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26/4/18

Desde las tres de la mañana a las ocho, todos los días creemos que ha llegado el momento. Cuando sentimos abrir las puertas de la celda ¡qué emoción más indescriptible!. Oímos al oficial malhumorado decir: "Levántese". Son los compañeros que les toca su último momento ¿Cuándo nos tocará a nosotros?, pensamos todos. ¿Será mañana? ¿Será pasado? Cuando los vemos salir y oímos cerrar la puerta con estrépito, nos miramos unos a los otros, atónitos ¿A dónde llegará este sadismo cruel?

"«Querida Ofelia:

Recibí tu nota en la que puedo apreciar serenidad que mucho me conforta porque demuestras estar llena de valor. Así se hace. No hay que amilanarse. Me pides a mí fe y valor también. Está bien. Me hace mucha falta. Valor no me faltará hasta en los últimos momentos. Ya lo tengo probado con las cosas que por mí han pasado.

Quisiera poderte contar los momentos de angustia que vivimos los condenados a muerte. Somos de tan diferentes temperamentos que todos casi los sentimos de diferentes maneras. Yo me pregunto: ¿para qué vivir en esta angustia? Si nuestra vida solo la consideramos duradera a intervalos de veinticuatro horas, ¿a qué pretender prolongarla? Desde las tres de la mañana a las ocho, todos los días creemos que ha llegado el momento.

 Cuando sentimos abrir las puertas de la celda ¡qué emoción más indescriptible! Vemos entonces que salen algunos compañeros a quienes no veremos más. ¿Cuándo nos tocará a nosotros?, pensamos todos. ¿Será mañana? ¿Será pasado?

Es peor vivir estos sobresaltos, que llegar al último momento. Cuando oímos pronunciar nombres, después de abiertas las puertas de las celdas por la mañana, siempre estamos prestos a querer oír nuestro nombre. Después, oímos al oficial malhumorado decir: "Levántese". Son los compañeros que les toca su último momento. Les oímos dar los últimos encargos para sus familiares. 

A lo mejor piensan ellos que los que quedamos tendremos mejor suerte. Cuando los vemos salir y oímos cerrar la puerta con estrépito, nos miramos unos a los otros, atónitos, ignorando quiénes son los que se van. El estupor, el miedo, los temblores, se entremezclan. Nuestra vida espiritual ha venido muriendo a través de nuestros sufrimientos. Nos queda aún la vida material, pero... ¿por cuánto tiempo?

Sentimos que el pelotón se lleva a los compañeros, esposados con alambres, porque ni esposas suficientes tienen para el "trabajo". ¿Cuántos se han ido? No lo sabemos. Pero poco a poco van llegando de boca en boca los datos: El día 3 treinta; el día 4 veintinueve; el día 5 cuarenta. En una semana, cien familias con luto eterno, con el dolor imborrable. 

¿A dónde llegará este sadismo cruel? Creemos que pronto se acabará porqué a ese paso, iríamos bajando. Pero. ¡Oh, fatalidad!: Todos los días entran nuevos compañeros que ocupan los puestos vacantes y hasta en aumento. ¡Los primeros días, todos confían en la justicia, en la terminación de la guerra, en algo que los pueda salvar. Cuando se van acostumbrando y oyen las historias de los compañeros, se van desengañando. 

Es así que yo mismo ahora, recuerdo ya con emoción el día tres, que creí sería mi último. Le recomendé a los compañeros que echaran al correo esta carta; que te enviasen, la ropa y todo. Para mi esos momentos serán trágicos, inenarrables. Pero al fin, quedaré libre: será un momento de sufrimiento, un tránsito del ser al no ser y después un recuerdo en ti, en todos.

El día cuatro, los compañeros de celda y yo, creímos también que nos tocaría. Lo arreglamos todo. Cualquier ruido, cualquier movimiento, nos ponía sobresaltados. Cuatro compañeros de Cangas y yo, somos ya los más viejos en la celda. A veces comentamos a quien tocará primero. 

