"(...) la
violencia política que yo estudio en mi libro es una violencia
judicial, es una violencia que se produce a partir de febrero o marzo de
1937, en donde comienza a funcionar el Consejo de Guerra Permanente de
Córdoba, que se crea en esas fechas, y sigue funcionando durante toda la
guerra y durante la inmediata posguerra. Este Consejo de Guerra
Permanente se desplazaba a los pueblos, conforme iban siendo ocupados
por las tropas sublevadas y, como digo, siguió funcionando de 1937 a
1939 y, por supuesto, en la inmediata posguerra durante los años 40. Su
primer presidente fue un coronel de la Guardia Civil, Evaristo Peñalver
Romo, pero en él participaron muchos militares del escalafón que habían
tenido una cierta vinculación con la sublevación y otros que no la
habían tenido pero que se incorporaron a toda esta magna operación
represiva, de exclusión política, que supuso la represión desarrollada
como consecuencia de la guerra.
A esto, la
pensadora alemana Hannah Arendt le dio un nombre muy concreto, la
existencia de una comunidad de castigo, es decir, una red necesaria que
fue la que, de alguna manera, protagonizó toda esta represión tan
importante que se desarrolló en la España derrotada a partir del 1 de
abril de 1939. Los historiadores decimos, y yo creo que no dejamos de
llevar razón, que el 1 de abril de 1939 no vino la paz, vino la
victoria, con todo lo que ello significó.
P. Esa represión franquista en Córdoba conllevó miles de asesinatos. ¿Fue un auténtico genocidio?
R.
Sé que hay historiadores, concretamente la persona que inició toda la
investigación sobre la Guerra Civil y la represión en la provincia de
Córdoba, el profesor Francisco Moreno Gómez, que suele utilizar el
término genocidio para denominar efectivamente el tipo de represión que
se realizó sobre los republicanos, sobre los derrotados en la guerra.
Pero el término genocidio tiene unas connotaciones teóricas que fueron
expuestas en su momento por un politólogo polaco en relación al análisis
de lo que había ocurrido con los judíos perseguidos por el régimen
nacionalsocialista -me estoy refiriendo a Rafael Lemkin-, politólogo que
de alguna manera conceptualiza el término genocidio y lo refiere a un
grupo social concreto, un grupo racial en este caso.
En el caso
español, yo creo que la represión sobre los vencidos se expandió no solo
sobre un grupo social. Fueron represaliadas personas de diferente
condición social, de diferentes situaciones comarcales… digamos que no
hay una concreción de grupo al cual va dirigida la represión. Yo quiero
llamarle más crímenes de lesa humanidad, atentado masivo contra los
derechos humanos o, como lo ha llamado mi compañero británico Paul
Preston, holocausto. Más que conceptualizar el término genocidio que
tiene unas connotaciones muy muy concretas.
P.
Y ese número que siempre se cita de más de 4.000 represaliados en los
cementerios de Córdoba, no sé si es comparable con algún otro episodio.
R.
Yo creo que, en nuestra Historia Contemporánea, no. La represión en
Andalucía en general y en nuestra provincia en particular y nuestra
ciudad fue terrible, fue tremenda. Cualquier muerte es injustificable
-en la Guerra Civil se han intentado justificar-, pero lo que ocurrió en
Córdoba no tiene ninguna explicación que pueda entrar en la mente que
aplique un mínimo de razón. Ya he dicho que fue una ciudad en la que no
hubo resistencia. Prácticamente, no hubo guerra. Pues se aplicó una
represión durísima. Y la razón de todo esto ¿cuál es? Los historiadores
le hemos encontrado una explicación: durante los meses de marzo y abril
previos al golpe de Estado de julio, entre los círculos militares
golpistas que estaban preparando lo que posteriormente iba a ser la
sublevación militar, circularon una serie de documentos que son
conocidos desde el punto de vista historiográfico como ‘Instrucciones
reservadas’. Así lo llamó la propia cúpula militar que estuvo vinculada
al golpe de Estado. Y en estas Instrucciones reservadas, firmadas por
quien en ese momento ya era cabeza del golpe de Estado, el general Mola,
planteaba que cuando se produjera la sublevación, la represión debería
ser inmediata, potente, generalizada. Porque decía, más o menos con
estas palabras: el enemigo es poderoso y está bien organizado.
