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5/3/24

“Teño a esperanza de enterrar ao meu avó coa familia”... dijo Estefanía Pérez, nieta de nieta de Manuel Fernández Arias, cabo del acorazado “España”, represaliado en O Val, junto con otros 32 miembros de la dotación del acorazado “España”, así como otros dos del “Contramaestre Casado”, y diez tripulantes del navío de vapor “Dómine”

 "La climatología dio un respiro este lunes–al menos durante un tiempo– al equipo multidisciplinar de la Universidade de Santiago de Compostela y del Instituto de Medicina Legal de Galicia (Imelga) que se desplazó a primera hora de la mañana hasta el camposanto naronés de O Val, con el objetivo de iniciar los trabajos de localización y exhumación de 51 personas asesinadas durante la sublevación militar de 1936. En esta tarea trabajan mano a mano con la Asociación Cultural Memoria Histórica Democrática y con el antropólogo forense Fernando Serrulla, presente también en el cementerio, al que acudieron, además, familiares de los represaliados y representantes del gobierno naronés –la alcaldesa, Marián Ferreiro, así como los concejales Mar Gómez e Ibán Santalla–.

El fin de la intervención iniciada esta mañana –y que se prevé se prolongue durante varios días– es dar con los restos de los 32 miembros de la dotación del acorazado “España”, fusilados el 26 de diciembre de 1936, así como otros dos del “Contramaestre Casado”. Mientras, el 30 de noviembre de aquel fatídico año fueron asesinados también diez tripulantes del navío de vapor “Dómine” y, en diversas fechas, otras siete personas más.

“Eu cheguei ás dez e xa estaba aquí xente da Universidade. Despois chegaron os historiadores con Fernando Serrulla, o forense. Primeiro estanse a quitar os ósos do nicho que nos dixera un veciño. A ver o que atopamos, porque sabemos que neste cemiterio houbo moito movemento”, explicaba el presidente de la entidad anteriormente citada, Manuel Fernández Pita, al filo de las doce del mediodía. Y es que el pasado mes de enero, Francisco Aneiros, un vecino de la parroquia, contactó con la asociación  para indicarle que creía que los restos se encontraban en un nicho concreto del cementerio, que había pertenecido a un cura de la parroquia.

Sin embargo, los primeros trabajos iniciados por los expertos no constataron –a falta de culminar la investigación– esta teoría. “Hemos sacado una de las dos bolsas que había en el interior del nicho y, por el momento, hemos confirmado que los restos  no son de las personas que buscamos. No tienen signos de violencia y hay dos cráneos que pueden corresponder a una mujer. A falta de finalizar los trabajos, podemos confirmarlo casi con total seguridad”, apuntó por su parte, a preguntas de este Diario, Fernando Serrulla, quien explicaba que los huesos se encontraban en el interior de una bolsa mucho más “moderna” para tratarse de la época en la que se asesinó a estas personas.

Además de la inspección de esta sepultura, el equipo comenzó a trabajar también en tres zonas del cementerio, después de la investigación realizada el pasado mes de octubre con un georradar. “Nos falta por completar una serie de catas, para ver si podemos ubicar en alguna de ellas las fosas que buscamos.  Sabemos que por lo menos habrá unas cinco, porque los cadáveres fueron enterrados en cinco o seis momentos temporales distintos”, apuntó Serrulla, que añadió que el georradar “detectó algunas zonas que, al técnico, le pareció que podían ser compatibles con excavaciones más o menos grandes, no funerarias. Estamos profundizando y valorando si realmente en esas zonas hay algún enterramiento colectivo que pudiera ser compatible con lo que estamos buscando”, explicaba durante la jornada de este lunes.

Reparación

La fosa del cementerio de O Val podría ser una las de mayor envergadura de Galicia, después de la ubicada en Serantes (Ferrol). Son muchas las familias que continúan buscando a sus familiares asesinados tras la sublevación militar de 1936 y, la reparación en muchos casos, parece no llegar nunca. 

“Meu avó foi asasinado contra o muro da igrexa. Según a miña nai e tamén a miña avoa, están enterrados debaixo dos nichos. Non tiñamos esperanzas en que estivesen dentro desea tumba. É certo que houbo movementos e se reformou o cemiterio... Pero esas sepulturas son máis ou menos dos anos 70. Pode ser que cando se levantaron, quitasen os restos e os metesen nun osario. Pero normalmente levantábanse estes nichos enriba das fosas comúns, en case todos os cemiterios, para evitar que se reclamasen despois, porque é moi difícil”, comentaba Estefanía Pérez Fernández, nieta de Manuel Fernández Arias, cabo del acorazado “España”, que se desplazó junto a su hermano hasta el cementerio para interesarse por el desarrollo de los trabajos.

“Teño a esperanza de que o atopemos e de poder enterralo coa súa filla, coa miña nai... Iso é o único que quero. Agardo que algún día o podamos conseguir”. "                (Verónica Vázquez, Diario de Ferrol, 04/03/24)

13/11/19

Las brigadas navarras entraron en Gijón: hubo 1.376 fusilados en Oviedo, y 1.246 en la cárcel de El Coto de Gijón; en Turón (Mieres) 500; en Grado, 500. Las fosas del Sucu-Ceares (Gijón) albergan los restos de mas de 3.000 republicanos asesinados...

"(...) El 21 de octubre de 1937 las brigadas navarras entraron en Gijón comenzando una dura represión para los vencidos. Los fascistas ensangrentaron el suelo asturiano con multitud de acciones violentas. 

