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23/1/26

La Banalidad del Mal en nuestro tiempo: Jared Kushner ha presentado este jueves ―con tono entusiasta de oportunidad de inversión― la “nueva Gaza” que aspira a levantar sobre los escombros de la actual. Se trata de una especie de Dubái o de Singapur con numerosos rascacielos turísticos frente a la costa, un “nodo de transportes” con puerto y aeropuerto, y “una economía de libre mercado”... y ha explicado que el plan comenzaría con la construcción de más de 100.000 unidades residenciales en la “nueva Rafah” (la destrozada ciudad del sur) y acabaría por la capital, Ciudad de Gaza. “En Oriente Próximo se han construido ciudades así, para dos o tres millones de personas, en tres años, así es que muy factible”... mientras siguen los bombardeos de Israel y las muertes de niños palestinos por hipotermia (Antonio Pita)

 "Entre los bandazos sobre Groenlandia y los autoelogios de todo tipo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, uno de sus principales asesores para Oriente Próximo (su yerno Jared Kushner) ha presentado este jueves ―con tono entusiasta de oportunidad de inversión― la “nueva Gaza” que aspira a levantar sobre los escombros de la actual. Se trata de una especie de Dubái o de Singapur con numerosos rascacielos turísticos frente a la costa, un “nodo de transportes” con puerto y aeropuerto, y “una economía de libre mercado” con el “mismo enfoque” que el que Trump aplica en su país. “No hay plan B”, ha dicho al mostrar las diapositivas del “plan maestro”.

La presentación, opacada por todos los otros frentes que ocupan este año el Foro Mundial, dibuja el futuro de una Franja donde la vida apenas ha cambiado para sus más de dos millones de habitantes desde la firma del alto el fuego el pasado octubre: el ejército israelí bombardea a diario y ha matado en las últimas 48 horas a 16 palestinos, tres de ellos periodistas en medio de una cobertura. Los servicios de rescate han anunciado además este jueves la muerte por hipotermia de una bebé de tres meses, mientras las autoridades militares israelíes impiden la entrada de las cantidades acordadas de ayuda, incluidas caravanas y tiendas de campaña.

Kushner —que ya al principio de la invasión israelí mencionó en una entrevista el futuro valor inmobiliario de la destrozada costa de Gaza— ha explicado que el plan comenzaría con la construcción de más de 100.000 unidades residenciales en la “nueva Rafah” (la destrozada ciudad del sur) y acabaría por la capital, Ciudad de Gaza. “En Oriente Próximo se han construido ciudades así, para dos o tres millones de personas, en tres años, así es que muy factible”, ha señalado. “Gaza puede ser un nodo, un destino turístico, tener mucha industria y ser realmente un lugar donde la gente prospere y cree empleo”.

La próxima fase, ha añadido, es la desmilitarización de Hamás que recoge el alto el fuego. No era así en el plan inicial, pero EE UU e Israel la han acabado convirtiendo en condición sine qua non para avanzar en las demás. “Estamos comprometidos a asegurar que Gaza esté desmilitarizada, adecuadamente gobernada y bellamente reconstruida”, ha dicho Trump, que prometió trabajar en coordinación con la ONU. “Será un gran plan”, ha agregado el presidente.

El asesor estadounidense ha limitado la reconstrucción a las zonas donde el desarme sea completo, lo que supondrá comenzar en la parte de la Franja controlada por las tropas israelíes, donde apenas viven unos miles de los más de dos millones de gazatíes. Kushner ha señalado que pretenden promover la entrega de las armas con ofertas de amnistía o garantías de salida segura de Gaza.

En la víspera, el presidente de EE UU amenazó a Hamás con “su final” si rechaza desarmarse por completo. El movimiento islamista acepta ceder el poder al comité tecnocrático recientemente nombrado y está abierto a entregar las armas ofensivas, pero lo condiciona a una retirada completa de las tropas israelíes y rehúsa disolverse mientras dure la ocupación.

La segunda fase incluye el despliegue de una fuerza militar multinacional, pero ha venido desapareciendo de los discursos, por falta de candidatos. El presidente de Israel, Isaac Herzog, ha señalado este jueves en Davos (él ha acudido porque no está buscado por la justicia internacional): “Está claro que nadie quiere entrar en Gaza y combatir, salvo nuestro ejército, nuestros hijos e hijas”.

