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15/7/16

Su padre tuvo un incidente con un colono, que le disparó su revólver y lo dejó en la calle malherido. Nadie lo recogió todo el resto de la noche y al amanecer murió, desangrado

"A diferencia de otros barrios de Jerusalén, tan inmaculadamente limpios como los de una ciudad suiza o escandinava, el vecindario palestino de Silwan, situado en el este y vecino de la Ciudad Vieja y la mezquita de Al Aqsa, regurgita de basuras, charcos hediondos y desechos.

 Me temo que tanta suciedad no sea casual, sino parte de un plan de largo alcance, para ir echando a los 30.000 palestinos que todavía viven aquí e irlos reemplazando por israelíes.

 Los colonos comenzaron a infiltrarse en el barrio, por la zona de Batan Al-Hawa, hace 11 años. Lo que hasta entonces parecía poco menos que casual —grupos de familias ultrareligiosas que conseguían instalarse en una casa elegida al azar— tomó el cariz de una operación planificada y con un objetivo claro. 

Los colonos que se han metido en el barrio de Silwan pertenecen a dos movimientos religiosos: Elad y Ateret Cohanim. Están repartidos en unas 75 casas y no son muchos: unos 550. Pero se trata de una cabecera de playa, que, a todas luces, seguirá creciendo. Al día siguiente de mi visita al barrio, se anunció que las autoridades de Israel habían autorizado la construcción de un edificio en el barrio para albergar nuevos colonos de Ateret Cohanim.

Para saber dónde están los asentamientos basta mirar arriba: las banderas israelíes, flameando en la suave brisa de la mañana, indican que han ido constituyendo un cerco, igual que en el sur de las montañas de Hebrón, dentro del que todo el barrio va quedando encarcelado.

Las maneras como estas familias se apoderan de una casa son diversas: alegando tener documentos antiguos según los cuales fueron judíos los propietarios; comprando el inmueble a través de un testaferro árabe; hostilizando y amenazando al ocupante hasta hacerlo huir; pleiteando en los tribunales para que se decida a demoler la vivienda por no haber sido construida con los permisos necesarios, o, en los casos extremos, aprovechando un viaje o salida de los dueños o inquilinos para meterse en el lugar a la fuerza.

 Una vez que los colonos están adentro, el Gobierno israelí manda a la policía o al Ejército a protegerlos, porque, quién podría ponerlo en duda, esas gotas de agua de invasores en medio de ese piélago de palestinos, corren peligro. 

Las gotas se irán convirtiendo en arroyos, lagos, mares. Los colonos religiosos que han echado raíces aquí no tienen prisa: la eternidad está de su lado. Así han ido extendiéndose los enclaves israelíes en Cisjordania y convirtiéndolo en un queso gruyère; así van creciendo también en el Jerusalén árabe.

Se guardan las formas, como en el resto de la nación: Israel es un país muy civilizado. En Batan Al-Hawa hay 55 familias palestinas amenazadas de expulsión, por vivir en casas que carecen de documentos que garanticen la propiedad y 85 inmuebles con órdenes de demolición, pues, como de costumbre, fueron edificados sin obtener los permisos adecuados.

Cuando le pregunto a Zuheir Rajabi, vecino y defensor palestino del barrio, que me guía en este recorrido, si tiene fe en la honradez y neutralidad de los jueces que deben pronunciarse al respecto, me mira como si yo fuera todavía más imbécil que mi pregunta. “¿Acaso tenemos otra opción?”, me responde. 

Es un hombre sobrio, que ha estado en la cárcel varias veces. Tiene tres hijos de siete, nueve y trece años que han sido arrestados los tres alguna vez. Y una hijita, Darín, de seis años, que anda prendida de una de sus piernas. Su casa está rodeada de dos asentamientos y ha recibido varias propuestas para que la venda, por sumas más elevadas que su precio real. Pero él dice que no la venderá nunca y que se morirá en el barrio; las amenazas de sus vecinos no lo asustan.

 Le pregunto si los colonos instalados en Silwan tienen niños. Sí, muchos, pero salen muy rara vez y generalmente escoltados por policías, soldados o la guardia privada que protege los asentamientos. Pienso en la vida claustral y terrible de esas criaturas, encerradas en esas casas hurtadas, y en la de sus padres y abuelos, convencidos de que, perpetrando las injusticias que cometen, materializan un proyecto divino y se ganan el Paraíso.

 Desde luego que el fanatismo religioso no es privativo de una minoría de judíos. También son fanáticos esos palestinos de Hamas y la Yihad Islámica que se despedazan a sí mismos haciendo estallar bombas en autobuses o restaurantes, lanzan proyectiles sobre los kibutz o tratan de acuchillar a los soldados o a pacíficos transeúntes, sin entender que esos crímenes sólo sirven para anchar la zanja, ya muy grande, que separa y enemista a ambas comunidades.

 De pronto, en nuestras andanzas por Silwan, Zuheir Rajabi me señala un edificio de varios pisos. Todo él ha sido ocupado por los colonos, salvo uno de los apartamentos; en él permanece contra viento y marea una familia palestina de siete miembros.

 Hasta ahora, han resistido, pese a que les cortan el agua, la electricidad, a que deban tocar la puerta a los colonos para poder entrar cada vez que salen a la calle, e, incluso, a que, cuando abren las ventanas, los bombardeen con basuras.

Mientras conversamos, sin darme cuenta, nos hemos ido rodeando de chiquillos. Pregunto si alguno ha sido detenido alguna vez. El que levanta las manos tiene una cara traviesa y descarada: “Yo, cuatro veces”. 

