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24/11/22

El jefe franquista que huyó a la República por las atrocidades de Queipo de Llano: «Salí horrorizado de sus crímenes... «Mi salida de la España rebelde no fue motivada por cuestiones ideológicas, sino por un problema de conciencia. Salí horrorizado ante los crímenes que allí se cometían. Es algo de lo que no puede darse siquiera una idea quien no haya vivido en territorio rebelde. Aterra hacer cálculos. Hasta el momento que me embarqué, los fusilados ascendían a la espantosa cifra de 150.000 solo en Andalucía y Badajoz. Lo más monstruoso es que los jefes falangistas que tienen a su cargo la represión son bendecidos por el clero. Van a misa por la mañana, comulgan con gran unción y salen de la iglesia para continuar su obra macabra... Han fusilado desde sacerdotes ejemplares, hasta anarquistas platónicos, médicos, catedráticos, maestros, industriales, obreros, etc. El móvil es uno solo: el terror. El terror, como única arma para lograr el triunfo»

 "(...) «Van a misa por la mañana»

Así explicaba los motivos de su deserción en una entrevista concedida al ABC Republicano, en diciembre de 1938: «Mi salida de la España rebelde no fue motivada por cuestiones ideológicas, sino por un problema de conciencia. Salí horrorizado ante los crímenes que allí se cometían. Es algo de lo que no puede darse siquiera una idea quien no haya vivido en territorio rebelde. Aterra hacer cálculos. Hasta el momento que me embarqué, los fusilados ascendían a la espantosa cifra de 150.000 solo en Andalucía y Badajoz. Lo más monstruoso es que los jefes falangistas que tienen a su cargo la represión son bendecidos por el clero. Van a misa por la mañana, comulgan con gran unción y salen de la iglesia para continuar su obra macabra».

Aunque pueda parecerlo, Bahamonde no era un diputado socialista ni un líder comunista, sino un franquista convencido que había solicitado voluntariamente su cargo al lado de Queipo. Una posición que había tomado convencido de que tenía que acabar con los crímenes de la República contra la Iglesia, pero del que poco después renegó al ver, según contaba, «cómo se asesina fríamente a los hombres que se atreven a tener ideas patrióticas, sin importar si son de derechas, católicas o monárquicas».

Bahamonde había nacido en Madrid en 1894 o 1896. No está muy claro. Los datos que existen de él son los que él mismo reveló en su entrevista con ABC y en dos libros que publicó. El primero, 'Un año con Queipo. Diario de un nacionalista' (Ediciones Españolas, 1938), lo publicó al salir de España, aunque antes de que acabara la Guerra Civil. En él cargaba contra la violencia ejercida por Queipo de Llano en Sevilla, bajo cuyas órdenes había estado hasta enero de 1938, y fue reeditado por la editorial Espuela de Plata en 2005. El segundo, una obra colectiva editada en el exilio, en 1940, cuyo título era 'México es así'.

A parte de esto, las anotaciones que figuran en el Centro Documental de la Memoria Histórica y el Archivo General de la Administración son meramente anecdóticas. Según indica Moisés Domínguez, en los archivos militares de Ávila, Segovia y Guadalajara tampoco aparece citado. Las diversas investigaciones realizadas por este historiador en varias instituciones, archivos locales y otros registros resultaron igualmente infructuosas. Tan solo encontró algún dato suelto en archivos o hemerotecas extranjeros.

Huida de España

En la entrevista de ABC, realizada en La Habana, Bahamonde reconocía que había huido a la capital de Cuba después de que Queipo de Llano le ordenara viajar a Berlín con una misión. El barco en el que había embarcado en Lisboa hizo escala en Rotterdam, desde donde se escapó «para contar al mundo los horrores que había presenciado». En sus explicaciones, sin embargo, advertía: «Quiero que diga usted que sigo siendo un burgués y que mis ideas son muy moderadas. He sido siempre católico y lo sigo siendo, a pesar de que mi fe ha sufrido pruebas terribles por los crímenes que he visto cometer en nombre de la religión [...]. A un hombre de conciencia le resulta imposible justificar las matanzas organizadas por gentes que practican el asesinato invocando a Dios».

En su libro, Bahamondes analizaba el papel de Falange y el del clero, contaba como se había producido la rebelión en Andalucía y cómo los franquistas, a los que en un principio había tomado como camaradas, utilizaban la «difamación» como si de un arma más se tratara. El capítulo siete se iniciaba así: «En el territorio sometido al mando del 'libertador' de Andalucía no rigen para nada las infinitas disposiciones dictadas por Franco y su camarilla para apoderarse de los bienes ajenos. Don Gonzalo de Sevilla ha incautado de todos los bienes pertenecientes a personas que han sido fusiladas [...]. Miseria que nadie se atreve a remediar, por temor a ser tildado de marxista. Falange, con su auxilio social, da un rancho a sus víctimas, obligando a los niños a vestir la camisa azul de los asesinos de sus padres».

El capítulo más crítico de todos los que incluye en su libro es el que hace referencia a 'La represión', en el que detalla: «La crueldad de esta guerra no tiene precedentes en la Historia. Las víctimas hechas en la retaguardia superan en mucho a los muertos en los campos de lucha. Han sido inmoladas miles de víctimas de todas clases, de todas las profesiones y de todas las edades. Queipo tuvo que dar una orden para que no se fusilara a menores de 15 años. Al principio, miles de personas fueron asesinadas donde se las encontraba, muchas a las puertas de sus propias casas. Han fusilado desde sacerdotes ejemplares, hasta anarquistas platónicos, médicos, catedráticos, maestros, industriales, obreros, etc. El móvil es uno solo: el terror. El terror, como única arma para lograr el triunfo».

«Un escrito de guerra»

En la introducción de la reedición de 'Un año con Queipo', el historiador Alfonso Lazo opina que el libro de Bahamonde no debe ser tomado como un trabajo de investigación, a pesar de la exactitud de los datos que aporta, sino como una obra de propaganda a favor del bando republicano: «Un escrito de guerra puro y duro, donde todos los criminales están a un lado y las víctimas al otro, pero también un documento verídico de la atroz matanza que estaba teniendo lugar en los territorios controlados por Queipo. Un documento que, aún así, debe ser puesto en paralelo con otros documentos de testigos presenciales donde se recogen las otras atrocidades, es decir, los crímenes, no menores, cometidos en el bando republicano».

Queipo de Llano justificó su represión por el hecho de que contaba con muy poca gente para sublevarse en Sevilla y, a medida que iba ocupando pueblos de Sevilla y Andalucía, no podía permitirse el lujo de dejar vivos a potenciales enemigos que pudieran atacarle después. Esa excusa, sin embargo, podía ser válida en las primeras semanas de la Guerra Civil, cuando arremetía contra los republicanos en su incendiarias amenazas por radio, pero no después, cuando el bando franquista contó la ayuda de la Alemania Nazi y la Italia de Mussolini en forma de aviones, tanques, submarinos y soldados bien formados."                    (Israel Viana, ABC, 05/11/22)

20/10/22

De muro da vergoña a muro de honra... O franquismo empregou man de obra escrava en Pontedeume... Os motivos polos que eran castigadas estas persoas eran do máis inicuo: desde estar afiliados a un partido político de esquerdas a terlle asubiado a un crego cando paseaba. Ou mesmo por levarlles un bocadilo aos que xa estaban condenados, mal alimentados e nunha condición física penosa... "Non houbo piedade en absoluto. O fascismo é sempre arbitrario, e iso é o que provoca o terror

 "No antigo partido xudicial de Pontedeume, os historiadores identificaron 235 asasinados polos fascistas despois do golpe de Estado de 1936. Pero a suma dos castigados pola ditadura é máis alta: desde 1938 a 1942, un número indeterminado de persoas foron condenadas a traballos forzados na construción do chamado "muro de Porto", un valo de cachote de 65 metros que terma dun desmonte realizado onde se atopaba o antigo pazo dos Andrade.

"Non os mataron pero tiveron que sufrir unha dupla condena", explica o deseñador Pepe Barro -creador do proxecto gráfico de Nós Diario-,"porque a aquelas persoas, que tiñan que traballar no muro, sen remuneración ningunha, durante longas xornadas laborais, víanse impedidas para desenvolver un traballo que lles permitise a subsistencia, co cal tamén as súas familias eran castigadas". Barro é o autor dun proxecto presentado polo Ateneo Fernán Martís de Pontedeume que pretende recuperar a memoria daquelas vítimas do franquismo e transformar "o que é un muro da vergoña nun muro de honra"  que lles renda homenaxe.

O proxecto presentouse publicamente o pasado día 14, nun acto no que participaron o historiador Bernardo Máiz, Valentín Bóveda -neto de Alexandre Bóveda e vicepresidente da Fundación que leva o seu nome-; o presidente do Ateneo, Xoán Lourenzo, e o propio Pepe Barro, que contou coa axuda do  arquitecto Jorge Salgado.