De momento, el paso de Rafah, que une Gaza y Egipto, reabrirá la próxima semana en ambas direcciones, un compromiso postergado por Israel. Han coincidido en anunciarlo este jueves Ali Shaath, el jefe del comité tecnocrático palestino que administrará el día a día de Gaza, y Nikolay Mladenov, el enviado para la Franja de la llamada Junta de Paz que Trump ha presentado justo antes en Davos para, según sostiene, contribuir a la resolución de conflictos en el mundo.

Mladenov ha mencionado “un acuerdo sobre los preparativos para la reapertura del cruce” mientras se “coordina la logística para la implementación”. Aunque las autoridades militares israelíes (quienes controlan el paso) no lo han confirmado, el perfil y el foro hacen pensar que difiere de anteriores anuncios similares que acabaron en papel mojado. Este domingo, de hecho, en la reunión del Consejo de Ministros, Netanyahu tiene previsto debatir la búsqueda del último cadáver de rehén en Gaza y la reapertura del cruce.

El líder estadounidense ha inaugurado su Junta rodeado por una veintena de líderes, entre los cuales no figuraba ningún representante de las democracias más avanzadas, que observan con recelo una iniciativa que parece minar las prerrogativas de la ONU, y que están incómodos con la política exterior estadounidense. De los países de la UE participaron Hungría y Bulgaria. Entre los asistentes figuraban el presidente de Argentina, Javier Milei, y los líderes de países como Azerbaiyán, Armenia, Kazajistán, Pakistán, Indonesia o Paraguay. “Me gustan todas estas personas”, ha dicho el mandatario estadounidense. “Son grandes líderes”.

Faltaba Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel. Integrará la Junta, pero pesa sobre él desde 2024 una orden de arresto emitida por el Tribunal Penal Internacional como presunto responsable de crímenes de guerra y contra la humanidad en Gaza en la invasión iniciada en octubre de 2023, a raíz del ataque de Hamás, que ha dejado más de 71.500 muertos y la Franja convertida en un manto de ruinas. Lo recordaba su silla vacía, al frente en el medio.

“Está acabando”

Trump aprovechó el acto para su habitual recordatorio de su historial como solucionador de conflictos, con particular detenimiento sobre el de Gaza. “Está acabando. Tenemos pequeños fuegos, que apagaremos. Eran gigantescos, ahora son pequeños”, ha declarado. “Hemos mantenido el alto el fuego, entregado niveles récord de ayuda humanitaria. Se oían historias terribles de desnutrición. Ya no”.

El mes pasado, la Clasificación Integrada de Fases, la principal herramienta de análisis de la seguridad alimentaria y en la que participan organizaciones de la ONU, retiró la consideración de hambruna que había hecho en agosto para medio millón de gazatíes, porque el incremento en la entrada de alimentos ha mejorado los niveles nutricionales, pero advirtió de que la situación sigue siendo “crítica”, con 1,6 millones de personas (el 77% de la población) aún en situación de inseguridad alimentaria aguda.

Gaza está ahora mismo dividida en un 42% del territorio controlado por el movimiento islamista y donde vive prácticamente toda la población y el 58% restante: casi desierto y en manos del ejército israelí, que sigue demoliendo edificios, pese al alto el fuego, y al que impide acercarse. “Al principio, barajamos la idea de construir una zona libre y luego una zona de Hamás”, admitió Kushner, antes de explicar que el plan maestro de EE UU abarca finalmente toda la Franja.

Estas dos partes están separadas por la Línea Amarilla. Es en teoría una divisoria temporal, hasta que concluyese la primera fase, pero Trump anunció este mes la transición a la segunda sin pedir una nueva retirada israelí. Netanyahu ha asegurado que sus tropas se quedarán para siempre en una “amplia zona” de la Franja." 

(Antonio Pita , Andrea Rizzi , El País, 22/01/26)

10/9/20

La guerra en las calles de Estados Unidos

 "Stephanie abrió los ojos; eran las tres y cuarto de la madrugada y un estruendo de voces airadas y golpes en la puerta la había despertado. “¿Qué pasa?”, le dijo a su novio, que se desvelaba al otro lado de la cama. 

