Mostrando entradas con la etiqueta Los justos: Lazaro Cardenas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los justos: Lazaro Cardenas. Mostrar todas las entradas

15/2/23

El ‘Schindler mexicano’ recibe póstumamente el reconocimiento Memoria del Mundo de la Unesco... Gilberto Bosques salvó a más de 40.000 personas del nazismo y el fascismo —la mayoría exiliados españoles— durante la Segunda Guerra Mundial, mientras era cónsul en Francia

 "Le llamaban el Schindler mexicano. Gilberto Bosques Saldívar fue revolucionario, profesor, periodista, diplomático. Y durante la Segunda Guerra Mundial, el hombre de confianza en Francia del presidente mexicano, Lázaro Cárdenas. En 1939, España acababa de caer contra los franquistas, el fascismo de Mussolini y sus camisas negras oscurecían Italia, y Hitler avanzaba por todo el continente. 

Bosques Saldívar llegó con una misión: ayudar a todos los que huían de ese campo de concentración en el que se estaba convirtiendo Europa. Y lo hizo: salvó a más de 40.000 personas, muchas de ellas, españoles republicanos exiliados que encontraron en México refugio. Este martes la Unesco le ha homenajeado póstumamente con la entrega del reconocimiento Memoria del Mundo.

El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, ha sido el encargado de entregar el reconocimiento a la hija de Bosques Saldívar, Laura Bosques, en el Palacio Nacional. El mandatario se ha referido al homenajeado como “el mejor diplomático de la historia de nuestro país, el más humano”. “Se ha conseguido que la Unesco conserve y se considere como fondo, archivo particular, todo lo relacionado con don Gilberto Bosques, que tuvo que ver mucho con salvar vidas de perseguidos, exiliados, no solo españoles, sino de todo el mundo; un hombre verdaderamente ejemplar”, ha añadido, en un video difundido en su canal oficial.

 La hija del diplomático, Laura Bosques, ha agradecido con visible emoción el reconocimiento. “Él siempre dijo, no fui yo, fue México”, ha dicho en recuerdo de su padre. Bosques Saldívar llegó a París en 1939, pero tras la toma de la capital francesa por los nazis en junio de 1940 se trasladó a Marsella, al sur del país. Allí, gracias a sus privilegios como cónsul, inició una especie de oficina jurídica con abogados españoles y franceses que salvó la vida de más de 40.000 personas, según estimaciones de la época. Exiliados españoles, pero también judíos que huían de Hitler, perseguidos políticos y gente de a pie que escapa de los horrores del nazismo. “Si hubiera habido más barcos, hubiera venido mucha más gente”, ha sostenido Laura Bosques durante la entrega.

Sin embargo, es recordado sobre todo por su enorme ayuda a los exiliados españoles. Más de 25.000 llegaron a México después de la Guerra Civil, de acuerdo con la ONU. La mayoría, gracias a los visados que emitió Bosques Saldívar. Muchos, después del triunfo de Franco, cruzaron la frontera y buscaron refugio en Francia, donde fueron recibidos con más pobreza en campos de concentración. El hacinamiento en estos campamentos era tan grande que el diplomático mexicano llegó a utilizar dos castillos en los alrededores de Marsella, Reynard y Montgrand, para poder alojar a 1.350 personas más. El cónsul incluso rescató del campo de concentración de Vernet al escritor Max Aub, que luego narró en varios libros sus experiencias como refugiado durante la guerra.

 Bosques Saldívar regresó a México con el final de la Segunda Guerra Mundial, no sin antes pasar más de un año apresado en Alemania junto a su esposa, María Luis Manjarrez, y sus tres hijos Gilberto, Laura y Teresa. La historia todavía le tenía reservada otro rol importante a jugar: fue embajador en Cuba, y facilitó los visados de entrada a México para Raúl y Fidel Castro, que diseñaron durante su estancia en el país la Revolución que dirigieron en la isla en 1959.

