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11/5/21

El terrible experimento nazi que forzó a los gitanos a beber agua de mar

 "El nazismo llevó a cabo terribles experimentos con prisioneros en sus campos de concentración. El doctor Hans Eppinger Jr. buscó una fórmula para que los pilotos de la Luftwaffe cuyos aviones habían sido derribados en el océano pudiesen sobrevivir. Para ello, no dudó en usar como cobayas a decenas de gitanos, a quienes obligó entre julio y septiembre de 1944 a beber agua de mar, provocándoles graves secuelas.

El alto oficial alemán de la SS Arthur Nebe seleccionó a unos cuantos prisioneros del campo de concentración de Buchenwald, en el que habían encerrado a unos siete mil romaníes. Desde allí fueron trasladados al de Dachau, donde bajo engaños les dijeron que integrarían una brigada de limpieza encargada de retirar escombros tras unos bombardeos. Sin embargo, fueron víctimas de crueles prácticas, como relató el Josef Laubinger el 27 de junio de 1947 durante el Juicio de los médicos.

Fue el primero de los doce celebrados por crímenes de guerra y contra la humanidad en Núremberg tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ante el tribunal, declaró que formó parte de un grupo de cuarenta gitanos que, a su vez, fue dividido en tres subgrupos. Todos fueron privados de alimentos y al primero le dieron de beber agua de mar; al segundo, agua de mar tratada químicamente, "que tenía un color amarillo oscuro y era mucho peor que el agua de mar pura"; y al tercero, "agua de mar preparada que parecía agua potable real".

 El experimento no sirvió de nada, pero provocó el sufrimiento de las víctimas. De hecho, su objetivo era comprobar si sufrirían síntomas físicos graves o si morirían en un período de seis a doce días. La deshidratación hizo que algunos llegasen a lamer el suelo recién fregado. "Tuve terribles episodios de sed, me sentí muy mal, perdí mucho peso y tuve fiebre. Me sentí tan débil que ya no podía soportarlo", relataba Laubinger, quien recordaba que un checoslovaco le comentó al médico de la Luftwaffe que no podía seguir bebiendo.

"El médico lo ató entonces a una cama y lo obligó violentamente a tragar el agua por medio de una bomba de estómago", rememoraba el prisionero, quien aseguraba que a la mayoría de ellos les realizaron punciones en el hígado y en la médula espinal. "Yo mismo sufrí una punción en el hígado y sé por mi propia experiencia que estos pinchazos fueron terriblemente dolorosos. Incluso hoy, cuando cambia el clima, siento un gran dolor".

Hans Eppinger se suicidó un mes antes de testificar en el juicio, en cuyo banquillo se sentaron veinte médicos de campos de concentración, dos oficiales administrativos y un abogado. Wilhelm Beiglböck, internista declarado culpable de llevar a cabo las pruebas para convertir el agua salada en potable, fue condenado a una pena de quince años de cárcel, conmutada luego a diez, por lo que salió en libertad en 1951 y siguió ejerciendo su profesión.

 El diseñador de los experimentos, Hermann Becker-Freyseng, a veinte, que se quedaron en la mitad. Otros dos recibieron unas condenas similares, cuatro fueron absueltos, cinco merecieron cadena perpetua y siete, la pena capital. Gustav Steinbauer, abogado de Beiglböck, alegó que los testigos eran individuos "asociales" y sin credibilidad alguna para que el tribunal no admitiese las declaraciones de buena parte de ellos.

"Las condenas impuestas fueron irrisorias, aunque cuando las víctimas son gitanas suelen ser siempre mínimas. De hecho, en los juicios de Núremberg nadie representó el martirio de los roma, que fue descartado desde el principio porque se consideró que la persecución había sido más social que racial. En el fondo, los jueces y fiscales ingleses y estadounidenses también tenían prejuicios contra ellos", critica Nicolás Jiménez, coautor junto a Silvia Agüero de Resistencias gitanas (Libros.com).

La obra, con la que pretenden desmontar los estereotipos construidos en torno a su cultura, aborda la brutalidad a la que fueron sometidos. "Si no los consideras humanos, como pensaban los nazis, puedes hacer con ellos cualquier cosa", razona Jiménez, convencido de que "el genocidio antigitano durante el Tercer Reich —conocido como Samudaripen— no es más que un episodio de un largo proceso de deshumanización".

