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15/4/14

“El que no puede matar fríamente a un prisionero, no tiene cabida en las fuerzas especiales”

"Apenas llama ya la atención la noticia de que en alguna base militar (generalmente de EE.UU.) un veterano que luchó en Irak o en Afganistán ha sufrido un repentino acceso de enajenación mental y acto seguido ha desencadenado un mortal tiroteo que a menudo termina en suicidio. (...)

Los incidentes causados por el retorno a la vida civil de los excombatientes, a causa de los problemas de su readaptación, no son una novedad (ya preocuparon a la ciencia médica al concluir la Primera Guerra Mundial) pero tras las guerras de Irak y Afganistán han cobrado especial relevancia en los medios de comunicación. (...)

Después, en Irak y Afganistán ya no luchaba un ejército de reacios conscriptos sino las fuerzas profesionales del Estado, bien instruidas, dotadas y preparadas. A pesar de eso, en el primer decenio del presente siglo el índice de suicidios entre los veteranos alcanzó cifras alarmantes, así como las enfermedades mentales y los trastornos de depresión e inadaptación al regresar al hogar.

Los estudios realizados para ayudar a la reinserción de los soldados hacen hincapié en el sentimiento de culpabilidad tan común en los supervivientes, relacionado con la “solidaridad del grupo” inculcada en todo combatiente, sin la que las más cruentas acciones bélicas serían imposibles.

 Es esa disposición “a morir por otra persona, una forma de amor que ni las religiones son capaces de inspirar”, como escribe Sebastian Junger (Guerra, Crítica 2011) al describir el espíritu de compañerismo de todo guerrero.

 Culpabilidad no solo por seguir viviendo mientras el compañero moría ante sus ojos, sino también por recordar algo que hizo o que dejó de hacer en momentos críticos, y que ya no puede remediarse.

También influye negativamente el hecho de que el soldado que regresa percibe en ocasiones que tiene poco en común con las personas con las que vuelve a convivir, que en nada se parecen a sus antiguos compañeros con los que estuvo tan estrechamente unido.

 Esta sensación a veces degenera en hostilidad general hacia los demás, incapaces de entenderle y con los que no puede compartir sus recurrentes fantasmas. Como complicación adicional, es consciente de que durante su ausencia su familia, sus amistades, todo lo que era su mundo siguió activo sin su participación, lo que le inculca una sensación de superfluidad. 

No es ajena a este problema la idea básica de que quien ha sido deliberadamente preparado para matar y ha conocido el poder absoluto que confiere un arma de fuego en sus manos corre el peligro de interiorizar esa sensación. Así aleccionaba Patton a sus soldados en Italia: “[Si un enemigo se presenta ante vosotros rindiéndose] tenéis que matarlo. Traspasadlo entre la 3ª y la 4ª costilla.

 Decídselo a vuestros hombres. Deben tener el instinto asesino. [El enemigo] nos reconocerá como matadores y los matadores son inmortales”. Desde 1943 hasta hoy las cosas han cambiado poco: “El que no puede matar fríamente a un prisionero, no tiene cabida en las fuerzas especiales”, se lee en un manual en vigor para las tropas de élite.

¿Es la familiaridad de los veteranos con las armas de fuego la que hace posibles incidentes como el antes mencionado? Haber matado “legalmente” en el campo de batalla ¿puede crear un peligroso hábito para la convivencia civilizada entre ciudadanos? ¿Es la ciega disciplina militar la que, al adiestrar al individuo para la guerra, lo convierte en un asesino potencial?

 Todo esto son cuestiones abiertas sobre las que psicólogos y militares trabajan sin encontrar una respuesta definitiva. Ésta, sin embargo, es de apabullante sencillez: “la guerra” es la única causa del problema.

 Mientras sea un instrumento aceptado al servicio de la política de los Estados o de los grupos que luchan por el poder, seguirá habiendo excombatientes traumatizados por la experiencia bélica, que en un momento de enajenación siembren en derredor la muerte y la desolación que conocieron en el campo de batalla."                  (Alberto Piris, Attac España, 12/04/2014, Artículo publicado en República.com)

23/12/13

Cuando la guerra termina, suelen volver esperando que la gente los respete y cuide de ellos, pero eso a los demás les trae completamente sin cuidado.



"DOCTOR NOBLE FRANKLAND Copiloto de la Unidad de Bombarderos británica, historiador y director del Imperial War Museum de Londres. 

