"¿Puede haber poesía después de Auschwitz?"(Adorno).............. "¡Es un deber vivir después de Auschwitz!"(Imre Kertéz).............
2/1/20
Rikers Island: la cárcel de los horrores de Nueva York... Tenía 16 años cuando fue arrestado por robar una mochila. Su familia no pudo pagar la fianza. Estuvo 800 días aislado y sufrió palizas. Quedó en libertad tras tres años preso. El daño estaba hecho y se suicidó en casa de sus padres...
30/3/17
Olvidó cómo eran los árboles después de décadas de reclusión en las cárceles franquistas
18/9/14
Cuando terminaron con los demás llegaron como locos. Abrieron la puerta con la camisa blanca llena de sangre...
30/6/14
Lidia Falcón: “Me colgaron de los brazos y me rompieron el abdomen a puñetazos”
14/6/11
Un fiscal de EE UU pide cadena perpetua para un niño de 12 años
Un jurado ha aceptado juzgarle como adulto, por lo que se enfrenta a cadena perpetua sin condicional. En manos de los abogados obran pruebas que dan fe de las palizas que Fernández le propinaba al bebé y de las dramáticas circunstancias en las que el supuesto homicida fue criado. (...)
Su madre, Biannela Susana, dominicana, lo tuvo en 1999, cuando tenía 12 años. El padre fue condenado por relaciones sexuales consentidas con la madre, porque ella era entonces menor. Madre e hijo vivieron en el sur de Florida con su abuela, que tenía unos 30 años.
Los servicios sociales trasladaron pronto a la madre y al niño a casas de acogida temporal. Susana encontró otra pareja, un padrastro que tenía sus propios problemas con la justicia y que acabó por suicidarse frente a toda la familia, cerca de Miami, cuando unos agentes de policía le iban a detener.
En la vista previa al juicio, los abogados de Fernández mostraron pruebas de su infancia rota para intentar que el jurado aceptara juzgarle como un niño. No lo lograron. El 3 de junio estimó que hay motivos suficientes para considerarle adulto. (...)Susana, la madre, fue detenida y será juzgada en septiembre por encubrir los abusos a su hijo fallecido. Aseguran los fiscales que ocultaba sistemáticamente las palizas de su hijo mayor.
Cuando, el 22 de enero, Fernández le rompió una pierna a su hermanastro, la madre mintió a los agentes de policía y les dijo que la fractura la había provocado una caída. Tardó, además, dos días en buscar atención médica, esperando que la rotura se curara por sí misma. (...)
El pequeño murió en marzo. La madre justificó las muchas heridas de su cuerpo por una caída. Los fiscales aseguran que fueron el resultado de las numerosas palizas de su hermanastro. Tenía una fractura en el cráneo y una hemorragia interna. Su madre estaba fuera de su residencia cuando ocurrió la paliza mortal.
Al regresar, y ver a su bebé en coma, no llamó a la policía. Le aplicó hielo sobre la cabeza y buscó en Internet técnicas de reanimación. Después de dos horas, lo llevó al centro hospitalario St. Luke sin llamar a la policía. Falleció dos días después. (...)
Según un informe del sheriff de Jacksonville, Fernández había sido arrestado el 15 de marzo. Se le leyeron sus derechos. Él confesó en el acto: la paliza, el modo en que la propinó, el desmayo de su hermanastro menor. "¿Sabes que lo que has hecho está mal?", le preguntó el agente. "Sí", dijo." (El País, 12/06/2011, p. 41)
5/5/11
"El tribunal se empeñaba en que se confesase comunista y delatase a otros... Rehúso responder a la pregunta porque la respuesta podría incriminarme"
Lacónico como su célebre detective (cuyas andanzas recopila RBA también ahora en el volumen Todos los casos de Sam Spade), Hammett se acogió una y otra vez a la Quinta Enmienda de la Constitución al verse acorralado ("Rehúso responder a la pregunta porque la respuesta podría incriminarme", repite como un extenuante leitmotiv a lo largo de las páginas del libro).
El tribunal se empeñaba en que se confesase comunista y delatase a otros.
Hammett fue juzgado y enviado a la cárcel en 1951 por negarse a declarar. Tenía 57 años. Salió de ella prematuramente envejecido, pero resistió un segundo embate contra los tribunales.
Hammett. Fue por no responder a esa pregunta por lo que fui a la cárcel, sí.
Sr. Cohn. Bien, déjeme preguntarle otra vez, ¿era usted fiduciario del fondo de fianza del Congreso por los Derechos Civiles?
Hammett. Rehúso responder a la pregunta porque la respuesta podría incriminarme.
Desde finales de los años treinta, Hammett era un objetivo del FBI. Entre 1938 y 1941 el escritor (que ya había publicado La llave de cristal, El halcón maltés, El hombre delgado y Cosecha roja) no solo apoyó públicamente el derecho al voto de los negros, también lo hizo por una mayor acción y presencia social de los sindicatos, iniciativas contra el despido de trabajadores por su ideología, los programas de acogidas de refugiados políticos, actúo activamente contra el fascismo y el nazismo, participó en protestas contra el Dies Committe (un grupo vinculado al Ku Klux Klan), firmó las protestas contra el trato recibido por los refugiados judíos en Gran Bretaña o un texto por la libertad de prensa en la radio impulsado por Dorothy Parker.
En resumen, participó en decenas y decenas de actividades por los derechos civiles que el FBI recopiló en las 278 páginas del Archivo Hammett. Curiosamente su filiación política nació como consecuencia de la Guerra Civil española.
En 1937, Hammett era un escritor famoso y rico que ayudaba a financiar con los beneficios de sus libros películas antifranquistas como The Spanish Earth y que firmaba "en nombre de la decencia y la humanidad" y contra el fascismo manifiestos de los Amigos Americanos de la Democracia Española.
