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7/12/21

París, 17 de octubre de 1961. De Gaulle está a un año de conceder la independencia a Argelia... Ese día, la ciudad vivirá escenas inauditas en una capital europea en los años sesenta. La represión policial se ceba en una manifestación y desencadena una caza al hombre en la que los agentes asesinan a decenas de personas. Nunca se sabrá cuántos murieron, pero la cifra más probable es de entre cien y doscientas. La matanza queda cubierta por el silencio y la censura... Los ataques se produjeron en lugares tan céntricos como Saint Germain-des-Prés, la Opéra, la Plaza de la Concordia o los Campos Elíseos... Durante semanas, los cuerpos van apareciendo en el río Sena. Había sido la forma más fácil de deshacerse de los cadáveres

 

Una pintada en un puente de París después de la matanza: «Aquí ahogamos a los argelinos»

 "París, 17 de octubre de 1961. De Gaulle está a un año de conceder la independencia a Argelia y de poner fin a más de un siglo de colonialismo francés en ese país. La tensión domina la capital francesa por la amenaza de atentados de la OAS –formada por militares y civiles que se oponen a renunciar a Argelia– y del FLN argelino. Ese día, la ciudad vivirá escenas inauditas en una capital europea en los años sesenta. La represión policial se ceba en una manifestación y desencadena una caza al hombre en la que los agentes asesinan a decenas de personas. Nunca se sabrá cuántos murieron, pero la cifra más probable es de entre cien y doscientas.

La matanza queda cubierta por el silencio y la censura. Los principales medios de comunicación se limitan a dar la versión oficial, que reduce los incidentes a hechos violentos aislados que causan la muerte de cinco personas. Durante semanas, los cuerpos van apareciendo en el río Sena. Había sido la forma más fácil de deshacerse de los cadáveres.

Unos meses antes, los ultras se lo han jugado todo a la carta de un golpe de Estado contra De Gaulle en el país norteafricano que incluía la toma de bases militares en suelo francés. La intentona fracasa. Después del referéndum de enero en que se ha aprobado conceder la «autodeterminación» a la colonia, el Gobierno ha entrado en negociaciones con el brazo político del FLN argelino.

El FLN había puesto fin a los ataques contra policías franceses en París al iniciarse las conversaciones, pero en realidad han aumentado ese año, sin que esté claro si han sido ordenados por miembros de la cúpula del grupo o por las células del FLN parisino fuera del control del movimiento. Veintidós policías han sido asesinados ese año (nueve habían muerto el año anterior).

El ambiente entre los policías es de máxima tensión. Reclaman a sus jefes una política de mano dura contra los independentistas. El prefecto de Policía, Maurice Papon, promete en un funeral de un agente que «por cada golpe que reciban, devolverán diez». Cada vez se producen más palizas a detenidos en las comisarías. Después del verano de 1961, aumenta el número de cadáveres de argelinos que aparecen en el Sena.

 Papon y el Gobierno decretan un toque de queda nocturno en París a partir de las 20.30 para todos los argelinos, una medida claramente discriminatoria al tratarse de ciudadanos franceses. La medida se centra fundamentalmente en los que conducen un vehículo desde esa hora. Los ocupantes son detenidos y los coches, confiscados.

El decreto es contestado por partidos de izquierda y organizaciones de argelinos. Estas últimas organizan una manifestación de protesta para el 17 de octubre, con el apoyo del FLN. La cita es un éxito de asistencia. Se calcula que 25.000 personas recorren las calles de París. Es una manifestación pacífica a la que asisten hombres, mujeres y niños hasta que se desencadena la represión.

Miles de ellos fueron detenidos. Las cargas policiales obligaron a los manifestantes a huir a la carrera para salvar la vida. La actuación de los agentes fue de una violencia indiscriminada. Algunas víctimas fueron tiroteados. Otros sufrieron palizas mortales. La mayoría de los cadáveres fueron lanzados al río. En las comisarías y centros de detención improvisados, continuaron las palizas.

 Los ataques se produjeron en lugares tan céntricos como Saint Germain-des-Prés, la Opéra, la Plaza de la Concordia o los Campos Elíseos. Un periodista contó treinta cadáveres amontonados cerca de su oficina en el centro de la ciudad. Sus jefes en la agencia de prensa le dijeron que se atuviera a la versión oficial. Las únicas imágenes que ofreció la televisión pública fue la de grupos de argelinos que fueron deportados en barco. Fue una forma rápida de deshacerse de los testigos presenciales.