Las «operaciones de limpieza y policía» hablan de 6.000 prisioneros del Ejército Republicano en Asturias el 22 de octubre, y 15.000 al día siguiente. Se improvisaron cárceles en Sama, el teatro Manuel Llaneza y la Casa del Pueblo de los socialistas; en Oviedo, La Cadellada fue convertida en campo de concentración; en Avilés, hizo las mismas funciones la fábrica de La Vidriera y la Quinta Pedregal; en Gijón, la plaza de toros, El Coto, La Algodonera, el Cerillero.


Los prisioneros pasaron a batallones de trabajadores y otros quedaron a disposición de la farsa de los juicios franquistas, un 40% de las muertes fueron por estas sentencias. Otros eran conducidos a destacamentos de penados, a las minas, pozos en el Fondón, María Luisa, Samuño, San Mamés, en la cuenca del Nalón. 

Otros iban a Regiones Devastadas en deplorables condiciones, originando muchas muertes. Las cárceles y campos de concentración eran visitados por falangistas de las diversas localidades u otras «personas de orden», para formular denuncias contra los detenidos. Las acusaciones bastaban, sin más prueba, para que el consejo de guerra dictara la pena de muerte.


Aunque el número de desaparecidos no se conoce con certeza, desde noviembre de 1936 hasta diciembre de 1950, hubo 1.376 fusilados en Oviedo, y 1.246 en la cárcel de El Coto de Gijón; en Turón (Mieres) 500; en Grado, 500. Las fosas del Sucu-Ceares (Gijón) albergan los restos de mas de 3.000 republicanos asesinados por los franquistas. Sumados a los fusilados en Luarca y en localidades como Avilés, Mieres y otras, y los cientos de muertes irregulares, el total de Republicanos represaliados en Asturias por los franquistas se acerca a 20.000, alrededor de 7.000 fueron fusilados tras ser condenados en consejo de guerra.

 «Obviamente habrá más», explica Juan Cigarría, presidente de la Federación Asturiana Memoria y República (FAMYR), que recuerda que esta situación afecta al menos a una de cada 3 familias asturianas. Hay que recordar a los que durante la II Guerra Mundial fallecieron en los campos de concentración nazis. Una inútil matanza.


Algunos de los trabajos que están realizando al amparo de la Ley de la Memoria Histórica dan unas cifras mucho más elevadas de muertes irregulares. Luis Miguel Cuervo habla de unos 35.000 Republicanos víctimas de la represión franquista en Asturias. De ellas, 20.500 ya están recogidas están en el proyecto “Todos los nombres de Asturias”: Unos 17.000 murieron en combate, otros 4.000 asesinados después de ser sometidos a la farsa de los juicios franquistas, y 12.000 paseados. 

Además, otras 2.000 personas perecieron por sus malas condiciones de vida en campos de trabajo, cárceles y batallones de trabajadores. Según la historiadora Carmen García, hubo miles de asturianos que fueron víctimas «de la bota de Franco, y de una base social de apoyo al régimen que los denunciaba y que sí buscó venganza al terminar la guerra. Fundamentalmente, jefes locales de la Falange».


Hay cientos de fosas en Asturias. Cuando se desmoronó el frente de Asturias, los fascistas pasaron por las armas a cientos de milicianos en las trincheras, que fueron tapados con tierra allí mismo, o en antiguos pozos mineros, fosas comunes que ya estaban cavadas. Hay miles de asturianos, víctimas del franquismo, cuyos cadáveres siguen como estaban, en varios cientos de fosas comunes que se reparten por casi toda la región, sin identificar. “Actualmente el mapa de las fosas comunes de Asturias está bastante actualizado, pero todavía hay decenas de asentamientos pendientes de identificar” explica Cigarría, (...)"                       (Tulio Riomesta, 01/10/19)

25/10/16

Los mandos de Salamanca programaron una saca carcelaria, por ellos mismos legalizada mediante consejos de guerra esperpénticos

"En general, la represión de los pueblos del Campo Charro, más o menos cercanos del nudo de comunicaciones ferroviario de La Fuente de San Esteban, corrió a cargo de los comandos de la Guardia Civil enviados desde la Comandancia de Salamanca (croniquilla del pasado 25 de julio). 

Quizá por esta razón fueran menos frecuentes las sacas extrajudiciales, porque los miembros de los Institutos armados, en previsión de una posible responsabilidad si el gobierno republicano se hacía con el control de la sublevación, exigirían que las órdenes importantes de los mandos fueran formuladas por escrito. 

Pero esta apreciación sobre el efecto benéfico de la implicación directa de la Guardia Civil quizá sea fruto de una falta de información suficiente. Lo cierto es que los contrastes sociales y los incidentes entre los jornaleros y los patronos del campo, relacionados con la reforma agraria y la normativa laboral, fueron similares a los de otras zonas. Y la oposición al Alzamiento mediante la huelga en período de la siega fue incluso más seguida en localidades de este territorio. 

Por todo ello, como sucedió inicialmente en Retortillo, la persecución contra los huelguistas se llevó a cabo por la vía procesal de la jurisdicción militar, que produjo algunos muertos en pueblos limítrofes de la comarca mirobrigense, como San Muñoz y otros de El Abadengo (Iglesias, Represión franquista: 313).

En Cabrillas, municipio en que antes del Alzamiento se habían producido incidentes parecidos a los evocados, también hubo una víctima mortal de la represión jurídico-militar, pero por razones diferentes. La única hasta ahora identificada del necrologio de esta localidad.

Maximino Benito de San Guillermo, de 22 años, hijo de José Antonio y Escolástica, soltero, jornalero. Falleció (23/10/36) por ejecución de sentencia de consejo de guerra (29/09/36). Lo procesaron por manifestaciones tendenciosas, debido a que no compartía el entusiasmo de otros soldados con respecto al triunfo del Movimiento e incluso llegó a sugerir la posibilidad de pasarse al frente republicano, lo que sería calificado de tentativa de deserción (C.531/36). 

