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19/5/22

El Teniente Coronel Maquinista de la Armada republicana Benito Sacaluga Rodríguez no partió con la Flota hacia África a primeros de marzo. Su conciencia estaba tranquila, solo había cumplido con su juramento de lealtad a la República y su mujer junto a sus nueve hijos estaban con él en Cartagena... su único "delito" fue permanecer en su puesto y luchar contra los sublevados desde el primer día de la guerra hasta el último, más que suficiente para que los facciosos le condenasen a muerte... El 29 de abril de 1939 Benito Sacaluga, a la edad de 56 años, fue pasado por las armas, convirtiéndose así en el primer ejecutado en el Arsenal de Cartagena una vez acabada la guerra... Por indicación del Cuartel General de Franco, (Burgos Orden 4118-2797), se obligó a todo el personal militar y civil del Arsenal a presenciar la ejecución y desfilar ante el cadáver cantando el "cara al sol" y dando vítores a Franco...., según testigos presenciales fue un momento terrible

 "Según los cronistas, el 29 de abril de 1939, hace 83 años, en Cartagena lucia el sol primaveral, sin embargo la oscuridad y el miedo se habían hecho dueños de su ciudad....y de todas las ciudades españolas. Cartagena había sido oficialmente ocupada por las tropas franquistas el último 30 de marzo.

 Desde ese mismo día la maquinaria de la represión se puso en marcha, principalmente soportada en el contenido del  Bando emitido por la Junta de Defensa Nacional (28/07/1936) declarando el Estado de Guerra. En dicho Bando se indicaba que todos aquellos que se opusieran a las nuevas autoridades serían juzgados. Ni que decir tiene que aquellos que prestaron sus servicios en los ejércitos de la República se convirtieron en objetivos preferentes, objetivos que en Cartagena estaban especialmente representados por los marinos de la Flota Republicana que no habían partido hacia Bizerta a primeros de marzo, también la sufrieron aquellos marinos republicanos que volvieron a la Península confiados en las promesas de justicia y benevolencia  llevadas a cabo por los marinos franquistas desplazados a Túnez para hacerse cargo de la Escuadra republicana allí fondeada. Los que no volvieron se libraron de la represión, pero les esperaba un terrible e interminable exilio, lejos de su familia y de España.

Dada la ingente cantidad de personas a procesar, se hizo necesaria la creación de consejos de guerra permanentes. Tan solo en tres semanas se habían elevado a sumario 150 Causas e informado de más de 450 sumarios de jefes, oficiales y auxiliares de la Armada. Tras los consejos de guerra, una total farsa para justificar los asesinatos, venían las penas, muchas de ellas de muerte, otras de reclusión perpetua y todas ellas por el delito de "rebelión militar", un delito instruido y juzgado precisamente por aquellos militares que fueron los únicos que diseñaron y participaron en una rebelión militar contra el legítimo Gobierno de la II República. Todo ello amparado por un Código de Justicia Militar que modificaba sustancialmente el vigente antes de la sublevación de 1936. (ver Código de Justicia Militar. José María Dávila. Teniente Auditor de Guerra de 1ª Clase. Imprenta Aldecoa. 3ª Edición. Burgos 1938).

Consejos de guerra cuyos integrantes, todos sin excepción e incluidos los abogados defensores, se habían sublevado aquel fatídico mes de julio de 1936. En el caso de haber testigos todos ellos eran de la acusación y sus testimonios ya habían sido previamente dirigidos y pactados con el fiscal.

