Mostrando entradas con la etiqueta dd. Represión franquista Mallorca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dd. Represión franquista Mallorca. Mostrar todas las entradas

27/2/24

Centenares de falangistas les esperaban, junto con 3.000 asistentes. Colocaron a Jaume, Mateu y Ques de espalda, mirando a la tapia. A Darder, lo tuvieron que sentar en una silla. No se tenía en pie. Cada disparo era coreado por los asistentes, como en el circo

"Cementerio de Palma, 1950. Una mujer de mediana edad deposita un ramo de flores en la tumba de Emili Darder Cànaves. Han pasado 13 años desde que lo mataron, desde que ella y su hija dejaron Mallorca para sobrevivir en el exilio. Pero la añoranza es más fuerte que el miedo y han vuelto. La visita al camposanto es lo primero que hacen después de bajar del barco, explica a Llorenç Capellà en una entrevista publicada en el periódico Baleares el 28 de diciembre de 1986. “Cubrimos su tumba con claveles rojos y yo esparcí unos pétalos secos de una rosa que había guardado del ramo de novia de Emilia. Fue un acto simbólico. ¿Me comprende, verdad?”. Emili Darder no había tenido funeral, pero su mujer, Miquela Rovira Sellarès, y su única hija, Emilia, cerrarían muchas de las puertas que su asesinato dejó entreabiertas. Décadas después, eso sí.

Un valioso legado

Emili Darder es conocido como el alcalde más querido de Palma, aunque el tiempo que pasó al frente del consistorio fue cortísimo, 14 meses. Su biógrafa, Catalina Moner, lamenta que aún hoy en día se le recuerde, básicamente, por el mayor cargo político que tuvo. “Ante todo, Emili fue intelectual y médico. Su compromiso social le llevó a presentarse como regidor. Aseguraba que solo la cultura hace ciudadanos libres y, tanto en su etapa de concejal como en su mandato como alcalde, impulsó proyectos que mejoraron la educación y las condiciones sanitarias de hombres y mujeres”.

También se puede decir que fue de los primeros políticos feministas de España, según Moner. “Se preocupó de incluir medidas higiénicas y laborales específicas para las mujeres, como la cartilla de embarazo y los permisos para que las madres dejaran el trabajo y pudieran amamantar a sus bebés. Creó guarderías para los hijos de estas mujeres y comedores escolares para las familias más vulnerables”. Le bastaron pocos años para cambiar la ciudad, desde abril de 1931 hasta julio de 1936, con un parón entre octubre de 1934 y febrero de 1936, cuando fue suspendido de sus funciones a raíz de la Revolución de Octubre. La capacidad de trabajo y su liderazgo nunca fueron puestos en duda.
La caída

El 19 de julio de 1936 el comandante general de Baleares, Manuel Goded, declaró el estado de guerra y en pocas horas se hizo con el control de Mallorca e Ibiza. Empezaba la persecución a los “desafectos al Glorioso Movimiento Nacional”, en palabras del gobernador civil del archipiélago, Luis García Ruiz. Al día siguiente, Darder era detenido. Yacía en cama después de padecer una angina de pecho y lo trasladaron al Hospital Provincial. Lo encerraron en el castillo de Bellver y allí estuvo hasta que volvió al centro sanitario. Siete meses soledad y vejaciones. En febrero de 1937, lo juzgaron.

En la instrucción se incluyó a tres hombres más: el líder socialista Alexandre Jaume, el alcalde de Inca, Antoni Mateu, y el empresario de Alcúdia, Antoni Maria Ques. No tenían relación entre ellos. La única conclusión que han sacado los historiadores es que se quería dar una lección a la sociedad. Arnau Company, que ha estudiado la causa 978, lo explica así: “No eran cuatro procesados cualquiera, sino cuatro personalidades de la etapa republicana y, para las nuevas autoridades, traidores a su clase social. Por esta razón, demostraron que la mano de hierro de los nuevos dirigentes era inflexible”. Darder, Jaume, Mateu y Ques fueron sometidos a un consejo de guerra con todos los preceptos legales y, a pesar de que el fiscal pidió prisión para dos de ellos, el Tribunal sentenció que se les fusilara a todos. Era el 16 de febrero.

Últimas horas

Darder no sospechaba nada. Tanto él como el resto de encausados habían pedido no declarar durante el juicio y lo siguieron desde una sala adyacente de la Audiencia Provincial. La sentencia les fue comunicada la noche del 23 al 24 de febrero. Ese día, Miquela había podido verle. Era la segunda ocasión que tenía de estar cerca de su marido. Solo en Navidad y en la antesala de su muerte. Durante la estancia en el hospital se habían saludado. Emili se acercaba a la ventana y hacía señas a sus familiares, que estaban en la plaza esperando. Fueron los momentos más dulces de una experiencia perturbadora para el médico mallorquín. Cuando supo que lo fusilaban, escribió a su esposa: “Querídisima Miqueleta: ya ves que me condenan con la pena de muerte, a mí, que he sido siempre el hombre pacífico y más contrario a la revolución que hay”. No se lo podía creer. Miquela, no se lo había dicho. “Emilia y yo lo llenamos de besos. Estuvimos tres horas con él y nos despedimos con absoluta normalidad. No sé de dónde saqué la fuerza para fingir sabiendo que horas después estaría muerto”.

Fueron trasladados al Convent dels Caputxins y allí les atendió un sacerdote. Darder estaba muy débil “y tuvieron que darle la comunión con cucharilla”, explicó su viuda a Llorenç Capellà. Después, lo vio por última vez. El piso de su hermana Dolors se encontraba cerca del convento. “El coche estaba aparcado delante. Lo sacaron casi a rastras y lo empujaron al asiento trasero, donde quedó estirado”.

No presenciaron el asesinato, pero Miquela aseguró que oyó los tiros, uno detrás de otro. A poco más de un kilómetro, a las 7:30h de la mañana del 24 de febrero, se escenificaba la ejecución macabra.

Centenares de falangistas les esperaban. El socialista Ignasi Ferretjans habla de 3.000 asistentes. A ciencia cierta, no se sabe. Colocaron a Jaume, Mateu y Ques de espalda, mirando a la tapia. A Darder, lo tuvieron que sentar en una silla. No se tenía en pie. Cada disparo era coreado por los asistentes, como en el circo. 

La reconciliación

Cuarenta años después, el 24 de febrero de 1977, Emili Darder tuvo su funeral. Lo promovió la familia y en la homilía del sacerdote, Pere Llabrés, se habló de entendimiento. Fue el primer paso hacia el reconocimiento unánime que hoy día hay hacia su figura. Es Hijo Ilustre de Palma, tiene un instituto y un centro de salud a su nombre, una calle y un premio de educación, entre otras cosas. Cerca de su tumba se ha erigido el Mur de la Memòria y cada año, por estas fechas, se celebra un homenaje a las víctimas de la guerra civil y el franquismo. Darder se ha convertido en un símbolo.

Un año más, asociaciones, representantes de partidos políticos y ciudadanos se han reunido en el cementerio de Palma para recordar aquello que la mayoría no quieren que se repita. Nunca se había visto tantas personas en el Mur de la Memòria. Para el nieto de Darder, Ferran Cano, la vuelta a las instituciones de la extrema derecha ha sido el revulsivo: “Los que hoy no están aquí y se niegan a conmemorar el Día en recuerdo de las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo son los mismos que asesinaron a mi abuelo hace más de 80 años en esta tapia. Y lo volverían a hacer si pudieran”. Cano se refería a la ausencia de miembros del equipo de gobierno del consistorio en el acto. Es la primera vez que declinan formar parte en su organización. Maria Antònia Oliver, portavoz de la Plataforma per la Memòria Democràtica, lo considera “un agravio para cualquier demócrata”. Catalina Moner opina, también, que es un error: “La historia está llena de episodios que van más allá de las diferencias entre derechas e izquierdas. Hay que conocerla y no ocultarla”.