Entonces,
¿quiénes fueron el objetivo fundamental de esa represión? Evidentemente
esa represión -que fue larga en el tiempo porque se mantuvo no solo
durante la Guerra Civil sino todos los años 40 e incluso durante el
resto de la dictadura-, tuvo un objetivo muy concreto que no fue otro
que erradicar las políticas que la República había intentado poner en
marcha desde abril de 1931, políticas educativas, políticas de
transformación de la estructura agraria, políticas culturales, políticas
en relación con la articulación del estado… En fin, políticas
reformistas, modernizadoras, en absoluto revolucionarias como se ha
intentado decir desde alguna perspectiva historiográfica interesada. Y
esas políticas reformistas conllevaban quienes la sostuvieron. Entonces,
el objetivo de la represión fue erradicar esas políticas y a los apoyos
sociales que las mantuvieron y las intentaban hacer posibles. ¿Y
quiénes eran estos apoyos sociales? Alcaldes, concejales, diputados,
dirigentes políticos, dirigentes sindicales… Todo eso está en los
capítulos en los que yo, de alguna manera, he insistido en mi trabajo de
investigación.
También mujeres,
que es muy interesante ver qué tipo de represión se plantea sobre las
mujeres. En los aproximadamente 11.000 expedientes que yo he visto entre
expedientes, sumarios de consejos de guerra, expedientes de
responsabilidades políticas, de conmutación de pena y diversa
documentación vinculada con lo que fue la Justicia Militar de Guerra, he
conseguido localizar aproximadamente 750 expedientes de mujeres. A las
mujeres se las represalió no solo por ser de adscripción republicana,
algunas de ellas fueron militantes del grupo Mujeres Antifascistas o del
llamado Socorro Rojo Internacional o incluso de algunos partidos
políticos como el Partido Socialista, el Partido Comunista, algunos
grupos republicanos… Pero, aparte de ese “delito”, se le imputaba
también otro tipo de cuestiones de carácter moral. No es extraño ver en
los expedientes sumariales de Consejos de Guerra que se abren sobre
mujeres, que son mujeres llamadas ‘de dudosa moralidad’, se dice que
viven amancebadas, que son mujeres que no cumplen con sus obligaciones
religiosas, que no se han hecho cargo de la educación religiosa de sus
hijos, que son mujeres dadas a esa ‘vida licenciosa’… Es decir, intentan
elaborar una serie de cargos que atañen a las cuestiones más íntimas de
cada uno de nosotros, intentando imputarlo como cargos, como delitos,
que evidentemente son considerados a lo largo del desarrollo del
sumario. Es decir, a las mujeres no solo se les juzga, se les imputa e
incluso se les condena por su posible adscripción republicana, sino por
el hecho de ser mujeres, mujeres con determinado compromiso social.
Y además por intentar desarrollar el modelo de mujer que era todo el
modelo opuesto al que los sublevados, fundamentalmente Falange Española,
estaba intentando llevar adelante.
P. En todos esos estudios, ¿ha habido algo puntual que le haya sorprendido, que le haya marcado especialmente?
R.
Muchas, muchas historias que claro que sorprenden cuando uno las
analiza. Porque la Guerra Civil, y esto es una cuestión que yo siempre
que tengo oportunidad lo digo, no es una guerra de buenos y malos. No
era una guerra donde los buenos eran los buenos que intentaban defender
los valores patrios y la España de siempre, y los malos eran los rojos,
los republicanos, los que estaban intentando introducir ideologías
foráneas que nada tenían que ver con lo que históricamente había sido
España, etcétera, etcétera. Esa visión simplista, esa visión maniquea de
la Guerra Civil, hay que desterrarla.
Efectivamente,
cuando uno se adentra en los documentos, es cuando se da cuenta de la
complejidad de cualquier sociedad. Y cuestiones que no son políticas,
ideológicas o las que uno pueda pensar que llevaron al enfrentamiento de
un grupo de españoles contra otros, son las que habitualmente hay y
existen las típicas rencillas, problemas, historias familiares,
enfrentamientos, problemas de reparto de tierras, de envidias… que
afectan a cualquier sociedad y que se ven implicadas en un momento de
Guerra Civil. Y esto con frecuencia sale en los expedientes.
