Mostrando entradas con la etiqueta Odio: causas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Odio: causas. Mostrar todas las entradas

8/11/23

Frédéric Lordon: Catálisis totalitaria... Existe una economía general de la violencia... Una vez que la injusticia se ha llevado al límite, una vez que el grupo ha experimentado el asesinato en masa —y, lo que es peor, la invisibilización del asesinato en masa—, ¿cómo no podría emanar de todo ello un odio con sed de venganza?... Conceder que se trata de «terrorismo» es negar que lo que ocurre en Israel-Palestina es de carácter político... El pueblo palestino está en guerra: no se le ha dado mayor margen de maniobra... «Han convertido a Gaza en algo monstruoso»... Sin que sea necesario echar mano a «terrorismo», desafortunadamente bastan «guerra» y «crímenes de guerra» para describir el colmo del horror... crímenes que llevan a crímenes, crímenes que precedieron a crímenes... Multitud de testimonios en vídeo de crímenes todavía frescos cometidos por Israel: ni una palabra... Las tragedias israelíes se personifican en desgarradores testimonios, las tragedias palestinas se aglomeran en estadísticas. Hablando de estadísticas: nos gustaría saber qué proporción de los hombres de Hamás que salieron al ataque ese fin de semana habrían cargado en sus brazos los cadáveres de sus seres queridos, los cuerpos desarticulados de bebés, hombres para quienes la vida ya no tiene otro sentido… que no sea la venganza... Que el martirio colectivo se pueda reducir así a la nada, que se niegue todo valor a la vida de los árabes y que ello pueda continuar indefinidamente, vaya ilusión colonizadora... todo el Occidente oficial comulga con esa ilusión. En Francia, a un grado asombroso... el bloque burgués francés es más israelí que los israelíes: se rehúsa a que se diga «apartheid» aunque lo digan los propios funcionarios israelíes; se rehúsa a que se diga «Estado racista» aunque lo diga una parte de la izquierda israelí, que a veces dice incluso más... El mundo árabe, y no sólo él, no deja de observar todo esto, y todo ello se sigue grabando en la memoria de sus pueblos. Cuando la némesis regrese, porque lo hará, los dirigentes occidentales, atónitos y con los brazos cruzados, seguirán sin comprender nada. Stupid white men

 "Frédéric Lordon analiza la situación en Palestina y cuestiona la reacción en los principales medios de comunicación franceses a la declaraciones de Jean-Luc Mélenchon, líder de La France insoumise, en relación con el ataque de Hamás contra Israel.

En esta entrada de su blog en Le Monde diplomatique, publicada el pasado 15 de octubre de 2023, Frédéric Lordon parte de la reacción en los principales medios de comunicación a declaraciones de Jean-Luc Mélenchon, líder de La France insoumise, en relación con el ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre, para reflexionar sobre lo que denomina «economía general de la violencia» y conceptos como «terrorismo» y «crímenes de guerra», así como sobre las implicaciones políticas y éticas de esa «economía» para el conflicto en Oriente Medio y más allá.

 Existe una economía general de la violencia. Ex nihilo nihil: nada viene de la nada. Siempre hay antecedentes. Por desgracia, esa economía se rige por un solo principio: la reciprocidad… negativa. Una vez que la injusticia se ha llevado al límite, una vez que el grupo ha experimentado el asesinato en masa —y, lo que es peor, la invisibilización del asesinato en masa—, ¿cómo no podría emanar de todo ello un odio con sed de venganza? Las justificaciones estratégicas —hacer fracasar la normalización de las relaciones entre árabes e israelíes, reinstaurar en la escena internacional el conflicto palestino-israelí—, si bien reales, se han tropezado, sin embargo, con el hecho de que entre sus recursos figura el combustible de la venganza asesina. 

«Terrorismo»:  palabra sin salida 

La France insoumise no ha cometido los errores de que se la acusa. Pero ha cometido uno. Y grave. Frente a un acontecimiento de esta índole, no se puede pasar directamente al análisis sin antes expresar al horror, el espanto y la abominación[1]. No basta con pagar la cuota mínima de compasión ni, para salir del apuro guardando las apariencias, con soltar unas cuantas obleas verbales. Incluso si lo que se concede al pueblo palestino no rebasa esa cuota, se imponía esta vez atenerse al deber antes enunciado… y avergonzar a los prescriptores de la compasión asimétrica. 

Y, sin embargo, ese error, innegable, se ha aprovechado y se ha desplazado para transformarse —en el debate público— en motivo de emplazamiento y hasta de abjuración, respecto del cual La France Insoumise tiene esta vez toda la razón en no ceder: la cuestión del «terrorismo». ¿Debe ser el «terrorismo» —como afirma Vincent Lemire— «el punto de partida del debate público»? No. Ni siquiera es el punto de llegada: cuando mucho, su callejón sin salida. «Terrorismo» es una palabra sin salida. Es lo que nos recuerda Danièle Obono, y no le falta razón. Incapaz de otra cosa que no sea establecer como única perspectiva la erradicación e impedir cualquier análisis político, «terrorismo» es una categoría que se sitúa al margen de la política, una categoría que te saca de la política. La prueba la da Macron: «unidad de la nación» y derivados, 8 veces en 10 minutos de morondanga. Suspensión de los conflictos, neutralización de los desacuerdos, decreto de unanimidad. Conclusión lógica: las manifestaciones de apoyo al pueblo palestino son manifestaciones de apoyo al terrorismo e incluso manifestaciones terroristas, que es por lo que están prohibidas. 