Polémicas aparte, Emili Darder es, en su tierra, un personaje conocido y querido, el hombre tranquilo que ejerció la medicina con entusiasmo, sin diferenciar el origen o la clase social del paciente al que atendía, el concejal revolucionario que puso en marcha el actual sistema de alcantarillado, el bibliotecario comprometido que no paró de adquirir obras de calidad para los potenciales lectores. Darder, el visionario. Darder, el intelectual. Darder, el pacífico."            (Mireia Balasch , El Salto, 26 feb 2024)

13/3/23

La Siberia Mallorquina: el campo de concentración franquista donde “ni los mismos guardias podían resistir”

 "Las condiciones de vida a causa del frío, que ni los mismos guardias podían en ocasiones resistir, eran de una dureza incalificable”. Así relata el historiador Antoni Oliver la deplorable situación en la que debían subsistir los presos del franquismo recluidos en el campo de concentración de Albercutx, ubicado en Pollença, en el extremo nordeste de Mallorca. Rodeado de bosque y bajo temperaturas gélidas, el lugar llegó a ser conocido por los reclusos como 'La Siberia mallorquina'. Al frío se sumaban, además, la pésima alimentación y los frecuentes castigos impuestos a los internos.

El de Albercutx fue tan solo uno de los más de veinte campos de concentración construidos en la isla durante la Guerra Civil. Mallorca fue, de hecho, uno de los primeros lugares del país en los que fueron erigidas estas instalaciones tras el golpe fascista de 1936. En la isla, los primeros campamentos vieron la luz entre diciembre de 1936 y enero de 1937. Las cárceles comenzaron a llenarse con tanta rapidez que muy pronto hubo que improvisar lugares donde recluir a los presos.

En este contexto, la acumulación de detenidos en Can Mir, la prisión provincial y el Castell de Bellver llevó a las autoridades franquistas a plantearse, coincidiendo con las nuevas necesidades defensivas de Mallorca, trasladar a los reclusos a los campos de concentración itinerantes que fueron abriéndose a lo largo de la costa de la isla, donde eran obligados a trabajar en la construcción de carreteras y otras obras públicas y a dormir en los reposaderos del ganado, en barracones de madera o en tiendas de campaña. 

Pollença, punto estratégico para las fuerzas fascistas

En el caso del campamento de Albercutx, éste se encontraba situado próximo a la bahía de Pollença, en la actualidad uno de los principales núcleos turísticos de la costa norte de Mallorca y, durante el conflicto bélico, punto estratégico para los intereses de las fuerzas fascistas, al igual que durante siglos anteriores lo había sido para las rutas comerciales del Mediterráneo occidental. Frente a sus costas perdió la vida Ramón Franco Bahamonde, comandante de aviación en Balears y hermano del que a la postre se convertirá en dictador del país durante cerca de cuarenta años, cuando su hidroavión, nada más despegar, se precipitó en barrena sobre el mar. Muy cerca de la zona, el aeródromo de Pollença se convirtió en la principal base de operaciones de la Aviazione Legionaria italiana desplazada a España para apoyar a los sublevados.

La finalidad del campamento de Albercutx era, principalmente, la construcción de la carretera que unía –y une– el Port de Pollença y Alcúdia, además de la ejecución de una nueva vía que debía enlazar el Port de Pollença y Formentor con Sa Talaia, torre de vigilancia construida en el siglo XVII frente a las frecuentes incursiones de piratas y corsarios. Los presos del campo de Albercutx también intervinieron en la construcción de tres piezas antiaéreas y tres dependencias destinadas al destacamento militar allí desplegado. Las obras de la carretera se dieron por finalizadas en marzo de 1941 y, en la actualidad, una placa ubicada al inicio del camino hacia la torre recuerda quiénes fueron sus constructores. A 380 metros sobre el nivel del mar, la atalaya constituye en la actualidad uno de los miradores más privilegiados de la isla.

El vendaval que arrasó 'La Siberia Mallorquina'

“Los prisioneros contaban que un vendaval (allí eran frecuentes) arrasó el campamento hecho de barracas de madera y lo tuvieron que construir unos metros más abajo”, relata la historiadora Maria Eugènia Jaume Esteva, autora del libro Esclaus oblidats. Els camps de concentració a Mallorca (2019, Documenta Balear), uno de los últimos trabajos realizados en torno a estos centros de reclusión.

No en vano, Oliver señala que las condiciones de vida más duras se dieron en 'La Siberia Mallorquina', que comenzó a recluir a prisioneros a partir de octubre de 1937 y permaneció abierta hasta después de finalizada la Guerra Civil. En plena Serra de Tramuntana, el campamento tenía una capacidad media para cien personas y, como apunta el historiador, una casa de madera “tal vez inicialmente de 'nevater' albergaba a los detenidos”. La primera ola que llegó al campo estaba compuesta por 82 reclusos procedentes del campo de concentración de Son Amoixa, situado en Manacor. Como explica Jaume, las instalaciones de Albercutx, de carácter militar, parecían más bien un campamento civil dado que los presos que acabaron recluidos en él eran considerados no aptos para ir al frente, ya que “sus tendencias políticas eran consideradas demasiado de izquierdas o liberales para poder presentarlos”.  

Conducidos en vagones de ganado

A las afueras del municipio de Artà, al nordeste de Mallorca, aún se aprecian las ruinas de otro de los campos de concentración que el franquismo levantó en la isla y donde los prisioneros sufrieron duras condiciones: el Son Morey, en s'Alqueria Vella. Al anochecer de un día de diciembre de 1941, llegó hasta la estación del tren un batallón de trabajadores procedentes de la península. Uno de aquellos prisioneros, Roque Yuste Giménez, relata en sus memorias, Añorando la República, cómo los introdujeron “en vagones de ganado para no perder la costumbre de maltratarnos”. Una vez en la estación, pasaron la noche “dentro de los almacenes y corrales como si fuésemos mercadería a punto de ser embarcada”, apuntaba, por su parte, Aurelio Conesa, otro de los presos que vivió el aciago día a día del campamento. Su relato se encuentra recogido en L'últim estadà de l'inhòspit (1993, revista Bellpuig), del investigador Pere Ginard.

Al día siguiente, temprano, todos ellos partieron por empinados caminos de carros hacia Son Morey, donde se instalaron tiendas de campaña. “En cada una colocaron a unas 50 ó 60 personas. Estábamos tan estrechos que creo que, a la hora de dormir, si uno se quería girar debíamos hacerlo todos juntos”, manifestaba Conesa.

“Mi padre había pasado tanta hambre que no quería volver a sufrirla más”

Respecto a la alimentación, uno de los testimonios más duros que se conservan es el de Federico Álvarez Pérez. Su hija, Maria Leonor, recuerda que, tras su paso por el campo de concentración, su padre puso una condición en casa: “La mesa debía estar siempre llena para comer, con mucha comida. Y así fue. Yo era la mayor de seis hermanos y siempre vi una mesa llena de comida. Mi padre había pasado tanta hambre que no quería volver a sufrirla más. Todo lo que ganaba se lo daba a mi madre, que era quien administraba la casa. Él solo se quedaba dinero para ir a tomarse un café...”.

