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14/6/21

Las heridas aún abiertas de la matanza racista de Tulsa. Los tres únicos supervivientes vivos de los disturbios que costaron la vida a 300 afroamericanos hace 100 años continúan reclamando en vano una indemnización

 "Viola Ford Fletcher tenía siete años cuando un hombre pasó delante de su casa en el barrio de Greenwood, en la ciudad de Tulsa (Oklahoma), gritando a todo el mundo que se marcharan porque “los blancos estaban matando a todos los negros”. Era la noche del 31 de mayo de 1921.

 En cuestión de horas, durante la madrugada del 1 de junio, una turba de blancos saqueó e incendió los negocios de los afroamericanos. Según los cálculos de los historiadores, 300 personas murieron y otros centenares resultaron heridos. Las llamas destruyeron 35 manzanas y 8.000 residentes del distrito quedaron sin hogar.

 Fletcher aún recuerda con lucidez las imágenes de sus vecinos recibiendo disparos, sus cuerpos sin vida en la calle, el fuego consumiendo las iglesias, los negocios y los edificios. “Aún puedo oler el humo”, aseguró este 19 de mayo ante un comité del Congreso en Washington.

 El barrio atacado esa noche era conocido como el Wall Street Negro. Veteranos de la I Guerra Mundial, profesionales y artesanos —descendientes de esclavos— habían logrado levantar un segregado pero próspero distrito en el que vivían cerca de 10.000 afroamericanos. Era un oasis donde la comunidad negra podía acariciar el sueño americano en una época en la que aún eran comunes los linchamientos.

El detonante de la masacre fue un hecho banal en el ascensor de un hotel en el centro de Tulsa el 30 de mayo. Dick Rowland, un limpiabotas negro de 19 años, coincidió en él con Sarah Page, blanca, de 17. Según determinó una comisión oficial sobre la matanza, establecida en 2001 por el Estado de Oklahoma, el joven negro tropezó al salir del ascensor, lo que provocó que pisara el pie de la chica blanca, que profirió un grito probablemente involuntario.

Varios testigos afirmaron después haber oído gritar a una mujer blanca y a un joven negro escapar corriendo, un relato del que los medios locales de la época dedujeron que el adolescente afroamericano había agredido sexualmente a Page. Ese mismo día, cientos de hombres blancos armados se congregaron fuera del juzgado donde estaba detenido Rowland. Algunos de ellos habían sido reclutados por el Ayuntamiento de la ciudad y por las autoridades del Estado de Oklahoma. Un número inferior de hombres negros, también armados, acudieron al lugar para evitar que lincharan al joven Rowland. Un disparo entre la multitud desató el caos que se trasladó a Greenwood. La violencia se prolongó durante 24 horas.

 Ningún blanco fue procesado jamás por los hechos y, en estos 100 años, ningún negro ha sido indemnizado. El informe de la comisión oficial de Oklahoma instó ya en 2001 a que se compensara económicamente a las víctimas pero esa recomendación cayó en el olvido, pese a que el documento confirmaba que las autoridades de aquella época conspiraron e instigaron a los blancos a arrasar el barrio negro.

 Cerca de 6.000 personas fueron detenidas, la mayoría afroamericanos. Un gran jurado culpó a los hombres negros de los disturbios. Las compañías de seguro rechazaron las reclamaciones de las víctimas y las demandas civiles contra la ciudad en busca de ayuda financiera fueron desestimadas. Rowland, el limpiabotas negro cuyo incidente con la chica blanca desencadenó la furia de los blancos, fue posteriormente exonerado y todos los cargos en su contra, retirados.

Durante décadas, Tulsa ignoró lo sucedido ese 31 de mayo, una fecha que hasta hace poco ni siquiera aparecía en los libros de Historia. Ahora, el movimiento para lograr indemnizaciones por la que fue una de las masacres racistas más mortíferas de Estados Unidos desde el fin de la esclavitud ha cobrado un nuevo impulso en un país sacudido por el movimiento antirracista Black Lives Matter (Las vidas de los negros importan-BLM). BLM llamó a movilizaciones masivas de la comunidad afroamericana ahora hace un año, tras el homicidio a manos de un policía del afroamericano George Floyd.

