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27/10/23

Los trabajadores esclavos del franquismo en el Pirineo navarro: «Se iban secando hasta que morían»

 "Más de 2.000 prisioneros trabajaron de manera forzosa y en condiciones extremas en la construcción de la carretera que une los valles del Roncal y Salazar en el Pirineo navarro; sus familias han presentado la primera querella por trabajos forzados en la dictadura.

Con los ojos llorosos, Agurtzane rememora el tiempo que tardó su padre, Rafael Gorroño, en contarle que fue un trabajador esclavo del franquismo. Fue cuando ella ya era adulta en un viaje que ya habían realizado anteriormente a Roncal (Navarra). Pero esa vez, él le pidió si podían acercarse a Vidángoz, localidad situada en pleno Pirineo navarro a unos 11 kilómetros de Roncal. “Ahí nos empezó a contar que estuvo de prisionero construyendo una carretera”. La historia de Rafael es la de miles de prisioneros del franquismo que fueron utilizados como mano de obra esclava para construir infraestructuras por toda España en condiciones extremas y de explotación.

Unos 15.000 prisioneros trabajaron durante los primeros años de la dictadura franquista en la fortificación de la frontera con Francia con la construcción de cuatro carreteras, así como estructuras defensivas como búnkeres que se colocaron a lo largo de toda la muga. Para ello se utilizaron a prisioneros del bando republicano que se encontraban en campos de concentración y que fueron organizados en batallones. La gran mayoría de ellos eran los conocidos como “desafectos”, personas que no apoyaban el nuevo régimen de Franco, pero que no tenían imputaciones por delitos graves en contra del régimen y, que sin ser juzgadas, fueron utilizadas para estas tareas que se prolongaban durante años, tal y como cuenta el historiador y profesor de la Universidad Pública de Navarra Fernando Mendiola, quien es a su vez autor del libro ‘Esclavos del franquismo en el Pirineo’, donde profundiza en la historia de los batallones de trabajadores esclavos durante la dictadura en Navarra.

Es el caso de Juan Manuel Esteban Rico, quien tras combatir en diferentes frentes fue detenido en Vic en diciembre de 1937. Tras pasar por distintas cárceles franquistas y el campo de concentración de Miranda de Ebro, fue trasladado a Vidángoz en julio de 1940 para trabajar en la carretera que une los valles del Roncal y de Salazar en el Pirineo navarro, la Igal-Vidángoz-Roncal, de 17 kilómetros de longitud. “Mi padre me contó que él, dentro de lo que cabe, tuvo suerte; primero por haber sido catalogado como desafecto cuando había sido teniente del bando republicano; y después porque como había cursado estudios de ingeniería de minas le pusieron de encargado de diseñar los barracones y de custodiar las herramientas de trabajo”, explica su hijo Valentín.

Las condiciones en las que trabajaban y vivían eran extremas y precarias, con picos, palas y martillos como único material para picar la piedra y hacer los caminos. Además de estar privados de libertad -estaban continuamente vigilados por soldados armados-, pasaban hambre, frío y dormían hacinados en barracones e incluso tiendas de campaña de tela en pleno Pirineo. “Hombres grandes y fuertes que se iban secando y secando hasta que morían”, explicó a su familia en una carta José Barajas Galindo, uno de los prisioneros. Y añadió: “En ocasiones el compañero con el que dormía al lado, en el mismo camastro, estaba vivo la noche anterior y por la mañana amanecía cadáver”.

“Pasaban mucha hambre, mi padre me contaba como hombres altos y de más de 90 kilos en pocos meses adelgazaban hasta enfermar”, señala Valentín Esteban. “Llegaban a comer hervidos tallos de berzas y otras raíces”, añade Emilio Elizondo, yerno del prisionero Rafael Gorroño. Uno de los testimonios recogidos por el historiador Fernando Mendiola en su libro es Félix, otro de los presos, quien relata: “Desde arriba mirábamos desde la carretera al campamento a ver si había humo; si había, sabíamos que había comida, y si no había humo, ¡otro día que sabíamos que no íbamos a comer!”.

Así, muchos de ellos murieron por enfermedades como la tuberculosis. Otros, intentaron fugarse y fueron fusilados. Pese a que tan solo hay trece muertes registradas de trabajadores en la carretera Igal-Vidángoz-Roncal, se cree que fueron más.

Más allá del hambre y del frío, algo en lo que coinciden los familiares en destacar como una de las principales causas de sufrimiento es la incertidumbre que padecían por no saber cómo estaba su familia y cuánto tiempo tardarían en volver a verles. “La madre de Rafael también había sido prisionera, la habían metido en la cárcel de mujeres de Saturraran, cerca de Ondarroa (Bizkaia). Allí estuvo prisionera hasta 1940 y a los pocos meses falleció. No pudo hablar con ella, ni despedirse”, lamenta su yerno.

Los prisioneros no sabían cuánto tiempo iban a estar en cada lugar y, de hecho eran movidos por diferentes obras. Juan Manuel Esteban Rico fue llevado después a la localidad guipuzcoana de Rentería y, tras ser liberado, lo enviaron a realizar el servicio militar a A Coruña.

“No tienen cuernos ni cola”

Asimismo también era muy duro para ellos, según relatan sus familiares, el aislamiento al que estaban sometidos. Pese a vivir en el pueblo, los vecinos los miraban al principio con recelo debido a la propaganda franquista. “La frase más impresionante que he oído fue preguntarle un niño a su madre si nosotros éramos los ‘rojos’, a lo que la madre contestó que sí, y él dijo: ‘Pues no tienen cuernos ni cola’”, le contó el prisionero Adenso Dapena al historiador Fernando Mendiola.

Con el paso de los meses la confianza y relación con los vecinos fue en aumento hasta el punto de que les daban ropa y comida. “Mi padre le pedía a mi madre por carta que le mandara jabón para darle a una mujer de Vidángoz que le lavaba la ropa”, explica Valentín Esteban, que añade que incluso uno de los prisioneros se casó con una chica del pueblo, según le contó su padre.

Tras varios años de prisioneros esclavos, los que sobrevivieron y fueron liberados, quedaron “marcados” para el resto de sus vidas y a muchos les costó encontrar trabajo porque en sus expedientes figuraba que eran “desafectos”. Por ello, ahora sus familias piden para ellos justicia y reconocimiento como víctimas de la dictadura."                 (Rodrigo Sáiz, eldiario.es, 21/10/23)

13/3/23

La Siberia Mallorquina: el campo de concentración franquista donde “ni los mismos guardias podían resistir”

 "Las condiciones de vida a causa del frío, que ni los mismos guardias podían en ocasiones resistir, eran de una dureza incalificable”. Así relata el historiador Antoni Oliver la deplorable situación en la que debían subsistir los presos del franquismo recluidos en el campo de concentración de Albercutx, ubicado en Pollença, en el extremo nordeste de Mallorca. Rodeado de bosque y bajo temperaturas gélidas, el lugar llegó a ser conocido por los reclusos como 'La Siberia mallorquina'. Al frío se sumaban, además, la pésima alimentación y los frecuentes castigos impuestos a los internos.

El de Albercutx fue tan solo uno de los más de veinte campos de concentración construidos en la isla durante la Guerra Civil. Mallorca fue, de hecho, uno de los primeros lugares del país en los que fueron erigidas estas instalaciones tras el golpe fascista de 1936. En la isla, los primeros campamentos vieron la luz entre diciembre de 1936 y enero de 1937. Las cárceles comenzaron a llenarse con tanta rapidez que muy pronto hubo que improvisar lugares donde recluir a los presos.

En este contexto, la acumulación de detenidos en Can Mir, la prisión provincial y el Castell de Bellver llevó a las autoridades franquistas a plantearse, coincidiendo con las nuevas necesidades defensivas de Mallorca, trasladar a los reclusos a los campos de concentración itinerantes que fueron abriéndose a lo largo de la costa de la isla, donde eran obligados a trabajar en la construcción de carreteras y otras obras públicas y a dormir en los reposaderos del ganado, en barracones de madera o en tiendas de campaña. 

Pollença, punto estratégico para las fuerzas fascistas

En el caso del campamento de Albercutx, éste se encontraba situado próximo a la bahía de Pollença, en la actualidad uno de los principales núcleos turísticos de la costa norte de Mallorca y, durante el conflicto bélico, punto estratégico para los intereses de las fuerzas fascistas, al igual que durante siglos anteriores lo había sido para las rutas comerciales del Mediterráneo occidental. Frente a sus costas perdió la vida Ramón Franco Bahamonde, comandante de aviación en Balears y hermano del que a la postre se convertirá en dictador del país durante cerca de cuarenta años, cuando su hidroavión, nada más despegar, se precipitó en barrena sobre el mar. Muy cerca de la zona, el aeródromo de Pollença se convirtió en la principal base de operaciones de la Aviazione Legionaria italiana desplazada a España para apoyar a los sublevados.

La finalidad del campamento de Albercutx era, principalmente, la construcción de la carretera que unía –y une– el Port de Pollença y Alcúdia, además de la ejecución de una nueva vía que debía enlazar el Port de Pollença y Formentor con Sa Talaia, torre de vigilancia construida en el siglo XVII frente a las frecuentes incursiones de piratas y corsarios. Los presos del campo de Albercutx también intervinieron en la construcción de tres piezas antiaéreas y tres dependencias destinadas al destacamento militar allí desplegado. Las obras de la carretera se dieron por finalizadas en marzo de 1941 y, en la actualidad, una placa ubicada al inicio del camino hacia la torre recuerda quiénes fueron sus constructores. A 380 metros sobre el nivel del mar, la atalaya constituye en la actualidad uno de los miradores más privilegiados de la isla.

El vendaval que arrasó 'La Siberia Mallorquina'

“Los prisioneros contaban que un vendaval (allí eran frecuentes) arrasó el campamento hecho de barracas de madera y lo tuvieron que construir unos metros más abajo”, relata la historiadora Maria Eugènia Jaume Esteva, autora del libro Esclaus oblidats. Els camps de concentració a Mallorca (2019, Documenta Balear), uno de los últimos trabajos realizados en torno a estos centros de reclusión.

