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4/5/21

La ficción sobre ETA no es una moda. Responde a la necesidad de elaborar los traumas para seguir viviendo... Aún recuerdo la cara de desorientación de mi padre el día que se despidió de su escolta: había olvidado cómo había que girar el volante para aparcar el coche y ya no recordaba cómo se sacaba el tique del parquímetro...

 "A finales de 2015 publiqué El comensal, una novela sobre mi abuelo, Javier Ybarra, que fue secuestrado y asesinado por ETA en 1977, y sobre mi madre, que murió de cáncer en 2011. 

Cuando terminé el libro creí que ya no volvería a tocar más el tema del terrorismo, pero no ha sido así, porque cada vez que me siento a trabajar delante del ordenador aparece un encapuchado apuntándome con una metralleta desde la pantalla. Seguir escribiendo es la única estrategia que se me ocurre para que desaparezca.

La promoción de El comensal me dejó exhausta: tuve dos ataques de pánico y estuve a punto de vomitar de los nervios en varias entrevistas. Nunca antes había hablado en público ni sobre el asesinato de mi abuelo ni sobre las amenazas que recibió mi padre durante décadas. Romper el tabú me dio vértigo. El primer ataque de pánico lo tuve delante de mi padre poco después de que se leyera el libro. El segundo un día que estaba sola en casa cocinando. Antes de empezar a escribir nunca había tenido ansiedad.

En 2016 dediqué casi todo el año a promocionar el libro. Engordé seis kilos. En primavera me casé con un traje que me quedaba justo. A finales de 2017 tuve un hijo: Santiago. Santiago me pareció el mejor refugio para huir de las discusiones sobre la batalla por el relato, pero mientras sostenía al bebé en brazos, mi infancia en la Euskadi de los ochenta y de los noventa volvió a mí como un ovillo enorme que debía desenmarañar.

He aprendido mucho sobre la relación entre lenguaje y violencia observando a mi hijo. Lo primero que descubrí fue que la violencia surge cuando no hay palabras: los niños pequeños pegan porque aún no dominan el lenguaje que les permite expresar lo que les pasa. Luego descubrí la relación entre lenguaje y movimiento: los niños necesitan moverse porque es a través del contacto con otras personas y con el entorno en donde aprenden los nombres de las cosas. La maestra de Santi me resumió las fases de este proceso en la frase: “Caminar, hablar, pensar”. Aprender a moverse y a expresarse es lo más importante que tiene que hacer un niño durante sus seis primeros años de vida para que más adelante pueda pensar y relacionarse mejor.

A finales de 2011, después de que ETA anunciara el cese definitivo de su actividad armada, todos los vascos empezamos a poder hablar y movernos con mayor libertad.

Muchos ciudadanos salieron por primera vez a la calle sin miedo a que les pegaran un tiro. En contra de lo que pueda parecer, no es fácil volver a ser libre. Aún recuerdo la cara de desorientación de mi padre el día que se despidió de su escolta: había olvidado cómo había que girar el volante para aparcar el coche y ya no recordaba cómo se sacaba el tique del parquímetro.

Los bebés no reconocen en dónde empiezan y en dónde terminan las palabras. Una de las primeras conquistas del lenguaje es comprender que las palabras son grupos de sonidos independientes. Durante mi proceso de escritura he aprendido a transformar en palabras el zumbido que se escuchaba de fondo en mi familia. He nombrado el dolor que sentía en frases cortas y secas. Poco a poco soy capaz de construir frases más largas.

Para la elaboración de este artículo me pedían que hablara sobre el actual boom de la ficción sobre ETA. ¿Crees que es una moda?, me preguntaron. Podría parecerlo, pero no lo es, no es moda, es supervivencia.

Este auge de historias responde a la necesidad que tenemos de elaborar nuestros traumas para seguir viviendo. Por eso celebro cualquier obra que aborde con honestidad el “conflicto vasco”, aunque no todas las historias me interesan y no siempre estoy de acuerdo con lo que me quieren contar. Las celebro porque estoy convencida de que la palabra es lo contrario de la violencia y creo que, cuantas más historias surjan, más probabilidades tendremos de reconocernos los unos a los otros y de convivir en paz.

Yo, por ejemplo, nunca hubiera tenido la oportunidad de conocer un testimonio de una víctima de torturas policiales de no haber leído el excelente —y, aunque parezca increíble, divertido— libro Intxaurrondo, la sombra del nogal de Ion Arretxe. En mi día a día no tengo posibilidad de conocer a personas que hayan podido padecer algo así.

Los libros, a su manera, también son movimiento. Otras historias que me han hecho crecer son El ángulo ciego de Luisa Etxenike, que me ha ayudado a entender mejor el dolor de mi familia, y el documental Mudar la piel de Ana Schulz y Cristóbal Fernández, que me ha hecho reflexionar sobre la intimidad y la amistad.

Las historias que más me ayudan a reconciliarme con mi pasado son las que aportan una visión personal, las que no tienen intención de convencer de nada a nadie."                    (Gabriela Ybarra es escritora. El País, 25/12/20)

6/4/21

Un comando del IRA irlandés saca de su casa a Jean McConville, una viuda de 38 años, pobre como las ratas que, sola y abandonada, tira como puede de sus diez hijos. La meten en un coche y le descerrajan un tiro en la nuca

 "Una noche de diciembre de 1972 un comando del IRA irlandés saca de su casa a Jean McConville, una viuda de 38 años, pobre como las ratas que, sola y abandonada, tira como puede de sus diez hijos. La meten en un coche y cruzan la frontera entre las dos Irlandas. En un lugar boscoso le descerrajan un tiro en la nuca. No hay palabras, ni siquiera la sentencia. Confidente.

 Ahora, muchos años más tarde, un periodista norteamericano nacido en Boston, de ascendencia irlandesa, Patrick Radden Keefe, ha construido un libro impecable recién aparecido en castellano, 'No digas nada'. A partir del asesinato de una mujer que pasó por la vida casi como una sombra se ilumina una serie de mundos concéntricos, a veces paralelos, donde está el IRA, los servicios británicos, la guerra entre católicos y protestantes y las trayectorias de un movimiento terrorista que se convierte en partido, y unos políticos interesados en que las dudas sobrevivan a sus propias biografías.

Un texto que va más allá de una novela, ahora que entre nosotros los novelistas aspiran a ser reporteros, y que contiene toda la realidad que puede asumir un texto sin convertirse en una fábula. Un ejercicio del mejor periodismo, el que se fue hace años y amenaza con tenernos abandonados durante estas décadas funestas de equilibrios sobre la cuerda floja, donde se evalúa si falta esto o si lo demás está de más; si la proporción de crímenes del Estado está equilibrada con los terroristas, o si fueron antes los dolores o las heridas. Por el impresionante libro de Radden Keefe pasan todos, víctimas y verdugos, y los verdugos que acaban en víctimas y las víctimas con vileza de verdugos.

 Desde el líder Gerry Adams, promotor del asesinato de la viuda y que ahora no sólo niega su participación en los hechos sino incluso hasta que militara en el IRA, pasando por la complacencia silente de los servicios británicos, Ejército incluido, orientador en ocasiones de los atentados y la infiltración en la cúpula de la organización terrorista. El principal ejecutor de asesinatos, Pat McClure, no era más que un informador que acabaría sus días de funcionario carcelero en una prisión de alta seguridad de los EEUU.

 A diferencia de las malas novelas, que están plagadas de sentimientos, de culpas y de ominosas venganzas vecinales, en 'No digas nada' todo está cubierto por los hechos y las, en ocasiones sinceras y en otras equívocas, declaraciones de los supervivientes. No hay trampa ni cartón. Es el terrorismo en su auténtico retrato, donde hay gente para quien matar es un acto de liberación y gente que se encuentra metida en una guerra de la que no es posible salir si no es con los pies por delante o llevándose la vida de quien ni conoce, ni sabe, ni le interesa. Siempre hay una razón para cubrir una vergüenza, no digamos ya un crimen, y somos poco audaces para reconocer que hay quien lo lleva en la sangre, que su ADN está marcado por algo que le incita a la violencia y que la justificación viene luego. Siempre es posible encontrar una, y siempre hay alguien dispuesto a ayudarte a encontrarla porque le falta el valor para ejecutarla él mismo.

Desconozco la actual situación en Irlanda del Norte, no soy tertuliano, pero me temo que muchas heridas seguirán abiertas y muchas huellas vacías de sentido a la espera de que alguien que no sea el tiempo las vaya llenando. La ausencia de actividad terrorista no significa la paz porque eso no se da ni siquiera en las guerras convencionales donde existen vencedores y vencidos. Fíjense si la hipocresía no enmascara nuestras opiniones que para ilustrarlo siempre apelo al mismo ejemplo. En 1961 se estrenó en todo el mundo un filme excepcional de Stanley Kramer, donde actores como Spencer Tracy, Burt Lancaster o Montgomery Clift hacían interpretaciones que aún conmueven mi recuerdo. La película se llamaba 'Tribunal de Nuremberg' y así es conocida en la historia del cine. Menos en España, donde se le mudó el título y la censura puso “¿Vencedores o vencidos?”. En ese cambio hay una transmutación de valores e incluso algo mucho más sencillo: el régimen quería mostrar que aquella era la versión de los vencedores y ellos aún no habían sido vencidos; ni en la realidad ni en su memoria. El Tribunal de Nuremberg y los crímenes del nazismo no habían cruzado nuestra frontera invicta.