Todas esas actividades le convirtieron en un peligroso sospechoso y arruinaron su vida. Pasó los últimos años acorralado por los tribunales, las penurias económicas y la enfermedad. En su terrible recta final le acompañó su compañera intermitente a lo largo de más de tres décadas, la escritora Lillian Hellman.
Hammett fallecía de un cáncer en 1961 en el hospital Lenox Hill. El Archivo Hammett del FBI se cerraba con una página que hacía alusión a una última llamada, la de un agente al camposanto para confirmar que el escritor había sido enterrado." (El País, 04/05/2011, p. 48)
26/4/11
Decenas de enfermos mentales sufrieron varios años en el penal
Modulá Abdul Raziq, de 40 años, consumía sus propias heces, bebía champú y embadurnaba con excrementos su cuerpo desnudo en una celda de Guantánamo. Es uno de los presos que menos tiempo ha permanecido en el penal, ocho meses, y fue transferido a Afganistán en septiembre de 2002, antes de que comenzaran los juicios que revisan el estatuto de combatiente enemigo.
El afgano logró la libertad no porque los norteamericanos reconocieran su equivocación, sino porque su lamentable estado psiquiátrico "dificulta o imposibilita obtener información durante los interrogatorios", según señala un informe secreto en el que el general de brigada Michael R. Lehnert, del cuerpo de Marines de Estados Unidos, pide su repatriación a Afganistán.
Treinta presos en Guantánamo padecían enfermedades psiquiátricas, depresiones profundas, graves trastornos de personalidad y varios protagonizaron reiterados intentos de suicidio que en algunos casos se consumaron, según las evaluaciones médicas a las que se les sometía en el campo Rayos X al ingresar en el centro carcelario y que ahora salen a la luz. (...)
Juma Muhamed Abd al Latif al Dosari, de 38 años, natural de Bahréin, ostenta el récord del campo. Su informe le atribuye hasta una docena de "serios" intentos de suicidio. "El más reciente fue en diciembre de 2005, cuando se cortó el cuello", recoge su ficha fechada en julio de 2006 y firmada por el contraalmirante Harry B. Harris.
"Tiene un importante desorden depresivo, personalidad limitada con trato pasivo y agresivo...", continúa el párrafo que arranca con la siguiente frase: "El detenido goza de buena salud". Ha pasado cinco años en Guantánamo, donde se le consideraba como un preso de alto riesgo y alto valor de inteligencia por haber reclutado supuestamente a una célula de yihadistas en Búfalo (EE UU). Un recluso le identificó como cocinero de Al Qaeda. Fue transferido a Arabia Saudí.
El saudí Mishal Awad Sayaf Alhabiri, de 31 años, intentó suicidarse colgándose en su celda y sufrió "significantes daños cerebrales por la pérdida de oxígeno" hasta terminar en una silla de ruedas. "Ha estado hospitalizado desde entonces y tiene impredecibles emociones y comportamientos. Sufrió lesiones en la cabeza por un accidente de motocicleta a los 18 años.
También sufrió una amputación de su dedo índice izquierdo y ha sido tratado aquí por depresión", reconoce su informe, fechado en 2004. Pese a que su evaluación aseguraba que el valor de inteligencia de este preso era bajo, permaneció en Guantánamo durante tres años hasta ser entregado a Arabia Saudí por recomendación del general de brigada Jay W. Hood. (...)
Yasser al Zahrani murió en su celda de Guantánamo con 21 años. Según el Ejército norteamericano se suicidó con su sábana el 10 de junio de 2006, el mismo día que otros dos presos, en una acción coordinada de protesta.Había entrado al campo con 17 años y en su ficha se aseguraba que su nivel de riesgo era medio y el de inteligencia bajo.(...)
En esa misma lista de enfermos de riesgo figuró durante años Ayman Said Abdulá Batarfi, de 41 años, médico yemení de Osama Bin Laden en las cuevas de Tora Bora (Afganistán). "Tiene buena salud, pero pobre estado mental... paranoia y esquizofrenia. No es dócil con el tratamiento a consecuencia de su psicosis", dice su informe secreto.
Su cercanía al jefe de Al Qaeda, a su escudero egipcio Ayman al Zawahiri y a los combatientes yihadistas a los que asistió durante la invasión norteamericana de Afganistán en 2001 ha sido el argumento principal para mantenerlo preso durante siete años hasta su entrega a Yemen en 2009.
"El detenido es extremadamente inteligente y ha facilitado mucha información sobre sí mismo y otros asociados a la ONG Wafa Humanitarian Organization (para la que trabajaba)", dice el contraalmirante Buzby en su evaluación. La lista de la potencial información que podía facilitar en los interrogatorios es interminable. Un recluso que luchó en Tora Bora le acusó de hacerse el loco.
Los ancianos con demencia senil y depresión también pueden ser terroristas, según los parámetros que rigen en Guantánamo.
El afgano Mohamed Sadiq, de 89 años, entró en el penal el 4 de mayo de 2002 y fue sometido a la prueba del polígrafo, donde se demostró que no sabía manejar el teléfono satélite Thuraya que encontraron en un registro en su casa.
Tampoco conocía la identidad de una lista de teléfonos sospechosos de estar relacionados con el movimiento talibán. Pasó cuatro meses encerrado en su celda hasta que un informe del general de división Michael E. Dunlavey recomendó su entrega a las autoridades afganas por su enfermedad y porque no tenía "ningún valor de inteligencia para EE UU". (El País, 26/04/2011)
23/3/11
El mayor dijo: 'Es culpable'. Eso bastó. Me ordenó escribir la sentencia. Durante una semana estuve hecho un lío... le condenamos a muerte"
Iwao Hakamada, en la última fotografía que existe de él en libertad, en 1966. Se la tomaron en la fábrica de miso en la que trabajaba, en Shimizu (Japón)"Iwao Hakamada, de 74 años, es la persona que más tiempo lleva en un corredor de la muerte en todo el mundo. En 1968 le culparon de matar a cuatro personas. Muchos piensan que todo fue un montaje de la policía.(...)
