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17/7/19

Un niño con un arma puede doblegarle a usted y a cualquiera. De repente, descubren que sin armas no son nadie...

"(...) Leí «Chistes para milicianos», de Mazen Maarouf, y me sorprendió la facilidad con que los niños libaneses se adaptan a la guerra.

Desgraciadamente es así. Yo incluso diría que hay generaciones perdidas. La guerra del Líbano duró 15 años, y se calcula que esto son dos generaciones de milicianos, porque empezaban a 17-18 años, y siete años después ya se consideraban viejos y acabados. Mucha gente de ésta después sufre trastornos mentales y dificultades de adaptarse a la vida fuera de la milicia.

¿La paz les es difícil?

Claro, cuando tienen armas, tienen poder. Un niño con un arma puede doblegarle a usted y a cualquiera. De repente descubren que sin armas no son nadie. (...)"               (Entrevista a Tomás Alcoberro, Albert Soler, Diari de Girona, 11/07/19)

11/9/17

Siendo de ideas comunistas, se fue que como voluntario falangista en la Guerra Civil... «No me quedaba otra solución, o se estaba con los sublevados o en contra»

 Teodoro Recuero, en el frente ruso, con sus compañeros

"(...) las aventuras y desventuras de Teodoro Recuero que ahora publica West Indies Publishing Company bajo el título Hasta Nóvgorod: Crónica de un viaje. (...)

Le cuesta encontrarlos: ya casi no quedan. Podemos caer en los tópicos por una vez, porque son muy ciertos: los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Incluso podemos caer en un tópico más: la historia con mayúsculas difícilmente se entiende sin conocer la historia con minúsculas. Se pueden leer muchos manuales y libros de divulgación o tesis doctorales sobre la Guerra Civil, sobre la División Azul, pero si no se va a las fuentes directas, a la memoria de los soldados que la vivieron, es imposible hacerse una idea relativamente exacta de lo que fue aquello.

«A pesar de combatir en el mismo bando los moros y los legionarios no nos podíamos ver los unos a los otros». Uno piensa en bandos monolíticos, en ejércitos disciplinados y muy fanatizados, con una terrible carga política. Uno tiene una visión muy distorsionada de las guerras, después de tantas películas y novelas y de las frases grandilocuentes de los discursos de los líderes políticos.

Pero aquí no hay nada de eso. Aquí solo está la simple, clara, terrible y lúcida realidad. Una realidad que viene completada con algunos textos explicativos, resaltados en cuadros y no en notas al pie de página, introducidos muy acertadamente por los editores en el texto. Estos párrafos nos ayudan a hacernos una visión general. Pero si algo hay que destacar por encima de todo es la propia memoria del autor. Y su sinceridad…


«Mi aventura como voluntario en Rusia no tuvo motivación ideológica, sino económica». ¿Se puede decir más claro? Cuesta entenderlo, por supuesto. Cuesta entender que una persona que ha sobrevivido a una guerra quiera meterse en otra por un simple sueldo, pero fue así, y, desde luego, Teodoro Recuero no fue el único en ir a luchar a Rusia sin ningún afán ideológico, sino por fines prácticos.

Algunos fueron porque estaban en una situación peligrosa (o porque sus familiares directos estaban en una situación peligrosa), porque la represión franquista no les dejaba otra salida, otros fueron por convicción, el simple deseo de aventura llevó a algunos a Rusia. Sin embargo la historia oficial, que durante mucho tiempo se ha filtrado, aunque sea involuntariamente, en el pensamiento colectivo, e incluso ha llegado a contaminar los libros de texto, nos muestra una División Azul muy diferente. El primer valor del libro de Teodoro Recuero Pérez es este: la desmitificación.


El segundo valor de este libro de memorias es la síntesis de hechos e ideas. No es un libro muy largo. Se lee muy fácil. Es muy ameno. Nuestro protagonista repasa toda su vida, centrándose principalmente en la guerra (algo que se echa a faltar en otros libros parecidos), desde su nacimiento hasta su regreso del frente ruso y su difícil reincorporación a la vida civil. Lo cuenta con crudeza, con frialdad, pero no se pierde en detalles innecesarios.

