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3/3/24

Pepi, el superviviente del Holocausto que encontró en el flamenco una forma de “aliviar el corazón”... Peter Pérez fue internado de niño, junto a su familia judío-sefardí, en el campo de concentración de Rivesates, en el Sur de Francia. Allí, entre la miseria y el dolor, descubrió el flamenco. Lo hizo gracias a los niños gitanos refugiados de la Guerra Civil que se abarrotaban en barracas y que cantaban para comunicarse con sus padres al otro lado de la alambrada. Con la música expresaban su dolor, su pena, sus ganas de reencontrarse

 "Peter Pérez tiene 87 años y nació en Viena. Sin embargo, todos le conocen como Pepi. La directora de cine Lucija Stojević le conoció cuando preparaba su anterior documental, La Chana y buscaba financiación para poder realizar aquella película sobre la bailaora flamenca anulada por su condición de mujer y gitana. La primera vez que quedó con Peter, este sacó un CD del cantaor de flamenco Niño de la Cava y lo puso.

“Mientras nos llegaba el cante profundo y áspero, el rostro de Pepi se contraía de dolor. Empezó a llorar”, recuerda la cineasta. Al escuchar aquellos acordes, aquella voz, algo se le removió por dentro de tal forma que no pudo contener su emoción. Stojevic se interesó por su historia, por lo que había dentro de él para haber reaccionado así y encontró una de esas vidas que merecen ser contadas. Peter Pérez fue internado de niño, junto a su familia judío-sefardí, en el campo de concentración de Rivesates, en el Sur de Francia. Allí, entre la miseria y el dolor, descubrió el flamenco. Lo hizo gracias a los niños gitanos refugiados de la Guerra Civil que se abarrotaban en barracas y que cantaban para comunicarse con sus padres al otro lado de la alambrada. Con la música expresaban su dolor, su pena, sus ganas de reencontrarse.

Peter quedó marcado por aquella música. Se estableció con ella una relación complicada. Escucharla le hacía retraerse a aquellos momentos duros. Aunque escapara del campo, siempre quedó marcado por la herida del Holocausto. La música le hace volver al peor momento de su vida, pero también es lo que le hizo avanzar. Su amor por el flamenco, y por el fandango, le han hecho querer buscar el flamenco más auténtico por toda España. Junto a su amigo Alfred recorre Europa, y la cámara de Stojevic les acompaña en el documental Pepi Fandango, que termina convirtiendo aquel encuentro casual en una película sobre el poder sanador del arte y en un relato de Memoria Histórica que une la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

 Como Quijote y Sancho Panza ambos recorren España. Pepi ha decidido que para terminar de exorcizar y sanar tiene que crear su propio fandango. Un trayecto hasta Paterna de Rivera en Andalucía donde Pepi intenta escribir su fandango, y que termina con un trayecto de vuelta a Rivesaltes, el campo donde estuvo internado y que visita por primera vez para enfrentarse directamente a su dolor.

“Los primeros sonidos que marcaron mi vida y que tengo en las entrañas fueron los fandangos a palo seco, de voces infantiles o adultas aislados en el campo de concentración de Rivesaltes: Y claro no recuerdo letras, sólo palabras que se repetían: hambre, enfermo, fiebre. En caló: madre - vata, quiero - camelo, pan - manró, comer - jalar, cagar - jiñar, penas y duquelas”, rememora Pepi. En el flamenco, y más concretamente el fandango, encontró la forma de “aliviar el corazón”, aunque sus sonidos le llevaran de nuevo dentro de aquel campo.

“Al principio no podía escuchar flamenco. Pensaba que me arrancaría todo, pero siempre lo tengo en la cabeza. Siempre lo busco”, dice Pepi en un momento del documental. Para él “los fandangos son eternos”, y tienen algo de aquella frase que le dijo su padre y que le sirvió para sobrevivir. “Me decía que nunca perdiera la esperanza, pero allí era imposible tener esperanza. Yo uní la esperanza con la idea de soñar. Así que soñé con salir de allí”, lo logró y convirtió aquellos sonidos que escuchaba a “los gitanillos” a su lado en la banda sonora de su vida.

Un superviviente en Málaga

Igual que se emociona en el documental, Peter Pérez se emociona en Málaga recordando cómo el flamenco le cambió la vida. Detrás de sus gafas de sol caen un par de lágrimas mientras cuenta que él conoció “el flamenco de un modo un poco especial y un poco duro en un campo de concentración”. “Tenía cinco años y de un día a otro nos separaron a mi padre, a mi madre y a mi. Me quedé solo con otros niños de más o menos mi misma edad. Afortunadamente para mí eran ‘gitanitos’, y ellos cuando estaban aterrorizados cantaban. Cantando se podían mirar. Y eso se me quedó en la entraña, como se dice aquí en Andalucía. Se me quedó esta idea de que el arte es un sistema de comunicación. Ellos hablaban a través de la música. Decían tengo hambre, tengo sed. Para mí el flamenco es vida y nada más”, expone antes de presentar su película en el Festival de Cine.

Un filme con estructura de road movie porque funciona como propia metáfora de la historia de Pepi. “Está el viaje físico que hacemos de Viena a Andalucía, también el viaje hacia el pasado, y de alguna manera hay un viaje psicológico y emocional que está pasando durante todo este proceso de búsqueda de enfrentarse con su propio trauma. Es, además, un viaje por la Europa de hoy, una reflexión sobre el olvido y sobre la banalidad de estos espacios que para alguien significa algo. Nos preguntamos cómo conectamos con nuestra historia, con nuestra memoria”, cuenta la cineasta al lado de su protagonista.

Una película, que además, llega en un momento donde parece que nadie aprende de los errores del pasado. Para Peter Pérez “es triste ver que esto continúa”. “Estaba desde antes de la Segunda Guerra Mundial, pero sigue y sigue. Nosotros ya fuimos ‘indeseables’ en la península ibérica. Tuvimos, junto a los musulmanes, que dejar esta tierra que era nuestra. Mi padre hablaba de nuestra tierra sin saber de dónde venía la familia Pérez. Sus amigos republicanos refugiados en Francia le preguntaban, de dónde vienes tú, y mi padre decía que de Zaragoza. No tenía ningún documento, y probablemente sería Toledo, pero él decía eso·”, recuerda Pérez.

Lucija Stojević tiene claro que está película habla “del presente”. “La hicimos antes de todo lo que estaba pasando, y ahora es más importante, porque habla de lo que pasa cuando nos olvidamos. Volvemos a repetir estos sufrimientos y los mismos patrones. Es importante que alguien como Pepi pueda hablar de lo que significa ser una víctima de odio, y como eso se lleva toda la vida dentro. Hablamos de víctimas mortales en Gaza, en Israel, en Rusia, en Ucrania… pero hay mucha gente que va a sobrevivir y va a tener que vivir con esto. Un trauma durante toda la vida y de esto no se habla”, apunta y Pepi toma la voz para añadir algo: “Esto es un problema para los hijos y los nietos. Tengo dos hijos, y nunca hemos hablado de aquellos tiempos. Hay una distancia que creo que con esta película ha cambiado un poco”. El arte como forma de tender puentes y hasta de sanar un trauma inimaginable."            (javier Zurro, eldiairo.es, 02/03/24)

4/1/22

La historia de un padre y un hijo que compartieron calvario en el campo de concentración de Mauthausen... "Iban mandando prisioneros a través de una especie de camioncito que estaba blindado. En el camino los mataban conectando un tubo de escape a esta parte del vehículo para que el aire y los gases del camión se introdujeran. En el castillo los quemaban. Al final, en Gusen y Mauthausen no daban abasto"... "los nazis admiraban la fortaleza mental de los españoles por la solidaridad colectiva y el compañerismo que tenían" a pesar de cohabitar más de 30 nacionalidades diferentes

 "Me dijeron que mi abuelo había estado en una cárcel y que su padre había muerto allí. Yo no me lo creía, era imposible. El concepto de cárcel fue creciendo hasta convertirse en campos de concentración nazi", recapitula Judith Miralles, una joven que reside en Villamayor de Gállego y que siente haber cogido el relevo de su abuelo de visibilizar todo lo que ocurrió en Mauthausen-Gusen.

Todo empezó como la típica curiosidad de una niña que escucha a su abuelo hablar por teléfono de forma recurrente de algo "tabú" entre la familia. Como si una llamada de lo "prohibido" le hubiera impulsado a sentarse con su walkman junto a su abuelo, José Egea Pujantes, para hacerle a modo de entrevista unas preguntas que desembocaron en la "responsabilidad y necesidad de visibilizar y hacer que no se olviden" todas aquellas personas que estuvieron en los campos de concentración nazis por sus ideas. 

 "Siento que he heredado esa responsabilidad y no me puedo deshacer de ello ni dejarlo a un lado. Soy lo que soy por lo que ha vivido y me ha contado mi abuelo, aunque nunca me ha transmitido ningún tipo de rencor y odio. Solo creo que hay que luchar contra el olvido, tanto de las personas que se liberaron como de los que fallecieron allí", asegura Miralles. 