Mientras él se dirigía a la entrada a investigar la procedencia de aquel alboroto, ella temblaba de miedo pensando que algo horrible iba a ocurrirles aquella noche. “¡Policía!”, escuchó, y en apenas unos segundos un equipo de hombres armados hasta los dientes había penetrado en la vivienda sin darles ninguna explicación.

 “Lo arrasaron todo; no sé qué estaban buscando pero desde luego se trataba de un error”, cuenta, rogando que no publique su nombre real. Desde aquel día, ella, una chica blanca de Illinois, cuya experiencia con las fuerzas del orden se había limitado a alguna multa de tráfico, dejó de confiar en la policía. 

A juzgar por la narración de Stephanie, se podría afirmar que su casa fue producto de una redada sin orden de registro, como la que mató a la afroamericana Breonna Taylor el pasado 13 de marzo. A menudo, realizadas por unidades SWAT, equipos entrenados para llevar a cabo operaciones antiterroristas, rescate de rehenes o acciones contra delincuentes fuertemente armados.

 El miedo de Stephanie, originado ya en la edad adulta, evoca el terror que cada día sienten millones de individuos racializados en un país donde los diferentes cuerpos policiales –no solo las unidades especiales– están militarizados y matan con más frecuencia que en otras latitudes.

Según datos recogidos por la CNN, la policía estadounidense acabó con la vida de unos 1.000 ciudadanos en 2018, lo que supone 31 fallecimientos por cada diez millones de habitantes, 25 más que en Suecia y 30 más que en Alemania. Al poder deletéreo de las fuerzas del orden se suma un racismo que vuelve a la población negra más vulnerable. La misma investigación apunta que los negros tienen tres veces más probabilidad de morir a manos de la policía que los blancos. Otros estudios llegan a conclusiones parecidas en cuanto al sesgo racial de los agentes: dos investigadores de Harvard probaron que, entre los decesos provocados por la policía en 17 estados, un 32% eran de negros, a pesar de que solo constituyen el 12% de la población. La probabilidad de ir armados era menor que en el caso de los blancos.

Stephanie es consciente de que probablemente pueda contar su historia debido a su color de piel, de que la raza y no la presunción de inocencia fue lo que jugó a su favor durante aquella terrible noche. Ahora sabe, también, que la interacción con la policía es significativamente distinta en función del grupo racial.

Más de tres meses despues del asesinato de George Floyd, que conmocionó al país y desató las mayores protestas de su historia desde las luchas por los derechos civiles, prosiguen las manifestaciones en multitud de ciudades para continuar denunciando una brutalidad policial que no da tregua. Una de ellas, Kenosha (Wisconsin), presenció atónita el ataque a Jacob Blake por parte de un agente: siete balazos que lo han dejado paralítico sin que existiera más motivo que desoír, desarmado y pacífico, las órdenes de la autoridad. 

Días más tarde, Estados Unidos vio en las redes cómo Kyle Rittenhouse, probable miembro de una milicia, mataba a dos manifestantes, hería a un tercero, y se paseaba por la escena con el beneplácito de la policía portando el rifle ilegal con el que perpetró los crímenes. En un país donde es imposible tomarse una cerveza sin mostrar el DNI, sorprende, cuanto menos, la impunidad con que ciertos sujetos son capaces de ejercer la violencia. El presunto asesino, blanco, solo fue aprehendido al día siguiente.  

Una historia de violencia

Es difícil explicar lo que estamos viviendo; a las tensiones provocadas por un clima de devastación sanitaria y económica se añade la extrema politización de una información que, dependiendo de su tratamiento, dirigirá votos al partido demócrata o al republicano. La sombra de las elecciones del próximo 3 de noviembre se proyecta sobre cada noticia, cada intervención mediática, pero lo que está claro –no tanto por lo ocurrido estos días sino porque conforma una tendencia histórica– es el racismo que mueve a las fuerzas del orden por una parte y, por otra, su militarización y despliegue excesivo sobre unas ciudades que parecen campos de batalla. La metáfora bélica es apropiada si se considera la multiplicación de unidades policiales y el armamento que portan. Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

 La policía estadounidense arrastra una trayectoria de racismo y brutalidad que se remonta a sus orígenes. En los estados del sur, los primeros grupos de vigilantes armados eran patrullas dedicadas a perseguir y castigar a los esclavos, evitando posibles revueltas. Con el fin de la guerra civil y la abolición de la esclavitud en 1865, estas patrullas –compuestas por voluntarios sin apenas formación– se disolvieron y dieron paso al antecedente inmediato de los departamentos de policía actuales, que se extendieron por todo el país.

