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11/10/13

El padre de la candidata conservadora en Chile no será procesado por la muerte del padre de Michelle Bachelet

 La entonces presidenta Bachelet se reencuentra con Fernando Matthei en 2009

"Más que una broma del destino. La expresidenta Michelle Bachelet, socialista, y Evelyn Matthei, de derecha, son las dos candidatas presidenciales más competitivas que se enfrentarán en las elecciones de noviembre.

 Por primera vez en Chile dos mujeres aspiran a llegar a La Moneda y comparten un origen común: sus padres fueron generales de la Fuerza Aérea, muy amigos, y siendo pequeñas ambas jugaban juntas en una base militar del norte del país. Los hombres, sin embargo, se levantaron en veredas opuestas: Bachelet en el Gobierno de Allende y, más tarde, Matthei en el de Pinochet, como miembro de la Junta Militar.

 Solo uno sobrevivió a la convulsión política que se generó en el país sudamericano después del golpe de Estado de 1973: Bachelet murió en marzo de 1974 después de ser detenido, torturado y juzgado por sus compañeros de armas por permanecer leal a Allende.

 Que las hijas de ambos se enfrenten para llegar a la presidencia, justamente cuando se conmemoran los 40 años del quiebre democrático, refleja la última parte de la historia de Chile. En agosto de 2012, la viuda de Bachelet, Angela Jeria, señaló: “Siempre el general Matthei ha sido amigo nuestro, lo estimo mucho y yo tengo la certeza de que él no estuvo en la Academia de Guerra en el tiempo en que mi marido estuvo ahí”.

Esas palabras las dijo en el marco de la querella por el homicidio de Bachelet que la Agrupación de Ejecutados Políticos presentó el año anterior. Jeria y su hija Michelle Bachelet, expresidenta (2006-2010), se hicieron parte, pero no han querido pedir el procesamiento de Matthei, como hizo la agrupación. Luego de que Jeria enfrentó a la prensa, Matthei se lo agradeció con flores. Ella sigue considerando a Matthei un amigo de su esposo. (...)

En la base aérea hay una escuela pública donde la menor de los Bachelet coincide con Evelyn. Sus casas están una frente a la otra. En esa calle, las niñas corren y andan en bicicleta. La amistad entre sus padres crece, pese a sus distintas personalidades. Bachelet es más extrovertido que el retraído Matthei. Pero comparten intereses: los dos son amantes del deporte, la literatura y la música clásica. Las familias no volvieron a coincidir en villas militares. (...)

Pero quienes conocen ese mundo dicen que de ese ambiente es difícil abstraerse. “Ellas nacieron en el mundo militar, hay una impronta que te marca”, cuenta Raúl Vergara, excapitán de la Fuerza Aérea de Chile (Fach) y que estuvo detenido en los inicios de la dictadura. La amistad siguió en Santiago en los sesenta. Cuando Matthei salía de Chile por periodos largos, le pedía a Bachelet que fuese su representante legal en asuntos financieros. Y viceversa. (...)

Michelle Bachelet hablaba del “tío Fernando”; Evelyn, del “tío Beto”. (...)

11 de septiembre de 1973. El coronel Matthei está con su familia en Londres. No es parte de los uniformados que planean un golpe de Estado. Alberto Bachelet, en Santiago, también está aislado de los conjurados. La mañana del golpe, se levanta temprano y se va al Ministerio de Defensa.

Lo detienen y así comienza una etapa de prisión que lo tendrá entre la Cárcel Pública, su casa y el centro de detención de la AGA hasta su muerte. Bachelet fue llevado a la AGA a primeros de marzo del 74. Para ese tiempo, el director formal de esa academia era el coronel Matthei. Ese es el episodio más complejo en la relación entre ambos.

Hace años, Matthei dijo que, como la Academia no funcionaba como centro educativo de la aviación, él casi no iba al lugar ni tenía el control. ¿Podía Matthei hacer algo por su amigo? En su libro testimonial, dijo: “Confieso que nunca lo fui a visitar ni al subterráneo de la academia ni a la cárcel, hecho del cual me avergüenzo. Tal vez en esa oportunidad primó la prudencia por sobre el coraje”.

