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20/2/24

El campo de mujeres de Ravensbrück, el mayor burdel del Tercer Reich

 "La historiadora Fermina Cañaveras (Torrenueva, Ciudad Real, 46 años) lleva desde 2008 poniendo nombre, rostro y dignidad a las mujeres obligadas a prostituirse en el campo de concentración de Ravensbrück, el mayor burdel del Tercer Reich, pero aún conserva la emoción intacta. Con la voz entrecortada, no se ha acostumbrado al relato de una infamia. Imposible hacer callo ante un material de trabajo tan espeluznante: el proyecto levantado en la Alemania nazi exclusivamente para atentar contra los derechos de la mujer: violaciones, abortos forzados y esterilización eran los tres pilares sobre los que se levantó este campo de concentración y exterminio por donde pasaron hasta 130.000 mujeres entre 1942 y 1945. El día de su liberación, habían sobrevivido 15.000, de las cuales 200 eran españolas. Fermina Cañaveras ha podido localizar de momento a 26.

A 90 kilómetros de Berlín, Ravensbrück fue el campo más grande para mujeres en territorio alemán y el segundo de Europa después de Auschwitz. Sin embargo, poco se sabe de él. Fue uno de los últimos en ser liberados por los aliados y hubo tiempo para destruir mucha de la documentación que allí se conservaba. Así que, enterradas en la cal viva del olvido, que Fermina Cañaveras esté poniendo nombre y rostro a las mujeres convertidas en esclavas sexuales en Ravensbrück se convierte en una literalidad. De entre todos ellos surge el de Isadora Ramírez García (Madrid, 1922-2008), la protagonista de El barracón de las mujeres (Espasa), primera novela de esta historiadora especializada en el área de mujer y represión durante los conflictos del siglo XX. “La historia, por desgracia, está contada en su mayoría por hombres; siempre se ha hablado de exilios, guerras, campos… desde el sufrimiento de los hombres, pero ¿qué pasa con las mujeres? ¿Por qué existe esta tendencia al olvido de la memoria de nuestro país, pero sobre todo al olvido de la mujer?”, se pregunta Cañaveras durante una breve visita a Sevilla, donde se encuentra con EL PAÍS.

Cañaveras ha tenido que novelar la historia de Isadora y otras compañeras en aquel viaje al infierno porque la ficción ha sido el único pegamento para unir las piezas encontradas en su intenso rastreo documental. Aun así, los nombres y, sobre todo, el sistema de humillación y degradación humana perfectamente orquestado por el Tercer Reich para explotar y experimentar con las mujeres bajo pretextos pseudocientíficos son de extremo rigor y veracidad. “Las violaban del orden de 20 veces al día, delante de muchos soldados que acudían para mirar, y muchas de ellas quedaban embarazadas. Era con estas con las que experimentaban, les abrían el vientre y las dejaban morir para ver cuánto aguantaban los fetos”, dice. No es morbo, reivindica la historiadora, “es memoria y así hay que contarlo”.

El contexto, pues, que describe El barracón de las mujeres es escalofriante: junto a las violaciones cotidianas, este campo fue un laboratorio para prácticas que escapan a cualquier consideración científica o moral, como inyectarles a las mujeres semen de chimpancé para comprobar si podían procrear híbridos de mujer y mono. A otras les extirpaban partes del cuerpo y las reimplantaban para comprobar su recuperación.

Pero volvamos a Isadora Ramírez García, una de las últimas supervivientes españolas conocidas, que murió en Madrid en 2008, justo el año en el que Fermina Cañaveras decidió embarcarse en el rescate de esta historia, y a la que no pudo conocer. El punto de arranque fue una fotografía hallada mientras estaba sumergida en otro proyecto de recuperación de memoria histórica: “Yo estaba investigando cómo se organizó el Partido Comunista en un piso de Atocha en la clandestinidad tras la Guerra Civil, no soy experta en la II Guerra Mundial, pero una militante del PC me puso sobre la pista”. Se resistió en un principio por pulcritud profesional, pero fueron muchas las voces que la animaron a embarcarse en este viaje hacia la dignificación de aquellas mujeres. El juez Baltasar Garzón, que firma la faja de la novela; y sus compañeros en la Comisión de Historia del Teatro del Barrio de Madrid, del que formaba parte entonces, fueron fundamentales para empujar a Fermina Cañaveras a escribir este relato del que no ha salido “indemne”, confiesa.

Y así, en la desvaída fotografía encontrada supo que tenía que dar un vuelco a su trabajo: allí aparecía la imagen de una mujer desde el cuello hasta la cintura, con una inscripción en alemán tatuada en el pecho: Feld-Hure, puta de campo. Así marcaron a Isadora, que murió a los 86 años con el recuerdo imborrable de la humillación escrito aún en su piel. “Utilizo la palabra puta porque es la traducción literal de hure”. En esta novela no hay eufemismo, hay verdad. También en la crueldad de las palabras. “Las embarazadas eran las conejas”, relata la autora, y el barracón de las locas fue el nombre que se utilizó para recluir, en un ostracismo aún más ignominioso, a todas las que no pudieron soportar tanto dolor y perdieron el juicio.

Esa fue la experiencia que marcó para siempre la historia de Isadora Ramírez García, hija, sobrina y hermana de republicanos. Al acabar la Guerra Civil, precisamente, cruzó la frontera a Francia en busca de su hermano Ignacio, desaparecido durante la contienda nacional. Allí se enroló en la Resistencia hasta que fue detenida y deportada a Ravensbrück. Tenía 20 años. Pero hay más personajes reales dentro de El barracón de las mujeres, todas supervivientes del horror: Constanza Martínez (1917-1997), también miembro de la Resistencia, cuya frágil salud tras las huellas que dejó en ella la experiencia del campo de concentración no le impidió llegar a ser vicepresidenta del Amical de Mauthausen. O Neus Català (1915-2019), a quien Fermina Cañaveras sí conoció y cuyo testimonio fue clave para reconstruir esta historia. Neus, precisamente, fue la fundadora del Amical de Ravensbrück. Desde el final de la II Guerra Mundial dedicó su vida a intentar no olvidar los nombres de las que murieron y sufrieron el cautiverio en aquel infierno.

La aragonesa Elisa Garrido (1909-1990) también protagoniza un pasaje del libro que emociona por su coraje. Esta presa provocó la explosión que inutilizó la fábrica nazi de obuses del comando Hafag, al que había sido destinada como esclava. Dedicó su vida a ayudar a quienes habían pasado por la Resistencia.

Y en un escalofriante contraste, la francesa Catherine Dior (1917-2008), hermana del celebérrimo diseñador Christian Dior, se pasea por las páginas de esta novela enrolada en una unidad de inteligencia franco-polaca. “Catherine tuvo muy mala suerte porque fue arrestada en la víspera de la liberación de París. Fue deportada a Ravensbrück, pero sobrevivió”, relata Cañaveras. Su hermano creó en 1947 un perfume en su honor y en recuerdo de sus compañeras: Miss Dior.

 Y es que, el infierno de Ravensbrück, también el mensaje que quiere trasladar la autora en El barracón de las mujeres, es “una historia de resiliencia y de sororidad. Allí se ayudaron, se acompañaron, se cuidaron y protegieron todas estas mujeres para hacer sobrevivir a la mayoría de ellas. Esta novela es la consecuencia de sus vivencias, de sus miedos, de sus silencios y de sus sentimientos. Es el trabajo de muchas horas de investigación que han culminado en un homenaje a todas las que han permanecido en la sombra de la historia”."           (Amalia Bulnes , El País, 14/02/24)

16/10/22

Los españoles en Mauthausen vistos desde la lógica nazi: "Estos prisioneros nunca importaron al franquismo"

 "Una investigación recién publicada atestigua científicamente los nombres de 4.435 asesinados por el régimen nazi en Mauthausen. Aquí, los autores reflexionan sobre el tratamiento que estos españoles recibieron durante su éxodo: desde Francia hasta Alemania, para terminar en Latinoamérica o retornar al país galo.

En marzo de 1942 tan solo sobrevivían a Mauthausen 300 españoles. En los ocho meses previos, el régimen nazi asesinó a más de cuatro millares de españoles que, años antes de terminar en el campo de concentración, huyeron a Francia para escapar del nuevo régimen franquista que se instauraría en su país natal. Los historiadores Gutmaro Gómez y Diego Martínez publican la mayor investigación realizada hasta el momento en 'Esclavos del Tercer Reich. Los españoles en el campo de Mauthausen' (Cátedra, 2022), en la que ahondan sobre el destino de estos prisioneros que jamás perdieron su nacionalidad, en Francia fueron tratados como "indeseables" y sus últimas fuerzas las dedicaron para saludar a las fuerzas antifascistas que liberaron el campo austriaco.

¿Cuántos españoles habéis podido atestiguar que fueron internados en Mauthausen?

