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4/3/19

La judía que ayudó a la Gestapo en el Holocausto

"Takis Würger, escritor y periodista del semanario alemán Der Spiegel, es el autor del último superventas que ha generado una agria polémica en el mercado literario germano. Se titula Stella, nombre de la principal protagonista de la novela. Stella Goldschlag fue una judía alemana que estuvo al servicio del III Reich para denunciar y capturar a judíos alemanes que fueron enviados a los campos de exterminio. 

A Stella se la ha considerado destacada dentro del grupo de "informadores judíos de la Gestapo", la policía política nazi. Se estima que entregó a unos 300 judíos alemanes. Los nazis hicieron de Stella una colaboradora a base de, entre otras cosas, palizas, torturas, amenazas de muerte y coacciones. En último término, sus padres fueron apresados por los nazis y aseguraron a Stella que, a cambio de su colaboración, no terminarían en Auschwitz. Una promesa que no cumplieron. Sus padres fueron enviados a morir en aquel campo de exterminio en febrero de 1944. Antes, acabaron con igual destino su primer marido, el músico judío Manfred Kübler, y sus suegros. 

Pese a la muerte de sus padres, Stella siguió trabajando para el III Reich. Acabada la Segunda Guerra Mundial, tuvo que enfrentarse a tres procesos judiciales. En uno de ellos, un tribunal militar soviético la condenó en 1946 a diez años de cárcel y trabajos forzados. Después, se convertiría al cristianismo y al antisemitismo. En 1994, con 72 años, se quitó la vida. Saltó por la ventana de su apartamento de Friburgo (suroeste alemán). 

Se ha dicho que la suya es una de las historias "más grotescas" de la Alemania nazi. Esa historia es, precisamente, la que ha servido a Würger para escribir su novela. En realidad, la vida de Stella ya quedó relatada en los años noventa a cargo del periodista alemán Peter Wyden, un judío berlinés que fue en su día compañero de instituto.

Wyden y su familia tuvieron suerte suficiente como para poder gozar de un visado que les llevó a Estados Unidos antes de que comenzara el Holocausto. El periodista acabaría entrevistando y narrando la historia de su ex compañera de instituto en el libro Stella (Ed. Simon & Schuster, 1992). Tras ello, Wyden escribiría: "Me sentí sucio por sus palabras (…). 

Haber compartido la misma clase con Stella se convirtió en algo embarazoso, como haber tenido una cena alegre con un violador".
Takis Würger reconoce en ese volumen una "fantástica fuente" de información e inspiración para su Stella. Otra cosa es que su libro genere opiniones tan favorables como la que él expresa por el trabajo de Wyden. Desde que apareció su novela el pasado mes de enero, buena parte de la critica literaria se ha lanzado contra Würger. Su libro puede estar entre los que mejor se venden estos días en las librerías alemanas. Pero en su caso el éxito comercial está muy peleado con la crítica. 

Entre otras cosas, los críticos no perdonan a Würger recurrir al personaje que traslada la historia al lector. Se trata de Friedrich, un joven suizo que elige en 1942 Berlín como destino para viajar y vivir. Ese personaje es quien conduce el relato. Él se enamorará de Stella y hará amistades entre los SS de Berlín. La fortuna de la familia del joven permite a Friedrich vivir despreocupadamente pese a las estrecheces impuestas por de la Segunda Guerra Mundial.

"Yo no quería que mi amigo Tristan estuviera en las SS. No quería que Kristin [otro nombre que se atribuye a Stella, ndlr.] trabajara para un ministerio. Yo quería que los tres siguiéramos bailando", se lee a través del narrador del libro. En vista de la relación que desarrollan esos tres protagonistas de Stella, hay quien acusa a Würger de haber querido montar en pleno contexto de la Segunda Guerra Mundial y uno de los peores regímenes políticos que ha conocido Europa una relación de personajes a lo Jules, Jim y Catherine en la película Jules et Jim de François Truffaut.

