Mostrando entradas con la etiqueta campos llegada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta campos llegada. Mostrar todas las entradas

30/1/19

El fin del viaje era previsto. Dentro de los vagones, algunos niños habían muerto de inanición y de asfixia; las mujeres enloquecían, los hombres se desesperaban. Al fin se abría la puerta y una ráfaga de ametralladora les saludaba...

"Constantes disposiciones oficiales iban cerrando a los judíos, cerrándose en su torno toda esperanza de salvación. Aquellos que no eran inmediatamente muertos o deportados veían disminuir gradualmente sus posibilidades de vida. Ninguna profesión se vio libre del expurgo; primero de todos los cargos públicos y, más tarde de las empresas privadas, la expulsión llegó a ser total.

Para evitar un colapso en las industrias de guerra, los directores militares de éstas tuvieron que secuestrar a aquellos técnicos de origen hebreo que los alemanes deseaban llevarse. En realidad quienes sufrieron la última pena fueron los campesinos y los dedicados a profesiones liberales.

Los técnicos eran detenidos para ir a Alemania y emplearse, obligatoriamente, en el trabajo forzado de las fábricas de guerra. Los industriales húngaros advirtieron que por este procedimiento iban a quedarse en cuadro y recurrieron al expediente extremado de colocar centinelas a la puerta y obligar a los judíos necesarios a no abandonar el recinto, cosa que ellos acataron con el regocijo imaginable.

En cambio, como decimos, el campesino, el abogado, el artista o el empleado, fácilmente sustituibles, corrieron peor suerte. En los primeros tres meses que siguieron a la ocupación alemana, habían sido muertos o deportados más de medio millón de hebreos residentes en provincias. 

En un viaje mío posterior pude advertir que ni siquiera existían las casas-gueto, por haber desaparecido el motivo que las creó: por haber desaparecido el elemento semita.

Casi todos los días era posible ver la caravana de hebreos que eran conducidos hasta la estación del norte. Allí les obligaban a penetrar en vagones de mercancías -cincuenta personas por vagón, sin distinción de edad o sexo-, que eran cerrados y sellados a plomo. Partían en dirección desconocida, pero rumbo a un destino perfectamente presumible.

Al llegar a determinado lugar, los vagones eran desviados hasta una línea muerta. En ese momento solían llevar varios días de viaje, sin comer, sin más vestido que el prescrito para este trágico trayecto: los hombres una camisa, un short, unos calcetines y unos zapatos.

Absolutamente nada más, excepto un paquete de tres kilos donde podían elegir su contenido: bien comida o vestidos que no les estaba permitido ponerse. Las mujeres: una blusa, una falda y unos zapatos. Excusado es decir que eran "intervenidos" los relojes, las plumas estilográficas y cualquier objeto de algún valor intrínseco.

El fin del viaje era previsto. Dentro de los vagones, algunos niños habían muerto de inanición y de asfixia; las mujeres enloquecían, los hombres se desesperaban. Al fin se abría la puerta y una ráfaga de ametralladora les saludaba. Uno de los viajeros, herido y dado por muerto, me contó la horrenda escena, que se resiste a toda transcripción.

En otras ocasiones eran trasladados hasta el campo de concentración de Auswitzch o a cualquier otro, preferentemente en Polonia. Las cámaras de gases eliminaban el problema del gasto de munición y los cuerpos servían para experimentos científicos. Recuerdo que en una de mis informaciones -tachada, por supuesto, por la censura en España- denunciaba yo tales atrocidades.

Justo es decir que estas crónicas las escribí en Suiza, ya que los alemanes no hubieran tolerado la menor especulación al caso. Decía, con una anticipación de varios meses, la existencia de esas cámaras de gas y un curioso procedimiento de autarquía que, hasta la fecha, no ha sido aún hecho público, por lo que siempre quedará la duda de su existencia.

