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18/2/25

Rosario Migoya Espinilla, fusilada el 27 de agosto de 1940, a la edad de 37 años... Rosario tenía seis hijos que fueron repartidos en instituciones religiosas y “alguno regalado a familias del régimen” (Eva Máñez, CTXT)

 "85 años después, hijos, nietos y bisnietos de once de las víctimas de la fosa 126 pueden por fin cerrar la herida abierta en el lugar donde yacían sus familiares. Diez hombres y una mujer comprometidos con la defensa de los valores que representaba la II República; valores de libertad, igualdad, progreso, solidaridad y ciudadanía, que hallaron en Paterna el pelotón de fusilamiento franquista y una fosa común. El de la 126 es el relato de las últimas fosas exhumadas en la localidad valenciana, la intrahistoria silenciada de la represión franquista que ahora por fin puede hacer su duelo y reconstruir las historias familiares ocultas por el terror institucionalizado. Familiares y militantes memorialistas se dieron cita el domingo 16 de febrero en el Memorial 2228 del cementerio de Paterna en una emotiva ceremonia organizada por las propias familias. En ella, se nombraron a todas las víctimas de la fosa 126, y los cuerpos identificados pudieron ser entregados a sus seres queridos.

Rosa Navarro Damiá, de 92 años, abrazaba la pequeña caja con los restos óseos y suspiraba “mon pare”. Cuenta Rosa que se acuerda de que su padre le enseñó a leer y que su madre “lo pasó muy mal” al quedarse viuda con tres criaturas. “En casa había mucho silencio y mucha pena, mi madre lloraba mucho, pero nunca nos inculcó ningún odio”, rememora. “Tuvimos que irnos a casa de una tía para poder comer y yo a los quince años a servir a Barcelona y luego a Francia. En aquel tiempo no teníamos derecho ni a hablar ni a respirar”. Rosa cuenta que la alegría no le cabe en el cuerpo. “Mi padre dio la vida para que todos viviéramos bien y eso nunca lo hemos olvidado en mi familia”, concluye rodeada de sus hijos y nietos que ahora la acompañarán al cementerio de su pueblo Benicull, para inhumar los restos óseos junto a los de su madre.

Entre el 27 de agosto y el 14 de septiembre de 1940 fueron fusiladas 243 personas en Paterna, en cinco sacas –se llama saca a cada una de las veces que fusilaban a un grupo de republicanos en el Terrer–. De ellas, al menos 170 (algunas fuentes hablan de 200) fueron volcadas a una fosa de dos por dos metros y cinco de profundidad.

A la 126 se la llama la “fosa de la terra” porque muchos de ellos eran agricultores y jornaleros que, junto con chóferes, obreros, agentes de seguros y guardias civiles fieles a la República, provenían de diferentes lugares del País Valencià: Torrent, Beniparrell, Picanya, Villar del Arzobispo, Massanassa, Alcàsser, Benaguasil, Massamagrell... y un largo etcétera que incluye otras partes de España como Murcia, Ciudad Real, Girona o Teruel. También es conocida como la fosa ‘de les rajoles’, ya que un modesto memorial, realizado en los años ochenta por parte de los familiares a modo de protección y recuerdo de sus seres queridos, cubrió la fosa con azulejos con el nombre y profesión de algunos de los que allí yacían.

Entre los once republicanos que fueron entregados a sus familias se encuentra una mujer, Rosario Migoya Espinilla, fusilada el 27 de agosto de 1940, a la edad de 37 años. Rosario tenía seis hijos que fueron repartidos en instituciones religiosas y “alguno regalado a familias del régimen”, relata Carlos Bleda Gregori, el nieto que comenzó en 2017 a intentar reconstruir una historia familiar llena de silencios. “No se nos hablaba de ella en absoluto y si preguntábamos, mi madre decía: ‘callaros que las paredes oyen’. Solo sabíamos que había sido fusilada y que estaba en Paterna”. Otra de sus nietas, Amparo Gregori, añade que el silencio era “una manera de protegernos”. Para Carlos “ha sido un proceso muy largo con muchas zancadillas y muchas trabas. Pero todas estas dificultades nos han hecho más fuertes y no vamos a acabar aquí, vamos a seguir buscando. Recuperar el cuerpo de Rosario es justicia, ahora falta la reparación”.

En el año 2012, Pepita Celda consiguió el permiso y la subvención para poder localizar los restos de su padre, José Celda Beneyt. Fue la lucha titánica y pionera de una anciana ante todas las trabas burocráticas. Ella recordaba que su padre, junto a 15 republicanos de Massanassa, fue enterrado en una fosa muy grande y que su familia consiguió, tras pagar 25 pesetas al enterrador, poder ponerle en un ataúd con una botellita de cristal con su nombre. Su padre era quien cerraba la fosa: debajo de él había doscientas personas más. El equipo de arqueólogos de Paleolab halló al padre de Pepita y a otros once fusilados en ataúdes y con sus botellitas. El suelo de cal evidenciaba que había más gente debajo de ellos, pero la normativa de entonces no les permitió seguir excavando y exhumando. Así que la fosa se cerró y se volvieron a poner los azulejos encima.

En 2017, María Navarro buscaba el cuerpo de su abuelo: el concejal de Picanya José Navarro Ángel, fusilado el 12 de septiembre de 1940. Para ello montó la Asociación de Familiares de Víctimas del Franquismo de la Fosa 126 de Paterna con un puñado de descendientes de fusilados. “Éramos los imprescindibles para poder constituir una junta directiva”, cuenta. “Para exhumar había que crear una asociación, no nos quedaba otra que seguir para adelante y a partir de ahí la tarea era buscar a las familias. Pero la cosa fluyó muy rápido y empezamos a encontrar gente, familias, hasta llegar a los más de cien que somos actualmente”, continúa María. Uno de los primeros actos de esta asociación fue nombrar a Pepica Celda presidenta honorífica. 

En el memorial, María agradeció a las familias su “resiliencia y perseverancia” y recordó “el sufrimiento, humillaciones, abusos y muerte de las víctimas” que han sido afectadas “de manera transversal en diferentes generaciones”. “Aquí estamos, en pie de lucha, pero una lucha pacífica, firme y constante, reclamando verdad y justicia”. “Estas once personas fueron juzgadas sin posibilidad de defensa por consejos militares y asesinadas por fascistas golpistas una vez finalizada la guerra, en tiempo de paz”. 

Esta ha sido la tercera ceremonia desde que finalizó la exhumación en 2022. La Asociación de Familiares de Víctimas del Franquismo de la Fosa 126 de Paterna (Valencia) las organiza conforme avanzan los resultados de las pruebas de ADN.  Aún están a la espera de que se pueda identificar a más víctimas. A pesar de que la fosa está exhumada, todavía queda un largo camino para identificar todos los restos, por eso siguen buscando a personas que crean que sus familiares pudieron ser fusilados en Paterna los días 27, 29 de agosto o el 11,12 y 14 de septiembre de 1940 [la asociación pide que se pongan en contacto con ellos al mail Familiarsfossa126paterna@gmail.com para poder informarse y cotejar los datos genéticos].

El domingo 16 de febrero fue un día de alegría en un largo recorrido iniciado en diciembre de 2021, cuando comenzaron los trabajos de exhumación gracias al empeño de los familiares y una subvención de la Generalitat Valenciana. Tras siete meses de intervención, los arqueólogos de Atics localizaron los restos de 141 víctimas de la represión franquista. Para esta empresa de arqueología, con amplia experiencia en fosas en todo el territorio, este trabajo supuso un reto por varios motivos. La principal dificultad según el coordinador de la exhumación, Frances Xavier Florensa, fue la saponificación (proceso por el que la grasa se convierte en una masa parecida al jabón). Otra dificultad fue la de tener que trabajar a cinco metros bajo tierra, lo que según el arqueólogo implica “una gran dificultad logística”. “No se trata solo de sacar cuerpos”, insiste Florensa, “todo se hace manualmente por un equipo multidisciplinar muy cualificado”. 

El Terrer de Paterna (València) –un muro, todavía en pie y sin significar cercano al cementerio– es el lugar donde se constata el mayor número de crímenes contra la humanidad una vez acabada la Guerra. En España, solo el cementerio del Este de Madrid lo supera en número. Aquí fueron asesinadas 2.238 personas provenientes de diferentes municipios valencianos y de otras localidades del territorio español, sepultadas en 130 fosas. Este genocidio comenzó dos días después de finalizar la guerra y continuó hasta el año 1956. En los últimos 20 años más de 1.600 cuerpos han sido recuperados en exhumaciones científicas realizadas en 84 fosas. 240 víctimas han podido ser identificadas gracias a las técnicas de secuenciación masiva de ADN que permiten una alta fiabilidad con muestras de familiares de segundo y tercer grado."         (Eva Máñez, CTXT, 18/02/25)

11/4/22

Los arqueólogos del CSIC hallan un campo de concentración franquista intacto en la España vaciada... Más de 4.000 presos vivieron semienterrados, hacinados y mal alimentados en un monte de Guadalajara, en el que se conservan desde abril de 1939 los restos de aquel infierno

 "Hay tan poca gente que los corzos se dejan ver a las once de la mañana, sin miedo ni prisa al cruzar la carretera que en la siguiente curva perderá el asfalto y se convertirá en una pista de tierra. El último pueblo que hemos dejado atrás, muy próximo a la carretera de Barcelona, está vacío a la espera del verano. 