 

"Una abominación, un ultraje, un insulto"


Jan Süselbeck, profesor de estudios alemanes en la Universidad de Calgary, en Canadá, escribía en el semanario Die Zeit una demoledora crítica según la cual Würger había escrito "una abominación" con "estilo de literatura infantil". En las páginas del Süddeutsche Zeitung, un artículo sobre Stella del critico literario Fabian Wolff llevaba por título: "Un ultraje, un insulto y una ofensa real". 
Julika Griem, directora del Instituto para Humanidades de Essen (oeste), llegaba a decir en la radio pública Deutschlandfunk que el volumen de Würger era "deprimentemente malo".

Se le reprocha también haber caído en una representación kitsch del nazismo. No en vano, la edición dominical del Frankfurter Allgemeine Zeitung se preguntaba hace unos días a cuenta de Stella: "¿Qué es esta historia nazi para tontos?"

El libro aspira, según su editor, a "contar lo incontable". Eso, cuando a estas alturas se cumplen casi tres décadas de la aparición del volumen de Wyden. A su publicación en 1992 siguió la publicación de numerosos reportajes sobre Stella Goldschlag en prensa, además de un documental y hasta un espectáculo musical con el nombre de la famosa colaboradora judía del nazismo. 

En base también a la grandilocuente promesa del último libro sobre Stella, el diario izquierdista berlinés Tageszeitung se refería al de Würger como "un timo literario" en un artículo del autor Carsten Otte. Él lamentaba que el ruido generado por el libro haya desencadenado un debate que anime aún más las ventas de la novela. "Este libro tan flojo en tantos aspectos no ofrece una base adecuada para algo así", asegura. Pero esa, ni ninguna otra crítica, ha impedido que Stella siga entre los libros superventas de Alemania."                  (Aldo Mas, eldiario.es, 25/02/19)

21/1/19

“Soy el único judío nazi que conozco. Macabro, ¿no cree?”

"Cuando los alemanes capitularon ante los aliados, el joven Josef Perjell lloró la derrota. No volvió a ponerse el uniforme para luchar en el frente ni lucir la esvástica como miembro de las juventudes hitlerianas. Atrás quedó su convencimiento en la superioridad de la raza y el sueño de una Alemania fuerte que dominara Europa. Hasta ahí, lógico. 

Pero el esquema se viene abajo al enterarnos de que el verdadero nombre de aquel adolescente vencido era Solomon Perel. Y el asombro aumenta aún más cuando nos cuenta que la última vez que vio a sus padres fue en el gueto judío de Lodz (Polonia), de donde salió huyendo tras haberse grabado en la memoria la orden que le dio su madre: “¡Tú tienes que sobrevivir!”.

Cuando este miércoles, a sus 93 años, recordaba aquello en Madrid, la conclusión sobre su comportamiento resulta clara: “Fue un mecanismo de defensa…”. Lo comenta después de haber dado varias charlas invitado por los colegios alemán y suizo. Allí ha contado la historia de aquel chaval que entró en las garras del monstruo para no ser aniquilado por judío y que Agnieszka Holland llevó al cine en su película Europa Europa, basada en sus memorias.

Había salido huyendo de Alemania junto a su familia. Decidieron trasladarse a Polonia. Error. Cuando aquello se volvió una ratonera, él y su hermano mayor escaparon más al este, hacia la Unión Soviética. Pero la Wehrmacht no cesaba en el acoso de los judíos en ningún frente. Cerca de Minsk, tras una persecución salvaje –“no he visto nada igual en mi vida”, confiesa ahora–, los pusieron en fila para identificarlos antes de mandarlos con un tiro a la fosa común.

 “Un oficial me preguntó si era judío y yo respondí que no. No sé de dónde me salió aquella voz, con ese convencimiento. Pero se lo creyó y me salvé”. Poco después se encontraba de vuelta en Alemania, metido en las aulas de una escuela de Brunswick. Allí formaban el espíritu salvaje de las juventudes hitlerianas y allí quedó interno hasta ser reclutado para el frente.

Perel podría haber contado su historia fingiendo dotes de interpretación, como una obra maestra del disimulo. Pero cuando en los años ochenta lo confesó en su libro Tú tienes que vivir (Xorki) eligió la misma franqueza que adopta ahora: “Yo era un nazi convencido. El único judío nazi que he conocido… Macabro, ¿no cree? Me invadió la tristeza con la derrota, me creí el adoctrinamiento absolutamente. 