Cierta persona, perfectamente enterada y solvente, me comunicó, en Budapest, que los alemanes llegaron a extraer la grasa de los cadáveres asfixiados, grasas que utilizaban, entre otras cosas, para la fabricación de jabón. Yo no sé si esto es científicamente posible y ni siquiera si ha sido cierto, supuesto que no lo vi, pero dejo constancia de ello como información de segunda mano.

Otro testigo presencial me relató escenas de horror a las que negué el crédito, porque tales actos de sadismo, sobre inimaginables, me parecían perfectamente ociosos e innecesarios. Sin embargo, poco más de un año más tarde, llegada la paz y comenzados los procesos contra los que se denominaron "criminales de guerra" han salido a relucir, corregidas y aumentadas, todas las atroces versiones que circulaban al borde de la verosimilitud. (…)

Eugenio Suárez, Corresponsal en Budapest, Ediciones Aspas 1946"          (Búscame en el ciclo de la vida, 22/01/19)

29/7/16

“Veía los camiones cargados de muertos para los hornos”

 Jorge Semprún, Virgilio Peña y Vicente García. ULY MARTÍN Quality Producciones)

"Virgilio Peña (Espejo, Córdoba, 1914) lleva grabados en su cuerpo y su alma los más negros capítulos de la historia de Europa del siglo XX. Agricultor, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), combatió con el Ejército republicano los tres años de la guerra civil.

 Pasó como refugiado a Francia en 1939. Se incorporó a la Resistencia en 1942. Cuenta en esta entrevista, hecha en su casa de Pau el pasado invierno, que lo delató un compatriota. “Creo que era de Jaén”.

Detenido por la policía francesa en Burdeos, enseguida fue entregado a las SS alemanas y enviado al campo de concentración de Buchenwald, clasificado como terrorista con el número 40.843. 

Dormía en el mismo barracón que Jorge Semprún, el intelectual y político español fallecido hace cinco años. Los dos fueron testigos de la muerte de decenas de miles de personas en el campo. “He estado tantas veces a punto de morir…y, mira, aquí sigo”.

Pregunta. ¿Cómo fue el traslado a Buchenwald?

Respuesta. Creo que es lo peor que he pasado en mi vida. Nos metieron en un vagón marcado con las cifras 8/40, que quería decir que era para ocho caballos o para 40 personas. Eran de transporte de la primera guerra mundial. Fue criminal. Nos metieron a 80 o 90 personas.

P. ¿De dónde a dónde?

R. De Compiègne (al norte de París) a Buchenwald. Tres días y dos noches sin parar. Los pasé siempre agarrado con estos dos dedos –muestra el índice y el corazón de su mano derecha-, enganchado a una manilla, siempre de pie.

P. Era enero. Debía hacer un frío tremendo.

R. No, al revés. En el vagón nos asfixiábamos de calor por la gente. Y no había agua. Los tornillos del vagón sudaban por la humedad. Yo pasaba la lengua por esos tornillos y me bebía aquello, que debía ser veneno.

P. ¿Cómo fue la llegada a Buchenwald?

R. Intenté bajar el primero. Ayudé a bajar a un francés de Angulema. Había sido comandante de aviación en la guerra del 14. Resultó herido gravemente y no tenía fuerza en los brazos. Lo cogí en el aire y, de pronto, un SS me dio tal culatazo en la espalda que aún me duele. ¡Vaya culatazo me dio el tío!

P. ¿Qué ocurrió en las primeras horas?

R. Nos desnudaron a todos. Nos cortaron el pelo por todos los sitos, salvo las cejas y las pestañas. Nos obligaron a meternos en una piscina de 1,60 por 0,90 metros con líquido desinfectante. ¡Cómo picaba todo el cuerpo! ¡Terrible! Saltábamos como monos. Nos dieron pantalón, chaqueta y gorro de rayas blancas y azules. Y unos zapatos con suela de madera.

P. Y un número.

R. Me dieron el 40.843. Nos inyectaban líquidos cada semana. Cada semana, un pinchazo. Y luego analizaban las reacciones. (Así murieron miles de prisioneros del campo). Luego me llevaron a un bloque.