Otra cuestión que
a mí me parece importante y también sale en los expedientes y afecta al
tema de la represión existente en la retaguardia republicana: es la
dimensión anticlerical que tiene la represión que se desarrolla por
parte de los republicanos en su propia retaguardia. He dicho antes que
la represión hubo en los dos lados -a mí no me gusta hablar de bandos
porque solo hubo un bando, el bando que se sublevó contra la legalidad
constitucional republicana-, me gusta mejor hablar de zonas. Hubo
efectivamente represión en ambas zonas, pero fue una represión
profundamente asimétrica. ¿Por qué digo esto? Asimétrica porque la
represión que desarrollaron los sublevados fue planificada, se
desarrolló a lo largo del tiempo, tuvo unos objetivos muy claros… Y la
represión que se desarrolló en la zona republicana, fue una represión no
espontánea, porque también tenía sus objetivos muy claros. Y sus
objetivos eran fundamentalmente aquellos que los republicanos, las
milicias sindicales y republicanas, pensaron que eran los protagonistas
de la sublevación militar. ¿Y quienes eran esos protagonistas? Pues eran
sectores burgueses, sectores acomodados, sectores vinculados a la
derecha más tradicional y más rancia que había incluso anunciado la
sublevación militar para llevar a España a donde se quería conducir...Y
lo que me resulta alarmante, por ser una cuestión importante, es la
dimensión anticlerical. Uno se pregunta por qué en la zona republicana
hay esta tendencia anticlerical y se convierte en uno de los elementos
clave de su represión. Pues sencillamente porque la Iglesia estuvo
durante muchísimo tiempo aliada con las clases poderosas y, el pueblo,
estas milicias sindicales que intentan detener el golpe de Estado, pues
se dan cuentan de que la Iglesia ha tomado partido a lo largo de la II
República por los poderosos. Y desafortunadamente en muchos de los
pueblos, en muchos de los municipios cordobeses donde no triunfa el
golpe de Estado y van a ser controlados por las milicias republicanas,
uno de los primeros sujetos represaliados son los sacerdotes. Hay muchos
sacerdotes que son pasados por las armas en pueblos como Bujalance,
Cañete de las Torres, la mayor parte de los pueblos de Los Pedroches…
hay sacerdotes que son ejecutados porque se les imputa, a la Iglesia
como institución no a determinadas personas, haber sido soporte de los
poderosos.
P. ¿Qué opinión tiene de que aún haya nombres vinculados al franquismo en el callejero de Córdoba?
R.
Si los historiadores tienen utilidad, si la Historia tiene función
social para algo como decía antes, es para que sirva para crear un mayor
conocimiento del pasado y una mayor conciencia democrática. Yo, en este
sentido, tengo que decir que fui propuesto por el anterior equipo
municipal (gobierno de PSOE e IU en el Ayuntamiento de la capital entre
2015 y 2019) para formar parte de la Comisión Local de Memoria
Histórica. Elaboramos, como historiadores, mi compañero Francisco Acosta
-profesor del Departamento de Historia Contemporánea de la Facultad de
Filosofía y Letras- y yo mismo, unos informes historiográficos sobre el
posible cambio de nombres en el callejero. Aquello nos costó un trabajo
de documentación importante y naturalmente nos llevó a intentar hacer
ver a la administración municipal la utilidad que podía tener nuestro
trabajo. Nosotros fuimos propuestos como parte de una comisión en la que
también había sindicalistas, asociaciones vecinales, asociaciones
memorialistas, representantes de todos los partidos políticos presentes
en la Corporación municipal… y nuestro informe fue aprobado,
efectivamente, pero he de reconocer con la abstención o el voto en
contra del PP y de Ciudadanos para determinados nombres que han sido,
quizás, los más conflictivos y que todo el mundo sabe. A juicio nuestro,
siguen estando todavía en el debe de la administración municipal. Esos
nombres no son otros que los de Antonio Cañero, José Cruz Conde y Conde
de Vallellano. No se soluciona el problema quitando en el callejero
‘Conde’, ‘José’ y ‘Antonio’. Yo creo que si estos documentos sirven para
algo es para ofrecer a la sociedad y a la clase política una
documentación que le sirva para que las decisiones que tomen estén
ajustadas a lo que ha sido la Historia de esta ciudad y de la España
contemporánea.
P. ¿A quién le interesa que no se tenga Memoria Histórica?
R.
