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3/6/19

“Ya no puedo más”... "Ni todos vimos ni pasamos el vídeo, pero le das vueltas a la responsabilidad de cada uno. ¿En qué mundo de mierda vivimos?"

"Me revuelve las tripas pensar cómo se tiene que ver alguien para decidir que ya no quiere vivir más", dice un empleado de Iveco. Y se pregunta: "¿No había nadie que le dijera "no pasa nada", que le quitara hierro al asunto... De verdad, ¿tan sola estaba?". Habla de Verónica, la compañera de trabajo que se suicidó el sábado 25 de mayo, en su casa de Alcalá de Henares, en Madrid. 

Llevaba más de un mes bajo presión: circulaban entre sus compañeros de trabajo unos vídeos sexuales en los que ella aparecía. Primero, entre un grupo de unas 20 personas, después, entre más de 200.




"Ni todos vimos ni pasamos el vídeo, pero le das vueltas a la responsabilidad de cada uno. ¿En qué mundo de mierda vivimos?", espeta el trabajador antes de marcharse, cabeceando. Él se enteró de la existencia de esos archivos al mismo tiempo que de la muerte de su compañera, el lunes, a través de una circular interna, como muchos empleados de los alrededor de 2.500 que tiene la fábrica al noreste de Madrid. 

Un microcosmos en el que esta mujer de 32 años y dos hijos de cuatro años y nueve meses se vio acorralada. Quién empezó a propagar los vídeos está por determinar, pero desde el principio, la Policía colocó como principal sospechoso a un exnovio.

Aquella no era la primera vez. Hace algunos años, esos archivos "ya corrieron". En aquel momento Verónica "logró frenarlo", recuerdan tres compañeros. Esta vez, durante más de diez días, por los pasillos resonaban risas; los vídeos saltaban de móvil a móvil; y en su puesto de trabajo se arremolinaba compañeros para cerciorarse de que era ella.

 "Creo que ninguno nos dimos cuenta realmente de lo grave que era lo que estaba pasando, se tomó a broma", dice un operario. Para ella fue humillación y angustia constantes; días en los que lloró y en los que intentó pasar desapercibida; un "ya no puedo más" que pronunció en voz alta, como recuerda un empleado.

A finales de la pasada semana, la situación empeoró. Se enteró su cuñada, la hermana de su pareja, que también trabajaba en Iveco. Y se enteró él.

El jueves 23 de mayo, en una reunión con la dirección de Recursos Humanos, ella contó lo que ocurría y dio un nombre. La empresa contestó que "era un tema personal y no laboral". como apuntó una abogada de CC OO. Poco después, le propusieron un cambio de sección o una baja. Para Comisiones, algo inadecuado e insuficiente. Cuando el viernes fueron a buscarla, con la queja por escrito para presentar ante la empresa, ella ya se había marchado. "Se fue a casa con un ataque de ansiedad", dijo la letrada. 24 horas después decidió no vivir más.
La mediatización

A partir de ese momento, esa historia de acoso y hostigamiento que se había mantenido entre la planta y el entorno más cercano de Verónica saltó. La empresa se blindó; los sindicatos (UGT, CC OO y CGT) mandaron notas oficiales pidiendo que la Justicia depurara responsabilidades. Comisiones, además, advirtió de que presentaría una denuncia contra Iveco ante la Inspección de Trabajo por "incumplir la ley para la igualdad efectiva de mujeres y hombres y la de Prevención de Riesgos Laborales, porque ni evaluaron el riesgo ni tomaron medidas aún sabiendo lo que ocurría". Algo que ocurrió el viernes por la mañana.

En la planta, la semana ha sido "difícil", dicen fuentes cercanas a la empresa... Desde el lunes, dos veces al día, un grupo de empleados se manifiestan en la puerta de entrada en memoria de su compañera y en repulsa a lo ocurrido. Al mismo tiempo, piden que no "se criminalice" a toda la plantilla por lo sucedido. "No todos somos culpables ni todos somos cómplices", escribió un grupo de unos 20 empleados, en su mayoría hombres, en una nota que hicieron llegar a las agencias de noticias.




En los días siguientes, la Policía continuó con sus pesquisas, la Fiscalía abrió diligencias, el Juzgado de Instrucción número 5 de Alcalá de Henares comenzó a investigar tras una denuncia del padre de la fallecida y la Agencia de Protección de Datos comenzó actuaciones de oficio.

Las conjeturas y los rumores, mientras, siguieron creciendo, en los 374.000 metros cuadrados del terreno que ocupa Iveco al noreste de Madrid y fuera de ellos: en la calle, en algunos medios de comunicación y en las redes sociales. Se abrió un debate sobre la intimidad y la culpabilización sexual de las mujeres y, de forma mayoritaria, la sociedad se manifestó contra ese correveidile que punzó y asfixió a la mujer durante días.

En el cuartel de la Guardia Civil de Mejorada del Campo, una localidad madrileña, se presentó voluntariamente un exnovio de Verónica el jueves a las cuatro de la tarde. Las presiones de su entorno, que sabían que había salido hace tiempo con la mujer, hicieron que este hombre entregara su teléfono móvil y prestara testimonio. Lo hizo poco después, en la Jefatura Superior de Policía de Madrid, que lleva la investigación.




Negó ser quien había difundido los vídeos y los agentes no encontraron en su testimonio elementos suficientes para ponerle a disposición judicial. Salió a las pocas horas en libertad sin cargos y el acta de su declaración fue enviada a la juez para que valorara su contenido y decidiese si citarlo.
Pero el hombre que Verónica había señalado una semana antes en el despacho de Recursos Humanos no era el que acababa de declarar. El nombre que ella pronunció fichó aquella misma noche del jueves en la planta de Iveco, donde trabaja.

El viernes por la mañana, una circular por parte de la dirección de Iveco llegó hasta los sindicatos. En ella se explicaba que iban a abrir una investigación interna con "alguien de fuera" en la que querían contar con la colaboración de las organizaciones sindicales y los empleados; aseguraban que estaban"colaborando" plenamente con los cuerpos y fuerzas de seguridad y que, citan fuentes cercanas a la empresa, "lo habían hecho todo muy bien".

Por la tarde, en la manifestación que varias organizaciones feministas de Madrid convocaron en la plaza de los Cubos, los carteles y los gritos de protesta iban en dirección contraria. "Complicidad", se leyó en varios carteles. "Cómplices", protestaron varias manifestantes.

¿Quiénes? "Quien lo envió, quienes lo compartieron, quienes lo vieron y no hicieron nada, y quienes lo sabían y tampoco hicieron nada".




Sábado 25 de mayo. Verónica se suicida en su casa, en Alcalá de Henares. El Juzgado de Instrucción 5 del municipio, que estaba de guardia, procede al levantamiento del cadáver.
Domingo 26 de mayo. La Policía Nacional inicia una investigación tras conocer la difusión de cinco vídeos sexuales, en los que aparecía la mujer, entre un grupo de empleados de Iveco, donde ella trabajaba. Empiezan a tomar declaraciones y a analizar dispositivos móviles.

Miércoles 29 de mayo. La fiscal de sala de Criminalidad Informática, Elvira Tejada, pide un informe a la Policía Nacional para determinar si hay hechos que pudieran ser constitutivos de delito. Ese mismo día, la Agencia Española de Protección de Datos inicia actuaciones de oficio por la distribución sin consentimiento del material audiovisual.

Jueves 30 de mayo. El Juzgado de Instrucción 5 de Alcalá de Henares abre diligencias previas para investigar si la propagación de los archivos incurren en un posible delito de descubrimiento y revelación de secretos después de recibir el atestado policial con las diligencias hechas hasta entonces y tras la denuncia del padre de la fallecida. Se decreta el secreto de las actuaciones."            (Isabel Valdés, 02/06/19)

17/5/19

Los suicidios de France Télécom llegan a los tribunales: juicio al sistema de acoso moral. Siete exdirigentes de la actual Orange, acusados de imponer un sistema que llevó a una ola de suicidios hace una década...

