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17/6/24

ONU: Israel se une aL ISIS, los talibanes y Sudán en la lista negra de la ONU de violaciones de niños... "Se informó de la muerte o mutilación de unos 19.887 niños palestinos"... la ONU verificó 3.029 violaciones israelíes contra niños en Gaza y más de 4.800 en Cisjordania ocupada, incluido Jerusalén Oriental. Alrededor de 5.698 de estas violaciones fueron cometidas por las fuerzas armadas y de seguridad israelíes

 "Las Naciones Unidas han añadido a Israel a su lista negra de naciones que cometen daños contra los niños. Se une así a Rusia, la República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Somalia, Sudán, Siria, Yemen y Myanmar. Entre los actores no estatales de esta categoría se encuentran elISIS, los talibanes y el Ejército de Resistencia del Señor. Hamás y la Yihad Islámica Palestina también se han añadido a esta categoría este año, especialmente por sus atentados contra niños israelíes el 7 de octubre de 2023.

En 26 conflictos en todo el mundo, las Naciones Unidas contabilizaron casi 33.000 violaciones graves contra más de 22.500 niños.

Israel y los Territorios Palestinos Ocupados fueron testigos de un alarmante aumento de las violaciones contra los niños. Tan mala como era la situación allí, era aún peor en Sudán.

Hamás y la Yihad Islámica Palestina fueron responsables de la muerte de 43 niños israelíes el 7 de octubre, por fuego real o con cohetes y otros medios. Grupos militantes palestinos también mataron o mutilaron a niños israelíes en Cisjordania ocupada, Jerusalén Oriental y el norte de Israel. Aún no se han verificado unos tres mil casos de presuntas lesiones a niños israelíes.

Según el informe, en 2023 la ONU verificó 3.029 violaciones israelíes contra niños en Gaza y más de 4.800 en Cisjordania ocupada, incluido Jerusalén Oriental. Alrededor de 5.698 de estas violaciones fueron cometidas por las fuerzas armadas y de seguridad israelíes.

 El año pasado, Israel detuvo a 906 niños palestinos, la mayoría en Cisjordania palestina y Jerusalén Oriental. Algunos seguían encarcelados sin cargos a finales de año. En algunos casos, los israelíes intentaron convertir a los menores en informadores.

Entre las frases más alarmantes del informe figura que "las Naciones Unidas recibieron informes sobre la detención de niños palestinos en la Franja de Gaza, agravada por múltiples formas de violencia sexual."

Señor mío.

Las Fuerzas de Seguridad israelíes mataron a miles de niños en la Franja de Gaza con armas explosivas: "Se informó de la muerte o mutilación de unos 19.887 niños palestinos y los informes están pendientes de verificación".

La ONU pudo verificar que otros 1.975 niños fueron mutilados, entre ellos 166 niñas, principalmente en la Cisjordania palestina y Jerusalén Oriental.

Según los informes, las fuerzas israelíes mutilaron a unos 10.787 niños en Gaza, pero el proceso de verificación está en curso.

Entre los daños sufridos por los niños se incluyen no sólo lesiones corporales, sino también ataques contra escuelas y hospitales que atienden a niños, así como contra profesores y médicos. Las fuerzas de seguridad israelíes perpetraron unos 340 ataques de este tipo, 45 contra escuelas y 326 contra hospitales. Unos 106 profesores, médicos u otro personal de escuelas y clínicas y hospitales pediátricos sufrieron daños a manos de tropas israelíes.

 El informe dice: "Un total de 3.227 solicitudes de permiso (1.895 para niños, 1.332 para niñas) a las autoridades israelíes para que los niños salieran de la Franja de Gaza por el paso fronterizo de Erez, o desde la Cisjordania ocupada, para acceder a tratamiento médico especializado fueron denegadas o no aprobadas a tiempo para llegar a las citas hospitalarias programadas". Esta cifra representaba aproximadamente el 18% de dichas solicitudes, por lo que casi una quinta parte fueron denegadas. Por supuesto, en el último trimestre de 2023, los niños de Gaza con afecciones médicas que necesitaban tratamiento externo simplemente quedaron atrapados, y muchos han muerto de cáncer o enfermedades renales, etc.

El informe añade que, en la guerra de Israel contra Gaza, "todas las infraestructuras, instalaciones y servicios críticos han sido atacados, incluidos los emplazamientos de refugios, las instalaciones de Naciones Unidas, escuelas, hospitales, instalaciones de agua y saneamiento, molinos de grano y panaderías".

Como consecuencia de la falta de electricidad y de estas instalaciones destruidas, "los niños corren peligro de hambruna, desnutrición grave y muerte evitable".

De hecho, la ONU acaba de informar de que a 8.000 niños palestinos de Gaza se les ha diagnosticado desnutrición.

El informe también es mordaz con los crímenes contra niños israelíes cometidos por las Brigadas Izz al-Din al-Qassam de Hamás y las Brigadas Al-Quds de la Yihad Islámica Palestina. Pero también perjudicaron a niños palestinos y el año pasado "organizaron 'campamentos de verano', incluso para niños, exponiéndolos a contenidos y actividades militares".

La ONU hizo un llamamiento a todas las partes para que liberen a los niños rehenes y respeten las leyes de la guerra evitando dañar a niños inocentes en la persecución de sus objetivos bélicos."                 (

1/12/22

Después de que los franquistas fueran incapaces de encontrar al padre, el sindicalista Isaac Cabo, se produjo el brutal asesinato de su mujer, Jerónima Blanco y Fernando Cabo, su hijo de tres años... Al pequeño Fernando lo asesinaron en un macabro juego de tiro al plato y a Jerónima la fusilaron estando embarazada de seis meses

 "El monumento 'Estela de los condenados II', del escultor Amancio González, rinde homenaje desde hoy a los republicanos asesinados en Ponferrada durante la Guerra Civil y la posterior represión franquista, cuyos cuerpos fueron arrojados sin identificación alguna a fosas comunes en la zona de Montearenas, a las afueras de la ciudad. El alcalde Olegario Ramón presidió un sencillo acto que contó con la presencia de familiares de las personas desaparecidas en este paraje, así como de representantes de la Corporación municipal y de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (Armh). (...)

La pieza de acero representa a una persona próxima a ser ajusticiada y se ubica en la glorieta que da acceso al cementerio de Montearenas. Esta nueva intervención artística sirve de continuación a la instalada hace ahora un año en el Patio de la Higuera del Museo del Bierzo, inmueble que en su día funcionó como centro de detención de prisioneros. Ambas esculturas rememoran el dramático periplo de quienes salieron de esa antigua cárcel para acabar sus días en una fosa común en la zona de Montearenas. (...)

Según la Plataforma de Víctimas de Desapariciones Forzadas por el Franquismo, cerca de 3.000 personas fueron represaliadas en la comarca durante la Guerra Civil y los años inmediatamente posteriores. Los últimos cálculos elevan por encima de las 1.120 las muertes violentas sucedidas en Ponferrada entre 1936 y 1951.

En los últimos meses, el Consistorio de la capital berciana ha intensificado sus esfuerzos para honrar la memoria de estas víctimas de la dictadura. (...)

El último de estos actos de memoria histórica tuvo lugar el pasado mes de agosto, cuando el Ayuntamiento descubrió una placa y un monolito en homenaje a Jerónima Blanco y Fernando Cabo, una joven madre embarazada y su hijo de tres años asesinados el 23 de agosto de 1936 por falangistas en un enclave próximo al barrio de Flores del Sil de la capital berciana. El homenaje tuvo lugar a la altura del número 340 de la avenida de Portugal, ante el lugar en el que, en el año 2008, se recuperaron parte de sus cuerpos.

El brutal asesinato de Jerónima y Fernando se produjo después de que los golpistas fueran incapaces de encontrar al padre, el sindicalista Isaac Cabo. Al pequeño Fernando lo asesinaron en un macabro juego de tiro al plato y a Jerónima la fusilaron estando embarazada de seis meses. Los cuerpos de ambos fueron abandonados y estuvieron tres días a la intemperie hasta que un hombre logró superar el miedo y los enterró.(...)"                 (leónNoticias, 05/11/22)

1/2/22

'Yalla', el corto que denuncia los asesinatos de niños con drones militares: "Una forma de matar con impunidad"... Cerca de un 20% de las víctimas de ataques teledirigidos en todo el mundo son civiles, según Amnistía Internacional

 "¡Vamos!, ¡ánimo!, ¡corre! Esos son los diferentes significados de Yalla. Una palabra que es un desesperado grito de escapatoria en el contexto de Yalla, el cortometraje dirigido por Carlo D'Ursi que denuncia los asesinatos de civiles en general y niños en particular con drones militares. 

Galardonado en los recientes Premios Forqué como Mejor Cortometraje, nominado a la próxima edición de los Goya y avalado por Amnistía Internacional, Yalla alerta sobre la constante violación de los derechos humanos fundamentales y universales. Porque la matanza indiscriminada de civiles en los conflictos bélicos a mano de drones militares es una realidad, algo diario que no se debe ni puede seguir ignorando.

