"La brutal y extensa campaña de represión de China contra la minoría musulmana uigur de Xinjiang
adquiere rostro por primera vez.
Decenas de miles de fichas policiales,
fotografías y documentos oficiales de altos cargos del Partido
Comunista de China (PCCh), a los que ha tenido acceso EL PAÍS, ofrecen
una prueba sin parangón de la magnitud del sistema carcelario instaurado en esta región de la franja occidental china y la paranoia que guía las políticas de Pekín contra las minorías étnicas. La investigación periodística de este archivo, liderada por Adrian Zenz, académico alemán y experto en el análisis de las políticas de opresión china en la zona, en colaboración con 14 medios de 11 países, bajo el título Los archivos policiales de Xinjiang,
permite identificar a miles de reclusos de centros de reeducación
construidos por China, entre ellos a menores de edad; clasificar los
cargos, la mayoría de escasa consistencia, que les mantienen entre
rejas; mostrar a través de imágenes tomadas en el interior de las
instalaciones las prácticas de detención, interrogatorio y maltrato
llevado a cabo por los agentes contra los presos; las instrucciones para
el ejercicio policial en los centros propias de la rutina carcelaria,
y, finalmente, analizar la transcripción de discursos públicos de los
máximos dirigentes del PCCh en Xinjiang, entre ellos su secretario
general Chen Quanguo, en los que se apuntala, siguiendo las
instrucciones de Pekín, la doctrina de máxima seguridad frente a los
presos, a los que se disparará incluso “a matar” si atentan contra los
campos o tratan de escapar.
“Detrás
de esta represión sistemática”, señala Zenz en conversación telefónica
con EL PAÍS, “está el temor y paranoia expresados por [el presidente
chino] Xi Jinping sobre la resistencia de los uigures al intento del
Estado de controlarlos”. Según el estudio realizado por este académico,
miembro de la Fundación en Memoria de las Víctimas del Comunismo,
con sede en Washington, el confinamiento de uigures en campos de
reeducación es el “mayor internamiento de una minoría étnica religiosa
desde el Holocausto”. Al menos un millón de ciudadanos, la mayoría
uigures, han sido encerrados en campos de reeducación repartidos por la
geografía de Xinjiang, según una cifra consensuada por periodistas,
académicos y Naciones Unidas.
Los archivos policiales de Xinjiang
han sido obtenidos por una fuente anónima externa a través de
sofisticadas operaciones de intrusión en los sistemas informáticos
operados por la Oficina de Seguridad Pública (OSP), la policía china, en
los condados de Konasheher, en la prefectura de Kashgar, y Tekes, en la
prefectura de Ili Kazakh. El responsable de este hackeo, que
prefiere no identificarse por razones de seguridad, ha actuado por
iniciativa propia, sin condiciones ni mandato de ninguno de los
investigadores involucrados en el proyecto. Los documentos e imágenes
han sido verificados por este grupo de periodistas, así como la
existencia de tres centros de reeducación de los que se han obtenido los
archivos, gracias a un proceso de geolocalización a partir de las
fotografías tomadas por los agentes. Hany Farid, profesor experto de la Universidad de Berkeley en el análisis forense de imágenes, ha certificado de igual modo que no hay evidencias de manipulación en los archivos fotográficos.
La
prefectura de Kashgar, en la denominada oficialmente Región Autónoma
Uigur de Xinjiang, en el vértice fronterizo con Kazajistán y
Kirguizistán, es precisamente una de las paradas previstas en el
viaje oficial iniciado este lunes por la alta comisionada de la ONU
para los derechos humanos, la expresidenta chilena Michelle Bachelet.
La visita a los centros de reeducación para uigures, etnia mayoritaria
en esta región de unos 25 millones de habitantes, es una de las demandas
fundamentales trasladadas a Bachelet por parte de organizaciones en
defensa de los derechos humanos. El Gobierno de Xi reconoció por primera
vez la existencia de estas instalaciones en la publicación de un libro
blanco (documento de referencia que guía la política estatal) en octubre
de 2018. No obstante, Pekín rechaza las acusaciones sobre la represión
de las minorías en Xinjiang y defiende que estos centros sirven para la
educación y formación de “estudiantes”, que cuentan con libertad de
movimiento. El régimen denomina a este tipo de internados carcelarios
“centro de educación y formación en habilidades profesionales”.