Por esta parte de La Alcarria no pasó ni Camilo José Cela en su famoso viaje. Está tan abandonada que no hay ni basura. Los únicos restos que nos encontramos son las latas de conservas que dejaron los soldados franquistas y pequeños vestigios de los prisioneros del campo de concentración que vivieron el último de sus días en este bosque de carrascas y quejigos.

En los mapas que señalan los 300 campos de concentración franquista no hay una localización exacta del de Jadraque, en Guadalajara. En el pueblo lo conocen, han jugado de niños en los barracones de piedra en los que vivieron los soldados del ejército de Franco. Son los únicos que quedan en pie, ensartados por las ramas de los árboles y los matorrales que crecen sin freno y esconden la memoria de la humillación y la represión.

Donde no era habitual ver a los vecinos era en los casi 30 túmulos que aparecen a ambos lados de un camino muy estrecho. En tiempos de máxima ocupación llegaron a albergar a más de 4.000 personas, que debieron de vivir en unas condiciones pésimas en estos agujeros horadados en el suelo. Son franjas que han sido tomadas por la vegetación y ahora descubiertas por el grupo de arqueólogos del Incipit-CSIC, liderado por Alfredo González-Ruibal y Luis Antonio Ruiz, con financiación para tres semanas de trabajo de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática.   

Un crimen de guerra

No ha pasado el tiempo ni las personas y los restos se mantienen congelados sobre el terreno y debajo de la maleza. Ahora el equipo de ocho personas mueve tierra y arbustos para descubrir las condiciones en las que estuvieron desde 1937 los prisioneros. Los sublevados primero usaron a los reclusos republicanos capturados en el norte para levantar los barracones de los soldados franquistas, que luchaban en el frente de Guadalajara. Luego, entre marzo y abril de 1939 se convirtió en campo de concentración. Uno de cada 20 españoles estuvo prisionero en uno de ellos entre 1937 y 1939, cuenta Luis Antonio Ruiz. 

“Lo del campo de concentración no lo conocíamos”, dice el alcalde de Jadraque, Héctor Gregorio Esteban (PSOE). Fueron los investigadores locales Alfonso López Beltrán y Julián Dueñas quienes descubrieron las excavaciones en la tierra y los documentaron con un vuelo de dron. Una vez revisaron el Archivo General Militar de Ávila y los datos del Instituto Geográfico Nacional encontraron documentos que hablaban de la existencia en el monte de un puesto de mando, una central de transmisiones y un campo de concentración. Aquí hubo desde mayo de 1938 efectivos de la 74 División, el 131 Regimiento Bailén y la 73 División. Hasta marzo de 1939 hay censados un total de 4.338 prisioneros.

Es decir, fue un recinto militar durante la guerra y, a partir de 1939, un campo de concentración efímero e improvisado, usado para concentrar a los soldados que se rendían en masa. Cuentan los expertos que los barracones se acabaron a finales de 1938, cuatro meses antes de que acabara la guerra. “Es el inicio de un periplo infernal que podía extenderse durante una década o acabar con la muerte. A partir de este bosque entraban en una cadena operativa que les llevaba por cárceles o campos de trabajos forzados. Todos estos centros son las factorías donde se elimina al sujeto que no puede ser incorporado al nuevo Estado”, resume Alfredo González-Ruibal a este periódico.

“Este campo de concentración es una prueba de crimen de guerra, claramente. Aquí no se cumplieron las condiciones mínimas de tratamiento de los prisioneros de guerra. Estuvieron en zanjas, vivieron semienterrados, hacinados y mal alimentados. Si lo viéramos en Ucrania nos llevaríamos las manos a la cabeza”, asegura González-Ruibal. Vivían en madrigueras, rodeados por una cerca de alambre de espino. Nada que ver con la imagen popular de los campos del nazismo, organizados en barracones y calles trazadas. “Los tenían como si fueran ganado”, indica Luis Antonio Ruiz.   

Memoria intacta

Para el grupo de trabajo, el hallazgo es único porque se conserva intacto. Dicen que es difícil encontrar otro con una entidad material similar a la que hay en Jadraque. Se conservan trincheras, un campamento militar, un campo de trabajos forzados y el campo de concentración. Es un sitio de memoria, pero también de patrimonio. Apenas bastaría con clavar los carteles para museizar el lugar, bromean por el estado de conservación en el que se encuentra. Solo la voluntad política puede hacer realidad que este sitio no desaparezca.  

“Los restos que han quedado son de mucha identidad”, dice Ruiz, al que le llama la atención la falta de conocimiento que hay sobre los campos de concentración franquistas. “Fue un fenómeno masivo, prácticamente todo el mundo tenía uno a la puerta de su casa”, asegura el arqueólogo que está convencido de que en los próximos días irán apareciendo elementos decisivos para comprender cómo sobrevivieron a las inclemencias los presos en unas condiciones infrahumanas. El invierno de 1937 fue el más frío de los años treinta.

La causa del olvido, sostienen los arqueólogos, es el franquismo. “Tuvo muchos años para naturalizarse y para hacerse pasar por un régimen desarrollista de un autoritarismo blando. Luego, la Transición tampoco ayudó a denunciar el borrado de los hechos”, comenta Ruibal. Por si fuera poco, la represión de los vencidos en las poblaciones cercanas al campo de concentración no debió ayudar a mantener el recuerdo de un lugar infernal. Aquí se clasificaba a los prisioneros por su identidad política. Si eran leales, afectos al régimen o si había que fusilarlos. Los arqueólogos no esperan encontrar restos de cuerpos humanos porque los mataban en lugares apartados.  

Un lugar de silencio

En las fotografías aéreas que hizo la aviación norteamericana en los años cuarenta y cincuenta se observa un terreno bien diferente a la frondosa extensión que tenemos delante. En aquellas imágenes no hay ni rastro de la mancha verde que encontramos en los mapas actuales. La mayoría de los lugares traumáticos de la Guerra Civil fueron reforestados después de 25 años, invisibilizados y silenciados.

Además, lo normal es que estos espacios de represión se reciclen. No es el caso. Ha quedado congelado en el tiempo, escondido por el bosque que ha hecho el trabajo sucio y ha ocultado los crímenes. “La guerra pasó a ser un tabú. No querían hablar nada. Ayudó a que esto se olvidara”, dice el alcalde de Jadraque. 

Y después llegó el éxodo a las ciudades. El momento en que más población hubo en esta zona fue durante la guerra civil. La población se marchó y la memoria que resume la guerra y el inicio de la posguerra más terrible quedó envasada al vacío."                  (Peio H. Riaño  , eldiario.es, 5 de abril de 2022)

16/11/21

Partido comunista indonesio: el exterminio olvidado

 "En octubre de 1965 se inició en Indonesia una masacre masiva de proporciones genocidas. Después de un intento fallido de arresto de altos oficiales hostiles al presidente Sukarno –principal artífice de la Conferencia de Bandung de 1955 y gran figura del anti-imperialismo tercermundista– las fuerzas militares, con el general Suharto a la cabeza, emprendieron la eliminación sistemática del partido comunista indonesio: los miembros del PKI, apoyo de Sukarno, y toda organización, familia o persona sospechosa de ser cercana al mismo, fueron exterminados por centenares de miles.

Con el aliento y la asistencia de Gran Bretaña y Estados Unidos, fue borrado del mapa el tercer mayor partido comunista, tras los de la URSS y de China. Desapareció así la eventualidad de un desarrollo suplementario del socialismo en el sudeste asiático, en uno de los mayores países del mundo. Con el exterminio del PKI y el comienzo del largo reinado de Suharto (hasta 1998), las potencias imperialistas completaron y reforzaron una pieza clave en su mecanismo de contención (Tailandia, Malasia, Singapur, Indonesia, Filipinas) del Asia comunista.

Tras la aparición del libro Pretext for Mass Murder, en 2006, los trabajos de John Roosa sobre este episodio han servido de referencia en la casi totalidad de investigaciones sobre este país y sobre el Sudeste asíatico de los años 1960. Con ocasión de la aparición de su obra Buried Histories : The Anticommunist Massacres in 1965-66 in Indonesia (The University of Wisconsin Press, 2020), John Roosa ha aceptado responder a las preguntas de Contretemps.

Contretemps : Quiero comenzar por las circunstancias en que has realizado tu investigación y escrito tu trabajo sobre Indonesia en los últimos veinte años. El libro del que vamos a hablar, como se entiende, es la tercera entrega de lo que es ya una trilogía[1]. ¿Puedes hablarnos de la trayectoria de conjunto de este trabajo de larga duración, desde la primera publicación (en indonesio) en 2004?

John Roosa: Me dirigí por primera vez a Indonesia, por razones personales, a mediados de los años 1990 y las movilizaciones que se estaban dando contra el régimen de Suharto[2] y también, al mismo tiempo, por la independencia del Timor oriental despertaron mi interés por este país, empujándome a dedicar mi trabajo a ello. Ocurrió después una sucesión de grandes acontecimientos: la caída de Suharto en 1998, más tarde el referéndum por la independencia del Timor oriental en 1999. Me sentí íntimamente ligado a estos acontecimientos, que analicé de cerca, haciendo amistad con diversas personas comprometidas en los mismos, y en solidaridad con ellas.

