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6/3/23

Pues resulta que hace unas pocas décadas hubo una guerra, que llamaron 'Cruzada', en la que una parte de los católicos (requetés, curas cómplices, curas asesinos) mataron usando el nombre de Cristo para legitimar sus crímenes... y tras la guerra, gran parte de los eclesiásticos (curas y monjas) se convirtieron en investigadores del pasado ideológico y político de los ciudadanos, en colaboradores del aparato judicial. Con sus informes, aprobaron el exterminio legal organizado por los vencedores en la posguerra y se involucraron hasta la médula en la red de sentimientos de venganza, envidias, odios y enemistades que envolvían la vida cotidiana de la sociedad española... así que al señor Feijóo solo cabe decirle que pregunte a sus paisanos orensanos por los curas que mataron y por los que no mataron... se hubiera evitado decir la tonteria de que «Desde hace siglos no verá a un cristiano matar en nombre de su religión como hacen otros pueblos»

 Ver enlaces:

1) 'represion franquista curas asesinos': http://auschwitzlacrueldadhumana.blogspot.com/search/label/dd.%20Represi%C3%B3n%20franquista%3A%20curas%20asesinos

2) 'represión franquista curas': http://auschwitzlacrueldadhumana.blogspot.com/search/label/dd.%20Represi%C3%B3n%20franquista%3A%20curas.

3) 'represión franquista monjas asesinas': http://auschwitzlacrueldadhumana.blogspot.com/search/label/dd.%20Represi%C3%B3n%20franquista%3A%20monjas%20asesinas

 "(...) La Iglesia católica se incorporó a esta tarea de la máquina represora, por lo que es plenamente culpable, siendo decisiva en las condenas impuestas por los tribunales especiales. Como sabemos legitimó la dictadura, por lo que fue ampliamente recompensada. Sirva de muestra este fragmento de la Carta colectiva de los obispos españoles de 1937:

La guerra es, pues, como un plebiscito armado. La lucha blanca de los comicios de Febrero de 1936, en que la falta de conciencia política del gobierno nacional dio arbitrariamente a las fuerzas revolucionarias un triunfo que no había logrado en las urnas, se transformó, por la contienda cívico-militar, en la lucha cruenta de un pueblo partido en dos tendencias: la espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de la religión; y de la otra parte, la materialista, llámese marxista, comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de España, con todos sus factores, por la novísima «civilización» de los soviets rusos”.

Esa colaboración de la Iglesia en la consolidación de la dictadura franquista se produjo desde el primer momento del estallido de la Guerra de España. Se puso el culto a la Virgen del Pilar al servicio de los rebeldes golpistas.  Lo vemos en  el frustrado bombardeo de la basílica del Pilar en la noche del 3 de agosto de 1936.   Esto había motivado que, de alguna manera, la Virgen del Pilar se convirtiera en un símbolo hecho patente de la persecución religiosa ejercida durante la guerra por el bando republicano. (...)

Este alineamiento de la Iglesia católica con los sublevados lo podemos constatar en sus documentos oficiales, como El   Boletín Eclesiástico Oficial del Arzobispado de Zaragoza de 15 de junio de 1937, en aquellos momentos el arzobispo era Rigoberto Domenech: “España se presentó ante el Pilar bendito, destrozada, sangrante, pecadora y con clamor salido de lo más hondo de su pecho, hizo protestas de su amor, de su fervoroso anhelo de renovarse. La España que nace, la que acaudilla el invicto general Franco, la que quiere recoger la vieja savia de nuestras gloriosas tradiciones para que inspire a los forjadores del nuevo imperio, recordando que es de María, que de entre sus hijos salieron los adalides marianos por excelencia, renovó su consagración a la dispensadora de todas las gracias A pesar de este escrito, el Ayuntamiento de Zaragoza, presidido por Jorge Azcón, se ha negado a retirarle la calle dedicada al Arzobispo, como han pedido determinados colectivos y yo personalmente en algún artículo. (...)

Retorno a la palabras de Feijóo: “Desde hace siglos no verá a un cristiano matar en nombre de su religión como hacen otros pueblos”.  Mas, lo cierto que la Iglesia católica, aunque estuviera abolida la Santa Inquisición hace dos siglos, en tanto en cuanto apoyó, legitimó y justificó la dictadura franquista es responsable de la represión de muchos españoles. E incluso, participó activamente en ella, por lo que fue ampliamente recompensada. Por ello, para aclararle algo las ideas al ínclito Feijóo y a otros muchos españoles, un tanto ofuscados,  quiero acabar con las palabras de uno de los historiadores más reconocidos, Julián Casanova de un artículo de 2006 titulado La Iglesia y la represión franquista:       

“Franco y la Iglesia ganaron juntos la guerra y juntos gestionaron la paz, una paz a su gusto, con las fuerzas represivas del Estado dando fuerte a los cautivos y desarmados rojos, mientras los obispos y clérigos supervisaban los valores morales y educaban a las masas en los principios del dogma católico. Hubo en esos largos años tragedia y comedia. La tragedia de decenas de miles de españoles fusilados, presos, humillados. Y la comedia del clero paseando a Franco bajo palio y dejando para la posteridad un rosario interminable de loas y adhesiones incondicionales a su dictadura.

La maquinaria legal represiva franquista…convirtió a los curas en investigadores del pasado ideológico y político de los ciudadanos, en colaboradores del aparato judicial. Con sus informes, aprobaron el exterminio legal organizado por los vencedores en la posguerra y se involucraron hasta la médula en la red de sentimientos de venganza, envidias, odios y enemistades que envolvían la vida cotidiana de la sociedad española…La Iglesia no quiso saber nada de las palizas, tortura y muerte en las cárceles franquistas…"                   (Cándido Marquesán Millán , Rebelión, 02/03/2023)

8/11/22

Feijoo: "hace 80 años nuestros abuelos y nuestros bisabuelos se pelearon"... Nuestros abuelos no se pelearon. Vuestros abuelos dieron un golpe de Estado y asesinaron a los nuestros (Antonio Maestre)

AntonioMaestre @AntonioMaestre

Nuestros abuelos no se pelearon. Vuestros abuelos dieron un golpe de Estado y asesinaron a los nuestros.

8:55 p. m. · 6 nov. 2022
1.863 Retweets 109 Tweets citados 6.196 Me gusta

 "Feijóo se marca el mayor eufemismo de nuestra era: resume la Guerra Civil diciendo que "nuestros abuelos se pelearon".

 Un día más en la vida de Feijóo. Este domingo se levantó, fue a un acto y soltó que "hace 80 años nuestros abuelos y nuestros bisabuelos se pelearon y no tiene sentido vivir de los réditos de lo que hicieron nuestros abuelos".

Un momento, un momento. ¿Está el líder del principal partido de la oposición en España resumiendo el golpe de Estado de Franco y la posterior Guerra Civil que llevó a 40 años de dictadura, diciendo que "nuestros abuelos se pelearon"? Pues sí, parece que está haciendo eso exactamente.

 Digno sucesor de Pablo Casado, que habló en su día de "las fosas de no sé quién". Volviendo a Feijóo, ¿puede ser este el mayor eufemismo de nuestra era? Ojo, que estos son la derecha, no la ultraderecha. (...)"                     (tremending, 07/11/22)


Cativa Pitusa @cativa_pitusa

Parece que Feijóo dijo que nuestros abuelos se pelearon. Nuevo eufemismo para Golpe de Estado.

12:33 a. m. · 7 nov. 2022
1 Me gusta

Tululo III @acompanado_el

Feijóo dice que “nuestros abuelos se pelearon”, hombre, cuando dejas 180.000 personas asesinadas , enterradas en cunetas, igual el término no es pelea, igual es mejor decir que fue un genocidio.

10:34 p. m. · 6 nov. 2022
404 Retweets 7 Tweets citados 972 Me gusta

30/8/22

¿Esculturas de ocupación o liberación? Letonia desata la polémica al anunciar el derribo del icónico monumento soviético en Riga... el colosal monumento a los Liberadores de Letonia de los Invasores Fascistas –con su obelisco de 72 metros y estatuas de la madre patria y tres soldados del Ejército Rojo... En años anteriores, decenas de miles de personas –principalmente del 30%-40% de la población que es rusoparlante– acudían al monumento para conmemorar lo que ellos consideran la liberación de Riga por el ejército soviético. Para la mayoría de los letones, es un símbolo odioso de ocupación... Hasta este año se había mantenido la paz. Pero desde la in­vasión de Ucrania, el monumento –erigido en 1985, solo seis años antes del desmoronamiento de la URSS– se ha convertido en un polvorín... El trasfondo de la crisis es “el fracaso total de las políticas de integración de los rusohablantes”

Daniel Bernabé @diasasaigonados

Que en Paris haya un barrio llamado Stalingrad, que en Viena o Berlín existan monumentos al Ejército Rojo, es el testimonio de aquella Europa, hoy prácticamente desaparecida, en la que nadie cuestionaba el papel líder de la URSS en la victoria contra el nazismo.

Nunca a nadie se le ocurrió tocar una piedra de aquellos homenajes, ni en los peores momentos de la Guerra Fría, no sólo porque hacerlo era una falta de respeto a lo que significó la victoria de 1945, sino porque derribarlos era dejar una puerta abierta al regreso del fascismo.

Que las repúblicas bálticas destruyan hoy los monumentos al Ejército Rojo, bajo la coartada de la guerra ruso-ucraniana, además de una aberración histórica, se sitúa, dejémonos de engaños, en una reivindicación atroz y desvergonzada de los que combatieron al lado de la SS.

1:03 p. m. · 27 ago. 2022
289 Retweets 6 Tweets citados 849 Me gusta

Carolina17 @Carolin08113141
En respuesta a @diasasaigonados

Daniel, creo que hay que conocer los motivos que hay detrás de ello. No se debe opinar de lo que no se conoce o se sabe. Después de 1945 en esos países han pasado cosas horrorosas que hasta a los jefes del Ejército Rojo de 1945 les causaron bochorno años después.

