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13/6/22

Franco, en 1941, ordenó a los diplomáticos españoles que se mostraran “pasivos” ante las medidas antisemitas de los alemanes. Decantada la contienda internacional a favor de los aliados, el propio Franco recogió los frutos de los embajadores que se habían rebelado peligrosamente contra su mandato y se atribuyó las gestiones que lograron proteger a numerosos judíos... cuando, en la recta final de la II Guerra Mundial, son los Aliados quiénes fuerzan al dictador a que facilite la huida de los judíos por los Pirineos, cosa que hace, permitiéndo que 35.000 crucen la frontera y se salven... y ayudándole a él a salvar su dictadura

 "La idea de Franco como salvador de judíos fue una campaña propagandística ideada por el propio régimen, un “falso mito” desde el punto de vista humanitario, construido para situar a España en el nuevo contexto internacional tras la II Guerra Mundial, y no precisamente por compasión hacia los millones de vidas que fueron exterminadas durante el Holocausto nazi. Es más, en 1941 la dictadura ordenó a los diplomáticos españoles que se mostraran “pasivos” ante las medidas antisemitas de los alemanes. Decantada la contienda internacional a favor de los aliados, el propio Franco recogió los frutos de los embajadores que se habían rebelado peligrosamente contra su mandato y se atribuyó las gestiones que lograron proteger a numerosos judíos, premiando incluso su oportuna desobediencia.  

 Cuando el régimen se decidió finalmente —ahora sí— a facilitar la huida de los hebreos por las fronteras españolas, lo hizo por motivos diplomáticos, tratando de evitar las represalias de los vencedores de la guerra, e incluso con criterios un tanto perversos. Los perseguidos debían cruzar nuestro país “como la luz atraviesa el cristal”, sin dejar rastro, sin opción a quedarse. Es más, llegó a haber intereses económicos hacia los sefardíes más pudientes, puesto que las posesiones de los judíos de pasado español eran los bienes del propio Estado, de la imaginaria Sefarad. Un tortuoso plan de huida para los 35.000 fugitivos cuya salvación terminaría en la nómina de logros del dictador Franco. Hasta ahora.

 El relato que emana de una novedosa investigación, basada en documentación inédita de los consulados, echa abajo sin titubeos el cartel de Franco como benefactor de la causa judía. Así lo ha defendido César Rina Simón, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura, en las actividades desarrolladas en Zamora en torno a la figura del poeta León Felipe, una de las primeras voces españolas que subió el volumen frente a la tragedia del Holocausto.

Las conclusiones —que sitúan la estrategia del dictador en la esfera diplomática y política, y no en la caritativa— son parte del estudio compartido por Rina con el catedrático Enrique Moradiellos y el también historiador Santiago López Rodríguez, cuya investigación ha desembocado en la reciente publicación del libro El Holocausto y la España de Franco (Turner).

 El trabajo demuestra que hablar de España y el Holocausto es una cuestión compleja. Tal y como explica César Rina, el antijudaísmo que había germinado en Europa en el siglo XIX —y que acabaría con el antisemitismo y el genocidio nazi en el XX— “llegó tarde a España”. Entre otras cosas, por la huella subyacente que los judíos habían dejado tras su expulsión por los Reyes Católicos en 1492. De hecho, el dictador Miguel Primo de Rivera lanzó un decreto en 1924 para conceder la nacionalidad española a los hebreos que demostrasen su ascendencia española, una medida que, ante la dificultad de las pruebas, únicamente acabaría beneficiando a unas 2.000 personas. 

La II República, la masonería y el comunismo

Pero ese “filosefardismo” caducó de un plumazo con la llegada de la II República en 1931. Los partidos más reaccionarios acusaron a los judíos de estar detrás del nuevo régimen democrático, a través de la masonería y del comunismo. “Aquella propaganda creó un fermento: la República no era un gobierno nacional, sino un régimen internacional al servicio de la causa judía”. Así que la sublevación militar de 1936, continúa el profesor Rina, “no sería una guerra civil, sino una contienda de liberación nacional, de independencia, una cruzada religiosa frente a una dominación extranjera”.

 Un discurso ficticio, pero creíble. Al fin y al cabo, en España ya no quedaban judíos para poder contestarlo. Eso no libró al general Franco de tener que practicar malabarismos para ir apagando fuegos: mientras sus militares proclamaban la causa antijudía, el inminente dictador tranquilizaba a los banqueros hebreos de Tetuán, apoyo económico del alzamiento.

En 1939 la ofensiva contra el pueblo judío subió un peldaño. La Alemania nazi pasa la factura de su apoyo a la sublevación franquista y le pide mayor implicación en su causa. Un encargo que asume Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y responsable de la política exterior, mientras Franco elude pronunciarse públicamente. “En esa época —entre 1939 y 1942— encontramos documentación que constata la colaboración diplomática española en la persecución de los judíos. En 1941, Suñer ordenó a los embajadores que se mostraran pasivos ante las medidas antisemitas de los nazis, que no se opusieran a ellas”, precisa Rina Simón. (...)

De antijudío a salvador

Pero, ¿cómo podía España borrar su pasado antijudío, ahora que Alemania comenzaba a perder la guerra? Literalmente, borrándolo. “Los discursos de Franco fueron revisados para eliminar todos los elementos que hacen referencia al antijudaísmo”. Pero hay más. En la recta final de la II Guerra Mundial, los Aliados fuerzan al dictador a que facilite la huida de los judíos por los Pirineos, frontera natural entre el país y la Francia sometida por los nazis. El dictador convierte la exigencia en una pretendida cruzada personal: permite la entrada de los hebreos a cambio de no permanecer en territorio nacional y comienza a reconocer el papel de los diplomáticos que han puesto en juego su cargo enfrentándose al Holocausto: Eduardo Propper, Julio Palencia, José Ruiz Santaella, Sebastián Romero o, el más popular, Ángel Sanz Briz.

De ahí nació el mito. Franco se apropió del mérito de haber salvado a 35.000 judíos. “Hoy en día, sabemos que los despachos enviados por el dictador a los embajadores decían todo lo contrario: no los salvó, aunque tampoco los persiguió”, argumenta el profesor extremeño César Rina. “Sanz Briz, por ejemplo, fue obligado a decir que las gestiones que había realizado para la salvación de judíos eran órdenes internas de Franco”, ejemplifica. Las pruebas documentales que ahora salen a la luz conducen hacia esa geometría variable de Franco frente al Holocausto. “La postura fue un mito como salvación humanitaria, se tomó por una cuestión diplomática y pensando en la política internacional”, remata el historiador. 

Entonces, ¿fue Franco antijudío? “¿En qué año?, sería la pregunta correcta”, responde el investigador, quien apunta a la serie de artículos contra los judíos que el general firmó con pseudónimo en 1949 en la publicación franquista Arriba. En su opinión, “después de haber revisado toda esta documentación, creo que Franco era una persona profundamente antijudía, con una convicción heredada del nacionalcatolicismo del siglo XIX, pero sabía que debía limitar sus declaraciones en determinados contextos”. 

León Felipe, primera voz poética 

Mientras el dictador Franco serpenteaba por un complejo laberinto político para consolidar el régimen, en España aparecían las primeras voces de denuncia del Holocausto en el territorio literario de la poesía. Hace ahora una década, la profesora Sultana Wahnón identificó en un poema del autor zamorano León Felipe las primeras alusiones al Holocausto, sin términos expresos sobre el genocidio, los campos de Auschwitz o Ana Frank, pero con metáforas referidas al pueblo judío y al Antiguo Testamento: Job, el Dios Padre o la muy sugerente expresión “Himalaya de cenizas”. 

Aquellos versos se titulaban Que hable otra vez y fueron incluidos por León Felipe en su trabajo Ganarás la luz, de 1943. “Podría ser el primer poema alusivo al Holocausto en la poesía española. Me sentí muy honrada al comprobar que esta teoría se ha aceptado en la Fundación León Felipe y que ha dado pie a una exposición”, manifiesta la catedrática de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Granada.

Para hallar las primeras referencias inequívocas hay que avanzar un poco en el tiempo, hasta los años sesenta. Entonces, León Felipe dedica una sección de ¡Oh, este viejo y roto violín! a denunciar el genocidio perpetrado por los nazis. En cambio, precisa la profesora Wahnón, será Max Aub el autor que más creaciones dedicaría a este tema. “Resulta lógico si tenemos en cuenta que Aub, además de republicano y socialista, era judío”, aclara. Otros escritores, como Jorge Guillén o Rafael Alberti, también se comprometerían con la causa.