 Alberto Bachelet murió el 12 de marzo de 1974 de un ataque cardiaco. El día anterior había sido interrogado y torturado en la AGA. Michelle y Angela reconocieron su cuerpo. Un año después, ambas se irían exiliadas tras ser detenidas en otro centro en manos de organismos represores, Villa Grimaldi. Fernando Matthei no fue al funeral, estaba en misión fuera del país. Su hija Evelyn dice que la muerte de Bachelet la impactó: “Fue un golpe muy fuerte”.

Poco después, Jeria visitó a Matthei. Su esposo le había pedido que llevara su defensa en el juicio “Aviación contra Bachelet y otros” a su amigo, para que supiera que él no había traicionado a la institución como lo acusaba la Fach después del golpe. “Ante mis ojos, haberlo acusado de traición a la institución es grotesco”, le dijo Matthei a Jeria. » Febrero de 1979. 
La viuda de Bachelet y su hija han logrado retornar a Chile tras cuatro años de exilio. El año anterior, Matthei había sido nombrado por Pinochet comandante en jefe de la Fach y miembro de la Junta Militar. Desde ese cargo, él actuó de garante para permitir el ingreso de las dos mujeres.(...)"                    (El País, 04/08/2013)


"El padre de la expresidenta Bachelet fue un general que se mantuvo leal al presidente Allende tras el golpe de Estado de Pinochet.

Murió como consecuencia de las torturas en prisión y se acusa a Fernando Matthei, padre de la candidata conservadora Evelyn Matthei, de haber estado involucrado en el crimen.

Michelle Bachelet y Evelyn Matthei se enfrentarán en las elecciones presidenciales de noviembre.

 Un caso judicial vinculado al golpe de Estado de Pinochet relaciona a las dos principales candidatas a las elecciones de noviembre en Chile, Michelle Bachelet y Evelyn Matthei. La Corte de Apelaciones de Santiago de Chile ha rechazado procesar al padre de la candidata presidencial de la gobernante Alianza, Evelyn Matthei, por su presunta implicación en la muerte del padre de la candidata presidencial de la opositora Nueva Mayoría, Michelle Bachelet, según informa Europa Press. (...)

Se trata de la tercera vez que la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos pide a la justicia chilena que procese al ex jefe de la Fuerza Aérea Chilena (FACH) Fernando Matthei por la muerte del general Alberto Bachelet.

Bachelet fue recluido en la Academia de Guerra, dirigida por Matthei, por seguir siendo leal al presidente Salvador Allende tras el golpe de Estado perpetrado el 11 de septiembre de 1973 por el general Augusto Pinochet contra el Gobierno del líder socialista.

Aunque durante muchos años la versión oficial sostuvo que Bachelet murió por un infarto natural, finalmente la justicia chilena ha determinado que se debió a las habituales torturas que sufrió durante su reclusión.

 A pesar de que las víctimas de la dictadura militar han insistido en responsabilizar a Matthei de la muerte de Bachelet, la familia de la ex presidenta chilena siempre ha creído que no estuvo implicado, o al menos directamente.

Bachelet y Matthei forjaron una estrecha amistad durante los años previos al Golpe de Estado, ya que ambos estuvieron destinados en la misma base militar, pero con el advenimiento del régimen castrense sus vidas tomaron caminos muy distintos.

Sus hijas crecieron juntas, pero al igual que sus padres sus sendas se separaron tras el golpe de Estado. Bachelet sufrió el acoso de las autoridades interinas, lo que la llevó a exiliarse, mientras que Matthei pasó a formar parte de los nuevos círculos de poder.

Ahora, Matthei y Bachelet se enfrentarán en las elecciones presidenciales previstas para el próximo 17 de noviembre en Chile. Matthei intentará renovar el mandato del centro-derecha y Bachelet pugnará por devolver a la izquierda a La Moneda."         (Infolibre, 02/10/2013)"

6/6/13

Le habían denunciado compañeros de instituto a raíz de una pelea



 Dibujos que presentó el fiscal como prueba contra Ernesto Sempere en el procedimiento sumarísimo de urgencia. Sempere los había hecho a los 15 años. Según el fiscal, "exaltaban la causa roja"

"Ernesto Sempere tenía 18 años cuando, en el concurrido banquillo de los acusados, que compartía aquel 20 de febrero de 1940 con otras 17 personas, escuchó su sentencia: 20 años y un día de cárcel por un delito de adhesión a la rebelión. Le habían denunciado compañeros de instituto a raíz de una pelea. 