Es extremadamente variado: mucha gente está mutilada del todo, psíquica y físicamente, pero supongo que casi todos los que sobreviven, sobreviven aparentemente intactos. Pero hay efectos que permanecen y creo que en cierto modo los efectos son muy buenos para las personas, porque sienten que, hasta cierto punto, han sido capaces de realizarse. 

Y creo que mucha gente pasa por la vida sin tener nunca esa sensación de haberse realizado. Pero los que toman parte en operaciones bélicas intensas suelen sentirse realizados, especialmente si creen en lo que hacen, y a mí me parece que los que libran una guerra son más propensos a creer. 

Pero también hay muchos efectos negativos. Quizá uno de los menos obvios sea que los individuos que llevan a cabo esas operaciones tienen tendencia a pensar después que la sociedad les debe algo muy especial. Y cuando la guerra termina, suelen volver esperando que la gente los respete y cuide de ellos, pero eso a los demás les trae completamente sin cuidado.

 Y creo que ese es uno de los peores efectos de la guerra; produce una sensación de frustración en el individuo, y piensa que la sociedad lo ha engañado y que su esfuerzo fue en vano, y no mereció la pena, lo cual es trágico."

(Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 545)

9/12/13

Lo que encontré cuando volví fue que la adaptación al modo de vida de los demás era prácticamente imposible



"JIMMY THOMAS Marino mercante. Lo que encontré cuando volví, y he estado enfadado conmigo mismo desde entonces, fue que la adaptación al modo de vida de los demás, a la vida que yo había dejado, era prácticamente imposible, porque por mucho que odies estar en una guerra, las cosas a las que regresas parecen muy triviales.

 Oír hablar a las autoridades municipales sobre un nuevo lavabo público de caballeros y cosas así no parecen importar en absoluto. Y claro, esas cosas importan a la gente que te rodea, así que te callas y yo me callé durante un año.

 Debí de comportarme bastante mal. Soy muy consciente de ello y nunca lo he olvidado, y nunca dejaré de lamentarlo, porque creo que hice la vida bastante insoportable a la gente que me rodeaba. Pero es que no podía comunicarme.

 Había perdido la comunicación con la gente que había conocido todos aquellos años, porque había conocido a personas de naturaleza totalmente nueva, estábamos como cosidos juntos, metidos en algo común, creo que era eso.

 Muchas personas que conozco, cuando lo menciono, dicen exactamente lo mismo. Me daba pereza hablar con mi familia durante las comidas, no tenía ganas de nada, me levantaba, me iba y no regresaba durante horas. Creo que estaban muy afectados."

(Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 544/5)

5/4/11

"Los excombatientes no tenían quien los escuchara"... pero yo tuve la suerte de caer en un grupo de fútbol"

"Así es que, cuando se armó la campaña de Malvinas, me convertí en apuntador de ametralladora. Zunino siempre me decía: 'Usted viene conmigo". (...)

"Al principio, vivíamos en pozos", dice el técnico; "como los temporales de agua y nieve eran constantes, se inundaban. Para refugiarnos construimos casamatas. Pero entonces nos hacíamos visibles. Cuando prepararon el ataque final, los británicos buscaron destruir todos nuestros radares con helicópteros.

Una noche confundieron mi casamata con un radar y nos atacaron. Nos estaban bombardeando desde los buques y no escuchábamos ni veíamos nada. Pero, de casualidad, el capitán detectó el helicóptero y nos llamó para derribarlo.

En el momento en que salimos, caminamos 10 o 15 metros y vimos el resplandor de las coheteras. Mi compañero Sergio Leal hizo cinco metros. Yo, unos 10. La casamata estalló. La onda expansiva nos tiró contra el piso. Cuando vimos al capitán, le dije: "Sin querer, nos salvó la vida". (...)

Habla de la experiencia del combate como de un suceso precipitado, alienante, siempre vinculado al contacto con su arma de 11 kilos, la ametralladora MAG, y con los efectos de la adrenalina.

"Hacía 20 grados bajo cero, pero, cuando tienes que desplazarte en la oscuridad y hacer movimientos para efectuar el tiro, la ropa te molesta. Sientes mucho calor. Sin siquiera darte cuenta, acabas en mangas de camisa".

Muchos de los 10.000 conscriptos veteranos de Malvinas nunca encontraron una ocupación al regresar. Hasta 2004 no cobraron una pensión. El Estado la fijó en 700 pesos mensuales (unos 200 euros) retroactivos. Según publicó Edgardo Esteban en Página 12, los efectos psicológicos provocaron más de 500 suicidios.

