitud porque le da voz, no solamente a los testigos que fueron los grandes protagonistas, sino que también pone en boca de los fiscales, de las defensas, todo lo que se estaba discutiendo en ese momento. Temas que, la verdad, hoy los hemos superado, porque las más de 300 sentencias que se han dictado hasta ahora han escarbado de una manera extraordinaria lo que fue esa realidad y todos los días descubrimos cosas nuevas.

¿Qué se ha descubierto?

Todos los días hay un paso más. Por ejemplo, los últimos años se ha comenzado a advertir la violencia sexual contra las mujeres en los centros clandestinos de detención, cosa que estuvo ausente en los primeros años de juicio. Vamos avanzando también en la recuperación de datos para identificar a los niños y niñas nacidos en cautiverio que fueron apropiados (hoy ya todos personas de más de 40 años). Hay más de 350 personas, en este sentido, que en la sociedad argentina viven con una identidad falsa; es un proceso que no termina. Va a terminar seguramente cuando ya se extingan las acciones penales por muerte de todas las personas que están siendo enjuiciadas. Pero todavía pensamos que hay 10 años más para seguir en este camino. 

Los trabajos de localización e identificación de los niños robados han dado pie a una nueva generación de luchadores por los Derechos Humanos...

Absolutamente. En 1995 se creó la organización H.I.J.O.S. (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) y ellos han planteado una mirada nueva en el movimiento de Derechos Humanos, que tiene que ver con la reivindicación de la conducta de sus padres desaparecidos. Esto fue algo absolutamente novedoso y creo que ha sido aceptado en la sociedad argentina. Y, por otro lado, ellos también toman el testigo de esta lucha de Abuelas, ya son pocas las quedan, y de Madres de la Plaza de Mayo, ya también son pocas las que quedan.

¿Qué supuso el nacimiento de H.I.J.O.S.?

H.I.J.O.S. vino a redinamizar de alguna manera el movimiento que está compuesto de dos grandes líneas: la línea de los afectados directos (los familiares de los detenidos y los desaparecidos,  las madres, las abuelas, los hijos) y una porción muy importante de organizaciones que no son de familiares directos, entre ellos la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, la Liga Argentina por los Derechos Humanos o el Centro de Estudios Legales y Sociales. Todas estas organizaciones trabajamos en conjunto y tenemos opinión política: para nosotros no son neutrales los gobiernos. Si bien siempre cuestionamos a los Estados, lo cierto es que no es lo mismo que el Estado lo administre la derecha o que lo administre el centro izquierda.

¿Cómo ha sido esa relación ambivalente con los distintos gobiernos?

Tuvimos una muy mala experiencia de retrocesos grandes durante el gobierno del ingeniero [Mauricio] Macri. Los juicios trataron de pararse pero no se pudo parar porque era materialmente imposible, tanto desde lo legislativo como desde el consenso social que los juicios tenían. Pero se desfinanciaron los planes de investigación o la protección de testigos. Eso lo recuperamos con el Gobierno de Alberto Fernández. Y, si bien no todo es como nos gustaría, nosotros pedimos que los juicios se aceleren porque si no, se llega a lo que llamamos impunidad biológica: muchos represores que deberían ser condenados por graves violaciones a los Derechos Humanos terminan siendo apartados del juicio por alguna incapacidad que presenten que no les permita seguir las alternativas de un proceso penal o fallecen por una cuestión de edad.

¿Qué supone la impunidad biológica en términos jurídicos?

La impunidad biológica no nos importa tanto en el sentido de la punición del represor sino por la falta de reparación a las víctimas y, en general, a la sociedad. Cuando una sentencia condena, vemos que ese es un acto reparatorio. Para nosotros los juicios son actos reparatorios, tienen mucho más ese sentido que el de la punición a un represor que termina sus días, en la mayoría de los casos, en su casa y, a veces, por la gravedad y la magnitud de lo que hicieron, en la cárcel. 

El trabajo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo también ha supuesto importantes avances científicos en materia de identificación genética. ¿Por qué?

Eso es un logro científico extraordinario de todo el trabajo de Abuelas. Una parte es haber logrado el 'Índice de Abuelidad'. Lo que ocurre es que se necesita de la inquietud de la persona de 40 a 45 años que tenga algún indicio para poder sospechar que puede ser hijo de desparecidos. Sin esa inquietud es muy difícil llegar a localizar a alguien y eso, lo que demuestra, es el pacto de silencio que se mantiene hoy entre todos aquellos que ejercieron la represión. Porque es imposible esconder que un niño fue robado de una madre en cautiverio y entregado a alguien. Es decir, hay toda una trama de relaciones y mucha gente debe conocer eso. Ese pacto de silencio entre los represores se mantiene de una manera feroz, en ese tema y también en la información sobre el destino de los desaparecidos. Por más que lo hemos pedido y hemos buscado, no encontramos registros ni archivos.

¿Dónde sospecha que se puedan hallar?

El ultimo dictador, Reinaldo Bignone, dijo que los habían destruido. Nosotros tenemos dudas sobre si los destruyeron o no, pero lo cierto es que hasta ahora no ha aparecido y en eso también se mantiene el pacto de silencio. Hace menos de un mes, recuperamos al nieto 133 (sobre un total aproximado de 400, 450 o 500), lo cual demuestra que se puede avanzar pero que también es muy difícil.

Recientemente, la editorial española Libros del KO ha editado Tu nombre no es tu nombre. Historia de una identidad robada en la dictadura argentina del periodista Federico Bianchini. Impacta mucho la relación de la protagonista apropiada con sus apropiadores una vez descubierto el crimen.

Cuando se recupera un nieto siempre hay una acción penal contra el apropiador. Hay hijos que tienen una excelente relación con el apropiador y, en general, hasta que el apropiador no muere, los hijos no presentan ni siquiera una sospecha o, por lo menos, no la expresan. Hay una inhibición en el orden de lo psicológico, entiendo yo, por la cual un hijo apropiado, mientras el apropiador está presente, no hace nada. En la mayoría de los casos de los últimos años, los hijos han empezado a mostrar inquietud y a buscar algún tipo de dato una vez que fallecieron sus padres adoptivos. Porque, a parte, en la mayoría de los casos, la apropiación se manejó con hacer pasar al hijo como hijo legítimo, natural de la pareja. Son pocos los casos en los que se han tramitado adopciones. Pero todavía seguimos en la búsqueda de los que faltan, hay una gran campaña mediática, cosa que hace muchos años atrás era más difícil. Hoy la relación de la sociedad argentina con las abuelas y con este tema es una relación afectuosa. También las abuelas se han manejado muy bien con todos los gobiernos: su objetivo principal siempre ha sido la búsqueda de los nietos.

