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12/3/15

Los clérigos de las religiones monoteístas han recurrido al terror para mantener a raya a sus fieles. Los franquistas, o los yihadistas, por ejemplo...

"Como ya advirtió Max Weber, con aquella fuerza sintética que siempre caracterizó su escritura: “Toda organización de la salvación en una institución universalista de la gracia se sentirá responsable de las almas de todos los hombres, o al menos de todos los que le han sido confiados, y por ello se sentirá obligada a combatir, incluso con violencia despiadada, toda amenaza de desviación en la fe”. 

Nada sobra, nada falta: la organización de salvación en instituciones universalistas, esto es, la clerecía, si puede, recurrirá a la violencia despiadada: tal es la ley que atraviesa todas las historias de las religiones de salvación hasta que un poder civil, que no construye su legitimidad en la lectura de ningún libro sagrado, es capaz de reducir la religión al ámbito y al espacio que le son propios: la comunidad de creyentes y el templo.


Pero tanto la religión cristiana, como la musulmana y la judía han erigido sus templos —catedrales, mezquitas, sinagogas— en el centro del espacio público para que sus sacerdotes, imames y rabinos dominen desde esas imponentes construcciones la vida de los fieles, sus creencias y su moral, y para mantener a raya a los fieles de otras iglesias o los creyentes de otras religiones. 

No existe ninguna clerecía administradora de una religión de salvación que no haya pretendido que su voz, desde el púlpito, el minbar o el amud, se extendiera sobre todo el espacio circundante hasta llegar a someterlo a su mandato. Así es como los clérigos creen cumplir su misión como responsables de la salvación universal, aunque para lograrlo tengan que mezclar, según las ocasiones, la persuasión con el terror. 

Nada importa que, en sus orígenes, la religión de salvación haya germinado en comunidades de fraternidad y amor, como sin duda lo fue entre los primeros cristianos; cuando llegan los clérigos y se constituyen en poder, la fraternidad se transforma en odio y por amor se es capaz de llevar al matadero al hermano en la fe si sucumbe a la tentación de desviarse de la sagrada doctrina.

Por eso es vana, para alguien que no crea en una determinada religión, la pretensión de establecer cuál es su verdadero contenido o cuál el significado único de su libro sagrado: no hay ni puede haber un islamismo verdadero, de la misma manera que nunca hubo un cristianismo ni un judaísmo verdaderos, siempre idénticos a sí mismos durante todo el tiempo y en cualquier circunstancia. 

Más aún, los clérigos de las religiones asociadas a una concreta moral pública y de las que se derivan determinadas prácticas políticas, como ocurre con las tres monoteístas, suelen contemplar cómo surgen de sus mismas entrañas voces que se alzan contra la interpretación de la palabra divina sobre la que ellos construyen su poder; son los herejes, perseguidos y condenados a la hoguera por desviarse de la verdadera fe establecida por los dueños de los textos sagrados. Antes que a un infiel, que por definición no cree en la palabra revelada, a quien mata un creyente es al hereje, que le disputa el control de esa palabra.

De ahí que pueda predicarse de todas las religiones monoteístas, contempladas a lo largo de siglos, aquello que Carl Schmitt decía de la católica, que era una complexio oppositorum: paz de Dios junto a guerra santa; o también: guerra santa y tregua de Dios. 

Lo mismo puede decirse de la judía y de la musulmana, las tres monoteístas, las tres basadas en un libro sagrado que contiene verdades reveladas, las tres —y este es el punto que aquí interesa— regidas por una clerecía, formada exclusivamente de hombres que por elección divina se encuentran investidos de autoridad para interpretar la palabra. 

Son ellos, los clérigos, quienes transmiten en cada momento y por medio de rituales que solo ellos pueden celebrar, y en los que solo ellos toman la palabra, el verdadero y único sentido de la fe revelada. En las tres religiones, los libros sagrados son mudos hasta que alguien, con el poder derivado de su consagración como clérigo, interpreta lo que allí quedó escrito.