No entiendo cómo los otros jueces ignoraron las pruebas. El mayor dijo: 'Es culpable'. Eso bastó. Me ordenó escribir la sentencia. Durante una semana estuve hecho un lío. Redacté 300 páginas y le condenamos a muerte. En un anexo añadí que no estaba de acuerdo, pero me obligaron a callar", recuerda Norimichi Kumamoto, ex magistrado japonés.
El crimen juzgado, el asesinato de cuatro personas de una misma familia en 1966 en Shimizu (Japón). El acusado, Iwao Hakamada, un ex boxeador profesional que lleva proclamando su inocencia desde entonces.
Su destino, la horca. Los magistrados, tres: dos a favor y uno en contra, el más joven, Kumamoto. La prueba de peso, la confesión firmada por Hakamada tras 23 días de interrogatorio: 277 horas frente a 37 minutos de consejos para su defensa.
Iwao Hakamada, de 74 años, es hoy el preso que más tiempo lleva condenado a muerte en todo el mundo, más de 42 años, según Amnistía Internacional. (...)
Encarcelados en solitario, sin comunicación con otros reclusos, en una celda del tamaño de tres tatamis (menos de cinco metros cuadrados) de la que no salen más de 45 minutos diarios, cada amanecer es una tortura psicológica.
Porque la mayor particularidad de la pena de muerte en Japón es que los presos desconocen cuándo serán ejecutados. Se les avisa con una hora de antelación, por la mañana, el mismo día del ahorcamiento, el único método utilizado desde 1873. No hay despedidas ni última cena.
Solo un breve stop frente a un altar budista. Familiares directos y abogados, los únicos que pueden visitar al reo durante su condena, son informados a posteriori de la ejecución. (...)
A principios de los ochenta le llegó el turno al compañero de la celda de al lado de Hakamada. Cuando los guardias se lo llevaron entre chillidos, Iwao empezó a volverse loco. Dejó de escribir cartas a su familia y durante 14 años rechazó las visitas.
"No tengo hermana", decía cuando Hideko Hakamada se acercaba a verle al Centro de Detención de Tokio. A pesar de las negativas, la mujer, ahora de 77 años, siguió yendo una vez al mes a la cárcel, (...)
Cuando Hideko retomó los encuentros con su hermano, el preso estaba quebrado. Sus charlas carecen hoy de sentido. "¡Estoy construyendo un castillo!", exclamó el pasado agosto. Ella le siguió la corriente: "Me alegro. Ojalá lo termines a tiempo".
"Hace 39 años cometí una grave equivocación", escribió el ex juez Kumamoto en un libro en 2007, dinamitando un largo silencio. Dejaba atrás el secreto, el alcohol, el sentimiento de culpa y lo que perdió: su carrera, sus dos mujeres, sus dos hijas. Sus palabras impactaron a la sociedad. (...)
Hace años, cuenta con un hilo de voz, pidió perdón a la madre y la hermana del condenado Iwao. Se tiró al suelo, arrodillado, agachando la cabeza a los pies de las dos mujeres. Ellas aceptaron el gesto, el mayor en el grado de arrepentimiento según las costumbres. "No dejes que lo asesinen", le dijo la madre.
"El Gobierno simplemente está esperando a que Hakamada muera, sin matarlo", piensa Nobuto Hosaka, un parlamentario socialdemócrata que nos recibe en su destartalada oficina alejada del centro de Tokio. (...)
La policía japonesa sigue teniendo un poder desproporcionado. La ley le permite retener a cualquier sospechoso durante 23 días en los daiyo kangoku, celdas dentro de las comisarías donde se realizan interrogatorios sin límite temporal, sin abogado y sin la garantía de una cámara que grabe todo. La federación que une a los abogados del país lleva años denunciando el método, que, dicen, favorece las confesiones falsas.
Naciones Unidas, Amnistía Internacional y la Federación Internacional para los Derechos Humanos les dan la razón y han divulgado duros informes al respecto, en los que mencionan a Hakamada. Según indican, fue víctima del sistema coercitivo.
En el testimonio que firmó el 9 de septiembre de 1966, el ex boxeador se autoinculpa del robo, la matanza y el incendio. Asegura, entre otras cosas, ir vestido con el pijama al cometer el crimen. Reconoce también haber apuñalado a sus víctimas con un (frágil) cuchillo de pelar las alubias de soja.
Cuando se admite un crimen en Japón, el acusado puede darse por sentenciado. Si se trata de un asesinato múltiple o de uno con violación y robo, los jueces -y desde 2009 también los jurados populares- lo condenarán a muerte con seguridad. En un apabullante 99,7% de los casos, el veredicto judicial dictará la culpabilidad. (...)"El problema también son los jueces, no solo los fiscales o la policía. Creen que de los interrogatorios sale la verdad. Piensan que nunca ascenderán si dictan la inocencia". Una presión a la que cedieron los magistrados Ishii y Takami, los dos ex compañeros del juez arrepentido en el caso Hakamada.
El acusado, como sucede con una mayoría de japoneses hoy, no tenía ni idea de esos porcentajes tan desfavorables. Creyó a la policía y al fiscal cuando le prometieron, tras más de tres semanas de palizas, que firmara la acusación, que no se preocupara porque en el juicio, si era inocente, se sabría. Un agente escribió lo que querían oír, y Hakamada, extenuado, estampó sus huellas.
En 1967, durante la celebración de la vista, un especialista de laboratorio testificó que la gota de sangre encontrada en el pijama de Iwao era insuficiente para ser analizada. La prueba que había servido para detenerle durante 23 días se desechó.
Pero el fiscal, que bajo la ley japonesa no está obligado a mostrar todas las evidencias, presentó unas nuevas. La policía, dijo, había encontrado seis prendas de Iwao manchadas de sangre dentro de un tanque en la fábrica de miso. El acusado no reconoció la ropa como suya.
