Mostrando entradas con la etiqueta Colonialismo aleman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colonialismo aleman. Mostrar todas las entradas

19/9/22

“Inglaterra consiguió convencer de que su imperio era decente, pero hoy se está conociendo el lado oscuro”

 "Abdulrazak Gurnah es un escritor capaz de atrapar a los parias del último rincón del planeta, sacudirlos, vestirlos, sacarles brillo y convertirlos en protagonistas de algo grande, en señores de una gran envergadura. Libro a libro, el Nobel de Literatura de 2021 demuestra su habilidad para transformar vidas comunes de su Zanzíbar natal (actual Tanzania) en grandísimas historias y, sobre todo, en excusa para indagar en la condición humana más elemental, esa que destaca cuanto más desprovista esté de cosas, de lujos y de los ritmos de hoy. Hay un aire de esencia en sus libros, tan desnudos de actualidad como plenos de vigencia.

Un hombre y una mujer, dos seres abandonados, vapuleados y arrancados incluso del derecho a tener un origen y, por tanto, un sentido de pertenencia, nos van a llevar a recorrer los vericuetos del colonialismo más brutal que vivieron Tanganika y Zanzíbar (más tarde unidos en Tanzania) a manos de los alemanes, primero, y los británicos, después. ¿La excusa? La civilización de aquellos pueblos. La vida, después (Salamandra, traducción de Ana Rita da Costa García) es la novela más reciente del Nobel de Literatura y ahora llega a España. Gurnah (Zanzíbar, 1948) conversa mediante videoconferencia con EL PAÍS.

Pregunta. Usted describe la brutalidad de los alemanes frente a los británicos, que luego los sustituyeron como fuerza colonial. ¿Cuál fue el legado de unos y de otros?

Respuesta. La diferencia fue que los británicos no tuvieron ningún interés en asentarse, al menos en Zanzíbar. Sí, en Kenia, donde fueron más violentos, arrebataron a la gente sus posesiones y los forzaron a trabajar para ellos, pero no en esa pequeña isla que ya estaba llena de gente. Los alemanes, sin embargo, sí quisieron asentarse y para ello tenían que desplazar a la gente, someterla, quitarles la tierra. Y eso requería violencia. Los británicos, además, tenían mucha más experiencia en colonizar partes del mundo no europeas, mientras que los alemanes tenían mucha experiencia en colonizar partes de Europa, pero no de fuera de Europa. Alemania era un Estado muy militarizado que se imponía por la fuerza y no con formas más mercantiles como por ejemplo los británicos en la India. Los 30 años que duró la Deutsch Ostafrika [África Oriental Alemana] fue para ellos una guerra sin fin, un conflicto encadenado a otro, para someter a la población. Es posible que después de esos 30 años se hubieran planteado ser más suaves, pero en la I Guerra Mundial perdieron sus colonias. Aquello fue lo que hoy llamamos genocidio, aunque entonces no teníamos esa palabra. Cientos de miles de personas fueron asesinadas, casi hasta el punto de la extinción, y eso es algo que tiene que ver con el Estado alemán y la mentalidad de militarización y profunda preocupación por la disciplina y la obediencia que les caracterizaba.

P. ¿Tiene recuerdos personales de la era colonial?

R. Sí, sí. Nací en 1948 y la independencia llegó en 1963, así que tengo muchos recuerdos de infancia y de adolescencia. Crecí sabiendo que los británicos estaban ahí, no teníamos nada que ver con ellos, pero los veías pasar. De repente podía venir el director de educación para visitar la escuela, o algo así, pero no teníamos profesores británicos, por ejemplo. Simplemente estaban ahí, era un hecho, haciendo lo que tuvieran que hacer. Solo cuando se acercó la descolonización empezaron a detener a gente y reprimir manifestaciones, pero hasta entonces siempre habían estado lejos. De los alemanes, sin embargo, todo el mundo recuerda historias, y aún las escuchas: sobre su ferocidad, su severidad, la crueldad de todo lo que tuviera que ver con ellos. Los alemanes eran a la vez feroces y eficientes.

P. Usted traza el retrato de dos askaris, dos nativos que deciden servir al ejército alemán. ¿De dónde vienen?

R. Vienen de la imaginación. Hubo jóvenes que, por razones confusas, por búsqueda de aventura o porque les gustaban los alemanes, se enrolaron en las filas de los opresores. Hay muchas historias de gente en África seducida por el poder, por el prestigio del conquistador, por la modernidad de las armas, máquinas, medicinas o el conocimiento del mundo. Es algo corrupto, porque era una forma de rechazar tu identidad para convertirte en otra cosa, pero así fue.

P. ¿Cree que el debate sobre el colonialismo está superado o pendiente?

R. No está superado, no, porque las consecuencias aún están aquí y muchas de ellas son insolubles. Tendrán que ser abordadas por sus víctimas y eso llevará tiempo, si es que es posible. Una de las consecuencias obvias es la creación antinatural de naciones a conveniencia de las potencias, que aún son fuente de desacuerdos constantes porque son orgánicamente irreales y hay recursos en disputa. Están profundamente divididas. Eso no se superará hasta que todas las partes lo entiendan y se adjudiquen las responsabilidades a quien corresponde. Algunas naciones como Alemania han asumido responsabilidades por su pasado no solo nazi, sino también colonial. Han reconocido la barbaridad y lo están haciendo bien. Están dando dinero para construir hospitales, carreteras, escuelas, lo que haga falta y es una forma de asumir la responsabilidad. ¿Eso supone que está superado? No, no lo está. Aún necesitamos volver a ello, admitir que es un episodio que hay que conocer en toda su magnitud. Hay que seguir con ello.

