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23/2/24

“Me gustaría encontrarme con alguno de nuestros guardianes y preguntarle: ¿Por qué nos tratabais como si fuésemos animales?”... Agustín López ha muerto sin respuesta... Nos echaban agua en un abrevadero para el ganado… No queríamos beber de ahí. Tuvimos suerte porque llovió y bebíamos de los charcos porque el agua estaba más limpia que la del abrevadero... Casi no nos daban de comer y, aún así, estábamos todo el día con el pico y la pala…”. Agustín fue testigo de la muerte de varios compañeros por hambre, enfermedades y malos tratos... un castigo muy frecuente era hacerte cargar todo el día con un saco lleno de arena o de piedras… tenías hasta que dormir con él... “Cuando ahora veo en la tele algún reportaje sobre el Holocausto —afirmaba con tristeza Agustín— me pregunto por qué no se habla ni se conoce lo que sufrimos aquí. Porque lo que pasó aquí también fue terrible y yo viví algunas escenas muy parecidas a las que ahora veo en la tele”

 "Me gustaría encontrarme con alguno de nuestros guardianes y preguntarle: ¿Por qué nos tratabais tan mal? ¿Por qué nos tratabais como si fuésemos animales?”. Ese era siempre el único deseo que salía de la boca de Agustín López Montoro cuando se le preguntaba si guardaba rencor o quería vengarse, de alguna manera, de quienes tanto le hicieron sufrir. Nunca respondió con odio, insultos o anhelos de violencia. Solo quería tener un último cara a cara con aquellos militares que le explotaron, humillaron y torturaron en tres campos de concentración franquistas y en un terrible batallón de trabajos forzados. Solo deseaba poder mirarles a los ojos para intentar averiguar el porqué de tanto ensañamiento y tanta crueldad. A solo un mes de su 104º cumpleaños, Agustín ha muerto sin ver cumplido ese sueño. 

Una juventud entre la guerra y los campos de concentración

“Mi padre era republicano y yo, aunque solo tenía 16 años, también lo era. Por eso quisimos defender la República”. Agustín recuerda los momentos de zozobra que se vivieron en su pueblo, Santa Cruz del Retamar (Toledo), tras el golpe de Estado perpetrado en julio de 1936. Militante de UGT y de las Juventudes Socialistas, sus paisanos le llamaban “Remolino”, por el rebelde flequillo que despuntaba en su frente durante la niñez. Su extrema juventud hizo que Agustín no fuera llamado a filas hasta 1938, durante la fase final de la guerra en la que combatió defendiendo la capital del asedio franquista. “Cuando entraron en Madrid las tropas de Franco, yo ya me había vuelto a mi pueblo”, recordaba Agustín.

La debacle republicana precipitada por el golpe de Estado del coronel Casado permitió al futuro dictador ocupar la ciudad sin apenas oposición. La mayoría de los soldados leales al gobierno democrático habían regresado a sus hogares o escapaban hacia Alicante para tratar de abordar algún barco que les sacara de España. “Yo estaba en mi casa, pero enseguida hicieron un llamamiento, a través de la radio y los periódicos, para que quienes habíamos pertenecido en el ejército republicano nos presentáramos en el campo de concentración más cercano”.

Agustín no se atrevió a desobedecer la orden y se dirigió hasta el campo de concentración que los franquistas habían habilitado en el barrio madrileño de Campamento. “Estábamos allí miles de hombres… muy asustados. El primer día recibimos una lata de sardinas, pero luego nos tuvieron cinco o seis días sin comer. Fue terrible. Luego nos dieron una lata de cocido y un chusco de pan que teníamos que repartirnos entre varios, pero había tanta hambre y tanta desesperación que el que tenía que dividir la ración salió corriendo y se perdió entre la muchedumbre. También teníamos mucha sed. Nos echaban agua en un abrevadero para el ganado… No queríamos beber de ahí. Tuvimos suerte porque llovió y bebíamos de los charcos porque el agua estaba más limpia que la del abrevadero”.

La documentación que se conserva del ejército franquista apunta a que este recinto, ubicado en la actual confluencia de la Avenida de los Poblados con el Paseo de Extremadura, llegó a albergar a más de 5.000 prisioneros. 

Aquel abril de 1939 había 16 campos de concentración en el actual territorio de la Comunidad de Madrid en los que se hacinaban decenas de miles de cautivos. Además del hambre y la sed, los prisioneros se enfrentaron a malos tratos, falta de higiene, enfermedades y a la amenaza permanente de ser asesinados. En toda España hubo 303 campos de concentración franquistas que, junto a los llamados Batallones de Trabajadores, conformaron un vasto sistema concentracionario por el que pasó cerca de un millón de prisioneros, en su inmensa mayoría hombres. El primero de estos campos abrió sus puertas en julio de 1936, unas horas después de iniciarse el golpe de Estado, y los dos últimos no fueron clausurados hasta 1947. Agustín tuvo suerte y fue liberado a finales del mes de abril de 1939, con la condición de regresar a su pueblo y presentarse ante las nuevas autoridades municipales.  

Segundo cautiverio y trabajos forzados

'Remolino' se sintió afortunado porque en su pueblo ni los falangistas ni la guardia civil tomaron represalias contra él. Pero su felicidad duró poco tiempo. Unos meses después fue llamado a filas por el ejército de la recién inaugurada dictadura. Franco ordenó que aquellos jóvenes que habían servido a la República debían hacer nuevamente el servicio militar. Fue la mal llamada “mili de Franco”.

Aquellos mozos que eran avalados como “afectos al Movimiento” por algún gerifalte de la “Nueva España” cumplían un servicio militar “normal”, en alguna unidad del ejército franquista. Sin embargo, quienes no lograban ese aval y eran considerados “desafectos” eran enviados a campos de concentración para, desde allí, engrosar los llamados Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores: unidades dependientes de la Inspección de Campos de Concentración en las que los prisioneros realizaban trabajos forzados.

“Me enviaron primero al campo de concentración que había en el colegio Miguel de Unamuno de Madrid. Tuve que dormir en la escalera, en el suelo, porque aquello estaba atestado de prisioneros”, relataba Agustín. De allí fue trasladado al campo de concentración de Miranda de Ebro, en la provincia de Burgos, donde pasó el tiempo justo para integrarse en un batallón de trabajos forzados. “Ahí empezó lo peor. Nos mandaron a Sigüenza para trabajar en la vía del ferrocarril. Estábamos llenos de mugre, siempre cubiertos de piojos y de pulgas. Casi no nos daban de comer y, aún así, estábamos todo el día con el pico y la pala…”.

Agustín fue testigo de la muerte de varios compañeros por hambre, enfermedades y malos tratos. “Nos daban una paliza con cualquier excusa. A uno casi lo matan por robar una remolacha porque tenía hambre. Otro castigo muy frecuente era hacerte cargar todo el día con un saco lleno de arena o de piedras… tenías hasta que dormir con él. Nos trataban peor que a los animales”.

Fueron muchos meses de una macabra rutina que comenzaba cantando el Cara al sol y continuaba con horas y horas de durísimo trabajo, sin nada que llevarse a la boca, sin posibilidades de asearse y con los constantes malos tratos a los que les sometían sus guardianes. “Cuando ahora veo en la tele algún reportaje sobre el Holocausto —afirmaba con tristeza Agustín— me pregunto por qué no se habla ni se conoce lo que sufrimos aquí. Porque lo que pasó aquí también fue terrible y yo viví algunas escenas muy parecidas a las que ahora veo en la tele”.

Libertad y Memoria

Tras la pesadilla de Sigüenza, Agustín fue enviado a una unidad militar en el Norte de África donde las condiciones de vida eran mucho mejores: “Allí cambió todo porque me trataban como a un soldado más”. En total pasó tres años fuera de su casa y, cuando por fin le permitieron regresar, la vida siguió sin ser fácil: “No encontraba trabajo porque había sido republicano. Los puestos de trabajo eran para los suyos”.

El tiempo fue pasando y, no sin dificultades, Agustín logró ir construyendo una vida y formar una familia. El pasado, el miedo y el silencio siempre estuvieron ahí, hasta que, muchos, muchos años después, su hijo, José María, le animó a contar públicamente todo lo que había sufrido.

Agustín publicó primero un pequeño libro con sus memorias y, desde 2019, participó en diversos actos y concedió algunas entrevistas para levantar el manto de olvido que, en nuestro país, ha cubierto la represión franquista, en general, y los campos de concentración de Franco, en particular. Con la cabeza lúcida y un estado físico envidiable para sus casi 104 años de edad, Agustín hizo una confesión hace solo un par de meses: “Tengo que ir pensando en marcharme”. Dicho y hecho. El entrañable 'Remolino' se ha marchado rodeado del cariño de toda su familia y con la satisfacción de haber recibido algunos –menos de los debidos, pero más de los que hubiera podido imaginar– merecidos homenajes. "              (Carlos Hernández, eldiario.es, 05/02/24)

11/12/23

La enorme diferencia que ofrecen ambas represiones, la franquista y la republicana, es que si en la época de guerra se produjeron crímenes execrables fueron cometidos a contrapié de las autoridades republicanas... No fue así la represión franquista que se trató, en todo momento, de un sistema represivo previsto y concebido para la eliminación física del adversario. Se trataba de eliminar a las personas que profesaban ideologías democráticas... Fue ejecutada y concebida desde la cúspide del poder. Absolutamente todas las sentencias de muerte producidas durante el franquismo fueron firmadas por la mano del general Franco, de notable impiedad hacia los reos. Recordemos que los últimos fusilamientos políticos se realizaron en 1975... hubo una ejecución colectiva en el patio de la prisión provincial a garrote vil de siete hombres. Había espectadores, que contemplaban la terrible agonía de los ajusticiados coreando con risotadas su muerte

 "Contaremos alguno de los ejemplos que nos han narrado: Manolita Pescador, joven de Monte, de solo 19 años fue fusilada el 17 de noviembre de 1937, su delito fue pasearse por el pueblo con un pistolón haciendo alarde de republicanismo. Fue asesinada junto a diez mujeres más en Ciriego

El 25 de mayo de 1938 hubo una ejecución colectiva en el patio de la prisión provincial a garrote vil de siete hombres. Había espectadores, que contemplaban la terrible agonía de los ajusticiados  coreando con risotadas su muerte. 

El resto de la población penal de la cárcel sentía todo a través de las ventanas con el consiguiente pavor que debía producirles la vileza del espectáculo macabro.

 Se considera que fueron más de  mil las personas “paseadas” en Santander en los primeros meses de la entrada fascista.