Diego Martínez: El tema de las cifras siempre es muy complejo por la gran dispersión de fuentes que hay. La historiografía maneja un total de 7.251 nombres de españoles que pasaron por el campo de concentración. De los fallecidos, estimados en 4.750, se conocen todos los nombres, aunque de los que fueron allí deportados es más complicado. De todos ellos, nosotros hemos cotejado con fuentes inéditas los nombres de hasta 4.435. De todas formas, es algo complicado de saber de forma exacta porque hay fallecidos que no aparecen o internos no inscritos.¿Cómo llegan los españoles a Mauthausen? ¿Por qué terminan internados?

Gutmaro Gómez: La mayoría proceden de la huida desde España al final de la Guerra Civil, los restos del ejército de Catalunya o de la Batalla del Ebro. Sabemos que a Francia llegan medio millón de españoles en un momento complicado para ese país, donde el frente popular deja paso a un gobierno de derechas que resuelve la cuestión de los refugiados españoles de forma autoritaria. Estos 500.000 españoles nunca tienen el estatus de refugiados y son tratados como indeseables, la categoría jurídica ligada a los nómadas, a los apátridas.

Cuando se produce la ocupación nazi de Francia, muchos españoles ya están censados según su categoría política. El eje Madrid-París-Berlín comparte políticas y métodos, en este sentido. Así, tienen dos métodos para apresar a los españoles en Francia que huyeron de Franco: primero porque saben dónde están y son entregados a la Gestapo o el ejército alemán, y luego porque otros muchos ya estaban incorporados a la legión extranjera francesa en batallones de trabajo, pero también en los Regimientos de Marcha de Voluntarios Extranjeros y Compañías de Trabajadores Extranjeros.

DM: Aquí es importante la figura de la custodia protectora vigente en el nazismo. A la mayoría los detienen como prisioneros de guerra, así que son destinados a los 'Stalags', campos para este tipo de prisioneros. A Mauthausen llegan el 6 de agosto de 1940.

GG: Esa custodia antes había recaído en checos, daneses o polacos. Es una máquina perfecta para la represión para todos los considerados como enemigos del III Reich.

A estos españoles, ¿el Estado franquista los considera como tal?

GG: Sabemos que en España se conoce el paradero de estas personas y que desde Alemania les preguntan cantidad de veces cómo actuar con ellas por vía diplomática, así que sí son consideradas como españolas. La respuesta desde España es nula, silencio administrativo. Estos prisioneros nunca importaron al franquismo. ¿Y quién estaba en la embajada española de Berlín en esos momentos? Eugenio Espinosa de los Monteros. La presión que sí ejerce a España para que sean deportados al país la hacen con Francia antes de la ocupación, con Vichy.

DM: Hay que recordar que la custodia protectora la Alemania nazi también la aplica de forma interna. Es una figura jurídica que permite al Estado alemán escoger a una serie de personas para llevarlas a los campos de concentración. ¿Por qué España no tiene nada que decir en el caso de los españoles en Francia? Porque Francia es territorio ocupado y los prisioneros los gestionan los nazis.

Hay un apartado de la publicación llamado 'Manual de castigo'. ¿Existía este documento como tal?

DM: Sí, existió, lo crearon en el campo de Dachau. Son directrices que básicamente fijan el funcionamiento de un campo de concentración. No podemos entender el III Reich de 1939 como el de 1943. Es decir, Alemania no se acostó con Weimar y se levantó con un Reich nazificado al extremo. Por eso, los primeros crímenes que cometieron levantaron ampollas y algunos fiscales investigaron lo que sucedía en estos centros. Eso puso contra las cuerdas a algunos guardias, pero también al propio Himmler que llegó a ser encarcelado.

Con el manual conseguían que hubiera una normativa que amparara lo que hacían en los campos. Oficialmente los guardias no podían maltratar sistemáticamente a los prisioneros, pero en realidad tenían carta banca para hacer con ellos lo que quisieran.

GG: En los campos, quien manda son las SS por encima del Estado. Nosotros, en el libro, lo que hacemos es entender la inserción de los españoles en ese mundo, que hasta el momento se había hecho a través de la propia experiencia de los internados y no desde la lógica y la forma de actuar de los nazis.

'Demasiados muertos, pocos trabajadores' es el título de otro apartado. ¿Qué relación guarda esto con el desarrollo de la Guerra?

GG: Cuando empiezan a perder la Guerra, a partir de 1942, todo lo vuelcan al esfuerzo de la contienda y adaptan la administración de los campos para que la producción aumente, al igual que mejoran los tratados con las empresas privadas.

DM: De los 4.400 españoles fallecidos que conocemos, todos menos 300 murieron entre agosto de 1941 y marzo de 1942. Estos no están sometidos al rendimiento del trabajo, sino al trabajo como castigo. Los españoles que sobreviven sí son apreciados en el campo como grandes resistentes, porque el campo no deja de recibir gente que en una semana probablemente muera.

 Mauthausen, un campo destinado a los que consideraban irredimibles, como mendigos o alcohólicos, explica muy bien el exterminio por el trabajo, que sobre todo se da en la primera mitad de la guerra, aunque siempre se haya pensado que esto sucede al final. Al fin y al cabo, como en los últimos años quieren aumentar la producción de guerra, los nazis deben reducir la tasa de mortalidad. Y al menos inicialmente lo consiguen, aunque lejos de hacerlo mediante un mejor trato. El descenso se hace efectivo por la aparición de campos subsidiarios que acogen a personas de otros campos más duros, aunque en los últimos meses de la guerra estos también se convierten en auténticas trituradoras.

¿Alguno de los españoles internados fue utilizado como cobaya en experimentos científicos?

DM: Especialmente fueron utilizados para la experimentación con vacunas, como la del tifus y el cólera. Nosotros, en el libro, contextualizamos esta forma de hacer para que no parezca un caso aislado y el relato sea mucho más fidedigno de lo que fue: una red de campos de concentración que actuaban organizados y con las mismas estrategias.

Los españoles allí internos veían cómo poco a poco se les iba exterminando. ¿En algún momento albergaron algo de esperanza?

GG: De sus testimonios quedan pocos. Conocemos lo que escriben después, porque muchos supervivientes tienen la urgencia de contar lo que ha pasado. Prisciliano García Gaitero, cuyo caso personal vertebra el libro, cuenta cómo uno de los compañeros con los que cruzó los Pirineos hacia Francia fue mordido por un perro de las SS. Esa forma de vida te destroza la condición humana. En sus palabras se aprecia el abatimiento sin lugar a dudas. A este hombre, al final un médico le diagnostica y por ciertas circunstancias recibe ayuda y termina en Dachau, un campo algo mejor que Mauthausen en el que varios brigadistas le cuidan.

Pero no había mucha esperanza en el campo, al contrario. La gente se dejaba morir durante días, sobre todo cuando ves caer a esas personas con las que a lo mejor has luchado en la Guerra Civil española, terminas en unos barracones en Alemania sin saber muy bien cómo, y mueren. Eso lo vemos en los números. Cuando sumas el porcentaje de ratios de muerte en los grupos de afinidad, te das cuenta de la tragedia.

DM: La mayoría de ellos eran muertos vivientes. Los únicos que tenían algo de energía vital eran los capos de los campos de concentración. Para los que estaban más debilitados, a los que llamaban "musulmanes", prácticamente les era imposible seguir trabajando. La mayoría de ellos funcionaba por inercia, y el que no tenía un puesto privilegiado o algún conocido que le ayudara, moría, porque era imposible aguantar más de tres meses trabajando en la cantera de Mauthausen en esas condiciones.

Sí tenían algunos reductos. El sexo dentro de los campos de concentración, por ejemplo. Según cuentan, muchos no entendían la masturbación como una especie de necesidad biológica, sino que lo narraban como un acto de resistencia. Era una forma de sentirse vivos.

Es famosa la pancarta que recibió a las tropas liberadoras en Mauthausen realizada por españoles antifascistas. Tras la liberación, ¿cuál fue el destino para esos españoles ya marcados como antifascistas?

GG: Es un buen final que también es el principio de otra historia. Que esa pancarta esté en español demuestra la supervivencia y el grado de visibilidad que tenían en el campo.

DM: Por otra parte, tras la liberación del campo, las autoridades aliadas no contemplan otra cosa que la repatriación de los internos, lo que supone algunos problemas, como sucede con los españoles o aquellos que deberían retornar a países en ese momento bajo la órbita soviética, como los polacos.

En septiembre de 1945 se producen los primeros suicidios por esta cuestión y el alto mando aliado se da cuenta de que no puede repatriar a todo el mundo de manera forzosa, así que un millón de personas aproximadamente se queda sin saber dónde ir. Ese esfuerzo lo asume la Administración de las Naciones Unidas para el Socorro y la Reconstrucción, que en julio de 1947 es reemplazada por la Organización Internacional para los Refugiados. De hecho, la evolución que se produce de las definiciones dadas a las figuras de "desplazado" y "refugiado" es la semilla de su concepción actual.