 "Queremos traer á memoria o sufrimento destas persoas das que non coñecemos os nomes. Na documentación municipal non se reseña a man de obra escrava, preocupáronse de que non quedasen rastros" explica o deseñador. O que se coñece é grazas aos familiares que sobreviviron e que contan como era a amarga vida daqueles condenados. 

A arbitrariedade do terror

Os motivos polos que eran castigadas estas persoas eran do máis inicuo: desde estar afiliados a un partido político de esquerdas a terlle asubiado a un crego cando paseaba. Ou mesmo por levarlles un bocadilo aos que xa estaban condenados, mal alimentados e nunha condición física penosa.  "Non houbo piedade en absoluto. O fascismo é sempre arbitrario, e iso é o que provoca o terror. Temos que aproveitar esta ocasión ara facerlles xustiza as vítimas, mais tamén para que a mocidade coñeza o que pasou, o sufrimento destas persoas castigadas durante a ditadura por defender a legalidade. Teñen que saber que o fascismo nunca é unha solución".

Homenaxe ás vítimas

O Ateneo Fernán Martís vai propor ao Concello de Pontedeume que aproveite as melloras previstas na zona para que leve a cabo esta homenaxe as vítimas. "O Ateneo toma esta iniciativa ao coñecer que o Concello vai acometer obras de renovación do pavimento desa rúa que está en mal estado. O interese é pór sobre a mesa de todos os concelleiros este proxecto con todos os acontecementos históricos que o fundamentan, para homenaxear non só a estes condenados anónimos na súa maioría, senón en xeral, a todos os represaliados e asasinados polos fascistas".

A intervención é sinxela e, ademais dunha mellora xeral do muro e unha iluminación soterrada, contempla a construción dunha peza vertical de formigón branco, que contraste coa cor do valo, no que se abre unha fiestra pola que só se ve o muro. Baixo deste van, os versos de Celso Emilio Ferreiro: 

O teito é de pedra.
De pedra os muros
i as tebras.
As pedras,
as cadeas
o aire,
as fenestras,
as olladas,
son de pedra.

A caída do pazo dos Andrade e a construción do muro

O pazo dos Andrade en Pontedeume situábase entre o monte Breamo e a ría; pasado o momento en que os muros desenvolvían un papel defensivo, aquel espazo viuse como un impeitizo que debía ser eliminado para ampliar o porto e crear terreos edificábeis. Mais ao facer o desmonte, era preciso un muro de contención que termase da explanada resultante. Despois dunha longa batalla legal, aprobouse a obra cos fascistas xa no poder, que recorreron á man de obra escrava para a construción."            (Manuel Xestoso, Nós, 20/12/22)

22/9/22

El mando franquista que cargó contra las «matanzas» de Queipo de Llano: «El terror es su única arma»... Antonio Bahamonde estuvo a las órdenes del jefe del golpe de Estado en Sevilla hasta enero de 1938, fecha en la que decidió huir durante una misión a la Alemania nazi, «para contar al mundo los horrores que había presenciado... La crueldad de esta guerra no tiene precedentes en la Historia. Las víctimas hechas en la retaguardia superan en mucho a los muertos en los campos de lucha. Han sido inmoladas miles de víctimas de todas clases, de todas las profesiones y de todas las edades. Queipo tuvo que dar una orden para que no se fusilara a menores de 15 años"

 "«Mi salida de la España rebelde no fue motivada por cuestiones ideológicas, sino por un problema de conciencia. Salí horrorizado ante los crímenes que allí se cometían. Es algo de lo que no puede darse siquiera una idea quien no haya vivido en territorio rebelde. Aterra hacer cálculos. Hasta el momento que me embarqué, los fusilados ascendían a la espantosa cifra de 150.000 solo en Andalucía y Badajoz. Lo más monstruoso es que los jefes falangistas que tienen a su cargo la represión son bendecidos por el clero. Van a misa por la mañana, comulgan con gran unción y salen de la iglesia para continuar su obra macabra».

Aunque no lo parezca, quien así se expresaba en una entrevista recogida por el ABC Republicano, en diciembre de 1938, no era un guerrillero anarquista, un diputado socialista o un líder comunista.

Al contrario, quien hablaba era un antiguo delegado de Propaganda del gobierno franquista, en Sevilla, a las órdenes de Gonzalo Queipo de Llano durante la Guerra Civil. Un cargo que había solicitado él mismo, convencido de que tenía que apoyar el golpe de Estado para acabar con los crímenes de la República contra la Iglesia, pero del que luego renegó al ver, desde su posición privilegiada, «cómo se asesina fríamente a los hombres que se atreven a tener ideas patrióticas, sin importar si son de derechas, católicas o monárquicas», contaba.

Bahamonde había nacido en Madrid, en 1894 o 1896. No está muy claro. Lo cierto es que nuestro protagonista fue un personaje casi anónimo, totalmente enigmático, del que no hay muchos datos, salvo lo que contó en esa entrevista de ABC y en dos libros. El primero, ‘Un año con Queipo. Diario de un nacionalista’ (Ediciones Españolas, 1938), lo publicó al salir de España antes de que acabara la Guerra Civil, en el que carga contra la violencia ejercida por el jefe del golpe militar en Sevilla, bajo cuyas órdenes había estado hasta enero de 1938. Fue reeditado por la editorial Espuela de Plata en 2005. El segundo, una obra colectiva editada en el exilio, en 1940, se titulada ‘México es así’.

Según indica Moisés Domínguez, después de eso no volvió a dejar rastro ni en las librerías ni en la vida social española o mexicana. Las anotaciones que figuran en el Centro Documental de la Memoria Histórica y el Archivo General de la Administración son meramente anecdóticas. Lo mismo ocurre en los archivos militares de Ávila, Segovia y Guadalajara, donde no aparece. Las pesquisas realizadas por este historiador en diversas instituciones, archivos locales y otros registros españoles fueron también infructuosas. Solo encontró algún dato en algunos archivos o hemerotecas extranjeros.

Huida de España

En la entrevista de 1938 realizada en La Habana, este diario contó que se encontraba en la capital cubana después de que Queipo de Llano le hubiera ordenado viajar a Berlín con una misión. El barco en el que había embarcado en Lisboa hizo escala en Rotterdam, donde decidió huir hacia México, pasando por Cuba, «para contar al mundo los horrores que había presenciado», a pesar de que dejaba bien claro que no simpatizaba con los republicanos: «Quiero que diga usted que sigo siendo un burgués y que mis ideas son muy moderadas. He sido siempre católico y lo sigo siendo, a pesar de que mi fe ha sufrido pruebas terribles por los crímenes que he visto cometer en nombre de la religión [...]. A un hombre de conciencia le resulta imposible justificar las matanzas organizadas por gentes que practican el asesinato invocando a Dios».

A pesar de que Bahamonde cifraba en 150.000 los muertos en la Región Militar Sur por la represión de Queipo de Llano, lo cierto es que los cálculos más recientes realizados por nueve universidades andaluzas hablan de 45.500 ejecutados. Al general se le atribuyen 14.000 civiles solo en Sevilla, de los cuales 3.000 habrían sido asesinados en el primer trimestre de la contienda. También participó en la llamada ‘Desbandá’, la matanza de otras 5.000 que huían de Málaga a Almería en febrero de 1937. Y famosos fueron violentos discursos desde Radio Sevilla para aterrorizar a los republicanos: «Por cada hombre de orden que caiga mataré a diez extremistas. Y a los dirigentes que huyan, no crean que se librarán: les sacaré de debajo de la tierra y, si están muertos, los volveré matar».

En su libro, Bahamondes analizaba el papel de Falange y el del clero, contaba como se había producido la rebelión en Andalucía y cómo los franquistas, a los que en un principio había tomado como camaradas, utilizaban la «difamación» como si de un arma más se tratara. El capítulo siete, titulado ‘Infamia, pillaje, multas, requisas y aportaciones voluntarias’, comenzaba con la siguiente denuncia:

Queipo, el 'libertador'

«En el territorio sometido al mando del ‘libertador’ de Andalucía no rigen para nada las infinitas disposiciones dictadas por Franco y su camarilla para apoderarse de los bienes ajenos. Hoy día, Don Gonzalo de Sevilla dispone libremente de todos los bienes que radican en su feudo. Antes, este poder era compartido con Falange, que obraba por cuenta propia.

Se han incautado de todos los bienes, aun de los más modestos, pertenecientes a personas que han sido fusiladas, llegando hasta la requisa de humildes ajuares. Las familias de las víctimas tienen que añadir, al dolor de haber perdido a su deudo, el de ser arrojadas de sus viviendas y condenadas a la más absoluta miseria. Miseria que nadie se atreve a remediar, por temor a ser tildado de marxista. Falange, con su auxilio social, da un rancho a sus víctimas, obligando a los niños a vestir la camisa azul de los asesinos de sus padres. A eso le llaman ellos mantener a los hijos de los marxistas.