 Como indica The Conversation, lejos de abandonar sus prácticas racistas, estas siguieron su rumbo con el fin de ejecutar los dictámenes segregacionistas de las leyes Jim Crow, que, entre otras cosas, vetaban a los negros el acceso a espacios considerados exclusivamente blancos –como escuelas, restaurantes o bibliotecas–. Para cuando los derechos civiles fueron aprobados, los distintos cuerpos policiales se habían imbuido de una cultura discriminatoria que permeaba sus prácticas y conformaba sus decisiones, pero no sería hasta la era Reagan cuando esta se vio fortalecida con una poderosa militarización que volvería a las fuerzas del orden prácticamente indistinguibles de las que componen el ejército.

 Mediante una serie de programas federales, y en el contexto de la guerra contra las drogas –en sí racialmente motivada–, el presidente autorizó el despliegue masivo de unidades SWAT, que los equipos policiales compartieran entrenamiento con los militares, y que la policía pudiera adquirir armamento bélico tradicionalmente usado por tropas en el extranjero. Este último programa, el 1033, es el más controvertido y la causa de que hoy pueda verse a agentes de la policía local cargando armas más propias de la invasión de Irak que de la disolución de una manifestación, como rifles de asalto, granadas y bayonetas.

 La mención a Irak no es casual, puesto que la guerra contra el terrorismo ha jugado un papel preponderante en la generalización de su uso gracias, no solo al presidente que la declaró, George W. Bush, sino también a la ampliación del programa 1033,  efectuada por el Gobierno de Clinton. Según Joseph Hartman y Arthur Rizer, este último veterano de guerra y profesor, los ataques terroristas del 11-S supusieron un punto de inflexión: la policía comenzó a utilizar armamento militar de manera generalizada, lo que ha derivado en la adopción de una “mentalidad de soldado” entre las fuerzas del orden.

La adquisición de material bélico en operaciones internas ha ido mutando según las circunstancias histórico-políticas. Así, el mandato de Obama favoreció un incremento significativo tras el fin de la Guerra de Irak en 2011, pero tuvo que limitar el programa 1033 tras las fuertes críticas que generaron las protestas de Ferguson en 2014, a consecuencia de la muerte de Michael Brown a manos de un policía. Pese al clamor de una población civil que exigía la eliminación absoluta del programa después de que los disturbios fueran sofocados con armamento militar, Obama solo impuso una serie de restricciones, posteriormente revocadas por la Administración de Trump. Hoy, como en 2014, es posible el uso de lanzagranadas y vehículos blindados a pruebas de minas no solo por la policía federal, sino también por la de cualquier distrito escolar.

Campo de batalla

La muerte de George Floyd, la de Breonna Taylor o la agresión descarnada a Jacob Blake son solo algunos ejemplos recientes que han sacudido los cimientos de la sociedad estadounidense, lanzando a miles de personas a las calles. La militarización policial se alía con un racismo endógeno que presenta múltiples ramificaciones. Junto a las estadísticas que demuestran una mayor mortalidad de la población negra a manos de las fuerzas del orden, otros datos arrojan luz sobre el problema.

 Una investigación reciente, llevada a cabo por un antiguo agente del FBI, ha sacado a la luz los vínculos de la policía con milicias y grupos de supremacistas blancos en los últimos 20 años, aunque ahora, quizá, estos lazos sean más evidentes. En Kenosha, varios agentes fueron grabados agradeciéndole su colaboración a los voluntarios armados que allí se encontraban –entre ellos se cree que estaba Rittenhouse. En Filadelfia, hace varias semanas un conjunto de vigilantes espontáneos salió a patrullar la ciudad con bates de béisbol con la connivencia, de nuevo, de la policía local.

Por otra parte, con el lema #defundthepolice, los manifestantes han puesto el foco en un dato alarmante: los abultados presupuestos de la policía. De acuerdo con el Urban Institute, el gasto estatal y local se incrementó en 73.000 millones de dólares –ajustados a la inflación– de 1977 a 2017, a pesar de la considerable disminución del crimen a partir de los años noventa. Las demandas para reducir la financiación policial –que no apoya ninguno de los candidatos a la presidencia– suelen venir acompañadas por la exigencia de destinar esos fondos hacia servicios esenciales, erróneamente desempeñados por el aparato policial. 

