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28/4/23

'Szmalcownik': los extorsionadores del gueto de Varsovia que chantajeaban a los judíos que lograban escapar

 "En el ranking macabro de lugares donde los nazis desplegaron sus atrocidades, muy pocas ciudades ocupan un puesto superior que Varsovia. Evidentemente, sus habitantes más perseguidos fueron los judíos, quienes con 359.827 miembros censados en 1939 representaban la comunidad judaica más amplia no ya de Polonia, sino de toda Europa —y la segunda a nivel mundial, solo por detrás de Nueva York—. Aquel mismo año, el de la invasión alemana, comenzó el hostigamiento: imposición del brazalete con la estrella de David, prohibición de acceso a determinadas zonas, exclusión en algunas profesiones. Pero en noviembre de 1940 llegó el paso definitivo: los invasores levantaron un muro de tres metros de altura y dieciocho kilómetros de largo coronado por un alambre de púas. Había nacido, como parte de la solución final ideada por los nazis, el gueto de Varsovia.

Su población osciló a lo largo del tiempo, pero se estima que alrededor de 400.000 judíos —además de los varsovianos, fueron trasladados habitantes de poblaciones vecinas— quedaron encerrados detrás del muro. Un porcentaje resume bien aquel hacinamiento: aunque representaban el 30% de la población de la ciudad, el gueto tan solo suponía el 2,4% de su territorio. Se calcula que, de media, cada habitación albergaba a nueve personas, quienes además obtenían una dieta con un aporte calórico diez veces inferior al de los ciudadanos de cualquier otro barrio.

Durante el primer año y medio, el creciente número de bajas judías se explica por las condiciones infrahumanas: hambre, falta de higiene y recursos, epidemias. Muertes naturales y suicidios. Pero eso cambió en julio de 1942, fecha en la que se hizo efectiva la resolución que, seis meses antes, habían tomado catorce altos funcionarios nazis, reunidos en una apacible mansión en el distrito de Wannsee, al suroeste de Berlín. Su plan de deportaciones masivas al campo de exterminio de Treblinka —construido en un bosque a unos 80 kilómetros de la capital polaca— significó, en apenas dos meses, el traslado rumbo a la muerte para 300.000 habitantes del gueto.

 Durante el primer año y medio, el creciente número de bajas judías se explica por las condiciones infrahumanas: hambre, falta de higiene y recursos, epidemias. Muertes naturales y suicidios. Pero eso cambió en julio de 1942, fecha en la que se hizo efectiva la resolución que, seis meses antes, habían tomado catorce altos funcionarios nazis, reunidos en una apacible mansión en el distrito de Wannsee, al suroeste de Berlín. Su plan de deportaciones masivas al campo de exterminio de Treblinka —construido en un bosque a unos 80 kilómetros de la capital polaca— significó, en apenas dos meses, el traslado rumbo a la muerte para 300.000 habitantes del gueto.

Como si, a pesar de todo, aún se resistiesen a creer la abyección de sus represores, los judíos pensaron que los trasladaban a campos de trabajo. Poco a poco, con las informaciones que recibían a cuentagotas, descubrieron la cruda realidad. Se estima que por entonces tan solo sobrevivían en el gueto unas 60.000 personas —más de la mitad servían de mano de obra baratísima en empresas alemanas, y el resto ocultos, librándose como podían de las deportaciones—, de las cuales apenas un número ínfimo contaba con la capacidad y la preparación básica para luchar. Pero eso fue lo que decidieron hacer las dos organizaciones insurrectas que operaban dentro de aquellos muros, quizás porque la alternativa era el tren.

El alzamiento del gueto de Varsovia comenzó el 19 de abril de 1943, como un último intento desesperado de plantarle cara al tirano que, por supuesto, los aplastó. Los desiguales combates, en número y en arsenal, duraron cuatro días. El fin simbólico de la rebelión se fija el 16 de mayo, día en el que los alemanes volaron una sinagoga ubicada más allá del área cercada como respuesta a la insurrección.

El gueto quedó completamente destruido —poco después pasaría lo mismo con el resto de Varsovia, donde los nazis se ensañaron a sabiendas de su inminente derrota bélica—. Hoy, ocho décadas después, nadie que pasee por aquella zona sería capaz de reconocer lo que fue, salvo que cuente con la ayuda de un guía que contextualice los escasos vestigios del horror. En su lugar se levantó un distrito financiero. Nada queda de aquello.

Sí que permanecen, en cambio, las fuentes documentales, que ayudan a hacerse una idea, aunque sea muy aproximada. Las memorias, los escritos, los bandos, las resoluciones. Escarbando en esos mismos documentos es posible encontrar el ominoso rastro de una figura, un término que, sin ajustarse a la etiqueta de judíos o nazis, también contribuyó a la infamia: szmalcownik.