En este contexto, en septiembre de 2020, las tres únicas víctimas directas que aún viven y los descendientes de los fallecidos de Tulsa interpusieron una demanda contra la ciudad y la Cámara de Comercio estatal para que se los indemnice y se dé prioridad a los vecinos afroamericanos en la adjudicación de contratos municipales. La demandante principal, Lessie Benningfield Randle, de 105 años, es una de esos tres supervivientes conocidos, junto con Viola Fletcher y Hughes Van Ellis, el hermano menor de Fletcher, de 100 años.

Una justicia “imposible para los negros”

Lessie Benningfield Randle testificó en un vídeo proyectado a los miembros de la comisión del Congreso sobre una masacre que la anciana definió “como una guerra” perpetrada por hombres blancos armados que destruyeron su comunidad “sin ninguna razón”. Randle responsabilizó a las autoridades de la ciudad por lo sucedido: “Las personas en posiciones de poder de EE UU, muchas como ustedes, nos han dicho que esperemos. Otros nos han dicho que es demasiado tarde. Parece que la justicia en EE UU siempre es tan lenta o imposible para los negros y nos hacen sentir como si estuviéramos locos solo por pedir que las cosas se arreglen”.

“No somos solo imágenes en blanco y negro”, sostuvo, por su parte, Hughes Van Ellis, el hermano de Fletcher, quien también compareció ante el Congreso. “Somos de carne y hueso. Yo estaba allí cuando ocurrió. Y todavía estoy aquí”, agregó.

 El presidente Joe Biden, quien ha sostenido que la esclavitud es el “pecado original” de Estados Unidos, visitará este martes Tulsa. El mandatario se reunirá con los supervivientes para conmemorar el centenario de la masacre en una ciudad que es hogar aún hoy de escandalosas disparidades raciales. El ingreso familiar promedio en los hogares negros es menos de tres quintas partes de los 55.278 dólares (45.336 euros) de los que disponen de media las familias blancas, informa The New York Times. El 33,5% de los afroamericanos del norte de la ciudad vive en la pobreza, en comparación con el 13,4% de los blancos en el sur y la esperanza de vida de la comunidad en el barrio más pobre es 11 años inferior a la del sector más rico, blanco, según datos del Departamento de Salud de Tulsa recogidos por Human Right Watch.

Los supervivientes y los descendientes de las víctimas de Tulsa creen que la pobreza en la que vive aún hoy la comunidad negra de esa ciudad hunde sus raíces en las matanzas que tuvieron lugar en la noche del 31 de mayo al 1 de junio de 1921."                   (Antonia Laborde, El País, 31/05/21)

9/6/21

Tom Hanks: Deben saber la verdad sobre la masacre racial de Tulsa

 "Me considero un historiador aficionado que habla demasiado en las cenas con amistades, en las que inicio conversaciones con preguntas como: “¿Sabías que el canal de Erie es la razón por la que Manhattan se convirtió en el centro económico de Estados Unidos?”. 

Algunos de los proyectos en los que trabajo son obras de entretenimiento basadas en hechos históricos. ¿Sabían que el segundo presidente estadounidense alguna vez defendió en un tribunal a los soldados británicos que les dispararon a muerte a los bostonianos coloniales y que logró que la mayoría quedara libre de castigo?

 Según recuerdo, cuatro años de mi educación incluyeron estudios de historia estadounidense. Los grados quinto y octavo, dos semestres en el bachillerato, tres cuartas partes del programa que cursé en una universidad comunitaria. Desde entonces, he leído textos de historia por placer y he visto documentales como primera opción. Muchas de esas obras y esos libros académicos narraban las vivencias de gente blanca y la historia blanca. Las pocas figuras negras —Frederick Douglass, Harriet Tubman, el reverendo Martin Luther King Jr.— eran aquellas que habían logrado mucho a pesar de la esclavitud, la segregación y las injusticias institucionales en la sociedad estadounidense.

Sin embargo, pese a todo lo que he estudiado, jamás leí una sola página en ningún libro escolar de historia sobre cómo, en 1921, una muchedumbre de personas blancas incendió un lugar conocido como el Black Wall Street, asesinó a 300 de sus ciudadanos negros y desplazó a miles de afroestadounidenses que vivían en Tulsa, Oklahoma.

