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7/3/17

Dieciocho vecinos de Castronuño, un municipio de Valladolid, fueron declarados indeseables y condenados al destierro junto a sus familias, desposeídos de cualquier propiedad...

"(...)  En julio de 1936, dieciocho vecinos de Castronuño, un municipio de Valladolid, fueron declarados indeseables y condenados al destierro junto a sus familias. 

Desposeídos de cualquier propiedad y arrojados a un futuro incierto, muchos de ellos acabarían en cárceles y campos de concentración. Otros serían paseados y enterrados en cunetas. Sin juicio ni sentencia, con total impunidad.

Todo comenzó el 22 de julio de 1936, cuando agentes de la guardia civil se presentaron en el Ayuntamiento para destituir al equipo de gobierno municipal elegido democráticamente y procedieron a designar una nueva corporación afín a los intereses de los nuevos valedores de la Patria.

 Tres días después,  esta nueva Corporación, utilizó sin pudor uno de los instrumentos de la represión franquista: el destierro, acordando por unanimidad declarar indeseables a Antonio Serrano, Pedro López, Teófilo Cabezas, Ramón Busto, Luis Manuel Machado, Álvaro Pereira, Víctor Rodríguez, Eugenio Polo, Daniel Martínez, Francisco de Santiago, Mario Bermejo, Emilio Luengo, Primitivo Alonso, Teodoro Ferrín, Simeón Casado, Eusebio Ayllón, Eloy Nozal y a «un tal Alonso, que trabaja en la Presa del Canal de San José". 

Todos ellos, junto a sus familias, debían abandonar la población "el día que el Sr. Alcalde se lo notifique». (Acuerdo del Pleno del Ayuntamiento de Castronuño de 25 de julio de 1936)

El 4 de agosto de 1936, el Pleno del Ayuntamiento de Castronuño acuerda: «(...) exceptuar en la relación del acta anterior como "indeseables" a Marino Bermejo, por haberse comprobado que es persona de buena moralidad. (...) Acordándose acto seguido y por unanimidad declarar indeseables a todos los forasteros que residan en esta localidad».

A Primitivo Alonso, alías
Timoelfole y Teodoro Ferrín, presidente de la Casa del Pueblo, se les abrió una causa por el delito de rebelión militar en noviembre de 1936, bajo la acusación de patrullar por el pueblo para impedir la entrada de las milicias nacionales. Se les consideró «elementos peligrosos para la nueva España».

Primitivo Alonso tenía 49 años, casado, afiliado al PSOE, trabajada como albañil. Era natural de Villalcón (Palencia). Fue condenado a prisión perpetua con la accesoria de inhabilitación absoluta, conmutada posteriormente por la de cuatro años y seis meses. En 1939 sería trasladado a la cárcel de El Dueso y el 21 de julio de 1941 obtuvo la libertad condicional.

Peor suerte corrió Teodoro Ferrín, de 39 años, nacido en Tordesillas, tornero de profesión, casado y padre de cinco hijos: Irene, Vicente, Bonifacio, Pedro y Teodoro, condenado a la pena de muerte que fue ejecutada en el Campo de San Isidro de Valladolid a las siete de la mañana del 13 de marzo de 1937. 

Perdió la vida junto a cuatro vecinos más de Castronuño: Agapito González, (45 años) Lucio Modroño (60 años), Francisco Prieto (26 años), y Claudio Santos (30 años). Sus restos fueron a parar a la fosa común número 6.

Otro de los desterrado, Álvaro Pereira, fue paseado el 21 de agosto de 1936.

Durante ochenta años el acuerdo adoptado en el pleno del Ayuntamiento de Castronuño el 25 de julio de 1936 estuvo vigente, hasta que el nuevo grupo de gobierno municipal (IU-PSOE) elegido en mayo de 2015, tras encontrarse con las antiguas actas, consideró que el Ayuntamiento tenía una deuda moral con los vecinos desterrados y sus descendientes y propuso revocarlo, «en total cumplimiento con la Ley de Memoria Histórica, sin ánimo de revanchismos ni de crear otras posibles animadversiones, es necesaria la reparación moral del buen nombre de unos vecinos y sus familias cuya honorabilidad fue desacreditada en dicho acuerdo de pleno».

El 7 de julio de 2016 el Pleno del Ayuntamiento acordó su revocación y otorgó las correspondientes declaraciones de reparación y reconocimiento personal a los vecinos desterrados en 1936.

Muchos tal vez piensen que era innecesario, o que la medida llegó demasiado tarde. Sin duda el daño causado no podrá restañarse jamás, pero después de tantos años de silencio la decisión de la nueva corporación municipal de Castronuño aligeró el inmenso peso de la losa que durante ochenta años tuvieron que soportar los desterrados y sus familias.