Etimológicamente, el término proviene de la voz polaca szmalco-wać, que tiene su origen en una palabra que significa grasa de cerdo. En principio contaba con un doble significado: uno más literal, la acción propiamente dicha de separar la grasa del cuerpo del animal, y otra acepción, más callejera, que se refería a una manera de ganar dinero. Durante la Segunda Guerra Mundial, los polacos empezaron a emplear szmalcownik para referirse a las personas que perseguían y chantajeaban a judíos que se encontraban sin permiso fuera de la zona asignada, bajo la amenaza de entregarlos a las autoridades.

Se tiene constancia de que ese fenómeno ocurrió igualmente en otras ciudades, que también albergaban sus propios guetos, más reducidos, pero las mejores fuentes documentales conservadas son las de Varsovia, por eso ambos conceptos suelen ir aparejados. Se estima que entre tres y cuatro mil personas extorsionaron a judíos en la capital durante la ocupación nazi. El perfil habitual respondía a hombres de 25 a 40 años, polacos la gran mayoría, aunque también los hubo de otras nacionalidades. Su ocupación era tan simple como ruin: permanecer ojo avizor con ánimo de identificar a cualquiera que tuviera prohibido estar fuera del gueto. Había puntos estratégicos que vigilaban con más frecuencia, como las inmediaciones del juzgado de Varsovia, donde se apostaban a diario porque a los judíos sí se les permitía acudir allí para dirimir asuntos personales, y algunos aprovechaban esa visita para intentar escapar al lado ario.

A veces los chantajistas conformaban bandas organizadas, donde, incluso, integraban a algunos pocos judíos colaboracionistas con el enemigo —igual que se dieron casos de cooperantes con la Gestapo— con la labor de identificar o traicionar a sus semejantes. Pero los szmalcownik eran bien capaces de reconocerlos por sí mismos: se apoyaban en cuestiones tan básicas como el aspecto físico, su manera de hablar o su incapacidad para responder preguntas referidas a costumbres católicas.

El modus operandi puede dividirse en dos: aquellos extorsionadores que interrogaban a cualquier judío que se encontrasen y, a la manera de un atracador callejero, le pedían solo lo que tuviese encima, o los que iban más allá y, en lugar de asaltarlos, los seguían hasta sus escondites y extendían el chantaje a todas sus posesiones. Así, esta práctica se convirtió en una forma de robo organizado llevada a cabo tanto por agentes de Policía como por delincuentes habituales, que de repente pasaron a tener la ley de su lado.

Un chantajista refuerza su posición de poder en función de lo que el chantajeado tenga que perder. Por eso, en los primeros tiempos del gueto la transacción se saldaba con sumas pequeñas, pero los szmalcownik aumentaron sus demandas desde que en 1941 la normativa cambió y todo aquel judío —así como cualquier persona que los ayudase— localizado sin autorización fuera de un gueto o un campo de trabajo era directamente condenado a muerte. Lo mismo ocurrió cuando empezaron las deportaciones masivas: págame, porque si no te delato y tu destino seguro es Treblinka.

Los extorsionadores procuraban estirar su amenaza todo lo posible, ya que, si realmente avisaban a las autoridades, esa fuente de ingresos concreta —esa persona— desaparecía para siempre. Por supuesto, vista la catadura moral de estos individuos, a nadie debe sorprender que algunos exprimiesen a los judíos hasta que ya no tenían nada más que darles y, solo en ese momento, los entregaban y cobraban la recompensa que los alemanes ofrecían por cada pieza.

La población judía, que vivía de manera perfectamente pacífica, se encontró de la noche a la mañana con un invasor que cercenó sus libertades y los encerró luego en guetos, y encima vio cómo estas prácticas chantajistas les multiplicaban las penurias, el miedo, la sensación de peligro constante y el desasosiego por culpa de desalmados que no solo se lucraron con su situación, sino que contribuyeron a engrosar el altísimo número de muertes. Dicho de otro modo: en aquellos años, en Varsovia y demás ciudades volvió a ponerse de manifiesto que el ser humano siempre puede alcanzar cotas todavía más altas de ruindad. Es una máxima universal. ¿Que llegan los nazis y convierten tu existencia y la de los tuyos en un infierno? Nada puede ir a peor en ese contexto, pensaría alguno, pero entonces aparecen los szmalcownik para aprovecharse de ese infierno. No es pesimismo, sino algo que conviene tener en cuenta: da igual lo terrible que parezca la situación, siempre cabe un hijo de puta más."           (Jorge Decarlini, Público, 22/04/23)

16/5/17

La Universidad de Vilnius (Lituania) conmemorará a los estudiantes judíos asesinados en el Holocausto... siempre que no hubieran participado en actividades políticas de izquierda o en la militancia anti-nazi



Resistentes judíos del levantamiento del Gueto de Varsovia

“El mundo entero, sabíamos, estaba celebrando el Primero de Mayo ese día y, en todas partes se pronunciaban palabras contundentes e importantes. Pero nunca se había cantado la Internacional  en condiciones tan diferentes, tan trágicas, en un lugar donde toda una nación había y aun estaba siendo exterminada. Las palabras y la canción encontraron eco entre las ruinas carbonizadas y eran, en ese momento, una indicación de que la juventud socialista todavía seguía luchando en el gueto, y que incluso, cara a la muerte, no habían abandonado sus ideales”. Marek Edelman