 Va al grano. Y tiene una capacidad de síntesis que solo da la mucha experiencia en la vida sumada a una gran dosis de sentido común.
Pondré un ejemplo: al igual que Manuel Mena, el familiar de Javier Cercas, la Guerra Civil le pilla en su pueblo natal de la provincia de Cáceres. 

Vemos lo mismo que se lee en el libro de Cercas: la represión, la violencia, los arrestos y los fusilamientos entre personas que han sido vecinos (y generalmente buenos vecinos) hasta el mismo día anterior a la guerra. Pero si Cercas se centra (y está en su derecho, desde luego), casi exclusivamente en la historia inmediata, en la reconstrucción lo más minuciosa posible de los acontecimientos, Teodoro Recuero, desde su aparente crudeza y frialdad, nos llega al alma con confesiones muy nítidas e irrebatibles que nos muestran, con un fuerte fogonazo de luz, la verdaderas causas de la guerra y la verdadera naturaleza de la guerra:
«Todas las promesas que nos habían hecho en las elecciones del 31, cuando vino la República, quedaron sobre el papel», nos dice. 

Además, por si no ha quedado suficientemente claro, añade:
«Aquella era una época muy mala para encontrar trabajo. Los padres de familia se las veían y se las deseaban para dar de comer a sus hijos. El aceite era cosa de lujo, a pesar de cosecharse en el pueblo». Y ya está. Se puede leer mucho sobre la pobreza de la España campesina de principios del siglo XX (una pobreza que se viene arrastrando desde siglos y siglos atrás), pero con tres frases cortas ya está todo dicho.

Si a esta pobreza se le suma la actitud de los terratenientes «que preferían dejar las faenas del campo sin hacer» antes que dar el trabajo a jornaleros que votaban los partidos de izquierda, jornaleros que tenían inicialmente una fe absoluta en la República, pero que muy pronto se desencantaron y se radicalizaron. 

Si a esto se suma también que «no se podía ir tranquilo por la calle» (y no estamos en una gran ciudad, sino en un pequeño pueblo extremeño), ya podemos empezar a entender por qué pasó lo que pasó y por qué nuestro protagonista, siendo de ideas comunistas, se fue que como voluntario falangista en la Guerra Civil (muy distinto del falangista convencido, al menos al principio, de Javier Cercas), simplemente para salvar el pellejo.

«No me quedaba otra solución, o se estaba con los sublevados o en contra», nos confiesa sin pudor alguno Teodoro Recuero. Y es triste. Es muy triste que un país entero se viera en esta situación. Por eso estos libros se tienen que editar. Por eso estos libros se tienen que leer."         (Le Miau Noir, 21/08/17)

6/5/15

Militares israelíes confiesan que las matanzas en Gaza fueron intencionadas. Las órdenes eran disparar a matar a cualquier persona.

"Los testimonios de más de sesenta oficiales y soldados confirman que Israel causó una indiscriminada matanza de palestinos civiles y una destrucción desproporcionada durante la operación Margen Protector del verano pasado contra la Franja de Gaza, cuando murieron más de 2.100 palestinos y resultaron heridos casi once mil, en su inmensa mayoría civiles.

Los testimonios los recoge la ONG israelí Rompiendo el Silencio (RS), integrada por oficiales y soldados en servicio o en la reserva que se pronuncian contra la ocupación de Cisjordania y Gaza. El 25% de los testimonios corresponde a oficiales hasta el grado de comandante, mientras que el resto son de suboficiales y soldados. Sus declaraciones “se han investigado meticulosamente para garantizar su veracidad”, ha dicho RS.

El abogado israelí Michael Sfard, consejero legal de RS, considera que el informe “suscita serias preocupaciones por la violación sistemática y no accidental de principios claves de las leyes de la guerra, que se han establecido precisamente para evitar lo que ocurrió en la Franja de Gaza: la matanza masiva de civiles y una vasta e indiscriminada destrucción de edificios civiles y de barrios”.

El director de RS, Yuli Novak, no es menos contundente. “Mediante estos testimonios nos enteramos de que existe un amplio fracaso ético en las normas de combate del ejército, y de que este fracaso se origina en lo más alto de la cadena de mando y no es simplemente el resultado de ‘algunas manzanas podridas’”.

