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26/9/22

El horror de descubrir que tu abuelo fue un oficial de las SS que participó personalmente en el asesinato de judíos... y su reconversión en agente de la CIA, de los nuevos servicios secretos de la República Federal Alemana, Org-BND, y hasta parece que de la KGB y del Mossad

 "Tras un buen rato de conversación sobre horrores, en su despacho en un bloque algo destartalado al sur de Berlín, cerca de la entrada del enorme parque que es hoy el antiguo aeropuerto de Tempelhof, orgullo del III Reich, el escritor y cineasta Chris Kraus por fin se derrumba. Es un hombre vital y robusto (como su abuelo) y está acostumbrado a tratar con cosas terribles, pero algo se le ha roto dentro. Palidece y se le humedecen los ojos azules.

 Ha sido al pedirle que explique exactamente el papel que tuvo su abuelo en el régimen nazi y en el exterminio de los judíos. “Mi abuelo, Otto Kraus, formaba parte de la minoría alemana báltica en Letonia. Reinhard Heydrich le reclutó para la SD, la agencia de las SS que actuaba como servicio de inteligencia y fue central en el Holocausto. En 1941 participó en la invasión de la URSS como miembro del Einsatzgruppen A, uno de los escuadrones itinerantes que perpetraban ejecuciones sobre todo de judíos, marchando detrás de las tropas de combate. Luego fue el jefe de la SD en Riga.

 Alcanzó el rango de Sturmbannführer, mayor de las SS. Intervino personalmente como mínimo en dos fusilamientos masivos”. Uno de esos espantosos episodios lo recrea Chris Kraus en su novela, que acaba de aparecer esta semana, La fábrica de canallas (Salamandra, traducción del alemán de Isabel García Adánez), protagonizada por un personaje que se basa muy estrechamente en su abuelo y que sigue con gran exactitud la carrera de este.

En el libro, un día de verano, en las afueras de Riga, las SS y sus auxiliares letones someten a “tratamiento especial” a un grupo de judíos, una escena que reproduce minuciosamente una de las matanzas perpetradas en el bosque de Bikernieki (Bickern), el escenario principal de las masacres en Letonia (de la población de 90.000 judíos fueron asesinados 70.000). Los obligan a desnudarse junto a una zanja y les disparan en varias tandas. Kraus escribe: “Ejecutar a alguien a quemarropa implica que muchas veces la masa encefálica y la sangre de las víctimas salpique en todas direcciones, y así fue. Esquirlas de los cráneos salieron disparadas como metralla hasta donde estaba yo, a veinte metros de distancia.

 Se oían gritos, la sangre empapaba el suelo y el aire olía a hierro mojado mezclado con sudor frío, excrementos y orines”. La escena continúa cuando el protagonista avanza para dispararle el tiro de gracia a una joven y se asoma a la fosa con la Luger en la mano: “En medio de aquel revoltijo de cuerpos distinguí unos pies que seguían agitándose. Era una chica a la que habían saltado la tapa del cráneo, que había ido a parar a su lado. Me miraba con los ojos muy abiertos sin dejar de abrazar a su bebé, que parecía intacto, simplemente dormido (…) Antes de que me fuera imposible retener el vómito, les vacié la pistola a ambos”.

El pasaje da la medida del mundo en que se movió Otto Kraus (convertido en la novela en Konstantin Koja Solm) y la herencia con que ha de lidiar su descendiente. “El descubrimiento de la historia de mi abuelo fue horrible, muy perturbador”, explica descompuesto Chris Kraus, que se levanta para abrir una ventana. “Amaba a mi abuelo”. Fue en 1985, cuando era un estudiante, que se interesó por lo que contaba Otto Kraus. 

“Hablaba de fusilamientos, y sin embargo nunca empleaba palabras claras, sino términos como acción especial, y podías pensar que lo que hacían era otra cosa, como ir al bosque a cortar leña. Pero luego leí un libro sobre el general Vlásov [el desertor ruso que comandó tropas para los nazis] y contenía detalles sobre mi abuelo y su relación con el exterminio. Era horroroso. Nadie de mi familia lo sabía. Me dediqué entonces a ir a archivos a buscar información y esclarecer lo que había pasado”.

Herencia negra

Descubrió toda la verdad, pero nadie le quiso creer en su familia, excepto una de sus primas, la editora Sigrid Kraus (fundadora de Salamandra), que lleva el nombre de la mujer de Otto, la abuela. “De mi investigación escribí un ensayo, Das Kalte Blut (La sangre fría), publicado en una tirada reducida destinada a la familia y nuestro entorno en 2014, en el que lo contaba todo, para demostrar que no eran fantasías mías y lo incompatible que resultaba todo aquello con la memoria familiar. No ha servido. Es como en toda Alemania, parece que los nazis llegaron de la luna: la mayoría de la gente asegura que sus abuelos eran personas excelentes, antinazis y que todo fue culpa de Hitler, Himmler y cuatro psicópatas”.