Diarios como L’Humanité o Libération empiezan a ofrecer algunas informaciones que contradicen la información de las autoridades. Pasaron años antes de que se ofrecieran investigaciones que contaran realmente lo que sucedió. A finales de octubre, diputados de izquierda cuestionan la información oficial y las mentiras que salieron del Ministerio de Interior. Una solicitud de poner en marcha una comisión de investigación es rechazada en la Asamblea Nacional. Papon afirma que la policía «hizo lo que tenía que hacer». El ministro de Interior denuncia una campaña de difamación contra la policía.

De Gaulle tuvo que ser informado de los hechos. No mencionó la matanza en sus memorias.

Papon inició una carrera política que le llevó a la Asamblea como diputado durante más de una década y ministro en una ocasión. En 1981, Le Canard Enchaîné publicó documentos que revelaban su colaboración en el Holocausto. Había sido responsable de la deportación de 1.645 judíos a Alemania desde su puesto de la prefectura de Gironda dentro del régimen de Vichy. No fue condenado hasta 1998 por crímenes contra la humanidad a diez años de cárcel.

 En 2001, el alcalde de París, el socialista Bertrand Delanoë, asiste a la colocación de un placa en el puente de Saint-Michel dedicada «a la memoria de los numerosos argelinos asesinados durante la sangrienta represión de la manifestación pacífica del 17 de octubre de 1961». Hay que esperar a 2012 para que un presidente de la República, François Hollande, reconozca los hechos y los defina como «una sangrienta represión»: «La República reconoce claramente estos hechos. Cincuenta y un años después de esta tragedia, rindo homenaje a la memoria de las víctimas». Lo hace a través de un simple comunicado.

 Al cumplirse hace unas semanas el 60º aniversario de la matanza, Emmanuel Macron deposita una corona de flores en el puente de Bezons, en Nanterre. Acompañado de familiares de los fallecidos, guarda un minuto de silencio en el lugar en que aparecieron algunos de los cadáveres.

«Los crímenes cometidos esa noche bajo la autoridad de Maurice Papon son inexcusables para la República. Francia mira toda su historia con lucidez y reconoce las responsabilidades claramente establecidas», afirmó un comunicado del Elíseo. El texto asume la responsabilidad de la masacre en nombre del Estado francés, aunque restringe la autoría a Papon."                   (Íñigo sáenz de Ugarte, guerra eterna, 26/11/21)

18/6/21

Ramona Domínguez, la última víctima del horror nazi de Oradour

 "Ramona Domínguez Gil ya está con los suyos. La exiliada republicana cuyo rastro estuvo perdido más de siete décadas ha sido oficialmente reconocida este martes como la víctima 643 de la matanza de civiles que las tropas nazis perpetraron en la localidad francesa de Oradour-sur-Glane el 10 de junio de 1944.

 En vísperas del 77º aniversario de uno de los episodios más siniestros de la ocupación nazi en Francia, el nombre de Ramona, cuya identidad descubrió un profesor catalán aficionado a la historia que alertó a las autoridades locales de la existencia de una víctima española más —en total fallecieron 19 españoles en Oradour, 11 de ellos niños—, ha sido incluido, este martes, en las placas conmemorativas del “pueblo mártir” cuyas ruinas calcinadas el general Charles de Gaulle ordenó no reconstruir para “conservar el recuerdo, para que nunca más se produzca una desgracia semejante”.

 “Se llamaba Ramona Domínguez Gil, tenía 73 años y había huido del franquismo con los suyos, como tantos otros españoles que intentaron, arriesgando sus vidas, combatir la opresión. Encontró refugio aquí, en Oradour (…) y murió aquí, en Oradour, con los suyos, víctima de la furia loca, de la ignominia de los hombres, víctima del mayor ultraje de la humanidad y de los valores de la república”, dijo el presidente del consejo departamental de Haute-Vienne, Jean-Claude Leblois, en la ceremonia en la que fue incorporada la foto de Domínguez a la Galería de los Retratos del Centro de la Memoria de Oradour.

 “Madame, su recuerdo ya no se borrará”, prometió ante representantes locales y del cónsul general español en Burdeos, Rafael Tormo Pérez, que depositó una corona de flores ante el memorial a las víctimas del cementerio de Oradour, hermanado desde 2017 con el pueblo español de Belchite.