Conceder que se trata de «terrorismo» es negar que lo que ocurre en Israel-Palestina es de carácter político. Y ello en grado sumo. Incluso si esa política adopta la forma de la guerra, continuando así por otros medios, según la fórmula de Clausewitz. El pueblo palestino está en guerra: no se le ha dado mayor margen de maniobra. En su seno se formó una entidad para dirigirla: ¿de dónde pudo haber salido? «Han convertido a Gaza en algo monstruoso» —dice Nadav Lapid. ¿Quiénes son «ellos»? 

 Sin que sea necesario echar mano a «terrorismo», desafortunadamente bastan «guerra» y «crímenes de guerra» para describir el colmo del horror. También bastan para describir las abominables masacres de civiles. Si para hablar de algo como la guerra —cosa que por principio equivale a matanza— se ha acuñado la categoría de «crímenes de guerra», sin caer en el pleonasmo, es para designar actos que hacen que algo que de por sí es atroz alcance niveles incluso superiores de atrocidad. En cualquier caso, es ese el momento en que una vez más hay que pensar en términos de economía general de la violencia: crímenes que llevan a crímenes, crímenes que precedieron a crímenes. La obstinación con que se quiere hacernos pronunciar la palabra «terrorismo» no satisface más que necesidades pasionales, sin ningún tipo de rigor intelectual. 

En realidad, «terrorismo» y «crímenes de guerra» son dos categorías que no dejan de entrecruzarse y que no perfilan ninguna antinomia estable. Hiroshima se ajusta, en sentido estricto, a la definición de terrorismo formulada por las Naciones Unidas: matar a civiles que no son parte directa en las hostilidades con el fin de intimidar a una población u obligar a un gobierno a realizar un determinado acto. ¿Se ha hablado alguna vez de terrorismo en el caso de la bomba de Hiroshima? ¿Y en el de Dresde? Al igual que en Hiroshima: aterrorizar a una población para obtener la capitulación de su gobierno. 

Pero para quienes, en la situación actual, han hecho de ello motivo de abjuración, «terrorismo» tiene una virtud insustituible: hacer que la violencia parezca desprovista de todo sentido. Y de causas. Violencia pura, venida de ninguna parte, que en rigor no reclama otra acción que no sea la extirpación, eventualmente en el registro elevado de la cruzada: el choque de civilizaciones, el eje del Bien, sin que haya margen para cuestionamiento alguno. Es cierto que en este caso navegamos por sobre aguas vallsianas[2], en las que comprender y conmoverse entran en contradicción y necesariamente disminuye la sensación de horror, lo que a su vez hace que aumente la complacencia. El imperio de la estupidez, como un derrame de petróleo, jamás deja de expandirse. 

La pasión por no comprender 

Sobre todo eso: no comprender. Lo cual, por otro lado, exige que se haga un esfuerzo, pues son abrumadoras las pruebas y basta con tener abiertos los ojos… para comprender. Se martiriza a todo un pueblo por medio de una ocupación que dura ya casi 80 años. Se lo encierra, se lo hacina al punto de enloquecerlo, se lo mata de hambre, se lo asesina, y no queda ni una sola voz oficial que diga una palabra al respecto. Así, 200 muertos en diez meses: ni una palabra —entiéndase ni una palabra que se pueda comparar ni remotamente con las palabras que se empeñan a favor de los israelíes. Multitud de testimonios en vídeo de crímenes todavía frescos cometidos por Israel: ni una palabra. Marchas pacíficas de palestinos hacia la frontera, 2018, 200 muertos: ni una palabra. Francotiradores que tiran al blanco apuntando a las rodillas, 42 en una tarde, un montón: pero ni una palabra: sí: «el ejército más moral del mundo». Exsoldados del ejército más moral del mundo que denuncian la repulsión, la crueldad de lo que les hicieron hacer a los palestinos: ni una palabra. A cada una de las abominaciones cometidas por Hamás el 7 de octubre podría oponérsele otras tantas o más cometidas por los militares o los colonos: esas que apenas hacen que se forme una onda en la superficie del agua. Las tragedias israelíes se personifican en desgarradores testimonios, las tragedias palestinas se aglomeran en estadísticas. Hablando de estadísticas: nos gustaría saber qué proporción de los hombres de Hamás que salieron al ataque ese fin de semana habrían cargado en sus brazos los cadáveres de sus seres queridos, los cuerpos desarticulados de bebés, hombres para quienes la vida ya no tiene otro sentido… que no sea la venganza. No se trata de «terrorismo», sino del metal fundido de la venganza vertido en la lucha armada. Eterno motor de la guerra. Y de sus atrocidades. 