Como he dicho antes, el delito de Rebelón Militar nunca faltaba de entre los cargos, pero también, y a modo de remate, se imputaban a los reos cargos como los de asesinato, comunismo, masonería....además de lo explicitado en la nefasta Ley de Responsabilidades Políticas, recién firmada por Franco en febrero de 1939,

El Teniente Coronel Maquinista de la Armada republicana Benito Sacaluga Rodríguez no partió con la Flota hacia África a primeros de marzo. Su conciencia estaba tranquila, solo había cumplido con su juramento de lealtad a la República y su mujer junto a sus  nueve hijos estaban con él en Cartagena. El mismo día 30 de marzo fue detenido e ingresado en prisión. Se le abrió la Causa 4/39, tras la instrucción se dispuso la celebración de un Consejo de Guerra Sumarísimo. Además de la acusación de Rebelión Militar, al no haberse pasado a la Armada franquista y permanecer en su puesto en el seno de la Flota Republicana, se le imputaron varios crímenes, sin que en ninguno de ellos hubiese participado. En verdad, su único "delito" fue permanecer en su puesto y luchar contra los sublevados desde el primer día de la guerra hasta el último, más que suficiente para que los facciosos le condenasen a muerte.

El 29 de abril de 1939 Benito Sacaluga, a la edad de 56 años, fue pasado por las armas, convirtiéndose así en el primer ejecutado en el Arsenal de Cartagena una vez acabada la guerra. Por indicación del Cuartel General de Franco, (Burgos Orden 4118-2797), se obligó a todo el personal militar y civil del Arsenal a presenciar la ejecución y desfilar ante el cadáver cantando el "cara al sol" y dando vítores a Franco...., según testigos presenciales fue un momento terrible...

La familia, esposa y nueve hijos, no fue informada de la ejecución, no pudieron despedirse de él. Su cuerpo fue trasladado al Cementerio Municipal de Cartagena y sepultado en la tristemente famosa "Parcela X".

Sus servicios a la causa republicana fueron innumerables. El 18 de julio de 1936, siendo Comandante de Máquinas del acorazado “Jaime I”, colaboró decididamente en evitar que la sublevación a bordo triunfase. Se mantuvo en ese cargo hasta junio de 1937, fecha en la que el acorazado fue hundido en el puerto de Cartagena a causa de un sabotaje. Ascendido a Teniente Coronel fue nombrado Jefe de los Servicios de  Inspección de Maquinas de la Flota, cargo que ejerció hasta finalizada la guerra.

Decidido firmemente a que el espíritu democrático y la igualdad fueran instaurados en la Armada, diseñó lo que más tarde sería la Escuela Naval Popular, de la cual fue Director. Según sus propias palabras:

"No olvidemos en la nueva organización de la Marina de Guerra, que ésta ha de estar exclusivamente al servicio del Pueblo"
“Que el día de mañana podamos decir aquí tenemos una Marina de guerra eficiente, dotada con hijos del pueblo al servicio del mismo, y no una deficiente que sea la preocupación de él, como sucedía con la mayoría de los organismos militares, con anterioridad al 18 de Julio de 1936”. (Semanario “La Armada” 02-04-1938).

Con la llegada de la dictadura, la Escuela Naval Popular, el gran proyecto de Sacaluga para democratizar la Armada, dejó de existir. Un proyecto hecho realidad en 1938 que,  a buen seguro, hoy en día sería un gran avance que la Armada lo retomase y pusiese en práctica.

Colaboró asiduamente en la prensa cartagenera y en los diarios oficiales editados a bordo de los buques, también en el Semanario “La Armada”. El contenido de sus artículos, siempre defendiendo la causa republicana, fue utilizado en su contra como prueba de cargo durante el Consejo de Guerra. Su republicanismo nunca estuvo en duda, hasta un destacado historiados franquista especializado en la Armada le llega a calificar como “republicano fiel” cuando a él se refiere.

Gracias a la Asociación Memoria Histórica de Cartagena, desde el año 2010 los restos del Tcol. Benito Sacaluga Rodríguez, arrojados por el franquismo a una fosa común, reposan en una digna sepultura junto a los de otros 50 asesinados más, en el Cartagenero Cementerio de los Remedios.