Sin embargo, dada mi formación de historiador, quise abordar un proyecto sobre la historia indonesia. Me sorprendió el hecho de que los acontecimientos de 1965-66, cuando Suharto tomó el poder y miles de personas fueron masacradas,  siguiesen siendo tan mal comprendidos. Por tanto, desde 2000, junto a un grupo de investigadores indonesios, entrevisté a antiguos prisioneros políticos. Nuestra prioridad era simplemente entrevistar a todos los prisioneros que pudiéramos encontrar, a fin de cuentas unos cuatrocientos, así como a miembros de sus familias en las distintas regiones de Indonesia: en Java, en Bali y en otros sitios. En el origen de mi investigación y de mi trabajo, hasta mi libro más reciente, se encuentra lo que inicié en 2000: entrevistas orales con antiguos prisioneros políticos.

CT: ¿Cómo han ido cambiando durante estos veinte años, en la propia Indonesia, las condiciones de la investigación? En tu libro te refieres a varios acontecimientos que parecen haber abierto posibilidades nuevas de discusión sobre lo que ocurrió en 1965 y posterior. Por ejemplo, el libro acaba con una discusión del “simposium” que tuvo lugar en Indonesia en 2016[3]. Su resultado final no fue desde luego muy novedoso, pero su mérito estuvo en haber tenido lugar, y pareces sugerir que permitió una forma de palabra pública sobre estos acontecimientos. Pienso también en tu alusión a la apertura de una colección en los archivos nacionales en 2013, o incluso en el  fin de la censura contra tu libro de 2006 (Pretext for Mass Murder[4]). A pesar de todas las dificultades persistentes, ¿el entorno de investigación se ha vuelto un poco más favorable en general?

John Roosa: A veces se tiene la sensación de asistir a grandes retrocesos en cuanto a la posibilidad misma de la palabra pública, o de cualquier tipo de movilización política sobre los derechos de las víctimas de 1965-66. Después de la caída de Suharto, en 1998, hubo un gran viento de libertad y la gente tenía la sensación que las cosas ya eran posibles. A las élites del país les entró el pánico. Su posición dominante seguía siendo frágil. Además, con la salida del poder de uno de los suyos –el general Suharto-, hasta el ejército se preocupaba por su futuro (¡Suharto estuvo en el poder durante treinta y dos años!). Todo estaba centrado en su persona y, de pronto, resulta que abandona el poder. Hubo manifestaciones, aparecieron nuevos medios de comunicación, todo tipo de organizaciones, y las propias víctimas, detenidas como prisioneros políticos, indefinidamente, sin motivo, que habían sido despedidas de su trabajo, que habían visto a sus amigos, a los miembros de su familia, a sus camaradas asesinados o desaparecidos, también comenzaron a organizarse. Buen número de organizaciones se encargaron entonces de representar los intereses de las víctimas, que se expresaban ahora en tanto que víctimas y así lo reivindicaban: “¡somos víctimas!” Había desacuerdos entre unos y otros sobre la estrategia a adoptar y se formaron diversos grupos, publicando cada cual sus propios periódicos.

Cuando comencé mis investigaciones en 2000 existía este tipo de apertura, pero en todo caso había que ser discreto. No se podía actuar a plena luz. El ejército seguía estando ahí. Está presente por todas partes en la sociedad indonesia, donde hace de super-policía. El ambiente de miedo y de represión no se había disipado, pero a veces aparecían verdaderas fallas, en esta época caracterizada por el dominio de Suharto en el poder. Por eso pude llevar a cabo estas investigaciones, y mis colegas también. Las víctimas salían de la sombra, estaban dispuestas a aparecer en público y a dar su testimonio. Algunas seguían todavía aterrorizadas y se negaban a participar en entrevistas. Pero muchas se manifestaban. Después hubo, en cierta medida, un retroceso de las libertades y una reafirmación del poder militar. Aunque al mismo tiempo, se ha visto a una nueva generación, cuyo adoctrinamiento no es el mismo que sufrieron quienes crecieron bajo el régimen de Suharto. Todavía la semana pasada (al acercarse este período del año –final de setiembre, comienzos de octubre– en que se han organizado muchos acontecimientos en Indonesia), un periódico de gran audiencia, una especie de revista generalista, dedicó su portada a “La tragedia de 1965”. Eso no tiene precedentes, de hecho. De alguna manera, las cosas están más abiertas porque se habla de un pasado ya muy lejano. Pero el ejército continúa dando su propia versión de los acontecimientos, dentro del proceso de legitimación de sus exorbitantes poderes sobre la sociedad.

CT: Insistes también, hacia el final del libro, en el hecho de que hay también intereses económicos en juego, y que algunas revelaciones podrían llegar a cuestionar la manera en que fueron acaparados algunos recursos, durante o a consecuencia de los acontecimientos de 1965.

John Roosa: Desde fuera de Indonesia, es muy difícil comprender las particularidades del lugar del ejército en el seno de esta sociedad. Es una situación poco habitual. El ejército funciona por niveles imbricados, como muñecas rusas, abarcando el país entero. Hasta el punto de que hay personal militar en cada pueblo. Comienza por tanto a nivel de pueblo, con simples soldados o cabos apostados. Después se va remontando al nivel superior, hasta el nivel nacional. Hay una especie de red de oficiales en funciones estacionados por toda la sociedad, sin un papel muy definido. Dada la ambiguedad de su condición, no se puede verdaderamente decir que sirvan a los intereses del crecimiento económico o del crecimiento capitalista. Pero por lo general cumplen una especie de función de policía, o de fuerza de policía suplementaria añadida a la policía propiamente dicha, al servicio de los intereses patronales, para evacuar terrenos, requisar tierras por cuenta de una explotación hullera, o requisar tierras para nuevas superficies agrícolas. Este es su papel: servir a este tipo de intereses patronales. Pero de paso se aprovechan de  esas mismas empresas.

CT : Esos son aspectos centrales de tu libro, sobre todo cuando insistes en que “el ejército debe ser definido de manera más precisa”. Pero esto te lleva también a formular un argumento más teórico, en el que cuestionas las lecturas de Gramsci que se han mantenido ciegas ante el papel de ese poder militar concreto, y lamentas también que las discusiones sobre Gramsci hayan dejado de lado aquello que la trayectoria del PKI podía aportar para una comprensión más completa y profunda de los conceptos gramscianos de “guerra de posiciones / guerra de movimientos”. Hablaremos de este tema, pero antes que nada, la comprensión más ajustada de la cuestión del ejército te permite ofrecer un marco analítico de la dinámica de las masacres, distinguiendo las diversas categorías de responsables, reconociendo el papel de quienes se opusieron a ellas, contrastando lugares y fases (cuando ha prevalecido cierta confusión, a veces un orientalismo burdo, y sobre todo, las deformaciones y evasiones falaces del anticomunismo oficial). ¿Puedes decirnos algo más sobre este papel y este poder del ejército, como fuerza social y política, a comienzos de los años 1960, esto es en vísperas de la catástrofe?

John Roosa: El ejército, tal como existe hoy día, es una criatura de los acontecimientos de 1965-66. No fue simplemente la dictatura del General Suharto quien tomó el poder. Fue todo el ejército, todo el alto mando del ejército, que se apoderó del Estado. Los militares no se contentaron con emplear a la burocracia civil para controlar el Estado. No sólo controlaban esta dimensión del Estado, sino que disponían también de un gobierno paralelo bajo la forma de mando territorial, que extendieron después de 1965, consolidando su posición de fuerza. Todo esto continúa hoy día y representa un obstáculo permanente a cualquier forma de democratización del país. Muchos dirigentes políticos parecen aceptarlo como el orden natural de las cosas y no intentan cambiarlo, en lo más mínimo. No se oye a mucha gente reivindicar el fin de este mando territorial, aparte de algunos oficiales, muy minoritarios, para quienes “debemos ser un ejército profesional: el hecho de estar tan íntimamente mezclados con la economía política de Indonesia nos impide funcionar como un ejército digno de este nombre”. Los generales se hicieron muy, muy ricos, y se lanzaron después a la política. Se asiste por tanto a una especie de politización del ejército desde el post-1965.

Hay que recordar en todo caso que este mando territorial era anterior al año 1965 y tomó forma a final de los años 1950 y comienzos de los 1960. Al principio, permitió a las componentes conservadoras en la sociedad hacer frente al partido comunista. Entre final de los años 1950 y 1965, el partido vivía un crecimiento muy rápido y los elementos anticomunistas en la sociedad se inquietaron y se reagruparon tras el ejército. La élite de los generales era anticomunista en su mayor parte. Pero era un ejército cuyos orígenes se remontaban a la revolución de final de los años 1940, la “Revolución Indonesia”, que está bien considerada. Dicho esto, queda por saber de qué tipo de revolución se habla exactamente: la palabra se refiere, en este caso, a la lucha contra los holandeses que intentaron, a final de los años 1940, recolonizar las Indias holandesas. Fue una lucha armada. Los holandeses acabaron por renunciar en 1949, cuando Estados Unidos decidió cesar su apoyo financiero a la represión de lo que parecía ser, según ellos, un movimiento no comunista de nacionalistas indonesios.

Es una historia interesante. En 1949, Estados Unidos constató que los nacionalistas indonesios eran anticomunistas porque a finales de 1948 habían reprimido un levantamiento comunista de escasa amplitud. Se podía contar por tanto con su anticomunismo. ¡Para Estados Unidos ya no había objeción a que esa gente accediera a su independencia! En Vietnam, en cambio, Estados Unidos continuó ayudando a los franceses, hasta la derrota del ejército francés en 1954. Pero los nacionalistas indonesios levantaron el vuelo, apoyados en su propio Estado, en 1950.

