"(...)A su caseta de ferroviario fueron a buscarle el 7 de septiembre
del primer año de Guerra Civil. Había salido a dar un paseo por el
huerto con su familia, cuando vio llegar un camión lleno de guardias
civiles y de chicas de la Falange. Entraron en la casa, destrozaron y
robaron. Se abalanzaron sobre Rafael, le arrancaron el brazalete militar
que llevaba en la camisa y le amenazaron con pegarle un tiro si no
subía al camión. Esa misma tarde, Eusebia se puso de parto y perdió al
hijo.
Rafael pasó quince días detenido en el Mercado de Abastos de
Calatayud, que se había convertido en un centro de detención masiva.
Desde allí, Rafael envió una carta a Eusebia, donde le pedía que le
enviara dinero y ropa. Así lo hizo por mediación de unos amigos de
Calatayud. Eusebia escribió una carta a diario, hasta que una de ellas
le fue devuelta con el sello “Salió”. (...)" (Elena Cabrera, eldiario.es, 12/06/23)
"Arximiro Rico Trabada era un maestro rural
convencido de la importancia de llevar la cultura y la educación al
pueblo desde la escuela, aunque los fascistas le tildaban de “rojo”. No
era un hombre de izquierdas, era un moderado liberal defensor de los
valores republicanos y democráticos, un gallego maestro de la República que, aunque daba clases en una escuela lucense de Baleira, visitaba regularmente Montecubeiro, lugar de origen de su madre.
Un activista de la cultura y educación para la población rural
Persona culta, proveniente de una familia humilde, Arximiro era un
activista de la cultura y colaborador del pueblo. Además de su labor
docente, organizaba la Fiesta del árbol, fundó un coro, montó un grupo
de teatro, ayudaba a sanar a los animales, asesoraba a los vecinos a
repoblar árboles y fue el impulsor de una biblioteca itinerante. En
definitiva, un activista cultural volcado en ayudar a una población
rural y aislada en una zona con altos niveles de analfabetismo y atraso
secular.
Creyente, republicano y odiado por el cura
Era creyente, pero quitó el crucifijo de las clases, porque, sin ser
ateo, creía en el laicismo. Era un maestro “total”, querido por el
pueblo y odiado por una minoría ultraconservadora, entre ellos, el cura.
Sentía interés por la política y protagonizó un mitin, el del 14 de
abril de 1936 en conmemoración de la II República. Allí, festejando la
República, defendió con fuerza la cultura como elemento de desarrollo
social.
Con ese bagaje de bonhomía, amor a la educación y a la cultura
popular simbolizado en el servicio a la comunidad y en la intensa labor
educativa (daba clases desde el día a la noche formando desde
bachilleres a maestros por libre), se granjeó el odio de aquellos
personajes, poderes fácticos de la zona (curas, falangistas seguidores
del dictador nacido en El Ferrol y caciques rurales) en una Galicia en
la que no hubo combates bélicos durante la Guerra Civil, pero sí
existieron las viles delaciones, cobardes denuncias y vendettas que
terminaron segando la vida de personas buenas por el simple hecho de
tener los principios de Arximiro.
La noche de su cruel y sádico asesinato
Y así llegó su fatídico día. Fue una noche de octubre de 1937, cuando
una partida de falangistas llegó a su casa de San Bernabel, en Baleira,
comarca de A Fonsagrada y se lo llevaron atado a la montaña sin
atender las súplicas de su madre. El grupo de fascistas de camisa azul
se detuvo en una taberna del camino. Mientras bebían, dejaron a Arximiro
atado en la puerta con una argolla. Al salir, entre insultos propios de
bebedores y asesinos, lo patearon y vejaron ascendiendo, en una especie
de Calvario laico y siniestro, hasta la Serra da Ferradura a
golpes, y empujones. Lo humillaron hasta el punto de que sus sádicos
represores se colocaron sobre su lomo, como si de un burro se tratase,
obligándole a llevarlos a cuestas.
Testículos cortados, ojos arrancados y cabeza destrozada
Una vez llegado a lo alto de la montaña, en un lugar perversamente destacado de Montecubeiro,
por haber sido enclave de numerosas ejecuciones sin juicio, y aún vivo
Arximiro, los asesinos falangistas iniciaron un ritual de tortura: Le
cortaron los testículos antes de morir y se los introdujeron en la boca.
Luego le arrancaron los ojos. Tras esta cruel y sádica acción le
dispararon varias veces con una escopeta de caza, como se comprobó al
hallar su cadáver con la cabeza totalmente destrozada. Fue torturado
brutalmente y asesinado el 16 de octubre de 1937, cuando contaba tan
solo 32 años. Arximiro estaba cursando estudios de Medicina para seguir
curando a personas como hacía habitualmente. He aquí la diferencia, unos
sanaban personas, mientras otros matan.
Justicia divina o broma macabra, unos días después de su brutal
asesinato, le llegó una carta en la que se le indicaba que ya podía
reintegrarse a su plaza como maestro nacional (lo habían suspendido
temporalmente, como a tantos maestros republicanos).
El cura y la enemistad con Arximiro
Encuentro en el blog del periodista Antonio Cendan Fraga el dato de
que aunque Rico Taboada era un católico ferviente y practicante, tenía
ciertas enemistades con un clérigo de su tiempo que le acusó de haberles enseñado a muchos niños a leer y a escribir hasta
el punto de que “cualquier mocoso -en palabras textuales del cura-
puede hacer un escrito y denunciar a su padre. Mejor sería que supiese
rezar el padrenuestro”.
La lista de los 65 a aniquilar
Arximiro fue víctima inocente del ciego y cruel fascismo. En octubre
de 1937, en la zona de montaña de esta parte de la provincia de Lugo, dos guardias civiles
fueron abatidos en un enfrentamiento con un grupo de huidos a los
montes para sobrevivir al hambre generalizada y otras calamidades
consecuencia de la guerra civil que se estaba librando en España. Como
escarmiento, los falangistas, con la colaboración de un cura de la zona,
confeccionaron una siniestra lista con 65 nombres que debían ser
aniquilados en breve. En esa lista, estaba Arximiro.
En 2003 se erigió en Montecubeiro un monolito de diez toneladas
de peso en recuerdo “de las 15 personas inocentes asesinadas por el
fascismo”. La piedra se halla de espaldas a la iglesia parroquial. Ahí
figura, esculpido con el material de la bondad y la piedra de las
grandes personas honradas y humanistas, el nombre de un maestro de la
República, un hombre culto, honrado, bueno e inteligente: Arximiro Rico
Trabada. Tenía 32 años." (Juan Luis Valenzuela, El Plural, 18/10/20)
"La Sauceda es un pueblo de la
provincia de Málaga borrado del mapa por la represión franquista en
1936. Y El Marrufo, un cortijo convertido en campo de concentración
donde estuvieron presos, eran torturados y asesinados los supervivientes
del bombardeo y destrucción de La Sauceda.
Historia de El Marrufo
Seis meses antes de que
Guernica fuese masacrada por la aviación alemana y el ejército
franquista, este pueblo de la sierra donde confluyen las provincias de
Cádiz y Málaga fue bombardeado por la aviación fascista y arrasado por
cuatro columnas del ejército sublevado. Era 1 de noviembre de 1936. Tras
las bombas de los aviones llegaron las tropas, que robaron en todas las
casas y luego las incendiaron. Caía el último bastión republicano de la
zona y desaparecía para siempre un pueblo con siglos de historia.
Los investigadores cifran en
60.000 las personas asesinadas por las tropas franquistas en tapias,
muros o cunetas junto a las carreteras en Andalucía. Hombres, mujeres,
ancianos y niños, todos inocentes e indefensos, fueron víctimas del
terror fascista en todos y cada uno de los pueblos andaluces. En La
Sauceda también, pero este pueblo, además, tiene el triste privilegio de
haber sido aniquilado para siempre por los sublevados contra la
democracia.