Además de los bienes de los fusilados y de las personas pertenecientes o simpatizantes, muchas veces hipotéticos, de los partidos de izquierda, Falange se ha incautado, requisado y demás zarandajas con que encubren su verdadero nombre, el robo, de gran cantidad de inmuebles, coches y toda clase de objetos, aun de los más absurdos, sin olvidar el efectivo metálico, que es lo que más les interesaba».

La represión

El capítulo más crítico de todos cuantos incluye en su libro Antonio Bahamonde, es el que hace referencia a ‘La represión’, en el que asegura: «La crueldad de esta guerra no tiene precedentes en la Historia. Las víctimas hechas en la retaguardia superan en mucho a los muertos en los campos de lucha. Han sido inmoladas miles de víctimas de todas clases, de todas las profesiones y de todas las edades. Queipo tuvo que dar una orden para que no se fusilara a menores de 15 años. Al principio, miles de personas fueron asesinadas donde se las encontraba; muchas a las puertas de sus propias casas. Han fusilado desde sacerdotes ejemplares, hasta anarquistas platónicos, médicos, catedráticos, maestros, industriales, obreros, etc.

El móvil es uno solo: el terror. El terror, como única arma para lograr el triunfo. Saben muy bien que solo a fuerza de terror y de torrentes de sangre conseguirán dominar al pueblo. El terror y solo el terror en su grado máximo hacen posible esa ficción de normalidad que quieren hacer creer que se disfruta en la zona nacional. En el territorio sometido impera el orden; es el orden que impera en los cementerios».

Cuando terminó la guerra, Queipo de Llano justificó su represión por el hecho de que, según decía, contaba con tan poca gente para dar el golpe en Sevilla, que a medida que iba ocupando pueblos de Sevilla y Andalucía, no podía permitirse el lujo de dejar vivos a potenciales enemigos que pudieran atacarle después. Una excusa que podría ser válida en las primeras semanas de la guerra, pero no luego, puesto que el bando franquista contó pronto con un Ejército bien formado y con la ayuda de la Alemania Nazi y la Italia de Mussolini en forma de aviones, tanques, submarinos y soldados bien formados.

El historiador Alfonso Lazo subraya en la introducción de la reedición de ‘Un año con Queipo’ que el libro de Bahamonde no debe ser tomado como un trabajo de investigación, a pesar de la exactitud de los datos que aporta, sino como una obra de propaganda a favor del bando republicano. «Un escrito de guerra puro y duro, donde todos los criminales están a un lado y las víctimas al otro, pero también un documento verídico de la atroz matanza que estaba teniendo lugar en los territorios controlados por Queipo. Un documento que, aún así, debe ser puesto en paralelo con otros documentos memorialistas de testigos presenciales donde se recogen las otras atrocidades, es decir, los crímenes, no menores, cometidos en el bando republicano», argumenta."                    (Iasrael Viana ABC, 16/09/22)


13/4/22

La Guardia Cívica, de la que formá parte Rafael Medina, duque de Medinaceli, fué una unidad experta en la represión de la retaguardia que sembró el terror en los pueblos de Huelva y Sevilla durante los primeros años de la Guerra Civil... En un pueblo de Huelva mataron un día a todos los detenidos que se llamaban Manuel, simplemente por el gusto de crear el terror

(Todos los rostros)

 "Francisco Franco invadió España y la dividió en dos para siempre, como dos realidades paralelas e irreconciliables. Una historia que se puede contar en dos fotos y dos protagonistas. Con el mismo nombre. 

A un lado de las trincheras, Rafael Medina. El oficial retratado por Robert Capa en la imagen conocida como Muerte de un miliciano, quizá el icono bélico del siglo XX. La fotografía tomada en Espejo, y no en Cerro Muriano, el 5 de septiembre de 1936, convirtió al periodista húngaro en el reportero de guerra más famoso del mundo. Medina era el enlace de Capa y estaba al mando del escuadrón de milicianos que defendió el municipio, que cayó a los pocos días de la famosa foto en manos de Franco. Medina fue capturado y encarcelado y fusilado en 1940. 

 Al otro lado de las trincheras, otro Rafael Medina. Vecino de Sevilla, duque de Medinaceli y falangista. Y autor de un libro de memorias titulado Tiempo pasado (1971), en el que descubre en sus primeras cuarenta páginas los estrechos contactos que mantiene con otros falangistas y militares retirados y activos, con los que conspira contra la Segunda República. Rafael agarró las armas, acompañó a la sublevación militar y formó parte de una de las más funestas organizaciones, la Guardia Cívica (dirigida por el comandante Alfredo Erquicia), una unidad experta en la represión de la retaguardia que sembró el terror en los pueblos de Huelva y Sevilla durante los primeros años de la Guerra Civil.

 El abuelo de Luis Medina, el comisionista del Ayuntamiento de Madrid de las mascarillas y los test de mala calidad, es el protagonista de una de las fotos más espeluznantes de la guerra. Así como Robert Capa actuó en el frente republicano, el abulense Juan José Serrano lo hizo en la vanguardia y retaguardia franquista y al terminar la contienda continuó su labor en ABC.

Una foto para no olvidar

En la foto tomada el 4 de agosto de 1936, un mes antes de la de Capa, Paul Preston ha identificado a Rafael Medina como el individuo que viste un mono blanco y camina al frente de la Guardia Cívica, en pleno ejercicio del terror a su paso por uno de los pueblos de Huelva. Fue compañero del temido Ramón de Carranza en la represión de los pueblos del Aljarafe sevillano. Rafael Medina, después de participar activamente en la sublevación franquista, pasó a formar parte de la columna del terror que se integra en la llamada Policía Montada. Este grupo paramilitar se dirigió a Huelva desde Sevilla para realizar tareas de “limpieza” por los pueblos del suroeste desde agosto de 1936 hasta marzo de 1937, cuando la columna pasó a la Falange. 

 El historiador Paco Espinosa ha estudiado en profundidad ese momento y al personaje. Cuenta que aquella mezcla de terratenientes, señoritos de la burguesía y aristócratas se juntaron en la Policía Montada y marchaban ocupando zonas agrícolas. “Limpiando los pueblos de gente roja”, asegura el historiador. “Mucho tiempo”, añade Espinosa, investigador de la represión en el sudoeste de España. Los propios documentos oficiales se refieren a ellas como “operaciones de limpieza”. Vestían uniforme color caqui, botas de montar y sombrero cordobés. En el sombrero de este sombrío cuerpo ecuestre podía leerse el “detente”, un lema que decía: “Detente enemigo, que el corazón de Jesús va conmigo”. Creían que esto les libraba de los peligros y los legitimaba para la barbarie en los pueblos que querían controlar.

La columna que Rafael Medina formó con Ramón de Carranza estaba compuesta por la burguesía agraria, caciques que revisaban qué había ocurrido con sus tierras. Lo primero que hacían era apartar a las autoridades de los pueblos y colocar a los que querían, para recuperar el control de las localidades. “Esa gente iba cubierta por fuerzas africanas, legionarios y regulares. Una vez que tomaron Huelva, a finales de julio de 1936, siguieron su ruta hacia Ayamonte”, recuerda Espinosa. El propio Medina lo escribe en su libro de memorias, publicado en plena dictadura: “Aquellas operaciones de conquista de pueblos tenían, sin duda, un gran interés y eran de la mayor urgencia por el fin que se perseguía de liberación y dominio”. También por hacerse con la propiedad de las tierras de pueblos como Aznalcázar, Pilas, Villamanrique, Carrión de los Céspedes y Castilleja del Campo. 

La prensa franquista llamó “grupos de incontrolados” a estas “escuadras negras”. Participaron en la primera fase de la “limpieza política”. Dionisio Ridruejo, el director general de Propaganda en el Ministerio de la Gobernación, calificó sus acciones como “represión informal o espontánea”. Fueron los orígenes de las sacas y el “paseo” (o “paseíllo”). La que más notoriedad ha alcanzado es la escuadra negra que asesinó a Federico García Lorca. La del duque de Medinaceli le sirvió, además, para nombrarle alcalde de Sevilla, entre 1943 y 1947, y procurador de las Cortes. En Huelva, hasta el inicio de los tribunales militares, en marzo de 1937, se asesinó a 2.376 hombres y 86 mujeres.

Una historia sin responsabilidades

En un pueblo de Huelva los fascistas mataron un día a todos los detenidos que se llamaban Manuel, simplemente por el gusto de crear el terror, ha contado Espinosa. La columna de Rafael Medina logró destruir todo lo levantado por la República a fuerza de fusilamientos para recuperar el control y los poderes. “Esa gente se ha mantenido en su sitio durante la dictadura y en la Transición no perdieron nada, intocables desde 1936. Nadie ha interrumpido su historia para pedirles responsabilidades”, cuenta Espinosa.