Un 12% de adultos encerrados
Los archivos policiales de Xinjiang
muestran una realidad muy diferente. Sirva de ejemplo, según el
análisis de las miles de fichas policiales en Konasheher (el registro de
los servicios de seguridad abarca a unos 286.000 ciudadanos, casi toda
la población de este condado), analizado el censo en el periodo
2017-2018, se concluye que al menos el 12,3% de la población adulta
sufrió algún tipo de internamiento en centros de reeducación, de
detención (destinados a los internos que esperan condena), o prisiones.
Ante las preguntas sobre el contenido de la filtración, un
portavoz de la Embajada china en Estados Unidos, Liu Pengyu, ha
manifestado en un correo electrónico lo siguiente: “Los asuntos de
Xinjiang está relacionados, en esencia, con la lucha contra el
terrorismo violento, la radicalización y el separatismo, no los derechos
humanos o la religión. Frente a la grave y compleja situación contra el
terrorismo, Xinjiang ha tomado una serie de medidas de
desradicalización decisivas, sólidas y efectivas. Como resultado,
Xinjiang no ha visto ningún caso de terrorismo violento durante varios
años seguidos”.
Además, tras la publicación de los
documentos, el portavoz del Ministerio de Exteriores chino Wang Wenbin,
ha tachado este martes las informaciones de “un nuevo ejemplo de las
fuerzas antichinas de calumniar a China”, informa Macarena Vidal Liy
desde Pekín. “No es más que una repetición de un vuejo truco”, ha
considerado en la rueda de prensa diaria de su ministerio. “Esparcir
rumores y mentiras no logrará engañar al mundo, ni puede tapar el hecho
de que Xinjiang disfruta de estabilidad y prosperidad, y sus residentes
disfrutan de unas vidas felices y plenas”, ha sostenido, reiterando el
argumento con el que Pekín responde a las denuncias de violaciones de
los derechos humanos en Xinjiang.
Los archivos policiales de Xinjiang
contienen, entre otros documentos, 5.074 retratos tomados en comisarías
o centros de confinamiento del condado de Konasheher entre el 6 de
enero y el 25 de julio de 2018. Esta es una de las grandes aportaciones
hechas por este proyecto de investigación al estudio de la represión
china. De estas fotos, 4.989 han podido ser atribuidas a una persona con
información detallada en los archivos. EL PAÍS ha analizado una muestra
final de 2.884 fichas fotográficas de detenidos que cuentan con datos
concretos adjuntos en los archivos obtenidos de la red de informaciones
de la OSP china. El grueso de los internados son menores de 30 años
(69%), un total de 2.001 ciudadanos. También predominan los hombres,
2.490 (86%), frente a las mujeres, 394 (14%). Su análisis permite
afirmar que entre los reclusos hay personas de todas las edades (entre
los 15 y los 73 años) y de todos los niveles educativos (desde quienes
nunca han recibido educación a universitarios).
Esta
investigación periodística se une a otra media docena que desde el año
2019 tratan de dar prueba de la magnitud de la campaña de represión
sistemática del régimen comunista contra los uigures, etnia que en su
gran mayoría profesa el islam. Xinjiang, que hace frontera hacia el
oeste con siete países del Asia Central, es de especial relevancia para
Pekín, en primer lugar, por ser lugar de paso en su renovada ruta de la seda,
y, en segundo lugar, por razones de seguridad: la denominada China
interior está copada, tanto en la esfera social, como en la política y
económica, por la mayoritaria etnia han. Esta región, ubicada en la zona
oriental de la histórica Turquestán, entre el mar Caspio y el desierto
del Gobi, con una historia y cultura ligada a los pueblos túrquicos, de
rasgos faciales diferenciadores en relación con los han, ha mantenido un
tradicional anhelo de autonomía que Pekín ha rechazado hasta su
práctica aniquilación.
El
traslado de ciudadanos de la etnia han, en un esfuerzo de modificar la
demografía de Xinjiang, derivó a finales de la primera década de este
siglo en fuertes enfrentamientos. Uno de los episodios más sangrientos
fue el choque entre las comunidades uigur y han en julio de 2009 en Urumqi,
capital de la región, que se saldó con alrededor de 200 muertos. Tras
varios atentados de grupos separatistas armados, Xi dio luz verde en
mayo de 2014 a la campaña de nombre Golpe fuerte contra el terrorismo violento, en la que se enmarca la actual escala de represión en toda la región.