La ONG denuncia que las normas de combate que recibieron los soldados que participaron en la operación eran “las más permisivas que jamás se han oído”, lo que explica el elevado número de víctimas, así como la destrucción de millares de viviendas durante los meses de julio y agosto de 2014. Muchos de los soldados entrevistados afirman que las órdenes eran disparar a matar a cualquier persona.  (...)

Había ocasiones en que los soldados “disparaban sin ninguna relevancia operativa”, y otras veces se disparaba contra vehículos palestinos “por apuestas que se cruzaban los soldados entre sí”, y se practicaba el “vandalismo” y el “saqueo”.

No solo las órdenes de los superiores eran vagas, y deliberadamente “poco claras y poco rigurosas”, sino que “a veces se disparaba a una escala más masiva”, como ocurrió durante la aplicación de la llamada Directiva Aníbal en la ciudad de Rafah o en el intento de rescate de un soldado en el barrio de Shuyaiya, al este de la ciudad de Gaza, donde claramente se ignoró la seguridad de los civiles (testimonios 58, 60 y 103).

El informe recalca que en algunas ocasiones el fuego masivo contra áreas civiles palestinas no solo no obedecía a las necesidades operativas del combate sino que “servía a intereses políticos y diplomáticos”, es decir estaba en función de cómo marchaban las negociaciones para un alto el fuego."              (Público, 03/05/2015)

15/4/14

“El que no puede matar fríamente a un prisionero, no tiene cabida en las fuerzas especiales”

"Apenas llama ya la atención la noticia de que en alguna base militar (generalmente de EE.UU.) un veterano que luchó en Irak o en Afganistán ha sufrido un repentino acceso de enajenación mental y acto seguido ha desencadenado un mortal tiroteo que a menudo termina en suicidio. (...)

Los incidentes causados por el retorno a la vida civil de los excombatientes, a causa de los problemas de su readaptación, no son una novedad (ya preocuparon a la ciencia médica al concluir la Primera Guerra Mundial) pero tras las guerras de Irak y Afganistán han cobrado especial relevancia en los medios de comunicación. (...)

Después, en Irak y Afganistán ya no luchaba un ejército de reacios conscriptos sino las fuerzas profesionales del Estado, bien instruidas, dotadas y preparadas. A pesar de eso, en el primer decenio del presente siglo el índice de suicidios entre los veteranos alcanzó cifras alarmantes, así como las enfermedades mentales y los trastornos de depresión e inadaptación al regresar al hogar.

Los estudios realizados para ayudar a la reinserción de los soldados hacen hincapié en el sentimiento de culpabilidad tan común en los supervivientes, relacionado con la “solidaridad del grupo” inculcada en todo combatiente, sin la que las más cruentas acciones bélicas serían imposibles.

 Es esa disposición “a morir por otra persona, una forma de amor que ni las religiones son capaces de inspirar”, como escribe Sebastian Junger (Guerra, Crítica 2011) al describir el espíritu de compañerismo de todo guerrero.

 Culpabilidad no solo por seguir viviendo mientras el compañero moría ante sus ojos, sino también por recordar algo que hizo o que dejó de hacer en momentos críticos, y que ya no puede remediarse.

También influye negativamente el hecho de que el soldado que regresa percibe en ocasiones que tiene poco en común con las personas con las que vuelve a convivir, que en nada se parecen a sus antiguos compañeros con los que estuvo tan estrechamente unido.

 Esta sensación a veces degenera en hostilidad general hacia los demás, incapaces de entenderle y con los que no puede compartir sus recurrentes fantasmas. Como complicación adicional, es consciente de que durante su ausencia su familia, sus amistades, todo lo que era su mundo siguió activo sin su participación, lo que le inculca una sensación de superfluidad. 

No es ajena a este problema la idea básica de que quien ha sido deliberadamente preparado para matar y ha conocido el poder absoluto que confiere un arma de fuego en sus manos corre el peligro de interiorizar esa sensación. Así aleccionaba Patton a sus soldados en Italia: “[Si un enemigo se presenta ante vosotros rindiéndose] tenéis que matarlo. Traspasadlo entre la 3ª y la 4ª costilla.