En cualquier caso, es ese el sentimiento de injusticia que mantiene unido al grupo. Una vida que no vale lo que otra: no puede haber mayor injusticia. Hay que ser demasiado obtuso para no ser capaz de imaginárselo; en el mejor de los casos, ni siquiera por comprensión humana, sino por simple precaución estratégica. Que el martirio colectivo se pueda reducir así a la nada, que se niegue todo valor a la vida de los árabes y que ello pueda continuar indefinidamente, vaya ilusión colonizadora. 

Bloque burgués e «importación» 

Pero hay algo que resulta todavía más sorprendente: todo el Occidente oficial comulga con esa ilusión. En Francia, a un grado asombroso. Es grande la preocupación por los riesgos de «importación del conflicto». Sin darse cuenta de que el conflicto ya se está importando en una escala masiva. Por supuesto, «importación del conflicto» es una manera apenas velada de decir «árabes», «inmigrantes», «suburbios». Si bien no es ese en absoluto el verdadero canal de importación, que por el contario tenemos delante de nuestros propios ojos, tan ancho como el de Panamá, borboteando como una tubería de presión: el canal de importación del conflicto es el bloque burgués (Amable y Palombarini ©[2]). Todo su aparato —personal político, mediocracia en cuadro apretado y medios de comunicación en «edición especial»— se activó al instante para la importación. ¿Por qué tanta fijación con el terrorismo? Por La France Insoumise, claro está: y dale con lo mismo. Esta vez, sin embargo, con un nuevo punto de vista: el punto de vista de la importación interesada. Cuando afuera el bloque burgués cierra filas con Israel, aprovecha la oportunidad para unirse contra sus enemigos dentro. 

En este caso lo que se necesitaría es un análisis de la solidaridad refleja del bloque burgués con «Israel» (en cuanto entidad indiferenciada: población, Estado, gobierno) y de las afinidades por las que esa solidaridad pasa. Afinidades burguesas: el mismo gusto por la democracia adulterada (burguesa), la misma posición estructural de dominio (dominio nacional, dominio regional), las mismas representaciones mediáticas ventajosas, en este caso de Israel como sociedad burguesa (start-ups y fun en Tel Aviv). Todo lleva al bloque burgués a reconocerse espontáneamente en la entidad «Israel» y, por tanto, a abrazar su causa. 

Es más: el bloque burgués francés es más israelí que los israelíes: se rehúsa a que se diga «apartheid» aunque lo digan los propios funcionarios israelíes; se rehúsa a que se diga «Estado racista» aunque lo diga una parte de la izquierda israelí, que a veces dice incluso más; se rehúsa a que se hable de la aplastante responsabilidad del Gobierno israelí aunque de ello hable Haaretz; se rehúsa a que se hable de la política cada vez más letal de los gobiernos israelíes, aunque de ello hable una avalancha de altos funcionarios israelíes; se rehúsa a decir que Hamás cometió «crímenes de guerra», aunque lo digan las Naciones Unidas y el derecho internacional. Gideon Levy: «Israel no puede encarcelar a dos millones de palestinos sin pagar un terrible precio.» Daniel Levy, exdiplomático israelí, a una periodista de la BBC que le dice que los israelíes a punto de aniquilar Gaza están «defendiéndose»: «¿Cómo puede decir usted algo así sin pestañear? ¿Decir semejante mentira?» El bloque burgués: «Israel no hace otra cosa que defenderse.» Dice «terror» cuando los rusos cortan el acceso de Ucrania a todo recurso, pero no dice nada cuando Israel corta el acceso de Gaza a todo recurso. El bloque burgués experimenta un rapto de identificación que nada puede desarmar. 

Lo experimenta tanto más intensamente cuanto que la lucha contra los enemigos del hermano burgués de fuera y la lucha contra los adversarios del bloque burgués de dentro se refuerzan mutuamente. Es como una gigantesca resonancia inconsciente, que adquiere toda su fuerza en una situación de crisis orgánica en la que el bloque burgués impugnado está dispuesto a todo con tal de mantenerse. 

El bloque mira a su alrededor y no ve sino a un solo enemigo de consideración: la France Insoumise. El Partido Socialista, Europa Ecología Los Verdes, el Partido Comunista, a todos los ha neutralizado, no hay de qué preocuparse por ellos. Son gente que no representa ningún peligro y hasta pueden ser preciosos auxiliares. La France Insoumise, no. Se presenta ahora una oportunidad para aniquilarla: sin vacilar ni por un segundo. Al igual que con Corbyn y Sanders, las fabulaciones sobre su antisemitismo ya habían alcanzado velocidad de crucero, pero una oportunidad como ésta no se presenta todos los días. El paso en falso inaugural de La France Insoumise resultó providencial: todo podrá hacerse pasar por esa brecha: mentiras flagrantes, tergiversación descarada de declaraciones, encuestas falsas sobre declaraciones ficticias o sobre la ausencia de declaraciones, acusaciones delirantes. La BBC se abstiene de decir «terrorista», pero la France Insoumise tiene que decirlo. Académicos incuestionables producen análisis en los programas de televisión, pero el mismo análisis hecho por la France Insoumise es motivo de escándalo. La posición de la France Insoumise, en resumidas cuentas, es bien similar a la de las Naciones Unidas, pero se la tilda de antisemita. «¿Qué busca Jean-Luc Mélenchon? ¿Condonar el terrorismo islamista?», se pregunta sutilmente La Nuance. 