Entre las pruebas que aportó el fiscal en aquel consejo de guerra figuraban varios dibujos, firmados años antes por el autor: "Ernesto Sempere, quinto curso". Tenía 15 años. La "Fiscalía del Ejército de Ocupación", según consta en el sumario del proceso sumarísimo, acusó a Sempere de "utilizar la caricatura para denostar nuestro Glorioso Movimiento y exaltar la causa roja".

Todas las personas con las que compartía banquillo, excepto una mujer, también muy joven, fueron condenadas a muerte. Se cumplió la voluntad del abogado militar que defendía a todos los presos y que se había limitado a declarar: "Aquí tienen a 18 rojos. Hay 16 que tienen las manos manchadas de sangre y merecen ser condenados a muerte, y dos jovencitos que tienen pequeñas salpicaduras".
 
Poco antes de morir, Sempere sintió la necesidad de hablar con sus delatores y les buscó. Dio con el teléfono de uno de ellos, lo marcó, se presentó y dijo: "Llamo para perdonarte". 

Al otro lado, el hijo del hombre al que quería perdonar respondió que aquello que le contaba era imposible porque su padre, ya fallecido, había sido un ferviente comunista. La familia Sempere decidió aquel día que no querían arruinar a un hijo el buen recuerdo que pudiera tener de su padre, y no les buscaron más.

Las personas que le denunciaron nunca comparecieron en el juicio. En sus declaraciones, hechas en oficinas de la Falange, acusan a Sempere de ser del Partido Comunista, "peligrosísimo para la Causa Nacional" y "extremadamente izquierdista"; de valerse de "la conversación, la propaganda escrita en periódicos locales, el dibujo y la radio" para combatir a los nacionales; de robar en una iglesia y pedir el fusilamiento de dos compañeros de instituto.

 Hay muchos "he oído decir" e incluso "sólo de rumores conozco los hechos" pero, con todos aquellos testimonios, el "Auditor de guerra del Ejército de Ocupación" construyó el perfil del culpable, del rebelde. Su informe sobre Sempere concluye: "De mala conceptuación religiosa".

Sempere se había presentado voluntario en el cuartel de la Guardia Civil después de que le amenazaran con tomar represalias contra su familia. En el cuartel declaró: que en su instituto había sido secretario de propaganda de la Federación Universitaria de Estudiantes -organismo que antes de la guerra defendía los valores de la República y que después se convirtió en un movimiento de disidentes intelectuales y comunistas-; que "nunca" había hablado por la radio; que "de ninguna manera" había robado en la iglesia porque entonces no estaba en el pueblo y porque era católico; que era "amigo íntimo" de uno de los chicos que decían que había pedido que fusilaran y que no conocía al otro.
 
 Su firma en la declaración no se corresponde con la que aparece en el carné del Partido Comunista que, con su nombre y sin foto, también sirvió de prueba para la acusación.

Sempere regresó tras el juicio a la prisión número 1 de Ciudad Real, donde compartía celda, entre otros, con su padre, presidente en la provincia del Partido Radical Socialista, transformado más tarde en Partido de Unión Republicana. Los separaron poco antes del juicio de su padre, condenado a muerte y finalmente fusilado la madrugada del 17 de julio de 1940 junto a las tapias del cementerio, a escasos metros de su hijo.

 "Sus últimos actos fueron los de escribir una extensa carta despidiéndose de toda la familia y los de confesar y comulgar perdonando a los que mataban", escribió Ernesto Sempere en sus memorias.

En septiembre de 1940 le trasladaron a la cárcel de Valdenoceda (Burgos), donde recientemente fueron exhumados los cuerpos de 156 republicanos que murieron de hambre y de frío en la prisión. Sempere volvió a librarse por su juventud. Sobrevivió porque tenía 18 años y porque por las noches "soñaba con pan". En diciembre de 1948 le concedieron la libertad condicional.