Un día de abril de 1943, un grupo de combatientes de la resistencia judía lanzó una insurrección armada contra los nazis. Estaban orgullosos de ser socialistas e internacionalistas.
En la víspera de la Pascua de 1943 - diecinueve de abril - un grupo de varios cientos de jóvenes judíos pobremente armados del Gueto de Varsovia comenzaron una de las primeras insurrecciones contra el nazismo en la Europa ocupada.
Para el pequeño grupo de combatientes judíos- en las líricas palabras de un militante - “morir con las armas en las manos es más hermoso que sin ellas” y, aislados del mundo exterior, resistieron durante veintinueve días contra un enemigo mucho mayor, motivados por el deseo de matar a tantos fascistas como pudieran antes de caer ellos. El levantamiento, grabado en la memoria colectiva de los judíos de la posguerra, sigue siendo motivo de orgullo y de reafirmación.
Nadie pone en duda hoy que su heroísmo jugó un papel crucial en la guerra. Pero menos conocido es el hecho que su insurrección, lejos de ser espontánea, fue producto de la planificación y preparación de un grupo relativamente pequeño - y muy joven - de radicales judíos.
El gueto
Pocas semanas después de la invasión nazi de Polonia, el gobernador Hans Frank ordenó a los cuatrocientos mil judíos de Varsovia concentrarse en un gueto. En noviembre de 1940, alrededor de quinientos mil judíos de toda Polonia habían quedado encerrados entre sus muros, separados del mundo exterior y sumido en un completo aislamiento social.

Rodeado por un muro de diez pies de alto, la creación del gueto implicó el desplazamiento de aproximadamente el 30 por ciento de la población de Varsovia al 2,6 por ciento de la ciudad: el área designada no tenía más de dos millas y medio de largo y previamente solo alojaba a unas 160.000 personas.
En el gueto, los judíos fueron obligados a vivir en el hambre y la pobreza. Muchas familias no tenían más que una habitación individual, y la grave falta de alimentos obligó a que unas cien mil personas aproximadamente tuvieran que sobrevivir solo con un plato de sopa al día. El sistema de saneamiento colapsó y no había manera de controlar las enfermedades. Desde marzo de 1942, cinco mil personas morían mensualmente de enfermedad y malnutrición.
La situación era desesperada - y, sin embargo, la respuesta inicial de la dirección de la comunidad judía fue de inacción. Tras la creación del Judenrat  (Consejo Judío) - una organización colaboracionista establecida con la aprobación de los nazis para facilitar la implementación de las políticas anti-judías - algunos habitantes cayeron en una falsa sensación de seguridad.

La actitud que impregnaba el gueto, una interpretación a partir de la historia judía, era que el nazismo no era más que otra forma de persecución de las muchas que el pueblo judío había sufrido y sobrevivido.
Otros - como el militante de Hashomer Hatzair Shmuel Braslaw - comenzaron a reconocer un respeto envidioso por parte de los residentes del gueto hacia los alemanes. “Nuestros jóvenes aprenden a quitarse la gorra cuando se cruzan con los alemanes”, escribió Braslaw en un documento interno, “sonríen con la sonrisa del siervo y obedecen. . . pero en el fondo de su corazón arde un sueño: ser como [los alemanes] - guapos, fuertes y seguros de sí mismos. Poder patear, golpear e insultar, sin miedo al castigo. Despreciar a otros, como los alemanes desprecian a los judíos”.
Contra esta desmoralización, comenzaron a surgir señales de desafío mediante la auto-organización de la izquierda en la comunidad judía. Comunistas, socialistas-sionistas de diferentes tendencias, y socialdemócratas se organizaron en células en el gueto, con el objetivo de transformar la miseria en una organización política importante.