Lo mismo le ha ocurrido a mucha gente: en su mayoría, la historia la escribían personas blancas que se basaban en personas blancas, como yo, mientras que la historia de las personas de color —incluidos los horrendos disturbios de Tulsa— se excluía muy a menudo. Hasta hace relativamente poco tiempo, la industria del entretenimiento, que ayuda a determinar qué forma parte de la historia y qué queda en el olvido, hacía lo mismo. Eso incluye proyectos en los que yo participé. Yo sabía sobre el ataque al Fuerte Sumter, la batalla de Little Bighorn y el ataque a Pearl Harbor, pero no supe nada sobre la masacre de Tulsa sino hasta el año pasado, gracias a un artículo de The New York Times.

En vez de enterarme de eso, en mis clases de historia aprendí que la Ley del Sello en el Reino Unido contribuyó al motín del té, que “nosotros” éramos un pueblo libre porque la Declaración de Independencia decía que “todos los hombres son creados iguales”. Que la rebelión del whiskey comenzó por un impuesto al whiskey. Que los Artículos de la Confederación y las Leyes de Extranjería y Sedición fueron esfuerzos absurdos. Con justa razón, mis clases dedicaron tiempo a Sacco y Vanzetti, al Partido Progresista de Teddy Roosevelt y a los hermanos Wright. Nuestros libros de texto contaban la historia de la compra de Luisiana, de la inundación de Johnstown, Pensilvania, del gran terremoto de San Francisco y de George Washington Carver y los cientos de productos que desarrolló a partir del cacahuate.

 Pero Tulsa jamás figuró más que como una ciudad en la pradera. En uno de esos años escolares, se le dedicaron unos párrafos a la primera marcha para colonizar las tierras no asignadas, conocida como Oklahoma Land Rush, pero la quema en 1921 de la población negra que vivía ahí nunca se mencionó. Desde entonces, me he percatado de que tampoco hubo mención de la violencia, tanto a pequeña como a gran escala, contra las comunidades negras, sobre todo entre el final de la Reconstrucción y las victorias del movimiento por los derechos civiles; no se contaba nada de la matanza de residentes negros en Slocum, Texas, a manos de una turba de personas blancas en 1910 ni del Verano Rojo de terrorismo supremacista blanco en 1919. A muchos estudiantes como yo se nos decía que el linchamiento de estadounidenses negros era una tragedia, pero no que estos asesinatos públicos eran comunes y que a menudo eran elogiados por los periódicos y las fuerzas de seguridad locales.

Para un niño blanco que vivió en vecindarios blancos de Oakland, California, mi ciudad en los años sesenta y setenta parecía un lugar diverso e integrado, aunque a veces se sentía tenso y polarizado, algo que quedaba claro en muchos autobuses del transporte público. La división entre el Estados Unidos blanco y el negro se veía tan sólida como cualquier frontera internacional, incluso en una de las ciudades más integradas de la nación. Las escuelas Bret Harte Junior High y Skyline High School tenían estudiantes asiáticos, latinos y negros, pero la mayoría del alumnado de esos institutos era blanco. Ese no parecía ser el caso en otros bachilleratos públicos de la ciudad.

Nos dieron clases sobre la Proclamación de Emancipación, el Ku Klux Klan, el audaz heroísmo y los buenos modales de Rosa Parks, e incluso sobre la muerte de Crispus Attucks en la masacre de Boston. Partes de ciudades estadounidenses habían ardido en llamas en distintos momentos desde los disturbios de Watts en 1965, y Oakland era la sede del Partido Pantera Negra y del centro de inducción de reclutas de la era de la guerra de Vietnam, así que la historia se desarrollaba justo frente a nuestros ojos, en nuestra propia ciudad. Los problemas eran innumerables, las soluciones teóricas, las lecciones escasas y los titulares incesantes.