Kumamoto, el juez arrepentido, recuerda que montó en cólera. "¿Por qué hay más sangre en los calzoncillos que en los pantalones? ¡Debería ser al revés!", preguntaba a sus compañeros. Pero Ishii y Takami ya habían decidido. Confesó, recordaron. Mintió en lo del pijama, pero el resto que firmó es cierto, afirmaron.
Cometió el crimen con el pantalón que ahora está manchado de sangre, insistieron. Es culpable, zanjó Ishii, que ordenó a Kumamoto redactar la sentencia. El 11 de septiembre de 1968, dos años después de su detención, Hakamada fue condenado a la horca. "No pude mirarle", recuerda el ex juez en el restaurante de Fukuoka. Un año después, cuenta, renunció a su carrera. (...)
Cuando el abogado de Hakamada apeló, en 1976, la Corte Suprema de Tokio pidió al preso que se probara los pantalones manchados de sangre y miso. Curiosamente, no eran de su talla: "No soy el asesino", repetía. Dio lo mismo.
"Han encogido por culpa del miso o el señor Hakamada ha engordado en la cárcel", razonaron los jueces. "Confesó el crimen", recordaron. Y confirmaron la condena. En paralelo, el ya ex juez Kumamoto, inundado por el sentimiento de culpa, entró en un proceso de autodestrucción. "Jamás dije nada a mi familia", reconoce ahora.
Obsesionado, viajó hasta Shimizu para investigar por su cuenta. Compró ropa similar a la encontrada en el miso y la metió en los barriles, y se ensañó a cuchilladas con un trozo de carne de animal.
Vio que la tela no encogía, se volvía oscura y la sangre no se distinguía. Y los cuchillos, enclenques, no soportaron la cantidad de puñaladas acaecidas en el crimen. Anónimamente envió la información al abogado de Hakamada." (El País Semanal, 23/01/2011, p. 32 ss.)
8/3/11
Se llamaba Sharafbin Mohamed y murió el pasado 26 de febrero en la temida prisión de Abu Salim, en Trípoli.
"Allí llegaban prisioneros de todas las nacionalidades: nigerianos, tunecinos, egipcios, sudaneses. En mi zona había unos 30 argelinos. A muchos los habían arrestado en esos días y les acusaban de colaborar con la revolución".
Los agentes de Gadafi se ensañaron en la primera noche. Además de a puñetazos y patadas, se emplearon a fondo con un gran palo de madera. Los dos hombres quedaron malheridos. No tenían comida ni agua.
La situación era especialmente grave para Sharafbin, que pedía a gritos que le trajeran la insulina, confiscada por los agentes en el control de carretera. Nadie le hizo caso. Su cuerpo, cada vez más débil, se fue encorvando en un rincón de la celda. Sabr no paró de pedir ayuda a los policías.
Estos sofocaban sus gritos con más palos. "Fue cinco días después de la detención cuando mi primo ya no se despertó. Estaba sentado, con la cabeza apoyada en las manos. Decía: 'Estoy enfermo, estoy enfermo. ¿Por qué no viene la ayuda?' Luego dejó de respirar".
Murió sobre las cinco y media de la tarde. Cuando sus captores le llevaron al hospital ya no había nada que hacer. Según el informe forense, Sharafbin estaba deshidratado y presentaba golpes por el cuerpo.
Tenía una mancha verde abdominal, su hígado estaba pálido y mostraba necrosis en algunas partes. "Tu primo está bien. Se recuperará", le dijeron a Sabr horas después de que se llevaran el cuerpo de la celda." (El País, 06/03/2011, p. 8)
25/2/11
"La esencia del gran misterio de África: la extraordinaria capacidad de bondad que existe al lado de toda esa miseria y esa violencia"
Tenía 17 años y llevaba 18 meses en la cárcel de adultos. Había varios adolescentes más presos, todos ellos los últimos monos a la hora de recibir agua y jabón -artículos de lujo para todos los reclusos y una ración de arroz. La tarea que consumió a Steven al final de su vida era rascarse las heridas de la sarna.
Prácticamente todos en la prisión tienen sarna, una enfermedad de la piel contagiosa que florece en las celdas abarrotadas de hombres que yacen, de noche, como merluzas en un pesquero.
Pero nadie estaba peor que Steven, una enciclopedia de infecciones y enfermedades ante las que su cuerpo, privado de vitaminas, ofrecía escasa resistencia.(...)
El que llamó la atención en esta segunda visita a Fernando fue Abdul Sesay: la misma mirada enferma y vacía; la sarna extendida por todo el cuerpo. Dijo que tenía 16 años, pero parecía que tenía 12.
Él también procedía del campo, y sus padres también habían muerto, su padre en la guerra y su madre de enfermedad. Había vivido solo en las calles de Freetown, la capital, desde los 9 años. (...)
Sacó un tubo de crema y los presos se colocaron para que les pusiera un poco en sus manos. En cuanto la tenían, se bajaban el pantalón corto y se apresuraban a aplicársela en la entrepierna, para calmar el picor. A algunos les dio también una pequeña píldora roja, un antídoto contra la sarna. La escena se repitió en todos los rincones de la cárcel a los que fuimos. "¡Fernando! ¡Fernando!", y él se disponía a hacer de Florence Nightingale.
Estábamos entre los miserables de los miserables de la tierra, algunos de ellos criminales peligrosos, en un país que durante los años noventa había sido testigo de los actos más brutales de crueldad humana, sin parangón en ningún otro país excepto Ruanda.
Sin embargo, en vez de sentir que estaba bajo peligro, lo que percibí en todo momento fue curiosidad y buena voluntad. Los presos venían, uno tras otro, a darme la mano, presentarse y preguntarme mi nombre. Nuestro guardia, que iba sin armas, parecía completamente relajado. (...)
"Podríamos aprender mucho de ellos. De su bondad". El oficial formó parte de una gran fuerza que Tony Blair envió a Sierra Leona para poner fin a la guerra civil. Uno de los pocos casos de "política exterior ética" en la historia, y salió bien.