"Es un juicio a siete personas y una empresa concreta por sus decisiones durante un periodo determinado, pero lo que está en juego el proceso de France Télécom, que ha empezado esta semana, es mucho más. Puede determinar cómo, en el futuro, las grandes empresas tratarán a sus empleados. 

Entre 2007 y 2010, una ola de suicidios en France Télécom abrió el debate sobre los efectos de algunos métodos de management en la salud mental de los trabajadores. Los antiguos responsables del viejo monopolio público de las telecomunicaciones en Francia, hoy Orange, comparecen ante el Tribunal Correccional de París bajo la acusación de “acoso moral”.

La originalidad es que se juzga un sistema y no los actos perpetrados por una persona contra otra, como es habitual en los casos de acoso moral. El mero hecho de que el proceso tenga lugar ya puede haber llevado al mundo de las empresas a “ver el riesgo y el peligro”, dice Eric Beynel portavoz del sindicato Solidaires, “pero no se han dado respuestas de fondo sobre lo que ocurre en el lugar de trabajo”.

 “Se han centrado en los efectos, con grupos de ‘calidad de vida en el trabajo’, o de ‘bienestar en el trabajo’, con teléfonos 'SOS psicológico'”, dice este sindicalista. “Pero no han abordado las causas profundas. Si no, no seguiría habiendo hoy un gran número de suicidios ligados al trabajo”.

El sistema de acoso ocurrió en un contexto específico. France Télécom acababa de privatizarse. La competencia era enorme. Los clientes de líneas fijas se derrumban. Una buena parte de los 120.000 empleados tenían el estatuto de funcionarios, lo que dificultaba los despidos. Los dirigentes de la compañía, con el presidente director general Didier Lombard a la cabeza, adoptaron medidas drásticas. 

El objetivo era suprimir 22.000 empleos. El método, según los magistrados, consistía en desestabilizar a los empleados creando un ambiente de inseguridad para forzar su salida. Las juezas de instrucción sostienen que estas políticas “implicaron o acentuaron en un buen número de asalariados un sufrimiento cuyas manifestaciones adoptaron formas diversas, la más dramática de las cuales fue el paso al acto suicida”.

Entre las 39 personas citadas como víctimas en el caso France Télécom, 19 se suicidaron, 12 lo intentaron y ocho sufrieron depresión. Pero se han descartado los cargos de “homicidio involuntario” o de “puesta en peligro de vida ajena”, que habría supuesto un vínculo directo entre las decisiones de los jefes de la telefónica y la ola de suicidios.

 También habrían expuesto a penas más graves para los acusados, que finalmente afrontan la acusación de acoso moral, tipificada en el artículo 222-33-2 del Código penal francés. Según este artículo el acoso moral consiste en “acosar a otra personas con palabras o comportamientos repetidos que tengan por objeto o efecto una degradación de las condiciones laborables susceptible de atentar contra sus derechos y a su dignidad, alterar su salud física o mental o comprometer su futuro profesional". Los encausados se exponen a hasta un año de prisión y 15.000 euros de multa.

“Como es un proceso inédito (...) la cuestión es qué precedente creará”, dice Loïc Lerouge, investigador en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas y especialista en el derecho de la salud en el trabajo. “Si se reconoce penalmente el acoso institucionalizado, las grandes empresas, en el marco de sus planes de reestructuración y reorganización, deberán integrar este parámetro. Si hay una exoneración, quizá los planes de reestructuración podrán seguir sin integrar la salud mental de los asalariados en su puesta en marcha”.
Lerouge tiene dudas sobre el fundamento jurídico por el acoso moral institucionalizado y organizado, y no entre personas con nombres y apellidos. “En Francia no se reconoce un sistema organizado de acoso, sino que estamos en el terreno de las relaciones individuales, interpersonales”, explica. "Si los jueces reconocen este tipo de acoso, lo cambiará todo".

En la lista de muertos, que el diario Le Monde enumera, figura André Amelot, de 54 años, que se ahorcó; Camille Bodivit, de 48, que se lanzó de un puente; Anne-Sophie Cassou, de 42, que ingirió un cóctel de medicamentos y alcohol; Corinne Cleuziou, de 45, que también se ahorcó; o Rémy Louvradoux, de 56, que se inmoló ante una sede de la empresa en Burdeos.

No se juzgan los planes de reestructuración puestos en marcha por Lombard, su número dos Louis-Pierre Wernes y el director de recursos humanos Olivier Barberot, entre otros, sino el método. También se sienta en el banquillo la empresa France Télécom como persona moral. A Lombard se le atribuye la siguiente frase durante una reunión de directivos en 2006: “Haremos las reducciones de una manera u otra, por la ventana o por la puerta”. También se le reprocha haber minimizado los suicidios en France Télécom diciendo que fueron “una moda”.

Al comparecer el martes ante el tribunal, Lombard dijo que había querido decir “ambiente de suicidio” —mood en inglés— y no "moda de suicidio", y se refirió al llamado efecto Werther, según el cual la publicidad de los suicidios tiene un efecto de imitación. 

En un mensaje leído, dijo: “Es evidente que algunas medidas de ayuda a la transformación [laboral de los afectados] no estaban adaptadas para algunos y renuevo la expresión, para las víctimas y sus familias, de mi sincera y profunda tristeza porque esta situación haya podido involuntariamente contribuir a fragilizar a algunos de entre ellos hasta el punto de cometer un gesto irremediable, lo que me resulta insoportable”.                   (Marc Bassets, El País, 10/05/19)

19/10/18

Los suicidios...

"El régimen nazi creó una situación de anomia, un ambiente desprovisto de las normas sociales y valores morales tradicionales, en el que el suicidio a menudo servía la única forma de salir de una situación intolerable. (Suicide in Nazi Germany. Christian Goeschel).

No hay forma de probar si hubo una alta o baja tasa de suicidios en los campos de concentración nazis; se estima que el índice era mil veces mayor que fuera de ellos en tiempos de paz. Pero en Alemania las cifras de suicidios estuvieron disparadas desde el final de la Gran Guerra. Con la crisis de la República de Weimar, el suicidio era la salida de las clases medias y la pequeña burguesía que se vieron sumidas en la miseria.

 Una deshonra social. No era extraño que se suicidaran familias enteras, contó el historiador alemán Joachim Fest. En 1932, las cifras cuadruplicaban las de Gran Bretaña y doblaban las de Estados Unidos. En 1939, todavía había el doble de suicidios en Alemania que en Gran Bretaña. Oficialmente las autoridades alemanas registraron 214.409 suicidios entre 1918 y 1933.

En los campos de concentración, el gran trauma era la llegada. Un shock. Se humillaba a los prisioneros con un discurso de bienvenida en el que se les explicaba que valían menos que un perro. Llevaban días viajando hacinados, sin higiene. Al ingresar, se les requisaban sus pertenencias, se les tatuaba y se les rapaba la cabeza. Era una anulación, una despersonalización instantánea. Este impacto inicial, la pérdida de toda esperanza en pocas horas, llevó a suicidios masivos.

La adaptación a la nueva situación solo era posible si el prisionero alcanzaba el único estado de autodefensa posible: la apatía. Si reparaba en lo que estaba obligado a presenciar o en las actividades en las que tenía que participar, estaba perdido. Solo sobrevivía quien se concentraba en una sola cosa, sobrevivir cada día.

Según Victor E. Frankl, psicólogo austriaco que fue encerrado en campos de concentración por su origen judío, la desnutrición y la falta de sueño ayudaban a alcanzar ese estado de apatía. En algunos casos iba tan lejos que se perdía todo tipo de contacto con la realidad sin posibilidad de vuelta atrás. Quienes caían en ese estado eran los llamados Musselman, que se dejaban morir lentamente.

Además, otros sentimientos necesarios para sobrevivir en el campo, según Frankl, eran el resentimiento y la envidia hacia, por ejemplo, los internos que se encontraban en mejor situación o tenían privilegios. Eso ayudaba a seguir adelante, el rencor. Un psiquiatra estadounidense, Paul Chodoff, encontró que, incluso, asumir los valores de los guardias del campo era un mecanismo de adaptación que ayudaba a sobrevivir. Los que no se acoplaban a estas nuevas realidades y sus exigencias fueron los que se quitaron la vida.

