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11/10/10

"Los criminales son gente común"

"Jacques Vergès, protagonista del documental 'El abogado del terror', defendió a nazis, dictadores y asesinos,

Jacques Vergès, nacido en la isla Reunión, colonia francesa, de padre francés y madre vietnamita, denominado desde hace mucho El abogado del diablo, tiene 85 años, pero no los aparenta. Ha defendido, entre otros, a terroristas argelinos, a terroristas alemanes, a Carlos El Chacal; al nazi Klaus Barbie, El Carnicero de Lyon; a asesinos en serie y a dictadores africanos.

Luchó con De Gaulle, se embarcó en el Frente de Liberación Nacional Argelino, se esfumó durante ocho años en los que nadie supo dónde estaba y volvió convertido en abogado de indeseables. Es amable, inteligente, culto, cínico, enigmático e inquietante. Habla muy lentamente, como si en vez de contar recitara.

En 2008, el director Barbet Schroeder realizó sobre él y su vida el documental El abogado del terror.

Pregunta. ¿Qué le parece el documental?

Respuesta. (...) El documental es interesante porque ilustra una mitad de siglo de vida colonial, con el terrorismo de un lado y la tortura del otro.

P. ¿Por qué se hizo abogado?

R. Yo no tenía mucha vocación al principio. Me hice activista estudiantil. Pero a los 29 años me dije que ya no podía seguir siendo estudiante. Busqué una profesión liberal a la que se llegara rápido. Tras convertirme en abogado, al ir a defender a un joven delincuente, cuando me contó su vida, me dije: "Yo podría estar en su lugar". Así descubrí mi vocación.

P. Cada vez que ha defendido a alguien, ¿ha pensado lo mismo?

R. Sí, señor. En todos los criminales hay una parte de humanidad. En Klaus Barbie había también un hombre que sufría. Puedo ponerme en el lugar de un nazi, un terrorista o un colono.

P. Pero es raro elegir siempre a los más sombríos...

R. Había un abogado francés que decía: "A mí me gustaría dejar de defender a los malhechores y poder defender a las vendedoras de rosas, pero todavía no he tenido la oportunidad".

P. ¿Cómo son esos criminales? ¿Cómo es ese lado oscuro?

R. Cada uno de nosotros tiene una parte sombría. El Vampiro de Düsseldorf amaestraba pájaros y cada uno de nosotros incuba una parte de maligna... Aunque los criminales atraen más.

P. ¿Por qué?

R. Porque nos hacen preguntarnos cosas sobre nosotros mismos. Las víctimas, no. Una mujer que llora porque han secuestrado a su hijo no nos inquieta. Comprendemos su dolor. El secuestrador nos fascina porque nos hace preguntarnos sobre nuestra propia moral. Esa fascinación no es perversa, obedece al deseo de explorar el corazón humano.

P. ¿Pero usted ha defendido a esos criminales por esa fascinación o por otros intereses?

R. Yo también me lo pregunto. Decía el inspector Maigret: "El crimen no me interesa, sino lo que hay en la mente del criminal".

P. ¿Cómo era Klaus Barbie, El Carnicero de Lyon?

R. Una persona normal, como cualquier otra. Eso es lo terrible.

P. ¿Terrible?

R. Los criminales son gente común. Primo Levi, que sobrevivió a Auschwitz, decía: "Nuestros verdugos no eran criminales natos ni monstruos, sino, por desgracia, hombres ordinarios".

P. Durante muchos años usted desaparece. Volvió cambiado.

R. Yo no cambié, sino el mundo. Y la clientela.

P. Defendió a terroristas de la Baader-Meinhof. ¿Por qué?

R. Había simpatía. Pero ya no adhesión política.

P. ¿Cómo eran?

R. Apasionados, desinteresados y estimables.

P. ¿Cómo es Carlos El Chacal?

R. No diré nada sobre él. Tiene todavía un juicio pendiente.

P. Y ahora, ¿qué hace usted?

R. Soy abogado de gente común. Es tan estimulante como lo otro. Lo estimulante era encontrar esa huella de humanidad en los criminales. Cuando acepté defender a Barbie, recibí muchas cartas de gente enfadada conmigo. Pero también un telegrama de Jean Genet: "Señoría: nunca he sido más amigo de usted que ahora". Eso compensó lo demás." (El País, ed. Galicia, 08/10/2010, p. 65)

3/7/10

Papá mandaba en Auschwitz... era el comandante

"Su progenitor, del que conservaba una única fotografía, en uniforme -negro y con calavera en la gorra-, desde que de niña fue separada de su familia alemana y dada en adopción a un matrimonio estadounidense, era oficial de las SS. Y no uno cualquiera, sino el obersturmbannführer (teniente coronel) Arthur Liebehenschel, comandante de Auschwitz durante parte de la existencia del gran campo de exterminio. "Mi padre no era un monstruo", asegura por teléfono, con voz muy dulce, Cherish desde su casa en Pahrump, Nevada.