 P. En el Reino Unido predominó la opinión de que fue un “imperio decente”. ¿No cree que aún tiene mucho por reconocer?

R. Lo del Imperio Británico es uno de los mejores ejercicios de relaciones públicas que ha hecho el Reino Unido. Ha conseguido convencer, para empezar, a sus propios ciudadanos, de que su imperio era decente. Pero cada vez más y más estudiosos e historiadores están revelando el lado oscuro del imperio, mostrando la constante coerción deliberada, la violencia, represión y la ocultación de la verdad. Los estudiosos lo están repitiendo, pero es un proceso constante. Hay que recordar que hubo campos de concentración, campos de tortura. El mero hecho de colonizar a otros pueblos significa que los estás forzando a hacer cosas que no quieren hacer. Inevitablemente, eso requiere violencia para lograr el control y los negocios.

P. Menciona a los historiadores. ¿Y el Gobierno? ¿Cree que reconoce lo ocurrido?

R. De alguna forma sí, pero no completamente. Lo que está ocurriendo ahora es que una gran parte de la sociedad, el lado más conservador, está de alguna forma a la defensiva. Aseguran que hicieron cosas decentes y que no fue del todo malo. Algunos insinúan que necesitan que volvamos allí y nos hagamos cargo. Es lo que llaman guerras culturales. Pero yo lo interpreto como una forma de estar a la defensiva ante el relato que no desean creer. Imaginan que son exageraciones de izquierdistas, de comentaristas poscoloniales y que, en general, se hicieron bien las cosas, que se llevó el orden y se dejaron beneficios para los colonizados. Por ello hay que seguir diciendo cómo fue en realidad. Eso sí. En los cincuenta la mayoría de la gente creía en esa narrativa del imperio colonial decente. Hoy creo que es 50/50, incluso 60/40 la proporción de personas cada vez más conscientes de que aún hay mucho por aceptar y entender.

P. ¿Le cuesta seguir escribiendo de su tierra cuando lleva tanto tiempo fuera?

R. Algunas cosas sí, pero en realidad no. No solo porque recuerdo con claridad, sino que además sigo yendo regularmente y puedo refrescar lo que sé y lo que recuerdo. No está muy lejos porque está en mi cabeza.

P. ¿Le ha cambiado la vida el Nobel?

R. Sí, sí, sí, por supuesto (ríe). Tengo muchísima más actividad, como esta conversación. Es maravilloso verse reconocido, ha despertado el interés en mi trabajo, lo cual es un placer, nuevas ediciones, es bonito. Es un gran cambio.

P. Y para escribir ¿le impone una nueva exigencia, una presión nueva al escribir?

R. ¡Ahora solo escribo correos electrónicos! No tengo tiempo para escribir nada más. Espero que mis correos hayan mejorado, tal vez ahora son más cortos porque tengo muchos más. Pero no he tenido tiempo para escribir. Me paso el día hablando con periodistas, preparando nuevas ediciones, etcétera. Es divertido.

P. ¿Por qué escribe?

R. Empecé porque quería reflejar ciertas cosas, pero todo empezó realmente cuando me trasladé a Inglaterra y me encontré intentando resolver lo que me ocurría, lo que no entendía o lo que me preocupaba mediante la escritura. Así empezó. Después empecé a ficcionar, a convertir esas preocupaciones en historias. Hay una gran diferencia entre escribir porque estás intentando descargarte sabiendo que nadie va a leer y escribir algo que sabes que otros van a leer, porque entonces tienes que elaborarlo y organizarlo bien. Luego ves alrededor tanta injusticia, desigualdad e infelicidad que escribir se convierte en interesante, necesario e importante. Y una vez que lo haces y obtienes cierta respuesta al publicar, ya estás enganchado, has mordido el anzuelo, es tu trabajo y eso se reproduce: la gente te lee, vuelve a ti, ya tienes lectores y una cosa lleva a la otra. Ya escribes para los lectores. Al principio no sabes quién está al otro lado. Pero luego sientes cosas que ves necesario contar."                (Berna González Horbour, El País, 18/09/22)

8/7/21

Así se se inspiró Hitler en el oeste americano para su idea de Imperio Alemán... los nazis tomaron como modelo la larga y brutal campaña de EE UU contra los nativos americanos...

"La celebración del Día de las Personas Indígenas es una oportunidad para que los estadounidenses reconozcan una perturbadora parte de la Historia: cómo los nazis tomaron como modelo la larga y brutal campaña de EE UU contra los nativos americanos.

Los nativos americanos siguen su lucha por la justicia en EE UU. Aunque este año ha traído importantes victorias, como la retirada por parte del equipo de fútbol americano de Washington de su nombre y logo racistas, y una sentencia histórica por parte del Tribunal Supremo a favor de los derechos de los nativos en el caso de McGirt contra el Estado de Oklahoma, continúa la difícil tarea de reconocer y volver a debatir sobre el legado de opresión del país contra sus primeros habitantes.