Las tres con largos tramos de sus respectivas historias en los que no solo era posible sino voluntad misma de Dios, Alá o Jehová morir o matar en defensa de la fe, una voluntad que se transforma en violencia despiadada sobre las cosas y las personas cuando los clérigos sienten amenazado el poder de vida y muerte que detentan sobre la sociedad.

 En la larga y sangrienta historia de las religiones, no es posible encontrar ninguna dotada de ritos que celebrar, de libro sagrado en que creer y de clérigos a quienes obedecer, que no haya servido como instrumento de muerte y desolación cuando el dios de los creyentes alcanza la categoría de único dios en el mundo, cuando del libro sagrado se derivan leyes que rigen la conducta de los miembros de toda la sociedad y cuando los clérigos reclaman para sí y conquistan el poder de erigir sus templos sobre las ruinas de los antepasados, de destruir estatuas que el paso del tiempo ha convertido en símbolos perdurables de otros cultos y otras creencias, o de enviar a disidentes y heterodoxos a la muerte, después de conducirlos en procesión por las vías públicas: los herejes o las pobres brujas que la santa Inquisición llevaba a la hoguera tras someterlos a refinadas torturas; esos desventurados cristianos degollados hoy como corderos ante la mirada del mundo.

Antes que derramar su sangre como mártires de la fe, los clérigos de las religiones de salvación, si pueden, si disponen de poder para hacerlo, o creen que ese poder corre peligro, derramarán la sangre del infiel o del hereje. Siempre lo han hecho, siempre lo van a hacer. 

Nosotros guardamos en la memoria alguna reciente experiencia de toda esta desgracia. En aquel estremecedor y admirable panfleto que será por siempre Los grandes cementerios bajo la luna, el católico Georges Bernanos, procedente de la derecha nacionalista francesa y testigo horrorizado en 1936 de las matanzas en Mallorca, en las que tomaba parte uno de sus hijos bajo el mando del impostor conde Rossi, dejó escrito que “el Terror habría agotado desde hace mucho tiempo su fuerza si la complicidad más o menos reconocida, o incluso consciente, de los sacerdotes y de los fieles no hubiera conseguido finalmente darle un carácter religioso”. 

Fue primero el terror implantado por militares y fascistas; luego llegaron los clérigos: la religión católica vino a sacralizar la práctica derivada de una política de muerte. No fue que los rebeldes, por creyentes, mataran; fue que los asesinos, para proseguir su acción hasta el exterminio, la revestían de aura sagrada y la tomaban como prenda de salvación: la alta clerecía había predicado una guerra santa, una cruzada contra infieles e invasores que, con la religión, destrozaban la patria; su destino no podía ser otro que la muerte.

La palabra yihad podrá significar, para los eruditos en la interpretación de textos sagrados, lo que quiera que sea: esfuerzo, ayuda, lucha de liberación. Da igual. Es una auténtica yihad vivida como guerra santa —si fueran cristianos: una cruzada— lo que hoy repiten, celebrando ese horrible ritual ideado para transmitirse a todos los confines del mundo por las redes globales, los matarifes del Estado Islámico bajo la atenta mirada de un clérigo, todo vestido de negro, que observa a corta distancia y con idéntica impasibilidad el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias."             (   , El País,  1 MAR 2015)

6/4/10

Obama es el anticristo... ¡te lo juro por cristo!

"Nueve militantes de extrema derecha han sido detenidos en una operación del FBI en tres Estados contra milicias y grupos cristianos fundamentalistas que planeaban atentados contra policías y funcionarios. Esta acción coincide con un clima de preocupación creciente por el tono radical que se ha impuesto en algunos ámbitos de la política y los medios de comunicación de EE UU. (...)

Es imposible olvidar, tras las detenciones anunciadas ayer, el título del mensaje que Sarah Palin publicaba la semana pasada en su página de Facebook: "Recarga" (reload, volver a cargar un arma de fuego).