Ojalá sirva de ejemplo."              (Búscame en el ciclo de la vida, 14/02/17)

29/2/12

“Cuando mi hermano de nueve años iba al monte a por una carga de leña, la guardia civil le paraba y le hacía preguntas o le daba guantadas a él y a quien le acompañara”.

"Pilar Alcorisa ha vivido ya ocho décadas,  de las cuales, seis las ha dedicado a buscar el paradero de su padre. Sobre todo, tiene muchos deseos de acabar con esta pesadilla que empezó cuando era una niña de seis años y vio con horror como la guardia civil llegó un día a su hogar buscando a su hermano Pedro de 26 años, entonces, 91 ahora, que se había echado al monte de guerrillero.

Fue el 14 de abril de 1947. Le dijeron al padre que si el hijo no estaba, se fuera con ellos al cuartelillo. El padre, agricultor, apicultor, con otros cinco hijos en casa los mas pequeños de 12, 9 y 6, marchó con ellos. ¿Qué iba a hacer? “Fue la última vez que lo vimos”. (...)

Vivían en Higueruelas, una aldea de Santa Cruz de Moya, en Cuenca. Al padre se lo bajaron a Valencia a un cuartel, “al calabozo de Arrancapinos”, dice Pilar. “Luego ya no sé decir si fue el alcalde o quien que nos dijo que se había muerto, ahorcado con los cordones de los zapatos.

 ¿Qué cordones? ¡Si llevaba albarcas, no tenía cordón alguno”. Si a Teófilo le preguntaron por su hijo, poco podía saber de su paradero, Pedro era resbaladizo y silencioso, enrolado en la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA), en pleno apogeo del maquis.

En los papeles que no hace mucho consiguieron, un libro mal cuidado pero que aún refleja la historia, en la página en que figura la muerte de Teófilo Alcorisa, se indica “asfixiado”. Pero hay más referencia a fallecidos en esa página. “Todos figuran muertos por asfixia. –dice Pilar- ¡Qué casualidad! Tuvo que haber una epidemia de asfixia aquellos días”.

Pilar vivió con seis años una infancia aterradora, de miradas de reojo, de un padre que no estaba cuando todo el mundo tenía y con el peso de que algo horrible había pasado. “los niños son muy crueles y lo viví muy mal”. Para la familia la vida fue muy difícil “cuando mi hermano de nueve años iba al monte a por una carga de leña, la guardia civil le paraba y le hacía preguntas o le daba guantadas a él y a quien le acompañara”.

 Los registros en casa, de noche, eran habituales. La niña que era Pilar recuerda el miedo a tender la ropa en la calle “decían que eran señales que hacíamos a mi hermano… No podíamos” . El hermano, Pedro, desesperado mientras con la pena por la desgracia del padre, por no poder ayudar a su familia, deshecha. (...)

“A mi madre la desterraron. Nos tuvimos que marchar. Nos fuimos a un pueblo de Valencia donde vivía mi tía. Volvimos en 1950, dijo mi madre que fuera lo que Dios quisiera. Luego  ya en 1957 tuvimos noticias de mi hermano  que estaba en Francia y nos marchamos allí”.

Pilar, su madre y algunos de sus hermanos regresaron a España en 1975. El 20 de noviembre. “Estábamos en la frontera con nuestros enseres cuando nos enteremos de la noticia de que Franco había muerto. El hermano volvió más tarde, pero estaba ya aquí el día del golpe de estado del 23-F. Debió ver pasar toda su vida de nuevo aquella noche, como una película. La familia salió adelante como pudo, en el servicio doméstico, en fábricas… Se instalaron en Burjasot."               (El Plural, 28/02/2012)

21/12/10

'Los presos que cumplían penas de trabajos forzados en el canal del Bajo Guadalquivir, conocido como el Canal de los Presos'

"-Mi primera infancia transcurrió en un pequeño barrio de Sevilla, Heliópolis, al lado del campo del Betis. Hasta los 10 años. Los 10 años fueron significativos para mí porque nos fuimos a vivir a Bellavista, a cinco kilómetros de Sevilla.

Éramos de una familia modesta, trabajadora, que podríamos llamar de clase media-baja, en un barrio bastante marginal, de obreros de aluvión, procedentes de la conversión de la sociedad agraria a una sociedad más urbana.

Gente que venía de los pueblos y se quedaba en ese barrio sin urbanizar, sin infraestructuras sanitarias hasta mucho más tarde. Además, en ese barrio hubo un impacto significativo -aunque pequeño en número- de los presos que cumplían penas de trabajos forzados en el canal del Bajo Guadalquivir, conocido como el Canal de los Presos, que pasa entre Bellavista y Dos Hermanas. Conforme iban cumpliendo sus penas los presos de la Guerra Civil se iban quedando en el barrio.

De ninguna manera se les ocurría volver a sus pueblos, donde eran rechazados. Esos presos constituían la élite del barrio. Eran delineantes, maestros, profesores, obreros cualificados. Excluidos como estaban de sus profesiones, daban clases particulares de matemáticas u otras cosas y ayudaban a los niños.