Los esfuerzos de los nativos y sus aliados activistas para que se extienda el establecimiento del día de los Personas Indígenas como alternativa al día de Colón es una parte importante de este trabajo. La fecha es una oportunidad no solo de celebrar las voces y cultura nativas, sino de que el país se replantee su historia a la luz de las experiencias de los nativos americanos. Aunque buena parte de este replanteamiento se centre, como es normal, en el trato brutal de las personas nativas a lo largo de la historia estadounidense, el día de las Personas Nativas también ofrece una oportunidad de reflejar otros legados de brutalidad menos conocidos más allá del ejemplo de los propios EE UU.

Puede que el más terrible de estos legados sea la manera en que Adolf Hitler y su régimen se fijaron en EE UU y sus acciones contra los nativos americanos como un modelo para su campaña asesina en el este de Europa durante la II Guerra Mundial. Se trata de una conexión investigada por historiadores recientes de la Alemania nazi y detallada más exhaustivamente en el libro The American West and the Nazi East, de Carroll Kakel. (Para un relato relacionado sobre cómo influyeron en los nazis las políticas norteamericanas de inmigración, segregación y eugenesia, se puede consultar el fascinante Hitler’s American Model, de James Whitman).

El principal objetivo estratégico de Hitler al provocar la II Guerra Mundial fue expandir hacia el este las fronteras de Alemania para abarcar la mayor parte de Europa. Esta búsqueda del Lebensraum, o espacio vital, hacia el este fue su preocupación central. Su visión era la de un vasto imperio alemán desde el Báltico, Polonia, Ucrania, Bielorrusia y Rusia hasta el límite de Europa en los montes Urales. Este imperio iría eliminando gradualmente a sus antiguos habitantes para ser habitado en su lugar por granjeros alemanes duros y autosuficientes, que proporcionarían alimento a la gran potencia continental.


La II Guerra Mundial fue, por tanto, por encima de todo una guerra de expansión colonial. En una época en que los países europeos todavía gobernaban una buena parte del mundo, justificando dicho poder con su pretensión de superioridad racial y usando métodos brutales para extraer riquezas y aplastar la protesta, Hitler tenía muchos modelos en los que inspirarse. Bélgica, por ejemplo, mató o hizo trabajar hasta la muerte a unos diez millones de personas durante sus cuatro décadas de dominio en el Congo.

Su interés, no obstante, no estaba en las colonias de ultramar, que Alemania jamás había poseído al mismo nivel que otras potencias, sino en un imperio contiguo y continental, anexionado a la misma patria originaria alemana. Como dijo Hitler, “nuestro territorio colonial está en el este”. Su visión era la que los historiadores llaman “colonialismo de ocupación”, en el que los habitantes originales de una zona pueden ser explotados de manera temporal, pero al final se ven reemplazados por la propia población del país conquistador.

Esta forma de colonialismo es inherentemente “eliminacionista”, en el sentido de que, de una manera u otra, las personas nativas, consideradas racialmente inferiores, se vuelven superfluas y “desaparecen” para hacer sitio a los ocupantes del poder imperial. Por eso EE UU fue la principal inspiración para Hitler. Era, según el historiador del Holocausto Timothy Snyder, “el imperio continental ejemplar” en el que los nazis basaron su visión colonizadora del este de Europa.

¿Que veía Hitler cuando se fijaba en EE UU como inspiración? Después de ser unos pioneros del colonialismo de ocupación en Irlanda, los británicos lo llevaron a Norteamérica con efectos devastadores según los colonos desplazaban a los habitantes nativos. Estos mismos colonos hicieron de la expansión más rápida hacia el oeste una justificación primordial de la guerra revolucionaria contra Inglaterra, citándola específicamente en la Declaración de Independencia. De hecho, una de las acciones militares de más envergadura en toda la guerra fue el ataque del ejército continental contra la confederación iroquesa. Después de que George Washington ordenara la “total destrucción y devastación de sus asentamientos”, para que pudieran ser “expulsados” por el “terror”, el ejército estadounidense estableció su patrón para el siguiente siglo basado en la expulsión de las personas nativas de su hogar a través de una campaña de violencia y brutalidad indiscriminadas.

Tras la independencia, Thomas Jefferson popularizó su visión de un imperio agrario de pequeños propietarios rurales virtuosos que se establecerían en todo el continente. En lo que respectaba a lo que llamó “la raza roja maldita”, Jefferson escribió que aquellos que no aceptaran irse serían “exterminados, o expulsados más allá del Mississipi”.

Él y otros líderes políticos que le seguían usaron amenazas de guerra, o la guerra propiamente dicha, para adquirir nuevos territorios de Francia, España, Inglaterra o México, abriéndolos para colonizadores blancos. Según estos recién llegados se iban instalando, una combinación de tropas regulares del ejército, unidades paramilitares llamados “exploradores” y grupos de vigilantes formados por los propios colonos sacó a los nativos de sus tierras. Sus métodos incluyeron fusilamientos masivos, violaciones, quema de pueblos, destrucción de provisiones de alimento y marchas forzadas. El resultado fue una rápida disminución de la población mediante el asesinato, el hambre, la enfermedad, la congelación o la expulsión.

Cuando este patrón se estableció más allá del Mississipi y la tierra y empezó a escasear la tierra para nuevos desplazamientos, el Gobierno estadounidense empezó a concentrar al resto de nativos en “reservas”. En estos terrenos marginales, las condiciones insostenibles de vida siguieron reduciendo dramáticamente su número. Un funcionario del Gobierno calificó al sistema de reservas de “asesinato legalizado de toda una nación”.