Destruido el pueblo, los
habitantes que no pudieron huir, mujeres y niños incluidos, fueron
detenidos y trasladados al vecino cortijo de El Marrufo, en el término
de Jerez, donde sufrieron la contundencia de la represión.
Hoy, como ayer, El Marrufo
es un cortijo que tiene en explotación cerca de 800 hectáreas de tierras
de pastos, cultivos y bosques. En 1936 pertenecía a una familia
jerezana que tenía otras muchas propiedades en la provincia de Cádiz,
los Guerrero, dueños de 32 fincas que sumaban un total de 6.140
hectáreas. El Marrufo tenía una pequeña capilla, una enorme casa
señorial y varias naves para cuadras y almacenes que se convirtieron en
el sitio donde fueron encerrados los supervivientes de La Sauceda. Cuando
el 18 de julio se produjo el golpe de Estado, Cortes de la Frontera,
Ubrique y todo el valle de La Sauceda, incluidos los habitantes de El
Marrufo, permanecieron fieles a la República. La familia Guerrero se
quedó en Jerez, donde los sublevados triunfaron el mismo día del
levantamiento y emprendieron una sangrienta represión.
Fernando Sigler, en su libro La Sauceda y el Marrufo, de la resistencia republicana a la represión franquista,
explica que los trabajadores del Marrufo decidieron explotar la finca
de manera colectiva y organizarse para regular todos los aspectos de su
vida laboral y social. Constituyeron también el Comité de Defensa del
Marrufo, organismo que estaba en contacto con los vecinos comités de La
Sauceda, de Ubrique, o de Jimena, para hacer frente al avance de las
tropas fascistas. Esa voluntad de resistencia fue efectiva hasta el 31
de octubre de 1936, cuando ya todos los pueblos de alrededor habían
caído en manos de los sublevados.
El 31 de octubre de 1936,
los franquistas que ocuparon el valle de La Sauceda derrotaron a los
jornaleros y milicianos que les resistieron en El Marrufo. Instalaron en
él su cuartel general, encerraron en las naves a los supervivientes del
bombardeo de La Sauceda y exigieron a todos los habitantes de la
comarca que se presentasen allí ante las nuevas autoridades. El Marrufo
se convirtió entonces en un centro de detención, tortura y asesinatos
donde los sublevados pusieron en práctica su plan de exterminio contra
los llamados desafectos al nuevo régimen.
En La Sauceda y El Marrufo
las tropas franquistas asesinaron entre 300 y 600 personas entre
noviembre de 1936 y marzo de 1937, según los historiadores.
José Robles, que llegaría a
teniente de la Guardia Civil, se convirtió en un personaje clave en la
terrible historia del Marrufo, pues, según supervivientes de la
represión, era él quien cada tarde elaboraba una lista de las personas
que a la mañana siguiente, a la hora del amanecer, iban a ser fusiladas
en un descampado del cortijo. Las naves, almacenes y cuadras del cortijo
eran los dormitorios de los hombres detenidos y las mujeres y los niños
descansaban en la capilla. Todo el recinto estaba vigilado por tropas
del ejército y guardias civiles.
Era frecuente también la
presencia de falangistas, que participaban en los fusilamientos. Los
detenidos que iban a ser ejecutados sin juicio previo y sin ningún tipo
de procedimiento judicial cavaban antes su propia tumba. Otros presos
venían luego, arrojaban los cuerpos al hoyo y los cubrían de tierra. La
dureza del terreno impedía que las tumbas fueran muy profundas, de ahí
que los días de mucha lluvia aparecieran desenterrados algunos
cadáveres.
El investigador Carlos
Perales recogió algunos testimonios de supervivientes que afirman que
vieron a jabalíes con trozos de cadáveres en sus fauces. Perales también
recogió testimonios que aseguran que a las mujeres, antes de fusilarlas
las torturaban y las violaban.
Los asesinados no sólo eran
habitantes de La Sauceda, pues a este lugar habían huido personas otros
muchos pueblos de la sierra y del resto de la provincia de Cádiz huyendo
de la represión franquista. Allí se habían refugiado vecinos de
Ubrique, Algar, San José del Valle, Jimena de la Frontera, Alcalá de los
Gazules, Cortes de la Frontera y las pedanías jerezanas del Mimbral y
Tempul , fundamentalmente.
El Foro por la Memoria del
Campo de Gibraltar y la Asociación de Familiares de Represaliados por el
Franquismo en La Sauceda y El Marrufo (Afresama) llevaron a cabo, con
la ayuda económica de un familiar de dos de los asesinados en La Sauceda
en 1936, una campaña arqueológica en el verano de 2012.
Un equipo de arqueólogos,
forenses, historiadores, topógrafos, peones especializados y voluntarios
trabajaron científicamente para recuperar los cuerpos de las personas
asesinadas y enterradas en una zona del cortijo donde los testimonios de
algunos supervivientes señalaban que podían existir algunas fosas
comunes con restos de personas fusiladas. La campaña comenzó el 2 de
julio de 2012 y acabó el 9 de octubre del mismo año.
Los arqueólogos pudieron
localizar y documentar un total de siete fosas comunes, cinco de ellas
colectivas y dos individuales. Los antropólogos físicos dirigieron los
trabajos para la extracción y recuperación de los 28 cuerpos hallados,
cinco de ellos de mujeres y 23 de hombres. Asociados a estos cuerpos, se
recuperaron una gran cantidad de objetos personales, balas, proyectiles
y alambres con los que muchos habían tendido las manos atadas.
El proyecto de exhumación
estuvo coordinado por Andrés Rebolledo Barreno, presidente de la
asociación de familiares. El equipo técnico lo formaron Jesús Román,
coordinador de las actuaciones arqueológicas; Juan Manuel Guijo,
responsable del estudio antropológico físico; Manuel Castro Rodríguez,
responsable de los trabajos topográficos; y Fernando Sigler Silvera,
coordinador de las investigaciones históricas.
Buena parte de los cadáveres
exhumados presentaban orificios causados por impacto de proyectil en
los cráneos o fracturas con minutas, fracturas en la que el hueso o una
parte de él quedan reducidos a fragmentos o esquirlas, y algunos
aparecieron con alambres alrededor de las muñecas, señal de que habían
estado atados antes de ser asesinados.
Los signos de la violencia
ejercida sobre ellos, el depósito colectivo de sus cuerpos en un
enterramiento no convencional, la voluntad de ocultarlos, la
clandestinidad con que se hicieron las ejecuciones para asegurar la
impunidad de los crímenes, la motivación política de sus asesinos…Todo
ello permite asegurar que en El Marrufo hubo un verdadero genocidio.
La Justicia española mira para otro lado y archiva la denuncia
Con toda esta información
disponible, en el verano de 2012, Afresama interpuso ante el juzgado de
Instrucción Número 2 de Jerez de la Frontera una denuncia. La asociación
de familiares entendía y sigue considerando que allí se cometieron
delitos de desaparición forzosa, detención, torturas y asesinatos en el
marco de crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y crímenes
contra la paz y la seguridad internacional, todos perpetrados contra la
población civil indefensa por motivos políticos e ideológicos, en el
contexto de la insurrección armada contra el Gobierno legítimo de la
República. El juzgado dictó el archivo de la causa, cosa que la abogada
de la asociación, Rocío Mendoza, recurrió ante la Audiencia Provincial,
que así mismo archivó el caso. Foro y Afresama, en vista del
carpetazo judicial a sus demandas, decidieron acogerse a la querella que
en Argentina tramita la jueza María Servini contra los crímenes del
franquismo cometidos entre julio de 1936 y junio de 1977.
El 1 de diciembre de 2012
los restos de las 28 personas recobrados en la exhumación recibieron
sepultura el cementerio de La Sauceda, también rehabilitado dentro del
proyecto impulsado por la asociación de familiares de represaliados. El
cementerio, que llevaba décadas abandonado, comido por la maleza y en
estado ruinoso, fue completamente reformado por un grupo de albañiles en
el verano de 2012.