En su lápida se puede leer:  CAÍDOS POR LA LIBERTAD / FUSILADOS POR EL RÉGIMEN FRANQUISTA POR SU LEALTAD A LA REPÚBLICA ESPAÑOLA / 1939 – 1940

Desde aquí, una vez más, reitero mi agradecimiento a la Asociación Memoria Histórica de Cartagena."                  (Memoria Militar Democrática  , Nueva Tribuna, 01/05/22) 

20/5/21

Las mil condenadas por el franquismo en Murcia. Madres, hijas, hermanas, novias o esposas. Cientos de mujeres que fueron usadas para conseguir información de sus allegados con torturas, violaciones y fusilamientos... a veces de familias completas como la de Escolástica Gaspar y sus cuatro hijos

 "10 de octubre de 1940. En la cárcel de Murcia, Ricarda Soba firmaba un documento por el que se hacía cargo de Paquita, la hija recién nacida de su prima Nieves Calvo, de 27 años, ejecutada ese mismo día, para cumplir su última voluntad de entregársela al abuelo, que vivía en Castro Urdiales.

 Nieves había llegado desde esa localidad cántabra acompañando a su marido, un ferroviario que fue destinado a Caravaca y que luego fue líder comunista, al que también fusilaron; dejaba a cuatro hijos, el mayor de siete años.

Militante en las Juventudes Socialistas Unificadas, se convirtió en la primera concejal del pueblo, nombrada en agosto de 1936. Asumió la difícil y arriesgada tarea de ejercer el poder municipal en el transcurso de la guerra civil, en un momento en el que la participación política e institucional de las mujeres era muy escasa. 

Solo cinco tenían representación municipal en toda la región entre febrero de ese año y marzo de 1939. Bastaron sus ideas y liderazgo para acusarla de participar en el asalto a la prisión del Castillo de Caravaca. La condenaron basándose en un testigo que creyó oírla. Ni siquiera la vio. Incluso declaró que conocía los hechos por “rumor público y comentario popular”.

 Algo similar le ocurrió a la yeclana Eugenia Sánchez. La juzgaron y la fusilaron sin pruebas. El día del crimen que se le imputó estaba sirviendo en una boda. Así consta en su sumario, a tenor de diez testimonios que fueron ignorados por el tribunal militar sin comprobación alguna.

“Los juicios eran una pantomima, sin garantías, burdos montajes construidos sobre supuestos delitos y denuncias falsas e interesadas”, concluye el investigador e historiador Antonio Martínez Ovejero, después de analizar durante años cientos de expedientes.

Las mujeres no suelen formar parte de la historia escrita. Con el objetivo de “hacer más visible el esfuerzo y sacrificio de las murcianas víctimas del franquismo”, Martínez Ovejero ha documentado los casos de 997 represaliadas por su doble condición de ser mujeres y de izquierdas. Los archivos permiten hilar y entretejer los relatos en torno a esas voces dormidas, silenciadas y luego olvidadas. 

Pero no todo ese castigo del aparato político, jurídico y social franquista consta en los papeles: “Las fuentes documentales y administrativas sobre ellas son mucho más escasas que las de sus compañeros republicanos”, advierte. A lo que se añade la dificultad de una información soslayada por un acceso restringido a los archivos militares. Su apertura es una cuenta pendiente que los colectivos memorialistas esperan que resuelva la futura Ley de Memoria Democrática; para reparar el derecho a la verdad, para que sus nombres no se borren de la historia.

Es una historiografía más compleja y más dura, porque no solo las castigaban con la cárcel, sino también de otras formas: a las torturas, se añadía la violación. Rapadas, humilladas y paseadas públicamente. A veces enterradas como “putas”. A menudo juzgadas en el ámbito moral y privado por su comportamiento social, sexual y religioso. Tachadas de tener “mala conducta” por ser “mujer sexualista”; “marxista, coqueta e inmoral”; “concubina de”; “querida de”... 