Algunos se suicidaron y se lanzaban a la muerte cogidos  de las manos; el 14 de octubre de 1941, por ejemplo, la SS informó de que dieciséis judíos habían muerto «saltando a la cantera». Los hubieran empujado o no, los hombres de la SS eran culpables, una responsabilidad que se tomaban a la ligera. Cuando llegaron más convoyes de judíos a Mauthausen, los agentes de la SS bromearon, dando la bienvenida a su nuevo batallón de «paracaidistas». (Historia de los campos de concentración nazis, Nikolaus Wachsmann)

El grupo al que se pertenecía y la solidaridad que se establecía entre sus miembros también era fundamental. Los comunistas o los testigos de Jehová fueron grupos muy homogéneos. Además, según la teoría del suicidio, si la culpa de la frustración se puede dirigir a algo externo, es menos probable que se produzca el trágico desenlace. Primo Levi, que puede que se suicidase años después —aún no están confirmadas las causas de su muerte—, dijo que la lucha por la supervivencia diaria disminuía la probabilidad de quitarse la vida. Sumar un día vivo más a la hora de irse a dormir.

La información podía marcar la línea entre el suicidio o la supervivencia. Entre los que trabajaron en fábricas de armas y escuchaban noticias sobre la evolución de los frentes hubo menos suicidios. Y al revés, en los primeros compases de la contienda, las noticias de las conquistas nazis los aumentaron. 

El psiquiatra alemán Thomas Bronisch señala que cuando más suicidios hubo en Dachau fue con ocasión de los Juegos Olímpicos de Berlín, la anexión de Austria y Checoslovaquia y el pacto germanosoviético. La historiadora Kathryn Atwood apunta que los judíos que huyeron a los Países Bajos se suicidaron inmediatamente cuando estos territorios cayeron poco después en manos de Hitler.

También hubo suicidios provocados. El ejemplo que cita Bronisch es el de cuando los miembros de las SS asesinaban bebés, por ejemplo, estrellándolos contra un árbol. Las madres que lo presenciaban quedaban tan impactadas que podían suicidarse pocas horas después. Era un tipo de escena que se solía presentar cuando algún miembro de las SS estaba borracho y pretendía darle la bienvenida a Auschwitz a un convoy recién llegado.

La primavera de 1944, los de la Lager-SS asesinaron a varios miles de chiquillos de uno y otro sexo. En el campo principal de Kaunas, tal acción estuvo precedida por una fiesta infantil concebida a modo de tapadera por el comandante local. Las deportaciones subsiguientes fueron acompañadas de escenas terribles: los padres gritaban e imploraban a los de la SS mientras se llevaban a los menores. Hubo quien subió con sus hijos a los camiones para darles la mano mientras se dirigían al lugar en que iban a morir, y familias enteras que se suicidaron antes de que la SS pudiese dividirlas. (Historia de los campos de concentración nazis, Nikolaus Wachsmann)

Pero Frankl subraya que existió la figura del suicidio subversivo. El que se quitaba la vida porque quería morir sin autorización de las SS. Sin esperar a su sentencia de muerte. El tipo más conocido era lanzarse contra la alambrada electrificada. Según el testimonio de Morris Kesselman, un superviviente, contra las vallas se arrojaban «los más viejos, los más inteligentes». Para los más jóvenes y menos formados era más fácil resistir.

No obstante, la desesperación fue más común en situaciones menos escalofriantes. Sobre todo en los pogromos para detener a los judíos, es ahí donde más se suicidaron. Christian Goeschel piensa que para los judíos de la época, antes de la detención, llevar encima cianuro fue una cuestión de rutina, pese al tabú judío ante el suicidio. Matarse a uno mismo se convirtió en una salida aceptable dada la gravedad de la situación. En Austria, cuando se produjeron las deportaciones, se suicidaron cientos en pocos días, como explica Richard Evans en su trilogía sobre el Tercer Reich. Muchos lo hacían en el momento de recibir la carta con la orden de deportación. Cita el caso de la viuda del pintor Max Liebermann para dar las cifras globales:

La enterraron en el cementerio judío de Weissensee, donde el año anterior habían enterrado a ochocientos once suicidas frente a doscientos cincuenta y cuatro en 1941. Hasta cuatro mil judíos alemanes se suicidaron entre 1941 y 1943, solo en el último trimestre de 1941 el número ascendió a ochocientos cincuenta. 

Por entonces, los suicidios de judíos conformaban casi la mitad de todos los suicidios en Berlín, a pesar de que la comunidad judía superviviente era muy escasa. En su mayor parte, se trataba de ancianos, e ingerir veneno, el método más común, lo veían como una manera de hacer valer su derecho a poner fin a su propia vida cuando y como ellos querían, en lugar de morir asesinados a manos de los nazis. Algunos hombres se ponían las medallas por el servicio en la Primera Guerra Mundial antes de suicidarse.

Emil Fey, que se había destacado en la derrota del levantamiento nazi en Viena en 1934, se suicidó cuando se produjo la anexión de Austria, no sin antes matar a su mujer y a su hijo. Los austriacos no eran buenos nazis, dijo Alfred Pogar, pero sí eran excelentes antisemitas. Según Carl Zuckmayer, con los pogromos, las ciudades austriacas se convirtieron en «un cuadro del Bosco». Hasta Heydrich tuvo que llamar la atención a sus ciudadanos por sus desmanes. En el último cuatrimestre de 1941 se suicidaron ochenta y siete judíos en Viena, que se sepa, y doscientos cuarenta y tres en Berlín.

Entre los judíos de Viena abundaron los suicidios, porque muchos prefirieron morir a vivir gobernados por los nazis. William Shirer escribió que un amigo había visto como «un tipo de aspecto de judío» estaba en un bar y «poco después, se sacó del bolsillo una vieja navaja de afeitar y se cortó el cuello». Goebbels incluyó en su diario, el 23 de marzo de 1938, la siguiente nota cínica: «En el pasado, los alemanes se quitaban la vida. Ahora es al revés». (El Holocausto. Las voces de las víctimas y los verdugos, Laurence Rees).

Lo que llamó la atención de los nazis es que luego los judíos del gueto de Varsovia no se suicidasen en masa como los austriacos después del Anschluss. Primo Levi escribió en su trilogía sobre Auschwitz que era más fácil suicidarse después de sobrevivir al campo de concentración que durante la experiencia. Hubo muchos casos posteriores, algunos inmediatamente posteriores. Y señaló que tanto los historiadores soviéticos como los occidentales coincidieron al observar que hubo pocos durante la privación de libertad. Dio tres motivos.

 Uno, el suicidio es humano, no animal. Cuando vives como un animal, te puedes dejar morir, como un animal, pero no quitarte la vida. Segundo, la jornada estaba completa de principio a fin, no tenían tiempo de pensar. «Por la inminencia constante de la muerte faltaba tiempo para pensar en la muerte». Y tercero, no podían sentir culpa, algo que motiva el suicidio en algunos casos, porque ya estaban expiando con sufrimientos diarios.

La culpa llegaba después. Cuando se recordaba haber omitido socorro a otro interno más débil. Su petición de ayuda podía llegar a obsesionar toda una vida. «Recuerdo, también, y con desasosiego, que muchas más veces me alcé de hombros impacientemente a otras solicitudes, y precisamente cuando ya estaba en el campo hacía casi un año y había acumulado una buena dosis de experiencia: pero también había asimilado bien la regla principal de aquel lugar, que ordenaba ocuparse de uno mismo antes que de nadie», reconoció Levi.

En una entrevista a una médica que salvó muchas vidas, Ella Lingens-Reiner, publicada en Prisoners of Fear, de Victor Gollancz, dijo: «¿Cómo he podido sobrevivir en Auschwitz? Mi norma es que en primer lugar, en segundo y en tercero estoy yo. Y luego nadie más. Luego otra vez yo; y luego todos los demás». En este sentido, los testimonios de los judíos que tomaron parte en las tareas del campo, tales como colaborar en el gaseo y cremación de los otros prisioneros, dan prueba de ello.

