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26/4/17

El violinista del ghetto de Varsovia


"No se puede recorrer Muranów, un barrio de Varsovia, sin que el corazón se encoja y un nudo nos atenace la garganta. Aquí estaba el ghetto, y, a cada paso, surgen los recuerdos del horror. Nos hablan de él, Antoni Szymanowski; y los diarios de Emmanuel Ringelblum –los Escritos del ghetto–; y las páginas de Hersch Berlinski, y de Aurelia Wylezynska, muerta durante el levantamiento de Varsovia. Y las de Cyvia Lubetkin, y Jan Karski, correo de los partisanos polacos. 

Emmanuel Ringelblum, que fue asesinado por la Gestapo en 1944, pudo enterrar en Muranów algunos documentos que reunió. También los nazis hablan de ese infierno: el general de las SS, Jürgen Stroop, conquistador del ghetto de Varsovia; y el propio Goebbels.

Antes de la guerra vivían en Polonia tres millones de judíos polacos, más de la décima parte de la población. En los combates de septiembre de 1939, murieron más de cincuenta mil personas, y, un año después, los nazis crearon los ghettos. En Varsovia, más de cuatrocientas mil personas fueron encerradas en él, entre el hacinamiento, el hambre, las enfermedades.

 Las condiciones de vida eran inhumanas: cada mes morían más de cinco mil personas; decenas de miles de obreros fueron obligados a trabajar para sus verdugos en condiciones de esclavitud, alimentados sólo con sopa. Otros eran conducidos a fábricas fuera del ghetto: eran un excelente negocio para los industriales alemanes. Miles de mendigos llenaban las calles, junto a centenares de niños abandonados, porque sus padres habían muerto. 

El tifus, la gripe, y otras enfermedades hicieron estragos, y los piojos se apoderaron de todo. Casi 85.000 personas murieron por efecto del hambre y de las enfermedades en el ghetto de Varsovia, antes de que el resto fueran enviados al campo de exterminio de Treblinka.

Al alba, los enterradores arrojaban a la fosa común los cadáveres recogidos cada día. Los nazis apenas entregaban alimentos, pero mentían al mundo sobre las condiciones del ghetto: llegaron a rodar noticieros donde forzaron a aparecer al jefe del Judenrat, Adam Czerniaków, y otras personas, en grandes banquetes. 

Arnold Mostowicz, superviviente de otro ghetto, el de Lodz, nunca pudo arrancarse de la memoria una escena atroz: tenía que atender a una joven enferma. Cuando llegó a la casa, ya había muerto, así como uno de sus hijos pequeños. No pudo hacer nada, sólo estremecerse viendo cómo se agitaba el cadáver en un mar de piojos.

Pese a todo, las organizaciones judías resistieron: en la calle Mila, 18, estaba el cuartel general de la Organización Judía de Combate, y un túnel secreto en la calle Muranowska comunicaba con el exterior del ghetto. Incluso organizaban la vida, atendían a la ciencia y la cultura, imprimían prensa clandestina, crearon una biblioteca infantil.

 Incluso investigaron, como el doctor Israel Milejkowski, que dirigió un trabajo científico en aquellas increíbles condiciones. En la víspera de su muerte en el ghetto, anotó: “con la pluma en los dedos, siento la muerte deslizarse en mi habitación…”

El 22 de julio de 1942 los nazis iniciaron la operación para liquidar el ghetto de Varsovia: engañaron a la población simulando un simple traslado, y concentraron a miles de personas cada día en la Umschlagplatz, para enviarlas a Treblinka, con los ucranianos y letones nazis disparando a matar para mantener el orden. En septiembre de 1942, los trenes de la muerte transportaban desde Varsovia hacia Treblinka entre cinco y siete mil personas diariamente. Allí, 265.000 prisioneros del ghetto fueron convertidos en humo.

En el verano de 1942, algunos judíos del ghetto entran en contacto con la resistencia polaca, para pedir armas. Crean la OJC, Organización Judía de Combate. Consiguen algunas pistolas y dinamita, que introducen en el ghetto por puntos secretos, como el agujero de la calle Bonifraterska, o a través de la fábrica situada en la calle Okopowa, al lado del cementerio judío; y por el túnel excavado en la calle Muranowska, y por la entrada al ghetto de la plaza Parysowski, donde la resistencia consiguió sobornar a los guardias polacos.

 Contaban además con las cloacas, utilizadas por el mercado negro y para intentar escapar al exterior. La OJC organiza incluso una pequeña prisión dentro del ghetto, ejecuta a judíos colaboracionistas con los nazis y distribuye octavillas explicando sus acciones.

El 18 de enero de 1943, los alemanes lanzan el ataque final. Siguen las deportaciones, y fusilan en el ghetto a los enfermos impedidos. Los grupos judíos responden, y los combates duran cuatro días. El 21 de enero, el mando alemán evita arriesgar a sus soldados en luchas callejeras y decide volar con explosivos los edificios donde se concentra la resistencia, que utiliza tácticas de guerrilla urbana y se mueve por los tejados, los sótanos, las cloacas.

 La OJC ha conseguido encuadrar a setecientos combatientes, y otro grupo, la AMJ, a cuatrocientas personas más. El 19 de abril de 1943 estalla la insurrección del ghetto. Mordechaj Anielewicz es el principal dirigente de la resistencia: sus integrantes saben que sólo les espera la muerte.

Comienzan los combates por diferentes calles, y decenas de alemanes mueren. Los nazis utilizan lanzallamas para incendiar todavía más el barrio, que arde desde los primeros días de luchas. Los informes del general Jürgen Stroop, que manda las tropas nazis, recogen que “familias enteras se arrojan por las ventanas de los edificios incendiados”. Los combatientes se ocultan en sótanos, en pasadizos, y atacan cuando pueden. 

