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5/5/17

La fabricación del arma secreta de Hitler, un infierno para los deportados

"En los túneles de Dora, en la antigua RDA, casi 9.000 miembros de la resistencia francesa vivieron un calvario fabricando un arma secreta de Hitler, el cohete V2.
Un "infierno" que los historiadores quieren plasmar en una enciclopedia para que no caiga en el olvido.

Antes de 2020, el Centro de Historia y de Memoria de la Coupole, en el norte de Francia, contará la vida de estos combatientes, de los que 4.500 murieron en la fábrica de 'Mittelbau-Dora'. Es un índice de mortalidad bastante superior al de otros campos de concentración.
El objetivo de los nazis era disparar el V2 desde un inmenso búnker con dirección a Londres, ciudad a la que se supone debía llegar en cinco minutos.

Los bombardeos contra el búnker, el desembarco de los Aliados en 1944 en Normandía y la falta de tiempo para terminar las obras lo impidieron.
Los mandos alemanes de entonces renunciaron a construir plataformas de lanzamiento fortificadas y optaron por usar batallones de disparo móviles. Más de 3.000 V2 fueron lanzados hasta el final de la guerra, de los cuales la mitad contra el Reino Unido.

"Pero ¿cómo se puede querer destruir un país?", se pregunta Georges Jouanin. A sus 94 años, su memoria sigue intacta: "En Dora, viví un infierno. Dormíamos en armazones de cama infestados de piojos y trabajábamos 18 horas diarias para perforar la roca. Veíamos morir a nuestros compañeros. Trabajos forzados..."

A Jouanin lo deportaron a Buchenwald en diciembre de 1943, tras ser detenido por la Gestapo en París. Dos meses después lo trasladaron al Kommando de Dora.
Allí, en dos túneles de 2 km de largo, los nazis emprendieron a marchas forzadas la creación de una fábrica subterránea, oculta para la aviación aliada. Tomaba el relevo de la de Peenemünde, en el mar Báltico, que había sido bombardeada.

Una tortura

Más de un tercio de los 60.000 internados -en su mayoría rusos- murieron por las condiciones de trabajo, relata Laurent Thiery, un historiador encargado, junto con una veintena de colegas, de "poner cara" a estos desaparecidos.

Cada uno tendrá su reseña biográfica, con su trayectoria profesional, familiar, política, militante y sobre las condiciones de su deportación y de su muerte. Se hará gracias a información facilitada por familiares y por asociaciones.

La familia de Jean Gineston ha contribuido al proyecto. Este cristiano resistente es un superviviente de Dora-Ellrich y del campo de concentración de Bergen-Belsen. Cuando fue repatriado en 1945 pesaba 38 kilos.
Tras su muerte en 2009, su hija Marie-Christine encontró documentación en su oficina y, junto con su hermana, decidió entregársela a La Coupole.

La obra no se limitará a ser un diccionario, sino que incluirá documentos de expertos sobre varias temáticas de investigación.

En el monumento conmemorativo de Dora, este trabajo de búsqueda suscita "un interés tremendo", explica su responsable Regina Heubaum, porque será "una fuente excepcional, sobre todo para las familias de franceses que, 72 años después, vienen aquí regularmente en busca de información sobre sus parientes".                (Renaud Lavergne , AFP )

8/6/15

El primero en liberar el campo de concentración es un soldado ruso de 20 años... éramos unos esqueletos, corriendo hacia él. Nos miró y se le cayó la ametralladora al suelo. De rodillas, rompió a llorar. Y nosotros, también...

"Este año se cumple el 70 Aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, y todavía hay quien puede poner palabras a la barbarie. Pedro Martín (París, Francia, 1925) nació de una pareja de españoles emigrados al país galo a principios de los años ’20. Hoy, nueve décadas después, es el último superviviente español del campo de concentración de Sachsenhausen (Berlín, Alemania).

(...) Una noche de marzo de 1943. Son las 23:00 horas, y en un puente de París hay 19 camiones listos para marchar hacia Italia: “Pedro, tenemos que saber qué llevan”. La operación se desarrollará sin contratiempos, y una vez cumplido el objetivo, Pedro vuelve a casa. Pero hay problemas: “Robert, un vecino que informaba a los nazis por dinero, les contó todo lo que presuponía sobre mí. La Gestapo de París me llevó a un lugar que nunca reconocí”.