No en vano, Oliver señala que las condiciones de vida más duras se dieron en 'La Siberia Mallorquina', que comenzó a recluir a prisioneros a partir de octubre de 1937 y permaneció abierta hasta después de finalizada la Guerra Civil. En plena Serra de Tramuntana, el campamento tenía una capacidad media para cien personas y, como apunta el historiador, una casa de madera “tal vez inicialmente de 'nevater' albergaba a los detenidos”. La primera ola que llegó al campo estaba compuesta por 82 reclusos procedentes del campo de concentración de Son Amoixa, situado en Manacor. Como explica Jaume, las instalaciones de Albercutx, de carácter militar, parecían más bien un campamento civil dado que los presos que acabaron recluidos en él eran considerados no aptos para ir al frente, ya que “sus tendencias políticas eran consideradas demasiado de izquierdas o liberales para poder presentarlos”.  

Conducidos en vagones de ganado

A las afueras del municipio de Artà, al nordeste de Mallorca, aún se aprecian las ruinas de otro de los campos de concentración que el franquismo levantó en la isla y donde los prisioneros sufrieron duras condiciones: el Son Morey, en s'Alqueria Vella. Al anochecer de un día de diciembre de 1941, llegó hasta la estación del tren un batallón de trabajadores procedentes de la península. Uno de aquellos prisioneros, Roque Yuste Giménez, relata en sus memorias, Añorando la República, cómo los introdujeron “en vagones de ganado para no perder la costumbre de maltratarnos”. Una vez en la estación, pasaron la noche “dentro de los almacenes y corrales como si fuésemos mercadería a punto de ser embarcada”, apuntaba, por su parte, Aurelio Conesa, otro de los presos que vivió el aciago día a día del campamento. Su relato se encuentra recogido en L'últim estadà de l'inhòspit (1993, revista Bellpuig), del investigador Pere Ginard.

Al día siguiente, temprano, todos ellos partieron por empinados caminos de carros hacia Son Morey, donde se instalaron tiendas de campaña. “En cada una colocaron a unas 50 ó 60 personas. Estábamos tan estrechos que creo que, a la hora de dormir, si uno se quería girar debíamos hacerlo todos juntos”, manifestaba Conesa.

“Mi padre había pasado tanta hambre que no quería volver a sufrirla más”

Respecto a la alimentación, uno de los testimonios más duros que se conservan es el de Federico Álvarez Pérez. Su hija, Maria Leonor, recuerda que, tras su paso por el campo de concentración, su padre puso una condición en casa: “La mesa debía estar siempre llena para comer, con mucha comida. Y así fue. Yo era la mayor de seis hermanos y siempre vi una mesa llena de comida. Mi padre había pasado tanta hambre que no quería volver a sufrirla más. Todo lo que ganaba se lo daba a mi madre, que era quien administraba la casa. Él solo se quedaba dinero para ir a tomarse un café...”.

Sus manifestaciones quedaron plasmadas en la obra Esclaus per fortificar Mallorca. Els presos de Franco a Artà (1941–1942), de Jaume Morey Sureda (2016, Lleonard Muntaner). Hasta un total de 739 hombres fueron destinados a la construcción del camino a la 'Posición Farruch', donde se instalaría una batería de defensa incluida en el conocido como 'Circuito estratégico'. Las humillaciones eran frecuentes y las condiciones, difíciles de soportar. No en vano, Conesa, entrevistado por Morey, explicó que el primer día de trabajo uno de los presos no pudo resistir la dureza del traslado y acabó falleciendo. Al día siguiente lo trasladaron a Artà para enterrarlo en la fosa común del cementerio. La dureza de las labores que debían llevar a cabo, el régimen disciplinario, las pésimas condiciones higiénicas y el escaso alimento provocaron que algunos de los presos fuesen trasladados al hospital militar de Palma.

Castigados “por su ideología”

Como abunda Maria Eugènia Jaume, los prisioneros de Franco en Mallorca fueron obligados a llevar a cabo trabajos forzados “como castigo por su ideología”. Más de 300 kilómetros de carreteras, puentes, aeródromos, una línea ferroviaria que nunca se finalizó y más de 150 nidos de ametralladora fueron construidos por los más de 10.000 hombres que entre 1936 y 1942 pasaron por los diversos campos de concentración de la isla. “Estos individuos estuvieron expuestos a todo tipo de humillaciones, maltratos e inclemencias meteorológicas durante las construcciones, en algunas ocasiones inútiles”, abunda. 

Los trabajos a los que fueron obligados los vencidos de la Guerra Civil son, a juicio de Jaume, el resultado de la utilización de la mano de obra esclava en busca de rédito económico y logístico. “Los cientos de kilómetros y las infraestructuras construidas van mucho más lejos de un espacio de tiempo dada su magnitud histórica”, señala la historiadora, quien incide en que la dureza de estos trabajos se convirtió en crucial en un momento en que el temor al ataque enemigo impedía pensar en nada más allá que en levantar fortificaciones para la defensa de una isla estratégicamente situada en el Mediterráneo."                (Esther Ballesteros , eldiario.es , 5 de marzo de 2023)

10/3/23

La historia de los republicanos que fueron destinados por el poder franquista a los batallones de trabajos forzados. Empresas, instituciones, particulares e incluso la Iglesia se beneficiaron de esta práctica esclavista

 "Juan Carlos García Funes (Segovia, 1986), profesor de Historia en la Universidad Pública de Navarra, tiene en la calle su segundo libro, Desafectos: batallones de trabajo forzado en el franquismo, publicado por la editorial Comares. Es el resultado de varios años de investigación recopilando nombres, datos y cifras. Muchas y escalofriantes cifras. Pero aún más que los números, remueven las palabras.

Punitivismo, sistema concentracionario, desafección… son palabras que, incluso sin conocer exactamente su significado, poseen la capacidad de impactarnos con su sola mención.

Más allá de una idea establecida de que a determinadas acciones les tiene que corresponder un castigo, comúnmente nos referimos con «punitivismo» al exceso de castigo o a la intención de que este sea mayor. En este sentido, el régimen de Franco, ya desde su golpe de Estado y la sublevación contra la Segunda República, desplegando todo tipo de violencias y sometimientos, fue especialmente punitivista. Hizo del castigo su seña de identidad.

El sistema llamado concentracionario se desarrolló al compás de la guerra, capturando soldados del ejército republicano y enviándolos a campos de concentración para clasificarlos. Muchos de quienes habían tenido cargos de responsabilidad acabaron ejecutados tras pasar por consejos de guerra. A otros les dieron un arma para luchar de nuevo, esta vez por la causa franquista, mientras que una gran masa de republicanos o de diferentes formaciones de izquierdas convencidos de sus ideas fueron destinados a los batallones de trabajadores. A estos prisioneros los llamaron «desafectos», la etiqueta que otorgaron a quienes sabían que no compartían las ideas del nuevo régimen.

En su libro destaca las diferencias existentes entre el trabajo penitenciario y el trabajo concentracionario.

Los golpistas decidieron que, ya que iban a tener miles de personas entre muros o en un campo de concentración, éstas no estarían «ociosas», así que les asignaron diferentes funciones. Desde el sistema penitenciario, con tutela religiosa, establecieron a partir de 1938 un método que ofrecía a los presos rebajas de condena a través del trabajo. Era la llamada «redención de penas», por el sentido de redimirse ante Dios y ante España. Aunque esta reducción de condenas buscaba, además, una solución a la saturación de las prisiones.

Pero un año antes ya había trabajo en cautividad en los campos de concentración, bajo dirección militar, con un fin no tan religioso como el de las prisiones sino más utilitarista: sabían que sus prisioneros eran «desafectos» que no se integrarían en su ejército para luchar contra la República. Así los hacían «útiles», siendo forzados a realizar trabajos de carácter militar, principalmente los más peligrosos: abrir trincheras, desactivar bombas, limpiar zonas de cadáveres… pero también tareas logísticas indispensables para el desarrollo de la guerra, como abrir caminos, cargar y descargar camiones, reparación de vías ferroviarias y muchas otras. El ejército de Franco necesitaba mano de obra y recurrió a la que le proporcionaban los llamados batallones de trabajadores.

¿Cómo vivían las personas prisioneras en aquellos batallones?

La propia documentación que elaboraban las autoridades de los campos de concentración, encargadas de coordinarlos, deja constancia de las deficiencias que existían en algo tan básico y necesario como la ropa, el calzado y, por supuesto, la alimentación. Pensemos en la situación de estas personas: prisioneros de guerra con jornadas laborales que podían llegar a las diez u once horas en condiciones de trabajo pésimas, soportando, en según qué zonas, temperaturas muy bajas, durmiendo al raso o con animales, muchos de ellos enfermando hasta morir.

Gracias a los testimonios de quienes sobrevivieron conocemos los castigos físicos a los que eran sometidos por los escoltas. Desde obligarles a trabajar con un alambre en los hombros cargando con piedras a la espalda a cavar un hoyo muy profundo para volver a cerrarlo después. Castigos ejemplarizantes para recordarles que estaban allí por su condición de «rojos» y no afectos al régimen. Eran, en definitiva, unas condiciones extremas. Tanto que muchos de los que salieron vivos de los batallones lo harían padeciendo secuelas físicas de las que ya nunca se recuperarían.

Y mientras, el régimen de Franco diciendo al mundo que los prisioneros realizaban su servicio con gran satisfacción y que el trato que se les daba en la ‘España Nacional’ no podía ser más humano…

Sorprende la capacidad que tenía el régimen de mostrar a la comunidad internacional que ellos no habían dado un golpe de Estado, intentando darle un carácter popular en forma de «levantamiento» o «alzamiento». Respecto a los centenares de miles de personas que encerraron de una u otra forma, también buscaron conformar una realidad distinta con falsas proclamas como las que ha mencionado, empleando una retórica, incluso en documentos, en la cual parece que buscan corregir al cautivo y atraerle a unos nuevos valores para ser un buen español, un buen católico, un buen padre de familia, un buen trabajador que no creara conflictos.