Cada vez estuvo sólo un día y una noche; lo acusaron de tirar piedras a los soldados y él negó y negó y terminaron por creerle, de modo que no lo llevaron a la corte. Se llama Samer Sirhan y su padre tuvo un incidente con un colono, que le disparó su revólver y lo dejó en la calle malherido. Nadie lo recogió todo el resto de la noche y al amanecer murió, desangrado.

Cuento estas historias tristes porque, creo, dan una idea justa del más candente problema que enfrenta Israel: el de los asentamientos, la ocupación creciente de los territorios palestinos que lo ha convertido en un país colonial, prepotente, y que ha dañado tanto la imagen positiva y hasta ejemplar que tuvo mucho tiempo en el mundo.

Todavía hay muchas cosas que admirar en Israel. Haberse convertido, por el esforzado trabajo de sus habitantes, en un país del primer mundo, de muy altos niveles de vida y haber prácticamente liquidado la pobreza en la sociedad israelí gracias a políticas inteligentes, progresistas y modernas.

 Y, la máxima hazaña con que cuenta en su haber: haber integrado a decenas de miles y miles de judíos procedentes de culturas y costumbres muy diversas, de lenguas diferentes, en una sociedad donde, pese a la unidad del idioma hebreo que es el común denominador, coexisten fraternalmente todas ellas preservando su diversidad (dígalo, si no, el millón de rusos que han llegado en los últimos años al país).

Desde la primera vez que vine a Israel, a mediados de los años setenta del siglo pasado, contraje un enorme cariño por este país. Todavía creo que es el único lugar en el mundo donde me siento un hombre de izquierda, porque en la izquierda israelí sobrevive el idealismo y el amor a la libertad que han desaparecido en ella en buena parte del mundo. 

Con dolor he visto cómo, en los últimos años, la opinión pública local se iba volviendo cada vez más intolerante y reaccionaria, lo que explica que Israel tenga ahora el Gobierno más ultra y nacionalista religioso de su historia y que sus políticas sean cada día menos democráticas. Denunciarlas y criticarlas no es para mí sólo un deber moral; es, al mismo tiempo, un acto de amor.

Jerusalén, junio de 2016."                  (Mario Vargas Llosa, El País, 02/07/16)

13/7/16

Nadie habla del horror que es Hebrón y las tremendas injusticias que allí se cometen contra sus 200.000 vecinos para proteger a 850 colonos israelíes invasores

"El problema mayor de Israel es uno solo, los asentamientos en Cisjordania, es decir, la ocupación de los territorios palestinos”, me dice Yehuda Shaul. “El próximo año cumplirá medio siglo. Pero tiene solución y la veré puesta en práctica antes de morir”.

Le replico a mi amigo israelí que hay que ser muy optimista para creer que un día más o menos próximo los 370.000 colonos instalados en las tierras invadidas del West Bank —verdaderos bantustán que cercan a los 2.700.000 habitantes de las ciudades palestinas y las desconectan una de otra— podrían salir de allí en aras de la paz y la coexistencia pacífica. 

Pero Yehuda, que trabaja incansablemente por hacer conocer lo que una gran mayoría de sus compatriotas se niega a ver, la trágica situación en que viven los palestinos de la orilla occidental del Jordán, me dice que tal vez yo sea menos escéptico después del viaje que haremos juntos, mañana, hacia las aldeas palestinas de las montañas del sur de Hebrón.

Estuvimos él y yo en esas montañas, casi en el límite de Cisjordania, hace seis años. Y, es cierto, la aldea de Susiya, que entonces tenía unos 300 habitantes y parecía destinada a desaparecer al igual que otras de la zona, ahora tiene 450, porque, pese a los infortunios de que sigue siendo víctima, han regresado buen número de las familias que habían huido; también ellas, como Yehuda, gozan de un optimismo a prueba de atrocidades.

Porque el acoso que padecen Susiya y las aldeas vecinas desde hace muchos años no ha cesado, al contrario. Me muestran la demolición reciente de las casas, los pozos de agua cegados con rocas y basuras, los árboles cortados por los colonos y hasta los vídeos que han podido tomar de las agresiones de éstos —con fierros y garrotes— a los vecinos, así como las detenciones y maltratos que reciben también de las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel). 

En la casa comunal, una de las pocas viviendas que se tienen en pie, quien hace las veces de alcalde, Nasser Nawaja, me muestra las órdenes de demolición que, como espadas de Damocles, se ciernen sobre las construcciones todavía no destruidas por los buldóceres del ocupante.

 Las formas se guardan: esta zona ha sido elegida para maniobras militares de las FDI y las aldeas deberían desaparecer (pero no los asentamientos ni los puestos de avanzada de los colonos que prosperan por todo el contorno). A veces, el pretexto es que las frágiles viviendas son ilegales, pues carecen de permiso de edificación.

 “Es cosa de locos —me dice Nasser—; cuando pedimos permiso para construir o reabrir los pozos de agua, nos lo niegan, y luego nos demuelen las viviendas por haberlas levantado sin autorización”. En este pueblo, como en los otros del contorno, los campesinos y pastores no viven en casas sino en frágiles tiendas levantadas con telas y latas o en las cuevas —muy abundantes en la zona— que los soldados todavía no han inutilizado rellenándolas de piedras y basura.