Se dio el caso de que algunos españoles accedieron voluntariamente a volver a España, un total de 69, aunque ayudaron a 795. La mayoría se exilió, algunos se quedaron en Francia y otra buena parte marcha a Latinoamérica, sobre todo en Argentina pero también en otros muchos países.

GG: Esa dispersión ha contribuido que no se conozca bien esta historia. Tiene mucha trascendencia porque la liberación de Mauthausen es recibida en español, pero eso no se llega a producir en España en ningún momento por la larga duración del franquismo, y es una de las cosas que también nos separa del modelo de memoria de Europa."               (Guillermo Martínez, Público, 09/10/22)

26/9/22

El horror de descubrir que tu abuelo fue un oficial de las SS que participó personalmente en el asesinato de judíos... y su reconversión en agente de la CIA, de los nuevos servicios secretos de la República Federal Alemana, Org-BND, y hasta parece que de la KGB y del Mossad

 "Tras un buen rato de conversación sobre horrores, en su despacho en un bloque algo destartalado al sur de Berlín, cerca de la entrada del enorme parque que es hoy el antiguo aeropuerto de Tempelhof, orgullo del III Reich, el escritor y cineasta Chris Kraus por fin se derrumba. Es un hombre vital y robusto (como su abuelo) y está acostumbrado a tratar con cosas terribles, pero algo se le ha roto dentro. Palidece y se le humedecen los ojos azules.

 Ha sido al pedirle que explique exactamente el papel que tuvo su abuelo en el régimen nazi y en el exterminio de los judíos. “Mi abuelo, Otto Kraus, formaba parte de la minoría alemana báltica en Letonia. Reinhard Heydrich le reclutó para la SD, la agencia de las SS que actuaba como servicio de inteligencia y fue central en el Holocausto. En 1941 participó en la invasión de la URSS como miembro del Einsatzgruppen A, uno de los escuadrones itinerantes que perpetraban ejecuciones sobre todo de judíos, marchando detrás de las tropas de combate. Luego fue el jefe de la SD en Riga.

 Alcanzó el rango de Sturmbannführer, mayor de las SS. Intervino personalmente como mínimo en dos fusilamientos masivos”. Uno de esos espantosos episodios lo recrea Chris Kraus en su novela, que acaba de aparecer esta semana, La fábrica de canallas (Salamandra, traducción del alemán de Isabel García Adánez), protagonizada por un personaje que se basa muy estrechamente en su abuelo y que sigue con gran exactitud la carrera de este.

En el libro, un día de verano, en las afueras de Riga, las SS y sus auxiliares letones someten a “tratamiento especial” a un grupo de judíos, una escena que reproduce minuciosamente una de las matanzas perpetradas en el bosque de Bikernieki (Bickern), el escenario principal de las masacres en Letonia (de la población de 90.000 judíos fueron asesinados 70.000). Los obligan a desnudarse junto a una zanja y les disparan en varias tandas. Kraus escribe: “Ejecutar a alguien a quemarropa implica que muchas veces la masa encefálica y la sangre de las víctimas salpique en todas direcciones, y así fue. Esquirlas de los cráneos salieron disparadas como metralla hasta donde estaba yo, a veinte metros de distancia.

 Se oían gritos, la sangre empapaba el suelo y el aire olía a hierro mojado mezclado con sudor frío, excrementos y orines”. La escena continúa cuando el protagonista avanza para dispararle el tiro de gracia a una joven y se asoma a la fosa con la Luger en la mano: “En medio de aquel revoltijo de cuerpos distinguí unos pies que seguían agitándose. Era una chica a la que habían saltado la tapa del cráneo, que había ido a parar a su lado. Me miraba con los ojos muy abiertos sin dejar de abrazar a su bebé, que parecía intacto, simplemente dormido (…) Antes de que me fuera imposible retener el vómito, les vacié la pistola a ambos”.

El pasaje da la medida del mundo en que se movió Otto Kraus (convertido en la novela en Konstantin Koja Solm) y la herencia con que ha de lidiar su descendiente. “El descubrimiento de la historia de mi abuelo fue horrible, muy perturbador”, explica descompuesto Chris Kraus, que se levanta para abrir una ventana. “Amaba a mi abuelo”. Fue en 1985, cuando era un estudiante, que se interesó por lo que contaba Otto Kraus. 

“Hablaba de fusilamientos, y sin embargo nunca empleaba palabras claras, sino términos como acción especial, y podías pensar que lo que hacían era otra cosa, como ir al bosque a cortar leña. Pero luego leí un libro sobre el general Vlásov [el desertor ruso que comandó tropas para los nazis] y contenía detalles sobre mi abuelo y su relación con el exterminio. Era horroroso. Nadie de mi familia lo sabía. Me dediqué entonces a ir a archivos a buscar información y esclarecer lo que había pasado”.

Herencia negra

Descubrió toda la verdad, pero nadie le quiso creer en su familia, excepto una de sus primas, la editora Sigrid Kraus (fundadora de Salamandra), que lleva el nombre de la mujer de Otto, la abuela. “De mi investigación escribí un ensayo, Das Kalte Blut (La sangre fría), publicado en una tirada reducida destinada a la familia y nuestro entorno en 2014, en el que lo contaba todo, para demostrar que no eran fantasías mías y lo incompatible que resultaba todo aquello con la memoria familiar. No ha servido. Es como en toda Alemania, parece que los nazis llegaron de la luna: la mayoría de la gente asegura que sus abuelos eran personas excelentes, antinazis y que todo fue culpa de Hitler, Himmler y cuatro psicópatas”.

La herencia negra de los Kraus no se limita al abuelo. “Sus dos hermanos”, continúa Chris Kraus, “también pertenecieron a las SS y formaron parte de escuadrones de la muerte, un caso extraordinario, una locura. El mayor, Hans, tuvo incluso mayor implicación en atrocidades, mientras que el benjamín, Lorenz, fue corresponsal de guerra de las SS y, dotado de capacidad artística, hacía dibujos antisemitas”.

 ¿Cómo lleva toda esa carga? Chris Kraus piensa un largo rato. “Es difícil de explicar. Intento entender, investigar lo que realmente pasó, una tarea muy dura. Trato de corregir las cosas con la verdad. Me ha tocado a mí hacerlo de entre todos los hijos y nietos de Otto. Yo no quiero ser un cómplice pasivo, no voy a aceptar el silencio, aunque el proceso sea negativo para mí”. ¿Llegó a confrontar la verdad con su abuelo? “No, nunca; murió en 1989, y hasta 10 años más tarde no conocí su historia real”. ¿Le hubiera gustado poder hablar con él? “Sí, pero provocaba tanto respeto… no sé si me habría atrevido, y eso que yo era el que mejor me llevaba con mi abuelo. Los demás me reprochan que ya no se puede defender. Para ellos era un buen hombre y punto. La verdad es que murió sin haber tenido que enfrentarse a su responsabilidad y crímenes, como tantos otros de la élite de las SS, porque Alemania no se atrevió a llevarlos ante la justicia”. ¿Dónde está enterrado? ¿En Letonia? “En Núremberg; qué ironía”, ríe amargamente Chris Kraus. “Esa ciudad que además de simbolizar tras la guerra el castigo de los nazis era antes tan antisemita y le gustaba tanto a mi abuelo, y a Hitler”.

 La fábrica de canallas convierte en una novela de casi mil páginas la vida Otto Kraus, que incluyó participar en misiones secretas de las SS como la operación Zeppelin para matar a Stalin (conoció a Otto Skorzeny, célebre por sus arriesgadas acciones militares, como el rescate de Benito Mussolini), su reconversión en agente de la CIA, de los nuevos servicios secretos de la República Federal Alemana, Org-BND, y hasta parece que de la KGB y del Mossad. “Es una ficcionalización de su historia, se basa en el trabajo de investigación de años y en el ensayo que escribí para la familia”. El nieto relata los orígenes de los Kraus (los Solm), su vida en Letonia (similar a la que se muestra en la película de Chris Kraus de 2010, Poll) y la progresiva implicación de Koja y su hermano mayor Hub en la maquinaria nazi. La novela arranca en 1974 en un hospital de Múnich donde está ingresado herido de bala el protagonista, que le cuenta su vida a su vecino de cama, un hippy inocente, bienintencionado, budista y fumeta que no da crédito a lo que oye.

 El novelista ha introducido el personaje de una hermana adoptiva, Ev, que se convierte en el centro del interés sentimental de los dos hermanos (y acaba de doctora en Auschwitz). “He reflejado aspectos de mi abuelo en Koja y Hub, el mayor es más brutal y el menor aparentemente más sensible e introspectivo, pero cada vez te cae peor. Los dos llevan dentro el mal. Al menos Hub tiene una postura coherente, pero Koja presenta esa personalidad de los agentes y espías a los que les falta un núcleo de convicciones y se desenvuelven como pez en el agua en un universo de falsedad y mentira. La ambigüedad es el elemento más perturbador en la novela”.