El comentario del oficial, que deja patente su desesperación por la pobreza, el caos y la corrupción omnipresentes, pone de relieve la esencia del gran misterio de África: la extraordinaria capacidad de bondad que existe al lado de toda esa miseria y esa violencia. Y esa bondad se expresa, sobre todo, en la capacidad de perdón que tiene la gente.
El salvajismo también es una constante en el resto de la especie, por ejemplo en Europa durante el siglo XX. Pero los africanos son los únicos que parecen capaces de superar rencores, perdonar y olvidar.
Mientras en los Balcanes, donde todavía recuerdan con amargura batallas libradas en el siglo XIV, o en el País Vasco, o en Irlanda del Norte el revanchismo pugna sin cesar con la necesidad de reconciliación, en África están los ejemplos de Ruanda, donde hutus y tutsis viven en paz tras un genocidio en el que murieron casi un millón de personas, y Sudáfrica, donde la población negra perdonó a los blancos después de haber sufrido siglos de indignidades racistas que rozaban la esclavitud.
Una de las explicaciones es que la pobreza obliga a los africanos a ser prácticos. Si lo que está en juego es la supervivencia, uno no puede permitirse el lujo de recrearse en los viejos agravios.
Pero otra razón, más profunda, y en cierto modo relacionada con la primera, me la dio un preso insólito en Pademba Road. (...)
Él confirmó que la sensación de seguridad que me había dado la prisión no estaba equivocada. "Nueve guardias sin armas, 1.300 presos y prácticamente ningún problema, prácticamente ningún peligro. ¡África es asombrosa!".
Sobre todo porque, como dijo, hay muchos motivos para el resentimiento. Muchos de los presos, me contó, estaban en la cárcel por razones injustas, bien por delitos que no habían cometido, bien porque les habían otorgado condenas desmesuradas, bien porque pasaban mucho tiempo tras las rejas en espera de juicio.
"Lo que pasa", explicó Simon Hayman-Goldsmith, para darme su respuesta al enigma africano del perdón, "es que la gente, aquí, vive absolutamente en el presente. Olvidan el pasado, así que olvidan lo que sucedió. Y el futuro también tiene poco significado. Viven aquí y ahora, y nada más". (...)
La religión es un fenómeno que está desvaneciéndose, o volviéndose mecánico para algunos de los que todavía practican, en los países ricos europeos, pero posee un valor diferente para la gente que no tiene nada; en el caso de estos africanos, los alejaba de la implacable crudeza de su vida en la cárcel y les infundía, aunque fuera de forma provisional, un sentimiento de dignidad, triunfo y esperanza.
Algo muy parecido habría latido en los corazones de los fieles que adoraban a Alá en la minimezquita que hay dentro de Pademba Road. Y la misma tolerancia también. Cuando le pregunté a un guardia sobre las posibles tensiones entre presos musulmanes y cristianos, me respondió con una mirada francamente perpleja. (...)
"A las personas vulnerables las atropellan", dijo. Y la corrupción está presente en todo el sistema. Afortunadamente, el Gobierno está alarmado por el problema y quiere crear, básicamente con dinero británico, un sistema creíble y eficaz de defensores de oficio.
El motivo de su alarma es que la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, establecida tras la guerra con ayuda de la ONU, llegó a la conclusión de que la mejor manera de evitar que se repitiera la pesadilla que había sufrido el país cuando un ex cabo del ejército llamado Foday Sankoh se levantó en armas contra el Gobierno era combatir la idea generalizada de que en Sierra Leona no existe justicia para los pobres.
Sankoh, que dirigía un grupo rebelde lleno de niños soldados al que dio el grandilocuente nombre de Frente Unido Revolucionario, había pasado siete años en Pademba Road por su presunto papel en un motín del ejército mucho antes de convertirse, a finales de los noventa, en el criminal de guerra más famoso del mundo.
Según la abogada, la Comisión de la Verdad concluyó que el resentimiento que Sankoh sentía por la injusticia que consideraba que se había cometido con él y con otros líderes del FUR (con nombres como Rambo, Superman y Coronel Salvaje) había sido el motor que le había llevado a desencadenar aquel baño de sangre.
El hecho de que, en el caso de Sankoh, el grito exigiendo reformas hubiera dado paso enseguida a la codicia y la obsesión por adquirir diamantes (una situación dramatizada en el film de Leonardo DiCaprio Diamante de sangre, situado en Sierra Leona) no negaba la necesidad de acabar de raíz con la injusticia endémica.
"El Gobierno comprende", dijo la abogada, "que si no tenemos un sistema de justicia como es debido, tarde o temprano nos encontraremos con otra rebelión, otro Sankoh". (...)
"Fecha de llegada a la prisión de Pademba: 5 de febrero de 2010. Condena: tres años. Crimen cometido: rompí el cristal de un coche... Mi madre y mi padre están vivos, pero no vivo con ellos porque no tienen con qué mantenerme, así que eso me hizo salir a la calle con mis amigos. Dormíamos en el gueto y dormíamos en el suelo. Cuando me despierto por la mañana voy con mis amigos a empujar una carretilla.
A veces mis amigos no me dan dinero, solo me dan comida para que coma... Cuando llegué a Pademba Road me sentí mal. Somos siete en la celda. Cuando me despierto por la mañana tengo frío, dolor, dolores malariales. La comida no es buena. Cuando termino de comer no tengo agua para beber ni para bañarme.
Yo iba a la escuela. Dejé de ir porque mis padres no tienen dinero... Cuando salga de esta prisión me gustaría ir a la escuela. Cuando termine mi educación me gustaría ser mejor persona en el futuro... Si tengo el dinero, me gustaría casarme...
Y cuando esté libre de la prisión me gustaría volver con mis padres y les pediré que me vuelvan a llevar a la escuela. Si se lo ruego y me aceptan, no les dejaré solos. Lo juro por Dios". (John Carlin: El infierno en la tierra. El País Semanal, 09/01/2011, p. 34 ss.)