La realidad, sin embargo, era terriblemente tenebrosa y fue barnizada por una especie de «derecho al trabajo» que, según el programa de Falange, tenían todos los españoles. Un supuesto derecho que no debía ser «regateado por el nuevo Estado a los prisioneros y presos rojos» mientras no fuera contrario a la vigilancia que merecían «quienes olvidaron los más elementales deberes de patriotismo».

El trabajo forzado no se mantiene únicamente durante la Guerra Civil y no sólo está enfocado a labores militares. Empresas, instituciones, particulares e incluso la Iglesia solicitan al régimen que les envíen prisioneros para llevar a cabo diferentes oficios o labores físicas.

Durante el contexto de guerra se intervinieron fábricas y se militarizaron industrias, con unos objetivos difíciles de cumplir al encontrarse muchos hombres en edad laboral movilizados en el frente. El ejército, entonces, localizaba en los campos de concentración trabajadores con el perfil que demandaban tanto empresas como ayuntamientos y administraciones públicas, y los ofrecían temporalmente con la condición de cumplir ciertas normas, como encargarse de su manutención o asegurar su vigilancia. Así se orquestó este sistema que se mantuvo en la guerra y durante una buena parte de la posguerra porque le funcionaba al nuevo régimen.

 Los trabajos del sistema concentracionario, siempre dirigidos por la autoridad militar y con Franco tomando la última palabra, continuaron durante la década de los años cuarenta por medio de los «Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores». Solo con sus soldados el ejército sublevado no podía realizar tareas de fortificación, reconstrucción, desarrollo de vías ferroviarias… Así que empleó la fuerza de trabajo de jóvenes que debían realizar el servicio militar pero que también eran clasificados como «desafectos» al ser reclutados, sin que jurasen bandera ni recibieran un arma. Por otra parte, en el sistema penitenciario, con la redención de penas, el trabajo forzado se mantuvo durante toda la dictadura. Es más, este sistema no fue eliminado hasta 1995, ya bien entrada la democracia, con la aprobación de un nuevo Código Penal.

En uno de los capítulos de Desafectos usted recoge testimonios extraídos de las autobiografías de varios supervivientes de los batallones de guerra: Isaac Arenal, Félix Padín o Marcelino Camacho, entre otros. Imagino que para usted las historias personales que narran todos ellos son aún más sobrecogedoras que la información que fue recopilando de los documentos oficiales y de la época, y que le habrán dejado huella.

Poder leer las palabras de quienes vivieron aquella experiencia en los batallones fue, en no pocas ocasiones, la tabla de salvación para no ahogarme entre retórica militar, reglamentos, normativas y números. No debemos olvidar que estamos hablando de personas, personas que sufrieron esta realidad. Y no quise que la voz de las víctimas de este trabajo forzado sirviese únicamente para rellenar lo que no aparece en la documentación, aunque ésta sea imprescindible para conocer realmente lo que pasó. A mí me interesaba mucho saber en qué momento de sus vidas estaban acudiendo a sus recuerdos y los motivos que los llevaron a compartirlos sobre el papel, a quiénes dedicaban sus memorias y de quiénes se acordaban, sus perfiles y las ideas políticas que tenían antes y después de la guerra, tratando también de encontrar los hilos comunes entre ellos.

En cuanto a la huella que me dejaron, personalmente sólo pude entrevistar a Luis Ortiz Alfau, fallecido en 2019. Ojalá hubiese llegado a tiempo, como sí hicieron otros investigadores e investigadoras y colectivos memorialistas, para conocer a todos aquellos a los que, al menos, sí he leído. Nunca sabrán lo agradecido que estoy por sus escritos y por su legado. En sus textos, a pesar de la crudeza con la que cuentan vivencias tan duras y trágicas, hay un pensamiento positivo que desean transmitir a las generaciones más jóvenes para que construyan, construyamos, un futuro mejor. Para mí, esa actitud que mantuvieron hasta el final me parece de un valor incalculable."                 (Félix Duende  , La Marea, 03 marzo 2023)

9/9/22

Trabajadores esclavos en tiempos de Franco

 "Millares de presos convertidos en trabajadores forzados ejercieron tareas agotadoras en la España bajo Franco, encuadrados en la “Redención de penas por el trabajo”.

Las prisiones de la dictadura de Francisco Franco fueron escenario de padecimientos físicos y morales infligidos a conciencia sobre centenares de miles de presas y presos. Los sufrimientos impartidos iban desde el hacinamiento, el hambre y los castigos arbitrarios hasta la presión insoportable de un adoctrinamiento político y religioso continuo y obsesivo. A lo cual se sumaba una tortura psíquica específica para los millares de condenados a muerte, mantenidos durante meses a la espera de una conmutación por pena de prisión o la consumación del asesinato judicial.

En particular en aquellos años en que, terminada la contienda no la sustituyó la paz sino “la victoria”, el empeño de la dictadura por someter de mil formas a los vencidos alcanzó hasta al propósito de privarlos de todas las condiciones para llevar una vida relativamente “normal”. Y el intento de disolver sus personalidades, hasta convertirlos en seres sumisos y “arrepentidos”, rotos los vínculos con las acciones del pasado y con las creencias profesadas antes de ser encarcelados.

La “redención” por el trabajo.

Con cárceles repletas y la fuerza laboral de la posguerra española disminuida por muertes y discapacidades en combate, exilios y prisiones, se inauguró con rapidez un dispositivo adicional al carcelario tradicional: Los trabajos forzados. El flamante “Nuevo Estado” abrevaba así en prácticas similares a los sistemas fascista y nazi que tanto admiraba por entonces. Claro que dándoles su toque particular, en la vena paternalista y “nacional-católica” que caracterizaba a la autodenominada “Nueva España”.

Los presos podrían “redimir” parte de su pena mediante la prestación de trabajo fuera o incluso dentro de las prisiones, bien a las órdenes de funcionarios estatales o en beneficio de empresas privadas. Esta modalidad fue instaurada ya antes del final de la guerra civil. Una norma la estableció en octubre de 1938 y el 1 de enero de 1939 comenzó a funcionar un organismo creado al efecto, el Patronato Central de Redención de Penas.

En la “orden” que da origen al Patronato puede leerse que se hará cargo de “la ingente labor de arrancar de los presos y de sus familiares el veneno de las ideas de odio y antipatria”. La finalidad económica de poner en movimiento a la potencial mano de obra recluida en las prisiones queda asociada desde el principio al objetivo de la “depuración” ideológica de los derrotados en la guerra civil.

Obras públicas, construcciones privadas, explotaciones mineras, fueron ámbitos apropiados para la explotación del trabajo de los presos. Incluso una parte de ellos eran destinados a lo que la dictadura consideraba una reparación directa del “daño” producido por los vencidos, al afectarlo a tareas de reconstrucción en las llamadas “regiones devastadas”. Así se vio a los forzados tomando parte en reconstrucciones y arreglos de antiguos campos de batalla, como Brunete o Belchite, o en áreas que habían sido objeto de bombardeos.

Quienes entraban en el proceso de “redención” continuaban privados de su libertad, sólo que a menudo fuera del recinto penitenciario tradicional, muchas veces en “colonias” o campamentos penitenciarios que permitían la utilización de la mano de obra de los prisioneros. Por cada día de trabajo eran compensados con la reducción del equivalente o más de la condena que debían cumplir. Era un sistema exclusivo para los condenados por “rebelión” u otras causas políticas. No se aplicaba a los encarcelados por delitos comunes, sino mucho más tarde.

Con el tiempo fueron habilitadas modalidades de trabajo en las mismas cárceles. Ello incluía “Talleres penitenciarios” en los que se producían diversos bienes. También prestaciones de mantenimiento y reparación de las propias instalaciones carcelarias. Se incorporaron asimismo actividades culturales, orientadas a reforzar la sumisión de los presos y auspiciar su “contrición” y “arrepentimiento”. Así una revista específica, Redención, a la que los partícipes del sistema estaban casi obligados a suscribirse y que era escrita por presos. Ponían de manifiesto con sus colaboraciones que habían dejado de ser “rojos” para convertirse en personas afectas a los valores del “Movimiento”.

Las presas también tuvieron su lugar en el trabajo esclavizado. Se habilitaron incluso talleres de “labores” para que pudieran reproducir los roles femeninos “decentes” y dejaran de ser una especie de “criaturas satánicas”, tal como describía el franquismo a las “rojas”.

Le entrada en el régimen laboral era “voluntaria” en lo formal. Ocurría que las vejaciones constantes en las cárceles, sumadas al sufrimiento de las horas interminables del encierro, hacían que los condenados del franquismo prefirieran cualquier otra salida a la prolongación de la vida en prisión. Lo que aparecía como una decisión “libre” era en realidad adoptada bajo una presión insoportable, llevada hasta el nivel de la deshumanización.

Existía además el estímulo de poder ayudar a la familia, bajo determinadas condiciones. Si el preso había contraído matrimonio religioso y tenía hijxs “legítimos”; esposa y vástagos podían recibir una asignación. Éstos pagos eran míseros, por ejemplo una peseta por hijx, Pero podían resultar significativos para grupos familiares por lo común hundidos en la miseria, víctimas de un entramado de discriminaciones y marginación por ser parientes de “penados”.

Con ser muy escasos, esos emolumentos eran superiores a la suma ridícula que recibía el propio “trabajador”, en muchxs casos reducida a media peseta diaria, cuando la jornada de trabajo era superior a 10 pesetas para los trabajadores comunes. En realidad se les asignaban dos pesetas, pero el resto les era descontado por “gastos de manutención”.

Con el tiempo, algunos de los trabajadores forzados fueron autorizados a recibir visitas o incluso a mantener una precaria convivencia con sus familias. Todo en condiciones muy duras, pero preferibles al entierro en vida en las celdas del régimen.

La reducción del período carcelario a trueque de las jornadas laborales cumplidas no tendría como resultado la libertad, sino la “condicional” sometida a todo tipo de controles, expuesta a variados abusos por parte de las autoridades franquistas y con frecuencia acompañada del difícil o imposible acceso al trabajo. El horizonte de marginación, persecuciones y pobreza extrema remataba el itinerario que iba del preso “tradicional” al que “redimía” su pena y de allí al “liberado” en un país del que se ha dicho era una “inmensa prisión”.

La ideología de la “redención”.