El 16 de julio de 2014 cuatro niños de entre 9 y 11 años fueron asesinados con dos misiles disparados desde un dron del ejército israelí mientras jugaban al fútbol en una playa de Gaza. Yalla es un corto de ficción que recrea aquel momento, mientras en la realidad actualmente los familiares de los cuatro niños palestinos siguen luchando para reabrir la investigación, que fue cerrada por el fiscal general alegando que los niños fueron confundidos con milicianos de Hamás en una zona considerada objetivo militar.

"Queremos sensibilizar sobre la importancia de la defensa de los derechos de la infancia en los conflictos armados", apunta a infoLibre el director, Carlo D'Ursi, quien recuerda que la inspiración le encontró durante una misión humanitaria en Palestina en la que pudo conocer "muchas historias parecidas". "Esto es más común de lo que imaginamos", remarca.

En esta línea, el cineasta denuncia también los ataques con drones "suelen tener un margen mucho más amplio de impunidad porque no suelen estar identificados". Por eso, además, asegura que la repercusión de su cinta es una "ocasión única" de poner el foco mediático sobre una "problemática que es crucial visibilizar" y que, "desgraciadamente", ocurre en Palestina, Yemen, Pakistán y "otros muchos países".

Es un corto, por tanto, que va más allá de la pura estética cinematográfica para adentrarse con crudeza en el ámbito de lo social y de denuncia. Porque, por mucho que los chavales que están jugando al fútbol gritan "yalla!", la agonía se apodera de las víctimas sin tiempo para la huida del desenlace fatal. 

El director de comunicación de Amnistía Internacional España, Miguel Ángel Calderón, lamenta en conversación con infoLibre que los gobiernos se resistan a desvelar las operaciones con drones de combate "e identificar a sus responsables, incluso cuando han causado víctimas civiles", de modo que, a su juicio, "sin duda se puede hablar de una forma de matar con impunidad".

En muchas ocasiones, las víctimas de este tipo de ataques quedan en una absoluta indefensión y jamás reciben reparación. Por eso es relevante que precisamente estos días el Tribunal Supremo de Israel revisa por primera vez el archivo de las diligencias en torno al asesinato de los cuatro niños de la playa de Gaza. El empuje de los familiares y de las ONGs de la zona ha sido clave para desvelar las contradicciones de los informes militares. 

 "El problema del uso de drones como armas de combate en la actualidad es la total falta de transparencia con la que operan, que permite ocultar ataques ilegítimos con total impunidad, dejando a las víctimas civiles en una total indefensión, ya que con frecuencia los gobiernos niegan u ocultan los ataques", explica el portavoz de Amnistía Internacional España.

Este ocultismo dificulta saber con exactitud el número de personas muertas por ataques de drones en todo el mundo. A pesar de ello, Amnistía Internacional sí pudo documentar, por ejemplo, que sólo en 2010 hubo en Pakistán más de 950 personas muertas por ataques de drones, y que cerca de un 20% de las víctimas de ataques con drones en todo el mundo son civiles. "Datos que pueden ayudar a percibir la dimensión del problema", plantea Calderón.

Los drones se usan en muchos lugares en el mundo en la actualidad. No sólo en conflictos armados, sino también en todo tipo de misiones de inteligencia, vigilancia o reconocimiento. En el periodo 2020-2021, Amnistía Internacional ha documentado más de cincuenta ataques con drones en Somalia por parte de Estados Unidos y ataques en Libia por parte de Emiratos Árabes Unidos que han afectado a población civil. Y en los últimos años se han podido documentar ataques de drones en Pakistán, en Afganistán, en Territorios Palestinos Ocupados o en Yemen

"Amplio margen de error"

Los drones militares son aviones no tripulados que son armados para poder ejecutar operaciones quirúrgicas, pero que tienen un "amplio margen de error", tal y como ha quedado demostrado y resalta D'Ursi. "De momento son semiautomáticos -dirigidos por operadores humanos que toman las decisiones finales-, pero la evolución de la inteligencia artificial abre puertas a una completa automatización", apunta, destacando acto seguido que por eso es "absolutamente necesario regular el uso y la transferencia de drones y sus piezas entre países para poder controlarlos".

En la misma dirección señala Calderón, quien remarca que las transferencias internacionales de drones y su tecnología deben ser sometidas a "estrictos controles de exportación, y su uso debe ser cuidadosamente supervisado". Y añade: "Los Estados deben ser transparentes sobre el uso que hagan de la fuerza letal. Esto incluye revelar públicamente la base legal que sostiene el uso de los drones, la responsabilidad operacional, los criterios de selección de objetivos, procedimientos para evitar muertes colaterales y la información sobre investigaciones. Todos los gobiernos deben prohibir la transferencia de drones, sus componentes o su tecnología cuando exista riesgo de que se usen para cometer violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario, incluidos los crímenes de guerra y las ejecuciones extrajudiciales".

Calderón recuerda que cualquier ataque contra la población civil en conflictos armados va en contra de las leyes de la guerra internacionalmente reconocidas, y constituye una "violación de los derechos humanos". Por eso, reclama que las víctimas de los ataques aéreos ilegales, incluyendo la familia de víctimas de homicidios ilegítimos, "deben tener acceso efectivo a la verdad, la justicia y la reparación".

Amnistía Internacional pertenece a la coalición www.stopkillerrobots.org, que denuncia el desarrollo y uso de los robots asesinos, armas verdaderamente autónomas que, si no se impide a tiempo, tendrán capacidad de decisión sobre la vida o la muerte de seres humanos. Yalla es un peldaño más en la lucha por conseguir un mundo más justo ya que, como dice su director, "el cine tiene una gran capacidad para remover conciencias". Exactamente eso consigue este cortometraje."                              (David Gallardo, InfoLibre, 17/01/22)

 

6/10/21

La niña Maravillas de 14 años, violada por los falangistas en presencia de su padre, posteriormente ambos fueron fusilados

 "(...) En su extensa relación de crímenes nadie olvida uno que si no fuera por la verificación histórica realizada y por la existencia de testigos y familiares que lo denunciaron, parecería imposible de acometer por el género humano. Pero el odio fascista ya demostró en distintas fases de la historia que supera en crueldad y maldad lo que pareciera inimaginable.

El caso de la niña Maravillas Lamberto que con tan solo 14 años fue violada delante de su padre, ejecutada y posteriormente, tras ser de nuevo violada, arrojaron su cuerpo a los perros. Un hecho espeluznante que muestra con que odio e inquina se entregaron los adeptos a Franco y los golpistas a la causa de la represión

El pasado domingo 15 de agosto se cumplió el fatídico 85 aniversario de esta barbarie y conviene no olvidar para que la historia no se repita.

Maravillas Lamberto vivía en Larraga, localidad navarra situada en la comarca de Tafalla y en la Merindad de Olite a 38,4 kilómetros de Pamplona. Su población actual es de poco más de 2000 habitantes. El padre de la niña, Vicente Lamberto, modesto agricultor afiliado al sindicato socialista Unión General de Trabajadores (UGT).

Detenciones en la noche

A los pocos días del golpe de estado contra la II República, concretamente el 15 de agosto de 1936, dos miembros de la Guardia Civil acompañados de un falangista del pueblo y otro civil de la localidad se presentaron de noche en su domicilio y, tras aporrear la puerta amenazando con derribarla, detuvieron a Vicente Lamberto que dormía en ese momento. En un gesto que muestra la valentía de la pequeña Maravillas y el amor que profesaba a su padre, ella, la mayor de tres hermanas, rogó que la dejasen ir con su progenitor y acompañarle. Ambos fueron conducidos por la Guardia Civil a las Casas consistoriales de Larraga.

Una vez llegado al ayuntamiento, el padre fue encerrado en el calabozo municipal mientras que a su hija la llevaron a la planta de arriba del edificio. Y ahí comenzó la auténtica tortura de la pobre niña. Maravillas fue violada de manera reiterada durante toda la noche. Testigos revelaron que los gritos de la chiquilla se oyeron desde fuera de las dependencias y que a la mañana siguiente la vieron salir hacia su destino final con un aspecto deplorable y la ropa destrozada. Posteriormente, padre e hija, fueron fusilados en un paraje de Ibiricu a 40 kilómetros de Larraga. El cuerpo desnudo de la niña fue arrojado a los perros para que la devoraran.

De nuevo violada ante el padre y sus restos echados a los perros

El historiador Iñaki Egaña reprodujo en su obra Los crímenes de Franco en Euskal Herria. 1936-1940 los trágicos hechos. Según narra este investigador, Maravillas y su padre fueron conducidos hasta una zona de la carretera de Estella a Etxarri Aranaz. Allí volvieron a violarla ante los ojos de su padre para asesinar a ambos posteriormente. Los restos de la niña no se hallaron hasta una semana después y solo se logró por el nauseabundo olor que desprendía. Era verano y la descomposición hizo efecto. Tenía partes de su cuerpo totalmente devoradas y se hallaba totalmente desnuda. Tal fue su descomposición que los vecinos tuvieron que rociar los restos con gasolina para después quemarlos.