En todo caso, los creadores españoles no fueron los críticos más madrugadores en Europa. “Hay una pequeña diferencia con los escritores europeos: la gran literatura del Holocausto en los años cuarenta es obra de judíos, sobre todo, de los supervivientes: Primo Levi, Paul Celan… o la propia Ana Frank”.

Sultana Wahnón explica que “las comunidades judías españolas en Ceuta, Melilla, Madrid o Barcelona eran pequeñas, y no tenían el peso de las europeas”. Sí hubo, puntualiza la catedrática, “avisadores del fuego” en los años treinta. “Eran intelectuales que confirmaban que lo que se decía sobre lo que estaba ocurriendo en Alemania era cierto, como en el caso del periodista Manuel Chaves Nogales o el poeta Antonio Machado”.

Los personajes de un círculo mágico

Más allá de la impecable estética de la exposición Una colección de lágrimas. León Felipe y la tertulia del Holocausto, la muestra que inspira desde Zamora el debate sobre España, el nazismo y los judíos desenvuelve la historia de varios personajes significados en la denuncia del genocidio, cuyas vidas se entrelazan oportunamente como en un juego de prestidigitación. Sus testimonios, que callaban entre los materiales del legado del poeta León Felipe, ven ahora la luz para contar un relato apasionante en varios actos.

 Un grabado conservado remite a la polifacética figura de la española María Teresa Toral, comprometida defensora de la causa republicana, encarcelada en tres ocasiones y salvada de la pena de muerte, in extremis, por las presiones recibidas desde Estados Unidos. La intelectual emigró a México en los años cincuenta y allí, utilizando sus conocimientos como científica y química, experimentó con su gran pasión, el grabado. En el país azteca conoció a otros exiliados, como León Felipe, cuyo poema Auschwitz inspiró un aguafuerte que hoy forma parte de la exposición.

Segundo acto. En 1965, Toral creó otro grabado sobre el tema judío titulado “Sombras de Terezín”, basado en un poema escrito por Pavel Friedman, recluso del campo de concentración situado a las afueras de Praga. Al verlo, un músico y director de orquesta ucraniano de origen judío quedó hipnotizado, y decidió componer la pieza Balada de Terezín, cuyo pentagrama manuscrito también forma parte de la muestra. Se trataba de Lan Adomián, cuya admiración por aquel aguafuerte fue mucho más allá. Empeñado en conocer a la autora, Adomián acabaría casándose con María Teresa Toral. Ambos comparten con León Felipe esa imaginaria “tertulia del Holocausto” cerrando un círculo mágico.

Lo curioso —subraya Alberto Martín, comisario de la exposición— es que el montaje ha renunciado a incluir las todavía hoy dolorosas fotografías del Holocausto nazi que todos tenemos en la retina. En su lugar, explica el coordinador de actividades culturales de la Fundación León Felipe, la sala es “un espacio de reflexión”, casi en penumbra, con predominio del blanco y el negro. Los textos y fotografías de destacados creadores que escribieron contra el nazismo, desde Dámaso Alonso al Premio Cervantes Joan Margarit, rematan esta nueva mirada de un tema inagotable."                  (José María Sadia , eldiario.es, 12 de junio de 2022)

18/3/22

La estrategia de Franco ante el Holocausto: un camaleón al sol que más calentaba... Serrano Suñer ordena al embajador en Francia que no intervenga para salvar a los judíos españoles, pero sí para preservar las propiedades de estos... Carrero Blanco habla de la conflagración mundial como una lucha que el judaísmo quiere aprovechar “para provocar una catástrofe” que cristalice “en el derrumbamiento de la civilización cristiana”... ¿Sabían los jefes del régimen lo que ocurría con los judíos? “Sí, se han publicado estudios sobre ello y tenemos el testimonio de la División Azul, que desde finales de 1941 envía informes en la retaguardia. En 1943 hay también informes de diplomáticos españoles diciendo, por ejemplo, que han visto cómo se ha asesinado a niños judíos delante de ellos”... En plena solución final, las autoridades alemanas permitieron a países neutrales, como España, que repatriasen a sus judíos, y les dieron tres meses, Se discutió el asunto en el Gobierno y se establecieron unos criterios con unos requisitos en los visados que ni siquiera decía Alemania que se exigiesen. No es posible saber a cuántos se condenó a muerte por ello... cuando a partir de finales de 1942 la Wehrmatch ya no parece invencible, se inicia otra fase... Se inicia un distanciamiento de los nazis, se dice que eran ‘anticristianos’ y estaban guiados por el Maligno, postura camaleónica para sobrevivir

 "¿Fue Franco una veleta ante el Holocausto que cambiaba de postura según soplaba el viento de la historia? “Podría ser una imagen correcta, pero con matices”, dice por teléfono el historiador Enrique Moradiellos, editor de El Holocausto y la España de Franco (Turner) y coautor del libro junto a los investigadores Santiago López Rodríguez y César Rina Simón.

 La obra recorre las distintas posiciones que adoptó el Gobierno del dictador ante el asesinato, metódicamente organizado y a escala industrial, de seis millones de judíos (casi la mitad en campos de exterminio), de los que más de 1,5 millones eran niños. “No es un asunto muy conocido”, argumentan los autores, que fue cambiando “conforme la guerra se decantaba por el bando aliado”.

 Moradiellos, miembro de la Real Academia de la Historia y catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura, que ha escrito dos de los cinco capítulos del libro, lo explica en el titulado Franco ante la ‘cuestión judía’. “Hubo ambigüedad, contradicciones y adaptación pragmática al contexto. No hay que olvidar que España fue vecina de la Alemania nazi entre 1940 y 1944 por la ocupación de Francia”. 

En España había entonces lo que Moradiellos llama “una judeofobia instintiva, de origen católico, un desprecio que viene desde Roma y que era fácil de entender por la población: los judíos vendieron a Cristo, son codiciosos… a pesar de que desde finales del siglo XV casi no los había en la Península por la expulsión ordenada por los Reyes Católicos”. López Rodríguez, investigador en la Universidad de Upsala (Suecia), autor de otros dos capítulos, cifra en 6.000 los residentes en España al comienzo de la II Guerra Mundial, sobre una población de 26 millones, según el Instituto Nacional de Estadística.

 No hay que olvidar que España salía de la Guerra Civil, durante la cual “una parte no menor de la jerarquía militar” del bando sublevado se refería al enemigo como “el contubernio judeomasónico”. La victoria en la contienda propicia “un punto de inflexión notorio” en Franco, “con declaraciones en las que abundan los motivos judeofóbicos”.

 En paralelo, en altos mandos militares, incluido Franco, “había una pulsión filosefardita, nacida a fines del XIX, por el mantenimiento de la lengua española entre los descendientes de los expulsados siglos atrás”. Un sentimiento que acrecentó la guerra con Marruecos. “Son los judíos del norte de África los que ayudan a los militares españoles, les hacen de guías, traductores...”. En 1924, en la dictadura de Primo de Rivera, un real decreto otorgó la nacionalidad a sefardíes en el extranjero; entonces no sabían que sería la llave que les permitiría escapar de la muerte.

Y para enmarañar el tema, las aplastantes victorias nazis al comienzo del conflicto europeo alentaron “una pasión antisemita que caló en Falange”, el partido fascista español. En esos primeros años de la guerra mundial hubo “una pasividad cómplice” que refleja un telegrama del entonces ministro de Exteriores, Ramón Serrano Suñer, en el que ordena al embajador en Francia que no intervenga para salvar a los judíos españoles, pero sí para preservar las propiedades de estos.

En ese ambiente, en mayo de 1941, el Ministerio de la Gobernación pide a los gobernadores civiles un registro de “israelitas, nacionales y extranjeros”, un archivo judío en el que debe consignarse su “grado de peligrosidad”. Moradiellos recupera un informe confidencial, de diciembre de ese año, en el que el capitán de navío Luis Carrero Blanco, fiel colaborador de Franco, habla de la conflagración mundial como una lucha que el judaísmo quiere aprovechar “para provocar una catástrofe” que cristalice “en el derrumbamiento de la civilización cristiana”. Sin embargo, cuando a partir de finales de 1942 la Wehrmatch ya no parece invencible, se inicia otra fase. A ello ayuda que Franco nombra responsable de Exteriores a Francisco Gómez-Jordana, filobritánico.