 Estuvo preso en los calabozos del Regimiento de Infantería y pasó a la cárcel provincial para la vista de la causa. Quizá por la impresión de la sentencia tuvo un síndrome “hiposistólico”, que requirió su ingreso en el Hospital de la Trinidad (12/10/36), pero fue devuelto a la prisión para ser ejecutado el mismo día que el maestro Celso Escanilla, alcalde de Bogajo, y los promotores de la huelga en Retortillo, Máximo Muriel, Cristino Martínez y Celso Moro. 

Y esto lleva a pensar que el 23 de octubre los mandos de Salamanca, en cierto modo programaron una saca carcelaria por ellos mismos legalizada, mediante aquellos consejos de guerra esperpénticos.

No hay constancia de que los soldados delatores recibieran condecoraciones o premio alguno, como tampoco se tiene constancia de la reacción moral que tuvieran al comprobar la condena y ejecución de un compañero.

 Los mandos tenían vacunados a estos hombres jóvenes contra ese tipo de alicientes y de posibles remordimientos, explicándoles que era parte del “cumplimiento del deber” (una explicación que también tuvo mucho eco entre los denunciantes civiles, sin que al parecer los haya dejado plenamente satisfechos, pues nunca han reivindicado la condición de chivatos).

 Hubo otras denuncias análogas entre soldados, sin consecuencias tan graves, por ejemplo la de José Moreiro Acosta (C.875/37)

La consulta de los fondos del gobierno civil en el Archivo Histórico Provincial  y de la documentación procesal revela que la toma de conciencia político-social y la afiliación sindical (Socorros Mutuos, STT) estaba bastante desarrollada en Cabrillas. Los vecinos más señalados fueron molestados por los represores. 

Andrés Garavís García, alcalde perteneciente o simpatizante de Izquierda Republicana, se había enfrentado con el secretario municipal, que ponía dificultades para el aprovechamiento de la dehesa boyal por parte de los afiliados de la Sociedad Obrera. 

 Longinos Corcho, concejal, como presidente de esta Sociedad en 1932 o 1933, había liderado la parcelación del terreno comunal de Las Eras y después había apoyado al citado alcalde. 

Hubo maestros depurados  y otros vecinos sancionados económicamente. De modo que, a falta de más información, la represión arroja un balance provisional de 14 afectados:

- víctimas mortales: 1
- víctimas carcelarias: 7
- depurados: 2
- sancionados, embargados: 4. "                    (Ángel Iglesias Ovejero, Salamanca al día, 23/10/16)

27/5/14

“Es una barbaridad acabar con todas en montón. Cuando quieran matar mujeres, vengan a buscarlas, ¡pero una a una!”.

"El día que lo mataron, Virgilio Leret tenía 34 años y estaba a punto de hacer historia. Su nombre, que ni siquiera llegó a escribirse en una lápida —nunca se supo dónde fue enterrado— estaría hoy en las enciclopedias y quizá en alguna plaza de no haber sido fusilado aquella noche del 17 al 18 de julio de 1936 en que, como describió su viuda, la escritora mexicana Carlota O’Neill, se oyeron “los primeros disparos que iban a incendiar el mundo”; los del inicio de la Guerra Civil, que siguieron hasta que terminó la II Guerra Mundial. 

En 1935, a Leret se le había concedido la patente de su invento: el “mototurbocompresor de reacción continua”, el primer motor a reacción español.

 El presidente de la República, Manuel Azaña, había dado orden de que empezara a fabricarse en septiembre de 1936 en los talleres de Hispano Suiza de Aviación, pero para entonces Leret llevaba más de un mes muerto. 78 años después, su hija Carlota ha logrado que se exponga por fin en un museo. Ha tenido que pagar la maqueta de su bolsillo.

De no haber sido fusilado, “a buen seguro que su motor hubiera sido una realidad, con el consiguiente honor para su autor y para España”, afirmó en 2002, en la revista Aeroplano (editada por el Ministerio de Defensa), el prestigioso ingeniero aeronáutico Martín Cuesta tras realizar un pormenorizado estudio de los planos de Leret. “Era uno de los oficiales más brillantes de las Fuerzas Armadas”, describió Paul Preston en El Holocausto español.

 Carlota O'Neill y Virgilio Leret, con sus hijas, Mariela y Carlota (la más pequeña)

Cuando los regulares atacaron por sorpresa, aquel 17 de julio de 1936, el capitán Leret estaba al mando de la base de hidroaviones de Atalayón (Melilla). La defendió sabiendo que estaba perdida -muchos hombres estaban de permiso, por ser verano y viernes—, hasta que se acabó la munición. 

Y fue fusilado por sus propios soldados, obligados a disparar contra su capitán para sembrar el terror en el resto. “Me lo contó la poetisa Angelina Gatell, viuda de uno de los militares de la base”, relata Carlota. “Aquel día encontró en el suelo, en estado de shock, a su mejor amigo. ‘¡Hemos matado al capitán Leret!’, le explicó llorando”.

A poca distancia, la mujer y las dos hijas de Leret escucharon los tiros toda la tarde. Habían llegado 15 días antes para pasar con él las vacaciones. “Virgilio tuvo una feliz ocurrencia de hombre enamorado”, arranca O’Neill sus memorias, Una mujer en la guerra de España (Oberon). 

“Aquel verano no estaríamos separados ni un solo día. Habilitaríamos un barco anclado frente a la base. Siendo novios le había dicho: ‘Me gustaría vivir sobre el mar una temporada...”