"La reinserción fue durísima", recuerda De Felippe; "aquí se tapó todo. No se hablaba. Somos un país que no está acostumbrado a la guerra como otros. Mi madre, que aún vive, nunca me preguntó cómo me fue.

Ni mis amigos ni mi familia estaban preparados para preguntarme nada. Era una situación rara. Ibas a ver a tu grupo de amigos y se hacía un silencio. Un vacío. No sabían cómo abordarte, cómo relacionarse. Nadie te preguntaba: '¿Cómo estás? ¿Qué te pasó?'. Al principio, la Administración lo tapó todo bajo la alfombra".

"La nuestra es una sociedad muy exitista", reflexiona; "lo relaciono también con el deporte. En Argentina, si no ganas, eres un desastre. No sirves. Tal vez nos marcó el hecho de que la guerra se perdiera. Los combatientes fuimos los derrotados".

La mayoría de los veteranos regresaron a un mundo incomprensible. Un país en transformación. Una sociedad moralmente desorientada. De Felippe tenía 19 años y se aferró al fútbol, que es un orden, un lenguaje, y una manera de pensar.

"Yo jugaba de cinco", dice; "regresé de Malvinas y me tuvieron tres días en los cuarteles. Nos dieron ropa y comida y nos largaron a la sociedad. Ahí mismo volví a Huracán. Entonces el fútbol me volvió a salvar la vida. Me ayudó a reinsertarme".

"Los excombatientes no tenían quien los escuchara", dice De Felippe; "pero yo tuve la suerte de caer en un grupo de fútbol, como son todos los de 30 jugadores en cualquier club del mundo. En Argentina los futbolistas se destacan por la desinhibición para jugar y para expresarse dentro de una cancha. El primer día de concentración, en la cena, los compañeros me llamaron: 'Ven, siéntate aquí.

¡Cuéntanos! ¿Qué te pasó allí?'. Quizás esas simples palabras fueron las que le faltaron a todos los excombatientes. Yo tuve la suerte de poder liberar así todas esas cosas que llevaba dentro. Por eso digo que el fútbol me salvó la vida varias veces: me dio la motivación para volver de Malvinas a cumplir mi sueño de ser jugador y me permitió sentirme uno más dentro de un grupo".

En el clima frenético del fútbol argentino, De Felippe reconoce que es un elemento extraño. "La guerra me enseñó que la vida no pasa por los resultados del fútbol", dice; "los entrenadores en Argentina nos sentamos en la silla eléctrica domingo a domingo. Yo, no. Yo soy un obsesivo del trabajo diario. Pero, si pierdo, la amargura no me dura más de 10 minutos". (El País, 04/04/2011, p. 54)

24/10/08

El soldado y el superviviente

"Una desoladora y vibrante conversación entre los escritores Arkadi Bábchenko y Emir Suljagic sobre sus respectivas experiencias en Chechenia y Srebrenica.

Bábchenko. ¿Quiere que hablemos de nuestras sensaciones íntimas? ¿De la guerra?, ¿de la muerte? ¡Se puede hablar mucho rato de eso! Estuve en dos ocasiones en la guerra en Chechenia, de hecho puedo decir que viví dos guerras distintas. La primera vez fui como conscripto. Tenía 18 años, era un crío, la guerra me pareció un agujero negro sin esperanza. Me obligaron a ir después del campamento, con su dedovschina, las novatadas, en las que te rompían los dientes -como a mí- o te colocaban una estrella de la gorra al rojo, candente, sobre el cuerpo; me dieron una metralleta y me dijeron: "Ataca, muchacho, y defiende el régimen constitucional de la patria". De Chechenia sólo sabía que estaba al sur. Mi unidad era el Regimiento de Artillería Motorizada 429, conocido como Cosacos de Kubán o Mozdok-7, llevábamos Kaláshnikov y lanzagranadas. No tenía amigos en el sentido de la palabra, en eso Erich Maria Remarque no dijo la verdad o nuestra guerra era diferente. Cada uno respondía de sí mismo.

Suljagic. ¿Qué me provoca oír tu testimonio, Arkadi, el relato de un soldado? Hay una diferencia importante. En buena parte mi experiencia no es la guerra, sino la limpieza étnica. En mi situación, Arkadi, experimentaba una violencia unilateral pura y dura. Fui objeto pasivo de esa violencia por el mero hecho de haber nacido en un lugar determinado con unas características determinadas. En esas circunstancias no tienes ninguna salida. Van a por ti sólo por ser quién eres. Yo no luché, no he matado, no he disparado. Pero lo que dices, Arkadi, me resulta familiar. Mis amigos eran soldados. Entiendo de qué hablas.

