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11/1/18

El delator...

"En junio de 1977 se presentó en la Vicaría de la Solidaridad de Santiago de Chile un joven que quería, dijo, hacer una confesión: y quería que fuese grabada, como testimonio para el futuro. 

La Vicaría de la Solidaridad fue creada por el arzobispo para socorrer a las víctimas del golpe de Estado y a sus familias: mal tolerada, pues, por la Junta de Gobierno. La sospecha de que aquel hombre fuese el instrumento de una provocación era más que legítima. Fue por consiguiente rechazado. Se volvió a presentar y fue de nuevo rechazado. 

Cuando volvió por tercera vez, quizás considerando que un verdadero provocador no habría insistido tan desesperadamente, se aceptó grabar su confesión. Tuvo así identidad –nombre, historia y, muy poco después, destino– la más espantosa figura de los días del golpe de Estado y de la represión: parecía una evocación de los tiempos de la Inquisición: atroz alucinación, atroz símbolo. El hombre del rostro oculto, el hombre del pasamontañas. 

Aquel que sin decir una palabra, solo con el gesto de la mano, escogía de entre los prisioneros hacinados en el estadio nacional al que mandar a la tortura y a la muerte. Uno de los liberados recuerda: 

«El siniestro personaje, escoltado por militares, pasaba revista a millares de prisioneros. A pesar de su estatura insignificante, su ropa nueva y cursi y su paso inseguro, el hombre del pasamontañas se imponía a todos como una fantasmagórica presencia e imponía en los graderíos un silencio lleno de pánico… Nosotros lo mirábamos con ansiedad… Algunos volvían la cabeza para no ser identificados o trataban de escabullirse hacia los retretes. 

Cualquiera de nosotros podía encontrarse ante el índice del hombre del pasamontañas: en una tensión que llegaba al paroxismo, encontraba expresión el drama de un pueblo prisionero frente a la tortura y la traición. Esta delación nos daba una especie de vértigo. ¿Se trataba de un traidor o de uno que siempre había sido enemigo nuestro? ¿De qué partido era, de qué condición social había salido, cómo había logrado estar entre nosotros sin que lo descubriéramos?

 El hombre se acercaba, se detenía, continuaba la búsqueda: a veces volvía atrás para reconocer mejor a alguno. Sus ojos, aquellas oquedades orladas de negro del pasamontañas, se cruzaban con miradas aterrorizadas, miradas interrogantes, miradas intrépidas. Él caminaba lentamente y lentamente escogía las víctimas: bastaba un gesto de su mano…»

Bastaba un gesto de su mano –o al menos así lo había creído, como lo habían creído los prisioneros hacinados en el Estadio Nacional– para dar tortura y muerte; y helo aquí ahora, ya sin aquel poder, intentando ponerse, miserable, innoblemente, de parte de las víctimas: delante de una grabadora y, presumiblemente, delante de un cura.

«Me llamo Juan René Muñoz Alarcón, carnet de identidad 4824557/9. Tengo treinta y dos años, estoy casado y vivo en el 331 de la calle Sargento Menadier, en Puente Alto, Población Malpo. Soy un ex dirigente del Partido Socialista, ex miembro del comité central de la Juventud Socialista, ex dirigente nacional de la CUT (Central Única de Trabajadores). Pertenecí a la confederación de trabajadores del cobre… El hombre del pasamontañas del Estadio Nacional soy yo». Así comienza la confesión.

 Pero cae súbitamente en la reticencia en cuanto a las razones que lo habían decidido a dejar el Partido Socialista, cuatro o cinco meses antes del golpe de Estado militar: «no estaba de acuerdo en ciertas cosas»; y, sin más, es ambiguo al hablar de las persecuciones de que fue objeto por parte del Partido Socialista. 

Dice: «quemaron mi casa, he perdido a mi familia». Si lo entendemos literalmente, parece que su familia (mujer y seis hijos) murió en el incendio de la casa. Pero poco antes ha dicho que era casado y no viudo: da la sensación de que hablaba figurada, metafóricamente, de una ruina económica que ocasionó la disgregación familiar (en Sicilia, por ejemplo, la expresión «bruciare la casa», quemar la casa, quiere decir también ruina económica: no es infrecuente el sobrenombre de «ardicasa», quemacasa, a quien por excesiva prodigalidad destruye la propia familia). 