Las cifras recogidas en este libro indican que “España salvó in situ a más de 8.000 judíos”, sefarditas o no, en países ocupados por los nazis, gracias a que se les reconoció como nacionales. A estos se unieron unos 35.000 que cruzaron los Pirineos con los visados que los diplomáticos españoles les concedieron en Centroeuropa, Grecia, Lituania… En palabras de Gómez-Jordana, esos refugiados debían pasar por España “como la luz por el cristal, sin dejar rastro”. No se quería que permaneciesen porque supondría un coste. Suiza salvó el pellejo a unos 22.000; Suecia, a 12.000; Turquía, 16.000…

López, por teléfono, destaca en esa labor a diplomáticos como Bernardo Rolland de Miota, cónsul en París; Eduardo Propper de Callejón, en Burdeos; Sebastián Romero Radigales, en Atenas; Julio Palencia, en Sofía; y, sobre todo, Ángel Sanz Briz, en Budapest, quien evitó la solución final a unas 5.000 personas. No obstante, fueron una minoría “en una actuación diplomática que se movió en general en la indiferencia”. 

López señala como gran punto negro de aquella política la campaña de repatriación de enero de 1943: “En plena solución final, las autoridades alemanas permitieron a países neutrales, como España, que repatriasen a sus judíos, y les dieron tres meses”. Si no, ya nos encargaremos de ellos, dirían los nazis. “Se discutió el asunto en el Gobierno y se establecieron unos criterios que iban en la línea de cribar lo más posible. Se aceptó su llegada, pero solo de paso y para aquellos con nacionalidad española en firme, con unos requisitos en los visados que ni siquiera decía Alemania que se exigiesen. No es posible saber a cuántos se condenó a muerte por ello”.

Hay otra cuestión que sobrevuela: ¿sabían los jefes del régimen lo que ocurría con los judíos? López no lo duda: “Sí, se han publicado estudios sobre ello y tenemos el testimonio de la División Azul, que desde finales de 1941 envía informes en la retaguardia. En 1943 hay también informes de diplomáticos españoles diciendo, por ejemplo, que han visto cómo se ha asesinado a niños judíos delante de ellos”.

Para Moradiellos, Franco “está tan lejos del mito de salvador de judíos”, que han proclamado algunos historiadores, “como de ser un enemigo de ellos que quiso destruirlos”. “En su nombre se hicieron ambas cosas y aunque los diplomáticos tuvieron margen de maniobra, él se reservaba la última palabra en todos los asuntos”. López agrega que los responsables de las legaciones “que actuaron a favor de los judíos lo hicieron más por una iniciativa personal, aunque pedían permiso o al menos tenían que notificarlo a Exteriores”. Con todo, en 1959, la ministra de Exteriores israelí, Golda Meir, reconoció la “ayuda y protección de España en la era hitleriana a muchas víctimas del nazismo”.

La prensa

No solo es fundamental saber qué paso, sino cómo se contó en España. López dedica su otro capítulo al papel de la prensa a medida que se conocían las atrocidades nazis. “Había que hacer visible el cambio de postura del régimen de cara al exterior. Se inicia un distanciamiento de los nazis, se dice que eran ‘anticristianos’ y estaban guiados por el Maligno”. Eran las directrices que el propio Franco había adelantado en un discurso en mayo de 1946, en el que condenó “los crímenes del nazifascismo”. En esa “postura camaleónica para sobrevivir”, subraya López, quedaban resabios del pasado filonazi, como en un estrambótico artículo del diario Destino, de octubre de 1945, en el que se informaba del juicio a Irma Grese, sádica nazi de varios campos de concentración. Condenada a muerte, se justificaba su vesania porque era una mujer que se había “despegado del hogar” y quería “vivir su vida”.

De la judeofobia al antisemitismo

El historiador Enrique Moradiellos describe en El Holocausto y la España de Franco el origen y evolución del sempiterno odio al judío, “el más antiguo en la historia de la humanidad”, con la distinción entre judeofobia y antisemitismo. “Todo nace de haber sido la primera religión monoteísta, una revolución, distinta de todo lo que había. El triunfo de la Iglesia católica en el siglo IV motivó la prohibición del proselitismo judío. La judeofobia es un fenómeno más cultural, no se cuestiona que los judíos forman parte del mismo grupo humano. 

Sin embargo, desde el XIX surge el antisemitismo, vocablo nacido en 1879, con doctrinas biológicas que no los consideran seres humanos, sino parásitos, incluidos los niños. Por eso hay que discriminarlos, después segregarlos y finalmente, eliminarlos, incluso aunque fueran conversos, porque por sus venas hay sangre judía". En el último capítulo de este ensayo, César Rina Simón, profesor en la Universidad de Extremadura, pone el foco en la judeofobia y antisemitismo en esta región entre 1931 y 1950 a partir de abundantes ejemplos con lo que publicaban los periódicos de la zona."                 (Manuel Morales, El País, 12/03/22)

25/2/22

Dicen que Franco mantuvo una actitud de «pasividad» complaciente entre 1939 y 1942... las normas antijudías, como la cruel de paso de fronteras, del 11 de mayo de 1939, nº de orden 1849, emitida por el Ministerio de Asuntos Exteriores, dicen lo contrario... o véase el telegrama de noviembre de 1940 del ministro de Asuntos Exteriores al embajador español en París reprobando la intervención del cónsul general ante las autoridades de ocupación alemanas para evitar la detención de sefarditas... política que cambia cuando los nazis van a perder la guerra, y pasa a participar en su salvación

"Paul Preston y Enrique Moradiellos, dos puntos de vista diferentes del holocausto y el franquismo.

 Me refiero al libro del prestigioso Hispanista británico Paul Preston, con su libro "Arquitectos del terror, Franco y los artífices del odio" de la editorial Debate, y al libro de su discípulo, el profesor Enrique Moradiellos, y otros dos profesores mas: "El Holocausto y la España de Franco", publicado por la editorial Turner. 

Mientras para este último, hay mas luces que sombras en este tema, y Franco no promulgó normativa antijudía (según manifestó recientemente en una entrevista en el periódico El Español), para Preston, que nos da mucha información sobre el tradicional antisemitismo del franquismo, hay varias referencias a las normas antijudías, como la cruel de paso de fronteras, del 11 de mayo de 1939, nº de orden 1849, emitida por el Ministerio de Asuntos Exteriores, que dirigía el general Gómez Jordana (paginas 356-57). Se aplicó hasta, por lo menos, 1942, en plena Solución Final (según el historiador alemán Berth Rother, en su libro Franco y el Holocausto, 2005) siendo luego derogada.

También, añade Preston, en la página 375, el Pregón, del exministro Manuel Fraga, maldiciendo a los judíos, el viernes santo de la Semana Santa de Zamora, en 1971.

Yo me decanto por la versión del prestigioso hispanista, al que he dado parte de esta información, a través del equipo nizkor, y que se puede ver en sus notas al final del libro (página 459)

En cuanto al profesor Moradiellos, decir que hace poco ingresó en la Real Academia de la Historia, y que en marzo presentará su libro, en Casa Sefarad-Israel. Esta institución (Consorcio del Ministerio de Exteriores, Comunidad de Madrid y Ayuntamiento de Madrid), desde que se creó en el 2008, afirmaba que muchos judíos fueron salvados del Holocausto, a través de la acción humanitaria de los diplomáticos franquistas. 

Luego, tras varias exposiciones, como "Visados para la libertad", colaboró con el Ministerio de Asuntos Exteriores, en la exposición "Más allá del deber" junto a su catálogo, lleno de graves errores históricos, que en su momento denuncié. 

Hace años, cuando era ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, le solicité que "anulara" dichas normativas antisemitas, por ir contra la legislación europea e internacional, pero me contestó por carta, que ya habían sido derogadas por la Constitución de 1978. Yo sé muy bien, la diferencia entre anulación y derogación de una norma.

Me dirigí a él, pues su bisabuelo, José Rojas Moreno, Conde de Casa Rojas, cuando estuvo en Rumania, fue uno de los diplomáticos que ayudó a salvar a los judíos, según dicen, pero no dicen que fue el artífice de la orden antijudía que anteriormente hemos señalado, la de paso de fronteras, cuando estaba en el Ministerio de Exteriores.

Mis abuelos, judíos polacos, pudieron cumplirla, y pasaron la frontera en agosto de 1939, pero ¿cuántos otros no pudieron hacerlo, finalizando en las cámaras de gas? 

Nadie está interesado en investigar todo esto, por ello salen libros como el del profesor Moradiellos, y no pasa nada. Será para agradar a los académicos de la Real Academia de la Historia, que como el resto de academias fueron disueltas por un Decreto publicado el 17 de septiembre de 1936 en la Gaceta de Madrid, firmado por el presidente de la II República, Manuel Azaña.