Al margen de los propios nativos, este proceso disfrutó de un amplio apoyo público. Era, en las famosas palabras de Jane Cazneau, parte del “destino manifiesto” del país. Como incivilizados salvajes que no hacían uso productivo de la tierra y eran racialmente inferiores, era inevitable que “desaparecieran” cuando los ocupantes blancos se instalaran. Como expresaba un artículo de 1854 en la revista DeBow’s Review, su “raza está acabada” y está “desapareciendo gradualmente para dar paso a una tipo más elevado de seres humanos”. Andrew Jackson veía a los nativos americanos como una “enfermedad” que estaba “infestando constantemente nuestra frontera” y necesitaba ser erradicada. En el siglo XIX, los estadounidenses blancos usaban habitualmente el término “extirpar”, en el sentido de hacer sitio mediante el desplazamiento, la destrucción o la aniquilación, cuando se referían a los nativos americanos.

Todo esto hace que no sorprenda que, al buscar un modelo para el este de Europa, Hitler lo encontrara en el oeste norteamericano. En palabras de Snyder, el ejemplo estadounidense fue una de las “mitologías inspiradoras” del proyecto oriental de los nazis

Hitler creció leyendo las novelas del oeste de Karl May dirigidas al público juvenil, que presentaban relatos de un “Salvaje oeste” domado a través de las “guerras con los indios”. También las releyó de manera regular ya de adulto, e incluso se las recomendaba a sus generales como fuente de ideas creativas. En su Mein Kampf de los años 20, Hitler alabó la manera en que los EE UU “arios” conquistaron “su propio continente” limpiando el “suelo” de “nativos” para hacer lugar a ocupantes más “racialmente puros” y sentar las bases de su autosuficiencia económica y creciente poder global. De hecho, el concepto de Lebensraum fue acuñado y popularizado por Friedrich Razel, quien afirmó que su teoría de la colonización y de la sustitución racial se inspiró en la “teoría de la frontera” del historiador estadounidense Frederick Jackson Turner y su identificación de “la colonización del gran oeste” como un hecho central de la historia e identidad norteamericana.

Una vez que los nazis subieron al poder en Alemania, Kakel detalla cómo el oeste de EE UU se convirtió en una “obsesión” para Hitler y sus seguidores más cercanos, como el líder de las SS, Heinrich Himmler. Su objetivo era reconfigurar la demografía de Europa de la misma manera que los EE UU reconfiguraron la demografía de Norteamérica. Los dirigentes nazis se referían habitualmente al este de Europa como “Alemania del este” o como el “salvaje este”, y a sus habitantes como “indios”. Admirando cómo EE UU había “matado a disparos a los millones de pieles rojas hasta dejarlos en unos pocos cientos de miles, y mantenido al discreto remanente bajo observación en una jaula”, Hitler habló de su intención de “alemanizar” al este de manera similar mediante la emigración de alemanes, y de contemplar a los nativos como pieles rojas”. Haciéndose eco de las justificaciones estadounidenses para la conquista del oeste, afirmó: “Es inconcebible que una gente superior tenga que existir de manera dolorosa en un suelo demasiado estrecho para ella, mientras masas amorfas, que no contribuyen en nada a la civilización, ocupan extensiones infinitas de uno de los suelos más ricos del mundo”. ¿Su respuesta? “Aquí en el este un proceso similar se repetirá por segunda vez como en la conquista de América”. Para Hitler, “nuestro Mississipi debe ser el Volga”.

Como en el ejemplo americano, Hitler usó amenazas de guerra y después la propia guerra para ganar territorio en el este. Las tropas regulares del Ejército, unidades paramilitares llamadas “Einsatzgruppen” y habitantes locales colaboracionistas empezaron a asesinar, aterrorizar y expulsar a habitantes considerados racialmente inferiores. Un “plan del hambre” preveía hambrunas masivas, principalmente de eslavos. Mientras, la SS redactó planes para expulsar a todos los judíos europeos a un gigantesco Judenreservat, o “reserva judía”, bien en Madagascar (una vez que el control británico de las rutas marinas fuera vencido) o bien en Siberia (una ve que la Unión Soviética fuera vencida). Se esperaba que la mayoría murieran de enfermedad o de inanición.

Tras la invasión de Polonia, Alemania se anexó rápidamente parte del país y comenzó el proceso de trasladar a los étnicamente germanos y otros ocupantes suficientemente “arios”. La propaganda nazi mostraba fotos de colonos alemanes partiendo en caravanas y describía las tierras al este como la “California de Europa”. Los periódicos alemanes publicaron titulares como “¡Ve al este, joven!”, una imitación del famoso consejo de Horace Greeley a los colonos americanos para que buscaran su fortuna en el oeste. ¿Y en cuanto a la resistencia de aquellos que estaban siendo conquistados, asesinados y eliminados? Hitler lo comparó con “la lucha en Norteamérica contra los pieles rojas”. Después de todo, decía, “¿Quién se acuerda de los pieles rojas?”.

Por supuesto, Hitler nunca materializó toda su visión. Cuando la corriente de la guerra cambió de sentido, y la vasta extensión de tierras soviéticas que planeaba colonizar se le escapó de las manos, la estrategia nazi se desplazó desde los métodos “eliminacionistas” tradicionales de colonialismo de ocupación basados en el modelo americano ─fusilamientos masivos, terror, expulsión y despoblación por enfermedad y hambre─ hacia su propia innovación: el asesinato mecanizado en los campos de la muerte, ahora dirigido casi exclusivamente a los judíos.