Los holandeses se habían ido y el ejército era el producto de esta lucha. La situación era muy diferente a la del ejército vietnamita, lo bastante poderoso para mantener batallas ordenadas contra un ejército europeo. Este ejército indonesio era sin embargo muy grande y estaba atravesado por diversas tendencias políticas; un ejército muy politizado en la que se formaban alianzas con partidos políticos. Una componente del ejército apoyaba al PKI. El PKI se ocupaba de organizar la educación política, clases para soldados y oficiales, a finales de los años 1940. Y una vez adquirida la independencia, después de 1950, el partido comunista siguió teniendo contacto con soldados y oficiales favorables al PKI, que prestaban servicios al PKI, transmitían informaciones al PKI para facilitarle el trabajo, contribuyendo a una mejor comprensión de la situación política.

 

Sukarno era entonces presidente y se había puesto a la cabeza de una campaña anti-imperialista internacional. Hay que señalar de paso que en la Conferencia de Bandung en 1955 se trataron muchas cosas, pero no casi del contexto indonesio. ¡Esta conferencia estaba organizada en Indonesia! ¡Y por Sukarno! Pero la cuestión de quién era Sukarno y de lo que hacía, quedó en silencio. El hecho de que diez años más tarde Sukarno fuese derrocado y de que fuese masacrada toda esta generación de anti-imperialistas ligada a Bandung, eso no aparece en la literatura reciente sobre la Conferencia de Bandung… Pero sigamos.

A partir de este período 1950-65, se observaron fortísimas tensiones entre comunistas, anticomunistas, diversas componentes no comunistas, no abiertamente hostiles al PKI pero tampoco favorables. Era una coyuntura complicada y el ejército era parte actuante.

CT: Entre las escasas cosas que se conoce sobre el PKI está el hecho de que este partido era el tercer mayor partido comunista del mundo, después de los de la URSS y China. Presumo que debe haber cierta tendencia a imaginar que la referencia genérica al maoísmo basta para hacerse una idea general de lo que era el PKI. Leyendo tu libro se comprende que las cosas son mucho menos simples y mucho más específicas, sobre todo si se quiere comprender la extrema vulnerabilidad de esta organización aparentemente tan poderosa y cuyos miembros fueron exterminados de manera tan despiadada y por lo general sin defensa. ¿Qué puedes decirnos del comunismo indonesio, de su singularidad, a comienzos de los años 1960, en vísperas de estos acontecimientos?

John Roosa: No creo que la literatura sobre el PKI, por lo general escrita por universitarios extranjeros, haya comprendido la naturaleza tanto de la actividad por la base de este partido como de las posiciones teóricas más precisas del partido. En cuanto a la actividad por la base, los análisis existentes no consiguen explicar verdaderamente el enorme crecimiento del partido. Se encuentran explicaciones de tipo cultural, que asocian al partido con rasgos de la cultura javanesa (el partido estaba centrado en Java, que es la isla más poblada de Indonesia). Hay también explicaciones malthusianas, bastante burdas: la presión demográfica sobre la tierra causa pobreza, y los pobres apoyaban al PKI… Bueno, no escasean explicaciones culturales o demográficas de este tipo.

Pero yo he preferido observar estos acontecimientos remontando a los años 1920, cuando el partido comenzó a organizarse, con sus militantes de base construyendo movilizaciones populares, en los pueblos, en las fábricas y lugares de trabajo, verdaderos héroes, muy apreciados, respetados por los pabres, y con una red que se extendía a toda Indonesia. ¡Para comprender el origen del partido y su creciente audiencia hay que mirar por este lado!

En 1955, en las primeras elecciones legislativas, el PKI consiguió el cuarto puesto, muy cerca de los partidos en cabeza, y era por tanto una de las cuatro formaciones principales. Éstas apenas superaban el veinte por ciento y ningún partido tenía una ventaja clara sobre los otros. El PKI estaba ahí y era ahora muy importante. Muchos se quedaron sorprendidos, y los anticomunistas impactados: ¡¿pero de dónde ha salido toda esta gente?! Muchos no sabían nada de esta intervención entre las masas desde los años 1920, con todos esos militantes respetados por los pobres que veían en ellos su apoyo, a sus protectores, a los defensores de sus intereses.

El PKI se construyó sobre esta base, bien colocada al comienzo de los años 1950, apoyándose en la reputación de sus militantes comprometidos en la lucha por la independencia. Fortalecido por la protección de Sukarno contra la represión ejercida por las diversas élites que querían atacarlo, el partido estuvo en condiciones de desarrollarse más. Este acuerdo con Sukarno se remonta a 1959, cuando éste lanzó la política de Democracia guiada[5], apoyada por el PKI que erigió entonces a Sukarno como dirigente del partido fuera del partido. Había que seguirle y protegerle. A cambio, había que moderar algunas intervenciones y volcarse más hacia la construcción del partido, el reclutamiento de un número cada más importante de militantes. Durante estos seis años de la Democracia guiada, les fue posible actuar más a la luz del día, sin temor a la represión. El partido sacó ventaja de esta coyuntura y atrajo a mucha gente a sus filas (no se sabe exactemente cuánta: el partido hinchaba siempre sus cifras para anunciar millones de miembros, pero es cierto que este apoyo era masivo). Contaba con toda seguridad con millones –cuántos, en concreto, no se sabe– de miembros, de simpatizantes bajo una u otra forma, en tales o cuales organizaciones de masas. El partido creó un gran número de ellas, que le servían de vitrina, y permitían a cualquier persona apoyar al partido sin convertirse en miembro por completo. Campesinos, mujeres, trabajadores, artistas, y así sucesivamente (siendo por lo demás la organización de juventud la del partido mismo).

CT: ¿Las organizaciones de mujeres (Gerwani) y de artistas (Lekra) estaban por tanto afiliadas aunque sin ser formalmente organizaciones del partido?

John Roosa: Exactamente. El partido tampoco lo deseaba. Los dirigentes del partido tenían todavía la idea de que para ser miembro del partido hacía falta haber recibido una formación política; también había que haber realizado un trabajo organizativo importante, como una huelga u otra intervención que permitiera probarse. Querían por tanto disponer de ese tipo de estructuras intermedias para simpatizantes que no podían adherirse todavía al partido. En algunos casos, el partido llegaba incluso a explicar a algunas personas deseosas de adherirse que serían más útiles apareciendo como no comunistas.

El PKI hablaba de “lucha por la hegemonía”. Trataba de construir esta hegemonía a través de estas organizaciones políticas civiles, no armadas, e interviniendo en las instituciones políticas existentes, a saber, esas extrañas instituciones de la “Democracia guiada”. Conocieron un éxito considerable en este sentido.

El partido no tenía a nadie para teorizar su práctica, al contrario de lo que podía existir en otras organizaciones comunistas en otras partes del mundo. Su literatura se resumía más bien en fórmulas, siguiendo orientaciones soviéticas y chinas. Pero en su trabajo de masas, había recurrido a sus propios esbozos teóricos, que merecen ser reconocidos. Me refiero a que se le ha solido relacionar con una especie de marco gramsciano, a pesar del hecho de que el partido no había oído hablar de Gramsci, quien había formulado sus ideas en prisión. El PKI las practicaba en los hechos. Pero si se está interesado en Gramsci, hay que interesarse en la acción del PKI, en la medida en que fue a la vez la versión más acabada de una práctica gramsciana, y también su mayor fracaso.

CT: ¿Puedes decirnos algo más sobre este tema? En el libro, tu crítica de algunas lecturas expertas de Gramsci es bastante severa, por su olvido de la cuestión central del poder militar como componente determinante en este contexto.

John Roosa: Me haría falta escribir más extensamente y desarrollar este argumento que se cita en este libro, en el que me esfuerzo por realizar varias cosas al mismo tiempo. No pienso que se haya comprendido la estrategia militar del PKI. A la vez que movilizaba a gran cantidad de civiles, mantenía relaciones con miembros del ejército. Los utilizaba, y al revés. Después, en 1965, el dirigente nacional del PKI, D. N. Aidit (objeto de mi libro de 2006, Pretext for Mass Murder), quería utilizar esta presencia clandestina del partido en el seno del ejército para llevar a cabo una acción destinada a purgar la dirección. Aidit recurría por tanto a esta dimensión clandestina, no oficial, del partido, a esta red de simpatizantes en el ejército para pasar a la acción. Fue un fracaso que se atribuyó a todo el partido, cuyos militantes fueron perseguidos y asesinados. El libro Buried Lives se concentra sobre todo en esta violencia dirigida contra los militantes del partido.

Pero yo he querido mostrar que el PKI no se contentaba con ser sólo una organización civil. Eso estaba desde luego en primer lugar, y luchaba por la hegemonía en la sociedad civil. Pero había también esta otra dimensión y disponía de una estrategia para hacer frente a la amenaza permanente de represión. El partido había sido constantemente objeto de ataques desde su creación en los años 1920 y había aprendido a vivir con esta hostilidad. Después de 1950, la táctica consistió en apoyarse en el ala clandestina del partido para desbaratar la represión militar. Después de 1959, mientras movilizaba a más gente todavía, el partido se apoyó en Sukarno, comandante en jefe de las fuerzas armadas, y se encontró al abrigo mientras Sukarno siguió en el poder.