Su abuelo José Egea Pujantes, natural de Murcia pero arraigado a Sitges y Aragón, nació en 1921 y, cuando estalló la Guerra Civil, era un adolescente de 15 años que soñaba con ser piloto de aviación. En estos años, su padre, José Egea García, tuvo que exiliarse del país al haber sido denunciado por estar metido en política, ejercer de secretario de la CNT en Sitges y ser anarquista. Desde ese momento, le perdieron la pista.

"Mi abuelo acabó formando parte de lo que llamaban la Leva del biberón, que se formaba por los reclutas más jovencitos del ejército republicano en zonas controladas todavía por ellos. En cambio, cuando empezó a actuar Franco, tuvieron que dejar las armas en La Junquera y huir. Terminaron en Argelès-Sur-Mer, un campo de deportados francés", sostiene Miralles.

En este lugar, que era una playa rodeada por una alambrada en donde para dormir tenían que hacer agujeros en la arena, José Egea (hijo) se enteró de que había otra persona que se llamaba como él y que resultaba ser su padre, del que no sabía nada desde hace tiempo. "Cuando se vieron, se abrazaron y lloraron. Él estaba allí desde hace tiempo con otros dos compañeros de Sitges, Tomás Iglesias y Carlos Fransó, que tenían una edad similar, unos 43 años".

Pasaron las semanas hasta que les ofrecieron alistarse en el ejército francés para obtener la nacionalidad francesa. Terminaron apuntándose en lo que llamaban la 11ª Compañía de Trabajadores Extranjera (CTE), compuesta por 250 republicanos, junto con otros españoles como Antonio Sospedra Herrera y Mariano Año, quienes ayudaron meses después a Pujantes por petición de su padre al tener solo 20 años y ser retenido por la Gestapo en una de sus huidas.

"La historia de mi abuelo y su padre es de idas y venidas. Se encuentran, se pierden, se encuentran, se pierden. En un bombardeo por parte de la aviación alemana salieron corriendo y, en ese momento, capturaron a mi bisabuelo para llevarlo a un centro de detención previo al campo de concentración", explica Judith Miralles sobre la llegada de ambos hasta Mauthausen, que fue "muy traumática por el agobio y la agonía del tren en la que durante tres días no se abrieron las puertas ni les dieron de beber".

La odisea de llegar, servir y sobrevivir en Mauthausen-Gusen

Según cuenta su nieta, llegaron el día 27 de enero de 1941, una fecha que ya estaba marcada en el calendario al ser el cumpleaños de su abuelo. En ese momento, bajaron del tren con medio metro de nieve que solo abría paso al llamado ‘El camino del silencio’ y en donde solo se escuchaba el crujido de las pisadas y los perros de los SS. "En ese momento, mi bisabuelo cogió a su hijo y le dijo: ‘José, de aquí no salimos. Este es nuestro último viaje juntos", dice.

Después de este recorrido, aquellas personas que llegaban hasta Mauthausen-Gusen debían ser desinfectados despojando toda su ropa y recuerdos, cortándoles el pelo y dándoles un uniforme del que no importaba la talla. Dejaban de tener nombre y apellidos porque les asignaban números para referirse a ellos. Para Pujantes el número 5894 y para García 6315. A continuación, pasaban a protagonizar una cuarentena que los ponía a prueba y en la que las relaciones se veían alteradas y perjudicadas por los duros castigos y presión.

Al principio, José Egea Pujantes estuvo trabajando en la cantera de los 186 escalones y fabricando piezas de motores y de armamento. Sin embargo, en abril de 1945, lo mandaron a Gusen, un cambio que significaba que "en poco tiempo podía estar liquidado", ya que ahí "todo se aceleraba y los mataban a través de métodos mucho más macabros". Pero antes de este traslado, que no anticipó su muerte ya que fue liberado el 5 de mayo de 1945, Pujantes tuvo que enfrentarse a la muerte de su padre, al cual llevaron a Gusen el 8 de abril de 1941 al "no servir como trabajador ni ser rentable para el régimen" (cáscaras vacías para Hitler) y al que mataron el 15 de agosto de 1941 en el castillo de Hartheim por inhalación de gas.

"Iban mandando prisioneros a través de una especie de camioncito que estaba blindado. En el camino los mataban conectando un tubo de escape a esta parte del vehículo para que el aire y los gases del camión se introdujeran. En el castillo los quemaban. Al final, en Gusen y Mauthausen no daban abasto", confiesa Miralles acerca de los procesos que se modificaban burocráticamente "para evitar que se conociera la existencia de estos centros" a pesar de esa chimenea "echara humo y oliera a carne quemada" durante todo el día.

"Los alemanes utilizaban tal producto que te abrasaba las vías respiratorias y te tenían 20 minutos agonizando. Los que estaban allí incluso perdían el control de los esfínteres. Es una muerte horrible y me parece sorprendente que a las personas de un bando sí se les haya homenajeado y las de los otros sigan bajo tierra o convertidos en cenizas", recalca la joven.

En el momento en el que mataron a su bisabuelo, se lo comunicaron a su hijo, quien "solo se permitió llorar ese día", ya que en el campo "no podías pensar en lo que le estaba pasando a otra persona o si tenías familia fuera porque solo quedaba la propia existencia como herramienta de convivencia y supervivencia". Tal y como añade Miralles, "los nazis admiraban la fortaleza mental de los españoles por la solidaridad colectiva y el compañerismo que tenían" a pesar de cohabitar más de 30 nacionalidades diferentes.

"Él decía que no se podía permitir pensar mucho en él, si lo iban a matar o liberar. Era un poco vivir al día, el llegar por la noche a la barraca y decir: otro día más", sentencia Judith, aunque también recuerda "las pequeñas acciones de sabotaje" como trucar las balas de su abuelo y sus lágrimas por la "incertidumbre" el día que lo liberaron.

"Te deshumanizan tanto que ellos aprendieron a convivir con la muerte. Inconscientemente acaban dándole normalidad e incluso en los recuentos sacaban a sus compañeros muertos para que los tuvieran en cuenta. Entraban a formar parte de ese macabro sistema en donde solo eran los peones más bajos y en donde el sufrimiento acaba muy dentro de todos y normalizándose", explica sobre el campo de Mauthausen, que era de categoría tres y significaba que "no te aniquilaban a la primera, sino que intentaban sacar toda la rentabilidad posible de los reclusos".

La vuelta a casa, la construcción de una nueva vida y la herencia que lucha contra el olvido

José Egea Pujantes consiguió salir de allí junto a otras personas que acabaron asumiendo su posición y papel de transmitir lo que habían vivido, aunque no todas lograban hacerlo temprano -en su caso tardó tiempo en contárselo incluso a su mujer- o querían recordarlo por el "delicado momento" por el que estaba pasando España, en el que era "fácil ser carne de cañón".

Cuando volvió a casa gracias a un salvoconducto, su madre "se desmayó porque llevaba muchos años sin verlo ni saber nada" y a él "le costó mucho volver a sentarse a comer con su familia al no sentirse una persona".

"Su carácter fue abriéndose poco a poco siendo capaz de verbalizar lo que había ocurrido, a pesar de que la familia de mi abuela al principio no lo aceptara por ser pobre y trabajar como albañil", admite Miralles sobre su abuelo, del que destaca su "valor, entereza, sentimiento de lucha y resiliencia".

Con el tiempo, Pujantes formó una familia e incluso volvió hasta el campo de concentración para grabar un documental. En cambio, sus años allí hicieron mella en su salud física y mental, algo que se vio alterado por el alzhéimer que le llevó a vivir un episodio determinante con su nieta Judith en uno de sus ingresos cuando ya residía en Aragón.

"De repente yo entré en la habitación, lo saludé y él repasaba como códigos de manera acompasada. Empecé a notar que eran números en alemán y, al preguntarle qué pasaba, me miró aterrorizado. En ese momento me quedé paralizada yo también porque me di cuenta de que en su mente le estaban pegado los 25 latigazos que le daban en el campo, que su mente había viajado hasta esos momentos y que si perdía la cuenta tenía que volver a empezar y sentir ese dolor", confiesa.

Aun así, algo que la llevó a coger ese "relevo" fueron las palabras de su abuelo, que le dijo "esto te va a tocar a ti", después de tener un brillo especial en los ojos al observar que se iba a hablar del campo de concentración de Mauthausen-Gusen en los libros de historia universal de los institutos, algo por lo que había luchado en su vuelta para "nunca caer en el olvido".                (Naiare Rodríguez Pérez  , eldiario.es, 30 de diciembre de 2021)

25/6/21

Vivir para contarlo: las supervivientes españolas de los campos de exterminio nazi

 "Fueron 132.000 las mujeres que pasaron por aquel infierno. Venían de una cuarentena de países, venían de ser humilladas y se enfrentaban a lo que intuían sería su penúltima escala; el campo de concentración de Ravensbrück. De ahí  viajarían a otros campos y Kommandos de Alemania, Polonia o Austria, como Saarbrücken, HASAG-Leipzig, Mauthausen o Bergen-Belsen.

Una topografía del horror por la que discurrieron un grupo de cuatrocientas españolas. Mujeres que tomaron partido en un momento en el que no valía ponerse de perfil y que pagaron, con creces, las consecuencias. Vidas rotas por la ignominia totalitaria cuyo compromiso con la libertad y la democracia no cesó tras el cautiverio nazi. 