Paul Preston, en El holocausto español (2011), cuenta algo más sobre el papel del abuelo del comisionista que ha sacado provecho del coronavirus y se ha lamentado de que en la Fiscalía sean “de izquierdas”. Según el hispanista británico el odio entre los campesinos sin tierra y los propietarios administradores de las fincas pasó a formar parte de la vida cotidiana en el sur. Cuenta cómo un destacado terrateniente de Sevilla, Rafael Medina, escribió acerca de “la incomprensión de los de arriba y la envidia de los de abajo”, la distancia entre quienes caminaban en alpargatas y quienes viajaban en coche. Y se detiene en esa anécdota: cuando Rafael y su padre pasaban en su coche por delante de los jornaleros, en alguna carretera secundaria, notaban “la torva mirada, de tan profundo desprecio y tan señalado rencor que tenía la fuerza de un rayo fulminante”.  

 Continúa Preston el relato de la estrecha relación que existía entre los propietarios de las tierras y sus salvadores militares. Se puso de manifiesto cuando Queipo de Llano encargó a Rafael Medina que recaudara fondos para la causa rebelde. Tras muchos meses de quejas por la ruina de la agricultura, como consecuencia, criticaban, de las reformas republicanas, cabía esperar que los esfuerzos de Medina fueran un fracaso. Pero no. El primer día recaudó un millón de pesetas entre los exportadores de aceituna de Alcalá de Guadaira. 

Ese mismo día, en Dos Hermanas, un propietario le preguntó a dónde iría el dinero. Medina dijo que esperaban comprar un avión y el terrateniente preguntó cuánto costaría eso. Medina contestó que “sobre un millón de pesetas”. El latifundista le extendió en el acto un cheque por esa cantidad. “En los días que siguieron al alzamiento, los señoritos rurales podían permitirse el lujo de formar y financiar sus propias milicias, como las columnas de Ramón de Carranza y de los hermanos Mora Figueroa”, escribe Paul Preston."               (Peio H. Riaño  , eldiario.es, 12 de abril de 2022)

24/2/20

El ejército franquista practicó la violación de mujeres de forma “sistemática” y como “arma de guerra”... las recientes viudas eran llevadas en un camión a un paraje donde eran violadas, fusiladas y enterradas

"Toda guerra se ceba con los más débiles: niños, ancianos, discapacitados, minorías étnicas, desvalidos económicos… 

Y por supuesto con las mujeres, víctimas de las violaciones y vejaciones no solo de las tropas enemigas invasoras sino también de desalmados que en la retaguardia aprovechan el caos y las miserias de la guerra para dar rienda suelta a su violencia, a su machismo y a sus instintos más primarios. Durante la Segunda Guerra Mundial la violación fue algo habitual. Las tropas nazis la practicaron sistemáticamente en aquellos países europeos que eran ocupados por el Tercer Reich y también en los campos de concentración y de exterminio. 

A su vez, el terror entre las mujeres alemanas se extendió de forma generalizada por toda Alemania cuando los soldados del Ejército Rojo avanzaban imparables hacia Berlín con la consigna de violar cuanto más mejor. Y en los últimos años se están conociendo datos estremecedores sobre las atrocidades cometidas por algunos soldados norteamericanos tras la batalla de Normandía, en 1944, y el posterior avance de los aliados hacia París, una liberación que para muchas francesas (incluso menores de edad) fue una auténtica pesadilla.

La Guerra Civil española, la más cruenta que hasta ese momento se había conocido, no fue una excepción. Con total seguridad hubo cientos de violaciones, aunque estamos ante un asunto en el que faltan datos históricos oficiales (los dos ejércitos ocultaban sus crímenes) y donde todo está por investigar. Como premisa inicial podría decirse que en lo que se refiere al holocausto femenino durante la contienda española no hubo buenos ni malos. La mujer sufrió la jerarquía y el abuso de poder a manos del hombre tanto en la zona nacional como en la republicana.

 Sin embargo, sí existen datos históricos suficientes para afirmar que entre las tropas franquistas había una consigna clara y directa del alto mando: avanzar sin dejar prisioneros; exterminar a los rojos enemigos de España; y no tener compasión con las mujeres, que a fin de cuentas luchaban en las trincheras, codo con codo con sus camaradas, y además se ocupaban de los hijos, miles de niños que tras la guerra quedaron huérfanos de ambos padres.

El hecho de que Franco y sus militares sublevados dieran órdenes de arrasarlo todo, sin compasión, supuso que en la zona nacional se cometieran muchas más violaciones masivas y de forma sistemática, ante la tolerancia y complicidad del alto mando, que incitaba a tales prácticas o sencillamente miraba para otro lado cuando tenía constancia de algún caso. Las palabras del teniente coronel Juan Yagüe, uno de los principales golpistas del 36, resultan clarificadoras sobre las intenciones de los conspiradores: “Garantizar el exterminio de un tercio de este país, limpiándolo de marxistas, republicanos y masones”.

Por el contrario, en la zona Republicana las violaciones fueron más aisladas y la propia Causa General −impulsada al término de la guerra por el ministro de Justicia franquista Eduardo Aunós mediante decreto de 26 de abril de 1940 con el objeto de instruir “los hechos delictivos cometidos en todo el territorio nacional durante la dominación roja”−, solo documenta un único caso de violación, el de una monja que fue víctima de una brutal agresión.

Es algo comúnmente aceptado por los historiadores que entre las tropas franquistas la violación era un arma de guerra más. Según Guillermo Rubio Martín, tras el fracaso del golpe de Franco (la sublevación no triunfó en la mayoría del territorio nacional) a los fascistas solo les quedaba emplearse a fondo en una guerra de exterminio: “La necesidad de un golpe de extrema violencia, el objetivo de destruir física y moralmente al enemigo, y la idea de que éste no era realmente humano hicieron de los más débiles, como no podía ser de otra forma, sus primeras víctimas”, asegura este autor. “Las mujeres han sido, y siguen siendo, objetivo prioritario de las fuerzas militares en su ataque a objetivos civiles. 

Toda sociedad se vertebra entorno a sus mujeres, como sostenedoras del hogar y de la economía de bajo alcance y son la reserva reproductiva. Además, en toda sociedad patriarcal las mujeres son las depositarias del honor de la casa y de la sociedad y dañarlas a ellas es mostrar que sus hombres no son capaces de protegerlas y, por lo tanto, no son verdaderos hombres. La ofensiva militar llevada a cabo contra la población civil por las tropas sublevadas durante la Guerra Civil no fue una excepción en este aspecto”.

En la primera fase de la guerra, desde el golpe de julio de 1936 hasta noviembre del mismo año y con la estabilización de los frentes, la violación sistemática acompañó en todo momento a las tropas sublevadas. Rubio distingue las violaciones perpetradas por el ejército africanista, veteranos de guerra que habían peleado contra los españoles años antes, de las que llevaban a cabo falangistas y requetés. El primer grupo estaba compuesto por la Legión Extranjera y las tropas indígenas de los Regulares (“los marroquíes”). Estos estaban acostumbrados a cometer violaciones y otras agresiones sexuales contra la población femenina en primera línea de combate, antes de los fusilamientos y durante el saqueo de casas, haciendas y propiedades. 

“Las mujeres eran violadas dentro del frenesí de destrucción y, normalmente, asesinadas con posterioridad. Son habituales las violaciones en grupo y las de menores”. Tales prácticas eran características de la guerra colonial que el ejército de África importó a España desde Marruecos. El eco de la crueldad de estos soldados llegó hasta la zona Republicana y pronto se extendieron los rumores sobre decapitaciones, torturas, mutilaciones genitales y cuerpos descuartizados. Resulta imposible llevar a cabo un recuento del número de mujeres violadas por “los marroquíes de Franco”, ya que a menudo las víctimas eran asesinadas tras ser torturadas y jamás se hacían comprobaciones de los forenses.

Los soldados falangistas, al contrario, actuaban como tropa de retaguardia. “Llegaban una vez que los combates habían finalizado o a lugares donde ni siquiera se habían producido. De entrada, llevaban a cabo una gran variedad de acciones humillantes contra las republicanas como raparlas, obligarlas a beber aceite de ricino y propinarles brutales palizas”. Luego mandaban a estas mujeres −esposas de fusilados o huidos, votantes o activistas de izquierda o sospechosas de mostrar simpatía pública por líderes progresistas como Roosevelt− a trabajar en los cuarteles y a los campamentos de las tropas. “Allí las obligaban a limpiar, cocinar, eran violadas y, en muchos casos, asesinadas. 

En otras localidades, como ocurrió en algunos pueblos andaluces, las recientes viudas eran llevadas en un camión a un paraje donde eran violadas, fusiladas y enterradas. Después y como colofón de tan macabro modus operandi, sus asesinos desfilaban con su ropa interior en los fusiles”, explica Rubio. Según este autor, “por supuesto también hubo violencia en la zona republicana, la cometida por las famosas checas en las ciudades y la del terror rojo del verano de 1936. 