Todos los partidos - el Bund , una organización de masas socialdemócrata que había disfrutado de una gran popularidad antes de la guerra; el grupo marxista-sionista juvenil Hashomer Hatzair ; el partido sionista Poale Sion de Izquierda ; y el Partido Comunista se volcaron en esta estrategia, organizaron células que buscaban revivir las actitudes colectivistas entre una juventud judía emocionalmente paralizada y descontenta.
En aquellos tiempos oscuros, las estructuras de las organizaciones juveniles proporcionaron un anclaje social y psicológico contra el hambre y la depresión. “El día que fui capaz de restablecer contacto con mi grupo”, escribió la joven militante comunista Dora Goldkorn “fue uno de los días más felices de mi vida dura y trágica en el gueto”. Para el proyecto de desarrollar una dirección de la resistencia entre los jóvenes, mantener el ánimo alto era crucial; los actos de amistad, como compartir la comida, eran tan importantes como la distribución de literatura anti-nazi.
En 1942, las distintas organizaciones de jóvenes se sentían lo suficientemente confiadas como para considerar la formación de un “Bloque Antifascista”. Ante la insistencia de los comunistas, se redactó un manifiesto que buscaba unir a la izquierda judía en el gueto de Varsovia, con la esperanza de generalizar esta unidad política a otros guetos.
Llamando a un “frente nacional” contra la ocupación, por la unidad de todas las fuerzas progresistas sobre la base de reivindicaciones comunes y el antifascismo armado, el manifiesto era un eco de los frentes populares de antes de la guerra en su metodología organizativa.
Poale Sion de Izquierda se sumó con entusiasmo, al igual que el Hashomer Hatzair - que volvió a insistir en su fidelidad a la Unión Soviética, a pesar de la oposición del Kremlin al sionismo. El Bund, sin embargo, eran menos fiables, debido a su anticomunismo histórico y su rechazo de una acción armada específicamente judía, porque el partido defendía abiertamente que Polonia era la patria de los judíos polaco y muchos bundistas se negaban a un marco unitario que no fuese polaco-judío.
El periódico del Bloque Antifascista, Der Ruf , tuvo dos ediciones. Sus contenidos se centraron sobre todo en aplaudir la resistencia soviética e instar a los habitantes del gueto a aguantar hasta la inminente liberación a manos del Ejército Rojo.
Los destacamentos de combate del Bloque contaban con militantes pertenecientes a todas las organizaciones del movimiento obrero, pero el eje central de la organización fue Pinkus Kartin . Un convencido comunista en Polonia antes de la guerra y veterano de las brigadas internacionales en España, Kartin era un líder tanto político como militar. Para el historiador Israel Gutman , que militaba en Hashomer Hatzair en su juventud, Kartin “sin duda impresionaba” a los jóvenes cuadros sin experiencia clandestinos.
Fue el arresto y asesinato de Kartin en junio de 1943 lo que dio la señal para actuar al Bloque Antifascista. Su detención provocó una intensa represión contra los Jóvenes Comunistas, que vieron su número diezmado y pasaron a la clandestinidad. Por eso, cuando la Organización Judía de Combate (ZOB) se fundó varios meses más tarde, los comunistas estuvieron ausentes en un primer momento - aunque su línea política fue confirmada y aplicada por Abraham Fiszelson, un líder de Poale Sion de Izquierda, que habían sido amigo y mano derecha de Kartin desde su época en España.
Durante ese período, los dirigentes de la derecha de la comunidad judía formaron un grupo rival, la Unión Militar Judía (ŻZW). Dirigida por el grupo juvenil sionista de derechas Betar y financiado por la alta sociedad, la ŻZW se apoyaba en ex oficiales del ejército que querían luchar una guerra ortodoxa contra los nazis utilizando la disciplina de un ejército regular - a diferencia de la ZOB, que se consideraba la expresión armada del movimiento obrero judío.

Por otra parte, las conexiones de la ŻZW con los nacionalistas polacos, el antisemita gobierno en el exilio polaco y el movimiento de la derecha revisionista-sionista provocaron sospechas entre los dirigentes del ZOB.
Por el contrario, según Israel Gutman, los voluntarios típicos del ŻOB eran “hombres jóvenes de unos veinte años, sionistas, comunistas, socialistas -. idealistas sin experiencia de batalla, sin entrenamiento militar”. Mientras que la propaganda del ŻZW era muy nacionalista, la propaganda y la literatura del ŻOB defendía un internacionalismo antirracista, ofrecía comentarios intelectuales sobre la situación del mundo, y debatía sobre el movimiento obrero.
A pesar de los tiempos oscuros, los miembros del ŻOB pertenecían a una tradición política que aspiraba a un mundo mejor, y trataba de crearlo a través de su lucha.

La resistencia
El ŻOB adoptó como su objetivo una insurrección antinazi. Sin embargo, reconocia que era fundamental conseguir el apoyo mayoritario para la organización en la comunidad en general. Y se decidió que ello implicaba la intimidación y la ejecución de los colaboradores judíos con los ocupantes.
Para los militantes del ŻOB, los colaboradores representaban un ala auxiliar del fascismo que era instrumental a la hora de facilitar la deportación de los judíos polacos. Para demostrar que esa postura no sería aceptada en el gueto, los militantes del ŻOB decidieron ejecutar al policía judío Jacob Lejkin.