Daniel Bernabé @diasasaigonados

En las repúblicas bálticas, después de 1991, se arrasó con la iconografía soviética precisamente bajo esa premisa. Lo de hoy es otra cosa. Se ataca la memoria de la victoria de 1945 porque los que lo hacen son los herederos de los colaboracionistas.

 "En un país más relajado, en otro momento de la historia reciente de Europa, el gigantesco monumento en el parque de Pardaugava (Victoria) de Riga sería tal vez calificado en los folletos turísticos como “una selfie obligatoria para los fans del retro soviético”.

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Pero, en estos momentos, el colosal monumento a los Liberadores de Letonia de los Invasores Fascistas –con su obelisco de 72 metros y estatuas de la madre patria y tres soldados del Ejército Rojo–, está rodeado de una valla policial. “¡No se pueden hacer fotos!”, ordena una joven policía.

Detrás de las barreras, quedan algunas margaritas y rosas dejadas el pasado día 9 de mayo, el 77.º aniversario de la rendición alemana ante el ejército soviético en Berlín al final de la Segunda Guerra Mundial. Aunque muchas flores habían sido levantadas en la pala de un bulldozer el día después de la ceremonia, y tiradas a la basura. Órdenes del ayuntamiento de Riga.

En años anteriores, decenas de miles de personas –principalmente del 30%-40% de la población que es rusoparlante– acudían al monumento para conmemorar lo que ellos consideran la liberación de Riga por el ejército soviético. Para la mayoría de los letones, es un símbolo odioso de ocupación.

Hasta este año se había mantenido la paz. Pero desde la in­vasión de Ucrania, el monumento –erigido en 1985, solo seis años antes del desmoronamiento de la URSS– se ha convertido en un polvorín. Aunque acudió mucha menos gente para rendir homenaje este año, la polémica ya está servida.

Dos partidos de la derecha nacionalista letona, integrantes del Gobierno de coalición, aprovecharon la oportunidad para resolver pendientes cuestiones legales sobre la destrucción del monumento. Acto seguido, el Parlamento aprobó retirarlo del parque de Pardaugava, con 67 votos a favor y 17 en contra, con el apoyo del primer ministro, Krišjānis Kariņš. El Ayuntamiento ya debe decidir si quiere dinamitarlo o aprovechar sendas ofertas de Crimea y San Petersburgo para quedárselo. Es año de elecciones en Letonia y el derribo del monumento puede traducirse en votos.

“Muchos letones ven la invasión de Ucrania como una repetición de nuestra historia; los rusos hasta repiten aquello de aplastar a los nazis”, dice Arnis Katkins, director de la encuestadora SKDS. “La gente no puede ver el monumento soviético con los mismos ojos después de lo que ha pasado en Ucrania”.

Letonia fue invadida por los soviéticos tras el acuerdo Mólotov-Ribbentrop entre Stalin y Hitler en 1939. Luego, llegaron los alemanes en 1941 y tres años después, otra vez, los soviéticos

La semana pasada, unos 5.000 antisoviéticos cruzaron el río Daugava hasta el monumento soviético para exigir su demolición. La próxima protesta será de defensores del monumento soviético liderados por la eurodiputada de Unión Rusa de Letonia, Tatjana Ždanoka, que fue detenida por la policía tras una manifestación el 13 de mayo contra el uso del bulldozer y contra la demolición.

En cambio, los ciudadanos de Riga que paseaban por el parque el pasado martes se mostraban o indiferentes o bien opuestos a la demolición. “Me da igual. Es un asunto de la generación
anterior”, decía Ludovic, coci­nero de 25 años del restaurante Snob en el centro turístico.

 Algunos temen una repetición de lo ocurrido en el país vecino, Estonia, en el 2007, cuando la decisión de desplazar el llamado Soldado de bronce , otro monumento soviético, del centro a la periferia de la capital, Tallin, desató una ola de disturbios.

Otros advierten de que un estallido de protestas puede ser utilizado por el presidente ruso, Vladímir Putin, como un pretexto para iniciar agresiones contra Letonia.

El trasfondo de la crisis es “el fracaso total de las políticas de integración de los rusohablantes”, explica Juris Rozenvalds, historiador de la Universidad de Riga.

 Tras la independencia de Letonia en 1991, se decidió dejar a 700.000 rusoparlantes –más del 30% de la población– sin ciudadanía y sin derecho a votar, principalmente porque no hablaban letón, la única lengua oficial. “Es un poco humillante para los rusoparlantes, pero los letones estamos obsesionados con el tema del idioma” , añade el bilingüe Rozenvalds.

Se temía que la presencia de miles de inmigrantes rusos en Letonia –muchos de ellos militares jubilados– saboteara el proyecto de la independencia. Ahora solo el 1% carece de ciudadanía. Pero se creó un caldo de resentimiento que aún bulle a fuego lento.

Hay problemas de representación política también. El partido más votado de Letonia, el socialdemócrata Saskana (Armonía), apoyado principalmente por rusoparlantes, jamás ha podido entrar en un gobierno de coalición.

Según un sondeo de SKDS realizado hace dos semanas, un 55% de los habitantes de Letonia habla letón en casa, un 26% habla ruso, y un 17%, los dos idiomas. Paradójicamente, parte de la población rusoparlante está compuesta por migrantes de Ucrania, Bielorrusia y Georgia.

 En torno al 90% de los que hablan letón en casa apoya a Ucrania en la guerra contra Rusia. Los rusoparlantes son más cautos. El 47% dice que ni apoya a Ucrania ni a Rusia. “Los rusoparlantes ven televisión rusa y los letones ven televisión letona”, dice Katkins. Ahora los medios rusos están prohibidos, pero las redes sociales mantienen las dos realidades enfrentadas en la conciencia colectiva letona. “Yo escucho los medios rusos, letones e ingleses”, señalaba una emigrante bilingüe de Rezekne, hija de un “no-ciudadano” que volvía a Manchester en un vuelo de Ryanair. “No me fío de ninguno”.               (Andy Robinson , La Vanguardia, 25/08/22)

19/11/21

“La guerra de Argelia sigue siendo una herida abierta en Francia”

 "Ambientada durante la ocupación francesa de los nazis y la posterior guerra que Francia vivió con Argelia, el autor Hervé Le Corre analiza en su última novela en español, «Después de la guerra» (Reservoir Books), los temas que tanta fascinación le han causado a lo largo de su vida, temas relacionados con el fenómeno de la violencia, la frustración humana y la exploración de las pulsiones más atroces.

 Después de la guerra, publicada en 2014 en su lengua original y ganadora de varios premios entre los que se encuentran el Prix Michel-Lebrun o Prix le Point du Polar Européen, narra las peripecias de un comisario corrupto y colaboracionista llamado Darlac y las de un joven mecánico, Daniel, que decide marcharse a combatir a Argelia. Este relato aúna los dos periodos de la historia de Francia que más pasión intelectual han despertado a lo largo de su vida al escritor Hervé Le Corre por cómo se desarrollaron los acontecimientos: por un lado, los intentos de los nazis de deshumanizar a los individuos y, por el otro, los problemas que supone la guerra de Argelia para la actual sociedad francesa.

Respecto a este último tema, el autor galo dejó claro en la rueda de prensa organizada por la editorial Reservoir Book,  que la guerra de Argelia “sigue siendo una herida abierta” en Francia. Cuando impartía sus clases los alumnos argelinos “afinaban el odio en cuanto narraba la historia de la guerra y les explicaba cómo es su país de origen”, pero desconoce cuáles serán las reacciones de los jóvenes franceses de ascendencia magrebí. “El postcolonialismo ha dejado de ser un tabú para ser expuesto y debatido. De todos modos esto está generando problemas. La sociedad francesa es muy racista, primero fueron los italianos y los españoles, y ahora son los africanos, especialmente los provenientes de la zona del Magreb, y la causa precisamente es que no somos capaces de curar las heridas abiertas”, se lamenta Le Corre

A esta situación de racismo endémico, se añade la fuerte corrupción policial, presente a lo largo de la historia del país vecino y de la cual Le Corre se queja a través de su texto: “el personaje del policía corrupto sobrevive en la sociedad actual al igual que la venganza inútil ejemplificada en cada hito de la historia de mi país”. Es más, Albert Darlac, comisario del Departamento de la Policía Judicial de Burdeos en la novela, “es una mezcla de diferentes policías, algunos que sabían moverse muy bien en los bajos fondos y otros de peor calaña colaboracionistas”.

En un primer momento, la escritura se le presentó como una manera de resolver una serie de cuestiones suscitadas, pero, mientras su relato avanzaba, se dio cuenta de que “la ficción plantea más preguntas que respuestas”. Lo interesante de la construcción ficcional subyace en la capacidad que da de presentar la guerra en perspectiva, es decir, “nos demuestra que los seres humanos vivimos la historia y por lo tanto tenemos reacciones diversas que van desde el valor al miedo, nos comportamos como podemos”. Destacó la importancia que la novela tiene para el lector en este contexto, porque le alienta “a plantearse nuevas preguntas y a hallar las respuestas”.

 La novela ha contado con un proceso de documentación muy cuidado en el que no ha dudado en emplear “los testimonios de los soldados que combatieron en Argelia, además de películas y documentales”. Ha intentado conocer los detalles más insignificantes del modo de vida de los soldados, comprobando que fueron “muy pocos los soldados franceses desertores en la guerra contra el país magrebí”. El resultado de tanta indagación ha sido una novela escrita desde el punto de vista francés: “En cambio, salvo por los historiadores argelinos, no creo que ningún escritor de la zona haya escrito ninguna novela sobre la guerra argelina, lo que es una pena porque el historiador ve desde la distancia y la subjetividad, mientras el novelista se introduce en lo candente del relato”.