Algunos grupos de la resistencia polaca intentan abrir brechas en el muro, desde el exterior, para ayudar a los judíos, mientras que otros atacan a los soldados, pero la diferencia de fuerzas es demasiado grande. El 8 de mayo, después de veinte días de combates, las calles del ghetto son una montaña de ruinas y de edificios destripados, donde los insurrectos mueren abrasados o tienen que refugiarse a veces en sótanos en los que se acumulan los cadáveres, que están siendo devorados por las ratas.

Los alemanes se retiran, y deciden destruirlo todo. “Nunca olvidaré la noche que incendiaron el ghetto”, escribió después Cyvia Lubetkin. El día 7 de mayo, muere combatiendo Mordechaj Anielewicz. Algunas decenas de personas permanecen agazapadas en las alcantarillas y en los sótanos, sin alimento, sin agua, con los labios convertidos en esparto: unas pocas podrán salvarse todavía gracias a un camión de la resistencia que espera camuflado en una alcantarilla fuera del ghetto: entre ellos estaba Marek Edelman, uno de los dirigentes de la insurrección. Otros optan por el suicidio, para no caer en manos de los nazis, o se ven forzados a matarse unos a otros, entre lágrimas. El 16 de mayo Jürgen Stroop declara que la resistencia ha cesado: para celebrarlo vuelan con explosivos la sinagoga de la calle Tlomacka. 

Después, en agosto de 1944, estalla la insurrección general de Varsovia, y en enero de 1945 el Ejército Rojo libera la ciudad. Los combatientes del ghetto de Varsovia escribieron: “¡Vivir con dignidad y morir con dignidad!” Sabían que la resistencia no sólo era posible sino imprescindible para el futuro de la humanidad.

Nos queda su ejemplo, y las insoportables fotografías del horror: fosas comunes, niños muertos en las aceras del ghetto, el lento paso del niño judío, cubierto con su gorra, con los brazos en alto, con el miedo asomando en sus ojos, observado por los soldados nazis; y el rostro de otro niño, que arrastra un carro con cadáveres; y la del violinista con la piel en los huesos, que pide ayuda: va a arrancar unas notas del violín, mientras nos mira, para que no olvidemos nunca que ellos estaban allí, en el infierno."                   (El viejo topo, 19 Abril, 2017 Higinio Polo)

3/10/14

La niñera que se convirtió en madre de un niño judío... y el oficial de las SS que los salvó


 Gertruda y Michael, en Berlín en 1947. / P. EDITORIAL

"En la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto también emergieron comportamientos edificantes de personas humildes y valientes. La polaca Gertruda Babilinska (1902-1995) fue un gran ejemplo. 

Ella era una católica en la Varsovia invadida por los nazis en 1939 que se jugó el pellejo para ayudar a la familia judía Stolowitzky, que le había dado empleo como niñera en su lujosa casa y, después, fue la heroica madre adoptiva del pequeño Michael cuando Lydia, la mamá del niño, murió y el padre, Jacob, quedó atrapado por la guerra en París y no pudo regresar a Polonia. 

Esta es la historia que cuenta La promesa de Gertruda (Plataforma Editorial), libro escrito por el abogado y periodista Ram Oren a partir de las entrevistas con los supervivientes de aquellos hechos y sus parientes, así como con los documentos obtenidos de su investigación. El texto fue publicado en 2007 en hebreo, se ha traducido a ocho idiomas, con 250.000 ejemplares vendidos; de estos, unos 3.500 en castellano desde que se editó en España el pasado mayo.

Hoy ligado al negocio del turismo y residente en Nueva York, Michael Stolowitzky dice, por teléfono, que Gertruda era "un ángel". "No solo fue buena para mí; lo era por cualquiera que lo necesitase". En la conversación, Stolowitzky la llama en todo momento "mi madre".

 "Es que yo tenía entonces dos años y no recuerdo nada de mi madre biológica, así que Gertruda lo fue desde que tengo uso de razón. Bueno, fue más que una madre porque lo que ella hizo, debe hacerlo una madre por su hijo; pero en realidad no tenía ninguna obligación. Me podía haber delatado, había carteles por la ciudad en los que se amenazaba con la muerte a los que ayudasen a los judíos".     

Oren, autor de best-sellers, ha reconstruido esta "historia real" en una novela de 400 páginas en la que, además de la adinerada familia Stolowitzky, muestra a otros personajes atrapados por sus asfixiantes circunstancias personales, como el oficial de las SS Karl Rink, que se afilió al nazismo para tener un puesto de trabajo y vio cómo sus correligionarios asesinaban a Mira, su esposa judía, lo que le hizo tomar partido, de forma disimulada y arriesgando su vida, por aquellos a los que le habían ordenado exterminar. 

Así ocurre cuando se cruza con Gertruda y Michael para salvarlos de una muerte segura. Michael aún lo recuerda: "Íbamos andando por una calle de Vilna [adonde habían huido desde Varsovia] cuando cuatro soldados alemanes nos detuvieron, nos apuntaron con sus rifles y me gritaron repetidamente: '¡Bájate los pantalones!".

 Si aquellos nazis descubrían a un niño circuncidado era su final y el de Gertruda. "Nos quedaba un segundo de vida cuando una voz dijo: '¡Soltadle!, no es judío". Los soldados siguieron las órdenes del oficial Rink y se fueron.

 El oficial de las SS Karl Rink en febrero de 1938. / P. EDITORIAL

En un mundo en el que llegar vivo al final del día era un triunfo, Gertruda Babilinska promete a Lydia Stolowitzky en su lecho de muerte que cuidará de Michael como si fuera su hijo y que lo llevará a la Tierra prometida, a  Palestina. 

A partir de ese momento, la pareja protagonista se enfrenta con extraordinaria valentía a las penurias económicas, al frío, al temor de que alguien descubra que Michael es judío y lo envíen a un campo de concentración, a las bombas...
      