La herencia negra de los Kraus no se limita al abuelo. “Sus dos hermanos”, continúa Chris Kraus, “también pertenecieron a las SS y formaron parte de escuadrones de la muerte, un caso extraordinario, una locura. El mayor, Hans, tuvo incluso mayor implicación en atrocidades, mientras que el benjamín, Lorenz, fue corresponsal de guerra de las SS y, dotado de capacidad artística, hacía dibujos antisemitas”.

 ¿Cómo lleva toda esa carga? Chris Kraus piensa un largo rato. “Es difícil de explicar. Intento entender, investigar lo que realmente pasó, una tarea muy dura. Trato de corregir las cosas con la verdad. Me ha tocado a mí hacerlo de entre todos los hijos y nietos de Otto. Yo no quiero ser un cómplice pasivo, no voy a aceptar el silencio, aunque el proceso sea negativo para mí”. ¿Llegó a confrontar la verdad con su abuelo? “No, nunca; murió en 1989, y hasta 10 años más tarde no conocí su historia real”. ¿Le hubiera gustado poder hablar con él? “Sí, pero provocaba tanto respeto… no sé si me habría atrevido, y eso que yo era el que mejor me llevaba con mi abuelo. Los demás me reprochan que ya no se puede defender. Para ellos era un buen hombre y punto. La verdad es que murió sin haber tenido que enfrentarse a su responsabilidad y crímenes, como tantos otros de la élite de las SS, porque Alemania no se atrevió a llevarlos ante la justicia”. ¿Dónde está enterrado? ¿En Letonia? “En Núremberg; qué ironía”, ríe amargamente Chris Kraus. “Esa ciudad que además de simbolizar tras la guerra el castigo de los nazis era antes tan antisemita y le gustaba tanto a mi abuelo, y a Hitler”.

 La fábrica de canallas convierte en una novela de casi mil páginas la vida Otto Kraus, que incluyó participar en misiones secretas de las SS como la operación Zeppelin para matar a Stalin (conoció a Otto Skorzeny, célebre por sus arriesgadas acciones militares, como el rescate de Benito Mussolini), su reconversión en agente de la CIA, de los nuevos servicios secretos de la República Federal Alemana, Org-BND, y hasta parece que de la KGB y del Mossad. “Es una ficcionalización de su historia, se basa en el trabajo de investigación de años y en el ensayo que escribí para la familia”. El nieto relata los orígenes de los Kraus (los Solm), su vida en Letonia (similar a la que se muestra en la película de Chris Kraus de 2010, Poll) y la progresiva implicación de Koja y su hermano mayor Hub en la maquinaria nazi. La novela arranca en 1974 en un hospital de Múnich donde está ingresado herido de bala el protagonista, que le cuenta su vida a su vecino de cama, un hippy inocente, bienintencionado, budista y fumeta que no da crédito a lo que oye.

 El novelista ha introducido el personaje de una hermana adoptiva, Ev, que se convierte en el centro del interés sentimental de los dos hermanos (y acaba de doctora en Auschwitz). “He reflejado aspectos de mi abuelo en Koja y Hub, el mayor es más brutal y el menor aparentemente más sensible e introspectivo, pero cada vez te cae peor. Los dos llevan dentro el mal. Al menos Hub tiene una postura coherente, pero Koja presenta esa personalidad de los agentes y espías a los que les falta un núcleo de convicciones y se desenvuelven como pez en el agua en un universo de falsedad y mentira. La ambigüedad es el elemento más perturbador en la novela”.

 Sorprende en La fábrica de canallas el sentido del humor —la ironía de Koja, la amante negra que canta el Horst Wessel, la prohibición del Monopoly por ser “un juego judío”, el SS con labio leporino, el coche de Himmler detenido para dejar pasar unos sapos por la carretera, la circuncisión del protagonista a fin de infiltrarlo en Israel en la posguerra como el profesor de hebreo Himmelreich—. “Eso me ha acarreado críticas feroces en Alemania. Sabía que las tendría. En realidad, creo que el humor hace aún más insoportable la historia”. El libro se suma al largo debate sobre si se deben juntar humor y nazismo. También hay una historia de amor de largo recorrido. “Lo terrible es que esos nazis como mi abuelo eran personas. No quería describir a unos demonios sino a seres humanos en un régimen inhumano. En Alemania se ha preferido ver a los nazis como monstruos que no tenían nada que ver con el resto de la población, y demonizarlos es incompatible con el humor y el amor, por eso perturba tanto”. ¿No se puede ver como una forma de justificación? “No, son recursos estilísticos, para entender que estos abismos humanos que describo no son una ficción. El tema clave es la moral, la amoralidad del personaje. Es alguien despreciable y humor y amor nos lo acercan, pero no lo justifican. No podemos distanciarnos del mal, forma parte de la condición humana. Mi abuelo era una persona capaz de amar y de ser amado. Eso me ha perturbado mucho. ¿Cómo es posible que una persona a la que conocía y quería fuera así en otro contexto? Quería hacer accesible esa experiencia a los lectores. A todos podría pasarnos”.