No sé si me animaré a ir a la presentación de su libro en Casa Sefarad-Israel, pero estoy cansada de las vueltas y vueltas que da este tema del Holocausto y Franco, sin verdadera investigación (exceptuando la investigación sobre los diplomáticos franquistas)."                   (Cristina Calandre Hoenigsfeld, Nueva Tribuna , 25 de febrero de 2022)

 

"El pasado 13 de febrero D. Arcadi Espada publicaba en este diario unas consideraciones negativas sobre nuestro libro El Holocausto y la España de Franco (Turner), que estudia esa temática desde una triple perspectiva histórica: el proceso genocida en su globalidad y la actitud de Franco hacia «la cuestión judía» (E. Moradiellos), la respuesta de la diplomacia franquista ante el genocidio (S. López Rodríguez) y las manifestaciones judeófobas en la Extremadura de la época (C. Rina Simón). 

En atención a la relevante personalidad de nuestro crítico y por respeto intelectual hacia los lectores de su texto, queremos hacer las siguientes precisiones de orden estrictamente historiográfico.

Ante todo, el núcleo básico de la crítica de D. Arcadi parece derivar del hecho de que nuestra obra no menciona su trabajo sobre «los héroes de la embajada de España en el Budapest nazi», considerado inexcusable por su autor: «No se puede escribir un libro titulado El Holocausto y la España de Franco sin haber leído mi libro y lo que cuelga». Al respecto, se imponen estas aclaraciones:

  1. Los autores conocen el trabajo de D. Arcadi y, de hecho, el responsable del capítulo correspondiente lo menciona en su tesis doctoral (El Servicio Exterior de España durante el Holocausto en la Francia ocupada, 2021, acceso libre en el repositorio español de tesis).
  2. En la práctica historiográfica, un trabajo como el nuestro de revisión sintética de la temática, a diferencia de un estudio bibliográfico específico, no exige la consignación de todas las obras existentes, por ser la literatura muy abundante y de diversa entidad, sino que prescribe la mención expresa de aquellas más utilizadas o pertinentes en cada caso.
  3. La obra de D. Arcadi, en contenido y soporte documental, sigue la estela de otros autores precedentes y en algunos casos prioritarios: el rabino Chaim Lipschitz, el periodista Federico Ysart y el profesor David Salinas, a título ilustrativo.
  4. La obra de D. Arcadi, muy respetable por sus valores periodísticos y literarios, no es sin embargo igualmente meritoria en términos historiográficos, por su excesiva focalización geográfica (el caso de Hungría) y temporal (básicamente el año 1944, entre la ocupación alemana del país y la invasión soviética del mismo), así como por su insuficiente atención contextualizadora al conjunto del sexenio bélico mundial y a la cambiante actitud franquista durante ese lapso temporal.

En resolución, a despecho de la creencia de su autor, no constituye pues una pieza canónica, insuperada y definitiva sobre la materia, razón por la cual no está registrada como tal, a diferencia de los trabajos que mencionamos de Bernd Rother o José Antonio Lisbona, que la literatura especializada hispánica y universal sí estima en esa medida y proporción.

Al margen de esa crítica global por la falta de mención de su obra (que erróneamente confunde con falta de respeto personal, acaso por desconocimiento de los usos y prácticas historiográficas), D. Arcadi sostiene en su texto afirmaciones erróneas que contribuyen a justificar, si preciso fuera, la recurrente actitud de cautela de la historiografía especializada hacia su trabajo. Nos permitimos señalar sólo algunos ejemplos siguiendo el modo de argumentación y demostración característico de la historiografía y sin ningún propósito doloso ni ánimo injurioso hacia la dignidad de nuestro respetado crítico y censor.

En primer lugar, afirmar que la política franquista en relación al rescate y protección de los judíos perseguidos en la Europa ocupada fue obra de Estado realizada por los diplomáticos españoles «en nombre de Franco» y por orden éste, mayormente por motivos humanitarios, es sólo parcialmente cierto (y por eso errado globalmente).

 Sin duda el Gobierno español autorizó al encargado de negocios en Budapest a prestar ayuda a la comunidad judía húngara en octubre de 1944 (dos meses antes de la rendición de Hungría ante los soviéticos). Pero para entonces, en vísperas de la total victoria aliada, Sanz Briz llevaba meses realizando esas labores motu proprio, sin órdenes oficiales y pese a requerir autorización expresa para ello (como otros compañeros de carrera en Sofía, Atenas o Bucarest, dicho sea de paso, y con igual falta de éxito, pese a su insistencia documentalmente probada). 

Todavía más. Esa política significaba una inversión completa de la previa actitud de «pasividad» complaciente desplegada entre 1939 y 1942, en el momento de las victorias alemanas, siguiendo órdenes expresas del gobierno español, también «en nombre de Franco» y con su aprobación. Véase el telegrama de noviembre de 1940 del ministro de Asuntos Exteriores al embajador español en París reprobando la intervención del cónsul general ante las autoridades de ocupación alemanas para evitar la detención de sefarditas y la incautación de sus bienes: «no es criterio de Gobierno» actuar y «poner inconvenientes a su ejecución (de medidas antisemitas)», sino que debe «conservar actitud pasiva» y «únicamente darse por enterado de estas medidas» incluso si afectaran a españoles que sean «súbditos de origen judío». 

Esta es la verdad cruda y compleja de la cambiante política franquista ante el Holocausto, que está tan lejos del mito de «Franco, salvador de judíos» como del contra-mito de «Franco, enemigo de judíos».

En segundo orden, debemos impugnar las rectificaciones de D. Arcadi negando que Sanz Briz actuara nunca motu proprio y afirmando que las «casas de protección» sólo comenzaron a operar en noviembre de 1944 y que la lista de judíos protegidos ascendía a 2.295 y no a cerca de 5.000 personas. Lo primero es verdad conocida y demostrada. Lo segundo es errado: Sanz Briz puso en marcha antes del 24 de octubre las «casas estrelladas» como paso previo a las «casas protegidas» del «gueto internacional». Al igual que lo tercero: el diplomático informó a fines de 1944 a Madrid que había firmado no menos de 300 pasaportes y cerca de 2.000 cartas de protección; pero los estudios monográficos de Haim Avni cifraron ya en 3.000 los judíos salvados, descontando su protección a un grupo de 500 niños asilados en hospicios de la Cruz Roja; y los más recientes trabajos de José Antonio Lisbona suman a esas cifras otro grupo de 700 judíos con destino al Marruecos español y varios centenares con destino a Paraguay. En definitiva, siguiendo a este último autor, «Sanz Briz logra salvar unas 5.000 personas».

Para terminar, los autores del libro desean agradecer la atención prestada por D. Arcadi a su obra así como su interés por el Holocausto, sin duda uno de los fenómenos históricos más cruciales y definitorios de la reciente historia europea y universal."

(Enrique Moradiellos, Santiago López Rodríguez y César Rina Simón son historiadores. Revista de Prensa, 23/02/22; fuente: El Mundo)

28/1/19

La responsabilidad franquista en el Holocausto: el Ministerio de Asuntos Exteriores exigió a sus diplomáticos que se interesaran “solo por aquellos judíos de INDISCUTIBLE nacionalidad española”. Centenares de familias sefardíes, cuyos ancestros provenían de la Península, acudieron en vano a nuestras embajadas para pedir un pasaporte que les habría conducido hacia la vida. 50.000 solo de la ciudad de Salónica, acabaron en las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau como consecuencia de esta premeditada inacción del Gobierno franquista...

"(...) Durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, el régimen y su prensa no solo justificaron, sino que jalearon la persecución del pueblo hebreo. Manuel Aznar, abuelo del expresidente del Gobierno, escribió en ABC poco antes del inicio de las deportaciones en Francia: “Legiones de judíos y de masones cayeron sobre el pueblo francés como sobre un botín inmenso y allí hicieron cebo y carne para sus apetitos”.

 Lógicamente, cuando se “limpió” París de esas “legiones” de malvados judíos, la reacción de la prensa del Movimiento, teledirigida desde la cúpula franquista, fue de euforia: “Si es la raza perseguida, es por la maldición divina que lleva encima (…) Esos judíos que en Francia, Grecia, Turquía, Italia y costas africanas preparan sus maletas, son un indicio de aquel viejo tesón español de no admitir jamás lo antiespañol y de reconocer solo lo español y cristiano”; “Era de esperar la resistencia de muchos judíos a mostrar la estrella de Sión y el descaro de otros que la exhibían con más insolencia que circunspección. 

Y la aspiración de otros de frecuentar medios y lugares en que repugnaba la presencia de una casta internacional que es la responsable de los males que afligen a Europa. Ha desenlazado todo esto en un programa gubernativo que se propone resolver con criterio riguroso, implacable, el problema de convivencia entre la población y el elemento hebreo (…) Hoy no me he topado en la calle ni en el Metro con ninguna estrella amarilla. Es un indicio, acaso una prueba, de que la eliminación responde a un designio definitivo e inapelable”.