'No digas nada' nos obliga a mirarnos, quizá por eso ha tenido tan escaso eco entre nosotros. Lo nuestro, lo que toca, es la bazofia de última hora, a ser posible novela negra, tirando a gris de actualidad periodística. ¡Qué quedará de tanta mierda para seriales! No hace falta ejercer de Jeremías para detectar que estos no son buenos tiempos para el periodismo, ni para la épica, no digamos ya para la estética. No lo hemos hecho bien, ni supimos hacerlo de otra manera. Tampoco es razón para que nos maten en los geriátricos. ¿Qué culpa tienen tantos viejos que ni siquiera escribían para que paguen las culpas de nuestros errores?

 Es lógico que en la cucaña en que se han convertido los medios audiovisuales la máxima aspiración de nuevas generaciones, aseguran los expertos, esté en aparecer en una televisión, aunque sea anunciando compresas. Es lo que hay: un pantano de aspirantes y un reducto para intrigantes de barricada. Por eso algo parecido, sólo parecido, a 'No digas nada' sería casi imposible en nuestro panorama mediático y editorial. ¿Cómo desapareció “Pertur”?, una pregunta tan obvia sería hoy como un examen de grado. ¿Quién fue Moreno Bergaretxe “Pertur”? ¿Cómo le mataron? ¿Quiénes? La historia de ETA que llega y sobrepasa la Transición está en su figura, en su desaparición en el verano de 1976 en Hendaya tras una discusión con otros dos dirigentes de ETA. Una disidencia y un cadáver que nunca apareció, pero cuyos verdugos, o secuestradores, o cómplices, aún viven.

Siento envidia, de la buena, porque la envidia es como el colesterol, que lo hay bueno que sirve para esforzarse y lo hay letal porque achica la conciencia. Y eso me sucede con 'No digas nada'; quizá en España no nos dejarían ni intentarlo. Ocurre como con los reconocimientos. Me engolosino cuando leo los agradecimientos, las colaboraciones, las ayudas. Aquí un libro así serviría de diana para el tiro al blanco. El día que alguien lo logre será señal de que el periodismo, tras casi un siglo de mediocridad y servidumbre, vuelve a ser un instrumento que ayuda a pensar."                (Gregorio Morán, Vox Populi, 27/03/21)

3/1/20

Los jóvenes deben saber que ETA asesinó por pensar diferente y que el franquismo hizo lo mismo

"Durante la presentación de uno de mis libros hace pocos días, un hombre citó una encuesta de 2017 sobre el conocimiento que los jóvenes universitarios vascos tenían de ETA. Más del 50% no sabía quién fue Miguel Ángel Blanco. 

Lo comentaba entre la indignación y la perplejidad, una postura que comparto. Estos días, leyendo el ensayo colectivo Construyendo memorias entre generaciones: Tender puentes, buscar verdades, reclamar justicia (Postmetrópolis 2019), pensé que esa indignación no es tan común o tan compartida cuando hablamos de la ignorancia de nuestros jóvenes y no tan jóvenes respecto a la represión franquista. 

Este volumen, editado por la abogada Ana Messuti y en el que contribuyen seis investigadores nacidos en los años ochenta, es una interesante reflexión sobre cómo las generaciones más jóvenes se enfrentan al conocimiento de la historia de la represión a través de su trabajo de investigación y su activismo en iniciativas pro-derechos humanos como la querella argentina o la exhumación de las víctimas del franquismo en fosas comunes.

Marina Montoto Ugarte (1988), doctora en Antropología y Sociología y autodenominada milenial, reflexiona sobre cómo su investigación supuso un aprendizaje democrático y ciudadano y la ayudó a “conocer un pasado no trasmitido a las nuevas generaciones, sentir[se] interpelada como ciudadana española y a repensar las relaciones entre democracia, ciudadanía y memoria”. 

Su reflexión sobre memoria y democracia enmarca la de sus compañeros/as de volumen. No hay que tener un familiar en una cuneta ni haber heredado directamente el trauma de la represión para darse cuenta de que algo ha fallado en estos 40 años de democracia. Sólo este dato es suficiente: somos el segundo país del mundo con más desapariciones forzadas, después de Camboya.

Comparemos esta actitud con la de los políticos de derechas que tampoco vivieron el pasado traumático. Para ellos las preocupaciones de personas como Montoto Ugarte son “historietas de abuelos” o de “carcas de izquierda”. “Las fosas de no sé quién” son los más de 100.000 muertos, las 2.400 fosas sin exhumar y los familiares que reclaman sus cuerpos. No es que desconozcan la historia o no tengan memoria sino que, como aclara María Laura Martín-Chiappe, las derechas y sus votantes “se sienten representados por la historia oficial: esa es su memoria. Una memoria que aparece reflejada en los libros de texto, en las grandes narrativas, en el imaginario social”.

Construyendo memorias establece el vacío de conocimiento histórico heredado por la generación de sus autores/as: la historia de la represión no se estudia en los colegios porque no se llega a esa parte del temario o se enseña a través del tópico de “las dos Españas fratricidas” que obvia la represión de la dictadura posterior. Tampoco la memoria se ha transmitido fuera del ámbito privado porque, dice Manuela Bergerot Uncal, “el derecho cívico a la memoria en España ha sido reducido al ámbito de lo íntimo, de lo privado, eximiendo al Estado de cualquier responsabilidad” y, por tanto, no ha formado parte del debate público sobre nuestro pasado.

Ojalá hubiera muchas voces como las que se recogen en este volumen. Porque sí, los jóvenes deben saber quién fue Miguel Ángel Blanco y que ETA asesinó por pensar diferente. Igualmente, deben saber que la dictadura franquista hizo exactamente lo mismo durante 40 años largos, hasta sus últimos días, incluyendo en ese final los grupos de ultraderecha asesinos que operaron en la Transición."                     (Edurne Portela , El País, 29/12/19)

15/10/19

Edurne Portela: «La reconciliación y el perdón no siempre son éticos para la víctima»

 "La escritora debuta en la novela con Mejor la ausencia (Galaxia Gutenberg), la crónica de una época y una reflexión sobre las consecuencias de la violencia cotidiana.

Hace unos meses Edurne Portela (Santurce, 1974) participó junto al también escritor José Ovejero en el rodaje de un documental titulado Vida y ficción que inquiría a varios escritores españoles por los motivos de su dedicación a la escritura. Cuestionada sobre esto, la autora se retrotrae a su época de docente en Estados Unidos para recordar que «para mí la escritura desde siempre ha sido una forma de conocimiento. Si tenía que interpretar cualquier tema tenía que hacerlo a través de la escritura, y al escribir descubría un montón de cosas a través de la reflexión«. 

Pero fue con su anterior obra, el ensayo El eco de los disparos cuando advirtió que «había otro tipo de escritura que también me ayudaba a entender, todo lo que en ese libro había también de memoria, los relatos autobiográficos que incluí, me abrían la puerta a seguir indagando, pero lejos de la rigidez del ensayo académico». 

Y desde ahí ha dado el salto a la novela con la publicación de Mejor la ausencia (Galaxia Gutenberg), la crónica de una época y una reflexión sobre las consecuencias de la violencia cotidiana narrada desde los ojos de Amaia, una niña que se convierte en mujer en un pueblo de la margen izquierda del Nervión durante los años 80 y 90, donde todo es heroína, paro, detritus medioambiental, pelotas de goma y consignas asesinas, y donde la violencia no es sólo un problema personal.

Pregunta.- ¿Por qué el salto del ensayo a la novela, que aporta frente al ensayo esa exploración humana a la hora de comprender?  
Respuesta.- A mí lo que me ha aportado es la entrada a todo un mundo intuido de afectos, de intento de comprensión del mundo, del dolor propio y ajeno; al que a través del ensayo es imposible acceder. La ficción te da una forma de elaboración imaginativa con claves sobre cuestiones íntimas del comportamiento humano que no da el ensayo. La novela te puede ayudar a entrar en sintonía con ese mundo que se intenta reflejar, conecta con zonas de la intimidad o con momentos clave del lector; pero a la vez también conecta con la parte intelectual porque despierta una avidez de conocimiento. Es muy completa en ese sentido.

P.- ¿Cuánto es realidad y ficción, cuánto hay de Edurne en Amaia y en la novela?  
R.- Es una novela muy dura, así que me alegro de decir que casi nada. Lo que son los hechos que se narran, el sustrato biográfico de los personajes es pura ficción. Yo no he tenido esta vida y menos mal. Pero sí es cierto que todos los escritores dejamos algo de nosotros mismos no solo en un personaje, sino en todos, porque son seres que nacen de tu imaginación y experiencia. Entonces algunas cosas sí, muchas situaciones, pero esta no es mi vida. Aunque toda la cuestión del contexto social, sí son cosas que he vivido.
P.- Amaia vive desde la infancia rodeada de violencia de diversos grados, ¿cómo le afecta eso, en qué es distinta?

 R.- Hay que tener en cuenta que la novela está construida desde la voz de Amaia, desde sus vivencias infantiles y adolescentes, y en su relato queda patente cómo puede afectar todo eso. De niña tiene mucha ternura y sensibilidad, es muy curiosa y lista, y según va creciendo vemos cómo esa violencia que sufre dentro y fuera de la familia la va endureciendo y la transforma en una persona que necesita desarrollar una serie de estrategias buenas, malas o tremendas, para asentarse y afirmarse como un ser que sobrevive a todas esas experiencias. Su evolución está muy marcada por su contexto, podría haber sido otra Amaia.