Encarcelan a la madre

La represión contra esta familia continuó con el robo de sus tierras y con el encarcelamiento de su madre. Tras lograr salir de prisión, Paulina Yoldi, y sus dos hijas Pilar, de 10 años, y Josefina, de 7, se fueron de Larraga por miedo a que los sanguinarios fascistas aumentasen su odio sobre ellas tres. Aunque Josefina pudo ingresar en un convento de monjas deseando lograr unos estudios que le permitieran desenvolverse mejor en la vida, fue tratada durante 30 años como una esclava. De hecho, fue trasladada a Pakistán dentro de la orden y se le impidió regresar a su tierra.

Los criminales con impunidad franquista

Al cabo de los años la pequeña de la familia Lamberto pudo regresar a Pamplona donde trabajó en un comedor social (en la foto de Euskal Irrati Telebista). Fue quien mantuvo viva la llama de la reivindicación de la memoria de su padre y de su hermana Maravillas vilmente asesinados. Los restos de su padre no han sido encontrados y yacen en la desconocida cuneta donde fue arrojado tras asesinarle. Josefina puso en manos de la justicia argentina estos dos horrendos crímenes. Sus responsables jamás tuvieron que comparecer ante los tribunales por ello. La impunidad franquista les protegió."               (Juan Luis Valenzuela, El Plural, 28/08/21)

28/4/21

La imagen que resume el ‘Holocausto de las balas’... el fusilamiento de una madre y sus dos hijos

 

Asesinato de una familia judía en Miropol (Ucrania), el 13 de octubre de 1941. Imagen tomada por Lubomir Skrovina.Security Services Archive, Historical Collection of the State Security Service (StB) Prague

"El Holocausto es uno de los crímenes más fotografiados de la historia. Sin embargo, las imágenes que muestran el momento mismo del asesinato son apenas una decena y son todas muy conocidas por los historiadores. 

Los nazis no tenían problemas en permitir que se fotografiasen las persecuciones de judíos, formaban parte de su propaganda: de hecho, Joseph Goebbels integró a 15.000 fotógrafos con las tropas alemanas, que produjeron 3,5 millones de negativos. Pero otra cosa era dejar constancia de los asesinatos masivos, algo que estaba prohibido.

 Por eso, la investigadora estadounidense Wendy Lower supo que se encontraba ante algo único –y atroz– cuando un colega le enseñó en 2009 en el Museo del Holocausto de Washington una imagen que había aparecido en un archivo de Praga.

La foto fue tomada en Miropol, Ucrania, el 13 de octubre de 1941 y muestra el asesinato ante una fosa común de una mujer y un niño (en un análisis detallado apareció una segunda criatura escondida entre las faldas de la mujer). Los perpetradores son dos milicianos ucranios, que asesinan a esta familia ante dos soldados alemanes.

 Un civil con gorra mira la escena al fondo. La imagen, que tiene una composición profesional, enseña el momento mismo del disparo: el humo blanco de la pólvora oculta el rostro de la mujer, que arrastra a los niños con ella a la fosa. El autor de la foto fue Lubomir Skrovina, un soldado eslovaco desplegado en la URSS, un resistente que quería documentar los crímenes nazis.

La estudiosa del Holocausto Wendy Lower, de 56 años, directora del Centro Mgrublian de Derechos Humanos en Claremont (California) y autora de Las arpías de Hitler (Crítica), ha dedicado diez años a investigar esta imagen, un trabajo que ha recogido en el libro The Ravine (La fosa), que acaba de publicar en inglés la editorial Houghton Mifflin Harcourt.

 La foto resume el llamado Holocausto de las balas, el fusilamiento de entre 1,5 y dos millones de judíos en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en la antigua URSS y Polonia, antes de la construcción de los campos de exterminio con cámaras de gas. Los perpetradores fueron grupos de asesinos llamados Einsatzgruppen; que iban de pueblo en pueblo, pero no estaban solos: la imagen muestra claramente que los que disparan no eran SS, sino milicianos ucranios, y que los alemanes que supervisan el crimen tampoco pertenecen a este cuerpo. Son guardias de finanzas.

“Los cuatro perpetradores que aparecen en esta imagen fueron voluntarios”, explica Lower por teléfono desde Estados Unidos. “Además, sabemos por los procesos posteriores que hubo más ucranios, porque el más joven de los asesinos no está en la foto. Y también están presentes más alemanes. Ninguno pertenece a los cuerpos desplegados por Himmler para cometer esos crímenes. Es una unidad totalmente voluntaria, reclutada sobre la marcha. Querían estar ahí”. Es muy posible que los asesinos conociesen incluso por su nombre a las víctimas, ya que se trataba de una localidad pequeña.

La imagen recoge el momento mismo del crimen, pero gracias a varios testimonios, entre ellos el de la única superviviente, Ludmilla Blekhman, grabado por el Yad Vashem, el Museo del Holocausto de Jerusalén, Lower pudo reconstruir el pogromo, que acabó con el asesinato de los judíos de la pequeña localidad de Miropol. Aquel día de octubre fueron ejecutadas unas 450 personas. Se produjeron palizas, violaciones, robos, torturas, antes de ser llevados a la fosa común. 

Este horror se repitió durante meses en miles de lugares de Ucrania. Un detalle especialmente espantoso que documenta por primera vez una foto es que, tal y como ordenaban los protocolos nazis, no gastaban balas en los niños, sino que eran arrastrados vivos a la fosa común, donde fallecían ahogados por los cuerpos. Todos esos horrores dejan de ser conceptos abstractos cuando se contempla esta imagen.

“Sabemos que esa es la historia de una parte del Holocausto, el asesinato de judíos ante fosas comunes en las afueras de sus pueblos. Pero capturar ese momento es muy inusual, como lo es el hecho de que podamos ver a los ucranios con los alemanes. Es una imagen muy poderosa porque muestra cómo la mujer trata de proteger a los niños y porque el genocidio es también el asesinato de familias. 

Aquí la colaboración está muy clara”, explica Lower, experta en Ucrania, quien cree que los estudios del Holocausto se están moviendo en esa dirección: “Cada vez está más claro que el Holocausto es una historia europea. Esta foto lo muestra claramente: un fotógrafo eslovaco, dos milicianos ucranios, dos alemanes, un civil, los habitantes locales asesinados”. Los nazis fueron sin duda los instigadores, sostiene, pero no estuvieron solos en sus crímenes.

Sin embargo, como ha quedado demostrado con la reciente condena de dos historiadores en Polonia, la colaboración local en el asesinato de judíos es un tema que sigue siendo muy problemático y difícil de investigar. Así lo expresa Lower en su libro: “Hoy, más de 70 años después, los estudiosos de Europa del Este que investigan y publican información sobre estos asesinos locales en Ucrania, Polonia, Hungría y otros lugares, a menudo son silenciados, amenazados e incluso criminalizados por desenterrar el oscuro pasado del antisemitismo, la codicia, el oportunismo y la violencia colectiva.

 El blanqueo de esta mancha histórica puede verse en los relatos revisionistas, en los medios de comunicación controlados por el Estado y en las clasificaciones de seguridad que convierten los archivos en secretos. Pero la evidencia de la colaboración local que se ve en esta vívida fotografía del crimen es innegable”.

Víctimas sin nombre

La investigación de Lower le llevó a Miropol, Jerusalén, Estados Unidos, República Checa y Eslovaquia en busca de pistas de los crímenes y de posibles testigos. Logró localizar los nombres de los dos alemanes que participaron voluntariamente en la matanza: Erich Kuska y Hans Vogt. Fueron denunciados por un compañero en 1969, pero nunca fueron procesados. Una investigación soviética, llevada a cabo en 1986 por el coronel del KGB Mikola Makareyvych, identificó a tres participantes ucranios en el pogromo: Nikolai Rybak, Ivan Les’ko y Dmitri Gnyatuk. 

Dos de ellos fueron condenados a muerte y otro fue enviado a prisión (Rybak, porque era menor de edad en el momento de los hechos). También reconstruyó la historia del fotógrafo, Lubomir Skrovina, un héroe de la resistencia que salvó a judíos en Eslovaquia y que quiso, y logró, documentar el genocidio. Lower incluso ha llegado a ver su cámara: una Zeiss Ikon Contax. Es un misterio por qué le permitieron tomar la foto.

Sin embargo, nunca logró identificar con seguridad a las víctimas. Localizó en Michigan a Svetlana Budnitskaya, una judía de Miropol que huyó antes de la guerra, cuya familia fue asesinada aquel 13 de octubre. Pero cuando Budnitskaya vio la imagen de la matanza no pudo confirmar con total seguridad que eran ellos. Por ahora, seguirán siendo víctimas sin nombre. 

El Yad Vashem mantiene una base de datos con 4,7 millones de nombres de víctimas del Holocausto. Quedan 1,3 millones (como mínimo) sin identificar. La mitad de ellas fueron asesinadas en Ucrania y, a su vez, la mitad de estas son niños como los que aparecen en la foto de Miropol."                 (Guillermo Altares, El País, 25/02/21)

9/12/19

La fosa donde enterraban a menores y embarazadas: la feroz represión de Queipo en Écija

"Cuenta la arqueóloga Carmen Romero Paredes cómo “las unidades militares desplegadas por Queipo se iban expandiendo por las distintos pueblos de la provincia de Sevilla”. Y cómo el primer pueblo en caer después de la capital andaluza fue Écija, el mismo 18 de julio. 