Su espíritu humanista y revolucionario encontró primero su lugar en la Revolución Mexicana en 1910, donde jugó un papel importante. Años más tarde, en 1917, se convirtió en uno de los políticos que redactó la Constitución que todavía rige México. Recibió el apodo del Schindler mexicano, aunque hay quien dice que tendría que ser al revés, que Schindler debería ser recordado como el Bosques alemán: el mexicano ayudó a más de 40.000 personas, Schindler salvó a más de un millar de judíos. Falleció en 1995, con 103 años, después de una vida que dejó sus huellas en la historia. Casi dos décadas después, los homenajes continúan."                    (Alejandro Santos Cid, El País, 31/08/22)

1/12/12

"Al entrar en mi pueblo las fuerzas fascistas me buscaron para fusilarme. Como no pudieron cogerme, fusilaron a dos hermanos míos"

 El diplomático mexicano en Lisboa, Gilberto Bosques

"Al entrar en mi pueblo las fuerzas fascistas me buscaron para fusilarme, pero no lo consiguieron porque ya me había fugado. Como no pudieron cogerme, fusilaron a dos hermanos míos”. 

Así empieza su relato al llegar a Lisboa a finales de 1946, huyendo de la dictadura franquista, Joaquín Martín Reinoso, de 33 años, soltero, natural de Fuentes de León (Badajoz) y militante del PSOE.

 Uno de los cientos, tal vez miles, de republicanos españoles que encontraron auxilio en la Embajada de México en Portugal y a cuyos testimonios, inéditos hasta ahora y conservados en el archivo de la Secretaría de Relaciones Exteriores mexicana, ha tenido acceso EL PAÍS.  (...)

Su peripecia es un ejemplo más de las penalidades sufridas por tantos fugitivos del franquismo durante 10 años terribles de guerra y cárcel hasta que encontraron en el país vecino la mano amiga de Gilberto Bosques, embajador mexicano en Lisboa, y pudieron escapar hacia la libertad. 

“Yo me había marchado a Madrid”, continuaba Martín Reinoso, “incorporándome al batallón de Margarita Nelken y combatiendo hasta el 28 de agosto de 1938 en que perdí el brazo a consecuencia de un morterazo del enemigo en la posición de Carabanchel (…). 

Me lo amputaron y me dieron inútil total. Como había que evacuar Madrid y no sabía adónde ir, cogí el tren y me marché para mi tierra (…). 

En Talarrubias (Badajoz) me detuvieron y me mandaron a Siruela, donde me tuvieron 15 días sufriendo los más malos ratos que se pueden dar; de ahí me trasladaron al campo de concentración de Castuera, donde sacaban a los hombres en camiones para fusilarlos. 

Un día, un falangista me pegó una paliza por gusto. Al año me trasladaron a Herrera del Duque, donde la comida nos la daban cada 24 horas, 150 gramos de pan y 2 sardinas”.

En enero de 1941, Martín Reinoso fue condenado a muerte, pena que después le sería conmutada por la de 20 años y un día. En 1946 recibió un indulto y volvió a su pueblo. Pero sus desgracias estaban aún lejos de acabar. “Me presenté a la Junta de Libertad Vigilada y me mandaron al cuartel de la Guardia Civil.

 Mi llegada fue mala. Empezó el comandante del puesto por insultarme todo lo que quiso hasta decirme que me iba a dar una paliza y me iba a cortar la otra mano (…). Me dijo que me tenía que presentar todos los domingos y que me iba a vigilar muy de cerca (…). 

Me prohibió entrar en ningún casino; a las ocho de la noche tenía que estar en casa (…). El 27 de octubre fue la última vez que me presenté porque esa noche me volvieron a llamar. Aquello no me gustó nada y crucé la frontera…”.

 Y concluye: “No he de olvidar las dos animaladas cometidas contra dos hermanos míos, ni la de mi querido padre, que murió cuando iba para la estación de Fregenal de la Sierra con el carro y le salieron al camino los fascistas y por no decir dónde me encontraba yo le dieron fuego al carro (…) y no quiero escribir más porque recordando toda la historia pierdo el sentido”.   (...)