El ciudadano uigur Abdurahman Hasan es uno de las personas
que ha confirmado la veracidad de las fichas policiales al identificar a
su mujer durante una entrevista mantenida en Estambul (Turquía) con la
británica BBC News, que forma parte del grupo de medios detrás de esta
investigación. Hasan, un hombre de negocios de Kashgar, que viajaba con
frecuencia al extranjero, una actividad que habitualmente levanta
sospechas en Pekín, abandonó Xinjiang en enero de 2017, en plena campaña
de represión. En el verano de ese año, su mujer, Tunsagul Nurmemet,
entonces de 21 años, fue detenida, junto a la madre de Hasan. Según
consta en su ficha, Nurmemet fue condenada por “reunir una multitud para
alterar el orden social, buscar peleas y provocar problemas”. “Su vida
se basó en su familia y tampoco interactuaba mucho con los demás”,
explicó Hasan durante la conversación en la ciudad turca. “Ella solo
visitaba familiares, no sé si tenía muchos amigos. No tenía una gran red
social, ¿cómo pudo reunir una multitud?”. Su sentencia asciende a 16
años de encierro.
El retrato obtenido a partir de Los archivos policiales de Xinjiang muestra a una Nurmemet irreconocible en relación con la foto de carné disponible hasta ahora
en bases de datos de uigures víctimas de la represión china. Según la
información que recibió Hasan en aquel verano de 2017, su mujer y su
madre habían sido “llevadas a estudiar”.
Esta versión, la
del estudio, coincide con muchas otras escuchadas por familiares de los
desaparecidos . Así fue con Nursiman Abdureshid, de 33 años,
entrevistada por EL PAÍS también en Estambul. Sus familiares aparecen en
fichas de la policía en la prefectura de Kashgar. En el verano de 2017,
Abdureshid, que residía ya en Turquía desde hacía dos años, conoció
gracias a una llamada a unos parientes que su padre y su hermano pequeño
habían sido llevados a un “programa de educación”. El mayor de sus
hermanos se encontraba ya desde 2016 encerrado por una supuesta deuda no
cubierta. Le pidieron que no llamara más, que sus familiares estaban
bien. En junio de 2020, Abdureshid logró que la embajada china en Turquía confirmara las penas impuestas,
todas superiores a una década entre rejas. “Pregunté cuáles eran las
razones por las que les habían condenado”, relata durante la entrevista
Abdureshid, “y me dijeron que por ‘perturbar el orden social’ y que
podrían tener la intención de participar en actividades terroristas”. El
padre de la joven había sido funcionario del Estado y miembro del PCCh.
Ella cree que su salida de Xinjiang, sumada a la de su otra hermana,
que vive en EE UU, desató las sospechas y la represión contra su
familia.
Los archivos policiales de Xinjiang cuentan también
con decenas de fotografías tomadas por las autoridades y servicios de
seguridad en el condado de Tekes, en la prefectura de Illi Kazakh. Una
treintena de esas imágenes, tomadas entre abril de 2017 y septiembre de
2018, corresponde a escenas tomadas en el interior del centro de
reeducación de ese condado. A diferencia de lo expuesto públicamente por
Pekín, la acción de los agentes dentro de las instalaciones, su
armamento y el trato de los reclusos dista enormemente de lo que se
espera de un centro de formación profesional.
Esposas, capuchas y la ‘silla del tigre’
En
las fotografías, los reclusos son trasladados de un lugar a otro
encapuchados y con esposas en las muñecas. Hay agentes armados con
palos, normalmente de etnia uigur, pero también con rifles de asalto y
material antidisturbios, que generalmente portan uniformados de etnia
han. Los interrogatorios, según el carrete de fotos sacado de Tekes, se
desarrollan en las conocidas como sillas tigre, que forman parte del repertorio de instrumentos usados para la tortura en China, según recoge la ONG Human Rights Watch. Varias secuencias de estos documentos muestran prácticas habituales ya expuestas en la filtración Los cables secretos de China,
como la inyección de reclusos, en este caso de varones, normalmente
para aportes alimenticios o análisis, así como la obligatoriedad de
recitar a diario la doctrina del campo de confinamiento o recibir en
grupos la propaganda de autoridades locales.