Cristalización 

La violencia del espasmo que sacude la vida política en Francia no tiene otra causa. El acontecimiento ha actuado como un poderoso reactivo que hubiese revelado todas las tendencias actuales del régimen, llevándolas a un punto al que ni siquiera las revueltas de julio les habían hecho alcanzar. El efecto catalizador ha sido abrumador. Crisis tras crisis, la dinámica pre-fascista no deja de adquirir consistencia y profundizarse. Meyer Habib, diputado francés de extrema derecha israelí, lo expresó en estos términos: «Rassemblement National[4] ha entrado en el campo republicano.» 

En cada ocasión, la hora de la verdad no deja de tener sus ventajas: ahora sabemos en qué consiste el campo republicano. Es el campo que prohíbe la disensión, que prohíbe la expresión pública, que prohíbe las manifestaciones, que impone la unanimidad o el silencio y que hace que sus matones policiales amenacen a todos aquellos y a todas aquellas que puedan verse tentados a seguir haciendo política en torno a la cuestión israelo-palestina. Es el campo que hace que instituciones universitarias adviertan de la publicación de comunicados por sindicatos estudiantiles, que estaría considerando discretamente la posibilidad de enjuiciar a organizaciones como el Nuevo Partido Anticapitalista o Révolution permanente y que es probable que esté pensando ya secretamente en disolverlas. 

De hecho, es mucho más que un espasmo. Por definición, un espasmo acaba por distenderse. En este caso, cristaliza: precipita una fase. Y no cualquier fase, sino la catálisis totalitaria. «Totalitaria» es la categoría que se impone en el caso de toda empresa política destinada a producir unanimidad bajo coacción. La intimidación, el alineamiento a la fuerza, el afán de venganza, la distorsión sistemática y la reducción a monstruosidad de toda opinión divergente son las operaciones de primer orden. Después vienen la prohibición y la penalización. Mostrar apoyo al pueblo palestino se ha convertido en un delito. Desplegar una bandera palestina se castiga con una multa de 135 euros: en vano se le busca algún fundamento jurídico presentable. «Free Palestine» es un graffiti antisemita… según CNews, que se ha convertido en árbitro de los buenos modales en la materia, signo del trastorno de los tiempos, en que la connivencia actual con antisemitas reparte acusaciones de antisemitismo, mientras que la connivencia anterior con los nazis reparte acusaciones de nazismo. Con la aprobación silenciosa del resto del campo político y mediático. En los pasillos de toda la galaxia Bolloré, no paran de desternillarse de risa, mientras que en LREM[5], France Inter y todos los programas como-se-llamen de France 5, se lo toman al pie de la letra. El campo republicano es el campo que suspende la política, las libertades y los derechos fundamentales, el campo unido en el racismo antiárabe y el desprecio por la vida de quienes no son blancos. 

El mundo árabe, y no sólo él, no deja de observar todo esto, y todo ello se sigue grabando en la memoria de sus pueblos. Cuando la némesis regrese, porque lo hará, los dirigentes occidentales, atónitos y con los brazos cruzados, seguirán sin comprender nada. Stupid white men. "                                ( , JOCOBIN LAT, 05/11/23)

11/7/22

¿Qué lleva a un joven a perpetrar un tiroteo masivo?

 "Nunca voy a superar el hecho de que nuestra sociedad parece producir un flujo constante de hombres jóvenes que creen que es heroico asesinar a personas inocentes. Leo sus historias. Veo los estudios sociológicos. Trato de entender el camino que los ha llevado a su comportamiento malvado.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos.

Lo más común que se dice de los asesinos en masa es que tienen problemas mentales, pero a veces eso no es del todo cierto. Esto se ha estudiado de diversas maneras. A la mayoría de los asesinos masivos no se les ha diagnosticado una enfermedad mental. En general, son las circunstancias que los hacen cometer esos actos y no una enfermedad subyacente.

El lugar más preciso para empezar es con algo que George Bernard Shaw escribió hace muchos años: “El peor pecado hacia nuestros semejantes no es odiarlos, sino ser indiferente con ellos: esa es la esencia de la inhumanidad”.

Estos jóvenes muchas veces son fantasmas. Muchas veces experimentaron algún trauma en su primera infancia, como abuso o acoso extremo. En la escuela, nadie los conoce. Los niños y las niñas los rechazan. Luego, cuando los periodistas entrevistan a sus maestros o vecinos, los recuerdan como retraídos y distantes. A menudo, estos jóvenes carecen de habilidades sociales. ¿Por qué nadie me quiere? Como dijo un investigador: no necesariamente es que sean solitarios, sino que fracasaron al intentar integrarse.

Se endurecen en su soledad. Una persona que conocía a un tirador en masa comentó en la revista GQ: “Era callado, al punto de incomodar, al punto de ser extraño. De verdad, muy raro”. Los humanos solo se dan cuenta de cuánto ansían el reconocimiento del mundo cuando no lo tienen y, como no lo obtienen, se sumergen en sí mismos.