Pues no lo sé, no le debería interesar a nadie. Yo creo que asumir la
Historia es una cuestión de obligado cumplimiento. Muchas veces, en el
debate político, yo oigo decir cuando se tiran argumentos unos a otros,
‘Dejad a los historiadores que hagan esto, que se dediquen al tema y no
hablemos los políticos’. Pues bien, aquí estamos los historiadores. Si
nuestro trabajo tiene un sentido es este que acabo de comentar para
intentar ofrecerlo al conjunto de la sociedad. No entiendo que pueda
haber todavía un sector de la sociedad española que quiera desconocer la
Historia. El pueblo alemán tuvo que hacer un ejercicio de mirar hacia
atrás en los años 60, de darse cuenta de que había convivido con la
barbarie y en alguna medida se había puesto de lado. Pues ese ejercicio
de mirar hacia atrás y de asunción de su propia Historia, es algo que me
parece que es beneficioso, es algo que hace que la sociedad sea cada
vez más sana y más capaz de asumir los errores que haya podido cometer.
Y, en ese caso,
pues efectivamente si la Guerra Civil fue un error que nunca debió haber
ocurrido y que tuvo una génesis muy concreta que no fue otra que el
fracaso de un golpe de Estado que al mantener un poco la oposición de
sectores fieles a la República pues fue a desembocar en el conflicto
armado que duró casi tres años, y luego las consecuencias políticas de
ese conflicto armado que no fueron otras que una dictadura de 40 años…
Pues yo creo que asumir nuestra Historia, asumir lo que ha pasado, no
debería ser un problema para nadie.
P.
Volviendo al caso de Córdoba, en la actualidad hay por fin un acuerdo
de las administraciones para exhumar las fosas de represaliados. Pero
las familias llevan más de 85 años esperando. ¿Qué opinión tiene al
respecto?
R. Ese
acuerdo, afortunadamente, se ha conseguido, por parte de la
administración central, autonómica y local y se han iniciado algunos
trabajos de exhumación en el cementerio de La Salud. Pero el gran
problema es que esto viene con retraso, porque yo llevo ya mucho tiempo
dedicado a cuestiones relacionadas con la recuperación de la Memoria
Histórica, aunque mi función es como historiador, como asesor, pero hay
familias que llevan reivindicando esto desde la etapa de la Transición
democrática por lo menos o incluso desde antes. Y por razones lógicas,
muchos son familiares mayores, que están dejando de vivir llevándose a
la otra vida la pena de no haber podido intentar resolver el problema
que ha sido su leitmotiv durante muchísimo tiempo para muchos de ellos.
Entonces, a mí
que exista el acuerdo me parece formidable, que las tres
administraciones estén a una en este sentido, vale. Porque yo creo que
de todos los problemas que encierra la Memoria Histórica, el problema
más importante sin duda más que cualquier otro es el de las
exhumaciones, el tema de las fosas comunes, el tema de los
desaparecidos. Ninguna democracia que se considere del siglo XXI,
avanzada, puede seguir existiendo con este asunto así. Pero lo que es
cierto es que por unas razones o por otras, se demora. Es una cuestión
desde el punto de vista administrativo, de los recursos, pues pasa un
mes, pasa otro… se da un paso adelante pero realmente esto debería tener
mayor agilidad.
Ayer (por el
martes) comentaba con el exfiscal Jiménez Villarejo que estuvo en
Córdoba presentando sus obras completas, cuando se apruebe
definitivamente si es que alguna vez se hace la nueva Ley de Memoria
Histórica y Democrática que está actualmente en el Parlamento, ese
problema (el de las exhumaciones) debe ser una preocupación intensiva
del Estado a través de cualquiera de sus administraciones, mucho más
eficaz de lo que le viene siendo hasta ahora, tendrá que contemplarse.
Porque son
problemas de Memoria Histórica otros como por ejemplo la anulación de
las sentencias de los consejos de guerra que fueron falladas por
tribunales que parece que la nueva Ley reconoce que no son legales,
cualquier otra de los temas clásicos… Pero fundamentalmente el problema
clave de la Memoria Histórica es el problema de los desaparecidos, de
las fosas. Y la única solución es que el Estado acelere todos los
trámites que esto tenga solución de una vez por todas.