El doctor Madrazo ejemplifica mejor que mil explicaciones el espanto de ese régimen criminal. Fue detenido el buen médico, contando 87 años. Su delito era ser librepensador, masón y hombre de ciencia además de desarrollar su hospital en la Vega de Pas, renovando el ideario de higiene y salud hospitalaria. Estuvo preso durante cinco años en Tabacalera, sin apenas comida,  prácticamente tendido, debido a su edad y sus achaques, en una camilla. Cuentan testigos que han recogido historiadores,  que las monjitas que andaban cerca le humillaban diciendo que estaba endemoniado, que nadie se acercara ni le tocara. Le mantuvieron prisionero hasta que viendo que se moría le soltaron…muriendo cinco días después con 92 años.

La enorme diferencia, que a mi juicio, ofrecen ambas represiones es que si en la época de guerra se produjeron crímenes execrables fueron cometidos a contrapié  de las autoridades (discutible en el caso de Neila, puesto que nadie frenó su terror) No fue así la represión franquista que se trató, en todo momento, de un sistema represivo previsto y concebido para la eliminación física del adversario. 

Se trataba de eliminar a las personas que profesaban ideologías democráticas, a saber: liberales, republicanas, anarquistas, socialistas o comunistas.  Se trató de “limpieza ideológica” y en las zonas con nacionalismos comunitarios, «limpieza étnica». Fue ejecutada y concebida desde la cúspide del poder. Absolutamente todas las sentencias de muerte producidas durante el franquismo fueron firmadas por la mano del general Franco, de notable impiedad hacia los reos. Recordemos que los últimos fusilamientos políticos se realizaron en 1975.

 La represión sistémica se demuestra con la consideración de que poblaciones como Navarra (3000 asesinados)  A Coruña (1421 ejecutados) Pontevedra (1114 ejecutados) Valladolid (1321 ejecutados) Zamora (1269 ejecutados) todas ellas zonas sublevadas donde no se produjo ninguna represión republicana. Es decir, entraron y asesinaron sin más causa o motivo que el ideológico.

Los batallones de trabajo fueron norma común utilizando la labor  esclava de detenidos. A finales de 1938 existían en España, 120 batallones de trabajo integrados por 90.000 prisioneros, que enriquecían a empresas privadas y reconstruían un país que la guerra y los golpistas habían destruido.

 Por no hablar del concepto de “gen rojo” que dio origen al terrible robo de bebés. Comenzado como acto de “salvación” de los hijos de rojas, los bebés nacidos en prisión eran entregados a familias adeptas al régimen. Al poco tiempo se descubre el pingüe negocio que supone la venta de esos bebés a familias sin hijos con lo que se concibe una labor empresarial que dura hasta hace bien poco y ha costado mucho erradicar.

 También citaremos al Patronato de Protección a la Mujer, documentado anteriormente como el genocidio más espeluznante emprendido por un estado fascista contra mujeres y sobre todo niñas. Aunque el franquismo solo hubiera realizado los crímenes que se cometieron bajo el epígrafe de la protección a mujeres y niñas, ya merecería la condena de la historia por genocidio sistematizado y debiera ser juzgado por los tribunales internacionales.

https://www.lapajareramagazine.com/historia-de-un-genocidio-patronato-de-proteccion-a-la-mujer

En Cantabria los fusilamientos duraron hasta el treinta de abril de 1948, cuando fueron ejecutados en Ciriego cinco maquis pertenecientes a la Brigada Pasionaria. En febrero de 1956, se ejecutó a  un chico de diecisiete años implicado en un robo en donde se mató a un policía.

Hubo muchos crímenes como los realizados en las personas de  los maquis, bien fuera aplicando la ley de fugas o simplemente cazados y asesinados en el momento, como los más conocidos como Paco Bedoya (1957) Juanín(1956) pero las ejecuciones duraron hasta ese momento. Las torturas, vejaciones, violaciones fueron sistemáticas y podemos dar fe que duraron hasta muy entrada la Transición. El Patronato de Protección a la Mujer, duró hasta 1984.

Por todo ello, consideramos que no puede silenciarse y ampararse con la impunidad los execrables crímenes genocidas perpetrados por una de las dictaduras más sangrientas que han existido, y que las víctimas sean reconocidas y dignificadas como se hizo con las del bando republicano sin distinción ideológica ninguna. Hacemos constar que siguen en fosas más de 130.000 personas sin identificar, muchas de ellas en Cantabria y lo que se ha logrado hasta ahora ha sido gracias a la labor de Asociaciones y personas relacionadas con la Memoria en tareas y esfuerzos personales. Exigimos reparación y justicia así como castigo ejemplar a los culpables para NUNCA MÁS pueda volver a pasar lo que se vivió en nuestro país durante gran parte del siglo XX."                 (María Toca, eldiario de Cantabria, 03/12/23)

27/10/23

Los trabajadores esclavos del franquismo en el Pirineo navarro: «Se iban secando hasta que morían»

 "Más de 2.000 prisioneros trabajaron de manera forzosa y en condiciones extremas en la construcción de la carretera que une los valles del Roncal y Salazar en el Pirineo navarro; sus familias han presentado la primera querella por trabajos forzados en la dictadura.

Con los ojos llorosos, Agurtzane rememora el tiempo que tardó su padre, Rafael Gorroño, en contarle que fue un trabajador esclavo del franquismo. Fue cuando ella ya era adulta en un viaje que ya habían realizado anteriormente a Roncal (Navarra). Pero esa vez, él le pidió si podían acercarse a Vidángoz, localidad situada en pleno Pirineo navarro a unos 11 kilómetros de Roncal. “Ahí nos empezó a contar que estuvo de prisionero construyendo una carretera”. La historia de Rafael es la de miles de prisioneros del franquismo que fueron utilizados como mano de obra esclava para construir infraestructuras por toda España en condiciones extremas y de explotación.

Unos 15.000 prisioneros trabajaron durante los primeros años de la dictadura franquista en la fortificación de la frontera con Francia con la construcción de cuatro carreteras, así como estructuras defensivas como búnkeres que se colocaron a lo largo de toda la muga. Para ello se utilizaron a prisioneros del bando republicano que se encontraban en campos de concentración y que fueron organizados en batallones. La gran mayoría de ellos eran los conocidos como “desafectos”, personas que no apoyaban el nuevo régimen de Franco, pero que no tenían imputaciones por delitos graves en contra del régimen y, que sin ser juzgadas, fueron utilizadas para estas tareas que se prolongaban durante años, tal y como cuenta el historiador y profesor de la Universidad Pública de Navarra Fernando Mendiola, quien es a su vez autor del libro ‘Esclavos del franquismo en el Pirineo’, donde profundiza en la historia de los batallones de trabajadores esclavos durante la dictadura en Navarra.

Es el caso de Juan Manuel Esteban Rico, quien tras combatir en diferentes frentes fue detenido en Vic en diciembre de 1937. Tras pasar por distintas cárceles franquistas y el campo de concentración de Miranda de Ebro, fue trasladado a Vidángoz en julio de 1940 para trabajar en la carretera que une los valles del Roncal y de Salazar en el Pirineo navarro, la Igal-Vidángoz-Roncal, de 17 kilómetros de longitud. “Mi padre me contó que él, dentro de lo que cabe, tuvo suerte; primero por haber sido catalogado como desafecto cuando había sido teniente del bando republicano; y después porque como había cursado estudios de ingeniería de minas le pusieron de encargado de diseñar los barracones y de custodiar las herramientas de trabajo”, explica su hijo Valentín.

Las condiciones en las que trabajaban y vivían eran extremas y precarias, con picos, palas y martillos como único material para picar la piedra y hacer los caminos. Además de estar privados de libertad -estaban continuamente vigilados por soldados armados-, pasaban hambre, frío y dormían hacinados en barracones e incluso tiendas de campaña de tela en pleno Pirineo. “Hombres grandes y fuertes que se iban secando y secando hasta que morían”, explicó a su familia en una carta José Barajas Galindo, uno de los prisioneros. Y añadió: “En ocasiones el compañero con el que dormía al lado, en el mismo camastro, estaba vivo la noche anterior y por la mañana amanecía cadáver”.

“Pasaban mucha hambre, mi padre me contaba como hombres altos y de más de 90 kilos en pocos meses adelgazaban hasta enfermar”, señala Valentín Esteban. “Llegaban a comer hervidos tallos de berzas y otras raíces”, añade Emilio Elizondo, yerno del prisionero Rafael Gorroño. Uno de los testimonios recogidos por el historiador Fernando Mendiola en su libro es Félix, otro de los presos, quien relata: “Desde arriba mirábamos desde la carretera al campamento a ver si había humo; si había, sabíamos que había comida, y si no había humo, ¡otro día que sabíamos que no íbamos a comer!”.

Así, muchos de ellos murieron por enfermedades como la tuberculosis. Otros, intentaron fugarse y fueron fusilados. Pese a que tan solo hay trece muertes registradas de trabajadores en la carretera Igal-Vidángoz-Roncal, se cree que fueron más.

Más allá del hambre y del frío, algo en lo que coinciden los familiares en destacar como una de las principales causas de sufrimiento es la incertidumbre que padecían por no saber cómo estaba su familia y cuánto tiempo tardarían en volver a verles. “La madre de Rafael también había sido prisionera, la habían metido en la cárcel de mujeres de Saturraran, cerca de Ondarroa (Bizkaia). Allí estuvo prisionera hasta 1940 y a los pocos meses falleció. No pudo hablar con ella, ni despedirse”, lamenta su yerno.

Los prisioneros no sabían cuánto tiempo iban a estar en cada lugar y, de hecho eran movidos por diferentes obras. Juan Manuel Esteban Rico fue llevado después a la localidad guipuzcoana de Rentería y, tras ser liberado, lo enviaron a realizar el servicio militar a A Coruña.

“No tienen cuernos ni cola”

Asimismo también era muy duro para ellos, según relatan sus familiares, el aislamiento al que estaban sometidos. Pese a vivir en el pueblo, los vecinos los miraban al principio con recelo debido a la propaganda franquista. “La frase más impresionante que he oído fue preguntarle un niño a su madre si nosotros éramos los ‘rojos’, a lo que la madre contestó que sí, y él dijo: ‘Pues no tienen cuernos ni cola’”, le contó el prisionero Adenso Dapena al historiador Fernando Mendiola.

Con el paso de los meses la confianza y relación con los vecinos fue en aumento hasta el punto de que les daban ropa y comida. “Mi padre le pedía a mi madre por carta que le mandara jabón para darle a una mujer de Vidángoz que le lavaba la ropa”, explica Valentín Esteban, que añade que incluso uno de los prisioneros se casó con una chica del pueblo, según le contó su padre.