Los estresores se acumulan: les va mal en la escuela, les va mal en el trabajo, tienen encuentros humillantes con otros. Se siente vergonzoso ser tan indigno de la atención humana. Nos vemos como otros nos ven y, cuando nadie nos ve, nuestro sentido del ser se desintegra. No están bien equipados para lidiar con su dolor.

Muchos consideran suicidarse. Esto es importante. El asesinato en masa muchas veces es una forma de suicidio y puede considerarse algo parecido. En su desesperación, varios parecen tener una especie de crisis de identidad. ¿Es mi culpa o es la del mundo? ¿Soy un perdedor o ellos son los perdedores?

Y aquí es donde el victimismo se convierte en villanía. Los que se hacen asesinos en masa deciden que son Superman y que el mundo está lleno de hormigas. Deciden suicidarse de una manera que egoístamente les dará lo que más ansían: ser conocidos, ser reconocidos, ser famosos.

Elaboran una narrativa en la que ellos son el héroe. El mundo es malo y ellos se enfrentarán al mundo. O el mundo corre un peligro catastrófico. Mujeres/negros/judíos nos están destruyendo y ellos les devolverán el golpe. Estas narrativas alimentadas por internet tienen un poder excitante: los hacen sentir justos, fuertes e importantes. Las personas cuyas vidas se están hundiendo en el caos se aferran a cualquier historia en blanco y negro que les proporcione orden y propósito.

Por supuesto que las narrativas son pura demencia maliciosa. “La soledad ofusca”, escribió Giovanni Frazzetto en su libro Together, Closer. “Se convierte en un filtro engañoso por el que podemos vernos a nosotros mismos, a otros, al mundo”.

Las armas parecen tener también algún tipo de efecto psicológico. Para las personas que se han sentido impotentes toda la vida, las armas parecen proporcionar una sensación de poder casi narcótica. Tal vez sea el placer que sienten al posar con sus armas lo que lleva a algunos de ellos al límite. Las armas son como serpientes en los árboles que les susurran.

A estas alturas, su imagen de las relaciones humanas ideales es enfermiza. No es amigo-amigo. Es celebridad-fanático. La única forma de compañía humana que pueden imaginar es la de ellos mismos transmitida en una pantalla y la de las multitudes sin rostro que la miran y la repostean.

Empiezan a tramar su embestida, que es una representación teatral. Quieren que sea lo más público y espectacular posible. Muchos no son sigilosos al respecto. Se lo cuentan a la gente. Publican videos. Se consideran miembros de la hermandad de asesinos y se regodean con delirios de grandeza. Pero incluso en el último momento, especialmente entre los más jóvenes, suele haber un llamado de auxilio a última hora. Quieren que alguien les diga: No tienes que hacer esto.

El artículo más impactante que leí mientras investigaba para esta columna fue escrito por Tom Junod para Esquire en 2014. Entrevistó a un joven que, según los fiscales, se propuso cometer un tiroteo masivo, pero fue atrapado antes de que pudiera empezar. (El hombre se declaró culpable de robo de vehículos y cumplió condena por ello).

Cuando salió de la cárcel, miró su antiguo anuario de la preparatoria y se sorprendió. Sus compañeros de clase lo habían firmado y le proponían reunirse durante el verano. La gente le tendía la mano, pero él había sido demasiado egocéntrico para verlo.

El día que se dispuso a salir armado con armas, municiones y un machete, no quería hacerlo. Era como un deber doloroso. Le dijo a Junod: “Quería que me prestaran atención. Si alguien se hubiera acercado a mí y me hubiera dicho: ‘No tienes que hacer esto, no tienes que tener esta extraña fuerza, te aceptamos’, me habría derrumbado y me habría rendido”.                   (David brooks, The New York Times, 10/07/22)

20/3/19

“Jamás maté a nadie”, dicen todos los inculpados en matanzas vinculadas a movimientos de muchedumbre. “No soy yo, es todo el mundo, yo di solo una patada”.

"(...) Laurent Mauvignier (Tours, 1967) se dio a conocer en nuestro país, aunque ya contaba con media docena de títulos en su haber y una buena legión de fieles lectores en Francia, sin olvidar los flamantes Prix Virilo y Prix des Libraires, entre otros galardones. (...)

 Ha explorado el miedo desde distintos ángulos. ¿Hay que temerle más al individuo o a las masas?

Las masas, escondiendo al individuo, haciéndolo invisible, le dan toda la sensación de fuerza y de impunidad. Este cóctel es explosivo. La masa es diferente de la muchedumbre. La masa piensa: es la opinión pública, mientras que la muchedumbre actúa: es una nube que hay que contener durante las manifestaciones, es un organismo vivo que aplasta todo a su paso en el momento de pánico.

 La muchedumbre puede exacerbar las violencias individuales porque, autorizándolas, las libera del peso de la conciencia individual. “Jamás maté a nadie”, dicen todos los inculpados en matanzas vinculadas a movimientos de muchedumbre. “No soy yo, es todo el mundo, yo di solo una patada”.

No se sienten responsables de lo que hacen todos ¿no?

 La muchedumbre permite esto, libera la pulsión de muerte, de agresividad, del individuo. Así pues, podemos temer a ambos: el individuo encuentra en la muchedumbre el medio de su expresión, y la muchedumbre se alimenta de la energía reprimida de los individuos.