P.- Toca superficialmente, en el sentido de que es desde los ojos de una niña, temas como la droga o el terrorismo, que allí eran el pan de cada día.  
R.- Todo está visto desde los ojos de Amaia, y en esas edades asistimos a su perplejidad de no entender lo que está pasando pero intuir que en muchos casos son cosas terribles. En realidad la novela solamente da pinceladas de esos mundos porque es lo que ella es capaz de ver y de procesar, sea en pensamiento o en diálogo. Es una novela con muchos silencios, muchas elipsis, no quiere explicar nada, que en muchos casos se da por sobreentendido pero está ahí.

P.- La novela muestra también la imposibilidad de mantener una asepsia total frente a muchos de estos temas, ¿aunque sea levemente hay que ir posicionándose?  
R.- Todos los personajes de la novela se mueven frente a este plano inclinado de una violencia brutal, y cada uno elabora unas estrategias diferentes. Porque claro, hay una violencia de la que puedes mantenerte más o menos distante, la violencia de ETA y su entorno, pero hay otras de las que no se puede escapar, que de alguna manera hay que asumir, enfrentar o huir de ellas, como la que está dentro de la familia.

P.- Apunta el tema de la huida, que llevan a cabo varios personajes, ¿es finalmente la única salida?  
R.- En el caso de Amaia hay una ida y un regreso, pero hay otros que sí, que se van y no vuelven. Su huída está interpretada desde su punto de vista, no podemos olvidar que siempre es su visión, muy diferente de la de otros personajes. El lector se puede preguntar hasta qué punto su subjetividad es real o está afectada por lo que ha sufrido. El mundo que ella ve es tan asfixiante que hay un momento en su vida cuya única solución es escapar. Ha llegado a un punto de no retorno, a un límite que ya no puede afrontar. Pero es cierto que, en general, hay una fuerza centrípeta, y son personajes profundamente humanos e incapaces de afrontar muchas veces las responsabilidades y ese mundo tan hostil para ellos.

P.- ¿Qué opina del fenómeno Patria? ¿A raíz de ese libro ya está normalizado hablar de ciertos temas difíciles en el País Vasco?

R.- Yo diferenciaría entre normalizado y posible. Normalizado no está, porque todavía hay muchas heridas abiertas y mucho trabajo por hacer en términos de asunción de responsabilidades y de duelo colectivo. La normalización llegará cuando hayamos hecho un trabajo hacia la convivencia, que debe hacerse dentro y fuera de Euskadi, está toda la cuestión de los presos, un tema difícil pero que sigue ahí. Todavía hay que reconocer muchas cosas, por ejemplo si hablas del GAL o de la tortura ya te llaman proetarra, cuando esto ha sido una violación del Estado de Derecho. Y hay un montón de crímenes de ETA que no se han resuelto todavía y cuyas víctimas siguen pidiendo investigación. Todavía estamos en un berenjenal considerable y creo que individualmente y como sociedad necesitamos hacer mucha autocrítica.

Por otro lado está la cuestión de qué se puede hacer ahora. Claro que se puede hacer mucho más que hace unos años, porque ya no hay una amenaza directa, no hay guardaespaldas. Ahora es mucho más fácil hablar de ello y además creo que tenemos otra conciencia que nos impulsa a mirar hacia dentro y hacia el pasado y asumir que es necesario afrontarlo. Patria se va a quedar ahí como un hito insuperable, pero creo que su éxito radica en que hay una necesidad de hablar de estos temas por parte de mucha gente que hemos alcanzado una madurez intelectual o creativa. Diferentes generaciones con una visión distinta. Bienvenidas todas.

P.- Sin embargo a la vez defiende que la literatura no debería ser un mecanismo de lucha contra el terrorismo, ¿por qué?  
R.- No, porque no concibo la literatura así. En El eco de los disparos ya defiendo que la literatura puede contribuir a crear un poso de empatía, de reconocimiento, puede crear una sociedad mucho más autocrítica y responsable de su participación en la historia. Aunque creo que estoy siendo muy ingenua, pienso que la novela, el cine o el arte pueden contribuir a cambiar el imaginario colectivo, pero lo que no pueden es acabar con una banda terrorista.

P.- Dentro del contexto que comenta de otro clima social, ¿todavía existen tabúes en el País Vasco? ¿Cuándo dejará de haberlos?  
R.- Hay un hecho que a mí me pareció un paso importantísimo en esto de la convivencia que fue el reconocimiento público que hizo el alcalde de Rentería Julen Mendoza (del partido EH Bildu) sobre las víctimas de ETA, en el que les pidió perdón por si en algún momento él o el ayuntamiento no habían apoyado lo suficiente o habían ahondado en su dolor. Me pareció un acto muy importante, porque nadie se espera esto en un pueblo como Rentería, con una historia tan sangrienta. Si en todos los pueblos del País Vasco hiciéramos esto se adelantaría muchísimo y se derribarían este tipo de tabúes que en algunos casos sí perviven. Pero que yo sepa, en otros pueblos están haciendo homenajes a los etarras, y ahí está el problema.

 P.- En el caso de Euskadi se habla, en cierto sentido, de perdonar y olvidar para seguir hacia delante, pero vemos que Amaia, no es muy capaz de ninguna de las dos cosas, ¿ocurre así en la sociedad vasca?  
R.- La novela no solo habla del conflicto vasco claro, habla también de la violencia del padre en el seno de la familia. Hay reconciliaciones y perdones que no son deseables y hay otros que sí se dan en la novela. Algunas de las violencias que ha vivido Amaia no sé si se pueden perdonar. No siempre la reconciliación ni el perdón son éticos ni sanos para la víctima. Es cierto que hay que potenciar la reconciliación, pero antes hay que cumplir unos requisitos."                   

21/9/16

“Pero hay gente con la que mantenía distancia y la seguiré manteniendo. Aquello fue demasiado vil y canalla como para olvidarlo”

"(...) Ahora, cinco años después del fin de ETA, aquellos estereotipos que eran la base de la comicidad se están alterando. “Se ha terminado la cataloguización permanente de lo rutinario. Antes era una exageración, cualquier decisión cotidiana estaba politizada: una carrera deportiva, la ropa, si decías egun on, el periódico que leías.... 

Cuando hemos visto que era una chorrada monumental, se ha diluido todo”, opina Borja Cobeaga, donostiarra de 39 años, uno de los creadores de Vaya semanita y coguionista de Ocho apellidos vascos.

 “Los grupos ahora están totalmente mezclados, antes eran mundos incomunicados. Las cosas se han relajado una barbaridad. Quizá a nivel institucional, político, o en algunas familias, no tanto, pero en la capa superficial de la sociedad se nota mucho”.

Las barreras eran también físicas, geográficas. Había calles, zonas o bares donde una parte de los vascos no entraba, por miedo o ideología, pero ya casi no existen. El Casco Viejo de San Sebastián era uno de esos lugares, visto como un bastión de la izquierda abertzale.

Había “castas”

Óscar Terol, donostiarra de 47 años, otro de los creadores de Vaya semanita, asiente: “Los grupos eran como castas, excluyentes, no podías entender a otro y había gente apestada, marginada socialmente, no podíamos compartir algo común. 

La ideología se vivía así, grabada a fuego, era potente como una religión, los vascos somos muy religiosos y nos hemos agarrado a la ideología como a una religión”. Además del fin del miedo, Terol apunta que el traumático paso de EH Bildu por el poder en Guipúzcoa, con grandes polémicas de gestión, hizo ver a muchos de los suyos que gobernar no era tan fácil.

El sentido del uniforme sigue estando muy marcado y sigue siendo relativamente fácil intuir el voto por la forma de vestir, aunque cada vez menos. “La batasunada sigue igual, vistiéndose como si bajara del monte, cultivan el feísmo, el chándal, los colores pardos”, apunta el escritor Juan Bas, director de Ja!, el festival del humor de Bilbao, y vecino del Casco Viejo de la capital vizcaína. 

“Sí ha cambiado lo de los bares, antes no entrabas a algunos por diatribas que se remontaban a las guerras carlistas. En el Casco Viejo ya no hay bares gueto, salvo algunos muy específicos”.

Cobeaga cree que “la estética borroka se ha quedado anticuada” y Terol confiesa que siente hasta ternura por quienes se aferran a sus símbolos: “Esas personas que mantienen una coleta, una ropa, un broche y dicen: yo vengo de este clan, el último mohicano de una especie… Es la cultura del caserío, que cada uno era un mundo propio, miles de maneras de entender una misma cultura. Una manera constante de reivindicar el matiz. Seguimos siendo tribales”.

Cobeaga explica el nuevo relax porque por fin se habría cumplido un deseo de Bernardo Atxaga: “Si los vascos nos quitásemos el peso que tenemos encima levitaríamos dos metros por encima del suelo”. No obstante, Bas cree que “la gente que jaleó en el pasado a ETA tiene interés en mezclarse, echar tierra sobre el pasado para decir que ahora todos nos llevamos bien y estamos en paz”.