No volvió a participar en política; siguió tocando en una orquesta, como la que dirigía en prisión, y trabajó de contable en una pequeña constructora. Murió en 2005, de cáncer. Le dio tiempo a tener ocho hijos y ninguna hija, y a que le entraran ganas de perdonar a los que lo metieron en la cárcel con 18 años por unos dibujos que había hecho cuando tenía 15."         (El País, 13/05/2007)


"De las condiciones de vida de aquella prisión, dio cuenta en sus memorias uno de los pocos supervivientes, Ernesto Sempere, fallecido en 2005. 

"A los tormentos del hambre, el frío, las enfermedades engendradas por la desnutrición y el conocimiento de los fallecimientos que diariamente se producían, a más de un incierto porvenir, se unían las interminables noches sin dormir, asaltados por miles de chinches que bajaban de las viejas paredes de la vetusta fábrica de sedas o se descolgaban de los techos.

 Además, las legiones de ratas, algunas enormes, que circulaban con nocturnidad y descaro entre los camastros de los penados, mientras algunos las mataban a zapatos, transmitían enfermedades allí incurables (...) 

La vida en la cárcel era tremendamente dura. De comer nos ponían un caldo infame, manchado con una sola alubia que, además, siempre tenía un gorgojo en su interior. También nos daban, y esa era toda la comida, una sardinita de lata y un minísculo trozo de chocolate. Eso era todo. Recuerdo, como todos, el hambre que pasamos, hasta el punto de que mis mejores sueños estaban protagonizados por algo tan simple como una barra de pan".        (El País, 01/06/2013)

22/10/10

El odio en la guerra civil de los Balcanes

"Lo que más impresionó al entonces coronel Francisco Javier Zorzo, cuando llegó a Bosnia-Herzegovina en el otoño de 1992, fue la visión de cientos de esqueletos de edificios desmochados. Le explicaron cómo: se abría la espita del gas y se arrojaba una cerilla. Era la forma más barata de destruirlos. Sus dueños habían huido y los vecinos, en vez de ocupar las casas, preferían borrarlas del mapa. Para que nunca pudieran regresar. Para que no quedase huella de su paso por esa tierra.

Ni siquiera en la Guerra Civil española se alcanzó el nivel de odio genocida que encontró en los Balcanes el primer contingente español con bandera de Naciones Unidas. No era una guerra étnica -pues serbios, croatas y bosnios son todos eslavos- ni religiosa -ya que muchos musulmanes no pensaban que lo eran hasta que los mataron por serlo-; era un choque feroz de nacionalismos envenenados por las luchas de poder y el miedo. (...)

En la primavera de 1993, musulmanes y croatas, hasta entonces aliados, rompieron hostilidades y los soldados españoles se vieron de pronto en plena línea de fuego. Pasaron de escoltar convoyes con ayuda humanitaria a interponerse entre dos bandos impacientes por matarse.

El 25 de abril, el teniente coronel José Luis Monterde se topó en la carretera con 230 croatas que huían de una aldea recién tomada por los musulmanes. Intentaba convencerles de que le franqueasen el paso cuando se vio rodeado. Más de un centenar de milicianos con fusiles, ametralladoras y lanzagranadas frente a 35 cascos azules españoles. El jefe de los perseguidores encañonó a Monterde y le conminó a entregarle a los croatas en cinco minutos. "Son nuestros prisioneros.

Esto no va con vosotros", le dijo, mientras le apuntaba a la cabeza. Entre los que huían había soldados, pero también ancianos, mujeres y niños. Pasaron los cinco minutos. Y luego otros cinco. Y 10 más. Así hasta siete horas. Tiempo suficiente para que llegasen delegados de la ONU y se hicieran cargo de los civiles. La paciencia y la sangre fría se impusieron en una guerra de nervios." (El País, España, 18/10/2010, p. 12)

11/3/10

La prepresión franquista en Canarias

""Hubo una planificación del hecho represivo" en Canarias durante los años de la guerra civil y los que le siguieron. Ésta es una de las conclusiones de la intervención de Sergio Millares, profesor de Historia y director de la fundación Juan Negrín de Las Palmas (...)

