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23/2/18

Ortigas "en las partes íntimas": las vejaciones de sacerdotes en los internados franquistas

"Me dijo 'No se lo puedes contar a nadie' (…) 'Tus papás se pueden morir' (…) 'Hoy vamos a hacer una cosa que no se la puedes decir a nadie' (…) Se subió los hábitos, me puso la cosa en la boca, me empezó a escurrir una cosa asquerosa por la boca, porque el tío lo consiguió, desde luego, me toqueteó lo que quiso, me hizo ponerme de espaldas, y por la espalda también me hizo, y cuando terminó me dijo que era asquerosa, que dios me iba a castigar por eso". 

La entonces niña Dolores Zamorano, que ya es mujer madura, todavía no ha empezado a llorar cuando narra su experiencia infantil con el sacerdote católico que la preparaba para su Primera Comunión.

Se llora un poco después, y se ha llorado antes mucho. 

Recientemente, el papa Francisco ha aprovechado su visita a varios países latinoamericanos para "pedir perdón" por los abusos sexuales y las torturas practicadas por miembros de la Iglesia católica contra niños y niñas, gesto que acaba de concluir con su renovación de miembros en la Comisión contra el abuso sexual. Para quien haya seguido este devenir latinoamericano, ha quedado claro el barro de sus pies. 

Entonces, la carta de la abogada Montserrat Fernández Garrido llega al mail de la redacción reclamando una mirada hacia España, reclamándola otra vez. Y una no puede dejar de preguntarse, también otra vez, por qué España es uno de los pocos países muy evidentemente católicos en los que la Iglesia no se ha visto sometida a una severa revisión pública de su pasado. 

En Estados Unidos se multiplican los expedientes de abusos (1993, 1998, 2002, 2004, 2008, 2010), así como en Francia (1994), Austria (1195, 2009), Reino Unido (1997), Australia, Holanda, Chile y Alemania, por poner algunos ejemplos. 

En España, sin embargo, parece que casos tan flagrantes como los referentes a los internados franquistas están condenados al silencio. 

La abogada Montserrat Fernández Garrido, mujer sin duda tenaz, ha vuelto a dirigirse a los medios de comunicación para denunciar la falta de atención de la Iglesia católica a las reclamaciones que ella, y con ella centenares de personas, remitieron a la Conferencia Episcopal.

 ¿Su demanda? Pedir una disculpa por los abusos cometidos en los centros de internamiento franquistas para niños. ¿La espoleta? La emisión en TV3 del sobrecogedor documental Els internats de la por, dirigido por los periodistas Montse Armengou y Ricard Belis. 


Lo primero que una piensa es que sería una impertinencia responder a su llamada sin antes haber visto Els internats de la por, documento del que parte su infatigable denuncia. 
Una vez visto, la palabra impertinencia queda confitada en ligereza. 

Dolores Zamorano, la mujer ya madura con la que arranca este texto, siendo niña vomitó y tuvo que comer su vómito y volvió a vomitarlo y tuvo que volver a comérselo antes de que un sacerdote le eyaculara en la boca. Junto a ella, un grupo de mujeres y hombres adultos van narrando sus más íntimos recuerdos infantiles de humillación, brutalidad, abuso y violación. 

Todos ellos estuvieron internos en instituciones religiosas, asilos o sanatorios de beneficencia franquista. Abuso sexual y violaciones, experimentos psiquiátricos y quirúrgicos, agresiones genitales y todo un catálogo de castigos corporales… La crueldad aplicada sobre miles de niñas y niños rasga la confianza en el ser adulto con uña negra de zarpa. 

"Recuerdo que me quemaban el culo con velas por orinarme". La entonces niña Mikae Ortiz, que ya es mujer madura, se derrumba ante la cámara al recordar sus 10 años de internamiento en un centro para niñas. "Cogían ortigas y me las frotaban en mis partes íntimas".

 Joan Sisa narra cómo, en los Hogares Mundet de Barcelona, el sacerdote se masturbaba contra su espalda aquella noche en la que estaba castigado en pijama contra la pared del pasillo. "El mismo que a las ocho de la mañana siguiente estaba dando misa". 

Los Hogares Mundet, la Maternidad, la Casa de la Caritat, el preventorio de Guadarrama... 

SOCIEDAD DENUNCIANTE

Fernández Garrido vio, escuchó, resistió los testimonios, entre otros, de Dolores Zamorano y el semen en su boca, de Mikae Ortiz y las ortigas contra su vulva, de Joan Sisa y el orgasmo a su espalda. Desde su emisión, en abril de 2015, no ha dejado de insistir a periodistas e instituciones para que propaguen su denuncia. Y se dirigió con cientos de firmas a la Conferencia Episcopal española para que pidiera disculpas, infructuosamente. 