Si hablamos de la guerra de Argelia y Francia es imposible no mencionar a un escritor y filósofo que marcó una época: Albert Camus. “Todavía se le reprocha las dudas que mantuvo respecto a Argelia, su país de origen, y la ruptura que al final resultó”. Sin embargo, para Le Corre, quien nunca ha pisado Argelia, las lecturas de los libros de Camus le han permitido recrear su propia Argelia soleada, mediterránea y mineral. “Camus tenía una manera de atrapar la luz argelina que era extraordinaria”, asegura.

El autor ha concluido la rueda de prensa deseando que su novela despierte el interés del público español por esa parte de la historia de Francia en particular y de la literatura francesa en general, “al igual que los franceses sentimos mucho aprecio por los literatos españoles que se traducen a nuestro idioma”.

También nos ha adelantado el tema de su próxima novela de la cual apenas ha escrito 50 páginas: “Es una distopía con tintes postapocalípticos ambientada en la Francia del 2121”. Sale de su zona de confort para ofrecernos “unos personajes errantes en un  mundo afectado por la pandemia y otras catástrofes, una sociedad muy mermada demográficamente y con comunidades que sobreviven gracias a proyectos políticos radicalmente distintos”.             (David Valiente, Librújula, 01/10/21)

28/9/21

Olvido, memoria, Largo Caballero, Indalecio Prieto y Vox

 "Asimilar la historia del siglo XX y llegar a un acuerdo sobre ella ha sido una tarea muy complicada en la mayoría de los países europeos. Los verdugos insisten en que también ellos fueron víctimas. 

 Los turcos acusan a los armenios de insurrección y de provocar la reacción legítima del Estado otomano; los soldados de la Wehrmacht aluden a los abusos y humillaciones a los que fueron sometidos como prisioneros de guerra en la Unión Soviética; y el número de alemanes expulsados por el Ejército Rojo de los territorios del Este se compara con el de las víctimas en los campos de exterminio. “Trauma” es una categoría difícil de aplicar históricamente porque las representaciones de esos pasados suscitan controversias y debates políticos en la esfera pública.

El término “trauma colectivo” se utilizó para meter en el mismo saco a todas las formas de sufrimiento, para igualar a todas las víctimas. En el análisis histórico no puede cancelarse una forma de terror invocando a otra, pero eso es lo que se hizo, por ejemplo, en Alemania en los años cincuenta comparando el sufrimiento de los niños del Holocausto con los de las familias alemanas. 

O más tarde, en años recientes, en España, interpretando la guerra civil como una especie de locura colectiva, con crímenes reprobables en los dos bandos, y olvidando todos los cometidos en las casi cuatro décadas de la dictadura de Franco, una continuación, en realidad, de la violencia puesta en marcha con el golpe de Estado de julio de 1936.

Me entero en Viena de que el Ayuntamiento de Madrid, a propuesta de Vox y con el apoyo del Partido Popular y Ciudadanos, retirará los nombres de las calles y estatuas que recuerdan a los ministros de la Segunda República Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero. Y les voy a explicar, tras décadas de investigación sobre la República, la guerra civil, la dictadura de Franco y las memorias cruzadas sobre la Europa del siglo XX, cómo hemos llegado a esta situación, qué es lo que hay detrás de esa propuesta y sus implicaciones políticas y para la enseñanza de la historia.

1. La sociedad que salió del franquismo y la que creció en las dos primeras décadas de la democracia mostró índices elevados de indiferencia hacia la causa de las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura. Por diversas razones, ampliamente debatidas, la lucha por desenterrar el pasado oculto, el conocimiento de la verdad y la petición de justicia nunca fueron señas de identidad de la transición a la democracia en España, pese al esfuerzo de bastantes historiadores por analizar aquellos hechos para comprenderlos y transmitirlos a las generaciones futuras. España estaba llena de lugares de la memoria de los vencedores de la Guerra Civil, con el Valle de los Caídos en primer plano, lugares para desafiar “al tiempo y al olvido”, como decían los franquistas, homenaje al sacrificio de los “héroes y mártires de la Cruzada”. Los otros muertos, las decenas de miles de rojos asesinados durante la guerra y la posguerra, no existían. Pero ni los gobiernos ni los partidos democráticos parecían interesados en generar un espacio de debate sobre la necesidad de reparar esa injusticia.

2. Todo eso empezó a cambiar, lentamente, durante la segunda mitad de los años noventa, cuando salieron a la luz hechos y datos desconocidos sobre las víctimas de la Guerra Civil y de la violencia franquista, que coincidían con la importancia que en el plano internacional iban adquiriendo los debates sobre los derechos humanos y las memorias de guerras y dictaduras, tras el final de la guerra fría y la desaparición de los regímenes comunistas de Europa del Este.

Surgió así una nueva construcción social del recuerdo. Una parte de la sociedad civil comenzó a movilizarse, se crearon asociaciones para la recuperación de la memoria histórica, se abrieron fosas en busca de los restos de los muertos que nunca fueron registrados y los descendientes de los asesinados por los franquistas, sus nietos más que sus hijos, se preguntaron qué había pasado, por qué esa historia de muerte y humillación se había ocultado y quiénes habían sido los verdugos. El pasado se obstinaba en quedarse con nosotros, en no irse, aunque las acciones para preservar y transmitir la memoria de esas víctimas y sobre todo para que tuvieran un reconocimiento público y una reparación moral, encontraron muchos obstáculos. Con el Partido Popular en el poder, no hubo ninguna posibilidad. Mientras tanto, en esos años finales del siglo XX y en los primeros del XXI, varios cientos de eclesiásticos “martirizados” durante la Guerra Civil fueron beatificados. Todo seguía igual: honor y gloria para unos y silencio y humillación para otros.

3. La llegada al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero abrió un nuevo ciclo. Por primera vez en la historia de la democracia, una democracia que cumplía entonces treinta años, el poder político tomaba la iniciativa para reparar esa injusticia histórica. Ése era el principal significado del Proyecto de Ley presentado a finales de julio de 2006, conocido como Ley de Memoria Histórica. Con una Ley, la memoria adquiriría una discusión pública sin precedentes y el pasado se convertiría en una lección para el presente y el futuro. El Proyecto no entraba en las diferentes interpretaciones del pasado, no intentaba delimitar responsabilidades ni decidir sobre los culpables. Y tampoco proponía crear una Comisión de la Verdad que, como en otros países, registrara los mecanismos de muerte, violencia y tortura e identificara a las víctimas y a sus verdugos. Aun así, encontró airadas reacciones políticas de la derecha, de la Iglesia Católica y de sus medios de comunicación.

La Ley, aprobada finalmente el 31 de octubre de 2007, aunque insuficiente, abrió nuevos caminos a la reparación moral y al reconocimiento jurídico y político de las víctimas de la guerra civil y del franquismo. Pero con la crisis económica y la victoria del Partido Popular en las elecciones de noviembre de 2011, esa Ley y las diferentes acciones de gestión pública que de ella derivaban murieron por falta de presupuesto y de voluntad política, resumidas en la fórmula de Mariano Rajoy “cero euros para la memoria histórica”, lo que significaba, sencillamente, no me vengan con esas tonterías.

4. Ahora, frente al nuevo proyecto de Ley de Memoria Histórica del Gobierno de Pedro Sánchez hay un nuevo e importante actor, Vox, que más allá de su apología del franquismo representa en España lo que la ultraderecha y los nuevos movimientos autoritarios y neofascistas están intentando en Europa: una amplia reescritura de la historia dirigida a dar la vuelta a la interpretación antifascista y democrática. Diferentes voces revisionistas comenzaron a argumentar que Stalin tenía tanta culpa y responsabilidad como Hitler en provocar el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La publicación del Libro negro del comunismo en 1997 trataba de probar que el comunismo era peor que el nazismo.

5. A finales de 1931 España era una república parlamentaria y constitucional. En los dos primeros años de la Segunda República, con Manuel Azaña de presidente de Gobierno e Indalecio Prieto y Largo Caballero de ministros, se acometió la organización del Ejército, la separación de la Iglesia del Estado y se tomaron medidas radicales y profundas sobre la distribución de la propiedad de la tierra, los salarios de las clases trabajadoras, loa protección laboral y la educación pública. Nunca en la historia de España se había asistido a un período tan intenso y acelerado de cambio y conflicto, de avances democráticos y conquistas sociales.

Como consecuencia de ello, se abrió un abismo entre varios mundos culturales, políticos y sociales antagónicos, entre católicos practicantes y anticlericales convencidos, amos y trabajadores, Iglesia y Estado, orden y revolución. La República encontró enormes dificultades para consolidarse y tuvo que enfrentarse a fuertes desafíos desde arriba y desde abajo, con huelgas, insurrecciones y violencia. El golpe de muerte, el que la derribó por las armas, nació, sin embargo, desde arriba y desde dentro, desde el mismo seno de sus fuerzas armadas y desde los poderosos grupos de orden que nunca la toleraron.

Indalecio Prieto y Largo Caballero no estaban en el Gobierno en julio de 1936 cuando la República, como insistió en varias ocasiones Manuel Azaña, tuvo que defenderse con las armas, y no con la política, en una guerra que ella no había causado. Unir la República, la guerra civil y la dictadura de Franco en un mismo pasado traumático que conviene no remover es deformar la historia investigada en profundidad por decenas de historiadores y entrar en el juego de “equiparación” de víctimas y responsabilidades.