 Sorprende en La fábrica de canallas el sentido del humor —la ironía de Koja, la amante negra que canta el Horst Wessel, la prohibición del Monopoly por ser “un juego judío”, el SS con labio leporino, el coche de Himmler detenido para dejar pasar unos sapos por la carretera, la circuncisión del protagonista a fin de infiltrarlo en Israel en la posguerra como el profesor de hebreo Himmelreich—. “Eso me ha acarreado críticas feroces en Alemania. Sabía que las tendría. En realidad, creo que el humor hace aún más insoportable la historia”. El libro se suma al largo debate sobre si se deben juntar humor y nazismo. También hay una historia de amor de largo recorrido. “Lo terrible es que esos nazis como mi abuelo eran personas. No quería describir a unos demonios sino a seres humanos en un régimen inhumano. En Alemania se ha preferido ver a los nazis como monstruos que no tenían nada que ver con el resto de la población, y demonizarlos es incompatible con el humor y el amor, por eso perturba tanto”. ¿No se puede ver como una forma de justificación? “No, son recursos estilísticos, para entender que estos abismos humanos que describo no son una ficción. El tema clave es la moral, la amoralidad del personaje. Es alguien despreciable y humor y amor nos lo acercan, pero no lo justifican. No podemos distanciarnos del mal, forma parte de la condición humana. Mi abuelo era una persona capaz de amar y de ser amado. Eso me ha perturbado mucho. ¿Cómo es posible que una persona a la que conocía y quería fuera así en otro contexto? Quería hacer accesible esa experiencia a los lectores. A todos podría pasarnos”.

El mundo de los servicios secretos que describe, las historias del general Gehlen, Otto John, Isser Harel, de la caza de Eichmann… “Todo es cierto, durante la guerra y después. Cuando descubrí que mi abuelo además fue espía, ¿cómo conjugas eso con la importancia que se ha dado siempre en mi familia a ser honestos?”.

 La fábrica de canallas, en la que se percibe también un eco de El tiro de gracia, de Marguerite Yourcenar, tiene muchos puntos en común con Las benévolas, la gran novela de Jonathan Littell; entre ellos que el narrador sea un criminal nazi y se describan minuciosamente las atrocidades; además de la fijación por la hermana. “Considero un cumplido la comparación. Es un libro extraordinario que me encantó. Hicimos nuestras investigaciones en paralelo: durante los 15 años que estuve buscando información sobre mi abuelo visitamos los mismos archivos y consultamos los mismos documentos, veía su nombre. Su perspectiva es también la del verdugo. Su protagonista, Max Aue, milita en la SD y forma parte de los Einsatzgruppen. Pero Littell trabajó más la erótica que el horror. Es un libro muy literario, con todas sus fantasías homoeróticas y perversas. Fue una inspiración, pero mi enfoque es otro, más duro”.

En la relación de los protagonistas de La fábrica de canallas, hay también muchos elementos perversos y escatológicos, en su acepción coprológica: Koja y Ev están marcados por compartir orinal de niños, y la masturbación. “Es cierto, pero lo hago buscando lo arcaico, lo elemental. También hay excrementos, y sangre, y el proceso de convertirse personas en cadáveres en los actos de exterminio. Mi abuelo vio todo eso. Olió los excrementos, la sangre y el miedo de los asesinados. ¿Qué pensó entonces? ¿Cómo manejó esa experiencia? Algunos camaradas de mi abuelo confesaron que les gustó matar. Otros argumentaron algo que me parece grotesco: que participaron en las matanzas, sí, pero de forma caritativa, para evitar sufrimientos innecesarios a las víctimas”.                  (Jacinto Antón, El País, 25/09/22)

27/1/22

Ochenta años de Wannsee: cuando los nazis planificaron el exterminio de los judíos... la civilización moderna no fue condición suficiente para el Holocausto, pero sí fue su condición indispensable... El Holocausto no debe ser entendido como la antítesis de la civilización moderna o una desviación del camino del progreso, nos plantea Bauman, sino una de sus posibilidades ocultas... Permanece como una amenaza en un mundo en el que se han multiplicado los medios y tecnologías para el tipo de dominación que los nazis llevaron a su expresión más extrema

 “Coge tu bañador y vámonos a Wannsee”. Así reza el estribillo de Pack die Badehose ein, una pegadiza canción alemana de la década de 1950 sobre los alegres veranos en el popular balneario en el suroeste de Berlín. Pero el lago Wannsee también es el testigo mudo de un acontecimiento ominoso sin precedentes.

 En sus orillas está la mansión en la cual se celebró el 20 de enero de 1942 la Conferencia de Wannsee, una reunión de trabajo que tenía un único punto en el orden del día: discutir y formalizar la implementación de la llamada “Solución final de la cuestión judía”, la deportación y asesinato de la población judía de Europa. La reunión fue convocada por el jefe de la Oficina de Seguridad del Reich, Reinhard Heydrich, y acudieron oficiales y funcionarios de alto rango del Partido Nazi, las SS, la cancillería y de diferentes ministerios del gobierno alemán y las administraciones de los territorios ocupados en el Este de Europa.

 Entender el significado de la Conferencia de Wannsee requiere situarla en un continuum de medidas graduales de estigmatización, exclusión y violencia contra la población judía, que se remontan a los primeros años del régimen nacionalsocialista en Alemania. En 1935 se adoptan las leyes raciales de Núremberg, las cuales distinguen entre “judío”, “mestizo” (Mischling) y “de sangre alemana o afín” en función de un criterio genealógico.

 Se establecen ya aquí los marcadores específicos de clasificación grupal que permitieron la discriminación y precedieron a la acción propiamente genocida. En noviembre de 1938, el régimen nazi orquesta un pogromo cuyo balance es la destrucción de cientos de sinagogas, saqueos, asesinatos, arrestos y trasladados a campos de concentración (todavía no existen los campos de exterminio). Con el comienzo de la guerra mundial diez meses mas tarde, Hitler no solo pretende expandir territorio sino también establecer un nuevo orden racial en Europa.

 En 1941, durante la invasión de la Unión Soviética, las Einsatzgruppen, las unidades móviles de ejecución, empiezan a fusilar en masa a las poblaciones judías que encuentran en su avance. Cuando se produce la Conferencia de Wannsee, más de medio millón de judíos ya habían sido asesinados. Los historiadores del Holocausto coinciden en que la decisión de asesinar a la totalidad de los judíos de Europa había sido tomada pocos meses antes por parte de Hitler y el Reichsführer de las SS Heinrich Himmler, aunque no existe un documento que lo pruebe de forma explícita.

En Wannsee, Heydrich informó de esta decisión, se ponía al mando e invitó a los participantes a resolver diferencias competenciales con el fin de sistematizar y extender el genocidio hasta el último rincón de Europa. Se dirimen aspectos jurídicos —cómo tratar a judíos y Mischlinge de primer y segundo grado, así como a los “matrimonios mixtos”, cómo confiscar sus bienes— y se formularon propuestas concretas de “soluciones” al problema, es decir, la eficiencia de los distintos métodos de asesinato. Entre los 15 participantes estaba también el oficial de las SS Adolf Eichmann, quien luego se ocupará de la logística de la deportación de comunidades enteras a los campos de exterminio en la Polonia ocupada. Tras la reunión, que duró 90 minutos, se sirvieron bebidas y los comensales compartieron un almuerzo.

 La Conferencia Wannsee también tiene una lectura que trasciende a la historia específica del genocidio judío durante la Segunda Guerra Mundial. El sociólogo Zygmunt Bauman, fallecido hace cinco años por estas fechas, señaló que el Holocausto ha descubierto una cara de la misma sociedad moderna cuya otra cara más familiar admiramos tanto. En Modernidad y Holocausto (1989) Bauman desarrolla una tesis que el filósofo Walter Benjamin (1892-1940) había planteado antes del Holocausto casi como una premonición: “No hay documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie”. 

Y las actas de la conferencia de Wannsee, redactadas puntillosamente por Eichmann, no dejan lugar a dudas. Estas reflejan la planificación metódica, la tecnología disponible, el cálculo de costes y la logística de evacuación y transporte. En definitiva, la “Solución final” es emprendida como tal, con la mentalidad de resolución de un problema.

 Bauman remite en su argumento a un clásico de la sociología, Max Weber (1864-1920), quien predijo un proceso cada vez mayor de racionalización burocrática en la vida social moderna, una “jaula de hierro” de la que no habría escapatoria. “La burocratización ofrece la posibilidad óptima de llevar a cabo el principio de especialización de las funciones administrativas”, escribe Weber, “según consideraciones puramente objetivas y reglas calculables y sin consideración a personas”.