El gran ausente al acto fue, paradójicamente, el principal responsable de que Ramona haya sido reconocida: David Ferrer Revull. Este profesor de Inglés de Sabadell, de 51 años, ha sido el que, mediante una exhaustiva investigación, motivada únicamente por un gusto por la historia y un deseo de que no se perdiera la memoria del exilio republicano, especialmente en el episodio tan olvidado de Oradour, descubrió no solamente que muchos de los españoles reconocidos como víctimas de la matanza nazi estaban mal identificados —apellidos confundidos o mal escritos, igual que fechas de nacimiento u otros datos incorrectos—, sino que en los registros franceses faltaba una víctima, Ramona Domínguez.

 Para Ferrer, que no pudo acudir a Oradour por motivos de trabajo, con esta ceremonia “las autoridades francesas muestran una voluntad manifiesta de poner a Ramona en el lugar de la historia que le corresponde”, dice por teléfono. Supone también una “voluntad de homenajear a las víctimas del fascismo, tengan la procedencia que tengan”, algo que dice que falta todavía en España, país de origen de Ramona y sus compatriotas fallecidos en Oradour, aunque empieza a haber algunos gestos, como la inauguración este jueves en Barberà del Vallès (Barcelona) de unos jardines dedicados a las hermanas Angelina y Emilia Masachs, dos de las víctimas españolas más jóvenes de Oradour (7 y 11 años).

Una matanza hasta hoy incomprensible

La pesadilla de Oradour sorprendió a los españoles como Ramona, una aragonesa asentada en Cataluña, en el que quizás fuera el primer momento de esperanza y tranquilidad tras largos años de guerra, primero en su país y luego en la Francia que los acogió —no en las mejores condiciones en muchos casos— tras la victoria del franquismo. Cuatro días antes del fatídico 10 de junio, se había producido el desembarco de Normandía, que abrió la esperanza de que la pesadilla de la guerra estaba por fin a punto de terminar. Con lo que no contaban los habitantes de Oradour, entonces una próspera población de 1.574 habitantes cercana a Limoges, era con la furia que la amenaza de derrota llevó a las tropas nazis enviadas como refuerzo al frente normando a realizar una “acción ejemplarizante” a su paso —y Oradour les quedaba de camino— para que los franceses no se envalentonaran con las noticias de la llegada de las fuerzas aliadas.

En junio de 1944, Ramona llevaba ya cuatro años viviendo en Oradour, adonde había llegado siguiendo a su hijo, Joan Téllez Domínguez, un anarcosindicalista de Barcelona que, ante el avance de las tropas franquistas sobre Cataluña, emprendió la huida a Francia en febrero de 1939, durante la Retirada, junto a su madre y su mujer, Marina Domènech, así como con los dos hijos de la pareja, Miquel y Harmonia. El último miembro de la familia Téllez Domènech, Llibert, nació en el hospital de Limoges del que dependía la vecina Oradour, en 1942.

 Todos perdieron la vida el 10 de junio de 1944, cuando llegaron a Oradour los soldados de las tres secciones de la tercera compañía del regimiento blindado Der Führer de la división Waffen SS Das Reich. Rápidamente, los efectivos nazis cercaron el pueblo y separaron a los hombres de las mujeres y los niños, que obligaron a entrar en la iglesia. Mientras los hombres eran ametrallados en varias partes de Oradour, en cuyas ruinas se multiplican las placas recordando los lugares de las ejecuciones, las mujeres y niños sufrían un destino más horrible si cabe aún, ya que la iglesia fue incendiada con las puertas cerradas. Quienes no murieron asfixiados o quemados, lo hicieron abatidos por las balas de los soldados apostados fuera. Se salvaron apenas un puñado de habitantes. De ellos, solo Robert Hébras, que tenía 19 años el día de la matanza, sigue vivo. Este martes, asistió emocionado a una ceremonia que “significa que la memoria existe”, celebró.

El saldo siniestro de esa jornada fatídica fue, durante décadas, de 642 víctimas, recordadas cada año, el 10 de junio, en una ceremonia. La próxima conmemoración ya honrará a los 643 muertos, tras la inclusión de Ramona Domínguez por el trabajo casi detectivesco de Ferrer Revull. Gracias a él, los españoles de Oradour “ya no son anónimos”, dice Amada Pedrola Rosseaud, vicepresidenta del Ateneo Republicano de Limoges.