La Iglesia fue una pieza fundamental en toda la arquitectura represiva y de control social del franquismo. El sistema de reducción de los penados al trabajo semiesclavo no podía ser la excepción. Todo lo contrario, el componente clerical estuvo en su esencia, para hacerlo funcionar y darle sustento doctrinario.

Un sacerdote jesuita con formación científica, José Agustín Pérez del Pulgar, elaboró la fundamentación por escrito del régimen “redentor”, en un folleto titulado “La solución que España da al problema de sus presos políticos” Por cierto no a título personal sino presentando al “Caudillo” como el espíritu creador de un mecanismo que se presentaba como “avanzado” en lo conceptual, de un talante ético “magnánimo” y orientado por la “caridad cristiana”.

A la hora del elogio a la iniciativa “redentora” todo exceso cabe. Se la califica de “…pieza admirable de jurisprudencia cristiana que supera en solicitud, en previsión, en caridad y en justicia cuanto ha producido jamás la legislación penal humana.”

Más allá de esos “embellecimientos” discursivos, el sacerdote resalta los méritos económicos del sistema, que aminora los gastos que ocasionan los presos e incluso permite sostener en parte a sus familias sin que el costo recaiga sobre el llamado “auxilio social”.

El sistema unía lo útil a lo agradable…para los patrones. Del Pulgar destacaba que los españoles esclavizados podían ser enviados a zonas inhóspitas o “regiones deshabitadas” donde era difícil contratar obreros “libres”. También que aquéllos no podían cambiar de patrón ni dejar el trabajo, forzados a estar siempre a disposición de los empresarios.

Asimismo se establecía que los “patronos de obras particulares” pagarían al Estado el salario íntegro de los obreros, mientras que los organismos públicos sólo pagarían una porción menor. Y allí mismo se efectuaba la estimación que el promedio de lo pagado por las autoridades sería de 4,75 pesetas diarias y la empresa privada abonaría 14 pesetas. Los comentarios sobran. Los empresarios compensaban los salarios pagados con beneficios que obtenían por su colaboración con la labor “redentora”.

Cabe transcribir una observación del padre Pérez: “…se comprende que un recluso que se decide a observar buena conducta y a mostrarse sumiso y arrepentido puede reducir considerablemente el tiempo y a mitigar el rigor de su condena.”

Allí radica una vez más la idea clave: El menoscabo al preso hasta hacerlo renegar de cualquier impulso de rebeldía y llevarlo a la abjuración de sus ideas previas. Su pasado de izquierdista, de luchador social o al menos de “desafecto” a los militares sublevados debía quedar remitido a una especie de “vida anterior”. Tras cuya clausura definitiva quedaba un ser sin memoria, carente de pensamiento propio, guiado por un espíritu obediente y con la supervivencia como finalidad casi única.

El ya mencionado periódico Redención encierra otra contribución doctrinaria. Ya no mediante el pergeño de fundamentaciones del sistema, sino al generar una propaganda por la práctica, expresada por algunos de los mismos cautivos, prestos a mostrar el abandono de sus ideales y el sometimiento a las indicaciones de las autoridades de la prisión y de los infaltables clérigos que tomaban parte en el control de sus personas. En un informe oficial se enuncia:

“El mejor instrumento de la propaganda inmediata son los mismos reclusos arrepentidos o desengañados, los cuales ejercen un ascendiente personal mayor que el nuestro y conocen mejor la psicología de los propios compañeros. Este ha sido el acierto principal del semanario Redención.”

El objetivo casi explícito es el de socavar la capacidad de resistencia de los presos y los lazos de solidaridad entre ellos. Se buscaba la multiplicación de propagandistas, no ya instalados desde arriba sino en el seno de la propia comunidad carcelaria.

El Valle de los Caídos y la redención de penas.

Miles de presos esclavizados trabajaron en uno de los proyectos más desmesurados del franquismo: La gigantesca obra que en el sitio llamado Cuelgamuros, no lejos de Madrid, aunó una cripta tallada en el interior de la roca, una cruz altísima y un convento. Un peculiar cementerio para lxs triunfadores, incluido un sepulcro para José Antonio Primo de Rivera y la futura tumba de Franco.

Disparatado artilugio al servicio del auto-homenaje y la propaganda, el Valle tuvo un proceso constructivo que abarcó casi dos décadas, a partir de 1940. Los penados en “redención” cumplieron tareas pesadas y riesgosas, con la excavación de la piedra y la manipulación de los escombros como aspectos destacados. Varios murieron en accidentes por derrumbes o percances similares. Otros vieron su sistema respiratorio y su vida misma arruinados por la silicosis, mal mortal asociado a la inhalación del polvo de las excavaciones.

Además del beneficio simbólico para el dictador y sus corifeos, la mano de obra carcelaria jugó en favor del menor costo de los trabajos para el Estado. Y fue fuente de ganancias de los concesionarios privados de las obras, que contaron con una fuerza de trabajo sin opciones. A la que mezclaron trabajadores “libres”, de modo de extraer los mayores beneficios de unos y otros.

El sistema de trabajos forzados constituye en sí mismo una síntesis de la vocación y práctica totalitaria del régimen encabezado por Francisco Franco. Juristas, curas, militares, funcionarios penitenciarios, guardiacárceles, ministros de Justicia, sumaron sus esfuerzos para concebir, regular, poner en funcionamiento y controlar el sistema. La corrupción asociada llenó muchos bolsillos. Las ganancias de los “empleadores” privados contribuyeron a consolidar el patrimonio de varias grandes empresas.

Como contracara, los prisioneros esclavizados buscaron con desesperación abandonar los recintos de encierro, ganar un poco de “aire puro”, aliviar en algo la triste suerte de sus familias. También la abreviación de las penas interminables que les había impuesto una legislación tiránica, por obra de tribunales sin garantías de defensa y condicionados en su contra.

No se crea que la vigencia de la funesta “redención” se circunscribió a los tiempos iniciales de la dictadura. Mantuvo su funcionamiento hasta el final del régimen, como una evidencia más de lo muy relativo de la “liberalización” que se atribuye a sus últimos años.

Otro capítulo infame entre las tinieblas de cuatro décadas. Y un eslabón más de la cadena de impunidades que montó la en su momento tan elogiada “transición”, con su disposición al “olvido” y al “perdón” de uno de los regímenes más criminales del siglo XX."                (Daniel Campione , Rebelión, 09/09/2022)

28/12/21

El trabajo esclavo con el que el franquismo construyó parte de las vías de tren de España... La dictadura empleó a miles de prisioneros de guerra y presos republicanos para reparar y erigir kilómetros del trazado ferroviario, una faceta de la represión desconocida que se extendió hasta finales de los años 50

 "Las vías de tren en España tienen pasado franquista. Lo que hoy es un sendero acondicionado para caminantes y ciclistas entre Alcañiz (Teruel) y Tortosa (Tarragona), una de las llamadas Vía Verdes, fue en su día una de las líneas ferroviarias que se construyeron por orden de Franco. 

Nada recuerda en sus más de 100 kilómetros de longitud cómo y quiénes la levantaron. El ferrocarril del Val de Zafán que circulaba por ahí, como se le denominaba, es parte del trazado que ya no se usa para este fin, pero la historia del tren no es solo un relato de desaparición acelerada desde los años 90, también de cómo el franquismo se aprovechó de la mano de obra de los vencidos en la Guerra Civil para extenderlo. 

 Aunque apenas es conocida esta faceta del sistema represivo de la dictadura, fueron miles los presos y prisioneros que trabajaron en el ferrocarril desde 1938 hasta finales de los años 50 alzando y reconstruyendo puentes, túneles y vías: por varias aún pasan los trenes, algunas se han convertido en Vías Verdes y otras tantas están desmanteladas. Han tenido que pasar más de cuatro décadas desde la muerte de Franco para que una iniciativa lo reconozca a nivel público a través de una página web sobre memoria histórica ferroviaria, presentada hace algunos meses por Renfe y el Ministerio de Fomento.

 El proyecto ahonda en la represión del franquismo a los ferroviarios y se acerca al trabajo forzado usado en estas obras civiles, consideradas de gran importancia para la dictadura. Además de una exhaustiva base de datos, la web incluye un mapa en el que se pueden ver en qué vías. "Eran obras de tres tipos; la prioridad al principio fueron las reparaciones de las líneas destrozadas por la guerra, también hubo ampliación de doble vía y apertura de nuevas líneas", explica el historiador y profesor de la Universidad Pública de Navarra, Fernando Mendiola.

 Mendiola y Juan Carlos García-Funes, investigador también en la Universidad de Navarra, han buceado en archivos, expedientes y memorias de los presos para elaborar una base de datos sobre el tipo de obras, número de trabajadores y fechas en las que se llevaron a cabo. Un artículo de Mendiola y la tesis de doctoral de García Funes han servido de fuente para confeccionar el mapa. Según las cifras que manejan, en los últimos meses de la Guerra Civil, el trabajo en el ferrocarril suponía el 7,1% del realizado por prisioneros de guerra; en 1939 y 1940 se llegaron a emplear 9.000 trabajadores que se mantuvieron "cerca de los 3.000" hasta 1945 y a partir de entonces cayeron por debajo de los 500.

Buena parte de los trabajos se concentraron en el noreste y centro de la península y algunos fueron obras directamente en las estaciones. Hubo reparaciones en Sevilla o Extremadura, Tarragona, Barcelona o Girona y varios tramos de doble vía en la línea Madrid-Zaragoza. En nuevas líneas destaca la finalización de la que enlazaba Madrid y Burgos, hoy en desuso; o el ya mencionado ferrocarril del Val de Zafán, que se convirtió en estratégico para el Ejército franquista: "Tuvo un papel clave en la Batalla del Ebro porque era una vía fácil de suministro de armamento, víveres y soldados a pocos kilómetros del frente", cuenta Mendiola.

Trabajo para españolizar a los rojos

Quienes trabajaban en el ferrocarril fueron prisioneros de guerra, sobre todo durante los primeros años, y presos condenados a las cárceles franquistas. De ellos se benefició tanto el Estado (Renfe a partir de 1941 y antes las dos grandes empresas ferroviarias españolas que se integraron en la operadora) como las empresas constructoras intermediarias a las que les adjudicaban las obras. El sistema de trabajo se organizaba en base a una doble modalidad: por un lado, estaban los batallones de trabajadores, que no eran campos de concentración pero sí dependían del sistema concentracionario y por otro, los destacamentos penales. 