No tuvieron tiempo de despedirse. “Mi padre cogió su pistola y su gorra y se fue. Ya no le volvimos a ver”, recuerda Carlota, entonces una niña. Su madre se quedó en cubierta viéndole irse hacia la base, hacia los tiros. “Virgilio remaba y remaba, cada vez más lejos de mí. Yo lo miraba fijamente y pensaba: ‘Quiero fijarme bien en su cara porque no lo veré más’. ¡Y no nos habíamos dado un beso!...¡El último!”, escribió en sus memorias.
 
Cinco días después encarcelaron a O’Neill. “Le dan, por error, la maleta de mi padre con los planos del motor a reacción dentro. Horrorizada ante la idea de que acaben en manos de los franquistas y lo utilicen en la guerra contra los republicanos, mi madre los esconde y finalmente, los saca del penal gracias a la ayuda de dos presas”, recuerda Carlota.

Una de las reclusas que ayuda a su madre es Ana Vázquez, encarcelada por prostituir a sus hijas. “En su vida había oído hablar de política”, recuerda O’Neill en su libro, y por eso, en el penal le habían encargado vigilar a “las rojas”.

Las tres copias de los planos del capitán Leret salieron de la cárcel envueltos en ropa sucia. Los recogió, previo aviso, el hijo de María, condenada a 30 años tras el fusilamiento de su marido. Fue Vázquez quien se los entregó al niño. Nadie revisaba los paquetes de la presa que no había oído hablar de política.

O’Neill fue juzgada tres veces por un tribunal militar y finalmente condenada a seis años de cárcel, de los que cumplió cinco. En la primera causa la acusan de ser “rara”, “en extremo peligrosa” y “comunista de ideología” (declaración del falangista Requena).

 En la segunda, la condenan por injurias al Ejército por unas cuartillas que había escrito aquel 17 de julio de 1936 describiendo lo sucedido. La última causa dice: “Fomenta la situación anárquica y desastrosa que hizo necesaria la iniciación del glorioso movimiento nacional”.También la culpan de "influjo predominante sobre su esposo".

En la cárcel, O’Neill teme por su vida cuando, para celebrar la toma de Toledo, un grupo de falangistas entra en la prisión y pide un grupo de presas para matarlas. Ella se esconde toda la noche en un tanque de agua - "El agua me llegaba a la boca, pero tenía dos alternativas: ahogarme o dejarme matar, y prefería lo primero", escribió en sus memorias-. 

Desde su escondite, escucha al director del penal: “Es una barbaridad acabar con todas en montón. Cuando quieran matar mujeres, vengan a buscarlas, ¡pero una a una!”. Los falangistas "se fueron llevándose las que les cabían en las manos”, añade O’Neill.

Pero aquella no fue la peor noche de su estancia en prisión. La peor fue la primera que pasó después de que le comunicaran que le habían retirado la custodia de sus hijas. Según le dijo su abogado franquista, había sido un familiar de su marido quien la había denunciado. 

El padre de Virgilio, un cubano que había luchado en 1898 con los españoles, contra la independencia de su país, y amigo del general Mola, nunca aprobó su relación. “Mi madre había nacido 100 años antes de tiempo”, explica Carlota.

 “Era feminista, progresista... Creía en la igualdad de hombres y mujeres, en la eutanasia, en el derecho al aborto... Se casó con mi padre después de que nosotras naciéramos y solo porque él se lo pidió para que no sufriéramos consecuencias y para agradar a su padre”.

Carlos Leret arrebató a su nuera la custodia de las niñas, pero no para quedárselas, sino para enviarlas a un terrible orfanato donde solo les permitían ducharse una vez al año y con una bata porque “tocarse era pecado”.

 Carlota Leret, en la actualidad. / ÁLVARO GARCÍA

En 1941, O’Neill quedó libre y fue a la casa donde durante casi cinco años, bajo una loseta, habían estado escondidos los planos del turbocompresor junto al texto con el que Leret acompañaba su invento: “Extiéndese [sic] en torno al globo el tentáculo enorme del paro forzoso convertido en hambre. 

Ansias de mejoramiento social lo invaden todo. Pero este mejoramiento ha de venir unido forzosamente a progresos materiales, y el más importante, el eje de todas las relaciones humanas en el porvenir, el único que logrará formar un bloque sólido con la humanidad, es el transporte aéreo”... Leret, explica su hija, quería que su motor agilizara la comunicación entre distintas sociedades, "es decir, que sirviera para la paz, no la guerra", añade.

O’Neill pensó entonces que el invento podría ayudar a los ingleses a ganar a Hitler. Y con su madre, envueltos al cuerpo, bajo la ropa, llevó los planos de su marido a la embajada británica para dárselos a James Dickson, agregado de aviación, quien murió al poco tiempo en un accidente.

La mexicana nunca supo qué pasó después con aquella copia de los planos. Pero jamás volvió a separarse de las otras dos. Cuando viajaba a cualquier sitio desde Caracas —donde se instaló, exiliada, tras recuperar la custodia de sus hijas— los llevaba siempre con ella.

 A su muerte, en 2000, con 90 años, su hija Carlota empezó a enseñarlos aquí y allá, buscando el reconocimiento para su padre. AENA financió un documental con su historia (El caballero del azul), en 2011, y el Museo de Aeronáutica y Astronáutica, en Madrid, expone ahora su invento. Pero no ha sido fácil.

“En el museo se entusiasmaron, pero me dijeron que no tenían dinero”. Carlota no quiere decir cuánto ha invertido en encargar la maqueta del turbocompresor, de 2.674 piezas y en cuya fabricación se emplearon 2.500 horas. 