Morris Venezia se siente aún más responsable por sus acciones y sostiene que «nosotros también nos convertimos en animales… cada día estábamos quemando cadáveres, cada día, cada día, cada día. Y llegas a acostumbrarte a ello». Cuando escuchaban los gritos que provenían de la cámara de gas «pensábamos que debíamos matarnos a nosotros mismos y dejar de trabajar para los alemanes. Pero incluso suicidarte no es tan sencillo». (Auschwitz. Laurence Ress).

Durante la guerra, en el ejército alemán se registraron mil ciento noventa y seis suicidios entre el 1 de abril de 1939 y el 30 de septiembre de 1941, según los datos de la Inspección de Sanidad militar (Heeressanitatsinspektion). Solo en septiembre de 1943, la cifra llegó a seis mil ochocientos noventa y ocho. Lo atestigua un telegrama enviado por Martin Bormann a Himmler quejándose por la alta tasa de suicidios dentro de la Wehrmacht. 

No obstante, William Craig en La batalla de Stalingrado pone en boca de Hitler la siguiente reflexión: «En Alemania, en tiempo de paz, de dieciocho a veinte mil personas se suicidan cada año y, sin embargo, nadie se encuentra ante una situación así. Y aquí hay un hombre [Paulus] que ve a cincuenta o sesenta mil soldados suyos morir defendiéndose bravamente hasta el final. ¿Cómo ha podido él rendirse a los bolcheviques?… Esto es algo que uno no puede entender del todo».

Lo escalofriante es la gran cantidad de gente que se suicidó llevándose a sus familias por delante. Lo de Magda Goebbels no fue un caso aislado. En el libro Suicide in Nazi Germany de Christian Goeschel se citan casos como el de una mujer que, tras el suicidio de su marido, mató a sus dos hijos y luego se cortó las venas. En la familia Böhm-Bawerk, el marido había huido y su mujer, su hermana y su hija se quitaron la vida. O el farmacéutico de Feldberg que mató a sus hijos y se quitó la vida después.

En los pueblos de la comarca se repetía la misma escena: soldados borrachos, aristócratas muertos. Una mujer había matado ella sola a tiros a quince miembros de su familia y se había suicidado arrojándose al agua.

La propaganda nazi fue tan intensa a la hora de inocular el miedo al Ejército Rojo que hubo una oleada de suicidios ante su llegada. Hay un libro cuya lectura es escalofriante. Después del Reich, de Giles MacDonogh, que cuenta cómo se abrió la veda contra los alemanes tras su derrota. Entre los nazis con responsabilidades, la oleada de suicidios fue de gran envergadura.

La culpa también obraba de modo indirecto. Fritz Haber, inventor del Zyklon-B, tuvo que ver en 1915 cómo su primera mujer, Clara, que también era química, se había suicidado con la pistola de su marido, «al parecer, avergonzada y horrorizada por el cariz que habían tomado sus investigaciones», detalló Philip Ball en Al servicio del Reich. También se suicidó su hijo Hermann, en 1946, debido a la obra de su padre, que era judío, por cierto.

El periodista Konstantín Símonov fue de los primeros en llegar al Tiergarten, en Berlín. Se encontró a los animales escuálidos del zoo entre los cuerpos de los SS que se habían suicidado. «En un cubículo encontró a un general de las SS muerto con la guerrera desabrochada y una botella de champán entre las piernas. Se había suicidado junto con su amante».

 El actor Paul Bildt se suicidó junto a veinte personas, entre ellas su hija, aunque él no tuvo éxito y les sobrevivió a todos doce años más. Para Michael Burleigh, autor de El Tercer Reich, se había ligado de tal manera a los hombres con su militancia que los suicidios fueron el único final concebible de la historia.

Con el hundimiento, la desgracia les llegó a las comunidades de alemanes fuera de Alemania. En Checoslovaquia hubo disturbios y algaradas exigiendo la expulsión de los alemanes. En el verano del 45, les pusieron brazaletes blancos con la letra «N» de Nemec (‘alemán’ en checo), les pintaron esvásticas en la espalda y tenían prohibido sentarse en bancos públicos, caminar por la acera o entrar en restaurantes, escribió Anne Applebaum en El telón de acero.

Al final, veinte mil tuvieron que dejar el país a la fuerza. Está registrado que en 1946 se suicidaron cinco mil quinientos cincuenta y ocho alemanes residentes en Checoslovaquia. En la ciudad de habla alemana Iglau (Jihlava en checoslovaco) se suicidaron mil doscientos alemanes cuando se produjo su caída. Antes de Navidad, la cifra había ascendido a dos mil. 

En Brüx (Most) se suicidaron entre mayo, junio y julio dieciséis alemanes al día, a menudo familias enteras. En Polonia, en Breslau, morían entre trescientos y cuatrocientos alemanes al día. Según MacDonogh, la cifra hubiese sido mayor de haber tenido los alemanes gas en la cocina. En Grünberg, en la Baja Silesia, se estima que se suicidó una cuarta parte de la población.

Si hubo un candidato al suicidio tras la ocupación soviética, eran las mujeres. Tras las violaciones a las que fueron sometidas sistemáticamente por las tropas soviéticas, en las que podían quedar embarazadas o contraer enfermedades venéreas, se suicidaban en masa. En los diarios de Ruth Friedrich, una amiga le dice: «Necesitamos suicidarnos, es indudable que no podemos vivir así». Había sido violada por siete soldados. En su libro, Goeschel explica que el suicidio de alemanes tras el final de la guerra fue algo «rutinario». 

Primero, por las políticas de terror de los nazis contra los propios alemanes conforme la guerra se acercaba a su final. Luego, por miedo a los soviéticos y, después, a consecuencia de los ultrajes a los que les sometieron estos.

En la Unión Soviética, el suicidio era considerado un comportamiento cobarde. Impropio de comunistas. Al principio, con la creencia de que podía prevenirse, hubo estudios y estadísticas, pero en 1920 fueron prohibidos, explican Karolina Krysinska y David Lester en Suicide in the Soviet Gulag Camps. En 1925, Yemelián Yaroslavski, miembro del Comité Central, manifestó que los suicidios se caracterizaban por una voluntad y carácter débiles de personas sin fe en la fortaleza del partido. En definitiva, el suicidio, entendido como un acto de libre voluntad y una elección del destino de cada uno, no se adecuaba a la mentalidad colectivista del sistema soviético.

En los gulag, que eran fundamentalmente campos antiélite, había muchos prisioneros con educación, por eso el shock de ingreso debería haberles afectado más. Sin embargo, según esta investigación, las principales causas de la muerte fueron las epidemias, de tuberculosis, neumonía o disentería, también las congelaciones y enfermedades relacionadas con el hambre o el trabajo en condiciones inseguras, pero el suicidio nunca tuvo una relevancia especial. 

Según Solzhenitsyn, los suicidios eran «asombrosamente raros, quizá menos frecuentes entre los presos que entre la gente libre». De hecho, cita en su famoso libro el caso de suicidas que se ahorcaron el día de recobrar la libertad.

Ni siquiera a los fuertes les quedaba un medio para luchar contra el sistema penitenciario, como no fuera el suicidio. (…) Pero ¿es lucha el suicidio? ¿No es claudicación?¿Acaso no se debía a eso la asombrosa escasez de suicidios en el campo? En general eran muy pocos, aunque cada recluso recuerde probablemente algún caso de suicidio. 

Pero seguro que recuerda muchos más casos de evasión. ¡Evasiones sí había más que suicidios! (Los celosos defensores del realismo socialista pueden felicitarme: me inclino decididamente por la línea optimista (…) Incluso creo que, estadísticamente hablando, el porcentaje de suicidios en el campo era menor que en la vida normal. (Archipiélago Gulag)

Si había suicidios, solían ser entre extranjeros, especialmente los occidentales, gente «no acostumbrada como los rusos a hacer frente a los desafíos y dificultades de la vida», pensaba Solzhenitsyn. Ósip Mandelshtam, un poeta condenado por escribir un poema contra Stalin, observó que el suicidio era muy raro entre los delincuentes y más común entre los intelectuales.