 En estos últimos estuvieron miles de presos a los que se les aplicó el Sistema de Redención de Penas por el Trabajo, una forma de responder a la masificación de las prisiones en la posguerra, pero que iba mucho más allá. Su ideólogo fue el jesuita José Agustín Pérez del Pulgar, que fundamentó este proyecto de represión ideológica en la doctrina cristiana. Así, por medio de una orden publicada en el BOE, el régimen creó en octubre de 1938 el Patronato de Redención, que él mismo dirigió, y que apuntaba como finalidad a la "mejora espiritual de las familias de los presos y de estos mismos" mediante "la ingente labor de arrancarles el veneno de las ideas de odio y antipatria".

La teoría en la que se basaba la explica la investigación Arqueología de los destacamentos penales franquistas en el ferrocarril Madrid-Burgos: el caso de Bustarviejo, en la que han participado varios historiadores: a través de la redención "el prisionero salía de su estatus de rojo antiespañol [...] y recobraba el espíritu nacional perdido", detallan. "En las instituciones de confinamiento y represión se escenificaba de forma práctica el orden creado [por el franquismo]: la existencia de una España y una anti-España, la españolización y depuración de los rojos, y la redención cristiana por el trabajo".

Frío y hambre en los barracones

A un batallón, en concreto al Batallón de Soldados Trabajadores 95, perteneció Isaac Arenal, que combatió en el Ejército Republicano. Fallecido en 2013, dejó escritas sus memorias en las que relata su paso por distintas líneas. En ellas hace referencia "al trabajo diario, muy pesado" tras caminar "con nuestros picos y palas al hombro" para llegar "al tajo", pero también apunta a la "resistencia pasiva" que varios comenzaron a hacer para boicotear el trabajo. Sobre las condiciones, asegura que "la comida era escasa y mala" a base de patatas y agua; y "entre el hambre y el frío pasó el invierno" de 1942, narra sobre el tiempo que estuvo en Arcos de Jalón (Soria).

 "El día a día estaba marcado por una disciplina muy dura, humillaciones continuas, castigos físicos y extras y condiciones materiales muy penosas", explica Mendiola. En estos batallones había unos 500 o 600 prisioneros vigilados por soldados escolta y al mando de oficiales que dependían del Ejército y "normalmente" se iban trasladando de un sitio a otro, como en el caso del Batallón de Soldados Trabajadores 95 en el que estuvo Isaac Arenal. Además de por Arcos de Jalón (Soria), el batallón pasó entre 1942 y 1946 por otros ocho puntos más, entre ellos Alsasua (Navarra) o Algeciras (Cádiz) hasta su disolución en Lora del Río (Sevilla).

En el caso de los destacamentos penales, en los que estaban presos a los que se les aplicaba la otra modalidad de trabajo forzado (el Sistema de Redención de Penas), eran una especie de "barracones organizados en torno a un patio que solía tener una cruz o una bandera" y que "se iban asignando por tramos de vía", señala la historiadora Alicia Quintero, que ha estudiado los destacamentos de la línea ferroviaria Madrid-Burgos. El objetivo "era tener a pie de obra a los presos" a los que mantenían "en una situación muy precaria".

La memoria de Bustarviejo

A diferencia de los batallones, los destacamentos penales eran fijos y en algunos se han llegado a documentar la existencia de chozas en las que estaban las familias de los presos. Es el caso de Bustarviejo, un pueblo de Madrid en el que el franquismo usó mano de obra forzada para terminar la línea Madrid-Burgos.

Actualmente sin servicio, fue una de las más numerosas, en las que más presos utilizó el régimen franquista, pero su origen se remonta a la dictadura de Primo de Rivera, explica Quintero: "Comenzó como parte de un plan para crear ferrocarriles directos, un proyecto megalómano como era tendencia en los dictadores de la época, pero solo se construyó desde Burgos hasta el Valle de Lozoya, así que el tramo que faltaba fue retomado por Franco. La dictadura le puso muchos recursos, hay que recordar que Burgos había sido sede de la Junta de Defensa Nacional".

 Junto a otros historiadores y arqueólogos, Quintero comenzó en 2006 a estudiar el destacamento penal de Bustarviejo y allí encontraron las chozas alrededor del destacamento. "Eran chozas de dos metros cuadrados en las que vivían las mujeres y los niños y que revelan cómo el sistema penitenciario también lo sufrieron las familias", describe la historiadora.

Hoy el destacamento penal de Bustarviejo es uno de los pocos yacimientos históricos que se conservan y ha sido recuperado y habilitado para convertirse en un monumento a los republicanos que trabajaron en él, un ejercicio de memoria que contribuye a saldar la deuda histórica ferroviaria que aún hoy sigue arrastrando España.

De jugar en las ruinas a contarlo

Un poema anónimo escrito en las ruinas cercanas a una vía de tren en las que jugaba en su infancia el director Alberto Pascual es lo que le ha llevado a Estos Muros, el documental que acaba de presentar en Madrid. La pieza está centrada en el destacamento penal de Soto del Real (entonces Chozas de la Sierra), uno de los que formó parte de la vía Madrid-Burgos y que llegó a contar con 300 obreros en su primer año, 1942.

Desde el desconocimiento absoluto de lo que allí ocurrió, Pascual indaga en archivos, documentación oficial, bibliotecas y escucha a hijos de represaliados y a expertos para narrar ese "episodio oscuro de la Historia de España", como lo denomina, al que tan poca luz se le ha puesto.

"Un objetivo es recuperar los relatos para conocer nuestra historia" y contribuir a hablar de formas de convivencia que en nada recuerden al pasado franquista, pero sobre todo "es un homenaje a las más de 2.000 personas que pasaron por el destacamento penal" y "las más de 6.000 que entre 1942 y 1955 pasaron por los 70 kilómetros de finalización del directo Madrid-Burgos", afirma el director."      (marta Borraz, eldiario.es, 25/12/21)

21/12/21

Represión franquista en Asturias: el castigo se ceba muchas veces en las familias de combatientes o simpatizantes republicanos... los castigos físicos iban del rapado o la obligación de ingerir aceite de ricino, a las más graves vejaciones y torturas... el robo de niños también estaba a la orden del día. Los combatientes republicanos capturados por los franquistas en Asturias eran internados en campos de concentración... casi trescientos mil cautivos en abril de 1939

 "Este libro nace de un proyecto del ayuntamiento de Oviedo durante la etapa entre 2015 y 2019 en que era regido por un tripartito de izquierdas. El objetivo que se plantea es ayudar a preservar la memoria de los que sufrieron la represión franquista en las cárceles de Asturias y pasar revista al aparato jurídico y penitenciario de la dictadura.

Si cuarenta años de convivencia democrática no han servido aún, lamentablemente, para culminar todo el trabajo necesario en esta línea, es el momento de que las instituciones contribuyan en la medida de sus posibilidades. El volumen se materializó en 2018 y recoge aportaciones de cinco profesionales de la historia, especialistas en aspectos diversos de aquella inmensa prisión que fue la España franquista.

Las cárceles del franquismo

María Concepción Paredes Naves, historiadora y archivera, resume en el capítulo inicial las vicisitudes de la Prisión Provincial de Oviedo, inaugurada en 1907 con la estructura de “panóptico” que se estilaba en la época. Las galerías convergentes en un núcleo central de estas “cárceles modelo” facilitaban el control de los reclusos, al tiempo que con unas instalaciones modernizadas se trataba de dejar atrás los sórdidos escenarios habituales por entonces. La penitenciaría funcionó hasta 1993, y posteriormente fue remodelada para albergar el Archivo Histórico de Asturias, que abrió sus puertas en 2010.

El edificio fue testigo de la turbulenta historia del siglo XX asturiano, de las torturas a los más de mil presos del Octubre del 34 allí hacinados y de la renovación del horror tras la conquista de Asturias por los facciosos a finales del 37. La sobreocupación se ve atenuada luego, hasta que las huelgas mineras de los 60 vuelven a traer los viejos aires. Durante la Transición, la población reclusa era escasa, pero las penosas condiciones de habitabilidad dieron lugar a varios motines, uno en 1978 y otro en 1980 con un muerto por asfixia en una celda.

Irene Díaz Martínez, de la Universidad de Oviedo, pasa revista a la legislación de que se dotó el franquismo para que los juzgados militares, y a partir de 1963 el recién creado Tribunal de Orden Público, pudieran materializar la represión. Nos acerca después a algunos hombres y mujeres entre las decenas de miles que sufrieron reclusión tras la caída de Asturias, en un principio en los campos de concentración que proliferaban por la provincia, y más tarde sobre todo en las cárceles de Oviedo y El Coto (Gijón). 

 En las terribles historias recogidas vemos cómo el castigo se ceba muchas veces en las familias de combatientes o simpatizantes republicanos. En ocasiones, los que padecieron esto desarrollaron una conciencia política que determinó su comportamiento posterior, mientras que en otros las víctimas prefirieron achacar lo ocurrido a enemistades o conflictos personales y adaptarse al nuevo régimen. También se presentan casos de algunos que sufrieron represión por su militancia ya durante la dictadura.

Trabajos forzados en Asturias

Amaya Caunedo Domínguez, historiadora y antropóloga de la universidad de Oviedo, analiza la explotación de la mano de obra presa a partir de los datos disponibles en archivos y estudios previos. Los combatientes republicanos capturados por los franquistas en Asturias eran internados en campos de concentración en los que se les clasificaba por su grado de afección al nuevo régimen. Los considerados más peligrosos terminaban encarcelados, pero su gran número hizo que ya a partir de 1937 se constituyesen Batallones de Trabajadores para auxiliar en los frentes de Aragón y Levante, en infraestructuras y minería.