 Durante el juicio, hubo cuatro gitanos entre los 84 testigos. Karl Höllenreiner llegó a darle una bofetada al médico Wilhelm Beiglböck. Josef Laubinger declaró que fue sometido a otros dos experimentos relacionados con la malaria y la hipotermia. El boxeador Jakob Bamberger no vio reconocidos los daños causados en sus riñones, pues alegaron que habían sido provocados a causa de una lesión deportiva, y recibió una pensión mínima.

Respecto a la inadmisión de muchos testimonios, Nicolás Jiménez recuerda que los romas estaban clasificados como antisociales no solo en Alemania, sino también en otros países. "Y se nos sigue considerando así, pues la palabra de un gitano hoy tampoco tiene valor". Falta por citar el nombre del cuarto, Ernst Mettbach, testigo de la defensa. "A saber a qué presiones se vio sometido. Es un tema complejo, porque hay miedos atávicos y a veces uno puede pensar que se va a salvar si se hace amigo de su enemigo", deduce Jiménez.

El autor de Resistencias gitanas —donde destaca el aporte de su pueblo al acervo cultural— se queda con la bofetada de Karl Höllenreiner, como "acto inconmensurable de justicia", y con la trayectoria de Jakob Bamberger, activista por los derechos civiles que en 1980 participó en una huelga de hambre en Dachau para denunciar el Samudaripen y el uso de fichas raciales del régimen nazi. Los descendientes del boxeador, quien perdió a su madre y a dos hermanos en los campos de concentración, siguen peleando fuera de la lona."                 (Henrique Mariño, Público, 19/12/20)

11/2/20

Boris Pahor: «Te acostumbras a la muerte»... La vacuna del siglo XX no ha servido para que la humanidad reaccione...

"En Dachau, «las cenizas del crematorio abonaban los jardincitos de las SS». Desde lo alto del campo de Natzweiler-Struthof, en los Vosgos, veía «el horno, el humo siempre saliendo, las flores rojas ardiendo, y llegaba el olor a carne quemada». 

En Dora, el ingeniero Von Braun, «un nazi que hacía trabajar a miles de hombres hasta morir, entró en EEUU tras la guerra, donde recibió honores y trabajó en la NASA», denuncia indignado Boris Pahor. Él estuvo en campos de trabajo, no de extermino: «Allí trabajaban hasta la extenuación prisioneros políticos que lucharon contra el fascismo y es una injusticia que se hable tan poco de ellos, ahora que hay rebrotes nazis en toda Europa».


-Porque sabía algo de alemán y un médico noruego y otro francés me recomendaron como intérprete. En Dachau ayudé de enfermero. Con el avance de los aliados, enviaban en trenes a la gente medio muerta a Bergen Belsen, donde murió Ana Frank.

-¿Cómo logró salvar la vida?


-¿Cómo se puede entender hoy aquel horror sin haberlo vivido? 
 
-¿Cómo explicar lo que sientes cuando te obligan a desnudarte, cuando ves la horca, las cámaras de gas, cuando te lo quitan todo? ¿Cómo se puede revivir esa terrible humillación física y mental mientras uno lo lee en casa calentito? Te hacían esperar desnudo dos horas para entrar en el barracón, tres para darte una miserable sopa. Sabías que debía durarte hasta el día siguiente, igual que un finísimo trozo de pan. Pensabas con el estómago. La vida era llenar el tiempo entre comidas picando piedra o en la mina.

-¿Se puede vivir con tanta muerte? 
 
-Te acostumbras a todo, incluso a la muerte. El hombre es así, tiene una gran capacidad de adaptarse. Al principio impacta mucho pero como no puedes volar por encima de ello debes habituarte a verlo cada día.


-¿Emergía lo mejor de las personas?
 