El Partido Popular y Ciudadanos deberían mirar a las democracias europeas que, desde Alemania a Checoslovaquia, pasando por Austria y España, acabaron derribadas por el fascismo. Indalecio Prieto murió en el exilio en México en 1962. Largo Caballero en París en 1946, tras ser presidente de Gobierno de la República en guerra y pasar por el campo de concentración nazi de Sachsenhausen. Un poco de respeto para aquella República que como las de otros países en Europa en los años veinte y treinta intentó consolidar, con enormes obstáculos y enfrentamientos, un proyecto reformista parlamentario y constitucional. Hasta julio de 1936, cuando la sublevación militar ocasionó una división profunda en el ejército y en las fuerzas de seguridad, debilitó al Estado republicano y partió a España en dos."

(Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y Visiting Professor de la Central European University de Viena. InfoLibre, 02/10/20)

9/9/21

Álvarez de Toledo –sin duda una mujer de amplia formación–, sabe que si por muertos es, podríamos contar los desmanes del imperialismo británico, cuna liberal por excelencia.... detrás de cada soldado de las SS hubo antes un casaca roja practicando las mismas fechorías.... y sabe que desde los años 50, en la Europa occidental, se desarrolló un comunismo que pretendió jugar bajo las reglas de la democracia liberal. En Italia, donde se inició la idea, la CIA y sus secuaces manipularon elecciones, perpetraron atentados y organizaron secuestros para evitar que el eurocomunismo cuajase. En Francia se llegó al autogolpe de Estado. En Chile se masacró a los marxistas que llegaron al Gobierno por las urnas. En España la ultraderecha asesinó a centenares de personas, entre ellas a los Abogados de Atocha, para intentar que el PCE y CCOO cayeran en la provocación y así eliminarlos como actores en la construcción de la democracia. Los comunistas, en este país, dieron su vida y su libertad para que la señora Álvarez de Toledo pueda decir, liberalmente, lo que quiera desde la tribuna del Congreso. Que no se nos olvide.

 "A menudo ser pionero te reporta poco reconocimiento y muchos problemas. Miren a Cayetana Álvarez de Toledo, la apuesta de Pablo Casado como martillo de herejes en la portavocía del Congreso, que fue defenestrada cuando el inconsistente líder popular decidió fingir centrismo al inicio del anterior curso político. 

Luego, entre las prisas y el miedo al fin de una carrera llena de derrotas, presión de Vox y Ayuso mediante, Casado volvió a la línea del hostigamiento macarra: no importa si lo que se dice del Gobierno es cierto o falso, lo que importa es buscar su ilegitimidad. Por eso tienen ustedes a Cuca Gamarra, sustituta en la portavocía del PP, tan perdida como su propio partido. Con tanto giro de libreto la función resulta poco creíble: no puedes poner a María Reiner, la monjita de Sonrisas y lágrimas, a actuar en Salvar al soldado Ryan.

Imagino que Álvarez de Toledo, en la umbría de su escaño, debe de estar pasándolo mal, revolviéndose, pensando que no se puede poner a un caniche a hacer el trabajo de un bulldog. Llegas la primera, abres una senda a machetazos para que al final otras acaben en primera línea mediática, que en política es lo que marca tu importancia o tu intrascendencia

Por eso, de vez en cuando, Álvarez de Toledo necesita reivindicarse, por encima de advenedizas como Ayuso o de despistadas como Gamarra. De ahí que el lunes registrara en el Congreso una importante pregunta para el desarrollo de la actualidad nacional: “¿Cómo justifica la vicepresidenta segunda su apología de una consigna política que ha justificado millones de muertos?”.

La vicepresidenta segunda es Yolanda Díaz; la apología, el prólogo que ha realizado para una reciente edición del Manifiesto Comunista. Quizá ustedes se pregunten para qué dedicar unas palabras a un número de promoción de Álvarez de Toledo. Puede que no les falte razón. Quizá es hora, por contra, de recoger el guante y de dejar unas cuantas cosas claras. 

Un día te acuestas en un país donde el Partido Comunista fue uno de los protagonistas de la Transición y redactor de su Constitución, al siguiente te levantas y el macartismo campa a sus anchas, hay comisiones de actividades antiespañolas y los delatores esperan su turno a ver si les cae un estanco o una portería. Una estrategia desenfadadamente mezquina ha sido más de una vez la antesala del desastre.

Primero vayamos con los millones de muertos. Sí, bajo el comunismo se han practicado atrocidades contra los derechos humanos, eso es innegable. Tanto como bajo el fascismo pero también el liberalismo, ideología de la que la Unión Europea y las democracias occidentales hacen gala, algo que incomoda mucho reconocer. 

La explicación es histórica: las tres ideologías de la modernidad tenían un fuerte componente de nueva ordenación social y no dudaron en utilizar la violencia para imponerlo. El siglo XIX y el XX carburaron con sangre, dinero y lucha de clases, como el XXI, salvo que ahora ponemos un filtro de Instagram o hacemos un bailecito en TikTok y se nos olvida.

A nadie que prologue a Adam Smith se le acusaría de hacer “apología de una consigna política que ha justificado millones de muertos”. Si por muertos es, nos ponemos a contar los desmanes del imperialismo británico, cuna liberal por excelencia. Las justificaciones atroces, a menudo racistas, que el Reino Unido empleaba para asegurar que sus intereses estaban por encima de los países invadidos, fueron votadas por diputados liberales y aplicadas por Gobiernos liberales. También podemos recordar las excelentes relaciones de Churchill con Musolini, al que calificó de la mejor vacuna contra el socialismo. No les gusta leerlo, pero detrás de cada soldado de las SS hubo antes un casaca roja practicando las mismas fechorías.

Sería ridículo, por otro lado, culpar de determinados crímenes a Adam Smith –su estudio económico fue clave para hacer avanzar esta ciencia–, tanto como culpar a Marx de los perpetrados en su nombre. Liberales hubo muchos, también los que se oponían al absolutismo, como en España: contra Riego se levantaron los mismos que lo hicieron contra la II República. El marxismo se aupó sobre el liberalismo para introducir un nuevo concepto, el de clase, o cómo los derechos no eran iguales para todos dependiendo del dinero. 

Gracias al socialismo se pasó del sufragio censitario, al que los liberales no ponían objeción, al universal. Gracias al socialismo existe el derecho a la educación, a la salud, al descanso o a unas condiciones laborales dignas. Fue lo que tuvo organizar a las masas de trabajadores en un objetivo común. También que la URSS y sus aliados ganaran la guerra contra la Alemania nazi. Cuando el fascismo machacaba España, unos años antes, desde el liberal Londres se miraba a otro lado: luego soportaron el blitz.

Todo esto, Álvarez de Toledo –sin duda una mujer de amplia formación– lo sabe. Tanto como que desde los años 50, en la Europa occidental, se desarrolló un comunismo que pretendió jugar bajo las reglas de la democracia liberal. En Italia, donde se inició la idea, la CIA y sus secuaces manipularon elecciones, perpetraron atentados y organizaron secuestros para evitar que el eurocomunismo cuajase. En Francia se llegó al autogolpe de Estado.

 En Chile se masacró a los marxistas que llegaron al Gobierno por las urnas. En España la ultraderecha asesinó a centenares de personas, entre ellas a los Abogados de Atocha, para intentar que el PCE y CCOO cayeran en la provocación y así eliminarlos como actores en la construcción de la democracia. Los comunistas, en este país, dieron su vida y su libertad para que la señora Álvarez de Toledo pueda decir, liberalmente, lo que quiera desde la tribuna del Congreso. Que no se nos olvide.

Pero el problema, como advertía, no es sólo de memoria, de honradez con el pasado o de ruptura del consenso constitucional para invalidar a uno de los actores de nuestro juego político. Es de presente. Uno donde la derecha parece haberse conjurado con los ultras para provocar en España una restauración reaccionaria: lo que perdieron en 1979 lo quieren recuperar en nuestros días.

 Ahora saben que los comunistas son menos, que los sindicatos no son tan fuertes y que la clase trabajadora, aun existiendo, no se percibe a sí misma y, por tanto, no hace valer sus intereses. Y por eso arengan a los suyos, la liberal clase media, para meterles el miedo en el cuerpo: no hay nada más peligroso que un pequeño-burgués asustado.

Saben –y esto no es una opinión, es un hecho– que Yolanda Díaz aplica políticas socialdemócratas, las que puede o le dejan, bastante menos ambiciosas que las que se aplicaban en toda Europa en las décadas que transcurrieron desde 1945 a 1990. Que su intervencionismo es, incluso, menos profundo del que llevó a cabo la democracia cristiana cuando su única posibilidad de gobernar era competir con la izquierda en medidas sociales. ¿Saben quién provocó ese cambio de centro de gravedad? Millones de comunistas en toda Europa occidental y unos cuantos tanques en la Europa oriental. También convendría no olvidarlo.

En este país que buscan los radicales de derecha, los comunistas son, como siempre, los primeros en ser señalados. Se necesita la vuelta del concepto de los “malos españoles”, la herramienta para situar fuera del juego político, incluso de la sociedad, a aquellos que no comulguen con este aterrante proyecto. Seguramente muchos de ustedes no se identifiquen dentro del epígrafe del comunismo, incluso puede que alguno sea liberal, en la encomiable tradición española contra absolutismos y concentraciones de poder. No se equivoquen: la pregunta de Álvarez de Toledo, el populismo de Ayuso, la mirada lúgubre de Abascal, también van contra ustedes."                       (Danial Bernabé, InfoLibre, 08/09/21)

23/7/21

“Pocos manuales de secundaria explican que la represión franquista fue sistemática, orquestada legalmente y con carácter retroactivo”

 "Enrique Javier Díez Gutiérrez es profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de León, doctor en Ciencias de la Educación, licenciado en Filosofía y Diplomado en Trabajo Social y Educación Social.

Ha trabajado como educador social, maestro de primaria, profesor de secundaria, orientador en institutos y responsable de atención a la diversidad en la administración educativa.

Especialista en organización educativa, desarrolla actualmente su labor docente e investigadora en el campo de la educación intercultural, el género y la política educativa.