El número de gente que se unió al PKI antes de 1965 señala el mayor éxito de esta estrategia. Pero después su fracaso estuvo ligado a la decisión, hacia 1965, sobre lo que tenía que hacer para precaverse contra el aumento de las amenazas procedentes de los generales de derecha y proestadounidenses. El partido pensó poder sobrevivir a la represión que, se decía, sería comparable al episodio de 1951, que supuso gran número de detenciones de militantes. Pensaba poder aguantar el golpe ante los arrestos y las detenciones. Pero éste fue mucho peor y nadie había imaginado siquiera lo que finalmente iba a pasar, entre masacres y desapariciones, en particular de personas detenidas.

 Entonces, volviendo a la cuestión de Gramsci: tenemos esta institución del PKI, un partido comunista cuya dimensión gramsciana no ha sido tomada en cuenta. Esta dimensión, o este vínculo, deben ser reconocidos. Pero cuando se dirige hacia Gramsci, hay que cambiar de mirada y pensar la manera como el partido comunista integra la cuestión de la coerción. ¿Se trataba simplemente de un gran partido orientado hacia la legalidad y a los métodos pacíficos? No. El PKI tenía una estrategia militar. Todo partido que moviliza masas debe tener una estrategia que incluya una visión militar, de una u otra forma. No se trata sólo de tener un ala militar. Me parece que uno de los elementos más juiciosos que se derivan de la literatura sobre Gramsci se refiere al carácter mutuamente no exclusivo de la relación entre “guerra de posiones” y “guerra de movimientos”, o al hecho de que cuando una organización de izquierda organiza una huelga, por ejemplo, esta huelga integra elementos de coerción para impedir la aparición de rompehuelgas, para protegerse contra la policía.

CT: ¿Cuál fue el lugar y el papel del Islam dentro del comunismo indonesio?

John Roosa: Cuando la creación del partido en 1920, una de sus principales estrategias organizativas consistió en apoyarse en una organización ya existente y muy popular en la provincia central de Java: la Asociación islámica (Sarekat Islam). El PKI organizaba también a obreros industriales, dockers y empleados de ferrocarril. Pero para ganar en extensión se integró en la Asociación islámica y con ello reconoció al Islam como una religión de justicia social.

Había muchos eruditos del Islam en los años 1920 en Java (Kyais) que apreciaban al partido comunista y veían en su ideal de justicia social el objeto mismo del Islam. El principio director para todo buen musulmán era luchar por la justicia social. Para esta generación de los años 1920-1930, la alianza entre comunismo e Islam tenía una gran importancia. Las cosas cambiaron en los años 1940 con el ascenso del nacionalismo, y después de 1945, cuando la naturaleza de la movilización política se diversificó; las organizaciones islámicas no eran las únicas en luchar por la independencia indonesia y el partido perdió este estrecho lazo con esta especie de teología de la liberación propia del Islam. Sin embargo, después de 1945 todavía quedaba algo e incluso muchos seguían pensando que esta relación seguía vigente.

Con la independencia y después de 1950, la actitud del partido fue simplemente evitar la cuestión religiosa. La religión es asunto personal de cada cual: “no somos anti-religiosos, es una cuestión privada, un derecho que cada cual tiene de escoger la religión que quiera, o de no tener ninguna religión”. Muchos simpatizantes del PKI eran musulmanes y se quedaron. Los dirigentes nacionales del partido solían ser presentados como ateos, pero no intentaban promover el ateismo entre los militantes de base del partido. Una vez más, correspondía a cada cual determinar la religión que quería seguir, ya fuese budismo, hinduismo, cristianismo… Eso no correspondía al partido. En 1965, había todavía cierto número de personas en el partido para quienes esta cuestión seguía siendo importante, que escribían sobre el tema, estimaban que según “la interpretación correcta del Islam”, la prioridad era la justicia social.

CT: Tu libro se centra en las dinámicas internas específicas de la propia sociedad indonesia, en la que se dieron las formas más extremas de violencia sistemática. Pero sólo haces una rápida referencia a una dimensión que para muchos lectores, supongo, sería más familiar o al menos más previsible, a saber, el papel de Estados Unidos y Gran Bretaña y su grado de implicación en esta historia. Sin quitar nada a las fuerzas en juego propias de la sociedad indonesa e implicadas en estos terribles acontecimientos, ¿qué importancia hay que conceder aquí a la política británica y estadounidense? Pienso, en concreto, en el hecho de que dos años antes, en 1963, había comenzado la Confrontación (Konfrontasi[6]) militar entre Indonesia y Gran Bretaña que intentaba mantener su base imperialista en la región (ya descolonizada) con la creación de una nueva entidad nacional-territorial, Malasia, tras haber combatido durante cerca de una decena de años a una potente insurrección comunista e independentista en Malaya (1948-1957). Los británicos se habían vuelto muy hostiles a Sukarno que se oponía a este proyecto. ¿Qué pensar, por tanto, de estas potencias exteriores y qué importancia concederles en este aspecto?

John Roosa: No he abordado mucho la cuestión de los actores externos, Estados Unidos y Gran Bretaña en particular, porque otros historiadores y escritores ya se han encargado de hacerlo. He utilizado aquí y allá documentos estadounidenses y he escrito con más amplitud en otros sitios. Pero creo que esto puede inducir a una sobrestimación del papel de Estados Unidos, sugiriendo que Suharto y su ejército habrían actuado sólo según lo que Estados Unidos les decía. Creo que las dinámicas en marcha eran más complicadas, en la medida en que Estados Unidos, desde final de los años 1940, hicieron saber a los anti-comunistas en Indonesia que veían muy favorablemente las agresiones dirigidas contra los comunistas. Pero Estados Unidos dejaba a las fuerzas locales, en diversos lugares del mundo, que se ocupasen de decidir la mejor forma de hacerlo. Intervenían directamente en algunos casos, cuando estas fuerzas locales no estaban en condiciones de llevar a cabo la represión. Pero en Indonesia, la señal enviada constantemente por Estados Unidos era clara: “Somos anti-comunistas. La violencia contra los comunistas nos conviene. Estimulamos esta violencia “.

 La política estadounidense fue muy coherente desde ese punto de vista, y los generales del ejército comprendieron, a partir de finales de los años 1940, que la represión de los comunistas sería recompensada por Estados Unidos con un apoyo por su lado. Esta dinámica de violencia contra el PKI tenía que ver en parte con la manera como los generales indonesios querían presentar a los americanos sus hojas de servicio anti-comunista, con un mensaje del tipo: “Mirad, todos esos cadáveres de comunistas; ¿ahora qué nos dáis?”. Y ellos querían muchas cosas. Se iban a apoderar del poder de Estado en 1965 y les hacían falta muchas inversiones extranjeras, ayudas extranjeras, ayudas militares, y todos esos comunistas muertos servían al ejército indonesio para enviar el mensaje a Estados Unidos, a Gran Bretaña y al resto del mundo: “Somos anticomunistas y hemos eliminado al partido comunista. Es lo que queríais. ¿Dónde están las monedas?” ¡Era algo así!

Eso me llevó a utilizar esas imágenes de comunistas asesinados en Palembang, arrojados al río Musi, tragados al paso de los petroleros.

CT: En su reciente libro The Jakarta Method, también publicado en 2020, el periodista Vincent Bevins[7] se dedica a demostrar que el exterminio del PKI sirvió de modelo en el contexto más amplio de la guerra fría –y en particular en América Latina– de lucha contra el comunismo y todo lo que podía estar relacionado, aunque fuese de forma imaginaria, con el comunismo. ¿Es convincente su demostración? Y de paso, Bevins, que basa directamente su referencia a Indonesia en tu libro Pretext for Mass Murder, dice haber dejado de lado algunos de tus análisis que algunos consideran “controvertidos”[8]. ¿De qué controversia se trata?

John Roosa: En cuanto a la tesis de The Jakarta Method, creo que Bevins tiene razón, y es un elemento que en mi opinión no ha sido apreciado o reconocido en todos estos años. Respecto a la violencia en los años 1970 contra Allende, la junta en Argentina, y en América central, los especialistas de América Latina que se han interesado en la cuestión no han llegado a ver cómo estas fuerzas militares del continente sudamericano, formadas en Estados Unidos, lo fueron a partir de esta lección indonesia.

 Todo el mundo sabe que habían sido entrenadas en Estados Unidos, en la Escuela de las Américas[9]. Pero había también este mensaje llegado de Estados Unidos, a la vista de la eliminación definitiva del PKI:”podéis llegar hasta ahí; mirad lo que ha pasado en Indonesia. No se han contentado con detener a algunos dirigentes del PKI; ¡han matado a quienes formaban parte del movimiento! ¡Los han matado en masa! Y ahora ya no hay amenaza del partido comunista en Indonesia”. Lo que Bevins revela por primera vez de manera muy documentada es el conocimiento que tenían los dirigentes militares de América Latina de lo que había ocurrido en Indonesia y su manera de reproducir ese modelo…

CT: ¡”Yakarta viene”, “Jakarta se acerca”! [En castellano en el original: slogans que cuya aparición en América Latina en esa época recuerda Bevins]

John Roosa: … En cuanto a la “controversia” citada por Bevins, creo que algunas personas son reticentes a la idea de implicar a la dirección del partido con el Movimiento del 30 de setiembre [en el curso del cual seis generales derechistas fueron asesinados], como yo lo hago. La línea del partido después de 1965 consistía en decir que el partido no tenía nada que ver con este asunto. Yo expongo por el contrario que el partido estaba completamente implicado. Los detalles son bastante complejos porque afectan a las relaciones entre Aidit, la Oficina Especial[10] y estos oficiales militares. Pero no poca gente ha preferido abstenerse de cuestionar el desmentido, ya antiguo, de toda responsabilidad en el Movimiento del 30 de setiembre…

CT : Diez años más tarde, en 1975, el ejército indonesio sembró la devastación y la muerte a gran escala en Timor oriental. ¿En qué medida se trataba de una repetición de los acontecimientos de 1965-66? ¿Qué relación se puede establecer entre los dos episodios?

