"¿Puede haber poesía después de Auschwitz?"(Adorno).............. "¡Es un deber vivir después de Auschwitz!"(Imre Kertéz).............
15/4/14
“El que no puede matar fríamente a un prisionero, no tiene cabida en las fuerzas especiales”
23/12/13
Cuando la guerra termina, suelen volver esperando que la gente los respete y cuide de ellos, pero eso a los demás les trae completamente sin cuidado.
9/12/13
Lo que encontré cuando volví fue que la adaptación al modo de vida de los demás era prácticamente imposible
5/4/11
"Los excombatientes no tenían quien los escuchara"... pero yo tuve la suerte de caer en un grupo de fútbol"
"Al principio, vivíamos en pozos", dice el técnico; "como los temporales de agua y nieve eran constantes, se inundaban. Para refugiarnos construimos casamatas. Pero entonces nos hacíamos visibles. Cuando prepararon el ataque final, los británicos buscaron destruir todos nuestros radares con helicópteros.
Una noche confundieron mi casamata con un radar y nos atacaron. Nos estaban bombardeando desde los buques y no escuchábamos ni veíamos nada. Pero, de casualidad, el capitán detectó el helicóptero y nos llamó para derribarlo.
En el momento en que salimos, caminamos 10 o 15 metros y vimos el resplandor de las coheteras. Mi compañero Sergio Leal hizo cinco metros. Yo, unos 10. La casamata estalló. La onda expansiva nos tiró contra el piso. Cuando vimos al capitán, le dije: "Sin querer, nos salvó la vida". (...)
Habla de la experiencia del combate como de un suceso precipitado, alienante, siempre vinculado al contacto con su arma de 11 kilos, la ametralladora MAG, y con los efectos de la adrenalina.
"Hacía 20 grados bajo cero, pero, cuando tienes que desplazarte en la oscuridad y hacer movimientos para efectuar el tiro, la ropa te molesta. Sientes mucho calor. Sin siquiera darte cuenta, acabas en mangas de camisa".
Muchos de los 10.000 conscriptos veteranos de Malvinas nunca encontraron una ocupación al regresar. Hasta 2004 no cobraron una pensión. El Estado la fijó en 700 pesos mensuales (unos 200 euros) retroactivos. Según publicó Edgardo Esteban en Página 12, los efectos psicológicos provocaron más de 500 suicidios.
"La reinserción fue durísima", recuerda De Felippe; "aquí se tapó todo. No se hablaba. Somos un país que no está acostumbrado a la guerra como otros. Mi madre, que aún vive, nunca me preguntó cómo me fue.
Ni mis amigos ni mi familia estaban preparados para preguntarme nada. Era una situación rara. Ibas a ver a tu grupo de amigos y se hacía un silencio. Un vacío. No sabían cómo abordarte, cómo relacionarse. Nadie te preguntaba: '¿Cómo estás? ¿Qué te pasó?'. Al principio, la Administración lo tapó todo bajo la alfombra".
"La nuestra es una sociedad muy exitista", reflexiona; "lo relaciono también con el deporte. En Argentina, si no ganas, eres un desastre. No sirves. Tal vez nos marcó el hecho de que la guerra se perdiera. Los combatientes fuimos los derrotados".
La mayoría de los veteranos regresaron a un mundo incomprensible. Un país en transformación. Una sociedad moralmente desorientada. De Felippe tenía 19 años y se aferró al fútbol, que es un orden, un lenguaje, y una manera de pensar.
"Yo jugaba de cinco", dice; "regresé de Malvinas y me tuvieron tres días en los cuarteles. Nos dieron ropa y comida y nos largaron a la sociedad. Ahí mismo volví a Huracán. Entonces el fútbol me volvió a salvar la vida. Me ayudó a reinsertarme".
"Los excombatientes no tenían quien los escuchara", dice De Felippe; "pero yo tuve la suerte de caer en un grupo de fútbol, como son todos los de 30 jugadores en cualquier club del mundo. En Argentina los futbolistas se destacan por la desinhibición para jugar y para expresarse dentro de una cancha. El primer día de concentración, en la cena, los compañeros me llamaron: 'Ven, siéntate aquí.
¡Cuéntanos! ¿Qué te pasó allí?'. Quizás esas simples palabras fueron las que le faltaron a todos los excombatientes. Yo tuve la suerte de poder liberar así todas esas cosas que llevaba dentro. Por eso digo que el fútbol me salvó la vida varias veces: me dio la motivación para volver de Malvinas a cumplir mi sueño de ser jugador y me permitió sentirme uno más dentro de un grupo".
En el clima frenético del fútbol argentino, De Felippe reconoce que es un elemento extraño. "La guerra me enseñó que la vida no pasa por los resultados del fútbol", dice; "los entrenadores en Argentina nos sentamos en la silla eléctrica domingo a domingo. Yo, no. Yo soy un obsesivo del trabajo diario. Pero, si pierdo, la amargura no me dura más de 10 minutos". (El País, 04/04/2011, p. 54)
24/10/08
El soldado y el superviviente
Bábchenko. ¿Quiere que hablemos de nuestras sensaciones íntimas? ¿De la guerra?, ¿de la muerte? ¡Se puede hablar mucho rato de eso! Estuve en dos ocasiones en la guerra en Chechenia, de hecho puedo decir que viví dos guerras distintas. La primera vez fui como conscripto. Tenía 18 años, era un crío, la guerra me pareció un agujero negro sin esperanza. Me obligaron a ir después del campamento, con su dedovschina, las novatadas, en las que te rompían los dientes -como a mí- o te colocaban una estrella de la gorra al rojo, candente, sobre el cuerpo; me dieron una metralleta y me dijeron: "Ataca, muchacho, y defiende el régimen constitucional de la patria". De Chechenia sólo sabía que estaba al sur. Mi unidad era el Regimiento de Artillería Motorizada 429, conocido como Cosacos de Kubán o Mozdok-7, llevábamos Kaláshnikov y lanzagranadas. No tenía amigos en el sentido de la palabra, en eso Erich Maria Remarque no dijo la verdad o nuestra guerra era diferente. Cada uno respondía de sí mismo.