Sin piedad, aplicando el bando de guerra, la represión más feroz en Écija se llevaría por delante a más de quinientos vecinos al formar parte de una maniquea limpieza de inocentes. Una huella que quedó para siempre en este pueblo. “Aquella eliminación directa con ejecuciones inmediatas” en el primer verano de la guerra civil no fue olvidada por ningún vecino.

La historiadora de la Universidad de Córdoba Carmen Jiménez Aguilera cuenta a Público cómo “el mismo día 18 se lee el bando de guerra en la plaza del Salón y allí mismo muere el primer ecijano”. Su nombre, José Pérez Jiménez, alias El Hormiguita. Jornalero de profesión. “Solo en el primer momento de la lectura, este hombre respondió con un viva la república, a lo que los militares respondieron con un tiro certero y directo que acabó con su vida”. 

Esa fue la carta de presentación de los golpistas en Écija nada más sublevarse. Juan Tamarit Martell, alcalde republicano también se personaría frente a la guarnición golpista en la noche del 18 de julio. Un mes después, su cuerpo se encuentra cosido a balazos frente a las tapias del cementerio, el 13 de agosto de 1936.

Pero la represión no solo se extendía por la corporación local y los políticos, sino que acompañó durante toda la dictadura a los familiares de estos. La hermana de Juan Tamarit Martell sufrió en plena posguerra un consejo de guerra, por denuncia de un vecino de Écija al que insultó en un autobús por haber asesinado a su hermano. Carmen destaca a Público que, al ser su marido falangista, el juez militar le impuso un arresto domiciliario por un breve tiempo y finalmente fue absuelta.

Pero, ¿cómo continuaría esa represión bien entrada la guerra para los vecinos ecijanos? Carmen Jiménez apunta a Público que hay muchas anécdotas e historias sin dar a conocer que muestran la extrema vigilancia a la que eran sometidos cada uno de los vecinos, ya casi acabada la guerra. Como la de María Rejano, una joven vecina que una tarde de febrero de 1939 fue al cine a ver una película y la Guardia Civil se dio cuenta de que no levantó el brazo cuando se proyectaba la imagen del Generalísimo y sonaba el himno nacional en el cine Cervantes. 

“Su vacilación a la hora de levantar el brazo, pues no sabemos si es que no lo levantó o no lo hizo con suficiente vehemencia, fue reflejado en un informe del cuerpo de investigación”. La joven recibió una multa de 15 pesetas, una importante fortuna para la época, “teniendo en cuenta que un kilo de pan podía costar en aquellos años de la posguerra entre los 50 y 90 céntimos”.

Desde el verano de 1936 hasta febrero de 1937 fueron fusiladas en Écija más de 200 personas. Jiménez destaca a Público que “esta cifra sigue creciendo, pues hay muchas víctimas de la represión franquista en Écija de las que no hay ningún registro documental”. Matar a más de 200 personas, que sepamos a día de hoy, “son muchas, demasiadas personas”. Y es que, tal y como destaca Jiménez Aguilera, “el golpe en Écija nació matando y sólo hubo un bando, el vencedor”.

En la cifra global de represaliados se puede hablar de 500 ecijanos como víctimas de la represión ejercida por el franquismo. “En este conteo tenemos incluidos fusilados, represaliados económicos (incautación de bienes y tribunal de responsabilidades políticas), los que sufrieron la cárcel o aquellos que fueron juzgados por tribunales militares”. Muchos de los ecijanos que fueron condenados por consejos de guerra serían juzgados una vez terminada la guerra civil. Otros huyeron y después de tres años volvieron y serían encarcelados.

El conocimiento de aquel horror y la primera exhumación en 1982

La voluntad de los familias ecijanas fue lo que permitió conocer los cuerpos y la atrocidad de aquella represión. “Doscientas familias ecijanas tenían un familiar en esa fosa. Son los primeros pasos de nuestra democracia, hay lugares en los que se estaba haciendo también, y ellos pensaron que porqué no”, apunta la investigadora.

Se recogió dinero, los trabajos se hicieron por suscripción popular, cada uno aportó lo que pudo. En la mayoría de los casos fueron los familiares los que donaron el dinero.
A pesar de las escasas técnicas arqueológicas de la época, se pudo crear un mausoleo donde recogieron y depositaron de forma artesanal los restos de todos los fusilados. Un proyecto donde fueron contabilizados, según los registros de la época, 635 cuerpos.

Treinta y siete años después de aquella exhumación, se ha pedido financiación al Ministerio de Justicia para realizar un “estudio antropológico de los huesos y análisis de ADN, es decir, una identificación de los mismos”. A día de hoy, todavía no han dado comienzo, e, igualmente, tampoco se ha realizado recogida de muestras de ADN a ningún familiar, a la espera de que se ejecuten los plazos para el inicio del proyecto en 2020.
Menores fusilados y hermanos con tan solo 14 y 16 años

Jiménez Aguilera señala que existen casos sangrantes y documentados dentro de aquella fosa de Écija, como dos hermanos menores en el momento de su fusilamiento. “Un familiar nos contó, en este caso una mujer, como sus dos hermanos de 16 y 14 años fueron fusilados. Ella era una niña de apenas 7 u 8 años. Unos falangistas vinieron a por el hermano mayor y el otro más chico se empeñó en acompañarlo. Ella también se fue detrás de ellos y vio cómo los ataban; intentó continuar hasta el cementerio como pudo”.

También está la historia de los médicos Carlos Ballesteros y Juan Jiménez García, y el hijo de este, practicante, Juan Jiménez Tovar, que fueron detenidos juntos y fusilados posteriormente pocos días después del golpe. El hijo fue el único que quedó vivo tras el fusilamiento y murió aquella noche desangrado mientras llamaba a su madre. La ejecución fue perpetrada por el jefe de Falange del municipio sevillano.

Hay muchos ejemplos de ensañamiento con otros menores. Jiménez señala el caso del cantinero de la Casa del Pueblo, detenido y fusilado poco después. Su hijo mayor, miembro del Partido Comunista fue detenido, pero no fusilado, a cambio de salvarle la vida. “Con sorna, le dicen que va a enterrar él a sus compañeros. Lo ponen a cavar en la fosa, a presenciar los fusilamientos y a enterrar, como le dijeron, a sus compañeros”. Su otro hermano, de apenas 14 años, quedaría traumatizado de por vida. “Aunque sabía leer y escribir, nunca más volvió a firmar un documento”. La hermana de este, Encarna, contaba a Carmen cómo “temblaba al ver a la Guardia Civil y sólo acertaba a firmar con el sello y el dedo”.

Sobre los fusilamientos a mujeres jóvenes, destaca que “muchos testimonios cuentan que hubo un fusilamiento sólo de mujeres, todas ellas muy jóvenes, incluso puede que algunas de ellas no fuesen más que unas niñas”. Las fuentes orales apunta cómo las mataron y las dejaron expuestas varios días a las puertas de un convento, el de Santa Inés, todas ellas con un escapulario sobre la boca.

En cuanto a las mujeres embarazadas, hay testimonios que afirman que de los cuerpos exhumados en 1982 en la fosa había mujeres embarazadas y algunos niños pequeños. “No hay ningún rastro documental de esto, no tenemos información, no hay un documento que lo corrobore. Con el trabajo que se va a realizar y la identificación de los restos, podremos confirmar o desmentir este dato en esta investigación que será definitiva”, concluye la historiadora."                 (María Serrano, Público, 06/12/19)

4/7/19

Hallan una fosa común con una embarazada y su hijo de tres años. Eran la mujer y el hijo de un combatiente republicano. Fueron asesinados en represalia por la huída del padre...

"Los arqueólogos de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) han localizado en Ponferrada (León) una fosa común con los restos mortales de una mujer embarazada y de su hijo, que data de la Guerra Civil.

La asociación ha explicado a través de un comunicado que en la fosa están sepultados Jerónima Blanco Oviedo, que tenía 22 años en el momento de su muerte y estaba en avanzado estado de gestación, y de su hijo Fernando Cobo Blanco, de 3 años.

Según la tesis de la ARMH, ambos fueron tiroteados por integrantes de la Falange el 23 de agosto de 1936 como represalia por la huida de Isaac Cabo Blanco, marido de Jerónima y padre de Fernando, que había dejado su domicilio desde el comienzo de la Guerra Civil.

La ARMH completó la información respecto a lo ocurrido con la documentación del proceso judicial al que fue sometido Isaac Blanco después de su detención por las tropas franquistas tras la caída del frente republicano en Asturias.

Las represalias contra Blanco no se limitaron a la muerte de su mujer y su hijo, sino que también fueron asesinados dos de sus hermanos, Demetrio y Victorino, y su cuñado, Salvador Blanco, según los datos aportados por la asociación.

La fosa está ubicada en el barrio ponferradino de Flores del Sil y el caso de Jerónima Blanco y su hijo es uno de los más recordados de la Guerra Civil en la ciudad, puesto que tras su asesinato fueron muchas las personas que pudieron ver los cuerpos de ambos antes de que fuesen sepultados."                   (RTVE.Es, 10/07/2008)

20/4/18

“Les envié a un buen muchacho y le convirtieron en un asesino”. La matanza de My Lai y el despertar de la conciencia estadounidense. Nunca se determinó el número exacto de víctimas, pero se sabe que exterminaron a prácticamente toda la población

"A primeras horas de la mañana del 16 de marzo de 1968, medio centenar de soldados de las dos primeras secciones de la Compañía C –conocida como Compañía Chalie–, I Batallón, XX Regimiento, XI Brigada de Infantería del ejército más poderoso del mundo, el de Estados Unidos, entraron en My Lai, una aldea de Vietnam que nadie sería capaz de encontrar en un mapa. 