Miles de personas (20.000) fueron detenidas y asesinadas mediando o no juicio por su identificación con los rebeldes o por su posición económica. El carácter de esta violencia es más social, más dirigido contra los estratos conservadores y religiosos (1.237 sacerdotes fueron asesinados), pero se define por su carácter furibundo, local y no planeado. Fue atajado en cuanto el Gobierno republicano recuperó el control en octubre. Sin embargo, no hubo ningún tipo de violencia sexual dentro de esta explosión”, asegura el historiador.

Una de las principales pruebas de que las violaciones eran sistemáticas en el bando nacional es el registro sonoro sobre las alocuciones radiofónicas del general sublevado Gonzalo Queipo de Llano. Queipo se destacó por el uso de la radiodifusión como medio de guerra psicológica, con sus famosas charlas a través de Unión Radio Sevilla. A lo largo de la guerra actuó con casi total independencia, lo que llevó a ser tristemente conocido como el “virrey de Andalucía”. 

 En uno de sus más conocidos y atroces discursos dejó constancia de su ferocidad y odio contra las mujeres: “Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad y de paso también a sus mujeres. Esto está totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen (…) Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar, que si lo hiciereis así quedaréis exentos de toda responsabilidad”. Era la licencia para violar y matar de uno de los mayores genocidas que ha conocido este país.

Las brutalidades cometidas contra las mujeres en aquellos días en la provincia de Sevilla y en las zonas andaluzas controladas por los sublevados han sido recogidas por historiadores como Pura Sánchez en Individuas de dudosa moral (Crítica, 2009) o José María García Márquez en Las víctimas de la represión militar en la provincia de Sevilla (1936-1939), según se recoge en el reportaje El abuso sexual de la mujer como arma de guerra en la zona nacional publicado por el portal digital Ser Histórico.

 “A La Trunfa le dieron una paliza y, sin dejar de maltratarla, la introdujeron en un cuarto del cortijo, donde la intimidaron tendiéndola en el suelo, obligándola a remangarse y exhibir sus partes genitales; hecho esto, el sargento, esgrimiendo unas tijeras, las ofreció al falangista Joaquín Barragán Díaz para que pelara con ellas el vello de las partes genitales de la detenida, a lo que este se negó; entonces, el sargento, malhumorado, ordenó lo antes dicho a un guardia civil del puesto de El Real de la Jara. Este obedeció y, efectuándolo con repugnancia, no pudo terminar y entregó la tijera al jefe de Falange de Brenes, que terminó la operación. Y entre este y el sargento terminaron pelándole la cabeza”, describe García Márquez en una de las escenas documentadas más terribles de nuestra guerra civil, que tuvo lugar en la localidad de Brenes y que el historiador localizó en los archivos militares de Sevilla.

Paul Preston, en el prólogo de su libro El Holocausto Español (Debate, 2011), asegura que la violación masiva de mujeres fue uno de los episodios menos conocidos de nuestra guerra. El hispanista británico documenta atrocidades en el avance de las tropas nacionales entre Andalucía y Extremadura supuestamente cometidas por los soldados de África llegados a la Península en agosto de 1936. “Una parte importante de la campaña represora de los rebeldes, aunque subestimada −la persecución sistemática de las mujeres−, no queda reflejada en los análisis estadísticos. 

El asesinato, la tortura y la violación eran castigos generalizados para las mujeres de izquierdas (no todas pero sí muchas), que habían emprendido la liberación de género durante el periodo republicano. Las que sobrevivieron a la cárcel padecieron de por vida graves secuelas físicas y mentales. Otras miles de mujeres fueron sometidas a violaciones y otras formas de abuso sexual, a la humillación de que les raparan la cabeza o de hacerse sus necesidades en público tras la ingesta forzosa de aceite de ricino”.

Preston registra violaciones y “humillaciones” de mujeres cometidas por los militares de la llamada “Columna de la Muerte” en las localidades de Zafra, Almendralejo, Mérida, El Casar de Escalona y Puebla de la Calzada. En Badajoz, los Regulares y la Legión mutilaban a los heridos y las castraciones de cadáveres estaban a la orden del día. La periodista Sol López-Barrajón, en un artículo publicado en Memoria Pública en 2016, escribe: “Algunos oficiales alemanes al servicio del general Franco se dieron el gusto de fotografiar cadáveres castrados por los moros y fue tal la sacudida de espanto que produjeron los cadáveres castrados que el general Franco se vio en la obligación de mandar a Yagüe que cesaran las castraciones y los ritos sexuales con el enemigo muerto. Pero siguieron haciéndolo”.

Preston afirma que el uso del terror no fue espontáneo sino que respondía a un cálculo minucioso de sus efectos colaterales. Los Regulares y la Legión mutilaban a los heridos, les cortaban las orejas, la nariz, los órganos sexuales y hasta los decapitaban. Tales prácticas, en combinación con la matanza de prisioneros y la violación sistemática de las mujeres fueron permitidas en España por los oficiales sublevados como antes lo habían sido en Marruecos por Franco y otros mandos militares.

Fernando Romero, miembro del grupo de trabajo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía, de la CGT, relató en 2010 al diario Público cómo fue la represión en localidades con El Gastor (Cádiz), donde al menos 40 mujeres fueron vejadas, entre ellas María Torreño, esposa de un concejal socialista, y su hija Fraternidad Hidalgo. “A Fraternidad, de 21 años, la maltrataron con tanta saña que perdió el hijo que esperaba, la dejaron ciega y murió al poco tiempo como consecuencia de las torturas. A Frasquita Avilés, una mujer que rechazó a un falangista que se había enamorado de ella, la violaron en el cementerio después de muerta”. Además, el 27 de agosto cinco jóvenes, casi niñas, de entre 16 y 22 años de Fuentes de Andalucía, fueron violadas, asesinadas y arrojadas a un pozo. Fueron las llamadas “niñas de El Aguacho”. 

“El crimen se cometió el 27 de agosto de 1936. Varias personas del bando franquista secuestraron a María león Becerril. La mayor del grupo, con 22 años, junto a María Jesús Caro González, Joaquina Lora Muñoz y Josefa García Lora, todas con 18 años. También a la hermana de esta última, Coral García Lora, de solo 16 años. Las montaron en un camión y se dirigieron al pueblo vecino de La Campana, aunque detuvieron su camino en la finca conocida como El Aguacho. 

Allí las obligaron a bajar, a comer, cantar y bailar mientras sus captores las insultaban, amenazaban, bebían y se emborrachaban… Hasta que, al atardecer, estos se pasearon de nuevo por las calles fontaniegas, ahítos de venganza y sin las jóvenes, aunque sí con su ropa interior, que enarbolaban como banderas ensartadas en las puntas de sus fusiles y escopetas”, relató el periodista Juan Miquel Barquero a eldiario.es en el año 2103."              (José Antequera, Diario16, 24/02/20)

16/12/19

Los disparos del pelotón se escuchaban en todo el Puerto de Las Palmas, cientos de camaradas eran asesinados sin que se moviera una mosca, entre el silencio de un pueblo desarmado, asustado y triste...

" Carlos Mortes Rufino, salió aliviado pero a la vez muy triste del Cuartel de Ingenieros de La Isleta, lo habían dejado marchar libre de todo cargo, pero a cinco de sus compañeros los habían condenado a muerte, sabía que ni siquiera se podría incorporar a su puesto de funcionario del municipio de San Lorenzo, que estaría de por vida estigmatizado por rojo y comunista, la piernas le temblaban cuando bajaba la calle Faro y vio pasar varios camiones cargados de fusilados dejando un reguero de sangre. 

Los disparos del pelotón se escuchaban en todo el Puerto de Las Palmas, cientos de camaradas eran asesinados sin que se moviera una mosca, entre el silencio de un pueblo desarmado, asustado y triste. 

Llegando a la calle Albareda lo esperaba sus esposa Soledad Doreste Alonso, la pobre estaba muy triste, no sabía quien le había dejado la nota en la puerta, pensó que podía ser una encerrona de los asesinos fascistas de Tamaraceite, pero acudió caminando desde el pueblo bajando por Las Perreras y los riscos de Guanarteme hasta el lugar donde le dijeron que esperara. Se dieron un abrazo tan fuerte que no se podían separar, fue Carlos quien le dijo al oído que tuviera cuidado, que lo soltara, porque podían llamar la atención de una ciudad repleta de espías del nuevo régimen. 

Andaron juntos de la mano, Carlos cojeaba por las brutales torturas que sufrió junto a sus compañeros desde que lo detuvieron la noche del 29 de julio del 37, no pararon de caminar mirando de vez en cuando hacia atrás, nadie los seguía, parecía que se alumbraba una vida nueva si lograban salir en barco hacia Venezuela en las próximas semanas. 