Y, por otra parte, si de verdad hubiese vivido tanta tragedia –la casa quemada, la familia muerta–, se habría detenido en contarla con más detalles y más obsesivamente.

Aceptamos que sus ex-compañeros lo persiguieron; pero no es creíble que la persecución se desencadenara por no estar de acuerdo sobre «ciertas cosas» y por su alejamiento del partido. En cambio, es posible que hubieran sospechado o hubieran descubierto que era confidente de la derecha o lo hubieran acusado –acaso injustamente– de alguna irregularidad o malversación. Sea como fuere, de la persecución encontró protección en la derecha.

 «Hombres de derechas», dice «me escondieron y alimentaron». Y tenía que pagar sus deudas. Pero las pagó con alegría, poco después del pronunciamiento. Una alegría no apagada del todo en el momento de la confesión: «No fueron pocas las personas que reconocí. Y de las muchas que ya están muertas, yo soy el responsable de su muerte, por el solo hecho de haberlas reconocido». 

Y sería aventurado, quizás incluso injusto. descubrir en esta frase un no sé qué de agrado, de satisfacción, si en el contexto de la confesión otros detalles no nos hubieran hecho pensar que Muñoz Alarcón no había hecho una verdadera y sincera confesión, sino una vez más un gesto de venganza: como ayer contra sus ex-compañeros, hoy contra sus ex-protectores. 

Una confesión implica un radical arrepentimiento, una radical repugnancia hacia las acciones cometidas, hacia el pasado, hacia uno mismo en el pasado: y Muñoz Alarcón no ve en aquel pasado más que incidentes, hechos que fortuitamente se rebelan para turbar su carrera de delator. Es, en suma, un «arrepentido» tal y como hoy en Italia se acostumbra a llamar al que rompe una criminal solidaridad y da nombres de cómplices y jefes. Pero vayamos por orden.

A sus protectores, convertidos en amos, no les bastó con que desarrollara una funesta tarea en el estadio nacional: «Me mandaron después salir por las calles, con patrullas de militares, a fin de reconocer personas. Desgraciadamente, me encontré con Miguel Plaza. Gracias a mí, él está vivo aún: no quise reconocerlo. Pero, por desgracia, ellos tenían una fotografía en la que él y yo estábamos juntos…» 

Desgraciadamente, por desgracia: sin aquel incidente, si por lo menos le hubieran perdonado el único pecado de haber querido dejar vivo a su amigo Miguel Plaza, no estaría ahora Muñoz Alarcón en la Vicaría acusando a la Junta Militar. Pero no se lo perdonaron: «por el hecho de haber mentido, me tuvieron durante tres meses en prisión, tratándome como a los otros detenidos: es decir, no tuvieron en cuenta que ya no pertenecía al Partido (socialista) y que no estaba mezclado en nada».

 En nada, es decir, que no era de los vencidos, torturados, asesinados.

Lo liberaron a condición de que volviese a colaborar. Aceptó. Lo condujeron a Colonia Dignidad, donde había un eficientísimo centro de adiestramiento, dirigido por alemanes, para la policía digamos política: todo lo moderno que pueda imaginarse, incluidas cárceles subterráneas.

 Y aquí Muñoz Alarcón cae en una significativa confusión: hablando de los alemanes instructores, los llama hebreos refugiados en Chile durante la guerra. Sin duda debido a ignorancia; pero es una confusión en la que da simbólica proyección de sí mismo, perseguidor y perseguido, verdugo y víctima.

En Colonia Dignidad le enseñaron cómo interrogar a los prisioneros, así como el arte de infiltrarse en los grupos clandestinos contrarios al régimen. Solo que Muñoz Alarcón no pudo poner en práctica este arte: «Desgraciadamente… No, quiero decir: afortunadamente, esto no podía hacerlo… Todos sabían que había dejado el Partido». 

Por primera vez se percata de que un hombre verdaderamente arrepentido no puede llamar desgracia a lo que le ha llevado al arrepentimiento, a la confesión. «Más tarde», continúa, «me asignaron la tarea de dar caza a personas, interrogarlas, torturarlas, asesinarlas». Tarea que cumplió, hay que creerlo, con suficientes escrúpulos: sin desgraciados incidentes como el de no reconocer al amigo y sin suscitar desconfianza en sus amos, si bien por tres veces entró y salió de la Vicaría. 