En una de las entrevistas realizadas por Claude Lanzmann para el documental Shoah (1985), Franz Suchomel, oficial de las SS destinado al campo de exterminio de Treblinka, describe con precisión y frialdad escalofriantes el procedimiento de llegada al campo y “tratamiento” de las víctimas (un eufemismo que también se emplea en las actas de la Conferencia de Wannsee). 

Auschwitz era “una fábrica”, dice Suchomel, con capacidad de “acabar con 3.000 personas en dos horas”. “¿Y Treblinka?”, pregunta Lanzmann. “Treblinka era una cadena de producción de la muerte pequeña pero eficiente”, responde Suchomel. El procedimiento de exterminio reproducía la lógica de la productividad del moderno sistema fabril. Solo que aquí no se producían bienes, sino cadáveres.

 Bauman reconoce que la civilización moderna no fue condición suficiente para el Holocausto, pero sí fue su condición indispensable. Nos dejó por tanto una lección inquietante ya que sacó los crímenes nazis del ámbito de lo excepcional.

 En línea con las ideas de Hannah Arendt en el libro Eichmann en Jerusalén, los perpetradores de estos crímenes no son necesariamente sádicos o fanáticos cegados por el odio, sino meros funcionarios con afán de ascender en la escala administrativa, técnicos y especialistas que ejecutan órdenes en sociedades con una población obediente e indiferente.

El Holocausto no debe ser entendido como la antítesis de la civilización moderna o una desviación del camino del progreso, nos plantea Bauman, sino una de sus posibilidades ocultas. Auschwitz, por tanto, no desapareció de la faz de la tierra con la destrucción del nazismo en 1945. Permanece como una amenaza en un mundo en el que se han multiplicado los medios y tecnologías para el tipo de dominación que los nazis llevaron a su expresión más extrema.

Actualmente, la mansión en las orillas del Wannsee es un memorial y centro educativo. Quien lo visita se asoma a un abismo. Por la magnitud del crimen que allí se concibió y porque las condiciones de posibilidad de aquel genocidio nos siguen acechando."                  (Alejandro Baer, El País, 20/01/22)

 

4/1/22

La historia de un padre y un hijo que compartieron calvario en el campo de concentración de Mauthausen... "Iban mandando prisioneros a través de una especie de camioncito que estaba blindado. En el camino los mataban conectando un tubo de escape a esta parte del vehículo para que el aire y los gases del camión se introdujeran. En el castillo los quemaban. Al final, en Gusen y Mauthausen no daban abasto"... "los nazis admiraban la fortaleza mental de los españoles por la solidaridad colectiva y el compañerismo que tenían" a pesar de cohabitar más de 30 nacionalidades diferentes

 "Me dijeron que mi abuelo había estado en una cárcel y que su padre había muerto allí. Yo no me lo creía, era imposible. El concepto de cárcel fue creciendo hasta convertirse en campos de concentración nazi", recapitula Judith Miralles, una joven que reside en Villamayor de Gállego y que siente haber cogido el relevo de su abuelo de visibilizar todo lo que ocurrió en Mauthausen-Gusen.

Todo empezó como la típica curiosidad de una niña que escucha a su abuelo hablar por teléfono de forma recurrente de algo "tabú" entre la familia. Como si una llamada de lo "prohibido" le hubiera impulsado a sentarse con su walkman junto a su abuelo, José Egea Pujantes, para hacerle a modo de entrevista unas preguntas que desembocaron en la "responsabilidad y necesidad de visibilizar y hacer que no se olviden" todas aquellas personas que estuvieron en los campos de concentración nazis por sus ideas. 

 "Siento que he heredado esa responsabilidad y no me puedo deshacer de ello ni dejarlo a un lado. Soy lo que soy por lo que ha vivido y me ha contado mi abuelo, aunque nunca me ha transmitido ningún tipo de rencor y odio. Solo creo que hay que luchar contra el olvido, tanto de las personas que se liberaron como de los que fallecieron allí", asegura Miralles. 

Su abuelo José Egea Pujantes, natural de Murcia pero arraigado a Sitges y Aragón, nació en 1921 y, cuando estalló la Guerra Civil, era un adolescente de 15 años que soñaba con ser piloto de aviación. En estos años, su padre, José Egea García, tuvo que exiliarse del país al haber sido denunciado por estar metido en política, ejercer de secretario de la CNT en Sitges y ser anarquista. Desde ese momento, le perdieron la pista.

"Mi abuelo acabó formando parte de lo que llamaban la Leva del biberón, que se formaba por los reclutas más jovencitos del ejército republicano en zonas controladas todavía por ellos. En cambio, cuando empezó a actuar Franco, tuvieron que dejar las armas en La Junquera y huir. Terminaron en Argelès-Sur-Mer, un campo de deportados francés", sostiene Miralles.

En este lugar, que era una playa rodeada por una alambrada en donde para dormir tenían que hacer agujeros en la arena, José Egea (hijo) se enteró de que había otra persona que se llamaba como él y que resultaba ser su padre, del que no sabía nada desde hace tiempo. "Cuando se vieron, se abrazaron y lloraron. Él estaba allí desde hace tiempo con otros dos compañeros de Sitges, Tomás Iglesias y Carlos Fransó, que tenían una edad similar, unos 43 años".

Pasaron las semanas hasta que les ofrecieron alistarse en el ejército francés para obtener la nacionalidad francesa. Terminaron apuntándose en lo que llamaban la 11ª Compañía de Trabajadores Extranjera (CTE), compuesta por 250 republicanos, junto con otros españoles como Antonio Sospedra Herrera y Mariano Año, quienes ayudaron meses después a Pujantes por petición de su padre al tener solo 20 años y ser retenido por la Gestapo en una de sus huidas.

"La historia de mi abuelo y su padre es de idas y venidas. Se encuentran, se pierden, se encuentran, se pierden. En un bombardeo por parte de la aviación alemana salieron corriendo y, en ese momento, capturaron a mi bisabuelo para llevarlo a un centro de detención previo al campo de concentración", explica Judith Miralles sobre la llegada de ambos hasta Mauthausen, que fue "muy traumática por el agobio y la agonía del tren en la que durante tres días no se abrieron las puertas ni les dieron de beber".

La odisea de llegar, servir y sobrevivir en Mauthausen-Gusen

Según cuenta su nieta, llegaron el día 27 de enero de 1941, una fecha que ya estaba marcada en el calendario al ser el cumpleaños de su abuelo. En ese momento, bajaron del tren con medio metro de nieve que solo abría paso al llamado ‘El camino del silencio’ y en donde solo se escuchaba el crujido de las pisadas y los perros de los SS. "En ese momento, mi bisabuelo cogió a su hijo y le dijo: ‘José, de aquí no salimos. Este es nuestro último viaje juntos", dice.

Después de este recorrido, aquellas personas que llegaban hasta Mauthausen-Gusen debían ser desinfectados despojando toda su ropa y recuerdos, cortándoles el pelo y dándoles un uniforme del que no importaba la talla. Dejaban de tener nombre y apellidos porque les asignaban números para referirse a ellos. Para Pujantes el número 5894 y para García 6315. A continuación, pasaban a protagonizar una cuarentena que los ponía a prueba y en la que las relaciones se veían alteradas y perjudicadas por los duros castigos y presión.

Al principio, José Egea Pujantes estuvo trabajando en la cantera de los 186 escalones y fabricando piezas de motores y de armamento. Sin embargo, en abril de 1945, lo mandaron a Gusen, un cambio que significaba que "en poco tiempo podía estar liquidado", ya que ahí "todo se aceleraba y los mataban a través de métodos mucho más macabros". Pero antes de este traslado, que no anticipó su muerte ya que fue liberado el 5 de mayo de 1945, Pujantes tuvo que enfrentarse a la muerte de su padre, al cual llevaron a Gusen el 8 de abril de 1941 al "no servir como trabajador ni ser rentable para el régimen" (cáscaras vacías para Hitler) y al que mataron el 15 de agosto de 1941 en el castillo de Hartheim por inhalación de gas.

"Iban mandando prisioneros a través de una especie de camioncito que estaba blindado. En el camino los mataban conectando un tubo de escape a esta parte del vehículo para que el aire y los gases del camión se introdujeran. En el castillo los quemaban. Al final, en Gusen y Mauthausen no daban abasto", confiesa Miralles acerca de los procesos que se modificaban burocráticamente "para evitar que se conociera la existencia de estos centros" a pesar de esa chimenea "echara humo y oliera a carne quemada" durante todo el día.

"Los alemanes utilizaban tal producto que te abrasaba las vías respiratorias y te tenían 20 minutos agonizando. Los que estaban allí incluso perdían el control de los esfínteres. Es una muerte horrible y me parece sorprendente que a las personas de un bando sí se les haya homenajeado y las de los otros sigan bajo tierra o convertidos en cenizas", recalca la joven.