Preguntada por correo electrónico, su respuesta es inmediata. Para empezar, rescata dos cartas de 2016. En la primera comunica a un grupo de personas, "feministes de Catalunya", que un grupo se propone entrevistarse con el arzobispo de Barcelona, Juan José Omella. En la segunda explica dicha reunión. 

Esta es, abreviada, la primera carta: 

El pasado año, el colectivo "Feministes de Catalunya" realizó una campaña exigiendo a la Iglesia Católica y al Estado que pidan perdón y reparen en la medida de lo posible el terrible daño causado a los niños y niñas internados en centros públicos hasta los años 80. 
El pasado año TV-3 emitió un documental en su programación de "Sense Ficció", llamado "Els internats de la por" (…) 

Nos mostró el terrible padecimiento de miles de niñas y niños pobres o hijos de personas republicanas, ingresados en centros públicos. Allí donde debían protegerlos, alimentarlos, educarlos y cuidarlos sufrieron todo tipo de penalidades: maltratos físicos y psíquicos, abusos sexuales, explotación laboral y prácticas médicas dudosas. Es decir, nos mostraron una infancia víctima del franquismo, a través de centros religiosos (…) 

Los religiosos y religiosas que cometieron tales atrocidades no sólo no han pagado penalmente por ello, tampoco nadie les ha exigido explicaciones y ni siquiera han pedido perdón a las víctimas por su intolerable comportamiento: No se han reparado tales injusticias. (…) 

Estas instituciones y las criaturas estaban bajo la tutela del Estado, que es también responsable de aquellos malos tratos. Exigimos también que pida perdón y que repare por medios asistenciales los efectos que padecen todavía hoy. 

Esta es, abreviada, la segunda carta: 

El pasado jueves, día 23 [de junio de 2016], mantuvimos la entrevista concretada con el arzobispo de Barcelona, Monseñor Omella. (…) Nos atendió amablemente durante media hora. Le llevamos un escrito (en catalán y en castellano) y las 204 adhesiones a tal escrito, exigiendo "verdad, justicia y reparación" a las víctimas de todos los maltratos y penalidades sufridos en los internados, desde el inicio del franquismo y hasta los años 80.

 Él conocía el tema, como también los casos de pederastia que tuvieron lugar allí y los posteriores en otros centros. 

No cesó de repetirnos que no entendía por qué la sociedad está tan empeñada en solventar lo ocurrido en la Iglesia y no se habla tanto de que el 80% de los casos de abuso a menores se producen en las propias familias... (…) 

Se comprometió a llevar nuestro escrito, las adhesiones, y en resumen el tema y nuestra exigencia, a la próxima reunión de la Conferencia Episcopal Catalana y nos dará una respuesta en dos o tres meses (sin contar julio ni agosto). Le pedimos que no lo llevara a la Conferencia Episcopal Española porque nos tememos que son más reaccionarios y la respuesta no sería la adecuada/ deseada. (…) 

Esperamos conseguir nuestro objetivo. Y debemos pensar en cómo y cuándo exigir lo mismo al Estado, que en definitiva era quien debió proteger a esos niños y niñas...

Entre las firmas que aparecen: Marina Geli (dra. en medicina y ex Consellera de Salut), Mar Serna (magistrada y ex consellera de Treball), Mercedes Caso Señal (magistrada Decana de los Juzgados de Barcelona), Pilar Rebaque (abogada, presidenta de la "Comissió de Dones Advocades" del Col.legi d´Advocats i Advocades de Barcelona), Gemma Calvet Barot (diputada del Parlament de Catalunya (ERC), Dr. Santiago Dexeus Trias de Bes (ginecólogo), Carmen Alcalde Garriga (periodista y escritora), Marina Subirats (catedrática Emérita de Sociología), Antonina Rodrigo (escritora. Creu de Sant Jordi Generalitat Catalunya), Susana Koska (directora de cine y escritora), José Mª Sanz, "Loquillo" (cantante), Isabel Steva Hernánd "Colita" (fotógrafa), Gemma Lienas (escritora), Laura Freixas (escritora), Eduard Carbonell Esteller (catedrático Emérito Historia Arte)… 

IMPUNIDAD

Resulta pertinente, dados los nuevos pasos de la Iglesia católica, recoger no solo la denuncia de este grupo de ciudadanos escandalizados, sino también la respuesta que recibieron por parte de la autoridad católica española. 