Pese a todo, los vecinos de Susiya y de Yimba, las dos aldeas que visito, siguen ahí, resistiendo el acoso, apoyados por algunas ONG e instituciones israelíes solidarias, como Breaking the Silence (Rompiendo el silencio), de la que es miembro Yehuda y la que me ha invitado aquí. En Susiya conozco a un joven muy simpático, Max Schindler, judío norteamericano; ha venido como voluntario a vivir unos meses en este lugar y enseña inglés a los niños de la aldea.

 ¿Por qué lo hace?: “Para que vean que no todos los judíos somos lo mismo”. En efecto, hay muchos como él —los justos de Israel—, que los ayudan a presentar alegatos en los tribunales, que vienen a vacunar a los niños, que protestan contra los atropellos, y, entre ellos, escritores como David Grossman y Amos Oz, que firman manifiestos y se movilizan pidiendo que cesen los abusos y se deje vivir a estas aldeas en paz.

Un pronunciamiento de esta índole, encabezado por ellos, hace algunos meses, salvó de la picota —por el momento— a Yimba, un pueblo antiquísimo, aunque se llegaron a demoler 15 casas. Ahora aguarda una última decisión de la Corte Suprema sobre su existencia. Tiene una enorme cueva, todavía indemne, que, me aseguran, es de la época romana.

 En ese entonces la aldea estaba a la orilla del camino —todavía se puede seguir su trazo en el áspero desierto de piedra, polvo y rastrojos que nos rodea— que conducía a los peregrinos a la Meca; entonces Yimba era próspera gracias a sus tiendas de abastos y restaurantes.

 Ahora su antigüedad esconde un riesgo: que, como se trata de un lugar arqueológico, la autoridad israelí decida que debe ser deshabitado para que los arqueólogos puedan rescatar los tesoros históricos de su subsuelo. Las quejas son idénticas a las que escucho en Susiya: “Apenas consigan echarnos con ese pretexto, llegarán los colonos; ellos sí pueden convivir con los restos arqueológicos sin ningún problema”.

Al igual que en Susiya, en Yimba hago la visita rodeado de niños descalzos y esqueléticos que, sin embargo, no han perdido la alegría. Una niña, sobre todo, de ojos traviesos, se ríe a carcajadas cuando ve que soy incapaz de pronunciar su nombre árabe como es debido.

Basta examinar un mapa de los territorios ocupados para comprender la razón de los asentamientos: rodean a todas las grandes ciudades palestinas y obstruyen sus contactos e intercambios, a la vez que van ensanchando la presencia israelí y descomponiendo y fracturando el territorio que supuestamente debería ocupar el futuro Estado Palestino hasta hacerlo impracticable.

 Hay una intencionalidad clara en esta estrategia: mediante la proliferación de asentamientos volver irrealizable aquella solución de los dos Estados que, sin embargo, los dirigentes de Israel dicen aceptar. 

No se entiende si no por qué todos sus gobiernos, de centro, de izquierda y de derecha, con la única excepción del último Gobierno de Ariel Sharon, que en 2005 retiró las colonias israelíes en Gaza, hayan permitido y sigan haciéndolo, la existencia y crecimiento sistemático de unas colonias ilegales —laicas, socialistas y muchas de religiosos ultras— que son un motivo permanente de fricción y dan a los palestinos la sensación de ver encogerse como una piel de zapa el ya reducido espacio que tienen de Cisjordania.

No pretendo leer la mente secreta de la élite política israelí. Pero basta seguir en el mapa la manera como en las últimas décadas las invasiones ilegales y el famoso “muro de Sharon” van cercenando los territorios palestinos, para advertir en ello una política tácita o explícita que nunca ha intentado atajar estas invasiones y, más bien, las estimula y las protege. 

Ella no sólo es un motivo constante de choques con los palestinos; es una realidad que hace a muchos pensar que ya es imposible llevar a la práctica la constitución de los dos Estados soberanos, algo que, sin embargo, como una jaculatoria desprovista de verdad, un puro ruido, todavía promueven la ONU y los gobiernos occidentales.

Probablemente, entre el despojo que significan también estas colonias ningún caso sea tan dramático como los cinco asentamientos erigidos en el corazón de Hebrón. ¡850 colonos israelíes en el corazón de una ciudad palestina de 200.000 personas!

 Para protegerlos, 650 soldados israelíes montan guardia en la vieja ciudad, que ha sido sellada, “esterilizadas” (según la fórmula oficial) sus calles —cerradas todas sus tiendas, las puertas principales de las viviendas, todos los comercios— de modo que pasear por allí es recorrer una ciudad fantasma, sin gente y sin alma.

 Hace once años deambulé por estas calles muertas; lo único que ha cambiado es que han desaparecido los insultos racistas contra los árabes que decoraban sus muros. Pero por todas partes aparecen siempre las barreras con soldados y continúa la prohibición para que los árabes circulen en coches por las calles del centro, lo que les obliga a dar un enorme rodeo a campo traviesa para pasar de un barrio a otro.

 Los israelíes que me acompañan —son cuatro— me dicen que lo peor de todo es que ahora ya nadie habla del horror que es Hebrón y las tremendas injusticias que allí se cometen contra sus 200.000 vecinos para, aparentemente, proteger a 850 invasores."                (Mario Vargas Llosa, El País, 01-07-16)

8/7/16

Es un programa de intimidación sistemática de la población palestina. Se trata de mantener a los jóvenes, de 12 a 17 años, desestabilizada psicológicamente. Con “operaciones simuladas de perturbación de la normalidad”. O sea, prevenir el terror sembrando el pánico

"Los niños terribles.