Después de poner a prueba su proyecto en una zona mucho más densamente poblada, durante un lapso de tiempo mucho más corto, y durante una guerra que no pudo ganar, Hitler sí consiguió asesinar a millones, desplazar a más millones aún y cambiar la demografía de Europa. Pero sus objetivos de colonización nunca alcanzaron más de cerca de medio millón de colonos en partes de Polonia, la mayoría de los cuales fueron a su vez expulsados o asesinados cuando la guerra terminó.

En contraste, EE UU jugó más a largo plazo, con una expansión y un despoblamiento de nativos gradual pero sin descanso, sobre un territorio más amplio y durante más décadas, y sin potencias militares rivales que amenazaran seriamente el proyecto. Como Hitler, EE UU mató y desplazó a millones y cambió la demografía de un continente. Al contrario que los nazis, el país completó en su mayor parte el proceso de reemplazo racial y dominación continental, al mismo tiempo que creaba un poderoso mito nacional de heroísmo de frontera y progreso. Se trata de un mito que a los estadounidenses todavía les cuesta asimilar, y el trabajo de quienes difunden la idea de un día de las Personas Indígenas es una parte importante de esta tarea."

(Waging non violence. Artículo original: How Hitler found his blueprint for a German empire by looking to the American West. Traducido para El Salto por Diego Sanz Paratcha. David Carroll, El Salto, 01/11/20)

31/5/21

Alemania reconoce por primera vez que cometió un genocidio en Namibia a principios del siglo XX... Lothar von Trotha, general que ya había reprimido brutalmente otras rebeliones nativas, ordenó a sus tropas ejecutar a los hombres que fueran capturados y expulsar al desierto, a una muerte segura por sed y hambre, a las mujeres y los niños...

 "El primer genocidio del siglo XX no fue el armenio, como suele creerse, sino el de dos pueblos, los hereros y los nama, que vivían en lo que hoy es Namibia. Y quien lo perpetró fue el ejército del Segundo Imperio alemán —o II Reich (1871-1918)— entre 1904 y 1908. 

Tras cinco años de negociaciones, este oscuro episodio de la historia colonial germana se reconoce oficialmente. Por primera vez, el Gobierno alemán ha expresado este viernes que el asesinato de decenas de miles de personas de estas dos etnias africanas fue un “genocidio”.

 “A la luz de la responsabilidad histórica y moral de Alemania, pediremos perdón a Namibia y a los descendientes de las víctimas”, señaló en un comunicado el ministro de Exteriores, Heiko Maas. Alemania sufragará un programa de desarrollo en Namibia con 1.100 millones de euros como “gesto de reconocimiento” ante “el incalculable dolor” provocado por las masacres cometidas hace casi 120 años. Maas reconoció que una verdadera reconciliación no puede “ser decretada”, pero destacó el “paso importante” que supone “el reconocimiento de la culpa” y la petición de perdón.

Las autoridades alemanas tienen previsto viajar a Namibia, un país de poco más de dos millones de habitantes situado en el suroeste de África, para oficializar la disculpa. El presidente, Frank-Walter Steinmeier, volará a Windhoek y participará en un acto conmemorativo en el Parlamento, donde pedirá perdón formalmente. El ministro de Exteriores también prevé viajar al país para firmar allí la declaración.

Aunque es la primera vez que de forma oficial se reconoce el genocidio, y se emplea esa palabra, el Parlamento alemán ya se refirió de esta forma a la masacre de hereros y namas en noviembre de 2019. Los representantes de estos dos pueblos exigían indemnizaciones individuales, pero Alemania no ha aceptado la petición. En lugar de eso, financiará a lo largo de 30 años proyectos de reforma agraria, abastecimiento de agua y formación profesional a través de un fondo destinado especialmente a los territorios en los que viven los descendientes de los dos pueblos. El Gobierno federal asegura que con esta reparación económica se cierra la vía a reclamaciones legales.

“Estoy contento y agradecido de que haya sido posible alcanzar un entendimiento con Namibia sobre el capítulo más oscuro de nuestra historia común”, señaló Maas en el comunicado. Ambos países nombraron negociadores que han trabajado más de cinco años en el acuerdo. “Los representantes de las comunidades herero y nama participaron estrechamente en las negociaciones por parte de Namibia”, añadió el ministro. “Ahora nos referiremos oficialmente a estos eventos como lo que fueron desde la perspectiva actual: genocidio”.

El Imperio alemán de Guillermo II fue una potencia colonial en lo que hoy es Namibia desde 1884 —cuando se celebró la Conferencia de Berlín que consagró el reparto de África entre varios países europeos— hasta 1915 y reprimió brutalmente los levantamientos de los grupos étnicos. Los historiadores calculan que alrededor de 65.000 de los 80.000 herero y al menos 10.000 de los 20.000 nama fueron asesinados por los alemanes durante el dominio.

Cuando los herero y los nama se rebelaron contra la ocupación alemana, el emperador envió a unos 14.000 soldados para reprimir la revuelta. Tras una de las batallas más importantes, la de Waterberg, en 1904, Lothar von Trotha, general que ya había reprimido brutalmente otras rebeliones nativas, ordenó a sus tropas ejecutar a los hombres que fueran capturados y expulsar al desierto, a una muerte segura por sed y hambre, a las mujeres y los niños. Además, los soldados envenenaron algunos pozos de agua y cortaron el acceso a otros.