Cuando el conflicto bélico acaba, Gertruda y Michael viven una nueva odisea: embarcan junto a otras 4.500 personas en el célebre barco Exodus, en julio de 1947, en dirección al lugar donde nacerá el Estado de Israel. Michael cuenta que cuando Ram Oren se puso en contacto con él, quería escribir un libro sobre el Exodus e incluir unas líneas de su odisea junto a Gertruda. "Sin embargo, cuando quedamos, hablamos durante horas y al acabar me dijo: 'Michael, nunca había oído una historia tan fascinante". El motivo de su libro había cambiado.

Aquel niño llamado Michael creció y el horror de la guerra quedó atrás. A finales de los años cincuenta intentó recuperar parte de la enorme fortuna que su padre guardó en bancos suizos. Los vericuetos de otra lucha que detalla Oren.

Sin que se trate de una gran novela, el texto narra con logrado realismo acontecimientos históricos como la Noche de los cristales rotos, del 9 al 10 de noviembre de 1938, o la lucha por la supervivencia en el gueto de Vilna tras la invasión nazi. 

 Quizás lo más desgarrador del libro son las despedidas de seres queridos que esperan volver a verse pero son conscientes de que será muy difícil, que probablemente es la última vez que se abrazan. Y lo más fascinante de esta historia es cómo una y otra vez la abnegada Gertruda tuvo tantas agallas para superar las terribles dificultades y cumplir su promesa."          ( , El País,  01 de octubre de 2014)

21/2/14

La información sobre las atrocidades nazis corre ya por todas partes. No hay ignorancia, hay silencio cómplice de la Iglesia española y del gobierno de Franco



“La información sobre las atrocidades nazis corre ya por todas partes. Los habitantes de Vilnius, como los de casi cualquier otra ciudad en la que exista el «problema judío» conocen las noticias, por mucho que sea de forma fragmentaria.

 También lo saben los alemanes que no participan en las matanzas, pero reciben confidencias de sus vecinos, de los guardianes de los campos, de los soldados del frente del este.

Es porque llegan esas noticias por lo que comienzan algunas insurrecciones en guetos, como el de Varsovia, donde el 29 de abril los cincuenta y seis mil internados se rebelan contra los alemanes. Durante casi un mes los judíos polacos, armados con algunas pistolas y fusiles, se enfrentan a la artillería, la aviación y las poderosas dotaciones de miles de soldados nazis. 

El área del gueto queda machacada, y sólo sobreviven algunas decenas de judíos. Una gran victoria para el Reich. Y una nueva noticia que recorre, en voz baja, toda Europa. A los alemanes la victoria les ha costado casi un centenar de muertos y el gasto de muchos miles de toneladas de explosivos.

Como sucede en la ciudad polaca de Lvov, rebautizada por los nazis como Lemberg, una ciudad donde los judíos se alzan contra sus guardianes y lo-gran matar a nueve de ellos el i de junio. El resultado de la batalla es el pre-visible: otros cuantos miles de judíos muertos a base de bombas y disparos.

El jefe del Judenrat local, Henryk Landesberg ha sido ejecutado unas semanas antes de una manera llamativa. Él y otros doce judíos han sido acusados de colaborar con la resistencia. Y les han colgado de farolas.

 Como las cuerdas no son de buena calidad, se han roto varias veces, y los condenados han tenido que volver a subir las escaleras de sus improvisados cadalsos hasta en tres ocasiones para que les vuelvan a atar la cuerda al cuello y les vuelvan a dejar caer colgados.

 Los civiles alemanes de la localidad han tenido tres días para ver el espectáculo de los cuerpos suspendidos en el aire, con el rostro azulado. Han llevado a sus hijos para que no se lo pierdan. 

Cada insurrección se convierte en un baño de sangre, pero quienes las encabezan piensan que es mejor morir de esa manera que en las cámaras de gas o en los bordes de las grandes fosas comunes, mansamente. Lo sabe ya la Iglesia católica. En el Vaticano se reciben informes que no dejan lugar a la duda. Aparte de los obtenidos por los propios medios de la Iglesia, los norteamericanos les suministran datos abrumadores.

 El embajador ante la Santa Sede, Myron C. Taylor, uno de los hombres que se entrevistó con Franco hace pocas semanas, entregó una nota el z6 de septiembre al secretario de Estado del papa, el cardenal Maglione, en la que le describía la forma en que los alemanes sacaban del gueto de Varsovia a los judíos, a hombres, mujeres y niños sin distinción, para matarles a tiros en campos como el de Belzec.

 Taylor ha recibido la información de dos testigos muy fiables, porque son arios. Y añade que, mientras a los deportados judíos de Francia, Alemania, Holanda y otros países del oeste, les matan, a los prisioneros que no son judíos sí los usan para trabajar.

El embajador preguntó si el Vaticano tenía alguna información que confirmara sus datos y si el papa tenía alguna sugerencia en «cuanto a la forma práctica en que se podrían utilizar las fuerzas de la opinión pública civilizada para evitar la continuación de estas barbaridades».

La respuesta no fue muy satisfactoria. Para Maglione, la exactitud de las informaciones no ha sido verificada. Y en todo caso, «la Santa Sede aprovecha todas las oportunidades que se le ofrecen para mitigar el sufrimiento de los no arios».

