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7/10/22

The New York Times: Durante el régimen de Francisco Franco, miles de recién nacidos fueron sacados en secreto de los hospitales y vendidos a familias católicas ricas... Vallejo-Nájera, un destacado psiquiatra del régimen que se formó en la Alemania nazi, promovió la idea de un “gen rojo” marxista que portaban los hijos de los opositores izquierdistas de Franco. El gen, decía, podía suprimirse al separar a los niños de sus madres y ubicarlos en familias conservadoras. Los hombres de Franco pronto comenzaron los secuestros a gran escala. Se centraron en los niños huérfanos de los pelotones de fusilamiento de Franco y se llevaron a los recién nacidos de las mujeres que habían dado a luz en la cárcel como presas políticas. Todos fueron enviados a que los criaran personas leales al régimen. Fue el inicio de la era de los “bebés robados”... Ahora están empezando a descubrir sus propias historias

 "En un cálido día de octubre de 2017, Ana Belén Pintado decidió despejar un poco de espacio en su garaje. Su padre, Manuel, había muerto en 2010, seguido por su madre, Petra, cuatro años después. Sus pertenencias estaban acumulando polvo en su casa de Campo de Criptana, un pequeño pueblo del sur de Madrid. Mientras abría las cajas con cuidado, se maravillaba con los objetos que había adentro —vestidos de su infancia, una muñeca, un viejo diccionario—, cada uno de ellos era tan familiar, que le recordaba la vida que los tres compartieron.

Pero entonces se encontró con unos papeles que nunca había visto: historiales médicos de hace décadas, incluida una nota del médico de su madre. La nota decía que Petra Lucas-Torres llevaba ocho años casada. Tenía 31 años y había intentado tener una familia. Pero unas radiografías indicaban que tenía una anomalía uterina y las trompas de Falopio obstruidas.

En otras palabras, la madre de Pintado había sido estéril. La fecha del diagnóstico era abril de 1967, seis años antes de que naciera Pintado.

Durante mucho tiempo, Pintado creyó que la pareja que la crio eran sus padres biológicos, pero había algunos aspectos desconcertantes sobre su familia. No tenía hermanos, lo que era raro en un pueblo católico como Campo de Criptana; la propia Pintado, que entonces tenía 44 años, tenía tres hijos. También hubo un extraño incidente que ocurrió después de la muerte de su padre: un abogado que se ocupaba de la herencia encontró unos papeles que demostraban que ella había nacido con un apellido diferente, pero antes de que nadie de la familia pudiera examinarlos con detenimiento, su madre le arrebató los documentos y se negó a volver a hablar de ellos.

 Mientras Pintado estaba sentada en su garaje, escudriñando los papeles, encontró otro documento tan confuso como la nota del médico. Era un certificado de nacimiento, que indicaba que su madre había dado a luz a una niña en la maternidad Santa Cristina de Madrid. “Buen aspecto y vitalidad, buena coloración”, escribió un empleado del hospital. El papel tenía la fecha del cumpleaños de Pintado, el 10 de julio de 1973. Incluso había un número de habitación: el 22.

Pintado miró de cerca la partida de nacimiento. Pudo ver que alguien había arrancado el tercio superior del papel, dejando un borde irregular. Su partida de nacimiento había sido manipulada; aquí había algo que alguien quería ocultar. “No puede ser mi madre”, me dijo. “Y es cuando pensé que yo era un bebé robado”.

Pintado conocía desde hacía tiempo el fenómeno de los bebés robados en los hospitales de España. Los robos se produjeron durante el final del régimen de Francisco Franco, el dictador de derecha que gobernó el país hasta 1975, y aún hoy las desapariciones siguen siendo objeto de misterio y debate entre los estudiosos. Según las madres biológicas, las monjas que trabajaban en las maternidades se llevaban a los bebés poco después de dar a luz y les decían a las mujeres, a menudo solteras o pobres, que sus hijos habían nacido muertos. Pero los bebés no estaban muertos: habían sido vendidos, discretamente, a padres católicos acomodados, muchos de los cuales no podían tener familia propia. Bajo un montón de papeles falsificados, las familias adoptivas enterraron el secreto del delito que habían cometido. Los niños secuestrados fueron conocidos en España simplemente como los “bebés robados”. Nadie sabe exactamente cuántos fueron secuestrados, pero las estimaciones apuntan a decenas de miles.

 El fenómeno de los bebés robados fue solo una parte de una pesadilla nacional que comenzó en España con la llegada de Franco al poder. Franco, comandante del ejército de derecha, formaba parte de un grupo de oficiales militares que conspiraron para derrocar al gobierno español en una rebelión del ejército en 1936, lo que desencadenó la Guerra Civil española. De la noche a la mañana, España pasó de ser una democracia a un país en el que los escuadrones de la muerte acorralaban y ejecutaban a izquierdistas e intelectuales. Cuando los nacionalistas franquistas no pudieron someter al País Vasco, recurrieron a los aviones de guerra de la Alemania nazi que arrasaron la ciudad de Guernica, lo que inspiró el famoso cuadro de Pablo Picasso que lleva su nombre. La crueldad era típica de un nuevo tipo de autoritarismo que comenzó a derribar las democracias una por una en Europa en la década de 1930. Pero a diferencia de Adolf Hitler, Franco sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. El régimen español perduró como un estado fascista en el corazón de la Europa moderna.

 Como líder supremo de España, Franco adoptó el título de Caudillo, y pronto comenzó a eliminar las libertades sociales dentro del país. Hasta principios de la década de 1930, España había sido uno de los países más progresistas de Europa, al permitir el divorcio de las parejas casadas y que las mujeres solicitaran abortos. Bajo el régimen de Franco, esos derechos fueron rápidamente anulados. Se prohibió la anticoncepción, se penalizó el adulterio y las mujeres perdieron el derecho al voto. Se censuraron los periódicos y se prohibieron muchos libros, incluidos los de Federico García Lorca, el poeta y dramaturgo más famoso de España. (García Lorca ya había sido asesinado por los nacionalistas durante la guerra civil). El movimiento político de Franco, la Falange, llegó a publicar un horario para las amas de casa en el que se indicaban los horarios para llevar a los niños al colegio, blanquear la ropa y preparar las cenas.

Pero uno de los abusos más duraderos de la época lo sufrieron los niños. A finales de los años treinta y cuarenta, Antonio Vallejo-Nájera, un destacado psiquiatra del régimen que se formó en la Alemania nazi, promovió la idea de un “gen rojo” marxista que portaban los hijos de los opositores izquierdistas de Franco. El gen, decía, podía suprimirse al separar a los niños de sus madres y ubicarlos en familias conservadoras. Los hombres de Franco pronto comenzaron los secuestros a gran escala. Se centraron en los niños huérfanos de los pelotones de fusilamiento de Franco y se llevaron a los recién nacidos de las mujeres que habían dado a luz en la cárcel como presas políticas. Todos fueron enviados a que los criaran personas leales al régimen. Fue el inicio de la era de los “bebés robados”.

 El gobierno de Franco también marcó un giro dramático para la Iglesia católica, que permitió que sus monjas y sacerdotes se convirtieran en socios del régimen de derecha. Dirigían el sistema educativo, donde los niños debían ser instruidos en los valores católicos y aprendían a leer con la Biblia. Franco también cedió al clero la supervisión de algunos sectores del sistema hospitalario estatal. A menudo, las monjas se encargaban de la alta dirección de los hospitales, ayudaban a seleccionar el personal y supervisaban el presupuesto. Pero su influencia era tal vez mayor en las secciones de caridad de los hospitales que acogían a los pobres. Allí, las monjas solían animar a las madres solteras a dar sus bebés en adopción a parejas casadas.

“Las madres ya no eran presas, rojas o esposas de rojos”, escribieron los periodistas Jesús Duva y Natalia Junquera en Vidas robadas, un libro de 2011 sobre los secuestros. “Ya no se trataba de una represión política, aunque, de alguna manera, las víctimas seguían perteneciendo a la clase social de los vencidos: matrimonios humildes”. Durante un tiempo, el acuerdo funcionó sin problemas. Pero en los años sesenta, Franco abrió España al turismo y a las industrias multinacionales, que trajeron a extranjeros con ideologías más liberales. La economía también se disparó, dando a las mujeres más independencia. Ser madre soltera ya no era tan imposible como parecía. “Se reduce la oferta de bebés”, me dijo Soledad Arroyo, una periodista que investigó las primeras acusaciones. “Pero ya se ha generado un mercado de tráfico de bebés ilegal. ¿Qué vas a hacer entonces?”.

Algunas monjas —con la ayuda de médicos, enfermeras y matronas— empezaron a secuestrar bebés para satisfacer la demanda. En algunos casos, las monjas consiguieron convencer a las madres de que entregaran a sus hijos por voluntad propia, aunque muchas dicen que fueron coaccionadas para que entregaran a sus recién nacidos. Otras dicen que las sedaron en la sala de partos y luego les dijeron, cuando despertaron, que sus bebés habían muerto. En realidad, los niños habían sido vendidos a otras familias.