Tres horas más tarde, abandonaron el lugar dejando tras de sí una estela de fuego y muerte. Nunca se determinó el número exacto de víctimas, pero se sabe que exterminaron a prácticamente toda la población: entre noventa y 130 hombres, mujeres y niños indefensos, según los informes oficiales estadounidenses, o a más de quinientos, según otros testimonios. No encontraron un solo soldado enemigo. La Compañía C, por su parte, solo registró un herido: un cabo que se disparó en el pie para abandonar aquel infierno.

A las 7.22 horas de la mañana –la hora quedó grabada en un magnetófono del cuartel general de la Brigada– los veinticinco hombres del primer pelotón de la compañía C, a las órdenes del teniente William L. Calley, bajaron del helicóptero en un arrozal encharcado, a 150 metros de la aldea. 

Comenzaba la época de la recolección y lo primero que vieron fue a un campesino que levantaba los brazos entre la vegetación. Fue también la primera víctima. A esa hora, el fuego de los helicópteros ya había batido la zona y si alguna vez hubo en My Lai algún soldado del Vietcong, se encontraba a decenas de kilómetros. Los hombres de Calley avanzaron sin parar de hacer fuego, y sin que nadie les respondiera.

Los soldados, armados con el doble de la munición habitual para fusil y ametralladora –Calley se había colgado una canana complementaria con balas de fusil M16–, llegaron a una aldea de unos 700 habitantes formada por cabañas con techo de paja y algunas casas de ladrillo. Ningún vietnamita trató de escapar: sabían que si corrían serían aniquilados, y tampoco se produjo ninguna reacción de pánico en una población que se entregaba. 

Una de las supervivientes, Ha Thi Quy, recordó años más tarde: “Eran muchos soldados, se acercaban a la casa disparando contra los pollos y los patos. Mataban todo lo que veían. Sentimos un miedo atroz. Nunca se habían comportado así. Venían frecuentemente por el poblado. Nos pedían agua del pozo y nos daban comida a cambio. No les temíamos, pero aquella mañana eran distintos”.

Calley ordenó a varios soldados vigilar al primer grupo de sospechosos, formado por unos ochenta vietnamitas, en su mayoría mujeres y ancianos, que gritaban sin parar “No Vietcong”. Al cabo de un rato, el teniente volvió y dijo: “¿Aún no os habéis librado de ellos? Los quiero muertos”. El soldado Paul Meadlo, cuyo testimonio en la cadena de televisión CBS, conmovería al mundo año y medio después, vio cómo Calley comenzaba a disparar, y disparó también, y dispararon otros. 

“Vacié el cargador más de una vez, cuatro o cinco veces” (en cada cargador caben diecisiete balas M16). Tras terminar con ese grupo, los soldados de la vanguardia de la compañía C siguieron disparando contra todo lo que se movía. “No hacíamos más que disparar”, dijo el soldado Dannis I. Conti: “Después de entrar en el pueblo, creo que podría decirse que los hombres habían perdido el dominio de sí mismos”.  

Mataron a la mayoría de las familias dentro de sus casas o en la puerta. Los que trataban de huir eran amontonados en alguno de los refugios que había en la aldea y, cuando estaba lleno, los soldados lanzaban granadas dentro. A los supervivientes, les remataban de un disparo. “Un niño muy pequeño”, recordó después uno de los hombres del pelotón sanguinario, “se acercó y cogió de la mano a uno de los muertos. El soldado que había detrás de mí le mató de un solo tiro”. Otro testigo declaró que los atacantes daban gritos y alaridos durante la matanza.

“Una mujer salió gritando de una cabaña con un niño en brazos. Gritaba porque habían matado a su hijo al salir de la casa. Un soldado le disparó y ella cayó, pero el niño siguió corriendo hasta que fue derribada por otro disparo”. Alguien vio cómo un oficial agarraba a una mujer por el pelo y le disparaba con una pistola del calibre 45. “La tuvo agarrada durante un minuto chorreando sangre, luego la soltó y el cadáver se desplomó inerte”. El pillaje y la violencia descontrolada se adueñaron de los soldados. 

Cualquier cosa se convertía en objetivo. Con la llegada del segundo pelotón, al mando del capitán de la compañía, Ernesto L. Medina, había en la aldea unos cincuenta norteamericanos que perseguían a hombres, mujeres, niños y animales. Gary Garfoldo pidió prestado un lanzagranadas F79 y disparó contra un búfalo: “Le di justo en la cabeza; cayó de golpe. No se tiene todos las días la oportunidad de disparar a un búfalo con un lanzagranadas”.

El cuartel general de la Brigada, convencido de que en My Lai se iba a librar una batalla importante, había enviado al reportero Jay Roberts y al fotógrafo Ronald L. Haeberle para que fueran testigos de los acontecimientos. Cuando los periodistas entraron en la aldea, junto al capitán Medina, vieron animales muertos, un enorme montón de cadáveres y cabañas ardiendo.

Algunos soldados registraban las ropas de las víctimas buscando monedas, otros perseguían a un pato con un cuchillo y otros miraban cómo un soldado mataba a una vaca con la bayoneta. También vieron a una docena de hombres que disparaban metódicamente contra otra vaca. Una mujer asomó la cabeza entre los matorrales y continuó el concurso de tiro contra la mujer.

El capitán Medina dijo al reportero que hasta ese momento habían matado a 85 soldados del Vietcong y habían capturado a veinte sospechosos. Con los rostros desencajados por el pánico, los habitantes de la aldea seguían corriendo por las calles, perseguidos por soldados norteamericanos que les disparaban en la nuca. Otros aún gritaban desde las zanjas repletas de cadáveres. El teniente Calley, mientras tanto, interrogaba a un sacerdote vestido de blanco. Le preguntaba por el Vietcong y por las armas escondidas. Al no contestar, le disparó un tiro en la cabeza.

A las 10.30 horas, pocos minutos después de la llegada del segundo grupo de soldados, los hombres de Calley –la vanguardia del ejército de Estados Unidos– comenzaban a agruparse en el puesto de mando. La aldea estaba en llamas y no quedaba en My Lai más que un montón de cadáveres. Había sido la primera acción de combate de la compañía C.

Según decía siempre su jefe, el capitán Ernesto L. Medina, los hombres de la Compañía C se llevaban todas las medallas de atletismo y los trofeos mensuales para los soldados destacados en Vietnam. La compañía estaba formada por 130 hombres de entre 18 y 22 años de los que casi la mitad eran negros y un porcentaje menor de origen mexicano, como el propio capitán.

 Trece habían sido declarados inútiles para el servicio tras ser sometidos por el ejército a unas pruebas de inteligencia básica, pero se les había aceptado de acuerdo con un nuevo programa que respaldaba el secretario de Defensa, Robert McNamara. 

El 26 de enero de 1968, la compañía fue destinada al grupo operativo. Durante varias semanas patrullaron sin encontrar enemigos. Un soldado recordó cómo durante una de aquellas misiones fueron asaltados por un grupo de niños vietnamitas que querían venderles bocadillos y coca-colas. El 25 de febrero, la Compañía C se internó en un campo de minas y murieron seis hombres. El 14 de marzo, un sargento murió y un soldado perdió los ojos, un brazo y una pierna al estallar una bomba.

Durante el funeral del sargento, el capitán Medina habló a sus hombres de la misión que les había sido encomendada en My Lai, donde podía haber de 250 a 280 hombres del 48 Batallón del Vietcong. Se habían terminado los paseos por la selva, dijo, y por fin entraban en combate. La Compañía C había sido elegida como punta de lanza del ejército de Estados Unidos. 

Todo un honor del que debían sentirse orgullosos. La operación consistía en proteger la zona de aterrizaje, asegurándose de que no había tropas enemigas que pudieran disparar contra una segunda oleada de helicópteros. No habría población civil ya que era el día de mercado en una localidad cercana. Había que tener cuidado porque cada vietnamita podía ser un soldado enemigo.

Estratégicamente la operación hubiese sido desastrosa ya que supuestamente había cuatro norvietnamitas –además defensores– por cada atacante americano, y se aterrizó a menos de doscientos metros del lugar, dentro del campo de tiro enemigo. Pese a la evidente falta de información previa, fue la operación más importante del día para la División y los oficiales de alto rango siguieron desde el aire una maniobra militar cuyo corazón era el asalto a My Lai. Entre ellos, el general Samuel Koster y el jefe de la XI Brigada, Oran K. Henderson.

Un relato de la invasión de My Lai basado en la versión oficial de los hechos se publicó en la primera página de The New York Times, así como en otros periódicos norteamericanos, el 17 de marzo. Decía que dos compañías de la División Americal habían atrapado a una unidad norvietnamita y matado a 128 soldados enemigos. “La operación es otra ofensiva norteamericana para limpiar las bolsas enemigas que aún amenazan a las ciudades”. 