En el momento en el que mataron a su bisabuelo, se lo comunicaron a su hijo, quien "solo se permitió llorar ese día", ya que en el campo "no podías pensar en lo que le estaba pasando a otra persona o si tenías familia fuera porque solo quedaba la propia existencia como herramienta de convivencia y supervivencia". Tal y como añade Miralles, "los nazis admiraban la fortaleza mental de los españoles por la solidaridad colectiva y el compañerismo que tenían" a pesar de cohabitar más de 30 nacionalidades diferentes.

"Él decía que no se podía permitir pensar mucho en él, si lo iban a matar o liberar. Era un poco vivir al día, el llegar por la noche a la barraca y decir: otro día más", sentencia Judith, aunque también recuerda "las pequeñas acciones de sabotaje" como trucar las balas de su abuelo y sus lágrimas por la "incertidumbre" el día que lo liberaron.

"Te deshumanizan tanto que ellos aprendieron a convivir con la muerte. Inconscientemente acaban dándole normalidad e incluso en los recuentos sacaban a sus compañeros muertos para que los tuvieran en cuenta. Entraban a formar parte de ese macabro sistema en donde solo eran los peones más bajos y en donde el sufrimiento acaba muy dentro de todos y normalizándose", explica sobre el campo de Mauthausen, que era de categoría tres y significaba que "no te aniquilaban a la primera, sino que intentaban sacar toda la rentabilidad posible de los reclusos".

La vuelta a casa, la construcción de una nueva vida y la herencia que lucha contra el olvido

José Egea Pujantes consiguió salir de allí junto a otras personas que acabaron asumiendo su posición y papel de transmitir lo que habían vivido, aunque no todas lograban hacerlo temprano -en su caso tardó tiempo en contárselo incluso a su mujer- o querían recordarlo por el "delicado momento" por el que estaba pasando España, en el que era "fácil ser carne de cañón".

Cuando volvió a casa gracias a un salvoconducto, su madre "se desmayó porque llevaba muchos años sin verlo ni saber nada" y a él "le costó mucho volver a sentarse a comer con su familia al no sentirse una persona".

"Su carácter fue abriéndose poco a poco siendo capaz de verbalizar lo que había ocurrido, a pesar de que la familia de mi abuela al principio no lo aceptara por ser pobre y trabajar como albañil", admite Miralles sobre su abuelo, del que destaca su "valor, entereza, sentimiento de lucha y resiliencia".

Con el tiempo, Pujantes formó una familia e incluso volvió hasta el campo de concentración para grabar un documental. En cambio, sus años allí hicieron mella en su salud física y mental, algo que se vio alterado por el alzhéimer que le llevó a vivir un episodio determinante con su nieta Judith en uno de sus ingresos cuando ya residía en Aragón.

"De repente yo entré en la habitación, lo saludé y él repasaba como códigos de manera acompasada. Empecé a notar que eran números en alemán y, al preguntarle qué pasaba, me miró aterrorizado. En ese momento me quedé paralizada yo también porque me di cuenta de que en su mente le estaban pegado los 25 latigazos que le daban en el campo, que su mente había viajado hasta esos momentos y que si perdía la cuenta tenía que volver a empezar y sentir ese dolor", confiesa.

Aun así, algo que la llevó a coger ese "relevo" fueron las palabras de su abuelo, que le dijo "esto te va a tocar a ti", después de tener un brillo especial en los ojos al observar que se iba a hablar del campo de concentración de Mauthausen-Gusen en los libros de historia universal de los institutos, algo por lo que había luchado en su vuelta para "nunca caer en el olvido".                (Naiare Rodríguez Pérez  , eldiario.es, 30 de diciembre de 2021)

11/5/21

El terrible experimento nazi que forzó a los gitanos a beber agua de mar

 "El nazismo llevó a cabo terribles experimentos con prisioneros en sus campos de concentración. El doctor Hans Eppinger Jr. buscó una fórmula para que los pilotos de la Luftwaffe cuyos aviones habían sido derribados en el océano pudiesen sobrevivir. Para ello, no dudó en usar como cobayas a decenas de gitanos, a quienes obligó entre julio y septiembre de 1944 a beber agua de mar, provocándoles graves secuelas.

El alto oficial alemán de la SS Arthur Nebe seleccionó a unos cuantos prisioneros del campo de concentración de Buchenwald, en el que habían encerrado a unos siete mil romaníes. Desde allí fueron trasladados al de Dachau, donde bajo engaños les dijeron que integrarían una brigada de limpieza encargada de retirar escombros tras unos bombardeos. Sin embargo, fueron víctimas de crueles prácticas, como relató el Josef Laubinger el 27 de junio de 1947 durante el Juicio de los médicos.

Fue el primero de los doce celebrados por crímenes de guerra y contra la humanidad en Núremberg tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ante el tribunal, declaró que formó parte de un grupo de cuarenta gitanos que, a su vez, fue dividido en tres subgrupos. Todos fueron privados de alimentos y al primero le dieron de beber agua de mar; al segundo, agua de mar tratada químicamente, "que tenía un color amarillo oscuro y era mucho peor que el agua de mar pura"; y al tercero, "agua de mar preparada que parecía agua potable real".

 El experimento no sirvió de nada, pero provocó el sufrimiento de las víctimas. De hecho, su objetivo era comprobar si sufrirían síntomas físicos graves o si morirían en un período de seis a doce días. La deshidratación hizo que algunos llegasen a lamer el suelo recién fregado. "Tuve terribles episodios de sed, me sentí muy mal, perdí mucho peso y tuve fiebre. Me sentí tan débil que ya no podía soportarlo", relataba Laubinger, quien recordaba que un checoslovaco le comentó al médico de la Luftwaffe que no podía seguir bebiendo.

"El médico lo ató entonces a una cama y lo obligó violentamente a tragar el agua por medio de una bomba de estómago", rememoraba el prisionero, quien aseguraba que a la mayoría de ellos les realizaron punciones en el hígado y en la médula espinal. "Yo mismo sufrí una punción en el hígado y sé por mi propia experiencia que estos pinchazos fueron terriblemente dolorosos. Incluso hoy, cuando cambia el clima, siento un gran dolor".

Hans Eppinger se suicidó un mes antes de testificar en el juicio, en cuyo banquillo se sentaron veinte médicos de campos de concentración, dos oficiales administrativos y un abogado. Wilhelm Beiglböck, internista declarado culpable de llevar a cabo las pruebas para convertir el agua salada en potable, fue condenado a una pena de quince años de cárcel, conmutada luego a diez, por lo que salió en libertad en 1951 y siguió ejerciendo su profesión.

 El diseñador de los experimentos, Hermann Becker-Freyseng, a veinte, que se quedaron en la mitad. Otros dos recibieron unas condenas similares, cuatro fueron absueltos, cinco merecieron cadena perpetua y siete, la pena capital. Gustav Steinbauer, abogado de Beiglböck, alegó que los testigos eran individuos "asociales" y sin credibilidad alguna para que el tribunal no admitiese las declaraciones de buena parte de ellos.

"Las condenas impuestas fueron irrisorias, aunque cuando las víctimas son gitanas suelen ser siempre mínimas. De hecho, en los juicios de Núremberg nadie representó el martirio de los roma, que fue descartado desde el principio porque se consideró que la persecución había sido más social que racial. En el fondo, los jueces y fiscales ingleses y estadounidenses también tenían prejuicios contra ellos", critica Nicolás Jiménez, coautor junto a Silvia Agüero de Resistencias gitanas (Libros.com).

La obra, con la que pretenden desmontar los estereotipos construidos en torno a su cultura, aborda la brutalidad a la que fueron sometidos. "Si no los consideras humanos, como pensaban los nazis, puedes hacer con ellos cualquier cosa", razona Jiménez, convencido de que "el genocidio antigitano durante el Tercer Reich —conocido como Samudaripen— no es más que un episodio de un largo proceso de deshumanización".

 Durante el juicio, hubo cuatro gitanos entre los 84 testigos. Karl Höllenreiner llegó a darle una bofetada al médico Wilhelm Beiglböck. Josef Laubinger declaró que fue sometido a otros dos experimentos relacionados con la malaria y la hipotermia. El boxeador Jakob Bamberger no vio reconocidos los daños causados en sus riñones, pues alegaron que habían sido provocados a causa de una lesión deportiva, y recibió una pensión mínima.

Respecto a la inadmisión de muchos testimonios, Nicolás Jiménez recuerda que los romas estaban clasificados como antisociales no solo en Alemania, sino también en otros países. "Y se nos sigue considerando así, pues la palabra de un gitano hoy tampoco tiene valor". Falta por citar el nombre del cuarto, Ernst Mettbach, testigo de la defensa. "A saber a qué presiones se vio sometido. Es un tema complejo, porque hay miedos atávicos y a veces uno puede pensar que se va a salvar si se hace amigo de su enemigo", deduce Jiménez.