"La gran mayoría de estas mujeres compartían ideales socialistas o comunistas, su compromiso con la libertad y la igualdad era inquebrantable, fueron y son todo un ejemplo de lucha contra la opresión y el fascismo", explica a Público Mónica G. Álvarez, autora de Noche y niebla en los campos nazis (Espasa), un ensayo periodístico que recompone las vidas de once de aquellas mujeres que lograron sobrevivir y dedicaron parte de su vida a que nadie olvidara aquello.

 Mónica dedica cada capítulo del libro a una superviviente: la gijonesa Olvido Fanjul Camín; las zaragozanas Elisa Garrido Gracia y Alfonsina Bueno Vela; la tarraconense Neus Català Pallejà; la murciana Braulia Cánovas Mulero; la francesa de origen turolense Elisa Ricol López; la madrileña Constanza Martínez Prieto; la barcelonesa Mercedes Núñez Targa; la ilerdense Conchita Grangé Beleta; la bilbaína Lola García Echevarrieta, y la transilvana de origen judío Violeta Friedman.

Mujeres que fueron capturadas por sus ideales de izquierda tras luchar en España contra el fascismo y huir principalmente a Francia para participar en la Resistencia como miembros destacados. Su función fue clave para que sus camaradas masculinos pudieran operar.  En su lucha no les hizo falta empuñar un arma, pero sí saber combinar una vida cotidiana que les permitiera pasar desapercibidas con la complejidad de trabajar para la Resistencia.

"La mayoría de ellas se metieron en la Resistencia francesa huyendo de Franco, se habla mucho del papel que jugaron los hombres pero no tanto de las mujeres, y lo cierto es que ellas se exponían tanto como ellos, hacían las veces de enlace de correo, ayudaban a sus camaradas a cruzar la frontera con Francia, los ocultaban en sus casas, hacían de enfermeras", explica Mónica.

 El infierno empezaba con la deportación. Para los nazis, las mujeres dejaban de ser personas y se convertían en números de identificación que se agrupaban por barracones, según su condición de prisioneras: judías, gitanas, homosexuales, testigos de Jehová, delincuentes comunes, presas políticas... Un viaje camino de la deshumanización en el que las despojaban de sus ropas, las rapaban y las privaban de su identidad.

"Sufrieron una doble victimización –prosigue Mónica–, por el hecho de ser mujeres y apenas haber sido reconocidas pese a que su labor fue fundamental, y porque ellas sufrieron tanto o más que los hombres en los campos de concentración. No podemos olvidar que sus cuerpos, y los cuerpos de los niños, fueron las dos bazas de los nazis para experimentar". 

Una experimentación que, como explica la periodista, fue lo que, a la postre, les permitió a muchas de ellas sobrevivir en aquel infierno. "Utilizaban cualquier utensilio, cualquier bacteria, cualquier líquido para eliminar la menstruación de la mujer, para vaciarles el útero y evitar que tuvieran hijos si se quedaban embarazadas, dado que muchas de ellas eran violadas por los guardias nazis". 

"El hecho de no menstruar les permitió sobrevivir, no perder esa fortaleza física que provoca la regla, esto es algo que ellas tristemente entendieron y que les permitió salir adelante", confiesa la autora de Amor y horror nazi

"Ellas fueron nuestras resistentes"

La historiografía hace lo que puede por cercar un nivel de abyección nunca visto en la historia de la Humanidad. Lo que ocurrió en aquellos campos, el grado de planificación y perfeccionamiento en materia de crueldad que se vivió aquellos años no puede quedar en el olvido. Por eso es tan importante el testimonio de vida de estas once mujeres rescatadas por Mónica G. Álvarez.

"Ellas fueron nuestras resistentes, ellas le plantaron cara a la injusticia y al fascismo, si no alzamos la voz por estas mujeres su labor será en vano, nuestros jóvenes tienen que conocer su historia para que no se vuelva a repetir algo así, a fin de cuentas ellas dieron su vida de forma altruista, porque no luchaban por su libertad, sino por la libertad de todos nosotros".               (Juan Losa, Público, 01/06/21)

8/4/21

José Epita Mbomo. El electricista que saboteó a los nazis y salvó a sus amigos. Víctima y héroe en una Europa espeluznante. Un obrero corriente que ocultó una vida épica a su propia familia.

 "El guineano se formó como mecánico de aviones y se casó con una blanca en Murcia en 1936. En el exilio dirigió un grupo local de la Resistencia francesa, fue deportado a Neuengamme y sobrevivió a un bombardeo británico sobre barcos de prisioneros en el Báltico. Una investigadora de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona ha descubierto su paso por el campo de concentración. Esta es su biografía, reconstruida por EL PAÍS.

 José Epita Mbomo fue guineano, español y francés. Mecánico de aviones en los años en que de verdad se asaltaron los cielos. El primer negro que, en 1936, se casó con una blanca en Cartagena (quién sabe si en España). Un republicano derrotado que aprovechó su trabajo como electricista en Francia para sabotear redes e instalaciones de la Wehrmacht. 

Un deportado al campo de concentración de Neuengamme que ayudó a salvar, que la familia sepa, tres vidas. Un superviviente de la masacre del Cap Arcona, el barco alemán que los británicos bombardearon el 3 de mayo de 1945 como si allá dentro fuese el mismísimo Hitler en lugar de 4.500 presos agónicos evacuados de campos del Tercer Reich. 

Un hombre pudoroso que apenas compartió sus dos guerras con sus cinco hijos, que le interrogaban sobre el origen de las cicatrices de su espalda sin demasiadas respuestas. Un militante del comunismo cuando se vivía como una religión y que rompió el carné durante la invasión soviética de Checoslovaquia. Desde que abandonó la isla guineana de Corisco en 1927, asistió en fila privilegiada a lo mejor y lo peor del siglo XX. Víctima y héroe en una Europa espeluznante. Un obrero corriente que ocultó una vida épica a su propia familia.

 José Epita Mbomo nació el 15 de agosto de 1911 en Ibanamai, en la isla de Corisco, entonces parte de la colonia española de Guinea. Allí acude a la escuela que gestionan religiosos claretianos que castigaban a sus alumnos a arrodillarse sobre garbanzos, contaría años después a su hijo Andrés. 

Vive con su tía Esperanza. El 6 de enero de 1927 aterrizaron en la isla tres hidroaviones de la Patrulla Atlántida, una misión militar y científica que buscaba sacar pecho en la carrera de los cielos y recoger información para cartografiar la costa occidental africana. La exitosa expedición regresa con dos adolescentes guineanos a bordo de los barcos de apoyo: José Epita Mbomo y José Friman Mata.

 Ambos se emplearán en la base de Los Alcázares (Murcia) y tendrán biografías en paralelo hasta 1939. Friman se reintegrará al taller militar murciano. Epita Mbomo se refugia en Francia y empezará otra guerra. Años después, en 1956, interrogan a Friman sobre su antiguo compatriota en un proceso puesto en marcha por la dictadura para escudriñar en sus antecedentes. Le perdió la pista en el exilio, contó.

 Un paréntesis sobre la Patrulla Atlántida. El siglo XX se estrenó con la fiebre del cielo. Los aeroplanos se convirtieron en el arma del futuro. Las guerras los desarrollaron a toda mecha: el primer bombardeo español (artefactos alemanes de 10 kilos arrojados sobre el poblado de Ben-Karrik en el norte de África) fue en 1913, una década después del primer vuelo a motor. 

Los países rivalizaban por volar más horas y más lejos. Una de las aventuras españolas que tendrá más eco exterior es el raid de tres hidroaviones Dornier Wal desde Melilla hasta Guinea (más de 15.000 kilómetros ida y vuelta en 121 horas y 25 minutos). Su jefe, el comandante Rafael Llorente Sola, recibió por ello el trofeo Harmon de la Liga Internacional de Aviadores, el mismo año que también se premió a Charles Lindberg por su solitaria travesía aérea de EE UU a Francia.

 En el Archivo Histórico del Ejército del Aire, consultado por EL PAÍS, se conservan unas 800 fotos tomadas por la Patrulla Atlántida y el informe redactado por Llorente en 1944: “La mayor parte de los territorios a recorrer no habían sido volados por nadie, por consiguiente no había que contar con aeródromos ni bases de aprovisionamiento o talleres de reparación y se hizo preciso situar en los puntos de etapa bidones con la gasolina necesaria y unos motores de repuesto en Canarias, Monrovia y Fernando Poo”.

 Apadrinados por el comandante Llorente, los guineanos se integran en el taller de la base aérea de Los Alcázares. Epita, desde el 4 de abril de 1927, según el Diario Oficial del Ministerio de la Defensa Nacional del 28 de octubre de 1938, donde figura su ascenso como asimilado a teniente. En ese antiguo pueblo de pescadores transformado con la llegada de los aviadores, Epita y Friman se convierten en delanteros del Club Deportivo Alcázares. Hay referencias a ambos en crónicas de periódicos como La Verdad o El Liberal en 1932 y 1933, localizadas por Javier Castillo, director del Archivo General de la Región de Murcia.