 La masa tiene que ver con las ideas: el fascismo, o como una sociedad puede autorizar la violencia legal, el crimen de masa (lo hemos visto en Ruanda), es todavía más complejo. Pero es un poco lo mismo en el plano de las ideas. La masa da a cada uno el permiso tácito de pensar lo peor, dándole la impresión de que no tiene ninguna responsabilidad (...)"                  (Entrevista a Laurent Mauvignier, Alejandro Luque, m'sur, 16/03/19)

4/10/16

¿Son los humanos violentos por naturaleza? Sí...

 Masacre de civiles polacos durante la ocupación nazi en 1939 / Wikipedia

"Un equipo de científicos españoles ha demostrado que la violencia interpersonal letal, por la cual un sujeto es capaz de matar a sus semejantes, es un comportamiento ampliamente extendido en mamíferos, y la especie humana la ha heredado durante el curso de su evolución.

En un estudio que publica esta semana la revista Nature, los investigadores han recopilado datos de más de 4 millones de muertes y cuantificado el nivel de violencia letal en 1.024 especies de mamíferos, a partir de 137 familias taxonómicas y en alrededor de 600 poblaciones humanas, que van desde hace 50.000 años hasta el presente.

“¿Son los humanos violentos por naturaleza, como decía Hobbes, o seres pacíficos a los que la civilización corrompe, como sugería Rousseau? Esta cuestión ha cautivado a pensadores y científicos desde tiempos inmemoriales, pero a día de hoy aún no contamos con una respuesta definitiva, aunque probablemente ambos tenían parte de razón”, explica el autor principal de este trabajo, el investigador de la Estación Experimental de Zonas Áridas (EEZA-CSIC) y la Universidad de Granada José María Gómez Reyes.

En este estudio, en el que también participan la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y el Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE-CSIC), los investigadores trabajaron sobre la idea de que el componente violento de la naturaleza humana podría deducirse de nuestra historia evolutiva en común con los mamíferos.

Mamíferos más o menos violentos

Los científicos encontraron que existen linajes de mamíferos muy poco violentos con sus semejantes y otros donde la agresión es frecuente. “Los humanos pertenecemos evolutivamente a uno de estos últimos linajes, lo que indica que la violencia que manifestamos ya ocurría en las especies que fueron nuestros ancestros” indica Marcos Méndez, de la URJC.

Tomando datos de humanos y otros mamíferos de una variedad de fuentes bibliográficas, y utilizando instrumentos comparativos filogenéticos, los científicos han determinado que la violencia letal como consecuencia de nuestro pasado evolutivo es en torno al 2%. “La violencia letal en humanos tiene, por tanto, un indudable componente evolutivo que antecede a nuestro propio origen como especie”, apunta Adela González Megías, investigadora de la UGR.

No obstante, una revisión de la violencia letal en 600 sociedades humanas, desde el Paleolítico hasta la actualidad, reveló que no es posible ignorar las influencias culturales sobre la violencia letal en humanos.

“Los niveles de violencia interpersonal letal han cambiado a lo largo de la historia, Así, el grado de violencia letal en las sociedades prehistóricas concuerda estrechamente con la estimada a partir de nuestra larga historia evolutiva conjunta con otros mamíferos, pero aumenta mucho en las sociedades caciquiles y desciende a niveles muy bajos en sociedades más complejas”, destaca Miguel Verdú, investigador del CIDE-CSIC.

Por ello, aunque la violencia interpersonal es un rasgo primordial en el ser humano, el tipo de organización social que desarrollemos puede mitigarla y favorecer la resolución pacífica de nuestros conflictos. La herencia evolutiva no lo es todo: la cultura puede mitigar la violencia."             (Público, 29/09/16)

29/12/15

El linchamiento de una mujer


"Las imágenes son insoportables. Una turba enfurecida golpea a una mujer hasta matarla en Kabul, y no se detiene ahí. Ocurrió en marzo y ahora el NYT ofrece la historia completa, la de su asesinato y el proceso judicial posterior, a lo que une un vídeo con imágenes del momento del linchamiento. 

Porque muchos de los testigos se ocuparon de grabar los hechos con sus móviles. Nadie intervino para salvar a la mujer, excepto algunos policías en un intento fracasado de subirla al tejado de una caseta. Otros agentes contemplaron el crimen sin moverse.

La historia no sería más aceptable si la víctima hubiera cometido algún delito. Pero lo que hizo Farkhunda Malikzada, una estudiante de 27 años, fue denunciar que alguien se dedicaba a vender amuletos en un santuario religioso de la capital de Afganistán. El responsable salió a la calle y la acusó en público de haber quemado un Corán.

Farkhunda había metido algunos de esos amuletos en un cubo y les había prendido fuego (algunos de ellos son poco más que inscripciones hechas en un papel que se supone que dan buena suerte en aquello que busca la persona que los compra). Según la comisión de investigación puesta en marcha por el Gobierno, el custodio del santuario metió en el cubo páginas de un Corán quemado hace tiempo, y eso fue lo que enseñó a la gente en la calle.
 