El régimen de Franco no fue el único que utilizó el robo de niños como arma política. En Argentina, hasta 30.000 personas fueron “desaparecidas” por una junta militar que gobernó de 1976 a 1983 y entregó a sus hijos huérfanos a familias de derecha, lo que provocó décadas de protestas y exigencias de que el gobierno investigara. En España, la gente suele referirse a los casos argentinos como si ofrecieran un precedente. Pero a diferencia de Argentina, España nunca estableció una comisión de la verdad y la reconciliación. De hecho, el país hizo lo contrario, al aprobar una amplia ley de amnistía en los años posteriores a la muerte de Franco que absolvió a los miembros del régimen de la mayoría de sus crímenes pasados. Aunque no se concedió explícitamente la amnistía a los responsables de los secuestros, la política reflejó un consenso que había surgido en la España posfranquista: evitar enfrentarse al oscuro legado de la dictadura. El acuerdo tenía incluso un nombre: el Pacto del Olvido. Los líderes españoles, tanto de la derecha como de la izquierda, defendieron la necesidad de una democracia pacífica, aunque ello conllevara sacrificar los pedidos populares de justicia. “No perturbemos las tumbas ni nos arrojemos los huesos unos a otros: dejemos que los historiadores hagan su trabajo”, dijo José María Aznar, expresidente del Gobierno, en un discurso pronunciado años después.

 Es un sentimiento que ha perdurado hasta hoy. Muchas fosas comunes pertenecientes a víctimas de los nacionalistas que fueron asesinadas durante la guerra civil siguen intactas, a pesar de los pedidos de los familiares para exhumar e identificar los cuerpos. El Valle de los Caídos, basílica católica y monumento a la dictadura fascista, sigue dominando la capital. Y para los bebés robados de la época, ahora adultos de mediana edad como Pintado, no ha habido ningún reconocimiento oficial de lo ocurrido en los hospitales. Ni una disculpa del gobierno o de la Iglesia por los secuestros. Y ningún punto de partida claro para encontrar respuestas. Pintado, como muchos otros, tendría que convertirse en detective del caso de su propio secuestro, encargada de buscar a los padres que no conoció.

Campo de Criptana ofrecía lo que parecía una infancia ideal para Pintado. El pueblo está situado junto a una carretera que sale de Madrid hacia el sur, donde el paisaje urbano de la capital va dando paso a los viñedos y los campos de trigo. En la colina que domina el pueblo se encuentran gigantescos molinos de viento blancos del siglo XVI, que, según los habitantes, inspiraron los de Don Quijote. Pintado atesora recuerdos de las sinuosas calles, de sus padres, de la tienda que su padre había regentado, la Panadería Manuel Pintado. De pequeña, le gustaba jugar entre las cajas de huevos que él descargaba mientras su madre vendía cruasanes y magdalenas a los clientes. Ahora, de adulta, se daba cuenta de que quizá nunca había conocido a sus padres. Le habían ocultado un secreto y estaba decidida a averiguar quién más lo había sabido.

Comenzó por acercarse a una vecina que había sido muy amiga de sus padres. Armada con los papeles del garaje, ella y su esposo, Jesús Ignacio Monreal, llamaron a su puerta. “Vengo a enterarme”, dijo Pintado sin rodeos tras entrar. “Explícame qué pasa. Explícame cómo fue mi nacimiento”.

 La amiga de la familia admitió que siempre había estado enterada de la adopción, pero dijo que no sabía mucho más. Pintado le pidió a la vecina que hiciera memoria, que recordara todo lo que pudiera, incluso los detalles que no parecían importantes. La vecina recordó que estaba con los padres de Pintado la noche en que la trajeron a casa desde el hospital. Estaban en la calle y la pareja le mostró la cara de la bebé, que parecía la de un angelito. Pero también había habido algo extraño en el encuentro. El padre de Pintado había insistido —su cuerpo temblando de rabia— en que nadie debía decir nunca a su nueva hija que era adoptada. Tenía permanecer en secreto. Así que la vecina no volvió a sacar el tema hasta que Pintado y Monreal le preguntaron aquella noche.

Mientras el esposo de Pintado escuchaba, no le sorprendió del todo la historia. Muchos años atrás, Monreal había oído rumores de que su esposa había sido adoptada, pero nunca los mencionó, ni cuando eran jóvenes y se contaban sus vidas, ni durante los años de matrimonio en los que tuvieron tres hijos. “Mi marido”, me dijo, “también lo sabía, pues no me lo ha dicho nunca porque ha pensado que yo lo sabía, como que era una intimidad mía, que yo no quería sacarlo, que no quería yo decirlo”.

Monreal cree que sí se lo comentó al menos una vez a su esposa, después de que Petra le arrebatara los papeles de la herencia. Pero no presionó a Pintado al respecto. Monreal tendía a evitar los enfrentamientos: él también había crecido en el pueblo y sabía que el tema de las adopciones podía ser difícil. Pocos lugares eran más tradicionales que Campo de Criptana, donde la vida se centraba en las cofradías, cada una con su propia sala de reuniones dedicada a una figura diferente de la Biblia. Tanto Monreal como Pintado sabían que para su madre, católica, no poder tener una familia propia habría sido un motivo de vergüenza, un secreto más en un pueblo lleno de ellos. Pero al oír a la vecina describir el enfado de su padre, se dieron cuenta de que la verdad podía ser aún más oscura. Sus padres no actuaban por vergüenza. Puede que estuvieran intentando encubrir un delito.

 Pintado decidió ir al ayuntamiento de Campo de Criptana para pedir una copia de su documento del registro civil, que incluiría algunos datos más sobre su nacimiento. Un trabajador entró en el archivo y sacó un papel, marcado con un escudo de España, que decía que Pintado había sido inscrita con un apellido diferente al de sus padres: Pardo López, el mismo apellido que creyó ver en los documentos de la herencia que le había quitado su madre. El documento, con una letra borrosa y difícil de entender, decía que los nombres de los padres eran Miguel y María. Pintado tenía ahora documentos que esencialmente decían que había nacido dos veces: de la mujer que la crio, y de esta pareja de la que no sabía nada.

 Pintado continuó su búsqueda, llamando a todas las puertas de su pueblo, con la esperanza de que otras personas estuvieran finalmente dispuestas a compartir lo que sabían ahora que sus padres ya no estaban. Algunos de los amigos de sus padres habían muerto en los últimos años, y otros decían desconocerlo. Pero una vecina contó una historia que Pintado nunca había oído. Cuando su madre vivía, ella y su grupo de amigas se reunían los sábados. Después de unas horas, a Petra “se le escapó unas cosas”, dijo la vecina, incluyendo una historia sobre la noche en que Pintado fue traída a casa desde Madrid. Petra contó al grupo, casi con jactancia, que los implicados en la adopción le habían pedido que llevara una almohada bajo el vestido para parecer embarazada cuando fuera al hospital. También dijo que había pagado una gran suma de dinero por la adopción.

 Pintado apenas podía procesar lo que estaba escuchando. Si su madre había fingido estar embarazada, si su partida de nacimiento era falsa, si sus padres habían ofrecido un gran pago por ella, entonces debían saber exactamente en qué estaban metidos: habían participado activamente en su secuestro. Su amor por ellos se había construido sobre una historia compartida que ahora sabía que no era cierta. Podía sentir que su sensación de engaño se convertía en ira. “Quería preguntarles: ‘¿Por qué? ¿Por qué han hecho esto?’”, me dijo Pintado. “Yo no soy una persona que puede robar a una hija a otra madre”.

 De vuelta en su garaje, entre los papeles de su difunta madre, Pintado encontró una pista más. Su madre había guardado un juego de tarjetas de felicitación de una monja católica de Madrid. Una de ellas mostraba a José y María en un nacimiento; la segunda representaba a una mujer con un hábito, sosteniendo a un niño. “Que su hija a quien recuerdo sea un estímulo para seguir viviendo lleno de ilusión”, decía.

Pintado recordaba haber visitado a una monja en Madrid cuando era niña. Recordaba el tren a la capital, y a su madre dejándola afuera mientras entregaba un sobre con dinero. No recordaba el nombre de la monja. Pero allí estaba, firmado en la parte inferior de la tarjeta: sor María Gómez Valbuena. Pintado buscó el nombre en internet y encontró decenas de denuncias de secuestros, muchas de las cuales se parecían a la suya. Un caso tras otro la llevó al hospital donde había nacido.

Las primeras acusaciones públicas de que se vendían bebés en España llegaron ya en los años ochenta. Una portada de una popular revista femenina publicó un titular en 1989 que decía: “Tráfico de niños en Madrid — ‘Me quitaron a mi hija sin llegar a verla’”. En las páginas siguientes, una madre desesperada contaba la historia de cómo un médico llamado Eduardo Vela trató de hacerle firmar los papeles de adopción tras salir de la anestesia durante el parto. Su bebé, dijo, fue vendida por 380.000 pesetas, el equivalente a varios miles de dólares.