Por su “dedicación” en la deportación a Auschwitz de los judíos, Lejkin fue ejecutado de un disparo, y ello provocó el pánico generalizado entre los colaboracionistas en el gueto. Más tarde fue ejecutado Alfred Nossig en febrero de 1943. Józef Szeryński, el ex jefe de la policía del gueto, se suicidó para evitar su propio destino.
Estas acciones aseguraron la centralidad del ŻOB en el movimiento de resistencia, y también animaron a la resistencia más allá de sus filas. Su objetivo era demostrar que se podía desafiar a la colaboración y que hacerlo era un deber moral. Y en un corto período de tiempo habían ganado a muchos habitantes del gueto a esta posición.
Con el paso de los meses, el espectro de la muerte se convirtió en omnipresente. Entre junio y septiembre de 1942, trescientos mil judíos habían sido deportados o asesinados, destruyendo la comunidad judía polaca. En estas circunstancias desesperadas, todo el mundo había perdido a alguien y muchos jóvenes empezaron a no sufrir la ansiedad de tener que proteger a sus familias y se comprometieron con la actividad política militante. En pocas palabras, cuantos más judíos fueron asesinados en los guetos, menos obligaciones personales sentían los supervivientes, y el sentimiento de responsabilidad por las represalias de los nazis disminuyó.
También surgió el menospreció por el auto-afligido martirio de Adam Czerniakow, el líder del Judenrat, que se suicidó en julio de 1942. Para los jóvenes socialistas judíos, como el destacado bundista Marek Edelman, Czerniakow había “hecho de su muerte un asunto privado”, un símbolo de privilegio en contraste con Edelman y sus compañeros de clase trabajadora que esperaban su turno en las listas de deportación. Para ellos, dijo, el sentimiento mayoritario en aquellos tiempos era que el liderazgo político exigía que “se muriese, no en silencio, sino con una explosión”.
El levantamiento
En muchos sentidos, las esperanzas de la izquierda al llamar a una lucha común contra la barbarie nazi había sobrevivido a su propia base a la que iba destinada: la comunidad judía estaba en proceso de ser exterminada. Lo que ahora importaba era la iniciativa de lo propios jóvenes izquierdistas - y la mayoría estuvo a favor de un levantamiento.
En la mañana del lunes 18 de enero, seis meses después de las primeras deportaciones en masa de los judíos de Varsovia (lo que redujo el número de habitantes del gueto de cuatrocientos mil a aproximadamente unos setenta u ochenta mil), los militantes del ŻOB surgieron de la multitud de deportados para atacar a los soldados alemanes, matando a varios de ellos.

Hubo una serie de ataques durante cuatro días, protagonizados por militantes que se infiltraban entre las columnas de mano de obra esclava que marchaban hacia la  Umschlagplatz, salían de las filas a una señal dada, y atacaban a los guardias alemanes. Aunque decenas de combatientes ŻOB cayeron, la confusión creada por los combates permitieron a algunos escapar - y demostraron que en el gueto también podían caer los nazis.
En abril de 1943, había una conciencia general de que el gueto iba a ser exterminado por completo. Se planeó una insurrección armada general ante la siguiente provocación nazi. El 19 de abril, cinco mil soldados dirigidos por el general de las SS Jürgen Stroop entraron en el gueto para eliminar a sus últimos habitantes; en respuesta, aproximadamente unos 220 voluntarios del ŻOB comenzaron su ataque, desde los sótanos, los pisos y los techos, cada uno armado con una sola pistola y varios cócteles molotov.
La revuelta provocó el caos, pillando a los nazis por sorpresa y matando a muchos soldados de la Wehrmacht y las SS. En respuesta, el ejército alemán, humillado por las bajas que había sufrido a manos de unos prisioneros que creían derrotados hacía mucho tiempo, inició una política de abrasar sistemáticamente a los combatientes. Parafraseando a un militante del ŻOB, fueron las llamas - no los fascistas – las que derrotaron a los combatientes.

 Los combates cuerpo a cuerpo se prolongaron durante días, y a finales de abril el mando coordinado del ŻOB se derrumbó, el conflicto en gran parte quedó limitado al ataque con lanzallamas de los alemanes contra pequeños grupos de judíos armados escondidos en bunkers para tratar de escapar.
Según los relatos, la bandera roja y la bandera azul y blanca del movimiento sionista ondearon sobre los edificios incautados por el ŻOB. El luchador más joven muerto fue un activista bundista de trece años de edad. Aunque sin experiencia como fuerza de combate, un documento interno anónimo del Bund, que llegó a Londres en junio de 1943, hizo hincapié en la unidad política “ejemplar” y la “fraternidad” entre los grupos de izquierda en el combate.