El libro Skyvan. Aviones, pilotos y archivos secretos, de la periodista Miriam Lewin, actualmente al frente de la Defensoría al Público argentina, narra la investigación sobre el destino de los aviones que ejecutaron los vuelos de la muerte. Es una investigación muy interesante porque se acerca a un fenómeno que ha dejado poco rastro documental de manera colateral, localizando dónde fueron a parar las propias aeronaves. ¿Qué supone la falta de documentación sobre el terrorismo de Estado, ya esté destruida o escondida, de cara a los juicios?

Los juicios se llevan a cabo gracias a lograr los testimonios. Sin los testigos, los juicios no serían posibles y con cada testimonio se abren nuevas líneas de investigación en otros casos. Por eso, a día de hoy llevamos 300 sentencias y hay otras 300 causas que están abiertas y que se están investigando en distintas etapas: algunas recién se están instruyendo, otras están en debate oral. Incluso estamos trabajando en un proyecto que tiende a que, aunque fallezcan las personas que están imputadas (lo cual hace que se extinga la acción penal y, por lo tanto, el juicio quedaría archivado) planteamos que el juicio continúe igual, como un juicio por la verdad que no va a tener una sentencia condenatoria de una persona, porque esa persona que podría ser condenada ya está muerta, pero sí va a tener una sentencia de certeza acerca de lo que efectivamente pasó en todo el proceso de secuestro, de privación de libertad y de desaparición de las víctimas. Esto para nosotros es muy importante porque lo relacionamos con el negacionismo.

Nosotros conceptualizamos el negacionismo como oposición a una verdad histórica que está judicialmente comprobada. No es una versión que nosotros podemos dar de nuestra mirada histórica. Se está oponiendo a hechos que fueron judicialmente comprobados y, cuando decimos judicialmente, es con todas las garantías de contradicción que se plantea en todo proceso donde no se cree a nada ni a nadie de entrada, sino que todo se pone en debate y se demuestra. Para nosotros poder cerrar el círculo de los juicios y que terminen como juicios para la verdad si no hay nadie para condenar sería muy importante y también muy reparador para las víctimas. 

¿Qué suponen los espacios de la memoria en Argentina?

En esto también los Estados no son neutrales. Algunos lo han apoyado abiertamente, tenemos la ventaja que, como está todo muy judicializado, estos espacios se pide que sean intocables porque pueden ser materia de prueba judicial. En principio es intocable por el concepto de memoria histórica, al punto que en Argentina, el presidente Carlos Menem dictó un decreto por el cual mandaba a demoler el edificio de la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA), que es el centro clandestino de detención más grande que existió en Argentina, por allí pasaron más de 5.000 personas. Y desde el movimiento de Derechos Humanos, a través de acciones de amparo judiciales, logramos la nulidad de ese decreto. A partir de ahí quedó establecido que eso no se podía destruir, que ningún espacio de memoria se pudiera destruir. Trabajamos para identificar todos los espacios de memoria posibles, señalizarlos y utilizarlos como herramientas pedagógicas, porque una de las llaves para luchar contra el negacionismo es la educación. Yo, personalmente, pienso que estaría bien penalizar el negacionismo, pero eso no es lo importante. Lo importante es la concienciación social acerca de lo que ocurrió y los espacios de memoria tienen un rol extraordinario y son visitados permanentemente, además de resguardar pruebas.

Recientemente, la UNESCO declaró el Museo Sitio de Memoria ESMA como Patrimonio Mundial. ¿Qué supone esta decisión?

La verdad que con esta declaración de la UNESCO hemos tenido un espaldarazo muy importante. Creo que estas son las cosas sobre las que ya no se vuelve. Cualquier Gobierno que pretenda sembrar dudas sobre esto tiene un camino intransitable. La experiencia es extraordinaria: cuando empezaron los juicios, pensamos que podría haber 50 o 60 centros clandestinos de detención. Hoy sabemos que han existido más de 700. Y la denominación es distinta: ya no hablamos de centros clandestinos de detención sino de centros clandestinos de detención, tortura y exterminio, lo cual también habla a las claras de que en la conceptualización del lugar se da a entender lo que allí ocurrió. Y no nos extrañe que todos los días se esté descubriendo un lugar nuevo, porque como todo ocurrió en la clandestinidad, se echa mano precisamente de los testimonios y las investigaciones, en general, parten de las víctimas. El movimiento de Derechos Humanos las apoya y las acompaña, pero sin el rol de las víctimas prestando voz a esto, sería imposible. "           

(Lucas Marco / Jesús Císcar  , eldiario.es, 28 de octubre de 2023)

10/1/22

En la guerra civil hubo 600.000 muertos, 100.000 de ellos víctimas de la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 de la violencia en la zona republicana

Julián Casanova @CasanovaHistory

 En la guerra civil hubo 600.000 muertos, 100.000 de ellos víctimas de la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 de la violencia en la zona republicana. Al menos 50.000 personas más fueron ejecutadas entre 1939 y 1946. Sin investigación no hay historia.

Un 30 por ciento de las víctimas de la represión militar/franquista durante la guerra está sin registrar o en paradero desconocido. No todos los asesinados son "desaparecidos", como se suele repetir.