Sin embargo, el Pacto del Olvido de España se mantuvo. A medida que surgían más acusaciones de robo de bebés, los relatos eran en su mayoría ignorados. Los jueces del país, muchos de ellos remanentes del franquismo, se negaron a aceptar los casos. Y aunque el régimen de Franco cayó en la década de 1970, el sistema hospitalario siguió siendo dirigido por las mismas monjas durante años.

Tuvo que llegar un nuevo presidente del gobierno para que algo cambiara finalmente. En 2004, el gobierno conservador fue derrotado por José Luis Rodríguez Zapatero, un socialista que llegó al cargo con planes para abordar los tabúes del pasado. Rodríguez Zapatero ordenó retirar la última estatua de Franco que quedaba en Madrid. Luego, a instancias de Rodríguez Zapatero, España aprobó su ley de memoria histórica en 2007, que condenaba los crímenes del franquismo y reconocía por primera vez a sus víctimas.

Empezó a surgir una nueva generación de víctimas, esta vez liderada no por las madres que habían perdido a sus bebés, sino por sus hijos, ya adultos, que buscaban a sus padres biológicos. Formaron organizaciones de base como la Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Irregulares, que calculó que hasta el 15 por ciento de las adopciones en España entre 1965 y 1990 se realizaron sin el consentimiento de los padres biológicos. En 2011, el grupo presentó su primera demanda en nombre de 261 personas que decían ser víctimas de los secuestros. La presentación causó sensación en el país, lo que hizo que se presentaran más casos. En un mes, el número de casos había aumentado a 747.

A medida que aumentaba la presión, el fiscal general de Rodríguez Zapatero, Cándido Conde-Pumpido Tourón, inició su propia indagatoria. Pronto descubrió un patrón: aunque las víctimas habían presentado muchas denuncias a lo largo de las décadas, los jueces se habían limitado a archivar un caso tras otro, alegando el plazo de prescripción. Conde-Pumpido no estaba de acuerdo con estas desestimaciones y me dijo hace poco que el Estado tenía que llegar al fondo de lo sucedido, y luego resolver las cuestiones de quién era el culpable. Los funcionarios comenzaron a investigar activamente los secuestros, y el número de casos se disparó a más de 2000.

 El primer sospechoso que surgió fue Vela, el ginecólogo nombrado en el artículo de 1989. Los funcionarios habían entrevistado a una mujer que acusaba a Vela de falsificar su certificado de nacimiento y que creía que el médico la había vendido ilegalmente sin el consentimiento de su madre biológica. Los funcionarios también estaban siguiendo un caso en torno a sor María Gómez Valbuena, la monja que Pintado recordaba haber visitado cuando era niña y que también había trabajado estrechamente con Vela.

Entre los posibles testigos que se presentaron en el caso contra sor María había una conserje que había trabajado en el hospital. Cuando hablé con la conserje, I. M., esta primavera, pidió que sólo se publicaran sus iniciales porque temía represalias por haber trabajado en la clínica. Me dijo que el despacho de sor María en Santa Cristina estaba situado en la segunda planta, abajo de la guardería para los recién nacidos, donde había cunas rojas y azules a lo largo de la pared. En el quinto piso había camas de caridad donde las madres solteras y pobres que requerían asistencia estatal se recuperaban después de dar a luz. “Yo limpiaba su despacho”, dijo. “Yo he visto de todo”.

I. M. empezó a trabajar en la clínica cuando era adolescente y recordaba a sor María como una persona severa e implacable. Pero lo que más le sorprendía era el comportamiento de la monja con las mujeres solteras del piso de caridad. Sor María se refería a ellas como “descarriadas” y “subversivas”, a veces en su cara. Muchos de los bebés habían sido declarados muertos, dijo I. M., incluyendo algunos que había visto vivos en sus incubadoras horas antes. Había rumores de que el cuerpo de al menos un recién nacido fue conservado en una nevera, aunque I. M. nunca supo por qué. (Algunas de las personas que entrevisté dijeron que a las madres que exigían ver los restos de sus hijos se les mostraban cadáveres de otros bebés).

 También recordaba un cuaderno azul que estaba sobre el escritorio de sor María en la clínica. En su interior había listas de nombres, muchos de los cuales I. M. reconoció como posibles padres que había visto visitar a la monja. Venían a la clínica por la mañana, siempre con un cheque. La hermana María los entrevistaba durante varias horas y, si las cosas iban bien, las familias se iban con un bebé esa misma tarde. En otra columna del cuaderno, I.M. también había visto números marcados en pesetas. Las cantidades no le parecían donaciones; algunas de las cifras equivalían a semanas de sueldo.

I. M. nunca contó a nadie lo que vio durante esos años. No lo hizo, dijo, porque habría sido su palabra contra la del hospital. “Las mujeres éramos poco que nada”, me dijo. “Tú te tenías que someter primero a tu padre y luego a tu marido y luego al Estado”.

La versión de la conserje fue uno de los varios relatos similares que fueron apareciendo en los medios de comunicación a medida que se desarrollaban las investigaciones de Rodríguez Zapatero. David Rodríguez, entonces estudiante en Madrid que llevó su historia a los periodistas locales, dijo que su madre le había dicho que pagó 60.000 pesetas a sor María cuando lo adoptó. Rodríguez llegó a reunirse con sor María, que negó las afirmaciones y dijo que no podía ofrecerle más información sobre su adopción debido a que le fallaba la memoria. En 2011, la monja hizo declaraciones similares durante una entrevista con Arroyo, la periodista de investigación, y dijo: “Los adoptados no deben buscar a sus padres biológicos, porque no los van a encontrar”.

A medida que la búsqueda de su madre continuaba, Pintado se dio cuenta de que tenía que mirar más allá de sus vecinos de Campo de Criptana si quería más respuestas. En el otoño de 2017, se encontró con una organización llamada SOS Bebés Robados, un grupo de base de víctimas que buscan a sus familiares, con capítulos en toda España. Pintado se reunió con una fundadora del grupo, Mari Cruz Rodrigo, que dio a luz a su segundo hijo en 1980. Cinco días después, un médico le dijo que el bebé había muerto de un ataque al corazón en una incubadora y se negó a dejar que Rodrigo viera el cuerpo. Con el paso de los años, Rodrigo empezó a dudar de la historia.

Ella le advirtió a Pintado que el camino que le esperaba sería difícil: solo una decena de los casi 400 miembros del SOS habían encontrado a sus familias. Rodrigo aún no sabía si su propio hijo estaba vivo ni cuál sería su reacción al conocer la verdad. “Si lo encuentro, no va a ser mi hijo, va a ser un hombre que yo he parido”, me dijo Rodrigo. Pero Rodrigo animó a Pintado a continuar su búsqueda, indicándole una oficina del gobierno de Madrid que había ayudado a los miembros de S.O.S. a obtener información sobre las madres biológicas mediante solicitudes de registros. Pintado estaba dispuesta a intentar cualquier cosa, así que, aunque se dirigió a esa oficina, también optó por algo más arriesgado: escribir cartas a las familias que pudiera encontrar con los apellidos Pardo y López.

 López es un apellido común en España (casi una de cada 50 personas se apellida así), por lo que Pintado tendría que escribir cientos de miles de cartas si quería tener alguna posibilidad de encontrar a su madre. Pero había vendido la panadería familiar donde había trabajado gran parte de su vida. Sus hijos ya estaban grandes y, de repente, había muchas más horas del día que llenar. Ninguna tarea parecía demasiado inútil o intrascendente. ¿Y si su madre abría una de las cartas? Cogió el bolígrafo y escribió a una familia cualquiera con su letra redonda y cursiva:

Soy Ana Belén, el motivo de esta carta es que estoy buscando a mi familia biológica. Por casualidad, he encontrado su nombre y su dirección. Soy bebé robada… En mi desesperación por buscar a mi familia te pregunto si por casualidad en tu familia hubiera sospechas de algo de este tema. Por favor contéstame aunque sea negativo para ir descartando personas, pues esto es muy laborioso y me está costando mucho trabajo buscar. Perdón por las molestias y la forma de hacerlo pero en estos momentos no tengo otros caminos. Un saludo: Ana Belén

“Ella era Don Quijote, y yo, Sancho Panza”, dice Monreal sobre su esposa. Él quería hacer lo que pudiera, y empezó a leer borradores y a ayudarla a escribir cartas. Escribió a decenas de familias, desde los suburbios de Madrid hasta Murcia, una pequeña región de la costa mediterránea. Incluso recibieron algunas respuestas. “Me dijeron: ‘Mira, nosotros no somos, pero te apoyamos en todo. Y si los encuentras, escríbenos’”, cuenta Pintado. Pero nadie respondió afirmando ser su madre.