B. Mi primera etapa no la llamaría historia de un soldado. Ni siquiera vi a los chechenos. De alguna parte salían disparos y yo disparaba hacia allí. Yo era sólo carne de cañón. La segunda vez, cuando me enrolé voluntario, era mayor, ya adulto, con 23 años. Fue una opción personal. No experimenté el pavor horroroso de la primera vez, podía controlarme, tomar decisiones. ¿Por qué regresé? Al volver a casa la primera vez encendí la tele. Piensas que la guerra está en todas partes, que todo el mundo la vive. Y lo que vi en la televisión fue un programa del corazón, frívolo. Me sentí fuera de lugar. A dos horas de allí se estaba matando gente. Cuando empezó la segunda guerra simplemente me fui para allá. No fui a la guerra, hui de un mundo que me parecía absurdo.

S. A veces es más difícil sobrevivir que morir.

B. Morir es facilísimo, no hay en ello ningún problema.

S. Me reconozco mucho en lo que dices. La guerra era mi vida. Me marcaba cada paso de mi vida, cada segundo, como una totalidad. Es increíble cómo puedes echar de menos la intensidad de la vida durante la guerra.

B. ¿Incluso como víctima?

S. Por supuesto, es una experiencia total. Las cosas que viviste entonces son irrepetibles. Puede sonar monstruoso, pero hay veces que cambiaría todo por diez minutos de entonces, experimentar de nuevo aquel mundo desaparecido que ya no existe. Volver a ver a los amigos muertos, formar parte de la comunidad que ya no existe.

B. Tienen que encerrarnos, Emir. Cogeremos una curda y quizá nos mataremos el uno al otro.

S. Estuviste en las trincheras y la experiencia final de Chechenia es muy diferente del final de la guerra de Bosnia. Pero algo común es la fuerte sensación de lo inútil y lo vano de todo.

B. No creo que las personas normales se sienten a hablar de cosas como de las que hablamos nosotros. Toda mi vida tras la guerra es una enorme y total cicatriz. De aquel Arkasha inocente que fue a la guerra la primera vez no queda ni una gota. Yo no tenía que haberme convertido en lo que soy. Tendríamos que haber vivido otras vidas, Emir. Mientras estaba en la guerra perdí a mi familia, incluso un coche atropelló a mi perro.

EL PAÍS. ¿Mató a alguien mientras servía en Chechenia?

B. Creo que no. En un 95% estoy seguro de que no. Confío en que no. Mataron a Igor, un compañero de Moscú, en una emboscada, con una ametralladora de gran calibre; se desplomó alcanzado por varios proyectiles y al caer le explotó una de sus granadas de mano. Lo estoy viendo. Perdí los estribos. Sólo deseaba matar, a todo el mundo. Disparé contra la gente, al azar. Seguro que no acerté. Y ahora lo agradezco a Dios. [Se levanta impulsivamente para ir a buscar un cigarrillo. "Trae uno para mí", le dice Suljagic, en ruso].

S. En mi caso las consecuencias no son tan obvias como para Arkadi. Duermo mal a veces. La gente me llama El Genocidiólogo, parece que no sea capaz de hablar de otra cosa. Sobrevivir es una responsabilidad, produce una sensación de culpa. He deseado haber muerto allí, en Srebrenica, muchas veces.

B. Una vez matamos a un crío. Una niña de cinco años. Fue casual. Nos disparaban de una aldea. Nos tiramos al suelo. Me pareció ver una sombra en la ventana de una casa. Grité: "¡Allí!". Y allí disparamos. Luego entraron los blindados. En la casa aparecieron muertas la niña y su abuela. No fui yo, pero tengo parte de culpa. [Sulgajic toma aire repentinamente con un fuerte ruido como de succión; Bábchenko mira fijamente; es una mirada vacía].

S. Hay algo incomunicable en la guerra. Es imposible transmitir la medida en que la guerra deshumaniza al ser humano. He visto cómo una persona canjeaba su anillo de bodas, lo único que le quedaba de sus seres queridos, a cambio de un kilo de pimientos. Y cómo el otro lo cogía sin escrúpulo alguno. La única esperanza tras la guerra es salir creyendo aún en algo, lo que sea, Dios, tu madre, tu familia. Sin esa esperanza te vuelves cínico, malvado o loco." (El País, ed. Galicia, Cultura, 23/10/2008, p. 40)