El embajador inglés Francis D'Arcy Osborne se muestra indignado ante la respuesta vaticana a una interpelación suya que es similar. Mientras Hitler recibe a Muñoz Grandes, el mismo día 13, el inglés escribe en su diario su amargura. Y pocos días después, registra la brutal respuesta de Maglione a su pregunta. El secretario de Estado le dice:

El papa no puede condenar «atrocidades particulares» ni verificar el número de judíos asesinados del que han informado los aliados.5 El papa se va a dar por satisfecho con una referencia al delicado asunto el día de Nochebuena, en su discurso tradicional, emitido por la radio de la Santa Sede:

La humanidad debe este voto de volver a conducir hacia la ley divina a los centenares de miles de personas que sin falta alguna por su parte y únicamente debido a su nación o su raza, han sido condenados a muerte o a la extinción progresiva. 

Una declaración que resulta demasiado débil para las cancillerías de los países democráticos.

En todo caso, una declaración que habla del asunto.

En España los medios de comunicación no difunden el discurso del papa. No ese fragmento.

Y, por supuesto, los obispos lo olvidan. Aunque ellos conocen al dedillo lo que su jefe ha dicho. No hay ignorancia, hay silencio cómplice de la Iglesia española y del gobierno de Franco.

Lo saben ya de forma indiscutible los dirigentes aliados que combaten a los nazis en todos los frentes. Desde la declaración solemne del Parlamento británico el 17 de diciembre, a la que se unió el gobierno norteamericano y el Comité Nacional Francés Libre de Charles de Gaulle, por la que se anunció que los judíos estaban siendo exterminados y que los responsables de esos crímenes serían castigados, nadie puede alegar ignorancia. La prensa española no se hace eco de nada de eso. Los dirigentes políticos españoles, tampoco. La Iglesia española, tampoco.

No hay constancia de que el duque de Alba, que en su condición de embajador es un eficiente transmisor de las informaciones relevantes que se producen en Inglaterra, le haya dedicado al asunto algún tiempo.

A Hitler y a Goebbels, su responsable de Propaganda, les preocupa que se hable en todo el mundo de las matanzas de judíos. La reacción es acentuar la propaganda propia denunciando el papel de los hebreos en la guerra. Los judíos son el nexo oculto entre el capitalismo y el bolchevismo.

 Y se habla, sin el menor intento de ocultar nada, de la necesidad de eliminarlos, de exterminar la raza maldita. Lo hace Hitler el 7 de febrero en Rastenburg, y lo hace Goebbels el día 18 del mismo mes en el Sportpalast. Por supuesto, no conviene que se conozcan los detalles de la matanza, pero sí que el pueblo alemán sea consciente de que esa tarea es primordial.  (…)

En cambio, sí tienen los medios para controlar la información que tienen que dar la prensa y la radio el vicesecretario Gabriel Arias Salgado y el nuevo jefe de la Falange Exterior, el veterano de la División 250 Fernando María Castiella.

Castiella es, junto con José María de Areilza, el teórico de la empresa imperial pendiente para España. Y es uno de los mejor informados sobre las atrocidades que el régimen hitleriano está cometiendo. Él ha visto con sus propios ojos las comitivas de judíos camino de la muerte, como tantos otros divisionarios. 

Y está al corriente de las informaciones que llegan de los representantes españoles en el exterior. Castiella tendrá el cinismo, cuando sea ministro de Asuntos Exteriores de Franco, de participar con un alto grado de responsabilidad en la gran maniobra franquista para confundir a la opinión pública internacional y apuntarse el tanto de los esfuerzos para salvar judíos:

La protección española a los judíos perseguidos no sólo goza de las simpatías universales sino que ha sido apoyada por las grandes potencias. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Estado español, aun reconociendo que prestó eficaz ayuda a los sefardíes, pecó en algún caso de excesiva prudencia y es evidente que una acción más rápida y más decidida hubiera salvado más vidas.

 El diagnóstico a posteriori es certero. El gobierno español deja pasar con cuentagotas a los refugiados que menudean ahora, tras la ocupación total de Francia por las tropas alemanas. 

A casi todos los que consiguen pasar, se les envía, tras un minucioso examen de su documentación, al campo de concentración de Miranda de Ebro, donde se llegan a hacinar más de tres mil detenidos preventivos a la espera de que organizaciones internacionales se hagan cargo de ellos.

Castiella mentirá sobre los sefardíes españoles, porque no a todos se les da protección, ni es el gobierno el que toma en sus manos la defensa de sus vidas. Son diplomáticos españoles quienes lo hacen bajo su responsabilidad y asumiendo riesgos. 

Las vacilaciones que se producen harán que cientos de sefardíes acaben el campo de concentración de Bergen-Belsen porque los nazis no recibirán una respuesta clara sobre qué hacer con ellos.”

(Jorge M. Reverte: La División Azul. Rusia, 1941-1944. RBA, 2011. Págs. 500/503)

10/2/14

Todo era recelo en los guetos. Miedo, suspicacia, pésima alimentación, peligro constante de muerte...

"En los guetos se pasaba muy mal. En cierta ocasión, y no sé con qué motivo, nos dijeron que unos aviadores norteamericanos, derribados por la D.C.A., habían conseguido pasar inadvertidos hasta encontrar pasajero refugio en una de aquellas horribles aglomeraciones judías. 

Acompañado de quien me informó al respecto, a la caída de la noche llegamos hasta el gueto. Siempre había un pre-texto para entrar, ya que muchas familias no judías se resistían a abandonar el barrio y la casa antigua, encontrando siempre excusa para la dilación, con lo que la visita estaba siempre justificada, supuesto que no era delito entrevistarse con arios, incluso en una casa-gueto.

 Hacía calor, un calor anticipado de vera-no y de la casa, en la escalera, se percibía el bochornoso latido de una humanidad confinada. Las casas húngaras de vecinos gozan de una particularidad, casi desconocida en las viviendas españolas, y es que los interiores suelen tener la puerta en un corredor que circunda el patio. 