 “En el interrogatorio me torturaron y me partieron la cara a la altura del pómulo. A cada pregunta contestaba No sé, no lo conozco. Tenía que resistir porque dar un solo nombre significaba dar el de todos. Por ello, me pegaron y torturaron durante 5 días en un zulo a las afueras de París. Después, me metieron en un cuarto con otras 20 personas”. Tras un mes y medio, a le avisan de que tomará rumbo hacia Alemania. Es el 28 de abril de 1943.

“Fuimos 1000 personas por convoy. En mi vagón sólo había compañeros de la Resistencia. Muchos intentaban salir del tren por la noche, pero los guardianes siempre les pillaban. Muchos de ellos no volvimos a verlos”, confiesa. “No teníamos ni agua, ni nada. Nos dieron sólo una bola de pan a cada uno, con un salchichón tan salado que no se podía comer. Además, si lo comíamos nos moríamos de sed. Y aun así, tuvimos que comerlo, aunque fuera poco a poco”.

Determinados relatos producen escalofríos: “Los viajes eran muy largos e interminables. Se paraban muchas veces. Recuerdo cuando cruzamos la frontera y la llegada a Apolda (Alemania)”. Será el viaje más largo de su vida: “En total, duró 2 días y medio”. La última parada, está a 30 km de Berlín. Es Sachsenhausen. El campo de concentración. 

 “Al bajar del tren, lo primero que vi fueron nuestros zapatos, que nos quitaron a la altura de Apolda. ¡Y los primeros que vi fueron los míos!”, comenta Pedro sonriente. “Fui afortunado, pero teníamos que ir deprisa. Teníamos detrás los perros de las SS”.

Martín permanecerá el campo de concentración entre 1943 y 1945: “Aquellos 2 años fueron de palizas, palizas y palizas. Había miradores, en los que uno o dos militares vigilaban, con ametralladoras, todo lo que ocurría desde las vallas electrificadas hacia adentro. Era como una ciudad, 9.000 personas trabajaban en una auténtica fábrica. Pero los obreros, en este caso, éramos esclavos”. La asquerosidad culmina en el mensaje de la entrada, Arbeit Macht Frei: “El trabajo os hará libres”.

 Hay diferentes símbolos que acoplar a la ropa, según el motivo de reclusión: “El triángulo verde era para los criminales comunes, el rosa para los homosexuales y el amarillo para los judíos, aunque éstos últimos iban más bien a Auschwitz. El mío era el triángulo rojo, el de los presos políticos”, relata 70 años después. “Había más de 30 nacionalidades, pero los alemanes y los polacos, que llegaron antes, controlaban el campo para tener un trozo de pan más grande”.

“Trabajábamos 12 horas de día o de noche durante 15 días. Había 200 personas por estructura y en la nuestra construíamos aparatos para bombarderos. Quien no moría por los gases moría por los trabajos forzados y por una alimentación casi inexistente. Muchos murieron porque sólo nos daban un cacho de pan y un litro de agua al día”.

Narrar el dolor

Narrar el dolor, no es fácil: “Antes de acostarnos, nos daban el cacho de pan o media docena de patatas para comérnoslas crudas. Una noche, un compañero francés, a la izquierda, se guardó 6 patatas para coger otras tantas. Y le pillaron”, explica Pedro preanunciando, con su tono, lo peor. “Nos obligaron a salir y lo dejamos solo con el castigador del campo, con una madera entre las manos. Lo mató a palos”. Necesita parar el relato…“A palos”. El dolor se convierte en insensibilidad, para sobrevivir: “Si mataban a un compañero, lloraba muchísimo. Con el tiempo, perdí la capacidad de llorar”.

 “Recuerdo un muy buen amigo, Mario Zampetti, un chico italiano de 25 años. Un día, que nevaba, nos reunimos en la plaza del campo, como siempre, para contabilizarnos”. Al final del recuento, Mario se quedó de pie, quieto: “Se acabó, no puedo más”, dijo. “Decidió no moverse nunca más”, cuenta Pedro. “Vino la SS y le disparó. Cayó delante de mí”. Marsch! “Y nos fuimos a trabajar”, lamenta. “¿En qué pensábamos? Sin duda, en que Mario ya estaba muerto. Y nosotros, vivos. Y que teníamos que vivir”.

“En Sachsenhausen vi lo peor y lo mejor del ser humano. De lo mejor recuerdo la enorme solidaridad que muchos demostraron. José Calabaza era un chico catalán que trabajaba en la cocina, al que nunca le pedí favores y me respetaba mucho. Yo llevaba meses vomitando sangre y estaba perdiendo fuerzas. Un día me dio un trozo de pan con mantequilla, que dividí con otro compañero. Me dijo que me lo comiera, porque al día siguiente el campo sería liberado. Come esto, que te podrá salvar, me dijo. Tenía la certeza de que me hubiera muerto de hambre. Fue él quien me salvó la vida”.