El régimen conoció y aplaudió cada paso hacia el Holocausto final dado por las huestes de Hitler, tal y como se reflejaba en los discursos y en las informaciones dictadas por el servicio de propaganda franquista y publicadas en los diarios: “Esta Segunda Guerra Mundial, según la profecía del Führer, acabará con la raza judía”; “El gobernador de Varsovia ha publicado un decreto prohibiendo que los habitantes de los barrios judíos se mezclen con el resto de los habitantes de Varsovia. 

Este decreto ha sido muy bien acogido…”; “El barrio judío de París. Saint Antoine ha sido fumigado, desinfectado mediante la eliminación del censo israelita, el cual acaba de ser conducido a campos de concentración”. Eran los tiempos en que cerca de 50.000 españoles combatían en la División Azul bajo las órdenes del Führer. 

Los españolitos de a pie leían emocionados las crónicas de Andrés Gaytan, que viajaba con los divisionarios y escribía cosas como esta: “Cuando en alguno de los pueblos donde hemos descansado había judíos, se notaba la diferencia que existe entre esta raza y las demás”; “los judíos, que en su carne pagan todos los pecados de su estirpe maldecida, tienen una mirada tierna de perro apaleado cuando el soldado español no le maltrata sin motivos”.

Mucho más graves que las palabras fueron los hechos. Franco cerró las fronteras e impidió la llegada de los judíos que intentaban escapar desde la Francia ocupada por los nazis. Salvo excepciones, el paso solo se permitió a aquellos que poseían un visado de entrada a Portugal. De hecho, el Gobierno franquista cesó y castigó a sus diplomáticos que, desobedeciendo sus órdenes, se dedicaban a salvar vidas. 

Así le pasó al cónsul español en Burdeos, Eduardo Propper de Callejón. Rescatar de la muerte a miles de judíos a los que entregó un visado español provocó su relevo, su envío al ingrato consultado de Larache en el norte de África y le imposibilitó de por vida ascender al cargo de embajador.

En Francia, mientras tanto, los diplomáticos españoles solo recibieron de Madrid dos instrucciones: por un lado, no inmiscuirse en la política de los dirigentes nazis y del Gobierno colaboracionista de Vichy; por otro, hacer las gestiones oportunas ante las autoridades para hacerse cargo de las propiedades y de los bienes que abandonaban los judíos de origen español tras ser deportados. 

El dinero sí interesaba, las personas no. Estos y el resto de cónsules y embajadores informaron puntualmente a Franco sobre el incremento en el ritmo de los asesinatos y de las deportaciones a los campos de concentración.

Algunos embajadores, como Miguel Ángel de Muguiro en Budapest, se apoyaron en un decreto aprobado durante la dictadura de Primo de Rivera que permitía a los judíos de origen sefardí acceder a la nacionalidad española. 

De Muguiro lo empleó como argumento para conceder pasaportes españoles a centenares de judíos, lo que le costó el puesto y su inmediata repatriación. Su sucesor, Ángel Sanz Briz, continuó con la misma estrategia: también incumplió las órdenes que llegaban de Madrid y logró salvar así a unas 5.000 personas.

Ese antiguo decreto habría permitido a Franco salvar de las cámaras de gas a decenas de miles de judíos. En enero de 1943, en pleno arranque de La Solución Final, Hitler envió una circular a todos sus aliados, entre los que se encontraba España. En ella les daba un plazo de tres meses para “repatriar a sus judíos” de la Europa ocupada. En caso de no hacerlo, no había que ser muy listo para saber que su destino serían los campos de trabajo y/o exterminio. 

La respuesta que llegó desde Madrid fue de un absoluto desinterés, tal y como reflejaron en sus informes los diplomáticos alemanes. Tanto fue así que el Ministerio de Asuntos Exteriores franquista exigió a sus diplomáticos que se interesaran “solo por aquellos judíos de INDISCUTIBLE nacionalidad española”. 

Centenares de familias, cuyos ancestros provenían de la Península, acudieron en vano a nuestras sedes diplomáticas para pedir un pasaporte o un salvoconducto que les habría conducido hacia la vida. El resultado final fue desolador. Miles de sefardíes, 50.000 solo de la ciudad de Salónica, acabaron en las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau como consecuencia de esta meditada y premeditada inacción del Gobierno franquista.

En los momentos finales de la guerra, cuando ya se daba por segura la derrota de Hitler, Franco giró hacia los Aliados para intentar garantizar su supervivencia. Desde aquel mismo momento y durante los cuarenta años de dictadura los jerarcas del régimen se ocuparon de destruir la documentación que les señalaba como cómplices directos del nazismo. Tuvieron cuatro décadas para realizar ese trabajo y para reescribir una historia manipulada que continuamos estudiando las generaciones que crecimos en democracia.

Han pasado 74 años desde que se abrieron las puertas de los campos de concentración nazis y 43 de la muerte de nuestro dictador. ¿No es hora ya de contar la verdad y de recordar lo que realmente sucedió? ¿No es hora de señalar con el dedo a Franco cada Día del Holocausto?"             (Carlos Hernández, eldiario.es, 24/01/19)

4/12/18

El conde de Vallellano y su implicación en el Holocausto

"El Conde de Vallellano, Fernando Suárez de Tangil, Grande de España, fue nombrado Presidente de la Asamblea Suprema franquista de la Cruz Roja por Franco, desde Burgos, en septiembre de 1936 (1).

Nada más ganar la guerra, los franquistas promulgaron una normativa antisemita de paso de fronteras, el 11 de mayo de 1939, desde el departamento Nacional de Políticas y Tratados, que dirigía el Conde de Casa Rojas, del Ministerio de Exteriores, siendo su ministro el teniente general Francisco Gómez- Jordana, Conde de Jordana, y en donde participaba también el ministerio de Gobernación, dirigido por el antisemita Ramón Serrano Suñer (2).

Un día después, el 12 de mayo de 1939, el Conde de Vallellano, nombra a Juan Manuel Agrela, Conde de la Granja, “Delegado de la Cruz Roja con plenos poderes para todas las acciones de repatriación de los civiles y militares residentes en los Campos de concentración o Centros de refugiados en Francia…” (3)

Juan Manuel Agrela, Conde de Agrela, abriría dos oficinas de la Cruz Roja, una en Irún y otra en Hendaya, para el trámite de canje de prisioneros.

Además, fue nombrado, el 27 de junio de 1939, Vicecónsul honorario en Hendaya, por el Cónsul, Fausto Navarro, con el visto bueno del Ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Gómez- Jordana, y el embajador en Paris, José Félix de Lequerica.

La firma de Fausto Navarro aparece en el visado de mi abuela Rosa, (sello del Consulado de Hendaya), judía polaca a la que se le aplicó la normativa antisemita de paso de fronteras de 11 de mayo de 1939, que pudo sortear al tener el aval franquista del Marqués de Ibarra. Con ella, pasó mi madre, Ruth, y gracias a esto se salvaron del Holocausto, y yo estoy aquí para contarlo, aunque a muchos les moleste (4).

 En ese momento, era Vicecónsul en Hendaya el conde de la Granja, que, a la vez, compaginaba su puesto con el de delegado de la Cruz Roja, bajo la autoridad de su Presidente y amigo, el Conde de Vallellano (5).

 Éste fue cesado en enero de 1941, mientras que el Conde de la Granja pasó a ser, a partir de noviembre de ese mismo año, jefe del Gabinete de Información Internacional de la oficina central de la Cruz Roja (6).

La vida siguió para ellos llena de premios, medallas y reconocimientos; para eso habían ganado la guerra.

Pero, ¿cuántos judíos no pudieron pasar la frontera por esa normativa antisemita que estuvo vigente hasta al menos 1942, y acabaron exterminados? Nadie se ha molestado en estudiarlo.
La normativa, sigue sin estar anulada al día de hoy, a pesar de mis protestas, ya que en los demás países europeos hace años fueron anuladas las leyes antisemitas.

¡¡¡Eso sí es una infamia!!!!

Madrid, 30 de noviembre del 2018"                (Cristina Calandre Hoenigsfeld, Crónica Popular, 01/12/18)

20/1/17

Zygmunt Bauman: “Si algo en nuestro orden social hizo posible que ocurriera el Holocausto en 1941, no podemos tener la certeza de que ese algo haya desaparecido desde entonces”

"El fallecimiento de Zygmunt Bauman obliga a actualizar lo que escribió en 1989 sobre el Holocausto. El motivo ha sido que el pasado mes de noviembre, un Juzgado de la provincia de Soria abrió un proceso penal por “asesinato” ante el conocimiento de que un una fosa común podían hallarse los restos de personas presuntamente asesinadas en 1936 por las fuerzas sublevadas.