 Echar a correr fuera de los límites del área de trabajo para ser disparado era una de las formas más comunes. Ahí Solzhenitsyn sí que escribió que los que echaban a correr hacia la estepa y eran abatidos a tiros, tenían «una orgullosa forma de suicidio». Y ese era el ejemplo de mayor resistencia a la autoridad que podía encontrarse en el campo.

En la documentación del NKVD aparecen casos como uno que tuvo lugar en el campo de Dritrovsky, en diciembre de 1935, donde unos prisioneros, tras un castigo de cuatro días sin comer, intentaron cortarse las venas. Figuraba un informe de la industria maderera que relacionaba la escasez de comida con el índice de suicidios. Si bien muchas veces este no era un castigo deliberado, sino consecuencia de problemas en toda la URSS.

 Elinor Lipper, que estuvo once años en Siberia, dio testimonio de que en los traslados hubo prisioneras que trataban de ahorcarse en el vagón, o en los barcos quien se lanzaba al agua para morir ahogado. En los hospitales, contó Lipper, los internos trataban de acelerar la muerte. También hubo casos de, sin más, dejarse morir, como los Musselman de los campos nazis.

Según Anne Applebaum, en su estudio Gulag: A History, la dignidad humana salvaba vidas. En el sentido de que mantenerse limpios y conservar rutinas como afeitarse cuando les era posible, ayudaba a los prisioneros a que no cayeran en la desesperación y acabasen matándose. Según explicó en su obra, algo que impedía el suicidio era la falta de intimidad. Había decenas de personas en cada celda. Tenían que defecar a la vista de todos. Cita casos de personas que, en mitad de la noche, intentaban suicidarse cortándose las venas con los dientes, pero eran delatados en el acto por algún compañero de habitáculo que permaneciera insomne.

El búlgaro Tzvetan Todorov escribió que, para los internos del gulag, el suicidio era una oportunidad para ejercitar el libre albedrío. Al suicidarse, uno cambia el curso de los hechos, explicó, aunque sea por última vez en la vida. «Los suicidios de este tipo son actos de desafío, no de desesperación».
Shalámov, un exprisionero de los campos de Kolyma, escribió una paradoja. Pensar en suicidarse le mantenía con vida. La conciencia de que había reunido fuerzas para quitarse la vida en un momento dado le daba voluntad de vivir. Fue mucho más frecuente la automutilación o autolesión. 

Lipper contó que algunos se envolvían un pie en trapos húmedos para que se les congelase. Otros se cortaban un dedo, se reabrían heridas, se rociaban con algún producto químico para quemarse la piel. Este tipo de conductas estaba muy perseguido, se consideraba sabotaje a la producción, y podía costar una sentencia de muerte. Pero lo que se observa en ellas es voluntad de vivir, lo contrario del suicidio, era sacrificar una parte del cuerpo para salvar el resto, opinaba Solzhenitsyn. 

Los que sí lo pasaron realmente mal y contemplaban con frecuencia quitarse la vida, según el Nobel, fueron los comunistas convencidos que iban a parar al gulag:

Zosia Zalesskaia, una polaca de la nobleza, que había entregado toda su vida a la «causa del comunismo» trabajando en el Servicio Secreto soviético, trató de suicidarse tres veces seguidas durante la instrucción: se ahorcó, la descolgaron; iba a cortarse las venas, se lo impidieron; saltó a una ventana del séptimo piso, el adormilado juez de instrucción tuvo tiempo de sujetarla por el vestido. Tres veces la salvaron para fusilarla luego.

En El siglo soviético, de Moshe Lewin, se cita la obra The year 1937, de Oleg Jlevniuk, que puso de manifiesto que en la etapa del Gran Terror hubo múltiples formas de resistencia. Y una de ellas fue una oleada de suicidios. Para la propaganda, el suicidio de un sospechoso probaba su culpabilidad, pero no lograron reducir el índice de personas que se quitaban la vida. 

Todas las medidas fueron infructuosas: «Los suicidios se contaban por millares. En 1937, se produjeron solo en las filas del Ejército Rojo setecientos ochenta y dos casos. Un año más tarde, la cifra aumentó hasta ochocientos treinta y dos, sin contar los casos en la marina. Estos suicidios no siempre eran actos desesperados cometidos por personas que se sentían impotentes; también eran valientes manifestaciones de protesta».

No en vano, según Ian Grey, el suicidio llegó a preocupar a Stalin. No solo porque lo cometiera su mujer, Nadezhda, sino porque le parecía una forma de traición. De hecho, en 1945, Vasili Chernishev, director del Gulag, envió un memorándum a todos los campos quejándose del comportamiento de los guardias, entre los que había detectado, por supuesto, altas tasas de suicidio."               (Álvaro Corazón, El País, Jot Down)

12/9/18

Epidemia del suicidio, también de niños, en los infernales campos de refugiados

"Mi hijo de 26 años tuvo su último aliento en sus tiendas enmohecidas y cerró sus hermosos ojos a sus abominantes e injustas políticas”. Así se dirige a las autoridades australianas Fazileh Mansour, la madre del joven iraní Fariborz Karami que el junio pasado se quitó la vida en la cárcel-campo de refugiados de la isla Nauru.

 ¿Puede haber mayor dolor para una madre que perder a su hijo? Sí, tener su cadáver, como ella misma afirma, depositado en una nevera a unos metros de su tienda de campaña donde “vive” junto con su nuera-viuda en huelga de hambre desde el 15 de junio cuando encontró a Fariborz muerto en su tienda.

 La familia había llegado a esta pequeña isla de Micronesia en 2013 para ir a EEUU. A pesar de conseguir el estatuto de refugiado, se quedó atrapada en la isla, junto con cientos de ciudadanos iraníes y de otras nacionalidades a los que Donald Trump ha prohibido la entrada en EEUU. 

La dirección del campo les negó hasta una nueva tienda en estos 5 años “para cambiar el ánimo” de sus hijos, encerrados en este “Matadero y casa de tortura”, como lo llama Fazile.

Desde el 2016 que supieron que estarían detenidos de forma indefinida en la isla -que guarda un escalofriante parecido a la temible prisión de Alcatraz de San Francisco-, toda la familia cayó en una severa depresión. Es el año que otro iraní, Omid Masoumali de 24 años, se inmoló.

Según la trabajadora social Fiona Owens ha aumentado de forma alarmante las tasas de autolesiones entre los niños de este refugio: buscan en internet formas de morir. Hay niños, sobre todo los no acompañados, que dejan de comer y de jugar, y se apagan lentamente. Menciona los casos de dos niños de 12 y 14 años que perdieron tanta masa muscular que tienen dificultades para caminar. 

Australia, otro país que trata a los refugiados como delincuentes, se niega a proporcionarles servicios médicos adecuados. Las mujeres que han tenido un embarazo no planificado realizan abortos caseros, provocándose daños dolorosos e irreversibles. 

Un informe de incidencias del junio de 2018 revela que una niña refugiada de 14 años “se había echado gasolina encima y tenía un encendedor en la mano“, y otro de 10 “intentó autolesionarse ingiriendo objetos metálicos afilados como alambre“.

En el Líbano, la niña de 12 años siria, Khowla, tomó veneno para ratas que buscó en el campo, para quitarse la vida y “dejar de ser una carga para mi madre que tiene que cuidar a otros 6 hijos”, cuenta en la chabola húmeda y cubierta de lona de plástico. El gobierno libanés, aunque en los primeros años de la guerra dejó entrar a un millón de sirios, no les atiende.

Después de siete años de “ser refugiada”, Khowla pensó que la vida de su familia nunca iba a mejorar. “En Siria vivíamos una vida pobre, pero al menos teníamos nuestro orgullo y dignidad”. En el abril pasado, 75 mujeres y adolescentes sirias fueron rescatados de la esclavitud sexual en un burdel en Trípoli: Así se ha creado la industria de prostitución. Habían sido torturadas incluso electrocutadas y obligadas a tener sexo con al menos 10 clientes por día.