 “Pero hay gente con la que mantenía distancia y la seguiré manteniendo. Aquello fue demasiado vil y canalla como para olvidarlo”, concluye. Cuenta que cada día se cruza en la calle con un conocido representante de la izquierda abertzale “y hacemos los dos lo que tenemos que hace: mirar cada uno para otro lado”.                (Ïñigo Domínguez, El País, 14/09/16)

19/2/14

La culpa por la indiferencia exhibida por la sociedad vasca ante la muerte de inocentes

"(...) Pero para tener experiencia, cosa que aquí no la hay, es necesario una actitud que aquí se ha rechazado. Pueden argumentarme que aquí se intenta tener experiencia mediante ese artilugio cargado por el diablo llamado memoria histórica.

 Sin embargo, hay que temerse que la experiencia que busca la memoria histórica no sea para solventar los problemas en sentido positivo sino para retrotraernos a la situación que dio origen al problema, para intentar con esa memoria sesgada intentar ganar, incluso, la guerra civil muchos años después.

 La experiencia del pueblo alemán se dirige a favorecer la convivencia tras barbaridades como el holocausto, no a reproducirlas, porque tiene sentimiento de culpa. Esa es la diferencia. 

Para tener la capacidad de evitar los errores del pasado hace falta no sólo  responsabilidad política, sino que ésta se ejecute desde un cierto poso trágico impelida por un sentimiento de culpa.

 Es la culpa, idea sustentada por Reyes Mate, la cicatriz que recuerda a cada alemán, tras los procesos al nazismo de los años cincuenta realizados por sus propios jueces, lo que impele no sólo a responsabilidad sino a concluir con determinación soluciones que eviten los errores del pasado. La culpa como huella presente que obliga a la responsabilidad.

Aquí, donde se evita la culpa de crímenes políticos recientes como los de ETA, no surgirá la determinación que nos conduzca a la responsabilidad. No existe culpa de unos y otros por haber conducido a la II República hasta una guerra civil, sino incluso la imposibilidad de que exista el menor sentimiento de culpa por los asesinatos de ETA y la culpa por la indiferencia exhibida por la sociedad vasca ante la muerte de inocentes.
 Inexistencia de culpa que favorece escandalosamente la aceptación de los otrora los colaboradores de ETA en el espacio político por el resto de los partidos. La inexistencia de culpa nos conduce a la irresponsabilidad y a la renovación de pasados desastres. (...)"      (FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD 19/02/14 · EDUARDO (TEO) URIARTE)

11/12/13

El nuevo racismo se legitima en la incompatibilidad e irreductibilidad de las culturas, de modo que al Otro se le niegan sus valores y su ser cultural

"El objetivo de todo nacionalismo es la unidad cultural, la construcción de la unidad desde la diversidad para dar lugar a una totalidad diferenciada, coherente y armoniosa. Sin embargo, las culturas no son totalidades perfectamente delimitadas y congruentes con un grupo poblacional, se encuentran en constante evolución y son porosas.

 Como señala Turner, el nacionalismo esencializa la cultura cuando la convierte en propiedad de un grupo étnico; la ‘reifica’ como entidad separada al poner un énfasis excesivo en su carácter definido y delimitado; y la fetichiza al convertirla en insignia de identidad grupal. 

Pero, además, cuando la cultura se hace descansar sobre una base natural el nacionalismo penetra en el territorio del racismo. Al acecho, el racismo sabe que como las culturas son inestables, asalta la tentación de naturalizarlas, pues una cultura disfrazada de naturaleza reclama obediencia. 

Aunque en el nacionalismo vasco todavía afloran tics racistas, como la parodia de Andoni Ortuzar sobre los virus infecciosos de los españoles (Hitler hacía referencia a los virus judíos), ya no sustentan racismo biologicista de Arana que inscribía una diferencia esencial en la naturaleza de vascos y maquetos. Ya nadie defiende la existencia de razas con atributos naturales asociados a características intelectuales y morales.

 El nuevo racismo se legitima en la incompatibilidad e irreductibilidad de las culturas, de modo que al Otro se le niegan sus valores y su ser cultural y es percibido como alguien que no tiene cabida en la sociedad. Según Wieviorka operan dos lógicas: la diferenciación que tiende a rechazar los contactos y las relaciones, y la inferiorización que lleva a la descalificación del Otro presentándolo como taimado, corrupto, despreciable o ignorante.

Las dos vertientes del nacionalismo vasco llevan décadas inmersas en una titánica cruzada cultural. De un lado, el nacionalismo democrático en la tarea de institucionalización político-administrativa del país; de otro, el ala radical con su proyecto de exclusión de elementos extraños a su diseño social.

 Una vez derrotada militarmente ETA, principalmente desde el nacionalismo radical se propone un marco interpretativo con dos bandos en torno a un conflicto. Dice Bauman que, «lo más cruel de la crueldad es que deshumaniza a las víctimas antes de destruirlas». La deshumanización se produce cuando un ser humano es excluido de la categoría moral de ser persona, cuando tiene lugar la desconexión moral.

 Bandura propuso los siguientes mecanismos de desconexión: 1) justificación de la agresión; 2) etiquetaje eufemístico; 3) comparación paliativa o ventajosa; 4) difusión y desplazamiento de la responsabilidad; 5) minimización de las consecuencias y 6) culpabilización de la víctima.

Pues bien, los mecanismos de desconexión que deshumanizaban a la víctima para luego agredirla sin el peso moral de la conciencia fueron articulados en una ideología sólo por el nacionalismo radical. 

Desde variadas instancias (medios de comunicación, enseñanza, organizaciones políticas y sindicales, etcétera) se elaboró un discurso que etiquetaba al agredido (txakurra) y al agresor (los jóvenes descarriados de Arzalluz); minimizaba o ridiculizaba el mal («Ortega Lara vuelve a la cárcel» decía un titular de Egin cuando aquel fue liberado); comparaba la violencia de ETA con la legítima del Estado de derecho; culpabilizaba a la víctima (algo habrá hecho); desplazaba u oscurecía la responsabilidad o, en fin, justificaba sin más el asesinato por el conflicto. 

Exceptuado un periodo muy determinado de terrorismo anti-ETA y de violencia ilegal de Estado que los constitucionalistas han repudiado, nunca el constitucionalismo activó dinámicas de desprecio, nunca tuvo lugar una respuesta organizada a la violencia del nacionalismo radical. La hipótesis del conflicto se desvanece porque nunca el constitucionalismo se organizó para deshumanizar a quien luego sería agredido.

Karl Jaspers publicó en 1946 –fecha del juicio de Nuremberg– un pequeño texto titulado ‘La cuestión de la culpa’ y en el que se preguntaba por la responsabilidad por los crímenes nazis. ¿De quién fue la culpa? ¿De un puñado de criminales? ¿De una coyuntura histórica? 

Jaspers estableció cuatro conceptos de culpa: penal, moral, política y metafísica. La culpa penal concierne al delincuente que transgrede el código penal. Sin embargo, los crímenes fueron posibles porque una mayoría de alemanes fueron espectadores que se desentendieron de las agresiones. Por ello, para Jaspers fueron moralmente culpables de las atrocidades. En tercer lugar, hubo una culpa política porque amplias capas de ciudadanos se dedicaron a medrar en un Estado criminal.

El Plan de Paz y Convivencia del Gobierno vasco obvia el concepto de culpa. Señala que «es propio de la condición humana el rechazo impulsivo de la culpa. Nadie quiere cargar con ella…el pasado nos aleja porque estimula el miedo al dolor de la culpa».

 El plan no contempla la existencia de culpa moral porque sostiene que tenemos una sociedad adulta con unas cuantas ideas claras (sic), cuando aquí el terrorismo fue posible porque la mayor parte de los vascos se limitaron a observar las atrocidades. 

Y tampoco se hace referencia a la culpa política que concierne a los partidos nacionalistas que obtuvieron ventajas políticas y consolidaron su poder por el acoso a los constitucionalistas. Con la sociedad vasca ya muy fracturada, los nacionalistas no sólo tratan de ocultar la culpa moral y política, sino que, además, unos se identifican con el pasado violento; y otros, con las heridas del terrorismo nacionalista aún abiertas, tienen la osadía de proponer un nuevo Estatuto. Y dicen que quieren construir una plaza pública en la que tengan cabida todas las familias políticas…"              (IÑAKI UNZUETA /  Profesor de Sociología, EL CORREO 11/12/13, en Fundación para la Libertad)

14/9/12

La caída de las Torres Gemelas y el atentado de Breivik sacaron a la luz lo mejor y lo peor de dos sociedades

"¿Son anormales los noruegos, o qué? Setenta y siete son masacrados por un asesino que recibe una condena de solo 21 años y no salen a las calles a protestar, incluso cuando su presidente, sin una gota de machismo, dice: “La bomba y las balas apuntaban a cambiar Noruega. 

El pueblo noruego respondió adhiriéndose a nuestros valores. El asesino fracasó, el pueblo ganó”. ¿Qué clase de valores fastidiosos comparten los noruegos? ¿Y qué tienen contra el cambio? 

Setenta y siete noruegos pueden parecer pocos en comparación con los casi 3.000 estadounidenses que murieron el día que cambió todo para siempre, Amén. Pero para los 7 millones de noruegos, los ataques del año pasado mataron proporcionalmente a más de ellos que la cantidad de estadounidenses muertos el 11 de septiembre de 2011.