Por ejemplo: los agentes suelen ser los primeros en acudir en situaciones de crisis de salud mental, lo que a menudo provoca resultados fatales. En general, se puede afirmar que su mentalidad militar, el racismo estructural, el miedo a que el otro porte un arma, el aparato legal que los protege y hasta una formación que prioriza disparar a órganos vitales –en lugar de a las extremidades– convierte a este cuerpo en una amenaza para muchos, contribuyendo al cóctel molotov que sigue explotando a diario.

En Portland, ciudad que lleva más de cien días experimentando una conflictividad social azuzada en parte por agentes federales, Aaron Danielson fue asesinado en un clima de confrontación callejera entre los seguidores de Trump y sus detractores. Frente a la polarización política y una violencia que continúa escalando a ritmo acelerado, el presidente insiste en apagar el fuego con gasolina, no solo negando la existencia del racismo estructural que impregna cada aspecto de la sociedad estadounidense, sino también fortaleciendo el ya robusto aparato bélico teóricamente encargado de la seguridad ciudadana.

Si esto es la guerra –parece afirmar–, ganará el más fuerte, y ahí, como Stephanie en su madrugada invadida, como tantos que ya no pueden contarlo, llevamos las de perder."              

(Azahara Palomeque. Es escritora, periodista y poeta. Exiliada de la crisis. CTXT, 03/09/20)

4/10/19

Trump propuso disparar a migrantes en las piernas, según 'The New York Times'

"El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sugirió hace unos meses disparar en las piernas a los migrantes que cruzaban irregularmente la frontera con México, según un artículo publicado este martes por The New York Times.

Este diario neoyorquino, que citó a una docena de funcionarios de la Casa Blanca bajo condición de anonimato, hizo una reconstrucción de las semanas que en marzo y abril condujeron a la reestructuración del Departamento de Seguridad Nacional, encargado de la política migratoria estadounidense.

De acuerdo a este artículo, Trump, frustrado por el aumento del flujo migratorio en la frontera con México y por el fracaso de las estrategias hasta ese entonces adoptadas para frenarlo, propuso en privado una serie de medidas heterodoxas. El presidente, por ejemplo, propuso complementar el muro en la frontera con un foso lleno de agua y repleto de caimanes y serpientes; un proyecto para el que hasta llegó a pedir un presupuesto a sus asesores según The New York Times.

En ese contexto, Trump también quiso electrificar la barrera fronteriza o instalar en su parte superior púas que pudiesen perforar el cuerpo humano. Fue entonces cuando el presidente propuso disparar en las piernas a los migrantes para que no pudieran avanzar.

En 2018 Trump ya autorizó disparos en algunos casos

Trump ya dijo en noviembre de 2018 que los militares desplegados en la frontera estaban autorizados a abrir fuego en caso de ser atacados por migrantes que en ese entonces iban hacia EE.UU. en caravana procedente de Honduras.

Esta vez, sin embargo, el presidente fue más allá al sugerir que se les disparase por el mero hecho de cruzar sin papeles la frontera.

Según las fuentes consultadas por The New York Times, en ambos casos los asesores tuvieron que aclarar a Trump que no estaba permitido disparar a los migrantes.  (...)"              (Público, 02/10/19)

21/6/18

El Gobierno de Trump encierra a los hijos de inmigrantes sin papeles en jaulas para presionar a sus padres



"El Gobierno de Trump cree haber encontrado el arma definitiva para reducir la llegada de inmigrantes latinoamericanos por la frontera sur: secuestrar a sus hijos. Desde que se puso en práctica esta política, cerca de 2.000 niños han sido internados en centros inapropiados para su situación donde no reciben la atención necesaria.

El Gobierno parte de la base de que sus padres son delincuentes y por tanto no pueden tener con ellos a sus hijos, que pasan a caer bajo la custodia del Estado.