¿Solución?: Suicidio colectivo

“Si la situación no cambia, todos deberíamos matarnos aquí”, propone un refugiado afgano de la isla-limbo Moria, que al igual que otros 13,000 refugiados habitan una de las islas griegas. Los Médicos sin Frontera denuncian el aumento de los ataques de pánico e intentos de suicidio incluso de niños de 10 años.

 Después del acuerdo asesino de la Unión Europea con Turquía (responsables directos de muchas de las guerras, estas las “fábricas de refugiados”) en 2016, que convirtió a los seres humanos desesperados en “problema”, Grecia ha deportado a algunos cientos, mientras es incapaz de parar la llegada de otros miles que huyen de Siria, Sudán, Afganistán, y Congo.

 ¿Hasta cuándo estarán allí? Incluso un condenado a 20 años de cárcel no sufre esta incertidumbre. Su situación se parece más a una condena a la “Prisión permanente revisable”. En la isla Samos, solo en enero del 2017 hubo 12 intentos de suicidio y seis casos de autolesiones entre solicitantes de asilo. Save the Children afirma que, en Grecia, unos 5.000 menores viven en “condiciones atroces.

El 4 de julio del 2018, un solicitante de asilo afgano de 23 que fue deportado de Alemania a Afganistán junto con otros 68 compatriotas se suicidó en un hostal en Kabul. Había vivido 8 años en Alemania. Para el gobierno de Merkel, Afganistán es un oasis de paz y democracia mientras advierte a sus ciudadanos no viajar a este país, donde cada día mueren al menos 50 personas por los atentados talibanes o por los bombardeos de la OTAN.

En noviembre pasado, cuatro jóvenes de Eritrea de unos 18 años se suicidaron en este país, víctimas de la política de “Deportar primero, apelación después”. Alexander Tekle, había huido del conflicto de armado en Eritrea, y tras alcanzar los escombros de Libia, otro país “democratizado” por la OTAN, llegó a la “jungla” de Calais, y ocultándose en la parte trasera de un camión refrigerado llegó al Reino Unido.

 Exhausto y enfermo, fue sometido a un agónico proceso de solicitud de asilo. Tuvo tanto miedo de ser expulsado que prefirió morir. Su amigo Benny Hunter dice que él no pedía nada material, sólo seguridad y el respeto.

El estado antinatural de los niños

Ser “niño” es incompatible con perder la esperanza, pero el dilema de la población más joven de esos campos no es qué juguete pedir a los reyes magos. Si Miles de niños refugiados, como Aylan Kurdi, murieron en el camino víctimas de un complot, los que llegaron vivos a un sitio que se presentaba “seguro” ha sido una trampa mortal:

En noviembre del 2015, se encontró el cuerpo del niño bosnio Mohamed de 4 años, abusado y asesinado por el alemán Silvio S. un guardia de seguridad, – que como todo el mundo podía entrar en este centro de refugiados de Berlín sin someterse a ningún control. El llamado “pedófilo de muñecos”, que ya habia matado a otro niño, les engañaba regalándoles un peluche.

Miles de hijos nuestros han sido secuestrados, violados, torturados, y secuestrados en los campos de refugiados esparcidos por el mundo. El 60% de los 700.000 rohingas que tras vivir una violencia extrema (incluida la violación de miles de mujeres y niñas, que nadie les oirá su “MeToo”, encima son rechazadas por sus hombres, quienes piensan en su maldito honor manchado) son niños. 

En los campos de Bangladesh -país que tampoco los quiere-, ni han tenido tiempo y medios para hacer el duelo de la perdida de sus vidas. Los pequeños supervivientes, que retiene en su mente las imágenes de las guerras que han vivido, las penurias que han sufrido en el camino -presenciar peleas, asesinatos,  violaciones, humillaciones, la represión policial, y haber sufrido  palizas, abusos, hambre, miedo, e inseguridad -, al llegar a los campos, que a menudo es la prolongación de lo vivido en la travesía, ven destrozadas sus esperanzas de volver a ser niños o hacerse adulto como se imaginaban, y tras años soportando lo indecible para un cuerpo pequeño, terminan en desear poner fin a su calvario.

 Los niños viven en “modo de supervivencia las 24 horas“, afirma Save the Children, sobre todo los no acompañados, que incluso turnan para dormir y así protegerse de las “amenazas”.

La mayoría de los adultos y niños refugiados se suicidan por sentirse humillados, el cansancio por el cúmulo de las penurias sufridas y sobre todo perder toda la esperanza. El 40% de los adolescentes y jóvenes sirios acogidos por el Líbano, afirman tener impulsos suicidas. 

Sufren trastorno de estrés postraumático y otras enfermedades mentales, que se agravan con el paso de los días de espera de un milagro que les rescate. Según la Junta Nacional Sueca de salud, 12 niños afganos no acompañados se suicidaron en Suecia en 2017, por agotamiento mental. Aquí, la “cifra” es ascendente: en 2016 fueron 10 niños y 2015 ninguno.

En caso de los niños, los que han trabajado con esta población, apuntan a las siguientes causas:
  • El “Síndrome de renuncia”: un trastorno psiquiátrico infantil grave, en el que pierden las ganas de vivir, dejan de comer, caminar, jugar o incluso abrir los ojos.  Han perdido las esperanzas porque los padres lo han hecho. Las niñas padecen más el estrés pre y posmigratorio que los niños: al temor a ser violada se añade a ser repudiada por la familia, que se supone que debería protegerla.
  • Pérdida reciente de un pariente (por enfermedad, suicido o asesinato) o temer a perder a los padres y madres, a veces enfermos, y quedarse solos en aquel mundo-jungla.
  • Haber sido agredidos sexualmente. Según Save the Children, el 10% de los 2.800 niños y niñas congoleños en el campo de refugiado de Uganda, dijeron haber sido violados en el camino. En los propios campos, los pedófilos y las mafias de la industria de sexo hacen su agosto: al menos 8 niños fueron violados por un guardia del campo turco de Nizip; una niña de cuatro años murió por esta causa en un campo en Grecia; miles son forzados a prostituirse para sobrevivir.
Los niños constituyen más de la mitad de 65 millones de refugiados (cifra de la ONU) del mundo. Muchos no han conocido más que guerra y terror. Su protección debe ser la prioridad de los adultos, y rescatar lo que queda de sus vidas arruinadas, sueños deshechos, derechos aplastados."             (Nazaním Armanian, Público, 07/09/18)

23/10/14

Se optaba por el suicidio como medio para evitar esta condición de preso y de esclavo

"(...) –¿Por qué eligió como objeto de estudio la violencia política en la comarca del Noroeste durante el primer franquismo?

(...) Como historiador novel, este constante descubrimiento de nuevos datos me llevó a adentrarme en este tema, trasladando su espacio de acción y ejecución a nuestra comarca del Noroeste. El resultado fue realmente sorprendente, pudiendo afirmar que la represión franquista en la comarca fue entre un veinte y un treinta por ciento mayor que en el resto de la Región de Murcia, un aspecto que ya confirmó el historiador Antonio Martínez Ovejero hace años en este mismo periódico. 

Por tanto, no es equívoco destacar que esta violencia fue masiva y desproporcionada, sobre todo si comparamos las cifras máximas de población reclusa de la Prisión de Partido de Caravaca –la principal de la comarca– bajo el sistema republicano y bajo poder franquista. Los datos cotejados nos muestran que en agosto de 1938 esta prisión albergó a 159 presos, que contrastan con los 632 de septiembre de 1940, una cantidad aproximadamente cuatro veces superior.

–¿Cómo utilizó Franco a esos presos políticos?

–La respuesta es clara: como mano de obra esclava. La ausencia total de estudios sobre la represión en el Noroeste murciano –casi la única zona de Murcia que ha quedado sin investigar para los historiadores– nos conduce, por primera vez, al embalse del Cenajo como una infraestructura construida por reos republicanos.