Salwa Duaibis y Gerard Horton son dos juristas —ella palestina y él británico/australiano—, miembros de una institución humanitaria que vigila las actuaciones de los tribunales militares en Israel encargados de juzgar a los jóvenes de 12 a 17 años que atentan contra la seguridad del país. La mañana que pasé con ellos en Jerusalén ha sido una de las más instructivas que he tenido.

¿Sabía usted que en el año 2012 ni un solo colono de los asentamientos de Cisjordania fue asesinado? ¿Y que el promedio de crímenes contra los miembros de los asentamientos en los últimos cinco años es solo de 4,8 de promedio al año, lo que significa que los territorios ocupados son más seguros para ellos que las ciudades de Nueva York, México y Bogotá para sus vecinos?

 Si se tiene en cuenta que en Cisjordania los colonos son unos 370.000 (si se añade Jerusalén Oriental serían medio millón) y los palestinos 2.700.000, no hay duda posible: se trata de uno de los lugares menos violentos del mundo, pese a los tiroteos, demoliciones, actos terroristas y disturbios de que da cuenta la prensa.

“Un gran éxito de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), sin duda”, dice Gerard Horton. “¿Hay que felicitarlas por ello?” Algo semejante sólo se consigue mediante un plan inteligente, frío y metódicamente ejecutado. ¿En qué consiste este plan en lo que concierne a los niños y adolescentes?

 En un programa de intimidación sistemática, astutamente concebido y puesto en práctica de manera impecable. Se trata de mantener a esa población joven, la de 12 a 17 años, desestabilizada psicológicamente. Para ella existen las cortes especiales que vigilan los juristas de esta institución. 

El método consiste en “demostrar la presencia” por doquier de las FDI, la “cauterización de la conciencia” y “operaciones simuladas de perturbación de la normalidad”. Esta jerga esotérica puede resumirse en una frase sencilla: prevenir el terror sembrando el pánico. 

(Este método es distinto al que se aplica a los adultos y, sobre todo, a los sospechosos de terrorismo; en este caso se incluyen asesinatos selectivos, torturas, larguísimas penas de prisión y demolición y confiscación de viviendas).




El Ejército tiene un oficial de inteligencia a cargo de cada una de las zonas de Cisjordania y una eficiente cadena de informantes comprados mediante el soborno o el chantaje, gracias a los cuales hace listas de los jóvenes que asisten a las manifestaciones contra el ocupante y tiran piedras a las patrullas israelíes.

 Las operaciones se hacen generalmente de noche, por soldados enmascarados que se anuncian con un ruido ensordecedor, lanzando a veces granadas de aturdimiento en sus irrupciones en los hogares, rompiendo cosas, dando órdenes y hablando a gritos, con el objeto de asustar a la familia, sobre todo a los niños. Los registros son imprevisibles, minuciosos y aparatosos. 

Al joven o niño delatado, le tapan los ojos y lo esposan; se lo llevan, tendido en el suelo del vehículo, poniéndole encima los pies, o dándole algunas patadas para mantenerlo asustado. En el centro de interrogación lo dejan tendido en el suelo entre cinco o diez horas, para desmoralizarlo y espantarlo con la incierta espera en las tinieblas.

 El interrogatorio sigue un protocolo preciso: aconsejarle que se declare culpable de tirar piedras, con lo que apenas pasará dos o tres meses en la cárcel; en caso contrario, el juicio puede ser largo, siete u ocho meses, y, si es declarado culpable, acaso reciba una sentencia peor. Ablandado así, se le puede proponer entonces que sirva de informante. Si no lo está lo suficiente, se le advierte que podría ser violado o torturado, algo a lo que no es necesario llegar, salvo casos excepcionales. 

A algunos, basta advertirles que su conducta podría obligar al Ejército a detener a sus seres más queridos, su madre o su hermana, por ejemplo. En algunos casos, el joven o niño acepta la propuesta; y casi siempre sale de aquella experiencia quebrado, confuso, compungido y avergonzado de sí mismo. Este estado de ánimo aminora, según los diseñadores del método, su peligrosidad potencial y lo vuelve vulnerable. Y no es imposible que ese ruinoso estado de ánimo se contagie al resto de la familia.

Por eso, no importa tanto identificar a los culpables de las pedreas; el objetivo es introducir en los hogares y en todas las aldeas, a través de los niños y adolescentes, inseguridad y alarma perpetuas. Acosadas por el temor de ser víctimas de esos registros, en medio de la noche, con destrozos en vajilla, camas y enseres, de que se lleven a hijos, hermanos o nietos, las angustiadas familias se vuelven menos peligrosas. 

Ese mismo fin persiguen las prohibiciones disparatadas, los toques de queda constantes, las súbitas disposiciones que alteran las rutinas y aumentan el sobresalto cotidiano. La confusión y el desorden impiden o por lo menos desalientan las conspiraciones.

 Gracias a la manera sorpresiva y escenográfica de los registros y la parafernalia que los acompaña, la población suele quedar muy desarmada sicológicamente para organizarse y operar; de este modo se atenúa el riesgo de que sean un peligro serio para esas colonias tan bien armadas, y, sobre todo, tan estratégicamente bien situadas.

Los vecinos de las aldeas y ciudades acuadrilladas y resquebrajadas por los asentamientos reciben prohibiciones estrictas de pisar el territorio de las colonias, lo que los obliga a dar grandes circunvalaciones para comunicarse entre sí. Los colonos, en cambio, están enlazados por modernas carreteras que por lo común solo pueden utilizar los ciudadanos israelíes. 