Esa noche se acostaron pronto después de cenar leche de cabra con gofio, la cabrita la tenían en la azotea de la casa de La Montañeta, era una miembro más de la familia desde se que la regalaron siendo una baifilla a Carlos para que se la comieran por Navidad. Ninguno de los dos se atrevió a matarla, era como una hija juguetona que saltaba y se divertía entre las piernas de la pareja. 

Cuando todavía no eran las tres de la madrugada se escuchó el estruendo, alguien tocaba puerta, Carlos abrió los ojos y le dijo en voz muy baja a Sole: 

-Vienen a por mi, se fuerte amor mio, no hagas ni digas nada- 

La muchacha se quedó aterrada, inmóvil en posición fetal, mientras su marido se levantaba y se ponía los pantalones. Lo vio cojeando abrir la puerta y como dos hombres con gabardina negra y sombrero le apuntaban con sus pistolas. Se lo llevaron y dejaron la puerta abierta haciéndose un silencio aterrador, solo ladraban algunos perros que barruntaban muerte. 

Soledad salió y vio como el coche partía hacia el norte, se veía la cabecita de Carlos en el sillón de atrás con uno de los esbirros al lado, el humo del vehículo se mezclaba con la niebla que parecía brotar de la tierra tras la leve tormenta veraniega. 

Nunca más se supo del comerciante catalán, nadie ocupó su puesto en un Ayuntamiento desolado y con su alcalde comunista condenado a muerte, era imposible no extrañarlo, imposible olvidar su labor de apoyo a las familias más humildes, como se volcaba para ayudar a quienes no tenían nada. 

Sole guardó su legado en una pequeña cajita de madera, jamás nadie lo reconoció, sigue perdido en las listas de los miles de asesinados en Canarias, los malditos, los que jamás recibirán su digno homenaje para la historia." (Viajando entre la tormenta, 12/12/19)

12/12/19

La República nunca tuvo el terror como política de Estado. En cambio, el Estado franquista dictatorial sí que lo tuvo... la República intentó incluso controlar los desmanes de sectores de la población, recuperando y reconstruyendo las propiedades afectadas... el de Franco fué uno de los regímenes más crueles y terroristas que haya habido en Europa en el siglo XX...

"(...) La República nunca tuvo el terror como política de Estado. En cambio, el Estado fascista dictatorial sí que lo tuvo, pues era intrínseco a la naturaleza del régimen. La existencia del terror era parte esencial de aquel régimen generado por unas minorías conscientes de que tenían a la mayoría de las clases populares en contra. 

De ahí que el terror fuera necesario para su propia supervivencia. No así para la II República. El terror nunca fue una política del Estado republicano. Es más, intentó incluso controlar los desmanes de sectores de la población, recuperando y reconstruyendo las propiedades afectadas. 

 Cuando, por ejemplo, algunos sectores del movimiento sindical obrero (que odiaban, con razón, al clero y a las autoridades eclesiásticas de la Iglesia católica, por su apoyo al enormemente opresivo régimen borbónico) comenzaron a quemar y a destruir las iglesias, fue el Estado republicano y, en Catalunya, el gobierno de la Generalitat, los que intentaron parar tales actos, e incluso reparar los daños causados a los edificios. 

El Estado republicano tuvo una política de restauración del daño a los edificios, como queda bien documentado en la exposición Arqueología en el exilio: el museo de Arqueología de Catalunya y la Guerra Civil española (1936-1939) que hay en dicho museo, que acredita el enorme sacrificio que hizo dicho Estado para proteger las iglesias y otros edificios religiosos. 

Asociar la República con la quema de iglesias, como hizo recientemente la presidenta de la Comunidad de Madrid, del PP, Isabel Díaz Ayuso, muestra el grado de ignorancia y/o manipulación de la que la derecha es capaz para justificar la enorme represión que todavía hoy es glorificada por parte de las derechas (y no solo por parte de Vox). Por el lado fascista, los asesinatos políticos eran parte de una política de Estado. 

Como ha señalado el mayor experto sobre el fascismo europeo, el Profesor Malefakis, de la Columbia University, en Nueva York, por cada asesinato político que cometió el régimen fascista italiano liderado por Benito Mussolini, el régimen fascista liderado por el General Franco cometió 10.000. Fue uno de los regímenes más crueles y terroristas que haya habido en Europa en el siglo XX. Fue el régimen que dio lugar a más asesinatos políticos, asesinados cuyos cuerpos continúan hoy en paradero desconocido, un número, el de desaparecidos por causas políticas, que es el mayor (en términos porcentuales) en el mundo, después de Camboya.

Los golpistas fueron explícitos en su comportamiento, promoviendo el terrorismo. Como dijo el general Emilio Mola “Hay que sembrar el terror… hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilaciones a todos los que no piensan como nosotros. Nada de cobardía. Si vacilamos en el ejercicio del terror no ganamos la partida”. El terror fue el eje de lo que Paul Preston ha llamado genocidio, con la ejecución o exilio de un millón de españoles como parte del Holocausto Español. Fue precisamente el rechazo popular al golpe militar lo que estableció la política de matanza en masa de civiles en cada pueblo y ciudad ocupados. La gran mayoría de víctimas pertenecían a las clases populares que habían rechazado el golpe.  

El terror sembrado por el fascismo tenía un componente de clase muy acentuado, como también lo tuvo su machismo, pues incluía la violación de la mujer como parte del terror. Queipo de Llano, responsable de la ocupación de los que se llamaban a sí mismos los “nacionales” (portadores de un uninacionalismo españolista imperialista, que odiaba una visión plurinacional de España) en Andalucía, había alentado tal comportamiento de castigo.

“Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen”.

Este general está todavía hoy enterrado, con todos los honores, en la basílica sevillana de la Macarena y no solo Vox sino también el Partido Popular y Ciudadanos se han opuesto a su exhumación. Al clasismo y sexismo se añadía un terror racista definiendo a los que describían como “rojos” como seres de raza inferior, que, como había indicado José Antonio Primo de Rivera, el fundador del partido fascista, eran “bereberes (de supuestas raza y cultura inferiores) que estaban invadiendo España para destruir la civilización cristiana”. Tal declaración se hizo en el Día de la Raza, y este personaje continúa enterrado en el monumento al fascismo: el Valle de los Caídos. 

La ignorada u ocultada II República


La II República fue una experiencia positiva para España. Breve, pero importante. En realidad, de conocerse lo que realmente pasó en la II República, se rompería la creencia ampliamente extendida en Europa (favorecida por la imagen tan negativa que dio el régimen fascista) de que España es un país violento, ignorándose que la II República fue conocida por sus reformas progresistas, realizadas mucho antes que en otros países, como Francia (que se presentaba como un país más ilustrado). Aprobó, por ejemplo, el aborto (primero, por la Generalitat de Catalunya, y luego expandida al resto del Estado) años antes de que se hiciera en países como Francia (que estaba gobernada por las izquierdas). 

La II República fue una de las épocas más progresistas que ha vivido España y para las clases trabajadoras y las mujeres, significó una enorme ventana de libertades, pues la monarquía había sido siempre un sistema de gobierno preferido por la Iglesia, que mantenía sumisas e ignorantes a las mujeres. En los años 20 y 30 solo el 0,51% de las mujeres jóvenes cursaba estudios superiores. La República dio el derecho a voto a las mujeres el 1 de octubre de 1931 (el sufragio universal femenino no fue implantado en Francia hasta 1944, o en Bélgica hasta 1948), iniciando muchas reformas que dotaron de dignidad y oportunidades al colectivo femenino.

Y para las clases populares, la II República significó una enorme apertura, rompiendo con las condiciones –como su falta de educación- que las mantenían en la ignorancia. Dicha ignorancia no era una consecuencia del olvido, sino el resultado de un proyecto de opresión de las derechas, a fin de mantener su dependencia emotiva y psicológica de la Iglesia. En Catalunya, y en todos los territorios de España, las reformas educativas alcanzaron, durante la II República, sectores populares y territorios que jamás habían conocido lo que era un maestro. 

 Miles de maestros (incluidos mi padre, mi madre y mis tíos y tías) fueron a partes remotas del territorio a dar clases, en lugares donde se podía ir solo en mulas. Y dieron clases no solo a los niños, sino a los adultos. En realidad, una de las acusaciones vertidas sobre mis padres por parte del tribunal fascista que los juzgó, los sentenció y expulsó del magisterio fue, entre muchas otras, el utilizar la escuela pública para dar clases a personas adultas.

Esta es la realidad: intentar dignificar a estos grupos que oprimieron a las clases populares llamándolas “la otra España” (una supuesta España de partes y bandos iguales) es ocultar que lo que estaba sucediendo era la lucha para conservar el poder de una clase muy minoritaria en contra de la gran mayoría de la población. Era una lucha de clases en la que las clases dominantes utilizaban toda la represión para mantenerse en el poder. Era muy fácil ver las causas del golpe militar, y de todo ello apenas se habla en la película.