El mundo de los servicios secretos que describe, las historias del general Gehlen, Otto John, Isser Harel, de la caza de Eichmann… “Todo es cierto, durante la guerra y después. Cuando descubrí que mi abuelo además fue espía, ¿cómo conjugas eso con la importancia que se ha dado siempre en mi familia a ser honestos?”.

 La fábrica de canallas, en la que se percibe también un eco de El tiro de gracia, de Marguerite Yourcenar, tiene muchos puntos en común con Las benévolas, la gran novela de Jonathan Littell; entre ellos que el narrador sea un criminal nazi y se describan minuciosamente las atrocidades; además de la fijación por la hermana. “Considero un cumplido la comparación. Es un libro extraordinario que me encantó. Hicimos nuestras investigaciones en paralelo: durante los 15 años que estuve buscando información sobre mi abuelo visitamos los mismos archivos y consultamos los mismos documentos, veía su nombre. Su perspectiva es también la del verdugo. Su protagonista, Max Aue, milita en la SD y forma parte de los Einsatzgruppen. Pero Littell trabajó más la erótica que el horror. Es un libro muy literario, con todas sus fantasías homoeróticas y perversas. Fue una inspiración, pero mi enfoque es otro, más duro”.

En la relación de los protagonistas de La fábrica de canallas, hay también muchos elementos perversos y escatológicos, en su acepción coprológica: Koja y Ev están marcados por compartir orinal de niños, y la masturbación. “Es cierto, pero lo hago buscando lo arcaico, lo elemental. También hay excrementos, y sangre, y el proceso de convertirse personas en cadáveres en los actos de exterminio. Mi abuelo vio todo eso. Olió los excrementos, la sangre y el miedo de los asesinados. ¿Qué pensó entonces? ¿Cómo manejó esa experiencia? Algunos camaradas de mi abuelo confesaron que les gustó matar. Otros argumentaron algo que me parece grotesco: que participaron en las matanzas, sí, pero de forma caritativa, para evitar sufrimientos innecesarios a las víctimas”.                  (Jacinto Antón, El País, 25/09/22)

5/7/22

El clero español ayudó a escapar de los aliados a empresarios vascos del 'clan de Neguri', partidarios del Tercer Reich

 "Excelentísimo señor ministro de Asuntos Exteriores y muy respetable amigo: Comuniqué a los sacerdotes Boos y Huver lo que usted me indicaba en su carta del 21 de mayo [de 1946] y ellos me han entregado la nota adjunta de algunos católicos alemanes que hace muchos años que viven en España y de los cuales ellos responden, interesándose vivamente para que no se les obligue a salir de España". Quien a continuación firmaba el escrito dirigido al canciller Alberto Martín Artajo era Enrique Pla y Deniel, cardenal, arzobispo de Toledo y primado de España.

La relación de "súbditos" elaborada a petición del primado por los rectores de las asociaciones católicas de Madrid y de Bilbao incluía siete nombres y a la cabeza de ellos figuraba el de Friedrich o Federico Lipperheide Henke, del que se decía literalmente: "Residente en Bilbao desde hace más de 25 años. Es ferviente católico y no ha tenido nunca ninguna relación con la política. Pertenece a la junta de la Asociación Católica Alemana, de la que ha sido presidente durante 17 años. Es casado y tiene cinco hijos nacidos en España, siendo todos de nacionalidad española. Es persona muy conocida y ha creado diversas industrias importantes en nuestro país".

Aunque el escrito no aludía a ello de manera explícita, lo que venía a insinuarse era que un católico tan comprometido con su fe como Federico no podía ser el peligroso criminal que las fuerzas aliadas habían incluido en su lista de 104 nazis reclamados a España. Idéntico argumento había sido utilizado anteriormente, junto a su condición de español naturalizado, para sacar de ese inventario a su hermano José, cuyo nombre saltó a la fama años después, en enero de 1982, a raíz de su secuestro por ETA. En la primera versión de la llamada "factual list" aliada se incluían alrededor de 1.600 nombres y aparecían, no solo Federico, sino sus hermanos José o Josef, Franz y Fritz Lipperheide Henke.

Sobre Friedrich se decía en la selecta y restringida lista final de los 104 que era miembro de las SS e informador del servicio de espionaje de la Kriegsmarine, la Armada del Führer, en la ciudad de Bilbao. Habida cuenta de que fueron cientos, si no miles, los alemanes que colaboraron de algún modo con el nazismo en nuestro país, eso no parecía suficiente como para que hubiera merecido el dudoso honor de ser incluido con el número 58 en el inventario de los más buscados. De hecho, había algo más. O para ser precisos, había mucho más.