Es un chantaje con base legal. Si los padres aceptan ser deportados sin recurrir a los tribunales, les devolverán a sus hijos para que abandonen juntos el país.
Propublica ha conseguido una grabación de audio en la que se oyen las voces de niños de corta edad que llaman llorando a sus padres. Se oye también a un agente de la Patrulla de Fronteras decir: “Bueno, aquí tenemos una orquesta”.

Encerrar a los menores tiene otro destinatario: los congresistas demócratas. Trump quiere obligarles a que acepten un acuerdo presupuestario que subvencione con fondos públicos la construcción del muro en la frontera con México.

 “Los demócratas tienen que cambiar la ley. Es su ley”, dijo Trump el viernes. Es un aviso singular, porque sus compatriotas tienen que saber que el presidente del país es republicano y que las dos cámaras del Congreso están controladas por republicanos.

Las administraciones anteriores de George Bush y Barack Obama nunca aplicaron esta política.

 Estas son las jaulas en las que están metiendo a los niños, además de a sus familias. La Administración hizo el domingo una visita guiada para los medios de comunicación en Texas, relatada aquí por un periodista del Post. Un almacén ha sido acondicionado para instalar jaulas metálicas con vallas donde se coloca a los detenidos.

 En cada una de ellas sobre un suelo de cemento, se coloca a unos veinte o más menores y se les entrega mantas hechas con material aislante, una colchoneta, agua embotellada y comida. En ese centro había 1.100 inmigrantes indocumentados, incluidos cerca de 200 menores.

“Los detenidos son separados por grupos. En uno están los niños y adolescentes no acompañados de 17 años o menos, en otro niñas y adolescentes no acompañados de 17 años o menos, en otro los hombres con sus familias, y en otro las mujeres con sus familias”, dice el artículo. Hay cuatro asistentes sociales para todo el grupo de menores en estas instalaciones de Texas.
Las autoridades dicen que no es correcto llamarles jaulas.

Una representante de una ONG que visitó ese centro contó a la agencia AP que había hablado con una chica presa de 16 años que se había estado ocupando de una niña durante los últimos tres días. “Tuvo que enseñar a otras chicas en la celda para que le cambiaran el pañal. Estaba tan traumatizada que casi no hablaba”.

Esta era una visita preparada para congresistas y periodistas a un centro elegido por el Gobierno. No se permitió a los periodistas sacar fotos. Las imágenes del lugar fueron facilitadas por la Administración.

En otros centros, los niños han sido separados de sus padres o madres, en algunos casos engañándoles. Esto contaba la responsable de una organización benéfica que presenció esas situaciones:
“A veces dicen a los padres, ‘nos llevamos a su hijo’. Y cuando los padres preguntan, ‘¿cuándo nos lo devolverán?’, les responden, ‘no podemos decírselo’. En otros casos, vemos que no les comunican que se van a llevar a sus hijos. Por el contrario, el agente dice, ‘voy a llevarme a su hijo para que lo bañen’. Hablaba con una madre y ella dijo, ‘no se lleven a mi hijo’, y el niño comenzó a gritar y vomitar y llorar de forma histérica. Ella preguntó a los agentes, ‘¿Puedo estar con él al menos cinco minutos para tranquilizarlo?’. Le dijeron que no”.
 Según un congresista de Texas, el niño más pequeño que ha visto tiene ocho meses y lleva un mes en un centro de este tipo. En teoría, nadie debe estar en estos lugares más de 72 horas, pero la acumulación de casos ha hecho que muchas personas, también niños, lleven meses en ellos.

 En un artículo publicado en The Washington Post, Laura Bush escribe que “estas imágenes recuerdan de forma siniestra a los campos de internamiento de los americanos de origen japonés en la Segunda Guerra Mundial, que son considerados ahora uno de los episodios más vergonzosos de la historia de Estados Unidos”              (Guerra eterna, 18/06/18)

8/2/17

El primer fracaso militar de Trump... destrucción de un pueblo y muerte de un alto número de civiles

"Donald Trump ha tenido la primera oportunidad de poner en práctica su lenguaje belicista de la campaña electoral. El resultado ha sido un rotundo fracaso. Una operación de las fuerzas especiales –los SEAL de la Armada– en Yemen contra Al Qaeda acabó el domingo con un enfrentamiento a tiros contra los defensores del complejo atacado que duró 50 minutos. 

