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18/7/18

Lanzmann: “El futuro es demasiado sombrío para permitirse el lujo de olvidar”

"Nos ha dejado, a los 92 años, Claude Lanzmann, uno de los mejores documentalistas de todos los tiempos y uno de los mayores conocedores del holocausto.

 Lanzmann tuvo la luminosa idea de hacer un gran documental (Shoah dura más de 10 horas) sobre el exterminio nazi pero sin recurrir a imágenes de archivo horripilantes, como aquellas montañas de cadáveres transportados por excavadoras y proyectadas en los juicios de Núremberg. 

En una apuesta estética y narrativa de gran arrojo, Lanzmann apostó por recorrer idílicos campos verdes de Europa del Este en los que una vez se levantó el infierno en la tierra. Y entrevistar, claro, a supervivientes pero también a nazis que salieron de rositas de la matanza (como cientos de bestiales y sanguinarios ucranianos) y a testigos polacos. 

Entre ellos a gente que se apropió de las casas y los comercios de los judíos asesinados. Shoah es un puñetazo al pueblo polaco, o al menos a una gran parte de la población polaca, que a su vez fue machacada por las hordas nazis.

“Se acostumbra uno” es una de las frases más repetidas en este gran documental. Se acostumbra uno a conducir un tren (imagen del cartel de la película) cargado de personas, entre ellas bebés y ancianos que morían antes de llegar a su destino: los hornos. Los polacos segaban sus campos mientras, a lo lejos, escuchaban gritos de muerte, olían a carne quemada o veían montañas de ceniza en sus ríos.

Como bien refleja Shoah, cuando los judíos preguntaban a los campesinos polacos dónde estaban (desde las ventanillas de los vagones para ganado), les hacían el gesto del degollado, imagen que vemos en La lista de Schindler. Con Steven Spielberg, por cierto, Lanzmann tuvo sus más y sus menos y llegó a acusar al director de manipulador y efectista

Puso como ejemplo la escena en la que unos judíos son llevados a unas duchas en las que en vez de gas sale agua. Le pareció una artimaña inmoral y así lo denunció. Supongo que a Spielberg, muy comprometido con el tema, no le hizo ni puñetera gracia. 

Shoah, la obra de una vida, no fue un éxito aunque la crítica la respaldó enseguida. Para el famoso crítico Roger Ebert era “una de las películas más nobles jamás hechas” y para Richard Brody (‘The New Yorker’) “una de las cumbres de la historia del cine”. 

Fue premio al Mejor documental para la Asociación de Críticos Norteamericanos y para el Círculo de Críticos de Nueva York, Mención especial por la Asociación de Críticos de Los Angeles y el Festival de Berlín y Mejor documental en los BAFTA. Su éxito de critica no se vio reflejado en los Oscar, premio al que Lanzmann no fue ni nominado.

Tras nada menos que doce años de trabajo, la obra de Lanzmann se estrenó sin hacer demasiado ruido. A ver quién se mete 10 horas de holocausto en una sala, claro. En España, por ejemplo, estuvo sólo dos días en un cine comercial. Y por supuesto en Madrid y sin traducción en castellano. En cuanto a sus emisiones televisivas en España, se ha podido ver solo dos veces y en La 2. De madrugada, por supuesto, y con audiencias paupérrimas.

Pero no todo es Shoah (de cuyo material llegó a montar cinco películas) en la larga y fructífera vida de Lanzmann, nacido en Bois-Colombres en 1925. Fue hijo de emigrantes judíos de la Europa del Este, comunista desde muy joven y hasta miembro de la resistencia francesa contra los nazis. Estudió Literatura y Filosofía, fue periodista y finalmente cineasta. Ademas, dirigió la prestigiosa revista Les Temps Modernes. Uno de los palos más grandes que le dio la vida fue la reciente muerte de su hijo con solo 23 años y por culpa de un cáncer.