Millares distinguió entre los factores estructurales de la represión y los coyunturales. Entre los primeros señaló el miedo del empresariado y los propietarios agrícolas a perder el amplio margen de beneficio económico que obtenían gracias al sistema de bajos salarios imperante, que fue cuestionado progresivamente a lo largo de la II República por un sector de trabajadores cada vez más organizado y reivindicativo a raíz de la crisis del 29. Sin embargo, estas reivindicaciones del proletariado agrícola en Canarias eran "reformistas, no revolucionarias", y se centraban en la reclamación de salario y trabajo.

Este miedo impulsa la represión explicada como la necesidad de "tomar medidas antes de que sea tarde" y explica la "amplia base social" que tuvo la represión franquista en Canarias, basada en una "alianza clara entre militares y oligarquía agraria". Esta alianza explica el alcance de las acciones represivas, porque los militares no habrían podido ejercer una represión tan profunda "sin el apoyo de las redes caciquiles".Entre los factores estructurales de la represión, Millares destacó el factor político subrayado por Mola: la necesidad de realizar intervenciones contundentes y el factor ideológico, promovido por la Iglesia, que se hace cómplice de la represión, favoreciéndola y participando en ella. Sólo excepcionalmente, la Iglesia intervino para "contener las aristas más duras" de la acción represiva.

El ritmo de las actuaciones represivas fue condicionado también por factores coyunturales, como el grado de resistencia al golpe o la evolución del frente de guerra. Así, en Gran Canaria, donde los casos están más estudiados, se evidencia que los pueblos donde la resistencia al golpe fue mayor fueron los más dañados. Igualmente, la resistencia de Madrid, la fuga de Villa Cisneros provocaron acciones determinadas, como los desaparecidos de La Palma o las desapariciones en Agaete, Arucas y Gáldar, respectivamente.

Para Millares es muy importante descifrar el proceso de "tránsito moral" en el que los falangistas, inicialmente personas idealistas, llegaron a convertirse en "asesinos en masa". "Hay que estudiar este tránsito en el que los falangistas se convirtieron en marionetas en manos de los militares". (En un rincón de la memoria, 08/07/2009)

18/1/10

Las guerras empiezan... con el odio...

"El caso es que no habiendo vivido guerra alguna, los de mi quinta no sabemos cómo empiezan....
Tenemos, en cambio, múltiples testimonios personales y directos de quienes vivieron la última Guerra Civil, la II Guerra Mundial, o la muy reciente de los Balcanes, que es la más próxima en arte y carácter a las nuestras. (...)

Así que guerras no han faltado y casi todos estos testimonios hablan de la inmensa sorpresa que supuso el comienzo de la carnicería y cómo mucha gente ni siquiera alcanzaba a creerlo. Fue también universal la creencia de que la guerra recién comenzada iba a ser breve, cosa de semanas. (...)

Así recuerdo yo el testimonio de mis padres y abuelos cuando hablaban sobre julio de 1936, un mes particularmente caluroso, decían, aunque es imposible saber si en verdad ese intenso calor no era sino una figura retrospectiva del sofoco y la histeria que acompañaron a la sublevación de Franco. El caso es que nadie lo esperaba. Pueden leerse miles de declaraciones atónitas de quienes vivieron aquella repentina catástrofe. Desde luego, casi todos presumieron que el conflicto iba a resolverse antes de fin de año. Y esto es algo muy sorprendente para nosotros que sabemos cuánta era la fragilidad del Gobierno republicano.

¿Cómo no sospecharon algunos ciudadanos bien informados lo que se les venía encima? Pero es que en 1936 nadie sabía cuál era la verdadera proporción de fuerzas, ya que una guerra es justamente eso, un albur, un golpe de dados a vida o muerte, un salto hacia nuestra animalidad más primitiva y arcaica, un furor sagrado que busca el entrechocar de los cuerpos. Nadie puede saber quién será el más resistente hasta que el más débil muerde el polvo.