Trece de las veintiocho
personas cuyos restos fueron exhumados lograron ser identificadas en
2014. Esta identificación fue posible gracias a los análisis del ADN
sacado de sus restos óseos y su comparación con el ADN de las muestras
de saliva tomadas a las distintas personas de las familias con
antepasados desaparecidos en La Sauceda que se pudieron localizar.
Las familias de las trece
personas cuyos restos fueron identificados recibieron con gran
satisfacción la noticia, que puso un poco de paz y sosiego en unas vidas
marcadas por la tragedia y la pérdida a edades muy tempranas de seres
queridos: padres, madres, abuelos, hermanos o tíos que fueron asesinados
por el simple delito de haber permanecido fieles al Gobierno legítimo
de la República. Casi todos ellos eran trabajadores del campo, pequeños
campesinos, carboneros o ganaderos; uno de ellos era cartero y otro
comerciante. Conclusión
Saber cuáles son y dónde
están los huesos de nuestros antepasados no elimina tanto sufrimiento
vivido, pero consuela y quita la incertidumbre sobre su paradero.
Rescatados los cadáveres, aún queda mucho para lograr la verdad, la
justicia y la reparación, que son los objetivos del Foro por la memoria
del Campo de Gibraltar y la Asociación de familiares de Represaliados
por el franquismo en La Sauceda y el Marrufo.
En esta lucha seguimos. Para
ellos contamos con la Casa de la Memoria La Sauceda, abierta al público
en 2016 en Jimena de la Frontera. Explicamos en ella de manera muy
didáctica la historia de La Sauceda y El Marrufo. No olvidar jamás todo
el sufrimiento que el fascismo trajo a nuestro pueblo y promocionar los
valores de libertad, igualdad y fraternidad son sus objetivos
fundamentales.
*Nacido
en Algeciras en 1963 ha escrito para periódicos, agencias y revistas en
varias ciudades españolas y actualmente trabaja en la Fundación
Márgenes y Vínculos y ejerce esporádicamente de guionista para el
programa Hijos de Andalucía que emite Canal Sur Televisión. Fue director de dos documentales producidos por el Foro por la Memoria: La Sauceda, de la utopía al horror y La noche más larga.
Algeciras, octubre de 2020.
La situación actual de la investigación de las fosas, tras la llegada de las fuerzas de la derecha en Andalucía
Juan José del Águila Torres II Ex magistrado- juez e investigador
El suelo andaluz está
sembrado de fosas comunes y desparecidos forzados, al menos 46.566
víctimas del terrorismo franquista yacen tiradas en 708 tumbas ilegales,
un tercio del total de España, afirmaba Juan Miguel Baquero el 15 de
febrero del 2019.
Y a modo de observación de lo que luego ocurriría, afirmaba: “
la extrema derecha –como sucesores del nacional catolicismo- afilaron
sus garras , planeando ante el Gobierno Andaluz, con la Ley de Memoria
Histórica, ofrecida como una suerte de trofeo ideológico. El pacto entre
PP y VOX vende la aniquilación del marco legal que protege a las
víctimas del franquismo.”
Una vez en el poder del
gobierno de la Comunidad Andaluza, entre otras medidas del 2019, dejó de
subvencionar y patrocinar el anuario sobre las intervenciones en las
fosas comunes del franquismo que se venía publicando desde 2016 bajo el
titulo Que fuera mi tierra. También suprimió la dirección General de Memoria Histórica.
El número total de
desaparecidos bajo el franquismo en toda España ascendía a 130.000,
según La Marea, abril del 2015 , que en el reportaje sobre dicho tema le
dedicaba la portada con el significativo titular “Un país sin memoria”.
Fernando Martínez-Director
General para la Memoria Histórica, del Ministerio de Justicia, declaró
en una entrevista para el diario ELPAIS
de 18 de noviembre del 2018, que el dato del 2011, sobre la existencia
de 2.470 fosas, debería ser revisado al alza, porque seguían apareciendo
desde el 2000 unas 700 más con 8.000 víctimas.
En Madrid a 19 de noviembre del 2020.
Obituario
Al cerrar la presente
entrada nos llega la noticia de la muerte en Barcelona de María Salvo a
la edad de cien años, era un referente de la lucha antifranquista,
militó en el PSUC y fue Presidenta de la Associció Catalana de Pressos
Politics. Pasó diez y seis años de su vida en cárceles de Barcelona,
Zaragoza, Madrid Segovia, cuando entró en 1941 tenía 21 años y salió en
1957.
La alcaldesa de Barcelona
Ada Colau la despidió con estas palabras, que hacemos nuestras , en su
total literalidad, que aparecieron publicadas en el Diario.es Catalunya
del 17 de noviembre del 2020:
Adeu amiga estimada. Fins siempre, María Salvo. La millor, la més bonica, la donna liure, forta lúcida i generosaque totes voldriem ser. Grácies Marie tu vas ser, moltes altres podrem seguir avancant.Te t recodarem i t´estimarem sempre."
(Juan Miguel León Moriche, Periodista. Miembro del Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar, Crónica Popular, 23/11/20)
O significado represor, Jerónimo Meira ‘O Portugués’, con boina,
conversando co xornalista José Luís Morales, autor da reportaxe "Los
Rosón, azote de Galicia", sobre os vitimarios nos Ancares, que provocou o
secuestro da revista ‘Interviu’ en 1978. (Foto: Interviu)
"Poucos son os que se atreven a falar da represión durante e despois da
guerra, algunhas pantasmas aínda sobrevoan a comarca dos Ancares. No ano
2014, veciñanza da parroquia de Rao, en Navia de Suarna, quixo impedir
os traballos de exhumación no cemiterio de Salvador Voces Canóniga un
guerrilleiro do Bierzo morto pola Garda Civil en outubro de 1948. En
2016 tamén houbo quen se opuxo á recuperación do corpo de José García
Espinosa, ‘O Pelegrín’, paseado entre As Cruces e A Alence, nas Nogais,
en setembro de 1936.
Desde o comezo do golpe militar, o aparello represivo na comarca dos Ancares
comezou a organizarse, labor que debeu levar algún tempo. De feito, o
primeiro "paseo" documentado foi o de Alfredo Pérez Fernández, en
Galegos, Navia de Suarna, o 14 de agosto de 1936, perpetrado, disque,
polos "Sarrianos", un grupo formado por falanxistas de Láncara e
Sarria.
Algúns datos apuntan a que esa demora na organización na comarca se
debeu, en gran parte, á falta de colaboración entre a Garda Civil
española e a Falanxe, ao menos nos concellos de Becerreá e Cervantes.
Segundo fontes orais, a principios de agosto do 36, na paraxe da Moura,
moi preto de Becerreá, un garda foi insultado por un grupo de
falanxistas ao impedir que lles requisaran os cartos a un home que viña
da feira despois de vender uns xatos.
Outro garda, de nome Anselmo, enfrontouse a dous falanxistas no
Portelo, ‘O Portugués’ e Manuel de Vilarello, cando estaban a requisar
os produtos que uns homes da Braña (O Bierzo) levaban á feira de
Pedrafita do Cebreiro.
O 16 de febreiro de 1937, Antonio Rosón Pérez, "hermano del Jefe de
Información, Prensa y Propaganda de la Falange Española de Becerreá",
declarou (Causa 339-37) contra o brigada da Garda Civil Emilio Baliño,
comandante do posto de Becerreá, acusándoo de ter actuado con pasividade
e "negligencia en el cumplimiento de su deber" durante os sucesos
acontecidos na vila o 19 de xullo de 1936, cando os republicanos
convocaron unha manifestación para amosar a súa repulsa polo golpe
militar do día anterior.