El año pasado, Barbara Cherish (nacida Bärbel Liebehenschel en Oranienburg, en Alemania, en 1943) publicó un libro que ahora se acaba de editar en castellano (El comandante de Auschwitz, Laocoonte, 2010) en el que explica su lucha con la memoria de su padre y su investigación para esclarecer los puntos oscuros (¡) de la vida de este. Atraviesa el libro una esperanza de la autora: la de que Liebehenschel mostrara algún rasgo al que acogerse, no para una redención que ella sabía absolutamente imposible ("nunca tuve la intención de exonerarlo"), sino a fin de humanizarlo lo suficiente como para poder afrontar el hecho terrible de ser su hija.

Y Cherish halló una característica a la que se agarra como a un clavo ardiente: su padre parece haber sido ¡un mal comandante de Auschwitz! Con tasas bajas de mortalidad. Un oficial al que sus superiores juzgaron inepto, blando e incapaz, e incluso indigno de ser un SS. Eichmann lo juzgaba "un niño incorregible" que ignoraba las normas.

"Mi padre", dice la hija del Kommandant al otro lado de la línea, "fue un hombre débil en un lugar terrible". El que la incompetencia que le reprocharon sus jefes y que condujo a que lo relevaran fuera en realidad una cierta manifestación de humanidad y decencia, como trata de argumentar su hija, es, sin embargo, algo demasiado increíble en un jefe de las SS.

"Su indulgencia era meramente ilusoria", apuntó un testigo en su juicio (testimonio que recoge Cherish en su libro). En todo caso, Liebehenschel es un personaje menor si lo comparamos con el comandante más famoso de Auschwitz, Rudolf Höss, que lo despreciaba. "Höss disfrutaba haciendo su trabajo, exterminando a la gente", recalca Cherish. "Mientras que mi padre no estaba de acuerdo con la Solución Final y le ponían enfermo los transportes". (...)

En El comandante de Auschwitz, la autora empieza por recordar el momento en el que con 13 años, en 1956, cuando iba a emprender una nueva vida en América, su hermana mayor Brigitte le dio la foto que la acompañaría toda su vida, ensombreciéndola. Ella decidió ocultar el retrato, por miedo a que revelara sus orígenes y la pudieran rechazar o deportar. "Pero viví con una tristeza inexplicable y un anhelo de saber quién era re almente yo", escribe. Fue mucho después, en 1991, cuando Cherish se embarcó en la búsqueda de sus orígenes y consiguió los diarios y las cartas de su padre y las transcripciones de los interrogatorios a que fueron sometidos en Núrenberg los oficiales de las SS. "Fue un proceso largo, de años, buceé en archivos, me carteé con supervivientes y los entrevisté". (...)

Cherish duda (¿inocentemente?) de que comprendiera las implicaciones de pertenecer a las SS, aunque Liebehenschel hizo carrera desde el principio en la sección de campos de concentración -no precisamente la más edificante- de las unidades de la calavera-. En 1938, la familia vivía cómodamente instalada en Sachsenhausen. Los niños se relacionaban con los presos que iban a hacer trabajillos a casa, aunque con la pena, escribe la autora, de que acabada la labor se marchaban "para no volver". Los Liebehenschel tenían una perrita pastor alemán, Ossie, que terminó en la academia de perros policía de las SS.

En noviembre de 1943, nuestro hombre fue transferido a Auschwitz como comandante del Campo I, el original (el II era Birkenau, y el III, Mederitz). Estuvo allí hasta el 5 de abril de 1944 y en los interrogatorios sostuvo, agárrense, que no vio nunca ningún tren, ni las cámaras de gas, que trató de mejorar las condiciones de los prisioneros y salvar vidas. Vamos, un negro SS que quería aparecer como un mirlo blanco.