-Los comunistas y los cristianos eran fantásticos organizándose. Recuerdo que partían en mil trozos una rebanada pequeñísima de pan para repartirla. Se ayudaban los unos a los otros. Los comunistas eran como cristianos laicos. Ayudaban a los que estaban a punto de morir dándoles un pedacito de pan. Yo hacía billetitos para enviar a gente a la enfermería. Venían deportados que se bajaban los pantalones y mostraban cómo se habían ensuciado por la disentería y yo lograba enviarles allí. Me gusta pensar que alguno de ellos pudo salvarse.


-¿El hombre ha aprendido algo?
 
-Parece que nada. Escribí el libro en 1966 pero lo que cuento es de total actualidad o peor. Hay conmemoraciones y flores pero ahí acaba todo. En los colegios no se debería enseñar quién ganó la guerra sino el factor humano, el drama que había detrás. La vacuna del siglo XX no ha servido para que la humanidad reaccione."                         (Entrevista a Boris Pahor, superviviente, Anna Abella, El Periódico, 16/06/10)

30/4/19

Carlos Sentís, crónica para La Vanguardia (15 de mayo de 1945) dos semanás después de la liberación por el ejército norteamericano del campo de Dachau... Dante no vio nada y por eso pudo escribir sus patéticas páginas del infierno. Yo sí he visto Dachau y quizá por eso no sepa escribirlo...

"El campo nazi de Dachau fue liberado por las tropas del Ejército de los EE.UU el 29 de abril de 1945. Alrededor de doscientas mil personas fueron encarceladas en Dachau y sus campos satélites. 776 prisioneros eran españoles, de los que 70 fueron transferidos al subcampo de Allach.

Transcribimos el artículo del periodista Carlos Sentís, publicado en la Venguardia dos semanas después de la liberación del campo. Ni una palabra sobre los españoles.


Londres, 14, 7 tarde. (Crónica radiotelegráfica de nuestro enviado especial)

En el vasto mundo anglosajón hay una cosa que impresiona casi más que el final de la guerra en sí; el de los campos de concentración alemanes.

Yo sólo ha visitado uno. El de Dachau, en las afueras de Munich. Casi el último caído en manos del Ejército norteamericano. Visitándolo pasé un rato horroroso. Ahora, sobre el limpio papel donde escribo, no lo paso mucho mejor. 
Dante no vio nada y por eso pudo escribir sus patéticas páginas del infierno. Yo sí he visto Dachau y quizá por eso no sepa escribirlo. Lamento no ser notario para escribir un formulario con el léxico impersonal de los protocolos. 
Pero creo que puedo de todas maneras escribir en primera persona porque ni un solo lector que me haya seguido sobre la Prensa de España ha podido dudar jamás de mi ecuanimidad. A la cuenta de mi historial cargo el «doy fe». 
Se me dirá que más a Oriente de la propia Europa puede haber otros campos aterradores. Desgraciadamente, se puede creer en ellos. Pero no los he visto. Si los viese, movería exactamente mi pluma con la serenidad con que lo hago ahora.

La entrada de Dachau —sector amplio rodeado de un alto muro y de edificios cuarteleros— es muy trabajosa y minuciosa. Con nosotros —once periodistas— entra también Mr. Jefferson Geoffrey, embajador de los Estados Unidos en Francia. Los soldados norteamericanos nos ponen a todos en hilera, y con un aparato parecido al de los insecticidas nos meten por las mangas, debajo de las ropas, grandes cantidades de polvos desinfectantes «D.D.T.» que, con la penicilina, son el moderno «curalotodo». 
Quedamos todos como buñuelos para la sartén. Luego, una inyección del mismo producto: un pinchazo que todavía me duele. Un oficial norteamericano nos reúne. Las últimas instrucciones: en el campo, donde casi todos son detenidos políticos, hay tifus, disentería y otras enfermedades, docenas de moribundos y centenares de cadáveres insepultos de los dos mil que encontraron los norteamericanos al llegar. 
No debemos separarnos de los oficiales norteamericanos ni dar la mano a nadie aquí por razones sanitarias. Ante semejante programa me entran ganas de volverme atrás, pero fumando cigarrillos, comiendo pastillas, las manos protegidas en el bolsillo, penetro en el mundo fantasmagórico.