En un breve mail, el arzobispo de Barcelona, Juan de Omella, respondió: "Tratamos el tema a la Conferencia Episcopal Tarraconense, pero no hubo consenso para hacer una declaración en este sentido", escribieron desde el arzobispado, y así nos lo confirman. Algo más adelante añaden: "Ya hemos dicho públicamente que estos hechos nos dañan y que se pide perdón por parte de los eclesiásticos que han cometido estos abusos". 

Cabe preguntarse, por fin, si es esta la conclusión que deben recibir casos de violación, violencia y abuso como los anteriormente citados."                (Cristina Fallarás, Público, 19/02/18)

20/12/17

La pederastia y la 'memoria histórica' de la Iglesia española: “Corrompieron de la manera más sucia nuestra infancia”

"Durante años sufrió en silencio, buscando respuestas, intentando sobrevivir. Mientras tanto, su agresor disfrutaba de su destino como formador del seminario de Astorga y párroco. Un líder en su comunidad. 

A finales de los 80 F.J.L sufrió abusos durante meses por parte de José Manuel Ramos Gordon, en el seminario de La Bañeza. Unos abusos que el sacerdote, ahora jubilado tras un ‘castigo ejemplar’ de un año que no llegó a cumplir, repitió en otros lugares, con otros chicos, que también callaron. Pero F.J.L jamás perdió la memoria.

Hasta que, después de la publicación del ‘caso Romanones’ (la mayor trama de abusos a menores en la Iglesia española, cerrada en falso por la Justicia y culminada la pasada semana con la vuelta a sus funciones de los tres sacerdotes suspendidos ‘a divinis’ por Roma), F.J.L consiguió hacer llegar al Papa Francisco su historia. 

Bergoglio ordenó al obispo de Astorga, Juan Antonio Menéndez, reabrir la investigación. Se trató del primer caso de abusos a menores en la Iglesia española que fue reabierto, gracias a la tenacidad de esta víctima. 

Las otras víctimas de abusos también denunciaron y se creó un pequeño grupo que, quién sabe, quizá sea el germen de la primera asociación de víctimas de la pederastia clerical en nuestro país.





Apenas varias decenas de casos han llegado a los juzgados, apenas una docena de sacerdotes han sido condenados por pederastia en España. Sin embargo, a juzgar por las voces que empiezan a surgir, todo parece indicar la existencia de una ‘conspiración de silencio’ para lavar los trapos sucios en casa. Granada, Gaztelueta, Astorga, Córdoba, Vigo… parecen ser sólo la punta del iceberg.

Tres años después de hacer públicos los abusos sufridos, F.J.L sigue mostrando las “cicatrices para toda la vida” de los abusos de Ramos Gordon. Y lo hace “engañado” por los responsables de la diócesis, que aducen que su caso, una vez juzgado, ya no puede ser reabierto. Ahora le niegan a una indemnización que, asegura, le ofrecieron en un principio y que ascendía a 300.000 euros. 

¿Compensación a lo padecido o un nuevo pacto de silencio? “Me comunicaron actuaciones que iban a llevarse a cabo y que no se llegaron a hacer, como abrir un proceso contra aquellos que supieron y no actuaron, o un procedimiento de reparación que tampoco se realizó”, recuerda.

¿Qué ocurrió en La Bañeza? “Corrompieron continuadamente de la manera más ruin y sucia nuestra infancia, aprovechándose de unos niños que no entendían y que callaban por miedo, satisfaciendo así los instintos más bajos y rastreros de un cura depravado que abusaba de nosotros por las noches y que muy poco le importaba verte roto de dolor. 

Te acostabas e intentabas dormir a la espera de que no te tocase a ti esa noche. Jamás se me irá de la mente el asco y la repugnancia que sentía cuando él abandonaba el dormitorio”. Pese a que denunció los abusos a otros tutores, Ramos Gordon continuó dando clase e, incluso, durante el proceso canónico, siguió teniendo acceso a menores. “Eso sí que me parece imperdonable”, explica.

Como el resto de víctimas que han logrado asomarse desde las puertas de su infierno y denunciar, F.J.L asegura que lo hizo por sí mismo, pero, sobre todo, “para evitar que nuevas víctimas cayeran en manos de este depredador”. Una lección para aquellos que se empeñan en ver motivaciones espurias en las víctimas de abusos.

 Tras la implicación personal del Papa en el caso de Granada, fueron muchas las víctimas que atisbaron la esperanza de que, al fin, la Iglesia –y la Justicia civil, en aquellos casos en los que los delitos no hubieran prescrito–, les atendiera.