“Desde los Pirineos hasta Málaga lo hice a pie en 39 días, en los cuales pasé todas las calamidades que puede pasar una persona”, cuenta el malagueño y militante de la CNT Juan Contreras Mancera, de 36 años, que, tras fugarse de un batallón disciplinario de Noales (Huesca) el 20 de junio de 1943 y permanecer dos años escondido en Málaga, logra junto con un compañero, “unas veces a pie y otras en tren”, cruzar la frontera portuguesa el 8 de marzo de 1945.

La enfermera socialista de Badajoz Isabel Pavón Pavón, de 42 años, narra a su llegada al país vecino que tras la entrada de las fuerzas franquistas a su ciudad fue detenida y “propuesta para fusilamiento, no llevándose este a cabo por no sé qué causas”.

 “No obstante, me hicieron beber medio litro de aceite de ricino y me cortaron el pelo. A mi padre, que contaba 70 años y desempeñaba el cargo de alcalde de Aceuchal, lo fusilaron, y mi hermano, que tenía el mismo cargo en Almendralejo, tuvo que huir…”.  (...)

Llegar al Portugal del dictador Salazar, estrecho aliado de Franco, no era ninguna garantía de seguridad. Indocumentados e indigentes, los fugitivos tenían que esconderse, pues si caían en manos de la policía portuguesa eran devueltos de inmediato al presidio o al cadalso español. 

Una de sus tablas de salvación, como acreditan los documentos ahora desvelados, era la organización humanitaria norteamericana Unitarian Service Comitte (USC), creada en 1940 con el fin de rescatar judíos, con sedes en Lisboa y Marsella, que trabajando clandestinamente colaboraba con la legación mexicana en la capital portuguesa.  (...)

Manuel Trigo Domínguez, sevillano, que acabaría la guerra como teniente y sería condenado a muerte e indultado a finales de 1940, declara el 4 de diciembre de 1946, al poco de llegar a Portugal, que era tal el acoso policial al que se veía sometido que tomó una drástica decisión: “Recurrí a fingirme loco como único medio de salvación. Estuve fingiendo hasta el 6 de octubre de 1946. 

En dicha fecha salí del manicomio de Miraflores de Sevilla, con permiso dado a los clientes mejorados (…), permiso que estoy disfrutando en Lisboa, fuera del terror fascista que asola mi patria…”. 

José Couvelo Lorenzo, de Pontevedra, de 28 años, recuerda cuando le llevaban prisionero al penal de Burgos “con los grillos en las manos corriendo la sangre” y cuando “los fascistas” le metieron “en una prensa de hierro para que confesase”.

Ángel López Sot, universitario malagueño y militante de las Juventudes Socialistas, fue hecho prisionero por soldados italianos en febrero de 1937. Logró escapar y regresar campo a través a su ciudad natal, pero fue detenido de nuevo al ser delatado por una vecina.

 “Días más tarde, a la una de la madrugada, fui conducido con nueve jóvenes más y una señorita al cementerio de San Rafael, donde fueron fusilados en presencia mía, librándome yo gracias a la intervención de un teniente que al tomarme el nombre y la edad se impresionó que fuera tan joven”.

Agustín Giménez Campaña, cordobés, fue condenado a muerte al término de la guerra. Su relato en tercera persona es de una impasibilidad desconcertante: “Trasladado al amanecer del 28 de mayo de 1940 al Cementerio Municipal del Este de Madrid y fusilado en unión de otros 50 sin ser herido ni recibir el tiro de gracia, pudo escapar y esconderse…”. Lograría huir a Portugal al segundo intento tras pasar por las cárceles de Zamora y Valencia.

Los papeles de Lisboa permiten establecer un patrón común en la odisea de los fugitivos: condena de muerte al acabar la guerra, conmutada luego por 30 o 20 años de cárcel, lo que daba paso a un periplo interminable por el gran presidio en que se había convertido España; después, el indulto, la delación, una nueva detención y fuga.

Los documentos dan idea también de la persistencia de la lucha guerrillera en aquellos años cuarenta. La resistencia, sobre todo de los militantes comunistas, es de una determinación épica, como ilustra el caso de Ángel Ansareo Grandas. Tras participar en la toma del Cuartel de la Montaña y combatir en los frentes de Guadarrama, Teruel y Cataluña, huye a Francia al perder la guerra. 