John Roosa: Si Indonesia hubiese estado en 1975 bajo otro tipo de gobierno, no dominado por el ejército, la política adoptada en Timor oriental habría sido probablemente diferente. Tal vez no habría habido invasión. Pero el ejército indonesio, con su operación masiva contra el PKI, había conseguido la certidumbre de que podía recurrir a una fuerza aplastante para someter a los timorenses orientales. Los militares se esperaban una sumisión total al cabo de tres semanas de invasión. Se auto-alimentó una especie dinámica en el seno del ejército hasta 1999: el ejército continuó dando por hecho que más violencia llevaría a los timorenses a renunciar a su independencia. Pienso que ésa es la relación: si Indonesia no hubiera sido un estado militar, dominado por el ejército, en 1975, habría podido haber otro enfoque.

CT: Para acabar, ahora que has escrito la tercera parte de esta trilogía iniciada hace veinte años, ¿cuál es la próxima etapa de tu trabajo?

John Roosa: ¡Vaya… estoy agobiado por tantas tareas administrativas! En primer lugar, quiero desarrollar ese argumento gramsciano abordado en el libro. Debo aportar clarificaciones suplementarias sobre el Movimiento del 30 de setiembre a la luz de algunas de las críticas que se me han hecho después de mi libro de 2006. En estos momentos, escribo un poco sobre las obras de ficción literaria que tratan de la violencia de 1965-66. Pero más allá de todo esto, mi proyecto más importante es escribir sobre las ideas de constitución en los años 1950: hubo una asamblea constituyente de 1956 a 1959 y ésta fue un fórum en el que una gran diversidad de gentes expresaron sus ideales políticos e imaginaron las formas jurídicas que estos ideales podían tomar. Me gustaría escribir más sobre estas cuestiones, sobre estas ideas relativas al derecho, a la constitución, y menos sobre la violencia, a la que me he dedicado mucho, aunque también mirar desde el lado de la violencia legitima, cómo basar un Estado en el derecho y ejercer una violencia legítima; algo, por tanto, sobre ese momento, en los años 1950 en Indonesia, en que se formula la posibilidad de un marco constitucional a la vez de reducir el ejercicio de la violencia."               (Entrevista de Thierry M. Labica, Viento Sur, 2 de noviembre de 2021)

22/10/21

Voy a contar una pequeña historia. En casa de mis abuelos siempre han estado estas sillas. En la foto quizás no se aprecia bien pero el círculo central está pulido y rugoso, como si hubiesen querido borrar algo de la madera...

Radix @NombreFalso1231

 Voy a contar una pequeña historia. En casa de mis abuelos siempre han estado estas sillas. En la foto quizás no se aprecia bien pero el círculo central está pulido y rugoso, como si hubiesen querido borrar algo de la madera.

Ya desde pequeño me di cuenta pero nunca le había prestado mayor atención. Son sillas viejas y pensé que estarían desgastadas. El caso es que hoy estaba ayudando a un familiar a recoger unas cosas de un trastero y vi otra silla igual pero con una diferencia.

La silla es exactamente la misma pero en el círculo central hay dos letras superpuestas. Me he quedado mirando y pensando qué podían significar. Haciendo un repaso mental de todos los nombres de familiares he caído en que solo podían ser las iniciales de mi bisabuelo.

Primer misterio resuelto. Pero ahora viene la pregunta importante, ¿por qué borraron las iniciales de las otras sillas? Se lo he preguntado a varios familiares y ninguno lo sabía. Esto ya es una cuestión personal, necesitaba saberlo.

Por desgracia no se lo puedo preguntar a mis abuelos porque fallecieron hace unos años. Ante la falta de respuestas se me ha ocurrido ir a preguntarle a un vecino, un señor mayor que tenía mucha amistad con mis abuelos, si sabía algo de esto.

Al preguntarle el señor me ha invitado a entrar a su casa, lo cual me ha sorprendido porque si no supiese nada simplemente habría dicho que ni idea. Me siento y me dice que eso se remonta a la guerra civil. Noto que me pongo tenso y me recorre un escalofrío.

Él era un niño cuando terminó la guerra civil. Ambas familias, la mía y la suya, habían combatido en el bando republicano. Empezó una represión enorme por parte de los franquistas; secuestros, desaparecidos, fusilamientos. No dejaban a nadie.

Mi bisabuelo, militante de la CNT-FAI, cayó preso en las cárceles franquistas. El cerco se estrechaba y mi familia trató de borrar cualquier rastro de su existencia. Nadie podía saber quién vivía en qué casa o qué relación tenían entre ellos.

El grado de desesperación llegó hasta tal punto que borraron también las iniciales de las sillas; de esta manera si los franquistas entraban en su casa no podrían deducir quién vivía ahí. Trataron de hacerse invisibles para escapar del terrorismo de Estado.

La silla que aún mantiene las iniciales es porque en ese momento se encontraba en casa de otros familiares que no borraron nada. Hoy, después de 80 años, hemos vuelto a juntar las sillas y estas nos cuentan una historia de lucha y valentía.

El hermano de mi bisabuelo murió en la guerra, pero mi bisabuelo consiguió salir con vida de la cárcel franquista y se exilió en Francia un tiempo. Vivió 104 años y hasta el final de su vida tuvo convicción en sus principios anarquistas y revolucionarios. En su memoria.

8:39 p. m. · 17 oct. 2021
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22/11/19

Recordé unas confusas imágenes de la segunda mitad de los cuarenta, cuando mi padre se dirigía hacia el armario grande de mi habitación para esconderse. Luego supe que era porque la policía había llamado a la puerta.

"Al asistir a la proyección de La trinchera infinita, recordé unas confusas imágenes de la segunda mitad de los cuarenta, cuando mi padre se dirigía hacia el armario grande de mi habitación para esconderse. Luego supe que era porque la policía había llamado a la puerta. Al día siguiente fue mi madre a la DGS, y comprobó que habían ido efectivamente en busca de alguien acusado de haber sido rojo durante la guerra civil. 

La película recuerda oportunamente que la prescripción de los supuestos delitos cometidos en el curso de la "guerra de Liberación" solo llegó el 1 de abril de 1969, treinta años después de finalizar la por fin denominada "lucha entre hermanos". La tortura y ejecución ilegal de Julián Grimau en 1963 demostraba que el peligro no desaparecía para quienes podían ser acusados de "crímenes". Proseguir la infravida como topo tenía entonces justificación.

La vocación represiva de la dictadura, y a título personal de Franco, fue tal que hasta cierto punto convirtió la tragedia del exilio republicano en un triste privilegio. Una vez pasados los malos tragos de los campos de concentración y de la ocupación nazi de Francia, muchos exiliados soportaron una vida de frustración y penuria, pero sin encontrarse en la condición de conejos a punto de ser cazados que caracterizó a los supervivientes del Frente Popular en la Zona Centro.

Recuperamos aquí los recuerdos familiares. Mi padre lo tenía claro en 1939, habiendo sido oficial del Ejército Popular y miembro del Comité de la UGT que socializó la Bolsa de Madrid. Así que aprovechó que su hermano Eusebio formaba parte de las tropas de Franco que entraron en Madrid, para realizar con él un rocambolesco y casi suicida viaje en tren a su pueblo natal, Azkoitia, Antonio con uniforme franquista y Eusebio con su documentación. 

Una vez allí, pasó tres años como topo anómalo, de noche encerrado en la casa paterna del barrio de San Martín, entonces junto al monte, y del alba al crepúsculo en montañero hambriento. Y como el Izarraitz no es el Himalaya, debió pensar finalmente que Madrid ofrecía menos riesgos de ser detenido, y regresó. Siempre con miedo y sin ser readmitido en su empleo de 1936 hasta la muerte de Franco. Vida rota. Una historia menor entre muchas tristes o trágicas.

Con el espíritu conciliador propio del retorno, Manuel Tuñón de Lara declaró que todos habían perdido la guerra. No fue así. Unos la ganaron y obtuvieron sosiego y beneficios, a veces venganzas, lo cual explica la airada reacción de la derecha a la Ley de Memoria Histórica, y otros la perdieron, y con ella la vida, o por lo menos buena parte de la misma.
No es algo irrelevante. 

Hasta represiones famosas del siglo XX, como la de Pinochet en Chile, resultan minúsculas en comparación con la de su admirado Franco. La excepcional duración de la caza del rojo en buena parte de la dictadura constituye un dato esencial para explicar la naturaleza del levantamiento militar en julio de 1936; no se trataba de la habitual aplicación con dureza del vae victis, sino de un programa sistemático de aniquilamiento, al que solo le faltó la informatización para sacar fruto de los dos millones ochocientas mil fichas reunidas al efecto en el Archivo de Salamanca.