Tras varios años de prisioneros esclavos, los que sobrevivieron y fueron liberados, quedaron “marcados” para el resto de sus vidas y a muchos les costó encontrar trabajo porque en sus expedientes figuraba que eran “desafectos”. Por ello, ahora sus familias piden para ellos justicia y reconocimiento como víctimas de la dictadura."                 (Rodrigo Sáiz, eldiario.es, 21/10/23)

25/10/23

La escuela Miguel de Unamuno, junto a la vieja prisión de Yeserías, fue campo de concentración tras la Guerra Civil y escenario de ejecuciones... No se ha permitido excavar las fosas comunes en el colegio ni en el terreno adyacente, de las ejecuciones del final de la guerra

 "A muy pocos metros de la estación de Atocha, en el centro de Madrid, hay una fosa común bajo el colegio Miguel de Unamuno, utilizado como campo de concentración al terminar la guerra civil. Agustín López, uno de los miles de prisioneros republicanos encerrados allí, publicó sus memorias en 2015 (Pluma de Cristal). Cinco años después volvió a aquel lugar, a las mismas instalaciones que habían vuelto a su función escolar original, para narrar su historia en televisión. Desde los 19 años tenía grabado el dolor de dormir en el suelo, en aquellas escaleras, sin saber qué iba a pasar con él y el resto de sus compañeros. 

Tras una larga espera, formaron en varios batallones de soldados trabajadores destinados a la limpieza de Madrid, el Alcázar de Toledo y Sigüenza. Pero a muchos otros no los volvió a ver. A pesar de dar a conocer su historia, de sacar a luz otros casos del campo, conservados en el centro de Documental de la Memoria Histórica de Salamanca (como el de Laurentino Pérez que terminaría en el campo de Arcila en África), hasta el momento no se ha permitido excavar en el colegio ni en el terreno adyacente. 

En esa zona gris, sin delimitar, entre la escuela (antiguo “centro de oficios” inaugurado en la República) y la cárcel de Yeserías, que había ampliado su perímetro, se sucedieron las ejecuciones del final de la guerra, que debieron de coincidir con las del Cementerio del Este y el de Colmenar, hasta que pasaron a realizarse en el interior de las prisiones.

Pudieron ser tres semanas, las mismas que Antonio Bouthelhier, jefe de la segunda sección del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM) de Madrid, tardó en escribir la palabra “normalidad” en los telegramas que enviaba al Cuartel General del Generalísimo.

 “Se acentúa la normalidad en la vida de la ciudad, incluso en la periferia. No obstante, hay continuas colas durante día y noche en comedores, Auxilio social, insuficientemente abastecidos todavía. Barrios. Tetuán, Ventas y Vallecas son lo que se presentan aspecto más refractario al triunfo Movimiento Nacional. Evacuados gran número de refugiados en Madrid, aglomerándose proximidades de las estaciones”. El mismo día del telegrama, el 18 de abril de 1939, fueron detenidas 225 personas y se ejecutaron dos penas de muerte en el propio campo, según la documentación del Gobierno Militar de la ciudad.

 El Unamuno es uno de esos lugares de la geografía madrileña que esconde sus heridas en el subsuelo. Levantado en medio de un barrio duramente castigado, fue un milagro que su estructura original se mantuviera en pie. La Fundición, como se conoce todavía hoy la nave que queda detrás, entre el colegio y las casas, se utilizó como fábrica de munición que sufrió el primer impacto del denominado “bombardeo logístico”, tantas veces ejecutado después por la aviación italiana en Barcelona. La onda expansiva que bajaba de Embajadores a Legazpi era uno de los pocos recuerdos tristes que guardaba Gloria Fuertes de sus tiempos de moza. El hambre, el mayor vestigio de aquel asedio, se escondió para siempre bajo un manto de miedo y de vergüenza.

No muy lejos, en el matadero municipal, serpenteaba la cola de gente que buscaba despojos de animales sacrificados o cualquier otra cosa que llevarse a la boca. Para no caer, para no morir. Entre los escombros creció un polígono, cercado de alambres y espinos, que llegaba hasta el arroyo Abroñigal, el límite del vértice de tiro fijado desde el cerro Garabitas por la artillería franquista. Desde su posición en plena Casa de Campo, el visor adivinaba la hora en que aquellas miniaturas desfilarían delante de su terrible caleidoscopio, pero nunca le ordenaron derribar la cárcel ni la estación. Ambas quedaron intactas, siniestro preludio de la paz que estaba por llegar. Inaugurada en 1920 como asilo, Yeserías fue habilitada como cárcel nada más terminar la guerra. Mantuvo su apariencia de correccional y de “redención de almas”, como figuraba en las cartillas que los talleres de imprenta tiraban allí, en la ribera del Manzanares, el nuevo hogar para las familias de los presos.

 Los últimos días de marzo de 1939 fueron especialmente fríos. Los rayos de sol apenas calentaban una población que gastaba sus 500 calorías diarias entre las colas para comer, en la reventa o en desmochar los pocos árboles que quedaban del Retiro para calentarse. El primer pan blanco llegó con el restablecimiento de la luz, el agua y el correo, que llevaba estrangulado más de dos años. Tras el toque de queda y los puestos de control para pasar de distrito, vinieron las detenciones.

El Unamuno, como Campamento o Chamartín, se llenaron con presentados y detenidos gubernativos. El Ejército del Centro se rindió con cerca de 300.000 efectivos, que tenían que ser clasificados; como recordaba Agustín en sus memorias, “era cosa de poco, de tomar la filiación y después se podrían ir a casa, aquellos que no tuvieran las manos manchadas de sangre”. En todos los pueblos de España, grandes o pequeños, con o sin guerra, se repitió la misma escena. A pesar del gigantesco colapso, del drama sinsentido, todo siguió como estaba trazado. Los maquinistas frenaban en seco al enfilar la recta de Atocha para que, guardias y prisioneros, supieran que llegaban a su destino. Nada más bajar del tren eran escoltados por soldados jóvenes que no habían estado en el frente; andando o en camiones, que preferían porque disimulaban mejor los nervios, los distribuían entre algunos de los más de treinta edificios que hicieron las veces de encierro hasta que se inauguró la cárcel de Carabanchel, en 1944, “con todas las ventajas modernas”. Yeserías, que un año antes pasó a ser cárcel de mujeres con las reclusas de Ventas, es el único de todos estos edificios que hoy queda en pie. Único testigo de un tiempo, de una época, en la que Madrid superaba el 20 por ciento de toda la población penitenciaria del país.

Y, aunque pueda parecer que sucedió en la prehistoria, como los mamuts que habitaron en la pradera de San Isidro, lo cierto es que hasta que el desarrollismo y la M-30 la partieron en dos, aquella zona siguió siendo un entrante en el Madrid de la guerra civil. Debió de ser por entonces cuando su imagen quedó grabada en el puente de Toledo, frontera durante treinta meses que terminaría fijando lo que quedaba dentro y fuera de la historia nacional. Sin más rastro documental, solo queda, pues, excavar, como el yacimiento de los mamuts, la fosa bajo el colegio."                 (Gutmaro Gómez Bravo , El País, 23/10/23)

24/10/23

El trabajo forzado de presos republicanos durante el franquismo llega a los tribunales

 "Txomin Uriarte fue uno de los cientos de presos republicanos que engrosaron los batallones disciplinarios de trabajadores durante la inmediata posguerra. Bajo el yugo franquista, terminó picando piedra en el Roncal, en Navarra, en unas condiciones pésimas. El régimen quería fortificarse por el temor a una posible invasión aliada, por lo que utilizó esta mano de obra esclava para levantar infraestructuras orientadas a la defensa del territorio. Eso es lo que sucedió en la carretera navarra Igal-Vidángoz-Roncal.

Ahora, doce familiares de aquellos prisioneros han interpuesto en Aoiz la primera querella criminal por trabajo esclavo durante el franquismo. Son pocas en comparación con los 2.300 prisioneros antifascistas, encuadrados en cuatro batallones de trabajo forzoso, que realizaron trabajos forzosos en la citada carretera, formando parte de los 15.000 que lo hicieron en distintas obras militares, como búnkeres y fortificaciones en Navarra. Son pocos, pero esto solo es el inicio.

“Él nunca guardó silencio, siempre nos estaba contando cosas de la guerra y de aquellos años”, recuerda Laura Uriarte a sus 74 años. Tras haber luchado en la contienda como gudari y defensor de la legislación republicana, Txomín terminó en Roncal. La represión nunca pudo con su voz: “Nos contaba lo que ocurría en esos barracones, que pasaban mucha hambre y lo poco que tenían y les llegaba desde fuera, se lo daban tarde para que estuviera en mal estado”.

Sus curtidas manos fueron tan solo un par de las tantas que levantaron esta carretera navarra. “El frío era otro enemigo ahí dentro. Cuando estaban fuera, trabajando, él nos decía que vio morir a varios compañeros andaluces de frío. Decía que morían con una sonrisa en la cara”, rememora Laura. Ella es la correa de transmisión de este incalculable testimonio plagado de sinsabores y pobreza: “En Navidad les dieron una onza de chocolate como extra. La comida era incomible y por las noches alguno de ellos se escapaba a las huertas de alrededor para coger unas patatas y comérselas crudas”.

Obligados a ir a misa, todo el tiempo debían estar arrodillados. “Y si les enviaba correspondencia su familia, los carceleros les decían que no llegaba nada, que ya se habían olvidado de ellos en sus casas. Fue un maltrato horroroso”, atestigua Laura. Txomín falleció en 2007 no sin antes haber traspasado su fuerza y arrojo a la descendencia. Ahora, su nombre busca justicia desde la tumba.

Frío por dentro y por fuera

Juan Manuel Esteban es otro de los prisioneros obligados a trabajar para el régimen franquista. Nacido en 1916, el joven era muy activo en Sestao. “Cuando dieron el golpe, él ya tenía 20 años. Ya había hecho tres cursos de la carrera de minas, algo que marcó su trayectoria durante la guerra y su posterior reclusión”, adelanta Valen Esteban a sus 70 años. Su hijo admite las ideas comunistas de Juan Manuel: “Era fan de Rosa Luxemburgo, incluso escribía artículos en periódicos de Bilbao”.