 No hubo elemento sorpresa y entre las víctimas hubo un alto número de civiles, aunque en la primera versión –ahora ampliada por fuentes anónimas– sólo hubo referencias muy genéricas a esa posibilidad. Un comunicado dijo que “probablemente” hubo víctimas civiles. Sí se supo que murió una niña de ocho años, hija de un miembro de Al Qaeda de nacionalidad estadounidense también eliminado en 2011 en un ataque con drones.

En el ataque, murió un miembro de los SEAL. Trump en persona acudió a su funeral. Hubo seis heridos entre los atacantes.

Con ataques anteriores de estas características, ha pasado mucho tiempo hasta saberse exactamente lo ocurrido. Esta vez no, lo que hace pensar que entre los militares puede haber muchos con ganas de contar a los medios historias que van a desmentir los mensajes que salgan de la Casa Blanca. Además, hay fotografías que confirman la existencia de niños muertos.

Lo que sabemos ahora es que la operación estaba condenada antes de su inicio, según el NYT.
En este caso, la fuerza de asalto compuesta por varias decenas de comandos, que también incluía soldados de élite de los Emiratos, estaba gafada desde el principio. Los combatientes de Al Qaeda fueron alertados antes de la llegada silenciosa hacia el pueblo, quizá por el sonido de los drones americanos que estaban volando bajo y de forma ruidosa en la zona, según líderes tribales locales.
Gracias a la interceptación de comunicaciones (del enemigo), los comandos sabían que la misión había quedado comprometida, pero siguieron avanzado hacia su objetivo, a unas cinco millas (ocho kilómetros) desde donde los habían depositado. “Sabían que les habían jodido desde el principio”, dijo un ex oficial del SEAL Team 6.
Los militares se encontraron con una resistencia inesperada y, según las fuentes anónimas citadas por el NYT, descubrieron que en la defensa del complejo donde vivía un dirigente de Al Qaeda en Yemen, participaron mujeres.

 Pidieron apoyo aéreo y helicópteros y aviones comenzaron a bombardear el pueblo de Yakla, que pudo quedar casi destruido. Un avión MV-22 Osprey tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia, quizá por ser alcanzado, y quedó inutilizado, por lo que fue destruido después. Su coste es de unos 75 millones de dólares.

Este jueves, Defensa dijo que estaba investigando si se habían producido muertes de civiles. La ONG británica Reprieve, que hace un seguimiento de los ataques con drones en varios países, incluido Yemen, ha conseguido información de fuentes yemeníes sobre las consecuencias del ataque:
Reprieve ha obtenido pruebas que indican que 23 civiles murieron en el ataque norteamericano, incluido un bebé recién nacido y diez niños. Una mujer embarazada recibió un disparo en el estómago durante la operación, y posteriormente dio a luz a un bebé herido, según informaciones locales. El bebé murió el martes 31.
El ataque a ese objetivo fue considerado en la Casa Blanca durante la Administración de Obama y desechado por el alto riesgo, bien de un elevado número de bajas civiles –en caso de ataque con drones– o por el peligro para los atacantes si se realizaba una operación como la finalmente ejecutada. Un exportavoz del Consejo de Seguridad Nacional ha negado que se hubiera presentado un plan cerrado que sólo necesitaba ya el visto bueno político.

Trump lo autorizó en una cena en la Casa Blanca el 25 de enero –cinco días después de su toma de posesión– en la que el secretario de Defensa y el jefe de las FFAA le presentaron el plan. Era la confirmación de que la nueva Administración iba a ser más rápida que la anterior a la hora de aprobar operaciones militares sobre el terreno propuestas por los militares.

El lunes, Trump presumió en un comunicado que en una “exitosa operación” contra “los cuarteles de Al Qaeda en la península arábiga”, las fuerzas de EEUU mataron a 14 miembros de Al Qaeda y se hicieron con “valiosa información de inteligencia que ayudará a EEUU a impedir actos de terrorismo contra sus ciudadanos y el resto del mundo”. Su portavoz insistió en una rueda de prensa que había sido un éxito

El 30 de enero, ya habían empezado a aparecer en cuentas de Twitter fotos de los niños muertos.

Yemen es uno de los siete países musulmanes a los que Trump ha impuesto la prohibición de que sus nacionales pongan el pie en EEUU por considerarlos un peligro para la seguridad de los norteamericanos."         (Guerra eterna, 03/02/17)