 “No quiero que piensen que soy una loca”. Una pequeña parte de la réplica se ha financiado con los derechos de las memorias de O’Neill: 391 páginas de cárcel, exilio y penurias que son, sobre todo, una larga declaración de amor a su marido, probablemente, el primer fusilado de la Guerra Civil."          (El País, 26/05/2014)

26/1/12

"Apunté a dar, a la cabeza, para ayudarle" "No tuve sensación de cometer un crimen"

"Era un militante de izquierda, tenía 21 años y estaba haciendo la mili. El destino le colocó en un pelotón de ejecución. No huyó. Disparó a matar. Era 8 de enero de 1972; hace hoy 40 años.

Su historia le persigue. Ahora la cuenta en primera persona.
 Desfilábamos con la cabeza baja, el fusil colgado del hombro. Ese fusil que parecía abrasar, que aún estaba caliente, aunque había pasado un buen rato desde que se había disparado.

Qué casualidad que el camión que nos había llevado estaba aparcado en cabeza de la fila, y todos tenían que esperar a que llegara el último grupo, el nuestro. Todos los demás soldados llevados a presenciar el espectáculo estaban ya subidos a sus camiones, asomados al final de la caja, mirando muy serios al pelotón que desfilaba.

Una mirada a la vez de compasión y de miedo: miraban a los verdugos, al pelotón de ejecución, a los que habían matado a otro soldado, a un compañero. Le podría haber tocado a cualquier otro: no éramos voluntarios, sino forzosos. Pero habíamos sido precisamente nosotros. Y ninguno había flaqueado, ninguno se había derrumbado o se había negado a disparar. Era el 8 de enero de 1972.

 Circularían muchos rumores, historias, después del suceso. La famosa leyenda del cartucho de fogueo, que se había repartido a escondidas a uno de los soldados, con lo cual todos podíamos tener la esperanza de que nos había tocado, que nosotros habíamos disparado sin bala.

Pero no cabía ese respiro: nosotros sabíamos que todos los cartuchos eran de verdad: cada uno de nosotros habíamos llenado el cargador del CETME de munición "de guerra". Sólo nos quedaba el escape de disparar a fallar, de apuntar demasiado cerca o demasiado alto.

¿Cuántos lo harían? Yo no sé si fallé, pero apunté a dar, apunté a la cabeza. Era la única manera que veía de ayudar a aquel pobre chico a acabar cuanto antes. Éramos 15, quién sabe cuantos le dieron en el mismo sitio. Quizás no le di, después de todo.

Pero yo estaba allí, y el recuerdo de mi participación en aquella historia, en aquel solemne acto de ajusticiamiento militar sigue amargándome algunos instantes de mi vida, cada año de los 40 que han transcurrido desde entonces.

Aquel infeliz había cometido dos asesinatos, pero no por ello tenía que morir, y menos de aquella manera. Para mi desgracia, yo era seguramente el único de los participantes directos que sentía que aquello era injusto, que era un crimen legalizado. El resto tenía el consuelo de pensar que se hacía justicia. (...)

El día 7 de enero de 1972, por la tarde, empezaron a circular rumores extraños por el cuartel de Artillería de Paterna (Valencia), donde estaba cumpliendo el servicio militar. Se veía movimiento de oficiales, corrillos. Hicieron una cosa muy extraña: nos habían llamado a dos soldados de cada batería del acuartelamiento para formar un destacamento, con uniforme de campaña y correajes, y el fusil de asalto.

Después de hacernos formar en el patio, sin aclararnos de qué se trataba, se nos dijo que estuviéramos localizables, que nos podían llamar en cualquier momento. Éramos dos cabos y diez soldados, creo recordar. (...)


Nada más comer nos llamaron a formar al extraño pelotón, y nos llevaron a la sala de oficiales, el bar privado de los militares con estrellas. Cada nivel jerárquico tenía su propio emborrachadero (¡qué otra cosa se podía hacer para matar el tiempo encerrados en el cuartel!). Los suboficiales tenían también su sala, y el resto íbamos al Hogar del Soldado, a beber el vino de la peor calidad.

Entrar en el sancta sanctórum de la oficialidad era otra de las cosas extrañas que nos estaban pasando ese día. Allí nos esperaba el oficial más antiguo, un teniente primero de avanzada edad, procedente de la escala de suboficiales. Teniente primero era un grado extinguido, darle ese grado era una forma de no ascender a capitán a ese advenedizo chusquero salido de la tropa y ascendido a fuerza de años (y supongo que de mucho esfuerzo; además, parecía buena persona).

También estaba, con uniforme de camarero, un soldado asignado al servicio de la sala de oficiales. Estaba sirviendo coñac en numerosos vasos, se entendía que eran para nosotros (creo que marca Soberano: era "cosa de hombres"). Pero estaba muy nervioso, la mano le temblaba y derramaba más coñac encima de la mesa que en los vasos: este chico también sabía de qué iba aquello.

Bien, a estas horas lo sabíamos seguramente todos los afectados. El oficial nos lo confirmó: nos había tocado un penoso deber, pero íbamos a cumplir con él como buenos soldados. Al fin y al cabo, íbamos a hacer justicia. Expósito había matado a dos mujeres indefensas y merecía la muerte. Primer argumento.

Por si alguien no lo tenía claro, la ejecución era inevitable, nos había tocado, y lo mejor que podíamos hacer, por el condenado y por nosotros, era acabar el asunto cuanto antes. Segundo argumento.