De Josefa López (50 años), condenada a doce años y un día, dijeron: “Provocativa, va vestida de miliciana con el revólver a la cintura. Portaba la bandera roja en cuantas manifestaciones se organizaban. No faltaba una sola noche a la célula, tratando asiduamente con el secretario del partido. Separada de su esposo, vivía amancebada con un señor de la localidad”.

A Guillermina Fernández, de 27 años, la condenaron a seis años por ser “roja, coqueta e inmoral” y por portar “pancartas y banderas en todas las manifestaciones, excitando el espíritu revolucionario de las hordas marxistas”.

Descritas como ateas, masonas, acérrimas antirreligiosas y anticlericales, enemigas de la Iglesia por no asistir a misa o no cumplir con sus deberes religiosos. Acusadas de saquear templos y profanar imágenes. “En el santuario hizo burla sacrílega, poniéndose sobre los hombros el manto de Nuestra Señora del Castillo, patrona de Yecla”, rezaba el informe de Falange sobre María Rosa Martí, de 48 años, a la que declararon “enemiga del glorioso Movimiento Salvador de España”. Pasó a ser “la mujer marxista más peligrosa”.

 Casi le cuesta la vida a la que fue la única de las 36 maestras procesadas condenada a muerte, pena que al final le conmutaron por 30 años de prisión. Mientras la trasladaban a la cárcel de Valencia, supo que habían fusilado a su marido. También perdió a su hijo José Juan Martí, el mayor de seis, voluntario en el ejército republicano. Capturado en Francia por los nazis, murió con 24 años en el campo de exterminio de Gusen, satélite de Mauthausen.

 Cuando obtuvo la libertad condicional, tras cinco años, se instaló con sus hijos en Cheste (Valencia), su pueblo natal. “En Yecla no la hubieran dejado vivir”, opina Martínez Ovejero. Porque lo que hacía que mereciera “más castigo que los demás” era que “tomó parte activa en los actos del partido socialista, sin dar la cara, pero organizándolo todo con la cultura propia de su profesión”.

Lo que realmente molestaba era su carrera profesional: “Propagó con la autoridad de maestra las absurdas y ridículas doctrinas del marxismo. En sus clases envenenaba el espíritu de niños inocentes, arrastrándolos hacia una vida de perversión y maldad que tuvo como consecuencia la quema de iglesias y saqueos. No solamente maniobra con niños, sino también con muchachos ya crecidos, a los que arrastraba a las filas del ejército rojo”, describió el aparato falangista en su informe.

Fue expulsada del cuerpo de magisterio. No encajaba en las labores propias de su género ni en esa nueva España que relegaba a la mujer a la reclusión en el sacrosanto ámbito doméstico y familiar. “Contra el feminismo, feminidad” era la consigna que se daba en el 39 en el periódico falangista Arriba.

 Rufino Garrido Martínez, investigador y miembro de la Federación de Asociaciones de Memoria Histórica de la Región de Murcia, recalca que “la situación de la mujer durante el régimen franquista retrocedió radicalmente hasta una posición humillante que la redujo a un ser permanentemente tutelado y supeditado a la voluntad de un hombre”, y recuerda que la Constitución republicana de 1931 había aprobado el sufragio femenino, el divorcio, el matrimonio civil y el aborto, así como otras normas de carácter laboral.

Pero “no sólo había que derogar las leyes republicanas, sino castigar ejemplarmente a aquellas que habían tenido algún tipo de liderazgo o se habían distinguido profesionalmente”, prosigue Martínez Ovejero. Y esta represión afectaba aún más al mundo rural, porque “las mejor situadas escaparon de esta realidad”, explica Pedro María Egea Bruno, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Murcia.

Solían firmar las sentencias con la huella dactilar, porque no sabían leer ni escribir. En aquel momento la mitad de la población era analfabeta. Con la idea de “sembrar España de escuelas”, se había puesto en marcha la reforma educativa como primer paso para la igualdad. Educación para no “vivir siempre esclava” y “lograr la independencia que es propia de nuestro sexo”, promulgaron en Caravaca en 1938 la Agrupación de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo y la Agrupación de Mujeres Libres. “Nuestro lema es el estudio, nuestra casa la escuela y nuestros guías los libros”, decía el manifiesto.