El artículo añadía que habían muerto dos soldados norteamericanos y que diez habían resultado heridos durante un combate que había durado todo el día. El general William C. Westmoreland, comandante en jefe de las fuerzas norteamericanas en Vietnam, felicitó a los hombres de la Compañía C por su “acción sobresaliente”.

Poco más de un año después, el autor de un relato gracias al cual habría de conocerse la verdad de My Lai, además de desencadenarse la primera revisión del papel del ejército norteamericano en Vietnam, cogía la pluma en su casa de Phoenix, Arizona, a miles de kilómetros del infierno vietnamita. Ronald Ridenhour no pertenecía a la redacción de un periódico, ni trabajaba para los informativos de una cadena de televisión: era un ex combatiente de Vietnam que había sobrevolado la zona de My Lai en helicóptero pocos días después de la matanza y conocía lo ocurrido por lo que le habían contado cinco testigos oculares y por lo que comentaba toda la División.

Ridenhour envió treinta cartas detallando los nombres de los protagonistas y las circunstancias de la matanza que había oído contar en Vietnam. “Quería dar a conocer lo que hicieron”, declaró después. “Cuando llegué a casa quería gritárselo a mis amigos. Gritarlo literalmente. Y lo contaba como una vergüenza, una vergüenza para todo norteamericano por los ideales que queríamos representar. La matanza pulverizaba la imagen que yo tenía de mi país”. 

Ridenhour escribió al presidente Richard Nixon y a los militares y políticos que creía que podían investigar los hechos. Solo uno de ellos, un congresista de su estado, el liberal Morris Udall, le contestó. Le llamó por teléfono y le dijo que haría todo lo que estuviese en su mano para que se iniciara una investigación hasta las últimas consecuencias.

El 23 de abril de 1969, unos días antes de que se licenciase, el teniente William L. Calley fue detenido y acusado del asesinato de 109 “seres humanos orientales”. La agencia de noticias Associated Press cursó unos meses después una breve nota de servicio desde la prisión militar de Fort Benning, Georgia, en la que no indicaba el número de muertos ni las circunstancias de la masacre. La noticia, por tanto, pasó inadvertida. The New York Times, por ejemplo, la colocó el 8 de septiembre al final de la página 38.

Seymour Hersh, un periodista de 32 años, había abandonado hacía dos años su trabajo en la misma agencia que envió la nota sobre Calley. Cubría en Washington la información del Pentágono y había llegado a la conclusión de que todo era “una mentira tras otra”. Se fue cuando la agencia le esquilmó un reportaje sobre el desarrollo de armas químicas y biológicas del Gobierno. Intentaba buscar un nuevo medio de ganarse la vida después de haber trabajado unos meses para el candidato demócrata Eugene McCarthy, contrario a la guerra del Vietnam, mensaje que en aquel momento caía en saco roto.

El 22 de octubre, seis semanas después de que el teniente Calley fuera acusado formalmente de asesinato, recibió una llamada de su amigo el abogado Geoffrey Cowan. “El ejército”, le dijo, “está tratando de juzgar en secreto a un tipo por matar a 75 vietnamitas”. Hersh pensó que era el momento de abandonar la autocompasión y ponerse a trabajar. En pocos días fue sumando detalles escalofriantes y averiguó que las muertes de las que se acusaba a Calley no eran 75 sino 109.

La situación económica de Hersh no era ni mucho menos floreciente. No tenía medio de viajar a la base de Fort Benning para completar la historia de la matanza de My Lai. Así que telefoneó a Jim Boy, del Fondo para el Periodismo de Investigación, que le prometió ayudarle con mil dólares. Hersh se subió al primer avión hacia Georgia y el 11 de noviembre, eludiendo la persecución de algunos oficiales de la base, mantuvo una larga entrevista con el teniente Calley.

William L. Calley hijo, nacido en Miami, era un hombre introvertido y pálido de aspecto aniñado. Medía algo menos de un metro sesenta centímetros y siempre había destacado por la escasa confianza que tenía en sí mismo. Procedía de una familia que los psicólogos denominaron fría y en el colegio le llamaban “el rancio”. Fumaba tres o cuatro cajetillas de tabaco al día y a los 19 años había tenido que operarse de una úlcera de estómago. El hombre que dio la orden de fuego en My Lai suspendió los exámenes para seguir estudiando tras la formación básica. Trabajó como botones, fregó platos en un restaurante y fue guardagujas del ferrocarril de la costa oriental.

En 1966 se alistó. Se graduó en la escuela de cadetes de Fort Benning, el lugar donde le entrevistó Hersh. El ejército no cambió la tendencia introvertida y huraña de Calley. Uno de los soldados de la Compañía C, Allen Boyce, dijo: “Todo el mundo se reía de Calley. Era uno de esos tipos que invitan a la caricatura”. Ante Hersh, Calley se mantuvo firme asegurando que él solo había cumplido con su deber. En un momento de la entrevista, Calley se excusó para ir al baño y Hersh pudo ver por la puerta entreabierta que estaba vomitando sangre.

Sin embargo, el deber de Estadas Unidos en Vietnam comenzaba a cuestionarse a finales de una década que luego fue bautizada como prodigiosa, y el sentimiento contra la guerra se extendía entre un sector cada vez más amplio de la población. Resolver cuanto antes el conflicto y no hurgar en las heridas era entonces la consigna de la administración norteamericana. Hersh pudo comprobarlo cuando intentó publicar su reportaje.

La revista Life, una de las primeras del país, lo rechazó. Le dijeron que ya sabían de aquello por la versión de un ex combatiente, Ronald Ridenhour. En Look tampoco interesaba: era una noticia vieja. Hersh se reafirmaba cada vez más en su idea de que todo era “una mentira tras otra”. Uno de los que escuchaban su lamento era su vecino David Obst, un joven de 23 años que acababa de fundar la agencia de noticias Dispatch News Service y que rápidamente le brindó su ayuda. 

Obst se puso en contacto con medio centenar de periódicos ofreciendo el artículo por cien dólares. La acogida, para sorpresa de Hersh, fue magnífica, y 36 diarios lo aceptaron, entre ellos The Times, de Londres; The San Francisco Chronicle, The Boston Globe y The Saint Louis Post Dispatch. El artículo de Hersh apareció publicado por primera vez el 14 de noviembre de 1969. Ese mismo día, The New York Times, que había investigado por su cuenta la matanza de My Lai, publicó su versión de los hechos firmada por el reportero Bob Smith.

La noticia fue recibida de forma desigual. Mientras en The Washington Post y otros diarios norteamericanos el reportaje era menos valorado que el Apolo XII o la rueda de prensa del vicepresidente Spiro Agnew, en los periódicos europeos saltaba a la primera página. Días después, cuando la denuncia parecía caer en el olvido, Obst y Hersh contratacaron con una serie de entrevistas a miembros de la Compañía C. La matanza de My Lai ocupó realmente los titulares de los medios de comunicación norteamericanos el 20 de noviembre.

The Cleveland Plain Dealer publicó poco después las fotografías del suceso tomadas por Ronald L. Haeberle, el fotógrafo del ejército que iba con la Compañía C durante la misión. Haeberle se había reservado algunos carretes. Los que entregó habían desaparecido en las oficinas de la Brigada. También desaparecieron algunas de las frases del periodista de la misión, Jay Roberts, quien declaró posteriormente que ni siquiera pasó por su mente mandar una crónica que se aproximara a lo que vio en My Lai.

El fotógrafo David Duncan, galardonado con la medalla de oro Robert Capa del Club de Prensa por su trabajo sobre la lucha en Con Thieu para la revista Life, había llegado a Cleveland para promocionar su último libro. Vio en la primera edición del Plain Dealer el reportaje gráfico de Haeberle y llamó rápidamente al periódico diciendo que las fotografías podían ser falsas y pidiendo que parasen la rotativa. “Estáis haciendo un mal servicio a América”, dijo. Pero al otro lado del teléfono había un redactor jefe de noche rudo y desconfiado que se quitó de encima a Duncan lo mejor que pudo. 

Los responsables del periódico habían tenido serias dudas sobre la autenticidad del material gráfico y la oportunidad de su publicación. Una llamada de ese tipo solo unas horas antes les habría hecho desistir, pero al redactor jefe de noche nadie le enmendaba la plana.

Las fotografías eran estremecedoras. En una de ellas se veía a una mujer anciana a la que intentaban sujetar discutiendo con los soldados y a una niña aterrada; detrás, una joven se recogía la blusa con un niño en sus brazos. Haeberle reconstruía la escena tal como la vivió: algunos soldados localizaron a una joven de unos quince años, la apartaron del grupo de prisioneros e intentaron desnudarla. “Veamos de qué está hecha”, había gritado uno de ellos. La anciana trató de proteger furiosamente a la muchacha, instante que recogió la cámara. Entonces, los soldados vieron al fotógrafo. 

“¿Qué hace aquí ese tipo?”, había preguntado uno de ellos. Mientras le amenazaban, sonó una descarga de armas automáticas. “Solo sobrevivió un niño pequeño”, recordó Haeberle, “pero poco después le remataron”. En otra de las fotografías, el reportero recogió la expresión de pánico de un niño de unos siete años herido en una pierna con el fondo de la aldea en llamas. Le estaba enfocando cuando un soldado pasó por allí y le disparó tres veces. Haeberle vio la muerte del niño por el objetivo de su cámara.