Recuerdo de aquellas fechas, siendo un adolescente, la sorpresa que me producía la relación que había entre una visita, o un paso por la carretera, de Franco, cuando visitaba Sevilla, y la recogida inmediata, durante 72 horas, por parte de la policía, de esos "sospechosos". O bien la desaparición por detención que de vez en cuando se producía de unos cuantos de estos hombres porque intentaban reconstruir su organización.

El barrio tenía esa peculiaridad y yo era de una familia no política. Mi padre era republicano, pero yo lo supe después de cumplir 20 años. Ya estaba en la universidad, ya habíamos tenido algunas discusiones por asuntos de la policía y esas cosas." (FELIPE GONZÁLEZ: "Tuve que decidir si se volaba a la cúpula de ETA. Dije no. Y no sé si hice lo correcto". El País, Domingo, 07/11/2010, p. 4)

9/9/10

"Íbamos de puente en puente, pidiendo por los caminos. Un día, un alguacil detuvo a mi madre y la llevó a rastras hasta la plaza mayor del pueblo..."

"En esta fosa, Luis Carlos García, de 73 años, busca los restos de su tío. "Lo mataron el 3 de agosto de 1936. Era concejal en Santaolalla de Bureba. Tenía 25 años. Mi padre, su hermano, se escondió durante casi ocho años en el pajar de casa para que no le pasara lo mismo, pero yo no supe que era mi padre hasta los ocho años.

Me dijeron que era mi tío para que no se me escapara que mi padre estaba escondido en casa y lo detuvieran. Me enseñó a leer y a escribir, pero de estar tanto tiempo encerrado se trastornó y fue a entregarse". Al principio, la Guardia Civil le tomó por loco. Finalmente fue detenido y pasó tres años en prisión.

"A mí me mataron a mi padre y a dos hermanos; uno de ellos, Damián, está en La Pedraja", cuenta Bernabé Sáez. Los asesinos no se conformaron con aquellas tres muertes. "Una noche aporrearon la puerta hasta que mi madre abrió. Le dijeron que estábamos desterrados...

Íbamos de puente en puente, pidiendo por los caminos. Un día, un alguacil detuvo a mi madre y la llevó a rastras hasta la plaza mayor del pueblo. Ella le gritó: '¡Asesino! ¡Mátanos a todos!' No se me olvidará en la vida.

Le raparon la cabeza y le dieron aceite de ricino", cuenta. "Yo pasé 15 años en la cárcel porque empecé a robar para sobrevivir. Jamás podré olvidar todo esto. Tengo 88 años y me voy a morir con este dolor". (El País, España, 29/08/2010, p. 15)

11/3/10

Morales del Toro se quedó sin hombres, a causa de la represión franquista

"A pesar de ubicarse en una región de fuerte raíz conservadora, el pueblo de Morales de Toro consiguió una alcaldía de izquierdas en las últimas elecciones de la República. Tras el levantamiento de los nacionales, fue una de las primeras zonas que cayó bajo la influencia franquista. Este hecho trajo consigo la muerte de un total de 31 personas en el pequeño pueblo, lo que supone una represión un 55% mayor que la media española. «Las zonas que cayeron primero en el bando de los nacionales tuvieron que servir, además, como granero y se les obligaba a los hombres a formar parte del ejército franquista», señala el autor. «Eso llevó a que el pueblo prácticamente se quedará sin hombres en aquellos años».

Lo que más ha sorprendido a los autores del libro ha sido la dificultad para encontrar testimonios. "Hay mucha gente que no quiere hablar, existe un silencio autoimpuesto sobre aquellos sucesos. Da la casualidad que los represores también fueron gente del pueblo, incluso de la misma familia. Parece que la historia se quiere quedar en la intimidad del pueblo, quizás por miedo a que resurjan esos odios entre vecinos», explica Del Palacio.

Pero los autores consiguieron que 50 personas relataran lo que sucedió. «Hemos entrevistado a personas que fueron testigos directos de la represión, y a hijos e hijas de asesinados, que también han sido víctimas de la barbarie", afirma el autor. Muchos de los entrevistados para este libro viven ahora en el País Vasco. Se da la circunstancia que de Morales de Toro tuvieron que emigrar, además de por la situación económica, por cuestiones de ideología. A las familias como la del autor, tras salir su padre de la cárcel, se les hizo la vida imposible en la localidad, con lo que no tuvieron más remedio que emigrar. «Fuimos prácticamente desterrados», señala Del Palacio. (...)

Portalea acogerá esta tarde, a partir de las 19.30 horas, la representación del libro 'Matando sueños, sembrando miedos. Morales de Toro, 1936.', de José María del Palacio y Cándido Ruiz. " (El Correo.com, 09/07/2009)