Sus manifestaciones quedaron plasmadas en la obra Esclaus per fortificar Mallorca. Els presos de Franco a Artà (1941–1942), de Jaume Morey Sureda (2016, Lleonard Muntaner). Hasta un total de 739 hombres fueron destinados a la construcción del camino a la 'Posición Farruch', donde se instalaría una batería de defensa incluida en el conocido como 'Circuito estratégico'. Las humillaciones eran frecuentes y las condiciones, difíciles de soportar. No en vano, Conesa, entrevistado por Morey, explicó que el primer día de trabajo uno de los presos no pudo resistir la dureza del traslado y acabó falleciendo. Al día siguiente lo trasladaron a Artà para enterrarlo en la fosa común del cementerio. La dureza de las labores que debían llevar a cabo, el régimen disciplinario, las pésimas condiciones higiénicas y el escaso alimento provocaron que algunos de los presos fuesen trasladados al hospital militar de Palma.

Castigados “por su ideología”

Como abunda Maria Eugènia Jaume, los prisioneros de Franco en Mallorca fueron obligados a llevar a cabo trabajos forzados “como castigo por su ideología”. Más de 300 kilómetros de carreteras, puentes, aeródromos, una línea ferroviaria que nunca se finalizó y más de 150 nidos de ametralladora fueron construidos por los más de 10.000 hombres que entre 1936 y 1942 pasaron por los diversos campos de concentración de la isla. “Estos individuos estuvieron expuestos a todo tipo de humillaciones, maltratos e inclemencias meteorológicas durante las construcciones, en algunas ocasiones inútiles”, abunda. 

Los trabajos a los que fueron obligados los vencidos de la Guerra Civil son, a juicio de Jaume, el resultado de la utilización de la mano de obra esclava en busca de rédito económico y logístico. “Los cientos de kilómetros y las infraestructuras construidas van mucho más lejos de un espacio de tiempo dada su magnitud histórica”, señala la historiadora, quien incide en que la dureza de estos trabajos se convirtió en crucial en un momento en que el temor al ataque enemigo impedía pensar en nada más allá que en levantar fortificaciones para la defensa de una isla estratégicamente situada en el Mediterráneo."                (Esther Ballesteros , eldiario.es , 5 de marzo de 2023)

16/12/22

Las instituciones religiosas ejercieron un papel fundamental en las prisiones femeninas de la posguerra. Las monjas obligaban a las mujeres a bautizarse, y también las chantajeaban practicar el catolicismo a cambio de recibir agua caliente para poder limpiar los “parches” que usaban para limpiarse durante la menstruación

 "(...) El chantaje de las instituciones religiosas

Las instituciones religiosas ejercieron, además, un papel fundamental en las prisiones femeninas de la posguerra. Como apunta Ginard, las mujeres constituyeron un colectivo clave desde el punto de vista de la recatolización de España tras la experiencia laicista de la II República, lo que llevó a las mujeres a ser obligadas a bautizarse, como sucedió en el caso de Matilde Landa, y llevaran a cabo prácticas religiosas. Asimismo, las mujeres eran chantajeadas a practicar el catolicismo a cambio de recibir agua caliente para poder limpiar los “parches” que usaban para limpiarse durante la menstruación. 

 En este contexto apela Ginard a entender la recuperación de las funciones atribuidas tradicionalmente a las monjas dentro de los centros de reclutamiento femenino de la posguerra, inspiradas en las tradicionales casas correccionales que tuvieron una notable presencia durante la Restauración borbónica.

Como apunta el historiador en su libro, la represión constituye un ejemplo paradigmático del “sempiterno problema” de la invisibilidad de la mujer como sujeto histórico. “Se trata de un fenómeno en que las formas específicas de violencia física y moral que afectaron de manera más singular a las mujeres fueron precisamente las que dejaron menos vestigios documentales aptos para ser usados por los historiadores”, incide. (...)

Represión en los barrios obreros

Esta represión tuvo una relevancia importante en barrios populares como La Soledat (Palma), con una tradición obrerista y de izquierdas muy marcada. A través del testimonio de una vecina anarquista del barrio, Julia Palazón, se conoce que la represión hacia las mujeres en La Soledat tuvo, sobre todo, esa dimensión: había listas de mujeres “rojas” a las que les rapaban la cabeza, las sacaban a “pasear” por el barrio y les hacían beber aceite de ricino en la antigua Casa del Pueblo de Palma, reconvertida posteriormente en un local de la Falange.

Por otro lado –y por los mismos motivos, a saber, por esta conducta patriarcal–, era poco frecuente que les aplicaran la tipología de delitos más graves –con sus consiguientes penas máximas–, como rebelión militar: se las condenaba, en cambio, por penas tipo “auxilio” o “seducción” a la rebelión. “Es esta consideración de la mujer como menor de edad, como una persona incapaz de tener una mínima solvencia ideológica”, afirma Ginard.(...)"                    (Esther Ballesteros / Nicolás Ribas, eldiario.es, 9 de diciembre de 2022)

4/11/22

Rogelio, un zapatero que se ha convertido en el encargado de la fábrica de zapatos Minerva, es encarcelado por la denuncia de un compañero de trabajo, Antonio Timoner, que anhelaba su puesto de encargado y lo ha acusado de difundir noticias alarmantes de corte izquierdista... su esposa Francisca, devota, había ido a rezar al Crist de la Sang. De repente, escuchó alboroto en la entrada de la iglesia. “Se quedó completamente paralizada al ver a unos veinte presos, con el mismo aspecto que su marido, que subían cansados las escaleras escoltados por soldados con sus fusiles al hombro. Apartaron a Francisca con un grito seco de 'cuidado' y los obligaron a besar el cristo a golpe de culata. Era una parada obligatoria antes de escuchar el último estruendo de su vida: una descarga de pólvora y metal” el padre Atanasio obligaba a los presos a besar la cruz que portaba colgada de un cordón atado a la cintura. En uno de los casos en el que el detenido, Miquel Òleo, se negó a ello, el 'padre Santanasio' -como se le conocía en Can Mir- lo agarró del cabello y le restregó el crucifijo por los labios hasta hacerle sangrar

 "Dos hombres aporrean la puerta de una vivienda situada en la calle Aragón de Palma. El estrépito sobresalta a Francisca Puigserver, quien se encuentra con su hijo Rafael, el quinto de siete hermanos, que ese día no ha ido al colegio ante las noticias que llegan de Madrid: 'España está en guerra', rezan los periódicos. 

Es el 19 de julio de 1936. Al abrir la puerta, dos guardias civiles le preguntan dónde se encuentran su marido, Rogelio, y su hermano, Miguel. Como no están en casa, le indican que, cuando regresen, se dirijan al cuartel. En solo un instante, el día se ha tornado pesadilla para Francisca, a quien un torbellino de pensamientos comienza a abordarla, preguntándose qué puede haber hecho Rogelio, un zapatero que, a sus 41 años, se ha convertido en el encargado de la fábrica de zapatos Minerva, en el barrio palmesano de Santa Catalina.

Junto a su cuñado, Rogelio Fernández Aguiló se dirige a las dependencias de la Benemérita tras recibir el mensaje de su mujer. Está tranquilo y convencido de que todo aquello es un malentendido. Sin embargo, ese día ninguno de los dos regresará a casa. Ni al siguiente, ni al otro. Un compañero de Rogelio que anhelaba su puesto de encargado, Antonio Timoner, lo ha acusado en falso de difundir noticias alarmantes de corte izquierdista, unos hechos por los que, durante los siguientes 18 meses, permanecerá encerrado en el navío Jaume I, en el almacén de maderas reconvertido en cárcel franquista Can Mir y en los campos de concentración de S'Àguila y Son Granada, en Llucmajor (Mallorca), a pesar de que su caso será archivado mucho antes por los tribunales.