 Decídselo a vuestros hombres. Deben tener el instinto asesino. [El enemigo] nos reconocerá como matadores y los matadores son inmortales”. Desde 1943 hasta hoy las cosas han cambiado poco: “El que no puede matar fríamente a un prisionero, no tiene cabida en las fuerzas especiales”, se lee en un manual en vigor para las tropas de élite.

¿Es la familiaridad de los veteranos con las armas de fuego la que hace posibles incidentes como el antes mencionado? Haber matado “legalmente” en el campo de batalla ¿puede crear un peligroso hábito para la convivencia civilizada entre ciudadanos? ¿Es la ciega disciplina militar la que, al adiestrar al individuo para la guerra, lo convierte en un asesino potencial?

 Todo esto son cuestiones abiertas sobre las que psicólogos y militares trabajan sin encontrar una respuesta definitiva. Ésta, sin embargo, es de apabullante sencillez: “la guerra” es la única causa del problema.

 Mientras sea un instrumento aceptado al servicio de la política de los Estados o de los grupos que luchan por el poder, seguirá habiendo excombatientes traumatizados por la experiencia bélica, que en un momento de enajenación siembren en derredor la muerte y la desolación que conocieron en el campo de batalla."                  (Alberto Piris, Attac España, 12/04/2014, Artículo publicado en República.com)

27/12/13

Inmediatamente se lo condenó; le hicieron cavar su tumba, lo fusilaron, echaron tierra encima y la aplanaron pisoteando sobre ella



“Saint-Dié, 2 de septiembre de 1944.

Regresa de una reunión celebrada en el Gran Cuartel General el capitán de caballería Adier. 

También Himmler ha pronunciado allí una conferencia. Es preciso ser duros, ha dicho — contó que hace poco desertó un suboficial, pero fue detenido y devuelto a su batallón, que en esos momentos estaba haciendo la instrucción en el patio del cuartel. 

Inmediatamente se lo condenó; le hicieron cavar su tumba, lo fusilaron, echaron tierra encima y la aplanaron pisoteando sobre ella. Luego prosiguieron los ejercicios como si nada hubiera ocurrido.

Es una de las atrocidades más espantosas que he oído de ese mundo de desolladores.”

(Ernst Jünger: Radiaciones II. Diarios de la segunda guerra mundial (1943-1948). Tusquets Editores, 2005. Págs. 279)

23/12/13

Cuando la guerra termina, suelen volver esperando que la gente los respete y cuide de ellos, pero eso a los demás les trae completamente sin cuidado.



"DOCTOR NOBLE FRANKLAND Copiloto de la Unidad de Bombarderos británica, historiador y director del Imperial War Museum de Londres. 

Es extremadamente variado: mucha gente está mutilada del todo, psíquica y físicamente, pero supongo que casi todos los que sobreviven, sobreviven aparentemente intactos. Pero hay efectos que permanecen y creo que en cierto modo los efectos son muy buenos para las personas, porque sienten que, hasta cierto punto, han sido capaces de realizarse. 

Y creo que mucha gente pasa por la vida sin tener nunca esa sensación de haberse realizado. Pero los que toman parte en operaciones bélicas intensas suelen sentirse realizados, especialmente si creen en lo que hacen, y a mí me parece que los que libran una guerra son más propensos a creer. 

Pero también hay muchos efectos negativos. Quizá uno de los menos obvios sea que los individuos que llevan a cabo esas operaciones tienen tendencia a pensar después que la sociedad les debe algo muy especial. Y cuando la guerra termina, suelen volver esperando que la gente los respete y cuide de ellos, pero eso a los demás les trae completamente sin cuidado.

 Y creo que ese es uno de los peores efectos de la guerra; produce una sensación de frustración en el individuo, y piensa que la sociedad lo ha engañado y que su esfuerzo fue en vano, y no mereció la pena, lo cual es trágico."

(Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 545)

10/12/13

Me ha hablado de un cabo que se ofrece con insistencia para participar en las ejecuciones



“París, 29 de mayo de 1944

A última hora de la tarde en la habitación del Presidente. Cinco mil seres humanos han caído aquí en Francia en estos días le Pentecostés a consecuencia de los bombardeos. Entre otros  objetivos fue alcanzado un tren abarrotado de gente que iba a as carreras de caballos de Maisons-Lafitte.

El Presidente me ha hablado de un cabo que se ofrece con insistencia para participar en las ejecuciones. De ordinario apunta al corazón — pero cuando la persona que va a ser ejecutada le cae mal apunta a la cabeza, que vuela en pedazos. Es un rasgo infrahumano: la voluntad de robarle al prójimo su rostro, la voluntad de desfigurarlo.

¿A quiénes apuntará a la cabeza ese hombre? Probablemente a los que más se acercan a la imagen humana, a los bien parecidos, a los bondadosos, a los nobles.

Cuando a Murat lo llevaban al paredón para fusilarlo gritó:

—Soldados, apuntad al corazón, respetad la cara.

Anteayer por la mañana se fusiló aquí, por cierto, a un capitán de veintiséis años, hijo de un armador de Stettin, por haber dicho que el Gran Cuartel General bien merecía una bomba. Lo denunció un francés del entorno de Laval.”

(Ernst Jünger: Radiaciones II. Diarios de la segunda guerra mundial (1943-1948). Tusquets Editores, 2005. Págs. 251)

9/12/13

Lo que encontré cuando volví fue que la adaptación al modo de vida de los demás era prácticamente imposible



"JIMMY THOMAS Marino mercante. Lo que encontré cuando volví, y he estado enfadado conmigo mismo desde entonces, fue que la adaptación al modo de vida de los demás, a la vida que yo había dejado, era prácticamente imposible, porque por mucho que odies estar en una guerra, las cosas a las que regresas parecen muy triviales.

 Oír hablar a las autoridades municipales sobre un nuevo lavabo público de caballeros y cosas así no parecen importar en absoluto. Y claro, esas cosas importan a la gente que te rodea, así que te callas y yo me callé durante un año.

 Debí de comportarme bastante mal. Soy muy consciente de ello y nunca lo he olvidado, y nunca dejaré de lamentarlo, porque creo que hice la vida bastante insoportable a la gente que me rodeaba. Pero es que no podía comunicarme.

 Había perdido la comunicación con la gente que había conocido todos aquellos años, porque había conocido a personas de naturaleza totalmente nueva, estábamos como cosidos juntos, metidos en algo común, creo que era eso.

 Muchas personas que conozco, cuando lo menciono, dicen exactamente lo mismo. Me daba pereza hablar con mi familia durante las comidas, no tenía ganas de nada, me levantaba, me iba y no regresaba durante horas. Creo que estaban muy afectados."

(Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 544/5)

3/12/13

Lo extraño de la guerra es que era horrible... y sin embargo, cuando miro atrás, no recuerdo tanto ese horror.

"WYNFORD VAUGHAN-THOMAS Locutor radiofónico de la BBC. 


Lo extraño de la guerra es que era horrible, lamentable, ciudades quemadas, una miseria increíble, un horror que ninguna civilización podría soportar; y sin embargo, cuando miro atrás, no recuerdo tanto ese horror. 

El hecho de que hubiera alguien a tu lado, que lo soportaba todo contigo y ocasional-mente se echaba la carga a los hombros, que era más valiente que tú, que te tranquilizaba los nervios, que estaba dispuesto a correr riesgos que tú no estabas dispuesto a correr, y el sentimiento de camaradería es lo que surge de cualquier guerra. 

Ya sé que es un cliché, pero ahí está y es lo que te mantie-ne durante la guerra. Es el auténtico motivo de que simpatice mucho más con la Legión británica. Cuando era joven, no entendía por qué la gente quería ir a las ceremonias del Cenotafio [monumento londinense a los caídos].

 Ahora voy, y estoy orgulloso de ir, y recuerdo a los que no volvieron. Quizá la generación más joven no quiera saber de la guerra, pero deberían saber que había soldados tan jóvenes como ellos que murieron y se sacrificaron, y por esta razón tengo esa terrible sensación de pérdida y al mismo tiempo de orgullosa camaradería."

(Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 543)