La verdad sobre Tulsa y la reiterada violencia de algunos estadounidenses blancos contra estadounidenses negros se ignoraba de manera sistemática, tal vez porque se consideraba una lección demasiado honesta y dolorosa para nuestros jóvenes oídos blancos. Por lo tanto, las escuelas predominantemente blancas no la incluían en sus temarios, las obras de ficción histórica dirigidas a las masas no la revelaban y la industria en la que elegí trabajar no abordó esos temas en películas ni en series sino hasta hace poco. Al parecer, los profesores y los directivos escolares blancos omitían el tema incendiario por el bien del statu quo —si acaso sabían sobre la masacre de Tulsa, porque algunos seguramente no estaban enterados de ella—, con lo que pusieron los sentimientos blancos por encima de la experiencia negra y, en este caso, literalmente por encima de las vidas negras.

¿Cómo habría cambiado nuestra perspectiva si a todos nos hubieran hablado de lo ocurrido en Tulsa en 1921 desde el quinto grado? Hoy en día, esta omisión me parece trágica, una oportunidad desperdiciada, un momento valioso de enseñanza malgastado. Cuando las personas escuchan sobre el racismo sistémico en Estados Unidos, el mero uso de esas palabras suscita la ira de aquellas personas blancas que insisten en que desde el 4 de julio de 1776 todos hemos sido libres, que todos fuimos creados de la misma manera, que cualquier estadounidense puede volverse presidente y tomar un taxi en el centro de Manhattan sin importar el color de su piel, que, en efecto, el progreso estadounidense hacia la justicia para todos quizá sea lento pero es persistente. Díganles eso a los sobrevivientes de Tulsa, que ahora tienen 100 años de edad, y a su descendencia. Y cuenten la verdad a los descendientes blancos de aquellos que estuvieron en la multitud que destruyó Black Wall Street.

Actualmente, pienso que las obras de ficción basadas en hechos históricos con fines de entretenimiento deben retratar el yugo del racismo en nuestra nación por el bien de las pretensiones de verosimilitud y autenticidad de esta forma de arte. Hasta hace poco, la masacre racial de Tulsa no se veía en películas ni programas de televisión. Gracias a varios proyectos que ahora están en plataformas de emisión en continuo, como Watchmen y Lovecraft Country, este ya no es el caso. Tal como otros documentos históricos que mapean nuestro ADN cultural, estas obras reflejarán quiénes somos realmente y ayudarán a determinar cuál es nuestra historia completa y qué es lo que debemos recordar.

¿Acaso nuestras escuelas deben enseñar lo que de verdad pasó en Tulsa? Sí, y también deben frenar la lucha para diseñar los planes de estudio de manera que se omitan injusticias raciales históricas con el argumento de evitar la incomodidad de los estudiantes. La historia de Estados Unidos es complicada, pero el conocimiento nos hace personas más sabias y fuertes. Lo sucedido en 1921 es una verdad, un portal hacia nuestra paradójica historia compartida. No se permitió la existencia de un Wall Street afroestadounidense; se redujo a cenizas. Más de 20 años después, ganamos la Segunda Guerra Mundial a pesar de la segregación racial institucionalizada.

 Más de 20 años después de eso, las misiones del programa Apolo pusieron a 12 hombres en la Luna mientras que otros luchaban para poder votar, y la publicación de los papeles del Pentágono demostró hasta qué grado están dispuestos a mentirnos sistemáticamente nuestros funcionarios electos. Cada una de estas lecciones es una crónica de nuestra búsqueda de estar a la altura de la promesa de nuestra tierra, de nuestro intento de contar verdades que, en Estados Unidos, deben considerarse más que evidentes."              

(El actor y cineasta cuyos proyectos incluyen obras basadas en hechos históricos, como Hermandad en la trinchera, The Pacific y John Adams: Tom Hanks, The New York Times, 07/06/21)

4/6/21

Ensayo de bombardeo contra una «raza inferior»... Tulsa, 1921, Estados Unidos...