11:23 a. m. · 9 ene. 2022
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 "Las huellas del horror franquista: 10.000 esqueletos recuperados en 20 años. El forense Francisco Etxeberria calcula que podrán exhumarse otras 20.000 víctimas. Muchas fosas comunes son ya irrecuperables

La de Valdenoceda (Burgos), el penal donde los presos pasaban tanta hambre que soñaban con pan. La del fuerte de San Cristóbal (Pamplona), donde decenas de hombres encontraron la muerte casi al mismo tiempo que la libertad; la de Izagre (León), donde Josefina Alonso identificó a su hermana María por un pendiente hallado entre los huesos —el otro lo había dejado en casa porque el día que se la llevaron para matarla tenía una infección en la oreja izquierda—; la de Barro (Pontevedra), donde los asesinos mutilaron el cuerpo de Ramón para llevarse su anillo. La de Gumiel de Izán, donde los forenses destaparon una cordillera de cuerpos enterrados por los barrenderos del pueblo… Entre el año 2000 y 2019 se han abierto cerca de 800 fosas comunes de las que se han recuperado los restos de unas 9.700 personas. En los últimos dos años se han programado otras 86 exhumaciones para tratar de localizar a 3.553 víctimas. El forense Francisco Etxeberria, que asesora al secretario de Estado de Memoria Democrática, Fernando Martínez, calcula que quedan “20.000 esqueletos” por rescatar de los enterramientos clandestinos del franquismo y que esta tarea puede llevarse a cabo en unos cinco años. Las víctimas son muchas más, pero hay fosas irrecuperables. Este es el mapa del horror de la guerra, la radiografía del trabajo realizado y el que queda pendiente.

El censo

El 22 de septiembre de 2008, el entonces juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón obtuvo un detallado censo de víctimas del franquismo. Familiares y asociaciones llevaron al tribunal, en cajas, bolsas y maletines, hasta 143.353 nombres de fusilados y desaparecidos. En la puerta del despacho observaba la escena, muy emocionado, un ciudadano japonés. Se llamaba Toru Arakawa y había dedicado los últimos veranos a ayudar a desenterrar una historia con la que nada tenía que ver.

Uno de los artículos del proyecto de ley de memoria democrática prevé, precisamente, la creación de un censo estatal de víctimas de la Guerra Civil y la dictadura para reunir la información dispersa sobre fusilados y desaparecidos. Historiadores como Julián Casanova o el hispanista Paul Preston suelen citar como referencia la cifra de 150.000 víctimas mortales: de ellas 100.000 en la zona controlada por los militares sublevados y algo menos de 60.000 en la republicana. El historiador Francisco Espinosa habla de 140.159 víctimas de la represión franquista y 49.426 en la zona republicana.

La inmensa mayoría de fosas abiertas en los últimos años pertenecen a civiles muertos a manos de los franquistas, porque fueron muchos más y porque Franco se preocupó, ya durante la Guerra Civil, de que los caídos de su bando fueran recuperados de fosas comunes. El BOE recoge, por ejemplo, órdenes para crear un censo de víctimas y un protocolo de exhumaciones para llevar a cabo la “piadosa finalidad” de “rendir el postrero homenaje de respeto a los restos queridos de personas asesinadas en circunstancias trágicas o muertas en el frente y cuyo enterramiento se ha verificado muchas veces en lugares inadecuados”. En todo caso, cuando se ha reclamado la apertura de una fosa de este tipo también se ha llevado a cabo. El forense Etxeberria abrió, por ejemplo, en 2010 en Camuñas, a petición del arzobispado de Toledo, una fosa de sacerdotes asesinados por republicanos.

Tipos de fosas

Las víctimas fueron fusiladas en la retaguardia, el frente de guerra o en la posguerra. Iban a buscarlos a casa y los mataban en algún paraje apartado (el paseo); los recogían en la cárcel antes de haber sido juzgados (la saca); eran ejecutados por sentencia de consejo de guerra, morían en cautividad (de hambre y enfermedades contraídas en prisión); caían en combate o en algún bombardeo.

La tarea pendiente

Aunque la cifra de víctimas es mucho mayor, el forense Francisco Etxeberria explica que solo podrán recuperarse unos 20.000 esqueletos más de fosas y cunetas. “Más de 33.000 restos fueron trasladados al Valle de los Caídos. A la muerte de Franco se hicieron exhumaciones sin técnicas científicas, y muchas fosas del franquismo son irrecuperables porque han sido sepultadas por carreteras, autopistas y edificaciones. De hecho, ya hay comunidades donde cerca del 40% de las fosas que se buscan no son localizadas”. El paso del tiempo ha hecho que muchos de los testigos, quienes fueron obligados a enterrar los cuerpos o vieron cómo se hacía, hayan muerto, perdiéndose para siempre el rastro de aquellos enterramientos clandestinos. Solo uno de cada tres esqueletos recuperados en las fosas son identificados por ADN porque el paso del tiempo también deteriora los restos y complica el cotejo con familiares.

Las primeras, a la muerte de Franco

Tras la muerte del dictador, y fundamentalmente entre 1978 y 1979, familiares de las víctimas se lanzaron a la búsqueda y apertura de las fosas donde los asesinos habían arrojado a sus familiares. Se abrieron entonces, sobre todo, en zonas de Navarra, La Rioja y Palencia, pero también en Extremadura y Andalucía. Arrodillados en la tierra, sin más herramientas que una pala y las propias manos, los familiares desenterraron decenas de cuerpos. “Todo lo hacíamos con las manos, con las uñas, un día y otro día, hasta que terminábamos. Luego metíamos los restos en sacos. La excavadora que utilizamos alguna vez, la pagamos a escote entre los familiares”, recordaba Esperanza Pérez Zamora. “Es lo mejor y lo más difícil que he hecho en mi vida. Pero fue muy duro. En la primera exhumación pensé que me iba a dar algo y que me iba a morir allí mismo yo también. Tener una calavera en la mano y pensar que es de tu padre es terrible. En Villamediana, por ejemplo, los restos estaban cubiertos de cal y las faldas de las mujeres se veían todas blancas. Aún conservaban larguísimas trenzas. También encontraba botas, cucharas, monedas...”.

En Navarra y La Rioja, a muchos familiares les acompañaban sacerdotes que pidieron perdón por el papel de la Iglesia durante la contienda y celebraron funerales por las víctimas.

Los traslados al Valle de los Caídos

El mausoleo que Franco hizo construir para inmortalizar su victoria es la mayor fosa común de España. Alberga los restos de al menos 33.833 personas, el equivalente a la ciudad de Teruel. Durante años, el régimen robó cuerpos enterrados en medio millar de enterramientos clandestinos para trasladarlos, sin el conocimiento de sus familiares, hasta el Valle de los Caídos. Etxeberria ha diseñado el plan para tratar de devolver 77 restos a los parientes que llevan años reclamándolos. Asegura que “no hay precedentes en el mundo de un reto forense” como este.