El aislamiento de los pueblos y ciudades palestinos y la rápida comunicación entre los asentamientos es otra de las garantías de su seguridad. Es verdad que, a veces, se perpetran crímenes horribles contra los colonos, pero, atendiendo a la inhumana estadística, sus víctimas son menos numerosas que las que en el resto del mundo resultan de los accidentes de tránsito. Israel demuestra así que en el siglo XXI se puede ser un país colonialista y al mismo tiempo muy seguro.




¿Qué pasa cuando esos niños o jóvenes son finalmente puestos en manos de los jueces? Para saberlo, acompañado por Gerard Horton y Salwa Duaibis, pasé unas horas en una cárcel en las afueras de Jerusalén, donde funcionan los tribunales de menores presididos por jueces militares. Entrar en el recinto de los juzgados es una larga tarea; hay que someterse a registros y recorrer pasillos enrejados y con cámaras que me recordaron lo que fue entrar a, y salir de, la Franja de Gaza.

Más interesante que los juicios mismos, resultó conversar con las madres y padres, o hermanos y hermanas, de los jóvenes palestinos que estaban siendo juzgados. Una señora de la aldea de Beit Fajjar me cuenta que su hijo, de 15 años, ha pasado siete meses en la cárcel y que, la noche que los soldados lo arrestaron, rompieron todo lo que había en su casa. 

Le ha costado un sinfín de trabajos viajar de Beit Fajjar a Jerusalén. Pese a ello, sus ojos brincan de alegría y sonríe todo el tiempo: su hijo ha cumplido la condena y espera que dentro de un minuto o una hora (o dos o tres) el juez la llame y le diga que puede llevárselo a su casa.

Ninguna otra de las personas que está en esta sala muestra semejante alegría. Un hombre alto y enteco me cuenta que tiene dos hijos presos —uno de 15 y otro de 17— y que todavía no ha podido verlos. Le toma tres días llegar desde su aldea y ni siquiera está seguro de que hoy podrá charlar con ellos. Lo acompaña su hija, muy jovencita y muy tímida, a la que golpearon los soldados la noche que entraron rompiendo a patadas la puerta de su casa, porque olvidó mostrarles el teléfono móvil que tenía en el bolsillo y con el que acaso estaba grabándolos.

 Los juicios son rápidos. El juez o la jueza, en uniformes militares, hablan en hebreo y un oficial los traduce al árabe. Los abogados utilizan el árabe y son traducidos al hebreo. Los acusados, jóvenes semirapados y vestidos de negro, escuchan en silencio cómo se decide su suerte. De pronto, una muchacha, hermana de uno de los reos, estalla en llanto. Desde el banquillo de los acusados, aquel le implora con los ojos y las manos que se tranquilice, su llanto podría empeorar las cosas."             (Mario Vargas Llosa, El País, 01/07/16)

Es un programa de intimidación sistemática de la población palestina. Se trata de mantener a los jóvenes, de 12 a 17 años, desestabilizados psicológicamente. Con “operaciones simuladas de perturbación de la normalidad”. O sea, prevenir el terror sembrando el pánico

"Los niños terribles.

Salwa Duaibis y Gerard Horton son dos juristas —ella palestina y él británico/australiano—, miembros de una institución humanitaria que vigila las actuaciones de los tribunales militares en Israel encargados de juzgar a los jóvenes de 12 a 17 años que atentan contra la seguridad del país. La mañana que pasé con ellos en Jerusalén ha sido una de las más instructivas que he tenido.

¿Sabía usted que en el año 2012 ni un solo colono de los asentamientos de Cisjordania fue asesinado? ¿Y que el promedio de crímenes contra los miembros de los asentamientos en los últimos cinco años es solo de 4,8 de promedio al año, lo que significa que los territorios ocupados son más seguros para ellos que las ciudades de Nueva York, México y Bogotá para sus vecinos?

 Si se tiene en cuenta que en Cisjordania los colonos son unos 370.000 (si se añade Jerusalén Oriental serían medio millón) y los palestinos 2.700.000, no hay duda posible: se trata de uno de los lugares menos violentos del mundo, pese a los tiroteos, demoliciones, actos terroristas y disturbios de que da cuenta la prensa.

“Un gran éxito de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), sin duda”, dice Gerard Horton. “¿Hay que felicitarlas por ello?” Algo semejante sólo se consigue mediante un plan inteligente, frío y metódicamente ejecutado. ¿En qué consiste este plan en lo que concierne a los niños y adolescentes?

 En un programa de intimidación sistemática, astutamente concebido y puesto en práctica de manera impecable. Se trata de mantener a esa población joven, la de 12 a 17 años, desestabilizada psicológicamente. Para ella existen las cortes especiales que vigilan los juristas de esta institución. 

El método consiste en “demostrar la presencia” por doquier de las FDI, la “cauterización de la conciencia” y “operaciones simuladas de perturbación de la normalidad”. Esta jerga esotérica puede resumirse en una frase sencilla: prevenir el terror sembrando el pánico. 

(Este método es distinto al que se aplica a los adultos y, sobre todo, a los sospechosos de terrorismo; en este caso se incluyen asesinatos selectivos, torturas, larguísimas penas de prisión y demolición y confiscación de viviendas).




El Ejército tiene un oficial de inteligencia a cargo de cada una de las zonas de Cisjordania y una eficiente cadena de informantes comprados mediante el soborno o el chantaje, gracias a los cuales hace listas de los jóvenes que asisten a las manifestaciones contra el ocupante y tiran piedras a las patrullas israelíes.