Las ventanas de estos pisos dan al corredor y la intimidad se brinda apenas velada por los visillos. Las severísimas órdenes con respecto al oscurecimiento, por causa de las precauciones antiaéreas, sumían a los edificios en una absoluta penumbra, y en aquella ascensión hacia el tercer piso sólo percibíamos el respirar de docenas de personas apiña-das en la oscuridad, el olor a multitud exhalado por las ventanas abiertas y, de tarde en tarde, la tenue llamarada de un pitillo ávidamente succionado. 

En el rellano unos bultos irreconocibles. Por el apagado tono de las voces parecen dos muchachas. De pronto, una de ellas comienza a cantar en tono apagado y su can-ción, un vulgar cuplé repetido por todas las bocas, tomaba el aire de lamentación talmúdica, de queja milenaria, de una confesión esotérica y desesperada.


En otra habitación -siempre al pasar, al vuelo- cazamos un retazo de disputa. Dos seres se recriminaban con inusitada violencia, en tono contenido, masticando las palabras, comunicándolas un odio concentrado, vitamínico. Mañana habrá delaciones, porque de la convivencia el judío no ha extraído demasiados buenos sentimientos.

 Ellos, que aman la libertad sobre todas las cosas, que son los únicos que han forzado fronteras, incluso espirituales, se desesperan ahora, en este triste y reducido confinamiento. Diez personas por cada habitación de diez metros cuadrados, durmiendo por turnos, soportando la forzosidad de una compañía no solicitada, coincidiendo, muchas veces, dos enemigos profesionales o personales en el mismo cubil; todo ello alimentaba y propagaba a las peores pasiones. 

Es preciso añadir a esto un refinamiento introducido más tarde por el Gobierno: el espía. En casi todas las casas-gueto se había infiltrado un soplón, que hacía idéntica vida que los hebreos, les provocaba a la conversación, tomaba notas para el caso -no del todo probable- en que fuese preciso juzgar al presunto reo antes de fusilarle o de meterle en una cámara de gas. 

Todo era recelo en los guetos. Miedo, suspicacia, pésima alimentación, peligro constante de muerte, no sólo por parte de los alemanes, sino porque una bomba, de las que con generosa profusión lanzaban los americanos, podría aplastarles."                          

(Eugenio Suárez:  Corresponsal en Budapest  (1946), Ed. Fundación Mapfre, 2007, págs. 107/8)

20/12/13

Lo que ven los españoles no es sino una pequeña muestra de lo que está sucediendo en la ciudad



“Decenas de cadáveres de civiles judíos se amontonan en las calles de Vilnius, donde los alemanes dicen que se acaba la civilización. Es el precio que a los soldados alemanes les parece que tienen que pagar los judíos por el asesinato de un oficial de la Wehrmacht. Dicen que ha sido por eso.

Esta vez no los matan en un bosque, ni los entierran, todavía, en fosas comunes que ellos mismos tendrían que haber cavado antes. Los cadáveres se dejan en la calle, tirados, para que los pueda ver todo el mundo, para que sirvan de escarmiento.

En la montonera de cuerpos se puede distinguir que hay niños, que hay mujeres, y ancianos. Hay una cierta razón democrática en las decisiones indiscriminadas de los hombres del general Franz von Roques. ¿Por qué se iba a poder matar sólo a hombres jóvenes? De lo que se trata es de exterminar una raza.

Por la civilizada Vilnius, apenas tocada por la guerra, se mueven muchos hombres de la División 250. Porque hay un hospital de retaguardia en la ciudad. Hay médicos y heridos. Y hay mujeres, porque en ese hospital trabajan enfermeras españolas.

Todos ellos pueden ver el espectáculo de los cuerpos amontonados.

Aunque casi ninguno lo querrá recordar. La excepción será Benigno Cabo García, el voluntario de Linares que ha cumplido veinte años y ya, desde hoy, es testigo directo del horror nazi, que le descompone, que no comprende. Benigno y sus compañeros se han escapado de Riga, donde estaban de permiso, para conocer la capital de Lituania. Han ido al hospital español para que les den de comer. Van a lamentar la escapada."

El hospital está habilitado en el barrio judío de la ciudad, donde vivían hasta julio de 1941 las víctimas que ahora se amontonan en las calles, a la vista de Benigno, de sus compañeros, del personal médico de la división y de los heridos que convalecen allí.

Lo que ven los españoles no es sino una pequeña muestra de lo que está sucediendo en la ciudad. La comunidad judía estaba esperanzada hasta hoy, porque desde hacía un año no se habían producido matanzas, ni en los guetos ni en el bosque de Ponar. Jacob Gens, el jefe de la policía judía del gueto, lo había celebrado hace unas semanas.

 Gens estaba satisfecho tanto por el aparente cese de las matanzas como Por el funcionamiento  del teatro que distrae a sus compañeros y por los conciertos que se celebran en el cementerio, porque no hay otro sitio donde hacerlo. Pero las esperanzas se han frustrado.'

Es 5 de abril y el estudiante Itzhok Rudashevski escribe en su diario que han sacado de la ciudad a unas cinco mil personas en ochenta y cinco vagones de ferrocarril con el pretexto de llevarlas a Kovno a trabajar Pero su destino real ha sido Ponar. Allí, todos han sido fusilados por lo alema nes y sus aliados lituanos.

Y resulta aún más pequeña la muestra que supone la matanza pública, ya infrecuente en estos tiempos de sistematización del trabajo exterminador, si se piensa que apenas quedan unos días para que Himmler dé la orden definitiva de liquidar todos los guetos del este, de Ostland. 

Desde el 5 de junio de 1943, los sufridos y estresados asesinos de las SS y sus auxiliares de cada país situado al este de Alemania tendrán que acabar con las concentraciones de judíos en las ciudades.

 Los que sean necesarios para trabajar serán recluidos en campos de concentración, «los habitantes innecesarios» serán evacuados. O sea, liquidados.”