Las SS se están marchando: “Era domingo. Nos quedamos allí, sabíamos que el final de la guerra estaba cerca”. La puerta grande de hierro se está abriendo. El primero en entrar es un joven de 20 años con una ametralladora en mano: “Vimos que era ruso, saltamos todos por la ventana, aunque yo tomé la puerta. Éramos unos esqueletos, corriendo hacia él. Al tenernos delante, nos miró y se le cayó la ametralladora al suelo. De rodillas, rompió a llorar. Y nosotros, también”.              (Público, 07/06/2015)

24/3/15

La tecnología de IBM fue la que sirvió a Hitler para organizar, distribuir, explotar y eliminar a millones de judíos y prisioneros de guerra

 El sello "Hollerith" indica que los datos de este prisionero español han sido procesados por IBM

"Si hubo un grupo de cómplices del nazismo que se fue “de rositas” tras el final de la II Guerra Mundial, ese fue el de los empresarios. Hombres de negocios alemanes, austriacos, franceses y también estadounidenses que se enriquecieron bajo el capitalismo fascista que impuso el III Reich.

 Nombres tan conocidos como Bayer, Ford, Standard Oil o Siemens colaboraron activamente con Hitler y no dudaron en utilizar como trabajadores esclavos a los prisioneros judíos, soviéticos o españoles de los campos de concentración. (...)

Hitler y el resto de su camarilla eran grandes "hombres de negocios". En sus mentes pesaban más el dinero y las cuestiones económicas que su deseo de exterminar a los judíos. Su modelo de capitalismo fascista, pese a estar basado en una fuerte intervención estatal, resultó muy atractivo para los empresarios alemanes y también para importantes magnates extranjeros, principalmente estadounidenses.

Las SS crearon sus propias empresas para beneficiarse del trabajo esclavo de los millones de prisioneros capturados por el ejército alemán. La DEST y la DAW fueron las dos más destacadas. El objetivo de Himmler era que, gracias a estas compañías, las SS pudieran jugar un papel predominante en la economía alemana, incluso en el escenario de paz que se abriría tras la guerra. 

Las empresas de armamento, automoción, productos farmacéuticos y tecnología no podían contar con los jóvenes alemanes para trabajar en sus fábricas porque estos se encontraban en los frentes de batalla. Los prisioneros de los campos y los trabajadores forzosos se convirtieron en la mejor opción y también en la más barata. El negocio de los campos era redondo.

 La DEST suministraba los trabajadores, las SS ofrecían la seguridad y las empresas aportaban el resto. En el reparto de papeles todos ganaban. Todos menos los deportados, que morirían a millares en las canteras y las fábricas controladas por el emporio de las SS y por las empresas privadas alemanas y norteamericanas.

La lista de firmas alemanas que colaboraron y se beneficiaron de las políticas bélicas y genocidas del régimen nazi es interminable. Desde gigantes de la automoción hasta pequeñas empresas familiares e incluso particulares que utilizaron prisioneros de los campos de concentración para cultivar sus tierras o trabajar en sus granjas. Estas son algunas de las más destacadas:

IG Farben Este consorcio fue el que mejor exprimió todas las opciones de negocio que facilitaba el régimen nazi. Fabricó combustible y un tipo de caucho sintético llamado "Buna" para el ejército alemán, suministró los productos químicos para la exterminación masiva de "enemigos" del Reich y se aprovechó del trabajo esclavo de miles de prisioneros de los campos. Tres empresas químicas y farmacéuticas constituían el corazón de IG Farben: Bayer, Basf y Hoechst.

Audi empleó en su cadena de producción a 20.000 trabajadores forzados.

Daimler utilizó a gran escala trabajadores forzados para la fabricación de automóviles.

Bosch empleó a unos 20.0000 trabajadores forzados.

Volkswagen colocó en gran parte de su producción a trabajadores forzados.

Krupp (actualmente  Thyssenkrupp). Krupp tuvo la consideración de empresa modelo del nacionalsocialismo y empleó a más de 75.000 trabajadores forzados.

Deutsche Bank. El historiador Harold James analizó el periodo nazi en 1995. James tildó la actitud del banco en aquella época como "complaciente".

