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16/3/17

Johann Trollmann, el boxeador gitano que desquició a los nazis. Tras ser esterilizado, se vio obligado a divorciarse de su mujer y separarse de su familia con el fin de salvar sus vidas. Terminó siendo torturado y enviado a un campo de concentración...




Johann Trollmann  

"Boxeador afeminado cuyo estilo nada tiene que ver con el boxeo ario de verdad”. Así tildaban las autoridades nacionalsocialistas al púgil Johann Trollmann en su periódico oficial, el Völkischen Beobachter.

 Cabe decir que ese mismo estilo de boxear —impuro para algunos— marcó época y fue bautizado como el “baile de Trollmann”, una suerte de coreografía improvisada a base de fintas y movimientos cortos que poco o nada tenían que ver con la ortodoxia de la época, a saber; un estilo hierático atrincherado en mandobles como panes.


Gitano, pobre de necesidad y tan sobrado de talento como de orgullo, la vida del joven Rukeli —apodo que significa “árbol joven” en alusión a su figura esmirriada— bordeó lo tragicómico si no fuera porque el prefijo terminó por imponerse. 

Su historia la cuenta Dario Fo en El campeón prohibido (Siruela), legado póstumo del gran dramaturgo italiano en el que novela la vida de este luchador que osó mofarse del arquetipo ario ante la plana mayor de un nazismo que cogía carrerilla.


Ocurrió en 1933, Trollmann acababa de tumbar al ídolo germano Adolf Witt, notable bigardo y campeón de los pesos pesados al que hizo besar la lona en repetidas ocasiones pese a la diferencia de peso y tamaño existente.

 La victoria parecía asegurada pero el jurado tuvo a bien detener la pelea sin motivo aparente. La parroquia entró en cólera y ante la presión —volaron sillas, poca broma— no tuvieron más remedio que otorgarle el triunfo al bueno de Rukeli. La emoción contenida quebró al campeón y no pudo —o no quiso— contener el llanto. Tremendo delito.


Una semana después las autoridades nazis le retirarían la victoria definitivamente alegando que un boxeador no podía llorar sobre el ring, “mal boxeo y pobre comportamiento” —decía el veredicto. La razón era otra, ¿un cíngaro danzarín campeón de boxeo en plena efervescencia nazi? ¿Estamos locos?

 La oportunidad para resarcirse no tardaría en llegar pero lo haría en forma de regalo envenenado. La Asociación Alemana de Boxeo le conminó a una nueva pelea, esta vez contra Gustav Eder, boxeador que años más tarde se convertiría en campeón de Europa y —lo que es más importante— Rukeli debía olvidarse de esos “movimientos poco decorosos y luchar como un alemán”.

Un órdago al nazismo


Ed. Siruela


“Tengo que aprender a boxear como un alemán, como un ario nada menos. Tengo que quedarme quieto como un don Tancredo en el centro del ring y renunciar a mi estilo. Cuando es precisamente mi estilo lo que me permite ganar”, se lamenta el púgil de la mano de Fo. Lejos de amilanarse, decidió comparecer ante Eder con el rostro enharinado y el pelo teñido de rubio.

 Cuentan las crónicas que se mantuvo en el centro ring, impávido, recibiendo de lo lindo hasta caer rendido al quinto asalto.

Aquello fue el fin de su carrera. Tras ser esterilizado, se vio obligado a divorciarse de su mujer y separarse de su familia con el fin de salvar sus vidas. Terminó siendo torturado y enviado a un campo de concentración, lugar en el que su inquebrantable dignidad volvió a jugarle una mala pasada. Obligado a combatir para el regocijo del personal, tuvo que enfrentarse con uno de los kapos que, humillado tras la derrota, le asesinó brutalmente con un palo."                  (Juan Losa, Público, 15/03/17)

19/12/13

Setenta mujeres demacradas eran enganchadas al primer vagón, con 2 toneladas de piedra, para que hicieran de locomotora



“Todos los campos contaban con canteras, pero las de Plaszow eran algo especial: aquí, las mujeres empujaban caravanas llenas de piedras hasta el Distrito Nuevo, don-de nace la avenida de las SS. Irónicamente, los alemanes se referían a estos transportes como ferrocarriles de tracción humana.

 Consistían en tres vagones unidos, cada uno de los cuales contenía dos toneladas de piedra. Setenta mujeres demacradas, ordenadas en dos filas, eran enganchadas al primero para que hicieran de locomotora.

 Iban vestidas con harapos o sacos y estaban muy mal alimentadas. Durante el turno de doce horas tenían que satisfacer una cuota de quince trayectos, de noche y de día, nevase, lloviese o helase.

Realizaba la tarea de desgajar la piedra el destacamento de castigo, cuyos miembros tenían la espalda marcada con un círculo rojo. Era el trabajo más arduo. El encargado de la cantera era un alemán de pura raza aria con un triángulo verde en el pecho que lo identificaba como criminal profesional, algo de lo que estaba orgulloso. 

Su mayor placer era el asesinato. Cuando no había otras víctimas a mano, elegía judíos. Se jactaba de ser un miembro destacado de la banda de Dillinger en Estados Unidos, lo que le había costado una condena a cadena perpetua. 

Le encantaba derribar a una víctima, apoyarle una vara en la garganta y presionar los extremos con los pies hasta estrangularla. Otro de sus «juegos» era ordenar que alguien del destacamento corriera en círculos con una piedra pesada a la espalda, mientras él permanecía en el centro propinándole latigazos como si fuera un animal en el circo.

 Así proseguía hasta que la víctima caía y era aplastada hasta la muerte por la roca. Como encargado, este criminal perfeccionó sus propios métodos de matar e insistía en aplicarlos personalmente.”  