Es vicepresidente del Foro por la Memoria de León.

Entre sus últimas publicaciones, cabe citar Neoliberalismo educativo (Octaedro, 2018), La revuelta educativa necon (Trea, 2019), La educación en venta (Octaedro, 2020) y La asignatura pendiente (Plaza y Valdés, 2020). En este último ensayo, centramos nuestra conversación.

¿Cuál es nuestra asignatura pendiente? ¿De quién, de quiénes?

La memoria histórica sigue siendo una asignatura pendiente en el currículum escolar. La memoria histórica democrática de las y los vencidos, de las y los fusilados, de las y los torturados y humillados por el fascismo civil y militar, que auspició un golpe de estado y una dictadura consentida y auspiciada por los países supuestamente democráticos que habían derrotado al fascismo en Europa.

El subtítulo: “La memoria histórica democrática en los libros de textos escolares”. ¿Qué debemos entender por memoria histórica democrática?

La memoria de quienes lucharon y defendieron los valores democráticos de la II República, de quienes fueron derrotados y cuya memoria se ha tratado de olvidar y silenciar con el pacto de la transición y la ignominiosa ley de amnistía, con la excusa del miedo al ruido de sables que siempre ha existido y siempre existirá mientras haya ejércitos y armamento para la guerra.

Cuando hablas de libros de textos escolares, ¿de qué libros hablas? ¿De qué etapas educativas?

De los libros de texto que utilizan todas las generaciones durante su etapa de escolarización y en torno a los cuales se centra la mayor parte del tiempo de trabajo escolar. Estos libros de texto, controlados por unas pocas grandes editoriales, muchas de ellas vinculadas a la jerarquía católica, son los que determinan los contenidos que se estudian durante la única etapa de la vida en la que muchos de los estudiantes tienen contacto con la historia académica, la educación obligatoria, hasta los 16 años.

¿En qué cursos de la formación preuniversitaria se estudia la asignatura de Historia? ¿Cuántas horas?

En concreto, 4º de la Educación Secundaria Obligatoria y, quienes continúan estudiando, 2º de Bachillerato, que son los dos cursos escolares donde se estudia o se debería estudiar esta etapa de la historia contemporánea de España. Muchos estudiantes confiesan (y algunos profesores y profesoras también) que a este tema no se llega o, si se llega, se trata de “pasar de puntillas” porque, como decía una jefa de estudios, “es que en este pueblo hay de los dos bandos”. Para el profesorado de Historia es prácticamente imposible dar todos los contenidos que se pretende en tan poco tiempo y, menos en 2º de Bachillerato, que está centrado y presionado por la prueba de acceso a la Universidad.

Señalas en la Introducción que desde tu punto de vista el alumnado, como sujeto de ciudadanía, debería vincularse en y desde la escuela con el ejercicio de la democracia y con el compromiso activo por la justicia social y la igualdad entre los seres humanos, tanto en la perspectiva de clase como de género. ¿Y cómo se consigue una finalidad así? ¿No hay riesgo de adoctrinamiento aunque sea en finalidades y valores que tú y yo podamos compartir?

En absoluto. La educación persigue formar a las personas para el bien común y para implicarse de forma activa en la construcción de un mundo más justo y mejor, de acuerdo con lo que hemos convenido colectivamente como valores mínimos esenciales comunes: los derechos humanos. Este es el objetivo irrenunciable de la educación. Si no sirve para esto, no tiene sentido la educación. Enseñamos lengua para convivir, comunicarnos y dialogar, no para mentir, engañar y difundir fake news, por ejemplo.

Esto es aplicable a todas las materias y asignaturas, aunque la derecha siempre asegura demagógicamente que en la escuela se adoctrina cuando no es su “ideología” la que se imparte. Véase, la religión católica, que según ellos no es adoctrinamiento, mientras que los derechos humanos, sí que son adoctrinamiento o la ciencia con la que no están de acuerdo desde sus prejuicios, sea la evolución o la diversidad sexual, ante lo cual promueven “vetos parentales”.

Comentas, críticamente, que el mito de la neutralidad y la objetividad de las ciencias sociales aún parece pervivir en el ámbito escolar. ¿Por qué es un mito la pretensión de objetividad en esas disciplinas? En general, el intento de objetividad es un ideal deseado en el ámbito de las ciencias físicas o naturales.

No hay objetividad ni neutralidad en las ciencias. Pero se sigue utilizando este mito para asegurar que es neutral y objetivo lo que está establecido por el establishment, por el poder, por el status quo. Y a fuerza de repetirlo se convierte en algo que se normaliza. El neoliberalismo promueve esta falsa neutralidad y objetividad para asegurar que se necesitan gobiernos de “técnicos”, como si estos no tuvieran una ideología.

Además, en los libros de texto escolares, como reconocen los expertos, cada editorial conserva una línea ideológica. Los contenidos escolares, como toda elaboración social, se ven influenciados por los intereses y perspectivas de quien participa en su diseño y confección. Pero, además, en el caso de las editoriales, cada una de ellas tienen dueño, que es quien marca e influye en su línea ideológica y en las prioridades y enfoques que le interesa resaltar o consolidar.

Sostienes que lo que habitualmente se plasma en los contenidos de los libros de texto es la “historia de los vencedores” y que otros muchos acontecimientos y visiones permanecen ocultos, silenciados o, cuanto menos, minimizados. ¿Sigue pasando? ¿No son historiadores/as o científicos/as sociales los que elaboran esos manuales? ¿Escriben al dictado de la ideología de las editoriales?

No hace falta que se escriba al dictado de las editoriales. Las editoriales tienden a contratar a quienes están dentro de sus parámetros ideológicos. Como los medios de comunicación (se lo decía Guillermo Toledo en una entrevista a Risto Mejide: “no hace falta que te digan lo que tienes que decir, si estás ahí es justamente por eso”) o cualquier empresa (que se lo digan a los sindicatos).

No olvidemos que es una industria que vende 46 millones de libros a ocho millones de alumnas y alumnos no universitarios, con unos ingresos, según la OCU, de una media de 201 euros por alumno/a y curso.

Un grupo de investigadores de la Universidad de León, tú entre ellos, habéis analizado los contenidos de los libros de texto correspondientes a la historia que se ocupa de la posguerra, especialmente de la represión de la dictadura franquista y la lucha antifranquista que se prolongó hasta bien entrado los años sesenta. ¿Quiénes habéis compuesto ese equipo de investigadores? ¿Cuántos libros habéis analizado? ¿Editoriales? ¿Cuánto tiempo os ha llevado la investigación? ¿Está concluida? Muchas preguntas de una sola tacada.

Hemos participado un equipo de tres personas, especialistas en Historia y Educación, que durante tres años hemos analizado los libros de texto más utilizados en las diferentes comunidades autónomas, pues las competencias educativas están transferidas. Se hizo una revisión exhaustiva de los libros de texto de las editoriales con más venta y difusión en el ámbito educativo (Oxford, McGraw Hill, Santillana, Vicens Vives, ECIR, Anaya, Laberinto, Bruño, Edelvives, SM, Akal) desde el último ciclo de primaria, pasando por la ESO, hasta bachillerato. De estas editoriales se han examinado 21 libros de texto: 12 correspondientes a 2º de Bachillerato y 9 a 4º de la ESO.

¿Algún hilo conductor común en los libros analizados? ¿Existen temas tabú que nunca se tocan por ‘falta de tiempo’ o porque no están en los programas?

Parece que algunos libros de texto todavía siguen encubriendo, silenciando u ocultando de forma significativa esta parte de la historia y que la represión tras el golpe de estado franquista y la posterior lucha antifranquista, es decir, la memoria histórica de aquel período permanece invisibilizada e incluso tergiversada en buena parte del material curricular que utiliza el alumnado en ESO y Bachillerato.

No obstante, recientemente, alguna editorial sí que empieza a mencionar la represión, incluso incluye dentro de sus actividades alguna referencia a la lucha antifranquista y a las víctimas españolas de los campos de concentración nazis.

Existen lo que hemos denominado “temas tabú”, es decir, aquellos que ni siquiera se nombran, que se podrían condensar en 5 claves: 1. La incautación de bienes y el origen de grandes fortunas del IBEX 35. 2. El papel legitimador de la Iglesia dentro del aparato represor del franquismo. 3. No se nombra a los responsables y partícipes directos en la represión, muchos de los cuales siguieron en puestos clave de responsabilidad pública posteriormente. 4. La colaboración de parte de la sociedad civil que se sentía vencedora en la represión. 5. El reconocimiento, resarcimiento y reparación de las víctimas del franquismo y de la lucha antifranquista.

¿Y cuáles han sido vuestras principales conclusiones tras vuestra investigación? Por ejemplo, ¿se enfoca de forma históricamente documentada la etapa de la II República?

Las conclusiones más significativas se podrían sintetizar en las siguientes:

Extensión: Los contenidos se centran excesivamente sobre la Guerra Civil, mientras que la posguerra sigue en la sombra. Además, ¡los 44 años, el período que transcurre entre la II República, la guerra civil y el franquismo, que deberían ocupar cerca del 50% de los contenidos del siglo XX por estricto tiempo cronológico sólo ocupa el 9%!

Ocultamientos: Se presenta esta parte de la historia desde una visión supuestamente “neutral y aséptica”, pero encubre graves silencios y ocultamientos deliberados. Formas genéricas que, apenas dicen nada o que ocultan, más que aclarar, lo que parece no quererse abordar de forma clara y decidida.