Lufthansa autorizó al historiador Lutz Budraß la realización de un estudio sobre su participación en la creación de la Luftwaffe. Los datos oficiales del estudio no se han publicado todavía. La pregunta permanece en el aire.

Bertelsmann encargó al historiador Saul Friedländer un estudio que fue presentado en 2002. El gigante de los medios de comunicación se aprovechó del régimen nazi de forma masiva.

Quandt (propietaria de  BMW). Según la investigación llevada a cabo por el historiador Joachim Scholtyseck, Günther Quandt se enriqueció en el periodo comprendido entre 1933 y 1945. La empresa del magnate utilizó a 50.000 trabajadores esclavos.

Oetker abrió sus archivos en 2007 tras la muerte del patriarca, Rudolf August Oetker. El historiador Deren Erkenntnisse reveló que Rudolf A. había pertenecido a las Waffen-SS y colaborado activamente con el régimen nazi.

Adidas y  Siemens han permitido que se investiguen sus archivos. Se sabe que, ambas empresas, emplearon a miles de trabajadores esclavos.
Cómplices en Detroit y Nueva York

Historiadores y economistas coinciden en que a Hitler le habría resultado imposible lanzarse a la conquista de Europa sin el apoyo de cuatro grandes multinacionales estadounidenses: Standard Oil, General Motors, Ford e IBM.

General Motors. Fabricó miles de camiones militares en sus factorías de Alemania. Su modelo bautizado con el nombre de Blitz, Relámpago, sirvió a Hitler para entrar con sus tropas en Austria. 

La admiración del Führer por la tecnología de Opel y su agradecimiento por contar con su colaboración le llevó a conceder la Gran Cruz de la Orden del Águila Alemana a su director ejecutivo, James Mooney. GM utilizó a prisioneros de los campos como trabajadores esclavos.

Ford. El fundador de la compañía, Henry Ford, era ya conocido a finales de los años 20 por su profundo antisemitismo. Hitler admiraba profundamente a Ford, del que llegó a decir que era su inspiración. 

Ese amor era mutuo y permitió que la empresa automovilística estadounidense se convirtiera en el segundo productor de camiones para el ejército alemán, superado únicamente por Opel-General Motors. 

Henry Ford también fue distinguido por Hitler con la Gran Cruz de la Orden del Águila Alemana en 1938. Tras la invasión de Francia, la empresa estadounidense continuó trabajando para el Reich y se negó a fabricar motores para los aviones de la Royal Air Force británica. Al igual que GM se aprovechó del trabajo esclavo de miles de deportados.

Standard Oil Le proporcionó a Hitler el combustible y el caucho necesario para emprender la invasión de Europa. El Gobierno nazi, consciente de que las importaciones de petróleo se reducirían con el estallido de la guerra, decidió fabricar combustible sintético. 

El complejo proceso de elaboración no habría sido posible sin la alianza entre el consorcio alemán IG Farben y la Standard Oil norteamericana. Los buques cisterna de la Standard suministraron combustible a barcos alemanes en Tenerife y otros puertos de la España franquista.

19/12/13

Setenta mujeres demacradas eran enganchadas al primer vagón, con 2 toneladas de piedra, para que hicieran de locomotora



“Todos los campos contaban con canteras, pero las de Plaszow eran algo especial: aquí, las mujeres empujaban caravanas llenas de piedras hasta el Distrito Nuevo, don-de nace la avenida de las SS. Irónicamente, los alemanes se referían a estos transportes como ferrocarriles de tracción humana.

 Consistían en tres vagones unidos, cada uno de los cuales contenía dos toneladas de piedra. Setenta mujeres demacradas, ordenadas en dos filas, eran enganchadas al primero para que hicieran de locomotora.

 Iban vestidas con harapos o sacos y estaban muy mal alimentadas. Durante el turno de doce horas tenían que satisfacer una cuota de quince trayectos, de noche y de día, nevase, lloviese o helase.

Realizaba la tarea de desgajar la piedra el destacamento de castigo, cuyos miembros tenían la espalda marcada con un círculo rojo. Era el trabajo más arduo. El encargado de la cantera era un alemán de pura raza aria con un triángulo verde en el pecho que lo identificaba como criminal profesional, algo de lo que estaba orgulloso. 

Su mayor placer era el asesinato. Cuando no había otras víctimas a mano, elegía judíos. Se jactaba de ser un miembro destacado de la banda de Dillinger en Estados Unidos, lo que le había costado una condena a cadena perpetua. 