Tampoco es fácil separar esta operación del FBI de la reciente encuesta que revelaba que una cuarta parte de los votantes del Partido Republicano creen que Obama es el anticristo.

El grupo intervenido por el FBI, precisamente en Michigan, se llama Hutaree y, como se puede leer en su página web, en la que exhiben una foto de sus miembros armados y en traje de camuflaje, sigue al pie de la letra las enseñanzas de la Biblia en pasajes como este: "Creemos que un día, como afirma la profecía, llegará un anticristo. Jesús quiere que estemos preparados para defendernos usando nuestras espadas".

Los fiscales acusaron ayer a los detenidos y a su líder, David Brian Stone, cuyo hijo ha logrado escapar, de "imponer una guerra contra Estados Unidos y oponerse por la fuerza a la autoridad del Gobierno de EE UU".

Hutaree planeaba, según la investigación, provocar una matanza de policías y desencadenar, de esa manera, una cadena de violencia que hiciese caer el poder federal en Washington." (El País, ed. Galicia, internacional, 30/03/2010, p. 9)

19/11/09

El odio... en estado puro...

"¿Y qué enseñan en la yeshiva de Yitzhar los rabinos Yitzhak Shapira y Yosef Elitzur? Que en determinados supuestos, y la laxitud produce vértigo, se puede matar a niños gentiles. Para estos rabinos, paladines del sionismo religioso, el árabe, el cristiano -todo gentil- es un ser inferior, a menudo peligroso, y siempre alguien digno de desconfianza.

¿En que circunstancias se puede matar a bebés? "Porque su presencia puede promover los asesinatos. Existe una razón para dañar a los niños si está claro que crecerán para hacernos daño... Está permitido dañar a los hijos de un líder para presionarle con el fin de que no actúe malvadamente... Hemos visto en la Halaja [ley religiosa judía] que incluso existe causa para matar a los bebes de gentiles que no violan las siete leyes otorgadas por Dios a Noé por la futura amenaza que causarán si son criados por gente malvada como sus padres", han escrito Shapira y Elitzur en su libro La Torá del Rey: leyes sobre la vida y la muerte entre los judíos y las naciones". (El País, 19/11/2009)

30/6/08

La violencia planificada, con excusa religiosa (en este caso), son la antesala del genocidio

“Tortura en campos de reeducación. Miles de opositores han sido obligados a pasar por cientos de instalaciones escolares donde los partidarios de Mugabe queman y mutilan a sus víctimas.

Zimbabue fue hasta hace poco un país. Ahora parece un gran campo de reeducación. Cientos de centros escolares son utilizados para encerrar y torturar a miles de opositores al presidente Robert Mugabe. Los veteranos de guerra, la policía y las agresivas milicias progubernamentales son los dueños de las calles.

Las organizaciones de derechos humanos han identificado centenares de "campos de reeducación", por los que han pasado decenas de miles de opositores -o sospechosos de serlo- en estos tres meses. Entre 90 y 500 personas, según diversas ONG han fallecido; algunos opositores han sido brutalmente mutilados o quemados, ante la connivencia -cuando no el aliento- de las autoridades. Cerca de 200.000 personas han acabado huyendo de casa para salvar la piel. El país está en ruinas y no sólo por el colapso económico. Se respira terror.

"Todo el mundo sabe dónde están estos campos terribles. En Harare hay unos cuantos, la mayoría, en instalaciones escolares. Las milicias han hecho lo que han querido", explica un diplomático occidental, quien añade: "Las detenciones son continuas y los abusos quedan impunes". (…)

La campaña de violencia sistemática ha sido planificada hasta el último detalle por el búnker del gubernamental ZANU-PF, el partido de Mugabe. Una vez repuestos de la estupefacción inicial por la derrota de marzo, los duros arrinconaron a los aperturistas y pusieron en marcha la Operación Makavhoterapapi, que en shona significa: "¿Dónde pusiste la cruz?". El objetivo: detectar a los que pusieron "la cruz" equivocada -votaron al MDC- y generar un entorno de terror que hiciera imposible una nueva derrota electoral de Mugabe en la segunda vuelta. Los miles que se registraron en la primera vuelta como observadores independientes o agentes electorales de la oposición creyendo que la democracia iba en serio fueron las primeras víctimas.