Suljagic. ¿Qué me provoca oír tu testimonio, Arkadi, el relato de un soldado? Hay una diferencia importante. En buena parte mi experiencia no es la guerra, sino la limpieza étnica. En mi situación, Arkadi, experimentaba una violencia unilateral pura y dura. Fui objeto pasivo de esa violencia por el mero hecho de haber nacido en un lugar determinado con unas características determinadas. En esas circunstancias no tienes ninguna salida. Van a por ti sólo por ser quién eres. Yo no luché, no he matado, no he disparado. Pero lo que dices, Arkadi, me resulta familiar. Mis amigos eran soldados. Entiendo de qué hablas.
B. Mi primera etapa no la llamaría historia de un soldado. Ni siquiera vi a los chechenos. De alguna parte salían disparos y yo disparaba hacia allí. Yo era sólo carne de cañón. La segunda vez, cuando me enrolé voluntario, era mayor, ya adulto, con 23 años. Fue una opción personal. No experimenté el pavor horroroso de la primera vez, podía controlarme, tomar decisiones. ¿Por qué regresé? Al volver a casa la primera vez encendí la tele. Piensas que la guerra está en todas partes, que todo el mundo la vive. Y lo que vi en la televisión fue un programa del corazón, frívolo. Me sentí fuera de lugar. A dos horas de allí se estaba matando gente. Cuando empezó la segunda guerra simplemente me fui para allá. No fui a la guerra, hui de un mundo que me parecía absurdo.
S. A veces es más difícil sobrevivir que morir.
B. Morir es facilísimo, no hay en ello ningún problema.
S. Me reconozco mucho en lo que dices. La guerra era mi vida. Me marcaba cada paso de mi vida, cada segundo, como una totalidad. Es increíble cómo puedes echar de menos la intensidad de la vida durante la guerra.
B. ¿Incluso como víctima?
S. Por supuesto, es una experiencia total. Las cosas que viviste entonces son irrepetibles. Puede sonar monstruoso, pero hay veces que cambiaría todo por diez minutos de entonces, experimentar de nuevo aquel mundo desaparecido que ya no existe. Volver a ver a los amigos muertos, formar parte de la comunidad que ya no existe.
B. Tienen que encerrarnos, Emir. Cogeremos una curda y quizá nos mataremos el uno al otro.
S. Estuviste en las trincheras y la experiencia final de Chechenia es muy diferente del final de la guerra de Bosnia. Pero algo común es la fuerte sensación de lo inútil y lo vano de todo.
B. No creo que las personas normales se sienten a hablar de cosas como de las que hablamos nosotros. Toda mi vida tras la guerra es una enorme y total cicatriz. De aquel Arkasha inocente que fue a la guerra la primera vez no queda ni una gota. Yo no tenía que haberme convertido en lo que soy. Tendríamos que haber vivido otras vidas, Emir. Mientras estaba en la guerra perdí a mi familia, incluso un coche atropelló a mi perro.
EL PAÍS. ¿Mató a alguien mientras servía en Chechenia?
B. Creo que no. En un 95% estoy seguro de que no. Confío en que no. Mataron a Igor, un compañero de Moscú, en una emboscada, con una ametralladora de gran calibre; se desplomó alcanzado por varios proyectiles y al caer le explotó una de sus granadas de mano. Lo estoy viendo. Perdí los estribos. Sólo deseaba matar, a todo el mundo. Disparé contra la gente, al azar. Seguro que no acerté. Y ahora lo agradezco a Dios. [Se levanta impulsivamente para ir a buscar un cigarrillo. "Trae uno para mí", le dice Suljagic, en ruso].
S. En mi caso las consecuencias no son tan obvias como para Arkadi. Duermo mal a veces. La gente me llama El Genocidiólogo, parece que no sea capaz de hablar de otra cosa. Sobrevivir es una responsabilidad, produce una sensación de culpa. He deseado haber muerto allí, en Srebrenica, muchas veces.
B. Una vez matamos a un crío. Una niña de cinco años. Fue casual. Nos disparaban de una aldea. Nos tiramos al suelo. Me pareció ver una sombra en la ventana de una casa. Grité: "¡Allí!". Y allí disparamos. Luego entraron los blindados. En la casa aparecieron muertas la niña y su abuela. No fui yo, pero tengo parte de culpa. [Sulgajic toma aire repentinamente con un fuerte ruido como de succión; Bábchenko mira fijamente; es una mirada vacía].
S. Hay algo incomunicable en la guerra. Es imposible transmitir la medida en que la guerra deshumaniza al ser humano. He visto cómo una persona canjeaba su anillo de bodas, lo único que le quedaba de sus seres queridos, a cambio de un kilo de pimientos. Y cómo el otro lo cogía sin escrúpulo alguno. La única esperanza tras la guerra es salir creyendo aún en algo, lo que sea, Dios, tu madre, tu familia. Sin esa esperanza te vuelves cínico, malvado o loco." (El País, ed. Galicia, Cultura, 23/10/2008, p. 40)