El romance ilícito con Anneliese Huettemann (con la que habló Cherish para su libro) le costó caro, primero porque los SS, tan morales ellos, no veían bien el adulterio. Y luego, cuando la pareja quiso casarse, porque la Gestapo acusaba a la chica de haber tenido sexo con un judío, lo que hacía inviable el matrimonio con un SS. Liebehenschel llegó a jugárselo todo apelando a Himmler para que permitiera el enlace, cosa que el Reichführer al final hizo. El oficial siguió su carrera y fue enviado como comandante a Majdanek. Cómo alguien que ha estado de comandante en dos campos de exterminio puede argumentar que tiene las manos limpias sería risible si no fuera patético.

Su ex esposa, la madre de Cherish, acabó internada en un manicomio, y la niña, desnutrida, dada en adopción tras la guerra. "Siento amor por mi padre, sí, aunque es un amor oscuro", reconoce. "¿Estoy en paz con él? En cierta manera, lo he conseguido a través del libro. Me he sentido muy cerca de él escribiéndolo. He leído libros de otros familiares de nazis, libros con mucho odio. Yo, ¿sabe?, no comparto ese sentimiento" (El País, 03/07/2010)

28/2/08

La crueldad de los campesinos

“R. Esos métodos no me convencían desde que trabajaba en la Oficina 13. Pero consideré que entonces existía el pretexto de la lucha revolucionaria, de la clandestinidad, de neutralizar a los espías infiltrados o a los que podían convertirse en espías… Personalmente no tenía una respuesta. Lo entendí con el paso del tiempo: era Ta Mok (considerado por todos el jemer rojo más sanguinario) quien había ordenado que se eliminara a todos los prisioneros. Veíamos enemigos, y más enemigos, por todas partes. Cuando descubrí que en la lista de las personas a las que había que eliminar estaba incluso el ministro de Economía, Von Vet, sufrí un choque, una verdadera conmoción. (…)

P. ¿Qué sentía ante ese número creciente de víctimas que usted contribuía a aumentar?

R. Me sentía empujado hacia un rincón, como todos en ese engranaje; no tenía opción…había que sospechar siempre, temer algo, y llegaba la petición: "Interrogadlo otra vez, interrogadlo mejor".

P. Lo que significaba sólo una cosa: nuevas torturas.

R. Pasaba siempre eso. Por ejemplo, en el caso de mi cuñado. Le conocía muy bien, se había creado una relación auténtica de parentesco, pero tenía que eliminarlo de todas formas... Así que para protegerlo no analicé con demasiado rigor esas declaraciones. Y en esa ocasión mis superiores empezaron a dejar de tener plena confianza en mí. Al mismo tiempo, yo ya no me sentía seguro. (…)

P. Usted mantuvo su puesto hasta el último momento. ¿Era un ejecutor perfecto?

R. Obedecía. Quien llegaba a nuestro centro no tenía ninguna posibilidad de salvarse. Y yo no podía liberar a nadie. (…)

P. Usted está ahora arrepentido, pero ¿qué pasa con todos esos miles de víctimas, esa violencia practicada con métodos primitivos, esas mentiras transformadas en verdad?

R. Si alguien busca la responsabilidad, y los diferentes grados de responsabilidad, lo único que puedo decir es que no había vía de escape para quien entraba en la máquina de poder ideada por Pol Pot. Sólo los dirigentes conocían la verdadera situación del país, pero los cuadros intermedios la ignoraban. Y además había esa obsesión por el secretismo. Está claro que usted me pregunta si no podía rebelarme, o por lo menos huir.

P. Eso es.

R. Si intentaba huir, ellos tenían como rehén a mi familia, que habría corrido la misma suerte que los otros prisioneros de Tuol Sleng. Mi fuga, mi rebelión no habría ayudado a nadie.” (Kang Kek Ieu (le llaman Duch). Profesión: profesor de matemáticas y genocida: "Ninguna respuesta evitaba la muerte". El País, ed. Galicia, Domingo, 10/02/2008, p. 2/4)

25/2/08

La banalidad del mal

“P. ¿Hay algo específico en los criminales de esa guerra, algo que los distinga de los nazis, de Eichmann, Stangl, Hoess?