Si lo hubieran vigilado, no habría sobrevivido a la primera visita. Así como no sobrevivió a la tercera. Si en un momento determinado tuvo revelación de la propia miseria, de la propia culpa, de la necesidad de confesarlas y expiarlas, puede que lo advirtieran sus víctimas, pero en absoluto sus amos.

La confesión continúa con precisas y detalladas acusaciones a las cinco policías secretas del régimen, a sus jefes. Revela la técnica mediante la cual resultan expatriadas, huidas hacia el exilio, personas que por el contrario han sido asesinadas en las cárceles (agentes de policía realizan viajes al extranjero con los documentos de los muertos, vuelven a Chile con los propios). 

Describe, en resumen, todo el aparato y el funcionamiento de un sistema en el que de la tortura se pasa, irremediablemente, a la abyección o a la muerte. «Quiero», dice en un momento, «que quede claro esto: allí dentro todos, sin excepción, colaboran»; y cuenta el caso de uno de la Juventud Comunista, del comité central, que reveló un buen número de cosas y nombres: «pero hay que decir que fue espantosa y salvajemente torturado».

En cuanto a sí mismo, no ve salvación: se considera muerto y la muerte puede venirle tanto de sus ex-compañeros como del régimen. Seguramente más por parte del régimen: porque, si sus ex-compañeros solo consumarían una venganza, el régimen tiene todo el interés de silenciar un testigo que no pide nada, que no quiere nada, que quiere tan solo asumir «la responsabilidad de lo que ha hecho y afrontar, cuando llegue el momento, las consecuencias». 

Pero aquel momento, que quizás creía cercano, ni él lo vio ni nosotros lo entrevemos todavía. El 24 de octubre, cuatro meses después de la confesión, el cadáver de Muñoz Alarcón fue hallado en La Florida, en las afueras de la capital. Había recibido diecisiete puñaladas.

La grabación de la confesión, mandada por la Vicaría a la magistratura, dio lugar –según los diarios de Pinochet– a una investigación que duró seis meses en Colonia Dignidad. Una investigación tan larga terminó, naturalmente, en un no ha lugar.

Pero lo que de este caso, de esta confesión, más nos impresiona, no es la complejidad del personaje ni la gravedad de las revelaciones: es la imagen del hombre del pasamontañas en su feroz, tremenda gratuidad. Porque el hecho es éste: así como sangrientamente gratuita, sangrientamente inútil, fue la sublevación militar –el gobierno Allende habría inevitablemente caído algunos meses después–, así también fue atrozmente gratuita, atrozmente inútil, la aparición del hombre del pasamontañas en el estadio de Santiago, en las calles. Gratuita pero atroz.

 Inútil pero atroz. Basta pensar un momento en ello: los hombres que se encontraban hacinados en el estadio habían sido arrestados en sus casas, conocidos por sus nombres, sus cargos, por lo que habían hecho o por lo que se temía que pudieran hacer. ¿Había necesidad de que alguien los reconociese, los señalase? Y del mismo modo los hombres en las calles: tanto es así que apenas finge Muñoz Alarcón equivocarse en uno, no reconocerlo, cae de inmediato un duro castigo sobre él. ¿Entonces?

Entonces, he aquí el hecho más espantoso, más inhumano que la cárcel, la tortura, el fusilamiento: se ha querido, con el hombre del pasamontañas, crear una indeleble, obsesiva imagen del terror. El terror de la delación sin rostro, de la traición sin nombre. Se ha querido deliberadamente y con macabra sabiduría evocar el fantasma de la Inquisición, de toda inquisición, de la eterna y cada día más refinada inquisición."                (Leonardo Sciaxcia, El Viejo Topo, 31/12/17)

6/7/17

La violación de menores por parte de los dirigentes de Colonia Dignidad era sistemática, se hacían experimentos médicos y psiquiátricos con personas, tras sus muros se asesinaba gente...

"En el año 2005 estalla en Chile un escándalo que se venía intentando contener desde el fin de la dictadura pinochetista: el horror de Colonia Dignidad, fundada en 1961 por Paul Schäfer, un alemán que había formado parte de las juventudes hitlerianas.