(Jorge M. Reverte: La División Azul. Rusia, 1941-1944. RBA, 2011. Págs. 497/499)

17/5/13

A mi madre la mataron... le dispararon como a todos los judíos de la fosa

"AVRAHAM AVIEL Polaco judío, superviviente de la matanza del gueto de Radun, Polonia, el 7 de mayo de 1942; testigo en el juicio contra Adolf Eichmann en 1961.

 Nos llevaron a todos cerca del cementerio, a unos ochenta o cien metros de una fosa larga y profunda. Una vez más nos hicieron arrodillarnos a todos. No había posibilidad de levantar la cabeza. Yo estaba más o menos en medio de la gente de la ciudad. Miraba delante de mí y veía la fosa, luego grupos de quizá veinte o treinta, conducidos hasta el borde, desvestidos, probablemente para que no pudieran llevarse objetos de valor. 

Los conducían al borde de la fosa, les disparaban y caían al fondo, unos encima de otros. Al mismo tiempo, vi a los que habían cavado la fosa, unos cien o menos, los llevaron lejos, en dirección a la carretera, a la ciudad. 

A lo lejos distinguí la figura de mi hermano mayor y entonces, como si una fuerte cuerda me atara a mi hermano, corrí hacia él. Apenas tuve la oportunidad de despedirme de mi madre. Ya no me tenía de la mano, ya nunca intentaría impedir que me fuera.

Comencé a saltar sobre las cabezas de los que estaban en la fosa. Saltaba y caía, saltaba y caía. No me importaba; no sé cómo, por algún milagro, no me vieron. Conseguí llegar al borde de la fosa. Me tiré al suelo, con miedo de levantar por si me veían. A mi lado, en aquel momento, estaba ... del pueblo. Era un trabajador hábil y trabajaba para los alemanes. Tenía un certificado especial que estipulaba que vivo, él y su familia. 

En total había diez hombres que tenían certificados como aquél en esa época. El llevaba el certificado en la mano y quería sacar de allí a su familia, a la que había visto en el gran grupo que iba a la muerte. En aquel momento, un alemán se acercó a él y le puso un revólver en el cuello. Oí un disparo. Zelig se puso negro y repitió: «Tengo un certificado». 

El alemán le disparó otra vez y Zelig cayó a mi lado, a medio metro de distan-cia. Esperé un poco y seguí arrastrándome hacia el camino. Conseguí alcan-zar al grupo de los que cavaban los pozos. En aquel momento se acercó un alemán y me preguntó: «¿Quién eres, qué estás haciendo aquí?». 

Yo tenía un certificado que decía que era una especie de cerrajero. Le dije: «Soy un buen cerrajero, soy herrero». Yo me quedé allí, tendido. Luego me acerqué a mi hermano y me uní a su grupo. A mi madre la mataron... le dispararon como a todos los judíos de la fosa. Hasta más tarde no supe que había sido el único que había podido escapar. 

Llegarnos a la conclusión de que ya no teníamos nada que hacer en el gueto. Ya no podíamos mirar a la cara a los que habían disparado a nuestros seres queridos. No podíamos mirar los caminos empapados en sangre, y decidimos escapar del gueto. 

Esperábamos que padre estuviera vivo todavía. No sabíamos si había conseguido escapar. Deambulamos solos por el bosque durante unos días, y conseguimos entrar en contacto y supimos que padre estaba vivo, y nos reunimos con el.

 Había conseguido huir con los cavadores, que se habían rebelado; les dispararon y él consiguió escapar. Unas diecisiete personas que se habían rebelado, y habían conseguido escapar, se salvaron, fuimos a establecer un primer contacto con los guerrilleros, que comenzaban a organizarse por entonces. 

La primera operación que llevaron a cabo los guerrilleros judíos contra la Gestapo fue unas dos semanas después de la matanza, una operación ejecutada por judíos jóvenes. Salieron y, a corta distancia del pozo, tendieron una emboscada a la dotación del cuartelillo del pueblo, al jefe de la Gestapo del pueblo, que, si no me equivoco, se llamaba Kopke; consiguieron herir y matar a algunos."

 (Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 283/4; 285/6; 287)

23/4/13

Con los niños no hacía falta disparar mucho. Dispararon varias veces y los niños cayeron

"RIVKA YOSELEVSKA Polaca judía, superviviente de la matanza delgueto de Hansovic, Polonia, en agosto de 1943; testigo en el juicio contra AdolfEichmann en 1961.

Cuando llegamos a aquel lugar, vimos a gente desnuda que ya estaba allí, así que pensamos que quizá los habían torturado, que todavía quedaba al-guna esperanza de seguir con vida. Huir era imposible. Yo sentía curiosidad por ver si había alguien detrás de la colina donde la gente tenía que estar y di una vuelta rápida. 

Vi tres o cuatro filas, doce personas asesinadas ya. Mi hija pequeña preguntó: «Madre, ¿por qué llevas el vestido del sábado? ¿Van a matarnos?». Incluso cuando estuvimos cerca de la zanja, dijo: «¿A qué es-tamos esperando? Vamos a escapar». 

Algunos más jóvenes trataron de huir. Apenas pudieron dar unos pasos, los apresaron y les dispararon. Entonces nos llegó el turno. Era difícil sujetar a los niños, estaban temblando. Hicimos turnos. Los padres recogían a los niños, a los niños de otros. 

Era para ayudarnos a soportar todo aquello; para superar todo aquello y no ver sufrir a los niños. Las madres se despedían de sus hijos, las madres, los padres. Formábamos columnas de a cuatro. Estábamos desnudos.

 Se habían llevado nuestras ropas. Mi padre no quería desnudarse del todo y conservó la ropa interior. Cuando lo alinearon para dispararle y le dijeron que se desvis-tiera, se negó; le golpearon. Le suplicamos: «Quítate la ropa, ya basta de sufrimiento». No. Quería morir en ropa interior. Se la quitaron rompiéndola y le dispararon. Luego le tocó a madre. No quería ir, quería que fuésemos nosotros antes. Aun así, la hicimos ir primero.