El autor de Resistencias gitanas —donde destaca el aporte de su pueblo al acervo cultural— se queda con la bofetada de Karl Höllenreiner, como "acto inconmensurable de justicia", y con la trayectoria de Jakob Bamberger, activista por los derechos civiles que en 1980 participó en una huelga de hambre en Dachau para denunciar el Samudaripen y el uso de fichas raciales del régimen nazi. Los descendientes del boxeador, quien perdió a su madre y a dos hermanos en los campos de concentración, siguen peleando fuera de la lona."                 (Henrique Mariño, Público, 19/12/20)

27/4/21

Reencuentro de dos enamorados de Auschwitz

 "La historia del reencuentro de dos enamorados del campo de concentración Auschwitz ha conmocionado al mundo. Un relato publicado por el legendario New York Times donde se narra la historia de amor y reencuentro de dos ancianos que sobrevivieron al horror del exterminio nazi y que todavía consiguieron vivir 71 años más.

David Wisnia conoció a la joven Helen Spitzer como prisionera de Auschwitz en 1943. Según relata el periódico neoyorkino, a pesar de que ella tenía ya 25 años, frente a los 17 de él, juntos encontraron una salida al horror gracias a una cita clandestina al mes que les dio fuerza para soportar la cruda realidad.

Válvula de escape

Según narra The New York Times, la pareja logró durante un tiempo ser la válvula de escape del otro: » A su alrededor, la muerte estaba por todas partes. Aun así, los amantes planearon una vida juntos, un futuro afuera de Auschwitz. Sabían que los separarían, pero tenían un plan: después de que acabara la guerra, se reunirían»

Los hijos de David Wisnia animaron a su padre a ser uno de los relatores del horror de los campos de concentración alemanes y llegó incluso, además de dar conferencias, a escribir un libro con su historia, donde relataba por primera vez su historia de amor. Así fue posible encontrar a ese primer amor, que todavía seguía con vida.

Gracias a esta historia de amor, el mundo ha podido conocer que Spitzer fue una de las primeras mujeres judías en llegar a Auschwitz. Era marzo de 1942 y había llegado desde Eslovaquia, donde estudiaba en una universidad técnica. Fue una de las 2000 mujeres solteras que llegaron entonces a Auschwitz.

Las destrezas de esta joven le permitieron un trabajo de oficina muy válido par los alemanes, lo que le permitió ayudar a prisioneros y aliados: utilizó sus habilidades de diseño para manipular el papeleo y reasignar a prisioneros a diferentes labores y cuarteles. Tenía acceso a los informes oficiales del campamento, que compartió con varios grupos que se resistían al dominio nazi.

El reencuentro fue emotivo pero duro debido a la edad de ambos y las dificultades para ver y oír de Helen. Pero fue posible. Así, gracias a estar juntos de nuevo, David supo que ella había manipulado el papeleo nazi hasta en cinco ocasiones para evitar que lo mataran en las cámaras de gas.

«Te estaba esperando» dijo Helen a David. 72 años después de Aschwitz ambos se mantuvieron con vida para reencontrarse."                  (María José Pintor Sánchez-Ocaña

14/2/20

«La mayoría de historias de los presos no son el edificante relato del triunfo del espíritu humano, sino una historia de degradación y desesperación»

"Necesito olvidar todo lo que he vivido en Auschwitz», expresaba en 1945 Shlomo Dragon tras contar su experiencia en el Sonderkommando, el Escuadrón Especial de presos al que la SS obligó a «colaborar con el terror» sacando los cadáveres de las cámaras de gas hasta el crematorio, cortándoles el pelo y arrancándoles los dientes de oro. 

Sin embargo, «el pasado volvía por la noche para atormentarlo» en forma de pesadillas y no pudo volver a hablar de ello hasta muchos años de silencio después, autoimpuestos por el estigma de haber pertenecido a aquel funesto comando de Birkenau, aunque «solo tuviera dos opciones, obedecer o morir». 

El Holocausto ha acompañado de por vida a los supervivientes y ahora, cumplidos 70 años de la liberación aliada, sus testimonios nutren las 1.100 páginas del monumental KL. Historia de los campos de concentración nazis (Crítica), del historiador Nikolaus Wachsmann.


Visión global de las fábricas de la muerte


Este profesor de la Universidad de Londres relata paso a paso la gestación y desarrollo de los KL (abreviación del alemán konzentrationslager) y ofrece en su exhaustivo estudio una necesaria visión global de esas fábricas de muerte a través de víctimas, verdugos y de la sociedad alemana, que mayoritariamente calló. Memorias, interrogatorios, entrevistas, escritos y documentos desclasificados hace poco de archivos rusos, alemanes y británicos, en gran parte inéditos, son sus fuentes.

En los campos entraron 2,3 millones de prisioneros y murieron 1,7 de ellos. Solo en Auschwitz 870.000 judíos fueron gaseados nada más llegar. Pero, recalca Wachsmann, «el terror antisemita se desplegó en gran medida fuera del KL; no fue hasta el último año de la segunda guerra mundial cuando la mayoría de supervivientes judíos se vio dentro de un campo de concentración. El grueso de los seis millones de judíos asesinados bajo el régimen nazi pereció en otros lugares», fusilado en zanjas y en guetos en el Este.


KL no deja detalle por analizar, desde los niños (210.000 son deportados a Auschwitz entre 1942 y 1945; sobreviven menos de 2.500), los cobayas humanos (además de Mengele, había «docenas de doctores realizando experimentos» y no eran «científicos locos y solitarios» sino «respetados integrantes de la comunidad médica»), el pillaje endémico de bienes de los presos entre los SS, el papel de sus mujeres («cómplices de las atrocidades» y «con el armario lleno de vestidos de asesinadas») o las marchas de la muerte.


MITOS


Wachsmann desmitifica creencias como que los SS eran «sádicos trastornados» -«solo unos cuantos eran asesinos patológicos»-. En los campos evitaban ir al frente, obtenían privilegios y ascensos, bañaban los escrúpulos en alcohol y les unía «el vínculo de tener las manos ensangrentadas y compartir la carga de matar». Sobre las víctimas recalca que «no eran pasivas», solo que llegaban extenuadas y desorientadas y entraban engañadas a las cámaras de gas camufladas de duchas. «La mayoría de historias de los presos no son el edificante relato del triunfo del espíritu humano, sino una historia de degradación y desesperación», matiza, pues sobrevivían bajo «la ley de la selva», donde el único pecado era robar el pan de otro.

EL PRIMER CAMPO


KL recuerda que en 1933, cuando Hitler llegó al poder, los primeros presos fueron comunistas. Las SS arrestaron, por orden de su jefe, Heinrich Himmler, a «todos los oponentes de izquierdas que amenazaran la seguridad del Estado» y los enviaron a Dachau, el «primer campo de concentración», donde sufrieron torturas bendecidas por el «matón y nazi fanático» Theodor Eicke. Himmler le premió con la comandancia por matar a Ernst Röhm, líder de la SA, tras la purga de la Noche de los Cuchillos Largos. Con Eicke, la SS, estableció las bases del posterior exterminio.


En 1938, a los presos comunistas se les añadieron testigos de Jehová, homosexuales, gitanos y, por el deseo de Himmler de «erradicar la subcultura criminal», marginados, vagabundos y delincuentes. 

A Dachau, Sachsenhausen (que los presos empezaron a construir a 40 kilómetros del Estadio Olímpico de Berlín cuando prendía la antorcha de los JJOO de 1936) y Buchenwald (edificado preservando en el centro el gran roble bajo el que Goethe halló a su musa), se sumaron Ravensbrück (para mujeres) y Flossenbürg y Mauthausen, buscados para que sus, luego letales, canteras satisfacieran con trabajo forzado la necesidades del Reich. 

Por los 180 escalones de Mauthausen los reos acarreaban enormes piedras de granito (destaca el autor que allí y en Gusen murió  el 60% de los «rojos españoles», que «ganaron fama por su valentía y solidaridad»).


Sin embargo, apunta Wachsmann, a finales de los años 30 los KL aún «no eran centros de carnicerías a gran escala». La guerra desató la espiral del horror. En 1939 se construyó Auschwitz y los primeros exterminados en masa no fueron judíos sino prisioneros de guerra soviéticos. 

Pero para 1942, cuando empezaron las deportaciones masivas de familias judías, «la SS ya había practicado casi todas las formas imaginables de asesinato» y todos los mecanismos del Holocausto (la eutanasia de enfermos y discapacitados, los kapos, las selecciones, el gas, las duchas falsas, los crematorios...).


Otras novedades ligadas al Holocausto


Tras la reciente publicación de los diarios inéditos del ideólogo de Hitler Alfred Rosenberg, y de testimonios de supervivientes como Y tú no regresaste, de Marceline Loridan-Ivens, yEl diario de Rywka, dos nuevos títulos vienen a completar, junto a KL, las novedades ligadas al Holocausto. Son el ensayo del historiador Timothy Snyder 'Tierra negra' y la recuperación de la novela 'El olvidado', del superviviente y Nobel de la Paz Elie Wiesel, 


El historiador y autor de 'Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin' presentó su nuevo ensayo, 'Tierra negra' (Galaxia Gutenberg), en la reciente Feria del libro de Fráncfort, en el que advierte de que el mundo actual es más parecido al de Hitler de lo que nos gustaría admitir y que el siglo XXI tiene muchos paralelismos con los primeros años del XX. 