Todo aquello terminó después de haber luchado en varios frentes, como el de Burgos y Bizkaia primero, en el del Ebro después, una vez regresado a España desde el municipio francés San Juan de la Luz. “Le detuvieron cerca de Vic, volando un puente, el 2 de febrero de 1939”, comenta Valen, un estudioso de la vida de su progenitor. Cuando llegó julio de 1940, Juan Manuel dejó atrás el campo de concentración de Miranda de Ebro para subirse un tren cuyo destino desconocía. Finalmente, arribó en Vidángoz. “Gracias a su formación, le nombraron jefe de herramientas y obras, así que tuvo una posición más o menos privilegiada”, afirma su hijo.

No le falta razón. Juan Manuel pudo dormir en una cabañita algo apartada de los barracones reservados para los demás presos, y tampoco se vio en la obligación de fatigarse con el pico y la pala. “Llegó el invierno, y el frío, y todo se fue deteriorando. Pasaron mucha hambre y, aunque él estaba en mejor posición, sufrió un aislamiento psicológico acrecentado por su situación”, agrega Valen. Así se lo transmitió el propio preso republicano a su mujer: “Tenemos frío por dentro y por fuera”, le dijo en una misiva. En los barracones, las diferencias entre ellos por motivos ideológicos pasaron a un segundo plano. Según cuenta el mismo Valen, “la solidaridad imperaba ahí, incluso montaron coros y hacían colectas para dar dinero a las familias que peor lo estaban pasando”.

De hecho, Juan Manuel se la siguió jugando desde su puesto acomodado en el batallón de trabajadores. “Le daba clases de matemáticas a un capitán con el que trabó cierta relación y le robó los sellos de firma del capitán y el comandante”, recuerda el hijo. Así podían falsificar multitud de informes que mejoraran la opinión de aquellos que tenían informes más negativos. Y todavía se conservan. Juan Manuel, que murió en 1990, guardó toda su vida esas hojas en blanco únicamente decoradas con los sellos del capitán y comandante de la compañía.

Que la verdad se convierta en justicia

La asociación Memoriaren Bideak también se ha querellado junto a los doce familiares. Esta entidad lleva desde 2004 estudiando lo que sucedió en estos 17 kilómetros de carretera en los que llegó a ver muertes por el frío extremo, pero también asesinatos. “El régimen disciplinario tenía mano ancha para aplicar los castigos que consideraban. Desde agresiones físicas hasta ejecuciones inmediatas, pasando por palizas y trabajo adicional”, comenta Ana Barrena, portavoz del colectivo.

Desde Memoriaren Bideak tienen conocimiento del asesinato de tres prisioneros acusados de intento de fuga y la muerte de otros ocho presos republicanos en hospitales militares por diferentes enfermedades y accidentes. “Muchos de ellos no entendían tal castigo. Era un horror físico, pero también psíquico, y se autolesionaban pensando en el suicidio o forzando su internamiento en el hospital, de donde pensaban que podrían huir más fácilmente”, explica la activista por la memoria.

Esta primera querella interpuesta en el Estado español contra el trabajo esclavo practicado durante el franquismo tiene como objetivo reivindicar lo que ocurrió en esa carretera y poner el acento en la impunidad que se le ha dado a un delito de lesa humanidad, tal y como manifiesta Barrena. “Han pasado 80 años de aquello, pero siguen teniendo voz. Hemos convivido con ellos y hemos aprendido su verdad. Lo que tenemos que hacer es continuar para que esa verdad se convierta en justicia”, en sus propios términos.

Laura Uriarte, en cambio, tiene dudas sobre si admitirán a trámite la querella. “Igual tenemos suerte, aunque también la incluiremos en la querella ya abierta en argentina por los crímenes del franquismo”, aduce. Valen Esteban, por su parte, tampoco las tiene todas consigo: “No creo que consigamos mucho pero es necesario para establecer una verdad más allá de lo que impuso la transición, cuando estas personas se quedaron olvidadas al no reconocer realmente lo que supuso el golpe de Estado franquista y la dictadura”, se explaya.

La responsabilidad del Estado

Sabino Cuadra es miembro de la Coordinadora Estatal de Apoyo a la Querella Argentina (Ceaqua): “La querella es muy importante porque, a pesar de que hubo unos 300.000 prisioneros de guerra condenados por el franquismo que trabajaron en estas condiciones esclavistas, todavía no se había movido nada a nivel judicial”. Asimismo, desde la Coordinadora afirman que otros colectivos ya se están haciendo eco de la querella. “Esperamos que este primer paso sea la puerta de entrada a otras tantas denuncias para que termine este silencio impuesto sobre el trabajo forzado de los presos republicanos”, añade el integrante de la Coordinadora.

Preguntado por hacia quién se dirige la querella en concreto, Cuadra responde que las obras de la carretera fueron cosa del ejército. “Eso quiere decir que el empresario era el Estado. Al margen de las responsabilidades individuales que pudieran existir en aquellas personas que más cerca estuvieron de la represión y el trabajo esclavo, la responsabilidad general es del Estado, que fue responsable de todo aquello. Se habrán muerto los carceleros, pero no el Estado”, finaliza."                 (Guillermo Martínez, El Salto, 20/10/23)

8/5/23

Terror y represión franquista en Aranjuez: el convento que fue reconvertido en campo de prisioneros... Enfermedades, torturas o trabajos forzosos... para levantar la Academia de Infantería de Toledo o para trabajar en Indra, compañía que a día de hoy sigue afincada a la salida del municipio ribereño

 "Si paseas por la calle del Rey de Aranjuez, una de las principales avenidas de esta localidad madrileña, puedes ver cómo se alza una llamativa fachada neoclásica del siglo XVII, diseñada por Francesco Sabatini, el arquitecto responsable de levantar el Palacio Real de Madrid. Este pórtico es la entrada a la capilla del convento de San Pascual. Sin embargo, lo que no muchos no saben es que este lugar alberga una verdadera historia de horror y represión durante el franquismo.

 Nada más terminar la Guerra Civil, el convento se convirtió en un campo de concentración de prisioneros republicanos, siendo uno de los 298 campos que el franquismo instauró. Se calcula que entre 700.000 y un millón de españoles pasaron por estos recintos. Años después, el lugar pasó a ser una de las cárceles de mujeres del régimen.

Pepe Martín, integrante de La Casa Negra, colectivo comprometido con la memoria histórica local, explica a Público que Aranjuez se convierte en zona de interés durante la Guerra Civil, después de que el bando franquista tomara Toledo en 1936. Tras esto, el pueblo pasa a ser una de las líneas del frente en la defensa de Madrid. En este contexto, el convento de San Pascual se reutiliza como un cuartel para las brigadas, que posteriormente se constituirán como el ejército popular. Por allí, incluso pasaron parte de las Brigadas Internacionales, asegura el también militante de la CNT. Por aquel entonces, el edificio estaba en medio de un descampado, motivo por el que el lugar funcionaba también como campo de entrenamiento.

Una vez terminada la guerra, el Ejército golpista encuentra en la localidad a muchos sindicalistas, altos militares o dirigentes políticos, así que decide trasladarlos a todos ellos a los diferentes campos de concentración, como el de Ocaña o Colmenar de Oreja. Es en este momento en el que el convento de San Pascual se destina como una prisión donde hacinar a las personas afines a la República. "El espacio se sobreexplota y se convierte en un foco de enfermedades, hambre, malos tratos y torturas", detalla Pepe.

Los prisioneros fueron empleados como mano de obra esclava en muchas construcciones o para diversas industrias. Pepe explica que algunas personas recluidas en Aranjuez fueron utilizadas para levantar la Academia de Infantería de Toledo o para trabajar en Indra, compañía que a día de hoy sigue afincada a la salida del municipio ribereño.

Es en este punto donde la historia se topa con la vida personal de muchos españoles y aparecen algunos de los relatos con rostro más humano. El dirigente socialista Ramón Rubial pasó por el presidio arancetano. Desde las rejas, oficializó su matrimonio con Emilia Cachorro en 1944. En Aranjuez, el que fuese secretario general del PSOE gozó de más permisos para poder ver a su esposa y allegados. "Si Emilia no hubiese tenido la fuerza moral que tiene, hubiese sido un impedimento en mi lucha por el socialismo. Ella ha compartido esta lucha, pero no de manera silenciosa, sino de manera alentadora", escribió con ternura Rubial en su biografía.

'El Chato', el periodista republicano encerrado en el convento

Otro de los presos que pasó por San Pascual fue Jaime Menéndez El Chato, el primer español en formar parte de la redacción de The New York Times. Su nieto, Chema Menéndez, relata a este medio con orgullo cómo su abuelo fue uno de los periodistas republicanos más influyentes. Presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid y director del diario El Sol, El Chato fue de los que "se quedaron hasta el último momento en la capital". En su intento de huida al exilio, Menéndez fue apresado en Alacant por la división Gambara del Ejército italiano de Mussolini. A partir de ahí, pasó por varias prisiones hasta que le trasladaron al penal de Aranjuez en 1940.

Encerrado en el convento, El Chato es "el encargado de formar la célula clandestina de la prisión del PCE" junto a otros compañeros como Leoncio Pérez y Antonio García. "La intención era siempre organizarse, y luchar dentro de cada cárcel", detalla Chema. Este periodista, al igual que Rubial, fue uno de los tantos prisioneros que trabajó forzosamente en Indra. Durante su presidio, la mujer de Jaime, Avelina Ranz, tenía que desplazarse hasta el Real Sitio para ver a su marido. En una de esas visitas, durante una nevada de invierno, su abuela agarró a su hijo y un petate, y atravesó toda la nieve hasta llegar al convento. "Los prisioneros se asomaban por las ventanas y gritaban: '¡Es la mujer de Jaime!'", narra Chema con cariño.

El 26 de enero de 1944, El Chato consiguió la tan ansiada libertad condicional, pero su frenética vida no acabó ahí. Este intelectual fue alternando diferentes oficios: trabajó para la imprenta de la Embajada de EEUU en Madrid, que se convirtió en uno de los principales focos de la lucha antifranquista; viajó hasta Tánger para convertirse en el redactor jefe del diario España y fue contratado por Manuel Fraga para su revista Política Internacional del Instituto de Estudios Políticos.

Apóstoles republicanos

En el comedor del convento puede observarse un cuadro que representa una Última Cena. Esta pintura atestigua una de las historias más emotivas sobre este convento. Concretamente, la de Juan López, pintor afincado en Utrera que, a principios de la década de los 30, emigró junto a su familia a Madrid. Allí les pillará el conflicto bélico. Al haber luchado como carabinero para la República, este hombre se exilió en Francia para escapar de la represión franquista. Como muchos españoles, regresaron a su país en el 39, durante los últimos compases del conflicto. Lamentablemente, una vez en suelo patrio, López es aprisionado por las autoridades y lo mandan, primero, a la cárcel de Ocaña y, luego, recala en Aranjuez.