También a los encarcelados se les encomendaban labores a través del Sistema de Redención de Penas por el Trabajo, lo que obligaba a veces a trasladarlos a colonias militarizadas. Varias de éstas funcionaron próximas a las explotaciones mineras del valle del Nalón y el Bierzo, y otras albergaron a los que se encargaban de reedificar lo destruido durante la contienda. Mientras tanto, Redención y Reconstrucción, publicaciones periódicas con títulos emblemáticos, sacaban tajada propagandística de la incorporación de los “rojos” a la materialización de la nueva España.

Para concluir, Caunedo aporta algunas cifras: casi trescientos mil cautivos en abril de 1939, de los que dos tercios estaban en campos y uno encarcelado. Los números se incrementan el año siguiente, en el que los trabajadores forzados eran aproximadamente cien mil, la mayor parte en los campos. Esta cantidad iría reduciéndose hasta unas veinte mil personas en 1945, en este caso, la mayoría en las cárceles.

La odisea de las mujeres

La historiadora de la universidad Complutense María Covadonga Fernández repasa el triste destino de las mujeres entre 1937 y 1945 en Asturias. Tras los avances de la era republicana, se impuso por entonces el regreso al ideario tradicional y se crearon los mecanismos represores más convenientes. El primero de éstos fue judicial, con derogamiento de las leyes de divorcio y aborto, y decretando la subordinación al varón de por vida. Los otros medios fueron la educación y la sumisión al código moral de los vencedores.

Para las enemigas del nuevo régimen o reacias a transigir con sus normas, identificadas como “rojas”, los castigos físicos iban del rapado o la obligación de ingerir aceite de ricino, a las más graves vejaciones y torturas, de las que se exponen casos; el robo de niños también estaba a la orden del día. La reclusión en cárceles que sufrieron muchas mujeres se documenta a través de las terribles condiciones de la Prisión Provincial de Oviedo, antro de hambre y tuberculosis. La religión impuesta fue un notable instrumento de todos aquellos ultrajes.

Las cárceles durante el tardofranquismo

Ramón García Piñeiro, historiador, repasa en la contribución que cierra la obra las condiciones carcelarias a partir de los años sesenta, cuando se incrementó el número de reclusos por la represión de la creciente resistencia, huelguística y organizativa. Hay que decir, de todas formas, que la sordidez de las prisiones, descrita en detalle, resultaba muchas veces un alivio tras lo padecido en las comisarías. Las duras condiciones no impidieron en ocasiones desarrollar actividades formativas, de alfabetización, cultura general e incluso clases de ruso, que entretuvieron los largos ocios y mejoraron la vida de muchos.

El poder de la memoria

Todos los capítulos vienen ilustrados con valiosas fotografías de la época, que nos introducen en las penalidades de aquel tiempo y rescatan la memoria de los que las sufrieron. Estos documentos, junto a los nombres e historias que se recogen, homenajean a numerosas víctimas del terror franquista, pero no debemos olvidar que muchas otras aguardan aún una justa reparación. Hay que resaltar por ello la importancia de iniciativas en marcha como la del Archivo de Fuentes Orales para la Historia Social de Asturias (AFOHSA), que desde el año 2000 está empeñado en reunir testimonios sobre los aspectos más oscuros de nuestro pasado reciente.

Todos estos proyectos resultan imprescindibles, pues ignorar el pasado, aparte de un crimen, es la vía más segura para fracasar en la construcción del futuro."                ( Jesús Aller , Rebelión, 16/12/2021)

13/9/21

El aeropuerto de Santiago fue construido por presos políticos

 "La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) denuncia que la página web de AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea) oculta que el aeropuerto de Santiago de Compostela fue ampliado por un grupo de presos políticos que formaban parte de batallones disciplinarios de soldados trabajadores que funcionaron desde la Guerra Civil hasta entrados los años cuarenta.

 En la página web de AENA se cuenta la historia de todos los aeropuertos españoles. En el relato sobre el aeropuerto de Santiago, que actualmente se llama Rosalía de Castro, el texto arranca con el relato de su creación y luego hay un lapsus entre 1937 y 1947, el periodo en el que cientos de trabajadores forzados fueron obligados a su ampliación y a la mejora de las instalaciones.

 El hijo de Julián Ibáñez, uno de esos presos que formó parte del Batallón Disciplinario de Trabajadores número 28, ha solicitado en varias ocasiones a la agencia española de navegación aérea la inclusión de esa parte de la historia en el relato que ofrece en su página web, “como respuesta por parte de AENA solo ha recibido un acuse de recibo y ninguna voluntad por dejar de ocultar la dura historia de los presos republicanos que fueron obligados a trabajar allí de manera forzosa con el objetivo añadido de ser reeducados en los valores del nacionalcatolicismo”, denuncia la ARMH.

En Lavacolla existió un campo de concentración por el que según el historiador Víctor Santidrian pasaron al menos 2000 presos republicanos, algo que relata en su libro Diario do soldado republicano Casimiro Jabonero. Campo de concentración da Lavacolla. Prisión de Santiago de Compostela, 1939-1940.

“Pese a la ocultación que supone la omisión consciente de esa parte de su historia, no se puede ocultar la memoria y el sufrimiento de todas estas personas perseguidas por sus ideas, obligadas forzosamente a la construcción de lo que hoy es un bien público y lo que supuso para ellos padecer la durísima represión que padecieron por parte de la dictadura franquista”, concluye."                (Nueva Tribuna, 10/09/21)

 

2/7/20

La presencia de niños y adolescentes está documentada en diversos campos de concentración franquistas... hubo numerosos menores encerrados en el campo ubicado en el cortijo Los Arenales. Diversas notas e informes documentan el ingreso en el recinto de chavales de 14, 15 y 16 años...

"296 campos de concentración repartidos por toda España por los que pasaron entre 700.000 y un millón de hombres y de mujeres. Todos ellos eran prisioneros de guerra o presos políticos que no solo no habían sido juzgados, sino que ni siquiera habían sido acusados de nada. 

El primero de estos recintos abrió sus puertas el 18 de julio de 1936, apenas unas horas más tarde de iniciarse el golpe de Estado contra la República, y los dos últimos no fueron clausurados hasta 1947, ocho años después de terminar la guerra. Estas eran las grandes cifras que publiqué en el libro Los campos de concentración de Franco. Mi investigación se centró, exclusivamente, en los campos de concentración "oficiales", es decir en aquellos que el propio Ejército franquista y la propia dictadura catalogaron como "campos de concentración". 

Con ellos Franco creó un sistema concentracionario que perseguía varios objetivos: exterminio de los prisioneros más comprometidos con la democracia republicana, confinamiento y castigo para los restantes, clasificación de los cautivos en función de sus antecedentes políticos, explotación laboral y adoctrinamiento político y religioso de los internos.

En este año que ha pasado desde que la obra vio la luz, han sido muchos los familiares de prisioneros, archiveros, asociaciones memorialistas e investigadores que me han aportado nueva documentación sobre el tema. Documentación que confirma el grueso de la investigación, pero que también permiten ampliar y concretar algunos datos. Estas son las principales novedades:

Nuevo campo de concentración en Villar del Arzobispo (C.Valenciana)

Al menos durante el mes de abril de 1939 operó en ese municipio un campo de concentración. Estuvo ubicado en el frontón conocido como El Trinquete de Heliodoro y en otros edificios cercanos. Llegó a albergar a más de 600 prisioneros, entre los que había un mínimo de nueve oficiales del Ejército republicano. Documentos hallados en el Archivo Municipal de Villar del Arzobispo demuestran que no fue un mero depósito de prisioneros ni un campo de evacuación, sino un campo de concentración oficial.

Nuevo campo de concentración en Son Granada (Mallorca)

En la antigua posesión de Son Granada, municipio de Llucmajor, funcionó un campo de concentración entre finales de 1936 y, al menos, enero de 1938. Desde el primer día, los prisioneros fueron utilizados como trabajadores esclavos. Documentos de la Comandancia General de Baleares demuestran que se trató de un campo independiente y no de una sección del cercano campo de concentración de San Juan de Campos.

Menores en el campo de concentración de Los Arenales (Cáceres)

La presencia de niños y adolescentes está documentada en diversos campos de concentración franquistas. La correspondencia oficial del Ejército y la policía franquista que conserva la Asociación Memorial en el Cementerio de Cáceres (AMECECA) indica que también hubo numerosos menores encerrados en el campo ubicado en el cortijo Los Arenales. Diversas notas e informes documentan el ingreso en el recinto de chavales de 14, 15 y 16 años. En uno de ellos se menciona un incidente en el que dos chicos de 14 años resultaron heridos tras ser tiroteados por los guardianes durante un supuesto intento de fuga.

El periódico de los prisioneros del campo de concentración de Cieza (Murcia)

A diferencia de lo ocurrido en las cárceles franquistas, no había constancia hasta ahora de que los prisioneros españoles de los campos de concentración hubieran elaborado ningún tipo de publicación. Sí se conservaban varias copias de dos revistas clandestinas realizadas por los brigadistas internacionales, cautivos en el campo burgalés de San Pedro de Cardeña: Jaily News y Undercrust. Ahora, gracias a los descendientes del prisionero Pedro Rodríguez, disponemos de varios ejemplares manuscritos de El Berrio, un periódico confeccionado muy artesanalmente por varios cautivos del campo de concentración murciano de Cieza.

No se trata de una publicación clandestina, sino de un divertimento repleto de bromas, chismes y caricaturas de los cautivos. Su sección estrella llevaba por título, de hecho, "Se chivatea" y en ella se relataban inocentes anécdotas vividas en el interior del campo. Lo más parecido a una denuncia que encontramos es esta descripción, aparentemente humorística, que realizaron de uno de sus compañeros: "Coged 20 kgs de huesos, un par de gafas, un puñado de algodón, una boina marrón y unos calzoncillos blancos. Agítese bien. Añadid a la mezcla 10 kgs de negro hollín y tendréis a Don Pedro. Sírvase con una guinda". Pese a su liviano contenido, El Berrio puede considerarse una verdadera joya histórica que ha permanecido oculta durante más de 80 años: la única revista, que sepamos, elaborada por los prisioneros españoles de los campos de concentración de Franco.