El pasado colonial de la potencia europea no es demasiado conocido, en parte debido a su final temprano después de la Primera Guerra Mundial. Mientras Francia e Inglaterra tuvieron colonias durante más tiempo y libraron guerras coloniales, en Alemania se creó “una especie de imagen limpia sobre el tema del colonialismo”, explica el historiador Sebastian Conrad en una entrevista reciente en Der Spiegel.

Conrad se muestra sorprendido en la entrevista por el hecho de que Alemania haya tardado tanto en calificar oficialmente de genocidio lo sucedido en Namibia, entonces África del Suroeste alemana: “¿Qué podría haber sido si no? ¿Qué significa esta palabra sino la aniquilación parcial de ciertos pueblos? Todos los documentos y todos los relatos de los que disponemos son una clara evidencia de que los alemanes querían acabar con los herero y los nama. Fue pura suerte que algunos sobrevivieran”.

El debate sobre el pasado colonial alemán ha cobrado importancia en los últimos meses, alentado por decisiones sobre objetos artísticos expoliados, aunque el robo no lo protagonizaran los alemanes. Los museos han elaborado guías sobre cómo actuar con estas piezas y recientemente el Ministerio de Cultura ha decidido devolver los llamados bronces de Benín, unos de los objetos más famosos del arte africano, cuya propiedad reclamaba Nigeria. Las piezas, realizadas entre los siglos XVI y XVIII, decoraban el palacio real del reino de Benín, en lo que hoy es el suroeste de Nigeria. Se vendieron al mejor postor después de que los británicos saquearan el país a finales del siglo XIX. Las 530 esculturas que están en Berlín iban a ser expuestas en una sala del Foro Humboldt, pero la exposición se canceló. Serán devueltas a Nigeria a comienzos de 2022.

Las huellas de la breve pero sangrienta época colonial alemana perviven en muchas calles y plazas y cada cierto tiempo vuelve a la actualidad el debate sobre qué hacer con los nombres de colonizadores en el callejero. Alemania tuvo colonias en las actuales Namibia, Camerún, Togo, partes de Tanzania y Kenia, y también en territorios de Asia y Oceanía. Berlín ha discutido durante años una forma de sortear la negativa de algunos comerciantes y habitantes del barrio africano de la ciudad a cambiar el nombre de algunas de sus vías. Grupos de activistas han propuesto, por ejemplo, que Petersallee ya no honre al colonizador de África Oriental Carl Peters, sino a Hans Peters, miembro de la resistencia contra el nazismo."                   (Elena G. Sevillano, El País, 28/05/21)

31/1/13

La memoria de la barbarie nazi... en Alemania

"Doce años transcurrieron desde la llegada de Adolf Hitler al poder y la liberación del campo de exterminio de Auschwitz por el ejército soviético. Doce años que determinaron y marcaron a Alemania como nación, con un lastre de infamia sin parangón en la historia europea, tan sobrada de barbaridades. 

Aquellos doce años siguen ahí, como advertencia universal, como complejo nacional y también como deber de pública contrición.

La prueba de todo ello fue la lúgubre celebración que las autoridades alemanas dedicaron ayer al 80.º aniversario de la llegada de Hitler al poder, un 30 de enero de 1933. Acto solemne en el Bundestag y discurso de la canciller Merkel inaugurando una exposición dedicada al evento. 

Trajes negros, semblantes cabizbajos y una gran emoción al escuchar en la cámara la plegaria, casi un llanto, cantada en hebreo rememorando las catedrales del holocausto judío: Birkenau, Treblinka, Majdanek, Babi Yar...

"El camino hacia Auschwitz comenzó con la destrucción de la democracia", dijo el presidente del Bundestag, Norbert Lammert. Aquella democracia de la república de Weimar, identificada con la pérdida de la Primera Guerra Mundial, la paz humillante, la inestabilidad económica y el caos social, que, como explica el historiador Robert Gelletely en su obra sobre el consenso nacional del nazismo, "no gustaba a casi ningún alemán".

"Hitler reflejó el carácter esencialmente provinciano, estrecho y violento del nacionalismo alemán", explica el periodista griego Dimitris Konstantakopulos, autor del diagnóstico más sombrío del actual proceso europeo liderado por una Alemania crecida por su reunificación y por fin plenamente emancipada de las tutelas posbélicas impuestas a su soberanía.

La actual política alemana en Europa vuelve a conducir al desastre, dice Konstantakopulos y, como en 1945, se cerrará con una "derrota geopolítica, moral y estratégica" para Alemania. Una Alemania, explica este autor, que sobrestima su fuerza y que llevará a todos, fuera de Alemania, a la misma conclusión: "no han cambiado, continúan siendo los mismos, no se puede confiar en ellos", dice. 

 Ajustada o no, su diatriba no hace sino ilustrar el lastre y la sombra que aquellos doce años proyectan: ochenta años después no hay país más fácil de demonizar. 

Y sin embargo este país, en el que los exnazis continuaron mandando mucho después de la guerra, mantiene su pública actitud de culpa, pese al paso de las generaciones, como si el mismo concepto de culpa colectiva no fuera un absurdo jurídico y moral traspasado a los hijos y nietos de quienes cooperaron o consintieron el horror.