Na declaración, Antonio Rosón, que non estaba presente o día dos
feitos, di que "por manifestaciones de personas de solvencia, por las
que tuvo conocimiento de que el Brigada Comandante del puesto parlamentó
con los rebeldes y que les hizo manifestaciones en el sentido... que no
le importaba ni le interesaba la ocupación de la iglesia... Al arrancar
el automóvil con dirección a Lugo, hizo manifestaciones o gestos
marxistas". Cando o sacristán, de nome Antonio, lle propuxo "albergarse
dentro de la iglesia para defenderla a tiros... el declarante dice que
ofreció su prestación personal, pero le hizo ver la dificultad derivada
de la falta de armas".
Esa ausencia de colaboración entre a Falanxe e a Garda Civil
tamén se documenta no concello de Cervantes. No mes de febreiro de
1937, sendo alcalde da nova xestora Manuel Cedrón Fernández, destitúese
até o daquela secretario municipal Pascual Rosón Pérez. Se ben o motivo
foi o nomeamento irregular asinado polo anterior alcalde, a corporación
municipal, en sesión extraordinaria do día 26 de febreiro, acordou que
testificaran "cuantas personas se crean perjudicadas con la actuación de
Don Pascual Rosón Pérez en los últimos meses".
Veciñas e veciños de Vimieiro, San Miguel, Covas, Santalla, Castelo
de Cais, O Comeal, Pandelo, Olmos, Pando, Cabanaxaraz, Vilar de Donís,
Moreira, Piornedo, Chao de Vilarín, Porcís e Paderne acusan o secretario
e xefe local da Falanxe de esixirlle cartos, unhas veces destinados ao
exército, e noutras sen dicir a dirección. " (Xavier Moure Salgado, Nós, 15/12/20)
"Cuando un falangista asesinaba a un republicano y le
robaba el reloj de bolsillo, rompía una cadena. No sólo la leontina,
sino también el cordón umbilical que mantenía unidos a aquellos hombres
con sus antepasados. El reloj se heredaba de
padres a hijos. Los matones, con ese gesto de desvalijar al muerto, no
sólo usurpaban un artilugio que medía el tiempo, sino que paralizaban el
tiempo mismo. O sea, la memoria.
“El paseo estaba vinculado a un ritual, donde el saqueo de la víctima
tras su asesinato era la norma. Primero le quitaban el dinero y el
reloj; luego el abrigo, los zapatos, el cinturón y hasta la boina”,
asegura el historiador Xosé Ramón Ermida, quien
matiza que el relato procede de la tradición oral, aunque “es cierto no
por repetido, sino que también está documentado”.
Clemente Amago
era el alcalde socialista de la localidad asturiana de Santiso d'Abres,
donde había nacido en 1898 en el seno de una familia de labradores con
cuatro hijos y otras tantas vacas. “Una casa pudiente, construida con la
ayuda de las remesas de quienes se habían ido a Cuba”, recuerda su
nieto, Pedro Amago. A los veinticuatro años, se marchó a Argentina,
después de que un tío lo llamase para trabajar como administrador de una
hacienda. En 1924, reclamó a su prometida, Regina Llenderozos, quien se empleó en una tienda de confección. Dos años después de llegar a Córdoba, contrajeron matrimonio.
La pareja decidió volver a Asturias durante su luna de miel y los padres
de Clemente le pidieron que se quedasen en su tierra. “Arrendaron la
casa de un tío que la había hipotecado a la banca de los Casas, en
Ribadeo, y allí vivieron hasta 1936, cuando pasó lo que ya sabemos”. Los
puntos suspensivos de Pedro aventuran su desventura. Su abuelo había
tomado posesión como alcalde el 20 de marzo, tras resultar vencedor en
las últimas elecciones de la Segunda República.
Sólo tuvo un hijo, José Manuel, quien tenía nueve años cuando se lo
llevaron. Se había zafado de varios registros gracias a Manuel Cotarelo,
comandante del puesto de la Guardia Civil en el citado pueblo gallego,
que comparte en la otra orilla las mismas aguas del Eo. Su amistad con
el mando le permitía eludir los controles de los subordinados, hasta que
un día llegaron los militares de Lugo y Cotarelo no pudo dar aviso.
“Guiados por el jefe de la Falange en Santiso d'Abres, Luis Díaz-Sanjurjo Miranda, un vecino suyo, entraron en su vivienda para detenerlo”.
El crío, cuando regresaba del arroyo donde lavaban la
ropa, se cruzó con sus padres. “Vete para casa, que voy a hacer un
recado y enseguida vuelvo”, le dijo Clemente, quien jamás volvería a ver
a su hijo. El pequeño José Manuel, tampoco a su padre: nada se sabe del lugar donde reposan sus restos.
Regina
regresó sin su marido, a quien habían dado caza. Abajo, en el
riachuelo, se escucharon unos disparos. Entonces, ordenaron que le
llevasen una muda a la carretera general. “Lo torturaron cruelmente en
el cuartel de la Falange, lo metieron en una
camioneta y se lo llevaron a Lugo. Hubo quien dijo que le habían roto
los brazos”, relata su nieto, quien rememora las palizas que sufrieron
otros paisanos.
Un adepto al régimen recomendó al hermano de Regina, Ramón Llenderozos,
que se presentase ante las autoridades de la capital lucense porque,
como no había cometido ningún delito, no debía temer represalias. Así lo
hizo Ramón, también concejal de Santiso, acompañado de su cuñado, Manuel García Miranda. “Desde ese momento, la única noticia sobre ellos es que están enterrados en una fosa común en Rábade”.
El alcalde fue sustituido al frente del Consistorio
el 3 de agosto de 1936. No habían pasado dos meses cuando fue detenido.
Paradójicamente, la familia recibió una honerosa multa. “Por abandonar
sus funciones como alcalde, cuando lo habían echado y puesto como
regidor a Pedro García López, un adepto al
régimen”, comenta sorprendido su nieto, quien recuerda que dos ediles
socialistas se vieron forzados a tomar posesión de sus actas para
blanquear el nuevo Gobierno municipal.
José Benito González y Ramón Miranda, compañeros de partido, presentaron
al mes su dimisión, alegando que al haber pertenecido a la anterior
Corporación no era ético formar parte de la nueva, argumenta Pedro Amago.
El teniente alcalde, Miguel Piñeiro, permaneció escondido durante meses
hasta que logró huir a Cuba. Precisamente, en el bar del primero, Casa
Benito, el jefe de la Falange entregó el reloj de Clemente un par de
días después de su arresto y dio aviso para que la familia fuese a
recogerlo. “Atilano Lodos Legazpi iba en la camioneta en la que trasladaron a mi abuelo”.
¿Por qué los asesinos no se quedaron con el reloj? ¿Acaso no lo lucieron
en una taberna para sembrar el terror entre los vecinos? ¿No le sacaron
al menos unas perras con su venta? La explicación es sencilla: aquellas
agujas se habían quedado paradas tiempo atrás, en Argentina. Era un
regalo de Regina, pero durante una escapada a un lago, se le cayó al
agua y nunca más volvió a dar la hora. Mudo, el reloj regresó a Galicia y cayó en el olvido de un cajón hasta que un tictac sonó en la mente de su dueño.
Presintiendo que la sombra se cernía sobre sus
talones, Clemente trató de escapar a Taramundi, aunque no llegaría
lejos. “Dado que la situación era muy tensa e intuía el peligro, se
llevó el viejo reloj estropeado. Como un recuerdo, porque sospechaba que
ese día podría pasar algo”. Así fue.
- Pedro, a su abuelo supuestamente lo ejecutaron en la carrera de Santiso a Lugo, mas nunca se encontró el cadáver.
- Es probable que nunca llegara a Lugo, porque de lo contrario habría
registros, pero no encontramos rastro de él en ningún archivo. Un vecino
que trabajaba en Vilameá, en A Pontenova, constató cómo depositaban a
los represaliados en una fosa del cementerio. Una vez, pasados los años,
le confesó a mi padre que lo habían enterrado allí, aunque tampoco hay
datos ni certificados. En el Ayuntamiento, consta que en el camposanto
había entre siete u ocho asesinados con certificado de defunción, además
de otros tantos cadáveres de sexo masculino sin identidad conocida.