En realidad, miles de españoles no compartieron la admiración por la figura de Unamuno que transmite el largometraje. Fue una figura patética, alejada de la realidad que lo rodeaba en unos momentos claves en la historia de este país y que jugó un papel importante en crear la cultura de la que surgió el nacional-catolicismo, la versión española del fascismo europeo. Su toma de conciencia de la crueldad de los golpistas y su denuncia es valiosa y hay que aplaudirla, pero es dramáticamente insuficiente. 

Lo que echo también en falta en la película es una explicación del por qué tuvo lugar el golpe militar y por qué era previsible que ocurriera. Y echo también en falta el significado de la denuncia que hizo Unamuno a los golpistas. El “viva la muerte y mueran los intelectuales” no era un exabrupto de Millán-Astray. Era una presentación de la política cultural del fascismo, habiendo sido tal general el responsable de la oficina de Prensa y Propaganda del régimen, y el fundador de Radio Nacional de España. Su intención era asesinar y eliminar la cultura democrática y republicana del país, sustituyéndola de arriba abajo.

En esta campaña, el terror fue un componente esencial, pues incluyó asesinatos, encarcelamientos y exilio para miles y miles de maestros y académicos, con medidas enormemente crueles encaminadas a eliminar a toda una cultura democrática y republicana, presente en las políticas públicas de los gobiernos progre. Solo un año después del golpe, en 1937, se había expedientado a 50.000 maestros, lo que conllevó en muchos casos asesinatos, prisión, expulsión y/o exilio. 

Y al final del golpe, más del 40% del profesorado universitario se vio afectado. La famosa quema de libros de la Gestapo en Alemania ocurrió también en España. Yo guardo en mi casa copia de un ejemplar de El Capital, que mi padre tenía y que pudo recuperar medio cortado y medio quemado, ejemplar que siempre tuvo en su despacho hasta que murió, para recordar lo que significó el fascismo. (...)"                   (Vicenç Navarro, Público, 25/11/19)

21/6/19

Teo, la única mujer topo del franquismo. “Eso es lo peor del mundo”, relataba en referencia a la Dirección General de Seguridad. “A una amiga le pasaron encima nueve tíos seguidos, uno detrás de otro, la misma noche. Nueve policías, uno detrás de otro. La pobre está pirada. Y a otra que tenía un cuerpo precioso, y no quería desnudarse, la ataron al techo, le quemaron un brazo, la desnudaron y la violaron también. Y otra amiga salió embarazada de allí...”

"Teodomira Gallardo fue la única mujer topo del franquismo. O, al menos, la única conocida por haberse enterrado en vida para escapar de las fauces de la represión. Hubo hombres que llegaron a pasar años —e incluso décadas— escondidos durante la posguerra, aunque la venganza se cernió sobre las republicanas de otras maneras, algunas terribles, pero que no pasaron por el encierro autoimpuesto.

Nacida a principios del siglo pasado, su marido era el alcalde de Zarza del Tajo cuando estalló la guerra civil en 1936. Comunista, pese a que la localidad conquense no contaba con una delegación organizada, Valerio Fernández cogió el fusil a los treinta y combatió en el Cuerpo de Carabineros, que en su mayoría permaneció fiel al Gobierno de la Segunda República.

Un camarero del casino de la vecina Santa Cruz de la Zarza que llegó a ascender a teniente. Y que, cuando terminó la contienda y regresó a casa, se encontró con que el regidor del municipio donde trabajaba había sido molido a palos por los falangistas. Un amigo le advirtió del peligro que corría, aunque él consideraba que no había hecho nada malo.

Sin embargo, las represalias no tardarían en llegar a su pueblo, donde al comienzo de la guerra unos anarquistas madrileños habían matado a los hombres que aparentaban ricos, mas quienes tenían dinero ya habían huido y pocos varones quedaban, pues muchos habían sido llamados a filas. Así lo recordaba Teodomira Gallardo, más conocida como Teo, cuando ya había cumplido los setenta y vivía en el barrio de San Blas, en Madrid.

Su testimonio fue incluido en un prólogo “para españoles menores de cuarenta años” del libro Los topos, de Jesús Torbado y Manuel Leguineche, originalmente publicado en 1977 y reeditado por Capitán Swing. Aunque su investigación se centraba en los hombres ocultos, de algún modo hacían justicia con ella, entrevistada en la salita de su humilde casa, presidida por un retrato del Che y otro de Dolores Ibárruri, la Pasionaria.

“Ejemplifica con precisión suprema lo que fue el terror de la guerra —el terror impuesto por unos y por otros; especialmente por unos, evidentemente— y la inagotable venganza de los vencedores, una verdadera orgía sangrienta, sobre seres no sólo indefensos, sino muchas veces absolutamente inocentes”, escribían los periodistas.

Valerio, su marido, huyó, pero fueron a por ella. Registraron su vivienda en busca de armas, en vano, después del chivatazo de un viejo camarada que la había traicionado. La echaron de su hogar, sin comida ni ropa, y tuvo que irse con una bebé y un niño de cuatro años a casa de su suegra, cuyo esposo había sido detenido. Ante las amenazas, buscó a su pareja y se echaron al monte.

Tres días tardaron en llegar a Aranjuez, donde se escondieron en una habitación que su cuñada tenía en el patio, donde permanecieron enclaustrados seis meses. Allí escucharon gritar de desesperación a Las Cuelvas, como eran apodadas una madre y sus dos hijas, quienes serían fusiladas por no revelar el paradero de un tercer hijo que se había ocultado.

Sin embargo, cuando su cuñada enfermó, se vio obligada a dejar el escondrijo para cuidarla, porque pedir ayuda o llamar a un médico los habría descubierto. Aun así, la policía comenzó a sospechar y tuvieron que volver a huir, esta vez de pueblo en pueblo, haciéndose pasar por hojalateros.

Agazapados de noche en un tejar, una vecina de Huecas, en la provincia de Toledo, les advirtió de que no tenían pinta de quincalleros, por lo que no tardarían en caer. Estaba dispuesta a alojarlos en su vivienda, al menos hasta que pariera. Teo estaba embarazada.

A Crescencia, su ángel de la guarda, le habían matado a una hermana y pronto ejecutarían a su marido.

A finales de marzo de 1940, justo un año después de que Valerio se escapase, Teodomira dio a luz una niña. No había pasado ni un mes del alumbramiento cuando la policía los detuvo: ella fue ingresada en la cárcel de Ventas y su pareja, en la de Santa Rita, en el barrio madrileño de Carabanchel. “Más de cuatro años estuvimos nosotros sin juicio. En ese tiempo, a él le habían sacado cinco veces para darle palizas que lo dejaban medio muerto”, contaba Teo a los periodistas.

Finalmente, fueron juzgados por rebelión militar y les atribuyeron el asesinato de un cura, aunque —¡milagro!— don Pedro estaba vivo en el momento de la acusación. Condenado a muerte, otro marzo para el recuerdo, en este caso el de 1945: Valerio cayó ante un pelotón de fusilamiento. A ella la seguirían deteniendo intermitentemente por comunista hasta 1970, cuando arrestaron a un hijo suyo en una manifestación proamnistía y, tras protestar, entró detrás de él en los calabozos de la Puerta del Sol.

“Eso es lo peor del mundo”, relataba en referencia a la Dirección General de Seguridad, donde la habían encerrado tantas veces. “Una noche se presentó un policía con todas las partes fuera. Yo cogí un zapato y le dije: Se va usted de aquí ahora mismo o le reviento los cojones con este zapato”.

Tuvo más suerte que otras compañeras: “A una amiga le pasaron encima nueve tíos seguidos, uno detrás de otro, la misma noche. Nueve policías, uno detrás de otro. La pobre está pirada. Y a otra que tenía un cuerpo precioso, y no quería desnudarse, la ataron al techo, le quemaron un brazo, la desnudaron y la violaron también. Y otra amiga salió embarazada de allí...”.

Tiempo atrás, en 1948, la habían retenido durante un mes en la higadilla [sic] de la estación de Atocha, donde recibió veintisiete palizas en nueve días, a razón de tres al día, aseguraba a Torbado y Leguineche. “Los guardias me llevaban donde estaban las porras, los vergajos, y me hacían elegir con cuál quería que me pegasen. También me obligaban a hacer el gato: dar vueltas agachada alrededor de la mesa mientras todos me iban arreando”.

Cuando confesaba el sufrimiento vivido, Teodomira se había casado en segundas nupcias con otro militante comunista y ambos, jubilados, vivían en una “modesta casa” del barrio obrero de San Blas. Sin embargo, las palizas permanecían selladas en su memoria y las secuelas, en su cuerpo: “Tengo varias costillas desviadas, la columna mal y las muñecas torcidas desde entonces”.

Los autores de Los topos justificaban en el prólogo, titulado El terror franquista, los fugados, los ocultos y una venganza interminable, la inclusión de su relato en una obra protagonizada por hombres: “Por tratarse de la única mujer topo de que tenemos noticias y porque ofrece un abanico bastante completo de los horrores de la guerra y de la posguerra”.