 Los políticos noruegos no se desvivirán exigiendo medidas más estrictas de seguridad nacional y los ciudadanos no se manifiestan por el Tea Party en las calles exigiendo venganza y clamando por la pena de muerte. Los largos inviernos deben de aumentar su sangre fría.
En EE.UU. “cambio” fue la consigna del día en 2001, y se ha convertido en un mantra político desde entonces. Ehud Barak, exprimer ministro de Israel y actual ministro de Defensa puso las cosas en marcha esa mañana cuando, entrevistado por la BBC, anunció:
“El mundo no será el mismo a partir de este día… Es hora de desplegar un esfuerzo global concertado… contra todas las fuentes de terror, consecuentemente durante seis o 10 años… Irán, Irak, Libia”. (...)
Unos días después del veredicto de Breivik, un dirigente religioso israelí hizo su propio veredicto respecto a los enemigos “islamofascistas” de su nación. El rabino Ovadia Yosef del partido Shas llamó a los judíos a orar por la destrucción de Irán, “Cuando decimos ‘que nuestros enemigos sean abatidos’ en Rosh Hashana, debemos dirigirnos contra Irán, los seres malévolos que amenazan a Israel. Dios los abatirá y los matará”.

Haaretz informa de que el rabino había recibido la visita de altos funcionarios de la defensa israelí, que lo persuadieron para que apoyara un posible ataque contra Irán. (...)
Si se considera que Israel es aproximadamente un 30% más grande que Noruega y que ni un solo israelí ha sido eliminado por los iraníes, ¿no habría que preguntarse por qué los dirigentes noruegos no han solicitado que sus colegas religiosos pidan a Dios que aniquile a Breivik? Pero esa no sería una analogía justa, porque los noruegos son conocidos por ir poco a la iglesia y obviamente no rinden culto al mismo dios.

 ¿Pero se hubiera mantenido en el poder un dirigente político estadounidense un año después del 11 de septiembre y proclamado que la respuesta de EE.UU. al ataque sería “más democracia, más apertura y más humanidad, pero nunca ingenuidad”? Bueno, es lo que hizo el presidente noruego en el aniversario de la masacre de Oslo. ¿Cuán insólito es eso?   (...)
El terrorismo, después de todo, solo puede involucrar actos de violencia cometidos por gente que no se ve ni se viste como nosotros y contra personas cuyas ideologías son favorables al gobierno de EE.UU. y sus amigos, no importa cuán inamistosas puedan ser frecuentemente.
Pero el mayor problema de  la saga de Breivik tuvo que ver con sus creencias pro sionistas, pro Israel. En su manifiesto online escribió reveladoramente: “Luchemos junto a Israel, con nuestros hermanos sionistas contra todos los antisionistas”.
El hecho de que atentase contra el centro del gobierno de Noruega, que haya criticado enérgicamente la ocupación israelí, que el objetivo de su masacre fuera un grupo político juvenil que promueve activamente un boicot económico a Israel y que el día antes de la masacre el campamento recibiera al ministro de Exteriores de la nación para persuadirlo de sus puntos de vista, debería provocar señales de alarma si se consideran los motivos ideológicos de Breivik.

 Podrá ser demencial, pero no se puede decir que se trate de supremacía blanca; de otra manera simplemente habría asesinado a muchos inmigrantes de piel oscura que según él desprecia. Es un sentimiento, a propósito, que comparte con demasiados colonos israelíes que están inspirados, en parte, en el teórico sionista Vladimir Jabotinsky.
El manifiesto de Breivik estaba repleto de citas de respetables pro israelíes de la línea dura, incluyendo a la que fue consejera de política exterior de un candidato presidencial estadounidense de la época, la obsequiosa pro israelí Michelle Bachman.

 Por lo tanto el problema de la adhesión de Breivik al principio mismo de la existencia del Estado sionista de Israel, al cual George W. Bush y Barack Obama, junto con la mayoría del Congreso y el Senado han expresado su fidelidad, nunca se analizó, simplemente se ha ignorado.
Las dos palabras que se vitaron cuidadosamente en el debate de los medios respecto a Breivik fueron “sionismo cristiano”, con énfasis no en el adjetivo sino en el sustantivo.(...)

 El 11 de septiembre fue, probablemente, la última oportunidad de EE.UU. de hacer un discurso político que incluía la pregunta: ¿Qué les hemos hecho para que nos hagan esto a nosotros? Los ataques de Breivik podrían ser la primera oportunidad de la comunidad mundial para formular una pregunta completamente diferente: Si les hizo esto a ellos, ¿qué quieren hacernos aquéllos por los que lucha?
La caída de las Torres Gemelas no hizo caer a los estadounidenses en su propio ser y no los cambió drásticamente más de los que Breivik cambió drásticamente a los noruegos. Ambos eventos sacaron a la luz lo mejor y lo peor de ambas sociedades. Pero en uno de ellos lo peor ya iba ganando terreno."                (Rebelión, 13/09/2012, Michael Robeson, Asia Times Online)

2/5/11

Se ajustició al terrorista Bin Laden... en cambio, el crimen de guerra en Irak, que mató a 300.000 personas por órdenes de Bush, sigue impune

"Podríamos preguntarnos cómo reaccionaríamos si unos comandos iraquíes aterrizaran en el complejo de George W. Bush, lo asesinaran, y lanzaran su cuerpo al Atlántico.

Sin lugar a dudas sus crímenes excedieron en mucho los de Bin Laden, y no es un “sospechoso” sino indiscutiblemente el que “tomó las decisiones”, quien dio las órdenes de cometer el “supremo crimen internacional, que difiere solo de otros crímenes de guerra en que contiene en sí el mal acumulado del conjunto” (citando al Tribunal de Núremberg) por el cual se ahorcó a los criminales nazis: los cientos de miles de muertos, millones de refugiados, destrucción de gran parte del país, el encarnizado conflicto sectario que ahora se ha propagado al resto de la región.

Hay más que decir sobre [el terrorista que hizo volar el avión cubano, Orlando] Bosch, quien acaba de morir pacíficamente en Florida, incluida la referencia a la “doctrina Bush” de que las sociedades que albergan a los terroristas son tan culpables como los propios terroristas y hay que tratarlas de la manera correspondiente.

Parece que nadie se dio cuenta de que Bush estaba llamado a la invasión y destrucción de EE.UU. y al asesinato de su criminal presidente." (Jaque al Neoliberalismo, 09/05/2011)


"Ahora, para centrarme en el problema fundamental planteado por EL PAÍS, qué aspectos morales y legales tiene la muerte de Bin Laden, quiero dejar una cosa clara:

me opongo por completo a todas las formas de tortura, incluido el waterboarding (ahogamiento simulado), que me parece una salvajada.

La cuestión del waterboarding la plantearon el lunes varios miembros aguafiestas del Gobierno de Bush -Rumsfeld y Cheney-, que ahora quieren arrogarse el mérito de haber encontrado a Bin Laden gracias, según dicen, a los éxitos conseguidos con el empleo legítimo de dicha técnica.

Pero los "métodos reforzados" como el ahogamiento simulado fueron declarados ilegales hace años, y no me parece posible que unas pizcas de información recibidas tal vez en 2002, como presumen Rumsfeld y Cheney, hubieran esperado a 2011 para mostrar alguna utilidad.

Todavía no conocemos la verdadera secuencia de acontecimientos, que se desarrolló durante un periodo de casi 10 años, y desde luego no se explica por qué, si el equipo de Bush estaba en posesión de un dato tan valioso, anuló de pronto la orden de busca y captura de Bin Laden, con el argumento de que ya no era un objetivo importante.

¿Fue legal matar a Bin Laden? Según las leyes, es legítimo disparar al jefe de tus enemigos, y Bin Laden era el líder de Al Qaeda y había ordenado personalmente los atentados del 11-S.

El hecho de que el ataque contra Bin Laden se llevara a cabo con un número mínimo de soldados de las fuerzas especiales de la Marina en helicópteros y casi sin bajas es asombroso.

Comparémoslo con la destrucción causada por las bombas en numerosos países, entre ellos Libia e Irak: desde luego, a Obama le habría costado mucho menos ordenar el bombardeo de la mansión de Bin Laden que la arriesgada operación de las fuerzas especiales, pero las pérdidas de vidas humanas habrían sido enormes.

Y en cuanto a la incursión sin anunciar en Pakistán, ni las personas ni los Gobiernos tienen la obligación de ser masoquistas." (BARBARA PROBST SOLOMON: Es legítimo disparar al jefe de tus enemigos. El País,08/05/2011 )


"Tanto los portavoces del poder ejecutivo como los del judicial buscaron justificar la actuación de los soldados calificándola como "acto de guerra".

Lo más significativo de este intento desesperado de sobreseer un comportamiento que, de acuerdo con la nueva versión, no puede serlo no es que disparar contra unos enemigos sin armas difícilmente encaje en la noción de "acto de guerra";

lo más significativo es que muestra la repugnancia que, por fortuna, por inmensa fortuna, sigue experimentando el actual Gobierno de Estados Unidos a hablar de asesinato selectivo o de ejecución extrajudicial, por más que sea eso, eso exactamente, lo que llevó a cabo.

Se dirá, no sin razón, que es una exhibición de hipocresía. Por vía de comparación se podría observar, sin embargo, cómo el vicio volvió a rendir tributo a la virtud:

el presidente del Comité de Asuntos Exteriores y de Defensa del Parlamento israelí, Shaul Mofaz, aseguró que Estados Unidos había recurrido a la misma estrategia que emplea su país contra los terroristas y, a continuación, llamó a incrementar los asesinatos selectivos de palestinos, según recogía el Jerusalem Post.