Y aún hubo otra argumentación: se tocó la pistolera y advirtió de que ninguno hiciera una tontería en el último momento, que él estaba atento, que tenía su pistola y que no vacilaría en utilizarla en caso necesario.

Se nos explicó el procedimiento. Íbamos a ir a marines, el campamento de instrucción de reclutas por el que habíamos pasado todos. Formaríamos, traerían al reo, se nos ordenaría: "Un paso al frente, carguen, apunten y disparen". Si acertábamos a la primera, no habría necesidad de repetirlo.

Si estaba herido, pero no muerto, él le daría el tiro de gracia. Cuando el oficial comprobara que estaba muerto, ya habríamos acabado.
No se debían fiar mucho de nosotros, pobres soldaditos, porque añadieron al pelotón a tres chusqueros, antiguos soldados reenganchados: un sargento primero, también de avanzada edad (a este no le habían dejado llegar ni a oficial), y dos cabos primeros de reenganche, de los más antiguos. Por lo menos tres balas profesionales que debían llegar a su destino. (...)

Me contaron la historia de Pedro Martínez Expósito, un soldado de la batería que estaba en prisión, esperando juicio, por asesinar a dos mujeres en un barrio de Gandía. La historia me sonaba algo, era una de las cosas más gordas que habían pasado recientemente.

El desgraciado había entrado a robar de noche en una casa, siendo sorprendido por una mujer mayor y su hija de 16 años. Asustado, las había golpeado hasta la muerte con una azada que había cogido del huerto de la misma casa.

Reacción desproporcionada para un botín ridículo: 347 pesetas. Esa desproporción, además de algunos informes médicos, que documentaban la insuficiencia mental del chico, fueron argumentados por el abogado defensor para intentar rebajar la gravedad de la condena.

Pero los jueces militares (el delito era civil, pero al ser un miembro del Ejército le juzgaban los militares) rechazaron los peritajes médicos, así como cualquier petición de clemencia, y dictaminaron condena a muerte, confirmada inmediatamente por el capitán general. De alguna forma, la sentencia estaba decidida de antemano. (...)


¿Qué hacer, cómo boicotear aquel acto indigno? Estuve considerando la posibilidad de montar un número, de negarme a disparar, de intentar que mi rechazo trascendiera, que cuestionara el acto. Si hubiera sido un reo de "delito político" quizá lo hubiera hecho, exponiéndome a un durísimo castigo.

Pero habría sido un acto militante que hubiera merecido la pena si se hubiera dado a conocer. En el caso de aquel pobre chico, en cambio, casi nadie hubiera entendido un acto de rebeldía contra la ejecución; eso, en el caso de que alguien se hubiera enterado de mi acto. El debate sobre la pena de muerte estaba muy lejos de estar de actualidad, y para todo el mundo, el responsable de un crimen tan horrible merecía morir.

Podría haber recurrido quizá a algún enchufe, alegar alguna enfermedad para hacer que me quitaran del pelotón: habían escogido gente de sobra, seguramente tenían prevista alguna baja. Por alguna razón no lo hice: quizá mi mala conciencia por ver morir a ese chico me castigaba a no eludir el odioso acto de la ejecución.

En el camino a marines, en el camión, nuestras caras eran muy largas. Nos pasábamos la botella de coñac, apurándola: yo había pedido permiso para llevármela de la sala de oficiales. Mis compañeros se repetían unos a otros los argumentos del oficial: "Se lo merecía, había matado a dos mujeres indefensas, era un acto de justicia...".

Yo callaba, no era cuestión de amargarles aún más la situación a mis compañeros, privándoles de una coartada moral. Ellos no se lo merecían.

Y llegamos al lugar del espectáculo, porque de un espectáculo se trataba. En la gran explanada de instrucción estaban formadas en cuadro todas las unidades militares, en una especie de L.

Nosotros nos colocamos en fila, en el ángulo de la L, esperando. Al poco, llegó una furgoneta de la Guardia Civil, conduciendo al reo. Estaban también su abogado y un cura. Más o menos, lo recuerdo así, porque nosotros teníamos que mirar al frente, pero mirábamos hacia arriba, hacia el cielo. Aunque, de vez en cuando, como de reojo, hacia abajo...

El abogado abrazó al reo, el cura le dijo algo... él no parecía enterarse mucho, parecía como drogado. También había un oficial, que le vendó los ojos. En medio del terrible silencio le oímos preguntar, con los ojos vendados: "¿Puedo arrodillarme?". El oficial, a su lado, parece que no le oyó, debía de tener también su parte de nervios.

Tuvo que repetirlo, le dijeron que sí, se arrodilló. Se retiraron todos: íbamos a intervenir nosotros.

Nos ordenaron dar un paso al frente, oímos los temidos "¡carguen!" y "¡apunten!". A la mitad de nosotros, a mí entre ellos, nos habían ordenado apuntar al pecho; a la otra mitad, a la cabeza. Yo desobedecí, apunté a la cabeza. Había decidido que, efectivamente, lo único que podía hacer por él era ayudarle a acabar cuanto antes.

Ya sé que no dependía solo de mí, éramos muchos, alguno le habría dado, mi bala no hacía falta. Tenía la opción de intentar evadirme, disparar al aire, como si yo no tuviera que ver con aquello, como si estuviera allí por casualidad, o junto a los otros soldaditos formados un poco más lejos, obligados también a presenciar el espectáculo.

Pero yo estaba allí, delante de Pedro, me habían obligado a hacerme cargo de su vida, o mejor dicho, a poner fin a su vida. Y, por él, por mí, aquello sería rápido. Creo que lo tenía decidido antes de que el oficial nos pusiera ante la disyuntiva, nos diera argumentos adecuados para todas las conciencias...