“Voy a seguir haciendo todo lo que esté en mi mano. No estoy solo, la unión hace la fuerza, sé que esto no va a terminar aquí. Esto solo ha sido un paso, sé que saldrán a la luz más casos de pederastia y alguien tendrá que hacer algo al respecto”, admite F.J.L, quien no obstante teme que la institución –que durante cinco años tuvo oculto su protocolo de actuación ante los abusos sexuales a menores, y que todavía hoy no ha designado a una persona de enlace entre las víctimas y la Iglesia– no dote de personal suficiente a los organismos eclesiales para que se puedan investigar todos los casos.

Sólo en Roma, cada año llegan unos 3.000, que se agolpan en cajas en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La reforma de la Curia del Papa Francisco, que pretendía dotar de un personal propio a la Comisión Antiabusos creada por Bergoglio, avanza demasiado lenta. Y muchas víctimas no aguantan el silencio.

F.J.L lo superó, y luchó por conseguir que su historia, la de todas las víctimas de abusos, fuera escuchada. La Iglesia española, que está comenzando a reaccionar, todavía tiene mucho camino por recorrer. Y mucho por reconocer en su particular ‘Memoria histórica’."            (Jesús Bastante  , eldiario.es, 09/12/17) 

16/6/16

El niño José, después de aguantar los abusos de algunos curas en el colegio San Fernando de Madrid, fue vendido por 100.000 pesetas a un hombre de León que se lo llevó de criado para su vaquería

"Los delitos prescriben pero las víctimas no. Los fantasmas de un niño que sufrió abusos sexuales en un oscuro internado vuelven muchas noches a visitar al jubilado que es ahora; hay quien no pudo nunca rehacer su vida con una relación de pareja y otros que se sienten en paz si un obispo les confirma que ningún Dios amparaba aquellas torturas.

 Fueron humanos, de carne y hueso, los que durante décadas machacaron la infancia de miles de niños recogidos en internados franquistas donde no había más ley que las palizas y el adoctrinamiento mediante el maltrato.

Los delitos que se cometieron allí no traspasaban los muros. “Eran niños desvalidos, huérfanos, hijos del pecado, de familias sin medios para sacar la prole adelante. El régimen creaba la situación de vulnerabilidad, con padres en la cárcel, fusilados, madres solteras repudiadas, pobreza… y después hacía propaganda con la protección de la infancia en aquellos centros de auxilio social donde muchos fueron torturados”, resumen los periodistas de la televisión catalana TV3 Montse Armengou y Ricard Belis, que todavía se asombran de la “ausencia de revanchismo, la capacidad para formar familias y ser amorosos con ellas y del ejercicio de generosidad de los afectados”, que han contado su historia para un documental y un libro cuando algunos no habían podido aún confiar el trauma sufrido a los más íntimos.

‘Los internados del miedo’ (Editorial Now books) recoge las penurias inconfesables de aquellos niños y delata a sus agresores, los que vestían sotana y los funcionarios que haciendo dejación de sus funciones permitieron que el delito fuera una forma de vida consagrada por Dios. 

Armegou y Belis recogen en este volumen con detalle historias que quedaron incompletas en un exitoso documental emitido el año pasado.

Como el que pone rombos a la película, los autores advierten de antemano de que las historias que se narran en el libro no recogen los terribles usos pedagógicos de la época, las palizas que a veces se daban en la propia familia. No.

 “Eran niños a los que quemaban sus partes o les ortigaban por haberse meado en la cama, o niñas obligadas a comer su propio vómito, el que le produjo una comida asquerosa. Algunos murieron de palizas, pero simplemente desaparecían del centro después de que sus compañeros hubieran presenciado como un mal golpe lo estrelló contra la pared y cayó inconsciente, o como un baño de dos horas y media en agua helada en pleno invierno casi acaba con la vida de una niña a la que sacaron de color azul del lavadero”, cuenta Armengou.

 Y sentencia sin ambages: “tortura”. Con datos médicos, el libro demuestra como alguno de aquellos chicos fueron utilizados para experimentos médicos.

 Y todo ello recaía casi siempre en los mismos, en los hijos de los represaliados políticos, en los de madres solteras, los más desprotegidos. Sin red familiar a la que aferrarse, algunos de aquellos internos tejieron amistades de sangre que perduran hoy día. Se reencuentran para tomar café y olvidar las miserias, o las recuerdan por escrito, en un ejercicio de terapia compartida, con los medios digitales de estos tiempos.

“Lea usted mi blog, ahí está todo”, dice José Sobrino, remiso a hablar en un primer momento, a recordar otra vez, en esta ocasión por teléfono, el sufrimiento de antaño. Pero después se arranca y ya no hay quien lo pare, se desborda, se desahoga, como en un ejercicio oral de venganza que, en realidad, ni pide ni quiere ejecutar.