El inquebrantable compromiso con el que los jóvenes combatientes del ZOB se aferraron a sus sueños de socialismo se ejemplificó en un conmovedor acto del 1 de Mayo celebrado en medio de las ruinas del gueto.
En él participó Marek Edelman, que lo refleja así en sus memorias:
“El mundo entero, sabíamos, estaba celebrando el Primero de Mayo ese día y, en todas partes se pronunciaban palabras contundentes e importantes. Pero nunca se había cantado la Internacional  en condiciones tan diferentes, tan trágicas, en un lugar donde toda una nación había y aun estaba siendo exterminada. Las palabras y la canción encontraron eco entre las ruinas carbonizadas y eran, en ese momento, una indicación de que la juventud socialista todavía seguía luchando en el gueto, y que incluso, cara a la muerte, no habían abandonado sus ideales”.
El último grupo de dirigentes del ŻOB se suicidaron juntos el 8 de mayo, rodeados por el ejército nazi, en su base de Mila 18. A mediados de mayo, el gueto había sido arrasado, y la gran sinagoga de Varsovia fue personalmente volada por el general Stroop el 16 de mayo para celebrar el final de la resistencia judía. Sólo cuarenta combatientes del ŻOB habían escapado hacia el lado “ario” de Varsovia, donde varios más cayeron antes del fin de la guerra en el posterior levantamiento de toda la ciudad en 1944.
La lección
En nuestra época, el criminal de guerra George W. Bush puedo rendir un cómodo homenaje a los combatientes del Gueto de Varsovia. Lo mismo sus humanitarios colegas David Cameron y Barack Obama, que pronunciaron unos discursos llenos de moralina sobre el heroísmo de la revuelta. Sus lugares comunes son el producto de la simplificación histórica de los hechos con el tiempo - algo que es probable que aumente a medida que los testigos directos del Holocausto nos dejan, a menudo con su testimonio sin compartir.
Más peligroso aun son los intentos de borrar las posiciones políticas que alentaron esa resistencia heroica. Esta misma semana, la Universidad de Vilnius en Lituania anunció que conmemoraría a los estudiantes judíos asesinados en el Holocausto - siempre y cuando no hubieran participado en actividades políticas de izquierda o en la militancia anti-nazi.
Frente a este ataque a la historia, la tarea de la izquierda es la defensa de los combatientes de la ZOB de la condescendencia del patrocinio oficial o de las oscuras posibilidades de una demonización del estado. Sólo podemos hacerlo recordando lo que muchas de aquellas personas fueron: jóvenes militantes, comprometidos con los ideales de la izquierda, rebosantes de entusiasmo por un mundo mejor, marginados con su comunidad.
Judíos por nacimiento y comunidad, se lanzaron a la lucha como internacionalistas, como participantes de una lucha mundial contra el fascismo y el capitalismo. A pesar de su debilidad, su actitud – negarse a una sumisión que significaba la muerte, resistir incluso contra toda probabilidad porque era un imperativo moral – fue un ejemplo para los republicanos españoles en los campos y en la resistencia, para el maquis comunista francés, para sus compañeros polacos del otro lado de los muros del gueto, y para los otros judíos que languidecían en los campos de concentración.
Su historia es un recordatorio de la brutalidad y la desesperanza del Holocausto, pero también un brillante ejemplo de aquellos que en el peor de los casos - en palabras del poeta partisano Hirsh Glik – “nunca pueden decir que han alcanzado el final del camino”.                   (Marcus Barnett , Jacobin, en Sin Permiso, 27/04/17)

26/4/17

El violinista del ghetto de Varsovia


"No se puede recorrer Muranów, un barrio de Varsovia, sin que el corazón se encoja y un nudo nos atenace la garganta. Aquí estaba el ghetto, y, a cada paso, surgen los recuerdos del horror. Nos hablan de él, Antoni Szymanowski; y los diarios de Emmanuel Ringelblum –los Escritos del ghetto–; y las páginas de Hersch Berlinski, y de Aurelia Wylezynska, muerta durante el levantamiento de Varsovia. Y las de Cyvia Lubetkin, y Jan Karski, correo de los partisanos polacos. 

Emmanuel Ringelblum, que fue asesinado por la Gestapo en 1944, pudo enterrar en Muranów algunos documentos que reunió. También los nazis hablan de ese infierno: el general de las SS, Jürgen Stroop, conquistador del ghetto de Varsovia; y el propio Goebbels.

Antes de la guerra vivían en Polonia tres millones de judíos polacos, más de la décima parte de la población. En los combates de septiembre de 1939, murieron más de cincuenta mil personas, y, un año después, los nazis crearon los ghettos. En Varsovia, más de cuatrocientas mil personas fueron encerradas en él, entre el hacinamiento, el hambre, las enfermedades.

 Las condiciones de vida eran inhumanas: cada mes morían más de cinco mil personas; decenas de miles de obreros fueron obligados a trabajar para sus verdugos en condiciones de esclavitud, alimentados sólo con sopa. Otros eran conducidos a fábricas fuera del ghetto: eran un excelente negocio para los industriales alemanes. Miles de mendigos llenaban las calles, junto a centenares de niños abandonados, porque sus padres habían muerto. 

El tifus, la gripe, y otras enfermedades hicieron estragos, y los piojos se apoderaron de todo. Casi 85.000 personas murieron por efecto del hambre y de las enfermedades en el ghetto de Varsovia, antes de que el resto fueran enviados al campo de exterminio de Treblinka.

Al alba, los enterradores arrojaban a la fosa común los cadáveres recogidos cada día. Los nazis apenas entregaban alimentos, pero mentían al mundo sobre las condiciones del ghetto: llegaron a rodar noticieros donde forzaron a aparecer al jefe del Judenrat, Adam Czerniaków, y otras personas, en grandes banquetes. 

Arnold Mostowicz, superviviente de otro ghetto, el de Lodz, nunca pudo arrancarse de la memoria una escena atroz: tenía que atender a una joven enferma. Cuando llegó a la casa, ya había muerto, así como uno de sus hijos pequeños. No pudo hacer nada, sólo estremecerse viendo cómo se agitaba el cadáver en un mar de piojos.

Pese a todo, las organizaciones judías resistieron: en la calle Mila, 18, estaba el cuartel general de la Organización Judía de Combate, y un túnel secreto en la calle Muranowska comunicaba con el exterior del ghetto. Incluso organizaban la vida, atendían a la ciencia y la cultura, imprimían prensa clandestina, crearon una biblioteca infantil.