Las botas de Emilio Silva

El 28 de octubre del año 2000, a las once de la mañana, el cazo de la excavadora sacó una bota sobre la que habían llovido setenta años. Pertenecía a Emilio Silva Faba, fusilado con otros 12 hombres en 1936 y era su nieto, Emilio Silva Barrera, el que había ido a buscarla. Aquella fue la primera exhumación de una fosa del franquismo realizada con técnicas científicas y despertó el deseo de muchos familiares de recuperar los restos de sus seres queridos. Así nació el movimiento para la recuperación de la memoria histórica, que impulsó definitivamente la apertura de fosas por toda España.

Diez años después, la familia Silva colocó una placa conmemorativa para recordar que aquella cuneta “rompió el silencio sobre miles de desaparecidos”. La arqueóloga Lourdes Herrasti aseguró en el acto que las exhumaciones habían “parado el revisionismo histórico de los que decían que el franquismo no había sido para tanto”, porque, añadió, “no hay nada más indisimulable que una fosa común”. Aún así, Etxeberria mostró la pintada que se habían encontrado mientras abrían una de ellas: “Fueron ajusticiados, no asesinados. Rojos, os falta la memoria. Vencimos y venceremos”.

Etapas y financiación

A partir de la exhumación de la fosa de Priaranza del Bierzo se abrieron muchas más. Al principio con el trabajo de voluntarios, nacionales y extranjeros; luego con subvenciones públicas y cuando estas desaparecieron, al llegar el PP a La Moncloa, con donaciones de particulares y colectas. La ley de memoria histórica de 2007 estableció un mecanismo de ayudas para las exhumaciones que fue muy criticado por relatores de Naciones Unidas, ya que de alguna manera subcontrataba a las asociaciones de víctimas, que asumían todo el proceso. Uno de los cambios fundamentales del proyecto de ley de memoria democrática, que pretende sustituir a la norma de 2007, es que el Estado asume de principio a fin esas tareas involucrando a comunidades autónomas y Ayuntamientos.

 La evolución de las exhumaciones por años muestra el parón de la etapa de Rajoy, que llegó al poder a finales de 2011. Las 54 exhumaciones que se realizaron en 2012 correspondían a la convocatoria de ayudas del año anterior. El Gobierno popular no derogó la ley, pero eliminó las partidas económicas para su aplicación. Algunas comunidades autónomas impulsaron su propia legislación en la materia y sus propios mapas de fosas.

La convocatoria de ayudas para exhumaciones regresó al BOE en julio de 2020. El proyecto de ley de memoria democrática prevé la creación de un banco de ADN para identificar a las víctimas rescatadas de fosas comunes y cunetas. En la mayoría de los casos, forenses como Etxeberria han elaborado concienzudos informes sobre las fosas por si fueran requeridos por algún tribunal. Su trabajo ha convertido en estos años los indicios en evidencias, la prueba incontestable del horror."            (Natalia Junquera, El País, 09/01/22)

4/10/21

La identificación y el castigo de los nazis había acabado en 1948 y era un tema olvidado a comienzos de los años cincuenta (o sea, la desnacificación duró sólo 3 años)

 "En 1915 y los años siguientes el Imperio Otomano perpetró el genocidio del pueblo armenio: un mínimo de 1 millón de muertos, además del sometimiento a procesos de deportación.

La Operación Reinhard desarrollada por el nazismo en Polonia exterminó en campos de concentración a 1,6 millones de judíos. En febrero de 1945, el bombardeo de la ciudad alemana de Dresde por la aviación británica y estadounidense se saldó con un mínimo de 35.000 muertos. En la posguerra española, el terror franquista ejecutó al menos a 50.000 personas. Y ya en la década de los 90 del siglo pasado, las guerras de Yugoslavia podrían haber concluido con 200.000 víctimas mortales, la mitad musulmanes.

Son datos que figuran en el último libro del historiador Julián Casanova, Una violencia indómita. El siglo XX europeo, editado por Crítica en septiembre de 2020. Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y profesor visitante en la Central European University de Budapest. 

Ha publicado, entre otros volúmenes, De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España, 1931-1939; Europa contra Europa, 1914-1945; y La venganza de los siervos, Rusia 1917. Su libro más reciente dedica un apartado a la memoria. “El proceso de desnazificación fue limitado”, afirma. Una violencia indómita podría tener una prolongación en mayo de 2021, cuando el gobierno alemán reconoció el genocidio cometido entre 1904 y 1907 en la colonia de África del Sudoeste, actual Namibia.

-¿Ha prestado, en general, poca atención la historiografía a la Europa Central y del Este en favor de la Europa Occidental? ¿Por qué razón?

La principal razón es el dominio de la historiografía occidental -británica, francesa y alemana- que ha analizado el continente desde la perspectiva política, diplomática y militar de sus países.  Ese foco tan centralizado en Europa occidental ha impedido reconocer la relevancia del centro y este de Europa en todos los grandes acontecimientos del siglo XX. Y salvo en Gran Bretaña y Alemania no hay muchos especialistas en esa amplia zona central y oriental de Europa.

-¿Qué casos de genocidio o grandes matanzas destacarías a lo largo del siglo XX?

No se trata tanto de reconocer la singularidad y relevancia del Holocausto o de los crímenes de Stalin, algo que se ha hecho en profundidad desde hace décadas, como de identificar la cultura de la violencia y del asesinato vinculada a la ideología de la raza, nación, religión o clase social. 

El paso de las políticas discriminatorias a las de exterminio fue a menudo provocado en esa primera mitad del siglo XX por conflictos entre Estados más que por agendas internas y generalmente tuvo repercusiones más allá de las fronteras de cada país, causando desestabilización regional y movimientos masivos de refugiados. En mi libro he examinado además con detalle la violencia sexual, desde la guerra civil en Irlanda o en España, a las dictaduras fascistas o comunistas, pasando por los ejemplos de limpieza étnica en Armenia y paramilitarismo antibolchevique y antisemita en los países derrotados en la Primera guerra Mundial.

-El libro explica cómo la Alemania nazi y la Unión Soviética hicieron uso de la violencia. ¿Existen ejemplos similares perpetrados por las democracias occidentales?