Mujeriego empedernido, su más famosa pareja fue Simon de Beauvoir, a la que amó entre 1952 y 1959 y cuando ella era mujer oficial de Jean-Paul Sartre. El periodista Juan Pedro Quiñonero ha recordado que las páginas más divertidas de sus memorias son las dedicadas a un viaje de los amantes a España con una estancia en Albacete, donde Lanzmann descubrió a Beauvoir las corridas de toros.

También tuvo su lado oscuro. Defendió sin complejos a la URSS y al Israel más belicoso. También tuvo agrias polémicas con Elie Wiesel, famoso escritor y superviviente de los campos de exterminio nazis.

Pero polémicas a parte, un hombre es su legado y el de Lanzmann es grande. Dio voz a los que sobrevivieron al entramando industrial de muerte más basto e infernal de la historia, un complejo de terror jamás visto en cantidad y rigor en la producción de cadáveres.

Por solo una escena de Shoah recordaré siempre a Lanzmann. En ella un viejo peluquero que vive en Israel recuerda cómo tenía que cortar el pelo a niños y mujeres para que entrasen en las duchas de la muerte. Él sabía que de esas duchas no se salía. Y una mañana vio aparecer a sus propios familiares, a los que preparó para la muerte sin poder decirles nada sobre su espantoso destino. 

Solo por esa entrevista, que resume lo que tantos sufrieron y tantos consintieron, hay que volver a ver Shoah. Siempre. Y mirando ese espantoso pasado como algo que se puede volver a repetir. Lo dijo Lanzmann: “El futuro es demasiado sombrío para permitirse el lujo de olvidar”.                (Iván Reguera, Cuarto Poder, 06/07/18)

19/1/10

Los nazis intentaron que el Holocausto fuera un crimen perfecto



"Por fortuna para Kertész, su experiencia como deportado no se refiere tanto a Auschwitz como a Buchenwald, que era un campo de concentración, no de exterminio. Y hay que diferenciar unos campos de otros.

P. ¿Cómo se diferencian en Shoah?

R. Quise que fuera una película sin cadáveres, porque en los campos de exterminio no los había. En un primer periodo los enterraban, pero inmediatamente comenzaron a incinerarlos. Los nazis intentaron que el Holocausto fuera un crimen perfecto, y es en ese intento de borrar las huellas donde han querido apoyarse los negacionistas.

P. Lo que plantea Benigni, y apoya Kertész, es la conversión del Holocausto en tema cinematográfico como medio para conservar el recuerdo, la memoria.

R. Muchos artistas y cineastas lo han intentado después de Shoah. La película del rumano Radu Mihaileanu, El tren de la vida, es muy distinta de la de Benigni, y está bien. Cada director ha hecho su aportación de acuerdo con sus propias posibilidades, pero creo que nunca habrá otra película parecida a Shoah. No habrá ese algo inmortal que refleja y del que hablaba hace un instante.

P. La última película de Andrej Wajda, Katyn, extiende la mirada hacia el horror soviético.

R. No me parece que la película de Wajda sea formidable. Últimamente se comparan con frecuencia los campos soviéticos a los campos de exterminio. Los soviéticos eran, sin duda, el horror absoluto, en esos campos se cometieron crímenes atroces por parte de Stalin. Pero el Gulag y los campos de exterminio son cosas distintas. Y el proyecto fundamental que había detrás, también. Al principio, el comunismo pretendía la emancipación humana, y el nazismo, la superioridad de unos seres humanos sobre otros. No se trata de defender nada, sino de constatar la diferencia y de conservar la especificidad de los hechos históricos. (...)

P. ¿No le llama la atención que en todas partes se siga mirando hacia atrás?

R. Vivimos en un mundo que no sabe adónde va. El futuro es sombrío y, por eso, en el inicio del siglo XXI pasamos el tiempo ocupándonos del XX. No hacemos otra cosa." (CLAUDE LANZMANN Director de 'Shoah': "Vivimos un mundo que no sabe dónde va". El País, ed. Galicia, cultura, 18/01/2010, p. 39)