Avanzamos por una amplia avenida hasta el recinto rodeado de espino da, alambre. Hay banderas aliadas en todos lados, porque celebran los días de la victoria, que para ellos todavía no ha significado la ansiada libertad.  Conforme avanzamos, parece que vamos a entrar en una exposición o feria de muestras. 
Las muestras que cerca de la entrada, según después veré, son las mejores porque, por lo menos, pueden andar sin arrastrarse y no son contagiosos como otros que están en pabellones cerrados, de los cuales, a pesar de morir  muchos día a día, y después de una semana de la entrada de los norteamericanos, no pueden salir todavía.

Los paseantes o los que tienen libertad de movimientos dentro del campo van casi todos con el traje rayado de los presidiarios, pelados, con idénticos ojos inmensos en el fondo de sus órbitas, pero su nacionalidad es fácil de distinguir porque llevan toda clase de banderas, y los yugoeslavos y rusos llevan su uniforme militar casi completo. En sus barracas también hay banderas y distintivos. 
En las de los polacos hay dibujos improvisados, imágenes religiosas, que contrastan con la vecindad de la bandera roja de los rusos. De los treinta y dos mil detenidos que hay en Dachau la mayoría son polacos. Son los más serios y reservados. También son polacos 780 curas católicos del total de 1.350 curas, de los cuales sólo 50 no eran católicos.
 Los curas de otras nacionalidades, hasta hace unos días en que todavía no había salido ninguno (sólo lo han hecho unos poquísimos), se distribuían así, además de los polacos: 121 franceses, 69 checos, 31 italianos, 39 belgas, 30 holandeses y el resto entre alemanes y otras nacionalidades. Seminaristas, 108. En total representaban 40 Ordenes religiosas distintas.

Para darme éstos y otros datos, conforme avanzamos por unas especies de lazaretos donde los huesos vivientes recubiertos de piel toman el suave sol primaveral, que evidencia todavía más sus llagas, se me acercan toda clase de tipos. Todos me quieren contar su caso. 
Con grandes ademanes de afectuosidad me quieren presentar «casos especiales», con los cuales yo tengo que desobedecer las órdenes multares dándoles la mano o salir huyendo cobardemente a mitad de la conversación. A pesar de que los norteamericanos han hecho limpiar ya bastante, todo huele espantosamente.
 Basuras, toda clase de porquerías quemándose, en rincones apartados del campo, con lo cual se acusa, todavía más, el ambiente. A nuestro paso, oficiales norteamericanos, judíos y rusos, principalmente, son los que se levantan más o menos trabajosamente y se quitan respetuosamente la gorra.

Cuando nos paramos en un sitio, docenas de seres archisucios y que comen todo el rato pan con mantequilla (de los norteamericanos) por rincones, se precipitan sobre nosotros. Entonces, en mi interior se establece esa tremenda lucha: entra la caridad y la repugnancia. Yo me apego a los oficiales norteamericanos como de niño hacía en el regazo de mi abuela. Pero los norteamericanos nos dicen: «Todo eso no es lo importante. Ahora entraremos en el pabellón de los incomunicados.»

Uno de estos pabellones es exclusivamente de judíos. Aquí el olor a miseria humana es inaguantable. Hay muchos muchachos. Algunos tomando el sol por calles, son esqueléticos y tienen la barriga hinchada como una patata. Otros, amontonados sobre camastros de tres pisos, juegan a los naipes. Uno, en lo alto de la litera, con cara de pillete, me sonríe y muy divertido me señala algo en el suelo, debajo de él, entre dos literas. Voy allí para mirarlo.
 Es un cadáver reciente. El niño pillete se ríe a carcajadas al ver mi impresión. Casi al mismo momento, un moribundo que gime en la litera a ras de suelo, me tira de los pantalones. Quiere un cigarrillo. Voy fumando como una locomotora sin quitarme el cigarrillo de los labios. Salgo fuera tan pronto como puedo, pero en la calle tampoco puede respirarse.