Nueva sección del campo de concentración de Irún

La localidad guipuzcoana albergó uno de los campos más longevos e importantes del franquismo. Franco lo creó para encerrar, investigar y distribuir a los republicanos españoles que regresaban desde Francia. Estos hombres y mujeres creyeron en la falsa promesa del nuevo régimen de que solo sufrirían represalias quienes hubieran cometido delitos de sangre. Operó entre 1937 y 1942 en varios edificios: la fábrica Hilaturas Ferroviarias, el Stadium Gal de fútbol, los almacenes de Chocolates Elgorriaga, una vieja fábrica de bicicletas y un inmueble de la vecina localidad de Hondarribia (Fuenterrabía).

A todos ellos ahora debemos añadir un lugar que tuvo gran importancia: el llamado Pabellón Ferroviario Pequeña Velocidad, situado junto a la estación de tren. A él eran trasladados los prisioneros desde el resto de los edificios para pasar las últimas horas antes de ser subidos a vagones de ganado y conducidos a otros campos de concentración. Uno de sus forzados inquilinos fue José Mari Etxaburu que nos dejó su testimonio: "Había mucha gente… Y ¡por supuesto! Sin poder tumbarse uno, y como se pudo, a ratos de pie y a ratos sobre los bultos hubimos de pasar la noche entera. Larga se nos hizo". La práctica totalidad de las fotografías que se conservan en la Biblioteca Nacional de España del campo de Irún, donde se ve a los cautivos en misa y realizando el saludo fascista, fueron hechas en este Pabellón Ferroviario".

Ubicación desvelada del campo de concentración de Luarca-Canero (Asturias). 

Además de la utilización de un teatro en Luarca y de un edificio en la parroquia de Canero, ahora sabemos que el recinto principal de este campo de concentración estuvo situado en un complejo educativo conocido como Las Escuelas, en la pedanía de Trevías. Así lo confirma la correspondencia enviada a su familia por el prisionero Manuel Rodríguez. Sus cartas pasaban por la censura franquista, por lo que son discretas y terminan con el habitual "¡Viva Franco! ¡Arriba España!". Aún así, podemos hacernos una idea de las condiciones de higiene en el campo por una súplica que el cautivo le realiza a su madre en la misiva: "Si puede venir, venga, que tengo mucha falta de mudarme".

Ubicación descubierta del campo de concentración de Manuel (Valencia).

El campo de concentración estuvo situado en el Antiguo Campamento de Transmisiones. Así lo corrobora un informe de la 55ª División del Cuerpo de Ejército de Galicia que fue el responsable de crear y gestionar este recinto. Por él sabemos también que el jefe del campo fue Tomás Vives, capitán del 6º Batallón de Carros de Combate.

Mayor longevidad de los campos de concentración de Laredo (Cantabria) e Igualada (Barcelona).

En abril de 1939 seguía operativo y repleto de prisioneros el campo de concentración de Laredo. Creado por las tropas fascistas italianas en agosto de 1937, hasta ahora su pista documental se perdía en enero de 1938. Un acta del Ayuntamiento laredano demuestra que se mantuvo abierto, al menos, hasta el final de la guerra. Algo parecido ocurre con el campo de concentración de Igualada. Abierto en febrero de 1939, el último informe en el que aparecía operativo databa de septiembre de 1939. Ahora un documento del Gobierno Militar de Barcelona indica que continuaba en funcionamiento en enero de 1940.

La investigación sigue abierta

Cuando publiqué Los campos de concentración de Franco insistí en un doble mensaje: se trataba de una investigación abierta y de una investigación coral en la que había contado con decenas de cómplices de la Historia y la Memoria. Tras esta primera actualización que corrobora y enriquece el grueso del trabajo, el camino continúa. La web www.loscamposdeconcentraciondefranco.es 
 y el email info@loscamposdeconcentraciondefranco.es están disponibles ser utilizados por cualquier cómplice que disponga de datos, testimonios o documentación sobre este tema."               (Carlos Hernández, eldiario.es, 13/06/20)

25/6/20

Viaje por las carreteras de los 15.000 esclavos del franquismo... Los despertaban a fustazos, les daban una taza con infusión de cebada y los mandaban a picar rocas y a palear tierra, para abrir el desmonte de la futura carretera. En la pausa del mediodía les servían un poco de caldo con algún garbanzo viudo. Los presos cazaban lagartos para comérselos crudos, robaban las mondas de patata que los vecinos del pueblo echaban a los cerdos. Muchos murieron de hambre, de neumonía, de agotamiento. Si no rendían lo suficiente, les daban palizas y los tenían trabajando de noche

"Tuvo que venir Luis Ortiz Alfau, pocos días antes de cumplir 100 años, a mostrarnos cosas que nunca habíamos visto en los sitios por los que siempre pasamos. En la primera rampa de Jaizkibel, una de las carreteras más frecuentadas por los ciclistas guipuzcoanos, aún resisten unos muros ruinosos entre la vegetación.

-Aquí nos amontonaban a los presos que construimos estas carreteras. Nos lo hemos callado toda la vida. Yo he pasado medio siglo invernando como los osos, y ya sabéis que los osos, cuando se despiertan, tienen mucha hambre y están muy activos, ¿no?


Más que un oso, Luis parecía un pajarito: un hombre con boina que no llegaba al metro sesenta, delgado, de movimientos muy ágiles, que achinaba los ojos y acercaba el oído para escuchar mejor. Aquel día de septiembre de 2016 viajó desde su casa en Bilbao hasta Jaizkibel, 250 kilómetros ida y vuelta en el coche de su amigo Valentín, para desvelar una placa entre las ruinas. 

Hasta muy poco antes de morir con 102 años, viajaba a los homenajes a las víctimas del franquismo, a los desenterramientos de esqueletos en fosas y trincheras, a las mesas redondas para contar su historia de la guerra como voluntario de la Izquierda Republicana, su testimonio del bombardeo de Gernika, la batalla de Elgeta, el frente de Catalunya, la huida a Francia, los campos de concentración, los trabajos forzados, la represión de una posguerra interminable.

-Es que no queda nadie más, así que tengo que venir y dar testimonio.


Hasta que escuchamos a Luis no nos habíamos dado cuenta. Nuestros mejores recorridos ciclistas (Jaizkibel, Erlaitz-Pikoketa, Arkale, Aritxulegi, Agina, Artesiaga...) siguen precisamente las carreteras construidas por los trabajadores forzados de la posguerra: carreteras solitarias, serpenteantes, asomadas al mar, sumergidas en bosques, montaña arriba, montaña abajo, carreteras absurdas por las que apenas circulan coches. Son una maravilla: fueron un horror. 

Los ingenieros no las proyectaron con ninguna lógica civil, sino con una lógica militar antigua. Entre 1939 y 1945, las nuevas autoridades franquistas construyeron estas carreteras cerca de la frontera con Francia porque temían invasiones y querían rutas para subir a las fortificaciones de la montaña, pasar tropas de un valle a otro, comunicar puestos remotos. 

Podían permitirse estas obras tremendas porque contaban con mano de obra barata: quince mil presos republicanos en Guipúzcoa y Navarra, a los que castigaban y de paso inculcaban "el hábito profundo de la obediencia", como decían los reglamentos de aquellos batallones. No tenían ningún delito que imputarles, no les hicieron ningún juicio ni les dictaron ninguna condena. Igual que a otros cien mil en toda España, los clasificaron como "desafectos al régimen" y los mandaron a picar piedra a valles remotos. Construyeron carreteras, aeropuertos, ferrocarriles, pantanos y canales, con un beneficio para el Estado de 780 millones de euros, según cálculos de Isaías Lafuente.

 -A mí me empujaron con un fusil y me dijeron tira p'alante. Ese fue todo el contrato que me hicieron -contaba Luis.

En Lezo, a nueve kilómetros de San Sebastián, arranca la subida a la montaña costera de Jaizkibel. Por aquí han subido los mejores corredores del último medio siglo durante la Clásica de San Sebastián, la Vuelta al País Vasco, incluso el Tour de Francia, por aquí subimos una y otra vez los ciclistas de la zona. Ahora, al pasar ante la placa que inauguró Luis en la primera rampa, ya no podemos ignorar los restos de los barracones de los presos, los almacenes, las cocinas. Nos damos cuenta también de lo absurda que es esta carretera: si ya existe la nacional que va directa de San Sebastián a Irún, ¿para qué sirve este itinerario sinuoso que sube y baja por una montaña despoblada?

Superamos unas rampas duras, con desniveles del 10% y el 12%, hasta pasar a la ladera oceánica de Jaizkibel. Allí subimos ya más suave, asomados a los acantilados y con vistas a casi toda la costa vasca, desde el faro de Biarritz hasta el cabo de Matxitxako. Luego bajamos veloces hacia el fuerte de Guadalupe, el motivo por el que existe esta carretera: una mole de 30.000 metros cuadrados con muros, fosos, búnkeres, baterías, nidos de ametralladoras, patios, túneles, alojamiento para seiscientos soldados y cañones que apuntaban a la frontera francesa, a Hendaia, a la desembocadura del Bidasoa.

 Lo levantaron en 1900 y enseguida, con el nacimiento de la aviación, ya no servía para nada. Pero los franquistas mandaron a miles de presos a construir la carretera de Jaizkibel solo para disponer de otro acceso hasta esta fortaleza, donde instalaron un observatorio y algunas ametralladoras. Si abrieron la carretera por la vertiente océanica, mucho más abrupta que la vertiente interior, era porque así quedaba oculta y no podían bombardearla desde Francia.


El fuerte de Guadalupe nunca sirvió para nada, que es lo mejor (lo único bueno) que se puede esperar de sitios así. Y la carretera quedó para uso casi exclusivo de ciclistas, montañeros y turistas.

El campamento Babilonia

Pasamos de Hondarribia a Irún, donde una pequeña carretera sigue la orilla del arroyo Arantzate hacia el sur. Debería terminarse en la base de las Peñas de Aia, un poderoso macizo de granito, pero allí obligaron a los presos a abrir una subida brutal (cuatro kilómetros al 10%) hasta un viejo fuerte abandonado en la cumbre de Erlaitz, para bajar luego a Oiartzun. En esa bajada está el caserío de Pikoketa, donde las tropas franquistas fusilaron a trece milicianos que defendían un pequeño puesto en la montaña. 