La "ruptura de la civilización" que representó el nazismo y sus exterminios -el judío, el gitano, el de homosexuales, izquierdistas y prisioneros soviéticos-, es una "advertencia permanente", dijo Angela Merkel al inaugurar la exposición Topografía del terror.

 La muestra es uno de los muchos recordatorios de aquel periodo que jalonan el centro de Berlín y que la ciudad ha convertido en un interesante atractivo histórico, demostrando con ello una inequívoca voluntad.

 Merkel dijo advertencia porque el ascenso de Hitler fue posible "por el apoyo de la élite alemana y el consentimiento de la mayoría". Una mayoría que demostró "indiferencia en el mejor de los casos" ante la falta de libertades.

Ochenta años después de su llegada al poder, el nombre de Hitler es una especie de antídoto contra aquel tipo concreto de barbarie porque su memoria introduce de alguna manera anticuerpos en la conciencia universal."        (Rafael Poch, La Vanguardia, Rebelión, 31/01/2013)

28/10/11

"De los aproximadamente 20.000 nama que vivían en 1904, sólo 9.800 habían sobrevivido para 1911 al hambre, la horca y el trabajo esclavo"

"La oportunidad la brindó el denominado “reparto de África”, materializado en la Conferencia de Berlín (1884) –que en Alemania se conoce significativamente como Conferencia del Congo (Kongokonferenz)– organizada por el canciller alemán Otto von Bismarck y en la que las grandes potencias europeas aparcaron sus diferencias, como hacen siempre los grandes capitanes de industria, para explotar más y mejor África –al margen y a costa de los africanos, por descontado–  en lo que supuso el disparo de salida de la fase imperialista del capitalismo.

De esta conferencia se recuerda especialmente el papel de Leopoldo II de Bélgica, quien superó a todos los demás mandatarios europeos en desfachatez adjudicándose la propiedad privada del así llamado Estado Libre del Congo, del que sacó pingües beneficios a través de la concesión de licencias para la explotación de las minas y la extracción de caucho así como de la venta de marfil.

En el país de Leopoldo II a los trabajadores que no cumplían con las exigentes cuotas de producción se les cortaba una mano y, como nadie se tomó la molestia de censar a los congoleños, aún hoy se desconoce la cifra exacta de muertos –por extenuación o ejecutados por la Force Publique–, que se estima entre los 5 y 10 millones.

En la Conferencia de Berlín Alemania se quedó con Togoland (actual Togo y Ghana), Camerún, África Oriental Alemana (hoy Burundi, Ruanda y Tanganika) y África del Sudoeste Alemana (hoy Namibia), donde tuvo lugar el genocidio.

La confiscación de tierras con el fin de entregarlas a los colonos alemanes para convertirlas en grandes extensiones de cultivo desplazó a los herero y nama de sus tierras, que aparecen invariablemente en las estampas de los libros coloniales como despobladas, aguardando la supuestamente laboriosa azada europea. 

El modo de vida de ambas tribus se basaba principalmente en un ganado que, debido la escasez de tierras para el pastoreo y fuentes de agua, comenzaba a menguar, a lo que se sumaron fatalmente las enfermedades vacunas traídas de Europa, un brote de tifus, una plaga de langostas y una temporada de sequía.

Privados de su tradicional medio de subsistencia, muchos herero se vieron forzados a trabajar como jornaleros para los colonos alemanes –subvencionados por el estado alemán a través de su oficina colonial con sede en Berlín– o alistarse en su ejército. No todos, claro.

En 1904, Samuel Maharero, un dirigente de la comunidad herero, consiguió aglutinar el descontento y organizar una columna de 8.000 hombres para combatir al ejército alemán que consiguió desbordar inicialmente en número a las tropas coloniales alemanas (Schutztruppen) y librar una efectiva guerra de guerrillas que consiguió cercar Okahandja así como bloquear las comunicaciones de los alemanes destruyendo las vías de ferrocarril en Osona y las líneas del telégrafo en Windhoek, retrasando la llegada de tropas llegadas por mar desde Swakopmund.

En la región de Waterberg los insurrectos expulsaron a los colonos, se apoderaron de armas e infligieron graves derrotas a los colonos alemanes.

Tras la dimisión del gobernador, Theodor Leutwein, Lothar von Trotha –un militar con experiencia en la supresión de las revueltas en África oriental alemana y la Rebelión de los bóxers en China (1898-1901)– asumió el cargo junto al de comandante en jefe de la región con la misión de aplastar la insurrección de los herero.

Von Trotha, que declaró a un periódico berlinés que «una guerra no puede conducirse humanamente contra quienes no son humanos», llevó a cabo una despiadada campaña cuyo fin explícito era del exterminio de los herero como pueblo, asesinando indiscriminadamente a heridos, prisioneros, mujeres y niños, aterrorizando a la población y posiblemente envenenando sus acuíferos, méritos por los que fue condecorado personalmente por el káiser Guillermo. Von Trotha llegaría a firmar tras la expulsión de los herero de la región una “orden de exterminio” (Vernichtungsbefehl) el 2 de octubre de 1904 –de la que se conserva una copia en el Archivo Nacional de Botswana– que contrasta vivamente con el comportamiento de los combatientes herero, que perdonaron la vida a mujeres, niños, africanos y blancos no alemanes. 