El niño José, después de aguantar los abusos y maltratos de algunos curas en el colegio San Fernando de Madrid, fue vendido por 100.000 pesetas a un hombre de León que se lo llevó de criado para su vaquería. 

“¿Que si tengo pruebas? Pero si yo estaba en la habitación de al lado cuando don Fernando Bello negociaba con él? Me vendieron como a un esclavo a los 12 años y al poco tiempo el amo me dio una paliza que me rompió la ceja y el tabique nasal, que se me quedó así para siempre. ¿Por qué? Por nada. Me encontró en el monte, en un camino donde no le gustó que estuviera.

 Nada más. Las palizas eran constantes. Estaba tan triste, amargado y humillado que no quería vivir. Que me pegue un día un golpe mal dado y me quede en el sitio, era lo que quería. Ese Dios que dicen los católicos que hay, yo ni le he visto ni me ha escuchado”, asegura.

Aquel internado de San Fernando dependía de la Diputación de Madrid, por eso José Sobrino exige al Estado que pida perdón por todo aquello que se toleró. “La dictadura hizo bien su trabajo de represión, de adoctrinamiento y olvido. 

Es la democracia la que lo está haciendo mal”, aseguran los autores del libro. “Esto ya no es una democracia joven, no se puede esperar más a que pidan perdón, esto llegó hasta entrados los ochenta antes de que se le pusiera remedio”, insiste Belis.

 Y ambos recuerdan cómo en un documental suizo parecido que se presentó junto al suyo en un festival francés, la primera imagen era un representante estatal pidiendo perdón a todas las víctimas y reconociendo el horror al que fueron sometidas.

 Ángel Niella estuvo internado cinco años en aquel centro de San Fernando de donde vio partir un día a su amigo José. Ambos estaban hartos del cura que los colocaba en una butaca a su lado  antes de proyectar la película. “Yo hacía faenas para estar castigado para no ir a aquel cine” donde el cura tenía las manos más largas que nunca cuando se apagaba la luz, recuerda José Sobrino.


Hijo, también, de madre soltera, a Ángel le quedan recuerdos tan amargos como a su amigo.  No pudo casarse nunca. “No quise, creo que podría haber hecho mucho daño a mi pareja; cuando la he tenido, al final he acabado cortando, pero nunca contaré por qué. Tampoco he querido ir a psicólogos, no puedo ahondar en el tema”. Las pesadillas siguen visitándolo algunas noches. La edad es un factor que juega a la contra: cuantos más años se cumplen más nítida vuelve la infancia.

Él sufrió lo indecible porque mojaba la cama por las noches, así que salía a paliza diaria. Le ponían boca abajo en el colchón, con los brazos y las piernas estiradas formando una equis y le daban golpes con un palo en los testículos y en el culo. Duchas frías, el tímpano reventado de las bofetadas, días sin comer, rebuscando en la basura y viviendo de la picaresca que desarrollaban los amigos para ayudar al que más sufría.

En marzo de 1968, los periodistas José Luis Navas y Joana Biarnés hicieron un reportaje en aquel centro para el periódico Pueblo. A pesar de que la visita no era por sorpresa, no hubo forma de ocultar los maltratos y algunas fotos y varios reportajes revelaron unas formas de atender a estos niños que eran infames incluso para la brutalidad de la época.

 Todo cambió desde entonces, recuerda Ángel. Poco a poco… Pero los periodistas recibieron lo suyo. Los curas azuzaron a los muchachos contra ellos por difamar. “En el sermón nos arengaron contra ellos, y al salir ese día, era domingo y nosotros ya mayorcitos, nos liamos a pedradas contra ellos, que andaban por allí. Se tuvieron que refugiar en un edificio anexo que regentaban unas monjas. Nos tenían completamente adoctrinados”.

Como que algunas mujeres salían de aquellos internados, que se repetían por toda España, sin saber que para viajar en un autobús había que pagar, por ejemplo. “Eran analfabetos funcionales, toda la vida ingresados en esos centros”, dice Armengou. La formación para ellas fue más deficiente. A los chicos, llegada una edad, solían enseñarles algún oficio que les podía servir cuando recobraban la libertad.

Otros han vivido para contarlo. Y el hecho de hacerlo para el libro y el documental les ha proporcionado un tardío alivio que no esperaban. Contando esto he recuperado estabilidad emocional y me he quitado muchos fantasmas de encima”, se despide por teléfono José Sobrino, desde Extremadura, donde vive ahora.