 Las operaciones se hacen generalmente de noche, por soldados enmascarados que se anuncian con un ruido ensordecedor, lanzando a veces granadas de aturdimiento en sus irrupciones en los hogares, rompiendo cosas, dando órdenes y hablando a gritos, con el objeto de asustar a la familia, sobre todo a los niños. Los registros son imprevisibles, minuciosos y aparatosos. 

Al joven o niño delatado, le tapan los ojos y lo esposan; se lo llevan, tendido en el suelo del vehículo, poniéndole encima los pies, o dándole algunas patadas para mantenerlo asustado. En el centro de interrogación lo dejan tendido en el suelo entre cinco o diez horas, para desmoralizarlo y espantarlo con la incierta espera en las tinieblas.

 El interrogatorio sigue un protocolo preciso: aconsejarle que se declare culpable de tirar piedras, con lo que apenas pasará dos o tres meses en la cárcel; en caso contrario, el juicio puede ser largo, siete u ocho meses, y, si es declarado culpable, acaso reciba una sentencia peor. Ablandado así, se le puede proponer entonces que sirva de informante. Si no lo está lo suficiente, se le advierte que podría ser violado o torturado, algo a lo que no es necesario llegar, salvo casos excepcionales. 

A algunos, basta advertirles que su conducta podría obligar al Ejército a detener a sus seres más queridos, su madre o su hermana, por ejemplo. En algunos casos, el joven o niño acepta la propuesta; y casi siempre sale de aquella experiencia quebrado, confuso, compungido y avergonzado de sí mismo. Este estado de ánimo aminora, según los diseñadores del método, su peligrosidad potencial y lo vuelve vulnerable. Y no es imposible que ese ruinoso estado de ánimo se contagie al resto de la familia.

Por eso, no importa tanto identificar a los culpables de las pedreas; el objetivo es introducir en los hogares y en todas las aldeas, a través de los niños y adolescentes, inseguridad y alarma perpetuas. Acosadas por el temor de ser víctimas de esos registros, en medio de la noche, con destrozos en vajilla, camas y enseres, de que se lleven a hijos, hermanos o nietos, las angustiadas familias se vuelven menos peligrosas. 

Ese mismo fin persiguen las prohibiciones disparatadas, los toques de queda constantes, las súbitas disposiciones que alteran las rutinas y aumentan el sobresalto cotidiano. La confusión y el desorden impiden o por lo menos desalientan las conspiraciones.

 Gracias a la manera sorpresiva y escenográfica de los registros y la parafernalia que los acompaña, la población suele quedar muy desarmada sicológicamente para organizarse y operar; de este modo se atenúa el riesgo de que sean un peligro serio para esas colonias tan bien armadas, y, sobre todo, tan estratégicamente bien situadas.

Los vecinos de las aldeas y ciudades acuadrilladas y resquebrajadas por los asentamientos reciben prohibiciones estrictas de pisar el territorio de las colonias, lo que los obliga a dar grandes circunvalaciones para comunicarse entre sí. Los colonos, en cambio, están enlazados por modernas carreteras que por lo común solo pueden utilizar los ciudadanos israelíes. 

El aislamiento de los pueblos y ciudades palestinos y la rápida comunicación entre los asentamientos es otra de las garantías de su seguridad. Es verdad que, a veces, se perpetran crímenes horribles contra los colonos, pero, atendiendo a la inhumana estadística, sus víctimas son menos numerosas que las que en el resto del mundo resultan de los accidentes de tránsito. Israel demuestra así que en el siglo XXI se puede ser un país colonialista y al mismo tiempo muy seguro.




¿Qué pasa cuando esos niños o jóvenes son finalmente puestos en manos de los jueces? Para saberlo, acompañado por Gerard Horton y Salwa Duaibis, pasé unas horas en una cárcel en las afueras de Jerusalén, donde funcionan los tribunales de menores presididos por jueces militares. Entrar en el recinto de los juzgados es una larga tarea; hay que someterse a registros y recorrer pasillos enrejados y con cámaras que me recordaron lo que fue entrar a, y salir de, la Franja de Gaza.

Más interesante que los juicios mismos, resultó conversar con las madres y padres, o hermanos y hermanas, de los jóvenes palestinos que estaban siendo juzgados. Una señora de la aldea de Beit Fajjar me cuenta que su hijo, de 15 años, ha pasado siete meses en la cárcel y que, la noche que los soldados lo arrestaron, rompieron todo lo que había en su casa. 

Le ha costado un sinfín de trabajos viajar de Beit Fajjar a Jerusalén. Pese a ello, sus ojos brincan de alegría y sonríe todo el tiempo: su hijo ha cumplido la condena y espera que dentro de un minuto o una hora (o dos o tres) el juez la llame y le diga que puede llevárselo a su casa.

Ninguna otra de las personas que está en esta sala muestra semejante alegría. Un hombre alto y enteco me cuenta que tiene dos hijos presos —uno de 15 y otro de 17— y que todavía no ha podido verlos. Le toma tres días llegar desde su aldea y ni siquiera está seguro de que hoy podrá charlar con ellos. Lo acompaña su hija, muy jovencita y muy tímida, a la que golpearon los soldados la noche que entraron rompiendo a patadas la puerta de su casa, porque olvidó mostrarles el teléfono móvil que tenía en el bolsillo y con el que acaso estaba grabándolos.