Desde finales del siglo XIX, antes de la Primera Guerra Mundial, las rivalidades políticas y nacionalistas de los principales imperios europeos actuaron de propulsores en la frenética pelea por África y por la adquisición de colonias. Un proceso acompañado de excesos y manifestaciones violentas, en el que desempeñó un papel importante la adopción de elementos básicos del darwinismo social, la interpretación de la vida y del desarrollo humano como una cruel lucha por la supervivencia donde los fuertes dominaban a los débiles.

El imperialismo tuvo efectos devastadores y la violencia utilizada para sofocar la resistencia indígena anticipó lo que tanto impactó después, porque se creía que nunca antes había ocurrido, en el frente oeste durante la Primera Guerra Mundial. Las políticas racistas y de exterminio dejaron baños de sangre, con varios millones de víctimas entre todos ellos, en el dominio británico de Sudáfrica, el alemán de África del Sudeste, la actual Namibia, y especialmente en el de Leopoldo II como “reino soberano” en el Congo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, con democracia consolidada por primera vez en la historia de los países de Europa occidental, la violenta derrota del militarismo y de los fascismos allanó el camino para el control de la violencia. Pero desde comienzos de los años sesenta, los principales países europeos occidentales estuvieron implicados en una guerra contra rebeliones nacionalistas en sus colonias. Persistentes delirios de grandeza llevaron a estadistas europeos a librar guerras en ultramar, en la Indonesia holandesa, en la Indochina y Argelia francesas y en las colonias británicas de Malasia y Kenia.

Fueron guerras “sucias”, que rompieron las reglas de las Convenciones de Ginebra que esos poderes habían firmado, con abundantes episodios de tortura y violación. Pero el caso que ilustra mejor la continuidad con la cultura militar de la violencia que se creía superada en las democracias occidentales fue la guerra combatida por Francia contra el movimiento de independencia de Argelia, entre 1954 y 1962, en la que salieron a la luz numerosos casos de tortura por parte del ejército y de violencia sexual contra las mujeres argelinas.

-¿Cómo resumirías el impacto de la Segunda Guerra Mundial en la población de la URSS?

La Segunda Guerra Mundial fue el escenario que propició el paso desde políticas de discriminación y asesinatos a las genocidas. Fue una guerra total con una serie de guerras paralelas. Comenzó como una guerra entre grandes potencias territoriales. En 1941, tras la renuncia unilateral por parte de Hitler al Pacto Alemán-Soviético que había sido el preludio al reparto de Polonia, la guerra se convirtió en un combate desesperado para la sobrevivencia de la Unión Soviética amenazada de aniquilamiento por la Alemania nazi.

En territorio soviético aparecieron en aquellos años, y además juntos, los elementos básicos que identifican históricamente la guerra total y el genocidio. Por un lado, la búsqueda de la destrucción absoluta del enemigo, la movilización de todos los recursos del estado, la sociedad y la economía y el control completo de todos los aspectos de la vida pública y privada. Por otro, la deshumanización de las víctimas y la ejecución de los planes de eliminación sistemática por parte de las fuerzas armadas y de los grupos paramilitares especiales alemanes.

-Por otra parte, ACNUR calculaba que a finales de 2019 había 79,5 millones de personas desplazadas en el mundo por conflictos o persecuciones. ¿Pueden rastrearse antecedentes en el libro?

Las purgas, los asesinatos y sobre todo la expulsión y deportación de millones de personas produjeron un trastorno demográfico enorme en Europa Central y del Este durante todo el siglo XX. La práctica de deportar minorías nacionales no comenzó con la Segunda Guerra Mundial. La Primera Guerra Mundial, las revoluciones y guerras en Rusia y el intercambio de población greco-turca en 1923 constituyeron puntos vitales de referencia en las décadas anteriores.

Pero la Segunda Guerra Mundial rompió todos los registros Según el pionero estudio de Eugene M. Kulischer, entre el estallido de la guerra y comienzos de 1943 más de treinta millones de europeos fueron obligados a cambiar de país, deportados o dispersados, mientras que desde 1943 a 1948 otros 20 millones tuvieron que moverse. Según su cálculo, unos 55 millones fueron desplazados por la fuerza en menos de una década, 30 millones como resultado de la invasión nazi y el resto como consecuencia de la derrota alemana. En los dos años posteriores al final de la guerra, 12.5 millones de refugiados y expulsados de los países del Este llegaron a Alemania.

-¿Qué dimensiones tuvo la violencia sexual en las guerras de la antigua Yugoslavia?

Yugoslavia apareció desde comienzos de los años noventa en las portadas de todos los medios de comunicación, con historias de masacres, violaciones, expulsiones y desplazamientos de población.

Pero si por algo destacó la violencia en aquellas guerras de sucesión de Yugoslavia fue por las violaciones de mujeres musulmanas en Bosnia-Herzegovina, un plan de terror organizado y orquestado por el mando militar serbio-bosnio. La información de esas violaciones masivas –y también sobre las que ocurrieron por los mismos años en Ruanda- y el subsiguiente reconocimiento internacional como crímenes de guerra dio “legitimidad intelectual y urgencia ética” a estudiar la violencia sexual en todas las guerras anteriores.

Las torturas y el asesinato acompañaron a las violaciones masivas en Bosnia-Herzegovina, con el objetivo de destruir a la comunidad musulmana. Esas violaciones, escenificadas en muchas ocasiones en público, no fueron el resultado de esporádicos estallidos de ira o de emociones enloquecidas por la guerra, sino “una política racional” planificada por la dirección política y militar serbia en Serbia y Bosnia-Herzegovina.

-Por último, Una violencia indómita. El siglo XX europeo dedica un epílogo a la memoria (“Pasados fracturados, presentes divididos”). ¿Rompió de manera drástica la Alemania de posguerra con el nazismo?

Tras los dos primeros años de posguerra, la violencia, las sentencias y los castigos de fascistas y nazis decrecieron en Europa y pronto llegaron las amnistías, un proceso acelerado por la Guerra Fría, que devolvieron el pleno derecho de ciudadanos a cientos de miles de ex nazis, sobre todo en Austria y Alemania.