R. La única diferencia son las circunstancias. Por lo demás no son nuevos tipos de criminal de guerra. Lo que se ha clarificado desde entonces, desde Núremberg, es que no se trata de monstruos, sino de gente corriente. Proceden de variados medios sociales, tienen distintas capacidades intelectuales, pero no son diferentes de usted o de mí. Eso es difícil de aceptar pero hay que hacerlo. Creer que son monstruos es lo fácil, eso les pone en una categoría aparte, tranquilizadora; es falso. Yo estaba segura de que jamás sería capaz de hacer lo que ellos hicieron. Pero ahora, no pondría la mano en el fuego ni por mí. Has de aceptar esa posibilidad. No hay santos entre nosotros.

P. ¿Cómo sucede, cómo se llega a la maldad?

R. La deshumanización de las víctimas es un factor importante. Es un proceso lento, Klemperer lo muestra en sus diarios. Siempre sucede despacio, con los judíos o con los musulmanes de Bosnia. La guerra, la masacre, no empieza con los disparos, hay una larga preparación psicológica de la población. La gente ha de aprender a ver cómo empieza todo para prevenirse y no dejarse arrastrar.

P. Gitta Sereny, que entrevistó a Speer y, sobre todo, a Stangl, el comandante de Treblinka, me dijo en una ocasión que la exposición al mal, como la de ella, o la de usted ante esos criminales, puede ser peligrosa para la integridad moral, la cordura.

R. Para mí Sereny es una referencia, pero no siento ese riesgo de que habla. Una vez me explicó que le habían ofrecido mucho dinero para escribir sobre un asesino en serie de niñas que había matado a su propia hija y se había suicidado. Declinó porque creía que el mal podía propagarse escribiendo de aquello. Me pareció una especie de autocensura. Yo creo que hay que escribir, para que la gente se haga consciente de los peligros. Ése es el motivo de este libro. He comprendido a través de los juicios lo corriente de los criminales, que todos tenemos un doble potencial, para el bien y para el mal. Y la única forma de luchar contra el mal es ser consciente de que lo llevas dentro.” (SLAVENKA DRAKULIC: "Ninguno estamos libres de caer en la maldad". El País, ed. Galicia, Cultura, 22/02/2008, p. 46)

10/2/08

Son los verdugos los que jamás perdonan

“Javier Reverte, en su libro de viajes Vagabundo en África, acerca de su segunda incursión viajera y literaria por aquel continente, cuenta una conversación durante 1997, en Ruanda, país que en 1994 sufrió una terrible masacre, (ochocientos mil tutsis y hutus moderados fueron allí asesinados). El interlocutor de Javier Reverte se llamaba Athos (naturalmente, sus otros tres hermanos llevaban los nombres de D’Artagnan, Portos y Aramis) y había perdido en aquella matanza a sus abuelos, un primo y una cuñada, «¿Cree usted que los tutsis podrán perdonar algún día?», le preguntó Reverte.
-Yo puedo perdonar -contestó Athos-, pero no creo que los tutsis puedan hacerlo. ¿Han olvidado los judíos el Holocausto? No. Hace más de cincuenta años y no olvidan. ¿Cómo quieren que nosotros olvidemos en tan solo tres años? Respóndame a una pregunta: ¿en España han olvidado la guerra civil?
Javier Reverte le contestó: -Yo creo que sí. Que los españoles sí han olvidado. Quizá porque ya ha pasado medio siglo de aquella barbaridad.
-No es por eso -aseguró Athos- Es porque ya murieron los verdugos.
Athos tenía mucha razón. Son los verdugos quienes jamás perdonan. Son ellos los que llevan en su corazón y en su memoria la perenne presencia de su hazaña destructora. Son ellos quienes no desean ser perdonados. Han de vivir el resto de sus días justificando sus asesinatos. Asegurando públicamente que volverían a cometer los crímenes, si la ocasión se repitiera. Lo hacen para alimentar su podrida conciencia. Una conciencia que sin ese sucio alimento los destruiría. Es el miedo de los verdugos a la verdad el que hace imposible el perdón. Ese miedo incompatible con la piedad propia y con la ajena.
Y esa impiedad no sólo es la de los verdugos “oficiales” la de los Stalin, Hitler, Franco o Pol- Pot, también está en las miradas y en las sonrisas altaneras de los etarras cuando miran a las familias de sus víctimas desde el banquillo de la Audiencia Nacional.” (El blog de Joaquín Leguina: Víctimas y verdugos)