“Libros que nos enseñen a defendernos” era lo que le pedían a María Galindo, secretaria agraria del PCE en Ocaña (Toledo). Desde los 7 años en las tareas del campo, sin tiempo de ir al colegio, por la noche aprendía a leer y escribir. Su padre, propietario de unos pequeños pedazos de tierra, tenía que emplear los brazos de sus hijas, que además trabajaban para terratenientes, de sol a sol y por dos pesetas. Los jornales de todos los miembros de la familia solo daban para pagar los abonos y las semillas.

María sabía de olivares y viñas, y de luchas campesinas: “Llevaba sobre mis lomos lo mismo que un hombre, pero ellos ganaban el doble”, contaba a sus 23 años en el diario Mundo obrero. Algunas veces protestaban y entonces las dejaban en paro. Hasta que la necesidad apretaba de nuevo y volvían a deslomarse.

Con la marcha de los compañeros al frente comenzaron a ocupar los puestos vacantes y a estar en la dirección de las colectividades y los sindicatos: “Las mujeres han cogido la yunta y siguen haciendo el barbecho”, relataba María. Era habitual que los comités de Mujeres Antifascistas se ofrecieran a realizar cualquier trabajo, “sea el que fuere y por rudo que sea”. La guerra truncó sus sueños de estudios y viajes, y luego llegó la cárcel al año de instalarse con su pareja en el municipio murciano de Villanueva del Río Segura. Los dos presos, y los dos indultados tras el decreto de octubre de 1945 para los delitos cometidos antes del 39.

Se reenganchó en la militancia. Solo había transcurrido un año cuando la detuvieron por segunda vez. Estaba embarazada. Después de dar a luz solicitó la libertad condicional porque tenía fiebres puerperales. Se la denegaron. Tras dos intentos frustrados de indulto, salió de la celda en el 54. Tenía 37 años. Fue la que tuvo la condena más larga (38 años) y más tiempo pasó en la cárcel (13). “En Murcia, aunque las sentencias solían ser de 30, casi ningún hombre cumplió más de siete”, apunta Martínez Ovejero.

“No participaron en delitos de sangre, por lo que más bien juzgaban a esa mujer que rompía el esquema del patriarcado”, insiste Egea. “La mayoría tenía un compromiso social, más que político, que en parte era una forma de rebeldía”, añade Martínez Ovejero. Otros delitos recurrentes fueron los de “blasfemar durante todo el periodo rojo” o insultar a derechistas.

Les atribuían culpas por provocar: “Se las calificaba de víboras”, comenta Egea. “Alentaba con sus gritos a los hombres, apelando a su masculinidad, para que asaltaran el cuartel de la guardia civil”, según el expediente de Blasa Herrero, una jornalera de Jumilla de 42 años. La consideraron “la mujer más peligrosa para su pueblo y para la causa nacional”.

A Blasa la iban a ejecutar el 21 de julio de 1942, pero en el último momento su nombre salió del listado de los reclusos que en esa madrugada estarían en las tapias del cementerio de Espinardo frente al pelotón de fusilamiento. Horas antes, el médico había certificado que padecía un cáncer en la matriz en estado avanzado. “Cada vez que la movían se desangraba”, dice Garrido a la luz del expediente penitenciario. Sufría hemorragias copiosas y síncopes intensos; extrema desnutrición, atrofia muscular, fatiga y debilidad. Agonizaba.

 No obstante, pese al pronóstico del facultativo –“no ha de durar más que poco tiempo”–, el gobernador militar ordenó realizarle un reconocimiento cada ocho días “para una vez restablecida proceder al cumplimiento de la ley”. Una semana más tarde se constató que seguía grave, “en una forma estacionaria, a pesar de su casi completa falta de ingestión de alimentos”. Ya no habría más partes. Murió nueve días después por “un coma acidósico secundario a carcinoma uterino”.