“Ramona ha permitido que se conozca a los otros”, reflexiona Ferrer Revull. “De ser la desconocida, la que no figuraba en las listas, ha sido la que pone un poco de luz sobre todos los demás”, insiste."                  (Silvia Ayuso, El País, 08/06/21)

8/3/19

Josette Audin y los “justos” de Argelia. La militante anticolonialista durante 60 años denunció torturas y ejecuciones del ejército francés en la guerra de Argelia...

"¡Hola! El proceso al procés arranca en el Supremo y CTXT tira la casa through the window. El relator Guillem Martínez se desplaza tres meses a vivir a Madrid. ¿Nos ayudas a sufragar sus largas y merecidas noches de fiesta? Pincha ahí: agora.ctxt.es/donaciones

El sábado 2 de febrero, a los 87 años, falleció en París Josette Audin, la anciana de blancos cabellos, frágil aspecto y tierna mirada que saltó a los medios de comunicación el pasado mes de septiembre, cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, reconoció la responsabilidad del Estado en la tortura y el asesinato de su marido, Maurice Audin, en la guerra de Argelia, y le pidió perdón en persona.

Josette Audin había exigido justicia a todos los presidentes de Francia desde que a su marido lo detuvieron paracaidistas franceses el 11 de junio de 1957, en la batalla de Argel, y nunca más supo de él. Maurice tenía veinticinco años; era profesor universitario, militante comunista y anticolonialista y padre de tres hijos. Según Pierre Vidal-Naquet (autor del informe L’affaire Audin, que destapó el caso en 1958), los paracaidistas, sospechando que Maurice ayudaba a la guerrilla independentista FLN, lo torturaron para sonsacarle información y lo ejecutaron.

Según la versión oficial, Maurice se escapó durante un traslado, lo que nunca creyeron sus allegados. No obstante, ni sus compañeros de profesión ni sus camaradas (en situación clandestina) pudieron movilizarse para liberarlo, y Josette tuvo que emprender sola la lucha contra el Estado, que durante seis décadas dictaminó que no había lugar para investigaciones. Ni la campaña en memoria de Maurice Audin que organizó el diario L’Humanité ni las cartas que Josette dirigió a Nicolas Sarkozy y a François Hollande en medios de comunicación obtuvieron respuesta.

Macron rompió, pues, el silencio oficial, y al anunciar la apertura de archivos de la guerra de Argelia (aunque no dio fechas) y pedir que los testigos pongan sus documentos a disposición de los historiadores, reabrió el debate sobre los desmanes del ejército francés en Argelia: durante los meses posteriores a su declaración, los medios de comunicación recordaron a quienes, como Maurice Audin, sufrieron torturas y aún están desaparecidos, así como la matanza de manifestantes musulmanes del 8 de mayo de 1945, mientras en la metrópoli se celebraba la victoria frente al nazismo.

El debate sobre lo ocurrido en Argelia está, por tanto, lejos de terminar. La apertura de archivos probablemente desvelará más atropellos del ejército francés, así como otros episodios del conflicto aún desconocidos; sin embargo, un importante capítulo permanece olvidado: la participación de pieds noirs (franceses de origen europeo nacidos en territorio argelino) en la causa independentista. El que la noticia de la muerte de Josette Audin —acaecida solo seis meses después de la declaración de Macron— apenas haya trascendido las fronteras galas es síntoma de la amnesia.

 Ni siquiera hay rastro cinematográfico ni literario de estos “justos” —diría Albert Camus, otro pied noir— que, arriesgando sus vidas, antepusieron sus ideales a su filiación nacional, étnica, lingüística y religiosa.

El olvido se debe fundamentalmente a tres motivos: el primero, que a la ex potencia colonial nunca le ha interesado producir ficciones sobre su derrota ni sobre sus hijos díscolos (para los franceses de Argelia, el peor traidor era un compatriota independentista); el segundo, que la historia oficial ha silenciado a los pieds noirs anticolonialistas, la mayoría ya fallecidos; y el tercero, que habiendo vivido mayoritariamente en Francia desde 1962, año de la emancipación, estos activistas mantuvieron perfil bajo por miedo a sufrir represalias de partidarios de la “Argelia francesa”, que impusieron su relato del episodio histórico.