 Antes de que la guerra dinamitase la felicidad, Epita estrenó 1936 a lo grande. El 1 de enero se casa, como siempre había soñado, con una mujer blanca: Cristina Sáez, una cartagenera brava que desafía la hostilidad ambiental por su relación con un negro. La expectación por el enlace fue tal que la prensa madrileña envió periodistas a entrevistar a la pareja. Estampa publicó un reportaje de Javier Sánchez-Ocaña que merece ser leído de principio a fin. Aquí, un par de párrafos:

“-¿Se oponía su familia al noviazgo?

-No, mi familia no se mezcló jamás en nada. Desde el primer momento mi madre me dijo: ‘Tú verás lo que haces, hija. Tú eres la que has de vivir con él. Si te casas, piénsalo bien…´ Mi hermano tampoco se opuso nunca. Era muy amigo de Pepe y le apreciaba mucho. Pero, en cambio, las amigas y los parientes lejanos no me dejaban vivir. A todas horas estaba escuchando lo mismo: “¡Huy, Dios mío, casarse con un negro! ¡Pero si te sobran los pretendientes blancos, muchacha! ¿Y no te dará miedo, por las noches, cuando estéis a oscuras?”.

 En ese artículo José Epita viste el uniforme laboral de la base y Cristina Sáez un quimono que le da un toque de modernidad más propio de Los Ángeles que de Los Alcázares. O tal vez esa modernidad era la atmósfera de la época antes de ser arrasada por las bombas.

La pareja se había conocido en 1934 durante un baile de Carnaval en el casino del barrio de San Antón, donde la entrada de Epita conmocionó. “¡Un negro, un negro! ¡Ha entrado un negro en el baile! La orquesta cesó de tocar y las buenas madres de familia llamaron enérgicamente a su lado a las muchachas, que corrían alocadamente por el salón”, revivía Cristina Sáez dos años después. “Parecía que se lo iban a comer y yo me indigné al ver aquellos aspavientos. 

‘¡Qué gente más salvaje!’, les dije a mis amigas. ‘¿Qué tendrá de particular un negro?’. ‘Huy, yo no bailaría con él’, dijo una de ellas. ‘Ni yo’, añadió otra. ‘¿Y tú, bailarías con él?’, me preguntó mi hermano. ‘Yo, sí’, le contesté. Entonces mi hermano, que ya le conocía, le llamó para presentármelo: ‘Mira, Pepito, esta es mi hermana Cristina. Puedes bailar con ella…”.

Y bailaron y se hicieron novios y los jóvenes del barrio agredieron a Epita por salir con una blanca y las amigas afearon a Sáez por salir con un negro y rompieron y ella se fue a Madrid y él fue a buscarla y decidieron casarse. Una historia de amor, vaya. Cuando se casan en Cartagena, una muchedumbre les aguarda a la salida de la iglesia del Sagrado Corazón. Son el comandante Rafael Llorente y su esposa María Teresa Flores quienes firman las invitaciones para la boda de su “ahijado” José Epita.

 Faltaba poco para el golpe de Estado. “El aeródromo de Los Alcázares se mantuvo fiel a la República, que había creado allí una escuela de formación de pilotos. Era una base con un ambiente muy progresista, a diferencia de la de San Javier, que pertenecía a la Marina y donde casi todos los oficiales se sublevaron. El 19 de julio de 1936 los mandos y tropas de Los Alcázares tomaron la base de San Javier”, explica Javier Castillo, coautor de la obra Los Alcázares en blanco y negro (2006) junto a Juan Francisco Benedicto Martínez, y que prepara una exposición en el Archivo General de la Región sobre los 400 deportados murcianos a campos nazis.

En enero de 1939 Cristina Sáez, sus dos hijos y su madre, María Contreras, viajan de Los Alcázares a Cataluña en el taxi de su hermano. Han perdido la guerra y la familia organiza la evacuación a Francia. Se alojan unos días en la casa de Elvira Sagrera, una solidaria mujer de Banyoles (Girona), que lamentará por carta en mayo el desencuentro familiar: “El 29 de enero vino Pepe, que se disgustó mucho porque se habían marchado (...) Los nacionales debían estar muy cerca. Durante su permanencia hizo diligencias para averiguar su paradero y le dijeron que estaban en un hospital o en un asilo en Francia”.

 Epita cruza a Francia el 6 de febrero de 1939. Su hija Esperanza descubrió la fecha en una libreta donde su padre anotaba asuntos laborales. Hace una semana decidió examinarla de nuevo y encontró lo que siempre había estado ahí y no había visto: las idas y venidas de su padre por campos de internamiento franceses (Saint-Cyprien, Argelès-sur-Mer, Gurs, Septfonds…) durante diez meses de 1939.

El 6 de diciembre se incorpora a una empresa de Burdeos. Otra guerra se echaba encima y la especialización del español debía de ser apreciada. En algún momento la familia se reagrupa. “No sabemos cuándo se junta de nuevo con mi madre”, señala Esperanza Mbomo. No debió ser fácil a pesar de que ambos pasan por los mismos campos y duermen sobre la arena de Argelès-sur-Mer.

La familia se instala en Mérignac, en el departamento de la Gironda. Epita trabaja de electricista para una compañía contratada por la base aérea de la localidad. En 1942 se suma a un grupo mixto de la Resistencia conocido como Francotiradores y Partisanos Franceses del Sur/Guerrilleros Españoles. Ese año vuelan un garaje de las tropas motorizadas alemanas en Burdeos y destruyen el cable subterráneo que unía el aeropuerto de Mérignac con las unidades de la Wehrmacht de la costa atlántica. 

“No puedo asegurarlo, pero es probable que él haya participado en todo eso”, señala su nieto, Yván Mbomo, que en esta revisión del legado de su abuelo está descubriendo a un comunista de convicciones tan firmes que antepone la lucha por sus ideas a la protección de su vida y la de su familia. El 1 de abril de 1942 el electricista español se convierte en el jefe del grupo local de la Resistencia, a las órdenes de Julian Comme, que años después certifica que Epita participó en actos de sabotaje y propaganda con “disciplina y amor para liberar Francia”.

El 28 de marzo de 1944, cuando ya había nacido su tercer hijo, le detiene la policía francesa.

 

Le deportan con otros 200 españoles al campo de concentración de Neuengamme, al sur de Hamburgo, donde ingresa el 24 de mayo de 1944. Es el preso 31.635. “Fue deportado por motivos políticos, no raciales”, destaca Alicia Pérez Comesaña, la investigadora de la Universitat Rovira i Virgili (URV) de Tarragona que descubrió su paso por el campo gracias al convenio con los Archivos Arolsen de Alemania, que le permite el acceso a una gran base de datos de víctimas del nazismo. “Hasta ahora se conocían siete presos de raza negra en Neuengamme, todos miembros de la Resistencia contra los alemanes. Ahora sabemos que, al menos, eran ocho”.

 A pesar de que las SS destruyeron casi toda la documentación sobre los 100.000 internados en el complejo, está saliendo a la luz nueva información. “Por Neuengamme pasaron más de 500 españoles. Además de José Epita, desde la URV hemos identificado a otros deportados españoles hasta ahora desconocidos”, afirma.

Tanto Alicia Pérez Comesaña como el historiador Antonio Muñoz Sánchez, que investiga sobre los trabajadores forzados españoles del Tercer Reich, consideran que su oficio pudo contribuir a su supervivencia. “Mientras que muchos de sus compañeros españoles fueron asignados a comandos repartidos por todo el norte de Alemania para realizar tareas durísimas y agotadoras, Epita se quedó en Neuengamme y trabajó con toda probabilidad en una de las empresas de armamento que allí se instalaron, y donde los trabajadores especializados eran muy apreciados y tratados con menor dureza”, apunta la investigadora. 

“El hecho de ser negro”, puntualiza Antonio Muñoz, “pudo incluso jugar a su favor. En su racismo alocado, los nazis veían a los escasísimos deportados de origen africano como seres exóticos, y por ejemplo los ponían a trabajar de camareros.”

Y eso ocurrió con Epita, que se desempeñaba como mecánico (o electricista) de día y camarero de noche. “Ahí podía coger restos de comida, pan podrido, patatas y cosas así para sus compañeros”, relata Esperanza Mbomo. Su hermano Andrés recibió testimonios que lo corroboraban: “He conocido a tres de sus amigos del campo que, por separado, me contaron lo mismo. ‘Tienes un padre extraordinario, si él no nos hubiera dado comida cada día, ahora estaríamos muertos”. 

A veces el menú de supervivencia incluía ratas, según rememora Rafael Mbomo, otro de sus hijos. El meticuloso obrero salva la vida en una ocasión porque demuestra que no es el autor de piezas defectuosas, ya que firmaba las que producía con sus iniciales. Una de las pocas historias de Neuengamme que él mismo contó a la familia.

Puede que José Epita caminase en una marcha de la muerte o viajase en un hacinado vagón de mercancías desde Neuengamme hasta Lübeck (unos 70 kilómetros) cuando los nazis vacían el campo a finales de abril de 1945. Le internan en el Cap Arcona, un crucero alemán de lujo reconvertido en prisión flotante que en 1942 albergó el rodaje de una película en versión nacionalsocialista sobre el Titanic. Visto el final del crucero, un sarcasmo histórico.