Allí permanece 10 meses, hasta que es entregado a Franco y encarcelado en Reus. Escapa y le detienen otra vez el 5 de mayo de 1940. Condenado a muerte en Madrid, es indultado en 1943. Inmediatamente vuelve a unirse al maquis y llega a presidir “el congreso que se celebró en Cobas (A Coruña)”.

 Con el nombre de guerra de A. Ribas, organiza varios grupos guerrilleros y mantiene cruentos enfrentamientos armados “con falangistas y guardias civiles”. Llegan a ofrecerse, según su relato, “medio millón de pesetas por noticias de su paradero”. Ante el hostigamiento al que es sometido por las fuerzas franquistas, cruza la frontera de Portugal, “sin rumbo conocido”, y llega a Lisboa en agosto de 1946. 

Su declaración jurada acaba: “Eliminando la descripción y hasta el recuerdo de otros muchos sufrimientos, solo me resta decir: ¡Viva la República española! ¡Viva la paz en el mundo!”.

Los documentos revelan el incansable trabajo del embajador sorteando toda clase de trabas para salvar vidas o reunificar familias"       ( , El País,  25 NOV 2012)

29/11/12

El exilio republicano español en México


Narciso Bassols
 
"La generosidad sin precedentes del presidente Lázaro Cárdenas con los republicanos españoles no hubiera sido posible sin el talento y el esfuerzo de un grupo de intelectuales y diplomáticos mexicanos que, superando unas circunstancias políticas extraordinariamente difíciles, lograron que unos 20.000 refugiados encontraran la libertad y una nueva patria en este país. 


De figuras como Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, pero sobre todo de Luis I. Rodríguez, Gilberto Bosques, Isidro Fabela y Narciso Bassols bien puede decirse una vez más que nunca tan pocos salvaron a tantos.

Su actividad diplomática durante la posguerra española y la II Guerra Mundial tiene todos los ingredientes de una novela de aventuras. Luis I. Rodríguez, embajador mexicano en Francia entre julio y diciembre de 1940, cumplió con creces la orden de Cárdenas de lograr que el Gobierno de Vichy permitiera a México “acoger a todos los refugiados españoles de ambos sexos residentes en Francia”, la mayoría de ellos internados en campos de concentración.

A primera hora de la tarde del lunes 8 de julio de ese año, Rodríguez llegaba en su Buick al Hôtel du Parc donde sería recibido por el mariscal Pétain. Durante media hora los dos hombres, “él sentado en una butaca y yo al borde de su lecho”, como relató el diplomático en las notas de su diario, discutieron el caso de los exiliados españoles:

-“¿Por qué esa noble intención –me dijo- que tiende a favorecer a gente indeseable?”.

 -“Le suplico la interprete usted, señor mariscal, como un ferviente deseo de beneficiar y amparar a elementos que llevan nuestra sangre y nuestro espíritu”.

Al final, el mariscal accedió y un convenio firmado el 22 de agosto hizo posible la reanudación del embarque de exiliados a México. 

Las virtudes y entrega del diplomático mexicano superarían a lo largo de aquellos meses tremendas dificultades como la falta de transporte y recursos económicos, la división entre los republicanos españoles, las dudas sobre la conveniencia de la medida en el interior del propio Gobierno mexicano, la indignación de la derecha de este país ante la llegada de miles de “rojos” y la animadversión de la prensa francesa. Le Petit Journal de Marsella celebraría el acuerdo, en un artículo publicado el 3 de septiembre de 1940, con estas palabras: “Buen viaje, señores, háganse colgar en otra parte”.

 Y días más tarde en Le Journal, Max Massot firmaba un reportaje sobre los campos de concentración, que comenzaba así: “Los despojos del Ejército español van a salir de Francia (…) huéspedes indeseables, soldados inútiles”.