No es eso lo que se proponen los dirigentes norteamericanos.

Calificando de acto de guerra la muerte de Bin Laden, y anunciando el fin de Al Qaeda -algo que, a todas luces, resulta cuando menos prematuro-, Obama parecía estar transmitiendo un mensaje subterráneo diferente del expreso.

Lo que para la Casa Blanca se habría acabado después del asalto al escondite de Abbottabad no es el yihadismo, que podría seguir golpeando mientras exista un solo fanático y un único kilogramo de dinamita, sino la guerra contra el terror como estrategia para combatirlo.

El debate sobre la tortura como medio para obtener información que permita dar caza a los terroristas, reabierto en Estados Unidos por Dick Cheney tras la captura y muerte de Bin Laden, es, en realidad, teórico, o, más bien, retrospectivamente exculpatorio: Guantánamo continúa en funcionamiento, no por voluntad, sino por incapacidad de Obama para cerrarlo, pero desde su llegada a la Casa Blanca cesaron las torturas a los detenidos.

Cheney y, con él, los partidarios de la estrategia de la guerra contra el terror desean que se les reconozca la parte que supuestamente les correspondería en la captura de Bin Laden. No solo para reivindicar la paternidad del éxito, sino para lavar en él los execrables abusos cometidos. (...)

El Gobierno de Estados Unidos tal vez podría haber hecho frente a los riesgos para la seguridad que generaría un Bin Laden vivo y entre rejas, lo mismo que lo hizo mientras estuvo en libertad. Lo que no estaba en condiciones de resolver eran los problemas jurídicos que suscitaba.

¿Qué debería hacer con Bin Laden vivo, recluirlo en Guantánamo como jefe de los "combatientes enemigos" y privarse, así, de someterlo a cualquier género de juicio, justo o injusto, como sucede con el resto de los internos?

¿O debería haberlo entregado a los tribunales de Estados Unidos, incurriendo en la contradicción de ofrecer un juicio justo al máximo jefe de los "combatientes enemigos" mientras se le sigue negando a estos por el derecho que adquirirían a perseguir penalmente a sus captores, desde los presidentes Bush y Obama hasta el último de los carceleros de Guantánamo?" (JOSÉ MARÍA RIDAO. Nadie llora a Osama, El País, domingo,08/05/2011, 12/3)


"A pesar de lo confuso y a veces contradictorio de las informaciones dadas por los norteamericanos sobre este asunto, el jefe de la CIA y el portavoz de la Casa Blanca reconocían que el objetivo de la operación era eliminar al terrorista, nunca capturarlo para juzgarlo por sus crímenes de acuerdo con las leyes. (...)

Se ha llegado a decir que la pista que llevó hasta Bin Laden la proporcionó un preso de Guantánamo torturado por el método de la bañera, o ahogamientos simulados. Ya perdonarán que dude de que alguien capturado en 2001 conozca 10 años después el paradero del tipo más buscado del mundo, y que las torturas aplicadas ahora hayan sido más efectivas que las de entonces. (...)

Sin embargo, desde el punto de vista de la legalidad y el Estado de derecho, la muerte de Bin Laden ha sido un asesinato, una ejecución extrajudicial. Es evidente que el comando que efectuó la operación pudo haber capturado al terrorista, que estaba desarmado, para juzgarlo en Estados Unidos, pero esa opción no estaba en el programa. (...)

¿Se imaginan al presidente del Gobierno español ordenando a los Geos una operación para eliminar, por ejemplo, en Marruecos, a Daoud Ouhnane, uno de los huidos del 11-M cuyas huellas acreditan que fue uno de los que transportó las bombas a los trenes de cercanías de Madrid? ¿O al fiscal del Estado en el momento de declarar legal la operación y de reconocer que la información se obtuvo mediante torturas a un preso?

¿O algo menos grave, como el secuestro en Francia del etarra Antonio Troitiño para que acabe de cumplir condena o el de Josu Ternera para ser juzgado por el atentado de la casa cuartel de Zaragoza? Aunque en algún caso puede que exista la tentación, es evidente que en España se impone el cumplimiento de la ley.

Eso mismo que no ocurrió con la operación de Bin Laden, en la que en ningún momento se trató de hacer justicia sino de escenificar una venganza, de aplicar el derecho del amo. Porque solo los amos del mundo se pueden permitir el lujo de vengarse, de saltarse la ley a la torera, aunque sea para asesinar al mayor terrorista del milenio." (JOSÉ YOLDI: El derecho del amo y el alipori. El País, 09/05/2011, p. 19)


El presidente Barack Obama, junto al vicepresidente Joe Biden (primero por la izquierda) y la secretaria de Estado estadounidense (segunda por la derecha), recibe un nuevo dato de la misión que tenía por objetivo acabar con Bin Laden (El País, 02/05/2011)

"La primera foto que la Casa Blanca difundió universalmente a raíz de la operación contra Bin Laden orientó de manera muy profesional nuestra mirada.

Se trataba de una instantánea del fotógrafo oficial de la institución, Pete Souza, donde veíamos al presidente Obama, el vicepresidente Biden y a la secretaria de Estado Hillary Clinton mirando con bien distinta gestualidad los monitores donde seguían vía satélite la operación de asalto.

Una ley del cine dice que siempre es más largo e importante el plano del personaje que mira, que el inserto de lo que está mirando.

Gracias a ello, desde ese momento, la opinión pública mundial se ha hecho muchas más preguntas sobre la responsabilidad del poder, lo complicado de tomar una decisión y hasta lo acertado o desacertado de la estrategia.

En resumen, el presidente Obama ha sido mucho más protagonista de la noticia que el propio Bin Laden. Porque el que mira, y no lo que mira, vuelve a ser el protagonista de una mirada.

El problema es que los medios de comunicación y sus consumidores no se conforman con la estrategia narrativa. Quieren también su dosis de morbo y curiosidad satisfecha, porque somos los que miramos los que exigimos nuestro protagonismo.

Por eso la Casa Blanca no quiere mostrar las fotos de Bin Laden muerto, pese a la demanda mundial. Hasta ahora, la ola interna de popularidad ha beneficiado a sus intereses. No quiere variar el foco ni humanizar al terrorista, porque sabe, sabemos, que la muerte lo humaniza todo."(DAVID TRUEBA: Los que miran. El País, 06/05/2011, p. 61)


"La secretaria de Estado, Hillary Clinton, pareció presenciar algo espantoso durante el visionado de la operación.

Las cámaras la retrataron cubriéndose la boca mientras sus ojos parecían saltar. En una rueda de prensa posterior en Roma lo justificó diciendo que había tapado un estornudo de tipo alérgico. " (BORIS IZAGUIRRE: La catarsis del más allá. El País, 07/05/2011, p. 51)


"A ver cómo les explicas, por ejemplo, cuándo la presunción de inocencia está vigente y cuándo no.

O cuándo el GAL es legítimo y cuándo hay que perseguir a sus autores. También la doctrina acerca de los criminales de guerra resulta muy ambigua.

Hay criminales de guerra como Bush que no son criminales de guerra, de modo que si un comando de soldados iraquíes entrara en su casa y asesinara a su mujer, a sus hijos y a él mismo, la acción no sería calificada de un acto de justicia. No se habría "hecho justicia", como en el caso de Bin Laden.

Cuando Felipe González declaró que había dudado si acabar o no de un bombazo con la cúpula de ETA, lo pusieron a parir los mismos que han celebrado el linchamiento de Bin Laden, porque el terrorismo de Estado de los GAL sí fue, durante un tiempo al menos, terrorismo de Estado." (JUAN JOSÉ MILLÁS: Pedro y Nopedro. El País, 06/05/2011., última)


"Es imposible exagerar el impacto de la destrucción de las Torres Gemelas en la psique estadounidense.

El hecho en sí fue gravísimo. Por el número de muertos, por la caída de unos edificios simbólicos, porque ni Nueva York ni el resto del país, ajeno hasta entonces a masivos ataques exteriores, habían vivido jamás una jornada de tal pánico y tal asombro.

Pero hubo algo más. Si Osama bin Laden asumió para el colectivo la condición de monstruo cruel y elusivo, los estadounidenses se pusieron en la piel del capitán Ahab: no existía otro fin que la venganza. No importaban los medios, no importaban las consecuencias. Era una cuestión moral y absoluta, sin posibilidad de matices. (...)

Fue asombroso vivir de cerca la metamorfosis de una nación que hasta el 11 de septiembre de 2001, a las 9 de la mañana, preservaba con celo determinados valores como la equidad judicial o el libre debate porque constituían la esencia de su sistema de convivencia.

Aquello se esfumó en un momento. Incluso en sus momentos más oscuros, fueran la guerra de Vietnam, la caza de brujas de los 50, la organización de golpes de Estado en otros países o la misma resistencia interna contra los derechos civiles de los negros, una parte de la sociedad estadounidense había mantenido la capacidad crítica hacia el poder y había sosegado las explosiones de furor colectivo.

Hasta entonces, el relato de la historia nacional había permanecido en el ámbito de la razón.

Con Osama bin Laden, el relato estadounidense adoptó una mística tenebrosa. No había excepciones, ni en la gran prensa liberal ni en las organizaciones progresistas ni en los hogares más sosegados. Un presidente anodino que llegó a la Casa Blanca por una carambola judicial, George W. Bush, se sintió capaz de hacer cosas impensables.