 “Para los prisioneros, hacinados en las bodegas, no había ninguna clase de víveres, ni retretes, ni agua. Cuando las SS abrían las escotillas bajaban ollas grandes de sopa, pero no había tazones ni cucharas y gran parte de la comida caía al suelo de la bodega, mezclándose con los excrementos que se incrementaban con rapidez”, relata el historiador Richard J. Evans en El Tercer Reich en guerra (Península).

 El 3 de mayo de 1945, la escuadrilla 263 de la RAF lo bombardea junto a otros navíos fondeados en la bahía báltica y causa una de las mayores tragedias marítimas de la historia. El barco se incendia. Las SS habían retirado el material salvavidas y cortado las mangueras contraincendios. En el agua los náufragos luchaban a muerte (literalmente) por algo a lo que aferrarse para acabar pereciendo igualmente a causa de las heridas, la hipotermia o simplemente por agotamiento”, escribió el capitán del Ejército del Aire Rafael Morales en un artículo dedicado al hecho en la Revista General de la Marina

“Se ha dicho que la RAF ocultó a sus pilotos durante décadas la verdad sobre la naturaleza real de los objetivos hundidos y la identidad de las víctimas, y debe de ser cierto, porque en la historia oficial británica no se mencionan estos extremos”, añadía en el artículo. Tampoco en obras canónicas como La Segunda Guerra Mundial (Pasado & Presente), de Antony Beevor, o ensayos más especializados como Combate moral (Taurus), de Michael Burleigh, se refleja el fatal error de la RAF, que han escudriñado más las historiografías alemana y francesa.

De los 4.500 presos del Cap Arcona solo sobreviven 350. Uno de ellos fue José Epita Mbomo.

 A su familia le contó que se salvó porque sabía nadar. Y apenas contó más, ni del barco, ni del campo, ni de la Resistencia ni de la Guerra Civil porque fue siempre un hombre comedido. Siguió la pauta de otros supervivientes de catástrofes históricas, que envolvieron en silencio sus traumas. “Mi padre era un hombre callado que no decía nada sobre esas cosas que hoy podemos ver en documentos”, sostiene Andrés Mbomo.

Epita hizo lo que tenía que hacer, incluido sabotear a los alemanes o salvar la vida de sus amigos en el campo de concentración, sin vanagloriarse de las cosas buenas ni recrearse en las malas.

Acabada la guerra regresó a Mérignac con Cristina Sáez y sus hijos. Trabajó hasta su muerte en la empresa de electricidad Forclum. En 1956 la Dirección General de Seguridad de la dictadura pide informes sobre sus antecedentes: “Por interesarlo la Dirección General de Marruecos y Colonias, ruego a V. I. ordene me sean facilitados cuantos antecedentes y datos consten en esa sección referentes a JOSÉ MBOMO, hijo de José y Catalina Buambuha, tribu benga”, se lee en el expediente que se conserva en el Archivo Histórico del Ejército del Aire consultado por EL PAÍS. 

La fecha, según su nieto Yván Mbomo, coincide con el momento en que se tramita el cambio de nacionalidad y apellido de la familia (de Epita a Mbomo) ante la administración francesa. “En ese momento mis abuelos quieren evitar que sus hijos mayores, que habían nacido en España, tuviesen que cumplir el servicio militar o ser declarados desertores”, señala.

 En 1968 rompió el carné comunista mientras veía en televisión a los tanques soviéticos aplastando la Primavera de Praga. Al año siguiente regresó por primera vez a España. Pasó agosto junto a su mujer en Cartagena. Se reencontró con amigos, se conmovió. A la vuelta a Francia le diagnosticaron un linfoma de Hodgkin. Falleció el 19 de diciembre de 1969 en un hospital en Burdeos. La República francesa le concedió honores póstumos como resistente en 1975. Cuando su hija Esperanza le preguntó por las cicatrices de la espalda, Epita no aclaró su origen. Aunque dijo algo:

“No debemos olvidar jamás, pero perdonar, sí. Yo he perdonado”.            (Tereixa Constenla, El País, 21/02/21)

8/4/19

Un falangista, conocido por ser el más sanguinario de Cabo da Cruz, se presentó en la vivienda, agarró a Francisco Pena hijo, de apenas dos años de edad, le apuntó con un arma en la sien y amenazó a su madre con que si no le decía donde estaba su esposo, mataría al niño... La historia del deportado coruñés Francisco Pena Romero


Francisco Pena Romero hijo y Francisco Pena Romero padre en Paris (Fotografía archivo familiar de Francisco Pena)

"Los dos hombres que posan en Trocadero, en el mismo lugar en el que quedó inmortalizado Hitler en su visita a París tras la firma del armisticio en junio de 1940 se llaman Francisco Pena Romero. Un padre y un hijo que comparten nombre y apellidos y que llegaron también a compartir una triste y dolorosa historia.

Francisco Pena hijo tiene más de ocho décadas de vida, una memoria ágil, repleta de recuerdos propios y de aquellos que le transmitió su progenitor. Ha luchado y sigue luchando por mantener viva la memoria de su padre y la de sus compañeros de cautiverio.

Su padre fue el deportado coruñés Francisco Pena Romero, nacido en Cabo da Cruz, Boiro, el 6 de enero de 1909, marinero que «andaba a la sardina» y también panadero en el negocio familiar.
Tras el golpe de estado de 1936, decide esconderse, pues sabía que sus ideas republicanas y de izquierdas, así como su activismo en la UGT requisando armas a la gente de derechas durante el gobierno de la República, acarrearía consecuencias ante los que se creían salvadores de la Patria.

A Cabo da Cruz llegaban cada día camiones vacíos que los falangistas llenaban con jóvenes de la población para llevarlos al matadero que fue la Guerra de España y optó por fugarse al monte del que regresó para esconderse en su propia casa en el cortello do porco. A este lugar su esposa le llevaba el alimento diario escondido en un doble fondo.

Los falangistas de la localidad vigilaban el domicilio y un día que estuvo a punto de terminar en tragedia, Francisco Pena decidió que no podía seguir poniendo en peligro a su familia. Un falangista, conocido por ser el más sanguinario de Cabo da Cruz, se presentó en la vivienda, agarró a Francisco Pena hijo, de apenas dos años de edad, le apuntó con un arma en la sien y amenazó a su madre con que si no le decía donde estaba su esposo, mataría al niño. Cuando el abuelo entró en la casa y se encontró la terrible escena, espetó al falangista: «tu matarás a mi nieto, pero vivo de aquí no sales».

Francisco Pena logró huir a Vilagarcía de Arousa disfrazado de mujer, pero fue detenido en un control cuando iba a tomar un tren para Pontevedra con el propósito de poder escapar a Portugal. Le obligaron a subir a un barco para devolverlo a Cabo da Cruz. Durante la travesía sus captores intentaron ejecutarlo, pero intercedió el patrón de la embarcación, que a la vez era jefe de Falange en Boiro, y consiguió seguir con vida.

Estuvo preso en Santiago de Compostela y allí le dieron a elegir: o se unía a las tropas franquistas o sería fusilado. Así fue como acabó combatiendo con los franquistas. Vigilaba las trincheras republicanas en el frente de Talavera de Reina y después de tres días desertó. Antes de que alcanzara a llegar a las trincheras de las tropas republicanas los franquistas lanzaron una ráfaga de ametralladora para impedir su huida.

 Francisco se tiró al suelo, se escondió en un charco y se hizo el muerto. Entonces pensó que como llevaba consigo armamento y granadas, si sus captores daban con él los mataría a todos. También pensó en su familia, que tal vez podrían sufrir represalias. Tras varias horas de angustia le dieron por muerto y decidieron pasar a recoger su cadáver al día siguiente, pero no lo encontraron, ya que había conseguido alcanzar su objetivo.

«¿Quien va?»— le preguntaron.
«La República»— respondió.

Destinado al frente de Aragón con el ejército republicano, el 2 de enero de 1939 se refugia en Francia con su Unidad. Recordaba que los franceses que estaban al otro lado de la frontera miraban la espalda los soldados rojos españoles, por si tenían rabo. Su hijo Francisco recuerda también que en la taberna de Cabo da Cruz había un cartel de propaganda franquista donde se veía a un rojo con rabo comiendo a un niño.

Tras pasar la frontera francesa Francisco Pena es detenido por soldados senegaleses y trasladado en tren hasta el campo de Le Barcarès, donde permanece hasta poco antes de la invasión de Francia. Movilizado para combatir al fascismo, es destinado a la Compañía de Trabajadores Extranjeros núm. 33.

Hecho prisionero por los nazis el 22 de junio de 1940, es confinado en el stalag o campo de prisioneros de Estrasburgo, donde permanece hasta el 13 de diciembre, fecha en l que es deportado a Mauthausen, el campo de los españoles. Registrado con el número 5117, los primeros dos meses de su cautiverio los pasa en Gusen y después permanece en el campo principal hasta la liberación por las tropas estadounidenses el 5 de mayo de 1945.

Soportó los largos inviernos a más de veinte grados bajo cero, el hambre y las epidemias. Trabajó en la cantera de granito que explotaban los propios SS, empujó pesadas vagonetas llenas de piedras, llevó a compañeros al crematorio que a veces iban vivos.

En los brazos de Francisco Pena falleció Martín Ferreiro, natural de Quireza y concelleiro de A Coruña. Sus últimas palabras antes de perecer  fueron: «Francisco, no volveré a ver a mi Coruña».