Encerrado en el convento, una de las monjas de clausura se entera de que López es pintor y le encarga una modesta representación de la Última Cena de Jesús. Este hecho fue relatado por su hijo Pedro en el programa Hoy por hoy de Cadena Ser. "Cada vez que desde Catalunya voy a mi pueblo, hago noche en Aranjuez y, cómo no, visito San Pascual. Y allí, delante de aquellas pinturas, casi siempre con lágrimas en los ojos, pienso en mi padre, derrotado y con su juventud destrozada por una absurda guerra entre hermanos, subido entre andamios, pintando santos con la mente puesta en Utrera y sus niñas". Este testimonio se puede leer en Los años difíciles, libro recopilatorio de aquel espacio radiofónico.

María del Carmen Ramón, después de escuchar en la radio la historia de Juan López, se puso en contacto con Cadena Ser para contar que su padre, Zurbano, estuvo también preso en San Pascual, donde conoció a este pintor utrerano. "Su cara es uno de los apóstoles de la sagrada cena que hay en el convento", aseguró esta mujer. Al parecer, Juan López empleó a los propios presos como modelos para sus doce apóstoles.

Reconversión del convento a una prisión especial de mujeres

Desde 1941 a 1954, San Pascual vuelve a sufrir una reconversión. Esta vez como una prisión especial de mujeres, la cual estuvo dirigida por Josefa Rojas Goñi. Esta cárcel formó parte de los siete centros que el régimen franquista concibió como reformatorios bajo el nombre de Obra de Redención de Mujeres Caídas.

Muchas de estas mujeres ingresaban a estos centros con sus hijos, los cuales no podían pasar más de dos años allí. En los primeros años, había en torno a 500 recluidas y unos 20 niños, remarcó el historiador Matías Viotti hace unos años en un acto organizado por La Casa Negra. "La situación era tan precaria que a las madres que podían dar lactancia se les podía reducir la pena", agrega el experto.

Después de cumplir el plazo decretado por las autoridades, los niños hacinados en estas prisiones eran derivados a las diferentes instituciones estatales, principalmente colegios religiosos, con el objetivo de desvincularles de toda relación familiar "no católica".

Pepe lamenta no tener suficiente información sobre estos años, ya que apenas cuentan con el listado de las mujeres que pasaron por allí. El colectivo sospecha que algunas monjas aprovecharon aquella situación para robar los niños a las presas y luego entregarlos en el Hospital San Carlos, ubicado justo enfrente del viejo convento."                 (Diego Acebo, Público, 14/04/23)

10/3/23

La historia de los republicanos que fueron destinados por el poder franquista a los batallones de trabajos forzados. Empresas, instituciones, particulares e incluso la Iglesia se beneficiaron de esta práctica esclavista

 "Juan Carlos García Funes (Segovia, 1986), profesor de Historia en la Universidad Pública de Navarra, tiene en la calle su segundo libro, Desafectos: batallones de trabajo forzado en el franquismo, publicado por la editorial Comares. Es el resultado de varios años de investigación recopilando nombres, datos y cifras. Muchas y escalofriantes cifras. Pero aún más que los números, remueven las palabras.

Punitivismo, sistema concentracionario, desafección… son palabras que, incluso sin conocer exactamente su significado, poseen la capacidad de impactarnos con su sola mención.

Más allá de una idea establecida de que a determinadas acciones les tiene que corresponder un castigo, comúnmente nos referimos con «punitivismo» al exceso de castigo o a la intención de que este sea mayor. En este sentido, el régimen de Franco, ya desde su golpe de Estado y la sublevación contra la Segunda República, desplegando todo tipo de violencias y sometimientos, fue especialmente punitivista. Hizo del castigo su seña de identidad.

El sistema llamado concentracionario se desarrolló al compás de la guerra, capturando soldados del ejército republicano y enviándolos a campos de concentración para clasificarlos. Muchos de quienes habían tenido cargos de responsabilidad acabaron ejecutados tras pasar por consejos de guerra. A otros les dieron un arma para luchar de nuevo, esta vez por la causa franquista, mientras que una gran masa de republicanos o de diferentes formaciones de izquierdas convencidos de sus ideas fueron destinados a los batallones de trabajadores. A estos prisioneros los llamaron «desafectos», la etiqueta que otorgaron a quienes sabían que no compartían las ideas del nuevo régimen.

En su libro destaca las diferencias existentes entre el trabajo penitenciario y el trabajo concentracionario.

Los golpistas decidieron que, ya que iban a tener miles de personas entre muros o en un campo de concentración, éstas no estarían «ociosas», así que les asignaron diferentes funciones. Desde el sistema penitenciario, con tutela religiosa, establecieron a partir de 1938 un método que ofrecía a los presos rebajas de condena a través del trabajo. Era la llamada «redención de penas», por el sentido de redimirse ante Dios y ante España. Aunque esta reducción de condenas buscaba, además, una solución a la saturación de las prisiones.

Pero un año antes ya había trabajo en cautividad en los campos de concentración, bajo dirección militar, con un fin no tan religioso como el de las prisiones sino más utilitarista: sabían que sus prisioneros eran «desafectos» que no se integrarían en su ejército para luchar contra la República. Así los hacían «útiles», siendo forzados a realizar trabajos de carácter militar, principalmente los más peligrosos: abrir trincheras, desactivar bombas, limpiar zonas de cadáveres… pero también tareas logísticas indispensables para el desarrollo de la guerra, como abrir caminos, cargar y descargar camiones, reparación de vías ferroviarias y muchas otras. El ejército de Franco necesitaba mano de obra y recurrió a la que le proporcionaban los llamados batallones de trabajadores.

¿Cómo vivían las personas prisioneras en aquellos batallones?

La propia documentación que elaboraban las autoridades de los campos de concentración, encargadas de coordinarlos, deja constancia de las deficiencias que existían en algo tan básico y necesario como la ropa, el calzado y, por supuesto, la alimentación. Pensemos en la situación de estas personas: prisioneros de guerra con jornadas laborales que podían llegar a las diez u once horas en condiciones de trabajo pésimas, soportando, en según qué zonas, temperaturas muy bajas, durmiendo al raso o con animales, muchos de ellos enfermando hasta morir.

Gracias a los testimonios de quienes sobrevivieron conocemos los castigos físicos a los que eran sometidos por los escoltas. Desde obligarles a trabajar con un alambre en los hombros cargando con piedras a la espalda a cavar un hoyo muy profundo para volver a cerrarlo después. Castigos ejemplarizantes para recordarles que estaban allí por su condición de «rojos» y no afectos al régimen. Eran, en definitiva, unas condiciones extremas. Tanto que muchos de los que salieron vivos de los batallones lo harían padeciendo secuelas físicas de las que ya nunca se recuperarían.

Y mientras, el régimen de Franco diciendo al mundo que los prisioneros realizaban su servicio con gran satisfacción y que el trato que se les daba en la ‘España Nacional’ no podía ser más humano…

Sorprende la capacidad que tenía el régimen de mostrar a la comunidad internacional que ellos no habían dado un golpe de Estado, intentando darle un carácter popular en forma de «levantamiento» o «alzamiento». Respecto a los centenares de miles de personas que encerraron de una u otra forma, también buscaron conformar una realidad distinta con falsas proclamas como las que ha mencionado, empleando una retórica, incluso en documentos, en la cual parece que buscan corregir al cautivo y atraerle a unos nuevos valores para ser un buen español, un buen católico, un buen padre de familia, un buen trabajador que no creara conflictos.

La realidad, sin embargo, era terriblemente tenebrosa y fue barnizada por una especie de «derecho al trabajo» que, según el programa de Falange, tenían todos los españoles. Un supuesto derecho que no debía ser «regateado por el nuevo Estado a los prisioneros y presos rojos» mientras no fuera contrario a la vigilancia que merecían «quienes olvidaron los más elementales deberes de patriotismo».

El trabajo forzado no se mantiene únicamente durante la Guerra Civil y no sólo está enfocado a labores militares. Empresas, instituciones, particulares e incluso la Iglesia solicitan al régimen que les envíen prisioneros para llevar a cabo diferentes oficios o labores físicas.

Durante el contexto de guerra se intervinieron fábricas y se militarizaron industrias, con unos objetivos difíciles de cumplir al encontrarse muchos hombres en edad laboral movilizados en el frente. El ejército, entonces, localizaba en los campos de concentración trabajadores con el perfil que demandaban tanto empresas como ayuntamientos y administraciones públicas, y los ofrecían temporalmente con la condición de cumplir ciertas normas, como encargarse de su manutención o asegurar su vigilancia. Así se orquestó este sistema que se mantuvo en la guerra y durante una buena parte de la posguerra porque le funcionaba al nuevo régimen.

 Los trabajos del sistema concentracionario, siempre dirigidos por la autoridad militar y con Franco tomando la última palabra, continuaron durante la década de los años cuarenta por medio de los «Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores». Solo con sus soldados el ejército sublevado no podía realizar tareas de fortificación, reconstrucción, desarrollo de vías ferroviarias… Así que empleó la fuerza de trabajo de jóvenes que debían realizar el servicio militar pero que también eran clasificados como «desafectos» al ser reclutados, sin que jurasen bandera ni recibieran un arma. Por otra parte, en el sistema penitenciario, con la redención de penas, el trabajo forzado se mantuvo durante toda la dictadura. Es más, este sistema no fue eliminado hasta 1995, ya bien entrada la democracia, con la aprobación de un nuevo Código Penal.

En uno de los capítulos de Desafectos usted recoge testimonios extraídos de las autobiografías de varios supervivientes de los batallones de guerra: Isaac Arenal, Félix Padín o Marcelino Camacho, entre otros. Imagino que para usted las historias personales que narran todos ellos son aún más sobrecogedoras que la información que fue recopilando de los documentos oficiales y de la época, y que le habrán dejado huella.

Poder leer las palabras de quienes vivieron aquella experiencia en los batallones fue, en no pocas ocasiones, la tabla de salvación para no ahogarme entre retórica militar, reglamentos, normativas y números. No debemos olvidar que estamos hablando de personas, personas que sufrieron esta realidad. Y no quise que la voz de las víctimas de este trabajo forzado sirviese únicamente para rellenar lo que no aparece en la documentación, aunque ésta sea imprescindible para conocer realmente lo que pasó. A mí me interesaba mucho saber en qué momento de sus vidas estaban acudiendo a sus recuerdos y los motivos que los llevaron a compartirlos sobre el papel, a quiénes dedicaban sus memorias y de quiénes se acordaban, sus perfiles y las ideas políticas que tenían antes y después de la guerra, tratando también de encontrar los hilos comunes entre ellos.