P. ¿Cómo era?

R. Tenía el número 40. Para entonces, ya me habían dado para coserme a la ropa mis símbolos de identificación: un triángulo rojo, con la letra S (Spanien) y el número 40.843.

P. Rojo por terrorista.

R. Sí, claro.

P. ¿Qué trabajos hacía en el campo?

 R. Estaba en una fábrica de muebles. Había otras dos de armas. En agosto de 1944, la aviación americana destruyó las fábricas. De la mía, el trozo más grande que quedó era como un palillo de dientes. Varios compañeros aprovecharon los bombardeos para robar armas. Se llevaron pistolas, metralleta… Un amigo mío que luego murió en Tarbes robó dos metralletas y me dio una. Las escondimos. Fueron las armas con las que liberamos el campo.

P. Y allí conoció a Semprún.

R. En el bloque en el que yo estaba había dos niveles distintos, como si fueran dos pisos conectados por dos escaleras. Yo estaba en la zona alta y Semprún, en la de abajo. Un día bajaba yo por la escalera y me dice: Tú eres español. Y tú también, le contesté. Hicimos buena amistad.
En la zona alta del bloque coincidimos al final seis españoles. Charlábamos todos por las noches. Nuestro responsable era el famoso Celada, un camarada del comité central del Partido Comunista.
P. Celada era más o menos su jefe.

R. Bueno, nuestro responsable. Nos preguntaba qué habíamos hecho cada cual, a qué nos habíamos dedicado… Yo era el único campesino, así que todos me llamaban El Campesino. Estábamos con un tal Martínez, de Zaragoza, responsable de las Juventudes Libertarias, que le habían detenido cerca de Perpiñán…; con otro de Madrid. Éramos todos buena gente.

P. Clasificados como terroristas.

R. Para nosotros, no éramos terroristas. Pero he tenido mala suerte en la vida. Siempre me han puesto lo más malo.

P. ¿Siguieron viéndose después de dejar el campo?

R. No. Semprún, por ejemplo, con quien tuve muy buena relación en el campo, salió de los primeros, con los franceses tras la liberación, que fue el 11 de abril de 1945. Y eso que Buchenwald fue un campo muy especial.

P. ¿Por qué?

R. Porque fue el único gestionado por los propios alemanes presos. El campo se creó en 1937. Allí encerraron primero a los presos comunes. Luego entraron los antifascistas: comunistas, socialistas, masones… A diario mataban a cuatro o cinco. Todas las mañanas aparecían colgados cinco o seis hombres de una encina, la famosa encima de Goethe.

P. Allí murieron decenas de miles.

R. Sí, claro. Luego leí que 51.000 o 53.000. Había cuatro hornos crematorios. Los veía a diario. La zona en la que yo trabajaba con mi komando lindaba con uno de los hornos. Y veía cómo llegaban los camiones cargados de muertos. Eran camiones-volquete.
 Los tiraban, los dejaban a amontonados. Un equipo de polacos se ocupaba de apilarlos cuando ya no había ni sitio en los crematorios. Cuando llegaron los americanos, había una pila, como la mitad de esta habitación, con cadáveres apilados hasta una altura de más de dos metros y medio.

P. ¿Muchos judíos?

R. No. La mayoría no éramos judíos. Solo había 30 o 40. Los habían llevado a otros campos.

P. Semprún cuenta que él, destinado en la oficina, falsificaba datos para evitar muertes.

R. Sí, sí. Imagina que a mí me tenían que matar. Y que tú ya estabas muerto. Semprún y otros alemanes cambiaban los documentos y a mí me ponían tu número. Por la mañana, el komando que iba a buscar a los que iban a matar se encontraba a veces con que ya estaba muerto alguno a los que debían localizar.

P. ¿Usted supo entonces que Semprún hacía eso?

R. No. Lo supe luego."                       ( , El País, 10/06/16)

9/6/16

'No digáis que estáis enfermas porque os llevan a la cámara de gas'

 
 Mercedes Núñez Targa

"(...) Hace un año llegó a mis manos la copia escaneada de una carta de Mercedes Núñez Targa fechada en Vigo el 14 de diciembre de 1982.(...)