Después, ya todo lo demás no me. interesa. Datos, nombres, nombres... Que si estuvo Sehusfihmgg con su mujer aquí mismo, en Dachau, hasta que le trasladaron hace poco; que si estuvo el obispo Piget y príncipes Leopoldo de Prusia y Borbón de Parma. Todo eso a mí no me dice nada ya. Oigo la gente medio loca que me dice al oído palabras de odio o rencor que prefiero no recordar. 
En distintos barracones nos invitan a entrar. Todo es tantrágico, que roza siempre lo grotesco. Unos portugueses y yo somos tomados aparte por unos franceses, siempre tan académicos a pesar de todo. Uno de ellos se suelta el discurso: «Nous sommes tres hereux de vous avoir par nous; je suis aussi, mes chers amis, écrivain; je prepare na texte sur Daehau», etc...

¡La locura! 

Pero los norteamericanos, metódicos, siguen infatigables. Ahora nos llevan al crematorio, donde por falta de combustible en las trágicas últimas horas de Dachau, y por ignorar los guardianes que estaban tan cerca las tropas de Patch, no pudieron quemar dos mil cadáveres entre los sacados de la cámara de gas (ejecuciones), o sacados de trenes en el colapso de los últimos días, y que se dejaron en una vecina estación, encerrados en vagones, muriéndose como moscas, mientras cundía el caos por todas partes.
 Los de allí afirman que Himmler circuló la orden original de salida para América, donde se ordenaba quemar a todos los detenidos del campo antes de entrar las tropas aliadas. 

De una especie de garaje o hangar —crematorio— van sacando cadáveres totalmente desnudos para echarlos a treinta y dos carros bávaros conducidos y cargados por alemanes, a los que se les obliga después a pasarlos, plenamente descubiertos, por algunos barrios antes de enterrarlos. 
A mi vista hay unos trescientos cadáveres, que se colocan en carros, con parihuelas, desde una especie de ventana. Son los que sacan aquella mañana. Cuerpos medio descompuestos. Una especie da vendimia macabra. 

Ni ustedes ni yo creo debamos entrar en esta perspectiva qué todavía me dan las retinas.

La nota del día de hoy en Londres ha sido las declaraciones de Goering, al que los periódicos, salvo alguno muy de izquierdas, no atacan demasiado, incluso le tratan entre ironías y humor. Los efectos de estas declaraciones he podido comprobarlos de manera muy personal estando en varios sitios de Londres y almorzando en un Club con Frank Wallace, quien visitó hace poco España invitado por el Patronato Nacional de Turismo y para cazar la cabra hispánica en Gredos. 
Todas las personas que me presentó en su Club comentaban muy favorablemente para España las palabras de Goering al general Patch, que reproducen textualmente todos los periódicos en esta exacta forma: "Patch le preguntó por qué cuando invadieron Francia no invadieron seguidamente España, y después de tomar Gibraltar no embotellaron en el Mediterráneo la Flota británica. 
Patch ha contado que, al preguntar esto, Goering agitó y levantó los brazos como si quisiese agarrar el cielo, exclamando: «Esta siempre fue mi opinión... Siempre, siempre, siempre y nunca se me hizo caso.» 

Aquí se aprecia tanto su contenido como el enardecimiento y vehemencia que puso repitiendo hasta tres veces una misma palabra. "                 

Carlos Sentís 

La Vanguardia, 15 de mayo de 1945"                 (Búscame en el ciclo de la vida, 29/04/19)

30/1/17

72 aniversario da liberación de Auschwitz: Os galegos presos e mortos nos campos de exterminio nazis

Joaquín Balboa, o preso número 3833 no campo nazi de Mauthausen (Austria)

"En Galiza aínda se descoñece que nos campos de concentración nazis había republicanos galegos”. Afirmábao o verán pasado en conversa con Sermos Galiza Heladio Anxo Fernández, coordenador dunhas xornadas en Monterrei en homenaxe ao seu veciño Joaquín Balboa, o preso número 3833 no campo nazi de Mauthausen (Austria). 

Varios centos de galegos pasaron polos campos de exterminio nazis difire. Principalmente Mauthausen-Gusen, mais tamén houbo galegos en Dachau (onde se facían experimentos cos prisioneiros) ou Sanhsenhausen, onde foron asasinadas máis de 30.000 persoas.