 La acercaron y le dispararon. Luego iba la madre de mi padre, que tenía ochenta años y llevaba a dos nietos en brazos. La hermana de mi padre también estaba allí. A ella también le dispararon con niños en brazos. Entonces me llegó a mí el turno. Y a mi hermana pequeña. 

Ella había sufrido mucho en el gueto y a pesar de todo, en el último momento, quería seguir viva, y suplicó al alemán que la dejara vivir. Estaba desnuda, abrazada a su amiga. El alemán la miró y les disparó a las dos. Ambas cayeron, mi hermana y su amiga. La siguiente fue mi otra hermana. 

Entonces se preparó para dispararme. Nosotros estábamos de cara a la fosa. Volví la cabeza. El preguntó: «¿A quién disparo primero?». No contesté. Arrancó a la niña de mi lado. Oí su último grito y él le disparó. Entonces se preparó para matarme a mí, me cogió del pelo y me volvió la cabeza. Yo me quedé quieta, oí un disparo, pero no me moví. 

Él me dio la vuelta, cargó la pistola de manera que pudiera ver lo que hacía. Entonces me dio la vuelta otra vez y me disparó. Caí. No sentía nada. En aquel momento me pareció que tenía encima algo pesado. Pensaba que había muerto, pero que podía sentir algo aunque estuviera muerta. No podía creer que estuviera viva.

 Me asfixiaba, habían caído cadáveres encima de mí y me ahogaba. Pero aún po-día moverme, supe que estaba viva y traté de levantarme. Me ahogaba, oí disparos y cayeron más cuerpos. 

Me retorcí para darme la vuelta, pero no podía. Creí que me asfixiaba. No me quedaban fuerzas, pero entonces me di cuenta de que, sin saber cómo, me arrastraba hacia arriba. Mientras reptaba, los de abajo me agarraban, tiraban de mí, pero conseguí izarme ha-ciendo un último esfuerzo. Cuando llegué arriba, miré a mi alrededor, pero no conseguía reconocer el lugar.

 Había cadáveres por todas partes, no se acababan nunca. Oía gemir a la gente presa de mortal sufrimiento. Algunos niños corrían desnudos y gritando: «Mamá, papá». No podía levantarme. Los alemanes no estaban. No había nadie allí. Me levanté desnuda, manchada con la sangre de los cadáveres cuya barriga había reventado. Me puse en pie para ver aquella horrible escena. 

Los gritos eran insoportables, los gritos de los niños; corrí hacia los niños, quizá mi hija estuviera allí. Grité: «Markele», pero no la vi. Tampoco reconocí a ningún niño. Todos estaban cubiertos de sangre.

Un poco más allá vi a dos mujeres de pie. Me dirigí hacia ellas. No las cono-cía y ellas tampoco a mí. Nos preguntamos por nuestros nombres. En un extremo, una mujer pedía socorro con los brazos levantados, pedía que la salvaran, que la sacaran de entre los cadáveres, se estaba asfixiando. Fuimos hacia ella, Ita Rosenberg, y la sacamos de la masa de cadáveres que tiraban, se enganchaban en ella y la arrastraban.

 Nos pidió que tirásemos con más fuerza; no nos quedaban fuerzas. Lo intentamos durante toda la noche y todo el día, gritando y chillando. Al mirar alrededor, vimos alemanes de nuevo y gente con mangueras y palas. Los alemanes ordenaron a los gentiles que amontonaran todos los cuerpos en el mismo sitio y eso hicieron. Había muchos todavía vivos. 

Todos los niños correteaban en el prado. Los vi y fui hacia ellos. Corrieron detrás de mí y no se iban. Me senté en el campo y me quedé allí. Los alemanes llegaron y ayudaron a reunir a los niños. Me dejaron sola. Yo estaba sentada y miraba. Con los niños no hacía falta disparar mucho. Dispararon varias veces y los niños cayeron. La pequeña Rosenberg suplicó a los alemanes que la dejaran vivir; también la mataron. 

Los lugareños se marcharon. Los alemanes se fueron. Dejaron allí el camión de la impedimenta toda la noche. Cuando vi que se habían ido, me arrastré hacia la tumba para saltar dentro. Pensaba que la tumba se abriría y me tragaría viva. Envidié a todas las personas para quienes todo había terminado ya, mientras yo estaba todavía viva.

 ¿Adonde ir? ¿Qué hacer? La sangre brotaba a chorros. Actualmente, cuando paso junto a una fuente, aún veo la sangre brotando de la tumba. La tierra subía y bajaba. Me senté en la tumba y traté de abrir un agujero con las manos. Cavé con todas mis fuerzas. La tierra no se abría. 

Llamé a gritos a mi padre y a mi madre, ¿por qué todavía estaba viva? ¿Qué había hecho para merecer aquello? ¿Adonde iba a ir? ¿A quién podía recurrir? No tenía a nadie. Lo comprendí todo. Vi a todo el mundo muerto. Nadie respondía.
 (Richard Holmes: Un mundo en guerra. Historia oral de la segunda guerra mundial, ed. Crítica, Barcelona, 2008, págs. 284, 286, 287, y 288)

11/11/08

Encerrado con el general Stroop

"Un resistente polaco compartió celda con el liquidador nazi del gueto de Varsovia al que había tratado de matar. (...)

Durante el pormenorizado relato de Stroop de la liquidación del gueto, con el uso de lanzallamas, cuando el general habla de los niños -asesinados como todos los demás: "¡No se puede imaginar cómo gritaban mientras se freían y ahumaban!"-, Moczarski le hace callar con un grito: no puede seguir oyendo. (...)