Se estima
que un millón de ciudadanos han pasado por estos centros de reeducación,
una cifra que podría resultar muy conservadora, a la vista de lo
expresado en uno de los discursos políticos más reveladores incluidos en
la filtración. Se trata del pronunciado por el ministro de Seguridad
Pública, Zhao Kezhi, en su visita a Urumqi, el 15 de junio de 2018, y
clasificado como “documento secreto”. Este archivo transcrito concuerda
con las informaciones y fotografías en prensa local del dirigente
comunista durante su estancia en la capital de Xinjiang. Zhao, según
este papel, cifró durante su comparecencia en dos millones los
ciudadanos de Xinjiang “influenciados” por el independentismo, así como
otros dos millones por pensamientos extremistas religiosos. Son dos de
los tres “demonios” que Pekín sitúa en su particular eje del mal:
terrorismo, separatismo e islamismo radical.
Zhao se felicita por la estabilización de Xinjiang a través de la campaña Golpe fuerte contra los terroristas
―”tan pronto como asomen la cabeza”, dice el ministro chino―. El
dirigente del PCCh informó durante su discurso de que 20.000
“terroristas” habían sido “destruidos” ―no concreta ni quiénes eran, ni
su destino final―, un número que superaba en más de cinco veces el total
de los 10 años anteriores. Zhao felicitó en su intervención al líder de
esta campaña de “estabilización” de Xinjiang, el secretario general del
PCCh en la región (2016-2021), Chen Quanguo, sancionado por Estados Unidos por la violación de los derechos humanos de las minorías étnicas en Xinjiang.
Chen,
un ejemplo para Pekín por su desempeño en Tíbet antes de asumir el
cargo en Xinjiang, es considerado el gran artífice de la represión
contra los uigures y, en especial, de la proliferación de centros de
reeducación a partir del año 2017. Las palabras de Chen en los discursos
contenidos en Los archivos policiales de Xinjiang dan fiel
cuenta del nivel de opresión llevada a cabo en estas instalaciones
destinadas al castigo y confinamiento. En una de las intervenciones ante
los suyos, el 28 de mayo de 2017, este dirigente comunista califica de
“humano” el internamiento en estos centros por el simple hecho de contar
con aire acondicionado, raciones de comida diarias y la posibilidad de
que los presos reciban visitas.
Pese a que el análisis de los documentos contenidos en la filtración Los cables secretos de China
permitía concluir que el tiempo habitual de internamiento en los
centros de reeducación era de un año, el enviado de Pekín a la región
puso en tela de juicio con sus palabras aquel mayo de 2017 incluso la
libertad de algunos reclusos. “Si salen”, manifestó Chen, “los problemas
vuelven inmediatamente, esa es la realidad de Xinjiang”. El tono es más
radical en una nueva comparecencia transcrita y que data del 18 de
junio de 2018. “Nadie debe nunca planear atacar las instalaciones de un
internamiento”, pronunció Chen, “tan pronto como haya alguien que se
mueva [contra los centros], se debe abrir fuego con determinación”. En
esa misma intervención y recordando los actos violentos en Urumqi de
2009, Chen sostuvo que las fuerzas de seguridad deben actuar ante los
que desafíen la ley bajo la premisa “matar primero y luego reportar”.
Las
palabras del secretario general del PCCh en Xinjiang hasta el pasado
año no cayeron en saco roto. Varios documentos incluidos en la memoria
de archivos obtenida de los sistemas informáticos de la policía china en
la zona convierten la doctrina de Chen en un pilar fundamental en los
protocolos de actuación ante, por ejemplo, intentos de huida de los
“estudiantes”, una obsesión dentro de la paranoia de vigilancia
desplegada por Pekín. Uno de esos documentos relata cómo enfrentarse a
una fuga: se avisará a las autoridades locales, se cortarán carreteras y
se enviarán a fuerzas especiales. “Si los estudiantes no escuchan los
consejos”, dice la instrucción, “la policía armada puede disparar un
tiro de advertencia”. Si persisten en su intento de escapar se abrirá
fuego “a matar”.
“Los campos de reeducación”, concluye
Zenz, académico que, por su estudio de la represión china en Xinjiang,
ha sido sancionado por las autoridades de Pekín, “están diseñados para
cambiar las mentes de los uigures, sus corazones, para deshacer la
lealtad a su cultura, historia, su herencia túrquica, incluida la fe
religiosa; cambiar todo eso, cortarlo de raíz y orientarlo hacia el
Partido Comunista de China”. (Óscar Gutiérrez , Patricia R. Blanco , El País, 24/05/22)