 Se desvela todo aquello que se sabía pero que las autoridades chilenas nunca quisieron investigar hasta ese momento: que durante la dictadura de Augusto Pinochet fue un campo de detención y desaparición al servicio de la policía secreta o DINA, que la práctica de violación de menores por parte de los dirigentes de la colonia era sistemática, que se hacían experimentos médicos y psiquiátricos con personas, que tras sus muros se asesinaba gente, que la colonia estaba involucrada en tráfico de armas, y un largo etcétera de abusos, violaciones, prácticas sectarias y despropósitos perversos.

 En 2005 Schäfer es detenido en Buenos Aires y extraditado a Chile, donde es condenado a cadena perpetua por abusos a 25 menores de edad. Muere cinco años después en prisión, sumando más cargos. La colonia sigue operativa hoy bajo el nombre Villa Baviera.

En Sprinters: Los niños de Colonia Dignidad (Hueders, 2016), Lola Larra (Santiago de Chile, 1968) indaga en esta historia a través de una propuesta narrativa múltiple: la elaboración ficticia, el testimonio, la crónica y el story board de un guión (ilustrado por Rodrigo Elgueta). 

Estas formas diferentes de representación e investigación se complementan entre sí, planteando un diálogo entre ficción y no ficción que enriquece la comprensión de un trauma colectivo centrándose en cómo ese trauma afecta al tejido íntimo de sus protagonistas.

 La narradora, que es periodista y escritora, cuenta en primera persona el proceso tanto de investigación como de elaboración de esas averiguaciones en forma de guion de cine. Ella encarna al testigo que ha vivido fuera de la violencia de la Colonia, pero que ha sido rozada por ella a través de su relación con varios de sus habitantes y de su creciente obsesión por las atrocidades que allí se cometieron, particularmente contra los “sprinters”, que eran los niños elegidos por Paul Schäfer para satisfacer sus deseos.

 Desde ese punto de vista del testigo, la narradora investiga, elabora el relato que teje el guion y nutre el texto con testimonios y cartas de personas reales que se fugaron de la Colonia y que denunciaron los abusos que se cometieron allí. 

A través de su narración y de su relación con Lutgarda, una colona muy peculiar que sigue dentro, nos introduce en la vida interna de la Colonia, completando con la imaginación aquello que la historia es incapaz de mostrar.

En el libro se narran algunos de los abusos mencionados, que son de sobra conocidos por todo aquel que sepa un mínimo de la historia de la Colonia, pero no es un libro de denuncia al uso, donde el lector se ve enfrentado repetidamente al horror. Este libro presenta las secuelas íntimas, tanto del testigo que se enfrenta a una tarea tal vez demasiado exigente como de la víctima que a veces ni siquiera es consciente de que lo es.

 La testigo/narradora es un personaje complejo, que se debe enfrentar a la responsabilidad de crear una historia (su guion) sobre un tema que le resulta a veces insoportable, que la obliga a luchar constantemente contra su impulso de huir y que le plantea cuestiones éticas fundamentales.

 ¿Cómo contar la historia de Colonia Dignidad a través de la ficción? ¿Dónde están los límites de lo que se debe mostrar? ¿Cómo hacer justicia a las víctimas sin regodearse en lo escabroso? 

El personaje de Lutgarda, una mujer endurecida por sus condiciones de vida, sufre también su propio proceso de (auto)conocimiento. Sin desvelar nada de su historia, sí puedo decir que su rasgo principal es que ha normalizado la violencia de la Colonia y por ello ni siquiera se piensa a sí misma como víctima. 

Hace poco escribía sobre la novela La cuadra, de Gilmer Mesa, que una de las cosas que más me impresionó fue la naturalidad con la que sus personajes vivían y ejercían la violencia en un barrio de Medellín durante la época más dura de la guerra entre el Cártel y el Estado. La novela de Lola Larra, aunque habla de otro tipo de violencia y esa violencia no aparece de forma tan explícita en su texto, tiene en común con la de Mesa que también está asumida como parte de la vida cotidiana, metabolizada y naturalizada.