Alguno se preguntará cómo esa persona podía tener en su poder páginas quemadas del libro sagrado para los musulmanes. No es extraño que en una mezquita o centro religioso se guarden en una habitación restos de coranes viejos y rotos. Lo que no está permitido es tirarlos a la basura.

El custodio echó a la gente contra la mujer porque lo más probable es que el “adivino” y él tuvieran un trato para que el primero vendiera esos amuletos, y también condones y pastillas de Viagra, como se supo después.  (...)

Farkhunda no fue asesinada en una zona controlada por los talibanes ni el crimen fue cometido por un grupo yihadista. Se produjo en la capital del país, a plena luz del día y frente a decenas de policías. Los asesinos, las personas que les jalearon y los que no hicieron nada para detenerlos eran habitantes de Kabul. (...)"                  (Guerra eterna, 27/12/15)

16/1/14

Se ve a esas gentes ir desapareciendo paso a paso en las tinieblas, en la muerte espiritual



“París, 24 de septiembre de 1943

Visita del pastor B., que acude con frecuencia a leerme poesías. Conversamos sobre la situación; según su modo de ver las cosas, sólo tiene una salida: el empleo de la nueva arma. 

En Alemania todo el mundo susurra maravillas acerca de ella, bajo la intervención y dirección secretas de los servicios de propaganda. La gente cree que es posible aniquilar grandes partes o incluso la totalidad de la población inglesa.

 Desde luego esa misma gente está convencida a la vez, y no sin razón, de que en la parte contraria -y no sólo entre los rusos, sino también entre los ingleses alientan iguales deseos. Los grandes ataques con fósforo, como el lanzado contra Hamburgo, constituyen ya una realización local de tales deseos.

 Y así se llega, en este desierto de incendios, a esperanzas y sueños que se atarean en borrar de la existencia a grandes pueblos. Significativo del grado en que los seres humanos han quedado prendidos en la maleza roja es el hecho de que un clérigo no sólo haya sido víctima de esa locura, sino que divise en el exterminio la única salvación.

 Se ve a esas gentes ir desapareciendo paso a paso en las tinieblas, en la muerte espiritual, como desaparecían en la montaña los niños de Hamelin, de que habla el cuento popular.”

 (Ernst Jünger: Radiaciones II. Diarios de la segunda guerra mundial (1943-1948). Tusquets Editores, 2005. Págs. 147/8)

29/10/12

¿De dónde nacen el odio, la violencia, el crimen?, ¿a qué conclusión debemos llegar sobre la naturaleza de la humanidad?

"Gitta Sereny, fallecida en junio de 2012 a los 91 años, fue una de las más importantes periodistas del siglo XX, autora de varios libros extraordinarios que tratan de desentrañar una pregunta fundamental y obsesiva: ¿de dónde nacen el odio, la violencia, el crimen?

 Si suponemos, como ella, que esos comportamientos son la encarnación del mal y que, por otra parte, no existen dos subespecies humanas, la de los monstruos y la de los normales, ¿cómo explicar que se cometan esos actos destructivos? (...)

La envían a la Alemania ocupada por los ejércitos occidentales, con la misión de ocuparse de los niños arrancados de sus lugares de origen. Entonces descubre un crimen insospechado. Al día siguiente de la ocupación de Polonia, las autoridades alemanas habían empezado a fijarse en los niños de aspecto “ario” (rubios y con ojos azules), a secuestrarlos y llevárselos a Alemania, donde los más próximos al modelo racial eran adoptados por familias y los otros estaban destinados a convertirse en trabajadores esclavos.

 Se calcula que los “niños robados” de Polonia fueron 200.000, a los que hay que añadir otros capturados en Ucrania y otros lugares. El crimen exigía una reparación, ¿pero cuál? Los niños habían sufrido un primer choque cuando, con tres, cuatro o cinco años, les habían separado de sus padres, su lengua y su país; al acabar la guerra, cuando tienen 8, 9 o 10 años, vuelven a arrancarlos de sus familias adoptivas, en las que habían estado rodeados de amor, para devolverlos a un país que no conocen, con adultos de los que no se acuerdan y donde se habla una lengua que no entienden. 

La situación se complica aún más por motivos políticos: en la situación de guerra fría que ha sucedido a la guerra real, ¿no sería mejor para los niños enviarlos al paraíso occidental que al infierno comunista? ¿No les convendría más una tercera familia, transatlántica? No es de extrañar que algunos de esos niños después desarrollen comportamientos asociales y tendencias violentas. (...)

Empieza a trabajar como periodista, se instala en Londres y escribe su primer trabajo de investigación sobre Mary Bell, una niña de 11 años que en 1968, con ayuda de una cómplice, mata a dos niños de tres y cuatro años. El crimen conmociona a Inglaterra: ¿cómo es posible cometer un acto tan odioso? 

Sereny pone en práctica su método: interroga a todas las personas involucradas y reúne una información exhaustiva (The Case of Mary Bell, 1972). Veinticinco años más tarde, cuando Mary ya haya salido de la cárcel y esté viviendo bajo una identidad nueva, volverá a entrevistar a la joven convertida en adulta para ahondar en el examen de unos actos y unas circunstancias aparentemente vulgares que transformaron a una niña en asesina. De ahí sale lo que hoy es una obra de referencia sobre la criminalidad infantil (Cries Unheard, 1998).