Tras la liberación permaneció un mes en Mauthausen, como el resto de los prisioneros españoles. Después llegó a París y se quedó en el Hotel Lutetia, centro de acogida de los deportados, hasta que recuperó las fuerzas y la salud en 1946.

Estableció su residencia en París y encontró trabajo en Renault. Su mujer Ramona y su hijo Francisco, a los que no veía desde el inicio de la Guerra de España, se reunieron con él en octubre de 1949 tras trece largos años. El los recibió en Hendaya, en el lado francés del Puente Internacional. Francisco Pena hijo fue a la escuela, aprendió francés y el oficio de chapista trazador.

Francisco Pena padre tardó años en hablar con su familia sobre el infierno de Mauthausen. Tan sólo lo hacía con sus compañero de infortunio como José Rivada y Antonio García, el fotógrafo que junto a Boix logró sacar del campo miles de negativos fotográficos. 

Recordó toda su vida el miedo a subir los 186 escalones de la cantera. El y sus compañeros sabían que al alcanzar la cima de la misma siempre había un SS dispuesto a empujar a los prisioneros. Jamás pudo olvidar cuando actuaba de espectador obligado en las ejecuciones y no podía apartar la vista ante el asesinato de un compañero. 

Contaba que la alambra electrificada era una de las múltiples formas de morir en el campo. Los SS mataban a los prisioneros y los colocaban en la alambrada afirmando después que se habían suicidado o que habían intentado evadirse.

Entre los recuerdos que compartió con su hijo años después hay varias anécdotas. Una vez salió del campo junto a un prisionero polaco para trabajar en un granja próxima. Cuando llegaron se encontraron a la propietaria echando un gran caldero de salvado caliente a las gallinas. El polaco se abalanzó sobre el puré humeante y falleció a los pocos minutos del atracón. Francisco no llegó a tiempo. 

De haberlo hecho habría terminado igual que su compañero. Otro día, en la cocina del campo explotó una olla a presión que esparció por el patio las lentejas que se estaban cocinando. Los prisioneros se abalanzaron para comerlas y un grupo de kapos y perros terminaron con la vida de muchos de ellos.

A Francisco Pena Romero padre, hasta que le sorprendió la muerte en la ciudad de Vigo, le acompañó la misma pesadilla: el sonido de las botas de los nazis."                        (Búscame en el ciclo de la vida, 19/03/19)

26/1/17

Alejandro Ruiz-Huerta, el único superviviente de la matanaza de Atocha

"Alejandro Ruiz-Huerta (Madrid, 1947) es el único superviviente de la matanaza de Atocha, de la que mañana se cumplen 40 años, y preside la Fundación Abogados de Atocha, una institución impulsada por CCOO para que, como él mismo recuerda, no se debilite el eco de aquellas voces. 

 Perdió a cinco compañeros en esa noche de odio y de sangre –tres abogados, un estudiante de derecho y un administrativo que también trabajaba en el despecho– y aunque desde entonces ha escrito varios libros y ha sido muchas cosas –profesor de Derecho Constitucional en la Universidad, investigador, ciudadano comprometido, militante de CCOO–, como si de una recreación del mito de Sísifo se tratara, vuelve a ser requerido, una y otra vez, para rememorar unos hechos que fueron claves en el desarrollo de la Transición y en la llegada de la democracia. Transmite serenidad y nos recibie en la sede de la Fundación.

Después de repasar algunas de las muchas entrevistas que le han hecho en los últimos años, la primera pregunta que se me viene a la cabeza es: ¿puede un hecho, aunque sea un hecho terrible, como el asesinato de los abogados de Atocha, encadenar la vida de un hombre? Y hablo de la vida en todas sus extensiones.

– Encadenar no es la palabra, pero lo cierto es que mi vida sí está vinculada de forma definitiva a esa historia. Primero porque el azar quiso que sobreviviera y segundo porque aunque yo tengo mi vida independiente, autónoma, siempre que me reclaman para hablar es para hablar sobre aquellos asesinatos y las consecuencias que tuvieron. 

A veces me cansa hablar tanto de Atocha y repetir las cosas que llevo 40 años diciendo, pero, eso sí, soy de los que piensan, como decía Paul Éluard, que “si el eco de su voz se debilita, pereceremos”.

No habrá sido fácil vivir con todo eso.

– No lo ha sido. He tenido que superar momentos muy complicados psicológicamente, porque la herida psíquica fue mucho más fuerte que la física. Tenía 29 años y me costó mucho salir adelante. Ha sido un proceso duro y lento.

– Una de las cosas que he leído y que me ha impresionado es su relato nítido de una de las escenas de aquella terrible noche del 24 de enero de 1977, concretamente, la de la muerte de Ángel Rodríguez Leal.

– Ángel era un trabajador de Telefónica despedido que incorporamos para trabajar en tareas administrativas. Había salido ya del despacho, pero se había dejado el último número de Mundo Obrero y volvió y fue entonces cuando los pistoleros lo pescaron y lo trajeron al lugar donde estábamos los demás. Se me paró el tiempo y la vida cuando vi que Ángel, estoy seguro de ello, reconoció a uno de sus verdugos. 

Atando hilos con lo que hemos ido conociendo después sabemos que los pistoleros habían estado por la mañana en la sede del sindicato vertical con motivo de la huelga del transporte, de hecho esgrimieron sus pistolas allí, y Ángel había estado también. Su cara, reconociendo a su asesino antes de caer vapuleado por los disparos, nunca la podré olvidar.

Ángel le había regalado esa misma mañana un bolígrafo que le acabaría salvando la vida al desviar la trayectoria de una bala que parecía llevar escrito su nombre.

– Así fue. El atentado fue muy bruto. Tuvo dos oleadas distintas de disparos. Una cuando estábamos de pie y tiro a tiro iban terminando con todos y otro posterior cuando, ya en el suelo, remataron a todo el que se movía y también lo hubieran hecho conmigo si el cuerpo de Enrique Valdevira no hubiera estado encima del mío.

– ¿Tuvo el azar que ver también en la fecha y el lugar elegido para el atentado?

– No lo sé. No sé por qué decidieron ir allí esa noche. Supongo que sabían que se encontrarían con gente vinculada a la izquierda antifranquistas, al PCE, a CCOO… No lo sé. Lo que sí sabemos es que ese día se produjeron dos reuniones de abogados distintas en Atocha, una en el número 49 y otra en el 55. Los abogados importantes del partido, Manuela Carmena, José María Mohedano, Manolo López, José Luis Núñez Casal estaban reunidos en Atocha 49. 

Nosotros, los abogados de barrio, nos reunimos en Atocha 55 como nos podíamos haber reunido en otro lugar. No lo sé. Da la impresión de que hay más azar de lo que parece en la elección del lugar. En cualquier caso, esa misma mañana nos habían amenazado de muerte en el despacho y la sensación general esos días era que la extrema derecha y sus ramificaciones en los aparatos del Estado estaban preparando las condiciones para justificar una intervención del Ejército.

¿Durante estos años ha tenido sentimientos de rencor, de odio, de venganza, respecto a los asesinos? ¿Cómo se administra emocionalmente eso?

– Nunca he sentido rencor. Nunca he tenido voluntad de venganza, sino todo lo contrario. No soy quien para perdonar y soy de los que opinan que hasta el peor asesino se merece un mínimo de respeto y así lo he defendido siempre en muchos foros.

¿Incluso los asesinos de Atocha, a los que, por cierto, la Justicia no trató “nada mal”?

– Carlos García Juliá ha sido localizado en Latinoamérica en un proceso significativo de tráfico de drogas; de Fernando Lerdo de Tejada no hemos vuelto a saber nada desde que un juez, con una indignidad manifiesta, le dio un permiso de fin de semana en 1979. 

El tercero, José Fernández Cerrá, cumplió lo que tenía que cumplir de acuerdo con la legislación española [14 años de una condena de 193] y también se le sitúa en Latinoamérica. 

Ni nuestros abogados ni nosotros pedimos nunca la pena de muerte, con la que estábamos y estamos radicalmente en contra… Y dicho todo esto, tengo que referirme también a un hecho que a mí me desconcierta muchísimo, que siempre me ha desconcertado, y es que durante los 14 años que cumplió condena, Fernández Cerrá celebraba el 24 de enero pidiendo marisco.

– Siempre se ha dicho que el atentado de Atocha y la respuesta popular organizada por el PCE y las propias Comisiones Obreras fueron un factor determinante en la Transición. ¿Qué le parece esa corriente de opinión que defiende que hay que revisar lo que fue realmente la Transición?

– Lo cierto es que se ha contado la Transición de una manera realmente absurda. Se ha dado mucho barniz a aquellos años duros que Joaquín Leguina llamaba “los años de plomo” y se ha presentado el proceso como una ‘transición rosa o milagrosa’, cuando las cosas pasaron de otra manera. Desde luego, esa visión edulcorada de la Transición no se correponde con la realiad. 

Pero tampoco comparto algunas lecturas que se hacen desde las fuerzas políticas emergentes como Podemos. No me explico como se habla del “régimen de la Transición” para tratarnos de decir que era el mismo régimen franquista… y tampoco era eso. También políticamente las cosas han sido distintas a como las cuentan, porque aquí no ha habido un pacto de castas.