Invisibilidad y minimización de la represión sistemática: donde el afán de venganza fue orquestado legalmente y con carácter retroactivo, prolongándose durante 40 años. Ni la mitad de los libros de 4º ESO y pocos más en 2º explican cómo hacían leyes a su medida para llevar a cabo fusilamientos, coacciones, expolios… de quienes se les oponían o contra quienes no mostraban la suficiente simpatía. No sólo la violencia física de los “paseos” o las torturas o los fusilamientos, el exilio interior de los topos, o los experimentos con las prisioneras para descubrir y erradicar el “gen rojo”, secuestrando y robando a sus hijos para traficarlos a manos de “familias adeptas al régimen” para que no les transmitieran el fanatismo marxista, sino también formas de represión específicas a las mujeres, como el rapado del pelo, la ingesta del aceite de ricino, las humillaciones públicas o la violencia sexual y las violaciones. O la depuración laboral… La represión se queda en un cuadro de detalle (se dedica a los “paseos” el mismo espacio que el dedicado a Mariquita Pérez “el juguete más ansiado en los cincuenta), sin explicar quién, cómo, ni por qué se fusilaba.

Tergiversación: Incluso se falsean las causas de la guerra civil. Según un texto de una de las editoriales más vendidas, la guerra civil fue un “conflicto entre hermanos”, “originado por el caos que produjo la segunda república”.

Lenguaje: Se utilizan términos que disminuyen la gravedad y, en cierta medida, siguen blanqueando el fascismo del golpe de estado y la dictadura: en alguna ocasión todavía se habla de “alzamiento” (no de golpe de estado), o se dice que se instauró una dictadura, explicando que una dictadura simplemente es “un gobierno no democrático” y donde parece que el único problema es que “no hubo libertad de expresión” durante su transcurso …

Equiparación: Se busca en muchas ocasiones hacer un paralelismo entre golpistas y defensores de la democracia, afirmando en algunos manuales que “uno y otro lado provocaron las mismas víctimas”, cuando los golpistas ejercieron durante cuarenta años una represión sistemática.

La misma pregunta te hago sobre el golpe militar fascista del 36 y la guerra civil.

El desarrollo sobre la Segunda República en los libros de texto suele concluir de forma generalizada con los acontecimientos de la primavera de 1936, presentada habitualmente como antesala de la Guerra Civil. Lo cual tiende a generar una visión en los manuales de texto de relación directa entre el período de la república y la guerra civil como fin inexorable de la misma. Idea que se plasma de hecho en el modelo curricular establecido por la Administración que junta ambos temas en una misma unidad, cuando lo lógico sería que la unidad o el bloque de contenidos fuera guerra civil y dictadura, pues ésta sí que fue una consecuencia de la guerra civil. En cuanto a la guerra civil los contenidos de los libros de texto tienden a centrarse más en el relato de las “batallas”, sobre todo en bachillerato.

Vuelvo a preguntarte lo mismo sobre el franquismo y la lucha antifranquista.

Se sigue evitando las alusiones a las fosas comunes, a los miles de desaparecidos sin identificar en España o a los Movimientos de Recuperación de la Memoria Histórica.

Sorprende que libros de texto de la ESO dedican a la represión franquista mayor porcentaje de páginas que los de Bachillerato. Aunque todos, de una forma u otra, hacen alusión a la represión fascista, solo una minoría en la ESO, la mitad en bachillerato, explican que la represión franquista fue sistemática, orquestada legalmente y con carácter retroactivo.

En cuanto a la lucha antifranquista, cada vez son más los libros de texto que dedican algunas líneas de texto a describir esa lucha, sobre todo en Bachillerato, aunque resaltando sobre todo los movimientos y organizaciones de resistencia de corte más moderado.

Pero es en el apartado de la mujer donde se muestran las mayores carencias a la hora de analizar la represión y la lucha antifranquista. Mujeres que fueron reprimidas triplemente: torturadas y fusiladas como “rojas”, agredidas sexualmente y violadas como campo de batalla en el que humillar y vencer al enemigo, a los parientes masculinos ausentes, y sometidas a humillación pública (rapar el pelo, ingesta de aceite de ricino que les provocaba diarreas constantes), al tiempo que eran paseadas por las principales calles de las ciudades, como castigo ejemplarizante de quienes habían roto moldes, normas y estereotipos del modelo de mujer tradicional durante la República y había que volverlas a “colocar en su lugar”. Y que ahora sufren también el olvido por gran parte de la historiografía oficial.

En cuanto a la transición política.

La transición se edificó sobre una “amnesia inducida”, con el resultado de una desmemoria que establecía una falsa equidistancia de responsabilidades entre vencedores y vencidos. La Ley de Amnistía de 1977 se amplió a crímenes cometidos por la dictadura de Franco, convirtiéndose en una auténtica “ley de punto final” que renunció a juzgar los crímenes contra la humanidad del régimen franquista de represores, del ejército o de la policía. Esta transición sin ruptura, que hizo surgir la ‘legalidad democrática’ directamente del aparato legal franquista, no permitía una condena de éste sin poner en cuestión los cimientos de la actual monarquía parlamentaria. Es decir, en este memoricidio, la falsa memoria del franquismo no se vio contrarrestada institucionalmente con una nueva política de la memoria sustentada en referentes democráticos pasados y presentes.

De esta forma los valores de los perdedores y las perdedoras de la guerra fueron excluidos del imaginario colectivo y de la representación social del pasado, quedando su memoria proscrita al ámbito individual. Mientras que otras democracias, como la italiana o la francesa, se fundaron sobre el paradigma del antifascismo, la española lo hizo sobre el de la “superación” del pasado.

¿Se explica adecuadamente el papel de la Iglesia nacional-católica en estos procesos históricos?

El papel de la iglesia católica, especialmente de la jerarquía eclesiástica, tampoco aparece claramente analizado y valorado en los libros de texto. No podemos olvidar que del mismo modo que ocurrió en Alemania, por parte de las dos Iglesias mayoritarias en la época nazi, la Iglesia en España animaba a una “rebelión en forma de cruzada patriótica y religiosa contra la república atea”, incluso años antes de que triunfara el Frente Popular.

Sí que aparece en buena parte de los libros de texto que la Iglesia fue uno de los apoyos legitimadores del régimen franquista, pero no se menciona explícitamente ni se analiza su participación en la represión sistemática y organizada legalmente por el régimen dictatorial franquista. No solo algunos obispos dieron apoyo material o una adhesión moral a los sublevados, entregando dinero y joyas o legitimando de palabra la sublevación, sino que la institución eclesiástica utilizó su ascendiente sobre la población y su influencia en la vida cotidiana, especialmente en las zonas rurales, al servicio del golpe de estado y posteriormente de la dictadura.

Las investigaciones reflejan que la postura de los obispos españoles a lo largo de la Guerra Civil y la represión franquista, fue “no proteger o delatar a izquierdistas o afiliados a sociedades marxistas”, colaborar con las autoridades golpistas y “darles informes sobre sus parroquianos”, así como la “participar en consejos de guerra”.

De las 60 diócesis españolas que había en 1936, 23 obispos apoyaron clara y abiertamente esta postura y el resto optó por el silencio, confiando, eso sí, en que sus sacerdotes colaborarían igualmente como confidentes de las autoridades militares. La Iglesia Católica nunca ha pedido perdón por sus numerosas implicaciones en los crímenes del franquismo, ni de indemnizar –aunque sólo fuera moralmente- a sus víctimas. De hecho, lo más habitual ha sido la postura contraria.

¿Habéis analizado los manuales de historia de las comunidades vasca y catalana? ¿Veis en ellos, si fuera el caso, alguna característica diferenciadora?

No hemos abordado este tema en nuestra investigación.

Aquí, en .Cat, algunas voces críticas han hablado (lo siguen haciendo) de adoctrinamiento nacionalista (del tipo: guerra de España contra Cataluña para hablar de la guerra civil, por ejemplo), tanto en lo que respecta a los manuales usados como a la forma de impartir la asignatura por parte del sector del profesorado más afín al nacional-secesionismo. ¿Vuestra investigación permite decir algo al respecto?

Tampoco hemos abordado este tema. Nada puedo decir sobre ello.

Señalas que el profesorado de Historia, buena parte de él, tienen una visión crítica respecto al trato de la memoria histórica en los libros de texto. ¿Elaboran entonces sus propios materiales? ¿Dónde se centran sus críticas?

Buena parte del profesorado de Historia, efectivamente, genera su propio material didáctico y utiliza fuentes originales para desarrollar su docencia. Por eso muchos nos piden continuamente que les facilitemos las Unidades para la Recuperación de la Memoria Histórica, que realizamos y que tratan de recuperar esa parte de nuestra historia que ha quedado relativamente olvidada o silenciada en el curriculum escolar. Aunque se han agotado en su edición en papel, y los hemos puesto en la red de acceso libre y con actividades interactivas para hacer con el alumnado, la Editorial Plaza y Valdés las editará en breve, pues cada vez recibimos más peticiones.

Pero el profesorado cuestiona especialmente la reducción del horario de historia establecida por la anterior ley educativa LOMCE en el último curso de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO), algo que “choca” directamente con la amplitud del temario a tratar durante el curso, que abarca desde el siglo XVIII hasta hoy en día, resultando realmente complicado poder abordar la totalidad del temario de manera correcta.

Hablas en un capítulo de la teoría de la equidistancia. ¿Equidistancia entre qué posiciones y sobre qué?

Los defensores de la teoría de la equidistancia insisten reiteradamente en afirmar que hubo un “enfrentamiento fratricida”, como si dos partes se hubieran enfrentado en las mismas condiciones o legitimidad. La concepción de que “todos fuimos culpables” plantea que hubo un enfrentamiento entre dos bandos, una lucha fratricida entre hermanos, donde la “culpabilidad” se reparte por igual a las dos partes enfrentadas. Pero una democracia nunca es culpable de un golpe de estado y un gobierno democrático nunca es un bando. No se puede equiparar a las víctimas y a los victimarios. No se puede defender una visión equidistante entre el torturador y el torturado. Es indefendible esta teoría que acaba reproduciendo los tópicos de ‘olvidar el pasado y no repetir la barbarie’, como si todos hubieran sido responsables de la barbarie, ocultando y blanqueando a los militares golpistas responsables y a sus secuaces civiles y religiosos que los sostuvieron, alentaron y justificaron.