Por otra parte, los pieds noirs anticolonialistas formaban un conjunto heterogéneo —y mal avenido—, unido solo por un fin. La mayoría, como el matrimonio Audin, eran comunistas que, ante la ambigüedad del Partido Comunista Argelino en el conflicto, ayudaron al FLN (los “portadores de maletas” repartían dinero, víveres y armas a los guerrilleros) y/o se unieron a él. El más conocido fue Henri Alleg, director de Alger Républicain (donde Albert Camus publicó artículos) y una de las últimas personas que vieron vivo —aunque moribundo— a Maurice Audin. Alleg pasaría a la historia por escribir La question, relato de las torturas que le infligieron militares franceses y que redactó sobre papel higiénico del campo de internamiento de Lodi.

Un colectivo menos numeroso pero tan implicado en la independencia argelina como los comunistas fueron los anarquistas. La Fédération Communiste Libertaire (FCL) y el Mouvement Libertaire Nord-Africain (MLNA) formaron en 1954 (año en que comenzó la guerra) la primera red de portadores de maletas. Los activistas Georges Fontenis, Line Caminade, Paul Philippe, Pierre Morain, Suzanne Morain y Léandre Valéro pasaron años recluidos en Lodi y en prisiones de Francia, donde también recababan apoyos para el FLN. Paradójicamente, los libertarios que ayudaron al primer movimiento independentista argelino, el MNA, de Messali Hadj, recibieron ataques del FLN, que acusaba a los mesalistas de inmovilismo.

Capítulo aparte merecen los pieds noirs judíos anticolonialistas. Presentes en Argelia antes que los árabes, los judíos habían sufrido discriminación bajo mandatos otomano y francés, hasta que el decreto Crémieux (1870) les convirtió en franceses de pleno derecho, estatus que perdieron durante el régimen de Vichy y recuperaron tras la Segunda Guerra Mundial. La memoria de las injusticias sufridas incitó a algunos hebreos a apoyar la independencia pese al recelo existente entre musulmanes y judíos, cuenta Nathalie Funès en Mon oncle d’Algérie, cuyo protagonista, el ex resistente antifascista y militante libertario (además de tío de la autora) Fernand Doukhan, no soportaba que Francia humillara a los indigènes, algo que los nazis ya habían hecho con los franceses —judíos en especial— durante la ocupación.

Ningún colectivo de pieds noirs anticolonialistas ha permanecido sin embargo tan olvidado como el de las mujeres, cuyo afán por conseguir justicia social incluía la igualdad entre sexos. Si bien algunas activistas musulmanas —las famosas moudjahidate— tuvieron reconocimiento y popularidad (Djamila Boupacha recibió apoyo de Simone de Beauvoir y de Pablo Picasso), de las activistas HG Esmeralda, judía comunista torturada con picana eléctrica, así como de Jacqueline Guerroudj y Monique Hervo, por citar solo tres ejemplos, apenas sabemos nada, y merecerían un artículo para ellas solas.

Más atención merecería también el devenir de los pieds noirs anticolonialistas tras la independencia, a la que, según Pierre Daum, siguió una euforia que se convirtió en sensación agridulce, o incluso, en desengaño: durante la guerra, algunos militantes —por ejemplo, Fernand Doukhan— fueron deportados a Francia, país del que no sentían formar parte, con la prohibición de retornar a Argelia bajo riesgo de sufrir durísimas condenas; otros, tras haber pasado años en cárceles francesas, consideraban la Argelia libre como un país lejano, extranjero; la mayoría, cumplido el objetivo de la independencia, se instalaron en Francia, donde siguieron discretamente la vida política argelina y militaron en otras causas.

En cambio, una minoría permaneció en Argelia desdeñando “la maleta o el ataúd”, creencia según la cual los musulmanes ejecutarían a todo francés que no abandonase el país tras la independencia. Fue el caso, por ejemplo, de Josette Audin, que se convirtió en funcionaria argelina pese a que ello implicaba una notable reducción de salario. Al igual que otros camaradas, Josette tuvo que abandonar Argelia tras el golpe militar de Boumedienne, en 1966, y se instaló en Francia. Los resistentes fueron marchándose durante las décadas de 1970 y 1980 por la penuria económica, el autoritarismo de los sucesivos gobiernos —que, para ellos, traicionaba la revolución— y la islamización social, hasta que la guerra civil de los años noventa empujó al éxodo a los últimos irreductibles.