Sospechamos que uno puede ser mi abuelo. En todo caso, desaparecieron
muchas actas municipales, por lo que podrían ser más.
- Santiso-Lugo, el limbo de los ejecutados.
- A los detenidos en esta zona limítrofe se los llevaban a la capital de
provincia, pero como Galicia ya estaba tomada por los franquistas, los
mataban nada más pasar la frontera. Luego dejaban sus cuerpos en un
sitio inhóspito o en un cruce de caminos, para escarmentar a la
población. Al cabo de un par de días, los enterraban en el cementerio de
Vilameá.
- ¿Hay alguna posibilidad de encontrarlo?
- Resulta muy complicado, ya que es un cementerio muy antiguo. Los
enterraron en el civil, pero cuando ampliaron el religioso, se
trasladaron los restos y allí construyeron nichos. Hay una esquina donde
quizás hayan depositado lo que quedaba de ellos. En todo caso, si fuese
así, estarían apiñados con los fallecidos en otras épocas.
- Aunque estuviese estropeado, ¿por qué le devolvieron el reloj a su familia? ¿Querían dejar patente su poder e impunidad?
- Pretendían demostrar eso y, al tiempo, infundir terror y sembrar el
pánico. Era una prueba de que todo se había acabado: “Aquí os dejo el
recuerdo”. Porque lo más fácil hubiera sido tirar a mi abuelo con el
reloj.
La frontera de la muerte
Xosé Ramón Ermida señala que los sitios escogidos
para dejar los cadáveres eran ayuntamientos fronterizos entre provincias
o regiones, para enmarañar administrativa y burocráticamente su
hallazgo. Entre Asturias y Galicia, además, mediaba un río. “La
represión de Franco fue muy dura contra los
vecinos del pueblo”, explica el historiador de Foz, municipio lucense
situado a media hora del asturiano Santiso d’Abres [en castellano, San
Tirso de Abres], quien subraya la hermandad entre ambas orillas del Eo.
“Era una zona republicana, pero las tropas nacionales
llegadas de Galicia a finales de julio de 1936 tenían como objetivo la
zona minera de A Pontenova [doce kilómetros río abajo]. Entraron por dos
frentes, instalaron ametralladoras y la iban a liar gorda, si bien ese
día no hubo muchas bajas, pues los mineros lograron huir porque conocían
las galerías y las vías de escape”, añade Pedro Amago.
Ejecutados o a la fuga, el escarnio no cesó con la muerte ni con la
ausencia. Saqueaban a las víctimas después de asesinarlas y algunos
matones lucían el botín en público. “El robo del reloj por su verdugo es
un hecho recurrente y hay miles de ejemplos. Fue una práctica muy
extendida”, afirma Ermida, quien este domingo estará presente en el
homenaje que Memoria da Mariña brindará en Santiso a las víctimas del franquismo en la cuenca del Eo, entre ellos Amago, Miranda y Llenderozos.
Además, los seis represaliados sin identificar que
yacen en la fosa común del cementerio parroquial, asturianos de
localidades vecinas encarcelados en Castropol, serán honrados con una placa.
Rendirán una ovación a Pablo Martínez Crespo, maestro en Trabada, quien
trató de defender la República en Figueiras hasta que fue encarcelado.
Tampoco habrá olvido para otros dos asesinados en Santiso, Xosé Suárez
Novás y Xosé María Jardón, cuyos cuerpos nunca fueron hallados.
En los actos, donde se ensalzará la figura del guerrillero Luís Trigo O Gardarríos, estarán presentes su nieta, Fernanda Cedrón, y Francisco Martínez Quico,
uno de los últimos maquis antifranquistas vivos. “El escenario del
homenaje tiene sentido y una significación especial, pues este
Ayuntamiento fronterizo entre Asturias y Galicia
fue usado tanto como lugar de ejecución como para cavar fosas comunes,
pues así dificultaban el reconocimiento de las víctimas”, insiste
Ermida.
Robar el reloj, un acto “degradante”
¿Volverán algún día los relojes a dar la hora?
¿Contarán el tiempo transcurrido desde que se paró? ¿Señalarán las
agujas a sus verdugos? ¿Habrá reparación y justicia?
¿Tictac?
La historiadora Ana Cabana Iglesia, en La derrota de lo épico
(Universitat de València), subraya que “quedarse con las pertenencias
de un muerto era visto como degradante, incluso en el caso de un asesino
que, en principio, podría parecer que no podía incurrir en un acto que
lo denigrara más”. Pero así fue.
Ermida recuerda que el falangista José Bargueiras,
un casero de A Pastoriza que participó en la derrota y represión de la
resistencia en la frontera lucense-asturiana, se quedó con el bien más
preciado del republicano Antonio Álvarez tras detenerlo en A Fonsagrada y
asesinarlo en Negueira de Muñiz. “Su actuación como represor está
documentada por múltiples testimonios, aunque ninguno como una causa
militar que refleja ese crimen”, indica el historiador.
“Tras matarlo, la columna fascista se reparte todas
las posesiones del muerto. Dos mil pesetas y todo lo que llevaba encima:
uno se queda con el chaquetón; otro, con la boina, otro, con los
zapatos; y Bargueiras, con el reloj, que intentó vender en la feria de
Castro de Rei. Ese documento oficial confirma un hecho transmitido a
través de la memoria oral: los asesinos y represores se quedaban con las
pertenencias y los relojes de las víctimas”, explica Ermida.
Cabana define a Bargueiras como “un represor sin escrúpulos que tuvo uno
de sus centros de operaciones en el Ayuntamiento de Castroverde, pero
que no dudó en asesinar a un vecino suyo". Por ello, la comunidad
justificaba la ejecución de "los falangistas que
rompieron los códigos", del mismo modo que "los ajustes de cuentas no
estaban sancionados", subraya la profesora de la Universidade de
Santiago en su libro.
"Este tipo de muerte se entiende como merecida y se insiste en que no le
faltaban objetos personales que, primero, no igualaran ese acto de justicia
con un robo cualquiera y, segundo, no implicara uno de los aspectos que
más se les reprochaba a los represores falangistas, el mancillamiento
de un cadáver y el robo de sus enseres”, escribe Cabana. Es decir, que
un guerrillero no debía hurtar las pertenencias de un represor para dar fe de que aquella muerte era política y respondía a una venganza.
Así, insiste la historiadora en Sobrellevar la vida. Memorias de resistencias y resistencias de las memorias al franquismo, era clave que no pudiera alegarse que se había ultrajado “con violencia post-mortem” el cuerpo de un matón
ni quitarle sus posesiones, por insignificantes que fuesen. Hacerlo se
consideraba “una actuación despreciable y denigrante, incluso en el caso
de un represor que ya había cometido la vileza de asesinar”, explica en
el citado texto, incluido en el libro colectivo No solo miedo. Actitudes políticas y opinión popular bajo la dictadura franquista (Comares).
La tradición oral ha traído hasta nuestros días la copla dedicada al comandante José Moreno Torres,
asesinado por falangistas en A Fonsagrada tras combatir junto a otros
anarquistas en el frente de Asturias, que cayó en manos de las tropas
rebeldes en octubre de 1937. Un romance de ciegos dedicado a su figura
relata el robo de su zamarra y su reloj una vez muerto.
Con una buena zamarra del comandante Moreno,
paseaba en Fonsagrada el otro día un caballero.
Paseaba en Fonsagrada con la zamarra de cuero,
y un chistoso le decía:
¿qué buen mozo estás, Moreno?
¿Dónde está el reloj de oro del comandante Moreno?
Seguramente se gasta en el pueblo del Acebo.
¿Dónde está la cazadora del comandante Moreno?
Seguramente se gasta muy cerquita de San Pedro.