 Para adentrarse en las secuelas de esa normalización ninguno de los dos autores se centra exclusivamente en la narración de los hechos históricos, sino que examinan con las herramientas de la ficción las vidas íntimas de sus personajes. Esto les permite indagar en cómo la violencia constante y normalizada transforma su visión del mundo y su relación con la realidad. 

Sprinters es un excelente ejemplo de cómo la elaboración imaginativa de un pasado traumático desde la ficción puede dialogar con los hechos históricos y ampliar nuestro conocimiento, permite asomarnos a  las corrientes oscuras y subterráneas que atraviesan la historia.

 También, a través de su cuestionamiento ético de ese mismo tratamiento –¿cómo reflejar en la ficción unos hechos tan escabrosos sin caer en la espectacularidad o la  banalidad?– Lola Larra abre un importante debate que no solo atañe a la historia de Colonia Dignidad, sino a cualquier historia de abuso, impunidad e injusticia."                    ( ,  La Marea, 03/07/17)

1/5/08

Sectas criminales

“Les prometió el paraíso. Paul Schäfer, ex miembro de las juventudes nazis, fundador en Chile de la Colonia Dignidad, ha sido condenado por torturas y abusos sexuales a miembros de su secta. (…)

Al ex miembro de las falanges hitlerianas, residente en Alemania hasta el año de su aventura americana, le satisfizo crear una Alemania nazi a escala, un régimen interno ajeno a la legalidad chilena. Con esa herramienta sometió a su voluntad a los cerca de 300 colonos alojados en la llamada Villa Baviera, peones agrícolas de sol a sol que fertilizaron las yermas tierras del Parral hasta transformarlas en un vergel.

El organigrama era criminal: los padres eran separados de sus hijos, éstos no sabían que tenían hermanos, nadie podía vivir en pareja, apenas se tenía contacto con el exterior y las relaciones sentimentales o conyugales fueron restringidas. La escuela y el hospital del enclave alemán en territorio chileno aceptaron la entrada gratuita de familias de la zona para ganarse su complicidad. La carta abierta de un colono, publicada hace dos años, admitía la aberrante situación: "Unos se convirtieron en los esclavos de Schäfer, verdaderos autómatas atentos sólo a obedecer sus órdenes, a trabajar sin descanso ni horario, y a no disgustarlo (...) Y aún hoy muchos padres no comprenden cómo pudieron aceptar la renuncia de su responsabilidad para con sus hijos (...) Hoy día, después de reconstruir las familias, muchos cargan con sentimientos de culpa".

La desobediencia o la pura venalidad encolerizaba a Schäfer hasta deshumanizarle. (…)

-¿Cómo fue tu juventud en la colonia?

-Ruth: ¿mi juventud? No tenía juventud. Siempre trabajando. Pero lo más duro fueron los golpes por los errores. Tenía que esconderme en el hospital para que no me viera la gente que estaba tan hinchada la cara.

Ruth se casó en 2002 con Andreas, con quien nunca había hablado: un matrimonio a ciegas. No sabía que su marido llevaba más de 30 años dopado con tranquilizantes. Con sólo doce años había recibido pastillas para dormir, Valium 10, tres veces al día. Todo para eliminar cualquier tipo de rebeldía. Al cumplir los 13 años, él y otros 14 niños de su edad fueron encerrados por seis meses en una de las salas del hospital de Villa Baviera.

-¿Te pegaron?

-En la noche sí, bastante.

-¿Con un palo?

-También, pero tenían otras cosas, tenían una... ¿cómo se dice? ...para manejar vacas con corriente... una picana eléctrica.

-¡¿A los niños?!

-Sí, a los niños.

-¿Schäfer estaba ahí?

-De vez en cuando vino también. Mirando.

-Nos picaban en las piernas, en el cuerpo, todo.

-¿En tus genitales?

-Sí.

-¿Dolía?

-¡Claro! ¡Gritábamos!... Sólo sentí corriente, electricidad (...) Tenían que desnudarse y todos saben que cuando están desnudos, sin tapado, se empieza... me da vergüenza pero...

-¿Hay una erección?

-Sí, se podía...

Una de las hipótesis es que Schäfer les aplicaba descargas para inhibir el deseo sexual de los niños.” (El País, ed. Galicia, Domingo, 30/03/2008, p. 10)