Un tiempo después de enviar la primera tanda de cartas, recibió una llamada de alguien de la oficina del gobierno de Madrid con la que Rodrigo le había sugerido que se pusiera en contacto para obtener posibles pistas. La funcionaria le dijo que había podido encontrar un nombre de pila de su madre en los registros del hospital. Pero el nombre no era María, que figuraba en su documento del registro civil. Ese nombre, al parecer, había sido falsificado. El verdadero nombre de su madre era Pilar.

La funcionaria dijo a Pintado que en la búsqueda también apareció un lugar de nacimiento de la madre, una provincia llamada Ávila, a poca distancia al oeste de Madrid. La madre tenía 23 años cuando nació Pintado. No era mucho, pero Pintado volvió a tener esperanzas.

Ahora buscaría a Pilar.

Uno de los casos más publicitados en el sistema judicial contra sor María fue el de Purificación Betegón, cuya historia sobre la desaparición de sus hijos en 1981 conmocionó a muchos en todo el país. Cuando conocí a Betegón, me contó que en aquellos años vivía con su novio y estaba embarazada de su segundo hijo. Antes de ir a la clínica, Betegón esperaba que su hijo de 2 años tuviera pronto un hermano pequeño o una hermana que le hiciera compañía.

Pero cuando comenzó el trabajo de parto, se llevó una sorpresa: el médico le informó que iba a dar a luz a gemelos. Las dos bebés estaban sanos, le dijeron. “El camillero me dijo: ‘Puri, has tenido dos niñas preciosas’”. Las gemelas fueron llevados rápidamente a otro lugar, y Betegón fue trasladada en silla de ruedas a una habitación oscura. Cuando entró una enfermera, Betegón le preguntó “que qué hacía allí, que no estaba en mi habitación”. La enfermera no contestó, sino que le dijo que sor María le había dicho que preparara a las gemelas para la adopción. “Y le digo: ‘¿Quién coño es sor María?’”.

 Al día siguiente, una amiga llegó para ver cómo estaba, y Betegón exigió inmediatamente ver a las bebés en sus incubadoras, apoyándose en el hombro de su amiga mientras iban al tercer piso. Era la primera vez que veía a sus hijas: eran tan pequeñas, pensó, y compartían su piel blanca. Eran niñas, idénticas, por lo que Betegón pudo ver. Pero de nuevo le dijeron a Betegón que las bebés estaban en adopción. Se enojó y se lanzó contra el cristal que la separaba de las incubadoras.

 Betegón exigió ver a sor María y la encontró sola en su oficina. Le preguntó por qué le habían dicho que sus hijas iban a ser adoptadas. “Y me dijo: ‘Bueno, es que como eres joven y ya tienes un niño, no te has casado todavía’. Le dije: ‘Ese problema no es de usted, y mis hijas son mis hijas’. Y me dijo: ‘Ya, pero es que pueden estar con una familia’”. Betegón siguió insistiendo. Finalmente, sor María cedió, diciendo que había habido un malentendido y que la adopción se cancelaría.

Esa tarde, un médico llegó a la habitación de Betegón para decirle que una de las gemelas había muerto. Betegón se quedó en shock. “Acá yo me quedo llorando porque yo en el primer momento pensé que era verdad”, dice. “Al cabo de un rato vuelve otra vez el mismo médico y me dice que ha muerto la otra”. Betegón, que ya no le creía, entró a la fuerza en la sala de neonatos con las incubadoras y volvió a ver a sus dos hijas. Preguntó a los médicos por qué le habían dicho que estaban muertas cuando aún estaban claramente vivas. Un médico le dijo que tenían muerte cerebral. “Le dije: ‘Mira, yo no entiendo de medicina, pero hasta donde yo sé, una persona muerta cerebralmente no se mueve”, cuenta Betegón.

Fue a la oficina de sor María por última vez. La monja le preguntó qué nombres había elegido para sus hijas. Betegón dijo que quería llamarlas Sherezade y Desiré. “Me dijo: ‘Esos no son nombres católicos’”.

Cuando Betegón volvió a las incubadoras, las bebés ya no estaban. Esta vez, cuando pidió ver a sus hijas, la llevaron a la morgue. Un médico sacó dos pequeños cuerpos. Envueltos en blanco, parecían mucho más grandes que sus hijas. Betegón miró de cerca sus rostros. “No eran mis hijas”, dijo. Nunca volvió a ver a sor María.

Durante años, Betegón pensó que aunque la gente creyera su historia, nadie se haría responsable. Pero décadas más tarde, en 2011, se enteró de una protesta que tenía lugar en Madrid, una de las primeras concentraciones de bebés robados, y decidió asistir. Un representante de uno de los grupos de víctimas anotó sus datos, y un fiscal de Madrid se puso en contacto con Betegón y le pidió que declarara. El fiscal dijo que estaban construyendo un caso contra la hermana María. “Estoy deseando que se celebre el juicio para poder verle la cara a sor María”, dijo Betegón a los periodistas en 2012. Poco después presentó su propia denuncia contra sor María.

Betégon nunca vería a sor María en el juicio. Nadie lo haría. En 2013, las monjas de su convento se despertaron para encontrar a sor María muerta a los 87 años. Nunca fue acusada formalmente y nunca admitió haber vendido bebés. La Iglesia católica tampoco reconoció nunca públicamente el papel que desempeñó en los secuestros. Pero se sabe que, durante décadas, algunas monjas —con el poder de una dictadura que les permitía actuar con impunidad— se encargaron de decidir quién tenía derecho a criar a un niño y quién no.

El caso de Eduardo Vela, el médico que enfrentó acusaciones en los años ochenta, se desmoronaría años más tarde, después de que el tribunal desestimara los cargos contra él, alegando la prescripción. (Para complicar aún más las cosas, la víctima dijo más tarde que se había enterado de que su madre la había dado voluntariamente en adopción. El primer bebé robado reconocido en España no era tal). De los 2186 casos investigados, ninguno acabó en condena. Los fiscales me dijeron que el problema no era que dudaran que las víctimas dijeran la verdad, sino que los casos carecían de pruebas. Los crímenes tuvieron lugar hace décadas. Enfrentaban la palabra de una madre con la de una monja o un médico de edad avanzada. “Un señor que tiene ahora 80 años, si se le va a condenar por lo que hizo cuando tenía 40, ya no es la misma persona, se está metiendo en la cárcel a alguien que no es la misma”, me dijo Conde-Pumpido, el ex fiscal general.

Y así, por desesperación, algunas víctimas recurrieron a otra salida, una que les daba la esperanza, aunque fuera escasa, de reunirse con sus familias biológicas. En la década de 2010, los programas de entrevistas diurnas empezaron a dedicar gran parte de su tiempo de emisión al escándalo de los bebés robados. Los productores reunían equipos de calle, entrevistaban a los testigos de forma anónima con alteración de la voz, o llevaban cámaras ocultas mientras se enfrentaban a médicos y enfermeras en sus departamentos.

En muchos sentidos, estos programas estaban haciendo lo que antes era impensable: abordar públicamente los horrores del franquismo. Pero también estaban haciendo sensacionalismo de esos horrores, para los millones de espectadores en casa. En un episodio de principios de 2011 de El Diario, un programa de entrevistas por la tarde en el que los invitados ventilaban sus conflictos familiares, un conductor presentó a Alejandro Alcalde, un padre de mediana edad que intentaba encontrar a la madre de su hija adoptiva. Mientras Alcalde compartía los detalles de su vida, la cámara cortó a una mujer no identificada entre bastidores, sentada en un sofá blanco, de espaldas a la cámara. En la parte inferior de la pantalla aparecían las palabras: “Busco a mi hija, me la robaron nada más nacer”. A continuación, se muestra al padre en una pantalla dividida junto a las dramáticas imágenes de un auto que se acerca al estudio. Una mujer con bata blanca salió del coche y sacó un gran sobre con pruebas de ADN que demostraban que la misteriosa mujer del sofá era en realidad la madre de la niña. La familia se reunió mientras el público aplaudía.

La ola de atención mediática también tuvo algunas consecuencias inesperadas: cualquier madre que tuviera un hijo nacido muerto tenía ahora motivos para creer que el bebé podía estar vivo y sano, y simplemente vivir con otra familia. Un segmento de 2013 de La Mañana, un programa matutino español, abría con una escena en un cementerio mientras hombres con cascos y martillos abrían una tumba. Dentro había un pequeño ataúd blanco, claramente hecho para un bebé. El reportero, que se encontraba justo fuera de la tumba, se dirigió a la madre, que iba vestida de negro. Dijo que, tras dar a luz, en el hospital le dijeron que su hijo había nacido muerto, pero que ahora sospechaba que su hijo había sido robado, aunque el bebé había nacido en 1992, casi una década después de los últimos secuestros documentados. El ataúd no estaba vacío, como ella esperaba. Una prueba de ADN de los restos confirmó posteriormente que el bebé era su hijo.