 En su obra Modernidad y Holocausto analiza exhaustivamente los múltiples significados del Holocausto del pueblo judío y, sin obviar, la enorme tragedia que representó para ese pueblo “la bestialidad de los nazis”, dirige también su atención al Gulag y a Hiroshima. 

Porque, en estos tres supuestos, a los que deberíamos añadir los terribles crímenes cometidos por el franquismo, se expresa la capacidad humana para hacer el mal y los recursos que se instrumentan, en función de los procesos históricos, para, en algunos casos, banalizarlo.

Así lo expresaba: ”El Holocausto se gestó y se puso en práctica en nuestra sociedad moderna e industrial, en una fase avanzada de nuestra civilización y en un momento culminante de nuestra cultura y, por esta razón, es un problema de esa sociedad, de esa civilización y de esa cultura”. Mucho más allá, por tanto, de simplificaciones como reducir su alcance a un “Estado odioso llamado Tercer Reich” o a una “enfermedad alemana”. 

Y añadía que, más grave aún, ha sido que “el mensaje que contiene el Holocausto sobre la forma en que vivimos hoy… se ha silenciado, no se escucha y sigue sin transmitirse”. Exactamente, es lo que ocurre hoy en nuestro país sobre las violaciones masivas y sistemáticas de los derechos humanos cometidas por la dictadura franquista pese a la vigencia de la Ley de la Memoria Histórica que, muy moderadamente, trata de reparar a las víctimas de aquellas violaciones.

Porque, analiza Bauman, el Holocausto fue el resultado de un conjunto de factores como “el monopolio de la violencia ”y la ausencia de “instituciones no políticas de la autoregulación social” que, aún hoy, persisten y son capaces de producir “efectos potencialmente horribles”.

Pero, además, concurren otros factores que han sido decisivos para garantizar la impunidad de los crímenes más terribles. Así lo expone Bauman, en unos términos que serían perfectamente aplicables a los cometidos aquí, por los criminales franquistas. Dice así: “Alemania perdió la guerra y, por tanto, los asesinatos cometidos bajo las órdenes alemanas se han definido como crímenes y violaciones de reglas morales que trascienden la autoridad del poder del Estado.

 La Unión Soviética se encontraba en el bando de los vencedores; por tanto, los asesinatos autorizados por sus dirigentes, aunque igual de odiosos que los alemanes, todavía están esperando recibir un trato semejante y eso a pesar del profundo esfuerzo de la era de la glasnost.

 Aunque solo se han descubierto algunos de los terribles misterios del genocidio de Stalin, ahora sabemos que los asesinatos en masa en la URSS fueron igual de sistemáticos y metódicos que los practicados más tarde por los alemanes y que las técnicas que utilizaron los Einsatzgruppen las probó primero a escala masiva la formidable burocracia de la NKVD”.

 Y cita como referencia el descubrimiento en Bielorrusia de “fosas comunes descubiertas cerca de las grandes ciudades… que se habían llenado entre 1937 y 1940 de cientos de cadáveres”. Se puede suponer que los “liquidaron sin juicio”.

 Es lo que ocurrió tras la sublevación fascista de 1936 y, el transcurso de ochenta años, con más de cien mil personas enterradas en las cunetas después de ser asesinadas, no genera ninguna reacción decisiva y enérgica del Gobierno y las Autoridades judiciales para enfrentarse a esa realidad, consecuencia directa de un genocidio. 

Por ello, y otras muchas razones, no es de extrañar que Bauman insista en que el problema del Holocausto “no puede circunscribirse a la investigación histórica o a la contemplación filosófica”. “Si algo en nuestro orden social hizo posible que ocurriera el Holocausto en 1941, no podemos tener la certeza de que ese algo haya desaparecido desde entonces”.               (Carlos Jiménez Villarejo, 13/01/17)

23/2/15

Los jueces-médicos del Opus Dei se encargaron de destruirle por “curar demasiado rápido a los enfermos del Hospital de Carabineros”

"Parecía que nunca iba a llegar. Por fin el Gobierno reconoce las dos leyes antisemitas y fascistas, en las que tuvo mucho que ver el ex ministro y cuñado del dictador Francisco Franco, Ramón Serrano Suñer.

Una de ellas, la de “Paso de fronteras”, aunque fue el general Gómez Jordana quien la promulgó el 11 de mayo de 1939, se hizo en connivencia con el ministro de Gobernación, Serrano Suñer. Posteriormente, y como dicha normativa estuvo activa hasta 1942, también la apoyó desde su puesto como ministro de Exteriores.

La otra normativa antisemita, la de “Depuración del Colegio de Médicos”, de 6 de octubre de 1939, directamente fue firmada por Serrano Suñer, como ministro de Gobernación y se aplicó durante muchos años… por lo menos hasta 1947.

La primera fue aplicada a mi abuela judío polaca, Rosa Hoenigsfeld, que tuvo que convertirse al catolicismo, antes de poder pasar la frontera de Hendaya-Irún, en agosto de 1939. Pudo sortear los estrictos requisitos de la normativa antisemita. 

Otros muchos judíos no tuvieron esa suerte y acabaron en las cámaras de gas, junto a los republicanos “rojos”, que Serrano Suñer condenó, como apátridas, a una muerte segura, como explica el libro de Carlos Hernández, “Los últimos españoles de Mauthausen”.

La segunda fue aplicada a mi abuelo republicano, el eminente doctor, Luis Calandre Ibáñez, entre otras cosas, por “curar demasiado rápido a los enfermos del Hospital de Carabineros”. Los jueces-médicos que se encargaron de destruirle, eran del Opus Dei, enemigos históricos de los institucionistas, como lo era Calandre. Al mismo tiempo sufrió tres consejos de guerra sumarísimos, cárcel y multa. (...)

La de Paso de Fronteras aparece en “Franco y el Holocausto”, a cargo del historiador alemán Rother (2005) y la de Depuración de Médicos, en la monumental obra del Dr. Francisco Guerra, “La medicina en el exilio republicano” (2004)… aunque no dice que la firmó Ramón Serrano Suñer, sí detalla las consecuencias trágicas que tuvo. (...)"    (nuevatribuna.es | Cristina Calandre Hoenigsfeld | Lo que Somos | 21 Febrero 2015)

23/1/15

"¿Canibalismo? ¡No, era hambre!"

"Antonio Hernández Marín es uno de los 9.000 españoles que pasaron por los campos nazis que ha permanecido, hasta hoy, en la más absoluta invisibilidad.(...)

 Tras el triunfo franquista fue maltratado por la Francia “democrática” que le encerró, junto a miles de compañeros, en los campos de concentración de Vernet, Mazères y Septfonds. Más de 14.000 hombres, mujeres y niños españoles murieron en esos meses del invierno de 1939, de frío, hambre y todo tipo de enfermedades. (...)

 Ese maltrato hizo que los republicanos se negaran, mayoritariamente, a enrolarse voluntariamente en el Ejército francés. Por ello, a punta de pistola, Antonio fue obligado a incorporarse a una Compañía de Trabajadores Españoles que se dedicó a reforzar las fortificaciones de la Línea Maginot.  (...)

Cazados como conejos por la Wehrmacht en los bosques de los Vosgos, los españoles fueron a parar a campos para prisioneros de guerra en los que se respetaba la Convención de Ginebra. En ellos recibían el mismo trato que los soldados aliados. 

Sin embargo, el 1 de octubre de de 1940, solo una semana después de que el todopoderoso ministro franquista Ramón Serrano Suñer visitara Berlín, la Gestapo se presentó en el campo de Sagan, en el que se encontraba Antonio, e interrogó a los españoles.

 Así lo recuerda el malagueño José Marfil que también se encontraba allí: "No sabíamos que eran de la Gestapo pero yo les pregunté las razones por las que nos estaban fichando. Nunca olvidaré su respuesta: 'Os vamos a llevar a un sitio apropiado para vosotros'".

Dos meses más tarde, los españoles y solo los españoles fueron enviados a Mauthausen. Antonio estuvo siempre acompañado de su amigo Antonio Cebrián, un albaceteño de Bormate. Ambos trabajaron en la temible cantera. En pocos días, la dureza del trabajo y la ridícula alimentación que recibían les empujó al borde de la muerte. Lo que ocurrió después lo sabemos gracias a un breve relato titulado ¿Canibalismo? No. ¡Hambre!, que dejó escrito en un viejo y colorido cuaderno:

"Nos fallaban las fuerzas y al pasar por detrás de las cocinas encontramos un pequeño envoltorio abandonado al pie de una de las ventanas del crematorio. En su interior había dos metros de intestinos". "Mira Hernández —me dijo Cebrián— son tripas de cerdo". Y con ansia dio un bocado en uno de sus extremos. 