O 27 de xaneiro conmemórase O Día internacional en memoria das vítimas do holocausto. A data elexida é a da liberación de Auschwitz, o 27 de xaneiro de 1945 polo Exército Vermello. “A primeira patrulla rusa veu o campo no mediodía do 27 de xaneiro de 1945...”. Así lembraba Primo Leví en ‘A Tregua’ o inicio do que ía ser a liberación deste campo de exterminio situado en Polonia e cuxo nome pasou resumir o horror do inferno nacional-socialista.

A Pobra, Bueu, As Nogais, Baltar...

Mauthausen-Gusen foi o principal destino para os galegos que acababan nos campos de concentración. En 1943 foi clasificado como de ‘categoría III’, o que supuña moita maior severidade e castigos. No seu tempo tivo a mortalidade máis alta de entre os campos do III Reich. En 1942 había alí 14.000 presos, En 1945, en Mauthausen e subcampos, 84.000. Tamén galegos. Os prisioneiros eran empregados como man de obra para traballar en condicións escravistas na canteira de granito.

Segundo ‘Triángulo azul: los republicanos españoles en Mauthausen 1940-45’, nese campo morreron 102 galegos. A maior parte deles, segundo os arquivos, de cidades, vilas e aldeas da provincia da Coruña (42 mortos): Ferrol, A Pobra do Caramiñal, Fisterra, Malpica, Mugardos...  

Da provincia de Lugo, 21 mortos nese campo (presos orixinarios de localidades como As Nogais ou Viveiro, por exemplo). Outras 21, de Ourense (Baltar, A Veiga...). Un total de 18, da provincia de Pontevedra, de vilas como Bueu, Carril, Vilagarcía ou cidades como Vigo. A morte axexaba de todos os xeitos posíbeis aos republicanos alí presos: rebentados polo duro traballo inhumano na canteira, fusilados, afogados, colgados ou mallados a paus.

Os republicanos comezaron a chegar a ese campo de concentración en 1940. En abril de 1941, segundo as listaxes, rexístranse as primeiras mortes de galegos. José Fidalgo (Castiñeiras-Ribeira) e Francisco Varela (Vilagarcía). En febreiro de 1945, poucos meses antes da liberación deste campo, falecía Arturo Gómez, de Pontevedra. Un cento de galegos deixaron a vida nese campo de exterminio.

Dachau: o laboratorio dos experimentos con humanos

Mais non só en Mauthausen foron asasinados presos galegos. En Dachau, perto de Munich e dirixido por T. Eicke, e onde se levaron centos de experimentos con prisioneir@s; tense constancia de 2 galegos que perderon alí a vida: Santiago Durán (de Ribadavia) e Eliberto Fernández Cid (Augassantas). Por Dachau pasaron 200.000 prisioneiros de 30 países. 

No campo de Sanhsenhausen (Brandenburgo) morreu o veciño de Vilaboa Antonio S. Nogueira. En Sanhsenhausen –onde, entre outros, estivo preso Largo Caballero, presidente do goberno na II República española- foron assasinadas por volta de 30.000 persoas.

Perto de 9.000 republicanos, entre eles centos de galegos, foron deportados a Alemaña. Sobreviviron pouco máis de 2.000. "                  (Sermos Galiza, 27/01/17)

4/9/09

Los supervivientes son juzgados... acusados del delito de sobrevivir

"P. Auschwitz es la gran tragedia de nuestra época.

R. Sí. Pero aquello no puede ser representado como una tragedia. ¿Se ha fijado en que las mejores películas sobre el Holocausto son comedias? Cosas como La vida es bella u otra italiana, Siete bellezas...

Cuando las cosas son demasiado horribles hay que explicarlas en clave de comedia, porque la tragedia requiere dignidad. Y no hubo dignidad en Auschwitz, ni en los juicios del estalinismo. En Eslovenia, después de la guerra, tuvimos un juicio atroz, el llamado caso Dachau.

Los supervivientes del campo de Dachau fueron detenidos y acusados de cooperar con los nazis, porque si hubieran sido buenos comunistas habrían muerto. Se les acusó de sobrevivir." (Slavoj Zizek: "Si un fármaco puede hacerme más valiente, más lúcido y más generoso, ¿en qué queda la ética?". El País, Babelia, 25/03/2009, p. 2/3)