Inmediatamente comenzaron las negociaciones para la publicación nacional de las fotografías. Life, que había ofrecido 100.000 dólares por los derechos mundiales, se planteó enseguida el efecto que podría tener en los lectores actuar como “agente de fotografías de matanzas”. The New York Times optó por no publicarlas, pero se ofreció para ayudar a venderlas. Al final, un diario de un viejo enemigo de Estados Unidos, Japón, hizo una modesta oferta de 500 dólares por ellas.

 La oferta fue rechazada, pero el periódico las publicó aduciendo que los tribunales japoneses tardarían treinta años en sentenciar un caso de derechos de autor como aquel. En Estados Unidos, The New York Post reprodujo el trabajo de Haeberle sin permiso, ya que consideraba que las imágenes habían sido tomadas por un fotógrafo del ejército en acto de servicio y al ser publicadas en el diario de Cleveland habían pasado a ser propiedad pública. Haeberle, viendo que sus fotos comenzaban a ilustrar los diarios de todo el mundo, llegó a un rápido acuerdo con Life y las vendió por 50.000 dólares.

La trágica realidad que mostraban las fotografías y la polémica subsiguiente sobre la oportunidad de su publicación conmocionaron a la opinión pública norteamericana. Las dos primeras y más influyentes revistas del país se ocuparon de My Lai. Time, en su número del 5 de diciembre, hablaba de “una tragedia norteamericana”, y Newsweek, el día 8, titulaba: “Un incidente aislado en una guerra brutal estremece la conciencia norteamericana”.

Mientras tanto, Hersh no había perdido el tiempo. Paul Meadlo, el soldado de la Compañía C que acompañó casi en todo momento a Calley, apareció ante las cámaras de la cadena de televisión CBS con Mike Wallace, en una operación cerrada por la agencia de Obst en 10.000 dólares. Meadlo dijo que se arrepentía de lo que había hecho. Su madre, según el reportaje de Hersh, pronunció llorando una de las frases que más removieron la conciencia de sus compatriotas: “Les envié a un buen muchacho y le convirtieron en un asesino”.

A partir de ese momento, el país pareció despertar de una pesadilla de la que no tenía conocimiento y todos los corresponsales de guerra que habían estado en Vietnam cayeron en la cuenta de que tenían una historia de atrocidades que contar. My Lai no fue un hecho aislado y tampoco el suceso más cruento de una guerra nunca declarada que costó 3.200.000 vidas humanas –es decir, cerca del 6% de la población total de los dos Vietnam, Camboya y Laos–; fue simplemente la primera matanza indiscriminada que vio la luz. El relato de los sucesos de la aldea vietnamita rompió las inhibiciones hasta entonces existentes y constituye el aldabonazo de salida para iniciar la liquidación del conflicto.

Antes de My Lai, cualquiera que buscase datos sobre la guerra no tenía más que consultar los archivos oficiales. El escritor Norman Poirier los utilizó para escribir la historia de cómo nueve infantes de Marina violaron a una joven madre vietnamita el 23 de septiembre de 1966 en Xuan Ngoc y ametrallaron a toda la familia. Fueron descubiertos porque la madre, a la que habían dado por muerta, se recuperó. El relato de Poirier se publicó en la revista Esquire en agosto de 1969, solo tres meses antes de conocerse la matanza de My Lai. A pesar de que Esquire envió pruebas de la autenticidad de los hechos a los principales diarios norteamericanos apenas despertó interés.

No cabe duda de que la matanza de My Lai cayó en un momento en el que el público estaba preparado para leerla, creerla y aceptarla. El fracaso de la ofensiva survietnamita del Tet, en 1968, anunciada como el asalto definitivo, había preparado la revisión del conflicto. El Vietcong contraatacó y un comando logró penetrar incluso en la embajada de Estados Unidos en Saigón. Walter Cronkite, considerado como el periodista con más credibilidad de Estadas Unidos, dijo en el telediario de la noche: “¿Qué demonios pasa? Yo creía que estábamos ganando la guerra”.

Poco después del fracaso de la ofensiva del Tet, el senador Eugene McCarthy, para quien Hersh había escrito discursos, ganó con un programa pacifista las primarias de New Hampshire. El presidente Johnson se vio obligado a anunciar que no se presentaría a la reelección y que estaba dispuesto a buscar la paz a través de negociaciones. Pero el nuevo presidente, Richard Nixon, aumentó la ayuda militar a Vietnam, mientras muchos norteamericanos comenzaban a pensar que la guerra había dejado de ser una causa justa. En ese momento, My Lai proporcionó un examen de conciencia y una razón moral concreta para terminar el conflicto.

Los directores de los medios de comunicación norteamericanos decidieron, a partir de entonces, que la guerra había perdido interés y que el público demandaba otro tipo de información, y comenzaron a disminuir el espacio y el tiempo dedicados a ella. De 637 corresponsales acreditados en Vietnam en 1968 se pasó a 467 al año siguiente y a 392 en 1970. 

A mediados de 1974, solo quedaban 35. Sin embargo, en el período 1969-1974 se produjeran importantes escaladas en el conflicto, dos países se vieron involucrados, Laos y Camboya, y se incrementaron considerablemente los devastadores bombardeos norteamericanos. Solo en 1971 hubo más civiles muertos y heridos en los tres países en guerra que en ninguna otra época de su historia.

La pesadilla de Vietnam comenzó el 8 de mayo de 1950, cuando se hicieron evidentes las dificultades del cuerpo expedicionario francés en lo que entonces se denominaba Indochina, y Estados Unidos decidió enviar ayuda económica y material. El presidente Truman envió a 35 consejeros y quedó atrapado en la guerra hasta 1973. Se manejaba entonces la teoría del dominó, según la cual los regímenes políticos asiáticos se inclinarían hacia el comunismo si no se contenía la primera pieza, Vietnam. 

Los acuerdos de Ginebra de julio de 1954 disponían la celebración de elecciones generales en Vietnam en 1956 para la reunificación de un territorio que había quedado provisionalmente dividido por la necesidad norteamericana de contener la primera pieza del dominó y, de forma mucho más leve, por el interés francés en conservar su influencia sobre los ricos territorios del sur.

El carismático líder del norte, Ho Chi Minh, no había logrado dominar el país después de derrumbarse el poder japonés con la Segunda Guerra Mundial, y los franceses no habían tenido éxito en sus campañas contra los comunistas del norte. La situación era de contención cuando los negociadores llegaron a Ginebra. Sin embargo, las estadísticas más fiables de la consulta a las dos partes del país otorgaban a Ho Chi Minh un apoyo del 80% de la población. El Gobierno del sur, que se caracterizaba por la crueldad de sus métodos represivos, no aceptó las elecciones y echó en los brazos comunistas a todos los sectores políticos del sur. El avance comunista parecía inminente y definitivo cuando Estados Unidos decidió incrementar su presencia en la zona.

Al llegar al despacho oval, el presidente Kennedy debió manejar informes como éste: “No existe ayuda militar norteamericana a Indochina que pueda vencer a un enemigo que está simultáneamente en todas y en ninguna parte y que cuenta con la simpatía y el apoyo encubierto del pueblo”. Sin embargo, el general Maxwell D. Taylor visitó el país en octubre de 1961 y se decidió el aumento de la ayuda militar norteamericana. En dos años, y ante un régimen survietnamita cada vez más corrompido, los “asesores militares” pasaron de 800 a 16.500, aunque Kennedy se negó siempre a comprometer totalmente al país porque, según dijo, es “como darse a la bebida; una vez se ha empezado no hay manera de contenerse”.

Hasta entonces, la prensa occidental no había mostrado más que un leve interés por seguir los acontecimientos del sudeste asiático. En 1960, mientras The New York Times enviaba al veterano corresponsal de guerra Homer Bigart, el reducido grupo de periodistas en la capital de Vietnam del Sur, Saigón, estaba compuesto por un representante de cada una de las cuatro agencias más importantes del mundo: las norteamericanas Associated Press y UPI, la británica Reuter y la francesa France Press; Time y Newsweek tenían corresponsales, aunque no en exclusiva, y había otros profesionales que caían por allí en busca de un buen reportaje. El grupo era tan reducido que todos podían sentarse a cenar en una mesa de su restaurante favorito, Brodars, en la calle Tu-do.

Su labor era ardua, obstaculizados siempre por el gobierno local, que no veía por qué debía admitir críticas a su forma de actuar. Con frecuencia eran acusados de comunistas y espías, y se censuraban sus escritos. El “problema de la prensa” llegó a tal grado que el Gobierno de Estados Unidos decidió enviar a John Mecklin, jefe de la oficina de Time en San Francisco. 

Los corresponsales habían actuado con patriotismo en la Segunda Guerra Mundial y en Corea, ¿por qué se empeñaban en llevar la contraria en Vietnam? Varios de ellos escribieron después con amargura que los primeros intentos por informar sobre la verdadera situación en Vietnam fueron sistemáticamente censurados por la Casa Blanca y por el Pentágono; otros fueron directamente expulsados. Mecklin, por su parte, calificó en su informe oficial a los profesionales de “irresponsables” y “sensacionalistas”.