Entonces, ¿quién era en realidad ese Federico al que los falangistas y el clero católico intentaban proteger a toda costa? En primer lugar y antes que nada, Friedrich y sus hermanos eran los propietarios de un conglomerado de industrias químicas y mineras y, por ende, de una fortuna considerable que Franco trató de defender con éxito a pesar de los acuerdos de Breton Woods. El dictador no tuvo inconveniente en entregar a los británicos, los franceses o los norteamericanos a toda esa casta media y baja de funcionarios del Partido Nacionalsocialista que habían operado en la península ya desde los tiempos de la República. Mucho más renuente fue el golpista a entregar a los acaudalados hombres de negocios y a desmantelar la tupida red de sociedades alemanas. En lugar de atender las peticiones aliadas, lo que hizo fue ganar tiempo para blanquearlas con la ayuda de testaferros españoles. Mismos perros nazis, distintos collares.

El caso de los Lipperheide fue especial, sin embargo, en muchos sentidos. Los cuatro hermanos procedían de una pequeña ciudad alemana de Renania del Norte-Westfalia llamada Neheim. Friedrich, nacido en 1898, era el mayor. Josef o José vino a este mundo ocho años después. A principios de la década de los veinte, emigraron a Bilbao y, con el paso de los años, se aliaron con españoles como Domingo Guzmán para fundar un pequeño imperio dedicado, sobre todo, a la minería y el sector químico. Friedrich y otros Lipperheide ocuparon cargos de la máxima responsabilidad en el consejo de administración del Banco de Vizcaya y, con los años, se convirtieron en una dinastía de referencia del llamado clan de Neguri, denominación coloquial con la que se designaba a la oligarquía de industriales y financieros que alumbraron con el tiempo el BBVA. Debían ese nombre al hecho de que se concentraban en el barrio residencial homónimo de la ciudad de Getxo.

No fue, no obstante, su trabajo como emprendedores y empresarios lo que puso en entredicho la reputación de los Lipperheide. Existen numerosas evidencias de que, en primer lugar, colaboraron estrechamente con un holding alemán llamado IG Farben involucrado en los asesinatos perpetrados en los campos de exterminio y, en segundo lugar, proporcionaron al Tercer Reich materias primas estratégicas que permitieron al Führer mantener su pulso bélico y, por lo tanto, seguir aniquilando judíos, gitanos y opositores políticos.

"No hay constancia a pesar de ello de que los herederos de esas fortunas forjadas en la represión hayan reparado la memoria o compensado económicamente a las víctimas", escribe Antonio Maestre en su libro Franquismo S.A. a propósito de los Lipperheide, de su endogámica familia y de sus amigos falangistas. Más al contrario, sus descendientes han negado por sistema las simpatías nazis de Friedrich y de Josef.

Cuando, en 1997, el periodista de El País, José María Irujo, dio a conocer la lista de los 104 reclamados por las potencias ganadoras, su hijo Federico Lipperheide Wicke, fallecido en 2010, se apresuró a decir que eran todo falsedades. "Mi padre les tenía hasta odio. Es cierto que tuvo amigos del Ejército alemán y recuerdo haberlos visto alguna vez en mi casa. Pero nada más", le dijo al periodista en ese celebrado reportaje.

Veinticinco años después de su publicación, han aparecido nuevos datos que confirman el compromiso de los patriarcas del clan con el Tercer Reich a pesar de los desmentidos de la familia y el sorprendente silencio de incluso parte de la prensa vasca, que cubrió las muertes de los patriarcas del clan mediante hagiografías donde ni siquiera se mencionaba de puntillas el origen de la fortuna familiar, como si su colaboración con el nazismo hubiera sido un accidente o un asunto baladí.

Estos descubrimientos más recientes están conectados a una rocambolesca historia que arranca con el hallazgo del diario de un soldado alemán en una localidad costera catalana de la Costa Brava. El cuadernillo fue encontrado por un vaciapisos francés entre los papeles de un antiguo edificio de Sant Feliu de Guixols. Hace ahora algunos meses, un librero de viejo badalonés llamado Marçal Font Espì lo adquirió y de inmediato comprendió que aquella libreta manuscrita era un diario redactado por un combatiente de la Wehrmacht. El cuaderno contiene retazos de la vida en el frente de un soldado nazi llamado Günter Zeschke, en un periodo que abarca desde noviembre de 1939 hasta marzo del 42. Antes incluso de pensar en venderlo, Font resolvió descifrar todos los secretos que rodean al diario.

La pregunta más obvia era cómo había acabado ese cuaderno en la Costa Brava. El misterio se aclaró tras descubrir que una hija del nazi, Margarita Zeschke, de 64 años, seguía viva y residía en la misma localidad costera donde el cuaderno había sido hallado. Fuimos hasta Sant Feliu con el veterano y culto librero de viejo para charlar con ella y con su ayuda, logramos averiguar que Günter Zeschke pisó por primera vez la Costa Brava en el verano de 1959. Aunque Margarita lo ignoraba, su padre no viajó a España por placer, sino porque había sido contratado como geólogo. Ahí nació su vínculo con Catalunya y ese es el motivo por el que su diario fue encontrado muchos años después en el Ampurdán.