El libro quedará en la mesilla de noche para recordarles cuando despierten atormentados que aquello fue real, pero que la pesadilla ya pasó. Aunque nadie haya pedido perdón todavía."               (Carmen Morán, El País, 14/06/16)

29/4/15

Las torturas a menores en los internados del franquismo


“Me quemaban el culo con velas y me restregaban ortigas por mis partes por orinarme en la cama”; “lo que le hice a este señor sé que se llama felación, pero yo entonces no tenía ni idea”; “pensé en suicidarme. 

Que un niño con 12 años piense en eso es muy duro”. Son algunos testimonios de los centenares de miles de niños y niñas que pasaron gran parte de su infancia, cuando no toda, encerrados en internados y centros de beneficencia durante el franquismo y los primeros años de la democracia. 

Allí fueron víctimas de palizas, violaciones, trabajo esclavo y vejaciones, en unos centros que el régimen utilizaba para su propaganda. Unas dramáticas experiencias vitales que quedaron sepultadas por el silencio y que recoge el documental Los internados del miedo, realizado por dos de los periodistas que más han documentado la barbarie de la dictadura en España, Montse Armengou y Ricard Belis, y que este martes estrena el programa Sense Ficció de TV3.

Los testimonios que han podido recabar destacan por su crueldad y evidencian la impunidad con la que órdenes eclesiásticas que cobraban por cada niño que acogían, e incluso funcionarios del Estado, actuaban contra unos menores que no tenían manera de defenderse ni denunciar.

 “Me llevaron a Sant Boi. A veces yo le contestaba a la monja y me castigaban con electrochoques, pero no porque estuviera loca, sino como castigo”, relata en la cinta Julia Ferrer, sobre su experiencia en la Casa de la Caridad de Barcelona. “Venía el sacerdote con la mano bajo la sotana, tocándote y tocándose él, teniendo un orgasmo.

 Y a este mismo señor al día siguiente lo veías dando misa a las 8 de la mañana. Mi creencia en Dios quedó trastocada”, explica Joan Sisa, que pasó varios años en las instalaciones Llars Mundet de la capital catalana, un internado inaugurado por Franco para acoger a niños procedentes de familias desestructuradas.

 Algunos de los afectados dan fe de la explotación laboral a la que fueron sometidos. “Yo fui vendido. Me sacaron del colegio y me llevaron a León a cuidar ganado a los montes completamente solo, con 13 años”, cuenta José Sobrino, uno de los afectados. “Nos hacían lavar de la mañana a la noche con sosa. Me quedaron las manos llenas de agujeros, con sangre y pus. En el colegio éramos esclavas”, afirma Isabel Perales sobre sus años en el centro religioso Ángeles Custodios de Bilbao.

 Otros testimonios relatan palizas cotidianas y vejaciones delante de los demás niños. “Un aspecto en el que hemos incidido bastante es en que no se trataba de castigos que se estilaban en la época, como podía ser pegar con una regla en la mano en la escuela, sino que rayan la tortura: los apaleaban de forma cruel, los humillaban en público, de manera que les han quedado secuelas terroríficas o les daban una comida infecta y si vomitaban les obligaban a comérselo, con el discurso aquél de ‘con el dinero que nos costáis y lo que hacemos por vosotros’”, expone Armengou.

 “Estamos hablando de mucha maldad, de mucho desprecio. Y un impacto muy fuerte para nosotros ha sido comprobar que este tipo de abusos tuvieron su auge en los 60 y 70, pero también se produjeron a principios de los 80. Con la amnistía del 77 mucha gente salió a la calle, pero en cambio estos niños continuaron encerrados en una especie de cárceles”, apunta. (...)

A pesar de no ser un fenómeno que sucediera en todos los internados, colegios religiosos, orfanatos, preventorios antituberculosos o centros de Auxilio Social, los casos de abusos físicos, psíquicos, sexuales, de explotación laboral y prácticas médicas dudosas ocurrieron en multitud de ellos.(...)

 Al contrario de lo que sucedió en Irlanda, donde tanto el Estado como la Iglesia han condenado los casos de abusos a menores, en España el Estado ni siquiera ha escuchado a las víctimas. 

 Es mediante trabajos como éste que, por primera vez, sienten que alguien se interesa por ellos y se atreven a desvelar sus traumas. Armengou destaca el cariño que reciben por ese trabajo: “Una vez más nos hemos encontrado unas muestras de agradecimiento brutales por parte de la gente. 