 Los juicios son rápidos. El juez o la jueza, en uniformes militares, hablan en hebreo y un oficial los traduce al árabe. Los abogados utilizan el árabe y son traducidos al hebreo. Los acusados, jóvenes semirapados y vestidos de negro, escuchan en silencio cómo se decide su suerte. De pronto, una muchacha, hermana de uno de los reos, estalla en llanto. Desde el banquillo de los acusados, aquel le implora con los ojos y las manos que se tranquilice, su llanto podría empeorar las cosas."             (Mario Vargas Llosa, El País, 01/07/16)

7/7/10

Los hijos de los verdugos

"Decir que Pecados de mi padre es la historia de Sebastián Marroquín, el único hijo varón de Pablo Escobar, el más famoso narcotraficante de Colombia, con un prontuario de fechorías y hechos violentos sin parangón que han generado en torno de su nombre una verdadera mitología, es decir muy poca cosa.

Porque la confesión del joven protagonista de este documental, más que un testimonio sobre el horror y la sangre en que transcurrió su vida y la de su madre y su hermanita menor -los tres sobrevivieron de milagro a un atentado de enemigos de su padre que hicieron explotar el edificio Mónaco, donde vivían, con 700 kilos de dinamita-, es la radiografía más persuasiva y más dramática del fenómeno de la violencia que vivió Colombia en los años 80 y los 90 por las guerras entre carteles de la droga y las que libraban todos ellos con las fuerzas del orden.

En la macabra danza participaban millones de millones de dólares mal habidos y decenas de cadáveres, atentados terroristas, secuestros, inseguridad, caos, y sobre todo ello, tronaba la figura, odiada por sus crímenes y latrocinios y adorada por sus derroches populistas -como construir un zoológico feérico en su tierra antioqueña y regalar 5.000 viviendas a los pobres que vivían en los basurales de la ciudad- de Pablo Escobar, quien finalmente fue abatido por la policía en 1993.

Su hijo, de 15 años, anunció ese mismo día por la radio que vengaría a su padre, matando a sus ajusticiadores. Pero pocos días después se desdijo, pidió perdón por sus amenazas y juró que renunciaba a continuar en ese paroxismo de violencia que desangraba a su país.

Uno de los grandes méritos del documental de Nicolás Entel es probar de manera inequívoca que el hijo de Pablo Escobar cumplió este juramento. No fue fácil. Él y su madre debieron huir de Colombia, una vez que consiguieron que un juez aceptara cambiar sus nombres, y, luego de una fuga cinematográfica, por Ecuador, Perú, Mozambique y Brasil, recalar en Buenos Aires, donde, no sin tropiezos -incluida la cárcel, donde la viuda de Escobar pasó un tiempo acusada de lavado de dinero y de ser esquilmados por un contador que descubrió su verdadera identidad y pretendió chantajearlos- poco a poco fueron rehaciendo su vida y alcanzando una cierta normalidad. Ahora, la viuda se gana la vida vendiendo inmuebles y Sebastián Marroquín como diseñador de interiores.

¿Cómo convenció Nicolás Entel a Sebastián Marroquín para que desnudara su vida ante la cámara? Es decir, para que aceptara volver a una riesgosa actualidad a la que él y su familia habían evitado con tanto empeño todos estos años. Probablemente, la razón es la que el hijo de Escobar esgrime en el documental: por más que uno trate, no es posible huir de su pasado. La única manera de dejarlo atrás, es enfrentarlo, con valentía y lucidez.

Él lo hace, de una manera intensa y desgarrada. Pide perdón a todas las víctimas de Pablo Escobar y sus pistoleros, y sus palabras tienen un acento verídico, no truculento, y parecen expresar una voluntad de expiación adquirida en largos años de reflexión y sufrimiento.

El cráter del documental es el encuentro del hijo de Pablo Escobar con los hijos de dos políticos colombianos asesinados por los sicarios del jefe del cartel de Medellín: el ministro Rodrigo Lara Bonilla y el candidato presidencial Luis Carlos Galán. Sebastián Marroquín les escribió primero, pidiéndoles perdón, y esas víctimas a quienes la muerte violenta de sus padres destrozó la vida, se lo concedieron y aceptaron reunirse con él.

Escarapela la espalda el instante en que se reúnen y conversan. Hay una tensión que corta el aire, mientras Sebastián Marroquín, con voz estrangulada, explica lo que siente y lo que ha sentido todos estos años ante esa locura homicida que rodeó su infancia y juventud y todos los estragos que sembró en torno su padre. La cámara tiene en estos momentos esa misteriosa facultad que le imprime el talento de un buen realizador: la de escudriñar por debajo de las palabras y los gestos la verdad o la mentira del personaje que está frente a ella, la de delatar sus imposturas o refrendar su sinceridad.

En la incomodidad que trata de vencer, en el temblor de la voz, en lo huidizo de su mirada, en la tensión que lo embarga, en el sollozo que trata de contener, es evidente que aquello que Sebastián dice a los hijos de Lara Bonilla y de Galán de veras lo siente. Ellos lo entienden así y por eso su respuesta es no menos auténtica." (MARIO VARGAS LLOSA : Pecados de mi padre. El País, ed. Galicia, opinión, 30/06/2010, p. 37)

2/1/09

El exterminio colonial de los congoleños

"Por increíble que parezca, Leopoldo II convirtió a Bélgica en una gran potencia colonial sin disparar un solo tiro.