Esa noche apenas dormimos; el desasosiego nos mantenía despiertos. Llega el día 3; se abren las puertas. Algunos compañeros lloran, otros escrutan los pasos con firmeza. Todos estamos dispuestos para vivir nuestro drama en el último instante. Tratamos de apartar de la imaginación este dilema. Es inútil. Abrimos las puertas; oímos al oficial pronunciar los nombres: Cuatro contestan impasibles, casi automáticamente. La fatídica palabra. 

—"Levántese"—. Los hace salir. Nos quedamos nosotros como petrificados, viéndolos marcharse. Tres días llevamos así. Considera lo que en ellos habré sufrido. ¿Cuántos más me quedarán?

Besos a las nenas queridas y a ti un abrazo de tu
Paulino.»

Esta es la última carta que Paulino Fernández González escribió a su esposa Ofelia Leiva. A las ocho de la mañana del 7 de marzo de 1938 fue fusilado en Gijón. En el acta de defunción figura como causa de la muerte una hemorragia interna. (...)

Detenido en Pola de Lena y encarcelado en Gijón, su esposa le buscó incansablemente hasta que dio con él en un antigua fábrica de cerillas habilitada como prisión. La del "Cerillero" la llamaban. Ofelia acudía a visitarle cada semana y le llevaba ropa, que era lo único permitido. Le retiraba la ropa sucia, y regresaba a casa, entre los pliegues, encontraba las cartas que Paulino le escribía.

«Querida esposa: Te hago estas líneas, para que te lleven mi último mensaje. Puedes recoger el cadáver, según son tus deseos y la ropa, donde va ésta. Otras cartas te envié también. Espero tengas resignación con mi suerte. Es como la de miles más que caemos inocentemente, por defender nuestra, patria. 

Miles de besos y abrazos para las niñas y para ti. También para mamá, tía Irene y tía María. Recibe el último beso que te da tu Paulino.»

Ofelia no pudo recoger el cadáver de su esposo, a pesar de existir una autorización de la Delegación de Sanidad y Beneficencia de Gijón. (...)

Ofelia pagó todos los derechos exigidos.

Unos días después consiguió cruzar la frontera portuguesa con los documentos que acreditaban su nacionalidad cubana y con veintisiete pesetas que eran todo su capital para alimentar a sus dos hijas y conseguir llegar a Cuba.  Las 27 pesetas se quedaron en España y en un recibo: "Ofelia Leiva, ha donado para la causa "nacional" 27 pesetas"
«Cuanto he sufrido, y llorado; cuanto he pasado, lo he de dar por bien empleado, el día que pueda saber que España es libre. A pesar de ser cubana, y a pesar de haber vivido solo cuatro años en Asturias, el día de su libertad, volveré a ella; quiero, con mis ojos, volver a ver aquellos pueblos heroicos, mártires, para evocar el recuerdo de mi querido esposo, para saber que con la sangre de él y la de tantos mártires, se ha logrado la libertad.»                    (Búscame en el ciclo de la vida, 07/03/18)

5/1/18

Los ejecutores van a buscar a un deudo; al no encontrarlo, se llevan a otro, que no buscaban ni sabían que existiera, fusilándolo en vez del fugitivo. Si aparece éste corre la misma suerte. Los familiares ya son autómatas, sin moral, sin voluntad...

"(...) En rigor, el exterminio del rival político actuó como una forma de darwinismo social militarizado, con el objetivo más o menos explícito de restablecer en el poder en manos del sector reaccionario, formado por la burguesía, los terratenientes, la Iglesia católica y el Ejército.

Todo ello supo verlo ya en 1938 Antonio Bahamonde. Una vez asegurado el éxito de Queipo de Llano en la capital de Andalucía, se inició el avance de los sublevados por los pueblos. En todos ellos se repetía un mismo patrón. 

Columnas armadas salían cada mañana desde Sevilla para regresar por la noche con camiones cargados de prisioneros atados con cuerdas. “En las ciudades el dolor, en cierto modo, se diluye. No se percibe en toda su intensidad. 

Para conocer en sus justos términos la matanza feroz cometida en Andalucía, hay que visitar los pueblos […] Si en las capitales la represión ha sido tremenda, en los pueblos ha sido algo trágico, con facetas horribles, de imposible descripción. En España no habrá paz ni alegría en tres generaciones.” 