Con todas las dificultades continuamos haciendo una apuesta por estos temas, pero es increíble que tengamos que seguir haciendo de bomberos, de UVI y de primeros auxilios sobre la verdad y la reparación en este país. A nivel profesional es muy enriquecedor. Pero como ciudadana es una vergüenza”.                  ( , La Marea, 27/04/2015)

1/7/13

"Vi cómo un cura notoriamente pederasta no era expulsado, sino destinado a trabajar con los alumnos gratuitos"

"(...) el catedrático sevillano de Historia del Derecho Bartolomé Clavero, hijo de un destacado jerarca del franquismo, que acaba de publicar 'El árbol y la raíz. Memoria histórica familiar', un libro profundamente autocrítico donde airea sus demonios familiares sin complejos. 

El autor realiza un análisis íntimo e introspectivo sobre su experiencia vital personal como miembro de una familia de la casta privilegiada del franquismo, ya que su padre fue gobernador civil en la postguerra de Tenerife y de Segovia y acabó siendo notario del pueblo sevillano de Cazalla de la Sierra.(...)

Bartolomé Clavero arremete contra el negacionismo y la contramemoria de la casta franquista, contra los profesores fascistas de la Universidad de Sevilla donde se educó, contra los alcaldes corruptos que se enriquecieron, contra los curas golpistas provocadores sin olvidar a algunos pederastas, contra los chaqueteros pseudodemócratas y contra alguno de sus hermanos al que pone como ejemplo de "desmemoria histórica". Y lo dice abiertamente, con nombres y apellidos, en lo que él mismo considera un "descargo de conciencia".

"¿Ha de respetarse, por presunción irrefutable de inocencia, a quienes seguimos patrimonialmente beneficiándonos de aquella sangre y de aquel dolor?". Clavero se hace esa pregunta en el libro y anota una reflexión: "Hablo desde las perspectiva de los descendientes de vencedores, de quienes tenemos contraídas responsabilidades aunque no tengamos personalmente responsabilidad. Las hemos heredado con el patrimonio".  (...)

Uno de los privilegios inherentes a la cuna franquista era ser alumno de pago del colegio sevillano de Portacoeli: "Los Jesuitas parecían menos fascistas, pero el ambiente franquista era palpable. Allí vi al primer cura que se presentó voluntario a Queipo para confesar a los condenados después de que otra orden religiosa se retirara al constatar en las confesiones que la gente no entendía por qué los iban a fusilar y vi cómo un cura notoriamente pederasta no era expulsado, sino destinado a trabajar con los alumnos gratuitos".  (...)

Y añade sin limitarse a la responsabilidad pública: "Alemania es un ejemplo donde empresas privadas que colaboraron con Hitler tuvieron que indemnizar a las víctimas del nazismo".

La responsabilidad civil del expolio de la dictadura franquista se saldó en la Transición de manera restringida a algunas organizaciones políticas y sindicales históricas. "Se negoció una compensación muy por debajo del valor de los bienes incautados, pero no hubo una devolución por la vía de la justicia. Pero el gran expolio no fue sólo a estas organizaciones, sino también a personas, a familias y a fundaciones privadas".  

Este jurista, que es el único representante español en el Foro de la ONU sobre asuntos indígenas, arremete contra la justicia española por "practicar una prevaricación sistemática" bajo el argumento de la prescripción de los delitos y de que los hijos de quienes recibieron los bienes son ahora titulares de buena fe. "No se pueden esgrimir tales argumentos cuando no ha habido una situación normal de acceso a la justicia para que pudieran reclamar las víctimas sus derechos".

 En este punto, Bartolomé Clavero retoma su descargo de conciencia con una interpretación generosa y poco común: "Por eso los que hemos heredado patrimonios y nos hemos beneficiado de la posición familiar resultante de la dictadura franquista no debemos estar exentos de esas responsabilidades".

 Pese a la lógica de sus argumentos, el profesor Clavero no cree que llegue el día en que los herederos de los beneficiarios franquistas de los bienes injustamente expropiados y confiscados tengan que devolver algún día las casas o las fincas a los herederos de sus legítimos y originarios propietarios.

 Y pone como ejemplo la actuación de la justicia en defensa del honor y la honorabilidad de "los delatores y de los que prestaron testimonios falsarios que dieron pie a fusilamientos". "La justicia ha dado la razón a sus hijos en la defensa de un derecho indefendible", sostiene este catedrático de Historia del Derecho, al tiempo que critica que "haya condenado a investigadores solventes y haya ordenado la destrucción de obras como una página de Internet con muchos datos, todo ello en defensa de ese llamado honor de quienes fueron como mínimo ladrones y como máximo asesinos".

 Bartolomé Clavero no pasa por alto en su libro "la estratigrafía peculiar que creó el franquismo" en Sevilla, donde más bien cabría hablar de queipismo dada la fuerte impronta del general también conocido como 'virrey de Andalucía'.