Más de ochenta años después, su bisnieto, Antoni J. Escanellas, ha recuperado la historia de Rogelio y, junto a ella, las numerosas postales que escribió y recibió durante su cautiverio y que, desde entonces, su familia ha mantenido guardadas como oro en paño. Las ha dado a conocer en el libro Ficha nº 15. Postales contra el olvido, recientemente publicado por Dolmen Editorial. Junto a las misivas, el zapatero elaboró con sus manos agujas, cajas de alfileres, anillos, pipas, colgantes y otros objetos que hacía llegar a sus familiares por correo.

En Mallorca, convertida en punto estratégico para los intereses de las fuerzas fascistas, la represión fue especialmente dura y, de hecho, fue uno de los primeros lugares de España donde comenzaron a instalarse campos de trabajo forzados para los prisioneros, como aquellos en los que Rogelio permaneció encerrado. Pero, sobre todo, la actividad más intensa se centró en los hombres encarcelados en Can Mir, tras cuyos muros también fue prisionero y donde se implementó y normalizó la práctica de las 'sacas': los presos eran 'liberados' y, conducidos bajo engaño por grupos de falangistas, acababan asesinados en las cunetas de las carreteras.

Detenidos “por rojos”

En el cuartel de la Guardia Civil, adonde ha acudido Rogelio, uno de los detenidos pregunta por qué se encuentran retenidos. Sin titubeos, uno de los agentes responde: “¡Por rojos!”. Y, desde ahí, los conducen hasta el barco Jaume I, buque de Trasmediterránea que cubre de forma habitual la ruta entre Palma y Barcelona y que ha acabado convertido en cárcel flotante. Como explica Escanellas, fue ahí donde su bisabuelo supo que los golpistas lo habían militarizado todo. Los detenidos, confinados en las bodegas con las compuertas cerradas a cal y canto, pasaban las horas esperando a que alguien acudiera a darles una explicación, “alguien a quien contar que eran solo gente normal que trabajaba en la industria zapatera de la isla y que Rogelio había ganado un premio al zapato mejor elaborado y diseñado”.

No en vano, Rogelio estaba convencido de que el golpe de Estado finalizaría en unas horas. Días, quizás. “Ese era el pensamiento general, lo que la mayor parte de los detenidos pensaba. Que era una rabieta de los militares, pero que llegarían a un acuerdo rápidamente. Pero nunca llegaron a un acuerdo, nadie habló con nadie. Y pasaron las semanas, y los meses...”, relata Escanellas, periodista y filósofo.

Tinta borrada por las lágrimas

Mientras tanto, desde ese 19 de julio, Francisca pasa las horas en soledad. Permanece siempre callada, en una esquina, cabizbaja, mientras las lágrimas ruedan por sus mejillas, como aquellas que se derramarían sobre una de las numerosas postales enviadas a Rogelio. Se encontraba ya prisionero, bajo la inscripción Ficha 15, en el campamento de Son Granada, en Llucmajor. Con la tinta borrada por las gotas saladas, Isabel, una de sus hijas, transcribe lo que Francisca le va dictando: “Apreciado esposo y padre, sirva la presente para manifestarte nuestro buen estado de salud, deseando que la suya igual, por lo que damos gracias a Dios...”.

Sin embargo, antes de que Rogelio recale en la antigua posesión de Son Granada, son numerosas las vicisitudes que vivirá y las postales que recibirá. Desde el cuartel de la Guardia Civil lo han conducido a Can Mir, ubicado en el mismo solar donde en la actualidad se levanta el popular cine Augusta, tras cuyos muros los prisioneros pasan los días entre chinches, ratas y humedad, esperando la muerte, llegue o no. Las cartas son el único modo de comunicarse con las familias y, por ello, Rogelio enseña a escribir a quienes no saben mientras manipula pequeñas maderas con las manos. “Era la única forma de no volverse loco allí”, relata su bisnieto. La nave, de unos mil metros cuadrados, llegó a confinar al mismo tiempo, en un “ambiente nauseabundo”, a 1.004 prisioneros “dando incesantes vueltas por aquel antro”, como dejó constancia otro de los internos que permaneció tras sus rejas, el músico, escritor y político Lambert Juncosa.

Meses después hacía su aparición en Can Mir el padre Atanasio de Palafrugell, quien acompaña a los presos antes de morir y, en determinados casos, la única persona a la que pueden ver antes de ser asesinados. El cura, explica Escanellas, aprovechaba “todos los minutos para intentar conseguir, por todos los medios, que confesaran que se habían equivocado creyendo en sus convicciones y que pidieran perdón a Dios”. Como documentó el investigador Manel Suárez Salvà, autor del libro La presó de Can Mir. Un exemple de la repressió franquista durant la Guerra Civil a Mallorca (editorial Lleonard Muntaner), el eclesiástico obligaba a los presos a besar la cruz que portaba colgada de un cordón atado a la cintura. En uno de los casos en el que el detenido, Miquel Òleo, se negó a ello, el 'padre Santanasio' -como se le conocía en Can Mir- lo agarró del cabello y le restregó el crucifijo por los labios hasta hacerle sangrar. 

Rezos al Crist de la Sang

Uno de aquellos días, Francisca, devota, había ido a rezar al Crist de la Sang. De repente, escuchó alboroto en la entrada de la iglesia. “Se quedó completamente paralizada al ver a unos veinte presos, con el mismo aspecto que su marido, que subían cansados las escaleras escoltados por soldados con sus fusiles al hombro. Apartaron a Francisca con un grito seco de 'cuidado' y los obligaron a besar el cristo a golpe de culata. Era una parada obligatoria antes de escuchar el último estruendo de su vida: una descarga de pólvora y metal”, relata Escanellas. “Solo cuando pasó el último y estuvo convencida de que ninguno de ellos era Rogelio, soltó el aliento”, añade. Pocas semanas después, Mallorca y Eivissa ya se habían entregado a los fascistas.

La Navidad está próxima. Entre la algarabía que llega del exterior, culatas y porras en mano, Rogelio piensa en su familia, y decide escribir una postal. Se dirige de inmediato al escritorio -una tabla sobre la que se puede apoyar el papel y el lápiz- y coge la pluma entre sus manos. Las palabras comienzan a brotar sobre el papel: “En la Navidad florida, Navidad de pavos y hornazos, acercaos vidas mías, quiero daros unos abrazos”. Enmarcando estas líneas, en verde y rojo, flores y una paloma. Después le da la vuelta a la postal y escribe: “Sra. Dña. Francisca Puigserver. Apreciada esposa, hijitos y madrina, cuñados y cuñadas, madre y hermanos, a todos me dirijo en tan memorable día de Navidad, que para mí es muy triste al no poder cumplir como buen padre, de llevar a mis hijitos el pavo...”. Y, en un hueco vacío que aún queda, añade: “Si yo fuese palomita en tan memorable día, os haría una visita en nuestra casa o casita bendita”. Es el 22 de diciembre de 1936.

Casi dos meses después, Rafael, de diez años y el quinto hijo de Rogelio y Francisca, le envía una carta a su padre en la que le cuenta que “todos los días yo y mi madrecita vamos a la iglesia de San Antonio de Padua. Mi madrecita le reza y me hace decir: 'San Antonio bendito, mandarás a casita a nuestro padrecito, que era tan bueno para todos, y devolverás la alegría a nuestra casita'. Confío que San Antonio hará este milagro, porque yo soy muy bueno...”.