 En la comarca, por tanto, y al igual que en el resto de España, existió un campo de concentración y de trabajo. Esta investigación ha confirmado lo que era un secreto a voces entre los habitantes del Noroeste. El análisis de fuentes documentales y fuentes orales nos ha permitido darle veracidad y rigurosidad histórica a estas sospechas populares.

–¿A qué empresa se adjudicó la construcción del embalse?

–La construcción de un embalse, en esta zona de la cuenca del río Segura, era una prioridad desde el siglo XIX como consecuencia de las catastróficas frecuentes avenidas fluviales. Tras terminar la Guerra Civil, esta obra se convirtió en un "caramelo", tanto para el Estado franquista como para la empresa que se encargara de ejecutar el proyecto, debido al abaratamiento de los costes por la utilización de presos. 

Muchas empresas no querían dejar pasar esta gran oportunidad de lucrarse y compitieron para adjudicarse la construcción. Finalmente, en 1942, se le concede a Construcciones Civiles S.A, imponiéndose a otras tan conocidas como Dragados. El costo total de la obra del Cenajo ascendió a 450 millones de pesetas, realizada entre los años 1942-43 y 1963, siendo inaugurada, en un ambiente festivo y multitudinario, por Franco y su gran comitiva.

–¿Cómo era el día a día de los presos políticos en el Cenajo?

–Presos y obreros cualificados convivían en el Cenajo durante las obras, para lo que se construyó un poblado en las inmediaciones del lugar, próximo al pueblo hellinero de Las Minas, que podía albergar a más de 1.000 obreros de manera simultánea. También se edificó un cuartel de la Guardia Civil para controlar a los reclusos y una Iglesia –la presencia del clero es una de las características principales del sistema penitenciario franquista, encargada de la "regeneración social" que tanto gustaba al nacionalcatolicismo–.
 La Dictadura ofrecía a los presos políticos rebajar la condena mediante el trabajo forzado, provocando, en muchos casos, un sentimiento de gratitud entre ellos, que veían en el trabajo el único medio posible para escapar del infierno penitenciario. Además, se les otorgaba un salario irrisorio, entre unas 4 y 6 pesetas por día trabajado, pero al que había que descontarle la alimentación, la asistencia sanitaria e incluso el uniforme de trabajo del propio preso. 
Mantener a estos reos políticos le resultaba realmente rentable al Estado. Los presos políticos del Cenajo no llegaban en el mejor estado físico ni psíquico, ya que procedían de innumerables centros penitenciarios en donde las torturas, castigos y vejaciones eran una constante. 
Soportar las duras condiciones de trabajo físico no era realmente fácil, y éstas, acompañadas por las infames medidas de seguridad laboral, provocaron muchos fallecimientos accidentales. En algunos casos estudiados, vemos que se optaba por el suicidio como medio para evitar esta condición de preso y de esclavo. 
No conocemos la cifra total, ni los nombres, de los "vencidos" o "enemigos de España" que trabajaron en la larga construcción del embalse del Cenajo. Buscar aquellos documentos y testimonios que nos sigan aportando datos e información será uno de los objetivos que nos propondremos a cumplir en un futuro. (...)"

21/11/13

La nota de suicidio de un soldado

"Daniel Somers era un soldado norteamericano que fue destruido por su experiencia en Irak. Allí participó en misiones de combate y en interrogatorios como miembro de una unidad de inteligencia militar. 

A la vuelta de Irak, fue diagnosticado con el síndrome de estrés postraumático y otras enfermedades. Se quitó la vida en junio de 2013 con 30 años. Su carta de suicidio fue publicada con la autorización de su familia.
“Mi cuerpo se ha convertido en una jaula, una fuente de dolor y problemas constantes. Mi enfermedad me causa dolor que ni las medicinas más fuertes pueden reducir, y no hay cura. Todo el día, cada día siento una horrible agonía en cada nervio de mi cuerpo.
No es otra cosa que una tortura. Mi mente es un vacío lleno de visiones de horror, una depresión y ansiedad constantes, incluso con toda las medicinas que me dan los médicos. Las cosas simples que todo el mundo tiene garantizadas son casi imposibles para mí. No puedo llorar o reír.
Apenas puedo salir de casa. No obtengo ningún placer de ninguna actividad. Todo consiste en dejar pasar el tiempo hasta poder volver a dormir. Ahora, dormir para siempre se me antoja como lo más misericordioso.
No tienes que culparte. La realidad es esta. Durante mi primer despliegue (en Irak), me hicieron participar en cosas cuya dimensión es difícil de describir. Crímenes de guerra, crímenes contra humanidad. Aunque no participé voluntariamente e hice lo posible por impedirlos, hay cosas de las que una persona no puede recuperarse.
En realidad, me enorgullezco de esto, porque continuar sin más con tu vida después de participar en algo así sería propio de un sociópata. Todo esto va mucho más allá de lo que la mayoría de la gente es consciente.”                     (Guerra Eterna, 16/11/2013)

23/10/12

Represión franquista de los homosexuales: “un estudiante, un profesor de instituto que era uno de mis mejores amigos y un bombero, se suicidaron”

 Fotos de la ficha policial de Sonia, una mujer transexual detenida por peligrosidad social en 1974

"La vida le ha dado “un segundo palo”, y por eso M. C. D., la primera lesbiana de las represaliadas durante el franquismo que ha pedido una indemnización, entiende que para ella es casi un deber moral atender a los medios de comunicación. 

Pero lo hace a disgusto y con limitaciones: ni su nombre ni su lugar de residencia deben ser hechos públicos. No es solo por las secuelas de aquel proceso, en el que una niña de 16 años fue detenida, puesta en libertad condicional y juzgada ya con 17 por ser lesbiana. 

También le influye en la ciudad en la que vive, de la que se niega a dar ningún tipo de detalle, las cosas no le están siendo fáciles a ella y su pareja. La homofobia no está extinguida, ni mucho menos comenta Antoni Ruiz, presidente de la Asociación de ex Presos Sociales, que es quien ha asesorado a M. C. D. para que reclame.

La mujer cuenta la historia de una manera abreviada y a regañadientes. “No me acuerdo ni dónde estaba cuando me detuvieron. Vino un grupo de policías de paisano, y ya está. He pasado toda mi vida intentado olvidarlo, superar la psicosis que aquello me produjo”. Tampoco sabe por qué lo hicieron.

Si alguien la denunció o si su comportamiento levantó las sospechas de las autoridades. Solo sabe que entones tenía “17 años, edad en la que aún no te has definido como adulto”, y que fue sometida “durante meses a un interrogatorio”, dice “que no comprendes”.

  Ficha de Antoni Ruiz, primer gay indemnizado por ser víctima del franquismo

En una especie de comunicado que lee con voz entrecortada, M. C. D. recuerda la dureza de un tiempo en que ser reconocido como gay, lesbiana o transexual era un peligro. Como ejemplo, recuerda a que, de su círculo, “dos personas recibieron electrochoques” como forma de tratar su desviación. 

Y ellos no se llevaron la peor parte. Otros tres, “un estudiante, un profesor de instituto que era uno de mis mejores amigos y un bombero, se suicidaron”. “Si cada uno conocemos a cinco personas [que sufrieron estos procesos], imagínese lo que era aquello”.

La sentencia del juez “de Instrucción y de Peligrosidad y Rehabilitación Social” de su provincia da algunas pistas. Apenas dos folios bastan para ejemplificar la homofobia de la época y para intentar arruinar una vida. M. C. D., “hija de una honrada familia”, presenta una “una clara orientación homosexual teniendo relaciones impúdicas con otra joven a la que domina, persigue y atrae” (Una víctima de la pervertida). 

Pero, además, es “una persona rebelde a sus familiares a los que desobedece y amenaza” cuando “intentan corregirla y educarla”.
 
Ambos delitos (ser lesbiana y obedecer a la familia) están en el mismo nivel para un sistema en el que la mayoría de edad estaba lejana (era a los 21), y en la que ese concepto se aplicaba a las mujeres a regañadientes.