 La Basílica de la Macarena -donde reposan sus restos-, las cofradías y las iglesias de San Gonzalo -por él- y de Santa Genoveva -por su esposa-, las cofradías de postguerra llamadas de la Paz y la Victoria, o la reciente retirada del nombre de Pilar Bardem a una calle para sustituirla por el de Nuestra Señora de las Mercedes -por la madre del general- hacen de Sevilla una ciudad que no acaba de desprenderse de la memoria del general golpista que traicionó a la República Gonzalo Queipo de Llano.

 Por si fuera poco, el profesor Clavero añade un dato significativo más: la muy reciente rotulación de una nueva y céntrica calle con el nombre de Jesús de la Victoria. "Este nombre fue un invento de Queipo de Llano para celebrar la victoria fascista, pero también ocurre que estamos en tal momento de desmemoria que no tengo constancia de que la oposición municipal de izquierdas haya puesto el grito en el cielo porque se le ponga una calle a la victoria franquista a estas alturas del año 2013", concluye."             (Público, 29/06/2013) 

14/5/09

Pederastia y abuso sexual en los hospicios de la España franquista

"Estremece pensar en aquel país lleno de niños perdidos o abandonados, de hospicios del Auxilio Social o seminarios donde iban a verlos, a tasarlos, a llevárselos... La beneficencia franquista era, en realidad, parte del aparato represor de la dictadura, y en los internados trataban a las criaturas con métodos castrenses.

 Uxenu Ablana, que tiene ya más de setenta años, vive en Santiago de Compostela y pertenece a la Asociación de la Guerra y el Exilio, tiene también una historia tremenda a sus espaldas, en la que asoma otra de las esquinas del infierno, la del abuso sexual. (...)

Uxenu perdió a su madre al empezar la guerra, pero hasta hoy no sabe lo que le ocurrió, ni ha podido averiguar dónde está enterrada. Durante años le dijeron que había muerto a causa de un aborto, pero vecinos de Pravia, que era donde vivían, le contaron otra historia: los sublevados la habían detenido y torturado para que contara dónde estaba su padre, y había muerto mientras la azotaban salvajemente. 

El padre, al que condenaron a 30 años de prisión, pasó ocho en la cárcel, y cuando salió no quiso hablar jamás del tema a su hijo. A Uxenu (que sostiene que en realidad a él lo mataron en 1936 y aplaude el verso con el que Ángel González define la posguerra: "Quien no pudo morir, continuó andando") lo internaron en centros del Auxilio Social desde los seis hasta los dieciséis.

 En ellos dice haber sufrido maltrato. "A todos nos pegaban, y a mí, que era algo rebelde, más. En el orfanato de Pravia llegaban a castigarnos sin cenar una semana entera, y en otro de Avilés, el ayuno llegaba hasta los 15 días: imagínate, con el hambre que ya pasábamos. 

Otras veces nos encerraban en un armario diminuto que había en el hueco de la escalera, y allí tenías que limpiar los zapatos de todos. Nuestra educación era casi inexistente, poco más allá de las cuatro reglas matemáticas, porque todo el tiempo lo gastaban en obligarnos a aprender himnos falangistas y doctrina católica. 

Además, algunos sacerdotes abusaban de los niños. Uno de ellos solía dejarme una bicicleta y me mandaba a hacer recados. Al volver, me decía: 'Niño, quítate los pantalones y mete los pies en esta palangana de agua caliente, que te los voy a lavar como a Jesucristo'. 

Pero las manos del cura empezaban pronto a subir por las piernas y a acariciarme el sexo. Un día me desperté en la noche y lo encontré en mi cama, tumbado a mi lado, desnudo y con una gran erección, acariciándome. Mi caso no era una excepción. 

Otros curas iban a buscar a los niños al hospicio, supuestamente para dar un paseo por el campo y que respirasen aire puro, y cuando estaban apartados les ofrecían dinero por dejarse masturbar, con lo cual, decían, les sacaban el diablo de dentro. A mí, una tarde, dos me llegaron a ofrecer 100 pesetas, que era una fortuna. 

No lo lograron, pero sí meterme por la fuerza a monaguillo". Una noche en que llevaba ya cuatro o cinco días sin probar bocado, una monja despertó a Uxenu para aumentar el castigo cortándole el pelo al cero, "y yo, harto de golpes y suplicios, le di un empujón, salté por una ventana y me escapé de aquel infierno. 

Fui andando hasta Oviedo, donde estaba mi padre, y al ver que nadie iba a reclamarme, me quedé allí, trabajé en un taller y me hice viajante, como él". (El País Semanal, 03/05/2009, p. 54/5)