“Rogelio se olvidará de la política si eso significa continuar vivo”

Francisca intenta, mientras tanto, reunirse con el padre Atanasio. La acompañan sus hijos. Le explica -relata el periodista- que son una familia creyente, que nunca han faltado a misa, que Rogelio es un buen hombre y que “es cierto que se hizo del partido socialista que prometía una mejora para las clases bajas, y que ellos eran clase baja”. En ese instante, la mirada del capellán se enturbia. No quiere oír nada más ni escuchar cómo le dice la mujer que su marido se olvidará de la política si eso significa continuar vivo. Atanasio les conduce hasta la salida para que se marchen y cierra la puerta a sus espaldas. 

 En Can Mir, Rogelio puede recibir de su familia cestas de mimbre con pequeños utensilios, ropa y enseres de higiene personal, porque Francisca y sus hijos viven muy próximos a la prisión. Sin embargo, pronto dejarán de estar tan cerca de él porque el antiguo almacén de maderas comienza a estar atestado de presos y hay que buscar una solución. Coincidiendo con las nuevas necesidades defensivas de Mallorca, las autoridades deciden trasladar a los detenidos a los campos de concentración itinerantes que comienzan a instalarse a lo largo de la costa de Mallorca. Allí son obligados a trabajar en la construcción de carreteras y otras obras públicas y a dormir en los reposaderos del ganado, en barracones de madera o en tiendas de campaña. Rogelio y su cuñado, Miguel, son dos de ellos.

Nuevo destino: s'Àguila de Llucmajor

En este contexto, en mayo de 1937 las autoridades deciden enviarlos a la finca de s'Àguila, una posesión situada en la marina de Llucmajor. En el tren viajan junto a otros ocho prisioneros. A su llegada a la estación, un camión los conduce a su nuevo destino, un solar de 1.750 'cuarteradas' (7.103 metros) dedicado esencialmente a la cría de pastos y ovejas y a la producción de lana y queso. Ellos dormirán en el suelo de unos barracones. Pero, pese a las pésimas condiciones, señala Escanellas, a su bisabuelo s'Àguila le parece “un remanso de paz, cerca del mar y en medio del campo”. Allí trabajarán construyendo muros y paredes y arreglando calles y carreteras. Rogelio tampoco se librará de las advertencias de los guardias, quienes le aperciben de la presencia de un pozo que se convertirá en el nuevo cementerio de la finca. “Allí lanzaban a los problemáticos”, asevera el autor de Ficha 15.

Las postales, de nuevo, no cesan. Con el sello de la censura militar, el 12 de mayo recibe noticias de su familia: “Queridísimo y nunca olvidado esposo y padre, sirva la presente para manifestarte nuestro buen estado de salud, deseando de todo corazón que tú goces de igual beneficio, que es lo principal y por lo cual damos gracias a Dios”. Unos días antes, Rogelio les había escrito para saber de ellos y encargarles varios enseres para sobrevivir en el campamento. Francisca le responde: “Sabrás que ya tenemos el colchón en nuestro poder, por lo tanto no pases pena. Esperamos por aquí que te gustará. A la primera ocasión te mandaremos todo lo que pides. Ya nos mandarás a decir los días que te podemos escribir y mandar la ropa, si es que lo sabes. Recibirás muchos recuerdos de la padrineta, de tu madre, hermanos, tíos, y de todos tus queridos hijitos millones de besos, como de tu querida esposa que nunca te olvida”.

En poco tiempo le llega el colchón prometido y ya no tiene que dormir en el suelo. Escanellas explica que en s'Àguila, Rogelio es considerado como un preso que no da problemas y, por ello, no le castigan más allá del trato de esclavitud del trabajo forzado. “Tiene tiempo para descansar, para escribir postales y para pensar, al hacer, con trozos de madera y otros materiales, pequeños objetos, pequeños materiales para enviarlos a la familia”, narra su bisnieto, quien subraya que todo eso es, para Rogelio, “la máxima expresión de amor desde que le encerraron aquel fatídico 19 de julio de 1936”. Nunca habían podido enviarse tantas cosas y tantas postales.

“Yo soy zapatero”

Uno de esos días, Rogelio observa que uno de los guardias lleva la bota rota. Al preguntarle por qué, le responde que allí no hay quien se la arregle y que tampoco tiene tiempo de llevarlas a ninguna parte. Mirándole a los ojos, de tú a tú, el prisionero se estira y da una calada al pitillo: “Yo soy zapatero”, le dice. A partir de ese momento, comenzará a trabajar más arreglando calzado que como obrero de carreteras. “Lo hace tan bien que pronto se corre la voz de que los zapatos que arregla no vuelven a romperse, porque trabaja a conciencia. Siempre lo ha hecho, por eso era el encargado de la fábrica”, recuerda su bisnieto. Hilo, trozos de piel, cola y agujas es todo lo que necesita. Los soldados son sus clientes más numerosos. Por la noche elabora anillos para sus familiares: “Francisquita mía, ya me dirás si los anillos os han venido bien porque veo que os han gustado”, le escribe a su mujer.

El 11 de julio de 1937, Francisca envía una nueva postal, pero esta vez le viene devuelta. Teme lo peor. Como señala Escanellas, s'Àguila tiene fama de ser un cementerio, sobre todo “por su terrorífico pozo”. Por eso, acompañada de los pequeños, de inmediato acude a Can Mir para preguntar por su marido. Un administrativo le informa de que lo han enviado a Son Granada, una posesión próxima a s'Àguila. Miguel, el hermano de Francisca, también está con él.

Los días de verano se hacen eternos en Son Granada. Es agosto y la guerra atraviesa su fase más cruda. Tras el paso del otoño y con la llegada del invierno, Rogelio hace todo lo posible por preparar una visita con su familia, aunque la burocracia para ello se hace interminable y las autoridades son implacables. “Cada negativa al permiso de ver a su familia es un golpe duro para la moral de un hombre que ya lleva más de un año encerrado. Necesita ver una cara familiar”, subraya su bisnieto.

Pero un día, llega la gran noticia. Y, de inmediato, coge papel y lápiz: “Apreciadísima esposa, hijita e hijitos, padrineta y toda la familia. Yo bien, igual deseo para vosotros gracias a Dios. Francisca, lo del permiso ya lo tengo, podéis venir el domingo como me indicáis, y así me lo ha concedido mi señor teniente en jefe del campamento. El domingo os espero con los brazos abiertos, si Dios quiere”. Es el 14 de noviembre de 1937. Poco después, con las manos temblorosas, su hija Isabel se dispone a responderle mientras Francisca le indica las palabras: “Apreciado padre. Todos estamos bien, igual para vos deseamos, a Dios gracias. El domingo 21 vendremos a abrazaros por fin, Dios nos lo ha concedido. Recuerdos de todos, besos de vuestra hija, hijitos y el corazón de tu esposa, Francisca”.

El reencuentro

Los nervios comienzan a contagiarse. Hay que decidir quién acude hasta Son Granada. Creen que es mejor que Francisca vaya sola, pero al momento descartan la idea. Finalmente, irá con su hermano Paco. Dos días después, ambos ya van montados en el tren con destino a Santanyí, que les apea en la parada de s'Arenal de Llucmajor. Tras caminar un buen trecho hasta el campo de concentración, la visión es dantesca: “Gente por aquí y por allá, algunos volvían reventados de trabajar, sucios y acompañados siempre por un par de soldados imberbes a quienes los presos duplicaban la edad”, explica el periodista. Un soldado va a buscar a Rogelio. Cuando el guardia regresa con él, el recluso observa un perfil de traje negro que asoma tras el militar: es Francisca.