Le encantaba derribar a una víctima, apoyarle una vara en la garganta y presionar los extremos con los pies hasta estrangularla. Otro de sus «juegos» era ordenar que alguien del destacamento corriera en círculos con una piedra pesada a la espalda, mientras él permanecía en el centro propinándole latigazos como si fuera un animal en el circo.

 Así proseguía hasta que la víctima caía y era aplastada hasta la muerte por la roca. Como encargado, este criminal perfeccionó sus propios métodos de matar e insistía en aplicarlos personalmente.”  

(Joseph Bau: El pintor de Cracovia. Ediciones B. S. A. 2008, pág. 159/160)

12/12/13

Durante el día, el hombre usaba el cubo para fregar el suelo con un poderoso desinfectante; por la noche, lo usaba para repartir café a precio de saldo

“Un espíritu emprendedor estaba vendiendo café que sacaba de un cubo, y no de la olla del desayuno habitual. El rótulo del cubo, DESTACAMENTO SANITARIO, me dijo lo que quería saber. Durante el día, el hombre usaba el cubo para fregar el suelo con un poderoso desinfectante; por la noche, lo usaba para repartir café a precio de saldo.

 Más tarde, el mismo hombre y el mismo cubo contaban con unos clientes fijos que usaban el utensilio como váter portátil cuando no eran capaces de ir a la letrina. Por este servicio el hombre cobraba una pequeña tarifa. Quién sabe si el bribón se molestaba en lavar el cubo. 

Una mañana no tuve fuerzas para levantarme de la litera, ni siquiera para satisfacer la necesidad vital de incorporarme a la fila del café. Tenía la garganta hinchada y mi cabeza se negaba a abandonar la almohada. Esto me convirtió en no apto para el trabajo y el viejo del barracón me consiguió un permiso médico para descansar durante dos días.

Sin embargo, después de la asamblea de la mañana me pareció haber oído mi nombre. Confirmé este hecho cuando noté que alguien me tiraba de las piernas y vi a un agente de las SS gritarme:
—Levántate inmediatamente. Has cometido un error en la copia y debes corregirlo antes de que el comandan-te se entere; va de camino a la oficina.
Conocía las consecuencias de ser descubierto en un error. Con los nervios se me olvidó que estaba enfermo y salté de la cama completamente curado. Tuve que correr medio kilómetro hasta la oficina. Me palpaba la cabeza y la garganta para ver si me dolían. Por lo visto mi enfermedad era sólo mental. Afortunadamente, el error era leve y lo corregí con facilidad.
Cuando me puse a realizar mi trabajo habitual, de pronto recordé el permiso de dos días de descanso. Mis compañeros de trabajo me animaron a aprovecharme de aquella valiosa prima y quisieron saber cómo me las había arreglado para engañar al médico.

Parecía una oportunidad demasiado buena para perderla. Pero no iba a ser así, pues tan pronto como me tumbé en la litera volvieron los síntomas y estuve postrado en cama exactamente dos días. “

(Joseph Bau: El pintor de Cracovia. Ediciones B. S. A. 2008, pág. 167/8)

6/12/13

Los policías judíos iban de uniforme, con gorra de visera y bandas amarillas. Constantemente proferían maldiciones y su arma era el látigo



“Primero entraremos en la comisaría de la OD, la policía judía, ubicada dentro del complejo femenino. El comisario era Chilowicz, y su lugarteniente, Finkelstein. Ambos fueron asesinados junto a sus familias unos meses antes de la destrucción del campo. Los policías judíos iban de uniforme, con gorra de visera y bandas amarillas. 

Constantemente proferían maldiciones y su arma era el látigo, que nunca soltaban. Con ayuda de ese látigo imponían obediencia. Su tarea consistía en conducir a su propia gente a las selecciones y las «acciones». Ayudaban a los agentes de las SS a reunir a los prisioneros y a vigilarlos. 

A cambio tenían el privilegio de dormir con su esposa en una celda especial que se cerraba por dentro, ración doble de sopa más consistente y una barra de pan con mermelada. 

Una vez, cuando estaba entregando un mapa del campo a Chilowicz, sus hombres trajeron a un prisionero vestido con ropa de calle: camisa blanca, corbata y un par de zapatos con cordones. Al parecer había intentado escaparse. Chilowicz le golpeó, le pateó el estómago y gritó: “Mirad bien a este loco.” 

Estudié de soslayo a la victima desamparada y me pareció perfectamente normal. Miré la ropa rayada que el resto de nosotros llevábamos y me pregunté quiénes eran los locos.”    