Font Espí ha reunido también pruebas de que Günter Zeschke vino a nuestro país para realizar prospecciones de uranio y fluorita en algunas minas como Osor (Girona), coincidiendo con el mismo periodo en el que el régimen franquista se esforzaba por desarrollar una bomba atómica propia. El dueño de las citadas minas no era otro que Federico Lipperheide, empleador de Günter.

Y es a partir de ahí cuando comienza a cerrarse el primer círculo. A la postre ha resultado que la historia del diario tiene menos que ver con las peripecias de un humilde soldado de la Wehrmacht que con una gran conspiración franquista de silencio y una urdimbre de mentiras que siguió tejiéndose tras la democracia y que ayudó a erigir un gran muro de impunidad en torno a los crímenes de muchos de esos nazis que se refugiaron en España. Y más particularmente, los de la familia Lipperheide.

Resuelto a descubrir los motivos por los que el autor del diario pasó casi quince años buscando uranio en la Península, Marçal Font oyó hablar de un nonagenario llamado Mariano Coll. Según supo después, este antiguo trabajador de Minersa, la empresa de los Lipperheide que poseía las minas de Osor, no solo conoció a Zeschke, sino a su empleador Federico, con quien llegó a trabar una amistad cercana.

Coll comenzó a trabajar para el alemán con 17 años y se jubiló con 70 tras ser nombrado jefe de ventas de Minersa. Font le entrevistó hace cerca de un mes en Osor y lo que oyó de su boca le dejó perplejo. "Es un hecho que, tras la Segunda Guerra Mundial, y entrada la década de los cincuenta, fueron contratados por Minersa supuestos expertos alemanes que, al menos en la mitad de los casos, no tenían ni la más remota idea acerca de la actividad por la que supuestamente les pagaban. Muchos ni siquiera hablaban español. Pasaban cinco o seis meses por alguna de las instalaciones de la sociedad y simplemente, desaparecían. Coll nos dijo con una sonrisa socarrona que no descarta nada", afirma Marçal Font.

Lo que el nonagenario estaba insinuando es que las empresas de Minersa podrían haber sido utilizadas como una especie de jalón en las llamadas "ratlines" o líneas de rata, que eran las rutas de fuga seguidas por los nazis o por los colaboracionistas franceses de Vichy. En la mayor parte de los casos, España era solo una estación intermedia de camino a América Latina.

Una investigación llevada a cabo por el historiador Xavier Deulonder respalda esta idea al confirmar la importancia que tuvo Girona en las vías de escape de los nazis. Deulonder investigó documentación de los puestos fronterizos de Catalunya y descubrió que un número considerable entró en España a través de Girona buscando la protección de Franco.

En opinión del librero de Badalona, parece más factible y verosímil que Minersa hubiera sido utilizada para facilitar la huida de nazis reclamados cuando se juzgan los hechos a la luz de la información proporcionada por Coll acerca del modo en que Federico Lipperheide consiguió zafarse de la Justicia aliada.

"Coll oyó de boca de su patrón que la Policía franquista le arrestó durante una visita a Catalunya, en 1945 o 1946. El empresario nazi vivía en Bilbao pero fue a visitar sus propiedades de Osor y se alojó un sábado en el hotel Peninsular de Girona. El domingo, cuando se dirigía a misa, fue detenido por agentes, que le informaron de que se hallaba reclamado por los aliados y se lo llevaron a la Gobernación civil. Él pidió hacer tres llamadas. La primera fue a Bilbao; la segunda, a un tal Lluís Cibills. La tercera fue al alcalde de Osor, cuyo hermano era juez militar. Esos contactos tiraron de los hilos en las catacumbas del franquismo y el gobernador civil le liberó. Lipperheide regresó entonces a Bilbao y se le tragó la tierra hasta el verano del 47. Por Coll hemos sabido que estuvo escondido en la finca Cabañeros de Toledo, propiedad de la familia Aznar Zabala. El 18 de julio le otorgaron la nacionalidad española y quedó fuera del alcance de los aliados".

Se da la circunstancia de que los Aznar Zabala ayudaron también a huir de la Justicia al nazi Reinhard Spitzy, quien salió de Madrid en el año 1943 y se refugió en Santillana del Mar, en Cantabria, gracias a la ayuda de curas cántabros. Pasó dos de los tres años que anduvo huido disfrazado de sacerdote en el monasterio burgalés de San Pedro de Cardeña. Adoptó el sobrenombre de Ricardo de Irlanda hasta que fue trasladado por los propios curas, ataviado con una sotana, hasta Bilbao, y desde allí logró llegar a la Argentina a bordo de un barco de la naviera de los Aznar.