 Aquí hubo un pacto hasta cierto punto de silencio que todavía perdura. Y eso funciona también con la memoria de Atocha. Pero, además, hubo muchísimos ciudadanos y ciudadanas de este país nos jugamos la vida por mucho que ahora tengamos que hablar de una democracia de mínimos, una democracia de la que hay que cambiar muchísimas cosas, porque, si no, no vamos a ningún lado.

– En un artículo publicado en este periódico con motivo del 40 aniversario de los crímenes de Atocha Agustín Moreno ponía en valor el nivel de conciencia obrera que había en los estertores del franquismo. No sé si hemos avanzado o hemos retrocedido respecto a eso.

– Ha pasado mucho tiempo, han cambiado las cosas, pero lo cierto es que a día de hoy nos encontramos con situaciones de semiesclavitud que posiblemente deberían tener mayor contestación a todos los niveles.
– Escribir el relato de aquellos hechos le costó nada más y nada menos que 25 años y eligió el título de “La memoria incómoda”, cuya tercera edición, por cierto, acaba de llegar a las librerías ¿Por qué ese título?

– La memoria de Atocha es incómoda para mucha gente y lo que resulta más sorprendente es que a día de hoy “incomoda” al poder. El alcalde de Casasimarro (Cuenca) se niega a poner una placa en una plaza del pueblo en memoria de Ángel Rodríguez, que nació allí. Y lo justifica diciendo que eso podría provocar enfrentamientos entre los vecinos. Resulta inexplicable, pero es así. Parece que algunos nunca aprenderán.

Creo que como presidente de la Fundación Abogados de Atocha va a entregar este martes 24 el premio 2017 a Juan Genovés, autor de El abrazo. ¿Qué le sugiere, a día de hoy, esta imagen icónica para varias generaciones?

– Siempre que envío un wasap a un amigo termino con “abrazo”. La historia empezó cuando el poster de la amnistía se colgó en nuestro despacho de Atocha. Ese poster acabaría lleno de sangre. Y con el paso del tiempo, la necesidad de la amnistía, del encuentro de todos desde la diversidad, se transformó en ese abrazo. 

Desde Atocha hemos intentando avanzar en ese camino de reconocimiento y de respeto, de perdón, de piedad, como decía Azaña en plena Guerra incivil, y al final ese cuadro se colgó en el Congreso de los Diputados. Y por eso hay que seguir trabajando, por la reconciliación y la concordia."                  (Pascual García, Cuarto Poder, 23/01/17)    

10/1/17

“En el infierno conocí a hombres sin egoísmos ni odios”

"4.208. Durante cuatro años, los que estuvo preso en el campo de concentración de Mauthausen, Francisco Aura Boronat fue un simple número. 

No se le consideró un soldado que luchó por la II República española, ni un miembro de la Compañía de Trabajadores Extranjeros (CTE) que contribuyó a levantar la “línea Maginot”, mientras por el aire atacaban los “stukas” (bombardero “en picado” alemán). A los españoles se les identificaba con una “S” blanca inscrita en un triángulo azul, y se les clasificaba como “apátridas” o emigrados “políticos”.

 Francisco Aura tiene hoy 98 años. Entró el 26 de abril de 1941 en el campo de exterminio austriaco, tras un viaje en tren de tres días sin poder salir de los vagones; “amontonados como bestias sin comida ni agua, los más débiles, los mayores, se dejaban la vida en el viaje”. En la estación les esperaban cachorros de las SS con sus perros y la culata presta para golpear a los prisioneros. Comenzaba el horror... 

 La novela gráfica de 200 páginas “Esperaré siempre tu regreso”, de Jordi Peidro, recopila una parte de la biografía de Francisco Aura. Editado por Defiladero en octubre de 2016, el cómic empieza más de dos décadas atrás, cuando el nonagenario resistente de Alcoy se enfrenta a una imagen de la barbarie en los campos de concentración de Yugoslavia.

 “Una y otra vez caemos en lo mismo”, se lamenta, mientras la memoria le devuelve al cinco de mayo de 1945, cuando los antifascistas españoles saludaban con una pancarta (y las banderas de Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética) a los tanques estadounidenses que “liberaron” Mauthausen. 

Pero antes que las SS dejaran a los detenidos en manos de los “Kapos” (condenados por delitos comunes que se encargaban de los presos en el campo de exterminio), los prisioneros pasaran por el ritual iniciático -golpes, ducha, rapado, desinfección, gritos, formaciones y más golpes- o tuvieran que dormir pegados contra las paredes para aliviar el frío, Francisco Aura ya se había labrado un importante currículo en el antifascismo.

 Con 17 años y afiliado a la CNT, se enroló como miliciano para la defensa de Madrid (octubre de 1936). Fue la primera vez -tres en total- que le hirieron durante la guerra. También combatió en Brunete (julio de 1937), la batalla del Ebro (1938) y en un pequeño municipio del Priorat de Tarragona, Ulldemolins.

 En febrero de 1939 cruzó la frontera a través de Portbou (Girona) hacia el exilio, y así recalaría en tres campos de refugiados del Mediterráneo francés: Argelès, Saint Cyprien y Le Barcarès. Mientras la extrema derecha francesa encendía los discursos contra los refugiados españoles, en los campos se malvivía sin apenas comida, higiene, ropa y medicamentos. Francisco Aura se alistó en los CTE, y trabajó en las fortificaciones de la “línea Maginot” antes de caer en manos de los nazis. 

La novela gráfica editada por Defiladero incluye los números de la gran tragedia del nazismo: 42.500 campos de concentración, guetos, centros de detención y fábricas de trabajo forzoso repartidos por el centro y este de Europa; entre 15 y 20 millones de personas internadas en los campos del horror; seis millones de judíos y cinco millones de otras etnias, aniquilados (presos políticos, gitanos, homosexuales, yugoslavos, rusos, españoles...). 

El autor, Jordi Peidro (Alcoi, 1965), se dedica desde hace más de tres décadas a la narración, por las vías del teatro, el cartelismo, la novela o los tebeos. Ha dibujado álbums como “El ojo del africano”, cómics largos (“La bahía del ahogado”) y otros de formato corto (“Las aventuras de Melchor Mombo”). 

En la novela sobre Francisco Aura y Mauthausen, hace servir las ilustraciones para revelar algunas claves historiográficas. La serie de viñetas sobre “Las aventuras de Serranito Súñer” -en concreto la titulada “Solos sin casa”- muestra a Hitler preguntando al “cuñadísimo” y ministro franquista entre 1938 y 1942 por los “amiguitos (españoles) tuyos en mis campos”. A lo que el jerarca falangista responde: “Te los regalo. Haz con ellos lo que quieras”. 

 En el “sanatorio” de Gusen, a cinco kilómetros de Mauthausen, “enfermar estaba prohibido, ingresar en la enfermería era tentar a la suerte: la mayoría no regresaban”, recuerda Francisco Aura. La dosis de gasolina en el corazón se convirtió en uno de los métodos para finiquitar a los “débiles”. En sólo una viñeta, la novela esquematiza la famosa “escalera” de Mauthausen, formada por 186 escalones de piedra que comunicaban el campo de concentración con la cantera.

 Días que se eternizaban con la carga de bloques enormes a la espalda, y una cruel división del trabajo que distinguía entre los que extraían las piedras y quienes las subían al campo (un mínimo de 30 kilogramos a la espalda y hasta quince viajes diarios). 

Los prisioneros tenían que cargar con los bloques mayores, de lo contrario se verían sometidos al castigo y las palizas de los “kapos”. Puro esclavismo de sol a sol, que deparaba lo peor para la cumbre, donde se hallaban los “paracaidistas”. En la cima, guardias y “kapos” arrojaban a patadas, golpes y garrotazos sobre todo a los judíos. Si alguno sobrevivía, subía otra vez y se le lanzaba de nuevo por el precipicio. Los cadáveres se acumulaban sobre las piedras, y se trasladaban al crematorio. 

La escritora y periodista Montserrat Roig dedicó tres años a escribir una magna crónica periodística de 540 páginas, “Els catalans als camps nazis” (Edicions 62, 1977). El libro cifra en cerca de 10.000 los republicanos españoles deportados a los campos de concentración del III Reich, donde murieron el 60%.

 Por Mauthausen y los “Kommandos” (pequeños campos de concentración que dependían de uno principal) pasaron 7.189 presos republicanos, de los que sobrevivieron 2.187. Sólo en Gusen, “subcampo” dependiente de Mauthausen, perdieron la vida 3.839 españoles. El libro incluye el testimonio de 27 supervivientes del citado campo de concentración, que semejaba un castillo fortificado, hecho con piedra picada de la cantera mortal. 

“Una inmensa sociedad paralela, con sus clases internas, con una rigurosa organización, una perfecta sistematización de la muerte cotidiana”, describió Montserrat Roig. Tal vez se tratara del primer campo de tercera categoría o exterminación (‘Ausmergungslager’) que, con esta nomenclatura, empezó a funcionar desde el inicio de la guerra. 