Pintado, como millones de espectadores, había visto los programas de entrevistas e incluso había sido contactado por uno de ellos. Tras la muerte de su padre, un productor de El Diario la llamó a su casa, afirmando que podría haber tenido una gemela idéntica. Pintado colgó la llamada. Pero años más tarde, mientras buscaba a su madre y seguía cualquier pista que aparecía, fue al estudio en persona. Los productores no pudieron encontrar ningún archivo sobre su caso. Quizás ese día habían estado pescando, siguiendo una pista sin salida. Así que Pintado decidió ir ella misma a un programa de entrevistas.

 “Os presento a Ana Belén”, comenzó la conductora de Viva la Vida en enero de 2018. La cámara enfocó a Pintado, que estaba visiblemente nerviosa. La presentadora continuó: “Esto es para lo que yo considero que sirve la tele. Esta niña está buscando a su familia biológica y algunos de vosotros, si nos estáis viendo en casa, necesitamos que nos deis todas las pistas para que ella pueda cumplir el sueño de encontrar a su familia”.

Pintado comenzó a contar su historia. Estaba la documentación falsificada de después de nacer. Las visitas a Madrid con sobres de dinero. Pintado explicó que se había enterado de que la iglesia local probablemente había ayudado a relacionar a sus padres con sor María. Alguien, dijo, incluso le había contado que su madre adoptiva había fingido entrar de casualidad en la habitación donde su madre biológica había dado a luz, para ver cómo era, y encontró a la madre afligida. “Si alguien me está viendo y me reconoce, pues la verdad es que me gustaría mucho conocerlos, porque siempre he estado sola”, dice Pintado, mientras la pantalla se desvanece.

Pintado tenía la esperanza de que alguien llamara con información; con el paso del tiempo, nadie lo hizo. Pero no se dejó desanimar. Después de hacer público el daño que le habían hecho, fue como si se hubiera encendido un interruptor. Nunca dejaría de buscar a su madre. Así que decidió llamar a todos los periodistas que pudo encontrar.

En los meses siguientes, la historia de la búsqueda de Pintado apareció en numerosos medios de comunicación, desde La Vanguardia, uno de los periódicos más importantes de España, hasta La Tribuna de Ciudad Real, la provincia donde se encuentra su pueblo. “Era una mentira muy gorda”, dijo sobre su infancia a la reportera de la sección de sociedad de El Economista, una publicación financiera popular entre las élites españolas. Pintado también apareció en pódcast, programas de radio y canales de televisión, incluido uno en el que un equipo de noticias se desplazó a su casa y preguntó a los residentes qué sabían.

Las apariciones en los medios de comunicación empezaban a hacer mella en sus relaciones dentro de Campo de Criptana. Sus padres tenían muchos amigos leales, especialmente su madre, que perteneció a varias asociaciones católicas hasta que murió. Un día, Pintado estaba en una tienda de comestibles con su hija cuando una amiga de su madre se le acercó. Al principio, las dos intercambiaron bromas, pero luego la amiga adoptó un tono más agresivo: “¿Qué necesidad tienes tú de buscar si ya tienes tu familia?”. La pregunta molestó a Pintado. Sí, su madre y su padre le habían dado una buena educación. “Pero a mí me han robado una madre”, le dijo a la vecina antes de marcharse, “y eso no lo veo bien”.

Una noche, tras volver de otra aparición en televisión, Pintado decidió escribir a un grupo de WhatsApp de la familia de su madre para saber cómo se sentían con su búsqueda. “Todo lo sabéis en el lío que estoy metida ahora, y en todos los medios me preguntan qué piensa de esto la familia”, escribió. “¿Qué tengo que decir?”.

Una prima fue de las primeras en responder: “Buenas noches, yo siempre te he querido como prima. (…) Me parece bien que quieras encontrar a tus padres biológicos, pero creo que se merecen un respeto tus padres adoptivos. No sé si serías niña robada o no, pero creo que mi familia no supiese si eras niña robada o no”.

“Yo pienso lo mismo”, escribió otro familiar en el grupo.

“Creo que igual que lo has comentado en todas partes también y nos podrías haber dicho a nosotros”, escribió la prima.

Otro familiar le contestó asegurando que Pintado sabía desde el principio lo de la adopción y que incluso había preguntado a sus padres biológicos cuando tenía 12 años. Era una acusación sin fundamento, dijo Pintado. Pero el mensaje era claro: algunos miembros de su familia preferían creer que era Pintado quien mentía, no sus padres.

 Parecía que nada funcionaba en el caso de Pintado. Las apariciones en la prensa no parecían sacar a la luz ninguna pista. Sus familiares se habían puesto aparentemente en su contra. Entonces, una noche de julio de 2018, recibió una llamada telefónica que lo cambió todo.

El hombre en la línea deseaba permanecer en el anonimato, le dijo a Pintado. Había leído su historia en un periódico local y era “amigo íntimo” de una mujer llamada Pilar Villora García, alguien que había perdido una hija más o menos al mismo tiempo que Pintado. ¿Le gustaría anotar el número de Pilar?

Pintado la llamó enseguida. “Entonces yo que ella me descuelga, le digo: ‘Mira, soy bebé robada, estoy buscando a mi madre biológica, y me ha transmitido una persona anónima y me ha dicho que tú puedes ser mi madre’”. Hubo una pausa al otro lado de la línea, y pudo oír una conmoción de fondo, el sonido de mucha gente.

La mujer dijo que le devolvería la llamada. La línea se cortó.

Por un momento, Pintado no supo qué hacer. Tal vez la mujer se sintió emboscada. Pasaron cinco minutos. Entonces sonó el teléfono.

“OK”, dijo la mujer, después de que Pintado descolgara. “¿Cuándo es la fecha?”.

Las dos mujeres compararon notas. Las fechas de parto y nacimiento coincidían. La ciudad coincidía. Y la clínica de maternidad, Santa Cristina, también coincidía. Solo había una cosa que no coincidía: la oficina gubernamental le dijo a Pintado que su madre la había dado a luz cuando tenía 23 años, no 24, la edad que Pilar recordaba. Pero la primera vez que la había visto un ginecólogo fue el año anterior, lo que podría haber sido el origen del error. “Entonces claro, mi madre, o la que yo creo que es mi madre, me dice que lo único que falla es eso, pero que en cuanto tenga más datos, a la primera que llame es a ella”, dijo Pintado.

Pintado podía sentir que estaba cerca de resolver su caso. Meses antes, cuando se puso en contacto con el gobierno de Madrid, le dijeron que solamente habían encontrado un nombre de pila de su madre biológica. Ahora los llamó de nuevo para ver si tenían más información. Le dijeron que sí, incluido el nombre completo. El nombre coincidía con el de la mujer con la que había hablado.

Pintado volvió a llamar a Pilar de inmediato. “Ya sé quién es mi madre”, le dijo. “Y eres tú”.

Pintado vio a su madre por primera vez en septiembre de 2018, tres meses después de su primera llamada. Las mujeres decidieron encontrarse para cenar en Aranjuez, una ciudad que se encuentra más o menos a mitad de camino entre sus casas, a una hora de distancia en auto. Pintado llegó con su esposo y sus hijos; Pilar, con una amiga. “Y me acuerdo que iba muy nerviosa”. Pintado me dijo que sabía que podía ser bueno, que podía ser malo, que no sabía lo que iba a encontrar.

Pero cuando los dos grupos se acercaron, Pilar empezó a correr hacia Pintado. “¿A qué no sabes quién es tu madre?”, le preguntó Pilar a Pintado, bromeando. Las dos mujeres se abrazaron y comenzaron a llorar. Pilar miró a los hijos de Pintado —sus nietos— y los abrazó a todos.

Durante la cena, Pilar le contó a Pintado la historia de su vida. Nació en un pequeño pueblo de montaña llamado Lanzahíta, y sus padres la llevaron a vivir a Madrid a los 12 años. Conoció a su esposo y se casó joven. Pilar tuvo dos hijos: José Luis, al que puso el nombre de su esposo, en 1968, y Francisco, en 1972. Al año siguiente, se quedó embarazada por tercera vez y se preguntó si sería una niña. Tal vez le pondrían el nombre de su madre, Ángela.

Pilar fue por primera vez a la clínica en abril de ese año para ver a un obstetra. No recordaba haber visto a una monja allí, pero su expediente del hospital indica que sor María probablemente se fijó en Pilar: en una letra que coincide con las cartas que la monja envió a la familia de Pintado, aparece la palabra “beneficencia”, en referencia a la zona del hospital donde la monja supuestamente seleccionaba sus objetivos.