“Tienen un par de minutos”, les indica. Francisca encuentra ante ella a un hombre muy delgado y tapado -hace mucho frío- y que ha perdido pelo, ya blanco. A su alrededor, colchones por el suelo y mantas viejas y raídas que arropan a enfermos y heridos. Se abrazan tímida y temerosamente, con la emoción contenida, y, sin dejar de mirarse, comienzan a hablar. Él le cuenta que está bien de salud, que trabaja como zapatero y que tienen a un cocinero que prepara guisos de verduras y poco más, con algún hueso... Pero por lo menos no es aquel caldo de boniato que les daban de rancho en Can Mir. Ella le explica qué tal está la familia. Se encuentran en el auge de su conversación cuando, de repente, se escucha: “¡Se acabó el tiempo!”. Ella se levanta enseguida y se va. Rogelio se queda con un palmo de narices porque, con los nervios y el miedo, Francisca ni siquiera se ha despedido de él.

Días después, el 7 de diciembre, Rogelio se levanta con un fuerte dolor de estómago, un “malestar de nervios”, como señala Escanellas. Horas más tarde escucha un fuerte estruendo, el de una escuadra de aviones que llega desde el mar. Alguno por detrás susurra: “Son de los nuestros”. Después, truenos de fondo, revuelo de alarmas y mucho humo. Al llegar la calma, Francisca sale a la calle. Solo ve a gente correr y la imagen que se le presenta no la olvidará en la vida. Cerca de su casa, el suelo de las Avenidas ha sido bombardeado y la porta de Sant Antoni está completamente destruida. Los periódicos hablan al día siguiente de siete muertos y más de cuarenta heridos.

“Es usted libre”

Apenas unas semanas después llegan las Navidades, las segundas que Rogelio pasará encerrado. No sabe si lo podrá soportar. “Está convencido de que no le soltarán, y eso que el nuevo nacionalcatolicismo es muy de aprovechar fiestas religiosas para hacer 'buenas obras', pero todavía es tiempo de guerra y nada hace pensar que lo tratarán de manera especial. Él nota que allí no le importa a nadie”, relata su bisnieto. “[...] Os pido de corazón que os conforméis, que los hay que están peor, y confiad en Dios, que pronto ha de volvernos a dar la dicha, como vivíamos antes [...]”, escribe Rogelio a su familia. Con la catedral de Palma en el reverso del papel, no sabe, sin embargo, que será la última postal que enviará.

 Ese mismo fin de semana, Francisca acude a rezar al Crist de la Sang y piensa en ir de nuevo a hablar con el padre Atanasio. Una vez delante del eclesiástico, le pregunta sin tapujos por qué su marido, sin haber sido sometido a juicio alguno, lleva tanto tiempo encerrado. Le implora que haga algo mientras le recuerda que ella y su familia son creyentes de toda la vida. Unos días más tarde, el cura habla con el director de Son Granada. Las distintas personas a las que se les pregunta coinciden en resaltar su buena actitud de Rogelio, padre de familia y gran trabajador. El jueves 6 de enero de 1938, su nombre suena por boca de uno de los soldados. Junto a otros presos, es empujado al interior de un camión con un macuto a la espalda y un hatillo al hombro. Algunos lloran, sabedores de que el vehículo se dirige al cementerio de Llucmajor. Rogelio acepta el destino, sea el que sea. Al pasar por la estación de tren de s'Arenal, el camión frena y un soldado se dirige a uno de los reclusos. “Es usted libre”. Es Rogelio Fernández, quien ese mismo día regresará a casa.

Horas más tarde, unos nudillos tocan la puerta mientras Francisca y los demás se encuentran absortos con los preparativos de la noche de reyes. Quien sale a abrir es Paco, uno de sus hermanos, que no reconoce al hombre que tiene delante, delgado, con el cabello corto y barba de tres días, enfundado en ropa vieja. Francisca se queda sin aliento y aferra a su marido por el cuello. El ya exrecluso ya no volverá a trabajar en Minerva y montará su propio taller en casa, en el que “siempre cobró poco a quienes tenían poco, mucho a quienes tenían más, y nada a quienes lo necesitaron”, recuerda Escanellas. Nunca volverá a hablar en público de política. Por la noche, al terminar de cenar, sube a su habitación y coge con sigilo un pequeño transistor: “Aquí Radio España Independiente, estación Pirenaica, la única emisora sin censura de Franco...”, anuncian las ondas. Al cabo de un rato se queda dormido.

No hace mucho, la madre de Escanellas le enseñó a su hijo una caja muy antigua en la que custodiaba una extensa colección de postales. Son las que se enviaron Francisca y Rogelio, quienes permanecieron juntos hasta el final, y las que dieron pie a esta historia. El periodista asevera que, una vez cerradas las galeradas de su libro, se produjo un hecho singular: la causa judicial contra su bisabuelo y otros cinco acusados fue desclasificada. El periodista pudo tener acceso así a interrogatorios y demás documentos, uno de los cuales le dejó sin palabras: Rogelio había sido absuelto por falta de pruebas el 21 de abril de 1937. Sin embargo, aún permaneció encerrado nueve meses más, hasta el día de reyes de 1938, sin poder volver junto a su familia."                (Esther Ballesteros, eldiario.es, 28/10/22)

4/10/22

Cómo los esclavos del franquismo sirvieron para construir la Mallorca del 'sol y playa'... Más de 200 kilómetros de red viaria -muchas de ellas todavía en uso, sobre todo en temporada alta-, puentes, acueductos y más de 150 nidos de ametralladora fueron construidos por prisioneros recluidos en más de una veintena de campos de concentración de la isla

 "Un telegrama acaba de llegar a Mallorca desde el Ministerio de Defensa. Fechado el 22 de noviembre, da el visto bueno al 'Anteproyecto del ferrocarril militar de la estación de La Puebla al Puerto de Alcúdia'. Es 1938 y el aeródromo de Pollença, próximo a Alcúdia, se ha convertido en la principal base de operaciones de la Aviazione Legionaria italiana desplazada a España para apoyar a los sublevados. A favor del nuevo trazado se muestra Ramón Franco Bahamonde, comandante de aviación en Balears y hermano del que a la postre se convertirá en dictador del país durante cerca de cuarenta años. Su papel es determinante a la hora de autorizar las obras del ferrocarril, presupuestadas en 1,9 millones de pesetas. Los trabajos, sin embargo, no verán la luz, pero se convertirán en paradigma de los trabajos forzados a los que serían sometidos en la isla los presos del franquismo.

La bahía de Pollença, en la actualidad uno de los principales núcleos turísticos de la costa norte de Mallorca, fue durante el conflicto bélico punto estratégico para los intereses de las fuerzas fascistas, al igual que durante siglos anteriores lo había sido para las rutas comerciales del Mediterráneo occidental. Frente a sus costas perdió la vida, precisamente, el propio Ramón Franco –tan solo un mes antes de que las obras del tren fuesen aprobadas– cuando su hidroavión, nada más despegar, se precipitó en barrena sobre el mar.

Mientras tanto, el proyecto continuó adelante. Una obra de enorme envergadura impulsada previa expropiación de 187 parcelas y la oposición de quienes comenzaban a vivir del turismo incipiente. En 1940, la necesidad de mano de obra para la fortificación del litoral y el aumento de precio de los materiales y el transporte dejaron definitivamente paralizada la construcción del ferrocarril.