La historia de la Argelia independiente, que los pieds noirs contribuyeron a construir, quizá presenta menos luces que sombras. Las desigualdades sociales de un país rico en recursos, el déficit democrático y la falta de libertades de las mujeres, entre otros, son problemas que algunos militantes anticolonialistas ya presagiaban antes de la emancipación. No obstante, lucharon por una causa legítima y no son responsables del devenir del país después de 1962 (a menudo han criticado la evolución sociopolítica de Argelia). Por tanto, antes de que el último de ellos muera, merecerían salir del olvido y que se reconociera su esfuerzo."                    (Gonzalo Gómez Montoro, CTXT, 27/02/19)

20/10/16

Se cebaban con los más débiles, los que ya estaban ensangrentados, hasta matarles, yo lo vi. Saad Ouazen

"Hace cincuenta y cinco años, el 17 de octubre de 1961, entre 300 y 400 argelinos, de unos treinta mil, que se manifestaban pacíficamente, contra las leyes racistas que el gobierno del presidente, Charles De Gaulle, había impuesto, específicamente contra los ciudadanos de ese origen, y por extensión, contra todo ciudadano proveniente del Magreb, fueron cazados y asesinados en pleno París por la policía del régimen. 

 Si bien los herederos de la Revolución Francesa la habían herido de muerte en los arrozales de Indochina, en las cuevas de norte de Argelia y en los bosques y desiertos africanos, aquella noche, en pleno Paris, le pegaron el tiro de gracia.

El hecho más oscuro que se registra en la ciudad luz, hasta hoy, no ha sido debidamente aclarado, y ni siquiera hay una nómina comprobable y segura de muertos y mucho menos de la totalidad de sus responsables.


El Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino, dirigido por Mohamed Budiaf y Ahmed Ben Bella, desde 1954, que libraba una guerra contra la dominación francesa, que había invadió su territorio en 1830, llamó a los miles de argelinos que entonces vivían en París, a manifestarse pacíficamente contra el toque de queda impuesto a la población magrebí por el prefecto Maurice Papon, quién durante la Ocupación nazi había sido el responsable del traslado de ciudadanos judíos de Burdeos a París, con posterior destino a los campos de exterminio.


El toque de queda prohibía a los trabajadores argelinos permanecer en la calle entre 20:30 y 05:30 y las cafeterías de musulmanes deberían cerrar a las 19 horas. Cientos de miles de ciudadanos se vieron entonces obligados a permanecer encerrados en sus precarias viviendas de los bidonville de Nanterre, Bezons, Courbevoie, Puteaux y Colombes, aunque ya estaban acostumbrados al acoso permanente de las rattonades (razias policiales).


La orden del FLN fue clara y rotunda, los manifestantes no debían portar ningún tipo de armas, y se invitaba a que participaran mujeres y niños, como garantes de que no habría de parte de los organizadores intensiones de violentar las normas. Además las columnas deberían transitar por las veredas, para no perturbar en tránsito de avenidas y bulevares.


Apenas iniciada la protestas, la policía de Papon comenzó la cacería por portación de piel, todo “pardo” o moro, que se lo encuentre en la calle sería detenido.


Los siete mil efectivos de Papon, junto a la Policía Auxiliar (APF) mejor conocidos como los Harkis de París, argelinos reconvertidos en anti revolucionarios que operaban contra sus connacionales, se habían preparados desde días antes, con el beneplácito de sus superiores lo que incluía la explicita aprobación de De Gaulle.


Apenas aparecieron los primeros manifestantes comenzó la represión, que dejaría según cifras oficiales 11730 detenidos y 3 muertos.


Los cancerberos de Papon se dispersarían acechantes por calles del Barrio Latino, los Grandes Bulevares, y los alrededores de Champs Elisées. Esperaban a los argelinos en las bocas del metro, en las terminales de buses. Sus mítines fueron atacados con extremas violencia, sin perdonar ancianos, embarazadas, ni niños.


En pocas horas los detenidos alcanzaría a casi a los 12 mil, todo estaba milimétricamente calculado, buses de la policía y autobús de la compañía RATP, habían sido requisados. En ellos trasportaron los detenidos al Hospital Beaujon en Vincennes, a la sede de la policía, al estadio Pierre de Coubertin y al centro de exposiciones. 

Los detenidos debieron sufrir hacinados durante días las golpizas y todo tipo de abuso policial, en deprimentes condiciones higiénicas, sin agua ni alimento. Los detenidos ni siquiera se atrevían a ir a los baños, ya que la mayoría que había osado intentarlo, jamás volvieron. Allí mismo fueron torturados, violados y muchos asesinados. 