Ana Cabana también se hace eco de la rapiña que sufrió el alcalde de
Arzúa, Juan Manuel Vidal García, quien había construido escuelas en
varias parroquias de su municipio con el dinero que mandó cuando estaba
emigrado en Argentina. “Su cartera y un reloj de oro que tenía se lo
vieron luego a uno de Arzúa, a un señor de derechas”, le dijeron a Daniel Lanero, quien recogió el testimonio en el libro Os remendos da memoria. A represión franquista no Concello de Arzúa,
editado por el Ayuntamiento coruñes. “Sí, le robaron el reloj, pero no
se lo quitó una persona de Arzúa, y quien lo llevaba era un municipal de
Santiago”, aseguró otra fuente.
La profesora de la Universidade de Santiago sostiene que las fuentes
orales coinciden en la carga metafórica del hurto. “Lucen los enseres
sustraídos delante de vecinos y familias de las víctimas, para mayor
escarnio. En ese reloj que funciona para el represor como un trofeo (era
un efecto personal que inequívocamente identificaba al propietario),
hay mucho más que la apropiación de un objeto (probablemente el único)
con valor económico. Detrás se encuentra otra fórmula de represión simbólica,
de ahí que el relato incida en ese punto: el reloj se acostumbraba a
heredar de padres a hijos en las comunidades rurales, su sustracción
rompía con la cadena, impedía al sucesor tener un recuerdo físico del
progenitor muerto que posibilitara una memoria cotidiana y viva del
represaliado”, escribe en Sobrellevar la vida.
El reloj de Clemente sigue en manos de Pedro, pese a que no dé la hora.
Clemente no está en manos de nadie, aunque ya va siendo hora.
El “trágico talismán” de Alonso Román
Otros relojes fueron conservados por las familias
antes de que les quitasen a los suyos. Cuando la investigadora
estadounidense Francie Cate-Arries entrevistó a Lucía Román
en su casa de Benamahoma, en la sierra de Grazalema, la nieta de Alonso
tenía a su lado el “tesoro familiar que su abuela Fermina había
escondido a raíz del asesinato de su esposo”. El legado de Pepe, su
padre, quien se había librado de la muerte tras recibir la extremaunción
ante la tapia de la iglesia de aquella pedanía gaditana.
Un maestro falangista intercedió antes del
fusilamiento y pudo contarlo, incluida la venganza que acabó con el
cabeza de familia. En realidad, los matones iban a por él, mas como se
había echado al monte y no lo encontraron en casa, arrestaron a su
progenitor, escribe la profesora de la Universidad William & Mary
(Virginia) sobre el terror caliente en Cádiz en el Journal of Spanish Cultural Studies.
Setenta años después, sus restos fueron exhumados del cementerio de El
Bosque y trasladados a Benamahoma, donde reposa la memoria de Alonso
Román.
“Rara vez habló Pepe del trauma que sobrevivió. Pero siempre durmió al
lado del reloj del padre desaparecido, trágico talismán que se colgaba
como crucifijo en la cabecera de la cama, recordatorio en este caso del
sacrificio no del hijo sino del padre”, recuerda Francie Cate-Arries en el artículo “De
puertas para adentro es donde había que llorar”: El duelo, la
resistencia simbólica y la memoria popular en los testimonios sobre la
represión franquista.
La opresión del régimen amordazó a la familia, silenciada durante
décadas. “No pudo llorar a los muertos. Estaba prohibido”, le contaba
Lucía en 2013 a la profesora de Lenguas y Literaturas Modernas, quien
subraya que aquel reloj de bolsillo “permite activar un duelo subversivo
en privado para la generación que vivió el trauma y también estructurar la posmemoria de la nieta que narra el testimonio”.
En el extremo opuesto de la península, Pedro Amago sigue residiendo en
el viejo caserío de su abuelo, después de que sus antepasados lograran
comprarlo en una subasta celebrada en 1944. “Aquí nacimos tres hermanos y
aquí seguiré viviendo yo”.
¿No rezuman demasiados recuerdos luctuosos esas paredes? “Vivir aquí
trae añoranza”. ¿Y el retrato de sus abuelos? “Ahí sigue colgado. Regina
murió en 1979 y me quería contar cosas, pero yo era joven y no le tiré
de la lengua. Ella deseaba relatarle todo lo que pasó a sus nietos, al
revés que muchas familias, en cuyas casas no se habló más del tema”.
Ahora nadie le da cuerda al reloj de Clemente.
“Mi abuela, en cambio, no calló. Quería hablar. Me arrepiento de no haberla escuchado entonces”.
"Juan Antonio Gaya Tovar nació en Tardelcuende (Soria) en 1876,
pertenecía a la burguesía ilustrada. Ejerció como médico rural en la
provincia de Soria, y a partir de 1920 en la capital donde se trasladó
con sus hijos Benito, Juan Antonio y Amparo. Allí fue también fue
profesor de gimnasia del Instituto de enseñanza secundaria, presidente
del Colegio de Médicos y cofundador del diario La Voz de Soria. (...)
Su formación humanística y su inquietud intelectual, le llevaron a
interesarse por los problemas de la sociedad española
desinteresadamente. Su sentido de la ética y de la justicia no estaban
conformes con una situación social de carácter regresivo, sentía las
exigencias de actualizar las estructuras socio-económicas y culturales
estancadas desde hacía decenas de años.
Gaya no era un revolucionario,
sino un Republicano reformista que creía en avanzar por cauces legales,
respetando los intereses legítimos, para conseguir una España más justa,
más progresiva, más solidaria.
Con el golpe fascista de julio de 1936, los requetés tomaron Soria el
21 por la tarde. El gobernador Alvajar y el diputado Artigas huyeron a
Madrid. Gaya permaneció hasta el último momento al lado de las
instituciones Republicanas. Asistió a la última reunión en el Gobierno
Civil, ya prácticamente perdida la última oportunidad de resistir, con
el corazón atenazado por el dolor de ver cómo una obra positiva y una
esperanza cierta de regeneración iban a desaparecer por la sinrazón de
la fuerza.
El teniente coronel de la guardia civil Ignacio Muga
controlaba la plaza. El 22 de julio de 1936 el doctor Gaya fue reclamado
para atender a un herido, fue delatado, detenido y trasladado al
Cuartel de Santa Clara, y el 1 de agosto a la prisión provincial.
Al tiempo irrumpieron un grupo de requetés gritando ¡Viva Cristo Rey!
en el domicilio del doctor Gaya, donde se encontraba su esposa, un hijo
paralítico y su hija Amparo, joven estudiante de bachillerato.
Registraron violentamente el domicilio, arrojaron muebles a la calle,
destrozaron otros, insultaron groseramente al joven incapacitado y a las
2 mujeres.
Sus vecinos, el profesor de francés Alfredo Gómez y su
esposa, profesora de Magisterio, doña Manolita Asenjo, religiosos y
derechistas, pidieron inútilmente de rodillas a los fascistas que
cesaran los destrozos, jurando que la familia avasallada era digna del
mayor respeto.
Aunque fue liberado provisionalmente, un día después, la noche del 16
de agosto de 1936 fue de nuevo arrestado. En el violento zarandeo al
doctor se le cayeron las gafas. Al reclamarlas, quien fuera alumno suyo
en el instituto le espetó: «Sepa, profesor, que a donde va no las
necesita».
Gaya rebuscó en su bolsillo un documento que le exoneraba de
responsabilidades. De nada le sirvió mostrarlo. De madrugada los camisas
azules lo subieron junto a otros detenidos a una camioneta que
rápidamente los dejó en las tapias del cementerio del Espino. Allí Juan Antonio Gaya fue fusilado sin juicio previo. (...)
Después de asesinado, en 1937 los
franquistas declararon a Gaya incurso de responsabilidades políticas.
Los bienes de su familia fueron embargados y se le impuso una multa de
7000 pesetas, cuyo abono se realizó malvendiendo instrumental médico y
alhajas familiares. Juan Antonio Gaya Tovar, un hombre machadianamente
bueno, Después de asesinado, en 1937 los
franquistas declararon a Gaya incurso de responsabilidades políticas.