En cuanto a la huella que me dejaron, personalmente sólo pude entrevistar a Luis Ortiz Alfau, fallecido en 2019. Ojalá hubiese llegado a tiempo, como sí hicieron otros investigadores e investigadoras y colectivos memorialistas, para conocer a todos aquellos a los que, al menos, sí he leído. Nunca sabrán lo agradecido que estoy por sus escritos y por su legado. En sus textos, a pesar de la crudeza con la que cuentan vivencias tan duras y trágicas, hay un pensamiento positivo que desean transmitir a las generaciones más jóvenes para que construyan, construyamos, un futuro mejor. Para mí, esa actitud que mantuvieron hasta el final me parece de un valor incalculable."                 (Félix Duende  , La Marea, 03 marzo 2023)

2/3/23

Cuatro años pasaron en una chabola de cuatro metros cuadrados, con un camastro hecho con ramas y una lata para recoger el agua de las goteras, para poder ver a Teófilo padre, preso republicano, trabajador forzado del llamado destacamento penal de Bustarviejo, uno de los nueve que se construyeron en Madrid para surtir de mano de obra esclava a las obras del tren a Burgos

"Cuando Teófilo Sánchez tenía seis años, en 1944, la madre se lo llevó a vivir enfrente del padre. Originarios de Toledo, la mujer y el niño se asentaron en una chabola de cuatro metros cuadrados en la sierra norte de Madrid, a la que había que entrar casi arrastrándose, con un camastro hecho con ramas y una lata para recoger el agua de las goteras. 

Cuatro años pasaron así, para poder ver de vez en cuando a Teófilo padre, preso republicano, trabajador forzado del llamado destacamento penal de Bustarviejo, uno de los nueve que se construyeron en Madrid para surtir de mano de obra prácticamente esclava a las obras del tren a Burgos. De vuelta hoy al lugar, Teófilo, que tiene 84 años, señala el granito. Aquel chamizo estaba “en aquella piedra amarillenta de allí”, dice. Como cada vez que viene de visita, es incapaz de contener la emoción. 

 Teófilo llora, pero a ratos también ríe, porque los barracones ahora son hoy un lugar de memoria recobrada, donde este sábado se inauguró una exposición sobre la historia de los destacamentos penales, tras restaurarse este a partir de 2011 después de haber estado relegados al olvido durante décadas, mientras los vecinos lo usaban para guardar al ganado. “Cuando entramos había un metro de estiércol”, recuerda Pedro Juárez, de la Asociación para la Memoria Histórica Los Barracones, que promovió la recuperación del edificio, organiza visitas guiadas periódicas y celebra un concierto anual por la memoria.

 Teófilo, que ha venido con su hijo Carlos, se encuentra y se abraza con María Peláez, hija de José Manuel Peláez, asturiano que se alistó para ir a la guerra antes de cumplir los 18 y también pasó por el barracón de Bustarviejo. Ella, la segunda hija, nació después, pero viene siempre que puede. “Es ver esto y te das cuenta de lo que sufrieron”, repara. Se le humedecen los ojos, se excusa: “Yo soy muy de llorar”. Dice Pedro Juárez, que fue concejal por el PSOE, que todavía en el pueblo se habla poco de lo que pasó en los barracones, que hay descendientes de aquellos presos que se quedaron en la zona y hoy son de derechas, y que si se pudo restaurar el edificio fue por una enmienda a unos presupuestos del Estado impulsada por Gaspar Llamazares, tras la primera ley de memoria histórica. 

 Trabajar para redimir penas, hacer examen de conciencia y expiar los pecados los domingos en misa, para pasar la noche en unos galpones de planta rectangular en las que se hacinaban 150 presos en tres dormitorios, tras jornadas de 10 horas entre piedra y dinamita, un trabajo “esclavo, extenuante y mal pagado”, según explica a los asistentes José Carlos González, presidente de la asociación. En torno a 6.000 prisioneros pasaron entre 1944 y 1952 por alguno de los destacamentos penales madrileños, según el arqueólogo Fernando Colmenarejo, que preparó los textos de la exposición. Restos de las escudillas o el precario calzado de los presos se exponen ahora en vitrinas en una de las estancias, contigua a la nave central donde siete paneles informativos detallan los pormenores de la maquinaria represora del franquismo. Destaca que el cuerpo de guardia del destacamento estaba orientado al interior, pues el mayor riesgo no eran los intentos de fuga -muchas familias se instalaron, como Teófilo y su madre, en chozas próximas a los barracones- sino las incursiones de los maquis.

 La asociación para la memoria organiza todos los veranos desde hace cinco años un concierto en los barracones. Este año los invitados fueron los hermanos Luisa y Cuco Pérez, que han ido recopilando a lo largo de los años las coplas y cantos populares de los refugiados españoles en Francia, tras el éxodo de los últimos meses de la Guerra Civil. Partiendo de la historia familiar de sus abuelos, que pasaron del Madrid de los bombardeos al campo de refugiados de Algères, el dúo interpretó a voz y acordeón composiciones del uruguayo Quintín Cabrera, “exiliado como Machado”, pero 30 años después, coplas del ‘no pasarán’ y adaptaciones varias, como una de La cucaracha enfocada en el mal vivir de los campos de concentración franceses, donde solo se comía (con suerte), “lentejas y bacalao”.

 Hacía los coros una audiencia con integrantes de otras asociaciones por la memoria, de Aranda de Duero, al otro lado de la sierra, o la de San Sebastián de los Reyes, que estos días, tras muchos esfuerzos, levanta fosas comunes en Colmenar Viejo. Es un momento de celebración, pero Teófilo Sánchez, que enciende un puro fino, no se sacude la sensación de que la historia es cíclica y el presente pinta complicado, con paralelismos odiosos de aquella infancia precaria: “Esto que ha pasado va a volver a pasar”.                        (Víctor Honorato, eldiario.es, 28/08/22)

21/11/22

Un trozo de pan y una sardina al día en el campo de concentración franquista de Sánlucar la Mayor, en Sevilla

 "Sanlúcar la Mayor (Sevilla) tiene unos 14.000 habitantes. No muchos vecinos saben que en su pueblo hubo un campo de concentración. Que tuvo una vida corta, entre marzo y octubre de 1939. Siete meses, ya con la Guerra Civil terminada, en los que se convirtió en uno de los más de 20 lugares que los golpistas de Francisco Franco levantaron en Sevilla y provincia para servir forzadamente al incipiente régimen dictatorial. Tampoco saben que allí los presos, de paso a otros campos, comían tan solo un trozo de pan y una sardina al día. 

 Las pesquisas del Observatorio Ciudadano Municipal (OCM) de Sanlúcar la Mayor han dado con una serie de tratados y artículos, a partir de una primera comunicación del grupo de trabajo Recuperando la Memoria de la Historia de Andalucía de CGT, que demuestran su existencia. Fuentes orales han hecho el resto para saber qué hubo en lo que ahora es una cooperativa olivarera, pero que fue un lugar para la clasificación de prisioneros por parte de las tropas golpistas tras la sublevación militar de julio de 1936.

 El de Sanlúcar era un lugar donde se auditaban o valoraban a los prisioneros. En función de su valoración, el preso tenía cuatro posibles destinos: se le permitía volver a su lugar de origen presentándose a la Junta de calificación (que la conformaban el alcalde, el jefe del movimiento de Falange, el comandante del puesto de la Guardia Civil y el cura párroco), se le obligaba a apuntarse en el ejército franquista para salvar la vida, se le mantenía en prisión o se le llevaba “al paredón”, apunta el OCM.

Una infraestructura en uso

Además de la documentación a la que ha tenido acceso este periódico, han sido también los contactos de este OCM con parientes de aquellos prisioneros los que advierten de la escasa alimentación que se ofrecía en esos campos de concentración de prisioneros como el de Sanlúcar. Un trozo de pan y una sardina al día, aunque otras fuentes orales expresan que más adelante se daba un plato de lentejas. La Cooperativa Olivarera de Sanlúcar la Mayor fue antes un cuartel, que tuvo que ser habilitado urgentemente en 1939 en campo de concentración para la clasificación de presos republicanos que llegaban de Barcelona y Valencia y de los municipios de Sevilla, informa el OCM. (...)

 Su ubicación perfecta para el trasiego de personas que llegaban y salían del campo de concentración dio pie a la OCM para comprender la documentación bibliográfica a la que se llegó a través de legajos desde 1936 a 1940 en el Archivo Municipal, donde constan cientos de documentos con traslados hacia o desde Sanlúcar. Así, el 12 de marzo de 1939 aparece el primer documento con traslado de prisioneros de guerra y, a partir de abril de 1939, ya se reseñaba Sanlúcar la Mayor como campo de concentración. En mayo de 1939 figura el traslado desde el campo de La Rinconada con destino al campo de Sanlúcar la Mayor de cientos de tablones para literas y patas y tornillos. El 25 de junio de 1939, desde la Región militar se envía ropa para el campo de concentración de Sanlúcar la Mayor, según ha comprobado este medio.

 El último documento de traslado que figura es del 25 de octubre de 1939, que ilustra esta información, y donde se refleja un movimiento de tropa a Sevilla de 439 personas, apenas unos días antes que los prisioneros fueran enviados al campo de concentración de Heliópolis. En diciembre de 1939, según las indagaciones del OCM, el lugar se recuperó de nuevo como cuartel y pasó a ser ocupado el Grupo de Regulares de Larache. La indagación coincide con lo que manifiesta Cecilio Gordillo. “Los últimos 900 presos de ese campo, la mayoría catalanes, fueron trasladados al campo de 'El Colector' en Heliópolis, que entonces ejerció de prisión habilitada o de apoyo a La Ranilla”. Era el último día de octubre de 1939. (...)"                          (Javier Ramajo, eldiario.es, 19/11/22)

20/10/22

De muro da vergoña a muro de honra... O franquismo empregou man de obra escrava en Pontedeume... Os motivos polos que eran castigadas estas persoas eran do máis inicuo: desde estar afiliados a un partido político de esquerdas a terlle asubiado a un crego cando paseaba. Ou mesmo por levarlles un bocadilo aos que xa estaban condenados, mal alimentados e nunha condición física penosa... "Non houbo piedade en absoluto. O fascismo é sempre arbitrario, e iso é o que provoca o terror

 "No antigo partido xudicial de Pontedeume, os historiadores identificaron 235 asasinados polos fascistas despois do golpe de Estado de 1936. Pero a suma dos castigados pola ditadura é máis alta: desde 1938 a 1942, un número indeterminado de persoas foron condenadas a traballos forzados na construción do chamado "muro de Porto", un valo de cachote de 65 metros que terma dun desmonte realizado onde se atopaba o antigo pazo dos Andrade.