Para ello, primero, en un trabajo diligente y genial que le tomó muchos años, se fraguó una imagen de monarca humanitario, altruista, condolido por la suerte de los salvajes y paganos de este mundo, que sedujo a la opinión pública de Europa y de los Estados Unidos. Invirtiendo en ello el dinero de su reino y el suyo propio, fundó asociaciones benéficas y centros para combatir la esclavitud que hacía estragos en el África Occidental, costeó el viaje de misioneros a esas regiones bárbaras, impulsó investigaciones, estudios y publicaciones sobre las condiciones de vida de las tribus africanas que todavía practicaban el canibalismo y eran diezmadas por los traficantes árabes que, partiendo de la isla de Zanzíbar, practicaban la trata, y peroró sin tregua, en orquestadas manifestaciones públicas, exigiendo a las grandes potencias que intervinieran para poner fin a aquella lacra indigna que era el comercio de carne humana en los mares del mundo.

La campaña dio el resultado que esperaba. En febrero de 1885, catorce naciones reunidas en Berlín, y encabezadas por Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Estados Unidos, le regalaron a Leopoldo II, a través de la Asociación que él había creado para ello, todo el Congo, un inmenso territorio de más de un millón de millas cuadradas, es decir unas 80 veces el tamaño de Bélgica, para que "abriera ese territorio al comercio, aboliera la esclavitud y cristianizara a los salvajes".

No había un solo africano presente en aquel Congreso y no hay un solo indicio de que alguien en Europa o Estados Unidos -político, periodista o intelectual- se preguntara siquiera si era aceptable que la suerte de ese inmenso país fuera decidida de este modo, por 14 naciones advenedizas, sin que un solo congolés hubiera sido siquiera consultado al respecto.

Seguro de lo que iba a ocurrir en el Congreso de Berlín, Leopoldo II ya se había adelantado, desde un año antes, a operar en el territorio que de la noche a la mañana lo convirtió en el amo de un formidable imperio. Para ello había contratado al célebre explorador galés-norteamericano Henry Morton Stanley, el primer europeo en recorrer los varios miles de kilómetros del río Congo, desde sus nacientes, en el África Oriental, hasta su desembocadura en el Atlántico.

En una expedición que es una mezcla de grotesca pantomima cínica y proeza etnológica y geográfica, entre 1884 y 1885, los expedicionarios enviados por Leopoldo II recorrieron buena parte del Alto y Medio Congo repartiendo cuentecillas de vidrios de colores y retazos de tela en 450 aldeas y villorrios africanos y haciendo "firmar" contratos -los llamaban "tratados"- en los que los caciques y jefes indígenas, que no tenían idea de lo que firmaban, cedían la propiedad de sus tierras a la Asociación Internacional del Congo, se comprometían a dar hombres para que trabajaran en las obras públicas que aquella institución emprendiera -caminos, depósitos, puentes, embarcaderos-, cargadores para transportar los bultos y materiales, a proveerla de brazos para la recolección del caucho y a alimentar a los peones, funcionarios y soldados y policías que vinieran a instalarse en sus dominios. De manera que cuando las grandes potencias le entregaron el Congo, Leopoldo II ya tenía en sus manos 450 "tratados" en los que los congoleses legitimaban mediante sus firmas aquella donación y le entregaban sus vidas y haciendas.

A diferencia de otras colonizaciones, en que los invadidos resistieron de alguna forma al colonizador y le infligieron algunos daños, en el Congo prácticamente no hubo resistencia. Los congoleses no tuvieron tiempo ni posibilidades de resistir a un sistema que cayó sobre ellos -una miríada de culturas y pueblos desconectados entre sí- como una malla inflexible en la que perdieron, desde el principio, toda libertad de iniciativa y movimiento, y en el que fueron sometidos a una explotación inicua, las 24 horas del día, hasta su extinción. Los castigos, para los recolectores que no entregaban el mínimo exigido de látex, eran brutales.

Iban desde los chicotazos hasta las mutilaciones de manos y pies -a las mujeres y a los niños primero, y luego a los propios trabajadores- hasta el exterminio de aldeas enteras, cuando se producían fugas masivas o aquellas comunidades no cumplían con la obligación de alimentar a sus verdugos como éstos esperaban. Hace un año que leo testimonios diversos -de misioneros, viajeros, aventureros o de los propios colonos- sobre estos años del Congo y todavía no me cabe en la cabeza que fuera posible una monstruosidad tan atroz, un genocidio en cámara lenta semejante, sin que el mundo llamado civilizado se diera por enterado.

Cuando aparecen las primeras denuncias en Europa, por boca de pastores bautistas norteamericanos, hay una incredulidad general. Y los plumíferos alquilados por Leopoldo II actúan de inmediato en la prensa hundiendo en la ignominia a aquellos denunciantes y llevándolos ante los tribunales por calumnias.

Durante un cuarto de siglo por lo menos el Congo fue desangrado, esquilmado y destruido en una de las operaciones más crueles que recuerde la historia, un horror sólo comparable al Holocausto. Pero, a diferencia de lo ocurrido con el exterminio de seis millones de judíos por el delirio racista y homicida de Hitler, ninguna sanción moral comparable a la que pesa sobre los nazis ha recaído sobre Leopoldo II y sus crímenes, al que muchos europeos, no sólo belgas, todavía recuerdan con nostalgia, como un estadista que, venciendo las limitaciones que la historia y la geografía impuso a su país, hizo de Bélgica por unos años un país imperial.

La verdad es que detrás de la behetría y las violencias en que se debate todavía ese desdichado país se delinea la mortífera sombra de ese emperador que conquistó el Congo sin disparar un solo tiro y consiguió en menos de 20 años aniquilar a por lo menos 10 millones de sus súbditos africanos." (MARIO VARGAS LLOSA: La aventura colonial. El País, ed. Galicia, Opinión, 28/12/2008, p. 25)