A lo largo de seis páginas Mercedes narra los episodios vividos desde que es detenida por los nazis en Carcassonne en mayo de 1944 hasta la liberación del campo de Ravensbrück en abril de 1945.

El periódico Faro de Vigo publica hoy la historia de esta carta.

Vigo, 14 de diciembre de 1982

Querido amigo:

Apenas convaleciente de una gripe feroz que me ha dejado bastante mal, le ruego que me excuse si lo que le escriba carece de rigor y de soltura, porque como se dice, el horno no está para bollos; pero no quiero demorar la respuesta, no sea que vuelva la gripe y me deje definitivamente fuera de combate...

Detenida en Carcassonne por participación en la lucha contra el ocupante nazi, pasé de allí al Fort Romainville (París) y al campo de Sarrebruck, donde permanecimos ocho días, siempre encerradas y con sopas de ortigas como único menú.

De Sarrebruck fuimos transportadas al campo de Ravensbrück. Nos llevaron durante cinco días en vagones de ganado precintados y con el único ventanuco recubierto de alambra de espino. En mi vagón, 53 mujeres. Nos habían dado un bocadillo, que fue lo único que comimos durante los cinco días. 

En un ángulo un enorme barril para orines y excrementos, que permaneció así durante los cinco días hasta desbordarse. Para beber, habíamos conseguido (sistema D) una botella de 1/2 l. que una compañera pasaba en cada estación por entre los alambres de espino pidiendo agua en alemán, procedimiento por el que pudimos obtener un mínimo de bebida, equitativamente repartida,  que nos permitió llegar vivas.


En Fürstenberg sobre el Oder (la estación próxima a Ravenbrück) nos esperaban SS y perros, que bajo la amenaza de los látigos y las dentelladas nos condujeron hasta el campo de Ravenbrück.

Allí no nos permitieron comer ni acostarnos. Eran las cinco de la tarde (junio 1944) y durante 12 horas tuvimos que permanecer en posición de firmes, guardadas por SS y kapos. A las cinco de la mañana nos introdujeron por grupos en unas duchas y allí nos dejaron, tal como vinimos al mundo. Nos arrebataron absolutamente todo, incluso pañuelos, sostenes, paños higiénicos. A las que tenían bellas cabelleras se las cortaron (hacían tejidos con ellas) y a algunas les obligaron a soportar examen íntimo.

40 días permanecimos hacinadas en una barraca, sin salir más que a las extenuantes formaciones (appel) donde había que formar impecables líneas rectas y el mover la cabeza, una mano, un pie, etc. o cuchichear lo más mínimo representaba recibir gran cantidad de salvajes latigazos. Las órdenes nos eran dadas por altavoz y en alemán y cuando no las entendías, garrotazo. Aprendimos alemán a una cadencia rapidísima!

Las antiguas del campos nos advirtieron: no digáis que estáis enfermas. Enfermedad = cámara de gas.

En esos 40 días hicieron la selección: a un lado las "útiles", jóvenes y sanas que podríamos trabajar. Al otro, las inútiles que había que eliminar. Exámenes pseudomédicos determinaron -nosotras totalmente desnudas- quienes eran las enfermas, las que tenían defectos físicos, las ancianas, las embarazadas. Todas ellas fueron destinadas al exterminio.

Las otras tuvimos que marchar a un Kommando situado en las inmediaciones de Leipzig. (HASAG, complejo metalúrgico). Quisiera aclarar un error que generalmente se comete. No pasamos a ser algo así como obreras libres. Seguíamos bajo el régimen del campo de concentración con todo su horror y demás se nos obligaba a trabajar en esa fábrica de armamento, 12 horas por día, siempre de pié, comiendo una sopa por día y una pequeña rebanada de un pan que tenía de todo menos harina. 

Los magnates de la industria alemana habían decidido así aprovechar hasta el fin nuestra mísera fuerza de trabajo y habían hecho estudios científicos según los cuales en las condiciones que nos eran impuestas teníamos una esperanza de vida de 9 meses. la enfermedad, un accidente era el "transport", es decir una expedición que terminaba en el crematorio, pasando por la cámara de gas.  (...)