Al frente del dispositivo se colocó al Comité de Operaciones Unificadas (JOC), que agrupa a los altos mandos militares y policiales. Y como director, a Emmerson Mnangagwa, de 65 años, el más firme candidato a relevar algún día a Mugabe. Mnangagwa y al menos dos de sus compañeros del JOC ya dirigieron en los años ochenta las terribles masacres de opositores en Matabeleland, cuya capital es Bulawayo, que causaron más de 20.000 muertes. (…)

Algunas víctimas han relatado sus pasos por los "campos de reeducación" a las ONG: a todas, las milicias las fueron a buscar a casa y les retuvieron en algún caso durante días: "Me acusaban de haber vendido el país a los blancos y decían que nos iban a limpiar porque nuestro país no puede regalarse", explica un hombre de 32 años. Otro: "Me estuvieron pegando durante una hora y luego dijeron: 'Ahora estás bautizado; tus pecados han sido perdonados".

Alguna de estas reuniones llegó a encerrar a 70 personas simultáneamente, de las que seis murieron como consecuencia de las torturas. La violencia, coinciden las ONG, supera cualquier ola posterior a 1990 y también el nivel de brutalidad: algunos han sido apaleados hasta la muerte; otros, quemados vivos. Y algunos cadáveres, sostiene HWR, han sido encontrados con las lenguas y los labios cortados. "Los actos de terror que se han perpetrado son el preludio de todo politicidio o genocidio", concluye Genodice Watch, con sede en Washington." (El País, ed. Galicia, Internacional, 28/06/2008, p. 3)

21/5/08

Te denuncia tu socio

En las garras de Al Qaeda. Un informático iraquí pasó ocho días secuestrado en las mazmorras de una célula 'yihadista'. Sufrió torturas e intentaron matarle. (…)

"Demuéstranos que eres suní o te matamos". (…)

Tampoco pararon al día siguiente. Las mismas preguntas. Le dijeron que un amigo con el que trabajaba le había denunciado. Fue entonces cuando S. entendió que había sido su socio. Ambos regentaban una compañía informática, y su negativa a pagarle su participación cuando tuvo que huir de Irak terminó de confirmarle esa sospecha. "Al día siguiente vinieron para matarme; me ataron, me encapucharon, me obligaron a arrodillarme y me pusieron una pistola en la sien. Entonces, el verdugo apretó el gatillo varias veces, pero la pistola falló. Llamaron al jeque y le explicaron lo sucedido. Abú Husam les dijo que repitieran las comprobaciones porque a lo mejor yo era un buen musulmán y lo sucedido era un signo de su error. Me reconocieron que se equivocaban en un 20% de las ocasiones.

Habían pasado seis días desde que S. llegó a ese centro de detención clandestino y aún le quedaban 48 horas de horror hasta que sus captores le liberaran a cambio de 100.000 dólares, que su familia reunió a toda prisa. Hubo tiempo para una nueva ejecución fallida, y para que llamaran a un matarife que debía degollarle, a lo que se negó aduciendo que estaba cansado. Tal vez sólo fuera parte de las torturas, pero él llegó a verse muerto y ahora tiene la sensación de vivir una prórroga. (…)

En ningún momento notó tensión entre sus captores. "Todos se mostraban felices; les han lavado el cerebro y están convencidos de que matar es un mandato de Dios. El que mata a 25 alcanza el grado de jeque; con más se llega a emir, y finalmente, a emir de emires. Eso es lo que era Al Zarqaui, uno de los dirigentes más sanguinarios de la insurgencia iraquí, a pesar de ser jordano.” (El País, Domingo, 11/05/2008, p. 8)