 Incluso investigaron, como el doctor Israel Milejkowski, que dirigió un trabajo científico en aquellas increíbles condiciones. En la víspera de su muerte en el ghetto, anotó: “con la pluma en los dedos, siento la muerte deslizarse en mi habitación…”

El 22 de julio de 1942 los nazis iniciaron la operación para liquidar el ghetto de Varsovia: engañaron a la población simulando un simple traslado, y concentraron a miles de personas cada día en la Umschlagplatz, para enviarlas a Treblinka, con los ucranianos y letones nazis disparando a matar para mantener el orden. En septiembre de 1942, los trenes de la muerte transportaban desde Varsovia hacia Treblinka entre cinco y siete mil personas diariamente. Allí, 265.000 prisioneros del ghetto fueron convertidos en humo.

En el verano de 1942, algunos judíos del ghetto entran en contacto con la resistencia polaca, para pedir armas. Crean la OJC, Organización Judía de Combate. Consiguen algunas pistolas y dinamita, que introducen en el ghetto por puntos secretos, como el agujero de la calle Bonifraterska, o a través de la fábrica situada en la calle Okopowa, al lado del cementerio judío; y por el túnel excavado en la calle Muranowska, y por la entrada al ghetto de la plaza Parysowski, donde la resistencia consiguió sobornar a los guardias polacos.

 Contaban además con las cloacas, utilizadas por el mercado negro y para intentar escapar al exterior. La OJC organiza incluso una pequeña prisión dentro del ghetto, ejecuta a judíos colaboracionistas con los nazis y distribuye octavillas explicando sus acciones.

El 18 de enero de 1943, los alemanes lanzan el ataque final. Siguen las deportaciones, y fusilan en el ghetto a los enfermos impedidos. Los grupos judíos responden, y los combates duran cuatro días. El 21 de enero, el mando alemán evita arriesgar a sus soldados en luchas callejeras y decide volar con explosivos los edificios donde se concentra la resistencia, que utiliza tácticas de guerrilla urbana y se mueve por los tejados, los sótanos, las cloacas.

 La OJC ha conseguido encuadrar a setecientos combatientes, y otro grupo, la AMJ, a cuatrocientas personas más. El 19 de abril de 1943 estalla la insurrección del ghetto. Mordechaj Anielewicz es el principal dirigente de la resistencia: sus integrantes saben que sólo les espera la muerte.

Comienzan los combates por diferentes calles, y decenas de alemanes mueren. Los nazis utilizan lanzallamas para incendiar todavía más el barrio, que arde desde los primeros días de luchas. Los informes del general Jürgen Stroop, que manda las tropas nazis, recogen que “familias enteras se arrojan por las ventanas de los edificios incendiados”. Los combatientes se ocultan en sótanos, en pasadizos, y atacan cuando pueden. 

Algunos grupos de la resistencia polaca intentan abrir brechas en el muro, desde el exterior, para ayudar a los judíos, mientras que otros atacan a los soldados, pero la diferencia de fuerzas es demasiado grande. El 8 de mayo, después de veinte días de combates, las calles del ghetto son una montaña de ruinas y de edificios destripados, donde los insurrectos mueren abrasados o tienen que refugiarse a veces en sótanos en los que se acumulan los cadáveres, que están siendo devorados por las ratas.

Los alemanes se retiran, y deciden destruirlo todo. “Nunca olvidaré la noche que incendiaron el ghetto”, escribió después Cyvia Lubetkin. El día 7 de mayo, muere combatiendo Mordechaj Anielewicz. Algunas decenas de personas permanecen agazapadas en las alcantarillas y en los sótanos, sin alimento, sin agua, con los labios convertidos en esparto: unas pocas podrán salvarse todavía gracias a un camión de la resistencia que espera camuflado en una alcantarilla fuera del ghetto: entre ellos estaba Marek Edelman, uno de los dirigentes de la insurrección. Otros optan por el suicidio, para no caer en manos de los nazis, o se ven forzados a matarse unos a otros, entre lágrimas. El 16 de mayo Jürgen Stroop declara que la resistencia ha cesado: para celebrarlo vuelan con explosivos la sinagoga de la calle Tlomacka. 

Después, en agosto de 1944, estalla la insurrección general de Varsovia, y en enero de 1945 el Ejército Rojo libera la ciudad. Los combatientes del ghetto de Varsovia escribieron: “¡Vivir con dignidad y morir con dignidad!” Sabían que la resistencia no sólo era posible sino imprescindible para el futuro de la humanidad.

Nos queda su ejemplo, y las insoportables fotografías del horror: fosas comunes, niños muertos en las aceras del ghetto, el lento paso del niño judío, cubierto con su gorra, con los brazos en alto, con el miedo asomando en sus ojos, observado por los soldados nazis; y el rostro de otro niño, que arrastra un carro con cadáveres; y la del violinista con la piel en los huesos, que pide ayuda: va a arrancar unas notas del violín, mientras nos mira, para que no olvidemos nunca que ellos estaban allí, en el infierno."                   (El viejo topo, 19 Abril, 2017 Higinio Polo)

14/4/11

"Fue muy sencillo para los nazis matar a los judíos. Fueron abandonados por todos... La estrategia de guerra era la derrota de Alemania"

"Yo informé de lo que vi". Lo decía, con rostro grave, el hombre que intentó detener el Holocausto, el polaco Jan Karski, en una de las escenas de la devastadora película Shoah, de Claude Lanzmann.