La represión, según observa Bahamonde, seguía en todos los casos un mismo orden:

“Los ejecutores van a buscar a un deudo; al no encontrarlo, se llevan a otro, que no buscaban ni sabían que existiera, fusilándolo en vez del fugitivo. Si aparece éste corre la misma suerte. Los familiares ya son autómatas, sin moral, sin voluntad para oponerse a la oleada de sangre que todo lo invade. 

Están dominados por el terror, que es la más poderosa arma nacionalista. No ha sido un desbordamiento de Falange o de militares exaltados lo que ha ocasionado tanto crimen, no; no ha sido eso. Ha sido el crimen organizado desde el poder. Ha sido Queipo, el que todas las noches, por la radio, amenazaba con arrasar pueblos enteros”. (...)"              (Miguel de Lucas, CTXT, 22/12/17)

18/5/15

“Les dijo a la guardia que no sabía dónde estaban sus hijos y que si lo supiera tampoco se los diría”. Fue fusilada en las tapias del cementerio

"Salvaje y criminal. La “matanza africanista” que se vivió en Arahal el verano de 1936 fue uno de los episodios más cruentos de la Guerra Civil. José María García Márquez describe, como historiador, la entrada de las tropas de Franco a este pueblo sevillano, que contaba con apenas trece mil habitantes, aquel 22 de julio. 

Más de doscientas personas murieron en los dos primeros días bajo el tableteo de la ametralladora, situada en la plaza del pueblo conocida como La Corredera. Dos meses más tarde los represaliados iban aumentando, hasta alcanzar, según los cómputos más recientes, las 700 víctimas.

Es curioso que en ese mismo punto, donde los soldados colocaban las balas para el salvaje asesinato se encuentre hoy una heladería, de las más concurridas del pueblo. “Desde la calle Felipe Ramírez, los militares ponían en fila a hombres y mujeres que las autoridades franquistas señalaron, por haber pertenecido a algún sindicato, un partido, o por el simple hecho de haber formado parte de una manifestación”. Empujados, casi como animales, salían a la plaza en grupos, mientras a plena luz del día eran acribillados por las balas.

Inma González, presidenta de la Asociación Memoria Histórica y Justicia de Arahal, señala “cómo las tropas de Franco cogieron por sorpresa a la mayoría cuando se celebraban las fiestas por el patrón del pueblo”.  (...)

María y Valle Alcaide Martín vivieron en primera persona aquellos acontecimientos, con solo cinco años de edad. “Recuerdo cómo mi madre nos llevó al campo cuando empezaron a caer bombas para que estuviéramos a salvo”, recuerda María. Junto a ella se encontraban sus once hermanos y su madre, Pastora Martín Sotillo. 

“Como no llevábamos comida, mi madre bajó a recoger algo a mi casa y en aquel momento la cogió la guardia para preguntarle por dos de sus hijos, José y Manuel”. Pastora sabía que estaban en el frente republicano luchando como milicianos.

“Les dijo a la guardia que no sabía dónde estaban y que si lo supiera tampoco se los diría”. Con 47 años, fue trasladada a la cárcel que habían improvisado cerca del ayuntamiento. Su vida estaba centrada en la crianza de sus hijos y nunca había participado en política. 

Una de las hermanas mayores de María y Valle, Rafaela, bajó a todos sus hermanos de nuevo al pueblo al ver que su madre no regresaba. “Cuando nos enteramos de lo que había pasado, le llevábamos a mi madre una cesta con comida a la cárcel hasta que un día un guardia dijo que no fuéramos más”.

El 9 de agosto, Pastora fue fusilada en las tapias del cementerio de Paradas. Hace solo un año a una de las sobrinas de las Alcaide, Ramona, le contaron que tras verla moribunda a las puertas del cementerio avisaron a su hermano derechista para que la enterrase en un nicho la familia. 



Ramona destaca que dicen, aunque no está confirmado, que “pudieron enterrar a mi abuela junto a su hermano”. Como falangista nunca reveló el gesto que tuvo en vida. Solo encontraron restos de otro cuerpo cuando el hermano de Pastora falleció hace pocos meses, sin saber aún de quien podría tratarse.