"Non os mataron pero tiveron que sufrir unha dupla condena", explica o deseñador Pepe Barro -creador do proxecto gráfico de Nós Diario-,"porque a aquelas persoas, que tiñan que traballar no muro, sen remuneración ningunha, durante longas xornadas laborais, víanse impedidas para desenvolver un traballo que lles permitise a subsistencia, co cal tamén as súas familias eran castigadas". Barro é o autor dun proxecto presentado polo Ateneo Fernán Martís de Pontedeume que pretende recuperar a memoria daquelas vítimas do franquismo e transformar "o que é un muro da vergoña nun muro de honra"  que lles renda homenaxe.

O proxecto presentouse publicamente o pasado día 14, nun acto no que participaron o historiador Bernardo Máiz, Valentín Bóveda -neto de Alexandre Bóveda e vicepresidente da Fundación que leva o seu nome-; o presidente do Ateneo, Xoán Lourenzo, e o propio Pepe Barro, que contou coa axuda do  arquitecto Jorge Salgado.

 "Queremos traer á memoria o sufrimento destas persoas das que non coñecemos os nomes. Na documentación municipal non se reseña a man de obra escrava, preocupáronse de que non quedasen rastros" explica o deseñador. O que se coñece é grazas aos familiares que sobreviviron e que contan como era a amarga vida daqueles condenados. 

A arbitrariedade do terror

Os motivos polos que eran castigadas estas persoas eran do máis inicuo: desde estar afiliados a un partido político de esquerdas a terlle asubiado a un crego cando paseaba. Ou mesmo por levarlles un bocadilo aos que xa estaban condenados, mal alimentados e nunha condición física penosa.  "Non houbo piedade en absoluto. O fascismo é sempre arbitrario, e iso é o que provoca o terror. Temos que aproveitar esta ocasión ara facerlles xustiza as vítimas, mais tamén para que a mocidade coñeza o que pasou, o sufrimento destas persoas castigadas durante a ditadura por defender a legalidade. Teñen que saber que o fascismo nunca é unha solución".

Homenaxe ás vítimas

O Ateneo Fernán Martís vai propor ao Concello de Pontedeume que aproveite as melloras previstas na zona para que leve a cabo esta homenaxe as vítimas. "O Ateneo toma esta iniciativa ao coñecer que o Concello vai acometer obras de renovación do pavimento desa rúa que está en mal estado. O interese é pór sobre a mesa de todos os concelleiros este proxecto con todos os acontecementos históricos que o fundamentan, para homenaxear non só a estes condenados anónimos na súa maioría, senón en xeral, a todos os represaliados e asasinados polos fascistas".

A intervención é sinxela e, ademais dunha mellora xeral do muro e unha iluminación soterrada, contempla a construción dunha peza vertical de formigón branco, que contraste coa cor do valo, no que se abre unha fiestra pola que só se ve o muro. Baixo deste van, os versos de Celso Emilio Ferreiro: 

O teito é de pedra.
De pedra os muros
i as tebras.
As pedras,
as cadeas
o aire,
as fenestras,
as olladas,
son de pedra.

A caída do pazo dos Andrade e a construción do muro

O pazo dos Andrade en Pontedeume situábase entre o monte Breamo e a ría; pasado o momento en que os muros desenvolvían un papel defensivo, aquel espazo viuse como un impeitizo que debía ser eliminado para ampliar o porto e crear terreos edificábeis. Mais ao facer o desmonte, era preciso un muro de contención que termase da explanada resultante. Despois dunha longa batalla legal, aprobouse a obra cos fascistas xa no poder, que recorreron á man de obra escrava para a construción."            (Manuel Xestoso, Nós, 20/12/22)

4/10/22

Cómo los esclavos del franquismo sirvieron para construir la Mallorca del 'sol y playa'... Más de 200 kilómetros de red viaria -muchas de ellas todavía en uso, sobre todo en temporada alta-, puentes, acueductos y más de 150 nidos de ametralladora fueron construidos por prisioneros recluidos en más de una veintena de campos de concentración de la isla

 "Un telegrama acaba de llegar a Mallorca desde el Ministerio de Defensa. Fechado el 22 de noviembre, da el visto bueno al 'Anteproyecto del ferrocarril militar de la estación de La Puebla al Puerto de Alcúdia'. Es 1938 y el aeródromo de Pollença, próximo a Alcúdia, se ha convertido en la principal base de operaciones de la Aviazione Legionaria italiana desplazada a España para apoyar a los sublevados. A favor del nuevo trazado se muestra Ramón Franco Bahamonde, comandante de aviación en Balears y hermano del que a la postre se convertirá en dictador del país durante cerca de cuarenta años. Su papel es determinante a la hora de autorizar las obras del ferrocarril, presupuestadas en 1,9 millones de pesetas. Los trabajos, sin embargo, no verán la luz, pero se convertirán en paradigma de los trabajos forzados a los que serían sometidos en la isla los presos del franquismo.

La bahía de Pollença, en la actualidad uno de los principales núcleos turísticos de la costa norte de Mallorca, fue durante el conflicto bélico punto estratégico para los intereses de las fuerzas fascistas, al igual que durante siglos anteriores lo había sido para las rutas comerciales del Mediterráneo occidental. Frente a sus costas perdió la vida, precisamente, el propio Ramón Franco –tan solo un mes antes de que las obras del tren fuesen aprobadas– cuando su hidroavión, nada más despegar, se precipitó en barrena sobre el mar.

Mientras tanto, el proyecto continuó adelante. Una obra de enorme envergadura impulsada previa expropiación de 187 parcelas y la oposición de quienes comenzaban a vivir del turismo incipiente. En 1940, la necesidad de mano de obra para la fortificación del litoral y el aumento de precio de los materiales y el transporte dejaron definitivamente paralizada la construcción del ferrocarril.

El historiador Miquel Josep Crespí Cifre, autor del trabajo Esclaus a l'illa de la calma. La repressió a sa Pobla durant la Guerra Civil i els primers anys del franquisme, narra cómo se desarrolló el anteproyecto en un contexto en el que el municipio se convertía en escenario de “una de las represiones más crueles” de la época en contraste, señala, con la idílica y tranquila visión de la isla que Santiago Rusiñol había dibujado años antes en sus cuadros: “La Mallorca que describimos es todo lo contrario: cruel y terrible, un lugar del que querrías escapar, pero no puedes”, subraya el investigador en su obra. “Poca gente sabe o poca gente habla de que en Mallorca no solo hubo campos de concentración, sino que fue uno de los primeros lugares de toda España donde los hubo debido a que en la isla triunfó el golpe de Estado”, recuerda.

Después de que, el 19 de julio de 1936, el recién proclamado comandante militar de Balears Manuel Goded declarase el estado de guerra en las islas y asumiera el control absoluto de Mallorca y Eivissa, se desataba una dura represión que, como sostiene el historiador Bartomeu Garí Salleras, ya había sido planificada meses antes del conflicto y sería perfectamente ejecutada por falangistas, militares, autoridades civiles, redes clientelares de derechas, capellanes e, incluso, por familiares de las propias víctimas. Fue en ese contexto cuando entraron en escena los campos de concentración y la utilización de los presos franquistas para erigir y acomodar las infraestructuras a los intereses de los golpistas.

“No se mantendrá en las cárceles, hacinados y ociosos, a los enemigos de España. Quedan muchas carreteras por hacer para permitir este lujo. Han robado mucho oro para tratarles con tanta fineza. En Mallorca ya se está empezando”, advertía, el 1 de diciembre de 1936, una nota oficial publicada en el Correo de Mallorca.

Más de 200 kilómetros de carreteras con mano de obra esclava

Más de 200 kilómetros de carreteras –muchas de ellas todavía en uso, sobre todo en temporada alta con el auge del turismo–, puentes, acueductos, aeródromos, más de 150 nidos de ametralladora hoy visibles en primera línea de playa... Los trabajos llevados a cabo por hasta 15.000 presos procedentes de los más de veinte campos de concentración franquistas en Mallorca permitieron, entre 1936 y 1942, fortificar el litoral, mejorar las precarias comunicaciones viarias y ferroviarias y abrir nuevos accesos a la costa. Como en el resto del Estado español, las autoridades sacaron rédito económico y logístico a sus prisioneros para utilizarlos como mano de obra esclavizada.

“Si España se convirtió en una inmensa prisión, Mallorca lo fue por partida doble a raíz de su condición insular y la cantidad de campos que marcaron toda su geografía”, señala el también historiador Jaume Claret Miranda en el prólogo al libro Esclaus oblidats. Els camps de concentració a Mallorca, de Maria Eugènia Jaume i Esteva (2019, Documenta Balear), uno de los últimos trabajos llevados a cabo en torno a estos centros de reclusión. Francisco Franco había sido jefe militar de Mallorca en 1933 y conocía la deficiencia que había en carreteras y caminos en el litoral mallorquín, dado que sólo eran caminos de herradura utilizados por el campesinado o por señores para llegar a sus tierras. Por tanto, “era urgente la organización y construcción de una línea viaria en torno a Mallorca, sobre todo para poder comunicarse rápidamente en caso de ataque enemigo”, subraya la autora de la obra.

La investigadora señala que la isla fue un lugar donde la represión y el miedo fueron fuertemente aplicados en amplios sectores de la sociedad: “Humillaciones públicas, muertes, aprisionamientos... Fueron muchas las personas que acabaron eliminadas”. Los que no fueron asesinados, señala, fueron encerrados en prisiones donde sufrieron toda clase de torturas y otros terminaron en los campos de concentración: “Serían los encargados de construir el nuevo Estado”.

Los primeros campos de concentración de Mallorca

En Mallorca, los primeros campos de concentración vieron la luz entre diciembre de 1936 y enero de 1937. Las cárceles comenzaron a llenarse con tanta rapidez que muy pronto hubo que improvisar lugares donde recluir a los presos. La acumulación de detenidos en Can Mir, la prisión provincial y el Castell de Bellver llevó a las autoridades fascistas a plantearse, coincidiendo con las nuevas necesidades defensivas de Mallorca, trasladar a los reclusos a los campos de concentración itinerantes que fueron abriéndose a lo largo de la costa de Mallorca, donde eran obligados a trabajar en la construcción de carreteras y otras obras públicas y a dormir en los reposaderos del ganado, en barracones de madera o en tiendas de campaña.