"Dios me ha permitido ver y decir lo que he visto, me ha permitido dar testimonio", decía. Él fue testigo del horror, de la caza al judío, pero no fue escuchado. (...)

En el verano de 1942, el delegado del Gobierno de Varsovia decidió enviarlo a Londres en calidad de "emisario político de la resistencia civil". Había nacido Jan Karski. Antes de partir, el Gobierno le pidió que se reuniera con otros ciudadanos polacos, los judíos.

Fue testigo de la "gran acción" contra el gueto de Varsovia y la verdad inconfesable sobre los campos de exterminio.

Siempre recordó cómo, vestido con un traje andrajoso, se adentró un día en la ciudad de la muerte, el gueto de Varsovia, donde los nazis habían confinado a miles de judíos. "No era un cementerio porque los cuerpos se movían, aunque aparte de la piel, los ojos, la voz, no existía nada de humano en esas palpitantes figuras.

Por todas partes había hambre, miseria, la atroz pestilencia de cuerpos en descomposición, los lastimeros gemidos de los niños agonizantes, los gritos desesperados de un pueblo que mantenía una espantosa y desigual lucha por la vida". Un infierno creado por el hombre. Los líderes judíos lo dejaron claro:

"Los alemanes no intentan esclavizarnos como hacen con otros pueblos, estamos sistemáticamente exterminados. Esa es la diferencia... Creen que exageramos, que somos unos histéricos, pero millones de judíos están condenados al exterminio. Toda la responsabilidad gravita sobre las potencias aliadas".

Aquel era el mensaje que debía transmitir al mundo: "La victoria de los aliados en un año, en dos, en tres, no nos servirá de nada porque ya no existiremos". Un grito desesperado.

No lo había visto todo. Días después, Karski viajó hasta Izbica, una pequeña ciudad cercana a Varsovia. Vestido con el uniforme de los guardias ucranios que custodiaban el campo de exterminio de Belzec, recorrió los barracones y presenció la llegada de cientos de deportados.

Olió la carne quemada y vio cómo hombres uniformados metían a presión a los judíos en coches abarrotados que descargaban su carga humana en cámaras de gas. "Recuerde esto, recuérdelo siempre", musitaba a su oído el guía.

Karski tenía una misión. Como testigo del horror debía tratar de movilizar ayudas. Llevaba pruebas en un microfilme escondido en una llave. A principios de febrero de 1943, Karski se entrevistó con Anthony Eden, ministro de Exteriores británico, con miembros del Partido Conservador, del Laborista. No consiguió llegar hasta Churchill. (...)

También se presentó ante la comisión de crímenes de guerra de las Naciones Unidas. "Ante ellos relaté cuanto había visto en el gueto de Varsovia y en el campo de exterminio de Belzec. Pronto me di cuenta de que no comprendían ni el exterminio ni a la Resistencia polaca".

Años después, Karski diría sobre "la solución final": "Fue muy sencillo para los nazis matar a los judíos. Fueron abandonados por todos. Ahora muchos Gobiernos y la Iglesia dicen: 'Intentamos ayudarlos'. Pero nadie hizo nada. La estrategia de guerra era la derrota de Alemania, el aplastamiento militar del Tercer Reich".

El gobierno polaco decidió abrir una nueva vía y enviar a Karski a Estados Unidos, donde denunció los crímenes ante la Administración estadounidense -el juez del Tribunal Supremo Felix Frankfurter-, la Iglesia -el cardenal Cicognani, el arzobispo Spelman-. La respuesta fue el escepticismo.

El 28 de julio de 1943 se entrevistó con Roosevelt durante una hora. "El corazón me latió con rapidez cuando entré en la Casa Blanca", escribió. "Iba a reunirme con el hombre más poderoso, en la nación más poderosa del mundo... Estaba sorprendentemente bien informado sobre Polonia.

Me pidió que le confirmase las historias que se contaban sobre las prácticas alemanas contra los judíos". Al finalizar el encuentro, cuando Karski le preguntó qué mensaje debía transmitir a su pueblo, el presidente respondió: "Dígales que vamos a ganar esta guerra y que en la Casa Blanca tienen a un amigo". (...)

Karski escribió acerca de sus intentos de parar el Holocausto."Cuanto más tiempo pasa desde que me encuentro fuera de los horrores del país y cuanto más alejado estoy del frente, más experimento el horror de la tragedia de los judíos". (...)

Karski, acusó: "Churchill fue más culpable, pero Roosevelt, más perjudicial". No volvió a Polonia. (...)

Karski, el hombre que gritaba "vi cosas horribles", murió en Washington en 2000, a los 86 años." (El País Semanal, 27/02/2011, p. 20 ss.)