 "Casi cien hombres, mujeres y niños, la mayoría negros, mueren en la masacre

Tulsa, Oklahoma, 30 de mayo de 1921 —A las 4:05 de la tarde, Dick Rowland, un lustrabotas huérfano de 19 años, se dirige al baño para negros ubicado en el edificio Drexel, en el 319 de la calle Main Street. El baño queda en el último piso, por lo cual el joven debe usar las escaleras o el ascensor. Esta vez se decide por el camino más rápido, el ascensor, donde trabaja una joven blanca de nombre Sarah Page. Según su propia versión, Dick (que en inglés suele usarse como nombre popular de pene), al entrar en el ascensor se tropieza y, en el reflejo de agarrarse de algo, se agarra del brazo de la operadora. Un empleado que lo ve a través de las decoradas rejas entiende que se trata de una violación y corre hasta el teléfono para reportarlo a la policía. El tema favorito de la imaginación pornográfica (la bestia inferior provocando placer a la bella superior; la inversión de roles entre los de abajo y los de arriba, como forma de catarsis del poder temeroso de sus propias fantasías) antecede a la industria pornográfica en varias décadas, probablemente en siglos.

Al día siguiente, el Tulsa Tribune titula: “Arrestan al negro que asaltó a una joven en un ascensor”. El diario agrega que el atacante le sacó el vestido a la joven Page y, más abajo, se hace eco del clamor popular: “A linchar el negro esta noche”. Los diarios no informan de la permanente actividad del Ku Klux Klan que no tolera la inexplicable prosperidad de los negros de Tulsa.[1]

Por alguna razón que sólo Dios sabe, la joven Sarah se niega a denunciar al atacante, pero de todas formas Dick es acusado de violación. Enseguida, hordas de indignados blancos atacan y vandalizan el elegante barrio negro de Tulsa. Al día siguiente, el 31 de mayo de 1921, aviones privados bombardean el área para calmar las protestas de negros generadas por el ataque de turbas de otros vecindarios. Cientos de edificios del distrito son destruidos por el fuego de los indignados blancos y más de nueve mil residentes pierden sus casas. Casi cien hombres, mujeres y niños, la mayoría negros, mueren en la masacre. Seis mil del mismo color terminan en prisión.

Dos años atrás, el bueno de Winston Churchill, ante las críticas por los bombardeos ingleses con gas letal en Afganistán, Palestina y contra los curdos en Medio Oriente, había respondido: “no entiendo tantas críticas de los humanistas por el bombardeo con gas venenoso; yo estoy de acuerdo con el uso de este gas contra los pueblos incivilizados; de esa forma se preservan los edificios y la infraestructura de esos países”.[2]

El 11 de junio, la joven Sarah Page insiste, esta vez en el popular diario Appeal to Reason: “cuando me agarró del brazo, yo grité y él se fue enseguida”.[3] Pero nada más vano que intentar sacar a un creyente de su convicción. Si la realidad no se adapta a los deseos, peor para ella. En las décadas por venir, los planes de desarrollo de infraestructura en Estados Unidos cruzarán el país y las grandes ciudades con decenas de nuevas y monumentales autopistas. Muchas de ellas, por gracia de la casualidad, realizarán desvíos técnicos, separando los barrios y las comunidades negras de las blancas y sirviendo para el desarrollo de los centros con mayoría de población blanca. Tulsa no será la excepción y, de esta forma, luego de ser arrasada por el fuego y el odio, quedará mortalmente segregada y desconectada por la nueva autopista norte.

Efectivamente borrada de la memoria popular y de los libros de las escuelas, la masacre de Tulsa en Oklahoma es el primer bombardeo aéreo registrado en suelo estadounidense, aunque todavía no se trata del primer bombardeo militar a una población civil, estudiado y organizado con múltiples innovaciones científicas, como ocurrirá seis años más tarde en Ocotal, Nicaragua, para revertir la victoria de un rebelde llamado Augusto Sandino, quien había arrinconado a los marines en un edificio del pueblo. Este es un bombardeo privado. El de Nicaragua será un experimento del gobierno. Hay algunas diferencias.

Pero se parecen mucho.

Notas:


[1] Este mismo año, en Birminham, Alabama, el recientemente electo presidente Warren Harding dice que los negros deben obtener “una ciudadanía completa”. La policía y la prensa se indignan y el senador por Mississippi Byron Pat Harrison protesta que “si aceptamos la teoría del presidente… tendríamos que aceptar la posibilidad de que un día este país pueda tener un presidente negro”.