Del puerto de Bilbao salieron para Suramérica cientos de criminales gracias a la logística de la red Odessa, dirigida por Otto Skorzeny. En la ciudad tenían pisos francos y un grupo de colaboradores. Bilbao era en aquella época un lugar de importancia estratégica para la huida de los dirigentes nazis, gracias, entre otras cosas, a la presencia de individuos como los Lipperheide y la red de amigos falangistas con los que se mezclaban en el más literal de los sentidos.

"La endogamia de los miembros de la oligarquía de Neguri alcanza cotas preocupantes para la salud de su descendencia", escribe Antonio Maestre en Franquismo S.A.

"Juan María Aguirre Achutegi se casó antes de la contienda con María Isabel Ybarra. La hija de este matrimonio fue Dolores Aguirre, que contrajo matrimonio con Federico Lipperheide Wicke, quien durante muchos años ostentó la vicepresidencia del Banco de Vizcaya, pero en cuyas raíces hay una historia mucho más preocupante. Su padre, Friedrich Lipperheide Henke, y su tío, José Lipperheide Henke, fueron los principales enlaces empresariales del nazismo en el norte de España. Ambos pusieron su empresa Lipperheide y Guzmán al servicio del Tercer Reich a través de dos sociedades llamadas Hisma y Sofindus, creadas por Johannes Bernhardt".

Cuando el cura alemán José María Huber realiza un escrito pidiendo protección para Federico Lipperheide recuerda, entre otras cosas, que esta había sido presidente durante diecisiete años de la Asociación Católica Alemana de Bilbao. En vista de su compromiso con los valores de la fe católica, Huber no tiene duda de que las acusaciones que le dirigen los aliados son "infundadas y calumniosas".

"¿Calumniosas? Existen muchas pruebas de que los Lipperheide comerciaron con la Alemania nazi", nos dice Font Espì. "Pero Coll nos ha proporcionado evidencias adicionales de que, en efecto, desde las minas de Osor se exportó fluorita al Tercer Reich. Su vinculación con el nazismo fue notoria, lo que hace más moralmente cuestionable la indulgencia con la que les trató incluso cierto sector de la prensa vasca. Por poner otro ejemplo, las sociedades mineras de los Lipperheide se refundaron en 1940 bajo el nombre de una nueva sociedad llamada Unquinesa que aglutinaba todas sus industrias químicas y mineras del país. Pues bien, en ese mismo año en que se suscribió el Pacto de Hendaya, Unquinesa firmó un acuerdo comercial con Unicolor, la franquicia española de IG Farben, que le garantizaba, por ejemplo, un 12% de las ventas de Unicolor en España".

¿Qué significa esto? Como poco, que esos honrados padres de familia nazis, esos emprendedores tan aplaudidos por la sociedad civil, carecían de escrúpulos morales cuando se trataba de ganar dinero. IG Farbenindustrie AG o IG Farben fue un conglomerado alemán de compañías químicas fundado el 25 de diciembre de 1925 como resultado de la fusión de BASF, Bayer, Hoechst y Agfa, entre otras. Inicialmente, producían colorantes, pero pronto comenzaron a investigar otras áreas de la química. Durante la Alemania Nazi, produjeron gas Zyklon B. Los Lipperheide consiguieron crear uno de los mayores grupos químicos del país justamente gracias al respaldo tecnológico de una compañía que utilizaba mano de obra esclava en Alemania.

La fluorita que exportaron y en la que se funda, en parte, la fortuna de esa familia vasco-alemana era un mineral de importancia estratégica para la industria bélica, que se utilizaba, entre otras cosas, para endurecer el acero y los blindajes de los vehículos militares. Posteriormente y hasta la década de los sesenta, tuvo también un papel protagonista en el desarrollo de las bombas atómicas, y entre ellas, la del proyecto Manhattan. Claro que, como decía Federico hijo, en su casa no se hablaba de política.

"Por si alguien albergaba dudas de que los Lipperheide enviaron fluorita al Tercer Reich, Coll nos confirmó que así fue", asegura Marçal Font. En opinión de este librero, sería preciso revisar y refinar los conceptos de responsabilidad en todo lo que atañe no solo a esos crímenes de lesa humanidad, sino a quienes los hicieron posible de forma deliberada.

"A menudo, incluso entre los historiadores, viene a sugerirse a modo de disculpa que este tipo de conductas empresariales fueron el resultado de la presión social y de las circunstancias. Y a renglón seguido se saca a colación la implicación de todas esas conocidas empresas alemanas en los delirios de Hitler. Lo que suele omitirse es que en España casi nadie pagó por ello. Los franquistas entregaron a unos pocos cientos de alemanes, pero protegieron a los empresarios como Lipperheide o como Johannes Berhardt, creador de Sofindus".