(Joseph Bau: El pintor de Cracovia. Ediciones B. S. A. 2008, pág. 159/160)

30/4/13

A menudo hablaba con kapos, y un kapo tenía que golpear y apalear para salvar la vida



"SOLDADO DE PRIMERA RICHARD BOCK.  Guardia de las SS en Auschiuitz-Birkenau.



Un jefe de bloque podía incluso decidir la vida o la muerte de un prisionero. Recuerdo, y no una sino varias veces, que pasaba un Sonderkommando [«equipo especial» de presos trabajadores] y un jefe de bloque llamaba con furia al kapo [preso de confianza]: «Kapo, ven aquí». 

El kapo se acercaba y él, zas, le daba al kapo en la cara con tanta fuerza que caía al suelo, y el jefe le ponía la bota encima si el kapo no tenía la suerte de levantarse con rapidez. Y entonces decía: «Kapo, ¿sabrías darles golpes mejores?».

 Y el kapo echaba a correr, empuñaba un palo y golpeaba a la cuadrilla de presos indis-criminadamente. «Kapo, ven», gritaba el jefe de nuevo. El kapo se acercaba y él le decía: «Acaba con ellos», y entonces volvía y acababa con los presos, los mataba a palos. Dondequiera que se mirase, no había más que palizas, puñetazos y más puñetazos. 

Fue particularmente horrible en Auschwitz en 1941. Muertos a palos, muertos a palos dondequiera que se mirase. Hoy no condenaría a ningún kapo que conociera. A menudo hablaba con kapos, y un kapo tenía que golpear y apalear para salvar la vida."

 

 (Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 288)

18/5/09

Los "100 del terror", los ayudantes de las SS

La crueldad de los guardias ucranios durante el acarreo de judíos hacia las cámaras de gas de Sobibor (Polonia), a patadas y bayonetazos, será nuevamente recordada por el único sobreviviente de aquel campo de exterminio: Thomas Blatt, de 82 años, testigo de cargo contra el ucranio John Demjanjuk, de 89, extraditado de Estados Unidos a Alemania para responder por la muerte de 29.000 judíos entre 1942 y 1943. "¡Agua!", avisaba un operador nazi cuando el gas fluía hacia las cámaras donde hombres, mujeres y niños eran envenenados en tandas de 1.300. El procesado sería, según la fiscalía alemana, el sádico carcelero del campo donde fueron gaseados 250.000 prisioneros.

El testigo Blatt asegura que nada conmovía a aquel guardián, ni siquiera las involuntarias deposiciones de las mujeres agolpadas en los pasillos de acceso a las cámaras cuando escuchaban los gritos de sus padres, maridos o hijos mientras perdían la vida a metros de distancia. Ellas serían las siguientes. (...)

"Sin la ayuda de los cien ucranios de Sobibor, los 30 alemanes de las SS [la policía política del régimen nazi] no hubieran podido asesinar a 250.000 judíos. Eran aterradores", declaró Blatt, quien tenía 15 años cuando se produjeron las matanzas en el campo de Sobibor. Los cien del terror fueron soldados del Ejército Rojo hasta su captura en Crimea por los alemanes durante la invasión de Rusia, en 1941, y los cien ofrecieron su activo antisemitismo a los nazis. El reo de crímenes contra la humanidad no fue una víctima de los alemanes, un prisionero de guerra más, como argumenta su defensa, sino un verdugo de 23 años al servicio de las temidas SS: un peón de la poderosa maquinaria militar y de seguridad del Tercer Reich. (...)

"No eran guardianes. Eran asesinos que se convirtieron en guardianes para vivir mejor", indicó.

¿Y cómo vivían mejor? ¿Cómo pagaban a las prostitutas? El salvajismo de los látigos, porras y bayonetas de los esbirros ucranios complacía a sus mandos nazis, que les permitieron lucrarse con la desgracia de los judíos, a quienes exigían joyas y dinero a cambio de piedad; si nada tenían, robaban las pertenencias de los muertos, apiladas en almacenes. Algunos acudían a los hornos crematorios a sabiendas de que entre las cenizas humanas habrían de encontrar los anillos o monedas de oro tragadas por las víctimas para salvarlas. (...)

Había unos 5.000 ucranios como John Demjanjuk adscritos a los batallones de las SS. Todos ellos recibieron entrenamiento y sus nombres aparecen en los archivos de la desaparecida URSS, que ejecutó a 15.

El cometido de esas criminales escuadras fue expulsar a los judíos de los guetos y empujarles hacia los trenes, rumbo a las cámaras de gas. Quinientos, entre ellos Demjanjuk, recibieron licencia para matar, según los datos de la fiscalía. Un número tatuado en el sobaco izquierdo, que el procesado habría borrado, les identificaba como servidores de las SS. (...)

Las bestialidades de aquellos guardianes ucranios fueron detalladas por el ex oficial nazi Franz Suchomel durante su entrevista, hace 25 años, con el documentalista francés Claude Lazman. En esta ocasión, el ex oficial nazi hablaba de Treblinka: "Después de separarlos por sexo y ordenarles que se desnudaran tras bajar de los trenes, la técnica consistió en acelerar el proceso golpeando a todos para que nadie se resistiera y corrieran en la dirección de las cámaras de gas", donde morirían. "Haciéndoles correr aumentaban los latidos del corazón y el proceso [la muerte] era más rápido". Los pasajeros de algunos convoyes nada sabían sobre su destino y algunas adolescentes judías, cuando acudían al barbero para el pelado de la muerte, pedían, por favor, un corte de pelo no demasiado corto."  
(El País, ed. Galicia, 17/05/2009, p. 6)