El 9 de julio de 1973, Pilar sintió contracciones y volvió a Santa Cristina. Fue un parto fácil y sin complicaciones. Incluso recuerda haber tenido a su bebé en brazos durante un breve momento. Pero entonces se llevaron a la bebé y alguien vino a poner una máscara de anestesia en la cara de Pilar. Lloró cuando esto ocurrió; era como si supiera que algo terrible iba a ocurrir. Cuando se despertó de nuevo, un médico y una enfermera le dijeron que la bebé había nacido muerta. El hospital se encargaría de los trámites y del entierro. Nunca se le ocurrió pensar que habían mentido.

Pilar nunca había ido a buscar a su hija porque había pensado que no había ninguna hija que buscar. Ahora, estaba sentada allí mismo, una mujer adulta con una familia y toda una historia de vida que Pilar estaba empezando a conocer.

Mientras Pilar hablaba, Pintado se dio cuenta de lo parecidas que eran. Las dos tenían los ojos verdes. Pilar también era animada como Pintado, saltando de una historia a otra. Mientras dejaba que su madre recuperara el aliento, Pintado comenzó a contar su propia historia, sobre Campo de Criptana y la pareja que la había criado. Habló de la búsqueda que comenzó en su garaje y que llevó a sus vecinos y a los estudios de televisión, un viaje que ahora parecía haber llegado a su conclusión, aquella noche, en aquella mesa.

 Las visitas continuaron. Pilar fue a Campo de Criptana para celebrar la fiesta de la Virgen del Pilar, que le da nombre. Pintado viajó a Madrid para conocer a su padre biológico, del que supo que estaba luchando contra el cáncer. Las dos mujeres acabaron haciéndose una prueba de ADN que confirmó lo que ya sabían. Pintado, que una vez dijo a los telespectadores que siempre se había sentido sola, tenía ahora dos hermanos. Uno de ellos trabajaba en el sur de España durante los días laborables, y cuando él y Pintado se dieron cuenta de que su pueblo estaba a un corto desvío de su viaje de fin de semana a casa, empezó a parar en Campo de Criptana. Pintado le preparaba sánduches y se los comían juntos, intercambiando historias sobre su infancia.

Pintado logró lo que casi nadie en su situación había conseguido: encontró a su familia. Su felicidad era palpable. En una época en la que tanta gente que conocía perdía a sus padres por la vejez —cuando ella misma había perdido a las personas que la habían criado—, había conseguido dos padres.

Sin embargo, a pesar de su alivio, una pequeña parte de Pintado no podía evitar la sensación de que le faltaba algo. Que a pesar de todo lo que había ganado, a pesar de todos los vacíos que se habían llenado, todavía había algo que necesitaba. Es como si la energía que había puesto en la búsqueda —las cartas que escribió a mano, las llamadas que hizo a los periodistas, las horas que pasó contando su historia a la gente, las puertas a las que llamó y las conversaciones incómodas que mantuvo— necesitara ser redirigida hacia algo más: un reconocimiento de que le habían robado a sus padres biológicos. Necesitaba que alguien le dijera que lo que había pasado estaba mal. Necesitaba una disculpa. Necesitaba, se dio cuenta, que alguien fuera castigado.

Pintado siguió buscando. Esta vez buscaba a un hombre llamado José María Castillo Díaz, el médico que la trajo al mundo y firmó los papeles. Pintado contrató a una abogada y, en enero de 2019, presentó una demanda contra Castillo Díaz en un juzgado de lo penal de Madrid. Un juez aceptó el caso, y Castillo Díaz fue ordenado a comparecer en una audiencia donde confirmó que su nombre estaba en el papeleo. Pero en marzo del año pasado, Castillo Díaz murió. La noticia dejó a Pintado desolada. “Que se sepa en todo el mundo lo que han hecho”, me dijo. “Yo he encontrado a mi madre, a mi padre, a mis hermanos —en un tiempo récord— y vamos fenomenal, hablamos todos los días de la semana, pero tengo que hacer justicia”.

Laura Figueiredo, una de las amigas más cercanas de Pintado, dijo que comprendía su dilema e incluso ha hablado con ella sobre el tema. “Yo misma le digo: ‘¿Por qué quieres seguir? Ya tienes a tu madre y a tu padre, ¿por qué quieres seguir a estas personas?, me refiero al tema de los juicios?’”, dijo Figueiredo. “‘Olvídate ya, disfruta. Que cierre el capítulo. Que cierre la novela”.

Este verano, Pintado estaba de vuelta en su casa de Campo de Criptana. Era una calurosa mañana de sábado, y ella y Monreal se preparaban para un gran almuerzo familiar. Sus hijos cortaban verduras y Monreal encendía la parrilla en la planta baja. Si había un distanciamiento entre Pintado y sus vecinos, parecía que se estaba arreglando, aunque fuera lentamente; un panadero local que hacía la ronda por el pueblo se detuvo para entregar pan y charlar rápidamente, y lo mismo hicieron varias mujeres que vivían al frente.

Cuando el almuerzo estuvo listo, Pintado y Monreal se sentaron a la mesa mientras sus hijos servían la comida. La pareja habló de cuando eran jóvenes y pasaban largas veladas bajo los molinos de viento que se asientan sobre el pueblo. En un momento dado, había un bar en uno de ellos. Incluso en un lugar tan tradicional como Campo de Criptana, las cosas pueden cambiar, dijo Monreal.

Pintado volvió a pensar en su madre. Había contratado a una nueva abogada, dijo, que estaba pidiendo más documentos en el caso, que ahora está en el Juzgado de Primera Instancia Número 3 de Madrid. “Va a haber algunos nombres en esos papeles que estamos consiguiendo”, le dijo a Monreal. “Estoy segura”.

“Pero, ¿y si esas personas tienen 100 años?”, preguntó su esposo.

“Ahora tenemos el nombre de una matrona”, dijo ella.

“¿Pero es ella la responsable de algo?”, dijo Monreal.

Él intentó cambiar de tema. Se acercaba el cumpleaños de Pintado y Pilar tomaría el tren para pasar el fin de semana con ellos. Durante la búsqueda de su madre, el cumpleaños de Pintado se parecía más al aniversario de su secuestro. Pero ahora había motivo de celebración. Monreal dijo que estaba planeando una sorpresa.

Pintado sonrió, pensando en su madre. “Hemos perdido 45 años. Claro, eso es muy difícil recuperarlo”, dijo. “Pero cuando veo a mi madre ahora, es como mirar a una niña con zapatos nuevos. A todo el mundo donde va por la calle, y aunque no lo conozca, le va contando: ‘Mi hija, mi hija y mi hija, la que me habían robado, me ha encontrado’”.                           (

9/10/18

El doctor Vela fue autor del robo de un bebé, pero sale absuelto al haber prescrito el delito

"La Audiencia Provincial de Madrid ha considerado este lunes al doctor retirado Eduardo Vela, de 85 años, autor de los tres delitos de los que se le acusaba —detención ilegal, suposición de parto y falsedad en documento oficial— y, por tanto, culpable de "tráfico de niños", en el primer juicio celebrado en España por robo de bebés. 

Sin embargo, no lo ha condenado porque considera que todos los delitos prescribieron al alcanzar la denunciante, Inés Madrigal, la mayoría de edad. La mujer tiene ahora 49 años, denunció el caso en 2012 y cumplió los 18 antes de junio de 1987. Contra la sentencia cabe recurso y Madrigal ya ha anunciado que llevará su caso al Tribunal Supremo.

La fiscalía había pedido para Vela 11 años de cárcel  y una indemnización de 350.000 euros para la víctima. Madrigal elevaba la petición de prisión a 13 años y no solicitaba indemnización alguna porque, como explicó tras la última sesión del juicio, no quería "ni  dinero ni ver a Vela en la cárcel" sino que el doctor se derrumbara en el juicio, aportara información sobre su origen y que su caso sirviera para abrir otros que han sido archivados.

 "Tenemos la obligación de ir al Supremo. Pienso que hay que utilizar esta sentencia como un trampolín", afirmaba este lunes Madrigal tras conocer la decisión de la Audiencia."La sensación es agridulce. Es un hito, la primera sentencia por bebés robados. Se reconoce que hubo robo, que me arrebataron a mi madre y es un gran paso, aunque no estamos de acuerdo con la prescripción y la absolución de Vela. 

El tribunal debería haber sido más valiente, porque nos da una cal y otra de arena. Por un lado reconoce los hechos, pero no se moja", declaró a las puertas del tribunal, rodeada de madres que buscan a sus hijos y que habían depositado todas sus esperanzas en el caso de Madrigal.

Los hechos probados

La Audiencia provincial de Madrid considera que en el juicio quedó "probado de forma incontestable" que el doctor Vela, que en el momento de los hechos era ginecólogo y director médico en el sanatorio San Ramón —epicentro de las denuncias por robo de bebés—, entregó al matrimonio formado por Inés Pérez Pérez y Pablo Madrigal Revilla, "una niña de pocos días de edad fuera de los cauces legales". 