Confrontado por el polaco a la realidad de los campos de exterminio, Stroop calla; toma un trapo y limpia la celda, sin decir una palabra. Poco a poco, mientras desgrana su vida, Stroop hace revelaciones: él personalmente se encargó de eliminar al mariscal Von Kluge, cuya muerte se hizo pasar por suicidio. A Canaris lo colgaron de un gancho por las costillas. Otto Skorzeny colaboró en la lucha en el gueto. Himmler vomitaba en los aviones.

Hay momentos que transpiran una extraña maldad en los recuerdos del nazi: una vez, supersticioso, mata a tiros a un búho tendido sobre la carretera; otra, abronca a sus subordinados porque se ha manchado las botas con la sangre de un ejecutado. Una tarde revela candorosamente en la celda el plan que urdió para eliminar a la población sobrante de Ucrania: el genocidio por vodka, habituarles a la bebida hasta exterminarlos. Lo dice completamente en serio. (...)

En la intimidad de la celda, el general revela su falta de coraje físico, su esnobismo, su tendencia al escaqueo, su misoginia, su mediocridad, su servilismo, su mezquindad (se come a escondidas los caramelos que le envían), la manera en que fue ascendiendo rastreramente en el tronco podrido del III Reich... La emoción que le produjo tener a cenar a Himmler o ver a su hijito de ocho años con mini uniforme de las SS mandando a los criados. Un día, en plan amistoso, se pone a medir los rasgos antropológicos de Moczarski ¡para evaluar su arianidad! (...)

Expresa su admiración por las mujeres judías que combaten, con una pistola en cada mano, en el levantamiento del gueto, pero explica cómo dio órdenes de acribillarlas cuando se rendían. Habla del SS ex perfumista gracias al cual rastreaban en los búnkers subterráneos la "peste judía". Y de los "paracaidistas" del gueto: así llamaban a la gente que se lanzaba desde los edificios en llamas. "Mis SS adquirieron la costumbre de dispararles al vuelo, una gran diversión", dice dando vueltas por la celda imitando a un cazador: "¡paf!, ¡paf!". A veces suspira recordando el "hermoso" broche de la Grossaktion: la voladura con su propia mano de la Gran Sinagoga de Varsovia al grito de "¡Heil Hitler!". (El País, ed. Galicia, Cultura, 09/11/2008, p. 47)

7/11/08

El Guantánamo israelí incluye a toda Palestina

"La televisión israelí difunde un vídeo en el que soldados israelíes humillan a un adulto maniatado y vendado.

Le produjo náusea al ex comandante de la Brigada Golani del Ejército israelí después de observar el vídeo emitido anoche por el canal 10 de la televisión. "Uau. Es duro ver esto. Primero, estoy avergonzado. No entiendo por qué los soldados necesitan esto", se arrancaba el ex oficial. La escena transcurre en un control militar de Cisjordania. Un grupo de soldados observa a un palestino adulto detenido, maniatado, con los ojos vendados. Ríen mucho. Como si se tratara de un niño de escuela, uno de los uniformados obliga a repetir al civil arrodillado.

Soldado: -"¿Quieres un caramelo?".

Detenido: -"Caramelo".

Intercambian unas palabras y se escucha la carcajada desenfrenada de un uniformado.

Soldado: -"Di: Papá fue a trabajar".

Detenido: -"Trabajar".

Soldado: -"No. Papá".

Detenido: -"Papá".

Soldado: -"Fue".

Detenido: -"Fue".

Soldado: -"A trabajar".

Detenido: "A trabajar".

Soldado: "Te traerá un regalo".

Detenido: "Regalo".

El joven militar pide un aplauso a sus colegas.

Soldado: "Y Golani".

Detenido: "Y Golani".

Soldado: "Te traerá un palo".

Detenido: "Palo".

Soldado: "Para tu culo".

Detenido: "Para tu culo".

El palestino apenas puede contener el llanto. Los soldados no paran de ríen.

Este abuso ha sido grabado. Como lo fue la orden del teniente coronel Omri Burberg para que uno de sus subordinados disparara una bala de caucho en la pierna a un palestino también maniatado y con ojos vendados. Sucedió en junio. Pero las humillaciones gratuitas son cotidianas en cualquiera de las docenas de puestos militares que salpican el territorio ocupado palestino, unos controles que no pueden eludir y en los que pasan horas cada día para entrar y salir de las ciudades y pueblos.

La media docena de soldados que se mofaban del palestino no mostraban tensión alguna. A juzgar por las carcajadas, se trató de un pasatiempo más. Un portavoz del Ejército aseguró que se estudiaría el caso y que se tomarían medidas. Es lo habitual. Lo que no es frecuente en que los militares reciban castigos acordes con la ofensa cometida. Si es que los reciben. Un uniformado que confesó haber disparado fuego real a un hombre en Hebrón -"me miró mal", aseguró? estudia libre en una yeshiva (escuela religiosa). Se han producido este año casos extremos. Como el del soldado que celebró su licenciamiento forzando a palestinos a montarse en un vehículo militar para luego arrojarlos en marcha a 80 kilómetros por hora. Uno de ellos falleció, otro resultó gravemente herido. El soldado fue condenado a seis años de prisión tras un acuerdo judicial, una opción de la que carecen los palestinos implicados en delitos graves. Casi 700 de ellos están encarcelados sin que se presenten cargos contra ellos. Algunos durante años. Es el Guantánamo israelí.

Acudir a los tribunales israelíes es casi una pérdida de tiempo. Las ONG de este país denunciaban recientemente que el 90% de las demandas presentadas son archivadas sin que se abra un procedimiento. La gran mayoría de los golpeados y vejados en los controles militares opta por tragarse el sapo." (El País, Internacional, 07/11/2008)