'Lo ves, no hay duda, sabe a tocino'. Yo también mordí con hambre. Minutos después la partimos por la mitad y nos saciamos con ella". El hambre hizo que no vieran o no quisieran ver los cadáveres abiertos en canal que yacían muy cerca del lugar en el que hicieron su descubrimiento.

Este y otros episodios vividos en el campo, especialmente la muerte de su amigo Cebrián, persiguieron a Antonio durante el resto de su vida. Sobrevivió y recuperó la libertad, pero nunca llegó a abandonar Mauthausen. Los SS volvían a la vida para golpearle y amenazarle cada noche, cuando llegaba la oscuridad y le vencía el sueño. En aquellas interminables noches de pesadilla en el exilio francés."        (Público, 20/01/2015)

21/1/15

Cuando estuvo convencido de que Hitler sería derrotado en la guerra, Franco realizó gestiones para salvar a pequeños grupos de judíos

"No. Franco no hizo nada para evitar el holocausto judío. (...)

La obra Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B), que publica el periodista Carlos Hernández de Miguel, (...) recoge estos telegramas entre el Gobierno franquista y sus embajadores en los que queda negro sobre blanco que Franco conocía la magnitud del genocidio judío que llevaba a cabo Hitler y que no movió ni un dedo para evitarlo.

"Es una absoluta falsedad que el régimen de Franco tratara de salvar a los judíos de una muerte segura en los campos nazis. Ni tan siquiera puede ser considerado como un cómplice pasivo. Fue cómplice activo y necesario y, por tanto, coatuor de la deportación de los judíos. 

Cuando alguien tiene la capacidad de salvar a otro ser humano de una muerte segura y no lo hace se convierte en cómplice", denuncia el autor de la obra Carlos Hernández en conversación telefónica con Público.

 Es más, la primera muestra de interés del dictador hacia el drama que estaban viviendo los judíos en Europa fue cuando el embajador francés le informó que Alemania estaba incautando los bienes y las cuentas de los judíos españoles. Entonces sí. Franco ordenó que fueran las embajadas españolas las que administraran el dinero y los bienes de los judíos españoles.

Fue en diciembre de 1040. La Embajada española en París anunció la expropiación de las posesiones de los judíos a través de un telegrama: "Autoridades Departamento Seine et Oise han comenzado a incautarse bienes de los sefarditas y están bloqueando sus cuentas en los bancos. También en París se proponen desde 1 de enero nombrar administradores judiciales para bienes de los judíos. Urge por tanto resolver este asunto y espero instrucciones"·.

Días después el embajador escribió: "Amplío mi telegrama anterior. Autoridades Departamento Sarthe han empezado hoy a nombrar administradores judiciales para bienes de los judíos españoles con tienda abierta y según parece por orden de autoridades de ocupación". 

En este caso, el Gobierno de Franco sí puso mucho empeño en que sus legaciones pelearan con las autoridades alemanas para hacerse cargo de la administración de los bienes de "sus judíos". La petición fue aceptada sin mayores problemas por el régimen nazi.

Esta diligencia del Gobierno franquista contrasta con la actitud del mismo cuando Hitler consultó a Franco qué hacer el 20 de agosto de 1940 qué hacer con "los 2.000 rojos españoles" que estaban internados en Angoulême. Franco no contestó. Por eso, el día 28 Alemania insistió ampliando la consulta a los "100.000 rojos españoles" que estaban en los campos de concentración franceses. Aún así, las autoridades españolas tampoco contestaron. 

Franco ignoró el ofrecimiento de las autoridades alemanas para rescatar a los prisioneros "rojos" españoles. En septiembre, Serrano Suñer se desplazó hasta Alemania para reunirse con Heinrich Himmler. Ese mismo día Alemania emitió la orden de trasladar a todos los "rojos españoles a campos de concentración".

De la misma manera que con los "rojos", Franco mostró una total indiferencia por la suerte de los 4.500 judíos de nacionalidad española que había en países ocupados por el nazismo y, más aún, por los 175.000 de origen sefardí, descendientes de los judíos expulsados de España, que conservaban sus tradiciones, su cultura y hablaban en una lengua muy similar al castellano antiguo.

De hecho, en enero de 1943 el Gobierno nazi aprobó un decreto por el que permitía a sus aliados repatriar a sus judíos. Estados Unidos, la URSS y Gran Bretaña ya habían denunciado públicamente que Hitler planeaba el exterminio de todos los judíos europeos. Franco volvió a ignorar las peticiones alemanas, a pesar de la insistencia de los nazis. Finalmente, Franco mostró su total desinterés respecto a los judíos españoles enviando interlocutores a Alemania de cuarto de cuarto nivel que demostraron su ignorancia y su falta de interés por la suerte de los judíos.

Sólo a última hora, a mediados de 1944, cuando estuvo convencido de que Hitler sería derrotado en la guerra, Franco realizó gestiones para salvar a pequeños grupos de judíos y dio la orden a sus embajadores para tratar de repatriar a aquellos judíos de "indudable nacionalidad española". El historiador alemán, Bernd Rother, lo describe así: "España solo a regañadientes y de una manera dubitativa protegió a los judíos y limitó la protección a los judíos españoles".

 Prueba de ello, son los mensajes que intercambiaban el ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Gómez-Jordana, y sus diplomáticos. En diciembre de 1943 el cónsul general de España en Francia informa a Jordana: "De acuerdo con telegrama VE, intervengo tan solo a favor liberación sefarditas indiscutible nacionalidad española aceptando fin lograr la condición ser repatriados. Respecto los de incompleta documentación me atengo estrictamente instrucciones VE. Ha quedado demarcada totalmente diferencia entre los que están condición ser breve plazo repatriados (pocos casos) y aquellos cuya eventual repatriación puede ser objeto estudio".

 Sin embargo, ya era tarde para muchos judíos españoles y para aquellos que alegaban ser descendientes de españoles. La respuesta de Franco llegaba nueve meses fuera del plazo dado por Alemania para reclamar a los judíos. El retraso en la respuesta de Franco se cobraría un número muy alto de vidas que no pudieron escapar del holocausto nazi. 

Dos de estas familias fueron la de Mayo y Abastado, quienes tras una larga detención fueron deportados a Alemania ya que Franco no se pronunciaba sobre su destino. Cuando llegó la orden, era tarde. Así escribía el cónsul español en París, Alfonso Fiscowich, al ministro Gómez-Jordana:

"Familias Mayo y Abastado después de larga detención han sido deportadas Alemania. La primera había sido autorizada entrar España por telegrama VE nº 3252 habiendo este Consulado realizado con el mayor interés reiteradas gestiones por desgracia infructuosas. La segunda no había cumplido todos los requisitos exigidos para considerar su nacionalidad como indiscutible no entrando por lo tanto en la categoría de repatriados. Ambas han sufrido ....... consecuencias señaladas en mi telegrama nº 44 y despacho 798". Era el 10 de marzo de 1944. Había pasado casi un año desde que expiró el ultimátum alemán.

 Frente a la indiferencia de Franco, hubo diplomáticos españoles que se jugaron el puesto, y la vida, en salvar a los judíos de una muerte segura. La historiografía franquista ha utilizado las hazañas de estos diplomáticos para tratar de limpiar su imagen. Sin embargo, los hechos contradicen esta revisión de la historia. Prueba de ello, es el caso de Eduardo Propper, quien expidió, en 1940, miles de visados de tránsito para judíos que deseaban huir de la Francia ocupada fue destituido e incluido en la lista negra por Serrano Suñer.

Algo similar le ocurrió a Miguel Ángel de Muguio, encargado de negocios de la Embajada de España en Budapest, que informó continuamente a Madrid sobre la discriminación, las amenazas y los crímenes que se perpetraban contra la comunidad judía de Hungría y que ante el silencio de su Gobierno emprendió por su cuenta y riesgo una serie de actuaciones encaminadas a proteger a diferentes grupos de adultos y especialmente de niños judíos. Su actuación indignó a las autoridades húngaras que protestaron formalmente ante el Ejecutivo español. Franco le cesó fulminantemente.

"Diplomáticos como Ángel Sanz trabajaron para evitar la muerte de judíos. Pero no fue gracias a sus jefes sino a pesar de lo que mandaban sus jefes y Franco. La actitud del régimen fue la de la indiferencia. No tuvo ni un gesto de humanidad. 