“La reconstrucción crítica de la memoria histórica” es el título de uno de los capítulos del libro. ¿Qué reconstrucción es esa? ¿En qué consiste? ¿No es eso precisamente lo que hace todo historiador que se precie?

La historiografía crítica no ha llegado a los libros de texto. Solo reproducen la “historia oficial” o “políticamente correcta” cuyas bases se asentaron en la transición. De ahí que sea un imperativo ético reconstruir un currículum escolar contra-hegemónico que garantice la justicia curricular y permita la emergencia de la memoria silenciada de las personas olvidadas y represaliadas. Un currículum que invierta la hegemonía. No para “dar la vuelta a la tortilla”, sino para proporcionar experiencias e informaciones desconocidas y olvidadas, para hacer un currículum más comprensivo, más representativo. Esto supone replantear la historia desde la perspectiva de los perdedores, de los grupos oprimidos, de los represaliados, de los olvidados. No podemos permitir que, como nos recuerda el escritor argentino y víctima de su dictadura militar, Juan Gelman: “Desaparecen los dictadores y aparecen inmediatamente los organizadores del olvido».

Hablas en el libro del deber de recordar. ¿Por qué crees que recordar es un deber? ¿Quiénes tenemos ese deber?

Llevamos más de 40 años esperando que, por fin, se repare con verdad y justicia la barbarie cometida. El olvido, minimización o relegación de la memoria histórica en la escuela ha supuesto que las generaciones que han llegado todos estos años a su etapa adulta carezcan de una formación con una mínima solvencia sobre lo que supuso la dictadura franquista y la lucha antifranquista que se mantuvo frente a ella. De este modo se ha configurado una sociedad bastante desconocedora de un pasado que cambió violenta y radicalmente el desarrollo del país, lo que facilita su manipulación mediática y política, con la vigencia de una mitología llena de lugares comunes como «reabrir viejas heridas», «revancha», «rencor», etc. Todo ello está generando el efecto que parece que se pretendía: insensibilidad, cierto hartazgo y falta de compromiso político por recuperar, dignificar y hacer justicia a esa memoria dolorida y ocultada, pese a las reiteradas advertencias de los más altos organismos internacionales sobre derechos humanos.

Por eso, probablemente, nuestros estudiantes y la sociedad adulta educada en esta “historia” sabe más del nazismo que del fascismo patrio. Ahora que el Gobierno ha manifestado la intención de llevar a los colegios el conocimiento de la represión franquista y la lucha antifranquista, a través de la nueva Ley de Memoria Histórica que reformará la norma impulsada por Zapatero en 2007, es crucial tener datos precisos de los límites y las tergiversaciones y ocultaciones que sobre esto se mantienen en los contenidos escolares y los libros de texto de las editoriales comerciales que los controlan.

¿Quieres añadir algo más?

El hecho chocante es que, en otros países, de Alemania a Inglaterra, de Italia a Francia, de Argentina a Polonia, esta temática se aborda de forma sistemática en las clases de Historia y se visitan regularmente los lugares de la memoria, de tal forma que en investigaciones similares lo que muestra el alumnado, justamente al contrario de lo que pasa en España, es que tienen una sensación de “saturación” por la constancia con la que aparece en los contenidos escolares en sus países.

No olvidemos que las dictaduras utilizan el olvido para imponer su visión de la historia. Es la democracia la garante y responsable del recuerdo y la memoria que se lega a las futuras generaciones.

Si un solo alumno o una alumna acaba el período de educación obligatoria sin conocer lo que supuso la represión franquista para varias generaciones, entre las cuales estuvieron sus padres, madres, abuelos y abuelas, o la historia de tantos jóvenes como ellos, que lucharon contra la dictadura y perdieron su vida por defender sus ideales, es una tragedia en pleno siglo XXI. Si además han hecho bachillerato y no saben que una generación de nietos y nietas está luchando denodadamente por recuperar la memoria y la dignidad de todas esas generaciones de represaliados y represaliadas, de guerrilleras y guerrilleros antifranquistas, reclamando verdad, justicia, reparación y no repetición, es que algo estamos haciendo mal en el sistema educativo. El derecho a saber debe ser desarrollado por todos los centros educativos y todos los libros de texto escolares.

Hay quienes dicen que no hay que remover el pasado, que no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están equivocados. El deber de memoria ha sido plasmado en el Derecho Internacional y en los Derechos Humanos. Las heridas no están cerradas. Su único tratamiento es la verdad, la justicia y la reparación. Sospecho, como decía Juan Gelman, el renombrado poeta argentino, que no pocos de quienes preconizan el olvido del pasado, en realidad quieren el olvido de su pasado en particular.

Como advierten los historiadores «La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado». No se puede construir un futuro con un pasado basado en la impunidad. Para ser demócrata hay que ser antifascista."                      

(Entrevista a Enrique Javier Díez Gutiérrez sobre La asignatura pendiente, Salvador López Arnal , Rebelión, 16/06/2021; Fuente: El Viejo Topo, 401, junio de 2021)

5/7/21

Sr. Casado: La guerra civil no se produjo espontáneamente. Fue el resultado de una conspiración monárquica, militar y fascista... Comenzó en el primer año de vida de la República... los sublevados retorcieron torticeramente la ley, y empezaron una "limpia" sin paralelo en la historia de España, bajo el manto de una hoy inconcebible subversión del derecho... sr. Casado, lea más historia o busque mejores preparadores de discursos

 "En la reciente sesión de Cortes el Sr. Pablo Casado se ha referido a la guerra civil. La ha caracterizado como una lucha entre quienes "querían democracia sin ley" y quienes "querían ley sin democracia". Las reacciones contrarias han sido fulminantes. Merece un suspenso en Historia de España y, quizá, también en Historia del Derecho.

En las raras ocasiones en que me he sentido inducido a referirme al líder de la oposición he subrayado una cualidad que siempre me ha dejado ojiplático: fue un estudiante de Derecho tan superdotado que aprobó la segunda mitad de la licenciatura de una tirada y en un curso. Yo me he preciado de mi buena memoria (hoy algo peor de lo que fue) pero confieso que no hubiera sido capaz de tal proeza. 

No estudié Derecho pero sí llegué a saberme de memoria la Ley de Sociedades Anónimas de 1951 más las disposiciones sobre otros tipos de sociedades mercantiles del Código de Comercio de la época. Y, ciertamente, memoricé como un papagayo todos los temas (salvo uno) de las oposiciones a un cuerpo de la Administración y los tres primeros ejercicios (tres horas de duración) de las de Cátedra.

Es decir, imagino que el Sr. Casado, dotado de envidiables facultades tan hipermnésicas como se decía que las tenía quien fue ministro de (Des)información y Turismo y fundador del antecedente de su partido, preparó a conciencia su intervención en el Parlamento (si bien da la impresión por las imágenes que he visto que, prudente orador, se llevó consigo algunas cuartillas). Por aquello de los nervios.

Después de haberme dejado las pestañas en casi cuarenta archivos españoles y extranjeros a lo largo de unos treinta años estudiando los orígenes y desarrollo de la guerra civil y de la subsiguiente dictadura me siento en condiciones de lanzar al Sr. Casado, o a sus historiadores de corte, un pequeño desafío: que demuestre documentalmente su doble aserto.

La guerra civil no se produjo espontáneamente. Fue el resultado de una conspiración monárquica, militar y fascista. Comenzó tibiamente en el primer año de vida de la República, tomó viento en el extranjero al siguiente y, tras la amnistía otorgada por el primer Gobierno Lerroux, sus responsables se trasladaron a España. A partir de 1934 se aproximaron a la Italia fascista y crearon una organización subversiva en el seno del Ejército.

 En octubre de 1935 se informó a Mussolini que, si las izquierdas volvían al poder aunque fuese por medio de elecciones, los monárquicos y militares se sublevarían.  Así, pues, de generación como respuesta a los desórdenes públicos en la primavera de 1936, rien de rien.

El asalto al régimen democrático y al gobierno constitucional fue liderado por militares y políticos monárquicos, más o menos fascistizados, que lo justificaron con pretextos espurios: entre ellos, la amenaza roja (incluso soviética) que supuestamente se cernía sobre la patria. Con la idea de seguir las desangeladas palabras de uno de los conspiradores y alcanzar la victoria tras una guerra corta.

¡Ay! Una parte del pueblo español no rindió las armas y tampoco anticipó los casos de Austria o Checoslovaquia años más tarde. El gobierno legítimo se vio, no obstante, dejado en la estacada por sus aliados naturales: franceses, británicos y norteamericanos y condenado a su suerte en virtud de la política de no intervención. 

Naturalmente, con el indisimulado regocijo de nazis y fascistas que fueron poco a poco acentuando su ya bien demostrado desprecio a las democracias. Cero patatero, pues, al señor Casado en la primera parte de su desafortunada formulación.

Un cero quizá matizado en la segunda, porque los sublevados retorcieron torticeramente la ley, declararon como tales a quienes no se les unieron y empezaron, desde el primer momento, una "limpia" sin paralelo en la historia de España. Bajo el manto de una hoy inconcebible subversión del derecho, apoyado después por el Francoprinzip (aplicación castiza del Führerprinzip). Y, sin olvidar, bendecidos por la Iglesia católica española de la época.

Los sublevados se dotaron de una ley, la suya, fuera de todo control que no fuera el propio. Con ella en la mano subsistieron hasta prácticamente 1948. Entonces se dignaron sustituir el bando de guerra por otro sistema en el que solo varió la invocación jurídica porque, aunque la guerra había terminado casi diez años antes, la campaña contra el rojo debía continuar.