A los detenidos –entre ellos los “rojos” españoles- se les consideraba casos “graves” por motivos de seguridad. El destino estaba escrito: la ejecución o la cadena perpetua. Un intérprete germano planteaba la alternativa a los recién llegados: las alambradas eléctricas o el horno crematorio. 

Francisco Aura pasó por la cantera y por los “Kommandos” Bretstein y Steyr. En el primero reparó y construyó carreteras durante un año, a veces a -30ºC. En el segundo –“uno de los más duros y en el que más españoles murieron”- tuvo que trabajar en una factoría de armamento. Durante dos años y ocho meses. 

Pero fuera cual fuese el cometido en el campo, a todos los prisioneros les igualaban los golpes, patadas en los genitales, palos, gritos y puñetazos en la cara. “En pocas semanas borraban tu mente, te destruían por completo y te convertían en una bestia disciplinada”, reflexiona en la novela un prisionero con el mono de rayas y un soldado al acecho.

Con una dieta extenuante de caldo aguado de legumbres y féculas (menos de 1.500 calorías diarias), infinitas horas bajo el frío y la lluvia, y en un entorno –Mathausen- donde se podía morir de 35 maneras diferentes (desde la cámara de gas hasta el suicidio desde la cima de la cantera), algunos supervivientes destacan la formación de grupos de resistencia. 

Tal vez estos se iniciaran el día que tocaba desinfectar el campo, y los presos –desnudos durante 17 horas en los patios- pudieron entablar alguna relación. “Debíamos buscar las zonas próximas a los muros o las entradas de las cocheras, ello te protegía de las ocasionales ráfagas de los guardianes”, recuerda en el cómic Francisco Aura. 

Los disparos quizá fueran una forma de combatir el aburrimiento para los centinelas. “Conocí a hombres de gran capacidad intelectual, sin egoísmos ni odios”, señala el resistente de 98 años. Pero la extrema brutalidad, la saña y el encarnizamiento no permitían derroches de solidaridad. Hasta que llegó el cinco de mayo de 1945. Francisco Aura había sobrevivido a la horrenda pesadilla, cuatro años y nueve días después…"               (Enric Llopis , Rebelión, 29/12/16)

15/11/16

Soñaba con el sonido de unas botas militares acercándose, fue incapaz durante un tiempo de comer en sitios públicos y de tomar decisiones...

“Hay historias que parece que se empecinan en salir y esta es una de ellas”. Así explica el periodista Ignacio Mata Maeso la génesis de Mauthausen. Memorias de Alfonso Maeso, un republicano español en el holocausto (Crítica). Legado vital que nos deja Alfonso Maeso Huerta, capturado en Francia por los nazis por sus ideales de izquierda, y que —a duras penas— pudo vivir para contarlo. “Pocos días después de mostrarle las últimas galeradas del libro se murió”. Objetivo cumplido debió pensar, o al menos así lo interpretó en su día Ignacio Mata; “notario de un testamento vital”, como se autodenomina.  (...)

“Cada hoja de este libro la tuvo que arañar de sus recuerdos, verbalizar aquello fue un proceso muy doloroso, se tuvo que arrancar cada palabra como quien se arranca una bala”, explica Mata, para quien el secreto de esta historia es su carácter descriptivo, “no cae en teorizaciones, sólo narra, cuenta con austeridad todo lo que vivió, que no es poco”.

Tras enrolarse con tan solo 17 años en las filas republicanas, Maeso —acompañado por miles de compatriotas— tuvo que hacer frente a un periplo interminable por diferentes campos de concentración hasta dar con sus huesos en Mauthausen, donde desempeñó diferentes actividades y perdió su identidad, pasando a ser una simple cifra, el 3447. Allí participó en la construcción de la cámara de gas y el crematorio y allí también presenció y vivió la enfermedad y el hambre de primera mano. La marca de aquello quedó indeleble.

 “Soñaba con el sonido de unas botas militares acercándose, fue incapaz durante un tiempo de comer en sitios públicos y de tomar decisiones; no sabía cómo gestionar su propia vida”, confiesa Mata. Con todo, si algo le quitó el sueño fue la falta de reconocimiento, el hecho de que su país no tuviera ni un mínimo gesto para con los miles de jóvenes que dieron su vida por unos ideales.

 “Su mayor secuela fue sentir que su lucha no había significado nada para la gente de su entorno más cercano, tenía un profundo aprecio y admiración por Francia y envidiaba el modo en que los franceses habían sabido honrar la memoria de tanto y tantos hombres que lucharon por la libertad”.

Secuelas al margen, si algo rezuman estas páginas es un compromiso con la memoria, con una verdad que nunca se resignó a contar por mucho dolor que le reportara, sabedor —quizá— de que una historia personal puede llegar a contar una historia universal. Como escribe Jordi Évole en el prólogo: “Lo que van a encontrar les va a doler, mucho. Pero ese dolor es una vacuna contra el olvido”.                (Público, 10/11/16)

13/6/16

Nosotros éramos infrahombres y por eso podían hacer lo que quisieran con nuestras vidas

"(...) ¿Conocieron casos de violencia entre presos? En caso de que así fuese, ¿cuáles fueron las causas? ¿Fueron los nazis quienes los motivaron? Muchas gracias por darnos la oportunidad de conocer su historia.

ALCUBIERRE: En los campos, había presos que eran ayudantes de los SS. Les llamábamos “los cabos”. Eran muy malos y muy criminales. Ellos nos pegaban y mataban a diestro y siniestro. Ese fue el caso más grave. Luego, después de la liberación, los más sanguinarios pagaron por lo que hicieron.


  •  Si hubieras podido encontrarte con Hitler ¿qué le habrías dicho?. Daniel

    SIEGFRIED: Si hubiera tenido una posibilidad de dialogar con ese hombre, le habría preguntado el porqué de tanto odio hacia los judíos. Le habría preguntado qué tienen de malo los judíos. Yo no me siento judío, en el sentido religioso. Solamente sé que soy judío porque nací en el seno de una familia judía. No sé en qué he molestado a un señor como este.

  • Hay muy poca informacion y reiteracion de los estados en lo que pasó en los campos nazis y muchos nazis y organizaciones de extrema derecha ¿Por qué? FBM
    ALCUBIERRE ¡No hay que olvidar! (levanta la voz) Es muy importante que se conozca la historia. Yo, en Francia, iba a los liceos a contar mi experiencia a los estudiantes. Y te escuchaban con un respeto enorme. Es importante que esto se haga en todas partes. Así los neonazis lo tendrán más difícil para engañar a la gente.

  • Estimados J. Alcubierre y S. Meir, Como pudieron recobrar el afecto por la vida y la humanidad despues del holocausto? Estan de acuerdo con la frase de Primo Levi: 'Existe Auschwitz, no existe Dios'? Gracias por sus respuestas. Un saludo, Gabriel

    SIEGFRIED Yo recobré el afecto por la vida por el afecto de una persona. Era Saturnino Navazo, un prisionero español de Mauthausen que cuidó de mí en el campo y al que yo elegí como padre después de la liberación. Saturnino hizo que yo diera un sentido nuevo a todas las cosas terribles que había aprendido en los campos. Me dio esperanzas para seguir.

  • Cuando la miseria, la tortura y la muerte sistemáticas y arbitrarias se convierten en algo cotidiano, normal, supongo que la supervivencia, el miedo, el silencio, la irrealidad de la nada invaden tu cabeza. ¿Cuando y como empezaron a tener esperanza? Fernando-E. Salas Herrera
    ALCUBIERRE Yo no pensé nunca en que iba a morir. Siempre quise vivir. Cuando veía morir a los compañeros… Era muy duro. Pero yo me decía, “tengo que salir de aquí”

  • ¿Sabían ustedes como se justificaban en sus conciencias las tropas alemanas ante las masacres que estaban llevando a cabo? ¿Había distintos relatos? Fernando-E. Salas Herrera
    ALCUBIERRE: Es que no nos consideraban hombres, decían que no éramos como ellos. Nosotros éramos infrahombres y por eso podían hacer lo que quisieran con nuestras vidas

  • Cómo le afecto el holocausto y como salvaron su vida? De que manera los castigaban? A da Rosario Cosme
    SIEGFRIED: cambió mi vida para siempre. Y cambió mi forma de ver las cosas. Yo empecé a odiar la religión. Mi padre era muy religioso, judío, y nos decía que Dios nos protegería y no nos pasaría nada. Cuando llegué a Auschwitz y vi lo que vi... dije ¿dónde está Dios?

  • ¿Cuales eran las formas de resistencia y organización de los prisioneros? Fernando-E. Salas Herrera
    ALCUBIERRE: hacíamos lo que podíamos. El que robaba una patata, la compartía con sus compañeros. Los zapateros te arreglaban, cuando podían, los zapatos. Y así todo. Yo, una vez, di un reloj que había conseguido. Con él la organización sobornó a un enfermero del Campo Ruso y así salvamos la vida de uno o dos compañeros.

  • Buenas, ¿Se sienten olvidados por la sociedad? Gracias Rubén García
    ALCUBIERRE: en Francia hay muchos actos de homenaje a los deportados. Siempre nos invitan y nos tratan bien. En España, nada. Nadie de los de arriba se ha preocupado por nosotros.
  • (...)"               (J. Alcubierre y S. Meir, supervivientes de Auschwitz, Público)