Como para cubrir las evidencias, unos días después el ministro del Interior, Roger Frey, antes del reinicio de la Asamblea Nacional, anunció el retorno forzado a Argelia de muchos de los “indeseable”, sin listas, sin poderse despedir de sus familiares ni tan siquiera recoger algunas de sus pertenencias; fueron deportados, aunque muchos de ellos, nunca llegaron a Argelia.


Sin recato frente las cámaras, ni a los periodistas y transeúntes, las policía masacró la protesta, los manifestantes fueron golpeados salvajemente, mientras otros fueron asesinados con armas de fuego a bocajarro.


Las calles de París se llenaron de muertos, charcos de sangre y heridos: hombres mujeres y niños fueron asesinados a golpes por la policía, otros lanzados mal heridos al Sena, tampoco fueron pocos los cuerpos que aparecieron ahorcados en Champs Elisées.


Aquí se ahoga argelinos.


Algunos días después de la represión, en los muros que bordean el Sena comienzan a aparecer unas extrañas pintadas que dice “ici on noie les Algériens” y a los días comenzaron a flotar en el Sena decenas de cuerpos, algunos con disparos y otros con evidentes signos de tortura, era claro que la matanza pergeñada por el perfecto Papon y bendecida por De Gaulle, se había ejecutado con “estilo”, se estima que por los menos fueron 150 cadáveres de argelinos recogidos en las aguas entre París y Rouen.


El presidente declaró que la masacre era “un asunto secundario” y dio por terminado el asunto conforme con los tres muertos iniciales. Envalentonados por la complacencia oficial el 8 de febrero del 1962, otra manifestación en contra de la guerra de Argelia y de la organización paramilitar OAS, (Organisation de l'Armée Secrète)   terminó con una nueva masacre, conocida como “masacre de Charonne" (nombre de la estación de metros parisina) donde otra vez los hombres de Maurice Papon asesinaron esta vez a nueve militantes del sindicato CGT, la mayoría pertenecientes al partido comunista.


Como para terminar su obra macabra el 17 de junio de 1966, De Gaulle aprueba una la ley de amnistía que incluía: “Los actos cometidos en el marco de operaciones policiales administrativas o judiciales”, por lo que se impide cualquier tipo de investigación sobre las matanzas del 17 de octubre y de la estación Charonne, entre otras muchas violaciones a los Derechos Humanos.


Los sucesos del 17 de octubre 1961 impactaron de tal manera en la política francesa, que aceleraron las negociaciones que terminaron con los acuerdos Evian el 18 de marzo 1962, con que se da por finalizada la guerra de Argelia.


La matanza de octubre fue silenciada durante las dos siguientes décadas, hasta como los ahogados del Sena, comenzaron a emerger las evidencias incontrastables contra el prefecto Maurice Papon. 


En 1981, el periódico Le canard enchaîné consiguió una serie de documentos donde se revelaba la participación de Papon en el exterminio judío. En 1998 después de diecisiete años de investigaciones y juicios fue condenado a diez años de prisión, aunque nunca recibió condena por los crímenes de octubre de 1961. Fue liberado en 2002 a los 92 años, por su estado de salud, aunque moriría recién en 2007. (...)"                (Guadi Calvo , Rebelión, 18/10/16)

18/9/13

"Al día siguiente aparecieron cuerpos de bebés colocados en el interior del confesionario, donde sus madres les habían intentado esconder de manera desesperada"

"El 10 de junio de 1944, la compañía de granaderos panzer, integrada dentro de la división SS Das Reich llegaron al pequeño pueblo francés de Oradour-sur-Glane (Limousin). La unidad, que acaba de combatir en el frente del Este de la II Guerra Mundial, tenía que dirigirse ahora al norte del país para luchar en las playas de Normandía.

 Las órdenes eran implacables. Nada ni nadie podía interponerse en su camino. Prácticamente los 640 habitantes de esta pequeña localidad de la campiña francesa fueron asesinados. Entre ellos, 24 exiliados de la República española. (...)

Concretamente llegaron 287 miembros de las SS a bordo de sus vehículos blindados. Nada más llegar establecieron un cordón alrededor de la localidad y se reunieron con el alcalde. El pretexto es que el pueblo tenía un almacén de armas de la resistencia francesa y por tanto harían un registro.