P. ¿Cómo debería hacerse esa reparación a las víctimas y sus familiares?
R.
Pues mediante un reconocimiento social. Yo creo que las víctimas no
exigen otra cosa que el hecho de que se les reconozca, por ejemplo si
utilizamos lo que ha sido objeto de mi investigación en esta obra, el
hecho de que esos juicio fueron ilegales. Y deben ser declarados, no
injustos como la Ley de Memoria Histórica de 2017 del Gobierno de
Zapatero planteó, sino nulos de pleno derecho. Nadie puede ser condenado
a muerte o a una dura condena de prisión como lo fueron en cientos y
miles de casos, por ser militante de un partido político, de un
sindicato, por haber sido concejal o alcalde de su pueblo…es decir, por
el ejercicio de derechos que estaban especialmente protegidos por la
Constitución de 1931. No se explica uno que esto tengan que ser cargos
en una visión de la Justicia Militar muy tremenda, por llamarlo de
alguna manera. Porque a estas personas se les aplicó el Código de
Justicia Militar de 1890 y se les acusó fundamentalmente del delito de
rebelión militar. Uno no termina de explicárselo porque lo que se
produce es una paradójica inversión: los que se rebelaron fueron quienes
juzgaron. Los que fueron juzgados lo único que hicieron fue defender la
legalidad vigente en aquel momento que no era otra que la legalidad de
la II República.
P. ¿Siguen abiertas heridas de entonces en la sociedad actual?
R.
Sí siguen abiertas, claro, evidentemente. Y la prueba de ello está en
que sigue existiendo una demanda social importante -aunque no se puede
decir que sea generalizada-, de información, de documentación. Que el
tema de la Guerra Civil está en el debate social y en el debate
político, eso no hay que abrir las páginas de cualquier periódico,
asistir a cualquier tertulia, ver cualquier debate parlamentario, para
ver que efectivamente la Guerra Civil y sus consecuencias, la dictadura
franquista, están ahí. Y la prueba manifiesta de esto que digo es que,
por ejemplo, en estos días el diario El País está sacando por fascículos
una obra que fue editada por primera vez en 1961: La Guerra Civil
Española del profesor británico Hugh Thomas. Una obra que ha tenido
decenas de ediciones y que en 2022 tiene una nueva reedición. ¿Qué
quiere decir esto? Que existe efectivamente una demanda de conocimiento
sobre la Guerra Civil y sus consecuencias que está ahí y es evidente. (...)
P. Una última pregunta. ¿El ser humano es capaz de dimensionar el momento histórico que está viviendo?
R.
Me haces una pregunta complicada, me parece que es muy difícil tener
una respuesta. El mundo que estamos viviendo nos produce una cantidad de
cuestiones que son tan teóricamente lejanas en nuestro espacio en el
que vivimos, pero tan cercanas en nuestro día a día, que hoy por hoy
como individuo difícilmente podemos procesarla y ser capaces de sacar de
ello las condiciones en las que podemos vivir.
Yo me estoy
acordando ahora de que no muy lejos de nosotros, aunque parezca lejano
en el espacio, se está produciendo un conflicto de unas dimensiones
importantísimas -el conflicto ruso-ucraniano-, y probablemente mucha
gente piense que nos coge un poco lejano porque es una cuestión que está
en el espacio del Este europeo. Pero realmente cada vez vamos a ser
capaces de no estar más ajenos a estas cuestiones, no solo por el
impacto que los medios de comunicación proyectan sobre el desarrollo del
propio conflicto, sino por su propia relevancia y consecuencias
económicas que las sufrimos día a día en el proceso inflacionista, en
los precios de la luz, en la escasez de productos, en la llegada de
emigrantes…
Es decir, como
individuos es muy difícil que seamos capaces de ver en un momento hacia
dónde va todo esto que nos está ocurriendo y ser capaces de procesarlo
para ver qué idea me puedo hacer yo como ciudadano del siglo XXI. Yo
creo que todos los días recibimos mensajes que nos cambian un poquito."
(Entrevista a Antonio Barragán, Catedrático y doctor en Historia Moderna y Contemporánea, licenciado en
Ciencias Políticas, Premio de Investigación de Historia Social ‘Juan
Díaz del Moral’ y Premio de Ensayo ‘Corpus Barga’, Carmen Reina, Cordópolis, 01/05/22)