El historiador Miquel Josep Crespí Cifre, autor del trabajo Esclaus a l'illa de la calma. La repressió a sa Pobla durant la Guerra Civil i els primers anys del franquisme, narra cómo se desarrolló el anteproyecto en un contexto en el que el municipio se convertía en escenario de “una de las represiones más crueles” de la época en contraste, señala, con la idílica y tranquila visión de la isla que Santiago Rusiñol había dibujado años antes en sus cuadros: “La Mallorca que describimos es todo lo contrario: cruel y terrible, un lugar del que querrías escapar, pero no puedes”, subraya el investigador en su obra. “Poca gente sabe o poca gente habla de que en Mallorca no solo hubo campos de concentración, sino que fue uno de los primeros lugares de toda España donde los hubo debido a que en la isla triunfó el golpe de Estado”, recuerda.

Después de que, el 19 de julio de 1936, el recién proclamado comandante militar de Balears Manuel Goded declarase el estado de guerra en las islas y asumiera el control absoluto de Mallorca y Eivissa, se desataba una dura represión que, como sostiene el historiador Bartomeu Garí Salleras, ya había sido planificada meses antes del conflicto y sería perfectamente ejecutada por falangistas, militares, autoridades civiles, redes clientelares de derechas, capellanes e, incluso, por familiares de las propias víctimas. Fue en ese contexto cuando entraron en escena los campos de concentración y la utilización de los presos franquistas para erigir y acomodar las infraestructuras a los intereses de los golpistas.

“No se mantendrá en las cárceles, hacinados y ociosos, a los enemigos de España. Quedan muchas carreteras por hacer para permitir este lujo. Han robado mucho oro para tratarles con tanta fineza. En Mallorca ya se está empezando”, advertía, el 1 de diciembre de 1936, una nota oficial publicada en el Correo de Mallorca.

Más de 200 kilómetros de carreteras con mano de obra esclava

Más de 200 kilómetros de carreteras –muchas de ellas todavía en uso, sobre todo en temporada alta con el auge del turismo–, puentes, acueductos, aeródromos, más de 150 nidos de ametralladora hoy visibles en primera línea de playa... Los trabajos llevados a cabo por hasta 15.000 presos procedentes de los más de veinte campos de concentración franquistas en Mallorca permitieron, entre 1936 y 1942, fortificar el litoral, mejorar las precarias comunicaciones viarias y ferroviarias y abrir nuevos accesos a la costa. Como en el resto del Estado español, las autoridades sacaron rédito económico y logístico a sus prisioneros para utilizarlos como mano de obra esclavizada.

“Si España se convirtió en una inmensa prisión, Mallorca lo fue por partida doble a raíz de su condición insular y la cantidad de campos que marcaron toda su geografía”, señala el también historiador Jaume Claret Miranda en el prólogo al libro Esclaus oblidats. Els camps de concentració a Mallorca, de Maria Eugènia Jaume i Esteva (2019, Documenta Balear), uno de los últimos trabajos llevados a cabo en torno a estos centros de reclusión. Francisco Franco había sido jefe militar de Mallorca en 1933 y conocía la deficiencia que había en carreteras y caminos en el litoral mallorquín, dado que sólo eran caminos de herradura utilizados por el campesinado o por señores para llegar a sus tierras. Por tanto, “era urgente la organización y construcción de una línea viaria en torno a Mallorca, sobre todo para poder comunicarse rápidamente en caso de ataque enemigo”, subraya la autora de la obra.

La investigadora señala que la isla fue un lugar donde la represión y el miedo fueron fuertemente aplicados en amplios sectores de la sociedad: “Humillaciones públicas, muertes, aprisionamientos... Fueron muchas las personas que acabaron eliminadas”. Los que no fueron asesinados, señala, fueron encerrados en prisiones donde sufrieron toda clase de torturas y otros terminaron en los campos de concentración: “Serían los encargados de construir el nuevo Estado”.

Los primeros campos de concentración de Mallorca

En Mallorca, los primeros campos de concentración vieron la luz entre diciembre de 1936 y enero de 1937. Las cárceles comenzaron a llenarse con tanta rapidez que muy pronto hubo que improvisar lugares donde recluir a los presos. La acumulación de detenidos en Can Mir, la prisión provincial y el Castell de Bellver llevó a las autoridades fascistas a plantearse, coincidiendo con las nuevas necesidades defensivas de Mallorca, trasladar a los reclusos a los campos de concentración itinerantes que fueron abriéndose a lo largo de la costa de Mallorca, donde eran obligados a trabajar en la construcción de carreteras y otras obras públicas y a dormir en los reposaderos del ganado, en barracones de madera o en tiendas de campaña.

Los prisioneros eran, además, clasificados en función de su mayor o menor “desafección al Movimiento Nacional” e integraban batallones de trabajo en régimen laboral de esclavitud o semiesclavitud y sin haber sido juzgados ni sentenciados. Al término del conflicto, fueron creados los Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores que, entre otros, incluían a los soldados de reemplazo que, tras la movilización general de las 'quintas' de 1936 a 1941 (el comienzo de la conocida como 'mili de Franco'), habían sido considerados por las Cajas de recluta como “desafectos”. Finalmente, en 1942 fueron instituidos los Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores Penados, compuestos ya únicamente por condenados a penas de cárcel hasta su disolución en 1945.

La Siberia mallorquina

Uno de los campos de concentración en los que los presos sufrieron las condiciones más duras fue el de Albercutx, en plena Serra de Tramuntana. Rodeado de bosque y con temperaturas gélidas, llegó a ser conocido por los reclusos como 'La Siberia mallorquina'. “Las condiciones de vida a causa del frío, que ni los mismos guardias podían en ocasiones resistir, eran de una dureza incalificable”, relata Antoni Oliver en La vida als camps de concentració a Mallorca (1986, Memòria Civil). A todo ello se sumaba la pésima alimentación y los frecuentes castigos impuestos a los internos.

La finalidad de este campamento era, principalmente, la construcción de la carretera que unía –y une– el Port de Pollença y Alcúdia, además de la ejecución de una nueva vía que debía enlazar el Port de Pollença y Formentor con Sa Talaia, torre de vigilancia construida en el siglo XVII frente a las frecuentes incursiones de piratas y corsarios. Los presos del campo de Albercutx también intervinieron en la construcción de tres piezas antiaéreas y tres dependencias destinadas al destacamento militar allí desplegado. Las obras de la carretera se dieron por finalizadas en marzo de 1941 y, en la actualidad, una placa ubicada al inicio del camino hacia la torre recuerda quiénes fueron sus constructores. A 380 metros sobre el nivel del mar, la atalaya constituye en la actualidad uno de los miradores más privilegiados de la isla.

Fusilamientos en el Fortí de Illetes

Sin embargo, una de las imágenes que reflejan con mayor virulencia los horrores de la represión en Mallorca procede del Fortí de Illetes, en Calvià, donde fueron recluidas y ejecutadas decenas de víctimas del alzamiento militar. “Normalmente, al oscurecer, se llamaba a los condenados a muerte para 'entrenarlos' en capilla y a la mañana siguiente fusilarlos. Al clarear el día se oían gritos de '¡Viva la República!', '¡viva el socialismo!', '¡viva la Democracia!'. Y, casi al momento, una detonación cerrada…”, rememoraba en sus memorias Josep Pons Bestard, uno de los reclusos que sobrevivió a las atrocidades cometidas en esta prisión militar, configurada en su día como parte del sistema defensivo global de la Bahía de Palma.