La definición de genocidio por el inventor del concepto, Raphaël Lemkin, parte de la existencia de acciones coordinadas para destruir la vida de grupos nacionales, lo cual comprende a sus miembros, y una vez aniquilados los mismos, en los órdenes étnico, religioso, cultural y social, verse sustituidos en todos ellos por el grupo exterminador. Trátese de armenios y judíos, los dos grupos-víctima en quien piensa Lemkin de partida, conviene recordar que ambos formaban parte de Estados y sociedades determinados, el Imperio Otomano y el Reich alemán, por lo cual es lícito extender la calificación a los colectivos singularizados que tanto en la Rusia revolucionaria como en España, fueron objeto de planes de aniquilamiento puestos en práctica. Definida por Franco desde 1935 como "operación quirúrgica" , esa extirpación tenía por objeto y víctima necesaria la Antiespaña, es decir, todas las agrupaciones políticas, intelectuales, laicas que encarnaba la Segunda República.

El levantamiento de julio del 36 no tuvo así como primera finalidad una guerra civil, sino un proyecto de exterminio, ideado y preparado de modo conspirativo, para acabar desde el primer día con medio país. Por eso mismo, la eliminación total como objetivo fue más allá del 1 de abril, con los consejos de guerra y la ley de Responsabilidades Políticas de marzo del 39. 

Querían solo vencer, sino destruir totalmente e imponer sin excepciones la concepción nacionalcatólica y corporativo-militar de España. Liquidar las culpas, para todo español de catorce años en adelante (sic) y consumar "la reconstrucción española". Franco fue mucho más que un dictador especialmente cruel, practicante como sus colaboradores golpistas, de la barbarie represiva que aprendieron en África. Sin conocer el término, fue un perfecto genocida.

De ahí el alcance del viraje propuesto en 1956 por el PCE hacia la "reconciliación nacional", algo que últimamente viene siendo cuestionado bajo distintos pretextos, desde falta de originalidad a ser asumido por otras organizaciones aun sin ese nombre. La originalidad está fuera de dudas: Manuel Azcárate contaba que cuando la idea fue presentada en Moscú, los soviéticos no entendieron una sola palabra. Además, el Partido Comunista fue el mal absoluto para el franquismo y también quien había tratado sin éxito de sostener una resistencia.

El gran viraje surgió al constatar que nada podía hacerse mirando a la guerra civil, y que en cambio experiencias como la del movimiento universitario de febrero del 56, impulsado por Jorge Semprún, probaban que la segunda generación podía integrarse en la oposición al régimen: "por una solución democrática", Aun cuando el PCE siguiera preso del estalinismo y soñase en vano con derribar al franquismo mediante una huelga nacional pacífica, la iniciativa de la reconciliación nacional avanzó hasta constituir un denominador común de la oposición. El tránsito a la democracia, apoyado en la Ley de Amnistía -ellos seguían teniendo las armas-, fue su resultado.

Hoy nadie duda de que ese consenso democrático debe ser recuperado. No es que masas franquistas invadieran las calles contra la exhumación —la cual, según la BBC stirs fury in a divided Spain—, pero sí que la intensidad de la división entre derecha e izquierda, cuyas referencias simbólicas arrancan de la guerra civil, dificulta un entendimiento democrático. Impide afrontar desde un consenso el problema catalán.

La fórmula para la reconciliación fue precisada por Ian Gibson: "Se puede olvidar cuando se conoce la verdad" : lo cual requiere, no equidistancia, sino ponderación. La caracterización de genocidio marca eficazmente la separación entre el exterminio dictado y materializado contra la Antiespaña por Franco y la "guerra entre hermanos", en cuyo nombre el honor de los muertos republicanos constituye una exigencia imprescindible. Ello requiere también asumir que, no por la República, pero si en el bando republicano, fueron cometidos reiteradamente actos de barbarie y crímenes contra la humanidad. Paracuellos existió. Dejar todas las cosas claras es la única garantía del reencuentro."                  (Antonio Elorza, El País, 20/11/19)

12/4/19

En todo el pueblo de Tamaraceite se sabía que estaban sacando a muchos hombres de sus casas para asesinarlos.... Todavía recuerdo como yo con 11 años metía la cabeza bajo la almohada de paja tratando de no escucharlos, pero los gritos, los insultos, los golpes en las puertas humildes de aquellos criminales inundaban todo, no había lugar donde esconderse de su odio...

""(...) En todo el pueblo de Tamaraceite se sabía que estaban sacando a muchos hombres de sus casas para asesinarlos. De noche los perros ladraban y se oían las pisadas de las botas de los falangistas que iban casa por casa, se llevaron más de treinta y no los vimos más,... Todavía recuerdo como yo con 11 años metía la cabeza bajo la almohada de paja tratando de no escucharlos, pero los gritos, los insultos, los golpes en las puertas humildes de aquellos criminales inundaban todo, no había lugar donde esconderse de su odio.

Jamás pudieron aceptar que los comunistas ganaran en San Lorenzo, que su alcalde Juan Machado, encabezara un Ayuntamiento con mayoría del Frente Popular. Por eso vinieron a matar, por eso los terratenientes agrícolas hicieron listas negras junto a los curas y otros fascistas, listas con nombres y apellidos, direcciones, lugares de trabajo, novias, amistades, aficiones de cada una de las personas que iban a torturar salvajemente para después tirarlas al mar, a un pozo, a una sima volcánica o meterles un tiro en la cabeza después de hacerles todo tipo de aberraciones.
En casa sabíamos que podían volver en cualquier momento después de matar a mi hermano Braulio en su cuna, a tu abuelo ya lo habían condenado a muerte y lo iban a fusilar en marzo del 37, el miedo que pasamos todavía lo tenemos metido en el tuétano, en lo más profundo de nuestros corazones, es un miedo que se hereda, por eso nos cuesta tanto hablar, contar todo lo que pasó, por eso quiero que esto lo publiques en tus libros cuando yo muera, no por cobardía, sino porque no quiero que sigan haciendo daño a nuestra familia..."
Extracto de la entrevista a mi padre Diego González García el 15 de diciembre de 1995."    (Viajando entre la tormenta, 15/012/18)

10/4/19

También le denunció su amigo Liaño, un falangista: “Un día se presentó en la cárcel y le dio una patada a mi marido que le partió una pierna. Su mujer, Marina, había sido la madrina de nuestra boda. Años más tarde fui a pedirle trabajo a la cooperativa lechera SAM, y Liaño me contestó: ¡los hijos de Ángel Martínez que coman piedras! Cuando mataron a mi marido tuve que ingeniármelas para criar a mis 3 hijos...

“Queridísima Pilar: Por fin llegó la hora fatal en que se va a cumplir una sentencia dictada por la incomprensión. Te escribo unas horas antes de dejar de existir, no para pedirte mis últimos deseos referentes a nuestros queridísimos hijos, ni para recordarte tantas y tantas ilusiones como quedan truncadas con mi muerte; te escribo para que sepas que en estos fatales momentos, mis recuerdos van hacia vosotros, seres tan queridos a quienes no besaré más, a quienes no veré jamás. Estoy con ánimos. Nunca se miró a la muerte con tanta valentía como cuando se la tiene tan cerca”.

El autor de estas líneas escritas horas antes de ser fusilado en la tapia del cementerio de Ciriego (Santander), el 30 de noviembre de 1939 es Ángel Martínez Ros, 31 años, cortador de vidrio, fundador del Partido Socialista en Renedo de Piélagos, sindicalista, natural de Mataporquera (Cantabria). 

Un año y 9 meses antes había sido condenado a muerte por “propagar ideas marxistas” y “organizador de asociaciones extremistas”. Ángel fue asesinado por ser fundador del PSOE en su pueblo y delegado del trabajo, asesor del sindicato de la fábrica y delegado de asistencia social.

Ángel tenía 3 hijos, uno de ellos recién nacido. Su mujer, Pilar Landáburu Ibáñez, ya fallecida, no volvió a hablar de su marido en mucho tiempo y tardó cerca de 30 años en enseñar aquella carta de despedida. 

 Dolores Puente, nieta de Ángel Martínez Ros relata: “Prefirió que sus hijos supieran lo menos posible para que no dijeran nada en el pueblo y no se metieran en líos. Por eso mi madre apenas sabe nada de su padre. A mi abuela le costaba mucho hablar de ello, tenía el caparazón muy gordo y mucho miedo todavía”.

 En la obra “Las fosas de Franco”, de Emilio Silva y Santiago Macías se habla de ese miedo y de esa desmemoria. Cuando Pilar Landáburu fue entrevistada en 2003, tenía 94 años: 

“Íbamos todas las semanas a llevar comida a mi marido, pero comían precariamente, cuando los paquetes llegan a ellos los carceleros ya se habían comido la mitad. Dormían en el hueco de tres baldosines. La denuncia contra mi marido venía de Alfonso Caparrini, el director de la empresa donde trabajaba porque mi marido iba a favor de los obreros y contra la explotación”.

También le denunció su amigo Liaño, un falangista: “Un día se presentó en la cárcel y le dio una patada a mi marido que le partió una pierna. Su mujer, Marina, había sido la madrina de nuestra boda. 

Años más tarde fui a pedirle trabajo a la cooperativa lechera SAM, y Liaño me contestó: ¡los hijos de Ángel Martínez que coman piedras! Cuando mataron a mi marido tuve que ingeniármelas para criar a mis 3 hijos. Trabajaba en el campo o donde me llamaran. Me presenté en varias fábricas para pedir trabajo y no me lo dieron porque era la mujer de un rojo”.

Para salir adelante, sus hijos tuvieron que emplearse en tareas del campo sin poder ir a la escuela, aprendieron a leer y a escribir pasados los años.