 Esa misma necesidad de descubrir las fuentes del mal empuja a Sereny en otra dirección. En 1970 entra en contacto con Franz Stangl, el antiguo responsable de Treblinka, el mayor campo alemán de exterminio. Stangl está condenado a cadena perpetua, pero acepta responder a las preguntas de la periodista. Cuando llevan poco más de 70 horas de entrevistas, Stangl fallece; Sereny prosigue su investigación preguntando a sus familiares, allegados y víctimas supervivientes. 

El resultado es un libro excepcional (Desde aquella oscuridad: conversaciones con el verdugo Franz Stangl, comandante de Treblinka, 2009), que permite abordar este enigma: ¿cómo es posible que una persona normal pueda cometer un crimen semejante? Y, si no le excluimos del género humano, como hacía él con sus víctimas, ¿a qué conclusión debemos llegar sobre la naturaleza de la humanidad? (...)

Algunos se han preguntado si Sereny no se acercó demasiado a los sujetos que aparecen en sus libros, Mary Bell, Stangl, Speer, si no los “humanizaba” demasiado. Desde luego, no los excluía del círculo de la humanidad y, al escucharles y transcribir sus palabras, construyó un marco común que les englobaba a ellos y a nosotros. 

Quienes adoptan la fórmula del miembro de las SS con el que se cruza Primo Levi en Auschwitz, “Aquí no hay un porqué”, corren el riesgo de no saber apreciar sus libros. Para juzgar y condenar a los individuos, la empatía no es indispensable y puede ser incluso molesta. Pero no podemos prescindir de ella si el objetivo de nuestra investigación es comprender las razones oscuras de nuestros actos, por odiosos que sean."              ( , El País, 21 OCT 2012)

12/11/10

"Mi verdadera vida empezó en la cárcel"

"He estado en bandas y mantuve todo tipo de actividades", cuenta, sin especificar. Entró y salió con frecuencia de centros juveniles y fue encarcelado por un hurto de 40 dólares (28,87 euros).

Cuando entró en prisión, no sabía leer ni escribir. Primero en la prisión de Soledad, luego en Stockton... "Recuerdo el día que entré. Me encadenaron a otro preso. Se llamaba Muhammad y tenía 45 años. Yo tenía 19. Me dijo que tenía que estudiar, leer, conocer la historia para entender lo que sucedía dentro de las paredes de la cárcel. Ahí empezó mi verdadera vida, mi educación", señala.(...)

"Me involucré en un movimiento que luchaba en prisión por la justicia social. La lucha era como en las calles, porque la cárcel es un microcosmos de la vida exterior. Muchos presos nos rebelábamos contra la brutalidad. Me convertí en diana. El 27 de noviembre de 1973, cuando un guardia de la prisión fue asesinado, yo y otro preso fuimos acusados falsamente".

Ahí empezó su calvario. En 1976 fue condenado a muerte tras dos juicios, y enviado al corredor de San Quintín, una de las cárceles más duras de Norteamérica. Durante tres años, estuvo en peligro de ser asesinado. Hasta que quedó probada su inocencia (...)

Emocionado, se seca el sudor de su cráneo y borra las lágrimas con sus manos, al tiempo que dice: "Cuando salí estaba muy enfadado. Frustrado en realidad. Pero tuve que dejar atrás mi odio. Tenía que hacerlo para seguir adelante. Si no, ahora estaría destruido". ('SHUJAA' GRAHAM: "Mi verdadera vida empezó en la cárcel"El País, 11/11/2010)

18/10/10

"Nadie puede decir cómo se sufre, durante años, viendo morir a los unos y esperando turno los otros"

"Sí, queríamos matar a Franco. Lo íbamos a matar, incluso habíamos preparado una avioneta para ir a matarlo cuando estaba de vacaciones, pero en las cárceles había 200.000 españoles presos, y si lo matábamos no iba a salir uno vivo, por eso el golpe fracasó", explica Martín Arnal, anarquista, en un documental de Eugenio Monesma que se podrá ver en la exposición Tierra y Libertad, 100 años de anarquismo en España, inaugurada ayer en Zaragoza.

El documental recoge los testimonios de antiguos anarquistas, hoy ancianos, que recuerdan con amargura la represión franquista: "Nadie puede decir cómo se sufre, durante años, viendo morir a los unos y esperando turno los otros. Nadie puede explicar cuando un hombre se va a quitar la vida con una correa colgado en el grifo del váter", asegura Antonio Garía Barón.

Los entrevistados relatan el frío recibimiento que encontraron en Francia -muchos fueron a parar a campos de concentración y algunos, de exterminio- o la decepción de verse solos en su lucha contra el franquismo tras haber ayudado a derrotar a Hitler.

Otro anarquista confiesa como, una vez capturado, deseó que le fusilaran "para terminar de una vez con las torturas", y cómo en la soledad de prisión le invadió el odio: "No odiaba a los que me daban golpes, odiaba a toda la sociedad. Me saturé de odio". (El País, 07/10/2010)