 Los informes de la guardia civil, el alcalde y Falange señalaron que participó “activamente y con extrema crueldad” en una manifestación en la que fueron asesinados dos jóvenes falangistas que habían perpetrado un ataque contra la casa del pueblo, matando a un trabajador socialista e hiriendo a otro.

La procesaron junto con otros trece jumillanos. A pesar de que en el juicio no se pudo demostrar nada, la sentencia llegó seis años después de los sucesos con siete condenas a muerte. “La venganza estaba servida”, continúa Martínez Ovejero. La brutal maquinaria represora que el régimen emprendió tras la guerra estaba en marcha, y todo valía para penalizar aquellas vidas relegadas que chocaban con el nuevo sistema que se pretendía instaurar.

Hay un patrón común de acusaciones por actuaciones de carácter multitudinario donde era difícil saber el grado de implicación, pero “alguien tenía que pagar”, sostiene. Para impartir justicia estaban el alcalde, los jerarcas, las familias de los caídos por Dios y por España, la guardia civil, la policía y la Iglesia, que trataban de conseguir de los tribunales militares el castigo que creían más adecuado para las rojas del pueblo. El historiador lo llama “lobby político vengativo local”.

Esa venganza bíblica del ojo por ojo, que iba más allá de lo cuantitativo, alimentaba un ánimo sancionador por parte del Estado que parecía no tener límites. Al ciezano Antonio Martínez, menor de edad, se le imputó asesinato y fue ajusticiado en uno de los patios de la cárcel mediante garrote vil. Garrido, después de ver miles de expedientes procesales de la prisión provincial, contabilizando 525 ejecuciones de hombres y mujeres, cree que se trataba de seguir castigando a la familia de Josefa Martínez, madre del joven, incluso cinco años después de que la fusilaran.

 Según Martínez Ovejero, el carácter familiar de la represión hacía que al menos un 12% de los procesados tuviera algún otro pariente en la misma situación, incluyendo a veces familias completas, como la de Escolástica Gaspar, La Pasionaria murciana, y sus cuatro hijos.

Fueron detenidas por ser madres, hijas, hermanas, novias o esposas de desafectos al régimen, para usarlas como rehenes con el fin de averiguar el paradero del escondido y provocar la entrega del fugado. Así le ocurrió a María Fernández, casada con el alcalde de Alguazas, que, tras entregarse para liberarla, sobrevivió a las torturas, huyó de la cárcel de Mula, y consiguió llegar a Francia a pie después de tres meses. Ocho compañeros quedaron por el camino.

La principal preocupación de las presas era quién cuidaría de sus padres e hijos. En torno a ese sufrimiento se realizaron innumerables peticiones de libertad condicional. Porque antes, como ahora, ellas eran las que sostenían el sistema de cuidados. Cuenta de esa angustia es que Pascuala Marín entregara su bebé a una hija una vez condenada a muerte, pena que al final sorteó. O la última voluntad de Nieves."                        (Loreto Mármol, CTXT, 20/02/21)

2/11/16

Era tal el hacinamiento y el hambre en la cárcel que “llegó a comerse una rata” por desesperación

"El documental 'La Cárcel Vieja habla. Presos de la memoria', filmado por las periodistas murcianas Blanca Pérez de Tudela y Jeanette Conesa, se estrenó el pasado fin de semana en la Filmoteca Regional

(...) el investigador Antonio Martínez Ovejero. En su trabajo ‘Los vencidos de la guerra civil en Murcia’, afirma que “el golpe militar de julio de 1936, fracasó en la provincia. Las instituciones civiles y militares murcianas permanecieron leales al régimen republicano.

 El 30 de marzo de 1939, el general Camilo Alonso Vega, al frente de la IV División de Navarra, ocupó la provincia de Murcia, sin resistencia armada alguna”. La represión comenzó en aquella fecha, aunque la versión oficial hablaba de que Murcia había sido tomada mucho antes.