En el Este, fascistas de bajo origen social fueron perdonados e incorporados a las filas comunistas y se pasó de perseguir a fascistas a “enemigos del comunismo”, que a menudo eran izquierdistas, mientras que en Occidente, donde las coaliciones de izquierdas se cayeron a pedazos en 1947, la tendencia fue perdonar a todo el mundo.

La identificación y el castigo de los nazis había acabado en 1948 y era un tema olvidado a comienzos de los años cincuenta. En 1952 un tercio de los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Federal Alemana eran antiguos nazis, mientras que dos quintos de los miembros del cuerpo diplomático habían estado en las SS. En la República Democrática muchos ex nazis pasaron a las filas del Partido Comunista, algo que fue común también en otros países de Europa del Este.

El proceso de desnazificación, por lo tanto, fue limitado. "

(Entrevista al historiador Julián Casanova, autor de Una violencia indómita. El siglo XX europeo,
Enric Llopis , Rebelión, 05/06/2021)

28/9/21

Olvido, memoria, Largo Caballero, Indalecio Prieto y Vox

 "Asimilar la historia del siglo XX y llegar a un acuerdo sobre ella ha sido una tarea muy complicada en la mayoría de los países europeos. Los verdugos insisten en que también ellos fueron víctimas. 

 Los turcos acusan a los armenios de insurrección y de provocar la reacción legítima del Estado otomano; los soldados de la Wehrmacht aluden a los abusos y humillaciones a los que fueron sometidos como prisioneros de guerra en la Unión Soviética; y el número de alemanes expulsados por el Ejército Rojo de los territorios del Este se compara con el de las víctimas en los campos de exterminio. “Trauma” es una categoría difícil de aplicar históricamente porque las representaciones de esos pasados suscitan controversias y debates políticos en la esfera pública.

El término “trauma colectivo” se utilizó para meter en el mismo saco a todas las formas de sufrimiento, para igualar a todas las víctimas. En el análisis histórico no puede cancelarse una forma de terror invocando a otra, pero eso es lo que se hizo, por ejemplo, en Alemania en los años cincuenta comparando el sufrimiento de los niños del Holocausto con los de las familias alemanas. 

O más tarde, en años recientes, en España, interpretando la guerra civil como una especie de locura colectiva, con crímenes reprobables en los dos bandos, y olvidando todos los cometidos en las casi cuatro décadas de la dictadura de Franco, una continuación, en realidad, de la violencia puesta en marcha con el golpe de Estado de julio de 1936.

Me entero en Viena de que el Ayuntamiento de Madrid, a propuesta de Vox y con el apoyo del Partido Popular y Ciudadanos, retirará los nombres de las calles y estatuas que recuerdan a los ministros de la Segunda República Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero. Y les voy a explicar, tras décadas de investigación sobre la República, la guerra civil, la dictadura de Franco y las memorias cruzadas sobre la Europa del siglo XX, cómo hemos llegado a esta situación, qué es lo que hay detrás de esa propuesta y sus implicaciones políticas y para la enseñanza de la historia.

1. La sociedad que salió del franquismo y la que creció en las dos primeras décadas de la democracia mostró índices elevados de indiferencia hacia la causa de las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura. Por diversas razones, ampliamente debatidas, la lucha por desenterrar el pasado oculto, el conocimiento de la verdad y la petición de justicia nunca fueron señas de identidad de la transición a la democracia en España, pese al esfuerzo de bastantes historiadores por analizar aquellos hechos para comprenderlos y transmitirlos a las generaciones futuras. España estaba llena de lugares de la memoria de los vencedores de la Guerra Civil, con el Valle de los Caídos en primer plano, lugares para desafiar “al tiempo y al olvido”, como decían los franquistas, homenaje al sacrificio de los “héroes y mártires de la Cruzada”. Los otros muertos, las decenas de miles de rojos asesinados durante la guerra y la posguerra, no existían. Pero ni los gobiernos ni los partidos democráticos parecían interesados en generar un espacio de debate sobre la necesidad de reparar esa injusticia.

2. Todo eso empezó a cambiar, lentamente, durante la segunda mitad de los años noventa, cuando salieron a la luz hechos y datos desconocidos sobre las víctimas de la Guerra Civil y de la violencia franquista, que coincidían con la importancia que en el plano internacional iban adquiriendo los debates sobre los derechos humanos y las memorias de guerras y dictaduras, tras el final de la guerra fría y la desaparición de los regímenes comunistas de Europa del Este.

Surgió así una nueva construcción social del recuerdo. Una parte de la sociedad civil comenzó a movilizarse, se crearon asociaciones para la recuperación de la memoria histórica, se abrieron fosas en busca de los restos de los muertos que nunca fueron registrados y los descendientes de los asesinados por los franquistas, sus nietos más que sus hijos, se preguntaron qué había pasado, por qué esa historia de muerte y humillación se había ocultado y quiénes habían sido los verdugos. El pasado se obstinaba en quedarse con nosotros, en no irse, aunque las acciones para preservar y transmitir la memoria de esas víctimas y sobre todo para que tuvieran un reconocimiento público y una reparación moral, encontraron muchos obstáculos. Con el Partido Popular en el poder, no hubo ninguna posibilidad. Mientras tanto, en esos años finales del siglo XX y en los primeros del XXI, varios cientos de eclesiásticos “martirizados” durante la Guerra Civil fueron beatificados. Todo seguía igual: honor y gloria para unos y silencio y humillación para otros.

3. La llegada al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero abrió un nuevo ciclo. Por primera vez en la historia de la democracia, una democracia que cumplía entonces treinta años, el poder político tomaba la iniciativa para reparar esa injusticia histórica. Ése era el principal significado del Proyecto de Ley presentado a finales de julio de 2006, conocido como Ley de Memoria Histórica. Con una Ley, la memoria adquiriría una discusión pública sin precedentes y el pasado se convertiría en una lección para el presente y el futuro. El Proyecto no entraba en las diferentes interpretaciones del pasado, no intentaba delimitar responsabilidades ni decidir sobre los culpables. Y tampoco proponía crear una Comisión de la Verdad que, como en otros países, registrara los mecanismos de muerte, violencia y tortura e identificara a las víctimas y a sus verdugos. Aun así, encontró airadas reacciones políticas de la derecha, de la Iglesia Católica y de sus medios de comunicación.