Confiaba en la superioridad de la raza, en la selección de las especies, en que el mundo debía pertenecer a los más fuertes y que el destino de los débiles era caer. Me sentía uno de ellos y me consideraban como tal. Hasta me avergonzaba de mis orígenes”.

De día ejercía de cachorro hitleriano. Por la noche, al desnudarse y tener que disimular ante otros su circuncisión, en el silencio del dormitorio, se acostaba con la conciencia y el fantasma de su verdadera identidad bajo las sábanas. ¿Se siente un traidor? “No, nunca. Yo obedecí la orden de mi madre. Le juré que sobreviviría y sigo aquí”.

Cuando terminó la guerra, el regreso a Salomón fue natural. Pasó dos años en Alemania hasta que en 1948 decidió emigrar a Israel, donde vive. “Oculté mi historia durante 40 años. No se lo conté a mi mujer ni a mis dos hijos. Pero tuvieron que operarme del corazón y antes decidí contarlo”. Pocos se lo echaron en cara: “Ni moderados ni ortodoxos”, dice. Le comprendieron y aún hoy le conocen bien en su país. “Alguno salió diciendo que antes se dejaba matar a llevar una cruz gamada. Es muy fácil pensar así cuando no corres peligro, pero si se hubieran puesto en mi lugar, ¿qué habrían hecho?”. 

Aun así, de alguna manera se siente extraño: “Cuando acudo a reuniones de supervivientes, me veo como un outsider. Yo no puedo compartir recuerdos de un campo de concentración con nadie, ninguna experiencia similar. Tampoco conozco a nadie que haya pasado por algo parecido, ni me invade el sentido de culpa del superviviente de los hornos que relataba Primo Levi. Creo que soy el único”.

 Hoy se considera libre de aquel delirio, aunque a veces su adiestramiento hitleriano le pese por dentro. “Incluso hoy, muy al fondo, noto restos de aquellos años. Escucho ecos del joven Josef”. Los suficientes como para preocuparse de las señales alarmantes que nota en Europa y por el mundo. “Existen muchas similitudes con aquella época. Los populismos apelan a la desesperación de la gente.

 También, al principio, la mayoría pensó que los seguidores de aquel excéntrico llamado Hitler nunca alcanzarían el poder. Lo consideraban como vemos a muchos líderes de extrema derecha hoy en el mundo, un loco. Y mire…”. Tampoco cree que la receta para combatirlo sea la ambigüedad. “Ni el centro. ¿Qué es el centro? Nada. Sólo se puede combatir el fascismo desde un compromiso de izquierdas. Pero sin violencia".                     (Jesús Ruiz Mantilla, El País, 17/01/19)

15/12/09

150.000 judíos sirvieron en el ejército nazi... como muchos republicanos tuvieron que servir en el ejército franquista...


El general Heinrici, al que Hitler perdonó su familia judía, en presencia del líder nazi


Militares con sangre judía según los nazis: el coronel Walter Hollaender, el subteniente de las paramilitares SA Hans Sander, el general Werner Malzahn y el almirante Rogge

"El soldado Wolfram Günther sirvió en una unidad de Sturmgeschütz (cañón de asalto) de la Wehrmacht en el frente del Este; en un solo día destruyó varios carros de combate rusos y sus valientes acciones de guerra le granjearon la Cruz de Hierro. El capitán Klaus von Schmeling-Diringshofen, al mando de la 1ª Compañía del 73º Regimiento de Infantería, cayó heroicamente en combate al frente de sus hombres en Polonia, tuvo derecho a un elogio fúnebre radiofónico y fue enterrado en un féretro cubierto por una bandera con la cruz gamada. El as de caza Sigfried Simsch logró 95 derribos y la Cruz de Caballero. Bernahrd Rogge fue uno de los más osados capitanes de navío de superficie alemanes: al mando de su famoso crucero auxiliar, el legendario buque corsario Atlantis, hundió o capturó 22 navíos aliados y tuvo en jaque a toda la flota británica (la película Bajo diez banderas narra sus hazañas). Esos cuatro militares que lucharon por el III Reich durante la II Guerra Mundial presentan una sorprendente característica común: ¡tenían orígenes judíos! (...)