Font Espí está en lo cierto. El régimen franquista trató durante años de marear la perdiz de los aliados porque entendía que atender sus demandas no solo reduciría el poder económico alemán, sino que haría pedazos la económia de nuestro país, al que el Tercer Reich estuvo a punto de transformar en una especie de colonia. Los tecnócratas del dictador creían que España se vendría abajo sin la intelligentsia económica germana y presionaron para mantener a salvo a empresarios absolutamente comprometidos con el Führer. España fue también en eso diferente y ni siquiera tras la democracia hubo un especial interés en revisar las responsabilidades de todos esos nazis.

Sofindus llegó a acaparar cerca del 80% de los intercambios comerciales hispano-alemanes. Fue en el 20% restante donde los Lipperheide jugaron sus bazas y fundaron parte de su fortuna. Sin los minerales enviados desde la península, Hitler hubiera sido completamente incapaz de sostener su esfuerzo y su maquinaria bélica hasta 1945 y, por lo tanto, seguir manteniendo a flote sus campos de la muerte."                      (Público, 03/07/22)

3/3/20

El nazi que pretendió contar su vida en Hollywood. Un documental reconstruye el intento de Paramount de rodar un filme sobre Albert Speer, el arquitecto favorito de Hitler para blanquear su memoria

"En invierno de 1971 el estudio de Hollywood Paramount empezó la producción de una película basada en el best seller Memorias: Hitler y el Tercer Reich vistos desde dentro, de Albert Speer. 

Speer no era un cualquiera, sino que fue el arquitecto del nazismo, el hombre que creó las escenografías de los mítines de Adolf Hitler, el que erigió la cancillería al gusto del Führer y se planteó construir un delirante Berlín rebosante de edificios fascistas, y quien desde 1941 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial lideró el Ministerio de Armamento y Municiones, con 14 millones de esclavos –trabajadores, les llamaba él– a su servicio.

A pesar de todo, Speer solo fue condenado a 20 años de cárcel en los juicios de Núremberg, tiempo que empleó para fijar en el subconsciente colectivo la imagen del "buen nazi", y para leer y escribir a escondidas sus memorias y otros libros en los que aseguraba que no supo nada de campos de concentración ni de la solución final hasta casi el final del conflicto bélico. 

De su autobiografía a inicios de los setenta se había vendido un millón de ejemplares (hoy ya más de tres millones) y esa fue la razón del interés de Paramount por el proyecto y de la reunión en aquel invierno de Speer, feliz por la posibilidad de ligar su nombre a Hollywood, y un joven guionista, Andrew Birkin, protegido de Stanley Kubrick, para escribir el libreto.

"Todos se comportaron como niños pequeños", recuerda la documentalista israelí de origen belga Vanessa Lapa. Ha dedicado cuatro años y medio de su vida a Speer goes to Hollywood, un sobresaliente documental estrenado en la Berlinale y basado en las 40 horas de grabaciones entre Birkin y Speer en la villa en la que residía en Heidelberg (Alemania). "Cuando presenté en Nueva York El decente [su documental previo sobre Himmler]", contaba Lapa ayer en Berlín, "un hombre me contó esta historia. No hay material sorprendente, pero nunca se habían escuchado estas conversaciones. Birkin [que se hizo famoso posteriormente como guionista de El nombre de la rosa] tuvo el acierto de digitalizar las grabaciones hace años, aunque están en muy mal estado".

En esas 40 horas de charlas en las que revisaron la primera y la segunda versión del guion, Birkin y Speer repasan la vida del arquitecto, algo que Speer aprovecha para hablar sin inhibiciones y alterar su biografía. Desde que en 1931, con 26 años, ve por primera vez a Hitler "en un momento sin esperanza para Alemania" y se afilia un año más tarde al partido nazi, hasta su ascenso por el organigrama del Tercer Reich.

 "Empecé diseñando las escenografías de los mítines", dice Speer en pantalla, "y dos años más tarde ya era amigo de Hitler". En él confió el dictador para diseñar y construir una cancillería acorde a sus ideales, y hubiera levantado todo un Berlín nazi de edificios de piedra ampulosos si no hubiera sido por la Segunda Guerra Mundial. Speer fue nombrado ministro de Armamento y Municiones en 1941, tuvo a su disposición a 14 millones –él mismo aporta la cifra– de esclavos procedentes de campos de concentración.

 "Fue un gran manipulador", dice Lapa. "En los juicios de Núremberg se defendió asegurando que no sabía nada y que incluso intentó atentar contra Hitler al final de la guerra". Los jueces le creyeron, a pesar de que el fotógrafo español Francesc Boix le señaló como visitante de Auschwitz en 1943, y que posteriores investigaciones han demostrado que se inventó el magnicidio frustrado. "Echó la culpa de los muertos en los trenes a Fritz Sauckel, director del programa de trabajo esclavo, negó haber estado en el famoso discurso de Himmler en la Conferencia de Posen en octubre de 1943 donde detalló el Holocausto... Por suerte, el tiempo ha puesto a Speer en su lugar".