Apenas hay literatura ni información publicada sobre ella. El filólogo e investigador José Colmeiro señala que sus declaraciones no fueron incluidas en la primera edición, sino en otra de 1999 a cargo de Aguilar. Y apunta el motivo, más allá de su condición femenina: “Ocupa el primer lugar el testimonio de Teodomira Gallardo, como signo de los tiempos, [...] por dar un panorama de todos los tipos de represión, incluida la violencia sexual”, escribe en Memoria histórica e identidad cultural: de la postguerra a la postmodernidad (Anthropos).

Albert Buschmann y Luz Souto, coordinadores del libro Decir desaparecido(s). Formas e ideologías de la narración de la ausencia forzada (LIT Verlag), aportan una escueta ficha, donde consta que pasó seis meses como topo, desde 1939 hasta 1940: "Acaba en la cárcel de Ventas. Sale en libertad en 1947. Su marido es fusilado en 1945”. También identifica como su topera una habitación en el patio de la casa de su cuñada en Aranjuez.

Pese a los escasos datos que nos ha proporcionado la imprenta, José Sanchis Sinisterra escribió la obra teatral Terror y miseria en el primer franquismo (Cátedra), compuesta por nueve cuadros, uno de los cuales está basado en sus vivencias. "Esta dramaturgia de reelaboración se basa en el testimonio de Teodomira Gallardo para la construcción de los monólogos de dos de los personajes femeninos, Teresa y Nati. La escena se tituta Intimidad y transcurre en 1944 en la cárcel de mujeres".

Basada en su reclusión en Las Ventas, refleja la dureza de la prisión a través de los diálogos entre dos reclusas, una comunista y otra anarquista: género documental que no rehúye del lirismo. Interpretada a finales de 2002 por Teatro del Común, una compañía integrada por profesores y alumnos de institutos de bachillerato madrileños, sobre las tablas se escuchaba este diálogo:

- Intimidad, Nati. ¿Sabes lo que es eso? Aquí, oliéndonos el culo unas a otras todo el santo día… y aún más por la noche; amontonadas como animales para dormir, y en manada de un lado para otro, para trabajar, para comer, para cagar… Tener por lo menos un pequeño rincón de una misma que las otras no puedan tocar, ni ver, ni oír… Los sueños, por muy horribles que sean. Algo privado, sí… y es gracioso que yo lo diga. Privado. ¿Lo entiendes?

- Lo del culo no lo dirás por mí, que me lo lavo cada día... No, no lo entiendo. Yo me conformo con aguantar aquí, y entera, si puede ser, todo lo que haga falta. A ver si mientras llega un indulto…
Quizás no sea una casualidad, mas Nati también era el nombre de la sobrina del cura que golpeó la puerta de la casa de Teo horas después de que Valerio huyese. La chica le exigió que hiciese el saludo fascista, aunque se negó, ofreciéndole una contundente respuesta: “Yo no te he obligado a ti a levantar el puño”. Pero ésta es otra historia, que ya ha quedado atrás.

Han pasado más de sesenta años y el dramaturgo José anchis Sinisterra escribe Terror y miseria en el primer franquismo, que recrea la estancia de Teo en prisión en Intimidad. Tras el estreno de la obra, a finales de 2002, el crítico Javier Villán la ensalza en El Mundo: "Hay terror, vida detenida, miedo en estado puro en el temeroso comportamiento de cada día".

“Utiliza las palabras como bisturí para realizar una operación de cirugía sentimental, política y social sobre los tiempos del franquismo español. Para que esa herida —cicatrizada para algunos— no se olvide y para procurarle una justa cura basada en el recuerdo de todas las atrocidades cometidas", describe Itziar de Francisco en el mismo diario.

En cambio, Teodomira no se jactaba de aquel pasado entre los militantes del PCE de San Blas. Ya mayor, no presumía de los castigos recibidos, como si cada varazo fuese un galón. Algunos chavales de las Juventudes Comunistas, sobrados de autosuficiencia, ignoraban a los viejos camaradas. Teo tenía tanto que contar, y tanto se callaba…

“Cuando me afilié, había una serie de viejetes pululando por allí a quienes los más jóvenes no les dábamos importancia”, recuerda Valentín Calderón, militante de la entonces Agrupación Teodomira Gallardo —llamada así en honor a Teo—, hoy rebautizada Camilo Cienfuegos. Aquel chaval no tardaría en darse cuenta de quién era y había sido aquella mujer austera, vestida de negro y con una sonrisa perenne: “Un mito del partido”.

Calderón lamenta que su trayectoria no haya tenido un mayor repercusión en el distrito de San Blas-Canillejas. Al menos una calle en el este de Madrid, “pero ni la tiene ni se la espera”, algo que sucedería si se tratase de un personaje como ella en París, cree el miembro de la Asociación Amistad Hispano-Cubana Bartolomé de las Casas. “Es una pena que no tenga el más mínimo reconocimiento”.

Al principio, Valentín y los cachorros de la Unión de Juventudes Comunistas de España (UJCE) procuraban que aquellos veteranos, entre los que se encontraba la histórica Concha Carretero, no les diesen la chapa. “Luego me enteré de que había chupado años de cárcel y torturas. Sin embargo, no hablaba del sufrimiento ni del maltrato, sino que me lo contaron viejos camaradas de la agrupación. Ella jamás estuvo con el yo en la boca: yo he estado, yo he vivido, yo he sido…”.

Calderón, quien no ha cumplido los cincuenta, echa cuentas y cree que falleció hace unos quince años, aunque nunca dejó de pasarse por el local del partido. “Destacaba por su modestia, desde su ropa hasta su vivienda. Era extremadamente austera y, al mismo tiempo, un encanto de persona. Sobresalía por su militancia activa y siempre animaba a los jóvenes, pero sin tirarse el pisto ni presumir de pasado ni de militancia”.


"Un mito del PCE"

¿Qué fue de aquella bebé y de aquel niño de cuatro años que se llevó a cuestas cuando tuvo que refugiarse en casa de su suegra? ¿Y de la niña que nació en casa de Crecencia, la señora que los acogió cuando iban de pueblo en pueblo arreglando ollas, cacerolas y lebrillos, haciéndose pasar por hojalateros gracias a que Valerio era muy mañoso? Un pasaje de la historia personal de Teo que se pierde tras la detención, el juicio y la condena a muerte de su marido.

Ella rehace su vida en Madrid. Allí conoce a un trabajador de la construcción y militante comunista, Antonio López, con quien se casa y tiene dos hijos. Ella, probablemente, trabaja limpiando casas para sacar adelante a la prole, según sus camaradas de San Blas, donde residirá hasta el final de sus días. Sobrevivió a ambos hijos, Jesús y Antonio, quienes habían heredado su ideología y fallecerían de cáncer, como Andrés Cabrera, una figura del movimiento vecinal de Canillejas.

Julián Escribano traza a sus setenta y siete años una sentida semblanza de Teo. “Era seria, combativa y muy dada al pueblo y a la gente. En los setenta y ochenta, gozaba de una gran reputación en el barrio y era un mito entre las mujeres comunistas”, recuerda este militante del PCE de San Blas, en cuya sede su marido atendía el bar.

“Fíjate que integridad tenía que, antes de irse a casa, Antonio se miraba los bolsillos. O sea, que se registraba a sí mismo, no fuese a ser que se llevase algún cambio que no le correspondía”, añade Valentín Calderón. Ella era muy querida entre sus camaradas, aunque desconocida para muchos vecinos. “Un barrio obrero no significa que sea netamente de izquierdas. De hecho, hay mucha más conciencia comunista en otras zonas”, matiza Escribano. “Sin embargo, Teo, pese a no haber estudiado, estaba muy politizada y sí que la tenía”.

Ella hablaba con criterio y sus palabras sonaban con firmeza. “En cambio, no ocupaba cargos dirigentes, ni lo pretendía. Ejercía, eso sí, de conciencia moral entre los más jóvenes, pero sin pretensiones”, apunta Julián Escribano. “Nunca se permitió un consejo más allá del ánimo”, corrobora Calderón.

Lo hacía sin apelar a su currículo, impregnado de polvo y sangre, redactado en la topera y en la cárcel. “No contaba por lo que había pasado, porque el presente y el futuro siempre priman más que el pasado. Pese a que es fundamental conocer la historia para no repetir los errores, le importaban los problemas del momento”.

Teodomira Gallardo, “una mujer enérgica, tajante y fuerte, porque así la hizo la vida”.
Teodomira, “discreta, como otros cientos de compañeras, aunque ella era ejemplar: un mito del PCE”.
Teo, una leyenda tan humilde y prudente que ni en su madriguera comunista de San Blas sabían que fue la única mujer topo de España."                (Henrique Mariño, Público, 20/06/19)