La vida de las Alcaide cambió para siempre. El hambre, la tragedia, el destierro y el sufrimiento se apoderaron de esta familia. El padre, Joaquín murió poco tiempo después, sin poder soportar aquella situación y sin conocer el paradero de sus dos hijos. María recuerda la llegada una mañana de uno de sus hermanos tras finalizar la guerra.

Con traje y abrigo de soldado, “solo tuvo tiempo de lavarse la cara en el patio y ya entró la guardia por él”, relata María. Al poco tiempo José sería trasladado, junto a Manuel, a la prisión provincial de Sevilla, después de recibir en el pueblo fuertes palizas durante el interrogatorio.

María vivía con otros tíos desde la muerte de su madre. Con ellos trabajaban largas jornadas en el campo, aunque a veces se escapaba a ver a su hermana Carmelita con la que llevaba canastos de comida a sus hermanos. 

Entre los barrotes veía a sus hermanos, que trabajaban cada mañana en la construcción del Canal de los Presos, cerca de Bellavista. “Hay cosas que no se olvidan. Me acuerdo cuando les decía a mis hermanas que yo quería verlos, saber cómo estaban. Me llevaban en el autobús que salía desde el pueblo a la capital en sus rodillas”. José Alcaide saldría de la cárcel en 1944. Manuel murió fusilado, con apenas 20 años, en mayo de 1940.

 La casa de la familia sigue intacta a pesar de los años, en la calle Juan Leonardo. Valle escucha con ojos brillantes, sin romper a llorar, el testimonio de su hermana al contar la historia y algunas copillas que sus hermanos les enseñaron cuando estaban en la cárcel “En esta guerra que hubo/ me mataron a mi madre./ En esta guerra que hubo/ yo conozco al criminal./ De la muerte de mi madre,/ yo me tengo que vengar”.

Las Alcaide vivieron durante largos años el desprecio de las autoridades en el pueblo. María recuerda cuando no dejaban a ninguno de sus hermanos comer en los comedores sociales. “Sabían que éramos hijas de rojos y no nos dejaban entrar. Tampoco pudimos tener el subsidio de los niños que puso Franco porque teníamos que decir que mi madre había muerto y yo cómo iba a poner eso, si la habían matado”, destaca.

María, Valle y Ramona, hija de Rafaela Alcaide, han iniciado la búsqueda de los restos de Pastora, sin hallar aún datos fiables. Las catas en el antiguo cementerio de Arahal, hoy parque de San Antonio, comenzaron en septiembre de 2014. Se cree que en aquella zona del antiguo cementerio podría hallarse gran parte de los cuerpos. (...)"             (María Serrano / Público, Sevilla / 16 may 2015)

4/10/12

Vió como su padre era 'paseado' por toda la ciudad a golpes por los militares, con todo el pueblo mirando para que cundiera el ejemplo, y como después era atado a un balcón para mayor humillación de la familia.

"Nadie puede asegurar con certeza cuántos represaliados habitaron el campo de concentración de Albatera. La Hoja Oficial de Alicante (28/IV/1939) cifraba en 6.800 los presos, sin embargo, los reclusos que consiguieron salvar la vida hablan de un mínimo de 15.000 personas. 

 José Eduardo Almudéver, que tenía 19 años por aquel entonces, habla de 17.000 personas. El menú de los presos sí que está más claro. “Una lata de sardinas para cada tres personas y un trozo de pan para cada cinco. Eso sí, no todos los días. Sólo cuando se acordaban”, relata José Eduardo. 

El campo estuvo abierto durante ocho meses. Hasta noviembre del 39. Entonces, los presos que quedaban fueron traslados a los centros penitenciarios de sus lugares de origen. 

La visita de Ernesto Giménez Caballero no fue la única que recibieron los presos. El segundo domingo de abril visitó el campo, según recuerda Almudéver, el párroco de Albatera, quien acompañado de cuatro militares “limpió los bolsillos” de todos los presos. (...)

El cura vino a robarnos ese mismo día”, ironiza Almudéver, quien señala que lo más sangrante no fue ya el robo sino que al día siguiente el cura publicó en el boletín parroquial que los presos republicanos habían donado por su propia voluntad dinero y joyas por valor de tres millones de pesetas. 
 