 Pérez de Tudela destaca en la cinta que la fuerte represión duró hasta el año 1945. “La prisión provincial alojó a la mitad de los presos políticos detenidos en el municipio de Murcia 23.057 detenidos; 21.452 procesados; y 18.142 condenados”. 

Fusilamiento, enfermedad, malos tratos o suicidio fueron las principales causas de la muerte de aquellos presos. 536 hombres y 18 mujeres fueron juzgados en Consejos de Guerra y asesinados. 

 (...) encontrar a dos de aquellos prisioneros del primer franquismo, el profesor José Castaño y el exoficial de guerra José Fuentes. Ambos tienen hoy 99 años de edad y una memoria nítida. “Los dos fueron condenados a muerte pero no llegó a cumplirse la condena”, relata Blanca. La crudeza de los testimonios no dejó a las jóvenes impasibles. 

“José me contaba que había una cama para cinco personas y se la iban turnando”, en una cárcel donde había capacidad para 300 presos y dormían más de 3.000. Era tal el hacinamiento y el hambre que el expreso Fuentes cuenta en el documental que ante la falta de alimento continuada en una de las ocasiones “llegó a comerse una rata” por desesperación.  (...)"              (La Crónica, 31/10/16)

23/10/14

Se optaba por el suicidio como medio para evitar esta condición de preso y de esclavo

"(...) –¿Por qué eligió como objeto de estudio la violencia política en la comarca del Noroeste durante el primer franquismo?

(...) Como historiador novel, este constante descubrimiento de nuevos datos me llevó a adentrarme en este tema, trasladando su espacio de acción y ejecución a nuestra comarca del Noroeste. El resultado fue realmente sorprendente, pudiendo afirmar que la represión franquista en la comarca fue entre un veinte y un treinta por ciento mayor que en el resto de la Región de Murcia, un aspecto que ya confirmó el historiador Antonio Martínez Ovejero hace años en este mismo periódico. 

Por tanto, no es equívoco destacar que esta violencia fue masiva y desproporcionada, sobre todo si comparamos las cifras máximas de población reclusa de la Prisión de Partido de Caravaca –la principal de la comarca– bajo el sistema republicano y bajo poder franquista. Los datos cotejados nos muestran que en agosto de 1938 esta prisión albergó a 159 presos, que contrastan con los 632 de septiembre de 1940, una cantidad aproximadamente cuatro veces superior.

–¿Cómo utilizó Franco a esos presos políticos?

–La respuesta es clara: como mano de obra esclava. La ausencia total de estudios sobre la represión en el Noroeste murciano –casi la única zona de Murcia que ha quedado sin investigar para los historiadores– nos conduce, por primera vez, al embalse del Cenajo como una infraestructura construida por reos republicanos.

 En la comarca, por tanto, y al igual que en el resto de España, existió un campo de concentración y de trabajo. Esta investigación ha confirmado lo que era un secreto a voces entre los habitantes del Noroeste. El análisis de fuentes documentales y fuentes orales nos ha permitido darle veracidad y rigurosidad histórica a estas sospechas populares.

–¿A qué empresa se adjudicó la construcción del embalse?

–La construcción de un embalse, en esta zona de la cuenca del río Segura, era una prioridad desde el siglo XIX como consecuencia de las catastróficas frecuentes avenidas fluviales. Tras terminar la Guerra Civil, esta obra se convirtió en un "caramelo", tanto para el Estado franquista como para la empresa que se encargara de ejecutar el proyecto, debido al abaratamiento de los costes por la utilización de presos. 

Muchas empresas no querían dejar pasar esta gran oportunidad de lucrarse y compitieron para adjudicarse la construcción. Finalmente, en 1942, se le concede a Construcciones Civiles S.A, imponiéndose a otras tan conocidas como Dragados. El costo total de la obra del Cenajo ascendió a 450 millones de pesetas, realizada entre los años 1942-43 y 1963, siendo inaugurada, en un ambiente festivo y multitudinario, por Franco y su gran comitiva.