Los bienes de su familia fueron embargados y se le impuso una multa de
7000 pesetas, cuyo abono se realizó malvendiendo instrumental médico y
alhajas familiares. Juan Antonio Gaya Tovar, un hombre machadianamente
bueno, era padre del historiador y escritor, el ilustre Juan Antonio
Gaya Nuño, autor del mejor libro escrito sobre Soria y todavía no
superado, y del lingüista Benito Gaya Nuño., autor del mejor libro escrito sobre Soria y todavía no
superado, y del lingüista Benito Gaya Nuño." (Tulio Riomesta, 24/02/19)
"(...) Aquella
tarde los falangistas llegaron a la casa de Lolita Jaimez en Tamaraceite
durante las clases de costura, su jefe Penichet quería que le bordara
el yugo y las
flechas en una bandera azul muy grande. Todas las niñas nos asustamos
mucho porque llegaron borrachos, gritando, armados con fusiles y
pistolas al cinto.
En
la entrada se quedaron dos esbirros que custodiaban a Suso, hijo
pequeño de Agustinita Rodríguez, que lo traían con las manos amarradas a
la espalda con hilo de pitera. El muchacho al que conocíamos de toda la
vida, muy famoso en el pueblo por lo buen futbolista que era, venía con
una enorne brecha en la cabeza bañado en sangre, no se quejaba y eso le
jodia a los falangistas que indignados no dejaban de pegarle culatazos con
los mauser y patadas.
Lolita,
mi maestra de costura, se levantó y le dijo al fascista que ella no iba
a coser ninguna bandera de Falange, que bastante dolor sentía ya con el
asesinato de su sobrino Carlitos que llevaba desaparecido dos meses,
desde el domingo 19 de julio del 36.
El Falange Penichet se le encaró
gritándole y le levantó una mano para pegarle. Lolita le dijo que era un
cobarde y que si querían llevarsela detenida ella no tenía ningún
miedo, las niñas todas llorabamos desaladas, en un instante el fascista
se dio la vuelta cagandose en Dios, salieron de la habitación y
enfilaron hacia Las Casas de Abajo en El Puente, donde les oímos decir
que iban a llevarse a varios hombres más.
Lolita nos abrazó a todas y nos dio una tácita de leche de la cabra Matilde..."
"Fueron cinco… fueron cinco”. Solamente estas
palabras, repetidas entrecortada y compulsivamente pero en voz baja,
pudieron extraer de la joven Fidelita sus compañeras de cautiverio. Por
la noche había entrado en aquella cárcel una manada compuesta por cinco
falangistas y, con la complicidad de las carceleras, se habían llevado a
la muchacha: cuando la devolvieron, estaba destrozada y apenas podía
musitar una frase de denuncia.
El 25 de junio de 1938 falleció y el certificado
defunción decía que a consecuencia de una tuberculosis, siendo enterrada
al día siguiente en el cementerio torrelaveguense de Geloria, en la
soledad de un acto casi clandestino efectuado bajo los ecos de los
festejos de San Juan celebrados en algunos pueblos de las riberas del
Besaya y el Pas, pese a la tristeza derivada de la guerra civil.
Fidela Díez Cuevas, así se llamaba la
joven, cumpliría 18 años durante los meses de permanencia forzada en una
de las cárceles habilitadas en la ciudad de Torrelavega para albergar
provisionalmente a los millares de personas detenidas después de la
entrada en la provincia de las tropas sublevadas, a fines de agosto de
1937.
Para las mujeres se había requisado el Salón Olimpia, un cine
propiedad de una familia republicana también represaliada y que se
hallaba repleto de mujeres jóvenes y mayores procedentes de las
inmediaciones, cuyo único delito, en principio, consistía en haber hecho
suya la voz que la República les había concedido para poder participar
en la vida social, cultural y política. Fidelita, con sus pocos años,
era una de ellas.
Según la descripción hecha muy posteriormente por una de sus compañeras
de cautiverio, una joven modista llamada Antolina Matarranz, era “muy
guapa, de unos diez y siete años (…), una muchacha encantadora, pero
cuyo delito fue ser hija de padres de izquierdas y recitar poesías en el
teatro (…)”. Efectivamente, Fidelita era lo que pudiéramos considerar una niña-prodigio en el campo de la poesía.
Hija del “mejor ebanista de Torrelavega” y premiado carrocista, cuyas horas de ocio estaban siempre entregadas a la actividad cultural; Fidel Díez Asenjo (1892-1954) –El Maño como
popularmente se le conocía–, fue uno de los animadores de la sección
Amigos del Arte que en los años de la Segunda República funcionó con
gran éxito dentro de las actividades de la Biblioteca Popular de
Torrelavega, de la que cual directivo así como afiliado del Partido
Republicano Radical.
Su hija, pues, heredaría estas aficiones desde muy
pequeña y también siendo aún una niña comenzó a dar ejemplos públicos de
sus aptitudes para el verso y la declamación.
A partir de 1933 mostró sus aptitudes en diversas
entidades culturales, protagonizando recitales en la Biblioteca Popular
de Torrelavega, Comillas, Cultural Vimenor de Renedo de Piélagos, Ateneo
Popular y Ateneo de Santander, Teatro Principal y Cinema Solvay, además
de ante los micrófonos de Radio Santander, siempre con gran éxito ya
que, como ha recordado el cronista de Torrelavega Aurelio García
Cantalapiedra, “asombró a los asistentes por sus condiciones como rapsoda, tanto por la manera de decir como por la memoria de que hacía gala”.
Su repertorio estaba compuesto, principalmente, por obras de Antonio
Machado, Federico García Lorca y Jesús Cancio, y los medios de
comunicación de Cantabria y La Habana se hicieron eco de su trabajo en
más de 30 recitales.
Pero no todo el mundo debió de ver con buenos ojos la
exhibición de sus facultades porque una vez cayó Cantabria en poder de
los sublevados, fue conducida a la improvisada prisión, donde, como a
todas las presas, a Fidelita “las carceleras le
cortaron el pelo al cero y para ridiculizarla todavía más le dejaron un
mechón largo atrás, para amarrarle un lazo rojo”. Pero ella preguntaba ingenuamente:
– ¿Verdad que me sienta muy bien esto, Antolina? – ¡Sí, Fidelita, estás encantadora!”
Según se desprende del contenido de una dedicatoria
suya, este castigo, añadido al del encierro, no fue suficiente para
doblegar su espíritu, puesto que escribía a una amiga: “Hoy,
17 de marzo, 6 meses de nuestro ingreso en Prisión… que sirva este
pequeño recuerdo como estímulo a nuestra gran amistad que aquí, en la
cárcel hicimos. Cariñosamente. Fidelita Díez”.
Este escrito estaba dirigido a Antolina, quien tuvo mejor suerte que su
amiga, porque una tarde, según esta recuerda, visitaron la cárcel los
componentes de un grupo de falangistas “y acordaron,
junto con las guardianas, sacarla aquella noche. Las compañeras
quedaron horrorizadas cuando, a las pocas horas, vieron llegar a
Fidelita hecha una piltrafa humana.
Cayó de bruces y las compañeras no
fueron capaces de que ella contara qué habían hecho con ella aquellos
asesinos. Sólo podía repetir: “fueron cinco, fueron cinco”.
Al poco
tiempo murió y se llevó a la tumba todas las aberraciones que le
hicieron aquellas hienas”. Así lo transcribiría en sus memorias el
antiguo guerrillero Felipe Matarranz, apodado Capitán Lobo, según el
relato tomado de su hermana Antolina. (...)
Fidelita se había quedado sin la voz viva de los poetas de su
repertorio, pero enterado de su fallecimiento cuando él estaba también
en la cárcel de partido de Torrelavega, el poeta comillano Cancio
escribiría a modo de elogio fúnebre su Romance del entierro de la gentil recitadora de mis versos, un poema que no ha logrado ver la luz hasta hace unos pocos años.