Por eso, el juez lo tiene claro: M. C. D. “Es una homosexual, rebelde a su familia, que se encuentra en estado peligroso”. Por eso le puede aplicar la ley de Peligrosidad Social de 1970, y la condena a “internamiento en un establecimiento de reeducación por un tiempo no inferior a cuatro meses ni superior a tres años”.

 También le prohíbe “visitar salas de fiestas y establecimientos públicos donde se ingieran bebidas alcohólicas durante dos años”.

El abogado defensor, por cierto, no tuvo nada que alegar.

A M. C. D. el recuerdo le duele. Pero consigue sacar la ironía para hablar de su reeducación. “Era una cárcel normal [la prisión de Alcázar de San Juan, provincia de Ciudad Real, donde pasó cuatro meses], y no había reeducación ninguna. Bueno, sí, hacíamos cositas, manualidades de punto, costura y cuero. Por cierto que nos las pagaban muy mal, así que alguien debió de forrarse con nuestro trabajo”, dice.

Que aquel intento reeducador fue un fracaso es una obviedad. Aunque alguno de los conocidos de M. C. D. intentó librarse de la presión casándose, no es su caso. La Comisión de Indemnizaciones a Ex-Presos Sociales, órgano colegiado adscrito al Ministerio de Economía y Hacienda, al que corresponde la resolución de las solicitudes de indemnización, tendrá que decidir ahora la resolución de la petición."              (El País, 19/10/2012)

26/4/11

Decenas de enfermos mentales sufrieron varios años en el penal

"La mayoría de los presos acabaron siendo transferidos a otros países por su nulo valor para los interrogadores - Padecían paranoia, esquizofrenia o adicción a las drogas - Hubo sucesivos intentos de suicidio, que se consumaron en tres casos.

Modulá Abdul Raziq, de 40 años, consumía sus propias heces, bebía champú y embadurnaba con excrementos su cuerpo desnudo en una celda de Guantánamo. Es uno de los presos que menos tiempo ha permanecido en el penal, ocho meses, y fue transferido a Afganistán en septiembre de 2002, antes de que comenzaran los juicios que revisan el estatuto de combatiente enemigo.

El afgano logró la libertad no porque los norteamericanos reconocieran su equivocación, sino porque su lamentable estado psiquiátrico "dificulta o imposibilita obtener información durante los interrogatorios", según señala un informe secreto en el que el general de brigada Michael R. Lehnert, del cuerpo de Marines de Estados Unidos, pide su repatriación a Afganistán.

Treinta presos en Guantánamo padecían enfermedades psiquiátricas, depresiones profundas, graves trastornos de personalidad y varios protagonizaron reiterados intentos de suicidio que en algunos casos se consumaron, según las evaluaciones médicas a las que se les sometía en el campo Rayos X al ingresar en el centro carcelario y que ahora salen a la luz. (...)

Juma Muhamed Abd al Latif al Dosari, de 38 años, natural de Bahréin, ostenta el récord del campo. Su informe le atribuye hasta una docena de "serios" intentos de suicidio. "El más reciente fue en diciembre de 2005, cuando se cortó el cuello", recoge su ficha fechada en julio de 2006 y firmada por el contraalmirante Harry B. Harris.

"Tiene un importante desorden depresivo, personalidad limitada con trato pasivo y agresivo...", continúa el párrafo que arranca con la siguiente frase: "El detenido goza de buena salud". Ha pasado cinco años en Guantánamo, donde se le consideraba como un preso de alto riesgo y alto valor de inteligencia por haber reclutado supuestamente a una célula de yihadistas en Búfalo (EE UU). Un recluso le identificó como cocinero de Al Qaeda. Fue transferido a Arabia Saudí.

El saudí Mishal Awad Sayaf Alhabiri, de 31 años, intentó suicidarse colgándose en su celda y sufrió "significantes daños cerebrales por la pérdida de oxígeno" hasta terminar en una silla de ruedas. "Ha estado hospitalizado desde entonces y tiene impredecibles emociones y comportamientos. Sufrió lesiones en la cabeza por un accidente de motocicleta a los 18 años.

También sufrió una amputación de su dedo índice izquierdo y ha sido tratado aquí por depresión", reconoce su informe, fechado en 2004. Pese a que su evaluación aseguraba que el valor de inteligencia de este preso era bajo, permaneció en Guantánamo durante tres años hasta ser entregado a Arabia Saudí por recomendación del general de brigada Jay W. Hood. (...)

Yasser al Zahrani murió en su celda de Guantánamo con 21 años. Según el Ejército norteamericano se suicidó con su sábana el 10 de junio de 2006, el mismo día que otros dos presos, en una acción coordinada de protesta.

Había entrado al campo con 17 años y en su ficha se aseguraba que su nivel de riesgo era medio y el de inteligencia bajo.(...)

En esa misma lista de enfermos de riesgo figuró durante años Ayman Said Abdulá Batarfi, de 41 años, médico yemení de Osama Bin Laden en las cuevas de Tora Bora (Afganistán). "Tiene buena salud, pero pobre estado mental... paranoia y esquizofrenia. No es dócil con el tratamiento a consecuencia de su psicosis", dice su informe secreto.

Su cercanía al jefe de Al Qaeda, a su escudero egipcio Ayman al Zawahiri y a los combatientes yihadistas a los que asistió durante la invasión norteamericana de Afganistán en 2001 ha sido el argumento principal para mantenerlo preso durante siete años hasta su entrega a Yemen en 2009.

"El detenido es extremadamente inteligente y ha facilitado mucha información sobre sí mismo y otros asociados a la ONG Wafa Humanitarian Organization (para la que trabajaba)", dice el contraalmirante Buzby en su evaluación. La lista de la potencial información que podía facilitar en los interrogatorios es interminable. Un recluso que luchó en Tora Bora le acusó de hacerse el loco.

Los ancianos con demencia senil y depresión también pueden ser terroristas, según los parámetros que rigen en Guantánamo.

El afgano Mohamed Sadiq, de 89 años, entró en el penal el 4 de mayo de 2002 y fue sometido a la prueba del polígrafo, donde se demostró que no sabía manejar el teléfono satélite Thuraya que encontraron en un registro en su casa.

Tampoco conocía la identidad de una lista de teléfonos sospechosos de estar relacionados con el movimiento talibán. Pasó cuatro meses encerrado en su celda hasta que un informe del general de división Michael E. Dunlavey recomendó su entrega a las autoridades afganas por su enfermedad y porque no tenía "ningún valor de inteligencia para EE UU". (El País, 26/04/2011)

18/10/10

"Nadie puede decir cómo se sufre, durante años, viendo morir a los unos y esperando turno los otros"

"Sí, queríamos matar a Franco. Lo íbamos a matar, incluso habíamos preparado una avioneta para ir a matarlo cuando estaba de vacaciones, pero en las cárceles había 200.000 españoles presos, y si lo matábamos no iba a salir uno vivo, por eso el golpe fracasó", explica Martín Arnal, anarquista, en un documental de Eugenio Monesma que se podrá ver en la exposición Tierra y Libertad, 100 años de anarquismo en España, inaugurada ayer en Zaragoza.

El documental recoge los testimonios de antiguos anarquistas, hoy ancianos, que recuerdan con amargura la represión franquista: "Nadie puede decir cómo se sufre, durante años, viendo morir a los unos y esperando turno los otros. Nadie puede explicar cuando un hombre se va a quitar la vida con una correa colgado en el grifo del váter", asegura Antonio Garía Barón.

Los entrevistados relatan el frío recibimiento que encontraron en Francia -muchos fueron a parar a campos de concentración y algunos, de exterminio- o la decepción de verse solos en su lucha contra el franquismo tras haber ayudado a derrotar a Hitler.

Otro anarquista confiesa como, una vez capturado, deseó que le fusilaran "para terminar de una vez con las torturas", y cómo en la soledad de prisión le invadió el odio: "No odiaba a los que me daban golpes, odiaba a toda la sociedad. Me saturé de odio". (El País, 07/10/2010)