El médico simuló "la existencia de un parto que no se había producido" y estableció "una filiación falaz", todo ello sin que "conste que hubiera mediado consentimiento ni tan siquiera conocimiento por parte de los progenitores del recién nacido".

Tras pactarlo con ella, Madrigal denunció a su madre adoptiva para agilizar el proceso. Inés Pérez se enfrentó en un careo con Vela en 2013. Ella, que era estéril, explicó cómo el doctor la había citado en la clínica en 1969 para entregarles un bebé "como regalo" y cómo previamente había intentado convencerla para que simulara un embarazo fingiendo los síntomas típicos y colocándose un cojín en la barriga. 

Vela dijo que mentía. Madrigal se ha emocionado este lunes al recordarlo porque la sentencia reconoce que su madre adoptiva, fallecida en 2016, dos años antes de la celebración del juicio, siempre dijo la verdad. "Hoy, donde quiera que esté, sé que estará muy contenta. Llevaba muy mal que Vela la dejara por mentirosa. Por ese lado, la sentencia es un triunfo".

El doctor Vela firmó "con su puño y letra" como asistente a un parto en 1969 que "jamás tuvo lugar", según ratifica la sentencia, porque Inés Pérez no podía tener hijos y la prueba de ADN que se hizo con Madrigal para agilizar el proceso demostró un 0% de coincidencia. Gracias al documento del parto que Vela falsificó, añaden las magistradas, Madrigal  "pudo ser inscrita en el Registro Civil" como hija biológica de Inés Pérez.

El debate de la prescripción

Una vez establecido que Vela es "autor" de todos los delitos de los que se le acusaba,la sentencia explica por qué ha decidido absolverle al considerar que se han cumplido los plazos de prescripción. La sentencia admite que ese asunto "ha generado un gran debate judicial en los casos seguidos por los denominados niños robados y que ha dado lugar a resoluciones de distinto signo en las distintas Audiencias provinciales".

La sentencia señala las dos posturas adoptadas en la jurisprudencia, la que considera que el plazo de prescripción empieza a contar cuando el menor alcanza la mayoría de edad, y la que señala como fecha de inicio del cómputo el momento en el que la persona ilícitamente sustraída de su entorno familiar cobra conocimiento de los hechos.

En el juicio, como recuerda la sentencia, Madrigal explicó que no fue consciente de esa situación, es decir, no empezó a sospechar que podía haber sido una niña robada, hasta que leyó en 2010 en EL PAÍS un artículo sobre adopciones irregulares en la clínica San Ramón, que dirigía el doctor Vela. Su madre le había contado a los 18 años que era adoptada, pero ella no le dio importancia hasta que leyó ese artículo, buscó su documentación y comprobó que estaba inscrita como hija biológica de sus padres adoptivos y que Vela firmaba como asistente a un parto que nunca existió. 

La sala explica que los tres delitos "constituyen un conjunto punitivo", por lo que la" prescripción depende de la del delito de mayor gravedad de los tres", en este caso, la detención ilegal, cuyo plazo de prescripción sería el de 10 años de acuerdo al artículo 131 del Código Penal. No obstante, para el tribunal, ese plazo empezó a contar cuando la víctima cumplió la mayoría de edad, no cuando empezó a sospechar que podía ser una niña robada y así lo denunció. 

El abogado de Madrigal, Guillermo Peña, cree que cuentan con argumentos de peso para recurrir al Supremo. "No puede haber prescripción de un delito cuando alguien no es consciente" de ser víctima de él", insistió. 

Madrigal sigue buscando a sus padres biológicos.De momento, se ha hecho pruebas de ADN con tres familias, sin éxito."                   (Natalia Junquera, El País, 08/10/18)

11/9/18

Visto para sentencia... se piden once años para Eduardo Vela en el primer juicio por robo de bebés en España

"La jueza María Luisa Aparicio, siguiendo el protocolo y antes de dejar listo para sentencia el juicio, preguntó a Eduardo Vela, acusado de robo de bebés, si tenía algo más que añadir: "Nada, nada más —dudó unos segundos el ginecólogo—. Vámonos". 

Eran ya más de las tres de la tarde de ayer, 4 de septiembre, cuando acabó la última vista de primer juicio celebrado por robo de bebés en España.

El juicio contra el ginecólogo de 85 años Eduardo Vela Vela, que dirigió la clínica San Ramón de Madrid durante más de 30 años, quedó ayer listo para sentencia después de más de cinco horas de declaraciones. Un juicio histórico, ya que es la primera vez en el Estado español que se sienta en el banquillo a un médico acusado de robo de bebés. 

Vela, además, cuenta con decenas de acusaciones de robo de niños y es considerado uno los principales cabecillas de la trama de robo de bebés que actuó entre finales de los años 50 y los 90, junto con la monja, ya fallecida, María Gómez Valbuena.

La clínica San Ramón, situada en el Paseo de la Habana, número 143 de Madrid, dejó de funcionar cuando se destapó el caso de tráfico de niños en este hospital tras una investigación policial. Aunque entonces se pensaba que esto afectaba solamente a esta clínica, que funcionó entre 1961 y 1981, y se cerró definitivamente en febrero de 1982. Hoy sabemos que esta ha sido una práctica generalizada de secuestro y venta de recién nacidos.

La fiscal solicita para el ginecólogo Eduardo Vela una condena total de once años y diez meses. Ocho años de prisión por los delitos de suposición de parto y detención ilegal, más tres años y 10 meses por falsedad documental, ya que firmó que asistió al parto de la madre adoptiva (infértil) de la denunciante. 

Además, solicita una indemnización por daños morales de 350.000 euros a la bebé robada Inés Madrigal, hoy de 49 años de edad. El abogado de Inés Madrigal, Guillermo Peña, eleva la petición a 13 años de cárcel.

Mientras, Inés Madrigal Pérez sigue sin conocer sus orígenes biológicos y sigue buscando a su madre. A la salida de la Audiencia provincial de Madrid ayer declaró que estaba contenta: "Por haber podido acabar el juicio, el primer juicio por bebés robados que debe abrir los miles de casos cerrados — reiteró— en los tribunales de este país", dijo ayer Madrigal a la salida de del juicio. 

También manifestó que no espera ver a Vela en la cárcel, pero sí que exista "verdad, justicia y reparación en el caso de los bebés robados, como yo miles de personas tienen sus datos en el registro civil con una madre falsa".

Madrigal presentó una denuncia ante la Fiscalía el 27 de enero de 2011, pero fue archivada. Un año después, con la ayuda de la Asociación SOS Bebés Robados de Madrid, presentó otra denuncia, hoy en espera de sentencia.

La de ayer fue la segunda sesión del juicio que se inició el 26 de junio pasado tras varios años de espera. La anterior vista se suspendió el pasado 27 de junio, cuando el médico acusado no acudió al juicio y su abogado, el letrado Rafael Casas Hérranz —casado con la hija mayor de Vela—, comunicó a la sala que la familia del ginecólogo había decidido ingresarlo en el hospital debido a que sufría mareos.

Un mes después, el juicio se reanudó y la apariencia del acusado ayer era otra. Sentado en un silla de ruedas, su aspecto durante toda la mañana era muy distinto. Seguía con atención el juicio, con gafas y escuchando atento el desarrollo del mismo e incluso se permitía sonreír con ironía y hacer algún comentario en voz baja. 

Escoltado por su mujer, Adela Bermejo, y su hija mayor, Adela Vela Bermejo, reaccionó en varias ocasiones sonriendo y girándose hacia su mujer para buscar la mirada cómplice de esta, que también sonreía a algunas frases de la fiscal y del abogado de la acusación.

En esta sesión tuvo lugar el testimonio de una periodista francesa, uno de los más esperados, clave, según el abogado Guillermo Peña. Emile Delphine Helmbamchel es una de las dos periodistas de la televisión pública francesa que en diciembre de 2010 consiguieron entrevistarse con Eduardo Vela y su mujer Adela Bermejo.

 La reportera explicó ayer por videoconferencia que el médico las citó en su domicilio, donde mantuvieron una la charla que las periodistas grabaron con cámara oculta. Durante la entrevista, ellas preguntaron sobre la entrega de la niña Inés Madrigal. El matrimonio recordaba perfectamente el caso y ambos reafirmaron que esa niña fue un regalo, que no se cobró por ella, explicó Delphine.

Este testimonio aportado por la acusación y la Fiscalía es fundamental. La reportera contó que inicialmente se identificaron como pacientes y después confesaron al médico y su mujer que eran periodistas.

El abogado de Vela preguntó a la periodista si esa entrevista se hizo por encargo de la denunciante Inés Madrigal, a lo que la periodista respondió que no y afirmó que consideraron importante para su reportaje entrevistar al ginecólogo en un reportaje sobre los bebés robados en España. El vídeo, de más de media hora de duración, está incluido entre los documentos aportados contra el ginecólogo entre los 862 folios que consta el caso, recogidos en dos tomos.