Durante los últimos años, la Asociación Memòria de Mallorca reclama la protección de la infraestructura, único centro de represión y fusilamiento de la isla y cuyos restos aún permanecen visibles en la zona, muy próximos a un instituto público, el IES Bendinat. En 2003, el Consell de Mallorca lo declaró Bien de Interés Cultural, pero la entidad lamenta que la propiedad actual, un fondo de inversión británico y alemán que infructuosamente intentó convertirlo en un balneario termal para turistas, lo tiene “totalmente abandonado”, incumpliendo la obligación de garantizar su mantenimiento y de abrirlo al público, tal como marca la Ley de Patrimonio Histórico.

A las afueras del municipio de Artà, al nordeste de Mallorca, aún se aprecian las ruinas de otro de los campos de concentración que el franquismo levantó en la isla: el Son Morey, en s'Alqueria Vella. Al anochecer de un día de diciembre de 1941, llegó hasta la estación del tren un batallón de trabajadores procedentes de la península. Uno de aquellos prisioneros, Roque Yuste Giménez, relata en sus memorias, Añorando la República, cómo los introdujeron “en vagones de ganado para no perder la costumbre de maltratarnos”. Una vez en la estación, pasaron la noche “dentro de los almacenes y corrales como si fuésemos mercadería a punto de ser embarcada”, apuntaba, por su parte, Aurelio Conesa, otro de los presos que vivió el aciago día a día del campamento. Su relato se encuentra recogido en L'últim estadà de l'inhòspit (1993, revista Bellpuig), del investigador Pere Ginard.

Al día siguiente, temprano, todos ellos partieron por empinados caminos de carros hacia Son Morey, donde se instalaron tiendas de campaña. “En cada una colocaron a unas 50 ó 60 personas. Estábamos tan estrechos que creo que, a la hora de dormir, si uno se quería girar debíamos hacerlo todos juntos”, manifestaba Conesa.

Respecto a la alimentación, uno de los testimonios más duros que se conservan es el de Federico Álvarez Pérez. Su hija, Maria Leonor, recuerda que, tras su paso por el campo de concentración, su padre puso una condición en casa: “La mesa debía estar siempre llena para comer, con mucha comida. Y así fue. Yo era la mayor de seis hermanos y siempre vi una mesa llena de comida. Mi padre había pasado tanta hambre que no quería volver a sufrirla más. Todo lo que ganaba se lo daba a mi madre, que era quien administraba la casa. Él solo se quedaba dinero para ir a tomarse un café...”.

El trabajo diario entre montes selváticos y barrancos rocosos

Sus manifestaciones quedaron plasmadas en la obra Esclaus per fortificar Mallorca. Els presos de Franco a Artà (1941–1942), de Jaume Morey Sureda (2016, Lleonard Muntaner). Hasta un total de 739 hombres fueron destinados a la construcción del camino a la 'Posición Farruch', donde se instalaría una batería de defensa incluida en el conocido como 'Circuito estratégico'. “De inmediato comenzamos a construir una pista o carretera estrecha, con el fin de conducir los pertrechos necesarios para la instalación y mantenimiento, en las futuras posiciones, de emplazamientos de artillería pesada frente a Menorca, en las montañas más altas del cabo Ferrutx, atravesando montes selváticos, barrancos rocosos y pendientes pronunciadas. En aquella época todo se hacía a base de pico y pala y barrenos, al menos nosotros. No teníamos otras herramientas más eficaces y todo era con esfuerzo humano muy barato, es decir, con esclavos”, afirmaba Roque Yuste.

Las humillaciones eran frecuentes y las condiciones, difíciles de soportar. No en vano, Conesa, entrevistado por Morey, explicó que el primer día de trabajo uno de los presos no pudo resistir la dureza del traslado y acabó falleciendo. Al día siguiente lo trasladaron a Artà para enterrarlo en la fosa común del cementerio. La dureza de las labores que debían llevar a cabo, el régimen disciplinario, las pésimas condiciones higiénicas y el escaso alimento provocaron que algunos de los presos fuesen trasladados al hospital militar de Palma.

“Afortunadamente, y de forma inesperada, en este centro encontramos a una buena persona: el director del hospital de Palma, que al ver que le enviaban casi cadáveres se quedó a cuadros y dijo que no quería hacerse corresponsable de aquella monstruosidad”, manifestaba, por su parte, Paulí Pallàs, quien pasó por varios campamentos de presos españoles antes de ser enviado a Artà. A raíz del impacto que el trato inhumano que recibían los presos provocó en el responsable del centro sanitario, el capitán general se presentó en Son Morey, ordenó cambiar a todo el comando y, a partir de entonces, comenzaron a “respetarles como personas”. “No nos faltaba la comida y el agua. Y de eso podíamos dar gracias al director del hospital de Palma”, concluía Pallàs, quien en 2005 publicó sus memorias, Vides truncades. Memòries d'un Quinto del Poum.

Los presos allí recluidos construyeron el campamento y la carretera en los terrenos de la Alqueria Vella, finca que el Govern adquirió en el año 2000 y que hoy da la bienvenida al Parc Natural de Llevant. Con la disolución de los Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores, las obras iniciadas por los prisioneros quedaron inacabas y en el lugar quedó a medias una carretera que en la actualidad no conduce a ningún sitio.

Comienza la fortificación del litoral

Finalizada la Guerra Civil y con el estallido la Segunda Guerra Mundial, los intereses constructivos cambiaron. Ante el nuevo escenario, el litoral mallorquín comenzó a colmarse de infraestructuras de defensa, a cuya edificación fueron destinados los esclavos del franquismo procedentes de los campos de concentración que aún permanecían abiertos en Mallorca, como el de Son Morey, es Rafal des Porcs en Santanyí o el de Coves Blanques en Pollença. Dada la situación estratégica de la isla, las autoridades ordenaron erigir búnkeres y nidos de ametralladora ante el temor de una invasión por parte de las tropas aliadas.

Entre ellos, el 1 de agosto de 1940 fue aprobado un presupuesto de 324.900 pesetas para la construcción de 18 nidos entre Cala Figuera y Sant Elm, al noroeste de Mallorca, con el objetivo de “obstaculizar un enemigo en el momento preciso de su desembarco”, como consta en la documentación conservada en el Arxiu Militar de les Illes Balears y recogida por Maria Eugènia Jaume. En la zona nordeste, dispersados entre Alcúdia, Pollença y Formentor, fueron proyectados otros 28. En total, se han identificado hasta 153 búnkeres a lo largo de las costas de Mallorca, todos ellos construidos por los presos del franquismo. Erigidos bajo tierra o camuflados como casetas de pescadores por razones de seguridad, nunca llegaron a ser utilizados y, al término del conflicto bélico, acabaron abandonados, al igual que las carreteras que aún se encontraban en construcción.

En la actualidad, muchos de los nidos de ametralladora asoman en las playas de Mallorca, como en la emblemática Es Trenc, cada vez más expuestos al aire libre y más próximos al mar debido al imparable proceso erosivo y la pérdida de superficie que sufre buena parte de las playas de Balears. “Si antes se extrajo de los presos un rédito militar, ahora éste se ha transformado en rédito turístico”, comenta Maria Eugènia Jaume. Basta con ir a Es Trenc o atravesar las carreteras atestadas de turistas en verano –aquellas en las que un día trabajaron miles de manos esclavizadas– para comprobarlo."          (Esther Ballesteros, eldiario.es, 22/09/22)