Muchos directores de periódicos, ante la confusión creada en Vietnam e influidos por el clima de la guerra fría, preferían ofrecer a sus lectores las versiones oficiales y no complicarse la vida. Los papeles del Pentágono y otros documentos hechos públicos con posterioridad demostraron que los periodistas intentaban contar la verdad: en Vietnam se libraba una auténtica guerra con participación directa de Estados Unidos. A partir de 1962, la situación cambió. Ya nadie podía llamar ayuda a lo que era una intervención en toda regla y otros corresponsales, sobre todo británicos, comenzaran a desembarcar en Saigón ofreciendo una visión menos difuminada del conflicto.

Hay una imagen que simboliza a la perfección el cambio en la percepción del enfrentamiento de Vietnam y que debemos a un periodista que estaba allí desde los primeros tiempos: Malcolm Browne, corresponsal de la agencia Associated Press. El gobierno survietnamita, apoyado por Estados Unidos y enfrentado a todos los sectores del país, había ordenado disparar contra un grupo de manifestantes de una minoría cada vez más molesta: los budistas.

 Browne acudió con su cámara cuando los budistas organizaron una protesta por la brutal represión de la manifestación y registró, el 11 de junio de 1963, la autoinmolación del monje Thic Quang Duc, mientras otros monjes impedían el paso a los bomberos. La fotografía dio la vuelta al mundo y la gente empezó a preguntarse qué pasaba en Vietnam.

El incidente del “bonzo” provocó que millones de miradas se volviesen hacia la zona. Intelectuales europeos, algunos grupos progresistas norteamericanos, así como los partidos de izquierda de la Europa occidental comenzaron una denuncia sistemática de la situación de Vietnam. 

La administración Kennedy, mientras tanto, acudió al nivel más alto de la estructura periodística intentando contener las informaciones comprometidas e invocando el interés nacional. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de la prensa norteamericana por ofrecer una información veraz –magnificados luego por esta misma prensa– y de los 45 corresponsales de guerra muertos y 18 desaparecidos, nadie puso en cuestión la intervención en sí, sino solo su eficacia.

La pasividad del pueblo norteamericano ante la guerra de Vietnam y su súbito despertar a partir de My Lai no podrían entenderse sin la omnipresencia de la televisión. En 1941 había en Estados Unidos unos 10.000 televisores; en la época de Corea, 10 millones, y en el punto culminante de la guerra de Vietnam, 100 millones. 

Hasta entonces, no se había planteado una información de guerra prolongada y diaria. Una encuesta realizada por Edward Jay Epstein entre productores de televisión y directores de periódicos para su libro News from Nowhere mostró que dos tercios de los entrevistados consideraban que la televisión había influido muy poco para cambiar la opinión pública sobre la guerra.

Vietnam era una sucesión de imágenes de combate que los telespectadores seguían diariamente. La guerra parecía tan irreal y tan lejana que podía ser confundida con facilidad con una serie televisiva más. Una investigación de The New Yorker afirmaba que las escenas de batallas se hacían menos reales, “disminuidas en parte por el tamaño físico de la pantalla de televisión que, pese a todos los avances de la industria, aún muestra la imagen de hombres de poco más de siete centímetros disparando contra otros del mismo tamaño”.

Todos los esfuerzos de algunos periodistas por narrar lo que sucedía quedaban minimizados ante el poder de la televisión. Las encuestas demostraron que entre 1962 y 1967 la mayoría de los norteamericanos aprobaban la intervención. A partir de esa fecha, el sentimiento parece cambiar. Sin embargo, una famosa encuesta encargada por Newsweek en 1967 sobre el efecto de la televisión en la opinión pública arrojó un resultado sorprendente.

El 64% de los seguidores de la guerra por televisión apoyaban la intervención norteamericana y solo el 26% reconoció que el espectáculo televisivo había intensificado su oposición al conflicto. La conclusión de Newsweek era definitiva: “La televisión alienta a una mayoría de telespectadores a apoyar la guerra”.

¿Cómo era posible que un medio de comunicación que mostraba diariamente heridos, muertos, horrores y llantos produjera un efecto semejante? La respuesta pasó a los anales de los estudios de la comunicación: “La televisión mostraba de una forma constante la ferocidad y el horror de la guerra. Al repetirse cada noche imágenes muy parecidas, estas perdían su eficacia”. 

Un destacado psiquiatra norteamericano, Frederick Wertham, dijo ese mismo año que la televisión producía el efecto de condicionar al público a aceptar la guerra, y una encuesta posterior, encargada por Newsweek en 1972, indicaba que el público estaba adquiriendo una tolerancia al horror de la guerra. El norteamericano llegó a acostumbrarse al escenario vietnamita y contemplaba impávido las evoluciones de los soldados sin inquietarse por el trasfondo de sangre y muerte.

Se adujeron múltiples razones para explicar esta actitud generalizada ante la primera guerra televisada de la historia: la decisión de los productores de las tres principales cadenas de retocar las imágenes para que no apareciesen en pantalla soldados norteamericanos heridos o civiles vietnamitas muertos (en general, escenas de violencia inadecuadas para la hora de la cena); la guerra televisada era una guerra limpia, tecnológica y muy efectiva; la pantalla no mostraba nunca la lucha cuerpo a cuerpo; los telespectadores asistían solo a una parte de la confrontación, la parte norteamericana...

Y otras mil razones. Desde el tono de voz de los comentaristas hasta el relajante color verde de la selva. Lo cierto es que durante una década, los norteamericanos se acostumbraran a unas imágenes y a unos lugares que se parecían entre sí. Paradójicamente, el efecto de revisión del papel de Estados Unidos en Vietnam no vino de las imágenes de la televisión, de la guerra en directo, sino de un relato publicado en la prensa escrita cuyo autor fue un periodista que nunca estuvo en Vietnam y cuyo inspirador fue un ex combatiente arrepentido.

El ex combatiente Ronald Ridenhour desapareció de la escena pública y solo años después reapareció dedicado al periodismo de investigación. En 1972 reflexionó sobre su experiencia en Vietnam en un artículo: ‘Jesus was a Gook’ contenido en un libro colectivo. Falleció en 1998. El fotógrafo Ronald L. Haeberle decidió volver a Vietnam, pero ninguna publicación quiso contratarle. Ernesto L. Medina, capitán de la Compañía C, pudo convencer a los jueces de que cuando llegó a My Lai el mal estaba hecho, pese a las múltiples contradicciones de su testimonio. El teniente William L. Calley fue condenado a cadena perpetua en un juicio en el que se aportaron multitud de detalles. 

Para algunos sectores de la sociedad se convirtió en un héroe. El presidente Richard Nixon le rebajó la pena, le sacó de la prisión militar y finalmente cumplió solo tres años y medio en arresto domiciliario. Trabajó en la joyería de su suegro y atendía a los periodistas, previo pago, que querían entrevistarle. En 2009, más de cuarenta años después de su acción en Vietnam, se mostró por primera vez arrepentido en una reunión de un club comunitario de Columbus (Georgia), cerca de la base de Ford Benning, donde se formó como militar, se celebró el juicio y Hersh le entrevistó.

Seymour Hersh recibió el premio Pulitzer de Periodismo en 1970 por sus investigaciones sobre la matanza y escribió un libro, My Lai: La guerra del Vietnam y la conciencia norteamericana, para el que realizó cincuenta entrevistas y recorrió más de 80.000 kilómetros. Siguió muchos años en la primera línea del periodismo, desde el caso Watergate hasta las torturas de Abu Ghraib. Su compañero y director de The New Yorker David Remnick le describió como “un lobo solitario que va por delante de la jauría, unas veces viendo cosas antes que los otros, a menudo descubriendo detalles que darán pie a otras investigaciones”.

De aspecto desaliñado e improperio fácil, Seymour Hersh, una leyenda del periodismo, parece haber ido demasiado lejos en sus reportajes, que sigue escribiendo al filo de los ochenta años. Tanto The New Yorker como el Washington Post han rechazado publicar sus últimos trabajos. En uno de ellos, el más polémico, desmiente la versión oficial de la operación en la que se eliminó a Osama Bin Laden y afirma que era un prisionero del ISIS con el visto bueno de Arabia Saudí al que entregó un dirigente del Estado Islámico. Se acusa a Hersh de que su información proviene de una sola fuente anónima, si bien es cierto que muchas de las circunstancias de la operación todavía no han sido aclaradas.

Aunque había viajado en un par de ocasiones a Vietnam, Hersch nunca había estado en My Lai y hace unos meses visitó la aldea con su familia. En su reportaje, publicado por The New Yorker en marzo de 2015, escribe: “Hay una zanja profunda en el pueblo de My Lai. La mañana del 16 de marzo de 1968 se llenó con los cuerpos de los muertos, decenas de mujeres, niños y ancianos, todos abatidos a tiros por soldados estadounidenses jóvenes. Ahora, cuarenta y siete años más tarde, la zanja en My Lai parece más amplia de lo que la recuerdo en las fotografías de las noticias de la masacre: la erosión y el tiempo han hecho su trabajo”.            (Carlos García Santa Cecilia, Frontera D, 25/11/16)