Un monolito y una placa recuerdan los nombres de las víctimas, muchas de ellas chicas y chicos entre 16 y 18 años. Y casi al final de la bajada, junto al poste kilométrico 1, quedan otros restos muy tenues: unos suelos de cemento entre la hierba. Las viejas fotos aéreas lo confirman: justo ahí estaban los barracones de los presos que construyeron la carretera. A su lado permanecen el caserío Markelainberri y el caserío Babilonia, que dio nombre a este asentamiento de esclavos.


‒¡El campamento Babilonia! -recordaba Luis Ortiz Alfau. Después de un año y medio como trabajador forzado en el valle pirenaico del Roncal, lo destinaron aquí otro año más. A los presos los tenían hacinados en barracas, vestidos con ropas mínimas para resistir las heladas, con los pies envueltos en trapos porque no tenían ni alpargatas. Los despertaban a fustazos, les daban una taza con infusión de cebada y los mandaban a picar rocas y a palear tierra, para abrir el desmonte de la futura carretera. En la pausa del mediodía les servían un poco de caldo con algún garbanzo viudo. 

Los presos cazaban lagartos para comérselos crudos, robaban las mondas de patata que los vecinos del pueblo echaban a los cerdos, roían los nabos que otros vecinos les dejaban medio escondidos en el camino. Muchos murieron de hambre, de neumonía, de agotamiento. Si no rendían lo suficiente, les daban palizas y los tenían trabajando de noche.

Y así un día y otro día y otro día. Y otro día y otro día y otro día.

‒Nunca supimos cuánto tiempo íbamos a estar allí ‒decía Luis, que era el administrador de la compañía porque sabía llevar cuentas y escribir a máquina, y así se libró de los peores trabajos. Su testimonio es muy valioso porque conoció desde dentro los mecanismos del régimen esclavista: la corrupción de los militares, la reventa de alimentos en el mercado negro, la arbitrariedad con la que castigaban, la impunidad con la que fusilaban a los presos, cuyos certificados de defunción tenía que redactar el propio Luis, disimulando siempre los hechos.

-No sabíamos si iban a ser unas semanas, unos meses o toda la vida. A veces te desesperabas, pero qué ibas a hacer.

Qué ibas a hacer: carreteras.

-Los cocineros preparaban la comida en unos peroles enormes. Un día estaban haciendo el caldo con una pata de vaca. Al acabar, cogieron el hueso y lo tiraron al monte. Entonces salió corriendo un prisionero y se lanzó a por el hueso, a ver si podía chuparlo un poco. Es que nos hacían pasar un hambre horrible. Cogió el hueso, pero casi al mismo tiempo apareció un perro vagabundo, que tendría tanta hambre como él, también se tiró a por el hueso y empezaron a pelearse. Fue un espanto. El perro le destrozó el brazo izquierdo al pobre hombre, le quitó el hueso de vaca y le dejó sangrando, todo el brazo desgarrado. Echaba sangre por todos lados.

Luis se llevaba las manos a las sienes.

‒Todavía tengo pesadillas con aquello. Los gruñidos, el brazo destrozado, toda esa sangre.
Terminamos la bajada cerca del barrio de Gurutze. Desde allí quedan setecientos metros hasta el alto de Arkale, por otra carretera que construyeron los presos para acceder a los túneles y búnkeres excavados en estas peñas, desde las que vigilaban el corredor estratégico San Sebastián-Irún. Aún se pueden recorrer, linterna en mano, si preguntamos en los alrededores y si los encontramos en el bosque cercano a la carretera.

Desde Oiartzun pasamos a Navarra por la GI-3420, atravesando los puertos de Aritxulegi y Agina. Esta carretera recorre 19 kilómetros por unas montañas en las que hay unos pocos caseríos desperdigados, por un trazado sinuoso que se mete en los bosques, que se apoya en muros y contramuros para bajar a los barrancos, que atraviesa un túnel de fama negra. Esta carretera enlaza un pueblo de 10.000 habitantes (Oiartzun) con otro de 2.700 (Lesaka). Y antes ya se podía ir de uno a otro por la carretera nacional del Bidasoa. ¿Hicieron semejante obra para acortar quince minutos el trayecto entre dos pueblos tan pequeños, a través de unas montañas despobladas?

No. Esta carretera es una consecuencia directa de la Guerra Civil. En agosto de 1936, las tropas franquistas bajaban por el Bidasoa hacia Irún cuando se encontraron con que los republicanos habían volado el puente de Endarlatsa, y no tuvieron más remedio que emprender una marcha penosa a través de las montañas para llegar a Oiartzun y de allí a Irún. Comprobaron que la ruta del Bidasoa era muy vulnerable. Así que al acabar la guerra decidieron construir una carretera por aquí, por los pasos de Aritxulegi y Agina, una alternativa para mover tropas entre San Sebastián y el Bidasoa. No tenía sentido civil, nunca tuvo uso militar, pero cuatro mil presos abrieron esta carretera endiablada con pico, pala, dinamita y carretillas.

El túnel de Aritxulegi, justo en la cima del puerto, fue el escenario de los sufrimientos más atroces. Los presos picaban el granito a mano durante horas para colocar algunos cartuchos y avanzar con las voladuras. Testigos de la zona como Xebe Sistiaga explican que debían avanzar sesenta centímetros diarios en la perforación del túnel, bajo amenaza de castigos, horas extra, más hambre. Segundo Pagadizabal, un carretero que vio a Franco cuando vino a inaugurar el túnel en 1948, recordaba cómo a veces llegaba algún esclavo a su caserío:

-Venían medio muertos, muy pálidos, arrastrados. Les dábamos un poco de queso y un trago de vino, y resucitaban. Si encontraban por ahí un nabo, lo pelaban y se lo comían crudo. Hasta las mazorcas de maíz se las comían crudas: crac-crac-crac…

En Oiartzun abundan los recuerdos de aquellos trabajadores fantasmagóricos que pululaban por la montaña, hambrientos, descalzos, sufriendo tifus, sarna, tuberculosis, arreados a fustazos monte arriba y monte abajo. Cuando uno de ellos se fugó, los militares escogieron a siete al azar y los fusilaron. Bajaron los cadáveres en camillas improvisadas con dos palos y una manta. Los cuerpos se bamboleaban monte abajo, recordaba el vecino Joxe Maia, y así los llevaron hasta el cementerio de Rentería. Sus actas de defunción están en el Ayuntamiento.

Habrá pocos tramos más dulces para pedalear que esta carretera de los esclavos: la bajada de Aritxulegi hasta el embalse de Endara, la subida de cuatro kilómetros por el hayedo hasta el alto de Agina, la bajada curveante hasta Lesaka. Quien sigue una huella debe un agradecimiento. Los ciclistas que recorremos esta carretera deberíamos, por lo menos, contar su historia.

El camino injusto

De Lesaka a Irurita, remontamos el Bidasoa. Primero entre las montañas que estrechan el valle, luego por un paisaje más amplio, un oleaje de colinas verdes, bosques, arroyos, maizales, palacios de piedra rosada, caseríos blancos desperdigados en las praderas como dados lanzados en un tapete. En Irurita empieza otro tramo ideal para ciclistas: los 27 kilómetros hasta Eugi a través del puerto de Artesiaga, otro trabajo de esclavos.

La carretera sube dulce, con alguna rampa dura, con descansos, con vistas cada vez más altas sobre el valle verde, los caseríos blancos, el bosque oscuro. Poco antes de llegar al collado, en un montículo al borde de la carretera instalaron en 2009 unas planchas y barras de acero corten: es una escultura de Mikel Iriarte, titulada Bidegabeko bidea (El camino injusto). Parece hermoso, quizá demasiado optimista, que en euskera "injusto" se diga "bidegabea": literalmente, "sin camino". Un panel recuerda que 1.756 presos construyeron esta carretera entre 1939 y 1941, y que otros 3.463 trabajaron en las fortificaciones del Baztán. El vizcaíno Francisco Barrena asistió a la inauguración de la escultura y contó que pasaron hambre, frío y mucho dolor, que los castigaban por cualquier cosa, que por ejemplo les hacían cavar un agujero y luego rellenarlo, o que les colgaban al cuello sacos con diez kilos de piedras y que se pasaban la jornada entera trabajando con esa carga que los destrozaba, que pasaban tanta hambre que una vez, en invierno, bajaron hasta el pueblo porque alguien les dijo que había una gallina muerta, y que allí la encontraron, entre la nieve, y se la comieron.

Al día siguiente de la inauguración, la escultura amaneció chorreando pintadas negras. Las firmaba Falange Baztán, proclamaban varias veces "Viva Cristo Rey" y dejaban una serie de amenazas en un euskera apretado: "39n irebazi giñun ta beti irebaziko" ("ganamos en el 39 y siempre ganaremos"), "Rojos kontuz ibili" ("rojos, andad con cuidado"). La limpiaron y ahora aparece bien cuidada. Quizá sería buena idea incluir una foto de aquel ataque en el panel informativo al borde de la carretera, porque los autores de las pintadas negras completaron de manera involuntaria pero muy efectiva el mensaje de la escultura: la justicia, la necesidad, la actualidad de la memoria.

Epílogo hasta Pamplona

El pueblo de Eugi, en la orilla de un pantano, a los pies de los bosques del Quinto Real, es un destino estupendo para terminar el recorrido. Si queremos completar la etapa hasta Pamplona, poco después de Eugi podemos tomar la pequeña carretera NA-2520, otra obra de los trabajadores forzados, para cruzar el alto de Egozkue y bajar a Olague. En la periferia norte de Pamplona, una carretera bacheada sube desde Artika hasta el Fuerte de San Cristóbal, en la cumbre del monte Ezkaba, donde hacinaron y maltrataron a cientos de presos republicanos. El 22 de mayo de 1938 emprendieron una fuga extraordinaria que terminó en masacre: de los 795 escapados, los guardias y militares asesinaron a más de doscientos en las siguientes horas y días, detuvieron a todos los demás y solo tres se salvaron pasando a Francia tras una caminata de varias jornadas."                 (Ander Izagirre, Público, 12/06/20)