Su peripecia no es en absoluto excepcional. El historiador estadounidense Bryan Mark Rigg, del que se acaba de publicar en español su pormenorizado y monumental estudio La tragedia de los soldados judíos de Hitler (Inédita), ha documentado decenas de miles de casos de personas de origen judío que lucharon en el bando alemán en todas las ramas de las Fuerzas Armadas hitlerianas, sobre todo la Wehrmacht, pero también la Luftwaffe, la Kriegsmarine (hubo almirantes y un comandante de submarino de origen judío, Helmut Schmoenckel, del U-802) e incluso las Waffen SS (hasta un teniente coronel), que, si tienes familia hebrea, ya es rizar el rizo.

Rigg calcula que fueron como mínimo 150.000 (la cifra es discutida por estudiosos como Cesarini y Bartov). Aunque muchos fueron discriminados y expulsados, algunos de esos hombres alcanzaron las más altas graduaciones -uno, Milch, llegó a mariscal de campo- y recibieron las condecoraciones más importantes. Cómo el ejército de un régimen antisemita que diabolizó y exterminó a los judíos tuvo en sus filas a millares de los que consideraba sus peores enemigos, y cómo personas a las que se juzgaba racialmente inferiores y a eliminar aceptaron luchar -y morir- por sus potenciales asesinos en contra de sus salvadores; cómo, en resumen, pudo alguien recitar, aunque fuera por lo bajinis, el Kadish en la Wehrmacht, son las alucinantes cuestiones a las que trata de responder este libro. (...)

Muchas de las personas de origen judío que lucharon bajo las banderas del Reich lo hicieron porque no tenían otra alternativa, porque consideraron que eso les daba más posibilidades de supervivencia en el régimen hitleriano, a ellos y a sus familias, y porque los obligaron. "Sabía que todo lo que hacía iba contra mis intereses y los de los míos, pero qué iba a hacer", explicó el cabo Richard Riess. Otros muchos, y esto es más sorprendente, lo hicieron porque se consideraban plenamente alemanes y creían su deber combatir por su patria; pensaban incluso -ingenuamente- que luchar, y hacerlo bien, con valor, les devolvería la estima de las autoridades y de sus compatriotas. Hay que resaltar que la inmensa mayoría de los soldados de origen judío, según ha constatado Rigg, ignoraban el alcance de la persecución nazi y el horror de los campos de exterminio. También hubo casos de personas que escondieron su identidad y se camuflaron bajo el uniforme: el lugar más seguro podía ser la boca del lobo. Y un puñado de malvados -los hay siempre- a los que no les importó subirse al carro de los verdugos. (...)

la eliminación de algunos militares de origen judío podía esperar o incluso aplazarse definitivamente en función de los méritos de éstos que al cabo ayudaban a ganar la guerra. Es célebre la frase de Goering, que tenía bastante manga ancha en la Luftwaffe: "Wer Jude ist, bestimme ich!" ("¡Yo decido quién es judío!"). Hitler, que siempre tenía en realidad la última palabra, personalmente autorizó que determinados militares permanecieran en el ejército pese a sus orígenes, y hasta permitió que ascendieran y que ocuparan puestos relevantes como generales, pilotos de caza o comandantes de navíos de guerra. Un caso es el del célebre general Fritz Bayerlein, mano derecha de Rommel, que fue forzado a retirarse en 1934 por poco ario (una cuarta parte de sangre judía) y al que el Führer concedió una dispensa para seguir sirviendo: acabó la guerra con la Cruz de Caballero con espadas y hojas de roble y al mando de la división acorazada de élite Panzer Lehr. (...)

Ellos mismos tampoco se consideraban en muchos casos judíos. Gran cantidad de Mischlinge sólo descubrieron sus orígenes judíos gracias a los nazis. A alguno que era miembro de la SA o las SS le proporcionó el natural disgusto." (El País, ed. Galicia, cultura, 27/11/2009, p. 43)