Porque, para mi desgracia, yo tenía mi propia opinión, independientemente de lo que me dijeran: aquello era un crimen público, alguien (quizá ni siquiera los jueces militares) había decidido que había que matarlo, que fusilarlo, sin apelación posible. Pensaba que a gusto habría cambiado a Pedro por más de un gerifalte de la dictadura franquista, incluso por aquellos oficiales de alta graduación que habían venido a presenciar el espectáculo por libre.

Oímos la orden más temida, la de "¡fuego!", y disparamos. Por una eterna fracción de segundo (entonces entendí perfectamente el significado de este manido recurso literario) pareció que el reo no caía (¿habríamos fallado todos?: imposible...). Pero no, con una lentitud extraña, cayó blandamente.

No recuerdo hacia dónde: volví a mirar al cielo. Cuando el oficial al mando del pelotón comprobó que estaba bien muerto (respiraría con alivio: se ahorraba dar el tiro de gracia) nos ordenó dar un paso atrás. Pero no nos sacaron de allí, aún no habíamos terminado: seguía el espectáculo.

Ahora vino lo más horrible de todo el show: con banda de música al frente (¡tachín, tachín!) hicieron desfilar a todas las unidades, a escasa distancia del cadáver. Y al llegar a su altura (y a la nuestra) ordenaban: "¡Vista a la derecha!".

Les obligaban a mirar, a reconocer el cadáver, a sentir que, si se portaban mal, ellos podían estar allí, en el lugar de Pedro. Porque de eso iba todo: una ejecución militar, el fusilamiento de un soldado, es un escarmiento colectivo, una demostración de fuerza dirigida a toda la tropa, una exhibición de poder del mando.

Un amigo mío, que estaba entre los que desfilaban, luego me contó: "Como soy un poco puta, yo sí que le miré bien, y tenía la cabeza reventada". No sé cuantas balas le dieron, no sé si entre ellas estaba la mía, yo sí sé que apunté a dar, pero no sé si fallé el tiro o maté a ese hombre.

Sin odio, más bien con simpatía, como una especie de eutanasia. Pobre consuelo, peor que el de mis compañeros, que podían considerarse colaboradores de la justicia, de la ley y el orden. Maldije mi lucidez que me impedía sentirme entre los buenos. Pero no, ellos no estaban mejor que yo, se les notaba. Conforme desfilaban, las unidades asistentes al acto iban saliendo hacia los camiones.

Nosotros salimos los últimos, cuando ya lo habían hecho todos, pero tuvimos que pasar por delante de la fila de camiones parados, el nuestro estaba al principio, para arrancar tenían que esperarnos. Los soldados, desde los camiones, nos miraban asustados, nosotros apenas mirábamos de reojo.

Poco o nada hablamos en el viaje de vuelta al cuartel. Nos esperaba un sábado noche y domingo en casa. No sé si alguno lo disfrutaría. Yo llegué a casa de mis padres, me acosté y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Y el lunes, al cuartel, a seguir la rutina.

¿Algo había cambiado en nosotros? ¿Nos había marcado de por vida nuestra participación en este fusilamiento? Supongo que sí, desde luego, no nos podía dejar indiferentes. Algo me ha amargado la vida, sin duda, no lo he contado mucho. Solo en algunas circunstancias, entre amigos íntimos, cuando se hablaba de la mili, me venía el tema a la cabeza y me apetecía soltarlo.

Muchos de mis amigos y familiares, en cambio, no conocían esta parte de mi historia. No es que me avergüence, ni mucho menos me enorgullece, pero sí que me duele. Imagino que les pasará lo mismo a los demás que participaron en aquello, aunque seguramente han podido olvidar mejor."         (El País, 08/01/2012)

"El 14 de abril de 1971, Vicente Torres salió de su casa en un día de niebla espesa para empezar como voluntario su mili. Una mili que le ha perseguido durante toda su vida. Una mili que espera poder arrinconar en alguna esquina recóndita de su memoria con la publicación de su historia.

 Son muchos los compañeros de luchas, los vecinos de Benimamet y los alumnos de sus clases de urbanismo en la Universidad Politécnica de Valencia que se sorprenderán al conocer el episodio del fusilamiento en el que participó.(...)

 Pregunta. Si pudiera rebobinar, ¿qué haría?, ¿volvería a actuar del mismo modo?

Respuesta. Sí, haría lo mismo. Mi visión del mundo es la misma. ¿Qué podía hacer? No podía salirme; el oficial al mando iba sellando todas las alternativas. Éramos un instrumento, una máquina. Eso iba a pasar hiciéramos lo que hiciéramos; no había margen.

Vicente Torres lleva cuarenta años cargando con el peso de aquel episodio, sometido a un tira y afloja interior, atrapado entre la necesidad de contarlo y la de no remover las cosas más de lo necesario.

Nunca contó con la coartada mental de otros de sus compañeros de pelotón, que al menos pensaban que habían hecho lo justo, ajusticiar a un asesino. Torres ya era por aquel entonces un militante de la izquierda revolucionaria. (...)

Torres es hoy doctor en Economía y profesor asociado de la Universidad Politécnica de Valencia, donde imparte clases de urbanismo. También ejerce de consultor en temas de medio ambiente urbano. Tras acabar su mili, trabajó durante 20 años como administrativo, vivió en Francia, en Inglaterra.

En 1992 encaró el doctorado. Tras militar en la izquierda revolucionaria y formar parte, entre otros, del Front Obrer de Catalunya, fue sindicalista "protestón" y activo miembro del movimiento ecologista. Una de sus últimas batallas fue contra la implantación del AVE. Cree en el desarrollo sostenible. Siempre fue rojo. Participar en aquel fusilamiento del franquismo le generó una herida que aún hoy sigue abierta. (...)