Y las hizo, con el aplauso popular. Desde las leyes de seguridad nacional hasta la creación de Guantánamo, desde las invasiones de Afganistán e Irak (que no tenía nada que ver con Bin Laden, pero tenía mucho que ver con el furor de una nación) hasta la conversión de los aeropuertos en humillantes centros de interrogatorio y registro, todo valió en la "lucha contra el terrorismo", un concepto tan vago y tan cargado de potencia semántica como "la caza de la ballena blanca".

Los viejos valores de los derechos y las libertades individuales fueron arrojados a la hoguera en nombre del fin supremo: la venganza contra el monstruo inefable e invisible.

Viví los primeros años de la ballena blanca, los más intensos, en una calle de Washington. Todas las casas de la calle plantaron un mástil en el jardín e izaron la bandera de las barras y las estrellas. Yo fui el único en no hacerlo, por no ser de banderas y porque consideré que mi empleo de corresponsal desaconsejaba ese tipo de expresiones.

En la noche de Halloween posterior a los atentados, los niños evitaron pasar con el "treat or trick" por mi casa. Era la casa de un extranjero, un sospechoso, un enemigo potencial, un tipo que no se abrazaba a la bandera del bien.

El país más hospitalario del planeta adoptaba el ceño sombrío de un capitán ballenero sumido en una obsesión de venganza.

Recuerdo el miedo en las comunidades musulmanas de Nueva York y Nueva Jersey, que un gran amigo mío, Ricardo Ortega, se empeñaba en frecuentar en búsqueda de pistas. " (El País, 02/05/2011)


"El poco cristiano mensaje de Merkel.

“Me alegro de que hayan conseguido matar a Osama bin Laden”. Esta declaración pública, pronunciada poco después del anuncio de la ejecución del jefe de Al Qaeda por un comando estadounidense y que no casa demasiado bien con el principio del amor al prójimo, pone a Angela Merkel en un apuro.

“La canciller provoca el rechazo de los cristianos”, titula Berliner Zeitung, que informa que Merkel, que también es presidenta del Partido Demócrata Cristiano (CDU), ha recibido fuertes críticas por parte de las iglesias y de su base, según las cuales “no cabe alegrarse de la matanza intencionada de una persona”.

“La liquidación de Osama bin Laden muestra hasta qué punto los instintos más bajos y arcaicos del hombre superan la cultura cristiana”, certifica el diario en su editorial. “En efecto, las muestras de alegría [en Nueva York] eran un ritual de deslastre psicológico.

Pero no se ha hecho justicia, se ha sacrificado a un hombre por instinto de venganza”, comenta el diario, y subraya la repulsa con que Occidente habría condenado las demostraciones de alegría en Pakistán tras un posible atentado contra el antiguo presidente estadounidense George W. Bush. " (Presseurop, 04/05/2011)


"Un ciudadano escucha en las noticias que un cuerpo especializado del Ejército americano ha acabado con la vida del terrorista más buscado del mundo y se siente impelido a salir a la calle, a Times Square, a la Casa Blanca o a la Zona Cero y convierte esa noticia en un espectáculo.

Ese individuo usa el plural al dirigirse a una cámara y decir, "lo hemos vencido, al fin hemos acabado con él, ese día tenía que llegar, lo hemos derrotado". Es ese plural el que ofende a las personas serenas, que no entienden la muerte, sea de quien sea, como celebración.

Es el plural que aparecía en las primeras páginas de los periódicos gratuitos en el metro de Nueva York ayer martes: "Al fin lo hemos golpeado"; es el plural bíblico que utiliza sin miramientos el Washington Post, poniendo en boca de todos los ciudadanos americanos la siguiente frase: "Púdrete en el infierno".

Es el plural que divide al mundo en dos planetas, Oriente y Occidente; el plural que separa a los seres humanos en buenos y en malos; el plural que tras el 11 de septiembre trazó un eje, el del mal, que sembró el rencor y la desconfianza; aquel plural decisivo para sustentar lo que fuera un continuo estado de emergencia, "la guerra contra el terror", y una excusa perfecta para defender invasiones contra todo derecho.

Es un plural que marca una línea entre nosotros y ellos." (El País, 04/05/2011, última)

Comentario:

Ben Laden fue vencido por los jóvenes revolucionarios árabes, por la ola democratizadora en esos pueblos.

La movilización de la gente para exigir sus derechos tuvo que ser su mayor amargura... que el afán de venganza fuese olvidado por el afán de igualdad y de libertad entre todos los árabes.

Ésa fue su derrota. No su localización y muerte.

Crimen de Estado. La Casa Blanca protegió a grupos anticastristas cubanos que planeaban atentados terroristas en Cuba (contra aviones, contra Fidel Castro).

Algunos de los agentes cubanos que lucharon contra estos terroristas dentro de EE. UU. fueron condenados a cadena perpetua por los tribunales americanos.

Lucharon para impedir que se atentase contra aviones civiles. Por parte de ciudadanos americanos. Por eso se les encarceló.

Las autoridades francesas permitían que los etarras torturase y matasen a ciudadanos españoles dentro de Francia, por la simple sospecha de que fuesen soplones de la policía. Además...

La policía francesa dejaba que los asesinos etarras matasen en España y se refugiasen en Francia, de la misma manera que los talibanes protegieron a Ben Laden.

Así que Felipe González montó los GAL para atacar en suelo francés a los terroristas. Cómo hizo Obama, para atacar a Osama en Afganistán, en Pakistán.

Localizada la cúpula de ETA, se le pide permiso para volarla. No lo da. Los deja vivos. Siguieron matando.

No hizo como Obama, quién mató a la cúpula de Al Qaeda, a Osama Ben Laden.

16/9/10

¿Y las víctimas?

"P:Ahora que hay un nuevo alto el fuego de ETA ¿Existe el riesgo de que se olvide el dolor de las víctimas indirectas, que no han muerto, que no han sido secuestrados, pero que sí han sufrido la presión asfixiante de un mundo fanatizado? (...)

Y lo que hay es esto: un ejercicio repulsivo del lenguaje, de la falacia, del eufemismo, de la mendacidad permanente, de la torticería y el piñón fijo del fanatismo, de la inversión de significados, de un erre que erre conceptual insostenible, del tomar unas cosas por otras, un manoseo repugnante de la palabra democracia que pronuncian continuamente y la dejan sin ningún valor semántico compartible

Respecto a las víctimas o a los allegados de ellas, me permito decir ahora sólo una cosa al vuelo. Este verano, en unos actos de la Fundación Fernando Buesa, concluí mi intervención recordando el Filoctetes de Sófocles: para ganar su guerra, la sociedad ateniense necesitó que algo que custodiaba una víctima y la víctima misma, junto a quien lo había tratado con genuino respeto humano el hijo de Aquiles en la tragedia de Sófocles y no el avispado Ulises que quería instrumentalizar a la víctima, debían de estar en el centro mismo de la batalla: ése es el lugar que les corresponde a las víctimas, nunca a los victimistas, y ésa creo que es la necesidad que la sociedad tiene de la víctima y, todos, de un nuevo inicio.

P:¿La sociedad será capaz de compensar a los que han sufrido los efectos de, y cito textual, "el más vil de todos los mejunjes, el que confunde a la víctima con el culpable y le da a uno el trato y la consideración del otro"?

R:El asesinato de alguien es, ante toda evidencia, incompensable. Ni todo el oro del mundo, ni todo el peso de la ley, ni toda la consideración social ni el bienestar o el bien ir tirando de sus allegados puede compensar la pérdida de un familiar. Nada. Aún así cabría una forma de compensación por parte de los implicados en los crímenes y en la gestión y vitoreo de los crímenes, una forma de compensación si no a las víctimas, sí a la sociedad de la que formaban parte y defendían, y sería por supuesto que no se volvieran a repetir." (J.A. González Sainz, autor de 'Ojos que no ven', El País, 16/09/2010)

El odio al diferente... al nuevo...

"P:Su novela habla del desprecio, al diferente, al nuevo, que genera en algunos casos una reacción inversa, de fascinación por los postulados radicales del que nos discrimina. ¿De qué se alimenta ese mecanismo de acción- reacción?

R:Debe de estar más radicado el desprecio al nuevo y diferente (y la fascinación por quien nos persigue y humilla) de lo que una sociedad encantada con sus buenismos, sus pusilanimidades y sus bonituras como la nuestra está dispuesta a creer, y, por supuesto, más radicada todavía la fascinación y el papanatismo ante la radicalidad y, también, ante el buenismo." (J.A. González Sainz, autor de 'Ojos que no ven', El País, 16/09/2010)

La tragedia interior del justo... en el País Vasco... en todas partes...

"J.A. González Sainz, (Soria, 1956)... El autor de Ojos que no ven (Anagrama) no se esconde a la hora de hablar del fanatismo de ETA y su entorno y de las connivencias que lo alimenta, critica una sociedad, la española, "encantada con sus buenismos y sus pusilanimidades"...

PREGUNTA: ¿Por qué una historia sobre el entorno terrorista y los efectos devastadores del fanatismo y la indiferencia, de los que "hacen como que no va con ellos?

RESPUESTA: Los motivos ya los ha mencionado usted: los efectos que ocasiona el fanatismo, por un lado, y, complementariamente, la indiferencia o el miedo ante él por otro (el no ver todo más que de una sola forma siempre, por un lado, y el no querer ver de ninguna forma nada por otro), son, en cualquier latitud, en cualquier tiempo y ante cualquier cuestión devastadores.