31/1/11
Poco después de que el dictador dejara Túnez, sus secuaces mataron a presos y quemaron documentos de la represión
Aquella noche y la mañana del día 15, el caos campó a sus anchas en el país. A fe que matones leales al dictador intentaron dejar atrás un panorama de tierra quemada. (...)
Pero también se sirvieron de un método nada novedoso: abrieron las puertas de las cárceles y 11.000 reos escaparon. Muchos corrieron una suerte fatal. "Policías abrieron las puertas de las celdas y dispararon en las prisiones de Monastir, Bizerte y Mahdia. Aparecieron 47 cadáveres carbonizados" (...)
"Algunos prisioneros", revela, "fueron obligados a quemar sus colchones". Mientras, de modo sigiloso, pruebas de los crímenes de la dictadura también ardían. (...)
Días después se supo que el déspota contaba con la ayuda de sujetos del pelaje de Kraiem: "Puede que nos tengamos que ir, pero prenderemos fuego a Túnez. Tengo a 800 tipos dispuestos a sacrificarse. En dos semanas, los mismos que se manifiestan nos suplicarán que volvamos". (...)
"En la prisión de Monergia, los agentes lanzaron gases lacrimógenos en las celdas y soltaron perros. No se hacía distinción entre presos políticos y comunes". Decenas de prisioneros y sus familiares comienzan a relatar a letrados los abusos ejecutados durante las dos jornadas siguientes a la fuga de Ben Ali. Es impactante.
"Les dejaron sin comer durante días, desnudos en sus celdas y golpeados. Las familias les llevaban comida, pero los funcionarios no permitían que se entregara. Solo a partir del día 22 se reanudaron las visitas", narra Labidi. Y sigue: "A un preso, Jaled Nasir, le metieron un tiro en el ojo. Está muy grave. Permaneció cinco días sin asistencia médica hasta que firmó un papel en el que exculpaba a la policía.
Ali Kalai, otro recluso, denunció torturas. Y volvió a ser torturado después del día 22. Está en un estado horrible". Ben Ali se había fugado ocho días antes. "No sabemos", agrega la activista, "cuántas personas han muerto, pero seguro que son más de las 78 que oficialmente anunció el Gobierno". (...)
El tribunal de la ciudad de Gabes, por ejemplo, fue totalmente calcinado", lamenta la abogada. Algo se ha conseguido recuperar de las cenizas. Habib Boomrane, también abogado, comenta: "El pueblo recuperó una lista de 1.200 colaboradores, con nombres y apellidos, que estaban a las órdenes del dictador. Al menos uno de ellos ha intentado suicidarse". Parece un caso aislado. (...)
La brutal represión -algo que explica el odio que profesan los tunecinos al viejo régimen- viene de largo. "En 1989 el régimen asesinó a mucha gente y no entregaron sus cadáveres a las familias", afirma la letrada. "Sé de 11 estudiantes que desaparecieron en 2005 en condiciones extrañas. (...)
Abundan quienes opinan que el régimen -a día de hoy pululan por las calles, barras de hierro en mano, matones que dan pavor- tardará en ser pasado. (...)
La policía no informa. Muchos jóvenes no han sido encontrados por sus familias", cuenta Labidi. Las ONG calculan que 3.000 civiles fueron detenidos tras entrar en vigor, en 2003, la ley antiterrorista. Sus madres alzan estos días en la principal avenida de la capital las fotografías de sus hijos desaparecidos." (El País, internacional, 30/01/2011, p. 9)
19/1/11
los verdugos... los que matan a los condenados a muerte en las cárceles norteamericanas
"Cuando era el director del centro penitenciario de McAlester, me decía: 'No lo olvides, Ron, trabajas para el Estado de Oklahoma y para la ley'. Siempre he evitado pensar en el lado bueno o en el malo de la pena de muerte: son los tribunales los que juzgan. Los políticos defienden el sistema, nosotros lo aplicamos.
Si los partidarios de la pena capital asistiesen a las ejecuciones, quizá tuvieran otra opinión. Es muy fácil sacar pecho diciendo que hace falta que los asesinos sufran más. Siempre he tenido ganas de invitar a esos bocazas a asistir a dos o tres ejecuciones: ir a buscar al tipo a su celda, sujetarle cuando se tambalea, pedirle que diga sus últimas palabras a su madre desconsolada o a su hijo y hacerle una señal al personal para que empiece la inyección. Para las familias de las víctimas seguro que es diferente y respeto su decisión.
Como director, una parte de mi trabajo consistía en recibirlas y avisarles: 'Cuidado, esto quizá no les aporte lo que esperan'. El Estado y los medios de comunicación aseguran que ayuda a decir adiós, que uno se siente más en paz una vez que el tipo ha sido borrado de la faz de la Tierra. Gran parte de lo que he visto hace que lo dude.
La paz viene del interior, no del espectáculo de una ejecución. He tratado de ser lo más respetuoso posible con las familias de las víctimas, los condenados y sus familias. Con frecuencia, estos nos decían gracias antes de la inyección. Espero que esto pruebe que les tratamos con dignidad".

Dirk Maccarthy, 15 ejecuciones: "Al día siguiente, nadie habla de ello"
Tengo 46 años. Nací en Chicago. Me establecí en Oklahoma con mi mujer. Al llegar, empecé a trabajar como guardia en el centro penitenciario de McAlester. Me quedé 12 años. Hoy soy agente de seguridad en un gran casino y por nada volvería al Big Mac, sobrenombre de la prisión. Participé en quince ejecuciones.
Formé parte del strap down team, el equipo encargado de atar al condenado a la mesa de ejecución antes de la inyección letal. El trabajo es sencillo: acompañamos al condenado hasta la mesa y nos encargamos de que se tumbe. Cada uno -somos cuatro o cinco- ata en un minuto una parte del cuerpo: el pecho, un brazo, una pierna o un pie. Cuando el tipo ya no puede moverse, salimos y esperamos.