Su familia estaba completamente destruida, porque el padre hubo de pasar
muchos años en las prisiones franquistas hasta conseguir la libertad
condicional, el hermano mayor Eloy Díez Cuevas (1916-1994), teniente del
Ejecito Republicano, acusado de un delito de excitación a la rebelión
fue condenado a la pena de doce años de prisión y enviado a un batallón
disciplinario en Tenerife, mientras que a su madre, Eloína Cuevas
Ibáñez, le había sido denegada la licencia para su puesto fijo y tenía
que conformarse con establecer una máquina ambulante en la Plazuela del
Sol, vendiendo castañas como única forma de subsistencia para ella y
para sus tres hij@s Fidel, Claudio y Mercedes, hasta que cumplida la
condena impuesta a Eloy se vieron obligad@s a un destierro voluntario en
Vigo para así sustraerse de la persecución política que sobre la
familia se ejercía. (...)
Desde entonces, sobre la figura de Fidelita se corrió un velo de
silencio, de tal manera que incluso en el monolito levantado en el
cementerio en memoria de los republicanos fusilados en Torrelavega no
figura su nombre. (...)" (José Ramón Sainz Viadero, El DiarioCantabria, 26/06/18)
"(...) Hasta los diez años Emilio Hernández vivió en Casillas de Flores,
donde asistió a la escuela, con provecho, pues aprendió a leer, escribir
y contar con soltura. Tenía ocho años cuando estalló el Movimiento y
vivió de cerca la agonía de un familiar ejecutado en una detención
sangrienta, Felipe Rastrero Antúnez, en parte conocida gracias
precisamente a su testimonio (Iglesias, Represión franquista:
1.2.3; “Secuelas vigentes del franquismo” del 27/04/2017).
Su
información de entonces no alcanzó a todos los efectos perversos de la
persecución de Felipe, en la que se vieron gravemente afectados también
dos de sus hijos, José y Manuel Rastrero González, aunque no perdieran
la vida entonces. En cambio, Emilio guarda fresco el recuerdo de aquella
experiencia temprana.
Los falangistas fueron a registrar la casa de
Felipe, exigiendo la entrega de una bandera del partido socialista. No
la encontró, o no la quiso entregar. Los victimarios le dispararon a las
piernas cuatro o seis tiros, y se fueron a comer “donde Gonzalo el del
Bar de la Plaza”, con la amenaza de volver y matarlo si no entregaba
dicha insignia. El herido se desangraba, y sus familiares lo vendaron y
lo metieron en la cama.
La esposa mandó al informante, sobrino suyo, a
buscar al médico, que no quiso acudir. Y Felipe fue rematado por los
matones en su propia casa delante de la familia. Esta víctima estaba
emparentada con otro informante, Vicente Carballo, que globalmente
corrobora la versión de Emilio (CdF 2008).
Este
informante ha estado atento a la transmisión oral de la represión vivida
en su entorno local y comarcal, según la cual en la eliminación de este
y otros vecinos habrían participado falangistas de Casillas de Flores,
que también actuaron en los asesinatos cometidos en Fuenteguinaldo y en
los conatos de Navasfrías en las primeras semanas de agosto de 1936.
Había una copiosa “lista” de víctimas elegidas, que habría aligerado el
sargento de la Guardia Civil de otro pueblo, por estar casado con una
mujer de Casillas y ver en el listado el nombre de un cuñado suyo en
tercer lugar, y al final varios sacados se librarían en el viaje
macabro, porque quienes los llevaban los habrían dejado escapar, aunque
esto solo es conjetura.
El octavo lugar de la nómina lo ocupaba el
propio padre del informante, Francisco Hernández, a quien, por aquellas
fechas, un tal “Gallina le metió la escopeta en la boca”, en presunto
simulacro de ejecución. Otro día se salvó de lo peor, gracias al aviso
de una persona recientemente fallecida, compañera de la infancia y
vecina de Emilio, de nombre Ángela.
Cuando volvía del trabajo con su
padre les dijo que “los estaban esperando a la puerta los falangistas”.
Francisco tuvo que esconderse cerca de la frontera portuguesa con un
hermano suyo, llamado Ángel, y dos primos. El propio informante les
llevaba la comida, después de que gente amiga, en un carro de vacas,
condujera a la madre y otros tres hijos, el mayor de ellos enfermo de
meningitis (supra), a las Cuestas de Alberguería de Argañán.
A
pesar de la tremenda paliza, Emilio no reveló el paradero desconocido
para los perseguidores, que terminarían por enterarse y fueron a buscar a
los fugitivos “cuando estaban trillando”. El dueño de la finca se
interpuso.
Y esta persona perseguida acabó de pastor del conde de
Montarco (Eduardo de Rojas Ordóñez), dueño de Sageras, aunque esto sería
más tarde, después de la guerra, cuando el informante tenía 14 años
(1942). Francisco Hernández iba con las ovejas paridas y su hijo
ayudaba, yendo con las machorras.
A partir de los 10 años, Emilio siguió la carrera de los niños y
adolescentes pobres de este territorio, sirviendo a diversos amos por la
comida y poco más (la cagada de lagarto). Empezó cuidando
cabras en una finca de Puebla de Azaba, donde era criado su padre, al
servicio de Guillermo Montero, que era de los que habían tratado de
implantar allí el partido de Unión Republicana.
Emilio ya no regresaría
a Casillas de Flores, donde “había falangistas muy malos”, que en la
época de la persecución del padre obligaron a “la abuela María” y a
otras personas mayores que trabajaban en las eras a cantar el “Cara al
sol”, como solían hacer aquellos bárbaros cuando no recibían encargos
macabros.
No tendría que viajar mucho para encontrar señores a quien
servir, como Ángel Plaza, de quien fue criado en Sexmiro, hasta el
servicio militar. Entonces empezó de verdad a recorrer mundo, pues lo
destinaron a Melilla y después a Alcalá de Henares, en el Regimiento de
Caballería, nº 14. (...)
A pesar de su carácter templado y pacífico, desde joven Emilio nunca
tuvo relaciones fluidas con las autoridades religiosas y civiles de la
España franquista. Si con el párroco local se atascaron en los
prolegómenos de su matrimonio, con el alcalde se echaron a perder poco
después de la boda, según cuenta. “Volvía de arar con su suegro, y la
mujer le dice que el señor Justo le manda ir a su casa. Iba a venir el
Caudillo a Ciudad Rodrigo a inaugurar un pueblo que han hecho. Hay que
traer las camisas”.
Se trataba de disfrazarse de falangista y participar
en la acogida masiva y “espontánea” de Franco, el colonizador de las
riberas del Águeda, que, después de una novedosa y gloriosa travesía
fluvial, recibió una ofrenda verbal, algo redundante, prosaica y
ramplona, pero grabada en una placa para imborrable memoria (hasta
ahora): “Franco / Caudillo de España / al visitar el día 9 de mayo de
1954 las zonas de / riego del Águeda inauguró este pueblo que como
modesta / ofrenda al jefe del Estado lleva el nombre de / Águeda del
Caudillo / en prueba de gratitud por sus constantes afanes
colonizadores”.
Emilio no quiso ir a hacer bulto en aquella
pantomima, y por ello se quedó en paro forzoso, sin que le sirviera de
mucho el tardío recuerdo de una lapidaria frase de su madre: “Nunca hay
mejor palabra que la que hay por decir”. Y como tampoco había tenido
nunca otros recursos que sus manos, siguió la corriente migratoria,
dejando de lado la opción del contrabando, al que iba mucha gente en la
Raya para tratar de sobrevivir. De hecho algunos quedaban cojos o mancos
en la empresa e incluso perdían la vida a manos de la Guardia Civil,
como en Casillas el hermano de una vecina suya. (...)" (Salamanca al día, Ángel Iglesias Ovejero, 22/02/18)