En resumen: es arriesgado querer subsumir en una frase de pocas palabras más de cuarenta años de historia.  Hay que tener para ello una habilidad especial. El Sr. Casado es muy dueño de creer que la tiene. Debe, sin embargo, aguantar que mucha gente, y entre ella muchos historiadores, pensemos que la ha destilado en una formulación escasamente afortunada.  Sugerencia: que lea más historia o busque mejores preparadores de discursos."                (Ángel Viñas, Público, 01/07/21)

19/5/21

Ana Cabana: “A memoria oral responde ao afán de facer xustiza ás vítimas”

"Ana Cabana (Castro de Rei, 1976) é unha historiadora de referencia para os estudos da represión e das diversas expresións de resistencia ao franquismo. Hoxe achéganos un adianto sobre as súas investigacións dos vitimarios na memoria oral que se publican no coleccionábel Os nomes do terror.

 Sinala no seu traballo que as narracións orais sobre os vitimarios “malia non ser completamente veraces en moitos aspectos non son improcedentes”, que quere dicir con isto?

 Quero dicir que os relatos poden conter alteracións con respecto ao acontecido para conseguir a súa finalidade, a condena moral dos vitimarios e a demostración de confianza en que houbo unha certa “xustiza” que provocou que padeceran algún sufrimento ou agravio por ter tido despregado tanta violencia. 

Trátase de asegurar que non había ninguén no seu enterro, cando puido haber pouca xente, de esaxerar a dor das súas enfermidades ou os días de agonía, ou de asumir que as ánimas das vítimas tiveron que ver en procesos de enfermidade mental (perda de memoria, depresións ou episodios de neurose.) ou de avultar diferentes tipo de desgrazas que lles aconteceron os represores (número de fillos mortos ou reveses económicos. Iso era unha licenza que admitían as memorias subversivas, pero o que quero subliñar con esas palabras é que non toda distorsión ou recreación tiña cabida nos relatos. 

Cabe descolorar algún recordo ou introducir algunha consideración sobre eses aspectos concretos para deixar patente que o vitimario non quedou impune, que a vida lle pasou factura, que nalgún momento probou en carne propia un pouco da dor que inflixiu,pero o relato comunitario non subsistiría se a adulteración dos episodios que se lembran se distanciaran ou terxiversaran en máis aspectos dos feitos ca ese agrandamento das coitas dos vitimarios.

Significa na súa investigación, na liña do xa adiantado noutros estudos seus que “as construcións míticas máis habituais nos relatos memorialísticos versan sobre as longas enfermidades e espantosas mortes que tiveron que soportar os perpetradores”, a que responde este tipo de relato?

 Responde ao afán de facer xustiza ás vítimas, de que estas conseguiran un mínimo resarcimento ou, se se quere ver así, unha certa vinganza. Elas sufriron, como as súas familias e achegados, e tamén o fixeron as aquelas persoas da veciñanza que viron ou souberon de episodios violentos e non puideron facer nada no momento polo terror que esas mortes causaron no colectivo. 

Pero a xente gardou o agravio na memoria e co tempo, en moitos casos superada ata xa superada a ditadura franquista. En dita memoria punitiva os represores debían pagar e penar polos seus actos, tanto antes de morrer, de aí a importancia de sinalar as durísimas enfermidades que os afectaron, que se comentan sen empatía nin pesar ningún cara o doente e como unha consecuencia lóxica e esperable de ter cometido eses terribles crimes se tratara, como no momento ou proceso da morte, que debía ser tamén mala como se aspiraba que fora a súa vida eterna.

 Tanta aflición infundiran como se agardaba que pasaran nos seus últimos anos/días de vida, era o que se sentía como xusto. A confianza en que iso acontecera era o único que resultaba medianamente reparador a nivel de psicoloxía social para aqueles e aquelas que deberon coexistir na atmosfera de horror, crueza e violencia que os vitimarios acadaron construír. As construcións memorialísticas sobreviviron como mostra patente de oprobio e pola arela de certo desquite.

Destaca nun parte do artigo que o “Romance do Comandante Moreno”, é un dos mellores expoñentes das construcións míticas vindicativas sobre os vitimarios, ¿canto hai de certo no mesmo sobre a morte e os asasinos do dirixente libertario, José Moreno Torres?

 As investigacións realizadas polos historiadores Eliseo Fernández e Dionisio Pereira sobre o movemento libertario en Galicia e, especificamente, no Dossier Acebo, e a información recadada a partir da exhumación realizada entre outubro de 2007 e marzo de 2008 pola Asociación pola Recuperación da Memoria Histórica no Acebo demostran a fiabilidade dos datos que se consignan na letra do romance, que foi unha fórmula de facilitar a  conservación e a transmisión da memoria entre a xente na Fonsagrada e arredores. 

Certamente os membros do Batallón nº 19 Galicia retornaban a terras galegas despois da caída da Fronte Norte en outubro de 1937 e foron asasinados por membros da Falanxe de Fonsagrada no pobo do Acebo, nos límites entre ese concello lugués e o asturiano de  Grandas de Salime. No romance incídese nas delacións, no asasinato a sangue fría de parte dos milicianos, na tortura a que foi sometido José Moreno e no espolio dos seus bens persoais. 

Na letra hai algunhas imprecisións, que poden ser froito da licenza poética do propio formato, do desexo de incidir nalgún dos datos e non dar outros,ou mesmo resultado da confusión coa que se transmitiu a información oral no momento do crime. Na exhumación topáronse 13 corpos e no romance fálase de 17. “Mataron a dieciséis y al Comandante Moreno”, cantan. O romance non fai referencia tampouco a dous dos homes que acompañaban a Moreno e que conseguiron sobrevivir á masacre e chegar á Coruña, o seu destino orixinal.

 Na exhumación apareceron 3 fosas próximas, unha cos restos de 8 persoas, outra con 4 e una individual cos restos Moreno, e a letra do romance fai pensar nunha única fosa e sinala que Moreno fora “llevado a la fosa con los demás compañeros”. O romance, polo tanto, apártase moi pouco da verdade dos feitos naqueles dos seus versos que teñen por obxectivo dar conta do crime,o resto da letra é claramente vindicativa para cos represores.

Comentaba agora, que os executores de Moreno remataron por repartirse os seus bens  persoais, como o reloxo, a zamarra ou a cazadora, ¿até que punto desvalixar os cadáveres das súas vítimas foi unha practica habitual dos vitimarios?

 Era bastante usual segundo os testemuños orais. Quedaban co calzado, coa roupa de abrigo, sombreiros, cintos e calquera obxecto de valor que a vítima portara (pluma, reloxo, cadea, carteira, etc.). 

En moitos casos repartían os bens entre todos os que participaran no asasinato, quedando aquel que fora o autor directo coa mellor parte do botín. Lamentablemente era un aspecto que non quedou reflectido na documentación oficial salvo en casos moi contados nos que os mandos da Garda Civil ou de Falanxe abrían unha investigación sobre a actuación concreta dun grupo ou axente represor que se sospeitaba que cometera o asasinato para facerse cos bens da vítima, sen mediar ningunha outra razón.

O espolio era unha das cousas que máis se botaba en cara aos vitimarios nos relatos memorialísticos porque denotaba unha falta de respecto polos finados que resultaba arrepiante para os parámetros culturais existentes no momento. Denigrar os cadáveres era sumar á violencia física despregada para o asasinato unha violencia simbólica que causaba consternación nas comunidades porque supoñía alterar os valores sobre os que se asentaba a convivencia. Para reprobar este tipo de actuación comparábanse ás veces coas mortes dos vitimarios a mans de membros da guerrilla. 

Neses casos na memoria sobre as mortes protagonizadas polos guerrilleiros sempre se incidía en que ao cadáver non lle faltaba nada, non se tocara a súa roupa, nin se lle roubaran os cartos ou bens que portara e, ás veces, ata se comenta que se mudara a posturado corpo para que non resultara indecorosa. Subliñábase a dignidade dese tipo de morte violenta na que non había aldraxe algunha aos defuntos fronte a ignominia que gobernaba os asasinatos dos represores, que denigraban os corpos intencionadamente. Moralmente eran cousas diametralmente diferentes e as memorias así o sancionan.

 Un dos bens das vítimas que a tradición popular sitúa como un dos obxectos máis desexados polos vitimarios é o reloxo, que significado ten o roubo do reloxo na tradición oral dos vitimarios?

O reloxo era o obxecto máis custoso que podía levar a vítima enriba no momento da súa morte, polo que subtraelo respondía a un móbil económico. En moitos casos temos información da intención do vitimario de revender o reloxo para facerse con cartos en efectivo en reloxerías da zona ou das capitais de provincia.

 Pero o interese económico non foi nin moito menos o único que levaba ao seu furto. Os vitimarios quedaban cos reloxos e lucíanos nos seus pulsos ou petos porque eran vistos como un trofeo. O reloxo identificaba ao seu posuidor,era recoñecible para as familias da vítima e para a súa veciñanza, polo que para o vitimario apropiarse del era recoñecer e presumir publicamente de ter sido o autor do asasinato. Era unha confesión e ao mesmo tempo un alarde de impunidade sen igual. 

A tradición oral converte o roubo do reloxo nun asunto maior de violencia simbólica en tanto que era unha xoia que acostumaba a recibirse de xeracións anteriores, pasábase de pais, avós ou padriños a fillos, netos ou afillados e romper esta sucesión e crebar con todos os recordos que accionaba unha xoia herdada era visto como unha crueldade extrema, unha afronta irreparable. Iso fixo que a subtracción dos reloxos se convertera nun asunto central de denuncia contra os represores nas memorias vindicativas. Era sentido como un aldraxe que había que sumar á violencia física despregada e que, igual ca aquela, debía ser reparada por esa xustiza final na que se confiaba ou, cando menos, se anhelaba."                 (Entrevista a Ana Cabana, historiadora, Nós, 15/12/20)