[2] Ante la toma Palestina por el nuevo Estado de Israel, el mismo Churchill declarará: “No puedo disculparme por esta toma de territorio de la misma forma que nadie puede quejarse que los hombres blancos hayan tomado las tierras de los indios piel roja en América; es algo natural que las razas superiores dominen a las razas inferiores”.

[3] El Appeal to Reason es un influyente diario del Partido Socialista de Estados Unidos con más de medio millón de suscriptores. Luego de varias décadas de profusa actividad, será cerrado abruptamente en 1922.

JM. De La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina ."          (Jorge Majfud , Rebelión, 02/06/2021)

22/6/20

Trump ha elegido Tulsa para su primer gran mitin. La matanza de Tulsa en Oklahoma, el 31 de mayo de 1921. Unas trescientas personas negras fueron asesinadas por una multitud de blancos enfurecidos, que arrasaron durante dos días el barrio. Más de 1.200 viviendas fueron destruidas. La policía y los bomberos no movieron un dedo. De hecho, muchos agentes participaron en la cacería. Los hospitales se negaron a atender a los heridos. Seis mil residentes fueron internados en campos por la Guardia Nacional hasta ser liberados semanas más tarde




"350.000 norteamericanos de raza negra formaron parte de la Fuerza Expedicionaria que combatió en Europa durante la Primera Guerra Mundial. Por entonces, el Ejército de EEUU aún imponía la segregación racial en sus filas. Incluso así, los que combatieron en esa guerra sintieron que no se les podía negar la condición de ciudadanos de pleno derecho a su vuelta a casa.

Su país no había cambiado o se podría decir que había cambiado a peor. Durante la guerra, se había producido el renacimiento del Ku Klux Klan como nueva organización, alentada en buena parte por el éxito de la película ‘El nacimiento de una nación’. Volvieron los linchamientos y no sólo en el Sur. El episodio más dramático fue la matanza de Tulsa, en Oklahoma, el 31 de mayo de 1921. 

Unas trescientas personas negras fueron asesinadas por una multitud de blancos enfurecidos, que arrasaron durante dos días el barrio de Greenwood, una de las comunidades afroamericanas más prósperas del país. Fue su reacción ante el intento frustrado de linchar a un joven negro acusado de asaltar a una mujer blanca en un ascensor. No se llegó a presentar denuncia, pero el sospechoso fue detenido e internado en los calabozos del tribunal local. Jóvenes negros que habían participado en la guerra impidieron inicialmente que la turba entrara en el edificio y a partir de ahí se desató la carnicería.

Más de 1.200 viviendas fueron destruidas. 35 manzanas del barrio quedaron llenas de ruinas de casas incendiadas. La policía y los bomberos no movieron un dedo. De hecho, muchos agentes participaron en la cacería. Los hospitales se negaron a atender a los heridos. Al final, sólo uno los aceptó, pero los colocó en el sótano del edificio. 

Los supervivientes, unos 10.000, huyeron del barrio. Días después, algunos regresaron para recuperar las escasas pertenencias que no habían sido pasto de las llamas. Seis mil de ellos fueron internados en campos por la Guardia Nacional hasta ser liberados semanas más tarde.

Fue entonces cuando se inició el encubrimiento del crimen. Ningún blanco fue detenido. Las escasas pruebas documentales fueron borradas de los archivos municipales. Sólo hay dos tumbas de víctimas identificadas en el cementerio de la zona. Las demás fueron enterradas en fosas comunes, cuya localización exacta aún se desconoce. El Ayuntamiento actual tiene previsto iniciar pronto las excavaciones en los dos posibles lugares detectados con un sonar y otros métodos. 

A finales de los 90, la ciudad puso en marcha una comisión para estudiar la masacre y se entrevistó en vídeo a las personas que aún vivían que habían sido testigos de los hechos. Fuera de Tulsa y de los programas de estudios afroamericanos de las universidades, poco se sabía de lo ocurrido hasta entonces. Para muchos, la serie televisiva ‘Wachtmen’ fue la primera oportunidad de conocer lo que ocurrió.

 Donald Trump ha elegido Tulsa para su primer gran mitin desde el inicio de la pandemia de coronavirus. Se espera que 19.000 personas asistan al acto.