Cuando nos dan la orden, volvemos a entrar y colocamos el cadáver tal cual está, con las agujas en los brazos, las jeringuillas, todo, en una bolsa para cadáveres para que se lo lleven al depósito. Y se acabó. Todo el mundo vuelve a casa. Al día siguiente, nadie habla de ello. Si te han elegido para las ejecuciones es porque han visto que eres fuerte y tranquilo. Si dices que te incomoda, los compañeros se burlarán. Incluso los reclusos se enterarán y dirán: '¡Qué pasa gallina, creía que eras un tipo duro!'.
Nunca olvidaré las caras de los condenados al atarles. Hemos convivido durante años, hemos compartido cosas, y la noche de la ejecución te miran como diciendo 'Mierda Dirk, ¿por qué participas en esto?', y tú contestas: 'Me han elegido, ahora tienes que tumbarte'. Me acuerdo de un tipo que sufrió un paro cardiaco en su celda.
Fui yo quien avisé a los servicios de emergencias. Al volver del hospital me dijo: 'Gracias, Dirk, me has salvado la vida'. Unas semanas más tarde, le ejecuté. Me parece una locura cuando pienso en ello: le salvé y luego le ejecuté".

Jane Sandiford, 60 ejecuciones: "Un hombre pidió cereales para niños como última comida"
"Los días de ejecución, mi trabajo como adjunta del director consistía en supervisar técnicamente el proceso, por ejemplo el transporte de las sustancias mortales hasta la sala. Si ocurría algo fuera de lo habitual, se lo comunicaba al Estado. Como cuando algunas ejecuciones se alargaban. Muchos reclusos eran ex drogadictos cuyas venas estaban dañadas.
El equipo no conseguía colocar la aguja correctamente y sobresalía. Volvía a pinchar y volvía a empezar: verlo era terrible. Las familias de las víctimas asistían en silencio a la ejecución y se iban rápidamente. A veces, también estaba la familia del condenado, aunque muchos reclusos les pedían que no asistieran. Recuerdo a una madre que golpeaba el cristal ante su hijo al que estaban ejecutando, llamándonos asesinos.
Al final se desmayó. Esa noche estábamos muy afectados. A veces, los abogados también lloraban. A menudo tengo la sensación de haberme vuelto insensible. Un recluso me marcó, un hombre que pidió como última comida unos cereales para niños, con un tazón de leche.
El jurado lo declaró culpable, pero siempre pensé que era un retrasado. No tenía familia y parecía feliz. La noche de la ejecución no dijo nada al tumbarse. Solo '¡gracias!', con una sonrisa angelical. Esa noche, por primera vez, lloré volviendo a casa".

Fred Cook, 35 ejecuciones: "Mi padre ya ataba a la gente a la silla eléctrica"
"Para mí las ejecuciones son casi una historia familiar: cuando era un crío, mi padre ya ataba a la gente a la silla eléctrica. Estoy a favor de la pena de muerte sin remordimientos. Pero no le voy a decir que los 25 tipos que ejecuté eran monstruos. Nosotros, por nuestra parte, hacemos nuestro trabajo con profesionalidad, y en general, todo sale bien.
Una vez, sin embargo, me hizo reflexionar un tipo que perdió la cabeza una noche y disparó, sin apuntar, contra la esposa de una personalidad importante de Oklahoma City. El tipo no tenía antecedentes. Era divertido e inteligente, una buena persona a la que todos queríamos. La noche de su ejecución, cuando fuimos a buscarle a su celda, estaba inconsciente: se había tragado todos los comprimidos que había logrado esconder a pesar de los registros.
Le llevaron de urgencia al hospital donde le hicieron un lavado de estómago. Cuando recuperó el conocimiento le trajeron de vuelta al centro penitenciario y terminamos lo que teníamos que hacer. La prensa le dio demasiada importancia y confieso que al equipo le afectó mucho. Pero somos funcionarios y aplicamos las leyes. Si te cuestionas las cosas no puedes hacer este trabajo, está claro".
Tim Turman, 35 ejecuciones: "Dios no me lo reprochará"
"Durante años, mi trabajo consistió en vigilar a los condenados y darles su última comida. Por 15 dólares como máximo pueden pedir lo que quieran. Con los 35 condenados que conocí, siempre traté de mantener la distancia. Una noche, sin embargo, un tipo me pidió que tomara la última comida con él en su celda, lo que está totalmente prohibido.
Me lo suplicó y me dijo una cosa extraña: 'En un rato, cuando esté con Dios, le voy a decir cómo os portáis con nosotros'. No sé por qué, pero acepté. Le quería mucho y habíamos crecido juntos, durante 11 años. Comimos, hablamos de Dios y de nuestras familias, y cuando volví a mi casa, por primera vez me vine abajo: llorando, pedí a Dios que me ayudara y me emborraché.
Por aquel entonces bebía bastante para olvidar. Hoy soy policía municipal y sigo atormentado por un montón de pesadillas. Nunca le he hablado de ello ni a mujer ni a mis hijos ni a mis amigos. Moriré con ello, pero sé que solo cumplí con mi deber y Dios no me lo reprochará".

Layne Davison, 52 ejecuciones: "En los ojos de los condenados vi un miedo casi animal"
"Dirigí durante 10 años al equipo que ata al condenado a la cama de ejecución (strap down team). No es una vocación, pero el centro penitenciario es la principal fuente de empleo de la ciudad y cuando me propusieron que trabajara en las ejecuciones, acepté. Actualmente trabajo en el sector de los equipamientos y lo prefiero.
Cuando buscas a un hombre en su celda observas el miedo en sus ojos. Es un miedo muy extraño, nervioso, casi animal, pero resignado. Nunca he visto a uno de esos tipos resistirse. Avanzan despacio por los pasillos y te hablan de cosas raras, del tiempo, del partido de fútbol o te dicen: 'Layne, la vida va a ser mejor allí arriba'. O bien se alteran y te dicen: '¡Eh, Layne! Sabes que va a haber una llamada del gobernador y que no voy a morir esta noche'.