Julián Ramos recuerda como su padre, Juan Ramos, le contaba una y otra vez lo que vivió en el campo de Albatera. Juan sólo tenía 14 años y su único delito era ser el hijo del alcalde socialista de San Bartolomé de las Abiertas (Toledo).

 “Mi padre nos ha contado mil veces la historia de la zanja. Los militares ordenaron a los presos cavar una zanja para hacer sus necesidades junto a la verja de salida. Entonces, cuando los presos se acercaron la primera noche a hacer sus necesidades fueron ametrallados en aplicación de la ley de fugas”, recuerda Ramos para Público

Aunque la experiencia más traumática para el padre de Julián no fue tener que hacer sus necesidades encima durante la noche para no morir ametrallado. Juan recordaba a su hijo que estuvieron ocho días sin recibir ni una gota de agua. 

“Al octavo día, según me contó, llegó un camión cisterna que comenzó a regar todo el campo. Los presos tuvieron que beber el agua de los charcos mientras eran filmados por los militares”, relata Julián, que señala que entre esos militares, según los recuerdos de su padre, había soldados alemanes.(...)

 Con el paso de los días, los militares fueron identificando a la población reclusa y enviando cartas a sus ayuntamientos de origen informando de que el preso estaba en el campo de Albatera. José Eduardo recuerda que casi todos los días llegaba gente de Falange para llevarse a algún preso. Muchos no llegaban a su ayuntamiento de destino. Otros sí. Entre los presos este hecho era conocido como las 'sacas': “sácame a este de aquí”. 
 
Este es el caso de Gerardo Muñoz, maestro de profesión y simpatizante de Izquierda Republicana. El ayuntamiento de Móstoles lo reclamó y los militares del campo de concentración lo enviaron a la ciudad donde trabajaba... en un ataúd.

 Su historia la recuerda Celia Muñoz, su hija, quien tenía 15 años cuando vio como su padre era 'paseado' por toda la ciudad a golpes por los militares, con todo el pueblo mirando para que cundiera el ejemplo y como después era atado a un balcón para mayor humillación de la familia. 

“Tras pasearlo lo encerraron en la cárcel de Yeserías. Allí fui a visitarlo el 23 de junio. Con la cantidad de presos que había, los gritos y los lamentos fue imposible hablar con él. Casualmente  reconocí a uno de los guardias de la prisión. Había sido director de una colonia de verano donde me enviaron durante la guerra. 

 El director me prometió que al día siguiente nos concedería a los hermanos una visita a solas con él. A las 7.00 horas del 24 de junio fuimos a verle. Ya lo habían fusilado”, recuerda a Público Celia Muñoz. 
 
Cuando en noviembre de 1939 el régimen de Franco decidió cerrar el campo de concentración, los encargados del mismo destruyeron toda la documentación existente sobre el mismo. No queda ni un rastro oficial del mismo.

 La coordinadora de asociaciones de memoria histórica de Alicante, Juanjo Martínez, está tratando de elaborar un listado con los presos. De momento, sólo ha podido localizar a cerca de 700. La única bala que les queda en la recámara es el Tribunal de Cuentas, quien debió autorizar partidas de gasto para el mantenimiento del campo de concentración. 

La ubicación exacta del campo también es difícil de precisar. Hasta el momento y gracias a los supervivientes han conseguido ubicar donde estaba la cocina. “Cuando abandonaron el campo lo mandaron repoblar con palmeras para que no dejar ni rastro. Pretendían que el campo de concentración fuera olvidado, como si nunca hubiese existido”, señala a Público Juanjo Martínez, presidente de la coordinadora."            (Público, 23/09/2012)

22/1/10

Matar al dibujante tabernero...

"Curioso es el caso del marinero estonio Erich Taalberg, embarcado en el vapor danés Gerda Toft. Fue asesinado a las seis de la mañana del cuatro de septiembre de 1937 por un piquete de carabineros en la tapia del cementerio de La Soledad. Motivo: haber dibujado una hoz y un martillo con el culo de un vaso en una mesa húmeda de una taberna de la carretera de Gibraleón." (Por la III Republica)