–¿Cómo era el día a día de los presos políticos en el Cenajo?

–Presos y obreros cualificados convivían en el Cenajo durante las obras, para lo que se construyó un poblado en las inmediaciones del lugar, próximo al pueblo hellinero de Las Minas, que podía albergar a más de 1.000 obreros de manera simultánea. También se edificó un cuartel de la Guardia Civil para controlar a los reclusos y una Iglesia –la presencia del clero es una de las características principales del sistema penitenciario franquista, encargada de la "regeneración social" que tanto gustaba al nacionalcatolicismo–.
 La Dictadura ofrecía a los presos políticos rebajar la condena mediante el trabajo forzado, provocando, en muchos casos, un sentimiento de gratitud entre ellos, que veían en el trabajo el único medio posible para escapar del infierno penitenciario. Además, se les otorgaba un salario irrisorio, entre unas 4 y 6 pesetas por día trabajado, pero al que había que descontarle la alimentación, la asistencia sanitaria e incluso el uniforme de trabajo del propio preso. 
Mantener a estos reos políticos le resultaba realmente rentable al Estado. Los presos políticos del Cenajo no llegaban en el mejor estado físico ni psíquico, ya que procedían de innumerables centros penitenciarios en donde las torturas, castigos y vejaciones eran una constante. 
Soportar las duras condiciones de trabajo físico no era realmente fácil, y éstas, acompañadas por las infames medidas de seguridad laboral, provocaron muchos fallecimientos accidentales. En algunos casos estudiados, vemos que se optaba por el suicidio como medio para evitar esta condición de preso y de esclavo. 
No conocemos la cifra total, ni los nombres, de los "vencidos" o "enemigos de España" que trabajaron en la larga construcción del embalse del Cenajo. Buscar aquellos documentos y testimonios que nos sigan aportando datos e información será uno de los objetivos que nos propondremos a cumplir en un futuro. (...)"

3/11/11

En Murcia... dos de cada cinco hombres, entre los 26 y los 48 años fueron procesados y uno de cada seis condenados

"En la Región de Murcia, los procesados sometidos a Consejo de Guerra Sumarísimo, por su desafección a la “Causa Nacional” fueron más de 34.000; los condenados a pena de muerte tras el juicio sumarísimo previo: 1408; los fusilados 892; y los indultados «por la gracia de SE el Generalísimo », 520. Aproximadamente, dos de cada tres condenados a la pena de muerte fueron fusilados, y el tercero indultado.

La represión tuvo un carácter de clase, masivo y ejemplarizante. Alcanzó a todos los rincones de la región, especialmente a las capas populares: dos de cada tres condenados a la pena de muerte eran trabajadores por cuenta ajena del campo, la industria y los servicios.

La represión franquista no sólo debemos valorarla en función de los condenados a pena de muerte y los fusilados. El terror y el miedo de los supervivientes se manifiesta en las siguientes cifras: dos de cada cinco hombres, entre los 26 y los 48 años fueron procesados y uno de cada seis condenados.

Los años efectivos de prisión de las murcianas y murcianas condenados por los tribunales militares superan los 110.000. Así se castigó la lealtad a la República de esta tierra." (Memoria Pública, 02/11/2011)

9/11/10

Cuando las víctimas se convierten en verdugos...

"Y es que, como señala Dimas, «pese a que el fin de la guerra se estableció oficialmente el 1 de abril de 1939, el 29 de marzo la ciudad de Murcia ya estaba tomada por los falangistas liberados de la cárcel que, recogiendo las armas de sus vigilantes, detuvieron y fusilaron a cuantos les vino en gana sin control alguno. Y no existe constancia de los nombres de los asesinados y se desconoce el paradero de sus restos». (Municipios de Murcia, 01/11/2010)