Fue el último soldado fusilado en España. Después de él, en 1974, fueron ejecutados Salvador Puig Antich y Heinz Ches; y ya en 1975 se produjeron los últimos fusilamientos de miembros de ETA y del FRAP. Pero en esos casos ya no era el Ejército el que fusilaba, sino la policía armada y la Guardia Civil, según explica el propio Torres.

P. ¿Cómo vivió el resto de la mili después de la ejecución? ¿En algún momento llegó a sentirse culpable?

R. Yo no tuve sensación de haber cometido un crimen. Tenía la sensación de que había vivido un crimen. Yo no me sentía culpable. Era una putada haber tenido que participar en aquello, pero se trataba de un hecho objetivo que iba a ocurrir conmigo o sin mí. Me tocó a mí como le podía haber tocado a otro.

Tal vez sea una manera muy personal de vivir las cosas, o muy defensiva, pero es mi carácter: lo que es inevitable, procuro que no me amargue; y dedico mis esfuerzos a aquello que puedo evitar.

P. Cuenta usted en su texto que podría haber alegado enfermedad para no participar en aquello, ¿por qué no recurrió a esa fórmula?

R. Es difícil de averiguar. Me podría haber escaqueado, pero tampoco iba con mi carácter. O la montaba o lo asumía. Y si no me tocaba a mí le iba a tocar a otro.

P. Usted menciona en su texto opciones que le hubieran permitido escapar a ese momento y sin embargo no escogió aquellos caminos. Podría haber disparado al aire, pero al final optó por no hacerlo. ¿Por qué?

R. Nunca me lo he planteado. El hecho tenía que pasar. Lo único que podía hacer era librarme yo de estar allí en medio. Para mí lo grave es lo que le pasaba a ese chico. Lo que me pasara a mí no tenía importancia. En el último momento pensé qué podía a hacer por él. Pues mira, que no sufra.

Yo sabía lo que ocurría en España. Sabía que el régimen mataba y que le tocaba ejecutarlo a gente que lo hacía obligada. Eso era lo monstruoso del sistema: el Ejército recurría a una serie de ritos y procedimientos que convertían a las personas en máquinas obedientes que habían de cumplir al pie de la letra los reglamentos; si se salían, lo iban a pagar caro."                (El País, 08/01/2012)

16/3/11

"'¡Hemos matado al capitán Leret!'. Mi padre fue fusilado por sus propios soldados. Los rebeldes les habían obligado a hacerlo"

"Carlota Leret, hija del aviador Virgilio Leret (Pamplona, 1902), inventor del motor de reacción, acude a la entrevista. Acaba de llegar de Caracas, donde vive desde que se exilió con su madre en 1941, para asistir hoy al estreno del documental Virgilio Leret, El caballero azul, dirigido por Mikel Donazar y patrocinado por AENA.

"Yo era una niña, pero lo recuerdo perfectamente. Era el 17 de julio de 1936, el día que empezó la Guerra Civil, el día que se oyeron los primeros tiros del fascismo que iban a incendiar Europa, el día que vi a mi padre por última vez".

Virgilio Leret era entonces jefe de la zona oriental de las Fuerzas Aéreas en África y estaba destinado en la base de Hidros de El Atalayon (Melilla). "Mi madre, mi hermana y yo estábamos en la base porque habíamos ido a veranear a Melilla con un barco que teníamos. Empezaron a sonar las sirenas y mi padre nos llevó al barco.

No hubo besos, ni despedidas. Recuerdo a mi madre asomada en la cubierta viendo cómo él se alejaba y a mi padre gritándole que se metiera dentro mientras se oían tiros". Virgilio Leret regresó a su puesto para defender la base hasta que se acabó la munición, relata Carlota. No le volvieron a ver.

"Mi padre es el primer fusilado de la Guerra Civil", asegura Carlota. "El primer militar asesinado por cumplir con su deber", le presentaba el cineasta Pedro Almodóvar en un documental estrenado en junio del año pasado para denunciar la muerte impune de 15 víctimas del franquismo.

Carlota ha encontrado documentación que prueba que su padre fue pasado por las armas al amanecer del 18 de julio. "Hace seis meses me llamó la poetisa Angelina Gatell, que había estado casada con un soldado de la base de Hydros.

Me contó que al llegar a la base el 18 de julio, su marido se encontró, temblando, a uno de sus compañeros que le dijo llorando: '¡Hemos matado al capitán Leret!'. Mi padre fue fusilado por sus propios soldados. Los rebeldes les habían obligado a hacerlo como una forma de sembrar el terror". (...)

"¡Apenas hemos hablado del motor de reacción y es lo más importante!", recuerda de repente, desembarazándose de nuevo del tenedor. "Es una historia casi mágica".

"En 1935, un año antes de que estallara la guerra, mi padre había inventado el motor turbocompresor a reacción. Mi madre [la escritora de origen mexicano Carlota O'Neill], a la que metieron en la cárcel después de matar a mi padre por 'influir grandemente en la conducta de su esposo', según el consejo de guerra, logró sacar del penal los planos del invento envueltos en ropa sucia.

Los padres de una compañera de la cárcel los guardaron hasta que ella salió, en 1941. Cuando estuvo libre, mi madre cogió los planos, se los envolvió al cuerpo y se los ofreció a la Embajada británica porque creía que aquel motor podía ayudar a los aliados contra Hitler, pero no hicieron nada", lamenta." (CARLOTA LERET: "España aún no está curada de la Guerra Civil". El País, 15/03/2011, última)