No sucedió nada distinto cuando Alemania desató la guerra en 1914. Es admirable constatar en el muy documentado Agosto de 1914 de Alexandr Solzhenitsin la estupidez del alto mando del ejército zarista, la incompetencia de sus oficiales, la eufórica fe en la victoria de los pobres soldados. (...)

Su desarrollo es ya otra cosa, pero la declaración de guerra, el acto de provocarla, de saltar al vacío, parece siempre el fruto de un extravío de mandatarios y súbditos. Muy pocos ciudadanos quedan libres de esa embriaguez que parece emanar del olor a sangre humana, y menos aún quienes adivinan las proporciones del acto de enajenación, el abismo en el que van a hundirse quienes se creen vencedores. Es cierto que haytambién un trágico coro de mujeres aullando desgarrada y quizás resignadamente contra la guerra. Su presencia parece la compensación biológica del maléfico entusiasmo masculino, pero es un lamento atávico, el de las plañideras ancestrales que deploran la pérdida de lo único que es suyo, sus hijos y maridos, ya que toda otra posesión les estaba vedada.

La demencia del agresor, de aquel que cree ser el más fuerte (incluso cuando es el más fuerte), viene siempre teñida de alucinaciones nacionales, heroicidades añejas, patrias heridas de muerte, agravios remotos, como si el mundo entero hubiera conspirado contra esa nación que ahora va a demostrar su poderío con el fin de que quienes la despreciaron se arrepientan y no sólo le cobren admiración sino, añade Mann, se vean en la necesidad de respetarla y amarla. Una verdadera locura, pero siempre presente en el inicio de la guerra. (...)

La última guerra europea, la de los Balcanes, no tuvo otro comienzo: euforia y estupidez sazonadas con agravio nacional, la herida narcisista. Un testigo presencial que hubo de huir a pesar de tener protección diplomática y que no pudo evitar que unos soldados de frontera asesinaran ante sus ojos al amigo a quien trataba de salvar, me ha contado repetidas veces y siempre con nuevos datos espeluznantes (datos que imagino han ido aflorando poco a poco de aquel horror hundido en su memoria) cómo unos días antes del estallido de la guerra el grupo de la Universidad se reunía sin saber si uno era bosnio, croata el otro, montenegrino un tercero. Y si acaso se sabía, sólo se comentaba con aquella retranca de las peculiaridades regionales que hacían más simpático al recién llegado y más fácil de acoger.

A los pocos días, sin embargo (y para su estupefacción), cuando se reunían como era habitual en el bar de la Facultad de Belgrado y tras constatar mi amigo que faltaban dos o tres de la peña y preguntar por ellos, caía un silencio agobiante hasta que alguien justificaba crispadamente que los desaparecidos eran croatas o albaneses y que estarían escondidos de pura vergüenza o habrían regresado a sus madrigueras. En realidad estaban muertos, pero eso no sería público hasta al cabo de unos meses, cuando los delirantes cabecillas de la guerra se hartaran de beber sangre humana y cantaran borrachos los himnos de la supremacía nacional.

Cuenta mi amigo cómo algunos estudiantes que habían compartido pensión o incluso cuarto de alquiler, gente amable, jaranera, compañeros perfectos y entrañables de juergas y amoríos, se transformaron en cosa de días y se acusaban los unos a los otros de asesinos, psicópatas, o peor aún, de gente con una identidad racial, nacional o religiosa despreciable, inferior, anormal, impropia. Era como soñar una pesadilla ajena. Desde fuera se constataba el súbito ataque de locura, la furia que infectaba como la peste a todo el mundo con una velocidad demoníaca, pero desde dentro se había producido una inexplicable ceguera que impedía ver a otros humanos como humanos. (...)

El caso es que no creemos que exista tal cosa como la maldad, el odio que infecta a quienes se creen superiores o más fuertes, pero poco reconocidos. Esa herida diabólica sólo puede curarse mediante la destrucción de quien les agravia, siendo el agravio muchas veces la mera presencia física del otro. Tenemos un origen en Adán y Eva, pero otro en Caín y Abel." (FÉLIX DE AZÚA: Dificultades para empezar una guerra. El País, ed. Galicia, opinión, 16/01/2010, p. 27 )