En la batalla de Waterberg, von Trotha consiguió rodear, gracias a un ejército moderno –con una toma de decisiones centralizada y tecnológicamente superior–, a los herero, que, superiores en número pero mal equipados, acabaron sufriendo una dura derrota. 

Aunque hoy se debate si fue un error técnico de von Trotha o una decisión deliberada, los herero pudieron huir del cerco a través del desierto de Omaheke, donde la mayoría murieron de hambre y de sed en una auténtica marcha de la muerte (Todesmarsch). Se cree que al menos 30.000 herero murieron en esta travesía, más que en cualquier otra batalla contra los alemanes. 

Sólo 1.000 herero, incluyendo a Maharero, consiguieron cruzar con vida el desierto y llegar a la británica Bechuanalandia (actual Botswana). 2.000 de ellos escaparon hacia Ovamboland, al norte, o a Namaland, al sur, donde informaron a los nama –hasta no hace mucho, su enemigo histórico– del trato recibido por los alemanes. Muchos habían desertado antes del ejército alemán precisamente por esa misma razón.

Los nama retomaron el testigo de la lucha anticolonial contra el dominio alemán bajo el liderazgo de Henrik Witbooi –un antiguo oficial del ejército colonial– y Jakobus Morenga –hijo de un herero y una mujer nama, por cuya cabeza el káiser Guillermo II ofreció personalmente 20.000 marcos– librando una guerra de guerrillas que, como antes la de los herero, comenzó con éxito para los insurrectos en sus ataques a propiedades privadas, edificios gubernamentales e instalaciones militares alemanas. 

Pero nuevamente la superioridad tecnológica de los alemanes decidió la suerte de los nama: Witbooi fue herido de muerte en 1905 durante un ataque a una columna de transporte alemana, Morenga murió en combate en 1907 contra los alemanes y los británicos, que entretanto habían unido sus fuerzas contra el enemigo común. 

Simon Kooper, bajo el mando del cual se reunieron los restos de las fuerzas de los nama, consiguió llevar a su gente hasta Kalahari, lejos de los alemanes, donde negoció con el gobierno colonial británico para que no se extraditase a los combatientes nama. 

Quienes no consiguieron escapar fueron hechos presos y enviados a campos de concentración –inspirados en los establecidos por los británicos en sus guerras coloniales– de Okahandja, Windhuk y Swakopmund y otros lugares, donde trabajaron como mano de obra esclava en la construcción de carreteras y vías de transporte: en Shark Island (desde donde se enviaron por cierto los veinte cráneos que ahora Alemania ha devuelto) 1.359 presos de un total de 2.014 murieron en la construcción de una carretera entre Lüderitzbucht y Keetmannshoop.

Los nama presos en los campos fueron diezmados a causa de enfermedades como el tifus, la disentería y el escorbuto, cuyo efecto se multiplicó por la falta de asistencia médica y de agua potable y el hacinamiento.

De los 17.000 herero capturados tras la guerra de 1904 y enviados a campos de trabajos forzados, 6.000 perecieron sólo en 1907. Los supervivientes fueron separados y enviados a trabajar en las granjas de los colonos alemanes con el objetivo de borrar de la faz de la tierra su cultura. De los aproximadamente 20.000 nama que vivían en 1904, sólo 9.800 habían sobrevivido para 1911 al hambre, la horca y el trabajo esclavo.

El oficial médico jefe de Swakopung describió gráficamente a los presos nama como «piel sobre huesos, literalmente», una expresión que se repetiría cuarenta años más tarde, cuando los soldados estadounidenses y soviéticos derribaron las puertas de los campos de concentración nazis.(...)

El genocidio contra los herero y los nama tuvo también repercusiones históricas poco conocidas. Como ha señalado Ben Kiernan en Blood and Soil. A World History of Genocide and Extermination from Sparta to Darfur (New Haven, Yale University Press, 2007), «Heinrich Göring, padre del futuro dirigente nazi Hermann Göring, sirvió en 1885-91 como Reichskommissar de África del Sudoeste Alemana […]

Entre los alemanes que allí participaron en el genocidio de las poblaciones herero y nama entre 1904 y 1908 se encontraba el futuro gobernador nazi de Baviera, Franz Ritter von Epp, quien durante la Segunda Guerra Mundial fue responsable de la liquidación de virtualmente todos los judíos y gitanos bávaros. En una concentración nazi en Nuremberg de 1931, von Epp y Hermann Göring aparecen juntos frente a Hitler. […]

Otro futuro nazi, Eugen Fischer, llevó a cabo su investigación racista en la África del Sudoeste Alemana […] [Fischer llegó a ser] el presidente del Instituto Alemán Káiser Guillermo para la Antropología, la Herencia Humana y la Eugenesia, denunciando a las “personas de color, los judíos y los híbridos gitanos”, y proporcionó a Hitler una copia de su obra mientras este último redactaba Mi Lucha en prisión. 

Tras tomar el poder en 1933, Hitler nombró a Fischer rector de la Universidad de Berlín, donde comenzó la depuración de profesores judíos. El instituto de Fischer más tarde instruyó y patrocinó investigaciones seudocientíficas llevadas a cabo por médicos nazis, entre los cuales el notorio Josef Mengele.»        (Sin Permiso, 08/10/2011, 'No hay “responsabilidad histórica” para los herero y los nama', de Àngel Ferrero)