 Las mujeres y niños, en torno a 450, fueron encerrados en la Iglesia, hacinados. Los hombres fueron divididos en grupos y fueron asesinados con armas automáticas. Los cadáveres fueron rociados con gasolina y las casas arrasadas con granadas.

"Al oír los disparos los padres de algunos niños de la escuela comarcal corrieron hacia el pueblo para ver qué pasaba. Los soldados los dejaron pasar y una vez dentro los asesinaron a todos también. Según algunos testimonios de los pueblos vecinos, hubo soldados que negaron la entrada a los padres y les explicaron que si entraban morirían", prosigue Schmitt-Perrin 

Los ruidos y el olor de la masacre comenzó a llegar la iglesia, donde permanecían mujeres y niños. El pánico se desató y comenzaron los intentos de fuga. Pero nadie podía escapar vivo. Eran las órdenes. Los soldados dispararon a través de las puertas y lanzaron varias bombas que terminarían por aniquilar a las mujeres y los niños.

"Al día siguiente aparecieron cuerpos de bebés colocados en el interior del confesionario, donde sus madres les habían intentado esconder de manera desesperada", explica. Hubo muertes por quemaduras, por desmembramiento tras la explosión, por asfixia, pos aplastamiento o cocidos literalmente.

Sólo dos mujeres consiguieron escapar de la hoguera en que se había convertido la iglesia. Una de ellas, la más joven de las dos, no pudo seguir. Se rompió las piernas al caer y fue asesinada allí mismo poco después; la única superviviente fue una mujer mayor que había logrado saltar y escapar antes de que los soldados se apercibieran de su presencia.

En el resto del pueblo, de los más de 200 hombres, solamente seis escaparon con vida, todos ellos heridos. Caídos al suelo entre los cuerpos de los tiroteados, lograron apartarse de los montones de víctimas antes de que el fuego acabase con ellos.

Entre los 640 víctimas de las SS, se encontraban 25 republicanos españoles que habían encontrado refugio en esta pequeña localidad tras la Guerra Civil española. La mayoría estaban instaladas en el pueblo desde 1941, pero también había otros exiliados republicanos españoles que formaban parte de un Grupo de Trabajadores Extranjeros (GTE).

 "Estos grupos se componían de refugiados o desplazados en edad militar, sujetos a las autoridades de ocupación y que prestaban sus servicios como trabajadores agrícolas o locales", explica el periodista Xulio García Bilbao, que visitó Oradour-sur-Glane este verano. (...)

Lo que sigue a continuación es un listado de las familias españolas que murieron asesinadas en Oradour-sur-Glane. Esta información ha sido facilitada por el Foro por la Memoria de Guadalajara.

La familia Gil Espinosa la componían el matrimonio, una pariente de la esposa y las dos hijas, gemelas de 14 años. Eran originarios de Alcañiz, donde muy posiblemente participaron en la colectivización. Sus nombres y edad: Francisco Gil Egea (cerca 50 años), su esposa Francisca Espinosa (49 años), su pariente Carmen Espinosa Juanos (30 años), y las niñas Francisca y Pilar Gil Espinosa (14 años).

La familia Lorente Pardo, madre y dos hijos, procedían de Barcelona y llevaban en Francia desde el éxodo de enero de 1939; la madre, Antonia, era de Murcia. Sus nombres: Antonia Pardo (29 años), Nuria Lorente Pardo (9 años) y Francisco Lorente Pardo (11 años).

Las hermanas Emilia y Angelina Masachs, de 11 y 8 años, eran originarias de Sabadell y habían perdido a sus padres; se encontraban recogidas por las otras familias españolas.

La familia Serrano Pardo estaba rehaciendo su vida en Francia. El padre, José Serrano Robles (29 años) era maestro de escuela y había marchado al exilio con su esposa María Pardo. Sus tres hijas habían nacido en Francia; la pequeña Armonía Serrano Pardo (nacida el 4/6/41, es decir de 3 años) y las gemelas de 1 año de edad, Esther y Paquita Serrano Pardo.

La familia Téllez Domínguez procedía de Barcelona. El padre, Domingo Téllez (45 años) era originario de Zaragoza y se encontraba en Oradour con su esposa María Domínguez (31 años), y sus hijos Miguel (11 años), Armonía (8 años) y el pequeño Liberto, de dos años, nacido en Oradour.

Por último, también se encontraba la española Carmen Silva, de 39 años, era de Bilbao y estaba casada con el francés Robert Pinede."                  (Público, 16/09/2013)