Afortunadamente, un grupo de diplomáticos se salvo estas órdenes y actuó por su cuenta y riesgo a favor de los judíos", sentencia el autor de la obra Hernández de Miguel, que señala que el único objetivo de la obra que acaba de publicar es "poner la Historia donde estaba: en la verdad y no en la manipulación franquista".     (...)"            (Público, 20/01/2015)

21/2/14

La información sobre las atrocidades nazis corre ya por todas partes. No hay ignorancia, hay silencio cómplice de la Iglesia española y del gobierno de Franco



“La información sobre las atrocidades nazis corre ya por todas partes. Los habitantes de Vilnius, como los de casi cualquier otra ciudad en la que exista el «problema judío» conocen las noticias, por mucho que sea de forma fragmentaria.

 También lo saben los alemanes que no participan en las matanzas, pero reciben confidencias de sus vecinos, de los guardianes de los campos, de los soldados del frente del este.

Es porque llegan esas noticias por lo que comienzan algunas insurrecciones en guetos, como el de Varsovia, donde el 29 de abril los cincuenta y seis mil internados se rebelan contra los alemanes. Durante casi un mes los judíos polacos, armados con algunas pistolas y fusiles, se enfrentan a la artillería, la aviación y las poderosas dotaciones de miles de soldados nazis. 

El área del gueto queda machacada, y sólo sobreviven algunas decenas de judíos. Una gran victoria para el Reich. Y una nueva noticia que recorre, en voz baja, toda Europa. A los alemanes la victoria les ha costado casi un centenar de muertos y el gasto de muchos miles de toneladas de explosivos.

Como sucede en la ciudad polaca de Lvov, rebautizada por los nazis como Lemberg, una ciudad donde los judíos se alzan contra sus guardianes y lo-gran matar a nueve de ellos el i de junio. El resultado de la batalla es el pre-visible: otros cuantos miles de judíos muertos a base de bombas y disparos.

El jefe del Judenrat local, Henryk Landesberg ha sido ejecutado unas semanas antes de una manera llamativa. Él y otros doce judíos han sido acusados de colaborar con la resistencia. Y les han colgado de farolas.

 Como las cuerdas no son de buena calidad, se han roto varias veces, y los condenados han tenido que volver a subir las escaleras de sus improvisados cadalsos hasta en tres ocasiones para que les vuelvan a atar la cuerda al cuello y les vuelvan a dejar caer colgados.

 Los civiles alemanes de la localidad han tenido tres días para ver el espectáculo de los cuerpos suspendidos en el aire, con el rostro azulado. Han llevado a sus hijos para que no se lo pierdan. 

Cada insurrección se convierte en un baño de sangre, pero quienes las encabezan piensan que es mejor morir de esa manera que en las cámaras de gas o en los bordes de las grandes fosas comunes, mansamente. Lo sabe ya la Iglesia católica. En el Vaticano se reciben informes que no dejan lugar a la duda. Aparte de los obtenidos por los propios medios de la Iglesia, los norteamericanos les suministran datos abrumadores.

 El embajador ante la Santa Sede, Myron C. Taylor, uno de los hombres que se entrevistó con Franco hace pocas semanas, entregó una nota el z6 de septiembre al secretario de Estado del papa, el cardenal Maglione, en la que le describía la forma en que los alemanes sacaban del gueto de Varsovia a los judíos, a hombres, mujeres y niños sin distinción, para matarles a tiros en campos como el de Belzec.

 Taylor ha recibido la información de dos testigos muy fiables, porque son arios. Y añade que, mientras a los deportados judíos de Francia, Alemania, Holanda y otros países del oeste, les matan, a los prisioneros que no son judíos sí los usan para trabajar.

El embajador preguntó si el Vaticano tenía alguna información que confirmara sus datos y si el papa tenía alguna sugerencia en «cuanto a la forma práctica en que se podrían utilizar las fuerzas de la opinión pública civilizada para evitar la continuación de estas barbaridades».

La respuesta no fue muy satisfactoria. Para Maglione, la exactitud de las informaciones no ha sido verificada. Y en todo caso, «la Santa Sede aprovecha todas las oportunidades que se le ofrecen para mitigar el sufrimiento de los no arios».

El embajador inglés Francis D'Arcy Osborne se muestra indignado ante la respuesta vaticana a una interpelación suya que es similar. Mientras Hitler recibe a Muñoz Grandes, el mismo día 13, el inglés escribe en su diario su amargura. Y pocos días después, registra la brutal respuesta de Maglione a su pregunta. El secretario de Estado le dice:

El papa no puede condenar «atrocidades particulares» ni verificar el número de judíos asesinados del que han informado los aliados.5 El papa se va a dar por satisfecho con una referencia al delicado asunto el día de Nochebuena, en su discurso tradicional, emitido por la radio de la Santa Sede:

La humanidad debe este voto de volver a conducir hacia la ley divina a los centenares de miles de personas que sin falta alguna por su parte y únicamente debido a su nación o su raza, han sido condenados a muerte o a la extinción progresiva. 

Una declaración que resulta demasiado débil para las cancillerías de los países democráticos.

En todo caso, una declaración que habla del asunto.

En España los medios de comunicación no difunden el discurso del papa. No ese fragmento.

Y, por supuesto, los obispos lo olvidan. Aunque ellos conocen al dedillo lo que su jefe ha dicho. No hay ignorancia, hay silencio cómplice de la Iglesia española y del gobierno de Franco.

Lo saben ya de forma indiscutible los dirigentes aliados que combaten a los nazis en todos los frentes. Desde la declaración solemne del Parlamento británico el 17 de diciembre, a la que se unió el gobierno norteamericano y el Comité Nacional Francés Libre de Charles de Gaulle, por la que se anunció que los judíos estaban siendo exterminados y que los responsables de esos crímenes serían castigados, nadie puede alegar ignorancia. La prensa española no se hace eco de nada de eso. Los dirigentes políticos españoles, tampoco. La Iglesia española, tampoco.

No hay constancia de que el duque de Alba, que en su condición de embajador es un eficiente transmisor de las informaciones relevantes que se producen en Inglaterra, le haya dedicado al asunto algún tiempo.

A Hitler y a Goebbels, su responsable de Propaganda, les preocupa que se hable en todo el mundo de las matanzas de judíos. La reacción es acentuar la propaganda propia denunciando el papel de los hebreos en la guerra. Los judíos son el nexo oculto entre el capitalismo y el bolchevismo.

 Y se habla, sin el menor intento de ocultar nada, de la necesidad de eliminarlos, de exterminar la raza maldita. Lo hace Hitler el 7 de febrero en Rastenburg, y lo hace Goebbels el día 18 del mismo mes en el Sportpalast. Por supuesto, no conviene que se conozcan los detalles de la matanza, pero sí que el pueblo alemán sea consciente de que esa tarea es primordial.  (…)

En cambio, sí tienen los medios para controlar la información que tienen que dar la prensa y la radio el vicesecretario Gabriel Arias Salgado y el nuevo jefe de la Falange Exterior, el veterano de la División 250 Fernando María Castiella.

Castiella es, junto con José María de Areilza, el teórico de la empresa imperial pendiente para España. Y es uno de los mejor informados sobre las atrocidades que el régimen hitleriano está cometiendo. Él ha visto con sus propios ojos las comitivas de judíos camino de la muerte, como tantos otros divisionarios. 

Y está al corriente de las informaciones que llegan de los representantes españoles en el exterior. Castiella tendrá el cinismo, cuando sea ministro de Asuntos Exteriores de Franco, de participar con un alto grado de responsabilidad en la gran maniobra franquista para confundir a la opinión pública internacional y apuntarse el tanto de los esfuerzos para salvar judíos:

La protección española a los judíos perseguidos no sólo goza de las simpatías universales sino que ha sido apoyada por las grandes potencias. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Estado español, aun reconociendo que prestó eficaz ayuda a los sefardíes, pecó en algún caso de excesiva prudencia y es evidente que una acción más rápida y más decidida hubiera salvado más vidas.

 El diagnóstico a posteriori es certero. El gobierno español deja pasar con cuentagotas a los refugiados que menudean ahora, tras la ocupación total de Francia por las tropas alemanas. 

A casi todos los que consiguen pasar, se les envía, tras un minucioso examen de su documentación, al campo de concentración de Miranda de Ebro, donde se llegan a hacinar más de tres mil detenidos preventivos a la espera de que organizaciones internacionales se hagan cargo de ellos.

Castiella mentirá sobre los sefardíes españoles, porque no a todos se les da protección, ni es el gobierno el que toma en sus manos la defensa de sus vidas. Son diplomáticos españoles quienes lo hacen bajo su responsabilidad y asumiendo riesgos. 

Las vacilaciones que se producen harán que cientos de sefardíes acaben el campo de concentración de Bergen-Belsen porque los nazis no recibirán una respuesta clara sobre qué hacer con ellos.”

(Jorge M. Reverte: La División Azul. Rusia, 1941-1944. RBA, 2011. Págs. 500/503)