¿Por qué no se hizo la película? En Speer goes to Hollywood se escuchan dos conversaciones de Birkin con Carol Reed, director elegido para realizar el biopic, tras acabar sendas versiones del guion. "Reed es el único que se comportó como un adulto y vio claro que aquello era un lavado de imagen para Speer. Y se negó a ir a más, de forma rotunda y clarividente", subraya Lapa. "En realidad, Speer ni siquiera fue un gran artista, como arquitecto solo estaba interesado en cuanto más grande, mejor. Y no existen los nazis buenos, algo que hoy en día, con la creciente ola de la ultraderecha, deberíamos tener presente".

Donald Pleasence como Adolf Hitler

 Paramount llegó al punto de plantearse contratar a Mark Burns (Muerte en Venecia, House of Living Dead) para encarnar a Speer y a Donald Pleasence para resucitar a Hitler. "Birkin me dijo que recordaba que habían hecho pruebas de cámara con Pleasence. Y se convirtió en mi obsesión. Durante año y medio estuve buscándolas hasta que encontré el metraje en el British Film Institute", confiesa Vanessa Lapa. En pantalla aparece Pleasence vestido y maquillado, imitando a Hitler entre bromas y veras."                     (Gregorio Belinchón, El País, 28/02/20)

11/2/14

«María es judía. Espero que esto no afecte nuestra amistad.»

"ALBERT WEDEMEYER, el capitán del Ejército estadounidense, asistía a una cena de despedida en casa de su profesor en Berlín. Wedemeyer había terminado con éxito sus estudios en el Colegio Alemán de la Guerra y no tardaría en regresar a Estados Unidos con su esposa y sus hijos. Era el verano de 1938.

El profesor de Wedemeyer, el coronel Lohmann, oficial de la Luftwaffe, parecía nervioso y disgustado después de la cena y su esposa, Maria, también. Mientras tomaban licor en la biblioteca, Lohmann reveló el motivo de su inquietud. «María es judía —dijo—. Espero que esto no afecte nuestra amistad.»

Wedemeyer contestó que no tenía prejuicios religiosos ni raciales. «Dejé claro —escribió Wedemeyer— que tenía varios buenos amigos que eran judíos y que aceptaba como ciudadanos leales de mi país a quienes profesaban el judaismo o cualquier otra religión.»

El coronel Lohmann hizo entonces una petición. ¿Estaría dispuesto Wedemeyer a cuidar de los dos hijos de los Lohmann si sucedía algo? Wedemeyer contestó que haría todo lo que pudiera por los niños.

Lohmann pareció muy aliviado y estrechó efusivamente la mano de Wedemeyer cuando se despidieron.”   
         
(Nicholson Baker: Humo humano. Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial. Ed. Debate, 2009, en p. 87)




18/12/12

Apretamos los puños. Sólo una palabra y hubiéramos saltado. Pero no ocurrió nada, la puerta se cerró detrás de él

"( ... )  Al mismo tiempo, hay que dejar constancia del modo como las niñas reaccionaban frente a la injusticia que ya se revelaba visiblemente. Las chicas judías no podían ser miembros de la BDM, lo que, al menos en las ciudades, difícilmente podía pasar inadvertido. 

Evelyn Eigermann, judía alemana, recuerda cómo vivió los inicios de la inhumanidad: "Me hubiera gustado ser miembro de la BDM. Envidiaba a todas las chicas que podían llevar las faldas azules y las blusas blancas. Era realmente duro para mí. Algunas de mis compañeras de clase lo lamentaban, y otras permanecían indiferentes. 

Algunas dijeron: "Ahora pertenecemos a la BDM, y tú no perteneces al grupo, eres una puerca judía. No es que tenga nada personal contra tí, pero vosotros, los judíos, sois culpables de todo".

Los niños también pudieron observar en multitud de ocasiones la dimisión de profesores que habían caído en desgracia a consecuencia de la unificación en las escuelas. Gerda Zorn, nacida en 1920, se acuerda de la última lección de su apreciado profesor de clase Knief: 

"Tenía un aspecto enfermizo. Nos asombramos de que no se sentara y empezara con la clase. Entonces se abrió la puerta de golpe. 

Un hombre en uniforme de la SA entró pavoneándose. Las botas golpearon fuertemente contra el suelo y su voz ladró: "Heil Hitler". Guardamos silencio. De manera sarcástica dijo: "Bien, señor Knief, ¿se ha despedido ya de la clase? Entonces  me permitiré pedirle que se vaya, quiero empezar con las lecciones”. 

Apretamos los puños. Sólo una palabra y hubiéramos saltado. Pero no ocurrió nada, la puerta se cerró detrás de él.”            (Guido  KNOPP :  Los niños de Hitler, Ed. Planeta, 2005, pág. 129-130)