(Joseph Bau: El pintor de Cracovia. Ediciones B. S. A. 2008, pág. 171/3)

5/12/13

Greenberg sabía que el jefe no podía permitirse matarlo, así que normalmente cargaba con los errores de los demás


“El cuartel general también albergaba la oficina de construcción. Allí, ingenieros judíos tenían que llevar a cabo tareas a veces absurdas a una velocidad de locos.

 No importaba lo imposible que fuera la misión; se las arreglaban para realizar los proyectos que ningún ingeniero entrenado y en su sano juicio hubiese abordado. Trabajaban sin descanso a fin de cumplir las cuotas asignadas, que aumentaban incesantemente.

Un ingeniero llamado Greenberg estaba encargado de la puesta en práctica de los planes del comandante. Cualquier retraso o error significaba un castigo severísimo. 

Greenberg sabía que el jefe no podía permitirse matarlo, así que normalmente cargaba con los errores de los demás, que de otra forma hubieran terminado con un balazo en la cabeza. En silencio, aguantaba golpes capaces de tumbar a un campeón de boxeo. 

Tras los malos tratos, Greenberg dejaba de parecer un ser humano, aunque se le obligaba a seguir trabajando sin cuidados médicos, ni siquiera primeros auxilios. 

Coloco una llama eterna sobre la casa del comandante, bajo un letrero que dice: EN SAGRADO RECUERDO DE SIGMUND GREENBERG, QUIEN SE SACRIFICÓ PARA SALVAR A OTROS. LOS PRISIONEROS DE PLASZOW LE MANIFIESTAN SU AGRADECIMIENTO.

(Joseph Bau: El pintor de Cracovia. Ediciones B. S. A. 2008, pág. 155)

4/7/13

Rebecca Bau fue enviada a Auschwitz, donde la escogieron tres veces para la cámara de gas, y otras tantas veces se salvó de una muerte cierta



“Fue Rebecca Bau quien consiguió un puesto para su marido en la lista de Schindier. Cuando Amon Goeth supo que Rebecca sabía hacer la manicura, la llamó para que se la hiciera.

 Le puso una pistola en el codo y le dijo que si le pinchaba o arañaba, le dispararía allí mismo. Aunque Rebecca tenía miedo y algunas veces se escondía, se convirtió en manicurista. Gracias a este trabajo conoció a los miembros del gabinete de Goeth, entre ellos el secretario judío de éste, Mietek Pemper. 

Un día, Rebecca vio que un guardia nazi estaba a punto de disparar a la madre de Pemper. Intervino advirtiendo al guardia de que si Goeth se enteraba de a quién había matado, lo ejecutaría. La madre de Pemper se lo contó a su hijo, y cuando la lista de los judíos que Oskar Schindler podía llevarse a su fábrica de Checoslovaquia estaba siendo confeccionada, Rebecca fue a ver a Pemper y le recordó el favor que le debía. 

Cuando iba a poner el nombre de ella en la lista, Rebecca lo sustituyó por el de su marido. Muchos años después, cuando la película La lista de Schindier fue estrenada, le dijo a un periodista que ella tenía fe en su propia supervivencia, pero que temía por su mando: «Para mí, mi marido era más importante, y yo no tenía miedo.» Así fue como Joseph Bau se enteró de cómo se libró del calvario del campo de concentración de Gróss-Rosen.

Rebecca Bau fue enviada a Auschwitz, donde la escogieron tres veces para la cámara de gas, y otras tantas veces se salvó de una muerte cierta, la última gracias a su elocuencia. 

Durante una selección, Josef Mengele interpretó una mancha roja en su pecho como un síntoma de enfermedad y la escogió para la fila de los que tenían que ser gaseados. Rebecca se dirigió hacia la fila, pero se dio la vuelta y regresó al grupo de mujeres desnudas pendientes de examen. 

Tres veces se presentó y tres veces fue seleccionada para morir. La última vez, Mengele la reconoció y se puso furioso, pero Rebecca no se achantó. Le dijo que no estaba enferma y que el grano le había salido porque estaba menstruando. 

Dubitativo, ya que según él en los campos las mujeres dejaban de menstruar, Mengele ordenó que una polaca le hiciera una prueba pasándole un trapo. Cuando la mujer verificó la versión de Rebecca, el «Ángel de la Muerte» tuvo que rectificar y dejar que se uniera a la fila de los vivos.”

(Joseph Bau: El pintor de Cracovia. Ediciones B. S. A. 2008, pág. 200/1)