Éramos allí 6000 mujeres de Ravensbrück, más 1000 deportado hombres que estaban en campo aparte. Otros cuantos miles de prisioneros de guerra, que estaban en un stalag y un pequeño puñado de obreros alemanes especialistas (técnicos, rectificadores, etc.) más, evidentemente, los jefes nazis de la fábrica y los SS que paseaban por allí anotando cuanto hacíamos las presas para luego, en el campo, imponernos salvajes castigos.

Todo ese horario inhumano, no nos eximía del "appel", las grandes formaciones diarias en posición de firmes, no menos de dos horas diarias, pero casi siempre más, puesto que la más mínima falta era sancionada colectivamente, con largos suplementos de appel, bajo el frío, la lluvia, nevando, etc.

Nuestra actitud consistió siempre en rechazar la condición de víctimas y considerarnos combatientes. Hubo entre las presas la más estrecha solidaridad. A pesar del hambre se renunciaba a una pequeña porción de comida para ayudar a las que se encontraban peor. 

La fábrica HASAG producía obuses. Considerábamos, pues, el sabotaje como un deber primordial y la verdad es que los obuses y máquinas quedaban inutilizados con gozosa frecuencia.

Puesto que los castigos (palizas, etc.) jamás nos los imponían en la fábrica sino más tarde en el campo, decidimos arriesgarnos a una acción de cara a reivindicar nuestra condición de presas políticas frente a los obreros alemanes, a quienes habían dicho que éramos ladronas, prostitutas, etc., a las que reeducaban por el trabajo y con las que no debían hablar en absoluto, cosa tampoco fácil a causa del idioma.

La ocasión nos la dieron los propios nazis. A fin de hacer creer a los obreros alemanes que éramos gente libre, pretendieron pagarnos en la fábrica, no con marcos, claro, sino con unos bonos de cantina. 

Al saberlo ocurrió algo extraordinario: 6000 presas, de todas las nacionalidades de Europa, hablando idiomas distintos, de diferentes ideologías, conseguimos ponernos de acuerdo, rechazaríamos el bono, proclamando nuestra condición de presas políticas: "No somos obreras libres, somos presas políticas, no queremos dinero de Hitler", fue más o menos, la frasecita que, en principio, había que decir en alemán como pudiéramos.

En realidad creo que se dijeron, en medio de la emoción, las cosas más distintas. No le podría decir a Ud. si yo lo dije en alemán, en catalán o en castellano o si dije siquiera algo. lo esencial es que todas, absolutamente todas, las 6000 mujeres rechazábamos el bono y que los obreros alemanes entendieron perfectamente el sentido de la acción y, es más, que mereció su general simpatía.

 Perdiendo el control, los SS aquella vez repartieron a granel bofetadas y latigazos entre las "obreras libres", lo que motivó una protesta de los obreros al director, diciendo que algunas "obreras" habían sido apaleadas en plena fábrica.

La cosa fue un éxito tan masivo que no hubo siquiera represalias. Evidentemente, no podían ahorcarnos a todas y cerrar la fábrica.


El campo del Kommando Hasag fue abandonado por los nazis el 13 de abril de 1945, ante el avance de las tropas, por un lado americanas, por el otro soviéticas, que coparon la ciudad de Leipzig. Obligaron a evacuar a todas las prisioneras la noche del 13, excepto aquellas que por su desastroso estado físico no podían andar -entre las que me encontraba- a las que tenían la intención de destruir (volar el campo) pero que ante la premura de la huida dejaron con vida, muy a pesar suyo.

Agregaré que en el campo central de Ravenbrück mi número de matrícula era, por ejemplo, el 53.225 (en junio de 1944) lo que da idea del volumen de la deportación femenina. Y que en el Kommando de Hasag, éramos 8 españolas, que permanecimos, entrañablemente unidas.  (...)"           (Búscame en el ciclo de la vida, 15/05/16)