La Ley, aprobada finalmente el 31 de octubre de 2007, aunque insuficiente, abrió nuevos caminos a la reparación moral y al reconocimiento jurídico y político de las víctimas de la guerra civil y del franquismo. Pero con la crisis económica y la victoria del Partido Popular en las elecciones de noviembre de 2011, esa Ley y las diferentes acciones de gestión pública que de ella derivaban murieron por falta de presupuesto y de voluntad política, resumidas en la fórmula de Mariano Rajoy “cero euros para la memoria histórica”, lo que significaba, sencillamente, no me vengan con esas tonterías.

4. Ahora, frente al nuevo proyecto de Ley de Memoria Histórica del Gobierno de Pedro Sánchez hay un nuevo e importante actor, Vox, que más allá de su apología del franquismo representa en España lo que la ultraderecha y los nuevos movimientos autoritarios y neofascistas están intentando en Europa: una amplia reescritura de la historia dirigida a dar la vuelta a la interpretación antifascista y democrática. Diferentes voces revisionistas comenzaron a argumentar que Stalin tenía tanta culpa y responsabilidad como Hitler en provocar el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La publicación del Libro negro del comunismo en 1997 trataba de probar que el comunismo era peor que el nazismo.

5. A finales de 1931 España era una república parlamentaria y constitucional. En los dos primeros años de la Segunda República, con Manuel Azaña de presidente de Gobierno e Indalecio Prieto y Largo Caballero de ministros, se acometió la organización del Ejército, la separación de la Iglesia del Estado y se tomaron medidas radicales y profundas sobre la distribución de la propiedad de la tierra, los salarios de las clases trabajadoras, loa protección laboral y la educación pública. Nunca en la historia de España se había asistido a un período tan intenso y acelerado de cambio y conflicto, de avances democráticos y conquistas sociales.

Como consecuencia de ello, se abrió un abismo entre varios mundos culturales, políticos y sociales antagónicos, entre católicos practicantes y anticlericales convencidos, amos y trabajadores, Iglesia y Estado, orden y revolución. La República encontró enormes dificultades para consolidarse y tuvo que enfrentarse a fuertes desafíos desde arriba y desde abajo, con huelgas, insurrecciones y violencia. El golpe de muerte, el que la derribó por las armas, nació, sin embargo, desde arriba y desde dentro, desde el mismo seno de sus fuerzas armadas y desde los poderosos grupos de orden que nunca la toleraron.

Indalecio Prieto y Largo Caballero no estaban en el Gobierno en julio de 1936 cuando la República, como insistió en varias ocasiones Manuel Azaña, tuvo que defenderse con las armas, y no con la política, en una guerra que ella no había causado. Unir la República, la guerra civil y la dictadura de Franco en un mismo pasado traumático que conviene no remover es deformar la historia investigada en profundidad por decenas de historiadores y entrar en el juego de “equiparación” de víctimas y responsabilidades.

El Partido Popular y Ciudadanos deberían mirar a las democracias europeas que, desde Alemania a Checoslovaquia, pasando por Austria y España, acabaron derribadas por el fascismo. Indalecio Prieto murió en el exilio en México en 1962. Largo Caballero en París en 1946, tras ser presidente de Gobierno de la República en guerra y pasar por el campo de concentración nazi de Sachsenhausen. Un poco de respeto para aquella República que como las de otros países en Europa en los años veinte y treinta intentó consolidar, con enormes obstáculos y enfrentamientos, un proyecto reformista parlamentario y constitucional. Hasta julio de 1936, cuando la sublevación militar ocasionó una división profunda en el ejército y en las fuerzas de seguridad, debilitó al Estado republicano y partió a España en dos."

(Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y Visiting Professor de la Central European University de Viena. InfoLibre, 02/10/20)

9/9/21

Álvarez de Toledo –sin duda una mujer de amplia formación–, sabe que si por muertos es, podríamos contar los desmanes del imperialismo británico, cuna liberal por excelencia.... detrás de cada soldado de las SS hubo antes un casaca roja practicando las mismas fechorías.... y sabe que desde los años 50, en la Europa occidental, se desarrolló un comunismo que pretendió jugar bajo las reglas de la democracia liberal. En Italia, donde se inició la idea, la CIA y sus secuaces manipularon elecciones, perpetraron atentados y organizaron secuestros para evitar que el eurocomunismo cuajase. En Francia se llegó al autogolpe de Estado. En Chile se masacró a los marxistas que llegaron al Gobierno por las urnas. En España la ultraderecha asesinó a centenares de personas, entre ellas a los Abogados de Atocha, para intentar que el PCE y CCOO cayeran en la provocación y así eliminarlos como actores en la construcción de la democracia. Los comunistas, en este país, dieron su vida y su libertad para que la señora Álvarez de Toledo pueda decir, liberalmente, lo que quiera desde la tribuna del Congreso. Que no se nos olvide.

 "A menudo ser pionero te reporta poco reconocimiento y muchos problemas. Miren a Cayetana Álvarez de Toledo, la apuesta de Pablo Casado como martillo de herejes en la portavocía del Congreso, que fue defenestrada cuando el inconsistente líder popular decidió fingir centrismo al inicio del anterior curso político. 

Luego, entre las prisas y el miedo al fin de una carrera llena de derrotas, presión de Vox y Ayuso mediante, Casado volvió a la línea del hostigamiento macarra: no importa si lo que se dice del Gobierno es cierto o falso, lo que importa es buscar su ilegitimidad. Por eso tienen ustedes a Cuca Gamarra, sustituta en la portavocía del PP, tan perdida como su propio partido. Con tanto giro de libreto la función resulta poco creíble: no puedes poner a María Reiner, la monjita de Sonrisas y lágrimas, a actuar en Salvar al soldado Ryan.

Imagino que Álvarez de Toledo, en la umbría de su escaño, debe de estar pasándolo mal, revolviéndose, pensando que no se puede poner a un caniche a hacer el trabajo de un bulldog. Llegas la primera, abres una senda a machetazos para que al final otras acaben en primera línea mediática, que en política es lo que marca tu importancia o tu intrascendencia

Por eso, de vez en cuando, Álvarez de Toledo necesita reivindicarse, por encima de advenedizas como Ayuso o de despistadas como Gamarra. De ahí que el lunes registrara en el Congreso una importante pregunta para el desarrollo de la actualidad nacional: “¿Cómo justifica la vicepresidenta segunda su apología de una consigna política que ha justificado millones de muertos?”.