Pero la cuestión es que lo son en nuestra misma España de todos estos años de atrás y de hoy mismo, donde nos hemos acostumbrado a la devastación, física y también pasional e intelectual, que ocasiona el fanatismo como si fuera lo más natural del mundo. Nos hemos hecho a convivir con esa devastación, pero también a coquetear con ella, a chapotear en ella, a sacarle réditos políticos también.

Debajo de toda esa costra de podredumbre moral, sentimental y política no puede sino supurar una mala herida purulenta e infectada.

Y devastadores, como usted dice, no es una palabra cualquiera; quiere decir que han arrasado, que han allanado, que han envilecido y maleado los sentimientos, las representaciones e inteligencias y han generado un proceso de formación de voluntades adosadas a ese allanamiento moral y político que es con lo que nos tenemos que ver.

Ojos que no ven habla, entre otras cosas, sí, del fanatismo del nacionalismo y el terrorismo del País Vasco, pero sobre todo habla del regreso de la violencia y el fanatismo en la Historia y en la historia de una familia; y habla de la difícil pervivencia del hombre justo, del hombre sencillo, moral e íntegro donde los haya, cuya integridad y justicia mismas sin embargo constituyen también su peor peligro.

Ojos que no ven profundiza
fundamentalmente la tragedia interior del justo, sus paraísos, sus caminos exteriores e interiores, sus subidas al calvario, sus descensos a los infiernos personales, los filos de sus desfiladeros. (...)

Y es en ese marco donde hay que entender que la historia es una historia ciertamente localizable, referenciable, una historia que habla en efecto de ETA, del País Vasco, de asesinatos o lugares que si se quiere se pueden llegar a rastrear; de la condena tan olvidada a la emigración interior a la que fueron sometidas tantas gentes en España, tantos "humildes ganapanes" obligados a abandonar sus tierras de los que hablaba Machado.

Tema de fondo pues y prosa, con sus reiteraciones y motivos, con sus símbolos y proyecciones, obedecen a un mismo objetivo narrativo: el ir y volver en el camino de la vida, del trabajo a casa, de casa al trabajo, del sur al norte, del norte al sur o al centro, de los paraísos a los infiernos, de la integridad a la ignominia siempre al filo y de la esperanza a la desesperación y a la inversa, de arriba abajo siempre al filo. (...)

Claro que ese callar no siempre es decisión, clarividencia, fuerza, magnanimidad, espíritu, sino también víctima de las prácticas que hacen callar, de las prácticas sociales, políticas, familiares, lingüísticas... que obligan a cerrar la boca. Ésa es en parte la tragedia de ese hombre íntegro en que se centra la novela, la tragedia del justo y del lenguaje, la tragedia de la integridad silenciosa, del hombre que al cabo se echa las culpas también por su silencio, por no haber sido y dicho e intervenido más. En el fondo toda la novela tiene ahí, en torno al silencio y la manipulación de las palabras, su eje trágico." (J.A. González Sainz, autor de 'Ojos que no ven', El País, 16/09/2010)

10/3/10

La respuesta de la gente al 11-M

«Hubo gente que arrancó la cortina de su casa y escribió el mensaje que sentía». Ese gesto, reacción espontánea que entremezclaba el pundonor y el grito necesitado de paz, es quizás una anécdota que sintetiza el sentimiento global generado por la ciudadanía de Madrid aquel horrible 11 de marzo de 2004 pasadas las 7.30 horas de la mañana.

Esa mujer que arrancó la cortina, como aquel sanitario del Samur que escribió en su ropa manchada de sangre, como aquel otro hombre que arrastró el mantel de su mesa y que aún contiene restos de ese desayuno inolvidable forman el acervo del 11-M que un equipo del Centro Superior de Investigaciones Sociológicas (CSIC) se ha dedicado a recopilar desde el día después del macabro jueves hasta hoy. Son 70.000 muestras de dolor, 70.000 lágrimas y esperanzas, 70.000 cicatrices... seis años después.

Las manifestaciones y las expresiones populares bailaron desde lo religioso a lo político, por lo que han requerido un equipo multidisciplinar que profundice en esas diferentes aristas. Se sucedieron durante tres meses, el tiempo que transcurrió hasta que los propios trabajadores de Renfe pidieron no chocar de bruces en su trabajo diario con los restos de la tragedia. Entonces, la compañía ferroviaria ideó unas máquinas para que los ciudadanos que lo deseasen escaneasen la palma de su mano e inscribiesen el mensaje electrónico que querían dejar a una víctima, a la ciudad de Madrid o, sencillamente, expresar el dolor que emborronaba su trayecto en tren.

Todos esos mensajes, el día de la catástrofe y hasta hoy, no se han perdido. Quedarán para la posteridad y para el contenido de tesis doctorales y proyectos de investigación, porque los 70.000 objetos y muestras expresivas compiladas por el CSIC se ceden mañana al Archivo Histórico Ferroviario, de la Fundación de los Ferrocarriles, para que todos podamos acceder a ellos. En formato electrónico, se utilizarán para el internamiento en múltiples líneas de trabajo como el «contenido político» de los mensajes u otros. Será un 10 de marzo, 24 horas antes de cumplirse el sexto aniversario, cuando se dé carpetazo a un trabajo que se ha prolongado durante los últimos cuatro años.

No obstante, el proyecto dirigido por la investigadora Cristina Sánchez-Carretero no ha abordado esa línea de batalla política. De hecho, una de las conclusiones más relevantes es la que ha comentado hoy en rueda de prensa: «La principal línea de investigación han sido los mecanismos sociales que surgen como respuesta ante traumas colectivos. Las imágenes, en ese caso, sirven para recordar el conflicto, el componente bélico, pero la palabra es de solidaridad, de la necesidad de paz y de deseo de la transformación del mundo». Por eso, la doctora Sánchez-Carretero repite las frases, las palabras más escritas por los ciudadanos: «Todos íbamos en ese tren» y «Paz».

Encontramos, entre las imágenes de esos altares improvisados en las estaciones de El Pozo, de Santa Eugenia, pero muy especialmente, en la de Atocha corazones para «Pablo, que nació en 1961 y murió en 2004», para «Paula, de su amiga Cristina» o el de «Angélica, ya te has convertido en un ángel». Este último lo expresa Antonio Cea, responsable del CSIC que ha investigado la iconografía religiosa que conforma el 11-M, centrada en las 919 estampas, rosarios, imágenes y cruces que depositaron los ciudadanos para dar rienda suelta a sus emociones.

Las estaciones madrileñas de El Pozo, Santa Eugenia y Atocha fueron escenario del duelo colectivo; el lugar que surgió de manera espontánea para pedir paz y expresar que «algo así nunca debería haber ocurrido»
Del contenido de esos mensajes agrupados, Sánchez-Carretero ha llamado la atención sobre la «ritualización de lugares no institucionalizados que la gente parece necesitar». Esto se produce ante dos tipos de acontecimientos: muertes de personalidades mediáticas y muertes anónimas vinculadas a catástrofes. En estos casos, como aconteció el 11-M, los ciudadanos buscan un lugar que siempre tiene tres características: «Es cercano al sitio del fallecimiento; es un lugar que ninguna institución dirige como lugar del ritual para recordar a sus conciudadanos; y en este lugar no se busca recordar al familiar fallecido, porque para eso sí van a un cementerio, sino para conmemorar algo y pedir acciones concretas». Es lo que los antropólogos llaman «grassroots» o «actos performativos» con los que se pide algo y se expresa que «algo así no debería haber ocurrido», agrega la responsable del estudio.


Mensajes espontáneos; lugar no institucional y socializado
En suma, por contenido, los mensajes del 11-M «equiparan a Bruce Springsteen con Antonio Machado, a la poesía con el rock o la oración, se escriben en múltiples idiomas (entre los que el árabe y las comunidades musulmanas de Madrid ocupan un lugar primordial, exhibiendo sus ganas de paz) porque un tercio de las víctimas eran de origen extranjero», explica Cristina Sánchez-Carretero, que cuenta cómo un inmigrante rumano (de los muchos trabajadores del Este que habitan en el Corredor de Henares) abandonó en el lugar de la catástrofe sus papeles de regularización con un mensaje impreso. Por continente, «se documenta una toma de la calle por la ciudadanía, como sucedió, por ejemplo, tras el asesinato del presidente estadounidense Abraham Licolm, en 1865».

Un inmigrante rumano abandonó en el lugar de la tragedia sus papeles de regularización con un mensaje a sus compatriotas muertos en el trenSurgen, de modo inevitable, las comparaciones con las muestras de dolor y el «Archivo del Duelo» del 11-S en Nueva York. Los investigadores abundan en una gran diferencia entre ambos países y masas sociales: «En Estados Unidos y el 11-S, hay un componente nación-Estado expresado con el símbolo de la bandera americana presente en buena parte de las muestras de duelo, allí predominaba la llamada al patriotismo; en Madrid la identificación total se produce con la ciudad, las muestras de representación del componente nación-Estado son diversas, aquí las muestras con más cosmopolitas», explica la doctora, que lo ejemplifica con dos frases: «Se escribía "Colombia LLORA con España", pero "Colombia ES Madrid"». (Fundación para la Libertad, citando a ABC, 10/3/2010
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