También declararon ayer, a petición de la Fiscalía, los padrinos de Inés Madrigal y un policía nacional. El policía nacional contó como se hizo la investigación a petición de la fiscalía y el juzgado. El declarante dijo que consiguió hablar con Vela, pero fue imposible quedar con él. Sobre los documentos de las familias y los bebés el policía dijo que Vela le manifestó que se quemaron.

El policía manifestó que las investigaciones demostraban que había una trama alrededor de los recién nacidos, por los que se pagaban distintas cantidades. Al frente de esa trama se encontraba el doctor Vela. 

Los bebés venían de lugares de acogida de chicas embarazadas que teóricamente no querían a sus hijos y Vela se encarga de entregarlos. El abogado de Vela mantuvo que este no se llevó ninguna documentación de la clínica San Ramón, que eso fue cosa de los encargados de la administración que allí trabajaron.

Para la fiscal, lo que hizo la clínica San Ramón fue "borrar cada paso que se dio". "Una persona entra a dar a luz a una niña y una hora después otra mujer se lleva a una niña, pero nadie sabe nada", dijo la fiscal.

 En esta misma línea, una enfermera que trabajó con Eduardo Vela en 1978 reconoció en una entrevista realizada en Diagonal que, cuando los bebés iban a ser entregados a otros padres que no eran los biológicos, "ingresaban muchas mujeres sobre las que había una especie de pacto para que no se registrasen en ningún documento. Ni en el libro de entrada de la clínica, ni en el de salida. No había historia médica, nada".

Todo hace indicar, dijo la fiscal, que Inés pueda ser hija de "una mujer adúltera que quedó embarazada fuera del matrimonio". En este sentido Guillermo Peña manifestó que una cosa es no poner quien es la madre en el certificado de nacimiento, ya que la ley lo permitía por salvaguardar su identidad en el caso de que entregaran el bebé, y otra bien distinta es "no anotarla en los libros de entrada de la clínica", mantiene. 

"Ni entonces ni ahora la ley permitía ser una cliente anónima", incide tras señalar que también llama la atención que no exista "ni consentimiento ni asentimiento de la madre", ni ningún papel que indique que esa niña fue dada por la madre, "tampoco una factura", como en otros casos, por los gastos de la clínica.

 LA fiscal señaló que estas y otras evidencias indican que Inés era una niña robada y había que darla, y pronto. Por eso la entrega fue rápida, en unos días.

La fiscal hizo ayer una extensa y detallada exposición de cómo ocurrieron los hechos y citó diversas sentencias que apoyaban sus argumentos.

También se proyectó en la sala un careo grabado a finales de 2013, durante la instrucción de este caso, entre la madre adoptiva de Inés, Inés Pérez Pérez (fallecida en 2016), y el doctor. Vela negó conocerla a pesar de que ella insistía y había manifestado que en las dos visitas iniciales para la entrega de la niña la trataba como de la familia. La madre de Inés también manifestó que creía entonces que se trataba de "una adopción legal".
Esas dos visitas iniciales referidas por Pérez Pérez cerraron la entrega de la niña, que se produjo en unos días. "Todo fue muy rápido y el objeto era entregar esa niña", sustenta la Fiscalía, que mantiene que, si todo se hubiera hecho de forma legal, habría algún documento y renuncia de la madre a esa criatura. Pero no lo hay .

"Entonces, en 1969, como ahora, era un delito el rapto de bebés. Esa niña había que entregarla". Por ello el 6 de junio los padres la recogieron en la clínica San Ramón y el 7 de junio la inscribieron en el Registro Civil. "La inscripción se produce un sábado, eso ayuda a la impunidad, que hubiera menos gente", sostiene la fiscal.

La fiscal también explicó cómo, según los testimonios, los padres de Inés Madrigal, al llegar a la clínica el 6 de junio de 1969 a recoger la niña prometida —el "regalo", le dijo Vela—, con la ropita para la bebé, quisieron subir a la habitación para vestirla. Pero Adela Bermejo [mujer de Vela] se puso como una furia y dijo que eso no podía ser porque "se descubriría el ajo".

El vídeo de las periodistas francesas refuerza que la mujer de Vela conocía el caso de la niña Inés Madrigal que se regaló. Por ello, la fiscal pide también que se condene a Bermejo por faltar a la verdad en el juicio.

La fiscal explicó que la entrega de la niña se hizo siguiendo la práctica de Vela: se entrega a los bebés muchas veces en agradecimiento a las mujeres que no podían tener hijos y que trabajaban en las congregaciones de monjas de la caridad haciendo tareas. Ese fue el caso de la madre de Inés Madrigal, que antes tuvo a un niño llamado Paquito pero que le fue retirado.

 Como explicó ayer Guillermo Peña, la ley permitía que las madres se pudieran arrepentir de entregar a su hijo en el plazo de tres años y podían recuperarlo, como fue el caso de Paquito. Por ello, querían compensar a Inés Pérez con otro niño o niña y en menos de una semana se preparó todo.

El mediador tanto en el caso de Paquito como de Inés Madrigal, y todo apunta que en muchos más casos, fue el cura jesuita Félix Sánchez Blanco, supuesto íntimo colaborador y amigo del ginecólogo Vela. El abogado Casas dice que su defendido conocía al jesuita porque fue su profesor de matemáticas cuando tenía 10 años y que "el cura solo le pedía medicamentos" y otros favores "para ayudar a los más desfavorecidos".

 Sin embargo, la fiscal mantiene que el ginecólogo y el cura tenían una estrecha relación y por eso, y por el compromiso con este cura, explicó ayer la Fiscal, había que regalar a esa niña a la conocida del cura, Inés Pérez, madre no biológica de la niña robada Inés Madrigal que confesó a esta todo al final de sus días.

Inés Pérez cuidaba niños en el convento de las Misioneras de Jesús María y José en la localidad madrileña de Los Molinos y, como no podía tener hijos, el sacerdote la recomendó a Vela. Y todo fue rápido para buscar una niña. El médico Vela llamó a la lechería del pueblo de Los Molinos, Madrid, contigua a la casa de Inés Pérez, porque entonces —1969— no tenían teléfono, y al día siguiente recibió a la madre en su clínica como si la conociera de toda la vida. 

Dos encuentros: el primero para "facilitar el bebé", explica la fiscal, y ahí es donde le indica que simule un parto con un cojín, poniendo cara de sentirse mal, ante a sus vecinos". En el segundo encuentro le entregaron a la bebé.

Todo indica, según argumentó en el juicio la Fiscalía, que esto tuvo lugar el viernes 6 de junio de 1969 y al día siguiente, el 7 de junio, se inscribió a la niña en el Registro Civil.

En el vídeo de las periodistas francesas, Vela argumenta que está bien lo que se hacía porque "eso lo han hecho los médicos durante 40 o 50 años para evitar abortos". Esto, según explico el abogado de la niña robada, demuestra cual es el móvil ideológico. "El decidía como si fuera dios qué hacer con nuestros orígenes", insistió después Madrigal.
El abogado de Vela, por su parte, señaló que el fin era "ayudar", porque antes, sin estar casada, quedarse embarazada "estaba mal visto". Por ello pide absolver a su defendido. Y mantiene que, además, los hechos "ya han prescrito". Sobre la prescripción del delito, la fiscal explicó en su escrito de conclusiones que el plazo de prescripción computa cuando cesa la conducta. 

Y hace referencia a que la Fiscalía General del Estado envió una circular en 2012 dando órdenes para unificar criterios en las fiscalías territoriales en el caso de los bebés robados. Indica esa circular que se siga el criterio de que los niños robados entre 1959 y 1990 en todo el Estado español no prescriben hasta que han transcurrido 10 años desde la fecha en la que víctima tiene la certeza de que lo es.

 Inés supo con 18 años que era adoptada, "pero no es lo mismo saberse adoptada que robada", señala la fiscal. Madrigal supo que su madre no era la biológica cuando denunció en 2011, tras hacerse la prueba de ADN con un 0% de coincidencia, dice el Ministerio Público.

En la prescripción del delito la fiscal también citó a Justicia argentina en el caso del robo de bebés durante la dictadura de este país, explicando que debemos de aprender del proceso seguido allí, donde también la prescripción empieza a contar cuando la persona tiene la certeza de lo ocurrido.
Guillermo Peña a la salida del juicio se mostró optimista, aunque dijo que "el juicio llega muy tarde". 

Mientras, decenas de afectadas por el robo de bebés a las puertas de la Audiencia Provincial abrazaban y aplaudían al abogado. Para Inés Madrigal, en este país "nadie puede quedar impune jugando a ser dios, falsificando las partidas de nacimiento y cercenando el derecho a conocer nuestros orígenes", dijo.

 Y anunció que va a llegar hasta "el Tribunal Supremo para que se pronuncie sobre la prescripción y se puedan abrir las miles de denuncias de bebés robados cerradas".            (María José Esteso, El Salto, 05/09/18)