La vicepresidenta segunda es Yolanda Díaz; la apología, el prólogo que ha realizado para una reciente edición del Manifiesto Comunista. Quizá ustedes se pregunten para qué dedicar unas palabras a un número de promoción de Álvarez de Toledo. Puede que no les falte razón. Quizá es hora, por contra, de recoger el guante y de dejar unas cuantas cosas claras. 

Un día te acuestas en un país donde el Partido Comunista fue uno de los protagonistas de la Transición y redactor de su Constitución, al siguiente te levantas y el macartismo campa a sus anchas, hay comisiones de actividades antiespañolas y los delatores esperan su turno a ver si les cae un estanco o una portería. Una estrategia desenfadadamente mezquina ha sido más de una vez la antesala del desastre.

Primero vayamos con los millones de muertos. Sí, bajo el comunismo se han practicado atrocidades contra los derechos humanos, eso es innegable. Tanto como bajo el fascismo pero también el liberalismo, ideología de la que la Unión Europea y las democracias occidentales hacen gala, algo que incomoda mucho reconocer. 

La explicación es histórica: las tres ideologías de la modernidad tenían un fuerte componente de nueva ordenación social y no dudaron en utilizar la violencia para imponerlo. El siglo XIX y el XX carburaron con sangre, dinero y lucha de clases, como el XXI, salvo que ahora ponemos un filtro de Instagram o hacemos un bailecito en TikTok y se nos olvida.

A nadie que prologue a Adam Smith se le acusaría de hacer “apología de una consigna política que ha justificado millones de muertos”. Si por muertos es, nos ponemos a contar los desmanes del imperialismo británico, cuna liberal por excelencia. Las justificaciones atroces, a menudo racistas, que el Reino Unido empleaba para asegurar que sus intereses estaban por encima de los países invadidos, fueron votadas por diputados liberales y aplicadas por Gobiernos liberales. También podemos recordar las excelentes relaciones de Churchill con Musolini, al que calificó de la mejor vacuna contra el socialismo. No les gusta leerlo, pero detrás de cada soldado de las SS hubo antes un casaca roja practicando las mismas fechorías.

Sería ridículo, por otro lado, culpar de determinados crímenes a Adam Smith –su estudio económico fue clave para hacer avanzar esta ciencia–, tanto como culpar a Marx de los perpetrados en su nombre. Liberales hubo muchos, también los que se oponían al absolutismo, como en España: contra Riego se levantaron los mismos que lo hicieron contra la II República. El marxismo se aupó sobre el liberalismo para introducir un nuevo concepto, el de clase, o cómo los derechos no eran iguales para todos dependiendo del dinero. 

Gracias al socialismo se pasó del sufragio censitario, al que los liberales no ponían objeción, al universal. Gracias al socialismo existe el derecho a la educación, a la salud, al descanso o a unas condiciones laborales dignas. Fue lo que tuvo organizar a las masas de trabajadores en un objetivo común. También que la URSS y sus aliados ganaran la guerra contra la Alemania nazi. Cuando el fascismo machacaba España, unos años antes, desde el liberal Londres se miraba a otro lado: luego soportaron el blitz.

Todo esto, Álvarez de Toledo –sin duda una mujer de amplia formación– lo sabe. Tanto como que desde los años 50, en la Europa occidental, se desarrolló un comunismo que pretendió jugar bajo las reglas de la democracia liberal. En Italia, donde se inició la idea, la CIA y sus secuaces manipularon elecciones, perpetraron atentados y organizaron secuestros para evitar que el eurocomunismo cuajase. En Francia se llegó al autogolpe de Estado.

 En Chile se masacró a los marxistas que llegaron al Gobierno por las urnas. En España la ultraderecha asesinó a centenares de personas, entre ellas a los Abogados de Atocha, para intentar que el PCE y CCOO cayeran en la provocación y así eliminarlos como actores en la construcción de la democracia. Los comunistas, en este país, dieron su vida y su libertad para que la señora Álvarez de Toledo pueda decir, liberalmente, lo que quiera desde la tribuna del Congreso. Que no se nos olvide.

Pero el problema, como advertía, no es sólo de memoria, de honradez con el pasado o de ruptura del consenso constitucional para invalidar a uno de los actores de nuestro juego político. Es de presente. Uno donde la derecha parece haberse conjurado con los ultras para provocar en España una restauración reaccionaria: lo que perdieron en 1979 lo quieren recuperar en nuestros días.

 Ahora saben que los comunistas son menos, que los sindicatos no son tan fuertes y que la clase trabajadora, aun existiendo, no se percibe a sí misma y, por tanto, no hace valer sus intereses. Y por eso arengan a los suyos, la liberal clase media, para meterles el miedo en el cuerpo: no hay nada más peligroso que un pequeño-burgués asustado.

Saben –y esto no es una opinión, es un hecho– que Yolanda Díaz aplica políticas socialdemócratas, las que puede o le dejan, bastante menos ambiciosas que las que se aplicaban en toda Europa en las décadas que transcurrieron desde 1945 a 1990. Que su intervencionismo es, incluso, menos profundo del que llevó a cabo la democracia cristiana cuando su única posibilidad de gobernar era competir con la izquierda en medidas sociales. ¿Saben quién provocó ese cambio de centro de gravedad? Millones de comunistas en toda Europa occidental y unos cuantos tanques en la Europa oriental. También convendría no olvidarlo.

En este país que buscan los radicales de derecha, los comunistas son, como siempre, los primeros en ser señalados. Se necesita la vuelta del concepto de los “malos españoles”, la herramienta para situar fuera del juego político, incluso de la sociedad, a aquellos que no comulguen con este aterrante proyecto. Seguramente muchos de ustedes no se identifiquen dentro del epígrafe del comunismo, incluso puede que alguno sea liberal, en la encomiable tradición española contra absolutismos y concentraciones de poder. No se equivoquen: la pregunta de Álvarez de Toledo, el populismo de Ayuso, la mirada lúgubre de Abascal, también van contra ustedes."                       (Danial Bernabé, InfoLibre, 08/09/21)