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6/12/13

Los policías judíos iban de uniforme, con gorra de visera y bandas amarillas. Constantemente proferían maldiciones y su arma era el látigo



“Primero entraremos en la comisaría de la OD, la policía judía, ubicada dentro del complejo femenino. El comisario era Chilowicz, y su lugarteniente, Finkelstein. Ambos fueron asesinados junto a sus familias unos meses antes de la destrucción del campo. Los policías judíos iban de uniforme, con gorra de visera y bandas amarillas. 

Constantemente proferían maldiciones y su arma era el látigo, que nunca soltaban. Con ayuda de ese látigo imponían obediencia. Su tarea consistía en conducir a su propia gente a las selecciones y las «acciones». Ayudaban a los agentes de las SS a reunir a los prisioneros y a vigilarlos. 

A cambio tenían el privilegio de dormir con su esposa en una celda especial que se cerraba por dentro, ración doble de sopa más consistente y una barra de pan con mermelada. 

Una vez, cuando estaba entregando un mapa del campo a Chilowicz, sus hombres trajeron a un prisionero vestido con ropa de calle: camisa blanca, corbata y un par de zapatos con cordones. Al parecer había intentado escaparse. Chilowicz le golpeó, le pateó el estómago y gritó: “Mirad bien a este loco.” 

Estudié de soslayo a la victima desamparada y me pareció perfectamente normal. Miré la ropa rayada que el resto de nosotros llevábamos y me pregunté quiénes eran los locos.”    

(Joseph Bau: El pintor de Cracovia. Ediciones B. S. A. 2008, pág. 171/3)

30/4/13

A menudo hablaba con kapos, y un kapo tenía que golpear y apalear para salvar la vida



"SOLDADO DE PRIMERA RICHARD BOCK.  Guardia de las SS en Auschiuitz-Birkenau.



Un jefe de bloque podía incluso decidir la vida o la muerte de un prisionero. Recuerdo, y no una sino varias veces, que pasaba un Sonderkommando [«equipo especial» de presos trabajadores] y un jefe de bloque llamaba con furia al kapo [preso de confianza]: «Kapo, ven aquí». 

El kapo se acercaba y él, zas, le daba al kapo en la cara con tanta fuerza que caía al suelo, y el jefe le ponía la bota encima si el kapo no tenía la suerte de levantarse con rapidez. Y entonces decía: «Kapo, ¿sabrías darles golpes mejores?».

 Y el kapo echaba a correr, empuñaba un palo y golpeaba a la cuadrilla de presos indis-criminadamente. «Kapo, ven», gritaba el jefe de nuevo. El kapo se acercaba y él le decía: «Acaba con ellos», y entonces volvía y acababa con los presos, los mataba a palos. Dondequiera que se mirase, no había más que palizas, puñetazos y más puñetazos. 

Fue particularmente horrible en Auschwitz en 1941. Muertos a palos, muertos a palos dondequiera que se mirase. Hoy no condenaría a ningún kapo que conociera. A menudo hablaba con kapos, y un kapo tenía que golpear y apalear para salvar la vida."

 

 (Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 288)