La acción de Luis I. Rodríguez fue también crucial para sacar del territorio francés a Juan Negrín, dar protección jurídica a Luis Nicolau d’Olwer, exministro de Hacienda y exgobernador del Banco de España y enterrar con dignidad a Manuel Azaña.

Aquella mañana del martes 5 de noviembre de 1940, el prefecto de Montauban quiso impedir la presencia de españoles en el cortejo y enterrar al último presidente de la II Republica con la bandera de Franco. 

Rodríguez se enfrentó a él, negándose a semejante “blasfemia”, y al no poder hacerlo con la republicana, desafío al representante de las autoridades francesas con estas palabras: “Lo cubrirá con orgullo la bandera de México; para nosotros será un privilegio; para los republicanos, una esperanza, y para ustedes una dolorosa lección”.

En 1973, Luis I. Rodríguez, de quien Pablo Neruda escribió que tenía “algo de domador popular y algo de gran señor de la conciencia”, fue enterrado en México en un féretro cubierto con la bandera de la República española.

Gilberto Bosques
 
Otro gigante de la solidaridad internacional fue Gilberto Bosques, cónsul general de México en París en aquellos años, quien rescató a Max Aub del campo de concentración de Vernet y más tarde de otro del norte de África. 

Amigo de Negrín, a quien califica de “gran gourmet” en el libro Gilberto Bosques: el oficio del gran negociador, resumen de ocho entrevistas realizadas al diplomático por Graciela de Garay en los años ochenta, Bosques trasladó el consulado a Marsella tras la rendición de Francia. 

Allí se las ingenió para alquilar dos castillos que convirtió en residencias de asilo para los exiliados españoles. En el castillo de Reynarde se alojaron 850 refugiados de todas las profesiones y oficios. En el de Montgrand, 500 mujeres y niños. 

Bosques organizó la vida de los republicanos en esta especie de purgatorio antes de embarcarlos para México, vía Marsella o Casablanca, creando un servicio médico, una oficina jurídica, una escuela e incluso montando obras teatrales y competiciones deportivas.
 
La actividad de Bosques se complicaría tras la evacuación de refugiados judíos y la consiguiente ruptura de relaciones de México con el régimen de Vichy en noviembre de 1942. La legación fue asaltada por la Gestapo y las 43 personas que la integraban con el cónsul y su familia a la cabeza fueron detenidos y trasladados en febrero de 1943 a un hotel prisión de Bad Godesberg, en Alemania, donde permanecerían un año.

Una vez liberados, de regreso a México, Bosques sería nombrado embajador en Portugal tras el fin de la II Guerra Mundial. Allí continuaría la labor realizada en Francia. 

“Se me encargaría de auxiliar a los refugiados españoles que atravesaban la frontera de España y Portugal y eran capturados por la policía portuguesa para ser entregados a Franco. Regularmente su destino era el cadalso”.

Tras pasar por Suecia y Cuba, el diplomático se retiró de la vida pública en 1964 con la llegada a la presidencia mexicana de Gustavo Díaz Ordaz. “No quería verme en el caso de colaborar con ese señor”, se justificó.

Antes, Isidro Fabela y Narciso Bassols, se habían erigido, desde su posición de delegados de México en la Sociedad de Naciones, en defensores morales de la II República, denunciando en Ginebra la intervención de la Italia fascista y la Alemania nazi en la guerra civil española y la hipócrita neutralidad de las democracias.

 Con discursos y obras –Bassols sería embajador en Francia al comienzo de la crisis de los refugiados españoles en febrero de 1939- ambos articularían la iniciativa humanitaria de Cárdenas.

Fabela adoptaría dos huérfanos españoles y sería entre 1942 y 1945 gobernador del Estado de México donde formaría dentro del futuro PRI el influyente grupo de Atlacomulco, su pueblo natal y el mismo de Peña Nieto.

 Bassols rompería con Cárdenas tras acoger este a Trotsky y en 1944 sería nombrado embajador en la URSS. Pero eso ya son otras historias. Sus acciones, junto con las de Rodríguez y Bosques, no solo salvaron la vida a miles de españoles. Consagraron el derecho de asilo como una actitud internacional de México."          (El País, 22/11/2012)