Ante la puerta de la sala, a veces sufren temblores, a otros les cuesta respirar e incluso algunos se desploman y hay que cogerles suavemente por debajo de los brazos para llevarles hasta la mesa. Para mí, lo más duro era volver a casa: te despides de tus compañeros, andas por el aparcamiento, es de noche, todo está tranquilo.
Te subes a tu coche, arrancas y conduces en silencio. Piensas en lo que acaba de pasar y te parece irreal. Te dices: 'He hablado con un hombre hace media hora y ahora está muerto'. Llega un punto en el que tienes que dejarlo. Yo esperé 52 ejecuciones. Nunca le he hablado de ello a nadie". (...)
"todos los estudios concluyen que la máxima pena es mucho más costosa en términos de dinero que un sistema que imponga cadenas perpetuas" para los crímenes de sangre, asegura Richard Dieter, director del DPIC. Si los homicidios legales perpetrados por el Estado no pasan a la historia por motivos morales, puede que el canal para hacerlo sea tocando el precario bolsillo de los contribuyentes. (...)
En la actualidad, son varios los Estados que tienen la aplicación de sus ejecuciones parada. En este caso, el escollo para acabar con la vida de alguien es logístico. La escasez de uno de los tres fármacos que se inyecta en las venas del condenado para acabar con su vida está poniendo en cuestión la viabilidad de tan anacrónico sistema. (...)
Hospira, el único laboratorio que produce en EEUU el Pentotal -nombre comercial asegura que no podrá proveer de nuevas dosis hasta principios de 2011 por problemas de producción que no especifica. Lo que se esconde detrás de la decisión de la compañía es el rechazo a que un sedante con fines médicos se vende a las prisiones para operaciones quirúrgicas sea usado para causar la muerte a alguien." (El País Semanal, 21/11/2010, p. 22/29)
1/1/11
Cálculo político... dilema carcelario... cinismo moral...

"El gobernador de Misisipi conmuta la cadena perpetua a dos hermanas con una condición: una debe donar un riñón que necesita la otra para sobrevivir.
Jamie y Gladys son hermanas. Las dos cumplen condena perpetua en un centro penitenciario en Misisipi, por un robo a mano armada que tuvo un botín 11 dólares. El gobernador de ese Estado sureño acaba de perdonarlas. Dice que ya no son un peligro para la sociedad. Pero hay una condición para su puesta en libertad: una debe donar un riñón que necesita la otra para sobrevivir. (...)
El lobby de la comunidad afroamericana lleva desde entonces movilizada pidiendo clemencia, porque se consideró que la pena impuesta a las dos fue inusualmente exagerada. (...)
Ninguna de las dos mujeres tenía antecedentes criminales, las víctimas del robo no sufrieron daños y a penas se llevaron un puñado de dólares con su acción. Y en estos casos, buena parte de los delincuentes son puestos en libertad pasados unos años. Por eso desde la NAACP se consideró la pena de extrema y pidieron a las autoridades clemencia. (...)
El gobernador Haley Barbour, que en más de una ocasión mostró su interés por lanzarse a la carrera presidencial en 2012, insiste que este caso no es una cuestión de Justicia. Es más por una cuestión humanitaria, y de costes. Jamie, de 38 años de edad, necesita ser sometida a un trasplante. El tratamiento de diálisis le cuesta al contribuyente 200.000 dólares anuales.
"Su condición médica representa un coste sustancial para el Estado", señala el gobernador al justificar el perdón. Ahí explica que a Gladys, de 36, solo se le suspenderá la sentencia con carácter indefinido y podrá abandonar la prisión si dona uno de sus riñones. Siempre fue la idea de la hermana. (...)Barbour niega que su perdón esté motivado en este caso por cuestiones políticas. Justo este mes, el Gobernador fue acusado de hacer unas declaraciones "insensibles" desde el punto de vista racial, durante una entrevista publicada por la revista con The Weekly Standard . Sus asesores insisten que Jamie necesita ese trasplante, y que pensar otra cosa es "cínico". (...)
Los gobernadores suelen poner condiciones originales para liberar a los criminales antes de cumplir condena. Pero la de Barbour es la primera que envuelve la donación de un órgano. Decisión que está generando un intenso debate, tanto en el ámbito legal como ético. La compra venta de órganos está prohibida en EE UU, así como que estén forzados a donarlos." (El País, 31/12/2010)
12/11/10
"Mi verdadera vida empezó en la cárcel"
Cuando entró en prisión, no sabía leer ni escribir. Primero en la prisión de Soledad, luego en Stockton... "Recuerdo el día que entré. Me encadenaron a otro preso. Se llamaba Muhammad y tenía 45 años. Yo tenía 19. Me dijo que tenía que estudiar, leer, conocer la historia para entender lo que sucedía dentro de las paredes de la cárcel. Ahí empezó mi verdadera vida, mi educación", señala.(...)
"Me involucré en un movimiento que luchaba en prisión por la justicia social. La lucha era como en las calles, porque la cárcel es un microcosmos de la vida exterior. Muchos presos nos rebelábamos contra la brutalidad. Me convertí en diana. El 27 de noviembre de 1973, cuando un guardia de la prisión fue asesinado, yo y otro preso fuimos acusados falsamente".Ahí empezó su calvario. En 1976 fue condenado a muerte tras dos juicios, y enviado al corredor de San Quintín, una de las cárceles más duras de Norteamérica. Durante tres años, estuvo en peligro de ser asesinado. Hasta que quedó probada su inocencia (...)
Emocionado, se seca el sudor de su cráneo y borra las lágrimas con sus manos, al tiempo que dice: "Cuando salí estaba muy enfadado. Frustrado en realidad. Pero tuve que dejar atrás mi odio. Tenía que hacerlo para seguir adelante. Si no, ahora estaría destruido". ('SHUJAA' GRAHAM: "Mi verdadera vida empezó en la cárcel"El País, 11/11/2010)