Los prisioneros eran, además, clasificados en función de su mayor o menor “desafección al Movimiento Nacional” e integraban batallones de trabajo en régimen laboral de esclavitud o semiesclavitud y sin haber sido juzgados ni sentenciados. Al término del conflicto, fueron creados los Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores que, entre otros, incluían a los soldados de reemplazo que, tras la movilización general de las 'quintas' de 1936 a 1941 (el comienzo de la conocida como 'mili de Franco'), habían sido considerados por las Cajas de recluta como “desafectos”. Finalmente, en 1942 fueron instituidos los Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores Penados, compuestos ya únicamente por condenados a penas de cárcel hasta su disolución en 1945.

La Siberia mallorquina

Uno de los campos de concentración en los que los presos sufrieron las condiciones más duras fue el de Albercutx, en plena Serra de Tramuntana. Rodeado de bosque y con temperaturas gélidas, llegó a ser conocido por los reclusos como 'La Siberia mallorquina'. “Las condiciones de vida a causa del frío, que ni los mismos guardias podían en ocasiones resistir, eran de una dureza incalificable”, relata Antoni Oliver en La vida als camps de concentració a Mallorca (1986, Memòria Civil). A todo ello se sumaba la pésima alimentación y los frecuentes castigos impuestos a los internos.

La finalidad de este campamento era, principalmente, la construcción de la carretera que unía –y une– el Port de Pollença y Alcúdia, además de la ejecución de una nueva vía que debía enlazar el Port de Pollença y Formentor con Sa Talaia, torre de vigilancia construida en el siglo XVII frente a las frecuentes incursiones de piratas y corsarios. Los presos del campo de Albercutx también intervinieron en la construcción de tres piezas antiaéreas y tres dependencias destinadas al destacamento militar allí desplegado. Las obras de la carretera se dieron por finalizadas en marzo de 1941 y, en la actualidad, una placa ubicada al inicio del camino hacia la torre recuerda quiénes fueron sus constructores. A 380 metros sobre el nivel del mar, la atalaya constituye en la actualidad uno de los miradores más privilegiados de la isla.

Fusilamientos en el Fortí de Illetes

Sin embargo, una de las imágenes que reflejan con mayor virulencia los horrores de la represión en Mallorca procede del Fortí de Illetes, en Calvià, donde fueron recluidas y ejecutadas decenas de víctimas del alzamiento militar. “Normalmente, al oscurecer, se llamaba a los condenados a muerte para 'entrenarlos' en capilla y a la mañana siguiente fusilarlos. Al clarear el día se oían gritos de '¡Viva la República!', '¡viva el socialismo!', '¡viva la Democracia!'. Y, casi al momento, una detonación cerrada…”, rememoraba en sus memorias Josep Pons Bestard, uno de los reclusos que sobrevivió a las atrocidades cometidas en esta prisión militar, configurada en su día como parte del sistema defensivo global de la Bahía de Palma.

Durante los últimos años, la Asociación Memòria de Mallorca reclama la protección de la infraestructura, único centro de represión y fusilamiento de la isla y cuyos restos aún permanecen visibles en la zona, muy próximos a un instituto público, el IES Bendinat. En 2003, el Consell de Mallorca lo declaró Bien de Interés Cultural, pero la entidad lamenta que la propiedad actual, un fondo de inversión británico y alemán que infructuosamente intentó convertirlo en un balneario termal para turistas, lo tiene “totalmente abandonado”, incumpliendo la obligación de garantizar su mantenimiento y de abrirlo al público, tal como marca la Ley de Patrimonio Histórico.

A las afueras del municipio de Artà, al nordeste de Mallorca, aún se aprecian las ruinas de otro de los campos de concentración que el franquismo levantó en la isla: el Son Morey, en s'Alqueria Vella. Al anochecer de un día de diciembre de 1941, llegó hasta la estación del tren un batallón de trabajadores procedentes de la península. Uno de aquellos prisioneros, Roque Yuste Giménez, relata en sus memorias, Añorando la República, cómo los introdujeron “en vagones de ganado para no perder la costumbre de maltratarnos”. Una vez en la estación, pasaron la noche “dentro de los almacenes y corrales como si fuésemos mercadería a punto de ser embarcada”, apuntaba, por su parte, Aurelio Conesa, otro de los presos que vivió el aciago día a día del campamento. Su relato se encuentra recogido en L'últim estadà de l'inhòspit (1993, revista Bellpuig), del investigador Pere Ginard.

Al día siguiente, temprano, todos ellos partieron por empinados caminos de carros hacia Son Morey, donde se instalaron tiendas de campaña. “En cada una colocaron a unas 50 ó 60 personas. Estábamos tan estrechos que creo que, a la hora de dormir, si uno se quería girar debíamos hacerlo todos juntos”, manifestaba Conesa.

Respecto a la alimentación, uno de los testimonios más duros que se conservan es el de Federico Álvarez Pérez. Su hija, Maria Leonor, recuerda que, tras su paso por el campo de concentración, su padre puso una condición en casa: “La mesa debía estar siempre llena para comer, con mucha comida. Y así fue. Yo era la mayor de seis hermanos y siempre vi una mesa llena de comida. Mi padre había pasado tanta hambre que no quería volver a sufrirla más. Todo lo que ganaba se lo daba a mi madre, que era quien administraba la casa. Él solo se quedaba dinero para ir a tomarse un café...”.

El trabajo diario entre montes selváticos y barrancos rocosos

Sus manifestaciones quedaron plasmadas en la obra Esclaus per fortificar Mallorca. Els presos de Franco a Artà (1941–1942), de Jaume Morey Sureda (2016, Lleonard Muntaner). Hasta un total de 739 hombres fueron destinados a la construcción del camino a la 'Posición Farruch', donde se instalaría una batería de defensa incluida en el conocido como 'Circuito estratégico'. “De inmediato comenzamos a construir una pista o carretera estrecha, con el fin de conducir los pertrechos necesarios para la instalación y mantenimiento, en las futuras posiciones, de emplazamientos de artillería pesada frente a Menorca, en las montañas más altas del cabo Ferrutx, atravesando montes selváticos, barrancos rocosos y pendientes pronunciadas. En aquella época todo se hacía a base de pico y pala y barrenos, al menos nosotros. No teníamos otras herramientas más eficaces y todo era con esfuerzo humano muy barato, es decir, con esclavos”, afirmaba Roque Yuste.

Las humillaciones eran frecuentes y las condiciones, difíciles de soportar. No en vano, Conesa, entrevistado por Morey, explicó que el primer día de trabajo uno de los presos no pudo resistir la dureza del traslado y acabó falleciendo. Al día siguiente lo trasladaron a Artà para enterrarlo en la fosa común del cementerio. La dureza de las labores que debían llevar a cabo, el régimen disciplinario, las pésimas condiciones higiénicas y el escaso alimento provocaron que algunos de los presos fuesen trasladados al hospital militar de Palma.

“Afortunadamente, y de forma inesperada, en este centro encontramos a una buena persona: el director del hospital de Palma, que al ver que le enviaban casi cadáveres se quedó a cuadros y dijo que no quería hacerse corresponsable de aquella monstruosidad”, manifestaba, por su parte, Paulí Pallàs, quien pasó por varios campamentos de presos españoles antes de ser enviado a Artà. A raíz del impacto que el trato inhumano que recibían los presos provocó en el responsable del centro sanitario, el capitán general se presentó en Son Morey, ordenó cambiar a todo el comando y, a partir de entonces, comenzaron a “respetarles como personas”. “No nos faltaba la comida y el agua. Y de eso podíamos dar gracias al director del hospital de Palma”, concluía Pallàs, quien en 2005 publicó sus memorias, Vides truncades. Memòries d'un Quinto del Poum.

Los presos allí recluidos construyeron el campamento y la carretera en los terrenos de la Alqueria Vella, finca que el Govern adquirió en el año 2000 y que hoy da la bienvenida al Parc Natural de Llevant. Con la disolución de los Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores, las obras iniciadas por los prisioneros quedaron inacabas y en el lugar quedó a medias una carretera que en la actualidad no conduce a ningún sitio.

Comienza la fortificación del litoral

Finalizada la Guerra Civil y con el estallido la Segunda Guerra Mundial, los intereses constructivos cambiaron. Ante el nuevo escenario, el litoral mallorquín comenzó a colmarse de infraestructuras de defensa, a cuya edificación fueron destinados los esclavos del franquismo procedentes de los campos de concentración que aún permanecían abiertos en Mallorca, como el de Son Morey, es Rafal des Porcs en Santanyí o el de Coves Blanques en Pollença. Dada la situación estratégica de la isla, las autoridades ordenaron erigir búnkeres y nidos de ametralladora ante el temor de una invasión por parte de las tropas aliadas.

Entre ellos, el 1 de agosto de 1940 fue aprobado un presupuesto de 324.900 pesetas para la construcción de 18 nidos entre Cala Figuera y Sant Elm, al noroeste de Mallorca, con el objetivo de “obstaculizar un enemigo en el momento preciso de su desembarco”, como consta en la documentación conservada en el Arxiu Militar de les Illes Balears y recogida por Maria Eugènia Jaume. En la zona nordeste, dispersados entre Alcúdia, Pollença y Formentor, fueron proyectados otros 28. En total, se han identificado hasta 153 búnkeres a lo largo de las costas de Mallorca, todos ellos construidos por los presos del franquismo. Erigidos bajo tierra o camuflados como casetas de pescadores por razones de seguridad, nunca llegaron a ser utilizados y, al término del conflicto bélico, acabaron abandonados, al igual que las carreteras que aún se encontraban en construcción.

En la actualidad, muchos de los nidos de ametralladora asoman en las playas de Mallorca, como en la emblemática Es Trenc, cada vez más expuestos al aire libre y más próximos al mar debido al imparable proceso erosivo y la pérdida de superficie que sufre buena parte de las playas de Balears. “Si antes se extrajo de los presos un rédito militar, ahora éste se ha transformado en rédito turístico”, comenta Maria Eugènia Jaume. Basta con ir a Es Trenc o atravesar las carreteras atestadas de turistas en verano –aquellas en las que un día trabajaron miles de manos esclavizadas– para comprobarlo."          (Esther Ballesteros, eldiario.es, 22/09/22)