Durante los últimos 67 años, Ángel Martínez Ros ha sido un “desconocido”, como figuraban en el registro del cementerio de Ciriego los 850 republicanos fusilados en la misma tapia y enterrados en las mismas fosas, durante 11 años, desde agosto de 1937 hasta abril de 1948, la época de la mayor represión franquista y los juicios sumarísimos. Les ejecutaban y les echaban a la zanja con una carretilla. Son muchos y están mezclados unos con otros.

Antonio Ontañón, presidente de la asociación Héroes de la República, ha invertido más de 20 años, para averiguar quiénes eran y cerciorarse de dónde estaban: “Era tremendamente injusto. Como si los hubieran matado dos veces. La primera, con una bala, y la segunda, eliminando su identidad. Estoy muy satisfecho de que por fin puedan figurar en el registro”, explica.

Hoy, en el cementerio de Ciriego, hay nueve monolitos con los nombres de los ejecutados, levantados y financiados por una colecta de la asociación Héroes de la República."               (Tulio Riomesta, 27/03/19)

13/11/18

El bebé parecía un muñequito, la cabecita destrozada por el brutal golpe contra la pared del falangista, aquel hombre gordo vestido de azul que lo sacó de su cuna para asesinarlo. En el cementerio el sepulturero se abrazó a mi madre jugándose la vida... no pudo contenerse al ver nuestra cara de dolor y la inmensa soledad en el entierro del angelito...

"(...) El entierro de Braulio era pequeñito, solo íbamos mi madre, mi tía Rosa García, mis hermanos Paco y el pequeñín Lorenzo, nadie más se acercó a nuestra casa por miedo a que lo relacionaran con una familia republicana, caminamos desde Tamaraceite a San Lorenzo por el Camino Viejo, Lola García, mi madre, con la cajita de tomates con el bebé de cuatro meses dentro, era desolador, llovía mucho aquel 26 de diciembre del 36, ni siquiera el cura del pueblo vino a decir uno de sus rezos de difuntos, nadie nos miraba cuando empezamos a caminar desde la Carretera General hacia el cementerio, lo único que se escuchaban eran los llantos de mi madre y mi tía, el bebé parecía un muñequito, iba calladito, parecía sereno, tenía una pequeña sonrisita, la cabecita destrozada por el brutal golpe contra la pared del falangista, aquel hombre gordo vestido de azul que lo sacó de su cuna para asesinarlo.

En el cementerio el sepulturero se abrazó a mi madre jugándose la vida, había estado en la Federación Obrera con mi padre, pero no pudo contenerse al ver nuestra cara de dolor y la inmensa soledad en el entierro del angelito..."


Entrevista a mi padre Diego González García el 7 de agosto de 1998."                 (Viajando entre la tormenta, 30/10/18)

6/10/17

El mismo miedo atávico que ella había sentido toda su vida desde la noche del horror, cuando vio partir a sus seres queridos bajo los culatazos y patadas de los fascistas

"(...) La abuela siempre hablaba en susurros a Lucía, la madre de Noe, jamás levantaba la voz por miedo a que alguien la escuchara, quizá las fuerzas del mal, las que se llevaron a media familia aquella madrugada de agosto del 37, a los cuatro hijos, a su esposo, dejando el pueblo vacío, casi sin hombres, hasta al maestro Don José Moreno le ataron las manos a la espalda, todos detenidos por los falangistas, introducidos entre golpes en los camiones del transporte de plátanos a un lugar desconocido del que jamás volvieron. (...)


Esa noche parecía haber más brujas que nunca, más risas que nunca, parecía la fiesta de los difuntos, cuando salían los Ranchos de Ánimas cantando casa por casa, un guineo ininteligible, el paseo final, el mismo que le dieron a toda aquella buena gente de la que la chiquilla escuchaba hablar a su abuela.

La viejita percibía su miedo y venía a su cama, la abrazaba y le cantaba al oído:

-San Silvestre del monte mayor, guarda mi casa y todo mi alrededor, de brujas, hechiceros y el hombre malhechor-

Noelia se tranquilizaba con la dulce de voz:

-No hay brujas mi niña, esta noche no, hoy no vinieron, son las buenas almas de los desaparecidos que vienen de paseo al pueblito, quieren recordar cuando estaban vivos y enamoraban a las muchachas, bailaban en las taifas, miraban las estrellas que siempre aparecen sobre la cumbre de la isla-

Las dos se quedaban acurrucadas y la anciana notaba que el corazón de Noelia recuperaba su latido apaciguado, le cantaba un arrorró para que se durmiera en paz, para que desapareciera el mismo miedo atávico que ella había sentido toda su vida desde la noche del horror, cuando vio partir a sus seres queridos, sus hijos, su adorado Marido Juan del Pino, los gritos de dolor ante los culatazos y patadas de los fascistas, el llanto de los niños que asustados jamás habían visto algo tan terrible, la turbación de la paz en un rincón de Gran Canaria que olía a flores de lavanda y a pan caliente, donde solo el viento levantaba la voz entre la rutina de animales nobles y cultivos.

Noe se volvió a despertar:

-¿Qué es abuelita, qué es, quiénes hablan en el callejón?- dijo entre sollozos.

Montserrat la abrazó más fuerte:

-Tranquila mi niña, ya nada podrá hacernos daños, ya lo hicieron todo junto, son las almas mi amor, las almas que añoran la paz de la flores-"                (Viajando entre la tormenta, 30/09/17)

31/5/16

Nosotros no supimos que nuestros tíos, hermanos y cuñados de mis padres habían huido a Francia y empezaron la resistencia antinazi allí. Porque querían protegernos... y si hubiéramos hablado de ellos en público, hubiéramos puesto a toda la familia en peligro

"(...) La segunda razón es que hay que corregir la versión fascista de nuestra historia que, por desgracia, no se ha eliminado del todo. Estos maestros fueron presentados por la dictadura como la “mala gente” (terminología sacada de los documentos oficiales del régimen) que supuestamente habían dañado a España. 

Aquel régimen satanizó a los maestros republicanos. En realidad, la peor parte de la represión fue precisamente la psicológica. Nuestros padres nunca hablaron de todo lo que sufrieron, ni tampoco de lo que habían hecho. Callaron sobre sus vidas, y lo hicieron para protegernos a nosotros, sus hijos. 

Por ejemplo, nosotros no supimos, hasta muy tarde, que nuestros tíos, hermanos y cuñados de mis padres, también maestros algunos de ellos, habían sido del PSUC, habían huido a Francia y, como miles de catalanes y españoles, empezaron la resistencia antinazi en Francia. 

 Tampoco supimos que una tía nuestra había sido detenida por los nazis y había estado en un campo de concentración nazi. Tampoco supimos que nuestra tía había vuelto y vivido en clandestinidad en Catalunya. Y tampoco supimos que después se juntaron con la diáspora republicana, y que emigraron a América Latina, creando nuestras tías una escuela de arte en Venezuela.

La tergiversación de la historia

¿Cómo es que estos hechos, que ennoblecen a una persona, a una familia y a un país, se ocultaban? La respuesta a esta pregunta es también clara. Para el fascismo todos estos hechos eran hechos criminales y denunciables.

 Eran parte de la demonización de la República y de sus maestros. De ahí que no supimos de estos hechos hasta más tarde, porque nuestros padres querían protegernos a nosotros, puesto que si, como niños, hubiéramos hablado de ellos en público, hubiéramos puesto a toda la familia en peligro. 

El régimen terrorista quería constantemente presentar a los republicanos como personas que habían hecho mucho daño, habían dañado el país –la “patria española”, como decían ellos-, gente que había que marginar, cuando no eliminar física o intelectualmente. Y nosotros, hijos de la “mala gente”, teníamos que estar callados.

Pero Catalunya y España han callado durante demasiado tiempo. ¿Por qué hemos esperado casi cuarenta años para homenajear a estos maestros, y a miles como ellos? Y ahí, de nuevo, la respuesta es también clara. La transición de la dictadura a la democracia se hizo en términos muy favorables a las fuerzas que controlaron el Estado fascista. Y aún hay miedo.  (...)

No fue casualidad que el que dirigió el infame y nefasto informe sobre los maestros republicanos represaliados aquí en Gironella fuera un vecino de esta localidad, un tal Domingo Sanz Canal, miembro de la Junta Provisional de las Escuelas de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, institución que, según consta en los documentos, ofrecía las máximas garantías de zelo y adhesión al “Glorioso Movimiento Nacional”. 

Este documento pasó a ser el documento central en la Comisión Depuradora del Magisterio de la Provincia de Barcelona. Pero la Iglesia y la Falange no fueron los únicos que participaron en este proceso depurador. Colaboraron otras fuerzas del Estado fascista, como por ejemplo el Ejército, las grandes fortunas, grupos empresariales y financieros, así como las fuerzas políticas o movimientos sociales que constituyeron y continúan constituyendo las derechas de este país, tanto en Catalunya como en España, que siguen teniendo mucho poder tanto en las instituciones económicas y financieras como en las instituciones representativas y mediáticas de Catalunya y de España. 

Y es debido a esta situación que persiste el temor.
La enorme urgencia de romper el silencio y abandonar el temor

Este acto es, por lo tanto, muy importante, pues rompe con el miedo. Porque muestra que ya nos hemos librado del miedo."            (Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Pensamiento Crítico” en el diario PÚBLICO, 24 de mayo de 2016, en www.vnavarro.org, 24/05/16)