Entre ellos, destaca la creciente preocupación por los alimentos y el agua, capaz de generar un pánico ecológico y de poner en peligro el futuro. Snyder analiza las ideas y medidas que permitieron el exterminio nazi de los judíos, cuando Hitler creyó que así restauraría el equilibrio del planeta dando los recursos necesarios a los alemanes.


21 años después de su publicación en Edhasa, Plataforma Editorial recupera oportunamente esta novela del respetado intelectual y Nobel de la Paz 1986, Elie Wiesel (Sighetu, Rumanía, 1928), de cuya experiencia tras ser deportado a Auschwitz con 15 años y sobrevivir a Buchenwald surgió su estremecedora 'Trilogía de la noche'. 

Escribió 'El olvidado' cuando tenía 64 años y en ella el superviviente del Holocausto Elhanan Rosenbaum, que ve cómo el Alzhéimer le viene robando la memoria, le descubre a su hijo sus raíces y su pasado, desde su infancia rumana a la guerra, el amor de Talia, el descubrimiento de Palestina o los combates en Jerusalén en 1948. "              (Anna Abella, 03/11/15)

12/2/20

Auschwitz: habla el preso 173295... “Había que explicar al mundo lo que ocurrió, y no solo a los judíos. Nunca se insistirá lo suficiente, lo que ocurrió concierne a la humanidad entera. Lo humano desapareció”

"Raphaël Esrail se arremanga y muestra el antebrazo izquierdo: el lugar exacto donde en febrero de 1944, al llegar en un tren de ganado a Auschwitz, le tatuaron el número 173295. 

En 1953, un médico amigo se lo borró quemándolo. Esrail no quería más rastro en su cuerpo de aquel pasado, demasiado cercano entonces. “Todavía se ve un poco, mire”, dice. “¿Para qué iba a guardarlo? No es ninguna gloria. ¿Me consideran como una vaca?”.

Raphaël Esrail, de 94 años, pertenece a la última generación de supervivientes de los campos de exterminio y de concentración nazis. Cada año son menos. Pronto no quedarán testigos para dar fe de que, no hace tanto, uno de los Estados más desarrollados, como era Alemania, puso en marcha una máquina sin igual en la historia para exterminar a los judíos de Europa y a otras minorías.

En Auschwitz-Birkenau, el complejo de campos construidos en el sur de la Polonia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, más de un millón de personas —la inmensa mayoría judíos, pero también gitanos, polacos, rusos, testigos de Jehová y homosexuales— murieron asesinadas. Es la máxima expresión de este genocidio. Mañana, 27 de enero, se cumplen 75 años de su liberación por el Ejército Rojo. “Todos mis amigos se han marchado: quedamos un puñado”, constata. “Entre los 78.000 que fueron deportados de Francia deben de quedar 150. Todos tienen más de 90 años. Yo tendré 95 en cuatro meses. No creo que haya mucha gente en el 80 aniversario”.

Raphaël Esrail se mantiene ágil física y mentalmente. En 2017 publicó L’espérance d’un baiser (La esperanza de un beso, no traducido al castellano), unas memorias en la que se entremezcla el testimonio sobre su paso por Auschwitz con la historia de amor con su mujer, Liliane Esrail, nacida Badour. Acaba de acompañar al presidente francés, Emmanuel Macron, a Israel para participar en la conmemoración. Sigue al frente de la Unión Francesa de Deportados de Auschwitz y dedicado a la instrucción de profesores y estudiantes.

“Intento que entiendan lo que el hombre es capaz de hacer. Lo que deseo es que los jóvenes reflexionen sobre cómo estas cosas pueden llegar a ocurrir, y protegerse ante ello, y defender la democracia por encima de todo”, explica. “¿El mundo ha tomado conciencia de que, si no aceptamos al otro en toda su diversidad, esto será un combate permanente? Si no superamos estas ideas de nacionalismo y de populismo, que rechazan la igualdad de toda persona, entonces todo es posible”, añade. Y repite: “Todo es posible. No será bajo la misma forma, pero terminará igual”.

Nada, excepto la fina línea azul en el antebrazo, permite adivinar lo que vivió en el umbral que separa la adolescencia de la edad adulta. Había nacido en Turquía, en una familia sefardí que en casa hablaba ladino, el castellano arcaico que los judíos expulsados por los Reyes Católicos se llevaron en su éxodo. Tenía nueve meses cuando los Esrail-Arditti emigraron a Lyon. No le gustaba que le hablasen ladino: él era francés y quería hablar francés. Fue boy scout con los Exploradores Israelitas. 

La derrota de Francia ante la Alemania de Hitler en 1940 y la ocupación le convirtieron en un resistente precoz. Su especialidad era la falsificación de documentos. El 8 de enero de 1944 fue detenido en una redada. Le enviaron a Drancy, el campo al norte de París donde las autoridades agrupaban a los judíos antes de la deportación.

Allí escuchó por primera vez una palabra exótica, que designaba un destino desconocido, mitológico: Pitchipoi. “Los judíos se preguntaban adónde les llevarían. Era un lugar lejano, no sabíamos dónde estaba”, recuerda. Eso era Pitchipoi. “Todo el mundo imaginaba que les llevaban a un lugar de trabajo, probablemente no en Francia”.

Las marchas de la muerte

En Drancy, Raphaël conoció a Liliane. El flechazo fue inmediato. El recuerdo de Liliane, internada en el vecino campo de Birkenau, fue el motor que le ayudó a continuar durante el cautiverio en Auschwitz. Que ambos sobreviviesen —ella es un año mayor que él— es excepcional y aún más que, terminada la pesadilla, se encontrasen en Francia. Si sobrevivió, fue quizá por una mezcla de “suerte y voluntad”, dice. “La suerte era que había hecho estudios de ingeniero y tenía una formación técnica, lo que fue útil”.

El trayecto de Drancy a Auschwitz-Birkenau duró tres días. “En el convoy había más de 1.200 personas. De estas, 166 hombres entraron al campo de Auschwitz y 49 mujeres al de Birkenau. Y las otras fueron asesinadas el mismo día. Es decir, unas mil personas se convirtieron en humo”, describe. Entonces vinieron los meses de trabajo forzado en la fábrica. Y casi un año después, la salida obligada ante la llegada inminente del Ejército Rojo: las llamadas marchas de la muerte.

 “Fue lo más terrible e inhumano. No sé si se da cuenta: 60.000 hombres y mujeres de todos los campos de concentración de los alrededores por las rutas heladas, a pie”, rememora. De ahí los encerraron en trenes para conducirlos a otros campos más al oeste y a otros trenes. “Al cabo de cuatro o cinco días ya no eran vagones, eran tumbas rodantes”. Fue un periplo de meses que no acabaría hasta 1 de mayo de 1945, unos días antes de la derrota definitiva de la Alemania nazi.

En años posteriores, Raphaël Esrail visualizaba el campo de Auschwitz al dormirse. Y pensaba: “Hoy sido un mal día, por esto o por lo de más allá. Pero no es nada al lado de lo que ocurrió”. O, si había sido una buena jornada, se decía: “Qué bien”. “Era una forma de felicidad”, reflexionaba ayer en su apartamento en París. “La vida regresa”.


Del silencio de posguerra a la era de los testigos


Durante décadas, Raphaël Esrail habló poco de su experiencia en Auschwitz. “Nadie quería oír hablar de lo que había ocurrido con los judíos, ni hablar de ello”, explica. Era una actitud generalizada. Tanto en las familias como en el trabajo, el silencio predominaba, recuerda en sus memorias. Algunos supervivientes habían perdido a sus familias y regresaron enfermos. La prioridad era curarse, ganarse el sustento. Para el general Charles De Gaulle, liberador de Francia, la prioridad era la reconciliación y la reconstrucción.

 “La mayoría de nosotros nos pusimos a hablar cuando llegaron las mentiras de los negacionistas”, dice. “Había que explicar al mundo lo que ocurrió, y no solo a los judíos. Nunca se insistirá lo suficiente, lo que ocurrió concierne a la humanidad entera. Lo humano desapareció”. En 1981, visitó Auschwitz por primera vez con su esposa, Liliane, y desde entonces ha regresado en varias ocasiones; la última, el año pasado.

 Y empezó su trabajo pedagógico y divulgativo, trabajo que se intensificó tras jubilarse en la empresa Gaz de France, donde había desarrollado su carrera profesional. Fue lo que él llama la “era de los supervivientes”, que ahora se acerca a su fin. En esta época, también vio cómo el odio podía renacer. Un día, hace 30 años, encontró la puerta de su apartamento pintada con esvásticas."                   (Marc Bassets, El País, 26/01/20)